¿Decrecimiento? económico. Crecimiento personal

Luis Martínez Pastor

Por fortuna he vuelto a ver a mi amigo Jaime. Desde que aquel día decidió acabar con todo, no lo había vuelto a ver. No, no piensen mal. Me explicaré: en vista de que su negocio –boyante y próspero unos años atrás– se desinflaba como un globo viejo, consumiéndose a si mismo y agotando sus propias reservas para subsistir precariamente ante un horizonte poco prometedor, decidió un buen día echar la persiana. No contento con eso, quiso quemar sus naves vendiendo el piso para cancelar la hipoteca y, juntando cuatro ahorros, se fue al pueblo en donde nació su padre antes de que se arruinase definitivamente la vieja casa para volver a echar fiemo en el huerto que, yermo, esperaba oculto bajo la maleza.

He apreciado en él una ilusión desconocida, como si se hubiese abierto ante su vista otro espacio amable y asequible. Su voz y sus gestos poseían con un color muy diferente a ese otro perfil triste y arrastrado al que me tenía acostumbrado mientras pagaba gastos y deudas, amén de sus dolorosos recibos del régimen especial de autónomos, afirmaba.

Su rostro moreno por el sol se adornaba de una luz diferente e irradiaba un brillo esperanzado que hacía ya tiempo que no veía en él. Ilusionado, me comentaba que había descubierto otro modo de vida. Que no podía seguir siendo como era, otro animal de ciudad, otro más sometido a la dictadura inevitable y asesina de situarse cada mañana ante un negocio que ya no lo era y que le quitaba mucho más de lo que aportaba a su vida, a su familia y a su bolsillo.

Decía, ufano, que el cambio había sido duro al principio, pero había conseguido rozar una sensación muy parecida a la felicidad en el pueblo aquel, en donde las desgracias de esta sociedad impenitente pasan mucho más de lejos que en el escenario urbano y laboral al que estaba acostumbrado. Decía, también, haber descubierto en ese nuevo modo de vida una amable sensación de acomodo, pese a las carencias que conlleva la vida rural, el que las personas conceden importancia a esas pequeñas cosas que en otros lugares más cosmopolitas se nos escapan de entre las manos. Se había convertido casi en vegetariano, y él y su familia eran muy apreciados en el pueblo en dónde se atribuía al tiempo y a las personas el valor que tenían.

Sus hijos asisten a la escuela a una localidad cercana, mientras él y Marisa, su mujer, despedida también por un ERE salvaje, hacían crecer cada día un poco más el huerto familiar, el pequeño corral con algunos animales y su propia grandeza personal, mientras él mismo se ocupaba de pequeñas reparaciones y reformas domésticas en las casas de otros vecinos cuyas manos ajadas habían perdido la habilidad necesaria para ello.

Le pregunté por esas pequeñas cosas a las que no damos importancia en la ciudad, por tenerlas al alcance de los dedos, como un médico, un cine, el supermercado o darle a un botón y calentar la casa, a lo que él me respondió que todo es cuestión de planteamientos, organización y una forma distinta de ver las cosas, renunciando a todo lo que en definitiva resulta superfluo, desaprendiendo ciertas cosas y asegurando que, en realidad, no se necesita tanto para vivir; aunque si necesitas repuestos para el tractor, tienes la ciudad a poco más de media hora en coche.

Aseguraba apenas generar basuras, que allí todo se aprovechaba en el huerto, con los animales o finalmente arrojado a  un fuego amable en el hogar junto al que veían morir las tardes de otoño en compañía de nuevos amigos y familias como la suya que emprendían una nueva vida rompiendo con todo.

Contentos ambos por nuestro fortuito encuentro, me invitó de corazón a pasar con ellos un fin de semana y que le echara una mano para dar forma a la estructura de una especie de novela que lleva en mente y en la que piensa compartir su experiencia, compartiendo un buen asado y buenos productos de la huerta. Tentadora idea.

Desde luego, no pude por menos prometerle que iría mientras lo contemplaba con cierta pasión, descubriendo en él a una persona renovada por volver a sus orígenes, y pensando que, tal vez, el avance definitivo no sea sino ese supuesto paso atrás o “decrecimiento económico” para aquellos que vemos cuanto nos rodea como la única alternativa posible.

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