Decrecimiento: el fin de la división de la riqueza mundial

Ricardo Mastini - El salto


Traducción de Isabel Pozas González


A día de hoy, unos 4.300 millones de personas —más del 60% de la población mundial— viven en una obreza debilitadora y luchan para sobrevivir con menos del equivalente a cinco dólares diarios —que es la media del umbral de la pobreza nacional en el hemisferio sur—. La mitad no tiene acceso a suficientes alimentos. 

Y estos números han crecido sin parar durante las pasadas décadas. 

Jason Hickel, un profesor de antropología experto en desarrollo global, empieza con estos datos su controvertido libro, The Divide:A Brief Guide to Global Inequality and Its Solutions (La división: una guía breve sobre la desigualdad social y sus soluciones), en el que desmiente meticulosamente y de una manera convincente el discurso de la ONU y de personas como Bill Gates y Steven Pinker. De hecho, aunque las buenas noticias nos llevan a creer que la pobreza en el mundo ha disminuido, la realidad es que los únicos lugares en los que lo ha hecho son China y el este de Asia. Y esos son algunos de los lugares del mundo en los que el Banco Mundial y el FMI no han impuesto el capitalismo de libre mercado, lo que permite a esos gobiernos dedicarse a políticas de desarrollo dirigidas desde el Estado y liberalizar sus economías gradualmente y bajo sus condiciones. 

Las agencias de desarrollo, organizaciones no gubernamentales y los gobiernos más poderosos del mundo alegan que la mala situación de los países pobres es un problema técnico que se puede solucionar acogiendo las instituciones y las políticas económicas correctas, trabajando duro y aceptando algunas ayudas. Como escribe Hickel: “Es una historia que nos resulta familiar y nos reconforta. Es la historia que todos, en un momento u otro, hemos creído y apoyado. Mantiene una industria de miles de millones de dólares y una multitud de ONG, organizaciones benéficas y fundaciones que luchan por acabar con la pobreza gracias a las ayudas y a la caridad”. Pero va contra el discurso que apunta Hickel.

El cambio de la desigualdad económica a lo largo de los siglos

El principal argumento que presenta en su libro es que el discurso de la ayuda desvía nuestra atención y no vemos la situación general. Oculta los patrones de extracción que causan de forma activa el empobrecimiento del hemisferio sur a día de hoy e impiden de forma activa un desarrollo significativo. “El paradigma de la caridad esconde los asuntos reales que están en juego: hace que parezca que Occidente ‘desarrolla’ al hemisferio sur, cuando lo cierto es que es todo lo contrario. Los países ricos no desarrollan a los países pobres; en realidad, son los países pobres los que desarrollan a los ricos, y esto viene siendo así desde el siglo XV”, defiende Hickel. 

En este libro se expone que el subdesarrollo del hemisferio sur no es una condición natural, sino una consecuencia resultante de la forma en que las potencias occidentales han organizado el sistema económico mundial. 

No es que los 128.000 millones de dólares en ayudas que Occidente da al hemisferio sur cada año no existan, sí que existen. Pero si ampliamos las miras y lo analizamos en contexto, vemos que los recursos financieros que se mueven en la dirección opuesta los superan con creces.
Si hacemos un recuento de todos los recursos financieros que se transfieren al año entre países ricos y pobres, nos encontramos con que en 2012, el último año del que tenemos datos registrados, los países en vías de desarrollo recibieron algo más de dos billones de dólares, incluidas ayudas, inversión y rentas del extranjero. Pero durante ese mismo año, de esos países salió más del doble de esa cantidad, unos cinco billones de dólares. Dicho de otro modo, los países en vías de desarrollo 'enviaron' tres billones más al resto del mundo de los que recibieron. 

¿En concepto de qué se producen esas salidas de dinero tan grandes del hemisferio sur? “Parte es para pagos de deuda. Hoy por hoy, los países pobres pagan más de 200.000 millones de dólares solo en intereses a los acreedores extranjeros, gran parte pertenecientes a préstamos antiguos que ya se han amortizado muchas veces, algunos por préstamos acumulados por dictadores avariciosos”, afirma Hickel. Otro factor que contribuye de un modo importante es la renta que los extranjeros obtienen de sus inversiones en los países en vías de desarrollo y que, luego, se llevan a sus países. Solo hay que pensar, por ejemplo, en todos los rendimientos que Shell extrae de las reservas de petróleo de Nigeria o que Anglo American saca de las minas de oro de Sudáfrica. 

Pero, con mucho, la proporción más grande de ese dinero que sale tiene que ver con la fuga de capitales. Una gran parte de esta fuga se produce a través de 'pérdidas' en el balance de pagos entre países. Otra, a través de una práctica ilegal que se conoce como 'facturación comercial falsa'. Básicamente, las corporaciones declaran precios falsos en sus facturas comerciales para sacar dinero de manera clandestina de los países en vías de desarrollo y se lo llevan a paraísos fiscales y jurisdicciones que aplican el secreto fiscal. Una cantidad igualmente grande sale cada año a través de 'precios de transferencia abusivos', un mecanismo que usan las empresas multinacionales para robar dinero a los países en vías de desarrollo que consiste en traspasar beneficios ilegalmente entre sus propias empresas subsidiarias en diferentes países. Pero, quizás, la pérdida de dinero más significativa tenga que ver con la explotación a través del comercio. 

Desde los comienzos del colonialismo, pasando por la globalización, el principal objetivo del norte ha sido hacer que bajen los costes de la mano de obra y los productos traídos del sur. En el pasado, las potencias colonialistas podían imponer las condiciones directamente a sus colonias. Hoy, aunque el comercio es 'libre' en sentido estricto, los países ricos pueden imponer su ley porque tienen un poder mucho mayor a la hora de negociar. Además de esto, los acuerdos comerciales a menudo evitan que los países pobres protejan a sus trabajadores de la misma forma que lo hacen los países ricos con los suyos. Y como las corporaciones multinacionales ahora tienen capacidad para explorar el planeta en busca de la mano de obra y los productos más baratos, los países pobres se ven forzados a competir para abaratar los costes. El resultado es que hay una brecha profunda entre el 'valor real' de la mano de obra y los productos que los países pobres venden y los precios que, en realidad, se pagan por ellos. Es lo que los economistas llaman 'intercambio desigual'. 

Desde los años ochenta, los países occidentales han utilizado su poder como acreedores para imponer políticas económicas y mercantiles y endeudar a los países del sur, y los han gobernado eficazmente a distancia, sin necesidad de intervenciones sangrientas. “Mediante el apalancamiento de la deuda —defiende Hickel— impusieron ‘programas de ajustes estructurales’ que han revertido todas las reformas económicas que los países del hemisferio sur habían decretado laboriosamente en las dos décadas anteriores. En el proceso, Occidente ha llegado tan lejos como para vetar las tan proteccionistas políticas keynesianas que había utilizado para su propio desarrollo, con lo que ha derribado de un puntapié de un modo muy efectivo la escalera hacia el éxito”.

Decrecimiento para sustentos sostenibles y justos

Luego Hickel sopesa cómo —si cambiaran ese comercio y esas prácticas de negocios injustas— los países pobres podrían abordar de verdad el desarrollo de sus economías siguiendo el mismo camino que acogió el hemisferio norte durante los dos últimos siglos. Hace referencia a un estudio del economista David Woodward en el que expone que, dado el existente modelo económico, no se puede erradicar la pobreza. No es que lo probable sea que no suceda, sino que, físicamente, es imposible. Es una imposibilidad estructural. 

Explica que: “Ahora, la principal estrategia para acabar con la pobreza es aumentar el crecimiento del PIB mundial. La idea es que el rédito de crecimiento se va a ir filtrando poco a poco y va a mejorar la vida de las personas más pobres del mundo. Pero todos los datos que tenemos nos muestran con total claridad que el crecimiento del PIB en realidad no beneficia a los pobres. Mientras que el PIB per capita mundial ha crecido el 65% desde 1990, el número de personas que viven con menos de cinco dólares al día se ha incrementado en más de 370 millones. ¿Por qué el crecimiento no ayuda a reducir la pobreza? Porque el rédito del crecimiento está distribuido de un modo muy desigual. El 60% más pobre de la humanidad recibe solo el 5% de todos los nuevos ingresos que genera el crecimiento mundial. El otro 95% de esos nuevos ingresos va al 40% más rico. Y eso en las mejores condiciones posibles”. 

Dado este coeficiente de distribución, Woodward calcula que, a 1,25 dólares diarios, se tardará más de 100 años en erradicar la pobreza absoluta. Al nivel más preciso de cinco dólares al día, erradicar la pobreza llevará 207 años. Para erradicar la pobreza a cinco dólares al día, el PIB mundial tendría que incrementar 175 veces su volumen actual. Dicho de otro modo, tenemos que extraer, producir y consumir 175 veces más productos básicos que ahora. Merece la pena pararse por un segundo a pensar en lo qué significa esto. Aunque un crecimiento tan raro fuera posible, las consecuencias serían desastrosas. Agotaríamos rápidamente los ecosistemas del planeta, destrozaríamos los bosques, los campos y, lo que es más importante, el clima. 

Según los datos recopilados por los investigadores del Global Footprint Network en Oakland, nuestro planeta solo tiene capacidad ecológica para que cada uno de nosotros consumamos 1,8 hectáreas mundiales al año, una unidad estándar que considera el uso de recursos, residuos, contaminación y emisiones. Todo lo que sobrepase esa cantidad supone un grado de consumo de recursos que la Tierra no puede reponer o unos residuos que no puede absorber; dicho de otro modo, nos encierra en un camino de degradación progresiva. Esas 1,8 hectáreas mundiales son las que, aproximadamente, consume una persona normal en Ghana o Guatemala. 

En cambio, los europeos consumen 4,7 hectáreas globales por persona, mientras que en los Estados Unidos y en Canadá, una persona normal consume ocho, muchas veces más del porcentaje equitativo que le corresponde. Para que nos hagamos una idea de lo extremo de este exceso de consumo: si todos viviéramos como el ciudadano normal de un país de altos ingresos normal, necesitaríamos la capacidad ecológica equivalente a 3,4 planetas Tierra. Hickel lo desarrolla: “Los científicos nos dicen que incluso con los niveles actuales de consumo global ya estamos excediendo la capacidad ecológica del planeta en un 60% anual. Y todo esto únicamente con nuestros niveles actuales de actividad económica global (con los niveles actuales de consumo en los países ricos y pobres). Si los países pobres incrementaran su consumo, cosa que tendrán que hacer en cierta medida para erradicar la pobreza, solo nos empujarían aún más al desastre. A menos que los países ricos empezaran a consumir menos”. 

Si queremos tener la oportunidad de mantenernos en el umbral de los 2ºC, que el Acuerdo de París para el cambio climático establece como límite absoluto, no podemos emitir más de otros 805 gigatones de CO2 a nivel mundial. Entonces, aceptemos que los países pobres van a tener que utilizar una parte del presupuesto de carbono para hacer crecer sus ingresos lo suficiente como para erradicar la pobreza; después de todo, sabemos que el desarrollo humano de los países pobres necesita un incremento en las emisiones, al menos hasta un punto relativamente bajo. Este principio ya se ha aceptado ampliamente en los acuerdos internacionales, que reconocen que todos los países tienen una “responsabilidad común, pero diferenciada” de reducir emisiones. Ya que los países pobres no han contribuido mucho a las emisiones históricas, tienen derecho a usar una parte mayor del presupuesto de carbono que los países ricos, al menos lo suficiente como para satisfacer los objetivos básicos de desarrollo. Esto significa que los países ricos tienen que averiguar cómo arreglárselas con la parte que quede del presupuesto. 

El profesor Kevin Anderson, uno de los destacados científicos británicos del clima, ha estado ideando situaciones potenciales para hacer que funcione. Si queremos tener una posibilidad del 50% de permanecer bajo esos 2ºC, básicamente, solo hay una forma factible de hacerlo, suponiendo, por supuesto, que las tecnologías de emisiones negativas no sean una opción real. En este escenario, los países pobres pueden seguir haciendo crecer sus economías al ritmo actual hasta 2025 utilizando una parte desproporcionada del presupuesto de carbono mundial. No es mucho tiempo, así que esta estrategia solo funcionará para erradicar la pobreza si los beneficios del crecimiento se distribuyen sobre todo a favor de los pobres. 

Como escribe Hickel: “La única forma que los países ricos tienen de mantenerse dentro de lo que queda de presupuesto de carbono es recortar las emisiones de una manera muy agresiva, alrededor del 10% anual. Las mejoras en eficiencia y en tecnologías de energía limpia contribuirán a reducir las emisiones en, a lo sumo, el 4% anual, lo cual es parte de la solución. Pero para abarcar el resto, los países ricos van a tener que reducir la producción y el consumo en un 6% anual. Y los países pobres van a tener que hacer lo mismo después de 2025, reduciendo la actividad económica en un 3% anual”. Esta estrategia de reducción de la producción y el consumo de un país se llama 'decrecimiento'. 

Hickel describe esta idea visionaria de la siguiente manera: “Lo único que significa es aflojar la intensidad de nuestra economía cortando los excesos de los muy ricos, compartiendo lo que tenemos en vez de estar saqueando la Tierra para conseguir más y liberándonos a nosotros mismos del consumismo frenético que todos sabemos que no hace nada para mejorar nuestro bienestar o nuestra felicidad”. Y desde que se publicó el libro en 2017, Hickel ha seguido desarrollando una postura cada vez más clara sobre la manera de conseguir que tales cambios tengan lugar. 

Recientemente se han publicado condensadas en un intercambio fascinante de blogs que hizo con Branko Milanović, otro experto en desarrollo mundial, sus reflexiones sobre el decrecimiento. Pero Milanović aún sostiene que el crecimiento económico debería estar en el centro de la erradicación de la pobreza. Parafraseando un pasaje del Doughnut Economics de Kate Raworth, podemos resumir la postura de Milanović del siguiente modo: “El crecimiento económico sigue siendo necesario, por lo que debe ser posible”, mientras que Hickel dice que “el crecimiento económico ya no es posible, por lo que no puede ser necesario”. Yo apoyo esta última, simplemente porque las leyes de la física superan a las leyes económicas. 

Desde esta perspectiva, quizá deberíamos considerar a países como Costa Rica no como subdesarrollados, sino más bien como desarrollados de un modo adecuado. Deberíamos mirar a las sociedades en las que la gente vive más y es más feliz con bajos niveles de ingresos y consumo no como zonas estancadas que necesitan desarrollarse siguiendo el modelo occidental, sino como ejemplos de vida eficiente. Y empezar a pedir a los países ricos que recorten su consumo excesivo.
Riccardo Mastini es estudiante de doctorado en el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de la Universidad de Barcelona. Su investigación académica y obra se centran en los conceptos de decrecimiento y de economía de estado estacionario.

Descrecimiento: debate emergente y discusión abierta para impugnar el paradigma del desarrollo

Alonso Merino Lubetzky
Introducción

El descrecimiento es aún una perspectiva marginal dentro de las propuestas contestatarias al desarrollo. Joven en tanto constructo teórico, antaño en cuanto a sus demandas. En lo que sigue se hace un esfuerzo por enmarcar el debate del descrecimiento ubicando algunos marcadores históricos de su irrupción en la discusión pública, política y teórica. El presente escrito intenta identificar las condiciones que le dieron origen, pero también las que hoy día sirven para justificarlo, en un ánimo de cuestionar el desarrollo como proyecto civilizatorio occidental dominante, el cual ha negado las miradas alternativas, las terceras vías.

Se sostiene que el descrecimiento no es una mirada conciliadora de posturas ya caducas, toda vez que explora los lados ensombrecidos del desastre social y ecológico que ha dejado a su paso el capitalismo y, por lo tanto, precisa de una mirada más fina y más crítica. Afortunadamente y no, el descrecimiento –a nuestro juicio– se constituye de un cúmulo de miradas que derivan de movimientos sociales, de iniciativas intelectuales, científicas y políticas, y, por ello, siendo tan ambicioso, el debate del descrecimiento sigue y seguirá abierto por mucho tiempo.

Discursos inaugurales y la frontera sur del Trópico de Cáncer

No hay alternativa (There Is No Alternative o TINA de Margaret Thatcher, ex primer ministra británica) ha sido un eslogan que tácita o explícitamente ha sido utilizado para defender a ultranza el desarrollo industrial, la liberalización del comercio, la globalización capitalista, el retraimiento del Estado de la economía y el crecimiento ilimitado como única vía al bienestar desde mediados del siglo XX (Bennholdt-Thomsen y Mies, 1999; Latouche, 2017); un eslogan anclado a aquél discurso que Harry Truman, en 1949, preconizó al término de la Segunda Guerra Mundial en el Inaugural Address, determinando el subdesarrollo de los países pobres y el imperativo de los países ricos, como Estados Unidos, de proveer de la ayuda internacional para desarrollarlos (Illich, 2008; Esteva, 2009; Latouche y Harpagès, 2011; Valencia, 2017). Quizás sea este discurso uno de los referentes más importantes en el desafortunado matrimonio entre las ideas-fuerza del desarrollo, el crecimiento, la industrialización y, aunque negada, la colonización persistente del Tercer Mundo:

[…] en cooperación con otras naciones, debemos fomentar la inversión de capital en áreas que necesitan desarrollo. Nuestro objetivo debe ser ayudar a los pueblos libres del mundo, a través de sus propios esfuerzos, a producir más alimentos, más ropa, más materiales para la vivienda y más poder mecánico para aligerar sus cargas. […] Con la cooperación de empresas, capital privado, agricultura y trabajo en este país, este programa puede aumentar considerablemente la actividad industrial en otras naciones y puede elevar sustancialmente sus niveles de vida. El antiguo imperialismo, la explotación con fines de lucro extranjeros, no tiene cabida en nuestros planes. Lo que prevemos es un programa de desarrollo basado en los conceptos de un trato democrático justo. Todos los países, incluido el nuestro, se beneficiarán enormemente de un programa constructivo para el mejor uso de los recursos humanos y naturales del mundo. La experiencia demuestra que nuestro comercio con otros países se expande a medida que avanzan industrial y económicamente. Una mayor producción es la clave para la prosperidad y la paz (Truman, 20 de enero de 1949)1.

Un co-discurso científico acompañó también al surgimiento político del desarrollo, encontrando su derrotero en la llamada economía del desarrollo o teorías del desarrollo. Entre los años 40 y 80, hasta antes del surgimiento del neoliberalismo, éstas surgen como respuesta a la preocupación de los estudios económicos en torno al “atraso” social, político y económico de algunos países y sociedades del mundo con respecto a los países con un crecimiento económico más pujante (Gutiérrez y González, 2010).

Las teorías del desarrollo intentaron explicar los orígenes de esta disparidad del producto interno bruto entre países para dirigir las políticas económicas con la pretensión de emparejar el subdesarrollo de los países periféricos al desarrollo de los países centrales. Las teorías del desarrollo buscaron disminuir las diferencias o disparidades entre los países ricos y pobres en cuanto al nivel de satisfacción de necesidades, a la creación de empleos, de mayor crecimiento económico, de aumento progresivo de los salarios, de incremento del bienestar, imponiendo como referente global el crecimiento industrial de los países occidentales (Gutiérrez y González, 2010).

En la actualidad, sin embargo, prima el paradigma económico neoclásico por encima de la visión clásica de la economía (Carrasco, 2006), el cual da sus fundamentos teóricos al neoliberalismo. El neoliberalismo no es otra cosa que un proceso de reestructuración del capital con la finalidad de globalizar la acumulación capitalista por medio de la apertura de mercados y nichos comerciales, eliminando las barreras estado-nacionales, así como formando oligopolios y cadenas de valor transnacionales. En este contexto de cambio estructural de la conformación geopolítica y macroeconómica del mundo, los gobiernos nacionales, nos recuerda Machuca (2009), “se hallan sometidos a presiones que no dan lugar a la posibilidad de optar por vías ‘alternativas’” (25), ya que son los organismos financieros internacionales los que condicionan las políticas económicas –previo endeudamiento de los países “subdesarrollados” por la contracción de deuda externa para el sostenimiento del modelo de sustitución de importaciones o industrialización hacia adentro que rigió la escena económica como antesala del neoliberalismo.

Sin embargo, para el tema que nos ocupa, el tiempo parece congelado en aquel 20 de enero de 1949. Hoy día, en los Estados Unidos, Donald Trump ha atribuido a su administración “el giro económico de buen crecimiento” (economic turnaround) para distanciarse políticamente de la administración de Obama. En México, el presidente electo próximo a ocupar la silla presidencial, Andrés Manuel López Obrador, ha reiterado, una y otra vez, el interés de su administración de “crecer en el sexenio, en promedio, 4%, el doble de lo que se creció en el periodo neoliberal” (Andrés Manuel López Obrador en Monroy, 2018). Una muestra de ello es la propuesta de activación turística y comercial del Tren Maya en el sureste del país, alegando, casi sin perder la oportunidad, la “falta de desarrollo y crecimiento en la región sureste”.

Declaraciones y posturas como estas dominan el imaginario colectivo tanto de políticos y empresarios, como de académicos, tomadores de decisiones y amplios sectores poblacionales en el plano nacional e internacional. Al tiempo que escribo estas líneas, varios miles de migrantes centroamericanos han sido expulsados de sus respectivos países de origen en Centroamérica, hallándose en tránsito a través de México rumbo a EUA. En redes sociales y medios periodísticos leí con recurrencia una atinada precisión: en tanto expulsados por la fuerza de sus países, los “migrantes” son más bien refugiados, desplazados. Los motivos del éxodo oscilan desde el desempleo, los bajos ingresos, la pobreza y la marginación, hasta golpes de Estado, reacomodo de las fuerzas político-electorales, intervenciones extranjeras, extrema violencia, genocidio, criminalidad y cambio climático.

Ante ello, el presidente norteamericano y su gestión han desplegado una defensa armada de la frontera sur de su país para detener las caravanas de mujeres, hombres, niñas y niños. En nuestro país, la sociedad ha reaccionado al paso migrante de forma ambivalente, prestando, por un lado, ayuda solidaria y humanitaria, pero por el otro, mostrando extrema xenofobia, clasismo, racismo y un nacionalismo exacerbado.

Este panorama, a pesar de las sucesivas, recurrentes y selectivas focalizaciones mediáticas, es un panorama que se extiende a lo largo y ancho del mundo. Así, al alba del siglo XXI, en pleno 2018, a EUA llegamos mexicanos y centroamericanos, a Colombia, Ecuador, Perú, Brasil y Chile llegan venezolanos, a España, Italia, Grecia y Francia arriban desplazados subsaharianos y norafricanos. En todas estas rutas migratorias se erigen fronteras y muros geográficos, políticos, físicos, burocráticos, simbólicos y étnicos. Sin ser exclusivo de esta crisis socioecopolítica, el fenómeno migratorio de esta naturaleza encubre una causalidad que atraviesa a otros fenómenos sociales de igual relevancia (como por ejemplo, la pobreza, la desigualdad, el extractivismo y la violencia generalizada de los países de América Latina, Asia y África), y que vale la pena usar de pretexto para la reflexión.

Algunas cosas, pues, revela, esclarece o reafirma esta diáspora masiva de los países debajo del Trópico de Cáncer:

1) Ante fenómenos como el migratorio, el Estado, en tanto entidad jurídico-política destinada a la regulación del orden interno y a la protección externa de una sociedad nacional, se encuentra en una grave crisis de justificación de existencia (o legitimidad), llevando a la pregunta de para qué conservar el reconocimiento, financiamiento y funcionamiento de un Estado que no cumple con sus disposiciones más elementales (De Rivero, 2014); en un sentido práctico, si el Estado no puede garantizar la satisfacción de las necesidades fundamentales de su población, entre las que se incluyen, tradicionalmente, vivienda digna, alimentación, educación, salud, seguridad, etc. – en repetidas ocasiones el Estado incurre en agravar la insatisfacción básica de necesidades–, no vemos entonces, al menos desde el posicionamiento que aquí adoptamos, razón alguna para mantener tal figura jurídico-política, lo cual nos obliga a explorar alternativas que no recorran ciegamente de nueva cuenta los caminos ya transitados.

He aquí de puntualizar que no considero que la creación de un ente supranacional, como lo ha propuesto Oswaldo de Rivero (2014), pueda resolver el problema de lo que él llama soberanías perforadas por el neoliberalismo de los estados-nación, ni tampoco pueda –como en efecto sucede con los organismos supranacionales actuales– regular el actuar de los gobiernos locales y las empresas multinacionales que atropellan derechos humanos, desterritorializan poblaciones y provocan el ecocidio en curso.

2) El Gran Capital –para tomar prestada una expresión de Armando Bartra y siguiendo a Immanuel Wallerstein– no distingue entre unos Estados y otros, tampoco entre unas naciones y otras; el capital olfatea plusvalía por igual entre centroamericanos y sudamericanos que entre subsaharianos o asiáticos, entre mares, ríos y lagos, que entre selvas, bosques, valles y montañas; se concesionan o regalan por igual hectáreas para la apertura de minas, hidroeléctricas, eólicas, trenes, aeropuertos y carreteras, que para la construcción de parques industriales, centros comerciales o edificios burocráticos; aunque si, bajo un principio de supervivencia misma del capital y sus procesos de acumulación, analizamos la relación Estado/capital, éste último es más cuidadoso en devastar el espacio vital de sus bases de operaciones en los países ricos del norte global. En regiones como América Latina, este

[…] extractivismo en boga es un respiro para un capitalismo enfermo que solicita extraer minerales, petróleo, madera, nutrientes para alimentos, bioenergéticos y próximamente agua, pero para lo cual no necesita siempre desplazar a las comunidades locales, sino que en muchas ocasiones le es más útil integrar servilmente a todos los sectores de la población en este renovado interés por las rentas (Giraldo, 2015: 658).

3) El proceso de acumulación de capital actual es frágil, pero no por ello ingenuo; tampoco se avista su futuro detenimiento. De ello han dado cuenta los ciclos de crisis de los que entra y sale, como la del 2007-2008 por el colapso de una burbuja especulativa inmobiliaria iniciada en Wall Street, que ha sido analizado con gran frecuencia. Además, el capitalismo depende, en su versión neoliberal actual, del crédito para estimular el consumo, de la agresiva propaganda que incita a la compra y la caducidad reducida de bienes con la intención de acortar la brecha entre usar, desechar y recomprar (Taibo, 2009). “La reproducción del capital/economía fusiona a la vez la fecundidad y el renuevo. Esta apoteosis de la economía/capital desemboca en el fantasma de la inmortalidad de la sociedad de consumo” (Latouche, 2017: 30). Aunado a esto, el dominio de la especulación financiera y la dependencia de los combustibles fósiles –ya en declive-, así como de la electricidad, hacen del proceso de acumulación de capital una bomba de tiempo, poniendo a la sociedad global al borde de la parálisis y el caos (Puddu, 2010).

Aun siendo frágil, el capital se reordena en función de la demanda, o de “lo que más vende” en un determinado tiempo y espacio (si en un futuro próximo se terminan los hidrocarburos, las energías “limpias” o “verdes” serán cada vez más capitalizadas, como ya es posible avistarlo). Así, en sociedades cada vez más mediatizadas e inmediatizadas, la industria electrónica y el sector servicios han incrementado considerablemente su contribución al PIB en los últimos años. El capital muta en relación proporcional al consumo y la demanda, y, por supuesto, a los límites que frenan su crecimiento.

4) El desarrollo prometido a los llamados países pobres, del Tercer Mundo, subdesarrollados o en desarrollo, no llegó. Todo lo contrario, y esta es una tesis que heredamos del siglo XX de dependentistas y regulacionistas, la cual no pierde vigencia: se confirma cada vez con más fuerza que el desarrollo y crecimiento persistente de los países del Norte se apoya sobre los anchos hombros de los países del Sur, de la naturaleza, de las personas y grupos sociales dentro de sus territorios, de la fragilidad y porosidad de los Estados-nación. Por otra parte, cada delimitación mágico-política llamada Estado, nación o país, contiene en su interior Sures y Nortes respectivos en franca desigualdad, que se traduce en sistemas de dominación internos con análogos grupos y sectores dominantes y subordinados, clases sociales boyantes y opulentas, y clases desprovistas y despojadas (aun con sus matices, la radicalización de la desigualdad se refuerza continuamente en el mundo).

5) Nuestra Casa Común, Gea, la Tierra, se encuentra en un progresivo debacle de origen antropogénico (Tamayo, 2017), orillada de manera acelerada al reajuste de sus ciclos vitales como consecuencia del crecimiento sin límites de la sociedad moderna –proceso en el cual ha vertido gigantescas cantidades de CO2 en la atmósfera, y cuyos procesos de producción y consumo se ven acompañados de una severa toxicidad; las consecuencias de esos reajustes a marchas forzadas son numerosos: la pérdida de biodiversidad terrestre y marítima, el incremento de la temperatura de la atmósfera, la elevación del nivel del mar, el agotamiento de los cuerpos de agua dulce, la desertificación de los suelos y el incremento de la toxicidad del aire, entre tantas otras cuyas consecuencias ulteriores son la inviabilidad de la civilización moderna, occidental, industrial y urbana, y el desequilibrio ecosistémico (Ver por ejemplo WWF, 2018).

6) Las consecuencias de tales crisis no se hacen ver de la misma manera en los países ricos que en los países pobres o “en desarrollo”, como el nuestro. De ahí que en ciertos programas de las Naciones Unidas para el desarrollo se fomente la resiliencia de la población vulnerable como parte de la gestión del Estado. Ahora es preciso preparar a los pobres para el sufrimiento que acarrea el crecimiento sin límites de lo que Carlos Taibo llama el Norte opulento. Por ello, el fenómeno migratorio al que aludimos anteriormente es sólo, quizás, el síntoma inicial de un padecimiento mayor; es una roncha que de un primer vistazo no se distingue entre el salpullido o la viruela. El desplazamiento masivo de personas del Sur al Norte entraña una crisis de inviabilidad y de habitabilidad de los territorios de origen, tanto por guerras o conflictos internos, intervenciones político-militares externas, narcotráfico, desempleo, bajos ingresos, marginación, discriminación étnico-racial o por los desequilibrios ambientales derivados del cambio climático que provocan escasez de los elementos naturales fundamentales para la reproducción de la vida y la economía local. Lo que no parece posible, ni razonable, es disociar por completo la interrelación de estos fenómenos de la carrera por el crecimiento económico, el progreso y, en último término, el desarrollo.

7) Particularmente en América Latina ante las políticas extractivistas en constante amplificación, así como el despojo y saqueo de territorios, principalmente indígenas y campesinos, han surgido propuestas significativas como la del Buen Vivir, que ha recibido gran atención en últimos tiempos. El Buen Vivir, en tanto paradigma emergente que encuentra sus orígenes en el movimiento indígena de resistencia en Ecuador y Bolivia (Acosta, 2011) y, específicamente, en el pensamiento de los pueblos andino-amazónicos kichwa (Sumak Kawsay) y aymara (Suma Qamaña) (Dávalos, 2017), surge como una mirada crítica al desarrollo, en tanto realidad capitalista, aparejada a la modernidad, al crecimiento económico y al progreso como sinónimos de bienestar. También, en su génesis, se presenta como una crítica al universalismo occidental y al pensamiento ilustrado del que se originan tales procesos (Dávalos, 2008; Dávalos, 2017).

Por ello, es preciso que cualquier propuesta de movimiento, transición o acción directa descrecentista, considere las alternativas al desarrollo esbozadas en nuestro particular continente. En México, en las montañas del sureste mexicano, las comunidades zapatistas, junto con el EZLN, ensayan desde hace 25 años nuevas formas de organización anticapitalista, localizadas, con intenciones antipatriarcales y con principios autogestionarios claros y contundentes. Más allá de nuestras categorías académicas –que amamos usar como etiquetas– es de suma importancia voltear a ver los esfuerzos no replicables, pero sí muy pedagógicos, de resistencia y dislocación de la “tormenta capitalista”.

Así el crecimiento ilimitado es uno de los tantos macro-orígenes de la crisis civilizatoria a la que se hace referencia aquí. Es difícil negar que éste es provocado por el sistema capitalista, social y políticamente llamado Desarrollo, como una formula, desde mi lectura, para esconder bajo un eufemismo al capitalismo y así dejar atrás el viejo debate polarizante del siglo XX, que fortaleció al liberalismo con la caída del Muro de Berlín. El crecimiento, la industrialización y el desarrollo han sido objetivos también del socialismo realmente existente. Por ello el descrecimiento no bebe ni de uno, ni de otro.

El crecimiento ilimitado –sobre el cual cabalga el desarrollo– se refiere tanto a una superación de la capacidad de recarga de los ecosistemas, como a una excesiva excreción de desechos y basura provocados por el rebasado consumo humano, pero también a una descontrolada expansión urbana y a una hiperproducción de bienes y servicios industriales desechables; procesos todos incentivados por la necesidad de alimentar el siempre creciente sistema capitalista, cuyos límites se extienden –no de ahora– más allá de la capa atmosférica.

No creemos –se deducirá por lo sostenido aquí– que el desarrollo –a decir de Machuca (2009)– pueda rescatarse y librarse de los tentáculos del neoliberalismo. Tampoco consideramos de gran pertinencia preguntarnos como Acosta (2011) “si será posible y realista intentar un desarrollo diferente dentro del capitalismo. Se entiende por diferente, un desarrollo impulsado por la vigencia de los derechos humanos […] y los novísimos derechos de la naturaleza como base de una economía solidaria (190). Más allá, nos vemos interpelados, por lo que Miguel Valencia Mulkay (2017) ha sostenido respecto a la necesidad de desechar los conceptos progreso, desarrollo, crecimiento y similares:

La ideología del crecimiento está moribunda, a pesar de los millones de seres humanos que se sacrifican en sus altares; a pesar de la virtual unanimidad con la que los ciudadanos y los políticos todavía se quieren aferrar a este salvavidas perforado. Por lo mismo, se inventan subterfugios para hacernos más comestible este envenenado platillo y así se inventan términos como el “ecodesarrollo”, el “desarrollo sustentable”, el “otro crecimiento”, el “crecimiento con rostro humano” y otros términos que demuestran que ese falso dios está moribundo (402).

Ahora bien, mucho se ha hablado de la génesis del sistema capitalista y de sus consecuencias. Por esta ocasión daremos por hecho tal sistema omniabarcador, sin entrar en más detalle sobre su forma específica de diferenciación de otros sistemas. Es decir, daremos por hecho que existe como estructura, como sistema global, como sistema de pensamiento y de creencias, como modo de organización social y política, como régimen civilizatorio, como estructura de valores y normas. El capitalismo es la sociedad moderna, el Estado, las relaciones sociales mediadas por el dinero, la comunidad de naciones, las instituciones; el capitalismo es los sectores privilegiados y los sectores marginados, las culturas nacionales y las minorías étnicas, raciales, sexuales y de género subordinadas. El capitalismo es un sistema que se sirve de ensanchar la distancia entre quienes acumulan capital, poder, recursos y agencia, y quienes sirven como escalafón para tales fines dentro de la división nacional e internacional del trabajo: llámesele obreros, campesinos, mujeres, trabajadores, etc. El capitalismo ha moldeado también a la naturaleza misma, haciéndola a su modo, cosificándola y mercantilizándola.

Los sectores empresariales, burócratas e institucionales niegan constantemente los orígenes de la crisis sistémica, escapando al trago amargo que implica reconocer la decadencia del modo de vida en el cual generaciones y generaciones hemos depositado nuestras esperanzas. No esperemos que la ONU, el FMI, la OMC, el BM, la FAO, el PNUD, la OMS y similares organismos reconozcan la crisis del modelo de desarrollo y declaren la muerte al capitalismo; para éstos, cualquier reproche al capitalismo es pestilencia de izquierda. Tampoco hemos de esperar que los sectores con mayores dividendos de poder renuncien a sus privilegios de clase. Al contrario, hemos de aguardar una mayor ofensiva de su parte motivada por la necesidad de proteger los beneficios hasta ahora conseguidos.

Lo que nos convoca aquí, sin embargo, es la búsqueda de salidas, el mapeo de las fallas y las rupturas del sistema que es necesario identificar para re-construir el mundo desde donde las miradas instituidas no alcanzan a ver. El zapatismo ha usado una alegoría sumamente fecunda de este método2: el capital es un muro y sus grietas son una guía hacia afuera (EZLN, 2015). En el ensayo que está usted leyendo se enfoca el catalejo sobre una grieta que ha sido, a nuestro juicio, muy bien planteada por Miguel Valencia Mulkay (2017): “de entre los escombros del crecimiento, emerge el descrecimiento”.

Decrecimiento y descrecimiento

Decrecimiento y descrecimiento son en esencia un posicionamiento ético, teórico, político y militante que tiene como finalidad poner un freno, bien atrancado, al crecimiento ilimitado y a la obsesiva acumulación que el capitalismo y la sociedad industrial persiguen a costa de saquear la naturaleza y empobrecer funcionalmente a la mayoría de la humanidad. El descrecimiento no se para ni en popa, ni en proa, ni en babor, por supuesto, nunca en estribor; el descrecimiento, antes bien, apaga la maquinaria, detiene las turbinas y emite gritos de alarma desde la cofa.

Pero, ante tal vaguedad de definición conviene, pues, matizar y precisar su genealogía, sus postulados principales y, no de menor importancia, sus límites frente a lo que Pablo Dávalos (2017) ha llamado más de Lo Mismo, refiriéndose a la traducción institucional, académica y política –en su caso con respecto al Buen Vivir, en el nuestro viene bien para el descrecimiento– de “una serie de discursos que, en definitiva, inscriben esa lucha y esa praxis política [el Buen Vivir] siempre al interior de Lo Mismo y clausuran su posibilidad de que contenga un sustrato diferente e irreductible a Lo Mismo, vale decir, su carácter de Alteridad Radical” (360). El distanciamiento activo y férreo del descrecimiento con respecto a eso mismo que está ávido de procesar material mercantilizable, debe ser, a mi juicio, parte sustancial de los programas y agendas actuales de los movimientos por el descrecimiento. Así también a cualquier propuesta verdaderamente alternativa ante el caos presente y la catástrofe, no tan futura, del capitalismo.

El vocablo décroissance surge en 2003 en Francia “como un eslogan o una provocación para pensar un tipo de civilización diferente a la que se ha impuesto globalmente desde Occidente cuyo propósito es crecer económicamente de manera ilimitada a cualquier costo” (Gutiérrez-Otero, 2017). En 2003, Serge Latouche, declaró:

Entendámonos bien. El decrecimiento es una necesidad, no un principio, un ideal, ni el objetivo único de una sociedad del post-desarrollo y de otro mundo posible. La consigna del decrecimiento tiene por objeto sobre todo marcar con fuerza el abandono del objetivo insensato del crecimiento por el crecimiento. En particular, el decrecimiento no es el crecimiento negativo, expresión antinómica y absurda que traduce claramente la hegemonía del imaginario del crecimiento (Latouche, 2003, Le Monde Diplomatique).

Así, “para hablar de forma rigurosa, sin duda habría que utilizar el término de a-crecimiento, con el ‘a’ privativo griego, como se habla de a-teísmo. Y, además, se trata muy exactamente de abandonar una fe y una religión: las del progreso y el desarrollo” (Latouche, 2017: 28). No obstante, como dice Patricia Gutiérrez-Otero (2017) en la presentación del número 28 de la revista Unidiversidad de la BUAP, dedicada por entero al decrecimiento, antes de 2003 fueron muchos intelectuales, investigadores y activistas quienes sentaron las bases del tema que nos convoca.

Es de resaltar que los precursores del decrecimiento han venido de los más variados enfoques y tradiciones de pensamiento, tanto de las áreas concernientes a las ciencias naturales, como a las sociales y humanistas. Pero también, y quizás mucho más significativamente, de los movimientos ecologistas y altermundistas contestatarios de la sociedad industrial (Puddu, 2010). Un marcador histórico importante para las ideas del decrecimiento también tiene su origen en el informe Los límites del crecimiento del Club de Roma en 1972, cuya “conclusión precisaba que el crecimiento ilimitado bajo todas sus formas era imposible ya que el planeta era un mundo finito. Treinta años más tarde, un nuevo informe, realizado por los mismos investigadores, lanza una advertencia rigurosamente idéntica” (Latouche y Harpagès, 2014, versión ePub).

Como complemento del recuento de Gutiérrez-Otero (2017), es posible enumerar junto con Miguel Valencia Mulkay (2017) a los siguientes: Iván Illich, Cornelius Castoriadis, Nicolas Georgescu-Roeguen, Jacques Ellul, Barry Commoner, Guy Debord, Rene Dumont, Serge Moscovici, Donella y Dennis Meadows, Mahatma Gandhi, Herbert Marcuse, Françoise Partant, Pierre Samuel, Paul Goodman, André Gorz y Serge Latouche. En México, además del mismo Miguel Valencia, se encuentran Gustavo Esteva y Jean Robert con una larga tradición de estudio y difusión de las ideas de Iván Illich. Otra vertiente de corte descrecentista que, si bien no se autonombra de tal forma, pero sí que ha aportado serias propuestas y discusiones de relevancia, han sido aquellas autoras ecofeministas defensoras de la perspectiva de subsistencia, inspiradas también en parte por las ideas mismas de Illich: Vandana Shiva, Maria Mies, Veronika Benthholden-Tomsen y Claudia Von Werlhof.

El término descrecimiento –para diferenciarlo del decrecimiento (décroissance) nacido en Francia y difundido también en Italia (decrescita)– ha sido propuesto y ampliamente difundido por Miguel Valencia desde el 2007 en nuestro país, desde hace un tiempo considerable, miembro activo y fundamental de la Red Ecologista Autónoma de la Cuenca de México.

La idea de crear esta palabra fue la de dar una connotación de voluntad personal o colectiva al hecho de decrecer y eliminar la connotación abstracta, pasiva, común en esta palabra, en el lenguaje científico y matemático. Queremos descrecer por medio de la reducción voluntaria de nuestros consumos de petróleo, gas, electricidad, metales, maderas, carnes, agua, plásticos, autos, aviones, trenes rápidos, servicios educativos, de salud, entre otros. Queremos descrecer por medio de la autonomía de las comunidades: pueblos, barrios, ejidos, colonias. Queremos descrecer rechazando las ideas comunes de productividad y competitividad y haciendo política contra el crecimiento por el crecimiento mismo, que no toma en cuenta la naturaleza de lo que se produce (Comunicado personal de Miguel Valencia citado en Gutiérrez-Otero, 2017: 5).

Permítaseme, entonces, plantear, a la luz de la discusión hasta aquí esbozada, cuáles son algunos de los ejes principales del movimiento y posicionamiento descrecentistas. Ya hemos mencionado algunos de forma tangencial en el transcurso de este estricto. Demos paso a comprimirlos en una serie de ideas clave.

La debacle ambiental y el colapso. El planeta, la biosfera, ha sido rebasado su capacidad para metabolizar los desperdicios de la actividad humana, agotando por completo la posibilidad de sostener los ritmos acelerados de producción y consumo de nuestras sociedades. El colapso –dice Carlos Taibo (2017)– es inevitable. “Lo que está a nuestro alcance es mitigar algunos de los efectos más negativos de éste, postergar un tanto en el tiempo su manifestación y prepararnos para hacer lo más llevadera posible la sociedad poscolapsista” (Taibo, 2017: 44). Descrecer, como han sostenido numerosos autores, no es tanto una opción sino un proceso en curso, en cual nos toca elegir entre un progresivo, sereno y significativo des-crecimiento personal y societal o un sufrimiento de las consecuencias.

[…] tenemos indicios muy preocupantes de degradación ecológica posiblemente irreversible […] Hablamos, pues, de un trastorno global del planeta, que repercute en todos los grandes ciclos ecológicos con bucles imprevisibles y consecuencias contradictorias (excesos de frío y de calor, aumento de inundaciones y de sequías, etc.). Gea se ha puesto enferma, tiene fiebre, ha perdido su tiemple (Puddu, 2010: 293-296).

La acumulación sin límites de capital, naturaleza y trabajo humano. En la carrera por el crecimiento, no sólo la naturaleza sirve de trampolín para la acumulación de capital y de abundancia material al proveer de materias primas e insumos sustanciales para tal proceso– siempre extraídas, arrancadas o robadas por medio de la violencia (física, política, económica o simbólica)–, sino que el modo de producción capitalista como tal genera desperdicios nocivos para la salud del planeta que la naturaleza se ve forzada a intentar metabolizar, siempre sin éxito –estos efecto son conocidos como externalidades o “costos ambientales” para los economistas. Por otro lado, desde Marx sabemos que es el trabajo humano la condición de posibilidad para la acumulación de capital y el lanzamiento progresivo de mercancías a la circulación. Un programa descrecentista se propone reducir el tiempo de trabajo, sustituyéndolo por trabajo creativo y ocio, con el doble objetivo de boicotear la formación de plusvalía y la servidumbre del trabajo asalariado (por mucho insuficiente para la satisfacción de necesidades fundamentales).

Con todo el rigor teórico, en un mercado caracterizado por una superabundancia de la cantidad de horas de trabajo ofertadas y la búsqueda desenfrenada de un empleo frente a una demanda (o sea, el número de empleos propuestos) muy insuficiente (estando reducida al paro casi el 10% de la población activa, según las estadísticas oficiales manipuladas y por ello muy por debajo de la realidad), sólo podemos esperar un hundimiento de los precios (dicho claramente, de los salarios). En cambio, el salario tenderá a aumentar su la oferta disminuye. Se puede esperar, por lo tanto, alguna mejora de nivel de vida si se produce un rechazo masivo de horas extra y, todavía más, con una reducción de la jornada laboral (Latouche y Harpagès, 2014, versión ePub).

La obsolescencia programada y el consumo obligatorio de mercancías y servicios. El “compre, use, tire y vuelva a comprar” quizás sea útil no sólo para describir los hábitos de consumo de bienes materiales –que no es necesario recordar que tiene como resultado una gran cantidad de desechos que no pueden ser asimilables por el medio– , sino para referirnos también al pago por servicios, como la salud, la educación y el transporte; el desperdicio y la obsolescencia de éstos no deriva tanto de su renovación material constate (aunque sin duda muchos de ellos derivan en una renovación del desperdicio en infraestructura, insumos y combustible), sino de que en esencia no son servicios que podamos prestarnos a nosotros mismo y fuera de los márgenes del capital y el Estado, llevándonos a un consumo obligatorio o forzado de los mismos (Illich, 2006).

La obsolescencia aquí radica en su tendencia a la inutilidad: la educación en el capitalismo no educa, forma obreros especializados que no pueden concebir su vida libres de la instrucción profesional para la consecución de un empleo; la salud no cura, en la medida en la que prolonga la enfermedad y el tiempo de vida, ocupándose sólo de la gestión de la muerte mediante la administración de tratamientos paliativos y en manos sólo de especialistas médicos que estipulan quién enferma y quién no; el transporte motorizado excesivo, traducido en congestión vehicular y en un mayor distanciamiento de los recorridos cotidianos por planeación urbana en función del motor de combustión, excluye a los desprovistos de automóvil del derecho al traslado digno. En su momento Iván Illich (2006) llamó monopolio radical al proceso de control absoluto y estandarizado sobre las herramientas al alcance de una sociedad en manos de la burocracia y especialistas; un monopolio radical, no sólo cancela la oferta de opciones, digamos, entre bienes o servicios del mismo género, sino que anula por completo las alternativas para la satisfacción de las necesidades que dichos bienes o servicios pretenden colmar: la escuela como única vía para la adquisición del saber socialmente valorado, la medicina alópata como único medio de atención de la enfermedad y el automóvil como el medio de transporte dominante en la sociedad industrial (Illich, 2006).

Por otro lado, dice Carlos Taibo (2009):

[…] conviene recelar de la superstición que sugiere que el tránsito desde una sociedad de productores a otra de consumidores ha acarreado una emancipación gradual de los individuos y ha permitido pasar de un escenario de restricciones y ausencia de libertad a otro de autonomía individual y dominio de sí mismo (4).

La libertad en la sociedad de crecimiento se limita a la libertad de comprar y consumir más: más bienes materiales que aseguren un mayor nivel de vida, más educación que lleve a un mejor empleo con mejor paga, más poder político para mayor seguridad y un mejor plan de vida, más tierra y más territorio para una mayor explotación de los recursos, más horas de trabajo para un mayor ahorro, etc. “Estrategia mayor, bien tramada, del sistema es la que nos invita a consumir unos u otros bienes sin permitir —ya me he referido a ello— que nos hagamos preguntas relativas a si esos bienes son necesarios y nos interesan” (Taibo, 2017: 45).

La simplicidad voluntaria, la convivialidad y la autogestión. El descrecimiento ha optado por algo que podríamos llamar una vía media para el cambio civilizatorio, reconociendo la importancia de buscar propuestas prácticas en términos colectivos e individuales. Para estas alturas, quien haya leído hasta este punto el orden de ideas presentado, habrá a bien concluido que el descrecimiento se desprende y traza una línea gruesa frente al credo liberal y frente al estatismo de tradición socialista. Antes bien, señala que uno y otro se encuentran estrechamente vinculados con la ontología del tiempo lineal del crecimiento sin límites. Es por tanto, que la práctica y la teoría del descrecimiento se engarzan sobre una reflexión profunda y detallada sobre el quehacer de la sociedad y de los individuos, pero nunca atribuyendo la responsabilidad exclusiva a uno u otro lado de la balanza. El descrecimiento no es posible sin las acciones conviviales de sujetos conscientes de su interdependencia con la naturaleza y la sociedad. Latouche (2003; 2011; 2017) ha determinado que tanto los sujetos como la sociedad en su conjunto han de comenzar por hacer esfuerzos dirigidos a la descolonización del imaginario que promueve la sociedad de consumo ilimitado y que condiciona a los cuerpos y a las mentes a la acumulación.

El descrecimiento representa una tercera vía, la de la sobriedad voluntaria. Para ello, debemos inventarnos otro modo de relacionarnos con el mundo, con la naturaleza, con las cosas y los seres, que tenga la propiedad de poder universalizarse a escala de la humanidad. Esta perspectiva no es triste. Las sociedades que autolimitan su capacidad de producción son, también, sociedades festivas (Latouche y Harpagès, 2014, versión ePub).

Pero la descolonización del imaginario se vuelve terreno infértil sino se despliega una reapropiación de los procesos de producción, circulación y consumo, con miras –ya está–, a su resignificación mediante un método de roza, tumba y quema (por paradójico que sea esto ambientalmente hablando), es decir, cortando, si no de tajo, sí bien profundo, las prácticas acumulativas propias de la sociedad de crecimiento. Es de ahí de donde la propuesta del descrecimiento es principalmente de corte autogestionaria, localizada y dislocada lo más posible de la economía global. Como ha dicho Carlos Taibo (2011) –para de nuevo citarlo– en la Universidad Socioambiental de la Sierra en España3: “Cualquier contestación del capitalismo en el mundo opulento, a principios del siglo XXI, tiene que ser por definición: 1) decrecentista, 2) autogestionaria y 3) antipatriarcal. Si le falta alguno de estos tres pivotes, me temo, que estará haciendo el juego a ese sistema que teóricamente dice contestar”. Serge Latouche y Didier Harpagès (2011), por su parte, han defendido la localización de le economía mediante un sistema de moneda alternativa local y biorregional, así como por medio de sistemas de autofinanciamiento dirigidos a la autosuficiencia alimentaria y energética.

Dentro del paradigma descrecentista ha venido a proponerse que no existe modo de escape al crecimiento industrial sin límites y al colapso inminente del proyecto capitalista si no se opta por un cambio radical de nuestros hábitos de producción y de consumo, de nuestra relación con la naturaleza y del modo en el que hemos elegido satisfacer nuestras necesidades, concibiéndolas ilimitadas. No cabe, entonces, en el proyecto descrecentista un divorcio entre las alternativas que buscan dislocarse tajantemente de los valores propios del desarrollo sin límites. Se reivindica la sobriedad voluntaria, como un modo societal y personal de poner freno a la locomotora del tiempo. Queda abierto el debate.

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Alonso Merino Lubetzky
Licenciado en Desarrollo y Gestión Interculturales por la Escuela Nacional de Estudios Superiores (ENES) Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Unidad León. Estudiante de la Maestría en Estudios para el Desarrollo en la División de Ciencias Sociales y Humanidades, Campus León, Universidad de Guanajuato. Miembro de la Red ¡Descrecimiento o Colapso! México. Integrante de Hilando Utopías. Educación para la Comunalidad y el Buen Vivir A.C. a.merinolubetzky@ugto.mx ; a.merinolubetzky@gmail.com (01) 4771734875

1 Video: 1949 Inauguration Speech of Harry Truman (Full), visto en: https://www.youtube.com/watch?v=gytbJo_bmxA
2 John Holloway (2011) ha hecho uso de esta metáfora en su Agrietando el capitalismo. El hacer frente al trabajo.
3 Video: El descrecimiento como alternativa. Visto en: https://www.youtube.com/watch?v=xopPWI6Mom8

Hervé Kempf: La avaricia de unos pocos amenaza el planeta de todos


¿Esperaba que Hugo Chávez esgrimiera su libro en la cumbre de Copenhague?

Chávez se leyó Cómo los ricos destruyen el planeta en el avión porque se lo había recomendado mi amigo Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique a él y a Evo Morales. A Chávez le gustó y lomostró al auditorio en Copenhague.

¿Orgulloso de impresionar a Chávez?

A Chávez le interesó cómo vincula mi ensayo la causa social y la ecológica. Y no es una conclusión doctrinal, sino mi experiencia.

¿Ha sufrido usted explotación?

Cuando veo un africano malviviendo en un suburbio de París y le pregunto "¿por qué estás aquí?", su respuesta siempre es una historia de explotación del hombre por el hombre y después de degradación del planeta.

Por ejemplo...

Los suburbios de Europa están llenos de inmigrantes que tuvieron que abandonar el medio ambiente donde nacieron, porque está exhausto tras la explotación abusiva. Son africanos que inmigran porque no han podido seguir siendo pescadores o cazadores o agricultores en su tierra, porque los recursos de sus mares, campos y selvas han sido esquilmados.

Ese camino de África a Europa antes lo hicieron mercancías, valor y plusvalías.

Vienen aquí porque no les hemos dejado nada allí para que puedan sobrevivir. ¿Por qué cree que actúan los piratas somalíes? ¿Porque son malos y peligrosos "terroristas"?

Yo no justificaría la piratería.

Pero expliquemos sus causas: eran pescadores que hoy no pueden competir con las modernas flotas de pesca como la española, por cierto, o la japonesa. Ya no les quedan peces, así que cogen las pistolas.

Podemos rectificar.

Si no rectificamos, nuestros hijos heredarán un planeta degradado por la avaricia y la estupidez de unos pocos. Lo que me preocupa es que estamos ante una crisis ecológica que pone en peligro nuestra propia especie.

¿No es usted algo cataclísmico?

En un siglo hemos llegado al límite de los recursos que durante un millón de años fueron ilimitados para nuestros antepasados: el oxígeno; el agua potable; los mares. En sólo dos generaciones, hemos puesto al planeta al límite y ahora estamos empezando a superar ese límite.

Aún queda planeta.

Ya no para una sexta parte de las especies terrestres hoy extinguidas por la acción humana y que existían sólo hace un siglo. Nuestros hijos sólo pueden ver en fotos animales que nuestros abuelos veían vivos

"La Tierra da recursos para las necesidades de todos, pero jamás dará suficiente para colmar la avaricia de unos pocos".

Gandhi no sólo lo dijo, sino que lo transformó en ejemplo al vivir con lo esencial, pero yo me he inspirado en Thornstein Veblen y en su mordaz ironía al explicar cómo las clases altas necesitan alardear de gasto suntuario para retarse entre individuos y demostrar su éxito.

Es la teoría del hándicap, o del pavo real, expuesta aquí por el etólogo evolucionista Amotz Zahavi.

Siempre hemos consumido un exceso de recursos naturales más allá de nuestras necesidades materiales para competir con los demás: las clases altas, para deslumbrar a los demás individuos de clase alta, y las clases bajas han imitado –o al menos lo han intentado– el lucimiento de gasto de las altas para sentirse ascendidas socialmente.

Todo muy humano.

Y las tribus –hoy naciones y estados– han derrochado también recursos de su territorio sólo para exhibir su poder. Está en nuestro instinto. Incluso le diría que hay una parte de esa élite económica que se siente fascinada por la idea de consumir el planeta hasta el final.

¿Quemar Roma como Nerón?

Una pulsión suicida. Piense que consumir es en realidad destruir. El lujo hoy es enemigo de la especie. Y en ese sentido necesitamos decrecer económicamente.

¿Quien más contamina que pague más impuestos?

No basta: hay que cambiar la cultura. Necesitamos una cruzada estética para afear la sobreexplotación del planeta por mera vanidad. Hay que reivindicar la sobriedad.

Pues empiece por países petroleros.

No sólo es la exhibición de riqueza. También el despliegue armamentístico –otra forma de exhibición más perversa y nociva– en otros países de estilos más austeros.

¿Propone una revolución pedagógica?

Propongo que cuando alguien quiera instalar una fábrica o una granja en un valle idílico con un río virginal, y ensucie y contamine ese río –o esa playa– de todos para poder comprarse con las ganancias una mansión gigantesca o... ¡un Rolex de oro...!

Hay otros lujos más inteligentes...

... Y arruinan su río y contaminan sus aguas... ¡para poder construirse una piscina en su jardín...!, que todos le digamos que esa conducta es hortera, ignorante y nos perjudica a todos.

La envidia es más poderosa que la responsabilidad.

Pero nos queda el raciocinio. Nos queda la reflexión: ¿para qué más coches de 100.000 euros, y mansiones con catorce baños? ¿No sería un lujo mayor poder caminar por un bosque frondoso y florido y bañarse en un río limpio?.

Jordi Pigem: Tenemos la oportunidad insólita de cambiar el mundo

Alberto D. Fraile Oliver

El sistema se desmonta y tenemos la oportunidad insólita de cambiar el mundo.

Jordi Pigem es el filósofo de nuestro tiempo. Así lo demuestra en su nuevo libro Buena Crisis (Ed. Kairós y Ara Llibres), donde realiza un fiel retrato del especial momento en que nos ha tocado vivir. Sus recetas a los grandes retos se pueden resumir en dos líneas: acabar con el divorcio entre el ser humano y el resto de la naturaleza y empezar a buscar la felicidad en la creatividad, la solidaridad y las relaciones humanas. El consumismo y el materialismo son el pasado, ha llegado la época del postmaterialismo. Pigem ha sido profesor del Schumacher College, colaborador de Raimon Panikkar, Fritjof Capra… Y lo más importante: es muy buena gente.


Buena Crisis es el título de tu último libro. Normalmente crisis se suele asociar a algo negativo pero tú apuntas a algo positivo.

La palabra crisis viene de un término médico empleado para describir el momento en el cual el paciente se sana o empeora. Si se sana, se decía tradicionalmente que el paciente había tenido una crisis feliz, favorable o una buena crisis.

Estamos en un sistema que ya estaba enfermo y ha entrado en crisis, es decir, puede empeorar y volverse más hacia la sed de control, la violencia, la alienación o bien puede transformarse hacia un mundo más sano, más sensato, más ecológico, más justo y más sabio.

Es útil darnos cuenta de que esto nos da un poder de actuación que antes no teníamos. En una situación estable puedes intentar cambiar cosas y nada se mueve. En cambio en una situación de crisis todo está en transformación y  es mucho más fácil incidir en el curso de las cosas.

Ahora todo está fluyendo y es mucho más fácil orientar los cambios en el sentido que creamos que son positivos. La única certeza que podemos tener es de que nada se quedará igual.

En un mundo en donde cada vez hay más desigualdades y formas de explotación cada vez más sutiles, el hecho de que llegue una crisis como esta es una campanada que nos despierta. La bonanza económica y la posibilidad de consumir cada vez más eran como un soborno a nuestra consciencia que nos hacía ignorar los problemas terribles del mundo, a nivel de derechos humanos y de crisis ecológica, por ejemplo.  Creíamos que como yo cobro a final de mes y me puedo comprar lo que quiera, el sistema funciona.

Del mismo modo que hemos creído que la economía es la clave del bienestar de una sociedad, creíamos que el consumo era la clave del bienestar humano. Ahora sabemos que no es así. Y al desmontarse todo este sistema de creencias, todos los problemas que ya estaban ahí, pero que la sociedad prefería ignorar, ahora nos miran a la cara.

Es una medicina amarga…

Sí, pero nos despierta de un estado de sopor. El sistema era como un gigante sonámbulo que avanzaba estrujando ecosistemas, comunidades y el equilibrio del planeta bajo sus pasos. Ahora el sistema se desmonta y nos damos cuenta de que tenemos la oportunidad insólita, increíble y privilegiada de poder cambiar el mundo.

Pocas generaciones han podido sentir que sus decisiones pueden afectar el futuro, no solo de su comunidad local sino del conjunto de la Tierra. Estamos en un momento muy duro y muy difícil pero también podemos pensar que es un gran privilegio haber venido a la Tierra en este momento. Tener una vida humana en esta época de transformación enorme, con todas las posibilidades ilimitadas que ello conlleva, es la experiencia más interesante que se puede pedir.

El materialismo ha tenido una serie de manifestaciones políticas, como el capitalismo y el comunismo. ¿Qué tipo de organización social puede emanar de este nuevo paradigma holístico?

La visión holística del mundo lleva por naturaleza a sistemas de gobiernos mucho más descentralizados. El poder está en las comunidades locales. Se trata de una sociedad en donde no hay estructuras jerárquicas, no hay personas que lideran al conjunto de la población, sino que cada uno es capaz de tomar mayor responsabilidad por lo que hace y consume, por su impacto en la comunidad local y en el conjunto de los ciclos de la tierra.

Creo que esta crisis marca el principio del fin de la globalización económica y eso abrirá espacios de diversidad cultural que hasta ahora se habían ido sofocando. Permitirá una mayor diversidad de maneras de actuar en sintonía con  los ritmos de cada ecosistema. De hecho, es así como las culturas han ido evolucionando siempre: en sintonía con los ritmos climáticos y biológicos del ecosistema que las acoge, cosa que ahora prácticamente no tenemos en cuenta.

Ahora mismo lo que tenemos a nivel político es la gran transición desde estructuras rígidas y jerarquías centralizadas a toda una serie de iniciativas participativas que van a ir surgiendo a nivel local.

Todo esto comporta fomentar la participación ciudadana y la recuperación de maneras autosuficientes de vivir. Recuperar oficios que se estaban perdiendo, recuperar variedades agrícolas locales que se estaban abandonando. Hay que fortalecer estas comunidades locales y dejar que las estructuras más globales sean solo como un paraguas protector, no como una pirámide que acumula el poder en su cúspide. Sería un poder que emerge de abajo a arriba, no  de arriba a abajo.

¿A nivel simbólico estaríamos hablando de pasar de la fórmula piramidal al trabajo en red?

Sí, exacto. La pirámide es una metáfora que vale mucho para los sistemas que hemos creado hasta ahora, tanto políticos como empresariales. Pero la naturaleza no funciona así. El concepto de pirámide puede asociarse con nociones teológicas que proclaman un dios superior que está por encima de la Tierra. La versión del cristianismo que ha triunfado (que no es por ejemplo la de San Francisco) es muy jerárquica y se ha vuelto compatible la visión del mundo hasta ahora hegemónica, en la que destaca la competición y la lucha por la supervivencia, todo se rige por leyes mecánicas y lo que tiene más fuerza triunfa.

La visión holística nos revela que todas las cosas están íntimamente relacionadas y todo depende de todo lo demás. Es una visión mucho más compatible con la idea de red. Cada acto, como una piedra que cae en un estaque, genera ondas que luego se van expandiendo. En esta crisis, las pirámides se derrumban y las redes se fortalecen. Todos sabemos que las estructuras piramidales ya no funcionan.

Inventar estructuras piramidales es un experimento de la humanidad que hemos comprobado que no funciona. Y no funciona ni siquiera para los que están arriba, muchos de los cuales están colmados de insatisfacción.

Ahora nos toca probar formas nuevas de organización. Sabemos que el cosmos y la vida funcionan en red. Cuanto más funcionemos en red nosotros, más fluiremos con la naturaleza y mejor nos irá.

¿Es el universo un lugar acogedor?

Los pueblos indígenas tradicionales se han sentido parte de su ecosistema inmediato y del Universo. Cuando miran a la Luna y al Sol, los ven no solo como parte de su cosmología, sino de su mitología y de su propia familia… De esa percepción primordial del mundo, en la cual nos sentíamos instintivamente hermanos de  las plantas, los animales y los astros… hemos pasado a una visión mecanicista en la que consideramos que lo único real es lo que se puede medir, lo que se puede cuantificar. Eso da lugar a un mundo que puede ser controlable y eficiente en muchos sentidos, pero donde todo lo que no es cuantificable, todo lo que tiene que ver con la creatividad, la imaginación, el arte, la espiritualidad, nuestras relaciones, el amor… todo ello se percibe como una cosa accesoria y poco importante. Si creemos que lo más propiamente humano es un añadido, creamos un mundo inhumano y hostil.

Es curioso que las conclusiones a las que está llegando la ciencia de vanguardia coinciden con las  filosofías espirituales más tradicionales. Parece que los científicos y los místicos acaban entendiéndose al final del trayecto.

Dos premios Nobel de Física del siglo XX, Schrödinger y Wigner, independientemente llegaron a la conclusión de que ciertos experimentos de física contemporánea solo podían explicarse satisfactoriamente si pasamos a considerar que el fundamento de la realidad no es la materia y la energía, sino la conciencia y la percepción. Eso significa un giro de 180 grados en cómo vemos el mundo desde hace siglos. Y esto no lo dicen maestros espirituales, sino premios Nobel de Física. Hay, como mínimo, paralelismos entre la visión del mundo que han cultivado las filosofías no dualistas de diversas escuelas budistas, taoístas e hinduistas, y la visión que nos presenta la física contemporánea.

La física ha descubierto cosas que los propios físicos no son capaces de asimilar en su vida cotidiana.

La visión del mundo que emerge de la física cuántica borra la visión de que existen entidades separadas. La mayoría de los físicos viven en una especie de doble vida. Cuando están trabajando con la física cuántica, abrazan la visión de radical interdependencia de todas las cosas, pero cuando están en su vida cotidiana, todo vuelve a estar fragmentado y muchas cosas se siguen rigiendo por los valores tradicionales.

Nuestra cultura todavía no ha sabido integrar lo que hace ya cien años comenzó a emerger de la física cuántica y más recientemente de la neurobiología.

Tenemos la base científica para una visión holística, en la cual nos damos cuenta de que todas las cosas son interdependientes y en la que la actitud más natural y más efectiva es cooperar y no competir. De ello puede nacer espontáneamente una actitud que no es de control sino de participación de los ciclos de la naturaleza.

Del control, al fluir. ¿Cómo podemos aprender a fluir? Supongo que la confianza es la clave ¿no?

Sí, la confianza es parte de este proceso. Si nos sentimos separados del mundo y separados los unos de los otros, la única manera efectiva de actuar es controlar y competir. Es una actitud basada en la desconfianza. Pero la palabra confianza puede tener la connotación de ingenuidad. Yo usaría la palabra participación, en el sentido de que nos sentimos parte de una red de ciclos, de una red inagotable de múltiples ciclos y de ese modo podemos sentirnos parte del conjunto del universo y parte del milagro continuo de renovación de la vida.

Pasar de esta actitud de control a una actitud de fluir es lo que te permite dejarte guiar por tu creatividad. También es una actitud mucho más sana. Se puede medir fisiológicamente cómo una persona que intenta controlar tiene mucha más tensión que una persona que siente que participa en el fluir de las cosas, que está naturalmente más relajada.

En una visión del mundo en la cual las cosas están separadas hay que unirlas con vínculos de control o con leyes mecánicas que rijan su funcionamiento. Una visión más participativa nos lleva a fluir con los ciclos de la naturaleza y con los ciclos de las relaciones humanas.

Hay pensadores que opinan que los humanos ya no podemos reintegrarnos en los ciclos de la naturaleza, que la expulsión del Paraíso es definitiva

La raíz del problema que tenemos hoy en día es el dualismo entre nosotros y el mundo, que se manifiesta por ejemplo como dualismo entre la humanidad y la naturaleza. La clave para conseguir un mundo que funcione es superar ese dualismo.

Hay actitudes que parten de la idea de que los humanos estamos aquí para administrar el planeta. Parten de la arrogancia de creer que saben cómo funciona el planeta.

Pero tal como nosotros respiramos sin ser conscientes de todos los procesos ligados a nuestra respiración y tal como nuestro corazón late sin que nosotros sepamos cómo, nadie sabe en detalle cómo funcionan los innumerables ciclos en continua transformación que constituyen la naturaleza.
La naturaleza es líder en tecnología porque todo lo que crea es mucho más complejo, mucho más bello y mucho más eficiente que lo que creamos nosotros. Creer que nosotros podemos controlar artificialmente el equilibrio ecológico de la Tierra es de una gran ingenuidad y arrogancia.

Los seres humanos de los países ricos y de las elites ricas de los países del Sur hemos vivido de un modo que nadie nunca antes había vivido. Volar, adaptar la temperatura de cada sala a lo que nosotros queramos y regular todo lo que ocurre a nuestro alrededor, importar comida de la otra punta del mundo y disponer de todo tipo de artilugios electrónicos… son comodidades que ni siquiera los grandes emperadores tenían, pero hemos terminado creyendo que esta era la manera natural de vivir.

¿La solución pasa por vivir con menos?

La economía convencional sigue ignorando que depende de la naturaleza. La inminente escasez de recursos energéticos clave nos obliga a reconocer que la vida que hemos estado llevando en las últimas décadas no es sostenible. Si queremos perdurar como una especie integrada en los ciclos de la tierra, hemos de consumir menos energía y hemos de aprender a vivir mejor con menos, ser más felices con menos.

No hay ninguna alternativa energética viable que sea capaz de proporcionar el nivel del consumo que hemos tenido hasta ahora. Pero eso no es una mala noticia, porque esta sociedad de consumo es una fuente de adicciones y de problemas psicológicos que antes no existían. Hay que reaprender a vivir mejor con menos energía externa y en cambio potenciar nuestras energías interiores: la creatividad, la solidaridad…

Hemos de limitar nuestro impacto en el medio, pero hay mil cosas que son ilimitadas: la amistad, la solidaridad, la imaginación, la creatividad, el arte, la capacidad de aprender… siempre las podemos potenciar.

Todo lo que no depende de una base material, no tiene límites. Darnos cuenta de que estamos en un mundo de posibilidades ilimitadas abre la puerta a darnos cuenta de que el mundo que podemos crear tampoco tiene límites. Tal vez nos espera un mundo que ahora mismo no podemos imaginar. Tiene el potencial de ir a peor o a mejor. Podemos vivir una mala crisis o una buena crisis. Nos espera un mundo que no será como este. Contribuir a que sea un mundo mejor está en nuestras manos, y en nuestro corazón.

FUENTE:  Por Alberto D. Fraile Oliver  Revista Namaste