Periferias que alimentan la dignidad

José Fernández Casadevante - diario.es/Última Llamada

La alimentación es el elemento en torno al cual estamos estableciendo esa complicidad cognitiva entre el campo y la ciudad, después de décadas de incomprensión mutuas asistimos a la multiplicación de espacios de reencuentro.

Las ignoradas problemáticas del medio rural dialogan con la precaria situación de las periferias urbanas a través de las iniciativas agroecológicas de extrarradio.


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La periferia queda allí donde el asfalto se interrumpe, las calles acaban y empiezan los descampados, la invisible puerta de acceso al campo. Las periferias en muchos casos son barrios olvidados o despreciados por las instituciones, edificios de ladrillo visto habitados por personas con precariedades, necesidades y estilos de vida incomprendidos para la urbanidad bien pensante. La periferia es aquello que geográfica y simbólicamente queda fuera del centro, el lugar donde se clava el compás y desde el que se delimita lo que es relevante. Allí donde residen las personas afectadas por la desigualdad y la pobreza.

Hace unos días participaba en Vitoria-Gasteiz de la jornada Periferias que alimentan, organizada por el sindicato agrario EHNE Bizkaia, donde nos encontrábamos gentes de distintas ciudades que venimos trabajando desde entornos urbanos por la soberania alimentaria y el derecho a la alimentación, con quienes hacen lo propio desde el medio rural vasco. La alimentación es el elemento en torno al cual estamos estableciendo esa complicidad cognitiva entre el campo y la ciudad, después de décadas de incomprensión mutuas asistimos a la multiplicación de espacios de reencuentro
Las ignoradas problemáticas del medio rural (no se valora la actividad campesina, inviabilidad de rentas agrarias, políticas agrícolas que facilitan el acaparamiento de las ayudas por el agro-negocio, envejecimiento, abandono de los servicios públicos...) dialogan con la precaria situación de las periferias urbanas a través de las iniciativas agroecológicas de extrarradio.

La asamblea de personas en paro y precarias de Xixón, ligada a la asturiana Corriente Sindical de Izquierdas, lleva años impulsando una despensa solidaria para 150 familias, asesorías jurídicas gratuitas y otros proyectos de economía solidaria como una cooperativa de mudanzas. Hace cuatro años y tras vínculos con el asociacionismo rural, que se había movilizado contra procesos especulativos, conseguían la cesión de una explotación agrícola periurbana abandonada. En ella se lanzaron a poner en marcha un proyecto de producción ecológica de verduras y hortalizas, manzanas, sidra, huevos... orientada al autoconsumo y a la comercialización en proximidad, mediante grupos de consumo y vendiendo en los locales sindicales de la ciudad una vez por semana. Una iniciativa que a duras penas logra ser rentable económicamente y encontrar gente que apueste por profesionalizarse en un sector donde lograr la viabilidad es muy complicada, pero que lentamente ha logrado replicarse en dos fincas más de la zona sumando cerca de 8 hectáreas en cultivo. La fortaleza de la iniciativa es la convicción de que únicamente la solidaridad es capaz de enfrentar el individualismo y la victimización que sufren las personas en paro.

Desde otro de los “barrios sin retorno” como es el de Buenos Aires en Salamanca, contaba el párroco Emiliano, han logrado articular un proyecto que conjuga la apuesta por la permanencia en el medio rural, con la dignificación de la vida de los habitantes de un barrio marcado por la conflictividad, el narcotráfico y la cárcel. Un proyecto que se basa en la acogida de personas excluidas en los pisos y la casa parroquial donde conviven cerca de 20 personas, y su voluntad de abordar de forma comunitaria tanto el abandono del barrio como la improbable incorporación a un mercado de trabajo en crisis de las personas más vulnerables (exconvictos, personas sin papeles, sin estudios...). Un proceso que integra la reivindicación de los derechos sociales (alimentación, salud, educación...) con la puesta en marcha de iniciativas de economía solidaria que entre otras cosas se encargan del catering y los servicios a la comunidad en el medio rural cercano. Además huyendo de la estigmatización de la pobreza se negaron a colaborar con los bancos de alimentos y el reparto de bolsas de comida, así que les quedaba una única alternativa: la producción. Desde hace 5 años trabajan la tierra en terrenos baldíos que les han sido cedidos, produciendo alimentos para ellos, para grupos de consumo así como para las empresas de catering asociadas. La última aventura en la que se han metido es proceder a la transformación y envasado a pequeña escala para la comercialización.

En medio de la frenética actividad por conseguir planes de formación para el empleo y poner en marcha la despensa comunitaria, la Asamblea de Parados de Caserío de Montijo en la deprimida zona norte de Granada, se lanzaba en 2012 a ocupar un terreno abandonado junto al rio Beiro y convertirlo en huertos de autoconsumo. La universidad ha colaborado con la construcción de infraestructuras como un vivero y un invernadero, y ha facilitado el análisis de agua y tierras para certificar el cultivo ecológico mediante un sistema participativo de garantía. La producción se comercializa mediante grupos de consumo y en el ecomercado local. Reciben formación de agricultores profesionales de la vega y visitas de curiosos de todas partes, interesados en conocer lo que arrancó como una medida desesperada ante la emergencia alimentaria y evoluciona lentamente hacia un pequeño parque agrario autogestionado con sus huertas, sus plantaciones de frutales y olivos, el diseño de itinerarios peatonales o la custodia ante los vertidos ilegales de basuras.

En Pamplona (Iruña) ante la silenciada y oculta evidencia de que había gente que pasaba hambre, y la inexistencia de un comedor social municipal, surge en 2007 el comedor solidario Paris 365. Un proyecto apoyado por las redes de economía social y alternativa, mediante el cual se procede a habilitar un antiguo bar para convertirlo en un comedor que huyera de los estereotipos asistenciales. Los 365 días al año un reducido grupo de trabajadores y una media de 200 voluntarios al mes cocinan para otras 110 personas en dificultad social, al principio se trataba principalmente de varones migrantes procedentes del sector de la construcción, pero en la actualidad la mitad de las personas que asisten son familias autóctonas. Partiendo de una postura crítica con los bancos de alimentos, que solo canalizan los excedentes de la gran industria y no garantizan un acceso a una alimentación adecuada, priorizan la donación de excedentes por parte de pequeños productores, pequeñas empresas y particulares. Las ayudas más estables llegaron de los agricultores de Sanguesa que donan de formar regular cantidades que suman las cinco toneladas al año, o del vecindario del municipio de Gabardela donde cultivan una parcela de forma comunitaria para donar los productos al comedor, hasta lograr involucrar a la universidad pública de Navarra donde la facultad de agrónomos mediante un proyecto voluntario de aprendizaje-servicio cultivan para el comedor. A lo que se suma la puesta en marcha de una despensa solidaria con aspecto de supermercado, que abre tres días a la semana y donde las familias se autorregulan para coger los alimentos que necesitan.

El crecimiento exponencial de la agricultura urbana, la proliferación de grupos de consumo agroecológicos, las demandas crecientes de comedores escolares saludables y sostenibles o iniciativas para alimentar las periferias, como las descritas anteriormente, permiten sostener la vida en contextos de dificultad, a la par que replantean el absurdo funcionamiento del modelo agroindustrial. De forma local e imperfecta, con todas las limitaciones que se quiera, estas experiencias reivindican el valor de un trabajo socialmente necesario y ambientalmente sostenible mediante la necesaria producción de alimentos, generan empleo reconstruyen circuitos comerciales en proximidad, se sostienen en comunidades locales que establecen vínculos que van más allá de lo mercantil, se preocupan por las personas vulnerables, demandan profundos cambios en las políticas públicas, y defienden el territorio y la actividad campesina.

Relocalizar y democratizar el sistema agroalimentario es una tarea urgente, pues como dibujan los escenario s d el Informe Global Risk 2015 presentado por l as élites económicas y políticas del planeta en el pasado Foro de Davos, las principales amenazas para el conjunto de la economía global dentro de diez años ser á n el acceso al agua, errores en la adaptación al cambio climático y eventos climatol ó gicos extremos, así como profundas crisis alimentarias. 

Ante diagnósticos como este y frente al secuestro de las políticas alimentarias por las grandes corporaciones y el sistema financiero, solo queda un camino: recuperar nuestra soberanía alimentaria. Igual que la piedra clave determina la construcción de un arco, dando estabilidad a la unión de las piezas situadas entre dos pilares, la soberanía alimentaria está en el centro de las acciones que nos permite n ent retejer una nueva alianza entre campo y ciudad que dev uelva el protagonismo a productores y consumidores organizados.

Ocupar versus usurpar

Cuando se ocupa de forma pública y anunciada un espacio vacío con la intención de permanecer en él, lo que se hace es denunciar y cuestionar una sociedad, una economía y un Estado que consideran los lugares y los bienes como mercancías.

Yayo Herrero - ctxt



Actividades en el Patio Maravillas.


El juicio a cuatro activistas ocupas del Patio Maravillas copa en los últimos días el foco mediático. Como era de esperar, dado el orden de cosas, comparten portadas con las legiones de seres presuntamente corruptos, corruptores, prevaricadores y delincuentes que son detenidos o investigados por docenas y acusados de apropiaciones de recursos públicos, bajo todo tipo de imaginativas fórmulas. Ocupar es una palabra que en el diccionario de la Real Academia de la Lengua tiene muchas acepciones. Habitualmente, cuando hablamos ocupación de locales e inmuebles, la más utilizada suele ser la de “tomar posesión o apoderarse de un territorio, de un lugar o de un edificio, invadiéndolo o instalándose en él”.


Las personas que ocuparon en el Patio Maravillas, indudablemente entraron en un edificio, se instalaron en él y, desde ese momento, lo que era un inmueble vacío, se convirtió en un lugar habitado, cuyo valor venía dado por el uso que se hacía de él. Lo que hoy es tratado en muchos medios como un acto inmoral y delictivo, es, sin embargo, una acción amparada por las orientaciones morales más básicas que han permitido que la humanidad haya podido sobrevivir. Ocupar el espacio vacío ha sido una estrategia de supervivencia y prácticamente todas las culturas del mundo han desarrollado mecanismos y normas para impedir el acaparamiento de espacios y bienes que no tuvieran utilidad social. Desde las constituciones que regulan la vida en común en los estados (como es el caso de la propia Constitución española), hasta los textos básicos de muchas religiones (incluida la católica), la legitimidad de un propiedad que no tenga utilidad social ha sido profundamente cuestionada.


En este marco antropológico, y teniendo en cuenta, el uso patrimonialista y especulativo que tiene la propiedad inmobiliaria, el elevado número de viviendas y espacios vacíos en la ciudad de Madrid, y la cantidad de gente precaria sin vivienda y de proyectos socioculturales que no tenían dónde llevarse a cabo, no parece extraño que la ocupación, como denuncia y respuesta política, haya ido creciendo progresivamente.

Cuando se ocupa de forma pública y anunciada un espacio vacío con la intención de permanecer en él, lo que se hace es denunciar y cuestionar una sociedad, una economía y un Estado que consideran los lugares y los bienes como mercancías, valiosas en la medida en que generen plusvalías, independientemente de si esas operaciones mejoran, o no, las condiciones de vida de las mayorías sociales. Indudablemente, El Patio Maravillas es uno de esos espacios de denuncia. A partir de la ocupación del inmueble se trataba de visibilizar el sinsentido de los inmuebles que se caían a pedazos, mientras hay una enorme carencia de  lugares en los que poder construir cultura comunitaria y autoorganizada. 


Pero El Patio es mucho más que un práctica de denuncia o disidencia. Y es que la palabra ocupar tiene muchas más acepciones en el diccionario. También significa llenar y habitar un espacio o lugar; dar qué hacer o en qué trabajar y emplearse en un trabajo, ejercicio y tarea; llamar la atención de alguien y darle en qué pensar; preocuparse por una persona o colectivo, prestándole atención; asumir la responsabilidad de un asunto, encargarse de él...


El Patio Maravillas es, sobre todo, todas estas otras cosas que se orillan cuando se habla de la ocupación con la intención de estigmatizarla. Ha sido y es, junto a otras iniciativas una escuela de política y democracia en la que muchas personas hemos aprendido a construir colectivamente, a ocuparnos de las demás, a hacernos cargo y a intervenir en lo que nos concierne, a entender que lo que se mantiene en común genera derechos, pero también compromisos, obligaciones y límites. Es un espacio de aprendizaje y de fiesta.

Lo más fácil quizás fuese entrar, lo difícil, como siempre, es mantenerse y construir. El Patio es un espacio habitado y lleno, lleno de deliberación, de cursos, de talleres, de reflexiones y ayuda mutua. Es un espacio vecinal y abierto al barrio en el que vivía; es el sitio que acoge a muchas personas sin lugar, sin derecho a habitar. Es una fuente de trabajo socialmente necesario, de ése que no cuenta en el PIB, pero que resuelve necesidades cotidianas de la gente, que dignifica. Es un lugar de encuentro entre personas que quieren hacerse cargo y cuidar la vida en común, como hacen las personas conscientes de la vulnerabilidad de la vida individual. Es un espacio de emancipación, de feminismo, de ecologismo, de igualdad y de respeto a la singularidad, de mediación y resolución de conflictos...

En lugares como el Patio se formaron muchas personas activistas que seguimos trabajando en los movimientos sociales y en múltiples experiencias e iniciativas que pretenden ser alternativas viables y fuertes. Algunas de ellas, decidieron asaltar, además, otros espacios frecuentemente mal habitados como son las instituciones públicas. Y lo consiguieron con el trabajo y el apoyo de mucha gente, que vivimos la introducción de la papeleta con sus nombres en la urna como un acto, no el único ni el más relevante, pero sí un acto importante de rebeldía que pretendía llevar a la institución lo aprendido.

Probablemente, haya sido la ocupación más difícil que muchas de esas personas han vivido, no debe ser fácil aguantar lo niveles de agresión, calumnia, difamación y violencia que están soportando. La ocupación, en la amplitud de sus acepciones, contrasta radicalmente con la usurpación que hacen de lo público quienes lo usan en su beneficio propio o en el de sus amigos. Frente a la idea de ocupar el espacio privado y vacío para habitarlo, hacerlo público y comunitario, hay quien usurpa la institución pública y transfiere cuanto más deprisa mejor lo que es común a manos e intereses privados, transformando aquello que tiene valor social a la condición de simple mercancía.

Gracias a las compañeras y compañeros de El Patio, de los Labos, La Morada, La Casa Invisible, Casablanca, La Caba, Seco, EKO, y tantos otros. Ante la violenta crisis social y ecológica que afrontamos, necesitamos muchos más ocupas que desplacen a los usurpadores.

Vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir

Can Men - El blog alternativo


“Creo que vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir.
Nuestra cultura nos inculca el miedo a perder el tiempo,
pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida.”

“Hoy todo el mundo sufre la ENFERMEDAD DEL TIEMPO:
la creencia obsesiva de que el tiempo se aleja y
debes pedalear cada vez más rápido”

“La velocidad es una manera de no enfrentarse a lo que le pasa a tu
cuerpo y a tu mente, de evitar las preguntas importantes…
Viajamos constantemente por el carril rápido, cargados de emociones,
de adrenalina, de estímulos, y eso hace que no tengamos nunca el tiempo
y la tranquilidad que necesitamos para reflexionar y preguntarnos
qué es lo realmente importante.”

“La lentitud nos permite ser más creativos en el trabajo,
tener más salud y poder conectarnos con el placer y los otros”

“A menudo, TRABAJAR MENOS significa trabajar mejor.
Pero más allá del gran debate sobre la productividad
se encuentra la pregunta probablemente más importante de todas:
¿PARA QUÉ ES LA VIDA?
“Hay que plantearse muy seriamente
A QUÉ DEDICAMOS NUESTRO TIEMPO.
Nadie en su lecho de muerte piensa: “Ojalá que hubiera pasado más
tiempo en la oficina o viendo la tele”, y, sin embargo, son las cosas
que más tiempo consumen en la vida de la gente.”

Nos prometieron que la tecnología trabajaría por nosotros y que seríamos más felices, pero hay estadísticas que demuestran que trabajamos 200 horas más al año que en 1970 y la insatisfacción vital y la velocidad definen nuestro tiempo.

Carl Honore, el guru anti-prisa y autor del éxito mundial “Elogio de la lentitud” de RBA, nos ofrece en su libro y en esta entrevista una excelente radiografía de los males de nuestra sociedad y el remedio para sanarla: la FILOSOFÍA SLOW, simplemente reducir la marcha y buscar el tiempo justo para cada cosa.


Lo mismo que defendemos el decrecimiento económico porque el nivel de consumo actual es insostenible en un planeta finito y sólo genera injusticias y degradación del medio ambiente, debemos aplicar los mismos principios en las personas. DECRECER EL RITMO DE VIDA para no degradarmos nosotros mismos.
La hiperactividad actual nos lleva a vivir por inercia, dedicando toda nuestra energía a metas externas que se oxidan con el paso del tiempo y olvidando las cosas importantes de la vida.

Somos esclavos de los horarios, del ruido, del consumo, de la hipoteca y de lo que se espera de nosotros, y eso equivale simplemente a sobrevivir pero no a vivir consciente y responsablemente.

Leer a Honoré es como respirar aire fresco.

Su filosofía actualiza los conceptos clásicos de cualquier tradición espiritual sobre la importancia del ser en vez del tener y del aquí y ahora, pero él, además, tiene el mérito de haber popularizado y teorizado con rigor sobre le vida slow y la LENTITUD que se consideraban “cosas de vagos”.

Carl Honoré denuncia la cultura de la prisa y sus consecuencias, la falta de paciencia, la hiperestimulación, la superficialidad, la multitarea (“abarcar mucho y apretar poco” ), y defiende la lentitud, saborear los momentos y sobre todo, priorizar en la vida.
“Lo que denuncio no es la rapidez en si misma, sino que vivimos siempre en el carril rápido y hemos creado una cultura de la prisa donde buscamos hacer cada vez más cosas con cada vez menos tiempo, que hemos generado una especie de DICTADURA SOCIAL que no deja espacio para la pausa, para el silencio, para todas esas cosas que parecen poco productivas. Un mundo tan impaciente y tan frenético que hasta la lentitud la queremos en el acto.”

“La velocidad en si misma no es mala. Lo que es terrible es poner la velocidad, la prisa en un pedestal…Al principio era sólo el terreno laboral pero ahora ha contaminado todas las esferas de nuestras vidas, como si fuera un virus: nuestra forma de comer, de educar a los hijos, las relaciones, el sexo… hasta aceleramos el ocio. Vivimos en una sociedad en que nos enorgullecemos de llenar nuestras agendas hasta límites explosivos”


Y las críticas y propuestas de Carl Honoré se sintetizan muy bien en esta entrevista de La Contra de la Vanguardia del 6-2-2005 titulada “Hemos perdido la capacidad de esperar“:
Tengo 37 años. Nací en Edimburgo, vivo en Londres y fui criado en Canadá. Estoy casado y tengo dos hijos de seis y tres años. Soy licenciado en Historia Moderna. Ejerzo de periodista, he trabajado para ‘The Globe and Mauil’, ‘Nacional Post’, ‘The Guardian ’ y ‘The Economist’. Soy de centroizquierda. Creo que hay algo más allá del hombre y de la experiencia que tenemos en esta vida. Acabo de publicar en España ‘Elogio de la lentitud’ (RBA), que se ha traducido ya a 15 idiomas.

No es necesario que salgas de tu cuarto. Quédate sentado a tu mesa y escucha…”


“…No escuches siquiera, limítate a esperar. No esperes siquiera, permanece inmóvil y solitario. El mundo se te ofrecerá libremente para que lo desenmascares. No tiene elección. Girará arrobado a tus pies”. Así expresó Franz Kafka lo que ya había dicho Platón, que la forma superior del ocio era permanecer inmóvil y receptivo al mundo.

¿Nada más lejos de nuestros conceptos actuales?


Estamos atrapados en la cultura de la prisa y de la falta de paciencia. Vivimos en un estado constante de hiperestimulación e hiperactividad que nos resta capacidad de gozo, de disfrutar de la vida, de acceder al placer que uno puede hallar en su trabajo, en las relaciones humanas o en la comida.

Entonces, ¿nos hemos quedado sin placeres cotidianos?


Somos muy superficiales, no profundizamos en esas cosas, si no le aseguro que cada mediodía nos buscaríamos una agradable terraza en la que comer al sol o un restaurante que nos ofrezca nuestra comida casera preferida. Pero optamos por alimentarnos sin disfrutar ¡porque tenemos mucho trabajo! El consumo de drogas en las empresas estadounidenses ha aumentado un 70% desde 1998, estimulantes para rendir más y más.

¿Y cree entonces que la lentitud es la solución?


La lentitud nos devuelve una tranquilidad y un ritmo pausado que nos permite ser más creativos en el trabajo, tener más salud y poder conectarnos con el placer y con los otros. Hay que reaprender el arte de gozar si queremos ser felices.

“Quien se interesa exclusivamente por la búsqueda del bienestar mundano -decía Tocqueville – siempre tiene prisa, pues sólo “dispone de un tiempo limitado para asirlo y disfrutarlo”.


Tratamos de amontonar tanto consumo y tantas experiencias como nos sea posible. No sólo deseamos una buena profesión, sino también seguir cursos de arte, ejercitarnos en el gimnasio, leer todos los libros de las listas de los más vendidos, salir a cenar con los amigos, ir al cine, comprar los adminículos de moda, tener una satisfactoria vida sexual…

¿Y le parece mal?


El resultado es una corrosiva desconexión entre lo que queremos de la vida y lo que, de una manera realista, podemos tener, lo cual alimenta la sensación de que nunca hay tiempo suficiente.

La rapidez, ¿produce rabia?


Es una de las consecuencias de vivir acelerado. La rabia flota en la atmósfera: rabia por la congestión de los aeropuertos, por las esperas, por las aglomeraciones en los centros de compras, por las relaciones personales, por la situación en el puesto de trabajo, por los tropiezos en las vacaciones. Todo objeto inanimado o ser viviente que se interpone en nuestro camino, que nos impide hacer exactamente lo que queremos hacer cuando lo queremos hacer, se convierte en nuestro enemigo. Hemos perdido la capacidad de esperar. La cultura de la gratificación instantánea es muy peligrosa.

¿Cuándo nació la enfermedad del tiempo?


El término lo acuñó un médico estadounidense en 1982, Larry Dossey, para denominar la creencia obsesiva de que el tiempo se aleja, no lo hay en suficiente cantidad, y debes pedalear cada vez más rápido para mantenerte a su ritmo. Hoy, todo el mundo sufre esa enfermedad.

La rapidez es dinero


Estamos pasando de un mundo donde el grande se comía al chico a otro donde el rápido se come al lento, dijo Klaus Schwab, presidente y fundador del Foro Económico Mundial. La importancia de la rapidez en la vida económica es infernal hoy día y eso no lo podemos cambiar, pero sin equilibrio no podremos sobrevivir mucho tiempo.

Sí, pero los rápidos son más productivos.


Los expertos coinciden en que el exceso de trabajo acaba por ser contraproducente. Según la Organización Internacional del Trabajo, los británicos pasan más tiempo en el trabajo que la mayoría de los europeos y, sin embargo, tienen una de las tasas de productividad por hora más bajas del continente. A menudo, TRABAJAR MENOS SIGNIFICA TRABAJAR MEJOR. Pero más allá del gran debate sobre la productividad se encuentra la pregunta probablemente más importante de todas: ¿para qué es la vida?

Algún día nos cansaremos de vivir en la oficina.


En un estudio reciente llevado a cabo por economistas en la Universidad de Warwick y el Dartmouuth College, el 70% de las personas encuestadas en 27 países expresó su deseo de un mejor equilibrio entre el trabajo y la vida privada. Los directores de personal del mundo industrializado informan que los aspirantes jóvenes han empezado a formular preguntas que habrían sido impensables hace 10 o 15 a ños: ” ¿Puedo salir de la oficina a una hora razonable por la tarde?”

Los grandes hombres siempre han dedicado tiempo a pensar en las musarañas.

Un reciente estudio de la NASA ha revelado que mantener los ojos cerrados durante 24 minutos obra maravillas en la atención y el rendimiento de un piloto. Y sí, muchos de los personajes históricos más vigorosos y triunfadores han sido inveterados partidarios de la siesta: John F. Kennedy, Thomas Edison, Napoleón Bonaparte, John Rockefeller, Johannes Brahms…

Pero los intelectuales y los pseudointelectuales de hoy día tienen respuestas inmediatas para todo.


En vez de pensar en profundidad, ahora gravitamos de manera instintiva hacia el sonido más cercano. Las mentes mediáticas a las que hoy escuchamos realizan análisis inmediatos de los acontecimientos en el mismo momento en que se producen, y con frecuencia se equivocan, pero eso apenas importa: en el país de la velocidad, el hombre que tiene la respuesta inmediata es el rey. Pero ya Gandhi decía que en la vida hay algo más importante que incrementar su velocidad.

Puede que la rapidez sea nuestra manera de evadirnos.


La velocidad es una manera de no enfrentarse a lo que le pasa a tu cuerpo y a tu mente, de evitar las preguntas importantes. La gente tiene miedo a abrazar la lentitud, existe un prejuicio muy arraigado. Lento es sinónimo de torpe, lerdo, perezoso. Pero creo que hay mucha gente en un brete, porque por un lado le parece obvio que debe cambiar su ritmo y, por el otro, la sociedad le manda un bombardeo de mensajes que aseveran que la velocidad es Dios.

¿Qué mundo se descubre con la lentitud?


Según mi experiencia hay un antes y un después. Creo que vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir. Nuestra cultura nos inculca el miedo a perder el tiempo, pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida. La mejor forma de aprovechar el tiempo no es hacer la máxima cantidad de cosas en el mínimo tiempo, sino buscar el ritmo adecuado a cada cosa. Hay que plantearse muy seriamente a qué dedicamos el tiempo. Nadie en su lecho de muerte piensa: “Ojalá que hubiera pasado más tiempo en la oficina o viendo la tele”, y, sin embargo, son las cosas que más tiempo consumen en la vida de la gente.

¿Hemos pervertido el concepto de ocio?


La filosofía del trabajo la aplicamos en el ocio, que se vuelve una obligación, y caemos en la trampa de hacer demasiado. Hay que reintroducir la idea del juego tanto en el trabajo como en el ocio.

Los esquimales llaman a hacer el amor “reír juntos”.


El sexo en nuestra sociedad está tan contagiado de la enfermedad de la prisa como todo lo demás, pero en este caso perdemos muchísimo. Disfrutar de una buena relación íntima va mucho más allá de la duración del orgasmo, significa darle otro nivel de profundidad; el vínculo psicológico o la comunicación espiritual es el mayor de los placeres, pero requiere tiempo antes, durante y después. Cada vez más gente en Estados Unidos decide, como el cantante Sting, aprender el sexo tántrico.

De las filosofías que explican el tiempo, ¿cuál prefiere?


Las tradiciones filosóficas para las que EL TIEMPO ES CÍCLICO, como la china, la hindú o la budista. Según estas culturas, el tiempo nos rodea, renovándose, como el aire que respiramos. Pero en la tradición occidental el tiempo es lineal, un recurso finito. Los monjes benedictinos, que se regían por un horario muy apretado, creían que el diablo buscaba trabajo en las manos ociosas.

¿Cómo educar a un niño a un buen ritmo?


A cada vez más padres el instinto les dice que la escuela no es el mejor lugar para educar a sus hijos. Actualmente, más de un millón de jóvenes estadounidenses están siendo ESCOLARIZADOS EN CASA, 90.000 en Gran Bretaña, 30.000 en Australia y 80.000 en Nueva Zelanda. Es una manera de liberar al niño de la tiranía del horario, de dejarles aprender y vivir a su ritmo. Es decir, permitirles ser lentos.

¿Con buenos resultados?

Las investigaciones demuestran que los niños educados en casa aprenden más rápido y mejor que los alumnos en aulas convencionales. Y también se ha comprobado que tienen mucho éxito en sus estudios superiores. El temor de que su relación social no sea buena en el futuro también es infundado. Los padres que educan a sus hijos en casa establecen contacto con otras familias para compartir la enseñanza, juegos y viajes de estudio. Como avanzan con más rapidez, estos niños disponen de más tiempo libre para afiliarse a clubs.

Para ellos puede que el peligro sea la televisión.


Ese es un peligro universal. Cada vez más especialistas relacionan la televisión con el déficit de atención. La extrema velocidad visual de la pequeña pantalla ejerce con toda certeza un efecto en los cerebros juveniles. Un vídeo de Pokémon lleno de luces destellante que emitió la televisión japonesa en 1997 causó ataques epilépticos a casi 700 niños. Para protegerse de las demandas, las empresas de software adjuntan a sus juegos advertencias sobre los riegos para la salud que conllevan. En general, creemos que la televisión nos relaja y no es cierto. De media, EN ESPAÑA SE PASAN CUATRO HORAS DIARIAS FRENTE AL TELEVISOR. La tele se ha vuelto el agujero negro del tiempo en la vida moderna, chupa todo el tiempo de ocio y nos deja cansados, hiperestimulados y pobres de tiempo.

Quizá la velocidad sea una manera del propio sistema para tenernos controlados.


Creo que el capitalismo es un sistema muy flexible y que se puede adaptar, aunque el movimiento en defensa de la lentitud implique un cambio cultural muy profundo. Pero cada vez hay más gente que defiende la lentitud, llegar a una masa crítica es cuestión de tiempo.

¿Cuál es el primer paso?


Aceptar que uno vive mejor cuando hace menos. Mirar la agenda y colocar todo lo que hacemos durante la semana en ORDEN DE PRIORIDAD y empezar a cortar desde abajo, lo que no resulta nada difícil, porque llenamos nuestro tiempo de cosas que no son esenciales, lo hacemos por reflejo, porque eso es lo que se hace. El segundo paso es seleccionar los programas de televisión que nos interesan y no encenderla por costumbre. Así le podrá dar más tiempo a las cosas importantes: la comida, las relaciones, el sexo, lo lúdico y la calidad de trabajo.
  
¿No tiene la sensación que haciendo menos la vida se reduce?

 Ese es el miedo, pero la realidad es la contraria: al no estar atrapado en la telaraña de compromisos las cosas empiezan a ocurrir casi de forma sorprendente e inesperada.

El decrecimiento como alternativa para superar la crisis ambiental

Álvaro Lopez - Ingeniero agrónomo

Una persona en Estados Unidos consume 4 veces más energía que un argentino y 265 veces más que un nigeriano. Si tenemos en cuenta la cantidad de CO2 generada por cada estadounidense, ésta supera en 3,7 veces la producción de un argentino y 34 veces la de un nigeriano. Finalmente, y como medida de consumo, el PBI per cápita de un estadounidense es 4,37 veces mayor al de un argentino y 427 veces mayor al de un nigeriano. Esta breve comparación es indicativa de la gran desigualdad en el mundo, no solo referida a los aspectos económicos, sino también a los impactos ambientales de los distintos países.

En este periodo histórico la humanidad o parte de ella comienza a tener conciencia de la finitud del planeta y que es imposible lograr un nivel de consumo o de igualdad en todos los habitantes al mismo nivel que los estadounidenses/europeos, como así también es injusto que los países “desarrollados” despilfarren los recursos naturales recibiendo el resto solo las migajas de su progreso.

En este planeta finito los recursos naturales tienen un límite, y la acción antrópica desde la revolución industrial en adelante ha llevado a superar dichos límites de sustentabilidad de la tierra, lo cual se observa en la actualidad con ejemplos marcados en la reducción de biodiversidad, calentamiento global, contaminación del aire, contaminación del agua, grandes inestabilidades climáticas (acentuadas por el mal uso de los recursos naturales) que derivan en sequías, inundaciones, tornados, avances de plagas y enfermedades, reducción de la producción agrícola, etc.

La respuesta política a estos problemas (según podemos observar en los acuerdos alcanzados en la COP21) se centra en la adaptación al cambio climático –adaptarnos a que el clima nos destruya y aguantar–, en la mitigación (disminuir la cantidad de gases del efecto invernadero) y en una serie de medidas que involucran aportes financieros para estos fines y otras políticas.

En general estos acuerdos son vulnerables a las políticas económicas definidas en el interior de cada uno de los países, son compromisos futuros que implican acciones que indirectamente dependen de su factibilidad económica, más en un mundo donde prima lo global, lo financiero, el consumo y el crecimiento económico.

Pero debemos estar atentos a la alerta que nos marca el planeta, los efectos del cambio climático son tangibles, es hora de cambiar el rumbo. Una de las alternativas para este fin es la teoría del decrecimiento de Serge Latouche. Ésta se plantea como un slogan para generar impacto, refiriendo a que la humanidad debe cambiar sus hábitos, dejar de ser un mundo donde se vale por lo que se consume, donde todo el resto de los valores son precarios (el amor, el trabajo, el ser humano). Serge Latouche plantea que “hay que sobrevivir al desarrollo, descolonizarse del imaginario económico y empezar a construir una sociedad alternativa”. Esta sociedad alternativa tiene que ser tomada como base política para los gobernantes del mundo, para que empiecen a pensar en otro modelo de desarrollo, dejando de lado el modelo capitalista que se sustenta mediante el “hiperdesarrollo”, la “hiperproducción” y el “hiperconsumo”, degradando y destruyendo tanto la biodiversidad como los recursos naturales, aportando de manera creciente a la emisión de gases del efecto invernadero.

Este nuevo modelo debe tomar la forma de una economía de decrecimiento, implicando no solo una mayor concientización ecológica sino también un cambio en las formas de vivir, consumir y producir. Una nueva manera de organizarnos socialmente y económicamente.



Decrecimiento: Necesitar menos para vivir mejor

Un caracol no necesita mucho para ser feliz. Lento, pero seguro, busca el alimento que necesita para sobrevivir y lleva su casa sobre sí mismo. Sin embargo, si come demasiado y crece en exceso, el caracol no cabe en su caparazón y muere. Haciendo una alegoría con la simple vida de este molusco, economistas de todo el mundo decidieron utilizarlo como símbolo de su premisa, la teoría del decrecimiento, que postula que el actual modelo de desarrollo basado en el crecimiento ilimitado está destruyendo el planeta. Un modelo que hoy no sólo cuestionan economistas y políticos, sino también los mismos ciudadanos, muchas veces cansados de un sistema de vida que los tiene estresados, sobreendeudados y sin tiempo para ellos mismos y sus familias. 

Macarena Bajas (45) y Marco Fedelli (49) llevan siete años juntos y el 14 de enero de este año comenzaron a cumplir un sueño añorado desde que se conocieron. Afuera de su casa, en un pequeño pasaje de Ñuñoa, decenas de cajas amarillas que originalmente almacenaban papas fritas congeladas hoy contienen la ropa y las pertenencias más importantes de la pareja y sus hijos: Andoni (13), Ferrán (9) y Ennio (5). Son las diez de la mañana y la familia, que además componen los perros Chilota y Roco, lleva más de cuatro horas empacando. Todo, ordenado por tamaño e importancia, espera bajo el sol de verano a que llegue un camión de carga con acoplado que los llevará a un terreno en Panguipulli, a 17 kilómetros del pueblo. 

Allí, en la Región de Los Ríos, los espera la parcela de tres hectáreas que compraron en 2014, con agua, árboles centenarios y frutales, donde establecerán su nuevo hogar e iniciarán la vida que quieren. Una vida diferente, lejos de un sistema al que consideran en crisis, con menos necesidades superfluas, menos temores, más calma y totalmente autosustentable. “Queremos una vida en la que dejemos de ver como normales conductas que no lo son, como tener que viajar horas en micro para avanzar sólo unas cuadras o la extrema violencia a la que estamos expuestos. No es normal vivir así y no queremos eso para nuestros hijos, que son nuestra prioridad”, agrega Macarena.

“Queremos una vida en la que gastemos menos, en la que consumamos menos, queremos tener menos cosas y más tiempo libre, consumir menos agua y menos energía, ser más conscientes y más felices, en familia y en contacto con la naturaleza”. En la mudanza, la pareja aprovechó de despojarse de aquellas posesiones que ya no le parecían sustanciales, como el refrigerador, tomando un camino basado en valores que, de alguna manera, son los mismos que defienden los promotores del “decrecimiento”. 

Las claves de la crisis actual 

Originario de los años 70, el concepto surgió de la mano del matemático y economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen –que abordó la crisis del sistema económico capitalista y propuso alternativas como la economía ecológica–, y de la publicación del “Informe Meadows” o “Los límites del crecimiento” en 1972. Este documento, redactado por investigadores del Massachusetts Insitute of Technology (MIT), fue un encargo del Club de Roma, una agrupación de una treintena de personalidades de más de 25 países, científicos y políticos incluidos, que en 1968 se reunieron a discutir su preocupación por los cambios medioambientales.

El texto, que pronto se volvió la demostración científica de lo manifestado por Georgescu-Roegen, fue el primero en la historia en plasmar la grave crisis ecológica que afecta al planeta hasta hoy. Aseguraba que se trataba de una situación sin precedentes, generada por el mismo ser humano y que, a esas alturas, ya era urgente de abordar: “Si la industrialización, la contaminación ambiental, la producción de alimentos y el agotamiento de los recursos mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años. El resultado más probable sería un súbito e incontrolable descenso, tanto de la población como de la capacidad industrial”. 

Los pensamientos en torno al “decrecimiento” fueron tomando fuerza y cuerpo con el tiempo. Uno de sus principales promotores en la actualidad es el economista francés Serge Latouche, quien se ha transformado en el líder de la teoría afirmando que “decrecer” es un concepto provocador (Ver entrevista página 16). Como él mismo asegura desde Francia: “Busca generar una reflexión sobre un fenómeno clave de la sociedad occidental: el concepto de lo ilimitado, en el que se basa la economía. Existen tres niveles reconocibles de esto: la producción ilimitada (producir por producir), el consumo ilimitado (creación infinita de bienes) y, como resultado de ambos, la basura sin límites, que contamina tierra, agua y aire. No se trata de decrecer sólo por decrecer, eso sería igual de absurdo que crecer por crecer. 

El decrecimiento también necesita crecimiento, pero de otro tipo: el de la calidad de vida. Para ser riguroso, habría que hablar de “a-crecimiento”, es decir, convertirnos en ateos del crecimiento, ya que éste se ha vuelto una religión”. 


Un caracol no necesita mucho para ser feliz. Lento, pero seguro, busca el alimento que necesita para sobrevivir y lleva su casa sobre sí mismo. Sin embargo, si come demasiado y crece en exceso, el caracol no cabe en su caparazón y muere. Haciendo una alegoría con la simple vida de este molusco, economistas de todo el mundo decidieron utilizarlo como símbolo de su premisa, la teoría del decrecimiento, que postula que el actual modelo de desarrollo basado en el crecimiento ilimitado está destruyendo el planeta. Un modelo que hoy no sólo cuestionan economistas y políticos, sino también los mismos ciudadanos, muchas veces cansados de un sistema de vida que los tiene estresados, sobreendeudados y sin tiempo para ellos mismos y sus familias. Macarena Bajas (45) y Marco Fedelli (49) llevan siete años juntos y el 14 de enero de este año comenzaron a cumplir un sueño añorado desde que se conocieron. Afuera de su casa, en un pequeño pasaje de Ñuñoa, decenas de cajas amarillas que originalmente almacenaban papas fritas congeladas hoy contienen la ropa y las pertenencias más importantes de la pareja y sus hijos: Andoni (13), Ferrán (9) y Ennio (5). Son las diez de la mañana y la familia, que además componen los perros Chilota y Roco, lleva más de cuatro horas empacando. Todo, ordenado por tamaño e importancia, espera bajo el sol de verano a que llegue un camión de carga con acoplado que los llevará a un terreno en Panguipulli, a 17 kilómetros del pueblo. Allí, en la Región de Los Ríos, los espera la parcela de tres hectáreas que compraron en 2014, con agua, árboles centenarios y frutales, donde establecerán su nuevo hogar e iniciarán la vida que quieren. Una vida diferente, lejos de un sistema al que consideran en crisis, con menos necesidades superfluas, menos temores, más calma y totalmente autosustentable. “Queremos una vida en la que dejemos de ver como normales conductas que no lo son, como tener que viajar horas en micro para avanzar sólo unas cuadras o la extrema violencia a la que estamos expuestos. No es normal vivir así y no queremos eso para nuestros hijos, que son nuestra prioridad”, agrega Macarena. “Queremos una vida en la que gastemos menos, en la que consumamos menos, queremos tener menos cosas y más tiempo libre, consumir menos agua y menos energía, ser más conscientes y más felices, en familia y en contacto con la naturaleza”. En la mudanza, la pareja aprovechó de despojarse de aquellas posesiones que ya no le parecían sustanciales, como el refrigerador, tomando un camino basado en valores que, de alguna manera, son los mismos que defienden los promotores del “decrecimiento”. Las claves de la crisis actual Originario de los años 70, el concepto surgió de la mano del matemático y economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen –que abordó la crisis del sistema económico capitalista y propuso alternativas como la economía ecológica–, y de la publicación del “Informe Meadows” o “Los límites del crecimiento” en 1972. Este documento, redactado por investigadores del Massachusetts Insitute of Technology (MIT), fue un encargo del Club de Roma, una agrupación de una treintena de personalidades de más de 25 países, científicos y políticos incluidos, que en 1968 se reunieron a discutir su preocupación por los cambios medioambientales. El texto, que pronto se volvió la demostración científica de lo manifestado por Georgescu-Roegen, fue el primero en la historia en plasmar la grave crisis ecológica que afecta al planeta hasta hoy. Aseguraba que se trataba de una situación sin precedentes, generada por el mismo ser humano y que, a esas alturas, ya era urgente de abordar: “Si la industrialización, la contaminación ambiental, la producción de alimentos y el agotamiento de los recursos mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años. El resultado más probable sería un súbito e incontrolable descenso, tanto de la población como de la capacidad industrial”. Los pensamientos en torno al “decrecimiento” fueron tomando fuerza y cuerpo con el tiempo. Uno de sus principales promotores en la actualidad es el economista francés Serge Latouche, quien se ha transformado en el líder de la teoría afirmando que “decrecer” es un concepto provocador (Ver entrevista página 16). Como él mismo asegura desde Francia: “Busca generar una reflexión sobre un fenómeno clave de la sociedad occidental: el concepto de lo ilimitado, en el que se basa la economía. Existen tres niveles reconocibles de esto: la producción ilimitada (producir por producir), el consumo ilimitado (creación infinita de bienes) y, como resultado de ambos, la basura sin límites, que contamina tierra, agua y aire. No se trata de decrecer sólo por decrecer, eso sería igual de absurdo que crecer por crecer. El decrecimiento también necesita crecimiento, pero de otro tipo: el de la calidad de vida. Para ser riguroso, habría que hablar de “a-crecimiento”, es decir, convertirnos en ateos del crecimiento, ya que éste se ha vuelto una religión”. Lee el reportaje completo en revista Viernes.

Fuente: Emol.com - http://www.emol.com/noticias/Tendencias/2016/03/18/793800/Decrecimiento-Necesitar-menos-para-vivir-mejor.html

Antropología del cerebro: la cultura con conciencia.

Pueden haber gatos sin sonrisas pero nunca una sonrisa sin gato.
(Alicia en el país de las maravillas)



Nuestro cerebro es una chapuza tendente a averías. El problema del cerebro es que es un ente vivo y no un motor (que puede pararse) o un ordenador (que puede reiniciarse). Cuando se dan estas circunstancias se provoca sufrimiento. 
Es seguro que nuestros ancestro sufrieron: frio, hambre, decepción y dolor... y esta es precisamente la razón de la emergencia de la conciencia humana.
El cerebro humano no puede desenchufarse o pararse como un motor pero puede hacer crear otra cosa destinada a aliviar su sufrimiento: la cultura. Es la tesis de Roger Bartra, antropólogo, desarrollada en su libro "Antropología del cerebro"

Los primeros hombres anatómicamente modernos de hace unos 250 mil años contaban con una cultura formada por unos pocos componentes: habla, sistemas de parentesco, imaginería visual, música, danza, mitología, ritual y memoria artificial. Por supuesto, se apoyaba en las habilidades para producir y usar instrumentos primitivos, y sobre todo la idea de grupo: la evidencia de que los otros seres poseen intencionalidad igual que nosotros mismos. Bartra llama prótesis tanto a la cultura, a los símbolos, al lenguaje y en suma a la sociedad. A partir del momento en que se inventó la cultura nuestra especie dejó de ser “natural” y se convirtió en “cultural”. Y la cultura evoluciona más rápido que la evolución.

Estas muletas cognitivas que le dieron cobertura e hicieron su vida más soportable (la tecnología, la ciencia, el saber-compartido, el arte y la conversación) estas prótesis, que Bartra llama exocerebro, no son ninguna energía metafísica que puede separarse del cuerpo como el gato de Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas. A su vez están estrechamente vinculados al entramado neuronal. Es un feedback entre la cultura y el cerebro.

Son los órganos sensoriales los canales por donde discurre esta comunicación entre exocerebro y endocerebro y nuestra conciencia es la que hace de enlace. La conciencia no radica simplemente en el percatarse de que hay un mundo exterior (un hábitat), sino en que ese habitat “funciona” como si fuese parte de los circuitos neuronales, como un cerebro por fuera. A la vez, el cerebro es sensible al hecho de que es incompleto y de que necesita de un hábitat externo. La conciencia es el enlace.

Si suponemos que la extraña criatura dotada de una epidermis neuronal es capaz de colorear su vientre cuando piensa en rojo, y otros organismos de la misma especie lo pueden contemplar e identificar, entonces nos acercamos a nuestra realidad: el exocerebro cultural del que estamos dotados realmente se pone rojo cuando dibujamos nuestras experiencias con tintas y pinturas de ese color.
Pero hay algo que nos diferencia con el resto de los animales y sus señales, y es que carecen de símbolos. Un ejemplo es el experimento con unos polluelos de una gaviota. Apenas salen del cascarón, comienzan a  picotear la mancha roja que su madre tiene en el pico amarillo: ella entonces les da comida. A estos polluelos se les presentó simplemente un palo amarillo con tres rayas rojas, y éstos incluso mostraron mayor entusiasmo ante este curioso artefacto que ni siquiera se parecía a un pico de gaviota. Aquí es donde entra la idea que expone Bartra en palabras del Dr Ramachandran:
"Si las gaviotas argénteas tuvieran una galería de arte, colgarían en la pared un largo palo con tres rayas rojas; lo venerarían, pagarían millones de dólares por él, lo llamarían Picasso, pero no entenderían por qué... por qué quedan hipnotizadas por esta cosa aún cuando no se parece a nada"

Esta atracción humana por ciertos rasgos enfatizados y deformados se expresa por ejemplo en figuras antropomórficas con rasgos sexuales amplificados, como las famosas venus prehistóricas o las representaciones fálicas. Pero aquí habría una conexión entre señales que recibe el cerebro y los símbolos del culto a la fertilidad. Hasta donde se sabe el cerebro sólo es capaz de procesar señales (rasgos sexuales) pero no símbolos (la fertilidad). Eso nos lo dan los modelos socioculturales, y cada uno de forma diferente.

Otro ejemplo es el cuadro de Magritte, que nos plantea una duda: ¿para que queremos algo que no es una pipa, sino sólo su representación, si podemos tener una de verdad y fumarla con deleite? ¿Para qué queremos el arte si tenemos la vida cotidiana? Porque nos permite traducir lo que parece intraducible. Y sobre todo, porque la conciencia es “aquello que sabemos de una forma compartida” y que incluye la recursividad, “una percepción que percibe que percibe”. Una recursividad compartida con otros seres semejantes que a su vez también tienen recursividad. Es así como se mira el arte.

En plena búsqueda angustiosa de su identidad, Rimbaud dejó caer una frase inquietante: "Je est un autre" Yo es otro. La conciencia de nuestra identidad individual se extiende y abarca a los otros. El poeta nos recuerda que la conciencia nace mediante el concurso de otros, gracias a que nos confundimos con ellos para afirmar nuestra perecedera identidad. Así, perdemos el alma pero ganamos la conciencia.

A pesar de que el cerebro aloja más de 30 mil millones de neuronas y que éstas forman parte de una red de unos mil millones de millones de conexiones sinápticas, las estructuras sociales y culturales no caben en él: no hay manera de que el cerebro pueda absorber y contener en su interior más que una pequeña parte de los circuitos socioculturales. El cerebro, como dice el poema de Emily Dickinson, es más vasto que el cielo, más profundo que el mar; pero la cultura humana lo desborda con creces.

A Genie se la prohibieron. Su padre la había mantenido encerrada todo el tiempo desde la edad de 20 meses hasta los 13 años, en una habitación, atada con camisas de fuerza y aislada de la familia. Le castigaban si hacía ruido. Le habían prohibido mantener ninguna relación social con su entorno. Al salir de su encierro no podía entender más de una docena de palabras, no hablaba, no mascaba alimentos, pesaba apenas 27 kg, medía 1,37 cm, era incontinente y no podía siquiera llorar. Aprendió algunas palabras, matemáticas, y recibió cuidados maternales, pero a los cinco años llegó a un límite de sus habilidades y sus normas sociales eran muy escasas. Fue cayendo en un silencio taciturno y fue transladada a una institución para adultos inválidos. Genie no fue capaz de construir un nexo con el exocerebro.

Helen Keller, sorda y ciega de nacimiento, tuvo mejor suerte. En sus primeros años, no tuvo contacto con el exterior, vivía como relata ella "en un mundo que era un no-mundo" "un tiempo inconsciente, aunque consciente, en la nada" y rehusaba de ser acariciada. En un pozo, comprendió que los signos que la maestra le deletreaba en una mano simbolizaba el líquido fresco que se derramaba sobre la otra, es decir, comprendió por primera vez la relación entre las señales y las cosas del exterior, lo que simbolizaban. Allí atrapó en sus manos el fluido que la conectaba con el mundo, la comunicación con el exterior. Y no deja de perfeccionarlo. Ella misma lo explica cuando, molesta, critica a quienes creen que los ciegos y los sordos no tienen derecho moral de referirse a la belleza, los cielos, las montañas, los pájaros y los colores. "Y sin embargo, un espíritu atrevido me impulsa a usar palabras sobre la visión y el sonido cuyo significado puedo adivinar gracia a a analogías y fantasías"

"Cuando consideramos lo poco que se ha descubierto sobre la mente, ¿no es asombroso que uno presuma que puede definir lo que uno puede conocer o no conocer? Admito que puede haber innumerables maravillas en el universo visible. De igual manera, oh confiado crítico, hay una miríada de sensaciones que yo percibo en las cuales tú ni sueñas" 

Ella, más que la mayoría, gracias a sus terribles carencias fue capaz de reconocer en la cultura las prótesis simbólicas que le permiten sustituir las sensaciones auditivas y ópticas. No es muy diferente a lo que hacemos leemos los versos de un poeta, o escuchamos una música que nos evoca a algo.

La sinestesia es una condición en la que diferentes señales se cruzan y se mezclan. Así, una señal táctil produce un sabor amargo, una nota musical al ser escuchada provoca que se vea el color azul o ciertos números son vistos de diferentes colores. Una persona con sinestesia conecta, por ejemplo, el número 5 con el color rojo. Hay autores que suponen que esta condición puede ayudar a comprender el origen del lenguaje, de como los primeros homínidos asociaban símbolos y metáforas a partir de sensaciones visuales y sonidos. Una palanca importante para la formación de los nombres para los objetos. Actualmente, se podría decir que los medios masivos de comunicación son las que envuelven al hombre occidental en una sesión diaria de sinestesia. 




Artista: Carlos Barberena

"Antropología del cerebro. La conciencia y los sistemas simbólicos" Roger Bartra.

Descrecimiento

Existen muy buenas razones para apostar por el Descrecimiento: el desastre social y ambiental del mundo moderno, podría ser motivo suficiente, sino es que el desastre mundial de la salud, de la alimentación, de las instituciones, de los gobiernos, del sistema jurídico , de los asuntos financieros, y de la paz, entre otros aspectos, también obligan a apostar por el Descrecimiento. Todas estas crisis mundiales tienen su propia autonomía, pero se retroalimentan entre sí y tienen su origen en lo mismo: en el crecimiento excesivo.


La propuesta del Descrecimiento nace de los escombros de la sociedad de crecimiento; nace de la evidencia de la destrucción social y ambiental que ocasiona la ideología del crecimiento, pues el crecimiento es producto de una ideología moderna: la crisis ambiental global coincide con la generalización del mal vivir, tanto en los países opulentos cómo en los países empobrecidos.

Esta crisis ambiental y social global y otras, encuentran explicación en los esfuerzos por crecer de las empresas y los gobiernos: se trata ya no de crisis aisladas, como una crisis social, sino de algo más importante: se trata de una Crisis de Civilización: una crisis de valores o de simbolización de nuestra sociedad moderna. Todo conduce a decir que la sociedad de crecimiento esta en la antesala de su derrumbe total, lo que puede hacernos mucho daño si no nos ocupamos conjuntamente de esta amenaza, si no descrecemos equitativamente. Este es el fondo del problema.

Extraído de la Ponencia para el Segundo Coloquio 'La Apuesta por el Descrecimiento'

La apuesta por el decrecimiento


La apuesta por el decrecimiento.
¿Cómo salir del imaginario dominante?.
Serge Latouche

El término “decrecimiento” suena a desafío o a provocación, aunque seamos conscientes de que un crecimiento infinito es incompatible con un mundo limitado. El objeto de esta obra es demostrar que, aunque un cambio radical es una necesidad absoluta, optar voluntariamente por una sociedad de decrecimiento es una apuesta que vale la pena intentar para evitar un retroceso brutal y dramático.

Se trata de una propuesta necesaria para reabrir el espacio de la inventiva y de la creatividad del imaginario bloqueado por el totalitarismo economicista, desarrollista y adepto al progreso. Es evidente que dicha propuesta no tiene como objetivo una subversión caricaturesca que consistiría en proclamar el decrecimiento por el decrecimiento. Este propósito sólo sería posible en una “sociedad de decrecimiento”, es decir, en el ámbito de un sistema basado en otra lógica.

Y queda lo más difícil: ¿Cómo se puede construir una sociedad sostenible, también en el Sur? Son necesarias diversas etapas: cambiar valores y conceptos, cambiar de estructuras, relocalizar la economía y la vida, revisar nuestros modos de uso de los productos, responder al desafío específico de los países del Sur. Y finalmente, hay que asegurar la transición de nuestra sociedad de crecimiento a la sociedad de decrecimiento mediante las medidas apropiadas.
El decrecimiento es una apuesta política y estará presente, con seguridad, en los futuros debates electorales.

Serge Latouche es licenciado en ciencias políticas, filosofía y ciencias económicas. Profesor emérito de economía de la Universidad Paris-Sud (Orsay), es especialista en relaciones económicas y culturales Norte-Sur y en epistemología de las ciencias sociales. Es también autor de Sobrevivir al desarrollo.

Reflexiones sobre la felicidad y los esquemas prediseñados

Julio García Camarero


He leído con interés un Fragmento de la obra “Un mundo feliz de Aldous Huxley” que ha salido publicado en este blog el 18 de agosto de 2016. Creo que es un acierto traer a estos tiempos el recuerdo de escritos de ya hace muchos decenios, pero que se mantienen, hoy en día, con total actualidad. Siento que el tema de la felicidad se suele abordar con mucho menos frecuencia de los que es necesario, sobre todo porque este sistema, del crecimiento ilimitado, de los mercados y del marketing, asegura que el ¡único camino! a la felicidad es el consumismo, la competitividad, el ser mas que otros, el adaptar tu vida a esquemas prediseñados por otros e inducidos, (como le pasa a la Lenina del texto). Todo esto, en vez de vivir bien con otros, sin dirigismo oculto, sin competitividad, etc. (que son algunas de las claves básicas de la felicidad).

Precisamente, porque creo que cuando se quiere reflexionar dentro del pensamiento del decrecimiento, es de suma importancia, más bien de importancia central, el que nos detengamos de forma especial a considerar qué es, y en que consiste, la felicidad humana.

Soy, junto con el italiano Maurizio Pallante, el único autor decrecentista que a la palabra (al concepto) decrecimiento le he añadido el apellido de feliz. Tal vez por ello me invitó Tato Puerto a su esplendido programa de RN-3, “en un mundo feliz” para hacerme una entrevista con motivo de la aparición en librerías mi libro “El decrecimiento feliz y el desarrollo humano” (2010, La Catarata).

Yo no soy partidario del decrecimiento planteado de forma absoluta y ambigua con una sola palabra “decrecimiento”.
Y no es extraño que muchos autores hayan criticado y planteado cambiar la palabra “decrecimiento” por otra “por ser esta confusa, poco atrayente e incluso con imagen negativa”, dicen. Pero para mí, lo mas grave que tiene es que es absoluta y ambigua. Y ello, por falta de referencias a esta realidad que es compleja y contradictoria. Y si son referencias contradictorias como lo son la de “decrecimiento feliz” y “decrecimiento infeliz”, mejor. 
 
Además, este texto de Huxley, en cuestión, acierta bastante bien en que es en lo que consiste la felicidad y lo expresa de forma sencilla y coloquial.

Este es el texto al que me estoy refiriendo:

Es horrible, es horrible —repetía una y otra vez—. ¿Cómo puedes hablar así? ¿Cómo puedes decir que no quieres ser una parte del cuerpo social? Al fin y al cabo, todo el mundo trabaja para todo el mundo. No podemos prescindir de nadie. Hasta los Epsilones...
Sí, ya lo sé —dijo Bernard, burlonamente—. Hasta los Epsilones son útiles. Y yo también. ¡Ojalá no lo fuera!...Lenina se escandalizó ante aquella blasfemia.
¡Bernard! —protestó, dolida y asombrada—.¿Cómo puedes decir esto
¿Cómo puedo decirlo? —repitió Bernard en otro tono, meditabundo—. No, el verdadero problema es: ¿Por qué no puedo decirlo? O, mejor aún, puesto que, en realidad, sé perfectamente por qué, ¿qué sensación experimentaría si pudiera, si fuese libre, si no me hallara esclavizado por mi condicionamiento?
Pero, Bernard, dices unas cosas horribles.
¿Es que tú no deseas ser libre, Lenina?
No sé qué quieres decir. Yo soy libre. Libre de divertirme cuanto quiera. Hoy día todo el mundo es feliz.
Sí, hoy día todo el mundo es feliz. Eso es lo que ya les decimos a los niños a los cinco años. Pero ¿no te gustaría tener la libertad de ser feliz... de otra manera? A tu modo, por ejemplo; no a la manera de todos.
—No comprendo lo que quieres decir —repitió Lenina. Después, volviéndose hacia él, imploró—: ¡Oh!
volvamos ya, Bernard. No me gusta nada todo esto”.

Vivir a base de hacer y consumir todo “lo que se lleva”, a modo borreguil impuesto por el marketing de los mercados, no es ser feliz aunque nos repitan hasta la saciedad que precisamente en esto consiste la felicidad.

Para mi, la felicidad consiste en que no te impongan nada, ni la moda, ni “lo que se lleva”, ni lo que te induce a pensar que vives mejor que otros, ni crecer, ni encontrarse sumergido en el consumismo (consumir lo que no necesitas) que te está produciendo constantemente insatisfacción, ansiedad por consumir mas, por consumir más y más, y más que otros. Todo esto es lo que el sistema, nos anuncia como único camino a la felicidad y que nos dice que no hay otro, o incluso que ello mismo es la felicidad. Pero lo cierto es que esto no es más que una forma segura de jamás encontrar la felicidad
 
Pero es que todo esto está así planteado porque al crecimiento, a los mercados les es indispensable el sufrimiento de la insatisfacción y la infelicidad de los consumistas para crecer produciendo y consumiendo cada vez más, incluso lo totalmente innecesario.

Un ejemplo ilustrativo de este camino hacia el decrecimiento humano, que algo tiene que ver con el decrecimiento de la felicidad, lo tenemos en como el admirable ascenso del crecimiento de los países emergentes a desembocado precisamente en un muy penoso decrecimiento del 99% de la población de estos “emergentes”. Los datos estadísticos hablan por sí solos. Veamos a continuación algunos datos estadísticos sobre la economía de los BRIC y México.

Tabla 1Evolución de la tasa de negocio y el deterioro humano en el ‘emergente’ BRIC
México Brasil Rusia India China
Tasa de desempleo (2010) 5,7 6,2 6,6 10,7 9,6
PGFHN* (2010) 35 127 123 134 79
IDH1** (2006) (ONU) 0,821 0,792 0,797 0,611 0,768
IDH (2010) (ONU) 0,750 0,700 0,720 0,520 0,660
Decrecimiento infeliz del IDH (-) -0,071 -0,092 -0,077 -0,091 -0,108
* Posición Global en Facilidad de Hacer Negocios.
** Índice de Desarrollo Humano.
Fuente: Banco Mundial y ONU.

Observando la Tabla 1., vemos que en los países emergentes, caracterizados por su gran aceleración en el crecimiento eco­nómico, se están produciendo los siguientes fenómenos socioeconómicos:

En cuatro años que van desde 2006 a 2010 el Índice de Desarrollo Humano (IDH) ha descendido en los cinco países emergentes, siendo China la campeona del des­censo de este índice, el cual disminuyó en un valor de 0,108 (de IDH 0,768 al 0,660). Es decir, un 14% en sólo cuatro años.
La tasa de desempleo en 2010 en los cuatro países se mantiene alta, siendo las campeonas en esta tasa la India y China, con la tasa de desempleo del 10,7% y el 9,6%, respectivamente.
En cuanto a la Posición Global en Facilidad de Hacer Negocios, la campeona es la India y también en cuanto a bajo IDH.

En conclusión, serán muy emergentes estos países, pero, hoy en día, han descendido y se mantienen todos muy por debajo del límite establecido por la ONU entre el IDH medio y el bajo, que es de IDH=0,740. Algo que antes de ascender a la categoría de BRIC no sucedía.

Está claro de dónde ha salido la “emergencia” o acelera­ción del crecimiento en Producto Interior Bruto en estos cuatro años de los llamados pomposamente Países Emergentes: del decrecimiento en el desarrollo humano, es decir, de una mayor explotación al hombre, una mayor precariedad y de una menor prestación de atención social a la población en general. En resumen, de un decrecimiento infeliz del 99%.

Y aunque el índice de desarrollo humano (elaborado por la ONU) diste micho de indicar un reflejo exacto del desarrollo humano y de la felicidad (que algo tiene que ver con el IDH) si que nos indica alguna aproximación a como son estos.

1 El IDH es una medida comparativa de la esperanza de vida, la alfabetización, la educación y el nivel de vida de los países en todo el mundo. El último factor: el nivel de vida es una apreciación distúrbante del índice, pues al final lo relaciona, aunque solo sea parcialmente, con el crecimiento. Los autores de este índice tenían buena intención, pero no pudieron evitar el influjo neoliberal que padece la ONU.