Grupos de decrecimiento en facebook

En facebook existen algunos grupos de decrecimiento muy activos en la red, donde os podéis informar de manera bastante inmediata de noticias, informaciones, eventos...

Grupo de decrecimiento "Hasta aquí hemos llegado"

Decrecimiento - Buen Vivir

Research & Degrowth


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Decrecimiento en Asturias - Asturias en transición


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Aunque facebook es un herramiento que permite transmitir el mensaje decrecentista es también una fábrica que trabaja con la mercancía de la identidad y la intimidad y en la que los conceptos de amistad y biografía son un fraude.


El decrecimiento como utopía concreta

Ricardo Mastini - DemocraciaAbierta

La eclosión del interés por el decrecimiento se remonta a la primera Conferencia Internacional del Decrecimiento celebrada en París en el año 2008. 

En esta conferencia se definió el decrecimiento como una “transición voluntaria hacia una sociedad justa, participativa y ecológicamente sostenible”, desafiando así el dogma del crecimiento económico. 

Naturaleza Macanao, Margarita, Nueva Esparta, Venezuela. Wikimedia Commons.
 
Entre 2010 y 2018 se han celebrado otras cinco conferencias internacionales, la última de ellas el pasado mes de agosto en Malmo.

Este año se ha publicado también el libro de Giorgos Kallis, Degrowth, convertido ya en todo un referente. El libro abre con tres afirmaciones audaces.

La primera: la economía global debe desacelerarse para evitar la destrucción de los sistemas que soportan la vida en la Tierra ya que a mayor producción y consumo, mayores daños al medio ambiente. 

Por lo tanto, debemos extraer, producir y consumir menos, y debemos hacerlo de manera distinta a como lo venimos haciendo. 

Dado que las economías basadas en el crecimiento se hunden si no hay crecimiento, debemos articular un sistema económico y una forma de vida radicalmente distintos si queremos progresar en el futuro.

La segunda: el crecimiento económico ya no es algo deseable. Una parte cada vez más importante del crecimiento del PIB se dedica a "gastos defensivos", es decir, a sufragar los costes derivados de externalidades ambientales como la contaminación. 

Por lo tanto, el crecimiento (al menos en los países ricos) se ha vuelto “antieconómico”: los beneficios ya no compensan los costes. 

La tercera: el crecimiento se basa siempre en la explotación, ya que aquello que lo impulsa es la inversión y ésta, a su vez, depende del excedente. 

Si los capitalistas o los gobiernos pagaran por el valor real del trabajo, no tendrían superávit y no habría crecimiento. 

Por lo tanto, el crecimiento no puede reducir las desigualdades; simplemente pospone enfrentar la explotación.

El paradigma del crecimiento 

El crecimiento económico implica la aceleración de la producción de bienes y servicios. Pero no es únicamente el PIB lo que ha crecido de manera exponencial en el siglo XX. 

Se han acelerado también todos los indicadores de trabajo, impacto medioambiental y 'metabolismo social' (es decir, los procesos de transformación de energía y materias necesarios para la pervivencia de la sociedad actual), ya que el crecimiento del PIB conlleva un aumento del trabajo y la inversión, de la extracción de recursos y la eliminación de residuos.

Sin embargo, el crecimiento no es solo un proceso material, sino también cultural, político y social.
Tras su aparición en el siglo XVIII y XIX en centros coloniales e industriales, se consolidó como ideología global en los años cincuenta del siglo XX. 

Kallis llama a esta ideología "el paradigma del crecimiento": consiste en la idea de que el crecimiento económico perpetuo es algo natural, necesario y deseable. 

Este paradigma se convirtió en el concepto central del orden geopolítico mundial en el contexto de una confluencia de fuerzas históricas: la Guerra Fría y la carrera armamentística, el fin del colonialismo y su continuación bajo el manto del "desarrollo", y el fracaso de los proyectos socialistas que tenían por objetivo la igualdad.

Aunque el crecimiento es hijo del capitalismo, su búsqueda sobrevivió a la abolición de las relaciones capitalistas en los países socialistas. 

Hoy es más fácil imaginar el fin del capitalismo que el fin del crecimiento. Kallis argumenta que "cada crisis fortalece la idea del crecimiento: el momento en que el crecimiento se tambalea y parece estar llegando a su fin, cuando los costes del crecimiento pasan a primer plano, es también el momento en que más urge y se persigue con más fervor ya que, sin crecimiento, el sistema se derrumba ”. 

Pero el problema es que el crecimiento económico no solo es cada vez más difícil de conseguir, sino que está provocando un colapso medioambiental a escala planetaria.

Salir de la economía

El decrecimiento ha evolucionado como crítica tanto de los límites y costes del crecimiento como del razonamiento económico. El problema no es únicamente que el crecimiento económico sea indeseable desde un punto de vista social e insostenible desde un punto de vista medioambiental, sino que la forma en que los economistas enfocan la realidad es incorrecta. 

Kallis propugna "salir de la economía", o sea sacar la economía de su centralidad como unidad de análisis y foco de acción política. Para ello es necesario movilizar distintas formas de conocimiento y representación de la realidad.

Basándose en la obra de Karl Polanyi, Kallis desarrolla una crítica del "economismo" – es decir, la expansión bajo el capitalismo de la lógica del mercado hacia ámbitos de la vida de los que estaba excluida. 

De hecho, hoy entendemos como "económicas" actividades que en las sociedades precapitalistas quedaban integradas en instituciones sociales, como los rituales, las redes de parentesco y los mecanismos estatales o religiosos de redistribución. Las actividades de mercado se subordinaban a la política y a los valores. 

La economía es, por consiguiente, "el proceso instituido de interacción entre los seres humanos y su entorno que conlleva el uso de medios materiales para satisfacer valores humanos". 

Las sociedades desarrollan instituciones en las que se integran las actividades económicas, por lo que estas instituciones no son neutrales; antes bien, rigen en ellas valores e intereses contradictorios y se convierten en esferas de poder y de lucha.

La economía forma parte también del "imaginario colectivo" - cómo nos organizamos en función de ciertas ideas fundamentales sobre cómo creemos que debería ser el mundo. 

Los imaginarios se basan en sistemas de símbolos, “significados” e instituciones como el PIB y los bancos centrales. Kallis explica que “el imaginario suministra a la cultura el significado preciso para llevar a cabo sus acciones. 

El imaginario de una economía de mercado lo llevan grabado las instituciones de una economía de mercado que, a su vez, generan sujetos que se comportan como maximizadores racionales de la economía de mercado. La economía de mercado se ve, pues, validada por un mundo que ha contribuido a crear a su imagen y semejanza". 

Pero cuando se producen tensiones entre el imaginario y la experiencia real, entonces se vuelven probables los cambios a través de procesos conflictivos, ya que la búsqueda de nuevos imaginarios no es nunca algo que comparta toda la sociedad. 

Los que detentan el poder tienen interés en que las cosas se queden como están, mientras que el resto intenta liberar el potencial social que podría cambiar el mundo.

En el caso del decrecimiento, los nuevos imaginarios que necesitamos giran en torno a la idea de que nunca tendremos lo suficiente hasta que decidamos compartir lo que tenemos. Compartir y disfrutar de un planeta limitado: en esto consiste el decrecimiento. 

Una utopía concreta

El decrecimiento es un camino que lleva a mejorar las condiciones de vida a través de la reducción del rendimiento y, muy probablemente, la producción. 

Kallis propone esto como hipótesis: “bajo condición de una transformación social radical e igualitaria, es posible mantener el bienestar y mejorar las condiciones de vida y ecológicas en el marco de una economía que se contraerá inevitablemente. Visto como tema de investigación, de lo que se trata es de encontrar cómo o bajo qué condiciones puede esto llegar a ser posible". 

Una transformación de esta índole debe reincorporar la economía a la sociedad. Y garantizando las condiciones que permitan a todos tener lo suficiente, asegurar que nadie tenga que hacer frente a la escasez - incluso en una sociedad que produce menos que la actual - al proporcionar todos los bienes básicos esenciales para el bienestar humano sin mediar pago alguno. 

También es importante revisar la productividad: sacar recursos y tiempo del circuito de la producción para dedicarlos a la política y al ocio, o a tener tiempo para la familia y los amigos. 

A diferencia de hoy, la productividad no sería el objetivo final de las políticas públicas. Incluso siendo menos productivos, el aumento de "bienes" relacionales compensaría la pérdida de bienes materiales. 

Además, en el decrecimiento, se valoraría el trabajo no remunerado de prestación de cuidados y las cooperativas y organizaciones benéficas se convertirían en los principales productores y empleadores.

Como consecuencia, el ámbito de la producción con fines de lucro se reduciría drásticamente, así como las oportunidades de acumulación - es decir, las inversiones para la expansión y mayor beneficio.

Aunque la contracción de la economía no es un objetivo que se persiga, a la larga será inevitable. Y ocurrirá como parte de un proyecto político más amplio de transformación social (es decir, el decrecimiento), o como catástrofe a través de una serie de crisis. Kallis llama a este proyecto "utopía concreta", ya que pueden darse pasos concretos para ayudar a que se lleve a cabo.

Para ello, examina una serie de propuestas, entre ellas: la sustitución del PIB; la reducción de las horas de trabajo para crear empleo en ausencia de crecimiento; un ingreso universal o un paquete garantizado de servicios públicos para garantizar que todos los ciudadanos tengan lo suficiente para sobrevivir sin depender del dinero; impuestos redistributivos para aumentar la igualdad y el establecimiento de un ingreso máximo para poner fin a la competencia por el consumo ligado a estatus; la redirección de las inversiones públicas del sector privado al público, y de la construcción de infraestructuras y actividades que aumentan la productividad a gastos para ecologizar la economía y recuperar los bienes comunes; y la adopción de límites medioambientales.

Cabe señalar que algunas de estas propuestas se incluyeron en una carta abierta firmada recientemente por 238 científicos solicitando a la Unión Europea que planifique un futuro más allá del crecimiento, en el que se priorice el bienestar humano y ecológico. 

Kallis concluye su libro argumentando que, si bien estas políticas pueden parecer reformistas comparadas con la visión utópica del decrecimiento, son extremadamente radicales si las comparamos con la situación actual. 

Tomando prestado de André Gorz el término "reformas no reformistas", explica que si se implementaran tales reformas, "los contornos del sistema deberían alterarse radicalmente para acomodarlas". 

Simples y de sentido común como son, exponen la irracionalidad de un sistema que las hace parecer imposibles y que sin embargo considera posible lo que con toda probabilidad está llamado a terminar en catástrofe".


La teoría del decrecimiento; que es y que propone

RunRunEnergético

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El movimiento de la teoría del decrecimiento y sus principios básicos
Las consecuencias de la industrialización sobre el medio ambiente y la cada vez más evidente desigualdad en la distribución de la riqueza, llevaron en los años 70 a diferentes economistas y teóricos, con independencia del signo político de su sociedad de procedencia, a admitir que, al aumentar la producción de bienes y servicios, es forzoso que se incremente también el consumo de recursos naturales.

Por lo tanto, si el consumo es más rápido que la regeneración de los recursos utilizados se podría desembocar en pocos años en el agotamiento del Planeta.

El precio de este déficit ecológico es cada vez más evidente: tiene forma de sequías prolongadas, de deforestación, de erosión del suelo, de pérdida de biodiversidad, de agotamiento de las pesquerías, de contaminación de los océanos y, especialmente, de cambio climático…
VIVIMOS COMO SI TUVIÉSEMOS 1,7 PLANETAS TIERRA A NUESTRA DISPOSICIÓN
En realidad, hasta la fecha de hoy, según WWF, vivimos como si tuviésemos 1,7 planetas Tierra a nuestra disposición. Puesto de otra manera, en la actualidad estamos utilizando recursos a un ritmo que requiere disponer de 1.7 planetas si queremos mantener en harmonía la relación producción-consumo:

cuantos planetas necesitamos para vivir
 
Qué es la teoría del decrecimiento
En respuesta al crecimiento sin control, asociado a este consumo excesivo, surgió la llamada teoría del decrecimiento, cuyos defensores creen que la sostenibilidad económica es compatible con la preservación de los recursos naturales si se disminuye el consumo de bienes y energía.
El decrecimiento, por lo tanto, es una corriente de pensamiento que preconiza la disminución regular y controlada de la producción, con la finalidad de establecer una nueva relación de equilibrio entre los seres humanos y la naturaleza.



 
Decrecimiento no es desarrollo sostenible
No debe relacionarse la teoría del decrecimiento con el concepto de desarrollo sostenible puesto que, dadas las limitaciones de los recursos de la Tierra, sería insostenible que todas las naciones del mundo trataran de alcanzar el nivel de consumo occidental. Se calcula que actualmente el 20 por ciento de la población del planeta acapara el 85 por ciento de los recursos naturales.
Los decrecentistas, por lo tanto, parten de la convicción de que no se trata de incrementar –hasta homogeneizar– el nivel de consumo de los distintos países, sino de aplicar criterios de frugalidad y reducción de la producción y el procesamiento de los recursos.
Los pilares del Decrecimiento
Un conocido economista francés, Serge Latouche, definió los siguientes criterios básicos de la teoría del decrecimiento:
  • Reevaluar los valores individualistas y consumistas y sustituirlos por ideales de cooperación.
  • Reconceptualizar el estilo de vida actual.
  • Reestructurar los sistemas de producción y las relaciones sociales en función de la nueva escala de valores.
  • Relocalizar: se pretende reducir el impacto generado por el transporte intercontinental de mercancías y se simplifica la gestión local de la producción.
  • Redistribuir la riqueza.
  • Reducir el consumo, simplificar el estilo de vida de los ciudadanos. El Decrecimiento apuesta por una vuelta a lo pequeño y a lo simple, a aquellas herramientas y técnicas adaptadas a las necesidades de uso, fáciles de entender, intercambiables y modificables.
  • Reutilizar y reciclar: alargar el tiempo de vida de los productos para evitar el despilfarro. Evitar el diseño de productos obsolescentes.
Obsolescencia programada
Se denomina así a la planificación del fin de la vida útil de un producto tras un período de tiempo calculado de antemano por el fabricante, de modo que este producto se convierte en inútil o inservible cuando expira dicho periodo de tiempo.

cómo funciona la obsolescencia programada 
Cómo funciona la obsolescencia programada
La obsolescencia programada es coherente con el modo de vida consumista y con el crecimiento a toda costa, ya que implica una continua demanda de nuevos bienes, circunstancia que estimula de forma extraordinaria la producción.

Los decrecentistas rechazan la obsolescencia programada, defendiendo el reciclaje y la reutilización.
Críticas recibidas 
Puede resumirse el fin último del decrecimiento como “vivir mejor con menos”, pero los detractores de la teoría argumentan que el crecimiento económico genera empleo, mejora la educación y la salud pública y proporciona, en definitiva, mejor calidad de vida.

Elogio de la gratuidad

Paul Ariès - Le monde diplomatique

 
El proyecto de renta básica universal suscita el entusiasmo de algunos, movidos en su inmensa mayoría por sentimientos de equidad y generosidad. Pero, ¿descansa su pretensión sobre bases sólidas desde el momento en que se ampara en la idea de una “crisis del trabajo” según la cual una parte cada vez más importante de la población ya no encontrará empleo? Teniendo en cuenta que el aumento de la productividad permanece en un nivel históricamente bajo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, se podría concluir, al contrario, que los seres humanos no han acabado con el trabajo. ¿No sería mejor centrar su reflexión en la identificación de otra crisis: la de la mercantilización?

El capitalismo, cuya vocación es transformar el mundo en mercancías, no puede continuar dicho proceso sin amenazar a la humanidad con un hundimiento a la vez financiero, social, político y ecológico. Tomar conciencia de esta situación lleva a defender otro tipo de renta básica, desmonetarizada. En otras palabras: la gratuidad, cuya ampliación se trataría de defender, ya que nunca ha desaparecido del todo. Renta básica o gratuidad, el dilema, resumido, es: ¿qué vale más la pena, dar dinero a los ciudadanos o proveerles de servicios gratuitos?

Podemos identificar tres factores a la hora de dar una respuesta. En 2017, el University College de Londres comparó el coste de una renta básica universal con el de la implantación de la gratuidad de los servicios básicos universales (vivienda, alimentación, sanidad, educación, servicios de transporte, servicios informáticos, etc.) en Reino Unido (1). La segunda costaría 42.000 millones de libras esterlinas (alrededor de 48.000 millones de euros), frente a los 250.000 millones en el caso de la renta básica (alrededor de 284.000 millones de euros). Por un lado, el equivalente al 2,2% del producto interior bruto (PIB) británico; por el otro, el 13%. Resultados similares se observarían en Francia, llevando a una primera constatación: la gratuidad parece a priori más “realista” económicamente que la renta básica universal.

Además de su coste, la renta básica universal presenta un escollo: el hecho de mantener, o incluso extender, la equiparación de todos los aspectos de la vida con una cierta cantidad de dinero. ¿Remunerar a los padres por la educación de sus hijos, a los estudiantes por sus lecturas o a los campesinos por los servicios que prestan al medio ambiente no contribuye en última instancia a reforzar la lógica de la mercantilización? Una reflexión de este tipo llevó al intelectual André Gorz a abandonar la idea de la asignación universal (que una vez consideró “la mejor herramienta para redistribuir hasta donde sea posible tanto el trabajo remunerado como las actividades no remuneradas”) en provecho de la de gratuidad (2).

Incluso los mejores proyectos de renta básica universal se quedan a medio camino: por un lado, nada garantiza que las sumas asignadas se utilicen en productos de valor ecológico, social, democrático; por otro lado, el dispositivo mantiene a la sociedad dentro de una lógica de definición individual de las necesidades, en definitiva, de la sociedad de consumo.

Además de responder tanto a la emergencia social como a la ecológica, la gratuidad permite derrotar a los cuatro jinetes del Apocalipsis que amenazan a la humanidad y el planeta: mercantilización, monetarización, utilitarismo y economismo. Nos propulsa hacia una lógica de necesidades y escasez.
La gratuidad que debemos defender implica una construcción. Económica, en primer lugar: si la escuela pública es gratuita, es porque los impuestos la financian. La gratuidad libera el servicio del precio, no del coste. Cultural, en segundo lugar: no se trata de prometer una libertad salvaje de acceso a los bienes y servicios, sino de respaldarla con reglas.

Primera regla: la gratuidad no se limita a los bienes y servicios que posibilitan la supervivencia, como el agua o la alimentación básica. Se extiende a todos los ámbitos de la vida, como el derecho a parques y jardines públicos, a parques infantiles, al embellecimiento de las ciudades, a la energía básica, la sanidad, la vivienda, la cultura, la participación política... El desafío es multiplicar las islas de gratuidad con la esperanza de que mañana formen archipiélagos y pasado mañana continentes.

Segunda regla: si todo es susceptible de ser gratuito, se producirán ciertas subidas en los precios. ¿Paradoja? De ninguna manera: la gratuidad va de la mano de la sobriedad. Un ejemplo: la gratuidad de un bien como el agua responde no solo a una preocupación social, sino también a una emergencia ecológica, instando, por ejemplo, a construir redes de distribución más pequeñas a fin de reducir las pérdidas (calculadas en más de un tercio), o a poner trabas al principio del sistema mercantil según el cual el agua solo es utilizable una vez. El reciclaje de las aguas grises (procedentes de usos domésticos) para su consumo sigue prohibido en Francia por razones de salud. Sin embargo, se desarrolla en otros países (Estados Unidos, Japón, Australia), donde la gente no enferma más que en Francia. Pero, ¿es concebible que se pueda pagar lo mismo por agua destinada al consumo y por agua destinada a llenar una piscina? No hay una definición científica, y mucho menos moralista, de lo que sería un buen o mal uso de los “bienes públicos”. Por lo tanto, dependerá de los ciudadanos –es decir, de los procesos políticos– definir lo que deberá ser gratuito, encarecido o incluso prohibido. Lejos de generar despilfarro, tal como sostiene la fábula de la “tragedia de los comunes” de Garrett Hardin (3), la gratuidad potencia el sentido de la responsabilidad a la hora de explotar el medio ambiente.

Tercera regla: el paso a la gratuidad implica transformar productos y servicios preexistentes. En la restauración escolar, por ejemplo, esto debería permitir avanzar hacia una alimentación local, que respetara las temporadas, consumiera menos agua, contuviera menos carne y fuera preparada in situ (4). Las mediatecas atraerían a nuevos lectores, pero cambiando los hábitos, con muchos menos préstamos por carné, ya que se saldría de la lógica de consumo en la que todo el mundo mira por su dinero y saca prestado el máximo posible. Los servicios funerarios gratuitos, ya autorizados por ley, pueden ser una buena ocasión para instaurar una ceremonia republicana, o legalizar la humusación o promación (5); en todo caso, para implantar políticas de apoyo social y psicológico a las familias.

Las ciudades, laboratorios de la gratuidad de los transportes públicos urbanos y suburbanos, demuestran que nos equivocaríamos si nos contentáramos con suprimir los billetes: también –sobre todo– se trata de transformar el servicio, de adoptar tecnologías e infraestructuras alternativas. Estas no conciernen solo a las ciudades pequeñas y medianas, sino a urbes como Tallin, la capital de Estonia, o, a determinadas horas, la ciudad china de Chengdu, de catorce millones de habitantes. En Île-de-France, el informe encargado por la presidenta de la región, Valérie Pécresse, reconoce que la gratuidad no entrañaría un problema de financiación, sino de riesgo de saturación de la red, prueba de que el sistema de mercado no satisface el derecho a la ciudad y no sabe dar respuesta a la crisis ecológica. Por ello, este mismo informe se decanta por el imposible coche “limpio”. Contrariamente a la persistente idea que hace incompatibles gratuidad y calidad, la gratuidad no conduce a un empeoramiento de la calidad del servicio en ningún ámbito. La experiencia lo demuestra: esta no contribuye al aumento de las incivilidades ni a una mayor degradación; al contrario.

Sin embargo, algunos consideran que solo la mercantilización protegería los recursos naturales: cuanto más escasee el petróleo, por ejemplo, más aumentará su precio, lo que llevará a limitar su uso. Así pues, presentan la gratuidad como un derroche organizado. Nada más falso. Tomemos el caso de la energía: no se trata de volver toda la energía gratuita, ni siquiera de alcanzar el máximo de nuestras capacidades de producción. Actualmente, todo el mundo sabe que la supervivencia de la humanidad requiere dejar gran parte del petróleo disponible bajo tierra, ya que su uso agravaría el calentamiento global. Concebir la gratuidad de la energía requiere elaborar una transición rápida y suave desde un estilo de vida energívoro hacia un estilo de vida sobrio. Semejante política casa a la perfección con el escenario negavatio, basado en una reducción en origen de las necesidades de energía partiendo de sus diferentes usos.

El 1 de octubre de 2018, el llamamiento “Hacia una civilización de la gratuidad”, lanzado en torno al libro-manifiesto publicado en Francia Gratuité versus capitalisme, obtuvo el apoyo de gran número de personalidades y organizaciones políticas de izquierda y ecologistas. Opone a la gratuidad que solo es un acompañamiento del sistema (la de las tarifas sociales, destinadas a los “que han caído”, que nunca están exentas de condescendencia ni seguimiento estatal), a una gratuidad de emancipación (la de la escuela pública, la del principio de seguridad social tal y como se recoge en el programa del Consejo Nacional de la Resistencia). Y propone romper definitivamente con toda ecología basada en la culpa.

Emancipadora, la gratuidad es un canto a “disfrutar más”. Se pueden formular mil reproches a la sociedad de consumo; no obstante, siempre logra seducir incitando a consumir todavía más. Romper con este “disfrute de tener” implica oponerle otro: el de ser.


(1) Jonathan Portes, Howard Reed y Andrew Percy, “Universal basic services”, Social Prosperity Network, Institute for Global Prosperity, Londres, octubre de 2017.
(2) André Gorz, Misères du présent, richesse du possible, Galilée, París, 1997.
(3) Garrett Hardin, “The tragedy of the commons”, Science, vol. 162, n° 3859, Washington, DC, diciembre de 1968.
(4) Cf. Une histoire politique de l’alimentation. Du paléolithique à nos jours, Max Milo, París, 2016.
(5) N. de la R.: “Humusación”: transformación del cuerpo en compost; “promación”: disolución del cuerpo en nitrógeno líquido.


Paul Ariès
Politólogo, director del Observatorio Internacional de la Gratuidad (Observatoire international de la gratuité, OIG) y autor de Gratuité vs capitalisme (Larousse, París, 2018).

Bailo, luego soy: el origen del cuerpo y la individualidad.

Una antropóloga en la luna

 "Pienso, luego existo" es el asesinato de "bailo, luego vivo"... No vivo para pensar, pienso para vivir." 
Boaventura de Sousa Santos.


"La sociedad no existe, sólo existen hombres y mujeres individuales"  
Margaret Thatcher.

La corporalidad, en sociedades orales de escasa complejidad socioeconómica, constituye el principal vehículo de expresión. No distinguen lo que es corpóreo de lo que es la persona, ni el concepto de persona con lo que hace, de sus hábitos, su práctica corporal. No existe un interior y un exterior, o un "cuerpo" separado de la "mente".

Según Pedro Pitarch, los indígenas tzeltales mesoamericanos distinguen entre dos cuerpos: un cuerpo-carne o "bak’etal", y por el otro, un cuerpo-presencia o "winkilel".
El cuerpo carnal está compuesto básicamente de carne y de sangre, pero el
cuerpo-presencia sirve como medio para relacionarse con otros seres humanos. Por eso incluyen en la categoría los accesorios, vestimentas y actitudes. Y es que la raíz de winkilel "vin" (win) se traduce literalmente como ‘aparecer, ser expuesto, ser visto, ser escuchado, ser distinguido, darse a conocer’. De hecho, también los animales poseen este cuerpo-presencia, ya que son percibidos por sus congéneres.

En lengua maya, "winak" (o "winik") no sólo se refiere a cuerpo sino también a persona, ser humano, gente. Pero "winal" sirve también para nombrar las múltiples unidades en las que se divide el calendario solar maya precolombino: cada una de ellas se compone de veinte días, como los veinte dedos de las manos y los pies.

González Saavedra cuenta que los Chayahuita del noroeste de la Amazonía peruana tienen varias acepciones relacionadas con nuestra expresión ‘cuerpo’: "Huirironton", cuerpo blanco de mujer; "huiripinton", cuerpo blanco de hombre; "quëhuanpi", cuerpo de animal rojizo; "i’nanpiari", cuerpo desnudo; "nonsha", cuerpo-carne...
Son varias ‘clases de cuerpos’, pero con un vocablo especialmente referido a su cuerpo, "shawi" o chayahuita que se distingue de la carne propiamente dicha "nonsha" (cadáver o cuerpo anatómico).
Otro ejemplo de que para estas sociedades, el cuerpo se convierten en referente y medida para ordenar el mundo y relacionarse con el Otro.

Los aymara de las regiones andinas de Perú, Bolivia y Chile no disponen de una dualidad entre un interior y un exterior. Su cuerpo hace referencia a un corazón, "uqhu", que incluye un yo interior pero también las acciones y prácticas cotidianas y simbólicas del día a día. Por eso, no disponen de una palabra para el cuerpo orgánico, y la que usan deriva del contacto colonial y del castellano, "kurpu". (cfr. Gavilán 2005).

El primer diccionario bilingüe de castellano-náhuatl (Alonso de Molina, 1555) recoge la expresión ‘cuerpo humano’, traducido como "tonacayo": ‘nuestra carne’. Pero las palabras "mano" y "nariz" también se traducen con posesivos, se traducen literalmente como ‘nuestra mano’ y ‘nuestra nariz’ (Surrallés 2010:65)49. Los posesivos muestran que no piensan en un cuerpo abstracto, separado de la persona a la que representa, al igual que no es posible hacerlo sobre una persona alejada de las relaciones que la conforman. Además, "tonacayo", también se utiliza para designar los frutos de la tierra y en concreto el maíz, principal alimento de los nahuas.
 
Leenhardt también explica que (1997 [1947]:39-41) en Melanesia: la piel, "kara", significa igualmente ‘corteza’; la carne, "piē", se identifica con la pulpa o el núcleo de un fruto; el esqueleto, "ju", también nombra al coral y al corazón del tronco del árbol. La  persona es la intersección de las múltiples relaciones familiares, sociales y rituales que enmarcan la vida del individuo. La persona depende tanto de su comunidad de parentesco como una mano o un pie lo hace de la totalidad de un cuerpo.

Para los Candoshi de la Alta Amazonía, el corazón o "magish" es el órgano de contacto con el mundo, así como el generador de facultades tanto psíquicas o cognitivas como físicas. Magish kisa (‘corazón alegre’), expresa la emoción de sentirse feliz; o magish pshtokich (‘corazón que entra’) se refiere a la persona que comprende algo o que aprende. Lo que piensa no es distinto a lo que hace, y parte de un mismo órgano corporal, el corazón. Y este esquema no es únicamente propio de las personas humanas sino de todos los fenómenos del entorno.
Además, hay una serie de ejercicios rituales llamados "magomaama

¿Por qué el Decrecimiento (DC)?

 Francesc Sardà - revo prosperidad sostenible


¿Por qué el Decrecimiento (DC)? La conservación del medio ambiente no es posible sin reducir la producción económica que sería la responsable de la reducción de los recursos naturales y la destrucción del medio, que actualmente estaría por encima de la capacidad de regeneración natural del planeta (huella ecológica). El DC también cuestiona la capacidad del modelo de vida moderno para producir bienestar. Por estas causas se opone al desarrollo sostenible. El reto estaría en vivir mejor con menos.



El DC es una corriente de pensamiento político, económico y social favorable a la disminución  controlada de la producción económica, con el objetivo de establecer una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza, pero también entre los propios seres humanos. Rechaza el objetivo de crecimiento (C) económico en el sí del liberalismo y el productivismo. El concepto DC nace durante los años 1970 ante las consecuencias atribuidas al productivismo de la sociedad industrial, sin importar si ésta se deriva de un sistema capitalista o socialista, es decir, no sólo es un movimiento anticapitalista sino también es una ideología anti-productivista. ​

Los partidarios del DC sostienen que el descenso del consumo es la única forma de cerrar la brecha social de forma permanente. Para los recursos renovables, la demanda, y por lo tanto la producción, también deben ser llevados a niveles que impidan el agotamiento y evite el deterioro ambiental. Avanzar hacia una sociedad que no sea dependiente del petróleo es visto como meta esencial para evitar el colapso de la sociedad cuando los recursos no renovables se agoten. ​ Sin embargo, el DC no es sólo una cuestión cuantitativa de hacer menos de lo mismo, es también y, más fundamentalmente,  un cambio  paradigmático  de orden de los valores, en particular, la reafirmación de los valores sociales y ecológicos y una repolitización de la economía.

DC en contraposición a las políticas de C. Los defensores del desarrollo sostenible creen que el C económico es compatible con la preservación de los recursos naturales si se disminuye el consumo energético. En la mayoría de gobiernos de los países industrializados también se ha comenzado a hablar de “políticas de sostenibilidad”, ​ e incluso a tratar de aplicar sus principios. ​ Sin embargo, la teoría que defiende el DC opina que al aumentar la producción de bienes y servicios necesariamente aumentaría el consumo de recursos naturales, y que si este consumo es más rápido que la regeneración natural, como ocurre actualmente, ​ esta situación nos llevaría al agotamiento de estos. La transición necesaria hacia el DC se realizaría mediante la aplicación de principios más adecuados a una situación de recursos limitados: escala reducida, relocalización, eficiencia, cooperación, autoproducción (e intercambio), durabilidad y sobriedad. En definitiva, y tomando asimismo como base la simplicidad voluntaria, buscan reconsiderar los conceptos de poder adquisitivo y nivel de vida. De no actuar razonadamente, opinan generalmente que se llegaría a una situación de DC forzado, y probablemente caótico.

El DC contradice el progreso científico-técnico. Precisamente el neoliberalismo actual, evita el desarrollo libre del conocimiento científico y el estudio de nuestro sistema terrestre en muchas de sus ramas, ya que favorece la “gran ciencia” aplicada al C, desatendiendo temas como las enfermedades raras, la agricultura ecológica, las energías alternativas, o la eco-toxicología. La ciencia actual se basa más en el C, que no en el estudio y prevención de riesgos, lo cual nos lleva al fracaso como especie planetaria. El DC apuesta por la autonomía de la ciencia y su énfasis en los equilibrios naturales y sociales.

El DC priva de libertad. El C neoliberal actual nos lleva a un consumismo i utilitarismos que someten a la humanidad al principio de la oferta y la demanda, alienando las clases más populares, florecimiento de los monopolios, haciendo desaparecer la clase media al tiempo que aumentan las diferencias entre ricos pobres. El DC apunta a una revalorización del mercado y la política para ser menos dependientes de las grandes multinacionales y más enfocada al cooperativismo, al bienestar, seguridad y felicidad del individuo; substituyendo la competencia por la cooperación y ahondando en la democracia participativa a nivel de comunidades locales y regionales, favoreciendo la industria de proximidad. Algunos defensores del C apuntan a que el DC deberá ser bajo conceptos políticos totalitarios, pero ante esto podemos preguntarnos si actualmente no hay ya una tendencia al autoritarismo, si vivimos en una democracia real, o si la economía del monopolio es ya incompatible con la democracia.

El DC significa recesión, paro y final de la economía de mercado. La economía neoliberal basada en el C ha demostrado que los ciclos de crisis y recesión son cada vez más profundos y más frecuentes. El C actual puede garantizar solo periódicamente una tasa de paro baja, pero no una seguridad laboral ni la dignidad de sueldos para una vida plena i satisfactoria. Por otra parte hay degradación en la calidad del trabajo humano y de la eficiencia ecológica.  La soluciones que propone el DC pasan por la reducción del tiempo de trabajo, (ya propuesto por algunos estados), promoción del tiempo libre, rehabilitación de la condición humana en el trabajo, redistribución de la riqueza, re-valorización del progreso a través de otros parámetros más allá del PIB actual, la economía del bien común; en definitiva, seguir progresando pero bajo otros paradigmas.

El DC no es factible en los países subdesarrollados. Precisamente porque el modelo actual ha llevado a enormes desigualdades sociales entre países, el DC debe tener mayor incidencia en los países que más recursos gastan  y establecer procesos de compensación con los países menos desarrollados, devolverles y potenciar su autonomía productivista y financiera. Hay que recordar que los países subdesarrollados son los más ricos en recursos minerales y en posibilidades de generar energía, mientras que la producción de lujo destinada a las capas sociales altas es insignificante e improductiva a nivel mundial. Precisamente son los países del sur quienes más capacidad tienen  de adaptarse i relocalizar sus propias economías dentro de una justicia social plena.

El decrecimiento, un movimiento rupturista que va sumando adeptos

Hernán Álvarez - Mirador Provincial


Desde la época de la Revolución Industrial que la combinación de palabras “crecimiento económico” tiene una connotación positiva en Occidente. Producir más, invertir más, extraer más de la tierra está bien visto desde el siglo XVIII hasta hoy. Sin embargo, en el XX y en este XXI aún más, comenzó a tomar fuerza una idea totalmente opuesta. Esta concepción nueva considera al progreso y al aumento del PBI (producto bruto interno) de cada país como algo decididamente malo para el planeta y para el hombre en general.

Se plantea la idea lógica de la finitud de la Tierra y la consecuencia de que ese crecimiento no puede ser eterno debido a los límites que el mundo impone. Uno de los primeros en plantear esta corriente denominada del decrecimiento fue el economista contemporáneo francés Serge Latouche.

Este movimiento suma más adeptos cada año al observarse los resultados que trae la concepción opuesta de producir siempre más que antes cada vez. Uno de sus defensores es el antropólogo Jason Hickel. Nacido en Suazilandia (en el sur de África) es miembro de la Royal Society of Arts inglesa, egresado de la Universidad de Londres y profesor de la London School of Economics (facultad de esta casa de estudios).





Hickel habló en exclusiva con Mirador Provincial sobre la macroeconomía mundial, argentina y santafesina.

— ¿Usted apoya el movimiento del decrecimiento?

 
— Sí, apoyo el movimiento del decrecimiento. Pero debo ser claro sobre qué significa eso. En la actualidad estamos en una era de exceso ecológico (“ecological overshoot” en inglés). Vemos los efectos en la forma del cambio climático y la extinción masiva de especies, lo cual impone una mayor amenaza para nuestra civilización. La vasta mayoría de ese exceso es producido por naciones ricas. Por ejemplo, una persona promedio en una nación rica promedio consume 28 toneladas de cosas materiales por año. Esto es cuatro veces más del límite ecológico. En otras palabras, si todos en el mundo consumiéramos al nivel de las naciones ricas, necesitaríamos cuatro planetas Tierra para sostenernos. Entonces sabemos que en una escala global necesitamos reducir drásticamente el uso de los recursos y cortar con las emisiones (de efecto invernadero). La pregunta es, ¿es posible hacer esto persiguiendo un crecimiento del PBI? De acuerdo a todos los datos científicos disponibles, la respuesta es “no”. Sí, la innovación tecnológica ayudará, pero no será suficiente por sí misma. Entonces, debemos concluir que la única opción para evitar el colapso ecológico es reducir la actividad económica global agregada. Inclusive países más pobres necesitan empezar a virar hacia un modelo económico que no requiere un crecimiento interminable del PBI.

— ¿Cuál es la diferencia entre decrecimiento y post crecimiento?
 
— Son partes del mismo movimiento y tiene la misma crítica del crecimiento. La única diferencia es que el decrecimiento tiene el coraje de marcar que no es suficiente con ser agnóstico sobre el crecimiento. Por ejemplo, enfocarse en otras cosas en vez de crecimiento. Tenemos que enfocarnos activamente en hacer decrecer la tasa de producción de materiales y desperdicios en la economía global.

— Si el comunismo fracasó en el siglo XX, ¿cuál es la alternativa al capitalismo?
 
— El problema con el comunismo en el siglo XX es que fue esencialmente sólo capitalismo de Estado. Mire a la URSS, por ejemplo, o China. Ambos son países que estuvieron y están obsesionados con el objetivo de crecimiento exponencial, igual que los países capitalistas lo están. La izquierda y la derecha pueden disentir en cómo distribuir los beneficios del crecimiento, pero en la cuestión del crecimiento en sí misma están unidas. Por eso es que las políticas de izquierda tradicionales no son ya lo suficientemente buenas. Tenemos que evolucionar no sólo por sobre el capitalismo, sino sobre el imperativo del crecimiento.

— Usted escribió en un artículo que el crecimiento y la ecología no pueden ir juntos. ¿Cómo explica esto?

 
— El problema es que es imposible desacoplar crecimiento de impactos en el medioambiente. Esto lleva a que las fantasías del crecimiento verde (sostenible) se hagan tan populares recientemente. No hay evidencia de que el crecimiento verde sea factible. Entonces, si queremos retornar a una economía en línea con los principios ecológicos, no puede ser una economía basada en el crecimiento.

¿Tener menos hijos?

— En la actualidad, el mundo tiene más de 7.500 millones de habitantes. ¿El cambio climático fuerza a los padres a tener menos hijos? ¿Cuál es el número límite?

 
— No es la población en sí misma el problema. Es el consumo excesivo. El exceso ecológico está conducido por consumo excesivo en naciones ricas y por individuos ricos. ¿El crecimiento poblacional incrementa la presión ecológica? Sí, particularmente el crecimiento poblacional entre comunidades ricas con niveles altos de consumo. Pero el precepto principal es simple. En una era de límites ecológicos, no tiene sentido asumir que la gente debe tener el derecho a concebir tantos hijos como quiera. El ejercicio de libre albedrío de una persona a tener muchos hijos tendrá un impacto negativo en las perspectivas de vida de otros... Al significar esto menos “espacio ecológico” para todos. Esto no es moralmente defendible. Si la gente quiere tener hijos, debe adoptar. Si no quieren adoptar, entonces tener un hijo está bien, quizás hasta dos. Pero cualquier número más que dos hijos parece ser inmoral.

Costa Rica como un caso exitoso

— ¿Es posible que los países periféricos mejoren sacándose de encima la idea del crecimiento que guía sus economías?

 
— Sí, por supuesto. Pasado un cierto punto, el crecimiento en el PBI no es necesario para niveles alto de bienestar humano. Costa Rica tiene una expectativa de vida más alta que Estados Unidos, excelente educación y uno de los niveles de felicidad más altos del mundo. Y todo con un PBI per cápita de sólo 10.000 dólares. Un quinto del de Estados Unidos y mucho menos que Argentina. ¿Por qué? Porque han invertido en educación pública de alta calidad y salud. El antídoto al crecimiento es encontrar caminos para mejorar el bienestar sin requerir productividad industrial masiva. Invertir en lo que realmente interesa.

— Argentina tiene un mal año en este 2018 al comenzar una recesión con inflación alta, incluida la pérdida de fuentes laborales. ¿Cómo pueden mejorarse los estándares sociales sin crecimiento económico?
 
—El capitalismo siempre está generando desempleo. El camino a mejorar la productividad siempre significa que hay menos trabajadores requeridos para producir la misma cantidad de producción. ¿Qué pasa con los trabajadores que sobran? Son descartados. ¿Entonces qué hacemos? La respuesta común es crecer, crear más trabajos. Pero hay otro camino: simplemente acortando la semana laboral. De esa manera, uno redistribuye los requerimientos laborales existentes de manera que todos tengan acceso a un ingreso. La otra alternativa, por supuesto, es el ingreso universal básico asegurándonos que la gente tenga acceso a un sustento sin tener que crear más trabajos para ellos. Un ingreso básico no sólo estimularía las economías locales, también liberaría a la gente a ser más creativa e innovadora, mejorando sus comunidades e involucrándose en políticas
democráticas.

— ¿Argentina está condenada al fracaso al ser un país del hemisferio sur?
 
— No, por supuesto que no. Al contrario, el sur global tiene el mayor potencial de reinventar economías y cambiar hacia un futuro mejor. Sabemos que el modelo económico occidental nos está fallando. Está generando inequidad, inestabilidad y destrucción ecológica. Necesitamos algo mejor. El sur debe tomar la oportunidad de romper con el modelo occidental y construir algo mejor, más justo y más ecológico.

— ¿Piensa que la idea de desarrollo sostenible no es realmente posible?
 
— Depende en qué entendemos como desarrollo sostenible. ¿Desarrollo sostenible por siempre? ¿O una forma de desarrollo que es ecológica? En la primera, la respuesta es claramente “no”. En la segunda, la respuesta es “sí”. Es posible mejorar el bienestar humano sin crecimientos interminables de PBI. Podemos hacerlo mejorando salarios, etcétera. Redistribuyendo los recursos existentes de manera que no tengamos que perforar la Tierra por más.

La incidencia ecológica de la soja
Hickel se refirió también a la soja en particular. La oleaginosa es esencial en la economía de nuestra provincia. Consultado sobre el cultivo de este grano y su incidencia ecológica, el antropólogo contestó: “Depende en cómo es usada la soja. Si se usa para consumo humano, da una nutrición excelente con muy poco impacto ecológico. Pero si es usada para alimentar animales, digamos para consumo humano de carne vacuna, entonces es increíblemente ineficiente y ecológicamente destructiva”.

“También depende de cómo la soja es cultivada. Si es cultivada por grandes corporaciones agrícolas que usan fertilizantes químicos y pesticidas, entonces es destructiva para los suelos, los ríos y el mar, y contribuye significativamente a la extinción de especies y al colapso de la biodiversidad. Si es cultivada de manera orgánica, entonces puede ayudar a edificar la salud del suelo que puede ayudar a capturar dióxido de carbono y enfriar el planeta”, agregó el experto suazi.

El río que suena

Antonio Turiel - The Oil Crash


Queridos lectores:

Cuando faltan poco más de dos semanas para que la Agencia Internacional de la Energía (AIE) publique su informe anual, el World Energy Outlook (WEO), la propia AIE acaba de sacar un informe especial sobre economías productoras de hidrocarburos. Este informe especial se considera un apéndice del WEO. Es bastante habitual que la AIE saque informes especiales sobre aspectos particulares que se abordan en los WEOs, pero como norma general aparecen bastante más separados en el tiempo (por ejemplo, lo más frecuente es que saquen un informe a mitad del año que va de un WEO al siguiente). Es por eso que este informe (que se puede descargar y consultar libremente aquí) resulte un tanto peculiar, como si tuvieran una cierta urgencia por dejar algunos temas zanjados antes de que se publique el WEO 2018.

La AIE quiere analizar qué está pasando y qué va a pasar a los países con economías que dependen más fuertemente de los hidrocarburos. A tal fin, define una economía productora aquella que:

  • Produce grandes cantidades de petróleo y/o gas.
  • La exportación de hidrocarburos representan al menos un tercio del valor total de sus exportaciones.
  • Los ingresos que producen la explotación del petróleo y/o gas representa al menos un tercio de los ingresos fiscales (impuestos y tasas).

Con esta definición, la AIE identifica 6 países con economías productores (y por tanto dependientes) de hidrocarburos: Rusia, Arabia Saudita, Irak, Nigeria, Venezuela y Emiratos Árabes Unidos.

Hay una de las gráficas de la nota de prensa que resulta muy reveladora a la hora de entender qué ha pasado con esas 6 economías exportadoras durante los últimos años, y que nos muestra la evolución de sus ingresos netos:




Como se ve, todos estos países han sufrido enormemente con la caída de precios que comenzó a finales de 2014, pero no todos han sufrido de la misma manera. Mientras que Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita y Rusia han aguantado el tipo razonablemente bien (sus ingresos son aún alrededor de la mitad de lo que lo fueron en los buenos tiempos), el impacto ha sido enormemente mayor en Nigeria y en Venezuela, con los ingresos reducidos a una ínfima porción. Llama la atención el caso de Irak, el cual, como durante los años buenos iba muy lastrado por ISIS y por la insurgencia en general, no ha visto muy reducidos sus ingresos actuales respecto a los históricos.

Rubrica estas observaciones la gráfica sobre la evolución de la recaudación fiscal en estos países como porcentaje de su PIB.




Aquí se ve que quien claramente está en peligro es Venezuela, para quien el déficit fiscal supera el 20% del PIB durante todo el período 2015-2017. El segundo país con peor déficit fiscal es Arabia Saudita, con un déficit por encima del 10%, el cual se explica no solo por la caída de ingresos y el mantenimiento de numerosos subsidios, sino por el esfuerzo militar que está efectuando en Yemen.

Analiza el informe seguidamente cómo ha evolucionado la inversión en exploración y desarrollo (upstream) en esos 6 países. Es una información muy interesante, porque generalmente no se llega a ese nivel de detalle.






Se habrán fijado que a pesar de ser solo seis países, nos dan extrañamente agregados los gastos de Emiratos Árabes Unidos, Irak y Arabia Saudita, lo más probable para que no se note que donde está cayendo más fuertemente la inversión es en el reino saudí. Y es importante esconder ese cadáver en el armario, porque la falta de inversión en Arabia Saudita le precipita en su peak oil, el cual será el del mundo. De los otros países, llama la atención que Rusia ha mantenido, pese a todo, muy elevada su inversión en upstream: los rusos lo siguen intentando. Y donde claramente la industria del petróleo ha colapsado casi completamente es en Venezuela y en Nigeria. Como comentan en el interior, los otros 4 países se han podido adaptar mejor a la nueva situación gracias a la deflación de costes, y en el caso de Rusia al cambio de divisas favorable a la inversión en petróleo.

El resto del primer capítulo informe es una discusión bastante larga sobre la estructura productiva de estos países y se comienza a discutir sobre las alternativas de generación de energía, principalmente solar en los más insolados. Lo cual no deja de ser, irónicamente, un brindis al Sol, cuando después una gráfica del mismo informe recoge que en el período 2010-2017 el único sector que crece, o que menos decrece, es el del petróleo.




El segundo capítulo corresponde a una discusión sobre las perspectivas de futuro. La AIE utiliza aquí los escenarios habituales que se usan en los WEOs para proyectar qué concretamente pasará en estos países. Y la cosa es bastante clara ya desde el resumen ejecutivo del capítulo: en el escenario de Precios Bajos, los precios nunca se recuperan del todo y estos países sufren de déficits crecientes y reducción del gasto público (como si tal cosa se pudiera mantener así, sin un estallido social, durante 25 años, máxime cuando sabemos, por ejemplo, que hacia 2035 Arabia Saudita dejaría de exportar petróleo). En el escenario de Desarrollo Sostenible la cosa es aún peor, ya que se esperan en ese período un pico de demanda del petróleo (esa falacia lógica del pico de demanda que ya hemos discutido aquí con anterioridad). En ese caso, nos dicen que las economías productoras tendrían que adaptarse a un escenario de un mundo donde se consumiría menos petróleo. La pregunta es cómo van a hacer eso sin colapsar. La solución que propone la AIE es que estos países asciendan en la cadena de valor, concentrándose en el refinado del petróleo y en los usos no combustibles del petróleo. Esto es muy interesante, porque dada su gran riqueza como materia primera química efectivamente el peor uso que se le puede dar al petróleo es simplemente quemarlo. La AIE está probablemente sugiriendo que, en un escenario en que el petróleo no va a ser abundante ni barato, se especialice como un producto de mayor valor añadido, lo cual tiene bastante sentido. Lo que resulta cómico es que unas líneas más abajo leamos que los EE.UU. van a seguir expandiendo su explotación de fracking cuando lo que se está descontando ya es cuándo acabará colapsando (más tarde o más temprano en función de cuánto más quiera gastarse Trump en apuntalarlo).

Es en este capítulo donde se discuten los problemas sociales y culturales, aparte de económicos, muy serios que se padecen en estos lugares, particularmente Venezuela y Nigeria. A pesar de la gravedad y profundidad de los mismos (aquí se comentó en su momento sobre Nigeria), y que pueden dar al traste con cualquier previsión, el tratamiento de estos problemas es bastante epidérmico.

Se discuten otras cuestiones relevantes en el capítulo, pero la parte más interesante es la antes referida "captura del valor añadido". Hay una reveladora gráfica en esta sección, sobre la evolución del consumo de petróleo en Arabia Saudita para la producción de electricidad:




Es decir, que en Arabia Saudita se gasta de media medio millón de barriles diarios para la producción de electricidad, lo cual representa alrededor del 5% de toda la producción de petróleo de ese país. Los máximos de consumo, siempre en verano, han bajado apreciablemente los últimos años, seguramente a causa de la crisis de precios. La insistencia en que Arabia Saudita debe hacer un esfuerzo en pasarse a la fotovoltaica que se hace justo a continuación y durante varias páginas debe entenderse, por tanto, que está diciendo: "como medio para liberar al mercado ese medio millón de barriles diarios".

Para que quede claro que esto va de rebañar las ultimas migas del plato, entre los temas que se discuten a continuación nos encontramos la experiencia de Oman para hacer recuperación de petróleo mejorada usando energía fotovoltaica. En vez de intentar usar esa energía directamente, usarla para seguir extrayendo petróleo: toda una incoherencia, de no ser que lo que realmente importa aquí es que el petróleo siga fluyendo. Y por supuesto luego se habla de la reforma energética, poniendo a Indonesia y a México de ejemplos. Nuestros lectores de aquel último país podrían contarnos qué gratas experiencias tienen con esas reformas, e.g., el gasolinazo, y eso que en México solo se ha tocado, por ahora, la punta del iceberg.

El contexto de este informe es fácil de comprender cuando uno ve la distribución estadística de los costes de producción de los diferentes hidrocarburos líquidos que hay en el mundo.




Y es que los países productores de los que hablamos son los que tienen el petróleo más fácil (menos costoso) de producir. Estos países son por tanto críticos para evitar, o al menos retardar, tener que adentrarnos en el terreno del petróleo no asequible, que es el que nos precipita por la pendiente de la espiral de la destrucción de oferta - destrucción de la demanda. Los lectores más experimentados habrán notado quizá que la curva de arriba está truncada, y solo considera los 650 mil millones de barriles más asequibles del mundo. Cosa curiosa porque no hace tanto se cifraban los recursos convencionales en un billón (español) de barriles, y cuando uno se va a los no convencionales las cantidades son de unos cuantos billones, incluso más de 8 billones de barriles. La razón de este truncamiento, en esta época de la doble verdad y las realidades edulcoradas, en no enseñar toda la curva de costes: la inmensa mayoría de los recursos de hidrocarburos del mundo tienen unos costes tan estratosféricos que obviamente no son explotables. Con un consumo de petróleo global que está ya en los 36.000 millones de barriles al año, esos 650.000 millones representan a penas 18 años a ritmos constantes de consumo actual. Y como los nuevos yacimientos que se van encontrando no son, por lo general, más baratos que los actuales, quiere decirse que antes de que pasen 18 años los costes del petróleo que quede se van a disparar a valores que hacen imposible la actividad económica como está concebida actualmente.  De ahí la insistencia en aumentar el valor añadido en estos países, de ahí la invocación del "pico de demanda", porque se es consciente de que no habrá recursos de petróleo explotables a precios razonables. Esto era lo que era el peak oil: el fin del petróleo barato. No el fin del petróleo, sino del que era razonable producir, a los volúmenes de hoy en día. Se seguirá produciendo petróleo, pero cada vez menos, para un mercado cada vez más pequeño. Pero, contrariamente a lo que asume la AIE (esto es, porque se utilizarán otras alternativas energéticas mejores pero todo seguirá más o menos igual), será porque el mundo en su conjunto estará experimentando un prolongado proceso de decrecimiento económico, que será más o menos traumático en función de la inteligencia con la que se gestione.

Breves apuntes sobre el decrecimiento

Ecofestes

Como dice Latouche en su libro La apuesta por el decrecimiento, el decrecimiento “es un conjunto de teorías y no una única teoría”, que se unen para demostrar que el paradigma económico dominante y la sociedad de consumo han sobrepasado los límites del planeta. 



El decrecimiento se forma como corriente política a finales del s.XX y principio del s.XXI de la mano de teóricos como Georgescu Roeguen, Corneluis Castoriadis, Serge Latouche, Ivan Illich o François Schneider, entre otros. De hecho el seminario de 2002 “Deshacer el desarrollo, rehacer el mundo” fue el pistoletazo de salida, en el ámbito internacional, para repensar la lógica del crecimiento depredador y señalarlo como el gran problema a escala mundial.


El capitalismo globalizado y el modelo consumista han supuesto el agotamiento de los recursos energéticos y minerales, la degradación del medio ambiente, la pérdida de la biodiversidad, el empeoramiento de la salud, el favorecimiento del desarrollo de los países norteños a partir de la explotación y expolio de los recursos de los países del Sur, etc. Los ritmos de vida en la mayoría de sociedades actuales y, sobre todo, en las zonas geográficas de mayor concentración poblacional (ciudades), nos traen a un círculo vicioso de ganancia económica y aumento del consumo. La perspectiva decrecentista, por lo tanto, trata de actuar contra esta lógica y nos hace repensar los términos de “felicidad y bienestar”. ¿Conseguiremos más felicidad cuanto más horas trabajamos, más dinero ganamos y más bienes consumimos? ¿La esclavización por la economía nos aporta felicidad o podemos buscar una alternativa en la conversión de la vida en dinero?


Tal y cómo explica el profesor de Ciencia Política de la UAM, Carlos Taibo en una entrevista por la Ecodiari: “El crecimiento económico no provoca necesariamente cohesión social, y se traduce a menudo en agresiones medioambientales literalmente irreversibles, facilita el agotamiento de recursos escasos que no estarán a disposición de las generaciones futuras y nos sitúa en un marco de un modo de vida esclavo que nos aconseja concluir que seremos más felices cuanto más bienes tratamos de consumir”.

Decrecimiento y crecimiento
 
Sin caer en los debates que se han generado en torno algunas posiciones ecocentristas radicales en relación al desarrollo tecnológico y su uso, las críticas acerca del decrecimiento se centran, por un lado, en la posibilidad de recesión económica si se decrece en términos de consumo (aumento del paro, aumento de las desigualdades, medidas de austeridad, etc.). Por otro lado, algunas voces afirman que no se puede exigir un decrecimiento en el ámbito mundial, puesto que la mayoría de países del Sur todavía no han llegado ni a los niveles mínimos de bienestar y derechos sociales de los países del Norte. Como argumentan varias entidades ecologistas, la propuesta decrecentistas para los países del Sur, formula que estos no tomen como modelo el desarrollo hegemónico, sino que tomen su propio camino para proporcionar un bienestar arraigado a sus contextos y en equilibrio con el medio natural. 


Cuando se habla de crecimiento de la actual economía neoliberal, se está refiriendo a un aumento medido en términos productivos y económicos: crecimiento del PIB, altas rentabilidades y subidas en el sector bursátil, aumento de los sectores productivos, aumento de la población activa, etc. Esto no quiere decir que el desarrollo no contemple otros parámetros como el acceso a la sanidad, a la cultura o a un bienestar (entendido como felicidad). Por lo tanto, y desde la perspectiva del decrecimiento, es posible hablar de un decrecimiento económico material y a la vez de un crecimiento del desarrollo social. Es más, desde este paradigma, el decrecer no sólo no es negativo, sino que es necesario teniendo en cuenta que el sistema capitalista actual es el causante de la opresión del ecosistema. Y sé que en un mundo finito, cada vez que producimos, por ejemplo, un coche, reducimos las posibilidades futuras de supervivencia, según alertan las entidades ecologistas.


En resumen, la economía tiene que decrecer en la esfera material según las posiciones decrecentistas. Tal como explica la profesora de la UNED y activista, Yeyo Herrero, en una entrevista: “Si pusiéramos en el centro de atención la atención y el desarrollo de los corderos relacionales, la cura, los modelos renovables, etc. y esto generara incremento del PIB, no sería preocupante. El crecimiento del PIB sólo es preocupante cuando se produce a expensas de la fabricación de automóviles, el consumo aumentado del petróleo, de la guerra... Lo que nosotros decimos, es que tiene que decrecer la esfera material de la economía. Y no es que tenga que decrecer, sino que es inevitable. No es algo que buscamos las ecologistas, es una imposición de los límites físicos de la naturaleza”.


A la práctica... Ampliación de las tres R

Hace días, desde este espacio ofrecimos una artículo sobre el triángulo ecológico: Reducir, Reutilizar y Reciclar. El decrecimiento propone ocho propuestas prácticas: reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar y reciclar. En otras palabras, la propuesta del decrecimiento ofrece un escenario de redistribución laboral (ya sea de los sectores productivos como de las horas de trabajo), reducción del consumo, la reestructuración del espacio social (comunicación, movilidad, el ocio etc.) o la reconceptualización de los valores y el bienestar (alejados del materialismo consumista y en términos de vidas sostenibles, que “merezcan ser vividas” -cómo dice alguna de las propuestas dentro de la economía feminista-.


Pero... ¿cómo se trae esto a la práctica? Hay pequeñas acciones que pueden ayudar a este cambio, los cuales pasan por aplicar estas “8 R” en el ámbito cotidiano. Así pues, son necesarios los pequeños cambios para generar procesos a nivel colectivo. Cómo expone bien Carlos Taibo: “Tenemos que actuar colectivamente, pero difícilmente iremos a modificar las cosas si en nuestra vida cotidiana no somos capaces de introducir estos valores que reivindicamos para el futuro.”