Masculinidad

Es costumbre que los niños vayan al hammam con las mujeres y esto se sigue haciendo hasta que se llega a la edad de la pubertad. Ya que la edad que la pubertad no es igual para todos, el umbral en el que se establece que una ha ‘crecido’ es muy flexible; dado que una madre tiende a ver a su hijo como un eterno niño, y dado que llevar a un muchacho al hammam es una tarea que el padre prefiere dejar el mayor tiempo posible a la madre, no es raro en absoluto el espectáculo de un niño bastante mayorcito, más o menos adolescente, en medio de las desnudeces de las mujeres de todas las edades –mientras otras mujeres no se sientan incómodas por la presencia del muchacho, joven o no-.




¿Qué árabe musulmán no ha sido excluido de esta manera del mundo de las mujeres desnudas?. ¿Qué árabe musulmán no recuerda esa cantidad de carne desnuda y las muchas y ambiguas sensaciones?. ¿Quién no recuerda el incidente por el cual este mundo de desnudeces quedó prohibido de golpe?. Se nos dio más que una memoria. Uno no podría parar de pellizcar esos gruesos pechos colgantes que lo obsesionaban. Otro fue alejado por ser demasiado peludo, por tener el pene demasiado grande, nalgas demasiado sobresalientes, un órgano desplazado. Para el muchacho, el hammam es el lugar en el que uno descubre la anatomía de los demás y del que uno es expulsado una vez que se ha producido el descubrimiento.

Entrar en el mundo de los adultos significa asimismo, quizá, sobre todo, frecuentar sólo hombres, ver sólo hombres, hablar sólo a hombres (...). Ahora, el cuerpo es arrebatado literalmente por el mundo masculino.

Las prácticas del hammam están estructuradas de una manera nueva a partir del momento en que uno se separa de su madre, de modo que el primer hammam tomado con los hombres es como una consagración, una confirmación, una compensación. Es la confirmación de la pertenencia al mundo de los hombres (...). Ninguno recibió las felicitaciones de los amigos de su padre, a los que ahora encuentra por primera vez ligeramente vestidos y algunos de los cuales no dejan de hacerle proposiciones indecentes.

Abdelwahab Bouhdiba. La sexualidad en el Islam. 1975.

Una revolución cultural femenina

No basta con medir cuantitativamente la marginación o discriminación de las mujeres; no basta con promover leyes tendentes a la igualdad; no basta con estudios de género que rescaten del olvido la aportación femenina a la cultura; no basta con la paridad institucional. Se trata de crear auténticas revoluciones culturales que hagan avanzar nuestra historia en sentido evolutivo.




Estas revoluciones en las que han participado activamente las mujeres, siempre han significado hitos importantes en las que han participado activamente las mujeres, siempre han significado hitos importantes que han dejado su huella. El movimiento trovadoresco en el sur de Francia significó una exaltación de lo femenino. Impulsado en el siglo XII desde la corte de Leonor de Aquitania y continuado por sus hijas Marie y Alix, se extendió por toda Europa. Implementó una auténtica veneración por la mujer y lo femenino que supuso un verdadero renacimiento cultural en los siglos oscuros del Medioevo.

Este movimiento estuvo en el origen del culto a María como una reminiscencia del antiguo culto de la Diosa, lo que dio lugar a la construcción de sublimes catedrales como la de Chartres o la de Notre Dame de París, que a su vez coincidió con potentes movimiento de renovacición espiritual como los cátaros, albigenses, begardos y beguinas, que por supuesto fueron contestados con sangrientas represalias por parte de la Iglesia y del poder civil.

En lugares apartado del mundo rural fueron las llamadas ‘brujas’ el punto de referencia de enfermos y afligidos, ejercieron sabiamente la medicina natural y el consejo espiritual, dando lugar a la más sangrienta persecución histórica que las mujeres hemos podido sufrir. Los médicos y los sacerdotes vieron amenazado su poder, de modo que participaron en la masacre como los más fervientes inquisidores.

El modo infalible para saber si todos estos movimientos fueron importantes o no lo podemos detectar por la reacción del patriarcado ante ellos. Toda reacción violenta, represiva, despreciativa o inquisitorial acompañan siempre una eclosión relevante de las mujeres en la Historia. También ahora.

Extraído de ‘Matria. El horizonte de lo posible’. Victoria Sendón de León. 2.006.

Ecología social y decrecimiento

Donde más se concreta la propuesta política de la ecología social es en la formulación del “municipalismo libertario” en tanto que organización social y económica de carácter comunalista. En ella, el municipio se percibe como la unidad de convivencia básica que puede facilitar que el “logos común” fluya y adopte la forma de democracia directa.


La vida económica del municipio se concibe como una “municipalización de la economía”, tanto en el sentido de propiedad comunal como en la dirección colectiva de la propia economía local. Frente a la las formas de centralización y de concentración de poder, este municipalismo de base apuesta por la confederación de municipios regida por el intercambio y el apoyo mutuo.

Bookchin, que es autor de trabajos como Los límites de la ciudad (1974), estudió a fondo los modos de organización social en nuestra cultura que históricamente no se han regido por la lógica estatista. Y, obviamente, se inspiró en concepciones como el Municipio Libre que afloraron en nuestra experiencia republicana y que este autor norteamericano también estudió.

En 1984 escribió sus conocidas Seis tesis sobre el municipalismo libertario y, por ejemplo, en marzo de 1989, el grupo anarquista con el que desde finales de los setenta luchaba desde la pequeña ciudad de Burlington (Vermont, USA) se presentó a elecciones municipales – que es una posibilidad que su concepción contempla- con un programa que, en primer lugar, se refería a la cuestión del crecimiento como el problema “más acuciante”; al mismo tiempo que pedía una moratoria del crecimiento para que los ciudadanos “tengan tiempo” de decidir en asambleas abiertas cómo desean que sea el desarrollo de su comunidad. Otros puntos del programa eran “la compra por parte de la municipalidad de tierras libres” y “la creación de una red directa entre agricultores y consumidores para fomentar la agricultura local”.


Visto, pues, desde la óptica y las alternativas que en la actualidad se esbozan en el seno del movimiento por el decrecimiento y, especialmente, en el hincapié que éste hace sobre cuestiones como la “relocalización” de la economía, la “economía de aproximación” o la revitalización de la experiencia comunitaria, creo que está claro que la Ecología social, y las enseñanzas que Murray Bookchin ha aportado, tienen suficiente sustancia como para merecer una precisa atención. Sobre todo si lo que se desea desde el decrecimiento es construir un movimiento internacional verdaderamente transformador, y no una “red” ciudadanista más o menos progresista y sofisticada.

Extraído del artículo 'ecología social i decreixement' publicado por Alfonso López Rojo en el monográfico sobre “Decrecimiento” de la Revista Illacrua, Nº 161, septiembre de 2008.

Células de Bénard

A principios de siglo, el físico francés Henri Bénard descubrió que el calentamiento de una fina capa de líquido puede originar estructuras extrañamente ordenadas. Cuando el líquido es uniformemente calentado desde abajo, se establece un flujo constante de calor, que se mueve desde el fondo hacia la parte superior. El líquido en sí mismo permanece en reposo y el calor se transmite únicamente por conducción.

No obstante, si la diferencia de temperatura entre la parte superior y el fondo alcanza un determinado valor crítico, el flujo de calor es reemplazado por una convección térmica, en la que el calor es transmitido por el movimiento coherente de grandes cantidades de moléculas.

En este punto aparece un muy sorprendente patrón ordenado de células hexagonales (“colmena”), en el que el líquido caliente asciende por el centro de las células, mientras que el líquido frío desciende por las paredes de las células.

A medida que el sistema se aleja del equilibrio mediante el flujo de energía, se alcanza un punto crítico de inestabilidad, en el que aparece el patrón hexagonal ordenado. Un ejemplo de autoorganización en el que millones de moléculas se mueven coherentemente para formar células hexagonales por convección.

Cuando el flujo de materia y energía a través de ellas aumenta, pueden pasar a nuevas inestabilidades y transformarse en nuevas estructuras de incrementada complejidad. La energía se autoorganiza.
Al igual que las células de Bénard, los seres vivos somos sistemas abiertos organizados a partir del flujo de materia y energía que circula incesantemente a través de nosotros. La vida no existe en un vacío sino que ocurre en la diferencia muy real que media entre una radiación solar de 5.800 Kelvin y las temperaturas de 2.7 Kelvin del espacio exterior. Estas ideas relacionan lo vivo con lo no vivo.

Para saber más: La trama de la vida. Fritjof Capra.

Para saber más: Captando genomas. Lynn Magulis. Dorion Sagan.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (VII)

Se trata de desactivar el dispositivo interno, el código genético de la economía, y hacerlo sin desencadenar una recesión de tal magnitud que termine acentuando la pobreza y la destrucción de la naturaleza.


La descolonización del imaginario que sostiene a la economía dominante no habrá de surgir del consumo responsable o de una pedagogía de las catástrofes socio-ambientales, como pudo sugerir Serge Latouche al poner en la mira la apuesta por el decrecimiento.

La racionalidad económica se ha institucionalizado y se ha incorporado a nuestra forma de ser en el mundo: el "homo economicus". Se trata pues de un cambio de piel, de transformar al vuelo un misil antes de que estalle en el cuerpo minado del mundo.

La economía real no es desconstruible mediante una reacción ideológica y un movimiento social revolucionario. No basta con moderarla incorporando otros valores e imperativos sociales para crear una economía social y ecológicamente sostenible.

Es necesario forjar Otra economía, fundada en los potenciales de la naturaleza y en la creatividad de las culturas, en los principios y valores de una racionalidad ambiental.

Del decrecimiento a la descontrucción de la economía. Enrique Leff

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (VI)

El decrecimiento de la economía no solo implica la desconstrucción teórica de sus paradigmas científicos, sino de su institucionalización social y de la subjetivización de los principios que intentan legitimar la racionalidad económica como la forma ineluctable del mundo.

Desconstruir la economía resultaría así una empresa más compleja que desmantelar un arsenal bélico, derrumbar el Muro de Berlín, demoler una ciudad o refundir una industria.

No es la obsolescencia de una máquina o de un equipo, ni el reciclaje de sus materiales para renovar el proceso económico. La destrucción creativa del capital que preconizaba Joseph Schumpeter no apuntaba al decrecimiento, sino al mecanismo interno de la economía que la lleva a “programar” la obsolescencia y destrucción del capital fijo, para reestimular el crecimiento insuflado por la innovación tecnológica como fuelle de la reproducción ampliada del capital.

El crecimiento económico arrastra consigo el problema de su medición. El emblemático producto interno bruto con el que se evalúa el éxito o fracaso de las economías nacionales no mide sus externalidades negativas.

Pero el problema fundamental no se resuelve con una escala múltiple y un método multicriterial de medida, como las “cuentas verdes”, el cálculo de los costos ocultos del crecimiento, un “índice de desarrollo humano” o un “indicador de progreso genuino”.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. Enrique Leff

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (V)

El fin de la era del petróleo no resulta de su escasez creciente, sino de su abundancia en relación a la capacidad de absorción y dilución de la naturaleza, del límite de su transmutación y disposición hacia la atmósfera en forma de dióxido de carbono.

La búsqueda del equilibrio de la economía por una sobreproducción de hidrocarburos para seguir alimentando la maquinaria industrial (y agrícola por la producción de biocombustibles), pone en riesgo la sustentabilidad de la vida en el planeta, y de la propia economía.

La "despetrolización" de la economía es un imperativo ante los riesgos catastróficos del cambio climático si se rebasa el umbral de las 450-550 partes por millón de gases de efecto invernadero en la atmósfera, como vaticinan el Informe Stern y el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.


Y esto plantea un desafío a las economías que dependen de sus recursos petroleros (México, Brasil, Venezuela, en nuestra América Latina), no sólo por su consumo interno, sino por su contribución al cambio climático global.

La racionalidad económica se implanta sobre la Tierra y se alimenta de su savia. Es el monstruo que engulle la naturaleza para expulsarla por sus fauces que exhalan bocanadas de humos a la atmósfera, contaminando el ambiente y calentando el planeta.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. Enrique Leff

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (IV)

La transición de la modernidad hacia la posmodernidad significó pasar de la anticultura, inspirada en la dialéctica, al mundo “pos” (posestructuralismo, poscapitalismo), que anunciaba el advenimiento de algo nuevo.

Pero ese algo nuevo aún no tiene nombre, porque solo hemos sabido nombrar lo que es y no lo por venir. La filosofía posmoderna inauguró la época “des”, abierta por el llamado a la desconstrucción. La solución al crecimiento no es el decrecimiento, sino la desconstrucción de la economía y la transición hacia una nueva racionalidad que construya la sustentabilidad.

Desconstruir la economía insustentable significa cuestionar el pensamiento, la ciencia, la tecnología y las instituciones que han instaurado la jaula de racionalidad de la modernidad.

No es posible mantener una economía en crecimiento que se alimenta de una naturaleza finita, sobre todo una economía fundada en el uso del petróleo y el carbón, transformados en el metabolismo industrial, del transporte y de la economía familiar en dióxido de carbono, el principal gas causante del efecto invernadero y del calentamiento del planeta que hoy amenaza a la vida humana.

El problema de la economía del petróleo no es solo, ni fundamentalmente, el de su gestión como bien público o privado. No es el del incremento de la oferta, explotando las reservas guardadas y los yacimientos de los fondos marinos para abaratar nuevamente el precio de las gasolinas, que ha sobrepasado los cuatro dólares por galón.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. Enrique Leff

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (III)

Decrecer no sólo implica desescalar o desvincularse de la economía. No equivale a desmaterializar la producción, porque ello no evitaría que la economía en crecimiento continuara consumiendo y transformando naturaleza hasta rebasar los límites de sustentabilidad.


La abstinencia y la frugalidad de algunos consumidores responsables no desactivan la manía de crecimiento instaurada en la raíz y el alma de la racionalidad económica, que conlleva un impulso a la acumulación del capital, a las economías de escala, a la aglomeración urbana, a la globalización del mercado y a la concentración de la riqueza.

Saltar del tren en marcha no conduce directamente a desandar el camino. Para decrecer no basta bajarse de la rueda de la fortuna de la economía.

Las excrecencias del crecimiento, la pus que brota de la piel gangrenada de la Tierra, al ser drenada la savia de la vida por la esclerosis del conocimiento y la reclusión del pensamiento, no se retroalimenta en el cuerpo enfermo del Planeta.

No se trata de reabsorber sus desechos, sino de extirpar el tumor maligno. La cirrosis que corroe a la economía no habrá de curarse inyectado más alcohol a la máquina de combustión de los autos, las industrias y los hogares.

Más allá del rechazo a la mercantilización de la naturaleza, es preciso desconstruir la economía realmente existente y construir otra economía, fundada en una racionalidad ambiental.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. Enrique Leff

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (II)

Hoy, ante el fracaso de los esfuerzos por detener el calentamiento global (el Protocolo de Kyoto había establecido la necesidad de reducir los gases invernadero al nivel de 1990), surge nuevamente la conciencia de los límites del crecimiento y el reclamo por el decrecimiento.


Si bien Lewis Mumford, Iván Illich y Ernst Schumacher vuelven a ser evocados por su crítica a la tecnología y su elogio de “lo pequeño”, el decrecimiento se plantea ante el fracaso del propósito de desmaterializar la producción, el proyecto impulsado por el Instituto Wuppertal que pretendía reducir por cuatro y hasta 10 veces los insumos de naturaleza por unidad de producto.

Resurge así el hecho incontrovertible de que el proceso económico globalizado es insustentable. La ecoeficiencia no resuelve el problema de un mundo de recursos finitos en perpetuo crecimiento, porque la degradación entrópica es irreversible.

La apuesta por el decrecimiento no es solamente una moral crítica y reactiva, una resistencia a un poder opresivo, destructivo, desigual e injusto; no es una manifestación de creencias, gustos y estilos alternativos de vida; no es un mero descreimiento, sino una toma de conciencia sobre un proceso que se ha instaurado en el corazón del mundo moderno, que atenta contra la vida del planeta y la calidad de la vida humana.

El llamado a decrecer no debe ser un mero recurso retórico para dar vuelo a la crítica del modelo económico imperante. Detener el crecimiento de los países más opulentos, pero seguir estimulando el de los más pobres o menos “desarrollados” es una salida falaz.

Los gigantes de Asia han despertado a la modernidad; tan sólo China e India están alcanzando y rebasando las emisiones de gases invernadero de Estados Unidos. A ellos se sumarían los efectos conjugados de los países de menor grado de desarrollo llevados por la racionalidad económica hegemónica.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. Enrique Leff

Vicenç Navarro y el Ministerio del Decrecimiento (1ª parte)

Manuel Casal Lodeiro - Colectivo Burbuja

Recientemente Vicenç Navarro, economista de la Pompeu Fabra y reconocido oponente de las ideas del Decrecimiento, nos retaba a la gente decrecentista a explicar qué medidas tomaríamos si fuésemos ministros de Economía (véase el turno de preguntas de su intervención del 27/05/17 en el seminario “Petróleo” organizado por el MACBA). Aunque no creo que tengamos una obligación ni una responsabilidad a la hora de justificar nuestras propuestas comparables a la de alguien que ha aportado sus ideas para la política económica de una formación con opciones de entrar en un gobierno estatal (Podemos), quisiera recoger el guante lanzado y tratar de darle mi respuesta dándome por implícitamente aludido.

En primer lugar habría que aclarar que las medidas de un ministro o ministra debieran ser, lógicamente, las coherentes con la política general del gobierno del que formase parte, y esta, a su vez, basada en las propuestas hechas a la ciudadanía que eligió dicho gobierno con sus votos. Por tanto, desarrollando mínimamente esta obviedad, si la persona al cargo de un ministerio cualquiera va a aplicar medidas decrecentistas, será en todo caso, dentro de un gobierno decrecentista que haya logrado el apoyo en las urnas para un proyecto decrecentista. Esto, aunque no se lo parezca al Sr. Navarro y a la mayoría de las izquierdas, no es algo tan inverosímil, a la luz del estudio publicado el pasado año por investigadores de la UAB y que apuntaba a que más de un tercio de la población española podría estar a favor de un proyecto no ya decrecentista, pero sí al menos acrecentista, que para el caso nos sirve igualmente como apoyo a la factibilidad de un gobierno que arrojase la crecimientomanía a la papelera de la Historia.

Así pues, me permito modificar aclarativamente los términos de la pregunta de Navarro de la siguiente manera: “¿Qué medidas adoptaría un gobierno decrecentista?” Dado que soy de la opinión de que solamente un gobierno del pueblo es digno de ser calificado de “democrático”, la primera medida debería ser un referéndum para lograr el apoyo expreso de la ciudadanía a un proyecto decrecentista mediante su decisión directa. Esto permitiría no sólo legitimar doblemente dichas políticas (por la victoria en las elecciones generales + la victoria en el referéndum), sino que deslegitimaría cualquier posible contramedida que un futuro gobierno partidario de insistir en el crecimiento económico quisiese imponer. Por supuesto a este referéndum debería llegarse tras una fase previa (que debiera comenzar —con menos medios, claro está— mucho antes de la llegada de tal partido decrecentista al gobierno) de explicación a la sociedad de la necesidad del Decrecimiento, de las indeseables o imposibles alternativas al mismo, y de las nuevas prioridades sociales, políticas y económicas que vendrían a sustituir a la obsesión por el crecimiento del PIB (una buena vida, la satisfacción asegurada de las necesidades básicas, un futuro digno para nuestros hijos y nietos, etc.). Dicha fase de comunicación y debate social podría extenderse a lo largo de todo un año, durante el cual tendríamos, por ejemplo, la ocasión de ver en la TV pública los principales documentales acerca de la cuestión (tanto los que diagnostican la crisis ecosocial como los que presentan alternativas inspiradoras ajenas al crecimiento), series de ficción que ayudasen a crear un nuevo imaginario poscrecentista, programas realizados por los propios colectivos sociales, debates abiertos a la máxima pluralidad posible de posturas y, gracias a ello, tendríamos la ocasión de escuchar en prime time las voces de gente como Herrero, Mediavilla, Prieto, Taibo, Riechmann, De Castro, Carpintero, Turiel, Santiago, Doldán o González Reyes, y otros muchos capaces de explicar con perfecta claridad y rigor los auténticos términos del panorama que tenemos ante nosotros, las luces y las sombras, las amenazas y las oportunidades que se nos abren como sociedad en este excepcional momento histórico. Esto, junto con una amplia participación social en todo el proceso, rompería esa “dictadura mediática” de la que el mismo Navarro habla y crearía las condiciones para lo que he denominado una estrategia franca ilusionante (en mi libro La izquierda ante el colapso de la civilización industrial. Apuntes para un debate urgente, La Oveja Roja, 2016).

Lo cual me lleva al segundo punto principal de mi respuesta al profesor catalán. El hecho de que centre su reclamación de medidas en la acción de un ministerio concreto (pese a la importancia que pueda tener el de Economía) me hace pensar que no acaba de captar que la cuestión del Decrecimiento —al contrario que el tipo de política al que estamos acostumbrados— no es una cuestión sectorial ni la crisis ecosocial que nos lleva a estas propuestas algo que se pueda abordar desde un único ministerio, sea este el de Medioambiente (al que se nos suele remitir cuando hacemos propuestas de abandono de los combustibles fósiles) o el de Economía. Las actuaciones de tipo económico que hubiera que tomar para poner en práctica una propuesta decrecentista serían inseparables de las tomadas desde las áreas de Cultura, Medioambiente, Transportes, Sanidad o Defensa, por ejemplo. Porque el problema que tenemos es integral; afecta a todos los aspectos de nuestra forma de vida y de hecho es, más que sistémico, civilizatorio. Este es otro motivo para objetar los términos de la pregunta que se nos lanza y que demuestra que quien la formula así, no está comprendiendo realmente el carácter integral del problema subyacente.

Para terminar, quisiera devolverle la pregunta a Vicenç Navarro y plantearle qué haría él como ministro de Economía cuando el agotamiento energético —si resulta finalmente vana su fe en que la “creatividad humana” puede “crear recursos” (véanse de nuevo sus respuestas en el seminario “Petróleo”)— haya llegado al punto de tener que racionar los combustibles fósiles, cuando millones de personas en las ciudades del país se queden sin alimentos en los supermercados, cuando dejen de funcionar los sistemas de abastecimiento de agua y saneamiento, y los hospitales sufran apagones continuos y falta persistente de medicamentos, y cuando todo ello suceda en un contexto de conflicto internacional por los últimos recursos. Me gustaría saber qué haría un economista marxista o neokeynesiano cuando la caída permanente del PIB reduzca los ingresos del Estado de manera irreversible, porque se han cerrado por falta de materiales y energía no sólo todas las fábricas que los decrecentistas proponemos —para su escándalo— cerrar, sino muchas más, y qué hará cuando las cifras de paro se doblen y tripliquen mientras nuestros campos se dejan de cultivar por falta de gasóleo para la maquinaria. Dado que el Sr. Navarro además de experto en economía política y sociólogo, es médico, le sugeriría que antes de rechazar un tratamiento alternativo se asegure de que su diagnóstico de la enfermedad es el correcto, no sea que esté intentando tratar una úlcera cuando lo que hay en realidad es un cáncer.