Cocina e impresiones



Dice la prensa: "Científicos crean un prototipo de impresora de comida". La entradilla continúa: "Investigadores trabajan en una máquina capaz de 'imprimir' alimentos a gusto del usuario" Y se pregunta: "¿Tienen futuro las impresoras de comida?"

La prensa, como la sociedad en general, siente fascinación por la ciencia y la técnica. Cada cierto tiempo, reproduciendo artículos de revistas especializadas, nos comunica "avances" en estas áreas y en los más variados campos de la vida natural o social. El relato periodístico tiende a ser descriptivo y acrítico: narra lo que se considera simplemente la evolución normal de una práctica racional a la cual se le supone una trayectoria en permanente perfeccionamiento.

A veces pueden estos relatos mostrar cierta inquietud por los productos tecnocientíficos pero es momentánea puesto que la suma y resta de los aciertos y desaciertos siempre da como ganador a los
primeros. Vamos por el buen camino que nos llevará, vía desarrollo tecnológico, a la buena sociedad. La voluntad tecnológica dominante arrasa el sentido común.

Esta impresora de comida permitirá que se "introduzcan 'tintas' del alimento crudo en la parte superior de la máquina, se 'descargue' la receta -o ‘FabApp’- y que la máquina haga el resto. FabApps le
permitiría modificar a su gusto los alimentos, la textura y otras propiedades', afirma el doctor Ian Jeffrey Lipton, quien lidera el proyecto"

Pero dejar a la tecnociencia y a la industria asociada a ella sin control social conduce a todos los desvaríos y a las mayores estupideces. Permite que las prácticas científicas se dirijan hacia territorios banales justificados sólo por las promesas de rentabilidad económica futura para los laboratorios que financian los proyectos. El famoso I + D + I, mantra de las políticas públicas de desarrollo
tecnológico, no distingue entre proyectos: todo vale mientras existan esas promesas "y se cree empleo". El sistema educativo y formativo participará aportando las "competencias" humanas necesarias para que los engranajes y los chips continúen funcionando.

Pero: ¿dentro de qué jerarquía de valores y necesidades colectivas un desarrollo como el de la impresora de alimentos es relevante? ¿dónde
se encuentra el bien común que justifique la inversión de recursos sociales en este campo, abandonando otros? ¿quién legitima seguir en
los procesos de tecnologización, industrialización y mercantilización de prácticas sociales como la alimentación y la cocina?

No hay dirección ni sentidos socioteconológicos únicos. Para cada práctica tecnocientífica hegemónica es posible pensar en alternativas contrahegemónicas. Para cada delirio del poder tecnocentífico es
posible oponer razones comunitarias. Para cada codificación y tecnologización vertical de las prácticas sociales es posible pensar en procesos horizontales y participativos de innovación. La voluntad tecnológica puede ser encauzada a partir de otros proyectos y otras orientaciones sociales, entre ellas, evidentemente, la decrecentista.
La apuesta por el decrecimiento debe pensar en nuevas formas sociales de producción y apropiación de lo producido dentro de pautas que no rechacen la tecnología sino que la traduzcan y entretejan con las
prácticas de los sujetos que sostienen dicha apuesta.

“¿Qué pasaría si usted pudiera recibir la tarta de manzana casera de su mamá enviada por correo electrónico y con la posibilidad de imprimir el plato en casa?", pregunta el científico. No se a usted,
pero a mí me daría un poquito de asquito.

Suricato

El decrecimiento, una apuesta de futuro


El Progreso, concepto vacío y ambiguo, ha sido la razón debajo de la organización social desde la revolución industrial. El Desarrollo, como expresión de Progreso, concretado en el crecimiento material y económico, supuso la cristalización de una apuesta por dominar completamente la naturaleza, traspasando cuantos límites sean necesarios. Las sociedades modernas se han valido de la Técnica con el objetivo de poder más, tener más y en última instancia, ser capaces de vivir mejor.
Sin embargo, en contra de lo esperable, el planeta sufre desde hace años una crisis sin precedentes y que tiene y tendrá consecuencias graves e irreparables sobre sus habitantes. Los recursos son finitos y, frente a los avances, los problemas ocasionados por el Desarrollo son prácticamente irresolubles. Entre tanto, seguimos tomando al Progreso como ideología incuestionable y guía de todos nuestros actos, a la vez que nos sumimos más profundamente en un sistema técnico que ha modificado todas las condiciones de vida y que poco a poco escapa a nuestro control, junto con sus consecuencias (positivas y negativas).
En esta ponencia analizaremos algunas características de esta ideología del Progreso y del crecimiento como concreción de éste, para seguidamente proponer una respuesta unitaria y radical: el Decrecimiento.

La ideología del Progreso

El Desarrollo, expresión del Progreso, toma como horizonte perpetuo la creación de poder, el aumento de la potencia y capacidad humanas para incidir y controlar el mundo a su antojo. Todo ello sazonado con la producción desmesurada y creciente de bienes y servicios. Uno de sus más importantes cometidos es crear las condiciones necesarias (tecnológicas, sociales, políticas) para poder seguir avanzando sin fin. El problema es que nunca se sabe hacia dónde avanzamos, ni las consecuencias que entrañará este avance, pero la decisión está hecha, a pesar de todo:
La potencia sin control
El Desarrollo ha traído consigo (o necesitado) el aumento de la capacidad humana de incidir sobre su entorno y gestionar sistemas de abrumadora complejidad, lógicamente por medios técnicos. La posibilidad de que el hombre pueda controlar las condiciones del mundo que le rodea y manipularlas a su antojo a gran escala es una de las claves del crecimiento: por ejemplo, la capacidad obtener procesar, transportar y distribuir masivamente recursos naturales de difícil localización y tratamiento (petróleo, coltán...) es clave para sostener una sociedad moderna.
Sin embargo, las ventajas obtenidas a través de la dominación de nuestro entorno contrastan con un espectro gigante de consecuencias imposibles de prever ni prevenir. Algunos avances traen consigo una serie de efectos, muchas veces nefastos, que contrarrestan toda ganancia. Los problemas ocasionados son más grandes y más complicados que aquellos inicialmente resueltos, y sólo abordables por los medios técnicos que los causaron.
Por ejemplo, en su creación nadie imaginó que el automóvil o los aviones jugarían un papel importante en el cambio climático; el desarrollo nuclear nos ha traído desastres (por causas bélicas o por accidentes); las radiaciones electromagnéticas o los transgénicos pueden provocar desequilibrios ambientales y problemas de salud cuyas consecuencias están por ver; la ganadería intensiva es un caldo de cultivo de enfermedades que pueden afectar allá dónde viajen los productos (gripes, vacas locas); los accidentes de tráfico son la primera causa de mortalidad en los países desarrollados; los avances médicos contrastan con todo un espectro de nuevas enfermedades y trastornos psicológicos (depresiones, ansiedad, anorexia, obesidad, asma, cáncer)...
A pesar de todo ello, la elección está hecha pues la dinámica de nuestras sociedades ha convertido en necesidad el transporte rápido, la producción de energía masiva y potencia armamentística, comunicaciones sofisticadas, los alimentos mejorados y más rentables, el trabajo intensivo y repetitivo...
Muchos esfuerzos se concentran en desarrollar técnicas que mitiguen los efectos negativos de todo esto (protocolos, planes de emergencia, eficiencia de motores, energías renovables, medicamentos para cada nuevo problema de salud, control de especies, seguridad vial...), pero no en replantearse cómo actuar sobre las causas. Se trata de discernir si las herramientas que usamos son realmente necesarias, cumplen su función de manera satisfactoria y las podemos controlar o si, por el contrario, nos hemos convertido en sus esclavos.
La mercantilización de la vida
El Desarrollo, no sólo se ha basado en la creación un medio idóneo en el que subsistir de manera indefinida, sino que también ha sido necesario la inclusión del cuerpo social en este medio y desconectarlo del mundo natural que se intenta dominar.
Ésto sólo ha sido posible mediante la invasión generalizada de la vida de cada individuo y la inclusión total en un nuevo paradigma dónde todo gira alrededor de las nuevas aplicaciones científico-técnicas. Se trata de una invasión tanto espacio físico, con la ciudad como paradigma del Progreso, como del tiempo: todo va más rápido, porque todo puede y debe hacerse más rápido.
Al mismo tiempo, la sociedad moderna se caracteriza por mediatizar las relaciones humanas a través de un universo de imágenes preestablecidas que marcan las pautas sobre los deseos, las esperanzas, los valores, los placeres y los comportamientos esperables de cada individuo.
En este nuevo entorno prefabricado, el trabajo [productivo y asalariado] juega un papel fundamental como elemento alienante y clave, además, en el mantenimiento de las dinámicas de producción y consumo. La vida entera gira en torno al trabajo. Ni los avances técnicos, ni el aumento de la riqueza, ni la sociedad del conocimiento... nada ha conseguido reducir el número de horas de trabajo, ni la cantidad de trabajadorxs. Es patente, sin embargo, que en el proceso de producción, cada individuo juega un papel ínfimo y se convierte en una pieza reemplazable y reutilizable según la necesidad, por lo que se convierte en tiempo vacío y sin significación.
La solución a este vacío generalizado ha sido llenar nuestra existencia de todo tipo productos en constante evolución, siempre caducos y desechables por otros nuevos, fugaces representantes de nuevo estado de la modernidad e incapaces de dotarse de un verdadero significado a sí mismos, ni de un fin real: ropa, gadgets, coches y todo tipo de modas pasajeras... un mundo construido para el que no hay otro papel más allá del de consumidorxs.
Pero la cruda realidad de la sobreproducción, de la abundancia de lo inútil, del hiperconsumo y las seudo-necesidades reinante en los países “desarrollados” demuestra cada vez con más intensidad que, lejos de acercarnos al bienestar y a la felicidad, nos aleja cada vez más de unas condiciones que nos permitan acceder a ella: largas jornadas laborales, problemas psicológicos, aires contaminados, esperas, masificación, insatisfacción, estrés...

Un mundo demasiado pequeño

Los perniciosos e imprevistos efectos del Progreso como ideología y su incapacidad patente para armonizar las relaciones entre los hombres y su entorno no han sido suficientes para que el crecimiento sea adoptado como camino incuestionable al bienestar. Esta apuesta por el productivismo desaforado desencadena procesos irreversibles y choca de frente con dos realidades que tienen en común la limitación y escasez de recursos de nuestro planeta:
Desarrollo a expensas del mundo
La construcción y mantenimiento del “mundo desarrollado” se ha realizado a expensas de mantener en la miseria y en la pobreza a la mayoría de sus habitantes. Llama la atención que el “subdesarrollo” sea la tónica general en un planeta que desea ante todo el Desarrollo. Esto se explica porque la existencia de trabajadores pobres, de materiales baratos, de mercados injustos está en la base de las creación de condiciones económicas y sociales que permiten progresar en otros lugares.
El Desarrollo está, por tanto, estrechamente ligado a la limitación del acceso a él de una mayoría global. A partir de aquí resulta una mera fantasía pensar en exportar el estándar de vida “occidental” a escala planetaria: el planeta es simplemente incapaz de abastecer de recursos a una sociedad del Progreso a nivel global (crecimiento, abundancia...).
Un modelo sin futuro
Precisamente, la creciente escasez de recursos, especialmente combustibles fósiles, pero también madera, agua potable, tierras fértiles... indican que el modelo del crecimiento está irremediablemente condenado al fracaso.
La irrupción de la “sociedad del conocimiento”, con una economía cada vez más desligada de la riqueza real generada y del tiempo de trabajo dedicado representa la última vuelta de tuerca de un sistema obcecado en crecer como sea: globalización económica, apertura de nuevos mercados, expansión de los servicios, burbujas especulativas, eficiencia, reciclaje... Sin embargo, resulta irrisorio intentar desacoplar el desarrollo y la propia economía del consumo brutal consumo de recursos y que no hace sino ir en aumento: las redes de comunicación, el sector servicios, la innovación tecnológica y el resto de elementos fundamentales de la “sociedad del conocimiento” son intrínsecamente dependientes de suministros energéticos y materiales en masa.
La búsqueda de la eficiencia máxima con las esperanzas puestas en soluciones tecnológicas que consigan desligar el desarrollo de consumo de manera efectiva chocha de lleno con el significado de crecimiento exponencial, siempre un paso por delante de todo ahorro realizado, y con la falta de consideración de factores como el crecimiento demográfico o el efecto rebote.
* * *
Todo lo anteriormente explicado muestra cómo la ideología del Progreso se ha mostrado incapaz, y es cada vez más evidente, de armonizar la relación hombre y naturaleza de manera duradera y justa. El fracaso del Desarrollo contrasta con una fe ciega en todos los problemas acabarán por solucionarse permaneciendo en esta vía: el desarrollo y el crecimiento son constantes en el discurso político y sus indicadores (como el P.I.B.) se utilizan absurdamente para evaluar nuestro grado de bienestar.
Desde Jóvenes Verdes no podemos obviar el camino seguido ni la gravedad de la situación actual. Estamos pues obligadxs a buscar alternativas reales y radicalmente distintas al modelo reinante.

El Decrecimiento

El Decrecimiento representa una ruptura radical de una serie de creencias y valores predominantes en la sociedad actual, en particular con la ideología del Progreso y la búsqueda del crecimiento económico y material como camino único al bienestar.
Es importante no reducir el término al simple opuesto de “crecimiento”. El decrecimiento representa una ruptura total con lo que actualmente representa el Progreso (tampoco confundir con una simple “oposición” a todo progreso) para pasar a priorizar actitudes, valores y modos de vida que conformen una verdadera alternativa al mundo contaminado, injusto e infeliz que nos empeñamos en desarrollar.
A continuación pasamos a explicar algunas de las claves sobre el Decrecimiento y el establecimiento de una sociedad decrecentista:
Una ruptura total
El culto al Progreso invade sistemáticamente todos y cada uno de los ámbitos de la vida: organización social, costumbres, toma de decisiones, modo de relacionarnos... y lo hace siempre de manera que resulta imposible actuar separadamente sobre una parte del sistema sin cuestionar su totalidad.
Esta unicidad, basada en un conjunto innombrable de interrelaciones, convierte en inútil toda aplicación del término decrecimiento a facetas y efectos concretos del Progreso. No tiene sentido presentar el decrecimiento como la simple reducción de ciertos elementos considerados negativos. Limitarse a hablar pues de “decrecimiento económico”, de “decrecimiento de las emisiones”, “decrecimiento del uso de plásticos” no es hablar de Decrecimiento e introduce
ambigüedades en un término que cuestiona la totalidad de la idea de Progreso.
Decrecimiento y desarrollo sostenible
El concepto de desarrollo sostenible resulta incompatible con el Decrecimiento pues no cuestiona la base del Desarrollo, punto esencial de la crítica realizada por el Decrecimiento.
La búsqueda de un “desarrollo” con un bajo consumo de recursos que pueda perdurar en el tiempo se nutre principalmente de una fe ciega en los avances tecnológicos en materia de eficiencia, miniaturización y reciclaje. Se evidencia entonces que el desarrollo sostenible está basado y sostenido por propia idea de “desarrollo”.
La proliferación del uso propagandístico y publicitario del desarrollo sostenible atestigua su poca validez a la hora de representar una verdadera alternativa más allá de un exceso de buenas intenciones o de una careta verde.
Por su parte, el crecimiento cero como propuesta concreta relacionada con el desarrollo sostenible, ha quedado plenamente desfasada al ser huella ecológica mundial desproporcionada en relación a las capacidades del planeta.
Redefinir el trabajo
La búsqueda constante e incuestionada del Desarrollo utiliza el consumo como vehículo de acceso a todos los productos resultantes de la constante evolución de sus técnicas. Sean útiles o no, resulten desastrosos o no, se necesiten o no, esta producción (que se manifiesta en el plano material, pero también en el cultural y en los servicios) sirve como justificante de la necesidad de ir siempre “más allá”.
El desarrollo necesita de un elemento que garantice, por un lado, la producción creciente de bienes y servicios, y por otro, la posibilidad al cuerpo social de adquirirlos constantemente, desecharlos y reemplazarlos con la mayor facilidad posible.
Este elemento es el trabajo. El trabajo actúa como centro de la organización social. La vida gira en torno al trabajo. Desde la infancia se nos enseña, se nos prepara específicamente para vender nuestro tiempo a cambio de un salario.
Al mismo tiempo, la organización del trabajo asegura que la mayor parte de este salario se invierta en productos y servicios necesarios para seguir trabajando, o para olvidarse por unas horas del trabajo: coches, ordenadores, ocio, cuidados....
El Decrecimiento apuesta por el fin del trabajo tal y como lo conocemos. Este fin, se concreta en varios aspectos:
  • La valoración y reconocimiento de las actividades no remuneradas y no productivas (menaje del hogar, voluntariado, cuidado de niños y personas mayores, artes etc...): Estas actividades son elementos de cohesión social de especial importancia, pero no son “rentables”, por lo que siempre están relegados a un segundo plano.
  • Reducción de la producción: los límites físicos a los que el crecimiento nos enfrenta hacen necesaria una reducción de la producción (y del consumo). Se han de producir menos bienes y servicios y, por tanto, se deben reducir las horas de trabajo totales. La aceptación sin reparos de esta necesidad implica el abandono del objetivo del pleno empleo así como la reducción efectiva del número total de horas de trabajo. Aumentar el tiempo libre, más bien escaso en la actualidad, facilitaría la inclusión y participación en la sociedad de un mayor número de personas, la realización de actividades no-monetarias (voluntariado, bancos del tiempo) y, en el fondo, la posibilidad de encontrar lo que de verdad nos hace felices más allá del imperativo material reinante.
  • Fomento de la producción ecológica, cooperativa y el auto-abastecimiento: recuperar las técnicas de producción adaptadas al entorno y que permitan auto-abastecernos en pequeños grupos es ideal para reducir el impacto medioambiental y social del trabajo. Para satisfacer nuestras verdaderas necesidades no debería hacer falta un despilfarro de recursos en forma de embalaje, conservación y transporte del producto.
Priorizar lo local
La globalización, entendida como interconexión efectiva y global a todos los niveles (económico, tecnológico, cultural...) ha sido un elemento clave a la hora de desarrollar las condiciones necesarias del desarrollo y del crecimiento que, aunque desigualmente repartido, se ha producido con gran intensidad.
Las relaciones de dependencia generadas abarcan igualmente diversos niveles y conforman un conjunto extremadamente complejo de tratar desde una lógica decrecentista y que asegure la igualdad y la justicia para/con todas las partes.
Desmontar este sistema implica volver decididamente a la cercanía: producción local, distribución local, consumo local, cultura local... Se trata de adaptar nuestros modos de vida en todas sus formas a las características y condiciones que el entorno más próximo nos ofrece.
La vuelta a lo local actúa en dos facetas de importancia para el Decrecimiento: por un lado se consigue reducir el impacto generado por el comercio intercontinental de mercancías a la vez que se visibiliza el efecto de la actividad humana sobre el territorio, que recae actualmente sobre lugares lejanos y desconocidos. Por el otro, se simplifica la gestión local, democrática y justa de las actividades, y se facilita la adaptación a las características específicas de cada zona, como veremos más adelante.
Volver a lo simple
El Progreso no ha consistido simplemente en la posibilidad de producir y consumir una gran cantidad de productos, sino en el emplazamiento de todo una organización sistemática que ordene, gestione y posibilite el desarrollo de técnicas más avanzadas con las que, a su vez, solucionar los problemas generados por el crecimiento y afrontar una vuelta de tuerca más.
La consecuencia inmediata ha sido una complexificación general que afecta a todo los niveles. La figura del “especialista” es ahora clave a la hora de entender y actuar sobre cualquier dominio. Una persona no especializada es de poco uso en una sociedad desarrollada.
La especialización de la sociedad ha dado lugar a una serie de dependencias y jerarquías que limitan las capacidades de cada individuo y la libertad para elegir su modo de vida. Muchas de las tareas que tradicionalmente realizábamos en pequeños grupos o individualmente han sido traspasadas a “especialistas”: producción alimenticia, confección y arreglos de ropa, cuidado y educación de niñxs, reparaciones, seguridad...
El Decrecimiento apuesta por una vuelta a lo pequeño y a lo simple, a aquellas herramientas y técnicas adaptadas a las necesidades de uso, fáciles de entender, intercambiables y modificables. Una vez más, se trata de romper las cadenas que nos atan a un mundo auto-destructivo e incapaz de satisfacer las verdaderas necesidades de todxs re-adaptando nuestras herramientas de manera que podamos utilizarlas y dejar de usarlas a voluntad, frente a la obligación constante de servirnos de los productos del desarrollo: aviones, televisión, electricidad, carreteras, alimentos importados, móviles, sistema educativo, medicamentos...
Autogestión y democracia participativa
La ardua complejidad de todos los niveles de organización, de la que venimos hablando anteriormente, ha requerido el emplazamiento estructuras e interrelaciones imprescindibles para su correcto funcionamiento. Detrás cada uno de los productos del Desarrollo y su utilización masiva (coches, medicamentos, armas, supermercados, propaganda...) existe un entramado político, económico y social no sólo los hace realidad, sino que los elige por nosotrxs. Hemos perdido toda capacidad de control o decisión sobre la dirección de nuestros pasos pues las formas de organización actuales responden únicamente a la necesidad de gestionar de manera eficiente ciertas realidades y, por tanto, está fuera de lugar la participación activa de todas las personas relacionadas, ni la adaptación a cada una de las micro-realidades afectadas.
El Decrecimiento apuesta por la autogestión, es decir, la gestión directa de la realidad que nos afecta: alimentación, comunicación, educación, salud... Por supuesto, la autogestión conlleva una necesaria simplificación y readaptación de las herramientas de las que nos servimos, junto con el abandono de muchos de los productos, en un amplio sentido de la palabra, actualmente presentes y que no necesitamos en una sociedad decrecentista (estados, burocracias, mercados bursátiles, corporaciones, ejércitos, supermercados, nucleares...).
La democracia participativa es clave en el éxito de un sistema colectivizado, de manera que se adapte a todxs sus participantes de la mejor manera posible, y siempre abierto a modificaciones y mejoras decididas desde la base.
Feminismo y decrecimiento
El decrecimiento tiene importantes puntos de encuentro con las luchas feministas y la deconstrucción del patriarcado, por ejemplo a la hora de valorizar y reconocer el trabajo no productivo, que muchas veces recae sobre las mujeres, y buscar una redistribución equitativa de las tareas.
Tradicionalmente, la carga de trabajo productivo ha recaído sobre el hombre. Sin embargo, el acceso masivo de la mujer al mercado laboral no ha significado ni una reducción de la jornada laboral de los hombres, ni un cambio significativo en las proporciones de tiempos dedicados al menaje del hogar, ni a los cuidados. Por tanto, este paso hacia la “igualdad” ha supuesto en realidad un aumento en las responsabilidades y tareas de las mujeres.
El decrecimiento juega un importante papel a la hora de buscar soluciones efectivas a las desigualdades mediante la valoración de los trabajos no-productivos como el doméstico, o los cuidados de personas mayores y niñxs que recaen mayoritariamente en manos de las mujeres.
Una reducción generalizada del tiempo dedicado al trabajo mercantil para todas y todos y, por ende, de la producción como propone el decrecimiento, favorece la repartición equitativa de todos los tipos de trabajo entre mujeres y hombres, porque que evita la carga doble de la mujeres y facilita a los hombres una necesaria toma de responsabilidad en tareas domésticas, al no crecer el volumen total de su trabajo.
* * *
El Decrecimiento es aún un concepto en construcción, con muchos ángulos, interpretaciones y modos de aplicación sobre los que hay que seguir trabajando y dando a conocer al exterior.
Nosotrxs, Jóvenes Verdes, apostamos por el Decrecimiento como salida durable y realista a la crisis ecológica y social y nos comprometemos a defender y difundir el concepto de manera transversal en nuestras actividades y comunicados.

Aprobada en la V huerta de Jóvenes Verdes del 6 al 8 de diciembre de 2009 en Málaga.

Construyamos una alternativa colectiva al capitalismo: integrando activismo y necesidad en los barrios


Enric Durán

Si hay una solución común para todos los colectivos afectados por la crisis que sea al mismo tiempo un paso hacia una alternativa de sociedad, ésta pasa por la organización colectiva en el ámbito vecinal y comunitario. Reforzar las relaciones comunitarias es un medio contra la precariedad vital y al mismo tiempo una finalidad en sí misma. Volver a la comunidad es uno de los referentes básicos del movimiento por el decrecimiento, ya que quien aprende a compartir y a moverse en un entorno solidario, se da cuenta de que el consumismo ha sido una práctica sin sentido que creó adicción cuando olvidamos que los lazos sociales no tienen precio. En cambio, la generación de espacios y bienes compartidos ayudará a reducir el impacto ecológico de nuestra presencia en la Tierra al mismo tiempo que hará aumentar nuestra calidad de vida.

En este contexto, las cooperativas me parecen el método legal idóneo para agregar voluntades a una práctica poscapitalista que haga abandonar la propiedad privada en bien de la colectividad. Además, esta forma jurídica nos permite al mismo tiempo construir economías colectivas y autogestionarias y protegernos de los embargos de los bancos y de los estados, estos últimos cada vez más incisivos con la práctica de las penas-multa como forma de represión.

El reencuentro entre los vecinos en sus barrios debería servir para potenciar, en amplias capas de población, la autogestión de sus necesidades. Como miembros de una cooperativa en que cada cual aporte su profesión, oficio, habilidad o simplemente su tiempo, pueden poner en común productos y servicios entre los asociados cubriendo comunitariamente parte de sus necesidades y al mismo tiempo venderlos fuera para poder adquirir los ingresos que les permitan cubrir los gastos monetarios de su día a día. Este espacio de socialización también puede servir para romper con las relaciones verticales y mercantiles que han marcado en el capitalismo actual el acceso a necesidades básicas como la educación y la salud; y que entre todos podamos poner en común la práctica de aprender a aprender, para así poder autogestionar nuestra vida cotidiana.


Obsolescencia

Bolívar Hernández Estrada - Freud en el parque de México

Los romanos construyeron puentes que, dos mil años después, siguen ahí. Y en la localidad de Livermore (California) funciona una bombilla que ilumina un cuartel de bomberos desde 1901. Sin embargo, en general, el engranaje industrial desarrolla equipos de electrónica de consumo, móviles y otros aparatos con una vida tan fugaz que ni deja rastro en nuestra memoria. Se hacen perecederos al poco de nacer.

Diseñados para tener una vida corta, frecuentemente ni siquiera tienen una segunda oportunidad tras estropearse. Desaparecen los servicios de reparación (o es muy complicado acudir e ellos), lo que demuestra una concepción basada en la idea de usar y tirar. En la vida cotidiana, apenas se habla de reparar, reponer o reutilizar ante unas pautas que hacen que todo sea rápidamente viejo y fugaz.

Pero acortar el ciclo de vida comporta un agotamiento de recursos naturales, derroche de energía y una producción de desechos imparable.

La caducidad planificada caracteriza nuestro modelo económico, y forma parte consustancial de él. Ha sido históricamente la palanca que ha activado la compra y el crédito. "La obsolescencia programada surgió a la vez que la producción en serie y la sociedad de consumo", sostiene Cosima Dannoritzer , directora del documental "Comprar, arrojar, comprar", producida por Mediapro en colaboración con otras seis televisiones.

El problema es que ahora es una práctica sistemática que “está teniendo efectos ambientales terribles", sostiene.

Por eso, los productos tienen una historia marcada en origen. En Livermore (California) se preparan para festejar los 110 años de vida de su bombilla de gruesos filamentos. Pero esa bombilla, que ha sobrevivido a dos webcams, es una excepción. De hecho, la bombilla es tal vez el primer exponente del deliberado acortamiento de la vida de un producto de consumo.

En 1924 se creó el cártel de “Phoebus”, integrado por diversas compañías eléctricas, con la finalidad de intercambiar patentes, controlar la producción y ...reorientar el consumo. Se trataba de que los consumidores compraran bombilla con asiduidad. El resultado de esta actividad es que en pocos años la duración de las bombillas pasó de 2.500 horas a 1.500 horas, según el documental.

El cartel incluso multaba a los fabricantes que se salían del camino. El asunto dio lugar en 1942 a una denuncia del gobierno de EE.UU. contra General Electric y sus socios pero, pese a la sentencia, las bombillas corrientes siguieron funcionando una media de 1.000 horas.

Coches, medias e iPods

Y en la misma dinámica entraron los coches o las media de nylon. La mitad de los vehículos del mundo en los años 20 eran el modelo T, de Henry Ford, fiables y duraderos pero sucios y ruidosos. Sin embargo, su competidor, General Motors, le arrebató el mercado con un nuevo Chevrolet que sólo incluía modificaciones espectaculares y formales.

La historia de esta obsolescencia anticipada llega hasta nuestros días. Una abogada de San Francisco denunció a Apple por juzgar que en los primeros modelos de iPod habían aplicado la obsolescencia antes de tiempo con baterías de poca duración. Y en España también los clientes que se quejan de la generación de las impresoras que dejan de funcionar una vez que lanzan un número determinado de rayos de tinta para limpiar los cabezales.

Los partidarios de esta estrategia afirman que son fuente de bienestar, mientras que sus críticos denuncian que de esta manera se hurta al consumidor de las ventajas de nuevas aplicaciones tecnológicas, que siguen el ritmo y los vaivenes caprichosos de los intereses comerciales. La caducidad programada de los productos cimentó el desarrollo norteamericano y renovó una encorsetada cultura de consumo europea basada en la premisa de que la ropa o los artículos "eran para toda la vida"; incluso se heredaban.

En la cultura norteamericana

La muerte prematura de los productos fue un asunto popular. En la película “El hombre del traje blanco” (1951), de Alexander McKendrick, su protagonista da con la fórmula de un revolucionario tejido que ni se ensucia, ni se desgasta, lo cual lo hace irrompible. Tras la alegría inicial, su descubrimiento le lleva a ser perseguido por los propios empleados, temerosos de perder las ventas y perder sus puestos de trabajo. De la misma manera, la película "La muerte de un viajante" (1949), de Arthur Miller, recoge un impagable diálogo en el que el protagonista se queja de la nevera o el coche dejan de funcionar al poco de pagarlos a plazos.

Tipos de caducidad

Existe una obsolescencia técnica, relacionada con la duración de los materiales y componentes, pues su diseño define su vida. Muy frecuentemente, el coste de una reparación (y la mano de obra) es tan elevado que a final sale más a cuenta comprar un aparato de nueva factura. La creación de diversas gamas de productos que no interactúan con el viejo equipo ayuda a que quede obsoleto.

"Normalmente, los productos se diseñan con un equilibrio para que todos sus componentes tengan una vida parecida. No sería lógico tener un elemento con una vida infinita, y muy costoso, y otros de vida muy corta. La estrategia sería que cuando un parte falla, fallen las demás", indica Carles Riba Romeva, director del Centre de Disseny d'Equips Industrials y profesor de la UPC.

Por eso, ¿podrían diseñarse piezas especialmente frágiles de manera intencionada?. "Yo no digo que ninguna empresa no lo haga, pero es delicado. Si alguien lo hace deliberadamente, no sería correcto éticamente" agrega.

Algunas excepciones

¿Se crean aparatos eléctricos y electrónicos para que duren poco? "En general, no es así, aunque hay excepciones", opina Pere Fullana, director del grupo de investigación en gestión ambiental de la Escola Superior de Comerç Internacional de la UPF. Fullana relata el descubrimiento que hizo en una ocasión al revisar un juguete eléctrico de China que se estropeó al poco de ser regalado a su hijo por Reyes.

Siguiendo el circuito eléctrico descubrió que el fusible que se había fundido estaba dentro de una cavidad de plástico, sellada e intencionadamente inaccesible.

La caducidad se impone además cuando las innovaciones tecnológicas se implantan sin que los productos tengan las mismas capacidades que los viejos. Por ejemplo, las empresas que estaban vendiendo vídeos mientras se desarrollaban los DVD pudieron estar participando de una obsolescencia planificada.

Práctica sistemática

La caducidad se hace sistemática cuando se altera los productos para hacer difícil su uso continuado. La falta de interoperatividad fuerza al usuario a comprar nuevos programas En el mundo del software hay dos variantes para obligar al usuario a comprar nuevas versiones.

Una es perder la compatibilidad hacia atrás forzando la reconversión de todo lo antiguo para funcionar con lo nuevo. La segunda, menos agresiva, consiste perder la compatibilidad hacia adelante con novedades que no pueden ser manejadas por las versiones anteriores. De hecho, en algunas ocasiones "se ha visto cómo una compañía improvisaba inusuales módulos de compatibilidad para el programa antiguo, con el fin de manejar archivos de la nueva versión, por el temor de que los clientes pudieran migrar al tensar tanto la cuerda", dice Xavier Pi, profesor de ingeniería de software y périto informático.

“En el momento en que la tecnología evoluciona rápidamente, los productos se hacen efímeros", dice Carles Riba Romeva, profesor de diseño industrial (UPC).

Otro modo de jubilar los productos es el diseño y la moda, la maquinaria de crear objetos que ilusionen con el ánimo de que el cliente se sienta desfasado si no compra. El diseño unido al marketing multiplica la seducción para crear un imaginario de libertad sin límites.

La moda, lo imaginario

"No podemos pensar que la obsolescencia planificada como una teoría conspirativa en la que los productores que nos engañan escondiendo información. Tenemos que mirar el plano estético y simbólico y pensar en la dinámica de la publicidad, que te hace ver algo nuevo para que lo tuyo parezca viejo.

Todos somos corresponsables”, dice Federico Demaria, un investigador sobre decrecimiento de la UAB licenciado en ciencias ambientales. Demaria habla de la "colonización de lo imaginario" y cómo lo nuevo ocupa un papel estelar en la escala de valores. “Todos somos víctimas y promotores de este fenómeno. La manera en que opera la obsolescencia te hace partícipe de este proceso", añade.

Historia de un concepto

1932. Bernard London, un promotor inmobiliario, propuso reactivar la economía con una obsolescencia legal obligatorio. Lo hizo en el opúsculo titulado "Acabar con la Depresión a través de la obsolescencia planificada". Su idea era que los productos, una vez usados un tiempo, se entregarán a la Administración para eliminarlos. Una prolongación extra de su uso estaría penalizada con un impuesto.

1954. Clifford Brooks Stevens, diseñador industrial."La obsolescencia planificada es introducir en el comprador el deseo de poseer algo un poco más nuevo, un poco mejor, un poco antes de lo necesario", declaró en una conferencia sobre la publicidad en Minneapolis en 1954. Brooks no inventó el termino, sino que solo lo acuñó y lo definió.

1960.El crítico cultural Vance Packard denunció en Los productores de residuos "el sistemático intento del mundo de los negocios de convertirnos en desechos, en individuos agobiados por las deudas y permanentemente descontentos"
Entrada original: Lo desechable es lo de hoy

Autocontención y decrecimiento

Joaquim Sempere en Ecología Política nº 35

Los escépticos o enemigos del decrecimiento suelen invocar que los pobres, sean países enteros o individuos, necesitan más consumo para acceder a un bienestar que nadie puede legítimamente negarles; en otras palabras, necesitan crecer, necesitan crecimiento económico. Esta objeción tiene tres defectos:

El primero es que se trata de pensamiento desiderativo que no distingue entre lo deseable y lo posible. No basta con desear algo para obtenerlo: hace falta que sea posible.

El segundo defecto de esta objeción es que descarta la idea de redistribución y de reducción de los consumos a los que una parte de la humanidad se ha acostumbrado. Aunque no lo sepamos con certeza, es verosímil que haya recursos suficientes, si se administran bien, para que una población del tamaño de la actual pueda vivir con dignidad (aunque no todo volumen de población humana es viable). En tal caso, bastaría una redistribución para satisfacer las necesidades y las aspiraciones viables de todos, y no haría falta crecimiento.

El tercer defecto es confundir decrecimiento de toda la economía mundial con decrecimiento de todas sus partes. Seguramente el bienestar de sectores muy numerosos de la humanidad requiere crecimiento de algunas dimensiones de la economía en beneficio de los más desfavorecidos: producción de alimentos, de viviendas dignas, de electricidad, de infraestructuras hidrológicas, etc.

Pero esto no es en teoría incompatible con el decrecimiento económico a escala mundial, que supondría un sacrificio compensatorio del consumo de los privilegiados y una substitución de fuentes de energía y de procesos técnicos que redujera la huella ecológica de la humanidad. Justamente el argumento de la equidad hace más imperioso aún el objetivo de decrecer en las regiones del mundo más opulentas y despilfarradoras.

Este último supuesto nos encamina ya hacia la incógnita de si es posible que se modifiquen a la baja —y se estabilicen a un nivel más bajo— las aspiraciones de las personas y, por tanto, de cómo sería aceptado un proceso de transición hacia una economía de estado estacionario o de decrecimiento.

(...)

La evolución técnica nos proporciona medios para satisfacer nuestras necesidades y nuestros deseos y estos medios acaban siendo indispensables para vivir de modo satisfactorio. Por ejemplo, en cualquier ciudad actual se requiere un complejo dispositivo colectivo de captación, depuración, transporte y distribución del agua hasta los grifos de las casas. Del mismo modo, es fácil comprender que entre los seres humanos y la naturaleza se interponen sistemas sociotécnicos que permiten obtener, además del agua, los alimentos, la ropa y todo lo que constituye el conjunto de nuestras necesidades, incluso las más elementales (y evacuar nuestros residuos) pero que nos hemos acostumbrado a satisfacer de determinadas maneras muy complejas, muy poco elementales, que nos resultan necesarias. No es posible hoy imaginar nuestro nivel de vida sin la nevera, el teléfono, el televisor, la red de carreteras y vías férreas, el automóvil, el sistema escolar y el sanitario.

En otras palabras: nuestro «exceso» de consumo no depende sólo de que cedamos al gusto por los caprichos y los lujos «consumistas», sino de la complejidad de los sistemas sociotécnicos que nos permiten satisfacer nuestras necesidades, incluidas las más elementales. Para reducir nuestra huella ecológica no basta con una moral austera que nos empuje a renunciar a lujos y caprichos: hace falta simplificar nuestro entero metabolismo socionatural. Lograr esta hazaña forma parte de cualquier programa imaginable de decrecimiento voluntario.

Cambiando de bando: la opción por la agroecología

Extraído de: Cambiando de bando: la opción por la agroecología. En la revista “Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas”

«Alguna vez, cuando reflexiono sobre lo andado, -continua Belén- pienso que ha merecido la pena llegar hasta aquí. Me hubiera gustado que la agroecología fuera una agricultura mayoritaria, que se hubiera animado más gente a practicarla, pero viendo cómo funciona el ejército de las multinacionales, la propaganda y la información que se da a través de las Cámaras Agrarias u otros medios, es fácil entenderlo. Cada vez veo más claro que la vida se explica desde una cosmovisión y una visión más holística y la agricultura ecológica nos permite esa relación compleja con la naturaleza y la vida, observar: acompañar y ofrecer sus alimentos».

Belén Verdugo


-La agroecología se convierte, para quienes la ejercen, en mucho más que una práctica agrícola. Es un objetivo político, un ejercicio de responsabilidad con el futuro y una nueva relación personal con la tierra y la naturaleza. ‘Los planteamientos habituales se caen desde muy alto’.

-Digan lo que digan las academias convencionales, la práctica demuestra que la agricultura ecológica, en términos de producción de alimentos, ‘no tiene ningún complejo frente a la agricultura bañada de productos químicos’.

-Hacer agricultura ecológica es ganar autonomía, ‘quizás por eso no hay voluntad de apoyarnos, la industria saldría perdiendo’.

-‘La Agroecología viene a ser la agricultura femenina’, donde prima el cuidado y el respeto a la producción, aunque la buena alimentación no cotice en Bolsa

-Sin un buen asesoramiento e investigación pública el camino a recorrer se hace muy poco a poco, y ‘así el conjunto de toda la sociedad no consigue avanzar a nuevos paradigmas’.

-‘La agricultura ecológica se acompaña muy bien con modelos cooperativos’ para demostrar que buenos principios políticos pueden ser éxitos empresariales.

-El campesinado que se decide a trabajar bajo un modelo ecológico se encuentra, inicialmente, con un reto ‘de alto riesgo’: dificultades para ampliar su formación, nulas ayudas (económicas y técnicas) de la administración y [cada vez menos] desconocimiento y poca valoración por parte de la sociedad.


“Puedo afirmar que con el compromiso de gobiernos y universidades se avanzaría muy rápido en el desarrollo de la agroecología, pero con la Iglesia hemos topado, esto no es negocio y por tanto seguramente tendremos que empujar el carro desde abajo con la sencillez y la honradez que nos ampara.”

Josep Pàmies


Por el reparto. Así de sencillo, así de difícil

Lucio tabar. Luisa Jusue y Chema Berro, Miembros del Colectivo Dale Vuelta-Bira Beste Aldera

En NoticiasdeNavarra.com
 
El colectivo por el decrecimiento Dale Vuelta-Bira Beste Aldera venimos planteando que muchos de los análisis y soluciones que nos venden a los y las trabajadoras desde los centros de poder económicos no son realistas, no responden a la realidad mundial actual y no tienen futuro desde el punto de vista social y ecológico. Se nos presenta el desarrollo, el crecimiento económico como la única solución posible a todos los problemas: paro, pobreza, desigualdad social, etcétera, sin querer ver que:

-El crecimiento ilimitado es imposible en un mundo limitado. Hoy en día estamos por encima de la capacidad del planeta y ya estamos empezando a ver las consecuencias (cambio climático, agotamiento de los recursos, contaminación, desertificación…), aunque las más duras y directas (guerras, hambrunas, migraciones…) las estén pagando principalmente los habitantes de los países pobres.

-El desarrollo económico no garantiza mayor igualdad y justicia ni en nuestra sociedad ni en el mundo, sino que trabaja en su contra. La riqueza del 20% de la población mundial es causa y consecuencia de la pobreza del 80% restante. Nuestro nivel de consumo, el de una persona trabajadora de nivel medio de las sociedades desarrolladas (mucho menos, por supuesto, el de los sectores más pudientes) no es extensible al conjunto de la población mundial. Al mismo tiempo, las desigualdades en el interior de nuestra sociedad son crecientes; los ricos son más ricos mientras cada vez son más los que no llegan a tener garantizada la cobertura de las necesidades básicas.
Frente al consumo, garantías y derechos

No hay más que ver qué medidas se están tomando sucesivamente para intentar salir de la crisis y qué efectos están teniendo: mientras hace un par de años, todo dinero público era poco para salvar a los bancos y a las entidades financieras, hoy, estas mismas entidades obligan a los Estados a disminuir el gasto en servicios públicos. Si hace un par de años la ambición sin límites y el beneficio por encima de todo ponían en cuestión el sistema financiero e incluso los principios del neoliberalismo, hoy en día, una vez recuperado gracias al dinero público, este mismo sistema financiero está realizando un ataque brutal contra la protección social y los servicios públicos en Europa, con la ayuda del FMI y los gobiernos europeos más neoliberales. Con razón, los sindicatos franceses denunciaban el 1 de mayo que detrás de la crisis griega está el intento de privatizar el sistema de pensiones de este país, a los que seguirían los de los demás.

La crisis la están pagando los sectores más desfavorecidos (más cuanto más pobres son) y se están beneficiando de ellas los ricos. Y en el medio, buena parte de la sociedad y los trabajadores establecidos, más preocupados, según parece, por mantener el nivel de consumo individual que por defender los derechos sociales colectivos: salud, educación, condiciones laborales, pensiones…
Nos lo han demostrado claramente, las medidas para salir de la crisis se concretan en ayuda pública para el capital y ajustes para el trabajo, anteponiendo los beneficios sobre el bienestar de la población. Y como consecuencia más grave, el paro, que afecta a todos los aspectos de la vida, no sólo al económico.

No al paro, sí al reparto

Frente a la falsa ilusión de que el crecimiento económico ya creará empleo y terminará con el paro (¿dentro de cinco, diez años, nunca?) nuestra propuesta es empezar a solucionarlo con la única medida que realmente puede acabar con él: repartir mejor el empleo existente, proponiendo, por ejemplo:

1. Erradicar las horas extras, traduciéndolas siempre de forma directa en puestos de trabajo o en compensaciones horarias cuyas libranzas signifiquen siempre nuevas contrataciones.

2. Poner en primer plano reivindicativo reducciones significativas de jornada, con fórmulas de generación del empleo equivalente. Estas reducciones de jornada se impulsarán por encima de los incrementos salariales, e incluso con detrimento de los mismos, reduciendo más los salarios más altos, de forma que se acorten los abanicos salariales.

3. Impulsar reducciones de jornada voluntarias, excedencias, libranzas, contratos de relevo, jubilaciones anticipadas, etcétera, en las formas más flexibles para ser adoptadas por los trabajadores, convirtiendo siempre las horas dejadas de trabajar en nuevas contrataciones.

La única manera que tenemos para combatir el paro es impulsar el reparto empezando por lo más cercano, nuestros propios centros de trabajo. Es decir, estando dispuestos a repartir.

¿Pensar el Mal? El Problema de las Percepciones Contemporáneas del Desarrollo y la Seguridad

Oscar Guardiola-Rivera - Posdesarrollo

Indiferencia

Juan Carlos, un joven profesional Colombiano que trabaja haciendo lobby para uno de los grupos industriales más influyentes del país, me explica de la siguiente manera la razón por la cual la mayoría de la gente acepta hoy el estado de cosas aún si no concuerda con el: ‘Es muy simple, cada uno de nosotros piensa que hacer algo no implica diferencia alguna. Mi voto en contra no va a cambiar el que vuelvan a re-elegir a Uribe; si salgo a la calle a protestar contra el maltrato a los indígenas por parte del gobierno, mi voz se ahogaría en el océano de quienes dicen que la guerrilla es el culpable de todo y que el verdadero problema es el secuestro y la inseguridad, porque previenen el desarrollo y la inversión extranjera. En últimas, si uno intenta hacer algo diferente, es como arar en el desierto. Dirás que soy de derechas, pero lo cierto es que esas diferencias ya no cuentan. Eso es lo que idelistas como tú no entienden: ser de centro es ser razonable y aceptar que hay que empezar por reconocer las cosas tal como son; unos ganan y otros pierden, pero esos costos son necesarios para el progreso’. Antes de terminar mi café y recusar a Juan Carlos por ser indiferente, recuerdo su pasado como activista estudiantil y su interés genuino por la diferencia. Juan Carlos no es un conservador reaccionario a ultranza sino más bien un liberal pluralista: ha estado en numerosas ocasiones en el Sur del país aprendiendo de las comunidades indígenas y respeta su legado, y en su trabajo de lobby en el Senado de la República contribuye con su grano de arena cda vez que puede para que los Parlamentarios garanticen con hechos la declaración constitucional de acuerdo con la cual Colombia es un país pluricultural y tolerante.

Lejos de ser un indolente, él piensa que es necesario hacer algo en pro del bien común, pero reconoce que su acción simplemente no basta y que hay que estar dispuestos a pagar los costes necesarios. La suya es, sobra decirlo, una opinión común. Dicha opinión es el punto de partida de este artículo. Nos preguntaremos qué es problemático en dicha posición, e intentaremos reflexionar acerca de la manera en que ella informa la fusión hoy en curso entre la seguridad y el desarrollo en la práctica tanto como en la teoría. Afirmaremos que, a pesar de su supuesto ‘realismo’, dicha posición en verdad repite en la época actual una de las más características soluciones que el pensamiento religioso ha dado al problema del mal. Finalmente, tras reconocer la continuidad de dicha forma de pensamiento religioso en la vida cotidiana y en la práctica política democrática que asocia la seguridad al desarrollo futuro de la comunidad, pasaremos a exponer su núcleo sacrificial, y a rechazarlo.

Es cierto, como afirma mi amigo Juan Carlos, que para el pensamiento corriente sólo cuentan las consecuencias directas de nuestras acciones u omisiones. En esa dimensión causal corriente, nuestras acciones no son más que gotas de agua en el océano. Lo que hagamos o dejemos de hacer no afecta a los demás ni está afectado por ellos, con los cuales solamente nos relacionamos de manera abstracta, negativa, y a distancia, como las bolas dispersas en una mesa de billar. Si tal es el caso, tan solo podremos evaluar las consecuencias directas de nuestras acciones u omisiones especulando que hemos hecho la mejor elección posible, en términos de sus costes y beneficios, en comparación con las elecciones posibles de otros, sus consecuencias, costes, y beneficios. Procederemos entonces a comparar mundos posibles como si los tales existiesen en un sucesión actual, que podemos contemplar y respecto de la cual podemos pasar juicio. Para ello tenemos que especular además con el conjunto de todos los mundos sucesivos y actualmente posibles, o el conjunto de todas las elecciones posibles y sus consecuencias directas, y con la posibilidad de decidir en favor de una de ellas; la que más nos convenga de acuerdo con un criterio de maximización (el bien general o la felicidad de la mayoría, en contraste con el mal menor). Ello implica, de manera crucial, la necesidad de sacrificar cualesquiera otras. Dicho de manera más simple, tenemos que jugar a ser Dios.

Los métodos de planeación, prevención, y establecimiento de valor que hoy predominan en la economía, en los discursos neo-desarrollistas, en las ideologías de seguridad y democracia, en las relaciones y en el ‘nuevo’ derecho internacionales, pertenecen todos a este estilo comparativo y especulativo. Por ejemplo, cuando George W. Bush afirmó en Marzo de 2008 al cumplirse cinco años de la guerra en Iraq, que los miles de soldados Estadounidenses muertos allí (los únicos contabilizados; nadie sabe a ciencia cierta cuantos Iraquíes han muerto) son un costo necesario y justificado en relación con los beneficios logrados y por lograr (cualesquiera que estos sean) acude precisamente al estilo comparativo y especulativo, puramente abstracto, asimilable a la posición de una divinidad que interviene desde fuera en el universo de los mundos posibles, en el cual las responsbilidades se confunden con sacrificios irresponsables y viceversa. Para utilizar un ejemplo más cercano a la América Latina actual, cuando se asume que el reclamo y la desconfianza de los países vecinos constituyen un precio justo que pagar frente al beneficio que representaría arrasar al enemigo común, el inhumano terrorista, se apela también a la construcción abstracta de los mundos posibles y la posición de la divinidad que decide sobre el mal menor o excepcional.

¿Hemos Olvidado Cómo Pensar el Mal?

En todos estos casos, el juicio que se supone pragmático, político, realista, o apoyado en los hechos y los datos, adquiere la estructura que caracteriza la reflexión teológica cristiana acerca del mal, el fin de los tiempos, y la historia. Por ello no es gratuito que al ser llamados a rendir cuentas nuestros ‘decisores’ políticos acudan a sus convicciones religiosas profundas, o se apuren a responder sin más con una apelación al ‘juicio de la historia’, que es lo mismo que no apelar a juicio alguno. En últimas, se trata de formas más o menos glorificadas, diríase cuasi-religiosas, del análisis de costo-beneficio.

En dicha estructura todo lo que aparece como malo desde un punto de vista mundano o particular, es, desde el punto de vista extra-mundano, universal, o de la totalidad, un sacrificio necesario para el mayor bien de esta última. Se nos dice: es necesario que ocurra ese mal (que mueran cientos de miles de Iraquíes, Estadounidenses y demás; que se irrespete la soberanía de otros países en un ataque militar anit-terrorista, etc.) para que el mundo llegue a ser el mejor de los mundos posibles. Se trata en verdad de un punto de vista que justifica el sacrificio, en la medida en que sólo tiene sentido hablar de sacrificio si puede también hablarse de la mayor perfección, la mayor grandeza posible, o el bien de la mayoría, siendo ésta la prueba contundente de la necesidad del primero. Como puede verse, estamos frente a una argumentación viciosa y circular.

Cabe observar además que, como bien lo revelan los casos de Iraq y Colombia referidos de pasada en los párrafos anteriores, esta estructura que justifica el mal no es más que el otro lado de la integración perfecta entre individualismo y racionalismo moderno; entre Leibniz y Nietzsche, como dirían los filosófos. En esta perspectiva, desde el punto de vista del resultado y el sistema todo está justificado. Se parte del supuesto según el cual vivimos en un mundo en el cual pese a nuestros mejores esfuerzos y las más buenas intenciones, nada de lo que hacemos representa la más mínima diferencia para los demás; que estamos radicalmente incomunicados, como las mónadas individuales de Leibniz, cada una de las cuales ‘constituye una perspectiva particular sobre la totalidad, tal como los habitantes de una ciudad la ven de diferentes maneras aunque se trate siempre de la misma ciudad’ (Dupuy, 1998: 42). ¿Cómo ordenar un caos semejante? Se nos dice que tan solo el todo, portador de un orden inmanente y espontáneo, de una armonía pre-establecida, escaparía al perspectivismo y constituye por tanto una realidad final y objetiva.

Desde este punto de vista, quienes se concentran en el trillón de Dólares que ha costado la guerra en Iraq, en la pérdida de vidas Americanas e Iraquíes, o en los efectos geo-políticos indirectos de las doctrinas de soberanía contingente, auto–defensa y ataque preventivo, ven los árboles pero no el bosque: los movimientos caóticos de los hechos individuales, al parecer desordenados puesto que carecen de vínculos directos, se organizan al final en un todo coherente y pre-diseñado desde siempre. En este punto, este punto de vista del pensamiento religioso se funde con aquel otro de la llamada ‘astucia de la razón’, que es como los filósofos seculares llaman a la argucia espontánea pero inteligente de los propósitos y las causas finales. Esto es lo que algunos entienden en economía y política por ‘la mano invisible’ o ‘la razón de la historia’. Muy importante, este es precisamente el supuesto que anima el discurso y la práctica del desarrollo, fusionado hoy con el discurso de la seguridad y la democracia.

Muchos creen que este tipo de reflexiones en las cuales se justifica el sacrificio de otros como necesario o justificable desde el punto de vista de la totalidad son exclusivos de los defensores utilitaristas del mercado, o de quienes acuden a la intuición común para resolver el caso del conflicto entre principios mínimos o acuerdos ‘acerca de lo fundamental’. Eso no es cierto. Otros, aún más equivocados, piensan que el punto de vista de la totalidad equivale por necesidad al totalitarismo o es exclusivo de éste. En contra de quienes piensan así es necesario afirmar con toda contundencia lo siguiente: no es necesario pasar por el cálculo de utilidad o la agregación de las felicidades a la manera de un liberal utilitarista clásico, o creer en la perfectibilidad intrínseca y espontánea de la historia a la manera del progresismo historicista en sus versiones más o menos izquierdistas, para pensar el mal y la finalidad en los términos de un desarrollo final y estable. De hecho, como he sugerido antes, las versiones más recientes de esta tradición no provienen del utilitarismo o el bienestarismo clásicos, ni del historicismo (más o menos totalitario) de izquierdas. Antes bien, se las puede encontrar entre liberales anti-utilitaristas y neo-conservadores rabiosamente anti-izquierdistas, partidarios del desarrollo con rostro humano y la seguridad con democracia.

En efecto son estos últimos, y no los primeros, quienes dominan el ambiente político actual. De una parte están los ‘nuevos’ liberales, más liberales, tolerantes y multiculturalistas, que proclaman la posibilidad de un consenso sobre lo fundamental siempre que dicho consenso provenga de la razón política libre de toda contaminación; por ejemplo, la que proviene de creencias o afiliaciones ancestrales, políticas, o religiosas, que se rehúsen a separar al hombre del ciudadano. Ocupan esta posición quienes afirman, por ejemplo, que dado el mestizaje y las políticas de protección de los derechos de las minorías presentes en casi todas las constituciones liberales de las Américas, el racismo entre nosotros (que implica una estructura sacrificial) o bien ha dejado de existir, o se encuentra en proceso de corrección definitiva, o es insignificante. Ocupa una posición similar quien afirma la libre asociación y la unión sindical como derechos, siempre y cuando se trate de derechos políticamente nulos, es decir, siempre que el contenido de los mismos sea la ‘pura’ protección de los asociados (e.g. los trabajadores como ciudadanos individuales) incontaminada por perspectivas de transformación política significativa (i. e. los trabajadores como colectividad y hombres políticos). Pero también quien afirma su compromiso con los derechos humanos siempre que los mismos carezcan de tinte político y no comprometan la supervivencia y estabilidad de la comunidad mayoritaria. En todos estos casos, se trata de apostarle a un consenso cuyo contenido sea políticamente ‘puro’, mínimo o razonable.

De otra parte, están los menos liberales, de manera usual conservadores encubiertos o ‘reformados’, que suponen posible y razonable reducir la complejidad de los principios llamados ‘mínimos’ a una jerarquía dentro de una totalidad coherente. Para los tales, la única alternativa estimable frente a la posibilidad de una jerarquía cierta en un todo coherente (en la cual cada elemento se reconoce y conforma con el sitio que le corresponde) es el caos y la fatalidad. En dicha posición se encuentran quienes consideran un así llamado ‘derecho a la seguridad’ (o el llamado ‘deber de protección’ del derecho internacional, supuestamente justificatorio de la intervención militar) como la condición prioritaria del disfrute de los demás derechos, entre ellos la vida y la libertad, con la certeza de una reflexión madura acerca de los principios de una ética y política públicas. Se supone además que tales principios se derivan o disponen al lado del anterior ‘derecho a la seguridad’, la inherencia personal y colectiva de un supuesto principio de auto-defensa. Otro ejemplo es el de aquellos que, habiendo proclamado el respeto pleno a los derechos humanos, enfrentados a la amenaza del enemigo interno o externo consideran razonable ‘suspender’ ciertas libertades o derechos como si se tratase de meras limitaciones a los mismos, necesarias para enfrentar la emergencia.

En estos casos se trata de apostarle a la certeza razonable que excluye la contradicción entre principios (o ‘derechos’) así el propio ejercicio de la razón y la madura reflexión sobre puntos especialmente sensibles, en este caso el sacrificio como respuesta a la amenaza excepcional, lleve a resultados que son contradictorios sin que ello implique que el resultado inevitable sea un todo caótico.

¿Por qué he llamado a estas corrientes dominantes más y menos liberales, e incluído en esta última categoría a los conservadores anti-liberales? La primera razón es esta: los opinadores políticos de hoy rara vez aparecen con sus verdaderos colores, en particular los más conservadores y anti-liberales. Si lo hicieran, sus opiniones de seguro dejarían de coincidir con las del promedio mayoritario y ello daría al traste con sus pretensiones políticas. Es una regla reconocida de la política que de manera regular los votantes eligen a aquellos cuyas ideas, propuestas y acciones se parecen más o favorecen a las propias. La otra regla corriente de la política es que los políticos compiten por un número finito de votantes distribuídos a lo largo de un territorio usualmente demarcado como una extensión que va de la izquierda a la derecha del espectro ideológico. Si se juntan estas dos reglas, y se las compone en un solo principio, se entenderá por qué cada vez que alguien comienza una intervención pública diciendo ‘soy de derechas’, como mi amigo al comienzo de este artítulo, terminará afirmando que es de ‘centro’, que ‘derecha’ o ‘izquierda’ no importan (o que esta última se refiere a una utopía o un sueño que ya ha dejado atrás la historia) y que esa indiferencia prueba la posibilidad de un consenso más o menos unánime sobre mínimos razonables.

Conclusión: El Mal y la Democracia

Para concluír, cabe afirmar lo siguiente: un consenso semejante, unánime, lejos de resolver el problema del mal (que es lo que toda construcción política querría resolver, sea que se lo llame violencia desatada o desigualdad o como sea) en verdad lo esconde. La razón de ello es doble: primero, toda unanimidad es en últimas unanimidad menos uno. Solamente se la consigue mediante la unificación de la colectividad en contra su enemigo externo, y depende por ello mismo de la expulsión de este último. Se trata en últimas de una estructura sacrificial. Segundo, como ya he afirmado, la razonabilidad equilibrada –que es lo que supuestamente caracteriza a los procedimientos democráticos- puede permanecer contradictoria respecto de dicha estructura sacrificial. Ello queda demostrado por el hecho de que todas las constituciones en las cuales se incluyen declaraciones de derechos, incluyen también la posibilidad de su condicionamiento, derogación, o suspensión. Los derechos del enemigo externo, si es que los tiene, si es que no se lo representa como simplemente inhumano, pueden ser suspendidos, y la comunidad política puede derogar su compromiso con el respeto a tales derechos si lo que está en juego es su ‘necesaria’ supervivencia.

Siendo así las cosas, se requiere ir más allá de los procedimientos más o menos democráticos de equilibrio racional si es que se quiere comprender por qué las políticas de convergencia y unanimidad –las justificaciones últimas del desarrollo y la estabilidad como una dirección histórica dada- son incapaces de tomar posición en contra del sacrificio en aras del todo social. Lejos de hacerlo, tales procedimientos, sus políticas y sus justificaciones más ideológicas, parecen condenadas a repetir el mal.

Bibliografía

Dupuy J. P. (1998) El Sacrificio y la Envidia. Barcelona: Gedisa.


Publicado en PostDesarrollo el 12 de junio de 2009. El autor es colombiano, y actualmente es docente en la Escuela de Leyes del Birkbeck College, University of London (Inglaterra). Se permite la reproducción del presente artículo siempre que se cite su fuente.