¿Por qué en plena crisis económica hay quién piensa en decrecer?


Parecería una locura usar el término “decrecimiento” de la economía en medio de la peor crisis económica vivida en las últimas décadas. Pero, de hecho, hay quien aboga por ello. ¿Qué entendemos por decrecimiento? El decrecimiento es una corriente de pensamiento político, económico y social que busca el equilibrio entre lo que el ser humano necesita para vivir y los recursos que la naturaleza puede proporcionar preservando el planeta. En realidad no es una teoría que esté en contra del crecimiento, sino que está en contra del crecimiento como única forma de modelo económico. El argumento subyacente es que para crecer indefinidamente la producción deber crecer indefinidamente el consumo (base del crecimiento económico), lo que hace crecer indefinidamente el uso (y con ello el sobreuso) de los recursos naturales, que son limitados.

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En realidad la corriente del decrecimiento está muy relacionada con otras teorías o conceptos tales como el crecimiento sostenible, el consumo colaborativo, el movimiento slow o incluso la economía budista.

El concepto de “decrecimiento” nace durante los años 1970 de la conciencia de las consecuencias atribuidas al productivismo de la sociedad industrial, sin importar si ésta deriva de un sistema capitalista o socialista, es decir, no sólo es un movimiento anticapitalista sino también es una ideología antiproductivista. La teoría enunciada por Nicholas Georgescu-Roegen (considerado padre del decrecimiento) sobre la bioeconomía en su obra The Entropy law and the Economic Process (1971) es una de las bases de la corriente decrecentista. Otras obras que se suman al sustento ideológico del decrecimiento son las de Günther Anders (La obsolescencia del hombre, 1956), Hannah Arendt (Condición del hombre moderno, 1958), Kenneth Boulding (The economics of the coming spaceship earth, 1966), el ensayo del Club de Roma (Los límites del crecimiento, 1972), e Iván Illich (La convivencialidad,1973).

El economista británico Kenneth Boulding utilizaba allá por los años 60 la metáfora de una “nave espacial Tierra” para recordarnos los límites del planeta, tanto en la extracción de sus recursos como en la capacidad de asimilación de los residuos. Su frase más conocida fue la de: “Quién cree que un crecimiento infinito es compatible con un planeta finito o está loco o es un economista”. Así, de no actuar razonadamente, los partidarios del decrecimiento opinan generalmente que se llegaría a una situación de decrecimiento forzado debido a esa falta de recursos.
El decrecimiento rechaza el objetivo de crecimiento económico en sí del liberalismo y el productivismo; en palabras de Serge Latouche (uno de sus principales defensores): «la consigna del decrecimiento tiene como meta, sobre todo, insistir fuertemente en abandonar el objetivo del crecimiento por el crecimiento, […] En todo rigor, convendría más hablar de “acrecimiento”, tal como hablamos de “ateísmo”». Por ello también se suelen denominar “objetores de crecimiento”.
Los partidarios del decrecimiento proponen una disminución del consumo y la producción controlada y racional, permitiendo respetar el clima, los ecosistemas y los propios seres humanos. Esta transición se realizaría mediante la aplicación de principios y prácticas que surgirían una vez asumida una situación de recursos limitados: reducción de escala de los mercados, relocalización, incrementar la eficiencia, mayor cooperación, autoproducción (e intercambio), fabricación de productos más durables (en oposición a la obsolescencia programada, etc.)

Decrecimiento..


Víctor Bermúdez Torres - Filosofía para cavernícolas

Para escuchar el programa pulsa aquí.

Crisantra– Jo, Primitiva, vaya vidorra que te pegas. Llevas toda la mañana tumbada al sol.

Primitiva- ¿Y qué? ¿Es acaso pecado?

Cris- Pues sí. El pecado de la pereza. Podías hacer algo más provechoso.

Primitiva- ¿Más provechoso que dormitar al sol, leer y meditar? ¿El qué?

Cris- Pues ayudar a tu padre, el pobre, que está solo en el bar.

Primitiva- Quiá. Es su turno. Lo mío son las tardes y las copas.

Cris- Pues acabo de pasar y tiene la barra a tope. Algunos clientes se le iban por no poder atenderlos.

Primi- Bueno. Hay otros bares cerca. También tienen que vivir, los pobres.

Cris- ¡Anda que!… Desde luego, nunca seréis nada en la vida.

Primi- ¿Y esta? ¿Y que hay que ser en la vida, según tú?

Cris- ¡Pues un triunfador! Y aprovechar un buen negocio, como podrías hacer tú.

Primi- Ya me aprovecho. No me ves aquí, retozando al sol.

Cris- No, tontaina. Aprovecharlo de verdad. Ay, si yo fuera tu…

Primi- ¿Qué es lo que harías?

Cris- Pues, con lo bien que cocina tu abuela, y con el sitio que tenéis, ¡buah!… De entrada, ampliaría el local, y montaría un buen restaurante, no esa tasca que tenéis ahora.

Prim- Pero si la gente viene por lo de la tasca, que no te enteras…

Cris- ¡Calla! Y pondría una terraza que ocupara toooda la plaza…

Prim- Eso, y a los viejos que ocupan los bancos los pondrías de camareros.

Cris- ¡Nada de viejos tomando un miserable chato! (soñadora) Esto sería otra cosa, un sitio chic, guay, cool. Haría publicidad, aparecería en las guías gastronómicas, y en las de decoración. Y solo vendría gente superbien y muy moderna… ¡Guau!

Prim- ¿Guau? Te cargarías la vida del barrio. Esto se llenaría de tiendas caras, y de tráfico. Los pisos subirían de precio. Echarían a la mitad de los vecinos….

Cris- Así es la vida, primi. O comes o te comen. Y yo soy de los que comen.

Prim- ¿Y para qué quieres ponerte tan gorda?

Cris- Ya estamos. Yo quiero progresar. Como todo el mundo. Como deberías hacer tu. Imagina que haces lo que te digo.

Prim- ¿El qué?

Cris (entusiasmada, visionaria, hablando muy rápido)- ¡¡Pues montar ese restaurante bestial!! ¡¡Y cuando lo tengas lleno todos los días, zas, empiezas a crear franquicias!! ¡Y abres locales en la capital, y en otros países!… Y todo lo que ganes tienes que ir invirtiéndolo, por supuesto. Y en paraísos fiscales, para no pagar impuestos. Ah, ah, y ojito con la gente. Dice mi padre que no te puedes fiar, tienes que estar encima de todos todo el día, para que no te roben, y…

Prim- (Cortándola) Cris, querida…

Cris (ansiosa)- Sí, ¿qué? ¿Qué?…

Prim- ¿Pues eso, qué… que todo eso… para qué?

Cris (irritada)- ¿¡¡Pero cómo que para qué!!? ¡¡Pues para que va a ser!! ¡¡Para ganar mucho dinero, y para tener todas las cosas que quieras, y para que cuando ya seas muy mayor y tengas millones en el banco, poder retirarte a tu mansión, a pasar tan ricamente las mañanas tomando… el sol… (se da cuenta de todo lo tonto de su planteamiento y se calla). [Silencio]

Prim (carraspea, disimulando, como si no hubiera pasado nada)- Cris, cariño, no querrás acercarme ese bote de crema. Y uno de esos libros…

Cris (tímida, confundida)- … ¿Cual?…

Prim- Ese rojo y verde; se llama Decrecimiento….
Cris- Toma.

Prim- Gracias. Y otra cosa… ¿A que estás deseando tumbarte al sol aquí conmigo?



En los años 70, algunos economistas como comienzan a popularizar el concepto de “decrecimiento”, que hoy da nombre al movimiento filosófico y político que cuestiona el objetivo de la economía clásica liberal, esto es, el crecimiento económico, y aboga por la disminución de la producción y el consumo, hasta reequilibrar la relación entre el ser humano y la naturaleza (y de los propios seres humanos entre sí).

El decrecionismo critica el dogma del “crecimiento por el crecimiento”, al que culpa de los problemas ecológicos y las desigualdades sociales. Su finalidad es que los seres humanos aprendan a vivir mejor con menos, maximizando el bienestar y reduciendo al mínimo el consumo, en la línea de una “economía budista”, como decía Schumacher, o en la de la “felicidad nacional bruta”, concepto propuesto por el rey de Bután en 1972 en oposición al de “producto interior bruto” y a la habitual correlación entre “felicidad” o “nivel de vida” y “poder adquisitivo”.

Los partidarios del decrecimiento proponen una disminución controlada de la producción y el consumo fomentando nuevos modelos de economía y de vida, en los que la autoproducción, el intercambio sin dinero, el consumo de productos locales y duraderos, y, en general, la adopción de modos de vida más austeros, son principios fundamentales. Y advierten de que, de no emprender ese proceso, el decrecimiento acabará imponiéndose, de forma más abrupta, como la consecuencia necesaria de un sistema fiado al aumento insostenible y obsesivo de la producción y el consumo.

¿Qué piensas tú? ¿Crees que el decrecimiento es una forma adecuada de organizar la economía y de vivir?
Guión: Víctor Bermúdez. Actores: María Ruíz-Funes, Laura Casado. Producción: Antonio Blazquez. Música sintonía: Bobby McFerrin. Dibujos: Marién Sauceda. Idea original para Radio 5: Víctor Bermúdez y Juan Antonio Negrete.

El decrecimiento bajo la lupa del género no binario

Experiencias decrecentistas bajo la lupa del género no binario: dos casos en Barcelona (por Helena Sanz Requejo). 

La teoría decrecentista es un sistema socioeconómico que ofrece una alternativa cada vez más fuerte a la corriente del modelo capitalista. 

Existen muchas definiciones descriptivas para entender el decrecimiento. Sin embargo, las más significativas para el presente estudio se describen a continuación: 

Decrecimiento significa, primero y ante todo, una crítica al crecimiento. Llama a la descolonización del debate público desde el idioma economicista y para la abolición del crecimiento económico como objetivo social. Más allá de esto, decrecimiento significa también una dirección deseada, una en la cual las sociedades utilicen menos recursos naturales y organicen y vivan de forma diferente a hoy día. "Compartir", "simplicidad", "convivencia", "cuidados" y "comunes" son significados primarios a los que esta sociedad debería mirar (Giorgos Kallis, Giacomo Dálisa y Federico deMaria, p.32, 2015). 

De acuerdo a esta definición, Decrecimiento y economía feminista comparten argumentos centrales comunes. Sin embargo, la tendencia general de pensamiento se focaliza en remarcar diferencias entre ambas en vez de explorar conexiones. Algunas economistas feministas, como Antonella Picchio (2015), sostienen que el Decrecimiento no desafía el carácter estructural del capitalismo y sus conflictos endémicos de clase y género, donde los eruditos decrecentistas promueven un trabajo sobre el deseo de reducir las horas trabajadas, haciendo referencia sólo al trabajo pagado (Serge Latouche, 2003; Giorgios Kallis, Michael Kalush, Hugh O'Flynn, Jack Rossiter and Nicholas Ashford, 2013). 

Por otra parte, el trabajo no pagado -o reproductivo- y la importancia relativa de la misma respecto a la reproducción de la sociedad solo ha sido investigada una vez bajo las lentes decrecentistas (Giacomo D'Alisa y Claudio Cattaneo, 2013). Alessia Di Dio, en la conferencia de Parma "Regeneración futura. Más allá del crecimiento. Más allá del Patriarcado. Conferencia sobre movimientos sociales decrecentistas, ecologístas y feministas" (2015), indicó que el trabajo reproductivo, el cual afecta sobre todo a la mujer y otras identidades de género, es todavía intocable como materia central en estudios decrecentistas. 

En cuanto a las investigadoras feministas, investigaciones como las de Amaia Pérez-Orozco (2014) han estudiado problemas ecológicos desde una perspectiva feminista y particularmente desde la perspectiva decrecentista. El presente trabajo intenta continuar esta línea de estudio, siguiendo las pespectivas de D'Alisa y Cattaneo en decrecimiento y la de Pérez-Orozco en la feminista. 

La distribución de poder entre géneros está intrínsecamente relacionada con el sistema capitalista, la distribución de beneficios e ingresos en el sistema económico actual trae con sigo unas relaciones de poder desiguales de clase y de género. 

Sin embargo, la tendencia económica convencional restringe el análisis del sistema sólo a las relaciones de poder entre clases (Silvia Federeci, p.85-176, 2004). En Calibán y la bruja, Federeci analiza el patriarcado como instrumento inherente al capitalismo. Por lo tanto, este trabajo continúa la línea decrecentista anti-capitalista sustentada por Kallis, D'Alisa y DeMaria (2015), el cual comparte la crítica al capitalismo con una perspectiva económica feminista. 

Las economistas feministas destacan el papel de la mujer en la economía. Sin embargo, la lucha por la visibilidad de las mujeres no puede realizarse ignorando del papel de otras identidades de género (Cristina Carrasco y Maribel Mayordomo, 2005). Atender las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres responde a una concepción binaria que perpetúa valores patriarcales y ocultan el amplio espectro de identidades de género y su influencia en el sistema socioeconómico y medioambiental. El estudio del papel de las identidades LGTB+ en la economía contribuye a visibilizar la dominación patriarcal en la distribución del trabajo. Las identidades de género no heteronormativas no están consideradas en datos estadísticos, lo que impide investigaciones para la comprensión de la complejidad de la distribución de poder en la economía. Por lo tanto, tanto economicistas decrecentistas como feministas podrían beneficiarse de estudios sobre la influencia del género no binario. 

Así, este artículo estudia como las teorías económicas feministas influyen en el Decrecimiento no solo bajo una concepción de género binaria, sino también considerando otras identidades LGTB+, con un peso en el actual sistema y sus implicaciones. Con esto se intenta contribuir a la literatura decrecentista y vincularla con la teoría de género al plantear la cuestión como formas de identidades de género en iniciativas decrecentistas con objeto de descubrir el grado de implicación de las identidades de género no normativas. Para encontrar la respuesta a esta cuestión, este estudio observó la distribución y participación en el proceso de toma de decisiones e identifica los obstáculos a mujeres e identidades LGTB+. 

Para llevar a cabo esta investigación, se han elegido dos casos diferentes en el área de Barcelona. Esta ciudad en particular es interesante para este tipo de estudios, ya que posee muchas iniciativas decrecentistas las cuales has estado operando por un largo periodo de tiempo, coexistiendo con colectivos feministas y LGTB+, representando un campo útil para investigar cómo estos colectivos dan forma práctica al decrecimiento. La importancia de los casos se refuerza por la inexistencia de datos estadísticos sobre identidades LGTB+ en fuentes económicas. Por lo tanto, la información primaria obtenida de estos casos contribuye directamente a la comprensión de como el papel del género no heteronormativo facilita una distribución diferente del trabajo reproductivo y como este trabajo está actualmente distribuido bajo un análisis no binario 

Aunque ambos casos representa grandes estudios (Claudio Cattaneo y Marc Gavaldá, 2010; David Bollier y Pat Conaty, 2014) de iniciativas decrecentistas, hay una ausencia importante de investigaciones sobre su funcionamiento desde una perspectiva de género. Añadir que la meta principal de esta investigación es el estudio del impacto desde el enfoque del género en proyectos decrecentistas mediante la observación de estos dos casos distintos en Barcelona. 

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La ilustración del cartel de convocatoria es la acuarela de Manuel Antonio Domínguez Gómez 'La necesaria insuficiencia del género binario': http://www.manuelantoniodominguez.com/index.php?/2013/binario/
 
Enlaces relacionados / Fuente: 

@CNTValladolid

La fatal triada de la postmodernidad

Esteban Cruz Hidalgo - Econuestra

Economista y vicepresidente de la Asociación por el Pleno Empleo y la Estabilidad de Precios (APEEP)


Los retos a los que nos enfrentamos como sociedad son vistos a menudo como el fracaso de las instituciones económicas, políticas y sociales que hicieran su aparición con la Modernidad. Conforme los acontecimientos resquebrajaban la sabiduría convencional y emergían una serie de amenazas, una triada de movimientos atraían de forma casi hipnótica a buena parte de la izquierda: la Renta Básica Universal para hacer frente a la automatización; el Decrecimiento para solventar la inminente catástrofe neomalthusiana; y Positive Money para acabar con la conspiración de la banca privada de controlar el mundo a través de la creación de dinero con el objeto de promover la financiarización de la economía.

Los defensores de estos tres movimientos no se están inventando una situación o alarma injustificada. En ocasiones el problema está a la vista de todos aunque el diagnóstico no sea todo lo acertado que debería; si bien la distancia que guardan con la realidad operativa de una Economía Monetaria de Producción como es el capitalismo les hace diseñar unas soluciones con unos efectos contradictorios para quienes dicen representar un proyecto ecologista, humanista, feminista, o incluso anticapitalista. El atisbo de despertar colectivo que responde a los estragos causados por la Crisis Financiera Global y la mutación en marcha que conocemos como la Crisis del euro ha funcionado como catalizador entre la creciente indignación y estas presuntas alternativas al discurso oficial, las cuales es común encontrarse en bloque pese a ni siquiera mantener la coherencia entre ellas.

Comencemos por la Renta Básica Universal, una transferencia monetaria que aspira a conseguir la emancipación del trabajo, y que concibe éste tanto como una molestia que hemos de sufrir para ganarnos el pan, como un bien con escasa demanda debido a la irrupción de las máquinas que acapararán el proceso de producción, y que realizarán en un futuro próximo los bienes y servicios necesarios para todos sin apenas intervención humana. Esta propuesta sería ideal para un mundo en que la sanidad, la educación, el I+D+i, o los cuidados fuesen cubiertos por máquinas, por poner algunos ejemplos de actividades intensivas en mano de obra y con una fuerte incidencia en el bienestar y concediendo que los sectores que producen bienes de consumo masivo vean reducido al mínimo su empleo de fuerza laboral, hecho que la evidencia histórica de que disponemos no apoya. En este escenario, sería perfectamente viable que una herramienta como la RBU permitiese no trabajar a los individuos capaces de contribuir al aprovisionamiento social de bienes y servicios del cual se nutre toda la comunidad, puesto que las máquinas ya cubrirían las necesidades de la sociedad creando por sí mismas los excedentes de riqueza real. Sin embargo, estamos lejos de ver un mundo en el que se pueda dar rienda suelta a semejante desenfreno individualista.

En el aspecto macroeconómico el panorama para la RBU es menos alentador aún. Como todo gasto que traspase lo imprescindible para cerrar la brecha de producción real, esto es, la capacidad instalada derivada de las decisiones de inversión privadas, es inflacionista; mientras tanto es cierto que tiene un limitado efecto estabilizador del ciclo de negocios cebando la demanda agregada hasta el punto en el cual se realizan efectivamente los beneficios privados esperados, por lo cual no transforma de ninguna manera la lógica del sistema basada en las meras expectativas de lucro. Además, una vez puesta en marcha la RBU pierde el impacto anti-cíclico que podía justificársele, puesto que se seguirá inyectando la misma capacidad de compra independientemente de si nos encontremos en una recesión o una expansión. Más complejo –a la par que perverso– es el sistema de incentivos que establece, dejando en los cálculos individuales de cada cual las valoraciones sobre las ventajas e inconvenientes de trabajar o mantenerse ocioso, lo que disuade a emplearse en trabajos sin una escala de motivaciones que vaya más allá de la obtención de una renta monetaria. La obligación de estos empleadores de ofrecer un salario más elevado llevaría a una espiral precios-salarios que se contagiaría al resto de la economía.

El segundo componente del kit postmodernista es el Decrecimiento, una crítica al consumismo que paradójicamente se presenta conjuntamente con la RBU. La consigna en sí de decrecer está desprovista de significado, y se le puede reprochar fundamentarse en los mismos términos cuantitativistas a los que se opone. No se trata de cuánto crecer, sino cómo y para qué. La insistencia en la responsabilidad individual al consumir y en decrecer, sin atender a las relaciones en el proceso de producción y abstrayéndose de las condiciones sociales que imponen unas restricciones –principalmente de presupuesto– al individuo cuando se enfrenta a la elección entre diversas opciones de consumo, obvia que las personas individuales no tienen ninguna influencia en la composición sectorial del PIB. Es más, un proceso de decrecimiento dejado al libre albedrío y la competencia no es presumible que se guiase por las nociones relacionadas con la finitud de los recursos naturales del planeta o la protección del medio ambiente, sino que se vería un ajuste ligado a actividades como la educación, la sanidad, los cuidados o la cultura, agravando la situación de asalariados, parados y mujeres. Esta mayor pobreza y desigualdad no solo supondría una injusticia social manifiesta y un fracaso en el objetivo final que sería un uso más eficiente de los recursos naturales, sino que el Decrecimiento tampoco proporciona las herramientas para una transformación hacia un modelo productivo sostenible con la naturaleza, el cual necesita proveerse de inversiones que en términos monetarios se traducen en crecimiento.

Por último tenemos a Positive Money o Dinero Positivo, un movimiento que surgió como oposición a la especulación bancaria y la inestabilidad que crea la progresiva provisión de crédito para el apalancamiento privado, poniendo la creación de dinero por la banca privada en el centro de la diana.

La propuesta de Positive Money para evitar esta actuación de los bancos pasa por ignorar el papel que tienen éstos en una Economía Monetaria de Producción y procurar que sean meros intermediarios entre ahorradores e inversores, manteniendo unas reservas del 100 por ciento y rescatando la fracasada idea monetarista de controlar la oferta monetaria. Esta propuesta provocaría cuellos de botella para la producción real ante la elevada falta de provisión de liquidez en el sistema, agravando una especulación financiera que se nutre de los fondos que salen del circuito real en la fase en que los beneficios ya han sido distribuidos, rompiendo la Ley de Say y abriendo una brecha de producción que requiere de la inyección de un gasto adicional en el sistema para cerrarse.

En definitiva, los tres movimientos más populares entre la izquierda para afrontar una serie de retos que se nos presentan no solo agudizan los problemas que buscan resolver sino que engendran otros. La RBU no sirve más que para mantener los beneficios privados a través de cebar la demanda agregada, no elimina el desempleo y los graves efectos que acarrea en los individuos que buscan trabajar, y cierra el paso al Estado a intervenir en la provisión social de bienes y servicios, en especial de aquellos que no persiguen la rentabilidad económica como meta y por lo tanto, no son ofrecidos por el sector privado. Por su parte, el Decrecimiento dista mucho de ser un remedio a las urgencias medio ambientales a las que con afán se ciñe, ignorando cuestiones sociales como el desempleo e inclusive, agravándolas. Mientras que Positive Money propone un sistema monetario con una rigidez tal que la falta de suministro de liquidez llevaría inevitablemente a una disminución brutal de la producción real ante la privación de financiación para comenzar los procesos productivos.

Si a esta fatal triada le añadimos la adscripción de la izquierda a la histeria por el déficit y la aceptación de los mitos monetarios y presupuestarios, el panorama se presenta desolador. Atendiendo a un principio contable básico como es que el gasto de un agente es el ingreso de otro y que un Estado soberano no puede ser insolvente en la propia moneda que emite, el euro en el caso de la Unión Europea y Monetaria; en vez de mantener el gasto público en el nivel en que es igual a los ingresos, se podría imponer a los gobiernos la obligación de mantener el gasto en el nivel para el cual la demanda total del sistema no origina ni inflación ni deflación, alcanzando el pleno empleo.

No estando empleados por el sector privado, el capital humano parado sin crear riqueza podría ponerse a funcionar a través de un Plan de Empleo de Transición o Trabajo Garantizado diseñado para hacer frente a las amenazas que motivaron que estos tres movimientos floreciesen, transformando radicalmente las relaciones del sistema y satisfaciendo unas necesidades que se dejan sin cubrir habiendo medios para ello y que la iniciativa privada no emplea porque no le es rentable. Hace falta mucha pedagogía para convencer de que la estrategia de socializar la inversión a través de programas de empleos directos es más efectiva que la tradicional política “keynesiana” de cebar la demanda agregada subvencionando los beneficios privados, pero incluso la izquierda que debería hacer bandera del debate de ideas hasta ahora parece ser esquivo al mismo. El déficit del sector gubernamental es el superávit del sector no gubernamental, no sirve de nada seguir mareando la perdiz con plazos y velocidades a las que ajustar el presupuesto entretanto se plantean estériles maniobras neomercantilistas. El presupuesto debería ser usado como lo que es, una herramienta para una Hacienda Funcional y no una restricción, la izquierda necesita aprender de la Teoría Monetaria Moderna.

Construyendo un nuevo sistema economico


Entre los objetivos prioritarios de la FairCoop está el de construir un nuevo sistema económico a escala mundial, basado en la cooperación, la ética, la solidaridad y la justicia en nuestras relaciones económicas.

Para que sea posible alcanzar esta meta, es muy importante contar con una estrategia clara, respecto al camino a seguir, y que esta sea conocida y compartida por los miembros afines a la  FairCoop. En este artículo intentaremos explicar la estrategia que nos hemos propuesto.

Faircoin es la criptomoneda escogida para sostener monetariamente nuestro sistema económico. Más allá de las ventajas que se comentan en otros sectores, se trata de una criptomoneda que reúne las características adecuadas para ser objeto de ahorro, con un coste ecológico muy reducido, puesto que el gasto que representa su creación mediante el minado casi resulta insignificante.  Faircoin ha sido creada y al principio se distribuyeron 50 millones y, desde aquel momento en adelante, irá creciendo en un porcentaje reducido mediante el ahorro.

Faircoin es una criptomoneda negociada en los mercados de monedas, de forma semejante a Bitcoin y a cualquier otra criptomoneda o divisa de los diversos estados del  mundo.

Los mercados monetarios que intercambian criptomonedas entre ellas, y con otras divisas de todo tipo, han crecido a gran velocidad en los últimos dos años.

La evolución de los mercados de divisas han producido siempre un gran impacto en la capacidad adquisitiva de los ciudadanos del mundo, con graves consecuencias, como la pobreza, la precarización de la mano de obra y el expolio de los recursos naturales.  La causa de todo esto no ha sido solamente el desequilibrio en los intercambios comerciales, sino que se ha debido también a los movimientos especulativos, que tienden a beneficiar a los más ricos.

Sabedores de esto, nuestro plan aquí es rehacer una porción, tan amplia como podamos, de la justicia económica global, sirviéndonos de algo que habitualmente ha ido siempre en contra del sur global: las leyes del mercado (oferta -demanda).

En pocas palabras, como decimos en la FairCoop, se tratara’ de hackear el mercado de las divisas introduciendo el virus de la cooperación.

A tal fin, en esta primera fase, queremos promover con acciones cooperativas la demanda de compra del Faircoin en el mercado y, al mismo tiempo, deseamos incentivar una reducción de la cantidad puesta en venta.

Esto no va a ser un “comprar por comprar”, cosa que no sería sostenible ni coherente, sino que se trata en cambio de incentivar  Faircoin como opción de ahorro ético, con servicios múltiples que faciliten su uso, y hacer de él un instrumento útil para diversas iniciativas de empoderamiento económico de aquellos sujetos activos en la transformación social.

Un concepto imprescindible para entender nuestro plan es conocer las propiedades que tienen las monedas.

Las monedas pueden tener varias funciones, de entre las cuales las más conocidas son:
  • Medio de intercambio de bienes y servicios.
  • Reserva de valor.
  • Referencial de valor (sistema de precios).
Al mismo tiempo, y partiendo de estas funciones, contribuyen a cubrir necesidades importantes de la economía, por ejemplo la función de reserva de valor, clave para el uso de la moneda como capital.

Generalmente los economistas han diseñado los sistemas económicos buscando aquel particular modo en el que una sola moneda cumpla todas las funciones al mismo tiempo. En el caso de las monedas fiduciarias, el sistema bancario oficial se ofrece como el único mecanismo disponible para cumplir las funciones de reserva de valor, por medio del interés, puesto que las monedas fiat se van devaluando progresivamente con el paso del tiempo, debido a la inflación. Y, al mismo tiempo, los bancos obligan, cada vez más, a usar su propia red para poder acceder a tales monedas, en el momento de ejercer la función de intercambio de productos y servicios.

En el caso de las monedas sociales, y de las hasta ahora complementarias, en general los proyectos existentes han satisfecho, con diversos grados de éxito, la función de medio de intercambio, pero como su valor se establece en referencia a una moneda fiat, han sido víctimas  ellas también de la misma inflación de las monedas que tenían como referencia para sus precios (exceptuando, al menos directamente, algunos casos como los bancos del tiempo).

El caso del Bitcoin, tratándose de una criptomoneda, hay que seguirlo de cerca, para ver cómo se va desarrollando; por ahora ha tenido un gran éxito, como reserva de valor a largo plazo, a pesar de algunas fluctuaciones a medio y corto plazo; se va destacando también de forma creciente como medio de intercambio; pero con todo y con eso, se vislumbran ciertas contradicciones entre ambas funciones, puesto que su creciente aceptación por parte de las tiendas, que lo convierten automáticamente en moneda fiat, se va convirtiendo en una presión de venta  significativa en el mercado monetario.

Desde la perspectiva de FairCoop tenemos proyectado construir un sistema económico autónomo frente al sistema actual, y para ello estamos pensando en herramientas económicas libres para generar nuevas dinámicas sociales. Y así estamos construyendo un juego de monedas y recursos que cumplen funciones complementarias entre ellas, en vez de pretender que una sola moneda pueda servir para cubrir todas las necesidades al mismo tiempo.

Por eso apostaremos por las siguientes monedas:
  • Faircoin para desarrollar la función de reserva de valor desde ahora y ya con el objetivo de que, a largo plazo, pueda ser referencia de precios.
  • Faircredit sistema de crédito mutuo a escala mundial, como medio de intercambio de productos y servicios, teniendo como soporte el Faircoin.
Y los recursos siguientes:
  • Fairfunds Fondos en Faircoin destinados a donaciones a los diversos tipos de proyectos.  El Fondo del Sur Global será para la adquisición de poder a diversos niveles de los proyectos locales, mientras que  los Fondos de los Commons y los destinados a la Infraestructura Tecnológica, serán para los proyectos globales, y esto podrá incluir también redes de proyectos locales, coordinados globalmente.
  • Fairsaving como recurso de ahorro en Faircoin para aquellos miembros más inexpertos a nivel de seguridad.
  • Fairmarket Mercado virtual de FairCoop que permitirá a sus miembros utilizar FairCredit, y a cualquier usuario usar  Faircoin.
  • Fairbag como recurso de backup encriptado para apoyar el ahorro y la gestión de la cartera de aquellos usuarios avanzados que quieran tener una reserva, ante una eventual situación de emergencia.
  • Coopfunding como plataforma permanente para embolsar donaciones en cualquier moneda convertible en Faircoin, que engrosen los  Fairfunds
Estos, unidos a otros proyectos, que estamos discutiendo y  que serán anunciados y puestos en marcha en el futuro, van a servir para construir los elementos fundamentales del sistema económico de  FairCoop.

Apostamos también para que este sistema pueda llegar a ser fractal, es decir que a partir de la experiencia en la plataforma matriz, tal experiencia se pueda trasladar y replicar en grados diversos a escala regional y local por todas partes en el globo; pero conservando la interoperatividad en los distintos niveles para el sistema de FairCoop entero. Seguidamente explicaremos el plan en las tres grandes fases que están previstas.

1ª fase: Incrementar el precio del  Faircoin priorizando los ahorros para que crezca el capital de los FairFunds. (septiembre 2014 – noviembre 2014).

El concepto clave para entender las posibilidades económicas del proyecto, en la generación de recursos económicos, es lo que en ingles se llama “market cap”, che podríamos traducir por ‘capitalización de mercado’, y que corresponde a la multiplicación de las monedas en circulación por el valor de una de ellas.

Lo que hemos hecho algunos de los activistas promotores del proyecto ha sido comprar Faircoins, a un precio muy reducido y en grandes cantidades, para después redistribuir el montante entre los proyectos que se registran en los FairFunds y revalorizar el todo, a partir de generar valor real de forma cooperativa, por medio de  la FairCoop.

Como ya se ha explicado en la página sobre los fondos, uno de los objetivos prioritarios de esta fase es que los colectivos del sur global,  y proyectos importantes para el procomún, reciban donaciones de capital en Faircoins, capital que pueda ser útil para su desarrollo, juntamente con los recursos del conocimiento libre y otros tipos de apoyo que encontraran en la  red social. Es decir, se trata de generar exactamente la dinámica contraria a lo que hace el poder financiero mundial, que devalúa sus bienes para apropiarse de sus recursos.

Iniciativas que hay que priorizar en esta fase serían:

Fairsaving. Cartera digital multifirma en FairCoop, con la condición previa de un periodo de ahorro mínimo de 6 meses.

Faircoop wallet: Cartera P2P multifirma vinculada.

Fairbag: Servicio de cartera de la FairCoop, que permitirá confiar al backup encriptado, para recuperarlo en una eventual situación de emergencia.

Fairfunds: Lo realmente importante al principio será difundir, con la finalidad de que vayan llegando proyectos, y así continuar enriqueciendo los diversos fondos. En tal sentido existirá CoopFunding, la Campaña de crowdfunding para los fondos que habrá que trasformar en Faircoins.

En el CoopFunding existirá, dentro de poco, también una opción mixta,  50% donación, 50% ahorro en FairSaving.

2a fase. Actividad económica: productos y servicios moviéndose por todas partes (diciembre 2014 – diciembre 2015).

En esta segunda fase, cuando la market cap acumula una cantidad que hace que Faircoin genere un interés comercial, y mientras la curva del crecimiento en el market cap se va haciendo más moderada, entonces tendrá gran importancia la creación de actividades económicas, ya sea entre los miembros de la  FairCoop, como también en todo el mundo.

Es importante entender que la capacidad de compra de productos y servicios de una comunidad depende de la market cap, del conjunto de la misma, y por eso, la expansión comercial queda pendiente en gran medida del éxito de la criptomoneda como vehículo de reserva de valor.

Los proyectos que hay que priorizar en esta fase serán:

Fairfunds: Habrá llegado el momento de ponerse a distribuir fondos que puedan constituir capital en Faircoins, disponible ya para apoyar la participación de los proyectos en la actividad económica, dentro de la  fair.coop el primer año, y después ser usados libremente el segundo año.

Faircredit: Sistema de crédito mutuo global, sostenido con Faircoins, la moneda destinada a fomentar su uso para la producción y el consumo en el ecosistema de la FairCoop.

Fairmarket: Mercado virtual, que acepta Faircoin y FairCredit,  permitiendo a los miembros de la FairCoop abrir su propio negocio con el apoyo tecnológico de la plataforma al completo.

– Otros proyectos, todavía por concretar, están relacionados con la generación de un sistema bancario autónomo y facilitar el acceso a herramientas de procesamiento de cambio, incluyendo la posibilidad de intercambiar otras monedas con  Faircoin y FairCredit.

3a fase. Un sistema económico justo, consolidado en todo el mundo (enero 2016 – ……..)

Esta tercera fase, que lógicamente se encuentra todavía más lejos, debería caracterizarse por la consolidación del ecosistema y su extensión a tantos niveles como sea posible.
Es importante destacar esto: para que esto ocurra, debería consolidarse el valor de Faircoin, de tal manera que pueda desempeñar la función de referente de valor, para que cesemos de depender de los precios ofrecidos por las monedas fiat, quizás la prioridad más complicada de obtener. Para generar este referente de valor será necesario poner en marcha dinámicas de  cooperación muy amplias entre actores diversos, quienes podrán construir vastas dinámicas de colaboración para defender el valor de  Faircoin como referente de valor de nuestro ecosistema.

Para el caso de los restantes objetivos de la FairCoop, se tratará ya de seguir adelante multiplicando las dinámicas de cooperación y la solidaridad en todos los sentidos, sacando provecho, tantos de los conocimientos y aprendizajes compartidos, como también de los proyectos puestos en marcha, partiendo de la FairCoop y los colectivos que llegaran a formar parte de ella.

Se tratará, a fin de cuentas, de asegurar que las semillas de la cooperación, del bien común y de la economía justa se vayan extendiendo por todos los rincones del planeta tierra cuanto sea posible.
Sucederá que, al final de la jornada, se habrán esparcido las semillas de la cooperación, del bien común y de la economía justa de tal manera que se expandirán por tantos rincones del planeta tierra como sea posible.

No quiero se fuerte, quiero ser vulnerable

Maka Makarrita - El topo

Nos repiten: sé fuerte, sé independiente, sé autosuficiente, bástate tú misma… Nos lo repiten desde panfletos de autoayuda, desde las terapias, desde los consejos más bienintencionados. Nos lo repite el anuncio que nos quiere superwoman y tu madre cuando te ve arrastrando una pena domesticada por las esquinas. Nos lo repite el sistema a múltiples niveles. En lo privado y en lo público. En la salud y en la enfermedad.
 

En primera instancia, como reacción al amor romántico. Si el capitalismo propició el amor romántico porque necesitaba la familia nuclear como base de una sociedad trabajadora, el tardocapitalismo necesita consumidores profundamente individualistas que cogen en cada momento lo que les apetece en intermitentes relaciones líquidas.
 
De repente, pasamos de las parejas-burbujas respirando corazones en el planeta piruleta, a valorar como modelo positivo a los free-riders que lanzan su autonomía, como escudo y frontera, en las relaciones personales.
 
Los comportamientos «dependientes» se relacionan con la debilidad y la falta de equilibrio emocional. Sin embargo, ¿no confundimos a veces los términos? Se hace evidente la necesidad de huir de relaciones tóxicas, pero la solución no pasa por convertirnos en seres pretendidamente autosuficientes. Es necesario encontrar la fórmula que nos permita saltar el vacío que encontramos entre las relaciones dependientes de las que queremos huir y las relaciones profundamente individualistas que nos quieren imponer. Sin embargo, a veces, la única manera de ganar ante el enemigo, es la huida hacia una posición inesperada y, en este caso, la única manera de salir del bucle es desplazarnos: dejar de pasar de un mito a su opuesto y cambiar el lugar en el que nos situamos. Mutar la perspectiva: el problema no es depender de los demás. Lo hacemos a diario. Necesitamos a nuestras amigas, a nuestra familia, a nuestro círculo político, a ese amigo con el que hablamos de cine y a esa otra con la que nos corremos juergas locas. Personas con las que queremos domingos de sofá y gente a la que tener codo con codo en una mani. Necesitamos nuestros vínculos, relacionarnos, pero no desde la dependencia, sino desde las interdependencias.
 
Porque de lo personal a lo político no hay solo un camino de ida y vuelta, hay nodos entretejidos como tapices que nos hacen avanzar con un pie en cada lado del escurridizo terreno. Y la única certeza es que la casilla de salida siempre pasa por el tránsito constante de lo individual a lo colectivo.  
 
Hay dos ideas que nos ayudan a darle una patada al tablero y empezar otro juego diferente. Podemos pensar que el amor (y amor no solo es el de pareja) pertenece a la economía de la abundancia. No disminuye lo que queremos o nos quieren por más que se reparta o se comparta, porque de lo que se trata no es de rellenar carencias sino de dar todo lo que excede. Y,  por otro lado, ser vulnerables, la capacidad que tenemos de que la realidad y las personas nos afecten, no es una debilidad como pretenden hacernos creer. Ser vulnerables[1] nos hace más fuertes: pueden herirnos, podemos perdernos, pero en la necesidad que tenemos unos de otras, está también nuestra potencia.
 
Leía en algún manual al azar que para mantener relaciones sanas «debemos ser seres independientes para que nuestras relaciones no se vean enturbiadas por sentimientos de necesidad o de infelicidad o de dependencia» y frases como esas, tan comunes, tan inocuas, me dan miedo. Porque yo quiero que mis relaciones se enturbien, que no sean asépticas, que me atraviesen porque me importa lo que le pasa a las que caminan conmigo. Dice Marina Garcés[2] que tenemos que abandonar la fantasía de la individualidad porque no podemos ser solas. Pero lo que es más importante todavía, no queremos ser solas.
 
Vivimos, queramos o no, en un mundo en común (y sigo con Garcés, que sí que es amor del bueno), aunque pataleemos exhibiendo nuestros actos de autosuficiencia, vivimos comprometidas: por lo que hacen, comen, respiran, deshacen o roban los demás. Vivimos en manos de otros. Y aunque la lectura negativa nos lleve al manido «no hay nada que hacer», en lo que realmente deberíamos centrarnos es que en la resistencia somos mucho más potentes, porque somos, a la vez, eslabones unidos de una cadena y nodos interconectados de múltiples redes. Somos más fuertes y más libres en manada. En soledad nos quieren, en común nos tendrán. Siempre en eterno conflicto con las comunidades que queremos y el sistema enfermo en el que estamos inscritas.
 
Por eso, por mucho que nos insistan en que la competencia es el modelo «natural» sabemos de sobra que cooperar nos sale mejor. Y tenemos experiencias que nos refuerzan y nos enseñan, prácticas colaborativas que hacen que haya múltiples manos para sostener cada una de nuestras vidas: los grupos de afinidad, la PAH, los centros sociales, los espacios de crianza, huertos comunitarios, las asambleas de barrio, las redes de apoyo mutuo…
 
Pero si queremos vidas en las que podamos sonreír, necesitamos relaciones que puedan ser habitadas. Y para eso debemos entregarnos a nuestra vulnerabilidad, a la necesidad que tenemos de que nos sostengan y ser cuidadas, de cuidar y sostener. Y, por supuesto, a la necesidad de poner los cuidados en el centro de la batalla. En el centro y expandidos. Sobrevivimos a base de cuidados invisibilizados y «privados»  que deben ser transformados en cuidados en común. La vanguardia suele ser nuestra posición preferida, la más vistosa, donde queremos estar todos —y este «todos» va a quedarse intencionalmente en masculino porque la atención a los cuidados está atravesada como ninguna por el género— pero donde suele haber también más codazos. Normal, parece más divertido ir en el black block que acompañar al baby block. Pero la retaguardia, que es donde tenemos desplazados los cuidados, es la que sostiene nuestro avance.
 
Así que, dándole un disgusto a mi psicóloga, lo siento, pero yo no quiero ser fuerte. No quiero bastarme por mí misma, no creo en la autosuficiencia, en no necesitar a nadie. Yo quiero ser con vosotras, quiero que me atraviesen vuestras vidas, desparramarme a trozos en muchas manos que me ayuden a caminar y me levanten cuando lo necesite, quiero cargar con cuidadito pedazos de todos para mantenernos a flote. Yo de mayor lo que quiero es ser vulnerable.
 
Maka Makarrita
Maka forma parte del equipo de El Topo

"La salud de la mujer se ha convertido en un instrumento para controlar su sexualidad"

Entrevista de Jordi Sabaté a Mercedes Pérez-Fernández y Juan Gervás, autores del libro 'El encarnizamiento médico con las mujeres' en eldiario.es


Mercedes Pérez-Fernández y Juan Gervás han ejercido la medicina durante la mayor parte de su vida en diferentes ámbitos, pero siempre han mostrado una preocupación por las cuestiones básicas de la salud femenina. Durante su vida han visto evolucionar la sanidad en una dirección que consideran equivocada respecto a la mujer. y fruto de ello es el libro ' El encarnizamiento médico con las mujeres' (Libros del Lince). Creen que se ha enfocado todo lo relacionado con ella como problemas y enfermedades cuando en realidad la mayor parte de las veces solo hay procesos vitales.

Para ellos este error de enfoque parte del concepto machista y patriarcal de la salud, cuyo modelo básico es el hombre heterosexual y que desprecia la fisiología femenina o de otras orientaciones sexuales. También intervienen el ansia de control tradicional de la mujer por parte del hombre y una vocación de explotación comercial despiadada desde las empresas de salud y farmacología.

¿Con qué fines se busca sobre explotar la salud femenina?

La salud de la mujer se convierte en capital para el control de su sexualidad y libre albedrío, de su libertad e independencia. Es una forma de biopolítica, no sólo un problema comercial. Se hace dinero, desde luego, pero el control y la 'moralina' van mucho más allá. A lo largo de la historia han sido las religiones las que establecían qué era bueno y qué malo. Sirve de ejemplo el problema de la obesidad.

¿Por qué es la mujer con sobrepeso objeto de rechazo y desagrado, de desprecio e indignidad en las consultas médicas? Por la estigmatización de la obesidad como enfermedad reprobable, que se debe a una decisión individual errónea y viciosa que va contra la salud personal y poblacional. La ideología médica patriarcal ha impuesto una visión moral de 'las gordas' como personas transgresoras y débiles, capaces de comer sólo por el placer como si eso fuera un pecado.

¿Tiende la sanidad a tratar a las mujeres como si fueran objetos comerciales?

La sanidad, privada y pública, tiene una mina en el campo femenino. La evolución ha llevado al desarrollo de conductas de auto-cuidado en la mujer en el sentido de que su vida es muy importante para sí misma y para la supervivencia de su propia prole y de la tribu. Estas conductas se manipulan para generar negocio sin más.

Por ejemplo, con los mensajes simplistas tipo "En cuatro palabras: La mamografía salva vidas", sin citar inconvenientes y problemas en torno a la prevención del cáncer de mama. También convirtiendo a la mujer en puro vientre con los "cuidados obstétricos" sin sentido, como la prescipción de ácido fólico, yodo y otros complementos minerales y vitamínicos a lo largo de todo el embarazo.

La embarazada es una mujer 'secuestrada' por la medicina y la sociedad, a la que se exige todo tipo de sacrificios sin fundamento científico

¿Por qué no se produce también este encarnizamiento con la salud masculina?

El cerebro del varón 'se baña' en testosterona ya durante el embarazo, y eso determina mucho de su conducta posterior, reforzada por la cultura y sociedad, y por el 'diluvio de testosterona' a partir de la adolescencia. El varón admite riesgos hasta morir, y buen ejemplo es su muerte prematura por excesos en violencia y por consumo excesivo de alcohol y otras drogas.

De hecho, muchas de las campañas de encarnizamiento con el varón van de la mano de la mujer, pues ella puede convencerle para que se cuide y acuda al médico por la próstata o por la disminución de los niveles de testosterona: la andropausia, que es una enfermedad inventada. 

¿Debe haber un diferente enfoque de lo que es la salud masculina y la femenina? ¿Son diferentes?

El modelo médico es varonil. De hecho, el canon es un varón joven, heterosexual, sano (o con una sola enfermedad), de clase media y culto, sobre el que se estudia el problema de salud de que se trate. Todo lo que se desvíe de ese modelo, es una especie de anomalía, sea por edad, por sexo, por situación social o por otras condiciones.

Por ello, el sistema sanitario ve y trata a la mujer como un ser vicariante que "no llega al modelo". Por supuesto, la mujer es diferente en cien cuestiones, desde las más aparentes en la biología anatómica a las bioquímicas y hormonales (toda la cuestión en torno a la fertilidad y la reproducción), sin olvidar sus roles específicos culturales y sociales, e incluso la respuesta distinta a fármacos y drogas.

Ustedes cuestionan el uso de técnicas como la congelación de óvulos con fines sociales; es decir que una mujer pueda decidir cuándo ser madre y hacerlo con óvulos jóvenes...

No estamos en contra de la congelación de óvulos por causas sociales, sino que en contra de que se haga como si fuera cuestión menor que tiene todos los problemas resueltos. De hecho, dado el bajo nivel de información con que la mayoría de las mujeres toman la decisión, consideramos que en muchos casos se produce violencia obstétrica; es decir, violencia de género y violación de derechos humanos.

Se ofrece la congelación sin información sobre la disminución de la fertilidad en la mujer, como si en lugar de congelar óvulos se congelasen vidas, como si no se precisasen procesos agresivos hormonales para la implantación y como si el embarazo fuera uno más, y el futuro de bebé similar a los demás. En el libro detallamos más nuestras objeciones. 

También aseguran que hay encarnizamiento con las mujeres durante el embarazo.

El embarazo es un estado fisiológico, no patológico. El embarazo sano en la mujer sana no requiere más que vida sana, en lo personal, familiar, laboral y social. Lo que conviene no es medicina ni médicos sino un clima familiar y laboral tranquilo y sano. Por el contrario, cada vez la embarazada es más puro vientre, una especie de 'portadora de un feto' al que debe sacrificarse.

La embarazada es una mujer 'secuestrada' por la medicina y la sociedad, a la que se exige todo tipo de sacrificios sin fundamento científico: desde revisiones constantes a pruebas diagnósticas de todo tipo, vacunas sin fundamento y cambios en la dieta sin sentido.

Además reivindican un aborto voluntario farmacológico, asesorado por un médico de cabecera y en el hogar. ¿Por qué no es así ya?

El ideal sería que todo embarazo terminase con el parto vaginal fisiológico de un niño sano. Lamentablemente, son muchos los embarazos no planificados ni deseados que acaban en aborto voluntario. Y también lamentablemente, los embarazos involuntarios son más frecuentes cuanto menor es el grado formal de educación de la mujer y cuanto menor su poder adquisitivo o clase social. Por ello, todo aborto voluntario hay que verlo, al tiempo, como un fracaso social, sanitario y educativo.

El problema de la mujer que se plantea abortar no es sólo un problema personal sino también un drama social y un problema de salud pública, dada su frecuencia. Llegado el caso, conviene que el aborto voluntario minorice el paso de la mujer por este trauma. Hoy se puede lograr con medicamentos baratos y muy seguros, de la mano del médico de cabecera, en casa y sin cambiar rutinas.
Si ello no se ofrece es por el control social del cuerpo de la mujer, por intereses profesionales y comerciales y por la 'moralina' del sistema sanitario y legal.

A la mierda el trabajo

James Livingston - ctxt


Traducción de Álvaro San José.

Para nosotros, los estadounidenses, el trabajo lo es todo. Desde hace siglos, más o menos desde 1650, creemos que imprime carácter (puntualidad, iniciativa, honestidad, autodisciplina y todo lo demás). También creemos que el mercado laboral, donde encontramos el trabajo, ha sido relativamente eficiente en lo que a asignar oportunidades y salarios se refiere. Y también nos hemos creído, hasta cuando es una mierda, que trabajar da sentido, propósito y estructura a nuestras vidas. Sea como sea, de lo que estamos seguros es de que nos saca de la cama por las mañanas, de que paga las facturas, de que nos hace sentir responsables y de que nos mantiene alejados de la televisión por las mañanas.

Estas creencias ya no están justificadas. De hecho, ahora son ridículas, porque ya no hay bastantes trabajos disponibles y porque los que quedan ya no sirven para pagar las facturas, a no ser, claro está,  que hayas conseguido un trabajo como traficante de drogas o banquero en Wall Street, en cuyo caso, en los dos, te habrás convertido en un gánster.


Hoy en día, todos a izquierda y a derecha, desde el economista Dean Baker al científico social Arthur C. Brooks, desde Bernie Sanders hasta Donald Trump, pretenden solucionar el desmoronamiento del mercado laboral fomentando el “pleno empleo”, como si tener un trabajo fuera en sí mismo una cosa buena, sin tener en cuenta lo peligroso, exigente o degradante que pueda ser. No obstante, el “pleno empleo” no es lo que nos devolverá la fe en el trabajo duro o en el respeto de las normas o en todas esas cosas que suenan tan bien. Actualmente, la tasa de desempleo oficial en EE.UU. está por debajo del 6 %, muy cerca de lo que los economistas siempre han considerado “pleno empleo”, y sin embargo la desigualdad salarial sigue exactamente igual. Trabajos de mierda para todos no es la solución a los problemas sociales que tenemos.

Pero no es que lo diga yo, para eso están los números. En EE.UU. más de un cuarto de los adultos actualmente con trabajo cobra salarios más bajos de lo que les permitiría superar el umbral oficial de la pobreza, y por este motivo un quinto de los niños estadounidenses viven sumidos en la pobreza. Casi la mitad de los adultos con trabajo en EE.UU. tiene derecho a recibir cupones de comida (el Programa Asistencial de Nutrición Suplementaria, SNAP por sus siglas en inglés, que proporciona ayuda a personas y familias de bajos ingresos, aunque la mayoría de las personas que tiene derecho no lo solicita). El mercado de trabajo ha fracasado, como casi todos los demás. 


Los trabajos que se evaporaron durante la crisis económica no van a volver, diga lo que diga la tasa de desempleo (el aumento neto en el número de trabajos creados desde 2000 se mantiene todavía en cero) y si vuelven de entre los muertos, serán zombis, del tipo contingente, de media jornada o cobrando el salario mínimo, y con los jefes cambiando tus horarios todas las semanas: bienvenido a Wal-Mart, donde los cupones de comida son una prestación.


Y no me digas que subir el salario mínimo a 15$ por hora es la solución. Nadie duda del enorme significado ético de la medida, pero con este salario, el umbral oficial de la pobreza se supera solo después de haber trabajado 29 horas por semana. El salario mínimo federal está en 7,25 $, pero para superar el umbral de la pobreza en una semana de 40 horas, habría que cobrar al menos 10$ por hora. Entonces, ¿qué sentido tiene cobrar un sueldo que no sirve para poder ganarse la vida, sino para demostrar que se tiene una ética de trabajo?


Pero, calla, ¿no es este dilema una fase pasajera más del ciclo económico? ¿Qué pasa con el mercado de trabajo del futuro? ¿No se ha demostrado ya que esas voces agoreras de los malditos maltusianos estaban equivocadas porque siempre aumenta la productividad, se crean nuevos campos empresariales y nuevas oportunidades económicas? Bueno, sí, hasta ahora. La tendencia de los indicadores durante la mitad del siglo pasado y las proyecciones razonables sobre el próximo medio siglo se basan en una realidad empírica tan bien fundamentada que es imposible desestimarlos como ciencia pesimista o sinsentidos ideológicos. Son exactamente iguales que los datos sobre el cambio climático: si quieres puedes negarlo todo, pero te tomarán por tonto cuando lo hagas.
Por ejemplo, los economistas de Oxford que estudian las tendencias laborales nos dicen que casi la mitad de los trabajos existentes, incluidos los que conllevan “tareas cognitivas no rutinarias” (pensar, básicamente) están en peligro de muerte como consecuencia de la informatización que tendrá lugar en los próximos 20 años. Estos argumentos no hacen más que profundizar en las conclusiones a las que llegaron dos economistas del MIT en su libro Race Against the Machine (La carrera contra las máquinas), 2011.  Mientras tanto, los tipos de Silicon Valley que dan charlas TED han comenzado a hablar de “excedentes humanos” como resultado del mismo proceso: la producción cibernética. Rise of the Robots (El alzamiento de los robots), 2016, un nuevo libro que cita estas mismas fuentes, es un libro de ciencias sociales, no de ciencia ficción.


Así que nuestra gran crisis económica (no te engañes, no ha acabado todavía) es una crisis de valores tanto como una catástrofe económica. También se la puede llamar impasse espiritual, ya que hace que nos preguntemos qué otra estructura social que no sea el trabajo nos permitirá imprimir carácter, si es que el carácter en sí es algo a lo que debemos aspirar. Aunque ese es el motivo de que sea también una oportunidad intelectual: porque nos obliga a imaginar un mundo en el que trabajar no sea lo que forja nuestro carácter, determina nuestros sueldos o domina nuestras vidas.


En pocas palabras, esto hace que podamos exclamar: ¡basta ya, a la mierda el trabajo!


Sin duda, esta crisis hace que nos preguntemos: ¿qué hay después del trabajo? ¿Qué harías si el trabajo no fuera esa disciplina externa que organiza tu vida cuando estás despierto, en forma de imperativo social que hace que te levantes por las mañanas y te encamines a la fábrica, la oficina, la tienda, el almacén, el restaurante, o adonde sea que trabajes y, sin importar cuanto lo odies, hace que sigas regresando? ¿Qué harías si no tuvieras que trabajar para obtener un salario?


¿Cómo sería nuestra sociedad y civilización si no tuviéramos que “ganarnos” la vida, si el ocio no fuera una opción, sino un modo de vida? ¿Pasaríamos el tiempo en el Starbucks con los portátiles abiertos? ¿O enseñaríamos a niños en lugares menos desarrollados, como Mississippi, de manera voluntaria? ¿O fumaríamos hierba y veríamos la tele todo el día?

Mi intención con esto no es proponer una reflexión extravagante. Hoy en día, estas preguntas son de carácter práctico porque no hay suficientes trabajos para todos. Así que ya es hora de que hagamos más preguntas prácticas: ¿Cómo se puede vivir sin un trabajo, es posible recibir un sueldo sin trabajar para obtenerlo? Para empezar, ¿es posible?, y lo que es más complicado, ¿es ético? Si te educaron en la creencia de que el trabajo es lo que determina tu valor en esta sociedad, como fuimos educados casi todos nosotros, ¿sentiríamos que hacemos trampas al recibir algo a cambio de nada?
 
Ya disponemos de algunas respuestas provisionales porque, de una u otra manera, todos estamos cobrando un subsidio. El componente de la renta familiar que más ha crecido desde 1959 han sido los pagos de transferencia del gobierno. A principios del siglo XXI, un 20% de todos los ingresos familiares provenía de lo que también se conoce como asistencia pública o “ayudas”. Si no existiera este suplemento salarial, la mitad de los adultos con trabajos a jornada completa viviría por debajo del umbral de la pobreza, y la mayoría de los estadounidenses tendría derecho a recibir cupones de comida.


Pero, ¿son realmente rentables los pagos de transferencia y las “ayudas”, ya sea en términos económicos o morales? Si seguimos este camino y continuamos aumentándolos, ¿estamos subvencionando la pereza, o estamos enriqueciendo el debate sobre los fundamentos de la vida plena?


Los pagos de transferencia, o “ayudas”, por no mencionar los bonus de Wall Street (ya que estamos hablando de recibir algo a cambio de nada) nos han enseñado a saber diferenciar entre la obtención de un salario y la producción de bienes, aunque ahora, cuando es evidente que faltan trabajos, hace falta replantear este concepto. Da igual cómo se calcule el presupuesto federal, nos podemos permitir cuidar de nuestro hermano. En realidad, la pregunta no es tanto si queremos, sino más bien cómo hacerlo.


Sé lo que estás pensando: no podemos permitírnoslo. Pues no es así, sí que es posible y no es tan difícil. Subimos el arbitrario límite de contribución máxima a la Seguridad Social, que ahora mismo está en los 127$, y subimos los impuestos a las ganancias empresariales, revirtiendo lo que hizo la revolución de Reagan. Con solo estas dos medidas se solucionaría el problema fiscal y se crearía un superávit económico donde ahora solo hay un déficit moral cuantificable.


Aunque claro, tú dirás, junto con todos los demás economistas, desde Dean Baker hasta Greg Mankiw, de derechas o de izquierdas, que subir los impuestos a las ganancias empresariales es un incentivo negativo para la inversión y por tanto para la creación de puestos de trabajo, o que hará que las empresas se vayan a otros países donde los impuestos sean más bajos.

En realidad, subir los impuestos a los beneficios empresariales no puede causar estos efectos.

Hagamos el camino inverso y vayamos hacia atrás en el tiempo. Las empresas son “multinacionales” desde hace ya algún tiempo. En las décadas de 1970 y 1980, antes de que surtieran efecto las rebajas impositivas que Ronald Reagan impulsó, aproximadamente un 60% de los bienes manufacturados que se importaban eran fabricados por empresas estadounidenses en el exterior, en el extranjero. Desde entonces, este porcentaje ha aumentado ligeramente, pero no tanto.


Los trabajadores chinos no son el problema, sino más bien la idiotez sin hogar y sin sentido de la contabilidad empresarial. Por eso es tan risible la decisión tomada en 2010 gracias a Citizens United (Ciudadanos Unidos), que sostiene que la libertad de expresión es aplicable también a las donaciones electorales. El dinero no es una expresión, como tampoco lo es el ruido. La Corte Suprema ha evocado un ser viviente, una nueva persona, de entre los restos del derecho común, y ha creado un mundo real que da más miedo que su equivalente cinematográfico, ya sea este el que aparece en Frankenstein, Blade Runner o, más recientemente, en Transformers.


Pero la realidad es esta: la inversión empresarial o privada no genera la mayoría de los trabajos, así que subir los impuestos a la ganancia empresarial no tendrá ningún efecto sobre el empleo. Has leído bien. Desde la década de 1920, el crecimiento económico ha seguido aumentando a pesar de que la inversión privada se ha estancado. Esto significa que los beneficios no sirven para nada, excepto para anunciar a tus accionistas (o expertos en compras hostiles) que tu compañía es un negocio que funciona, un negocio próspero. No hacen falta beneficios para “reinvertir”, para financiar la expansión de tu mano de obra o de tu productividad, como ha quedado claramente demostrado gracias a la historia reciente de Apple y de la mayoría de las demás empresas.


Eso hace que las decisiones en materia de inversión que realizan los directores ejecutivos de las empresas tengan solo un efecto marginal sobre el empleo. Hacer que las empresas paguen más impuestos para poder financiar un Estado del bienestar que permita que amemos a nuestros vecinos y que cuidemos de nuestros hermanos no es un problema económico, es otra cosa, es una cuestión intelectual o un dilema moral.


Cuando tenemos fe en el trabajo duro, estamos deseando que imprima carácter, pero al mismo tiempo estamos esperando, o confiando, que el mercado de trabajo asigne los ingresos de manera justa y racional. Ahí es donde está el problema, que estos dos conceptos van juntos de la mano. El carácter puede provenir del trabajo sólo cuando vemos que existe una relación inteligible y justificable entre el esfuerzo realizado, las habilidades aprendidas y la recompensa obtenida. Cuando observo que tu salario no tiene ninguna relación en absoluto con tu producción de valor real, o con los bienes duraderos que el resto de nosotros podemos utilizar y apreciar (y cuando digo duradero no me refiero solo a cosas materiales), entonces empiezo a dudar de que el carácter sea una consecuencia del trabajo duro.
 
Cuando veo, por ejemplo, que tú estás haciendo millones lavando el dinero de los cárteles de la droga (HSBC), que vendes deudas incobrables de dudoso origen a los gerentes de fondos de inversión (AIG, Bear Stearns, Morgan Stanley, Citibank), que te aprovechas de los prestatarios de renta baja (Bank of America), que compras votos en el Congreso (todos los anteriores), también llamado un día más en la rutina de Wall Street, mientras que yo tengo problemas para llegar a fin de mes aun teniendo un trabajo a tiempo completo, me doy cuenta de que mi participación en el mercado laboral es irracional. Sé que forjar mi carácter a través del trabajo es una tontería porque la vida criminal sale rentable, y lo que debería hacer es convertirme en un gánster como tú.


Por ese motivo, la crisis económica que estamos sufriendo también es un problema ético, un impasse espiritual y una oportunidad intelectual. Hemos apostado tanto por la importancia social, cultural y ética del trabajo, que cuando falla el mercado laboral, como lo ha hecho ahora de manera tan espectacular, no sabemos explicar lo que ha pasado ni sabemos encauzar nuestras creencias para encontrar un significado diferente al trabajo y a los mercados.


Y cuando digo “nosotros” me refiero a casi todos nosotros, derechas e izquierdas, porque todo el mundo quiere que los estadounidenses vuelvan al trabajo, de una u otra manera, el “pleno empleo” es un objetivo tanto de los políticos de derechas como de los economistas de izquierdas. Las diferencias entre ellos se basan en los medios, no en el fin, y ese fin incluye intangibles como la adquisición de carácter.


Esto equivale a decir que todo el mundo ha redoblado los beneficios asociados al trabajo justo cuando este está alcanzando su punto de evaporación. Garantizar el “pleno empleo” se ha convertido en el objetivo de todo el espectro político justo cuando resulta más imposible a la par que más innecesario, casi como garantizar la esclavitud en la década de 1850 o la segregación en la década de 1950.


¿Por qué?


Pues porque el trabajo lo es todo para nosotros, habitantes de sociedades mercantiles modernas, independientemente de su utilidad para imprimir carácter y distribuir ingresos de manera racional, y bastante alejado de la necesidad de vivir de algo. El trabajo ha sido la base de casi todo nuestro pensamiento sobre lo que significa disfrutar de una vida plena desde que Platón relacionó el trabajo manual con el mundo de las ideas. Nuestra manera de desafiar a la muerte ha sido la creación y reparación de objetos duraderos, puesto que sabemos que los objetos significativos durarán más que el tiempo que tenemos asignado en este mundo y que nos enseñan, cuando los creamos o reparamos, que el mundo más allá de nosotros, el mundo que existió y existirá, posee una realidad propia.


Detengámonos en el alcance de esta idea. El trabajo ha sido una manera de ejemplificar las diferencias entre hombres y mujeres, por ejemplo, cuando fusionamos el significado de los conceptos de paternidad y “sostén familiar”, o como cuando, más recientemente, intentamos disociarlos.  Desde el siglo XVII, se ha definido la masculinidad y la feminidad, aunque esto no significa que se consiguiera así, por medio del lugar que ocupan en una economía moral, en términos de hombre trabajador que recibía un salario por su producción de valor en el trabajo, o en términos de mujer trabajadora que no cobraba nada por su producción y mantenimiento de la familia. Por supuesto, hoy en día estas definiciones están cambiando a medida que cambia el significado de la palabra “familia” y a medida que se producen cambios profundos y paralelos en el mercado de trabajo, la entrada de la mujer es solo uno de ellos, y en las actitudes hacia la sexualidad.
 
Cuando desaparece el trabajo, la diferencia entre los sexos que produce el mercado de trabajo se diluye. Cuando el trabajo socialmente necesario disminuye, lo que un día se conocía como trabajo de mujeres (educación, atención sanitaria o servicios) es ahora nuestra industria primaria, y no una dimensión “terciaria” de la economía cuantificable. El trabajo relacionado con el amor, con cuidarse los unos a los otros y con aprender a cuidar de nuestros hermanos (el trabajo socialmente beneficioso) se convierte no sólo en posible, sino más bien en necesario, y no solo en el interior del núcleo familiar, donde el afecto está a nuestra disposición de manera rutinaria, no, me refiero también a lo que hay ahí fuera, en el vasto mundo exterior.


El trabajo también ha sido la manera estadounidense de producir “capitalismo racial”, como lo llaman hoy en día los historiadores, gracias a la mano de obra de esclavos, de convictos, de medieros y luego de mercados laborales segregados, en otras palabras, un “sistema de libre empresa” edificado sobre las ruinas de cuerpos negros o un entramado económico animado, saturado y determinado por el racismo. Nunca hubo un mercado libre laboral en esta unión de Estados. Como todos los demás mercados, este siempre estuvo cubierto por la discriminación legal y sistemática del hombre negro. Hasta se podría decir que este mercado con cobertura creó los aún hoy utilizados estereotipos sobre la vagancia de los afroamericanos mediante la exclusión de los trabajadores negros del trabajo remunerado y su confinamiento a vivir en los guetos de días de ocho horas.


Y aun así, aun así, aunque a menudo el trabajo ha significado una forma de subyugación, de obediencia y jerarquización (ver más arriba), también es el lugar donde muchos de nosotros, seguramente la mayoría de nosotros, hemos expresado de manera consistente nuestro deseo humano más profundo: liberarnos de autoridades u obligaciones impuestas de manera externa y ser autosuficientes. Durante siglos nos hemos definido a nosotros mismos de acuerdo con lo que hacemos, de acuerdo con lo que producimos.


Sin embargo, ya debemos ser conscientes de que esta definición de nosotros mismos lleva adscrita el principio productivo (de cada cual según sus capacidades, a cada cual según su creación de valor real por medio del trabajo) y nos obliga a alimentar la idea inane de que nuestro valor lo determina solo lo que el mercado de trabajo puede registrar, en términos de precio. Aunque también debemos ser conscientes de que este principio marca un cierto camino cuya consecuencia es el crecimiento infinito y su fiel ayudante, la degradación medioambiental.

Hasta ahora, el principio productivo ha servido como principio real que hizo que el sueño americano fuera posible: “Trabaja duro, acepta las reglas y saldrás adelante”, o “cosechas lo que siembras, labras tu propio camino y recibes con justicia lo que has ganado con honradez”, u homilías y exhortaciones parecidas que se usaban para entender el mundo. Sea como sea, antes no sonaban ilusorias, pero hoy en día sí.


En este sentido, la adhesión al principio productivo es una amenaza para la salud pública y para el planeta (en realidad, estas dos cosas son lo mismo). Comprometernos con algo que sabemos imposible es volvernos locos. El economista ganador del Nobel Angus Deaton dijo algo parecido cuando explicó las anómalas tasas de mortalidad que se estaban registrando entre la población blanca que habita los Estados de mayoría evangelista (Bible belt) alegando que habían “perdido la narrativa de sus vidas”, y sugiriendo que habían perdido la fe en el sueño americano. Para ellos, la ética del trabajo es una sentencia de muerte porque no pueden practicarla.


Por esta razón, la inminente desaparición del trabajo plantea cuestiones fundamentales sobre lo que  significa ser humano. Para empezar, ¿qué propósito podríamos elegir si el trabajo, o la necesidad económica, no consumieran la mayor parte de las horas que pasamos despiertos y de nuestras energías creativas? ¿Qué posibilidades evidentes, aunque todavía desconocidas, aparecerían? ¿Cómo cambiaría la misma naturaleza humana cuando el antiguo y aristocrático privilegio sobre la ociosidad se convierte en un derecho innato del mismo ser humano?


Sigmund Freud insistía en que el amor y el trabajo eran los ingredientes esenciales de la existencia humana saludable. Tenía razón, por supuesto, pero ¿podría el amor sobrevivir a la desaparición del trabajo como compañero de buena voluntad que se necesita para alcanzar la vida plena? ¿Podemos dejar que la gente reciba algo a cambio de nada y aun así tratarlos como hermanos y hermanas, miembros de una preciada comunidad? ¿Te imaginas el momento en el que acabas de conocer en una fiesta a una persona extraña que te atrae, o estás buscando alguien en Internet, a quien sea, pero no le preguntas: “¿y, en qué trabajas”?


No obtendremos ninguna respuesta a estas preguntas hasta que no nos demos cuenta de que hoy en día el trabajo lo es todo para nosotros, y que de ahora en adelante ya no podrá ser así. 

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Traducción de Álvaro San José.


James Livingston es profesor de Historia en la Universidad de  Rutgers en Nueva Jersey. Es autor de varios libros, el último No More Work: Why Full Employment is a Bad Idea (2016).