Cuento popular [Kiko Makarro]

Tinta Negra - Cuento popular [Kiko Makarro]












La pobreza leída desde el ecologismo

Marta Pascual

La lucha contra la pobreza es un objetivo recurrente en muchas declaraciones públicas. Reducir drásticamente la cantidad de personas que viven con menos de un dólar al día o que no tienen acceso a agua potable o electricidad figuran entre las concreciones de este objetivo. En estas declaraciones sin embargo se olvida que los recursos del planeta –un planeta limitado en materiales– no sólo están desigualmente distribuidos, sino que actualmente sufren daños quizá irreversibles. En un planeta saturado que ha superado su capacidad de carga hace décadas, cada vez es más cierto que los consumos desmedidos de una parte de la población restringen necesariamente los consumos básicos del resto. Las reflexiones sobre la pobreza y las estrategias para hacerle frente no pueden pasar por alto este hecho.

La limitación y el riesgo de carencia han sido y son las condiciones naturales de la vida humana. Por regla general las culturas de subsistencia, conocedoras de los procesos de la vida, asumían, manejaban y optimizaban estos límites de modo que aseguraran su supervivencia y la de las generaciones futuras. Así ha transcurrido la vida durante siglos.

Las poblaciones más primitivas del mundo tenían escasas posesiones, sin embargo no se consideraban pobres [1]. Siendo la escasez una relación entre los fines que perseguimos y los medios de que disponemos para conseguirlos, poblaciones con fines humildes y escaso interés en la acumulación pudieron vivir con lo suficiente, e incluso en periodos de abundancia.

La pobreza voluntaria, la vida humilde o la sobriedad en los consumos, no fueron en tiempos situaciones despreciadas o temidas, antes bien, podrían considerarse en ciertas culturas y religiones como un estado de equilibrio o de virtud. No queda lejos la época en que la pobreza no se consideraba una situación degradante, aunque sí la miseria, es decir, la carencia de lo imprescindible.

Cierto que la ambición y el deseo de acumulación también han sido comunes a lo largo de la historia, pero nunca gozaron como ahora de una valoración ética tan positiva. Las culturas tribales acumulaban con el fin de afrontar periodos de escasez. Para muchas de ellas la autoridad moral del jefe se fundamentaba en la generosidad con su pueblo y la acumulación para éste era un modo de mantener su estatus.

Caminos hacia la escasez

La situación hoy es bien distinta. El mundo rico y una parte del que no lo es vive a caballo entre la insatisfacción crónica y el sueño del despilfarro. Cargado de propiedades –en algunos casos– pero más cargado aún de deseos de consumo, está más próximo a la percepción de escasez que lo estuvieron sus antepasados lejanos. Simultáneamente otra parte enorme y creciente de la humanidad sufre una escasez material que pone en riesgo su salud y su vida con una intensidad nunca vista. La escasez, tanto la relativa como la absoluta, es un resultado al que se llega por caminos diversos.

Uno de ellos es el acaparamiento, mecanismo por el que algunas personas se apropian de un bien que antes era colectivo en una proporción mayor a la que les corresponde, haciéndolo más inaccesible a otra parte de la población. La privatización de bienes comunales es uno de los mecanismos más antiguos de acaparamiento y, por tanto, creador de escasez.

Otro procedimiento para la institucionalización de la escasez consiste en recortar el acceso a determinados recursos por alguna vía. El mercado es la vía objetiva que se coloca entre los recursos y las personas dificultando el acceso a ciertos bienes. La creciente monetarización de bienes y servicios es una herramienta creadora de escasez.

Un tercer mecanismo, no nuevo pero sí generalizado en el capitalismo de la posguerra, consiste en asignar un valor distintivo, creador de estatus, a ciertos consumos a condición de que sean escasos (ciertas ropas, automóviles, viajes...). En el momento en que estos consumos se generalizan, pierden el valor distintivo y otros nuevos se colocan en su lugar produciendo una nueva insatisfacción. Este sistema permite que el aumento de la producción nunca elimine la escasez, en este caso subjetiva. De esta forma el umbral de la pobreza percibida se eleva de forma constante, lo que no impide que lo haga también la objetiva, aumentando la dificultad de acceso a consumos de primera necesidad, mientras se facilitan los superfluos.
Antes pobre y necesitado eran sinónimos. Hoy la sociedad de consumo nos ha convertido a todos en necesitados [2]. Y seguimos persiguiendo consumos distintivos, actuando como si el camino hacia arriba pudiera ser ilimitado.

A estos mecanismos de creación de la escasez se suma actualmente uno nuevo: el deterioro de los recursos naturales, necesarios para la vida, y la creciente dificultad para acceder a bienes esenciales como el agua potable, el alimento, las tierras fértiles o el aire limpio. Esta dificultad conduce en el límite a la expulsión de las poblaciones de los territorios que habitaban. Este fenómeno se había producido anteriormente por otras vías: apropiación por parte de grandes propietarios de terrenos productivos o con un subsuelo rico, mecanización del campo... Hoy se añaden a estos nuevos mecanismos de empobrecimiento: la prohibición de plantar semillas autóctonas, la deforestación y consecuente erosión, la desecación de acuíferos, el envenenamiento de tierras por pesticidas, la eliminación de biodiversidad, el uso de territorios como sumideros, el cambio climático... El deterioro ambiental provoca una escasez esencial que hace difícil la permanencia en el territorio. Las migraciones responden con frecuencia a esa dificultad para la vida, unida en alguna medida a la búsqueda de los niveles de consumo que se exhiben desde el escaparate de los países ricos.

En las grandes urbes, destino de esa avalancha de gentes expulsadas y migrantes, la economía de mercado es la única vía para resolver muchas de las necesidades básicas. La pobreza urbana, especialmente la de las llamadas ciudades miseria, es más desoladora por la cercanía del espectáculo del sobre-consumo y la inaccesibilidad de los recursos básicos y las redes sociales de apoyo. Desarmados los sistemas de ayuda mutua y eliminado el acceso a una tierra productiva, crece la dependencia del sistema económico y el riesgo de indigencia. Pero conviene no olvidar que “la gente no muere por falta de dinero, sino por falta de recursos” [3]. En el caso de las mujeres, a menudo excluidas de trabajos monetarizados y separadas de la tierra, responsabilizadas de la crianza y la atención a los miembros más débiles de la familia, la escasez, si cabe, se multiplica.

Este último mecanismo de creación de escasez, el deterioro de los recursos para la vida, a diferencia de los anteriores, no aumenta la abundancia absoluta en el grupo más poderoso, pero si la relativa. En todo caso reduce –a diferentes velocidades según los colectivos– las posibilidades de futuro de toda la especie humana.

La pobreza es pobreza del planeta

Si preguntáramos a la Tierra qué significa la palabra pobreza no hablaría de indicadores monetarios ni haría recuento de quienes viven con menos de un dólar al día. Probablemente nos mostraría vastos territorios deforestados, animales huyendo, cauces secos, especies extinguidas, poblaciones humanas desplazándose tras fuentes de agua o escapando de riadas, culturas que han perdido el sentido en urbes en las que sobran... un mundo en el que enormes poblaciones humanas han sido separadas de los recursos que les permitían la supervivencia y desplazadas a espacios urbanos superpoblados, donde ese acceso a los recursos básicos exige la mediación del mercado y en consecuencia del dinero. Un mundo en el que las economías de subsistencia van siendo progresivamente arrinconadas, expulsadas, deslegitimadas o ilegalizadas.

La Tierra nos ofrecería probablemente una imagen de pobrezas encadenadas: la pobreza vegetal, arrastrando tras de sí pobrezas animales y humanas, atmósfera, suelos y aguas empobrecidas. Hablaría del olvido de la interdependencia y de la ruptura de los ecosistemas vivos y señalaría a los seres humanos –algunos seres humanos– como primera causa de devastación.

Dada la complejidad del concepto, quizá conviene distinguir entre dos términos cercanos pero significativamente diferentes: pobreza y miseria (3). El primero se refiere a la dificultad de acceso a consumos superfluos, aunque manteniendo el abastecimiento de productos básicos. En las economías de subsistencia, integradas en el territorio, la pobreza no es una desgracia, sino un modo de vida sencillo en un mundo que tiene sus reglas. Los planes de desarrollo y de lucha contra la pobreza, dice Vandana Shiva, eliminaron la pobreza en el Sur, enviando a poblaciones enteras a la miseria, es decir, a modos de vida que simultanean consumos superfluos con carencias básicas para la supervivencia. Esta distinción entre pobreza (vida sencilla) y miseria (carencia de lo fundamental) es clave pues discrimina entre la vida sobria, aunque suficiente y sostenible para el planeta, de la éticamente insostenible.

Desde esta mirada más global podemos aventurar una posible definición de la pobreza (quizá sería mejor llamarle ya miseria): la consecuencia del hurto de los recursos naturales que permiten la supervivencia autónoma de una comunidad en su territorio. Tanto en el norte como en el sur miseria significa desposesión y falta de control sobre los recursos para organizar y mantener la vida de forma comunitaria.

Estamos indisolublemente ligados a nuestro planeta. Los problemas ambientales son problemas socio-ecológicos. Los problemas sociales son también socio-ambientales [4]. Deuda ecológica, ecología de los pobres, justicia ambiental, refugiados ecológicos, conflictos ecológico-distributivos, son algunos nombres de las luchas que comprenden la interdependencia entre los seres humanos y el medio vivo del que forman parte. Estas luchas muestran que nuestras miserias, las humanas y las del resto de la biosfera, están encadenadas.
Si observamos la naturaleza, ejemplo de empresa de amplio éxito en el tiempo, veremos cómo los ecosistemas no se han dedicado a sobreacumular de forma desigual para lograr su supervivencia, sino a mantener una diversidad y un equilibrio que les permitiera enfrentarse de forma colectiva a ciertas alteraciones del medio. El funcionamiento de la naturaleza practica la virtud del equilibrio. Sabe que por encima de cierto umbral, más es menos y por debajo de éste, menos es más. El principio cuanto más mejor que subyace a las prácticas de acumulación de la economía de mercado, se manifiesta no sólo inviable en un sistema limitado, sino radicalmente desajustado y torpe.

La lucha contra la riqueza

Curiosamente las reflexiones sobre la reducción de la pobreza no suelen relacionarse con las reflexiones sobre la riqueza. Las medidas comparativas para definir la primera (menos del 50% o del 25% de la renta nacional) no conducen en ningún caso a propuestas interdependientes. ONG, programas locales u organismos internacionales mantienen la pretensión de realizar intervenciones para reducir la pobreza, sin alterar los niveles de riqueza monetaria. Ésta ha sido la fórmula propuesta por los Estados del Bienestar.
Desde este particular modo de igualación que sólo contempla el camino hacia arriba, la lucha contra la pobreza ha adoptado estrategias de mínimos (salario mínimo, rentas mínimas, cobertura sanitaria, pensiones mínimas) con la pretensión de hacer escalar a la población por encima de la línea de determinado umbral de consumos.

Esta pretensión eternamente incumplida de extender la riqueza implica la presunción de vivir en un mundo de recursos infinitos, con una tecnología omnipotente –sólo hay que esperar que encuentre la solución– y cargado de buena voluntad, en el que todos los seres humanos podremos alcanzar niveles altos en los consumos que nos satisfacen.

Sin embargo en un mundo lleno en el que la capacidad de carga del planeta ha sido superada hace ya años [5], en el que no está asegurada la soberanía alimentaria de una mayoría, en el que los recursos más elementales como el aire o el agua limpios empiezan a escasear y está en duda la supervivencia de las próximas generaciones, no es admisible mantener esta pretensión de enriquecimiento.

Parece obvio que la eliminación de la pobreza no es posible sin atajar drásticamente los altos niveles de devastación y de consumo de buena parte de la población del norte. La lucha contra la riqueza en el sentido económico de la palabra, que presupone hurto y despilfarro, será mucho más urgente y más eficaz que la supuesta y siempre fracasada lucha contra la pobreza.
Desde un análisis ecologista y desde la consideración de un planeta limitado en materiales que ha tocado techo, es irresponsable pretender un aumento de consumos necesarios en una parte de la población, sin abordar una disminución radical de consumos en aquella otra parte que extiende su huella ecológica mucho más allá de sus fronteras. Dicho de otro modo, en la lucha contra la pobreza es necesario incorporar a las estrategias de mínimos, las estrategias de máximos. Imaginemos unas políticas que asuman la limitación y definan un umbral máximo en el uso de determinados recursos, unas políticas de máximos que fijen límites por arriba: consumos máximos de agua, de energía, rentas máximas... No es fácil imaginar estas prácticas en un mundo gobernado por la economía de mercado y el capitalismo que contempla con horror cualquier regulación del consumo. Y, sin embargo, puede ser la única propuesta honrada con quienes sufren, con quienes sufrirán la miseria y con todos los y las habitantes del planeta.


Notas

[1] SAHLINS, MARSHALL: Economía de la edad de piedra, Madrid, Akal, 1977
[2] NAREDO, JOSÉ MANUEL: “Sobre pobres y necesitados” en RIECHMANN, J., Necesitar, desear, vivir, Madrid, Los Libros de la Catarata, 1998.
[3] SHIVA, VANDANA: Abrazar la vida, Madrid, Horas y Horas, 1995.
[4] MARTÍNEZ ALLIER, JOAN: El ecologismo de los pobres, Icaria, Barcelona, 2005
[5] RIECHMANN, JORGE: Biomímesis, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2006

Cuidar


Yayo Herrero

"Si observamos las prácticas cotidianas de nuestra sociedad, podremos comprobar que ni los mercados ni los Estados ni los hombres como colectivo se consideran responsables primeros del mantenimiento de la vida. Son en su mayoría las mujeres, organizadas en torno a redes femeninas, en los hogares más o menos extensos (abuelas, madres, tías, hermanas, etc.) o en solitario, las que dan respuesta a esta necesidad imperiosa y hacen posible que el sistema funcione."

(...)

"El sistema capitalista no puede reproducir bajo sus propias relaciones de producción la fuerza de trabajo que necesita. La reproducción diaria, pero sobre todo la generacional, requiere una enorme cantidad de tiempo y energías que el sistema no podría remunerar. Los procesos de crianza, socialización y atención en la vejez son complejos e implican afectos y emociones que permiten que las personas se desarrollen con ciertas seguridades.

Sólo la gran cantidad de tiempo de trabajo doméstico y de cuidados que se desarrolla en el mundo invisible de lo no monetarizado hace posible que el sistema económico siga funcionando. De esta manera, la economía del cuidado sostiene la trama de la vida social humana, ajusta tensiones entre los diversos sectores de la economía y, como resultado, se constituye en la base del edificio económico."

(...)

"Se hace imprescindible revisar y transformar profundamente el actual modelo de trabajo. No basta con que el cuidado se reconozca como algo importante si no se trastoca profundamente el modelo de división sexual del trabajo. Es preciso romper el mito de que las mujeres son felices cuidando. Muchas veces cuidar es duro y se hace por obligación, porque no se puede dejar de hacer, ¿quién hace una ‘huelga doméstica’ y deja a su madre sin lavar o a su hijo sin comer, si no es con un enorme sufrimiento y sensación de culpa?

La sostenibilidad social necesita de un cambio revolucionario en el espacio doméstico: la corresponsabilidad de hombres y mujeres en las tareas del mantenimiento de la vida, realizada en equidad y mantenida en el tiempo. Este reparto no sólo permitirá que los hombres se hagan conscientes de la magnitud, importancia y, muchas veces, penosidad de estos trabajos, sino que seguramente pondrá en marcha cambios culturales de enorme dimensión. La transformación que un cambio así puede provocar de un enorme relieve: variaciones en los usos de los tiempos de vida, en el aprecio por el mantenimiento y la conservación, en la comunicación, en las formas de vida comunitaria, en la vinculación entre el espacio público y el privado, en la consideración de los espacios no monetizados..."

Extraído del libro 'Decrecimientos: Sobre lo que hay que cambiar en la vida cotidiana', del capítulo escrito por Yayo Herrero 'Decrecimiento y mujeres. Cuidar: una práctica política anticapitalista y antipatriarcal'.

Reflexiones personales sobre el decrecimiento

El blog de Onible

Volver atrás. Recular. Aprender del pasado. No es una cobardía, es una sensatez.  Me es muy grato, descubrir por uno de mis amigos, la existencia de un movimiento activo a favor del decrecimiento. Se puede vivir con menos, se puede vivir de modo diferente, se puede ser feliz contracorriente. Por desgracia la crisis especulativa y defraudadora está abocando a muchos a pensar.  Hacerlo con el estómago vacío es una tarea difícil, pero, por lo visto, con él lleno es imposible.

Las factorías no tienen porque sobrevivir gracias al incremento de la producción, más bien deberían hacerlo gracias a la calidad duradera de sus productos. Las personas no tienen más cuanto más compran, sino cuanto más comparten. El rico o el menos rico solo llevan puesto un pantalón, conducen un vehículo, encienden una luz,…  Reconocer los límites físicos es un buen comienzo.  Reconocer la connivencia con el establecimiento de injusticias amparadas en la cotidianidad, es otro paso. Esconderse en que el otro;  por ser más rico, más vago, de otro sitio geográfico, o … y por ello debe dar él el primer paso, es la huida menos creíble y más evidente de complicidad.  Cada individuo del sistema contribuye al aumento de los precios, al fomento de la violencia, al concurso de la mentira, a la permisividad de la injusticia, …

La sociedad se cambia desde dentro, desde el individuo.  Son las personas las que valoran un estilo de vivir frente a otro. Son los seres humanos los que asumen actitudes dignas o indiferentes ante los acontecimientos diarios. Salvo crueles y salvajes atropellos, hoy, la persona diluye el engaño o la ofensa, la infidelidad o la incoherencia en la normalidad. Seamos sinceros con nosotros mismos, lo excelente de la vida es tener con quien compartirla;  charlar, reír, sentarse en torno a una mesa, resolver los problemas con ayuda o ayudando… Asuntos que nada tienen que ver con disponer de ropa de marca, ir a viajes exóticos, lucir un gran coche o comer en un lujoso restaurante. Esforcémonos entonces por ser seres relacionales, volcados en los demás, preocupados por la justicia social, iniciemos un cambio de valores donde prime el ser humano frente a lo material.

Siguen empeñados en el crecimiento productivo y financiero, no sólo los bancos y los estados, también los sindicatos y una parte de la ciudadanía. Es la insensatez de no conocer los límites. Las consecuencias de ese crecimiento materialista y no humano provocan la insatisfacción progresiva de la población. Un incansable incremento de los poderes fácticos y mediáticos en la manipulación de la información sobre la sociedad, retroalimenta  sus ingresos dinerarios al margen de los problemas sociales.  Se olvidan de mencionar el desproporcionado destino del capital hacia tecnologías armamentísticas o entidades especulativas.

Lo importante no es que las fábricas produzcan más, sino que contaminen menos. Lo importante no es que los habitantes, saturados de objetos, los cambien y compren nuevos, sino que aquellos que no tienen accedan a ellos. El progreso no se mide por el número de casas, coches u ordenadores.

Decrecer es un estilo de vida, un conjunto de actitudes maduradamente reflexionadas e interiorizadas.  Se puede comer menos carne. Evitar usar el vehículo en los desplazamientos. Reducir el salario proporcionalmente a la reducción de las horas de trabajo diarias. Eliminar segundas viviendas, no tener más que un coche por familia. Compartir el televisor, el ordenador, el teléfono.

La calidad de vida se mide por la felicidad de las personas. En occidente la obesidad se está convirtiendo en una enfermedad contagiosa. El individualismo se fomenta con los objetos electrónicos personales. La relación social se reduce extraordinariamente a los más cercanos. Estamos deshumanizándonos, eso no es progreso, es retroceso.

La realidad


Decresita

Las personas intentamos acercarnos a la “realidad” para comprender el mundo en que vivimos, a través del entendimiento, la intuición, el arte, la poesía, la religión, la mitología, la filosofía, la ciencia, …

Cuando intentamos aproximarnos a esta “realidad”, nos encontramos con que cada una de nosotras vive una 'forma de estar en un lugar' que nos proporciona nuestro 'yo', 'lo que somos'; y este 'yo', y este 'lo que somos' es una construcción histórica que empezó con la aparición del Universo.

Este devenir nos configura a nosotras, a la vez que a nuestra “realidad”; con lo cual es imposible construir un 'afuera' para poder ver una 'realidad objetiva'. Entonces podemos convenir que vivimos múltiples realidades, en las cuales habitamos todas las personas.

Nombrar “la realidad” que percibimos es un acto subjetivo, pues depende de lo que 'somos', y como construimos mediante 'imágenes mentales' el 'mundo percibido'; esto es, como elaboramos un 'imaginario colectivo', para poder compartir mediante el lenguaje simbólico una “realidad”.

Cada grupo humano, cada sociedad, está atravesada por diferentes ideas, representaciones, modelos, paradigmas, propósitos..., que conforman una forma de mirar el mundo, siendo la imposición de la 'verdad absoluta' una forma de aleccionamiento orientada a la defensa de determinados intereses de las élites dentro de un grupo social, para la salvaguardia de privilegios y ventajas.

El decrecimiento y la sostenibilidad analizados desde la perspectiva de la termodinámica de los procesos irreversibles

Joan García González

En los últimos tiempos, ha surgido la necesidad de reducir el creciente sistema de producción y consumo en las sociedades industrializadas, ya que tales actuaciones están conduciendo a un colapso irremediable.

Para resolver tal situación, se han elaborado propuestas de cómo organizarnos en una sociedad estable. En un principio, estas propuestas se estructuraron alrededor del paradigma del ecodesarrollo, yfinalmente se polarizó en torno al principio del desarrollo sostenible. A pesar de que autores como H. Daly han precisado una diferenciación entre los conceptos crecimiento y desarrollo, este último, al ser manipulado y tergiversado, a menudo sólo ha servido para mantener la fe ciega en el modelo económico basado en el principio del crecimiento ilimitado.

Para resolver los problemas generados por este sistema económico, no basta con detenernos y organizarnos a partir de ahora de un modo viable y perdurable, sino que es necesario realizar una marcha atrás con medidas de decrecimiento para corregir las actuaciones insostenibles realizadas, pues hace tiempo que se ha superado la capacidad de carga de los sistemas físicos en los que estamos instalados, y las previsibles soluciones tecnooptimistas que a veces se han esgrimido, no han resuelto los problemas.

El presente trabajo es un estudio de los temas del decrecimiento y de la sostenibilidad desde la perspectiva de la termodinámica. Esta disciplina, al investigar los procesos energéticos, nos facilita establecer con rigor los modos de estructurar tanto el decrecimiento como la sostenibilidad en nuestra sociedad. Esta relación entre la economía y la termodinámica ya ha sido objeto de investigación y, modernamente, gracias a las nuevas aportaciones de la termodinámica de los procesos irreversibles (Proops, 1983, Prigogine, 1955) nos ha facilitado el modelo de los estados estacionarios, para organizarnos en unas aceptables previsiones de futuro para la humanidad, siempre teniendo en cuenta que al estar ubicados en el planeta Tierra conlleva unas limitaciones físicas y temporales. En el primer congreso del decrecimiento (Paris 2008) ya se estableció una conexión entre decrecimiento y estados estacionarios.

Tanto desde la perspectiva de organizarnos sosteniblemente, como en las correcciones del decrecimiento, se deberá tener presente que siempre estaremos situados en un contexto evolutivo. Es decir, las propuestas presentadas no han de suponer el estancamiento en un estado estacionario idílico pasado o futuro. Dentro de los elementos evolutivos caben diversas interpretaciones ‐la darwinista clásica sólo nos ofrece el mecanismo del azar y la necesidad‐, pero en otros modelos que aquí analizaremos, veremos como aparecen otras perspectivas donde quizás deban incorporarse acciones de planificación propias de una noosfera que supere el seguir sólo rutas contingentes, como las que se han dado en la biosfera, según un modelo evolutivo guiado por el relojero ciego.

Utilizaremos los elementos de la termodinámica de los procesos irreversibles, tanto en condiciones lineales como en las no lineales, pues a diferencia de la termodinámica clásica, que sólo estudia la estabilidad de los sistemas en condiciones de equilibrio, esta nueva formulación de la termodinámica nos permite estudiar los sistemas más o menos alejados de las condiciones de equilibrio, tanto en estados estacionarios metaestables como en sus saltos evolutivos en los puntos bifurcativos. Los sistemas económicos, al igual que los organismos vivos, son abiertos, es decir, intercambian energía y materia con el entorno y, por su carácter de estructuras disipativas, nos permiten establecer estados de estabilidad llamados estacionarios que en modo alguno conllevan criterios estáticos, pues están siempre abiertos a procesos de creciente complejidad vía rutas evolutivas. Cuando por la aparición de fluctuaciones se pueden romper situaciones de metaestabilidad, y a través de procesos bifurcativos abrirse a nuevas formulaciones de estabilidad, observamos que se da además un claro proceso evolutivo hacia complejidades crecientes.

En estas situaciones, introduciremos una específica interpretación de los principios de la resiliencia, frente a los de homeostasis, propios de las situaciones de equilibrio en general y, en concreto, en sus tradicionales aplicaciones en economía. Todo ello, a su vez, estará abierto a situaciones evolutivas que nos facilitarán estudios de prospectivas. En este contexto, cabe analizar cómo la tecnosfera puede desarrollar todos los potenciales de la antroposfera y, de este modo, superar los supuestos de la biosfera sin oponerse a los condicionantes de ésta. Finalmente, aun cuando estas contribuciones de la termodinámica son claves para la solución de los temas del decrecimiento y la sostenibilidad, también hay otros elementos a tener en cuenta. Aquí citaremos a título de ejemplos algunas de estas contribuciones, como las que se dan desde la perspectiva de la ética y de la estética.

Extraído de: El decrecimiento y la sostenibilidad analizados desde la perspectiva de la termodinámica de los procesos irreversibles

Degrowth Conference Barcelona 2010 - Proceedings

Prosperidad sin crecimiento

Por Florent Marcellesi, coordinador de Ecopolítica y miembro de Bakeaz

Reseña crítica del libro “Prosperidad sin crecimiento. La transición hacia una economía sostenible”, de Tim Jackson (2010). Publicada en la Revista Ecología Política, número 41.

Sin duda, el opus de Tim Jackson (1) se inscribe en la corriente de otras dinámicas británicas como las Iniciativas en Transición o los trabajos de la New Economics Foundation. Al igual que sus compatriotas, gira en torno a un fuerte pragmatismo sin tintes ideológicos demasiado marcados con el fin de construir grandes mayorías sociales para afrontar el doble reto del cambio climático y del pico del petróleo. Asimismo, y a pesar de una hipótesis “herética” en el marco de una economía del crecimiento —es posible y deseable un mundo próspero sin crecimiento—, busca ante todo la máxima audiencia para federar y generar consenso más allá de los círculos ya convencidos. Esta estrategia tiene un gran acierto en su capacidad de difusión y vulgarización: el libro es muy asequible, incluso para no especialistas, y de una gran claridad. Por tanto, no habrá que sorprenderse que, a la pregunta de si una sociedad sin crecimiento sigue siendo una sociedad capitalista, Jackson conteste con otra pregunta ambigua: “¿realmente importa?” (p197)*

Pero ¿qué nos propone exactamente el autor? Retomando el testigo del ‘estado estacionario’ de Herman Daly y apoyándose en los trabajos del economista ecológico canadiense Peter Victor (2), Jackson plantea que “la prosperidad consiste en nuestra capacidad de ser felices como seres humanos, dentro de los límites ecológicos de un planeta finito”. Según el autor, “el reto para nuestra sociedad es crear las condiciones donde se haga posible”, siendo esta tarea la “más urgente de nuestra época” (p32). Sin embargo, el crecimiento no permite alcanzar esta meta. Gracias a una rica argumentación gráfica bien sólida y referenciada, Jackson explica que, una vez superado el umbral de los 15.000 dólares de renta per cápita, el nivel de satisfacción no reacciona, incluso ante aumentos muy importantes del PIB. Dicho de otro modo y principalmente en el Norte, la opulencia material y el aumento continuo de nuestras rentas no nos hacen más felices, además de destruir las condiciones de vida básicas en la Tierra. Al revés: la sociedad occidental estaría en “recesión social” (p148) y sería rehén de la “caja de hierro del consumismo” (p95) donde el consumidor en busca de novedades y de estatus (a través del “lenguaje de los bienes materiales”), y el empresario en busca de monopolio a base de destrucción creativa se confunden para conformar la piedra angular del crecimiento económico a largo plazo.

Llegados a estas alturas, nos estamos topando con “el dilema del crecimiento”: el crecimiento no es social y ecológicamente sostenible —por lo menos en su forma actual— y el decrecimiento es inestable —por lo menos en las condiciones actuales (3). Para salir de este dilema, solo existen dos métodos: hacer sostenible el crecimiento o estable el decrecimiento. Cualquier otra opción provocaría el colapso ecológico o económico. Ante este dilema, la respuesta convencional suele preconizar el desacoplamiento, es decir la no dependencia de la producción de los flujos de materiales. A pesar de la realidad de un desacoplamiento relativo (la intensidad energética por unidad ha bajado desde 1970 en un 30%), no existe ningún indicio que apunte a un desacoplamiento absoluto, es decir del volumen total de la producción, como lo atestigua por ejemplo el aumento de las emisiones de CO2 en un 40% desde 1970. Hoy día, la eficiencia tecnológica ni siquiera ha compensado el crecimiento de la población y está muy lejos de compensar también el aumento del nivel de abundancia. En cuanto al New Deal Verde, que cuenta con un consenso internacional para ser el nuevo “motor verde del crecimiento”, el autor considera que tiene numerosas ventajas y que puede ser útil como herramienta de transición pero que sigue siendo un keynesianismo basado en el aumento final del consumo, lo que lo condena a toparse también con los límites ecológicos.

De forma proactiva, Jackson propone tres vías complementarias para salir del dilema del crecimiento y empezar una transición sostenible. La primera: establecer los límites. Sobre todo, significa fijar umbrales de recursos y emisiones per capita (véase el modelo de “contracción y convergencia”), fomentar una reforma fiscal (por ejemplo la tasa carbono) y apoyar económica y tecnológicamente la transición ecológica en los países del Sur. La segunda: construir “una teoría de macroeconomía ecológica robusta y educada en el plano ecológico” que constituye según el propio autor seguramente “la recomendación más importante del libro” (p129). Además de integrar las variables ecológicas en los factores de producción clásicos, esta macroeconomía tiene como objetivos construir un modelo donde la estabilidad no dependa del crecimiento (4), la actividad económica esté dentro de los límites y la productividad del trabajo ya no sea el factor determinante. Además de una mayor prudencia fiscal y financiera, de una superación del PIB como indicador principal de riqueza y de la apuesta por una economía de servicios poco intensiva en energía pero sí en mano de obra, supone también unas inversiones ecológicas, principalmente a cargo del Estado, la eficiencia de la utilización de los recursos, en tecnologías propias y en la mejora de los ecosistemas. Tercero: es también necesario cambiar la lógica social donde los poderes públicos tienen como objetivo “desmantelar la cultura del consumismo” (p182).

El autor propone que las capacidades —definidas por Sen y Nussbaum— sean el criterio determinante del éxito social, siempre y cuando estén dentro de los límites del planeta. Por otro lado, el reparto del trabajo se convierte según Jackson en “la solución más simple y más citada para mantener el empleo sin aumento de la producción” (p140) mientras la lucha contra las desigualdades (a través de rentas mínimas o máximas) es una prioridad.
Ahora bien: es de señalar que la principal fuerza de la obra de Jackson —su búsqueda de consenso amplio— es al mismo tiempo su principal debilidad. Al no querer ser lo suficiente impertinente con el dogma dominante (echamos de menos referencias a Illich y una mayor utilización de la obra de Gorz por ejemplo), tiene tendencia a dejar de lado cuestiones fundamentales. Primero, a pesar de que el autor tiene bien presente el tema de las deudas públicas y ecológicas, falta una reflexión sobre el papel del dinero y del poder de los bancos privados en la creación monetaria. ¿Será posible una prosperidad sin crecimiento sin reforma de las instituciones financieras y la creación de un nuevo modelo monetario con el impulso, por ejemplo, de monedas locales? Por su parte, el capítulo sobre gobernanza queda muy ‘cojo’ al no abordar el papel de la sociedad civil a nivel local e internacional. Tampoco dedica una palabra al juego complejo de actores de cara a sellar un nuevo pacto social y la necesaria resolución de conflictos que nacerán de la transición. ¿Acaso los detenedores del capital aceptarán de buena gana que las inversiones ecológicas pasen a tener rendimientos bajos, incluso nulos?  ¿Cómo se irán resolviendo las nuevas resistencias y tensiones políticas, empresariales, sindicales o sociales al cambio de modelo? En definitiva, si rechazamos el ecoautoritarismo como salida válida a la crisis socio-ecológica, el libro carece de un punto fundamental: una reflexión sobre la democracia ecológica y deliberativa como condición e instrumento de una transición exitosa.

Si de verdad “la dinámica natural del modelo capitalista no propone ninguna vía fácil hacia un estadio estacionario y le empuja hacia la expansión o el colapso” (p174), tenemos expectativas en las próximas reflexiones de Tim Jackson donde, ojalá gracias al éxito de la primera entrega, podrá pasar a la segunda fase de su estrategia e ir abordando o profundizando en otros puntos clave y menos consensuales.

Notas:

(1)    Se basa en un informe previo de la Comisión por el desarrollo sostenible de Reino-Unido: http://www.sd-commission.org.uk/

(2)    Peter Victor: “Managing without growth. Slower by design, not by disaster” saber más: http://pvictor.com/

(3)    A mayor productividad del trabajo, se necesita menos mano de obra para el mismo nivel de producción. Por lo cual, el crecimiento tiene que aumentar más rápido que la productividad para seguir creando empleo, distribuyendo rentas y generando confianza para que siga aumentando el consumo. En caso contrario, un crecimiento no suficientemente sostenido termina creando desempleo, desconfianza, deuda privada y pública e, in fine, recesión.

(4)    El autor propone sustituir el objetivo de estabilidad por el de resiliencia.

* las páginas referenciadas se basan en la versión francesa del libro.

¿Qué nos convierte propiamente en siervos en el sistema conformista?

"La pregunta: ‘¿Qué nos convierte propiamente en siervos en el sistema conformista?’, podríamos responderla de igual modo con ‘todo’ y con ‘nada’.

Con 'todo', pues no necesitamos más que dejar nuestra casa –no, propiamente sólo despertar- para de inmediato vernos cortejados por las sirenas que nos seducen y mandan, y componen hoy nuestro mundo: por los millones de aparatos, formas de hablar, uso, opiniones y behavior patterns [modos de comportamiento], que exhiben sus encantos, nos llaman a coro de forma ensordecedora ‘¡tómame!’, ‘¡haz mi voluntad!’ y ‘¡entra en el juego!’; y, antes de que sepamos hacia donde se va, ya nos vemos arrastrados por su corriente. Y estamos a sus órdenes, nos dejamos llevar, entramos en el juego sin tan siquiera  sorprendernos por su violenta acogida; al contrario: nada nos parece más obvio que confiarnos a ese barullo, nada más natural que ver en esas criaturas sirénicas ‘nuestro mundo’ y, en el orden, incluso se nos antoja que quien opone resistencia aterriza en el arroyo para escuchar de boca de la psicología, siempre presente en el barullo como juez, que es un inepto, un poorly integrated [pobremente integrado] o, incluso, desleal.

Y sin embargo, también con ‘nada’, pues por más que escuchemos, en ningún lugar es posible oír la voz de una instancia central que exija de nosotros incondicionalmente que sigamos nadando en esa corriente. Y si de vez en cuando, en verdad desesperados, aseguramos que no queríamos, que no teníamos ninguna necesidad, que no debíamos hacerlo, que ningún dios nos había ordenado dejarnos llevar por la corriente; y aunque estuviera escrito que teníamos que creer y gritar y comprar con los demás, ya no tenemos ningún derecho; a veces, incluso, sucede que se nos da la razón, que quienes como nosotros son arrastrados sin resistencia nos dan la razón.

Cosa que, por supuesto, no nos está permitido malinterpretar o aprobar, pues esas víctimas no nos aplauden porque también ellas se sientan inquietas por la ausencia de la última voz que ordena, sino al contrario, porque ven en esa ausencia la justificación de su falta de resistencia y la razón jurídica de su buena conciencia. En otras palabras: por más que lo hagan sin escrúpulos ni restricciones, las víctimas se enfurecen con nosotros sólo porque viven en la certeza de enfurecerse espontáneamente; y están tan seguras de esa ilusión suya porque no hay ninguna instancia central de mando que se muestre por ninguna parte, porque el ‘deus’ de su sistema permanece  mudo y absconditus [oculto] y porque malinterpretan esa imperceptibilidad de su dios como no existencia, es decir, justo como su dios desea que se malinterprete. De hecho y en verdad, éste permanece absconditus e imperceptible porque sabe que es el más poderoso si se mantiene escondido tras los bastidores y que la mejor manera de asegurar la integralidad de su dominio es no dejarse percibir.

Por tanto:

Cuanto más integral es un poder, más muda es su orden.

Cuanto más muda es una orden, más obvia resulta su obediencia.

Cuanto más obvia es nuestra obediencia, más segura resulta nuestra ilusión de libertad.

Cuanto más segura resulta nuestra ilusión de libertad, más integral es el poder.

Este es el proceso circular o espiral que mantiene en pie la sociedad conformista y que, una vez puesta en marcha, va perfeccionándose automáticamente."

Extraído del libro: La obsolescencia del hombre (Vol. II). Sobre la destrucción de la vida en la época de al tercera revolución industrial. Günter Anders.

¿Me puedo fugar de esta crisis?

Ángel Calle Collado - Crisis y política de los vínculos

¿Me puedo fugar de esta crisis?

Estamos dentro y lo seguiremos estando. Por dentro quiero comenzar señalando que, sobre todo en los grandes oasis de consumo que se dan en Occidente, la creciente mercantilización de relaciones nos lleva a que alimentación, salud, vivienda, ocio o incluso participación (que presupone información, tiempo para construir confianzas y reflexiones, etc.) sean necesidades a satisfacer desde ámbitos que han contribuido a la explosión del desorden: deseo y diversión sujetos a superficies y patrones de consumo y de crédito; inversiones y futuros pensados o administrados en clave de fondos especulativos; necesidades materiales subordinadas a un centralizado e insostenible mercado global; etc.

Por dentro quiero expresar también que nacemos y vivimos en red. Al nacer, nuestra estructura cerebral aparece predispuesta para el lenguaje, que luego el contexto, y por ende otros y otras, nos pondrán en marcha a ritmo de palabras, acentos y gramáticas. Abrimos los ojos, los oídos y los poros de la piel y ya está por allí pululando la posibilidad de empatizar con lo que otros sienten, y también la potencialidad de asustarnos cuando nos estimulen desde algo que consideremos una amenaza. Aprendemos emociones desde las ya heredadas. Tenemos nuestra primera sensación de hambre, y ya movemos las manos y nuestros labios a ritmo de una potencialidad de succionar (de reclamar de otras), que viene impulsada por unos niveles de oxitocina (la hormona del amor) que conectan madre e hijo.

Y viviremos como hemos nacido, en red. La satisfacción de nuestras necesidades básicas, sean materiales (subsistencia), expresivas (libertades y creatividad), afectivas (identidades y lazos emocionales) o de relación con la naturaleza (somos una especie más), nos conducen a convivir, a conversar y a construir herramientas con los demás. Por activa o por pasiva, por acción o por omisión, conscientes de nuestra interdependencia o crédulos de una posibilidad de autonomía que nos haga dioses (si no bestias), nuestro hacer o nuestro decir es siempre una modificación del flujo de relaciones (de intercambios materiales, simbólicos, emocionales) para construir nuestra dignidad, a costa o en consideración de los otros. Permanentemente recreamos, acatamos o nos oponemos a las instituciones sociales (familiares, políticas, afectivas, culturales, económicas, etc.) en las que se recrean, a la vez que se utilizan, normas, valores, hábitos.

Trato de salir, pues, de un debate de esencias, de si somos animales sociales. Estamos dentro. Habitamos redes. Nos construimos desde, para y a través de los otros. Como especie, Gaia nos conecta al resto de seres vivos para formar un gran organismo que se esfuerza por autorreproducirse; y nosotros y nosotras, por salirnos de él. Si nos pensamos, es sólo como paréntesis de conversaciones que nos han ido legando una forma de decir, de hacer, de valorarnos.

¿Fugas? No puedo salirme, no plenamente. Sí puedo considerar esas fugas como fisuras, enredos, recreación de otros vínculos más habitables. Y que, cualitativamente, puedan representar un salto en alguno de los planos de satisfacción de necesidades básicas de tal manera que se reconozcan como un “hito revolucionario”. Pero estamos, ante todo, en la recreación constante de lo que Maturana define como conversaciones (intercambios, enunciados, propuestas) que caminan bien hacia ese deseo de vida y hacia esa democracia; bien hacia formas de sometimiento, de entierro de potencialidades, de autoritarismos. Recreación que va de la mano de la legitimación, el acatamiento aparente o la abierta desobediencia de los dispositivos de micropoder en los cuáles se nos interroga constantemente sobre las rutas a seguir (Foucault). Ahora bien, no todo es cotidianeidad, no todo es flujo. Las dinámicas de cooperación o de enfrentamiento social se entrelazan constituyendo conversaciones sistémicas (grandes enunciados, macropoderes, tendencias) que vuelven hacia los individuos como “poderes externos”. No son dinámicas trascendentales, no surgen de una metafísica de lo político (en clave de pueblos destinados, clases emergentes o multitudes teleológicas), sino de nuestra disposición (voluntad, creatividad, deseo) para remar en la vida de manera que situaciones (y después redes y prácticas más estables; y más tarde poblaciones y tendencias; y por último, metabolismos sociales) puedan ir asentando otras condiciones para nuestro hacer y nuestro decir. Las grandes crisis, al zarandear bruscamente los referentes “normales” de nuestras lecturas del entorno, son momentos con mayúscula para (re)leer nuestros mundos próximos y lejanos; en primer lugar, desde otras direcciones emocionales, corporales, racionales; y en segundo lugar, desde la construcción de satisfactores y relaciones (laborales, políticos, medioambientales, alimentarios, etc.) que desanden lo andado (Jorge Riechmann) o reinventen los caminos (zapatismo).

Esto no es intento de elaborar un curso de filosofía. Esto es una (auto)crítica hacia quien pretenda unir los conceptos de cambio integral y recetas de microondas, democracia y necesidad de autoritarismos por mor de alguna urgencia, satisfacción de necesidades básicas y aproximación parcial a las mismas (siendo el materialismo el sesgo más frecuente), metabolismos más sostenibles y economías basadas en la depredación infinita.

Organismos transgénicos

Moisés Rubio Rosendo - La palabra inquieta


Hace más de diez mil años que el ser humano juega con la genética de los seres vivos, especialmente la de aquellos con los que se alimenta: el cruce y la selección de individuos han sido y son prácticas habituales en la agricultura y la ganadería desde que éstas existen. El resultado es una innumerable variedad de organismos genéticamente modificados (OGM), adaptados al entorno y a las necesidades biológicas y culturales de aquellos grupos humanos que provocaron su modificación.

Como la mayoría de las actividades del ser humano, durante el siglo pasado se fue mejorando una técnica específica que permitía aplicar los nuevos conocimientos científicos y avances tecnológicos a aquella actividad ancestral: la transgenia es un proceso que incorpora secuencias de ADN propias de una planta o animal al material genético de un organismo, adaptando sus características mediante técnicas de ingeniería genética. De esta manera, puede decirse que todos los transgénicos son OGM aunque, por el contrario, no todos los OGM son transgénicos.

Argumentos a favor y en contra.

La paulatina implantación de la transgenia ha venido acompañada de un amplio debate provocado por el rechazo social cristalizado en organizaciones no gubernamentales, grupos ecologistas, colectivos de consumo y parte de la comunidad política y científica.

Quienes defienden el uso de los organismos transgénicos arguyen que pueden mejorarse las proporciones nutritivas de los alimentos, su durabilidad e incluso sus características organolépticas. Defienden además que aumentar la resistencia de determinados cultivos a las inclemencias del tiempo o a los efectos de plagas y enfermedades, supone una mejora en la producción y una disminución del uso de productos químicos y, por tanto, de la exposición de las personas a éstos. Por fin, indican que los productos transgénicos están sometidos a un alto número de controles que garantizan su inocuidad y su seguridad.

Por su parte, quienes se muestran contrarios a la implantación de estos organismos, defienden que si los transgénicos son más rentables económicamente, las variedades tradicionales corren el peligro de ir desapareciendo, perdiéndose parte de la biodiversidad del planeta y poniendo en riesgo la supervivencia del resto de seres vivos. Argumentan además que los genes modificados pueden ir transmitiéndose de manera incontrolada a otros organismos, provocando una “contaminación” genética de consecuencias absolutamente desconocidas. En la misma línea, mantienen que los riesgos de la transgenia no pueden estudiarse en un laboratorio, porque las implicaciones que pueden tener para las personas y el resto de seres vivos son imprevisibles cuando su estudio trasciende las paredes de aquél.

La práctica de la transgenia.

Pero como las palabras se las lleva el viento, nada puede darnos una perspectiva más esclarecedora del asunto que acercarnos a las prácticas habituales en transgenia. Y en este sentido merece la pena destacar dos observaciones. La primera hace referencia a los cereales transgénicos comercializados en la Unión Europea (Ortuño, 2005):



Y la segunda, al porqué de los argumentos de Monsanto para defender el uso de sus productos (Latouche, 2009):  

Un antiguo ministro de Medio Ambiente, buen conocedor del sistema, nos aporta una ilustración relevante que nos excusamos de citar en su integridad:Monsanto aspira en realidad a lo que, en el lenguaje interno, se llamaría la biotech acceptance, la aceptación de los OGM por la sociedad. La firma confió a Wirthlin Worlwide, especialista mundial de la comunicación de empresa, la labor de `encontrar los mecanismos y las herramientas que ayudasen a Monsanto a persuadir a los consumidores por medio de la razón, y a motivarlos por medio de la emoción´. Esta iniciativa -oportunamente bautizada con el nombre de Proyecto Vista- estaba basada en `la detección de sistemas de valor de los consumidores´. Se trataba de establecer a partir de estos datos `una cartografía de las maneras de pensar, con cuatro niveles […]: las ideas preconcebidas, los hechos, los sentimientos y los valores. En los Estados Unidos, los resultados de este estudio condujeron a establecer los mensajes que repercuten en el gran público estadounidense, a saber, la importancia del argumento a favor de los transgénicos: menos pesticidas en sus platos´.”. “Desde entonces, los mensajes se concentran en tres temas principales: los transgénicos permitirían suprimir los pesticidas y nos dotarían de alimentos sanos. Los transgénicos preservarían la calidad de los suelos y la biodiversidad. Los transgénicos estarían concebidos para adaptarse a zonas salinas o áridas: responderían a la sequía en el tercer mundo y se adaptarían a los cambios climáticos. En Francia, esos eslóganes los difunde la asociación Deba por medio de folletos en las escuelas y salas de espera de los médicos”.

Si se tiene en cuenta que las compañías expuestas modifican las semillas para mejorar la comercialización de otros subproductos de la propia empresa (generalmente pesticidas), las conclusiones son claras: cualquier argumentación filantrópica o de carácter ecológico que puedan defender quienes están vinculados al mundo de la transgenia, no son más que estrategias comerciales para maximizar la venta en el mercado, no de aquellos organismos transgénicos que puedan tener cierto interés universal, sino los que producen beneficios a las empresas que los comercializan (1).

La perspectiva antropológica.

Las consecuencias de esta manera de introducir los organismos transgénicos en los circuitos agrícolas y alimenticios no alcanzan sólo a lo estrictamente ecológico, sino que pueden apreciarse también en los modelos de organización social y de legitimación de las estructuras de dominación.

No puede dejar de tenerse en cuenta que el mantenimiento de la biodiversidad es una garantía de supervivencia del grupo humano y de su ecosistema, y que la interacción de aquél con animales y plantas forma parte de un círculo que se retroalimenta de manera continuada y que se halla en permanente cambio: la selección de lo que transforma y se domestica ha estado tradicionalmente en manos de los grupos humanos locales en función de los procesos propios de información, comunicación y toma de decisiones.

Por este motivo es importante señalar que la introducción de organismos transgénicos, más allá del discurso de “conservación de lo tradicional”, tiene consecuencias para millones de personas que dependen del cultivo de variedades locales para su supervivencia, y que ven como las decisiones fundamentales para su adaptación al entorno son tomadas en centros políticos y económicos ajenos y lejanos, perdiendo capacidad de innovación y decisión. Si la modificación genética no responde a un experimento de adaptación local y ha de hacerse con tecnología avanzada en un laboratorio, ¿quién se beneficia del proceso?

Por otro lado, en lo referente a los y las consumidoras, es importante tener en cuenta el alcance de su libertad de decisión, que sólo está garantizada mediante las normas que obligan -al menos en la Unión Europea- a etiquetar cualquier producto que contenga más del 0,9% (2) de sustancias derivadas de organismos transgénicos. En este caso la cuestión más acuciante es que la creciente implantación de los organismos transgénicos y la “contaminación genética” de las explotaciones agrarias y ganaderas y de la naturaleza silvestre van a hacer muy difícil, si no imposible, el acceso a productos y recursos no transgénicos, reduciendo toda posibilidad de decisión sólo a unos u otros productos derivados de transgénicos, sin posibilidad práctica de elegir productos “libres de transgénicos”.

Conclusiones.

El debate sobre los transgénicos es un debate que trasciende cualquier criterio medioambiental y que está manipulado por los grupos de interés relacionados con la producción y distribución de productos transgénicos.

Un posicionamiento coherente en este debate exige profundizar en cuestiones como el equilibrio de la biodiversidad en el planeta y la supervivencia de nuestra especie en escenarios “transgénicos” futuros. Tampoco puede dejarse de lado la cuestión de la legitimidad de los principios y las actividades de las grandes multinacionales vinculadas a la transgenia y con capacidad (fuerza y recursos) para incidir en los organismos de decisión políticos y económicos; organismos que, dicho sea de paso, también pueden ver mermada su legitimidad.

En cualquier caso, parece fundamental poner encima de la mesa la reivindicación de la soberanía de los pueblos y las personas sobre sus territorios, sus recursos y sobre su alimentación.

Referencias.
  • Grupo ETC (2008): ¿De quién es la naturaleza? El poder corporativo y la frontera final en la mercantilización de la vida. Grupo ETC. Ottawa.
  • Koons García, Deborah (2004): ¿Qué hay de comer? (The future of food). Roco Films International. Sausalito.
  • Latouche, Serge (2009): La apuesta por el decrecimiento. Icaria. Barcelona.
  • Lazos Chavero, Elena (2008): La invención de los transgénicos: ¿nuevas relaciones entre naturaleza y cultura? UNAM. México.
  • Ortuño Sánchez, Manuel Francisco (2005): La cara oculta de alimentos y cosméticos. Aiyana. Murcia.
Notas.

(1): Aunque pueda parecer que esta afirmación no está suficientemente fundamentada, es imprescindible tener en cuenta que la UE es uno de los principales mercados del globo y que Monsanto es la primera empresa mundial de semillas y la quinta de agroquímicos.

(2): La razón de ese límite es que se parte del principio de que todos los alimentos están expuestos, al menos en esa cantidad, a los organismos transgénicos.

El decrecimiento ha de ser anticapitalista y organizarse de abajo arriba

Enric Llopis - Rebelión

En 1978 nace Aviat, la primera asociación ecologista de la ciudad de Valencia. Julio García Camarero –ingeniero técnico forestal y doctor en Geografía- es uno de sus fundadores. Tres décadas después, dedica buena parte de su tiempo a divulgar una idea en la que cree firmemente: el decrecimiento. Lo hace mediante charlas y conferencias, y con una trilogía de libros de la que ya ha publicado dos (“El crecimiento mata y genera crisis Terminal” (2009) y “El decrecimiento feliz y el desarrollo humano” (2010), ambos editados por “Los libros de la Catarata”) y trabaja en un tercero: “El crecimiento mesurado y el desarrollo humano del sur”. García Camarero defiende un decrecimiento compatible con el marxismo, construido de manera horizontal y abiertamente anticapitalista.

¿Qué novedades plantea el decrecimiento respecto al ecologismo tradicional?


Pienso que el fundamento del ecologismo es, en términos generales, observar y denunciar los males que se producen sobre la naturaleza, pero sin detenerse demasiado en considerar las causas, esto es, la explotación del hombre por el hombre, lo que lleva implícito además la explotación de la naturaleza por el hombre. Por esta razón, porque incluye estas premisas, el marxismo me ha interesado siempre. El ecologismo ha criticado muchas veces al marxismo por excesivamente obrerista y productivista, en ocasiones con razón. Pero personalmente defiendo un decrecimiento conectado con el marxismo, que elimine la explotación del hombre por el hombre, el trabajo enajenado, el consumismo y el productivismo. Estas ideas pueden encontrarse en el pensamiento de Marx.

Apuesta por un decrecimiento compatible con el marxismo. ¿También con la socialdemocracia y sindicatos al estilo de CCOO y UGT?

Decrecimiento y socialdemocracia no son compatibles. La socialdemocracia propende al productivismo. En cuanto a los sindicatos, podrían realizar una gran labor para implantar las ideas decrecentistas, pero siempre unos sindicatos que actúen de modo diferente a cómo lo hacen CCOO y UGT. Opino que, en lugar de reivindicar incrementos salariales para aumentar el consumo, deberían apostar por una reducción de la jornada laboral, con el horizonte de que el trabajo se convierta en actividad voluntaria y creativa. Que tenga como fin la realización personal y la calidad de vida de las personas. Valdrían los sindicatos que defendieran estos principios.

Algunas objeciones al decrecimiento. Hay quien subraya que no critica de manera suficiente la propiedad privada de los medios de producción

Es cierto que hay corrientes anglosajonas que ponen el acento en la retirada al campo o a los pueblos, e incluso subrayan vías místicas. Pero una parte significativa de autores sí que realizan esta crítica a la propiedad privada de los medios de producción. La denuncia está implícita cuando se señala que, como mínimo, el 50% de lo que consumimos son pseudonecesidades, dictadas en buena medida por las modas. Y también cuando se critica la obsolescencia programada, es decir, la producción de objetos perecederos a corto plazo con el fin único de que la maquinaria capitalista no deje de funcionar.

También puede objetarse que el decrecimiento puede postularse en los países ricos (en los que hay crecimiento económico) pero no en la periferia del sistema.

Trabajo en estos momentos en un libro que lleva por título “El crecimiento mesurado”. Este sería el concepto idóneo que, en mi opinión, debería aplicarse en los países del sur. Un crecimiento que garantice unos mínimos de calidad de vida sin cometer los mismos errores que en occidente. Se materializaría en centros de enseñanza, hospitales y todas aquellas infraestructuras que sienten las bases para un desarrollo humano.

En uno de sus libros ha abogado por un “decrecimiento feliz”. ¿Sobre qué premisas?

En primer lugar, formulo una distinción entre dos tipos de decrecimiento, que califico como “feliz” e “infeliz”. Este último es el que vemos hoy, con los recortes en sanidad, educación y pensiones en el contexto de la actual crisis. Por el contrario, el decrecimiento “feliz” pretende superar la insatisfacción que genera el consumismo y se vincula además al desarrollo humano. Esta idea no es mía, la desarrolla Manfred Max Neef en el libro “El desarrollo a escala humana”. Este autor explica básicamente que la felicidad consiste en satisfacer las necesidades básicas del ser humano, y distingue 9: afecto, subsistencia, protección, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad.

Un concepto clave para las teorías del decrecimiento es la “huella ecológica”

En efecto. Es el cociente de la división entre la superficie productiva del planeta y el número de personas que lo habitan. El resultado es 1,8 hectáreas por persona. O, lo que es lo mismo, la “huella ecológica” por persona que es capaz de soportar el planeta. Si se supera, se produce un deterioro grave de la naturaleza. Y actualmente la media es de 2,2 hectáreas por persona. Ahora bien, la “huella ecológica” no se distribuye de manera homogénea: la de un ciudadano medio de Estados Unidos es de 5 hectáreas; la de un español, 3 hectáreas; y la de un indio, 0,8 hectáreas. En conclusión, hay quien no ha llegado al límite mientras otros lo superan.

En el actual contexto de crisis, desde la izquierda suele pedirse un keynesianismo basado en aumentar la demanda. ¿Cómo pueden abrirse paso las ideas decrecentistas?

Opino que hay que dar pasos explicándole a la gente la imposibilidad del crecimiento económico por tres razones. Primero, por la huella ecológica, que ya desborda la capacidad del planeta. En segundo lugar, sabemos –por la aplicación del principio de la entropía- que en todo proceso de producción de energía se da un residuo energético, que no es posible reciclar. Y, por último, resulta una auténtica quimera aspirar a un crecimiento ilimitado a partir de recursos limitados.

¿Es posible una sociedad basada globalmente en el decrecimiento o esta idea se plasmaría más bien en núcleos locales o pequeños grupos autogestionarios?

El decrecimiento es totalmente incompatible con el autoritarismo. Ha de construirse, por tanto, de abajo arriba. Es más, se trata de un movimiento de democracia participativa y de acciones horizontales, que pueden ser muy diversas. Como leí una vez que decían unos indígenas de América, “gente pequeña haciendo cosas pequeñas en lugares pequeños pueden cambiar el mundo”. Sin duda, es una reflexión muy sabia.

En tus conferencias insistes en un punto: no se trata de ir contra el consumo, sino contra el consumismo

En efecto. En la década de los 60, por influencia del mayo francés, se formula una crítica radical a la sociedad de consumo, de la que muchos somos herederos. Pero más que contra el consumo, contra lo que hay que luchar es contra el consumismo. Consumir es sano e indispensable, incluso productos sofisticados. Y esto hay decrecentistas que no lo tienen claro. Aspiran sólo a una vida retirada en el campo. En mi opinión, hemos de rescatar el concepto del “vivir bien”, arraigado en las culturas andinas. Y para ello es necesario consumir, eso sí, sin incurrir en el despilfarro ni el derroche.

En tanto se hace camino, ¿Qué iniciativas podrían apuntar en la dirección del decrecimiento?

Hay multitud de pequeñas cosas que pueden ir haciéndose. Por ejemplo, fomentar el trueque, las cooperativas de consumo, huertos urbanos, bancos del tiempo. Iniciativas concretas que permitan huir del dinero y, lo que resulta esencial, salirse del capitalismo. No puede haber decrecimiento sin salirse del capitalismo. Y, para ello, insisto, hemos de abandonar el consumo de pseudonecesidades.