Un mundo lleno

La humanidad que durante milenios vivió dentro de lo que en términos ecológicos puede describirse como un ‘mundo vacío’, ha pasado a vivir en un ‘mundo lleno. Habitamos hoy un planeta dominado por el ser humano. La humanidad extrae recursos de las fuentes de la biosfera y deposita residuos y contaminación en un sumidero. Pero el crecimiento en el uso de recursos naturales y funciones de los ecosistemas está alterando la Tierra globalmente, has llegar incluso a trastocar los grandes ciclos biogeoquímcos del planeta como la circulación del Nitrógeno o el almacenamiento del carbono en la atmósfera.


Casi la mitad de la superficie terrestre ha sido ya transformada por la acción humana. La humanidad utiliza más de la mitad de el agua dulce accesible en la superficie del planeta. Nuestra demanda sobre la biosfera supera ya su capacidad regenerativa.

La consecuencia más importante de la finitud del planeta es la estrecha interdependencia humana: las decisiones de cada persona o colectividad tienen consecuencias sobre todos los demás habitantes. El espacio ambiental es limitado. Ya no existen otros lugares, el mundo se ha quedado sin alrededores, sin márgenes, sin afueras, sin extrarradios. Lo global lo contiene todo.

La interdependencia es la cruda realidad de la que depende la supervivencia de la especie humana. En un mundo lleno nos enfrentamos a la inaplazable necesidad de reinventar lo colectivo. Un nuevo valor surge: la autolimitación.

Para saber más: ¿Cómo cambiar hacia sociedades sostenibles?. Reflexiones sobre biomímesis y autolimitación. Jorge Riechmann.

Tenemos reloj y nos falta tiempo

Los primeros relojes mecánicos – en el siglo XIII- eran de una sola aguja, sólo tenían la manecilla de las horas. La manecilla de los minutos se añade en el siglo XVI, y la de los segundos en el siglo XVIII. Desde que aparece la medición exacta del tiempo, las horas y los segundos medidos con precisión se convierten en algo que se puede comprar y vender: el tiempo puede ser mercantilizado.

Nuestros relojes no sólo nos miden el tiempo, también fabrican el tiempo, y en lugar de los ritmos naturales y de los ritmos interiores de cada uno, se nos impone la regularidad artificial del monótono e interminable tictac. Hoy en día nuestras vidas se organizan según el tiempo de los relojes, y aceptamos esa servidumbre crónica, y apenas nos queda tiempo para reflexionar sobre qué es el propio tiempo y qué sentido queremos darle. El tiempo del goce amoroso, de la poesía, de la satisfacción estética, de la contemplación intelectual, del disfrute de una buena comida...

Las prisas forman parte de nuestro ritmo vital, la obsesión por la productividad, hacer más en menos tiempo, a partir de los cual nos convertimos en objetos de un mercado global, en engranajes de una maquinaria productiva que nos arroja al consumo de manera que nos transformamos en objetos de la economía.

El poder puede definirse en términos de control sobre el tiempo ajeno. El capitalismo cultural desarrolla una elaborada estrategia para secuestrar el tiempo de las personas. El tiempo para la participación política, el tiempo para el cultivo de las relaciones humanas y para el cuidado de las personas, el tiempo para el crecimiento personal, el tiempo para la vida es un tiempo necesario que nunca se tiene; sin embargo nos pasamos muchas horas al día delante de las pantallas de televisión, y muchas horas en el tajo.

Para saber más: Tiempo para la vida. Jorge Riechmann

Para saber más: La falta de tiempo. Ramiro Pinto Cañón

El archipiélago de lo informal

“Perdón, dijo Yuan Hien, ser pobre es carecer de bienes, pero ser miserable es no poder poner en práctica el propio saber. Yo soy pobre pero no miserable”.

Chang-Seu



Los náufragos del desarrollo, aquellos cuya integración no es factible en el modelo económico-productivo, no están en condiciones de comprar cualquier cosa. Se ven ‘condenados’ a hacerla. Su supervivencia depende de su maña.

Existen , multitud de agentes sociales dentro de los sectores explotados y marginados de la población, cuya ubicación dentro del entramado social no se puede realizar atendiendo a la categoría de trabajo –o actividad productiva-, sencillamente porque están al margen de ella. El desarrollo de estas actividades informales están presentes en todo el mundo: en los suburbios de las megalópolis, en las chábolas del tercer mundo, en las reservas donde sobreviven especies humanas en vías de extinción...

Existe una pluralidad de personas, en situaciones distintas, a los que el presente orden social explota, margina y reprime. Y todos ellos están atravesados por una diferencia fundamental, constituyente de la especie humana, que es la existencia de dos sexos –entre los cuales se establecen relaciones de dominación/dependencia- . Se consolidan comportamientos de género que traspasan barreras de clase, cultura, etnia...Lo cual hace que se plantee la necesidad de que la mujer, dentro de los diversos sujetos colectivos, pase a constituirse como sujeto propio.

Los vencidos por la modernidad han demostrado que la solidaridad es una forma auténtica de riqueza. Los pobres son mucho más ricos de lo que se dice y de lo que ellos mismos creen. La increíble alegría de vivir que sorprende a muchos observadores de los suburbios africanos es menos engañosa que las deprimentes evaluaciones objetivas de los aparatos estadísticos que no incluyen más que la versión occidental de la riqueza y la pobreza. Lo informal tal vez permita desarrollar una sociedad distinta desde la regeneración de los viejos lazos de reciprocidad y solidaridad.

Para saber más: El planeta de los náufragos. Serge Latouche. 1991.

Para saber más: La explosión del desorden. Ramón Fernández Durán. 1993.

Desamparados


En este ‘mundo global’ están apareciendo dos clases de gentes sin hogar. Un grupo móvil a escala mundial; el otro ha perdido incluso la movilidad en el marco de sus raíces y vive en campos de refugiados, en colonias y reservas de reasentamiento. El desplazamiento acumulativo provocado por el colonialismo, el desarrollo y el mercado global ha convertido el desamparo en una característica cultural de finales del siglo XX.

Presas, minas, centrales de energía, bases militares: éstos son los templos de la nueva religión llamada ‘desarrollo, una religión que abastece de fundamentos al Estado modernizador, sus burocracias y tecnocracias. Lo que se sacrifica en el altar de esa religión es la vida de la naturaleza y la vida de la gente. Los sacramentos del desarrollo están basados en el desmantelamiento de la sociedad y la comunidad, y en el desarraigo de pueblos y culturas.

Dondequiera que se introducen proyectos de desarrollo, arrasan la tierra y cercenan los lazos entre las personas y el suelo, el desarrollo se transforma en un ‘estado creciente de desamparo’ mediante la destrucción del ‘hogar’, un desarraigo cultural y espiritual de los pueblos de su tierra natal que permitía que la comunidad continuara reproduciendo la vida en la Naturaleza y en la sociedad de manera sostenible conservando la tierra y la ética del suelo.

“Nuestros vínculos con los ancestros son la base de nuestra sociedad y de la reproducción de nuestra sociedad. Nuestros hijos crecen jugando alrededor de las piedras que marcan los cementerios de nuestros antepasados. Aprenden las tradiciones de nuestros ancestros. Si no nos relacionamos con los antepasados, nuestras vidas pierden su razón de ser. ¿Cómo pueden compensarnos por la pérdida del sentido mismo de nuestras vidas si sepultan bajo una presa esas piedras sepulcrales?. Hablan también de rehabilitación. ¿Podrán rehabilitar jamás los lugares sagrados que han violado?.”

Surendra Biruli. Movimiento contra la presa de Suvarnarekha.

Para saber más: Ecofeminismo. María Mies y Vandana Shiva. 1993

El ecologismo de los pobres

La brutal y creciente explotación de los recursos naturales que provoca nuestro modelo económico no sólo genera una larga lista de problemas ambientales, también numerosos y graves problemas sociales.

Existe un desplazamiento de los costos ambientales del Norte hacia el Sur. Al hacer los cálculos de los flujos de materiales se observa el desplazamiento de éstos desde los países pobres hacia los ricos: el petróleo, el carbón, los minerales, alimentación... Existe un comercio ecológico desigual.

Las comunidades se defienden, muchas veces las mujeres están delante en estas luchas, hay muchas experiencias de resistencia popular e indígena contra el avance de las actividades extractivas de las empresas multinacionales. La defensa de los manglares; defendiendo los derechos territoriales ante las empresas mineras; resistiendo ante las multinacionales petroleras. Son luchas por la justicia ambiental.

Hay gente pobre que protesta porque les va la vida en ello; Ante las plantaciones de pino en Ecuador para capturar dióxido de carbono europeo (no se pueden comer los pinos, no pueden sembrar ni criar ganado); Ante la pesca industrial; ante la construcción de gaseoductos; ante la construcción de la represa en el río Narmada en la India que inundará las tierras fértiles...

En un conflicto ambiental se ven involucrados valores muy distintos: ecológicos, culturales, de subsistencia de las poblaciones, económicos. Son valores que se expresan en distintas escalas, no son conmensurables.

‘Todo necio
confunde valor y precio”

Antonio Machado.

Para saber más: El ecologismo de los pobres. Joan Martínez Alier.

El fracaso del humanitarismo


De acuerdo con el análisis elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en 50 de los países en desarrollo (eufemismo para evitar denominarlos como subdesarrollados) con una población combinada de 900 millones de personas, registraron retroceso en el camino para lograr las metas del milenio fijadas por la ONU para reducir la pobreza.

El ingreso total de los 500 individuos más ricos del mundo es superior al ingreso de los 416 millones más pobres. Más allá de estos extremos, los 2.500 millones de personas que viven con menos de dos dólares al día –y que representan el 40% de la población mundial– obtienen sólo el 5% del ingreso mundial.

En Sierra Leona, el jardín de los benefactores, en el año 2.003 había más de 400 ONG’s trabajando sobre el terreno, más de 25.000 benefactores extranjeros socorriendo de un modo u otro a la población, ¡1 extranjero para cada 180 sierraleoneses!. Las subvenciones de los distintos gobiernos, entidades y organizaciones privadas superaron de largo los 2.500 millones de dólares: ¡más de 500 dólares por habitante!.

Los impulsores de instituciones como el PNUD pueden señalar que, a pesar de todos los problemas, las cosas están mejorando. Sin embargo la verdad es que aunque algunas partes del mundo como Asia Oriental, han prosperado gracias al nuevo desarrollo capitalista, en líneas generales la ayuda al desarrollo ha sido un fracaso. El aumento de la pobreza, el expolio medioambiental y la desigualdad han venido de la mano de las organizaciones humanitarias. A pesar de todo el dinero gastado, los logros han sido escasos.

Sin embargo, cuando una doctrina tan idealista como el humanitarismo alcanza el grado de aceptación que tiene hoy en día, y lo hace en un mundo que muestra tan poca tolerancia con todo idealismo que pueda poner seriamente en cuestión el status quo, lo que hay que preguntarse es ¿a que otros propósitos sirve ese humanitarismo?.

No socorremos a las personas desdichadas porque sean congéneres de nuestra especie, lo hacemos porque nos dan lástima, porque nos horroriza ponernos en su piel y porque aliviarlos nos hace sentir mejor.

En realidad las víctimas anhelan algo más que una manta y un puñado de arroz, sueñan con escapar al ‘país de los blancos donde no existe el hambre, ni el desempleo y todos tienen un hogar. Para los humanitarios el gesto de 'la ayuda' es un acto generoso, romántico, idealista; necesitamos convertir al 'ayudado' en un ser desvalido. Las personas desfavorecidas opinan que el socorro internacional es un acto de justicia global, una obligación de los acaudalados para con ellas, una anticipo de la rapiña que sufren desde hace 500 años.

La corrupción campa a sus anchas en los países subdesarrollados; los gobernantes, los caciques políticos, los militares, los cabecillas, todos reivindican sus porcentajes sobre los tratos que realizan con los cooperantes, que los necesitan para llevar la ‘ayuda’ a los pobres. Piedras preciosas, recursos naturales, recursos energéticos... llenan los bolsillos de los que gobiernan y patrocinan las guerras y el terror.

¿Necesitan los pobres a las organizaciones humanitarias?, o bien, ¿Necesitan las multinacionales filantrópicas el negocio de la pobreza?.

Las organizaciones humanitarias se han convertido en máquinas multinacionales con grandes presupuestos, que están impregnadas por la tecnocracia, el conformismo y la lógica de la autoconservación; un negocio, que necesita atraer socios y subvenciones oficiales, para poner en el mercado un producto solidario del que existen diferentes marcas humanitarias para la manufactura y distribución de caridad. Los mayoristas de la filantropía ofrecen a su clientela un servicio completo y éticamente reconfortante: redimen el sentimiento de culpabilidad a través de un donativo económico.

El humanitarismo se cubre con un manto de inocencia, que asegura sanar al enfermo, alimentar al hambriento, cobijar al desamparado y proteger al desvalido, pero mata, es corrupto, competitivo y mezquino, financia guerras y empeora la situación de las víctimas a las que socorre; uno de los pilares donde se apoya el orden mundial liberal; al igual que sus antecesores los misioneros, socorren enfermos y quieren erradicar el sometimiento, justificando primero las invasiones y posteriormente las conquistas (Bosnia, Kosovo, Afganistán, Irak...).

La acción humanitaria no ha sido nunca la respuesta apropiada a los incontables padecimientos del mundo pobre, es siempre un símbolo del fracaso es utilizada en las relaciones internacionales al servicio de la política exterior de los estados; así después del 11 de septiembre de 2.001 se va hilvanando un nuevo ‘sistema de socorro y reconstrucción’ tras el acontecimiento de conflictos y desastres.


Para saber más. El laberinto humanitario. Médicos Sin Fronteras

Para saber más: Una cama por una noche. David Rieff

Para saber más: El espejismo humanitario. Jordi Raich

Para saber más: Informe sobre Desarrollo Humano 2006

Devorando recursos, excretando residuos

El actual modelo productivo que se impone y responde a los intereses de las élites dominantes de los países desarrollados trasciende todas las fronteras y se convierte en un sistema global; una civilización de alta tecnología devoradora de recursos materiales y energéticos que tiene como desagüe las sustancias de desecho: los residuos, que provocan graves problemas ecológicos y sociales que se acrecientan a medida que la capacidad de asimilación del propio sistema se ve desbordada.

La necesidad de un crecimiento constante -la riqueza- genera un orden económico que tiene dificultades para esconder los grandes problemas que causa: la expansión de la pobreza, la inseguridad alimentaria, guerras, invasiones, problemas de salud, los movimientos migratorios, el cambio climático, pérdida de biodiversidad, contaminación atmosférica, inseguridad química y radioactiva, contaminación de los suelos y desertificación, deforestación, urbanismo desbocado, aguas contaminadas, sequías, agotamiento de recursos pesqueros, biopiratería, ruido...

No se trata de mejorar la eficiencia energética ni de mejorar los procesos técnicos para reducir los residuos, se trata de entender que el modelo productivo es depredador de las personas y su entorno, que convierte en mercancía todo lo que toca y termina destruyendo todo lo que no se puede comprar o vender. Trascender la visión reduccionista que sitúa la resolución de problemas globales en un conjunto de opciones técnicas.

Es necesario un nuevo modelo productivo que priorice la soberanía alimentaria de los pueblos, la gestión democrática de los recursos, la reducción del transporte motorizado y sobretodo un cambio de mentalidad que contenga como paradigma fundamental la moderación; un sistema en decrecimiento.

Lo que Acciona esconde

 

Si le pedimos a alguien que nos describa el anuncio de Acciona sobre la sostenibilidad ¿Qué nos dirá?

Nos dirá si le ha gustado o no.

Nos dirá que le ha causado una sensación de desasosiego, recordará algunos detalles que le han llamado la atención, una sucesión de imágenes con distintas luces, unos jóvenes con una voz en off... el nombre de una página web.

Esto no quiere decir que la información no llegue a nuestro cerebro, sino que percibimos una serie de elementos para quedarnos con una idea global de la imagen y la mayor parte de la información nos pasa inadvertida, son sensaciones perceptivas de las que no nos hacemos conscientes.

La cantidad de información que se recibe en este anuncio es demasiado grande y el cerebro humano no puede procesarla toda. Por esto, la mayoría de los estímulos permanecen en un plano difuso y sólo se hacen conscientes aquellos que merecen nuestra atención. La percepción se selecciona en base a estímulos externos, la propia organización del mensaje audiovisual – primeros planos, intensidad de luz, ritmo...- y por una serie de estímulos internos, se percibe aquello que está más acorde con nuestros intereses, esquemas de valores, contextos socioculturales.

¿Qué nos está diciendo el anuncio que refuerza los prejuicios que ya tenemos sobre la realidad?

No paro de sudar; voy a poner el aire acondicionado. Eso, ¡carguémonos el planeta!Descarga sobre las personas que pertenecen a la sociedad del consumo todo el peso de la destrucción del planeta: te esta diciendo que eres culpable, te criminaliza, desea que te sientas culpable; en ningún momento aparecen las multinacionales, ni los grandes consorcios financieros, ni el modelo económico que permite esta barbarie: el capitalismo.

¿Qué es imprescindible?. ¿La nevera es imprescindible?
La respuesta es obvia. En realidad se trata de una pregunta retórica para confirmar una idea. En realidad la mayoría de las personas que ven este anuncio piensan que una nevera es imprescindible, pero durante miles de años el ser humano no las utilizó, y de hecho en muchos lugares del planeta no las conocen.

Olvidémonos de vivir como hasta ahora. Imagínate como sería ese mundo. Las escuelas cerrarían. Todo perdería sentido...
Y aquí viene el discurso apocalíptico. Meter miedo. No hay lugar para un estilo de vida que haga se haga compatible un mundo de baja energía y que respete los ciclos de la naturaleza.

Diríamos no a todo el progreso acumulado durante siglos
La idea de fe en el progreso perpetuo de la sociedad occidental.

Sigamos exprimiendo los recursos que nos quedan irresponsablemente
El problema: la mala utilización de los recursos. El anuncio nos pregunta ¿Qué hacemos? Luego la solución es sencilla: utilicemos adecuadamente esos recursos para salvar el planeta, pero sin renunciar al crecimiento.

El espectador contribuye activamente a culminar un proceso iniciado por quien lo ha elaborado.

El anuncio no nos dice que tenemos que decrecer, consumir menos, ir a formas de vida más sencillas, ya no digamos plantearnos otro estilo de vida u otro modelo económico.

Quién paga el anuncio es una empresa que gana mucho dinero, no le interesa un discurso alternativo, simplemente se disfraza con la retórica del ‘desarrollo sostenible’, la estética ambiental, una especie de escaparate deslumbrante diseñado para ocultar el inmenso vacío existente tras él.

Parábola sobre la democracia y el voto


Supongamos una comida de varias personas. Al terminar el banquete se vota quien despeja la mesa y limpia. Una persona es elegida. Si en cada comilona se vota a la misma persona para recoger. ¿Estamos ante una decisión democrática?.

El principito


-¡Buenos días! -dijo el principito.

-¡Buenos días! -respondió el comerciante.

Era un comerciante de píldoras perfeccionadas que quitan la sed. Se toma una por semana y ya no se sienten ganas de beber.

-¿Por qué vendes eso? -preguntó el principito.

-Porque con esto se economiza mucho tiempo. Según el cálculo hecho por los expertos, se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.

-¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?

-Lo que cada uno quiere... "

"Si yo dispusiera de cincuenta y tres minutos -pensó el principito- caminaría suavemente hacia una fuente..."

Para saber más: El Principito. Antoine de Saint-Exupery.

Energía para el mañana

"Habida cuenta de que los organismos, en general, y los hombres muy particularmente, necesitan degradar energía y materiales para mantenerse en vida, el único modo de evitar que ello redunde en un deterioro entrópico de la Tierra es articular esa degradación sobre el único flujo de energía renovable, que se recibe, el procedente del Sol y sus derivados, manteniendo un reciclaje completo de los ciclos de materiales, tal y como ha ejemplificado ese fenómeno tan particular de la fotosíntesis que permitió el desarrollo de la biosfera y de la especie humana.

En efecto, las plantas verdes utilizan la energía irradiada por el Sol para complicar la estructura de materiales ya existentes, convirtiendo, pudiéramos decir, aquella energía luminosa en energía de enlace de sistemas más complejos.

Tres hechos hacen especialmente interesante y ejemplar desde el ángulo de la gestión de recurso la transformación de materiales y energía que se opera en el caso de la fotosíntesis.

Uno es que la energía necesaria para añadir complejidad a los enlaces que ligan a los elementos disponibles procede de una fuente que a escala humana puede considerarse inagotable, asegurando así la continuidad del proceso. A la vez, tal utilización no supone un aumento adicional de la entropía en la Tierra, sino la desviación hacia los circuitos de la vida de una energía que de todas maneras iba a degradarse.

Otro, no menos importante, es que los convertidores que permiten la transformación de la energía solar en energía de enlace - las plantas verdes - se reproducen utilizando para ello esa misma fuente renovable, sin necesidad de recurrir a energías derivadas de desorganizar los stocks de materiales existentes en la Tierra y originar problemas de contaminación.

El tercero es que los desechos vegetales, tras un proceso de descomposición natural, se convierten en recursos fuente de fertilidad, al incorporarse al suelo en forma de humus, cerrándose así el ciclo de materiales vinculado al proceso."

Extracto del capítulo de Energía, materia y entropía escrito por José Manuel Naredo en un libro llamado "Energía para el mañana" que recoge ponencias de la Conferencia Energía y equidad para un mundo sostenible organizada por AEDENAT en 1992.