Decrecimiento: el fin de la división de la riqueza mundial

Riccardo Mastini - El Salto
 
Traducción de Isabel Pozas González

A día de hoy, unos 4.300 millones de personas —más del 60% de la población mundial— viven en una obreza debilitadora y luchan para sobrevivir con menos del equivalente a cinco dólares diarios —que es la media del umbral de la pobreza nacional en el hemisferio sur—. La mitad no tiene acceso a suficientes alimentos.

Y estos números han crecido sin parar durante las pasadas décadas.
Jason Hickel, un profesor de antropología experto en desarrollo global, empieza con estos datos su controvertido libro, The Divide:A Brief Guide to Global Inequality and Its Solutions (La división: una guía breve sobre la desigualdad social y sus soluciones), en el que desmiente meticulosamente y de una manera convincente el discurso de la ONU y de personas como Bill Gates y Steven Pinker. De hecho, aunque las buenas noticias nos llevan a creer que la pobreza en el mundo ha disminuido, la realidad es que los únicos lugares en los que lo ha hecho son China y el este de Asia. Y esos son algunos de los lugares del mundo en los que el Banco Mundial y el FMI no han impuesto el capitalismo de libre mercado, lo que permite a esos gobiernos dedicarse a políticas de desarrollo dirigidas desde el Estado y liberalizar sus economías gradualmente y bajo sus condiciones. 

Las agencias de desarrollo, organizaciones no gubernamentales y los gobiernos más poderosos del mundo alegan que la mala situación de los países pobres es un problema técnico que se puede solucionar acogiendo las instituciones y las políticas económicas correctas, trabajando duro y aceptando algunas ayudas. Como escribe Hickel: “Es una historia que nos resulta familiar y nos reconforta. Es la historia que todos, en un momento u otro, hemos creído y apoyado. Mantiene una industria de miles de millones de dólares y una multitud de ONG, organizaciones benéficas y fundaciones que luchan por acabar con la pobreza gracias a las ayudas y a la caridad”. Pero va contra el discurso que apunta Hickel. 

Favela de Rocinha, Río de Janerio Álvaro Minguito

El cambio de la desigualdad económica a lo largo de los siglos

El principal argumento que presenta en su libro es que el discurso de la ayuda desvía nuestra atención y no vemos la situación general. Oculta los patrones de extracción que causan de forma activa el empobrecimiento del hemisferio sur a día de hoy e impiden de forma activa un desarrollo significativo. “El paradigma de la caridad esconde los asuntos reales que están en juego: hace que parezca que Occidente ‘desarrolla’ al hemisferio sur, cuando lo cierto es que es todo lo contrario. Los países ricos no desarrollan a los países pobres; en realidad, son los países pobres los que desarrollan a los ricos, y esto viene siendo así desde el siglo XV”, defiende Hickel. 

En este libro se expone que el subdesarrollo del hemisferio sur no es una condición natural, sino una consecuencia resultante de la forma en que las potencias occidentales han organizado el sistema económico mundial. 

No es que los 128.000 millones de dólares en ayudas que Occidente da al hemisferio sur cada año no existan, sí que existen. Pero si ampliamos las miras y lo analizamos en contexto, vemos que los recursos financieros que se mueven en la dirección opuesta los superan con creces. 

Si hacemos un recuento de todos los recursos financieros que se transfieren al año entre países ricos y pobres, nos encontramos con que en 2012, el último año del que tenemos datos registrados, los países en vías de desarrollo recibieron algo más de dos billones de dólares, incluidas ayudas, inversión y rentas del extranjero. Pero durante ese mismo año, de esos países salió más del doble de esa cantidad, unos cinco billones de dólares. Dicho de otro modo, los países en vías de desarrollo 'enviaron' tres billones más al resto del mundo de los que recibieron. 

¿En concepto de qué se producen esas salidas de dinero tan grandes del hemisferio sur? “Parte es para pagos de deuda. Hoy por hoy, los países pobres pagan más de 200.000 millones de dólares solo en intereses a los acreedores extranjeros, gran parte pertenecientes a préstamos antiguos que ya se han amortizado muchas veces, algunos por préstamos acumulados por dictadores avariciosos”, afirma Hickel. Otro factor que contribuye de un modo importante es la renta que los extranjeros obtienen de sus inversiones en los países en vías de desarrollo y que, luego, se llevan a sus países. Solo hay que pensar, por ejemplo, en todos los rendimientos que Shell extrae de las reservas de petróleo de Nigeria o que Anglo American saca de las minas de oro de Sudáfrica.

Pero, con mucho, la proporción más grande de ese dinero que sale tiene que ver con la fuga de capitales. Una gran parte de esta fuga se produce a través de 'pérdidas' en el balance de pagos entre países. Otra, a través de una práctica ilegal que se conoce como 'facturación comercial falsa'. Básicamente, las corporaciones declaran precios falsos en sus facturas comerciales para sacar dinero de manera clandestina de los países en vías de desarrollo y se lo llevan a paraísos fiscales y jurisdicciones que aplican el secreto fiscal. Una cantidad igualmente grande sale cada año a través de 'precios de transferencia abusivos', un mecanismo que usan las empresas multinacionales para robar dinero a los países en vías de desarrollo que consiste en traspasar beneficios ilegalmente entre sus propias empresas subsidiarias en diferentes países. Pero, quizás, la pérdida de dinero más significativa tenga que ver con la explotación a través del comercio. 

Desde los comienzos del colonialismo, pasando por la globalización, el principal objetivo del norte ha sido hacer que bajen los costes de la mano de obra y los productos traídos del sur. En el pasado, las potencias colonialistas podían imponer las condiciones directamente a sus colonias. Hoy, aunque el comercio es 'libre' en sentido estricto, los países ricos pueden imponer su ley porque tienen un poder mucho mayor a la hora de negociar.

Además de esto, los acuerdos comerciales a menudo evitan que los países pobres protejan a sus trabajadores de la misma forma que lo hacen los países ricos con los suyos. Y como las corporaciones multinacionales ahora tienen capacidad para explorar el planeta en busca de la mano de obra y los productos más baratos, los países pobres se ven forzados a competir para abaratar los costes. El resultado es que hay una brecha profunda entre el 'valor real' de la mano de obra y los productos que los países pobres venden y los precios que, en realidad, se pagan por ellos. Es lo que los economistas llaman 'intercambio desigual'. 

Desde los años ochenta, los países occidentales han utilizado su poder como acreedores para imponer políticas económicas y mercantiles y endeudar a los países del sur, y los han gobernado eficazmente a distancia, sin necesidad de intervenciones sangrientas. “Mediante el apalancamiento de la deuda —defiende Hickel— impusieron ‘programas de ajustes estructurales’ que han revertido todas las reformas económicas que los países del hemisferio sur habían decretado laboriosamente en las dos décadas anteriores. En el proceso, Occidente ha llegado tan lejos como para vetar las tan proteccionistas políticas keynesianas que había utilizado para su propio desarrollo, con lo que ha derribado de un puntapié de un modo muy efectivo la escalera hacia el éxito”.

Decrecimiento para sustentos sostenibles y justos

Luego Hickel sopesa cómo —si cambiaran ese comercio y esas prácticas de negocios injustas— los países pobres podrían abordar de verdad el desarrollo de sus economías siguiendo el mismo camino que acogió el hemisferio norte durante los dos últimos siglos. Hace referencia a un estudio del economista David Woodward en el que expone que, dado el existente modelo económico, no se puede erradicar la pobreza. No es que lo probable sea que no suceda, sino que, físicamente, es imposible. Es una imposibilidad estructural. 

Explica que: “Ahora, la principal estrategia para acabar con la pobreza es aumentar el crecimiento del PIB mundial. La idea es que el rédito de crecimiento se va a ir filtrando poco a poco y va a mejorar la vida de las personas más pobres del mundo. Pero todos los datos que tenemos nos muestran con total claridad que el crecimiento del PIB en realidad no beneficia a los pobres. Mientras que el PIB per capita mundial ha crecido el 65% desde 1990, el número de personas que viven con menos de cinco dólares al día se ha incrementado en más de 370 millones. ¿Por qué el crecimiento no ayuda a reducir la pobreza? Porque el rédito del crecimiento está distribuido de un modo muy desigual. El 60% más pobre de la humanidad recibe solo el 5% de todos los nuevos ingresos que genera el crecimiento mundial. El otro 95% de esos nuevos ingresos va al 40% más rico. Y eso en las mejores condiciones posibles”. 

Dado este coeficiente de distribución, Woodward calcula que, a 1,25 dólares diarios, se tardará más de 100 años en erradicar la pobreza absoluta. Al nivel más preciso de cinco dólares al día, erradicar la pobreza llevará 207 años. Para erradicar la pobreza a cinco dólares al día, el PIB mundial tendría que incrementar 175 veces su volumen actual. Dicho de otro modo, tenemos que extraer, producir y consumir 175 veces más productos básicos que ahora. Merece la pena pararse por un segundo a pensar en lo qué significa esto. Aunque un crecimiento tan raro fuera posible, las consecuencias serían desastrosas. Agotaríamos rápidamente los ecosistemas del planeta, destrozaríamos los bosques, los campos y, lo que es más importante, el clima. 

Según los datos recopilados por los investigadores del Global Footprint Network en Oakland, nuestro planeta solo tiene capacidad ecológica para que cada uno de nosotros consumamos 1,8 hectáreas mundiales al año, una unidad estándar que considera el uso de recursos, residuos, contaminación y emisiones. Todo lo que sobrepase esa cantidad supone un grado de consumo de recursos que la Tierra no puede reponer o unos residuos que no puede absorber; dicho de otro modo, nos encierra en un camino de degradación progresiva. Esas 1,8 hectáreas mundiales son las que, aproximadamente, consume una persona normal en Ghana o Guatemala. 

En cambio, los europeos consumen 4,7 hectáreas globales por persona, mientras que en los Estados Unidos y en Canadá, una persona normal consume ocho, muchas veces más del porcentaje equitativo que le corresponde. Para que nos hagamos una idea de lo extremo de este exceso de consumo: si todos viviéramos como el ciudadano normal de un país de altos ingresos normal, necesitaríamos la capacidad ecológica equivalente a 3,4 planetas Tierra. Hickel lo desarrolla: “Los científicos nos dicen que incluso con los niveles actuales de consumo global ya estamos excediendo la capacidad ecológica del planeta en un 60% anual. Y todo esto únicamente con nuestros niveles actuales de actividad económica global (con los niveles actuales de consumo en los países ricos y pobres). Si los países pobres incrementaran su consumo, cosa que tendrán que hacer en cierta medida para erradicar la pobreza, solo nos empujarían aún más al desastre. A menos que los países ricos empezaran a consumir menos”. 

Si queremos tener la oportunidad de mantenernos en el umbral de los 2ºC, que el Acuerdo de París para el cambio climático establece como límite absoluto, no podemos emitir más de otros 805 gigatones de CO2 a nivel mundial. Entonces, aceptemos que los países pobres van a tener que utilizar una parte del presupuesto de carbono para hacer crecer sus ingresos lo suficiente como para erradicar la pobreza; después de todo, sabemos que el desarrollo humano de los países pobres necesita un incremento en las emisiones, al menos hasta un punto relativamente bajo. Este principio ya se ha aceptado ampliamente en los acuerdos internacionales, que reconocen que todos los países tienen una “responsabilidad común, pero diferenciada” de reducir emisiones.

Ya que los países pobres no han contribuido mucho a las emisiones históricas, tienen derecho a usar una parte mayor del presupuesto de carbono que los países ricos, al menos lo suficiente como para satisfacer los objetivos básicos de desarrollo. Esto significa que los países ricos tienen que averiguar cómo arreglárselas con la parte que quede del presupuesto. 

El profesor Kevin Anderson, uno de los destacados científicos británicos del clima, ha estado ideando situaciones potenciales para hacer que funcione. Si queremos tener una posibilidad del 50% de permanecer bajo esos 2ºC, básicamente, solo hay una forma factible de hacerlo, suponiendo, por supuesto, que las tecnologías de emisiones negativas no sean una opción real. En este escenario, los países pobres pueden seguir haciendo crecer sus economías al ritmo actual hasta 2025 utilizando una parte desproporcionada del presupuesto de carbono mundial. No es mucho tiempo, así que esta estrategia solo funcionará para erradicar la pobreza si los beneficios del crecimiento se distribuyen sobre todo a favor de los pobres. 

Como escribe Hickel: “La única forma que los países ricos tienen de mantenerse dentro de lo que queda de presupuesto de carbono es recortar las emisiones de una manera muy agresiva, alrededor del 10% anual. Las mejoras en eficiencia y en tecnologías de energía limpia contribuirán a reducir las emisiones en, a lo sumo, el 4% anual, lo cual es parte de la solución. Pero para abarcar el resto, los países ricos van a tener que reducir la producción y el consumo en un 6% anual. Y los países pobres van a tener que hacer lo mismo después de 2025, reduciendo la actividad económica en un 3% anual”. Esta estrategia de reducción de la producción y el consumo de un país se llama 'decrecimiento'. 

Hickel describe esta idea visionaria de la siguiente manera: “Lo único que significa es aflojar la intensidad de nuestra economía cortando los excesos de los muy ricos, compartiendo lo que tenemos en vez de estar saqueando la Tierra para conseguir más y liberándonos a nosotros mismos del consumismo frenético que todos sabemos que no hace nada para mejorar nuestro bienestar o nuestra felicidad”. Y desde que se publicó el libro en 2017, Hickel ha seguido desarrollando una postura cada vez más clara sobre la manera de conseguir que tales cambios tengan lugar. 

Recientemente se han publicado condensadas en un intercambio fascinante de blogs que hizo con Branko Milanović, otro experto en desarrollo mundial, sus reflexiones sobre el decrecimiento. Pero Milanović aún sostiene que el crecimiento económico debería estar en el centro de la erradicación de la pobreza. Parafraseando un pasaje del Doughnut Economics de Kate Raworth, podemos resumir la postura de Milanović del siguiente modo: “El crecimiento económico sigue siendo necesario, por lo que debe ser posible”, mientras que Hickel dice que “el crecimiento económico ya no es posible, por lo que no puede ser necesario”. Yo apoyo esta última, simplemente porque las leyes de la física superan a las leyes económicas. 

Desde esta perspectiva, quizá deberíamos considerar a países como Costa Rica no como subdesarrollados, sino más bien como desarrollados de un modo adecuado. Deberíamos mirar a las sociedades en las que la gente vive más y es más feliz con bajos niveles de ingresos y consumo no como zonas estancadas que necesitan desarrollarse siguiendo el modelo occidental, sino como ejemplos de vida eficiente. Y empezar a pedir a los países ricos que recorten su consumo excesivo. 

Riccardo Mastini es estudiante de doctorado en el Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de la Universidad de Barcelona. Su investigación académica y obra se centran en los conceptos de decrecimiento y de economía de estado estacionario.

Entrevista a Federico de María: decrecimiento

Martha Soriano - Iberoamerica social

Federico Demaria es un economista ecológico que trabaja en el ICTA (Instituto de Ciencia y Tecnología Ambiental) de la Universidad Autónoma de Barcelona. Ha enfocado sus nodos de investigación en conflictos socio-ecológicos desde la ecología política y la economía ecológica, específicamente sobre la política de desechos en la India. Forma parte del proyecto de investigación global de justicia ambiental ENVJustice. Desde el 2006 se vinculó al movimiento por el decrecimiento, por lo que co-fundo la asociación académica Research & Degrowth (R&D) para promover y difundir actividades, cursos y debates en torno al decrecimiento. El equipo de Iberoamérica Social, le agradece su amable disposición para realizar esta entrevista en el marco de la Primera Conferencia Norte-Sur sobre decrecimiento, que se llevó a cabo en la Ciudad de México.

Primera Conferencia Norte-Sur sobre decrecimiento

Iberoamérica Social: ¿Qué es el decrecimiento?, ¿cuáles son sus principales premisas?, ¿cómo y por qué surge?

Federico Demaria: Hay dos respuestas posibles. Una es una definición de qué es lo que queremos decir por decrecimiento, entonces queremos decir vivir bien con menos. Es un proyecto político de reestructuración de nuestra sociedad para alcanzar la equidad social, la sostenibilidad y el bienestar de las personas. Nosotros lo pensamos cómo reducción de consumo y producción, pero que esta producción sea, obviamente, equitativa y democrática. También se da que ponemos mucho énfasis en que no solamente es menos, pero también es diferente. Por ejemplo, no queremos sólo que el PIB baje, no, queremos una economía, una sociedad diferente, queremos relaciones sociales y de género diferentes. La otra manera de entender la pregunta, qué es el decrecimiento, es si es un slogan, un movimiento social, una ideología. Mi posición es que es una idea que nace en los años 70 en debates alrededor de límites al crecimiento, se fortalece luego de las críticas a la idea del desarrollo y finalmente se lanza alrededor del año 2000 como un slogan provocatorio y de ahí surge como un concepto, debatido también dentro de la academia, en diferentes idiomas. Luego también como marco de referencia de un nuevo movimiento social que está surgiendo, donde gente involucrada en activismo, en oposición a conflictos ambientales, etcétera, ven el decrecimiento como un concepto horizonte, como una alternativa de cuál es nuestra propuesta, qué es lo que queremos.

IS: Diversos autores han llamado estos tiempos como crisis multidimensional, o civilizatoria damos cuenta que el capitalismo se rearticula, buscando maneras de reciclarse. En este sentido podrías comentarnos ¿qué papel juega la idea del desarrollo sostenible? Nos puedes mencionar algunos ejemplos sobre esta simulación de sustentabilidad, por ejemplo, los mercados de carbono, agricultura climáticamente inteligente, geoingeniería, es decir, se van creando nuevos nichos de mercado que realmente no cuestionan las bases del sistema.

FD: Cada uno tiene una interpretación diferente y puede matizar de forma diferente, pero creo que es bastante claro que en los años 70 hay un cuestionamiento muy fuerte, ya desde el punto de vista ambiental, al capitalismo donde la cuestión se ve muy clara. Los ricos, las clases más ricas consumen demasiado y esto está creando un problema. No voy entrar ahora en el detalle, pero si seguimos las Conferencias Internacionales de Medio Ambiente promocionadas por Naciones Unidas, se ve que en un momento la agenda ambiental está cuestionando al sistema capitalista de una forma muy fuerte, y como se vuelve una amenaza hay una respuesta institucional desde el mainstream a este cuestionamiento. La respuesta es muy clara, es el desarrollo sostenible, es por ejemplo la idea de que los impactos ambientales no son debido a los ricos, sino debido a los pobres, como son pobres explotan más el medio ambiente y, por lo tanto, crean un impacto mayor en el medio ambiente. Otro ejemplo, situándonos en el cambio de agenda que hay de los años 70 a los 80, en los 70 se decía necesitamos políticas a nivel estatal y global, y decir, en los años 80 con el paradigma del desarrollo sostenible, que necesitamos políticas a nivel local y municipal, que las empresas tienen que hacer acciones voluntarias y focalizarlo en términos individuales, entonces empezamos a decir que tenemos que reciclar en casa, consumir menos, etcétera, esta muy bien, pero eso no es suficiente. La Agenda 21, que es el gran resultado en términos de propuestas de acción de las Conferencias Internacionales, pone el énfasis en la acción municipal, justamente el nivel político que normalmente tiene menos competencias, menos dinero, y no tiene tanto margen de acción. El desarrollo sostenible ha sido una gran operación y podríamos preguntar después de 20 años ¿el desarrollo sostenible ha sido un éxito o un fracaso? Bueno, depende como siempre para quién. Para los que querían incorporar las críticas radicales a los límites del crecimiento y darle la vuelta, yo creo que ha sido un gran éxito. Para los que creían, de forma genuina en la necesidad de un cambio social y ecológico, el desarrollo sostenible ha sido un fracaso rotundo, porque podemos mirar en indicadores ambientales de los años ochenta a hoy y no han mejorado nada, aparte de una excepción, que es, por ejemplo, el plomo en las ciudades porque hemos cambiado la gasolina, pero en general las tendencias van a peor. Entonces hoy en día hay una paradoja, donde de un lado sabemos la seriedad de la crisis que vivimos, que ya se vive, que ya viven las personas y que viene, pero enfoquémonos en la que ya estamos viviendo, y del otro, está nuestra impotencia de no saber exactamente qué hacer. Yo creo que, a nivel psicológico y personal, es muy difícil de asumir, conozco a varias personas que en el momento que empiezan a leer y se enteran del cenit del petróleo tienen depresiones personales. A veces, personalmente, aunque sé la gravedad de la situación, de alguna forma debo tener unas dinámicas psicológicas que me aparten de esto y me hagan enfocar sólo en pequeñas cosas, para que yo pueda sostener mi día a día. Lo que quería hacer hoy en la conferencia, era elaborar una evaluación de estos diez años, no para decir, mira lo bien que lo hemos hecho, sino para decir mira lo bien que lo hemos hecho, pero no es suficiente ¿qué más podemos hacer? ¿qué es lo que queremos hacer y cuáles van a ser nuestras estrategias, nuestras alianzas y nuestras prioridades?

IS: En algunos escritos señalas que es necesario repolitizar la sostenibilidad ¿por qué es necesario?

Federico Demaria 
FD: Creo mucho en esto porque no me gusta nada el enfoque que dice que todos estamos en el mismo barco, eso me parece un error. Algunos lo dicen de forma genuina y algunos no tanto, porque creo que eso es invisibilizar responsabilidades históricas que son diferentes. Esto es por ejemplo, qué se ha hecho en las negociaciones para los protocolos del cambio climático, Estados Unidos y los países ricos nunca han querido reconocer su responsabilidad histórica. Hoy en día se dice, es que China emite más que Estados Unidos, sí actualmente, pero si miramos la responsabilidad histórica es toda de los países industrializados, entonces esto cambia los términos de la negociación. Yo creo que la repolitización es importante en el momento en que vamos a hacer preguntas radicales, es decir, que van a las raíces, que son, en la diagnosis, ¿cuáles son los problemas principales y quién es responsable? Y en segundo lugar pasamos de la diagnosis a la acción, a la prognosis, ¿qué es lo que vamos a hacer?, ¿quién lo va a hacer y cómo lo vamos a hacer? Cuando hacemos estas preguntas entramos en la política, es decir, estamos en lo político en el sentido que entramos en las desigualdades, porque obviamente los impactos ambientales no son distribuidos de forma igual. Entonces, lo que me pone más nervioso, a nivel personal, yo nunca he sido ambientalista, digamos conservacionista, de defensa a la biodiversidad y tal, la verdad es que no vengo políticamente de esa corriente, vengo más de una corriente con un interés muy fuerte hacia la justicia, entonces me pone muy nervioso que haya alguien como yo, o como la sociedad europea, que tiene una gran responsabilidad, por ejemplo, en el cambio climático, y que los impactos al final sean distribuidos de forma desigual a gente que no tiene ningún tipo de responsabilidad y que, además, se la responsabiliza porque decimos, desde nuestra perspectiva, que son pobres. Por ello, creo que repolitizar el debate alrededor de la sostenibilidad, puede dar visibilidad a estas cuestiones en vez de siempre enfocar en las necesidades de las soluciones de mercado o soluciones tecnológicas, como decías antes, el mercado de carbono o la geoingeniería no hacen más que ser una expansión más de la frontera de la mercantilización de la vida en todos sus aspectos que es lo que yo creo que debemos resistir y revertir.

IS: También esta cuestión de repolitizar la sustentabilidad siento que va muy en el sentido de qué otras opciones, qué otras alternativas se están gestando, al respecto nos podrías hablar sobre el ‘Diccionario-agenda de post-desarrollo: caminos hacia el pluriverso” que has co-editado con Ariel Salleh, Ashish Kothari, Arturo Escobar y Alberto Acosta.

FD: Creo que hay una tendencia intelectual o a lo largo del debate del decrecimiento en poner mucho énfasis en la primera parte de lo que decía que es la diagnosis, cuáles son los problemas, quién es responsable. Esto me parece importante, es un primer paso muy importante, pero hay que pasar al segundo de qué es lo que vamos hacer, qué es lo que queremos hacer, porque sino vamos a ser como adolescentes que se definen a nivel identitario en oposición a lo que no quieren ser, no quiero ser como mis padres, no quiero ser un burgués como tú que sólo trabaja, vale esto esta muy bien, pero en fase post adolescencia también tienes que preguntarte qué es lo que quieres tú, a qué te quieres dedicar, cómo quieres vivir tus relaciones, etcétera, entonces llevar esto de un plano individual a un nivel social. Nosotros en el libro “Decrecimiento. Vocabulario para una nueva era” (2014), que ahora tenemos publicada una edición latinoamericana con pensadores latinoamericanos también, queríamos clarificar los términos del debate de decrecimiento, y con el pluriverso, que también es un diccionario del post desarrollo, el ejercicio es un poco diferente, es un mapeo de alternativas al desarrollo alrededor del mundo que sean conceptuales o que sean prácticas. De momento queremos exponerlas, queremos poner sobre la mesa que hay diferentes mundos que ya se viven, que se pueden vivir, y que se presentan como una alternativa a un único mundo, a un único universo que es el universo del desarrollo. Entonces nosotros queremos decir que existen pluriversos a los que queremos dar visibilidad. Ahora, el decrecimiento es una entre otras alternativas al desarrollo, yo creo que el siguiente paso será, como agente de investigación y de acción, ver cómo ponemos en diálogo estas diferentes alternativas, cómo las articulamos. Aquí también vamos a tener una sesión, que es un proceso político que ha empezado y de momento llamamos una Conferencia Global de Alternativas, un poco en la línea de Foro Social Mundial, donde se haría mucho énfasis en la crítica desde la resistencia, lo cual me parece muy bien, pero dar un paso más, complementario, para decir cuáles son las alternativas, cómo las vamos a articular y cómo vamos a fortalecernos entre todos.

IS: Es conocido el trabajo que han venido haciendo respecto al mapa de conflictos ecológico-distributivos o proyecto de EJAtlas, ¿han tenido referencia o constancia de algún resultado exitoso en el sentido de visibilizar o de frenar determinadas dinámicas de destrucción o impunidad?

FD: Este es un proceso que lleva casi una década para mapear conflictos ambientales que vienen de la ideal del ecologismo popular, de gente que defendiendo sus propios medios de subsistencia también acaba defendiendo el medio ambiente y poniendo sobre la mesa una forma diferente de vivir que sea más justa y sostenible. Entonces, entramos a una segunda fase del proyecto, que ya no es sólo de mapeo, sino de análisis de estos conflictos. Por ejemplo, acabamos de publicar un artículo de Grettel Navas [“Violence in environmental conflicts: the need for a multidimensional approach” disponible en Academia Edu] sobre Centroamérica, que analiza cien conflictos y sus dinámicas de violencia. Hay otro artículo de Daniela del Bene [“More dams, more violence? A Global analysis on resistances and repression around conflictive dams through co-produced knowledge” disponible en ResearchGate], que analiza los conflictos vinculados con las presas alrededor de mundo, donde sostiene que hay una segunda ola de construcción de presas mucho más violenta que la primera, de los años 80 y 90, con el discurso que las presas representan una fuente de energía renovable. Tenemos un número especial en una revista que se llama Ciencia de la Sostenibilidad o Sustainability Science, donde publicamos 10 artículos, a partir de conflictos localizados en el mapa.

Crecer o de-crecer. ¿Esa es la cuestión?

Pedro José Gómez

En el entorno de los movimientos ecologistas se afirma, con toda convicción, que es necesario pasar del crecimiento al decrecimiento. No por casualidad los promotores de esta idea suelen ser ambientalistas o sociólogos, pero raramente economistas. De hecho, el mayor responsable de la difusión del término decrecimiento ha sido el sociólogo francés Serge Latouche.
Como economista que comparte el sentido último de la propuesta, tengo sin embargo reticencias a defenderla del modo simple habitual.


 
Y no solo porque me parezca que resulta psicológicamente difícil convencer a la mayor parte de la población de que asuma un estilo de vida austero después de haber sido incitada compulsivamente al consumo, sino porque choca también con el objetivo central que persiguen los economistas y políticos de todo el mundo. Por ello, me gustaría hacer algunas reflexiones que permitan resituar el debate en este campo.

Que los economistas tienen que modificar radicalmente su paradigma y dejar de pensar que el planeta y sus recursos son infinitos resulta obvio. De hecho, hay una minoría que ya lo ha asumido. Así, el rumano Nicholas Georgescu-Roegen fue quizás el primero en hacerlo con toda radicalidad impugnando el crecimiento infinito, mientras el británico Kenneth Boulding -que escribió ya en 1966 el ensayo The economics of the coming spaceship earth (“La economía de la futura nave espacial Tierra”)- señalaba que había que pasar de la economía del cow-boy a la del astronauta. Mientras que el primero se enfrenta a las “grandes praderas” como lugar de recursos naturales ilimitados a explotar, la tarea del segundo consiste en administrar bien -técnica y éticamente- unos recursos escasos y no ampliables.

Los economistas hablan de crecimiento cuando aumenta el Producto Interior Bruto (PIB), que es la suma de bienes y servicios finales producidos en una economía a lo largo de un año valorados a precios de mercado. En un mundo en el que la innovación amplia permanentemente nuestra capacidad productiva, del crecimiento se derivan la creación de empleo y el aumento del bienestar material.

El estancamiento, por no hablar de crisis o recesiones, genera graves problemas económicos y sociales. Algunos defienden que, por ello, la sostenibilidad es incompatible con el capitalismo (aunque el socialismo real demostró ser igualmente dañino con el medio ambiente). Lo malo es que no parece cercano el fin del capitalismo, y a nosotros nos corresponde vivir y actuar en el “mientras tanto”.

Precisamente, reflexionar sobre el concepto del PIB puede aportar una distinción muy importante. El PIB es ciego a todo lo que no se compra o venda (el aire, un paisaje, etc.) y considera positiva cualquier actividad monetariamente mensurable al margen de cualquier consideración ética o ecológica: tanto elevan el PIB los alimentos como las armas; tanto aumentan el PIB las deforestaciones cuánto las repoblaciones. Por consiguiente, la pregunta pertinente no es si resulta necesario crecer o decrecer, sino en qué hemos de decrecer (porque su impacto medioambiental es negativo), en qué debemos buscar la suficiencia (porque tenemos necesidades básicas como seres menesterosos que somos) y en qué podemos y debemos aspirar a crecer. El cuidado de las personas, la educación, la sanidad, el cultivo de la interioridad, el cuidado de la naturaleza y tantas otras actividades pueden generar crecimiento, empleo y bienestar social. Otras muchas actividades que en estos momentos están hiperdesarrolladas deberían reducirse. Lo que conllevaría, por cierto, un cambio drástico en nuestras preferencias, hábitos y demanda.

 Un problema grave es que no tenemos una buena contabilidad de la actividad económica, que discrimine la producción de acuerdo a su repercusión ambiental. Hemos de reducir drásticamente las actividades intensivas en energía, empleo de recursos naturales y contaminantes, fomentando aquellas que no tienen estos impactos negativos. Al tiempo que moderar el consumo es congruente con las limitaciones ecológicas y la injusticia social. Ya decía Gandhi que algunos tendremos que vivir más sencillamente para que otros puedan sencillamente vivir.

Algo parecido recordaba Francisco en Laudato si´(nº 222):

Es importante incorporar una vieja enseñanza, presente en diversas tradiciones religiosas, y también en la Biblia. Se trata de la convicción de que «menos es más». La constante acumulación de posibilidades para consumir distrae el corazón e impide valorar cada cosa y cada momento. En cambio, el hacerse presente serenamente ante cada realidad, por pequeña que sea, nos abre muchas más posibilidades de comprensión y de realización personal. La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco.

¿Qué es la teoría del decrecimiento y las “8Rs”?

María Tena - Marcademujer

 
¿Qué es la teoría del decrecimiento y las

La ciudadanía, cada vez en mayor medida, va tomando conciencia del estado en que se encuentra nuestro planeta pero aún nos sigue costando aplicar medidas correctivas que aminoren el cambio climático y ayuden a la recuperación del entorno. Es responsabilidad de todos actuar para que ello suceda.

Cerrar grifos, apagar luces, reciclar basura… Y muchas más medidas que a menudo nos cuentan que hay que aplicar pero que, sin embargo, muchas veces nos mostramos reticentes a acatarlas.

Pensando un poco más como sociedad global y no tanto como individuo particular, ¿te has planteado alguna vez cómo es nuestro modelo de producción? ¿Te has parado a pensar en la cantidad de residuos que generamos o la cantidad de comida que desperdiciamos? Todas estas actuaciones, que muchas veces pasan desapercibidas, tiene un impacto brutal en el medioambiente. Así, la clave del cambio está en transformar ese crecimiento descontrolado del que muchas veces no somos conscientes.

Surge de este manera una corriente que propone invertir este modelo, es decir, pasar del crecimiento descontrolado al decrecimiento regulado. Es así como se conoce a la teoría del decrecimiento, la cual intenta poner de manifiesto una serie de claves que establezcan una armonía entre la forma de producir un bien o servicio y los límites de la Tierra.

Aplicación de la teoría del decrecimiento y las “8 Rs”

Con crecimiento nos referimos al aumento del uso de materias primas que generan riquezas. Es decir, la utilización de grandes cantidades de energía para la producción de cualquier bien o servicio por ejemplo.

Si recordamos que nuestro planeta es finito, el crecimiento desmesurado en algún momento verá su fin. Es aquí, en este contexto y con la intención de enmendar este error, donde surge la teoría del decrecimiento .

La teoría del decrecimiento, con Serge Latouche como principal teórico, abarca la esfera política, económica y social y promueve la disminución controlada y progresiva de la producción económica con el fin principal de establecer un equilibrio entre ser humano y naturaleza a la par que entre los propios seres humanos.

Para acabar con este crecimiento infinito surge la implantación de las “8Rs” necesarias:

1. Reevaluar

Consiste en dar un nuevo valor al coste de la producción. No pagamos el coste real de la producción si tenemos en cuenta la deslocalización de la producción. Si pagáramos el precio real que implica salarios dignos, costes climáticos e impacto social que genera igual no haríamos frente a dichos costes porque estos serían bastante más elevados.

2. Reconceptualizar

Trata de dar un nuevo valor a las palabras. Crecimiento se asocia con desarrollo, con progreso y esto cambia de significado de unas culturas a otras. La práctica del crecimiento sin fin toca con la realidad finita. Las palabras no son neutras. Se propone otorgar un nuevo significado a la palabra «crecimiento».

3. Reestructurar

No es más que cambiar la forma de producción teniendo en cuenta a todos los actores que intervienen en el proceso así como su impacto en el entorno. Se trata de cambiar modelos productivos altamente dañinos y con efectos negativos en la sociedad.

4. Relocalizar

¿Qué sentido tiene comprar manzanas en Argentina, por ejemplo, si podemos producirlas aquí? Deslocalizar consiste en poner en valor el producto local ya que tendrá un impacto menor en el medioambiente y contribuirá en mayor medida a mejorar la economía autóctona.

 ¿Qué es la teoría del decrecimiento y las "8Rs"?

5. Redistribuir

Si todos consumiéramos del mismo modo que lo hacemos en España, por ejemplo, sería inviable. Para que aquí se consuma de esta forma requiere que haya países menos beneficiados. Se plantea un reparto equitativo de la riqueza y un consumo acorde con los límites de la Tierra.

6. Reducir

Se trata de reducir al máximo el impacto negativo que tienen nuestras acciones en el medioambiente. También implica consumir de una forma controlada, “vivir mejor con menos”.

7 y 8. Reutilizar y Reciclar

La mejor forma de reducir nuestro impacto ambiental es reciclar los productos que ya no podemos seguir utilizando así como reutilizar elementos para darle una segunda vida y alargar al máximo su utilidad con el fin de no seguir abultando las montañas de basura de los vertederos.

Como ves, son muchas las cosas que tú puedes hacer por la Tierra y que simplemente requieren un cambio de mira, una concienciación activa de la problemática que nos afecta a todos y que por tanto, es responsabilidad de una sociedad entera actuar en consecuencia.

La crisis ecosocial no requiere ni catastrofismo apocalíptico ni techno-optimismo

Luis I. Prádanos - ctxt

¿Priorizamos los carriles bici o los puentes de Calatrava? ¿El biodiseño o el falo-ego-diseño?

Eco-Boulevard en Villa de Vallecas (Madrid).
Luis García


Ambas posturas desmovilizan políticamente y empeoran la situación. Existen otras maneras mucho más maduras, prometedoras y eficaces de canalizar nuestra energía emocional, mental, espiritual y física para contribuir a una transición socialmente deseable y ecológicamente viable: aprender a perder el miedo (a nosotras mismas, a los otros, a la muerte) y aumentar la empatía, cohesionar la comunidad, desacelerar en todos los sentidos y reducir la desigualdad son estrategias mucho más prometedoras. 

Ni los problemas sociales y ecológicos son debidos a que el ser humano es inevitablemente malo, egoísta, competitivo o idiota por naturaleza, ni se pueden resolver solamente con mejoras tecnológicas. Pensar lo primero tiende a fomentar la pasividad, el cinismo, el miedo, el hedonismo triste y un nihilismo político que –obsesionado con la seguridad personal, el riesgo y la protección individual– acaba polarizando a la sociedad y exacerbando las condiciones para su colapso. Afirmar lo segundo es creer que un instrumento puede resolver problemas estructurales sin necesidad de cambiar la estructura.

El mayor obstáculo para una transformación ecosocial deseable radica en la desigualdad y la asimetría de poder existentes en el marco de un sistema de explotación generalizada. En los últimos cuarenta años tanto la desigualdad como la degradación medioambiental no han hecho más que aumentar. En este contexto la innovación tecnológica corporativa acelera y hace más eficiente las tendencias existentes, es decir, la desigualdad, la asimetría de poder y la destrucción ecológica. 

Cuanta más desigualdad, más desproporcionado es el poder político de los ricos y más capacidad tienen para diseñar el sistema económico, legal y financiero –también mediático y cultural– a su favor y adquirir así más riqueza y más influencia política en un bucle de retroalimentación. 

Obviamente, esta dinámica no solo no resuelve los problemas reales (crisis ecológica y de desigualdad), sino que los empeora al tiempo que genera una creciente frustración y desconfianza social que, mal canalizada, suele desembocar en populismos autoritarios y nacionalismos xenófobos

Así se llega a la absurda situación actual en la que, mientras ocho personas acumulan más riqueza que la mitad de la población global, proliferan los discursos xenófobos y racistas que claman que los refugiados e inmigrantes salen caros a la sociedad. Estos discursos que promueven el miedo y enfrentan a las víctimas del sistema sirven para desviar la atención del problema real: la sociedad se endeuda y precariza subvencionando a los superricos, no a los ultra-pobres. Lo que sale caro socialmente es mantener a las ocho personas que acaparan más riqueza que el 50% de la población global y cuyas estrategias históricas de acumulación por desposesión han contribuido a las disfunciones geopolíticas y socioecológicas que exacerban las migraciones actuales.

Confundir las causas de los problemas con sus síntomas es peligrosísimo, sobre todo cuando se culpa de los problemas de un sistema estructuralmente injusto a las personas que más lo sufren en lugar de a las asimetrías de poder que generan su sufrimiento. En otras palabras, el problema radica en la asimetría de poder y la desigualdad que el sistema perpetúa, no en sus víctimas. Estudios en epidemiología demuestran que cuanta más desigualdad hay, más empeoran todos los problemas sociales (obesidad, criminalidad, inseguridad, enfermedades mentales, reducción de esperanza de vida y movilidad social, etc.) y más difícil resulta implementar medidas eficaces para revertir la destrucción ecológica. Por ello, implementar políticas económicas que favorecen la acumulación de capital –es decir, que aumenten la desigualdad– es contraproducente.

Entre algunos círculos de multimillonarios se sabe muy bien que la actual inercia económica y política (sin la cual su acumulación de capital hubiese sido impensable) desemboca en un colapso civilizatorio inminente. De hecho, varios están usando su inmensa riqueza no para intentar enmendar la situación, sino para construirse bunkers de lujo de alta tecnología. Con una mezcla de catastrofismo resignado y tecno-optimismo infantil, algunos de ellos se preocupan de qué tecnología usarán para evitar que los guardianes de sus bunkers se rebelen cuando llegue el colapso civilizatorio. Ante esta actitud es difícil no percibir una patología megalómana, egocéntrica y atormentada propia de una cultura inmadura y disfuncional que no ha asumido su propia mortalidad y no ha reflexionado sobre algo obvio: nuestra interdependencia radical, donde la única manera de vivir bien pasa por vivir sin miedo en una comunidad cohesionada (léase igualitaria) en el contexto de un medio ambiente saludable.

El actual sistema de explotación, injusticia y destrucción generalizada se mantiene –aunque ya renqueante al haber chocado con los límites del planeta y alcanzado una deuda global histórica– mediante el miedo y las fantasías (miedo manufacturado hacia enemigos inexistentes y fantasías tecnológicas de crecimiento económico ilimitado). Para poder transicionar hacia una prosperidad serena para todas las personas es esencial liberarnos de dichos miedos y fantasías. Ello requiere una inteligencia colectiva clarividente, que deje de regurgitar tanto los pensamientos tóxicos del miedo manufacturado como las irreflexivas letanías techno-optimistas y sea capaz de desacelerar y reflexionar.

Las soluciones a la crisis ecosocial son técnicamente simples y socialmente complejas: requieren adoptar tecnologías apropiadas de bajo impacto ya existentes (lo que Ivan Illich llamaba convivial tools) y cohesionar nuestras comunidades para que fomenten la inteligencia emocional, social y ecológica. Ya sabemos –lo hemos sabido siempre– cómo vivir bien y cuidar del suelo y de las personas usando una fracción de la energía y los materiales (si no me creen visiten Caña Dulce), pero ello se invisibiliza porque no fomenta el crecimiento económico y ralentiza la acumulación de capital (es decir, no genera desigualdad ni exacerba las asimetrías de poder existentes).

Lo más eficaz para generar una sociedad segura y sana no es el crecimiento económico, la construcción de muros, el extractivismo necrótico, la inteligencia artificial o la militarización de fronteras, sino la agricultura regenerativa, la reducción de la desigualdad y la promoción de cohesión social. Para ello conviene promover la deceleración, la frugalidad alegre y la simplicidad próspera mediante una pedagogía para el decrecimiento, una filosofía permacultural que libere del miedo, una socialización en la interdependencia y algunos cambios significativos en los modelos de masculinidad dominantes. Se trata de promover imaginarios menos espectaculares y más sobrios que los que se fomentan desde el catastrofismo y el tecno-optimismo, pero mucho menos arriesgados, más justos y muchísimo menos costosos (económica, social y ecológicamente). 

En otras palabras, nos encontramos en un punto de inflexión crítico en el cual debemos elegir entre continuar implementando políticas catastróficas y carísimas basadas en el miedo y la fantasía o proponer soluciones sistémicas y ecológicamente regenerativas basadas en la inteligencia colectiva, la igualdad y la empatía. Hay que decidir entre llenar las escuelas de caros aparatos tecnológicos y publicidad corporativa para costearlos o enseñar en ellas técnicas de meditación e inteligencia ecológica con huertos escolares; subvencionar masivamente a las macro-corporaciones agroindustriales y biotecnológicas o dar prioridad a prácticas socioecológicamente benignas como la permacultura, la biomímesis y la agricultura regenerativa; plantar bosques comestibles cerca de las ciudades o construir aeropuertos sin aviones, estadios olímpicos y urbanizaciones sin personas; llenar nuestras ciudades de parques, arquitecturas efímeras y bioconstrucciones bien integradas o de carísimas macro-construcciones socialmente disfuncionales y ecológicamente devastadoras. En otras palabras, ¿priorizamos los carriles bici o los puentes Calatrava, el biodiseño o el falo-ego-diseño? 

Incluso se podría diseñar –por qué no– un sistema monetario y financiero que no haga el mundo inhabitable e incentive modelos urbanos y agroecológicos a escala humana que faciliten la convivialidad, la regeneración del suelo y la paz interior. Lo interesante es que las opciones más deseables requieren poquísima inversión en comparación con la inercia dominante y, además de reducir la deuda pública, generan espirales sociecológicamente virtuosas. Dichas alternativas desatan procesos que empoderan a las comunidades, reducen fricción social, regeneran ecosistemas, mejoran la salud pública y evitan canalizar la riqueza hacia las élites. ¿Quién en su sano juicio podría oponerse a estas transformaciones y preferir en cambio continuar con la acumulación de deuda y especulación, el incremento de la desigualdad, la crispación social y el colapso ecológico? Nadie, creo yo, que no sea presa del miedo (que activa el pensamiento conservador) o del tecno-optimismo (que promueve la aceleración irresponsable y se olvida del principio de precaución).

En la península ibérica ya está emergiendo una sensibilidad cultural que ha dejado de alimentar miedos y fantasías para atreverse a imaginar y materializar otros mundos posibles. 



Luis I. Prádanos (Iñaki) es profesor en Miami University y autor de Postgrowth Imaginaries. Se pueden encontrar sus trabajos en el siguiente enlace.

M-30: cementerio productivista


Suricato - innovacionydecrecimento

La ideología productivista es implacable: somete la acción humana a los imperativos del gigantismo, del despilfarro y de la sinrazón. Una vez dentro de ella no cabe más que comportarse de acuerdo a sus exigencias y rigores. La locomotora de la producción y el consumo sólo se mueve hacia adelante, aunque lo más nítido que se vea en el horizonte sea el precipicio.

En Madrid, el desarrollismo de los años setenta dejó como herencia una autopista gigante, la M-30, que rasgaba el rostro de la ciudad. Parte de un cauce fluvial fue convertido en un curso asfaltado que ha visto pasar durante décadas gran parte de la producción contaminante de la industria nacional y extranjera de automóviles.

Durante años la idea de “soterrar la M.-30” estuvo sobre la mesa de las brillantes ideas municipales. Hace algo más de tres años comenzaron las obras. Todavía continúan. Se ha cumplido, efectivamente, el objetivo del soterramiento: se han metido, literalmente, bajo tierra, hierros y asfalto, la autopista y sus coches, el ruido y los humos. De paso, (¿de paso?) el megaproyecto, ha aportado la actividad necesaria para aumentar el PIB regional, el índice de empleo y enriquecer a las empresas constructoras, bajo la coartada del bienestar ciudadano.

Las máquinas térmicas han sido silenciadas por máquinas térmicas. Sobre la superficie reina el silencio o, más bien la sordina de los ruidos del fondo abisal del tráfico impune. Triunfo, por aclamación, de la razón ingenieril sobre sí misma: ha resuelto, por ahora, parte de los problemas que ella se había provocado. ¿No le llaman a eso sostenibilidad? Pero fracaso total de la razón urbanística y la razón ecológica pues, coincidiendo con la crisis económica y el desvío de fondos hacia otras actividades más rentables para el narcisismo de la autoridad edilicia, el espacio urbano y paisajístico que nos han entregado a los habitantes de Madrid es desolador. Kilómetros de polvorientos descampados, precariamente maquillados por manchas arboladas y puentes de dudoso gusto sin evidencias de que participen de un proyecto visual, urbanístico y estético con sentido. En medio, un río convertido aún más que antes, si cabe, en un canal de regadío escuálido y avergonzado.

El entierro de la M-30 ha sido realizado de espaldas a la participación y la innovación colectiva. Los ciudadanos han quedado literalmente en sus márgenes, físicos y sociales, observando la destrucción de sus espacios de tránsito y esparcimiento habituales, respirando durante años polvo y más polvo de las interminables “obras” ofrecidas en nombre del progreso y anestesiados por promesas cuya impudicia nace de la desmovilización y la amnesia colectiva.

Y, lo que pudo ser la gran intervención de mejoramiento de la calidad de vida de Madrid a comienzos del siglo veintiuno, ha sido sólo la inhumación, arrogante pero provisional, de uno de los cadáveres del productivismo y del gigantismo. Metáfora elocuente de lo único que éstos, a estas alturas de su delirio, pueden hacer sobre sí mismos: esconder los muertos de sus propios desastres. Pero los signos de la gran fosa común aparecen por todos lados: respiraderos, chimeneas, salidas de coches… imposibles de ocultar ni por la “alfombra verde” prometida ni por la alfombra ideológica construida a fuerza de propaganda e “información al ciudadano”. Sobre ese cementerio, y otros más, se construye la gloria del desarrollo. Sobre ellos habrá que construir la utopía decrecentista.

Crítica a la cooperación para el desarrollo sostenible desde la teoría del decrecimiento

Lesly Dayana Vega Zambrano

Crítica a la cooperación para el desarrollo sostenible desde la teoría del decrecimiento

Teniendo en cuenta los acuciantes problemas ambientales en la actualidad, de manera especial el calentamiento global causado por el consumo ilimitado y la explotación desenfrenada de los recursos naturales, propios de un modelo de desarrollo basado en el crecimiento económico, la presente investigación, por medio de una metodología exploratoria y descriptiva, realiza un estudio del programa Socio Bosque en Ecuador y su eventual incursión en el sistema REDD+ (Reducción de Emisiones Derivadas por la Deforestación y Degradación de Bosques), programas que fueron creados para hacer frente a esta problemática ambiental específica, bajo la etiqueta del “Desarrollo Sostenible”. Sin embargo, estas prácticas están siendo cuestionadas a nivel internacional, ya que, por medio de estos programas basados en el Sistema de Pago por Servicios Ambientales y el Mercado Internacional de Carbono, los recursos y bienes del planeta están dejando de ser considerados como un sistema vital para la supervivencia humana y pasan a ser contemplados como una mercancía más. En este sentido, se realizó un análisis de la teoría del “Desarrollo Sostenible”, y, al mismo tiempo, de la teoría del Decrecimiento, lo que permitió realizar críticas al modelo de “Desarrollo Sostenible, y determinar que las prácticas, de manera especial “Socio Bosque” y “REDD+”resultan ser funcionales al sistema capitalista, al mercantilizar los bienes y servicios de la naturaleza.


Postdesarrollo, decrecimiento y el buen vivir: un análisis comparativo

Nicolás Mandeu



Hace aproximadamente tres décadas, un número creciente de voces en varias partes del mundo comenzó a cuestionar el núcleo de las ideas y prácticas convencionales relacionadas con el campo del desarrollo, instaladas como un mandato político- ideológico en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Esos debates, que surgen tanto en los círculos académicos como en e l ámbito social, partían de la convicción de que el discurso predominante del desarrollo que hasta hoy nutre muchas esperanzas y mueve cantidades ingentes de recursos sirve para legitimar un proyecto irreparable de modernidad, nutre universalismos occident ales y va acompañado de un enfrentamiento estigmatizador entre el subdesarrollo y un supuesto desarrollo. Estas voces críticas reflejan, por un lado, la urgencia de responder a una crisis global de carácter multidimensional (ecológico, social y cultural), a la vez que denuncian los fracasos del sector del desarrollo en el objetivo de alcanzar sus autoimpuestas metas. Ante este particular contexto, este trabajo busca profundizar en la conversación que subyace entre tres discursos que reivindican alternativas al desarrollo, y que han disfrutado de una mayor proyección en los últimos tiempos: Postdesarrollo, Decrecimiento y Buen Vivir. Además de examinar estos tres imaginarios sociopolíticos, ahonda en un diálogo basado en una serie de cinco determinantes: Empo deramiento, Género, Auto - organización, Movimientos Sociales y Etnicidad. El resultado de este análisis trata fortalecer puentes entre propuestas con diferentes trasfondos, mientras contempla estrategias y horizontes indispensables para generar políticas de transformación.


A vueltas con el término «Decrecimiento» como palabra aislada y absoluta

Julio García Camarero - 15/15\15

Cada vez se habla más del decrecimiento, pero nadie, ni los propios autores de la literatura decrecentista, tienen del todo claro en qué consiste. El mismísimo Serge Latouche declara que el decrecimiento no es más que una “palabra bomba”. Pero no, en mi parecer, el decrecimiento es algo mucho más complejo que eso, pese a que muchos lo nieguen, el decrecimiento es una teoría. Aunque no solo una teoría, fundamentalmente es otra forma muy distinta de vivir.

También mi admirado Carlos Taibo, en un reciente artículo, se cuestiona el significado del término decrecimiento, partiendo de “…tres circunstancias: vivimos por encima de nuestras posibilidades, es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y, en fin, empiezan a faltar materias primas vitales”. 

De acuerdo con la existencia de esas tres circunstancias, pero con respecto a la primera de ellas cabe decir: Sí, pero hay unos que viven más por encima que otros. Y los primeros deben pasar a ser austeros; y los otros también tiene que ser austeros, pero ello gracias a que consigan abandonar su actual situación de miseria sub-consumidora (impuesta y a unos niveles muy inferiores a una digna austeridad). Sí, algunos deberán empezar a consumir mucho menos, a abandonar por completo el consumismo y las seudo-necesidades, también deberán producir menos. Pero los otros deberán pasar del sub-consumo crítico al consumo responsable y dignamente austero.

Y estoy al 100% de acuerdo con Carlos en cuanto a lo que defiende. Dicho sea de paso, no parece que sea distinto lo que corresponde afirmar del vocablo acrecimiento (aunque sea una propuesta también del propio Latouche), que más bien parece invocar la conveniencia de dejar, sin más, las cosas como están.

Por otra parte pienso que el rechazo de la mayoría de la gente al término decrecimiento sería mucho menor si consiguiéramos que las personas de a pie llegaran a entender dos cosas fundamentales:
  1. Que el crecimiento conseguido con el consumismo-productivismo, no es, como nos repiten, el camino de la felicidad, sino más bien al contrario es un foco de insatisfacción consumista y en consecuencia de infelicidad. Por el contrario, si eliminamos este foco (el crecimiento) nos resultará más factible llegar a la felicidad. Esta idea es la que defendemos Maurizio Pallante y yo mismo y que la denominamos decrecimiento feliz. También pensamos que para lograr un decrecimiento feliz habrá que perse­guir una austeridad en bienes materiales, pero una abundancia en bienes relaciónales entre las personas, y una auto producción sobre todo de alimentos de ciclo cerrado de MO. Esta será la verdadera salida y la vía hacia una felicidad desligada de toda adicción infeliz relacionada con el consumismo, sobre todo del abundante seudo-solvente, que causa insatisfacción e infelicidad cons­tantes.
  2. Se vería menos negativo el término decrecimiento si nos detuviéramos a ver que en realidad existen dos decrecimientos: el decrecimiento feliz que acabo de describir someramente… y el decrecimiento infeliz, sufrido por el 99% de la población y que generado por una oligarquía crecentista del 1%. con su constante aumento de la explotación de las personas: precariedad, los recortes, la verdadera esclavitud en la que estamos cayendo, el paro, los desahucios, etc. y también la cada vez mas agotadora explotación de los recursos planetarios.
Además, el decrecimiento infeliz, viene a coincidir simultáneamente con el crecimiento del PIB, ya que este crecimiento se obtiene de la explotación de los que sufren el decrecimiento infeliz.

Casi todo el mundo, a causa del chip consumista-crecentista (insistentemente repetido por el Poder Mediático) como acto reflejo, adora el crecimiento y está convencido de una gran mentira: que el crecimiento es el único camino hacia el progreso y la felicidad. Y, lo que es más falso aún, que sea la única forma de poder crear puestos de trabajo. Por ejemplo, recientemente, salía a la luz la noticia de que una empresa de la China (nación campeona mundial del crecimiento con tasas que sobrepasan frecuentemente el 8%), la fabricante del iPhone, que por haber crecido demasiado, tenía la posibilidad de realizar un ERE de expulsión de golpe de un millón de emplea­dos que serán sustituidos por robots.

Para evitar este confusionismo, la solución no puede ser abandonar la palabra decrecimiento. La solución es hacer un esfuerzo didáctico y de aclaración, poniendo la abso­luta y ambigua palabra decrecimiento en conexión con su entorno, añadiéndole las palabras complemen­to que especifiquen en primer lugar, que se trata de decrecimiento econó­mico y, en segundo lugar, de un decrecimiento feliz, haciendo ver a su vez que el decrecimiento infeliz tam­bién existe.

Casdeiro

Hay vida después del crecimiento

Florent Marcellesi - Ctxt

El crecimiento ya no es un valor de futuro. Como reconoce hasta el propio FMI, el estancamiento de la economía tiende a ser la nueva normalidad. Por mucho que unos digan que van a arrancar unas décimas de PIB con los dientes y que otros se inventen todo tipo de adjetivos para salvar el crecimiento –ya sea inteligente, inclusivo, verde, etc.–, nadie puede garantizar ya una vuelta al crecimiento, y aún menos sus bondades, a medio y largo plazo.

En este escenario, proponer una prosperidad sin crecimiento ya no es un planteamiento teórico e ideológico. Por el contrario, es un ejercicio de realismo frente a una dinámica objetiva y empírica: los países occidentales, incluido la Unión Europea y España, ha salido del breve periodo de su historia –que llegó a su paroxismo después de la segunda guerra mundial– en que su modelo económico, la paz social y el progreso se basaban en un aumento continuo de las cantidades producidas y consumidas. Pero es que además, se mire por donde se mire, es imposible a la vez seguir creciendo y luchar contra el cambio climático o la depredación de los recursos naturales.



Mientras la mayoría de los economistas y políticos de las corrientes dominantes viven de forma traumática y a la defensiva este nuevo estado de cosas, sería más conveniente adoptar una actitud más proactiva. Si la economía del siglo XXI tendrá un crecimiento bajo, nulo o negativo, y además no permite enfrentarnos a la crisis ecológica, enfoquémonos colectivamente en la resolución de problemas que este estancamiento y este cambio de paradigma generan. Si ya no se puede basar una economía y una sociedad en el crecimiento perpetuo, encontremos alternativas solventes a la par que atractivas.

Para ello, cambiemos primero el imaginario colectivo, o el sentido común mayoritario, hoy dominado por el fetichismo del crecimiento (del PIB). La idea tendría que ser tan básica como afirmar que haya crecimiento o no del PIB esto es totalmente secundario: lo prioritario es cubrir las necesidades reales de la población respetando los límites biofísicos del planeta.  El objetivo de cualquier economista o político debería ser básicamente hacer compatible los derechos de las personas con la realidad finita de los ecosistemas (y de nuestra interdependencia con ellos). En el nuevo vocabulario económico, político y ciudadano, deberíamos hablar cada vez más de calidad en vez de cantidad, aumento de sostenibilidad en vez de aumento de productividad, políticas de autolimitación en vez de políticas expansivas o nuevos indicadores de riqueza socio-ambientales más allá del ya incompleto PIB.

Este nuevo sendero implica reestructurar, reciclar y optimizar lo existente, repartir las riquezas económicas, ecológicas y sociales, reducir lo superfluo, inútil e insostenible, cuidar de las personas, del entorno y de las cosas, innovar en lo sostenible, circular y compartido, así como desmercantilizar nuestras mentes, cuerpos y sociedades. Implica también poner la cuestión de los límites, por abajo y por arriba –con la renta básica y máxima por ejemplo– en el centro de atención: tanto a nivel legislativo y socio-económico como a nivel cultural. Dicho de otra manera, se trata de iniciar una Gran Transición socio-ecológica.

Pero ¿pueden estas ideas ser las prioridades y claves de un partido político y de un gobierno? Así lo pienso firmemente por las siguientes razones. Primero, hacerlo y transmitir un relato conectado con la realidad incontestable del “no hay planeta B” es lo más responsable de cara a garantizar en el corto, medio y largo plazo los derechos de las personas, la justicia social y ambiental, así como un futuro sano y salvo para nuestros hijos y nietos. Como ya dice la confederación sindical europea: no hay empleo en un planeta muerto.

Segundo, plantear y gobernar con respuestas relacionadas con esta “nueva normalidad” es social y económicamente más eficiente para salir de la crisis y el mejor antídoto para evitar la frustración social. Por un lado, el futuro del empleo está en los sectores verdes que suman millones de empleos más que los sectores marrones e insostenibles. Y por otro lado, las respuestas demagogas, excluyentes y xenófobas se aprovechan de las promesas de crecimiento imposibles de cumplir. Al despojarnos de viejos espejismos crecentistas, también damos menos espacio a la extrema derecha y al repliegue identitario.

Tercero, estas ideas son mucho más compartidas en la sociedad de lo que pensamos: más de 20% de los españoles ya piensan que el crecimiento económico no tendría que ser un objetivo en sí mismo y casi un 15% propone abandonar la persecución del crecimiento económico. Más allá, según este estudio reciente, en caso de crisis ecológica el 85% de las personas de seis países industrializados aceptaría el uso de objetos más duraderos, el 76% estaría de acuerdo con consumir menos, el 75% estaría dispuestas a reducir sus desplazamientos, privilegiar la proximidad y comprar productos de origen local. La sociedad ya va un paso por delante del mainstream político y económico.

Cuarto, los conflictos socio-ecológicos, como pueden ser las migraciones climáticas, estructurarán el siglo XXI. Por tanto, serán el nuevo cimento teórico y práctico que muevan y unan los movimientos sociales, políticos y culturales. Los primeros en pensar, prever y adaptarse a esta nueva normalidad serán los que liderarán el mundo de mañana.

Por todas estas razones, varios eurodiputados de diferentes grupos políticos y países llevamos a debate el post-crecimiento al Parlamento Europeo. Del 17 al 20 de septiembre de este año, personas expertas del movimiento decrecentista y sindical, del mundo económico o de las instituciones europeas nos citamos para confrontar ideas sin cortapisas, ni respuestas pre-establecidas e imaginar el mundo fuera del callejón sin salida existente.

El viejo mundo basado en el crecimiento se muere. En el nuevo mundo hay vida después del crecimiento.

¡Preparémonos para ello!

Filosofía y política del buen vivir (I)


Viñeta: Gatis Sluka
"Dentro de pocas generaciones, después del año 2000, se aterrarán los hombres al ver continentes cansados, islas gastadas, ríos secos, bosques talados, el mundo lleno y el hambre al acecho. El planeta estará envejecido y moribundo, lleno de heridas. Con manos criminales damos golpes a nuestra madre: el hacha del leñador no solo derriba los árboles, arruina y derrumba la montaña, y cada cima que cae quita una gota a los manantiales"
 Enesimo Reclus y Eliseo Reclus (1906)


Arrancamos aquí una nueva serie de artículos. Creemos que su temática, además de estar muy relacionada con otros muchos asuntos ya tratados en otros artículos de este Blog, está de rabiosa actualidad. Mejor dicho: lleva de rabiosa actualidad desde hace décadas, y seguirá estándolo cada vez más durante las siguientes. Hablaremos del cambio climático, de la sostenibilidad ecológica, del ecofeminismo y del ecosocialismo, del especismo y del animalismo, de la Madre Tierra, de la superpoblación del planeta, de la biodiversidad, del consumo sostenible de recursos, de la economía del bien común, de la democracia energética, del decrecimiento, de la crisis civilizatoria, de la huella ecológica, de otros modos de producir, fabricar, distribuir, consumir y reciclar, del agotamiento de los combustibles fósiles, de la educación ecológica, de los mercados globales alimentarios, de nuestra relación con la naturaleza, de la ética de la vida, y de un sinfín más de asuntos relacionados, que irán apareciendo según avancemos. Todo ello para ir convergiendo en una concepción integral del desarrollo, de la democracia y de los derechos, que podemos llamar, simplemente, "Buen Vivir" (traducción al castellano de otros términos y frases indígenas que se refieren al mismo concepto). Y eso es exactamente lo que da título a nuestra nueva serie de artículos: el Buen Vivir, que podemos entender, sólo de entrada y a vuelapluma, como la capacidad de uso y adaptación del ser humano a su entorno natural sin abusar de él, en plena armonía con la naturaleza, con sus recursos y con el resto de seres vivos que habitamos este planeta. El Buen Vivir, su filosofía (los valores y conceptos que lo fundamentan) y su política (las medidas que necesitamos tomar para acercarnos a su consecución). 

Lo primero sobre lo que queremos llamar la atención es la ceguera social en la que vivimos, ya sea consciente (de forma deliberada) o inconsciente (por desconocimiento). Y así, la ignorancia de una gran parte de la ciudadanía alimentada por los grandes medios de comunicación convencionales, y la codicia y avaricia sin límites de un sector social poderoso, unido a unas desalmadas élites económicas y políticas que nos gobiernan, genera una ceguera que impide observar que vivimos en un terruño (nuestro planeta Tierra) limitado tanto por tierra como por mar y aire. Quizá el primer error del Hombre del Antropoceno (hablaremos de esta fase histórica más adelante) fue creerse que el planeta no sólo le pertenecía, sino que además era infinito. Esta es una de las grandes contradicciones de este sistema basado en el permanente crecimiento económico en un medio limitado: el petróleo tiene sus límites, el suelo edificable tiene los suyos, los mares, los bosques, etc. La consecuencia de un crecimiento permanente, que en apariencia nos permite vivir mejor, tiene que soportar un alto coste medioambiental que, paradójicamente, hace que nuestras condiciones vitales y naturales se vean cada vez más limitadas. Es el medio natural el que está pagando las consecuencias de un incesante y desaforado crecimiento, que necesita ir en aumento de forma permanente, si quiere ser consecuente con la globalización capitalista. Se instala incluso en los discursos políticos como un mantra: "Somos el país que más crece", "Hemos aumentado nuestras previsiones de crecimiento", "Lo que tenemos que mantener es el crecimiento económico"...Hasta ahora la degeneración medioambiental no ha supuesto costes en el proceso productivo, y en consecuencia, el suelo, el aire y el agua se han convertido en el vertedero de los grandes centros de producción y consumo, tales como la industria química, los procesos extractivistas, la calefacción, la fabricación de vehículos, etc. 

No se quiere ver, no se quiere reconocer (y mucho menos públicamente), pero estamos asistiendo al colapso de nuestra civilización industrial. Un colapso civilizatorio para el que nosotros mismos hemos creado las condiciones, y del que, simplemente, no queremos hablar. Nos negamos a reconocer el cambio climático, la necesidad de nuevas formas de energía, de nuevas culturas decrecentistas, para que nuestra civilización sobre la Tierra sea sostenible. Así que al ya clásico conflicto capital-trabajo, presentado por el Marxismo, se ha sumado el actual conflicto capital-vida (o capital-planeta, si se quiere, que ya presentamos en este otro artículo de nuestro Blog), debido a la perversa evolución de nuestras formas de fabricar, de consumir y de desechar. El decadente capitalismo globalizado de nuestros días nos abocará, si no lo evitamos, no a un futuro incierto, sino a la inexistencia de ese futuro. En esta serie de artículos no pretendemos lanzar mensajes catastrofistas, sino escrupulosamente realistas. Las consideraciones que presentaremos, basadas en los estudios de múltiples autores, demuestran que el camino de nuestra civilización ha llegado a un precipicio insalvable. Hoy día, tan sólo unos cuantos movimientos sociales, aún muy minoritarios, han tomado plena conciencia de ese rumbo suicida del que la ciencia nos viene avisando. Necesitamos vivir bajo los moldes de un nuevo modelo de civilización, mucho más simple, más local y más justa. Esto es básicamente en lo que consiste lo que estamos llamando el Buen Vivir, tendencia que no sólo no es conocida en su exactitud, sino que es negada incluso por algunos sectores de la izquierda más clásica. Las reflexiones y conclusiones que vamos a ir presentando aquí no se pueden entender entonces desde los paradigmas clásicos de la izquierda del siglo XX, sino que han de tener una mayor altura de miras. 

Hemos de incluir en nuestra mirada las aportaciones del ecologismo, del pacifismo y del feminismo, así como un profundo estudio de ese conflicto capital-planeta que antes hemos referenciado. Nutriéndose de todas estas corrientes de pensamiento, las propuestas, conceptos y razonamientos que vamos a exponer se inscriben en una nueva concepción que procura contribuir a una visión más realista, completa y actualizada del sistema-mundo regido por el capital en estos tiempos de colapso de nuestra civilización industrial. Por supuesto, en el fondo llegamos al mismo punto de conclusión, que no es otro que la necesidad de superar el capitalismo en favor de la vida, de la sostenibilidad de nuestra civilización sobre la Tierra. Partamos de la base de que nuestro mundo y los modos y formas de vida que se imponen en él no son fruto de ningún error ni deficiencia en la aplicación del modelo: más bien es lo que el neoliberalismo siempre buscó, procedente de lo que el capitalismo ya había sembrado. No podemos ir en contra de la naturaleza del propio capitalismo, y pedirle que sea menos cruel, menos desalmado, más ligero, comprensivo y suave. 

Vamos a expresarlo retomando las palabras de Isabel Rauber (Red de Educación y Economía Social y Solidaria), pronunciadas en su Ponencia presentada en el I Congreso Internacional "Inventar la Democracia del Siglo XXI: Derechos Humanos, Cultura y Buen Vivir" (Caracas, 28-30 de mayo de 2015): "Es la perversión del sistema regido por la creciente e inagotable voracidad de las grandes corporaciones financieras, que se expresan a través de la banca mundial y marcan hoy la escalada de un nuevo saqueo para un nuevo ciclo de acumulación y colonización del capital a escala planetaria. Depredador de la naturaleza y de los seres humanos, el capitalismo carece de posibilidades para resolver el problema que genera, por el contrario, sólo puede agravarlo". 

Continuaremos con las reflexiones de esta autora expresadas en su Ponencia ya referenciada. El capitalismo lleva demasiado tiempo proyectando un pensamiento dominante que coloniza y avasalla las mentes en todo el planeta, y que intenta convencernos de que éste es el único mundo posible. El capitalismo y el neoliberalismo además no nos han impuesto únicamente sus modos de producción, de consumo y de desecho, sino que también nos han impuesto sus peligrosos valores y principios, basados en el individualismo y el egoísmo, contrarios a todo atisbo de idea de sociedad o de bien común. El Buen Vivir lógicamente se enfrenta a todo ello. Y así, el Buen Vivir incluye la afectividad, el reconocimiento de la sociedad, de los demás, y del contexto que nos rodea. Se corresponde con una concepción integral de la sociedad que articula desarrollo y democratización, pero en la que desarrollo y democracia se basan y proyectan una opción civilizatoria en la que late con fuerza la posibilidad de vida. El Buen Vivir resume y proyecta valores y principios que son clave para la construcción de la nueva civilización anclados en la solidaridad, en el equilibrio y en la complementariedad de las diferencias, el respeto a la naturaleza como fuente de identidad humana, que reubica a la vida como una posibilidad indivisible del ser en el doble contexto de la naturaleza y de la sociedad. Rauber añade que el Buen Vivir no recoge un compendio de dogmas que haya que seguir fielmente, ni tampoco es un nuevo tipo de fundamentalismo, sino una fuente de energía civilizatoria que tiene su eje en la vida, a ella se debe, en ella se fundamenta, hacia ella se proyecta, y en ella expresa su desarrollo.

Por todo ello, el Buen Vivir es en realidad no un proyecto cerrado, sino una propuesta abierta a la creatividad de las generaciones humanas y de los pueblos del mundo. Continuaremos en siguientes entregas.