La misma cantinela

 Philippe Pelletier


¿Por qué la casi totalidad de los partidarios de la desaceleración* no adopta las propuestas anarquistas, a pesar de su diagnóstico sobre “el estado del planeta”? Los que se sorprenden de ello lo deploran amargamente, pero en realidad la cuestión está mal planteada.

*Aclaramos que en la traducción de este artículo se ha optado por la palabra “desaceleración” como traslación del francés “décroissance”; en Internet, y en otros medios, se ha popularizado en cambio el término “decrecimiento”.

Porque hemos de dar la vuelta al razonamiento. ¿No será debido precisamente a que su diagnóstico es falso por lo que los “desaceleracionistas” preconizan, coherentemente, medidas que son igualmente falsas puesto que se mantienen en el marco del capital (la propiedad privada, los salarios y el dinero, sobre todo) y del Estado (al que consideran como neutro y regulador)? Al contestar la pregunta bajo este ángulo constatamos otra lógica.

La letanía: cantinela del catastrofismo

La lógica de la mayoría de los partidarios de la desaceleración es prácticamente siempre la misma: nos precipitamos hacia la catástrofe. Según los matices, ese “nos” designa la Tierra, el planeta, el mundo o la Humanidad. En realidad se trata más bien de la Tierra o del planeta, elementos del lenguaje que confieren naturalidad a las problemáticas sociales vaciando de todo contenido a lo humano. Habría que salvar “lo vivo”: la vida, concepto que todos los religiosos adoran. Esta evolución semántica es resultado de una orientación ideológica en la que se han comprometido desde hace más de un siglo los científicos partidarios del naturalismo integrista y horrorizados por todo lo que pudiera parecerse de cerca o de lejos al socialismo y, aún más, al socialismo libertario.

El catastrofismo además viene acompañado muy a menudo de una letanía ruidosa e implacable. “Choque climático”, “agotamiento de los recursos”, “destripamiento del subsuelo del planeta”, “masacre forestal”, “vaciado de los océanos”, “sistema con el agua al cuello”, “canto del cisne” y lo dejo aquí. El periodo del solsticio de invierno es propicio a este catálogo de ansiedad, ya que en los países de la zona templada se corresponde con un alargamiento de las noches generador de angustia, pero también de llamadas al salvador que vendrá al final a traernos la luz.

La letanía, enumeración sin fin de las miserias cuyo registro es típicamente religioso, para funcionar bien ha de dirigirse a una instancia superior (Dios, el partido, el gobierno mundial…) que sustituirá al salvador del mundo, y a nosotros con él. En la religión cristiana, Jesús es el salvador. En el ecologismo estándar, no es visible de entrada. Pero hay algunos sustitutos: la naturaleza, Gaia, Al Gore, o cualquier predicador, incluso el estafador que preside el GIEC, Rajendra Kumar Pachauri, que ha manipulado las cifras del clima y ha montado su empresa de energías renovables (la mar de práctico: se denuncia el mal, y se vende la solución).

La mística ecologista está en realidad saturada de creyentes de todo tipo, tanto de protestantes puritanos como de católicos imprecadores: Jean-Marie Pelt, Vincent Cheynet, Paul Virilio, Gilbert Rist, Pierre Rabhi, Dominique Bourg, Jean-Pierre Dupuy, además de los fallecidos Jean Dorst, Jacques Ellul o Bernard Charbonneau, por citar a algunas figuras francófonas. Véase a Paul Jorion, que anuncia sin parar “el derrumbamiento inminente del capitalismo” y que acoge en su blog el Manifiesto de los cristianos indignados.

Al final de uno de sus libros, el “desaceleracionista” Serge Latouche pide a la Iglesia católica que lidere la protesta contra la sociedad de consumo, retomando una idea ya formulada por Pasolini (1).

La letanía: una postura intelectual religiosa

Pero no nos equivoquemos. No es porque creamos que todos esos personajes, algunos de los cuales son muy influyentes en el mundo de la desaceleración, sean sospechosos. No. Por el contrario, se debe a que tanto su fe como sus convicciones ecologistas se basan en el mismo resorte intelectual, con lo que la ligazón entre las dos da lugar al mismo callejón sin salida. Dicho de otro modo, la letanía no es un error metodológico: es una postura intelectual, religiosa.

La religión no es solo la afirmación de la existencia de un dios. Es una concepción que consiste en colocar al individuo con sus responsabilidades ante un elemento exterior que no existe, que se sitúa en el futuro o en el Más Allá: el ser supremo, por ejemplo, o bien las “generaciones futuras” del pseudo-comandante Cousteau, ese petainista, unas generaciones que, por definición, no están todavía ahí. Que trata de movilizar a los individuos sirviéndose de la culpabilidad o del miedo. Que considera la sociedad desde un punto de vista moralizante en el sentido más sermoneador del término. Que aborrece la ciencia o la técnica porque no se someten a Dios, es decir, que habla en su nombre. Que sueña en la teocracia.

Que la letanía sea verdadera o falsa importa poco a nuestros predicadores. Ellos saben bien que sobre todos los estudios –ya sean sobre evoluciones climáticas, sobre el número o la extinción de las especies, sobre el exceso de pesca o la deforestación- los científicos no están de acuerdo entre ellos y que, a veces, las disensiones son importantes, y los argumentos válidos. Sin duda hay que amonestarlos, excomulgarlos, calificarlos de “escépticos” (la palabra “descreídos” no queda lejos), cuando en realidad la duda está en la base misma de la ciencia, de esta ciencia en la que se cuestiona en ocasiones la existencia, pero de la que admiten los resultados cuando están a su favor.

La letanía pone uno tras otro los fenómenos sin que su ligazón lógica sea explícita, con una excepción: el “crecimiento”. El “crecimiento” es considerado como el responsable de todos los males. Tomado como el primer grado en la argumentación del Producto Interior Bruto, indicador cuestionado por los analistas serios. Visto como exceso de producción, lo que viene a enmascarar el bajo consumo de millones de individuos, y como agotamiento de los recursos: ahí vuelve la letanía (2).

La letanía, técnica y finalidad autoritarias

Poco importa, porque la letanía es a la vez instrumento y finalidad. La catástrofe, que es el corolario invariable, parece a la vez temida y deseada. En el apocalipsis de los cristianos, los que se salven irán al paraíso. Como aspiran a ese paraíso ¿no desean ese apocalipsis? Perversidad clásica del sistema religioso.

En la catástrofe de los ecologistas profundos, los que podrán pasarse sin coche, sin ordenador portátil y sin agua caliente en el fregadero tendrán la conciencia tranquila. Además, dado que el capitalismo corre a su perdición, según ellos, del mismo modo que pensaban los marxistas respecto al comunismo surgiendo de las contradicciones del sistema, el hundimiento temido-deseado los llevará a los viejos y buenos tiempos de la frugalidad y la tribu ahorradora.

Esos pensamientos surgen sobre todo entre los retoños de las capas sociales bien alimentadas, que no han conocido ni conocen realmente la miseria material. Más prosaicamente, si el peligro no es el que se describe, si la catástrofe anunciada tantas veces no llega realmente, si Fukushima está justificado porque el átomo produce menos gas de efecto invernadero, ¿qué va a ser de los gurús que profetizan el hundimiento? ¿No perderán su aura, su notoriedad, su poder? ¿No defenderán con uñas y dientes su magisterio? ¡Menos mal que uno de los alarmistas más célebres, Paul R. Ehrlich, que no ha dejado de equivocarse en sus sombríos pronósticos demográficos (la famosa bomba P), acaba de ser elegido por la Royal Society de Londres!

La letanía acoplada al catastrofismo es un medio de sacudir las mentes, incluso de aterrorizarlas. Además, ante el hecho de que no sea incompatible con la sociedad del espectáculo que se alimenta del drama hasta su corazón hollywoodiense, para la casi totalidad de los ecologistas se supone que hay que asustarse, sensibilizarse, luego concienciarse y después comprometerse. Pero esta idea del miedo consejero, como lo sería el del policía, hay que rechazarla no solo porque sería autoritaria, sino también porque es ineficaz. Y contraproducente.

Se trata, sobre todo, de hacer a los individuos impotentes impresionándolos, de modo que el reto parece desmesurado, inhumano (¿divino?). En efecto, ¿cómo hacer para luchar contra el clima? ¿Para sustituir el petróleo por otra cosa aquí y ahora?

En este estadio, la impotencia cede ante dos paliativos: el pasotismo puesto que todo es desmesurado, imposible, por tanto, un efecto contrario al deseado despertar de las conciencias; o bien una forma de compromiso que pasa por el repliegue sobre uno mismo o sobre una pequeña comunidad de cátaros (los puros). Se otorga la confianza a instancias que saben que son poderosas, expertas, eficaces, y la instancia que emerge es el Estado. El Estado nación o el Estado del gobierno mundial.

Esas dos opciones no son incompatibles, señalémoslo. Esa es la función sistémica de las desaceleraciones que legitiman siempre al Estado, pilar del sistema que pretenden criticar. Hace una eternidad que el capitalismo ha reciclado la idea de small is beautiful (pequeñas unidades de explotación, pequeñas fábricas, grupos de trabajo que se organizan por su cuenta…), lo que no es incompatible con los proyectos gigantes (infraestructuras, megapolis, medios de transporte, conquista espacial…). Lo uno no impide lo otro, sino al contrario: ambos permiten vivir al capitalismo, y al capitalismo verde, afirmarse.

El antiestatismo no es metafísica: es una organización social

La relegitimación del Estado se encuentra con el anarquismo, antiestatista por definición. Pero conviene ahora rectificar nuestras ideas aprendidas. La crítica anarquista del Estado no es metafísica. El Estado no se considera al mismo nivel que Dios –una entidad trascendente- sino como una mala organización, una autoridad descarriada, incluso si la idea de Dios por medio de las Iglesias acompaña históricamente a la constitución del Estado.

El anarquismo se dirige tanto al principio de heteronomía del Estado como a su organización jerárquica en cascada. No cuestiona la organización, ni siquiera la organización en centro y periferia, que tan incansablemente repitieron Proudhon, Bakunin, Malatesta e incluso Kropotkin cuando llegó a liberarse de su obsesión descentralizadora… Preconiza el federalismo libertario, la relación de todos los grupos de gestión directa sobre una base económica, social y territorial (federación de productores, de consumidores, de municipios).

Pero, eso ya no basta, porque pasa por la puesta en cuestión de dos realidades mayores: la propiedad y el dinero. Sobre esas dos problemáticas, lo menos que se puede decir es que los anarquistas han aportado numerosas reflexiones y realizaciones, ya sea a los almacenes de Estados Unidos o al vendedor y comprador estableciendo un precio, las cooperativas, el mutualismo, las colectividades en España en las que se llegó a quemar el dinero, las discusiones durante los años cincuenta sobre el movimiento abundancista de Jacques Duboin…

Los partidarios de la desaceleración no se refieren a todo eso, sobre todo por una sencilla razón: es incompatible con su diagnóstico y sus postulados.

¿Desaceleración o “desdineración”?

Curiosamente, los anarquistas olvidan actualmente la cuestión de la propiedad y del dinero en beneficio de las cuestiones sociales y de comportamiento. Eso está muy de moda en América, y es en parte compatible con el sistema del momento (por ejemplo, tenemos mujeres a la cabeza del FMI, de algunas presidencias de Estados, de la organización del patronato francés desde hace algunos meses –el boleto ganador era mujer y vegetariana), pero bien alejado de la dinámica socialista. En este marco se deslizan las actitudes desaceleradoras. Comer verduras bio está bien, pero ¿es la solución?

Cuando pasamos al euro, salvo raras excepciones, las publicaciones anarquistas se mantuvieron mudas respecto al tema de la moneda, incluso las revistas pretendidamente reflexivas, lo que es el colmo. Desde ese punto de vista, el movimiento de la “desdineración”, recientemente aparecido, plantea de nuevo las cosas. Desde su fundación, es mucho más pertinente que el de la “desaceleración”.

Porque, repitámoslo, los principales analistas y teóricos de la desaceleración no cuestionan la propiedad, y desde luego, tampoco el dinero. Critican, es cierto, la extensión de la mercantilización, pero el recurso a ese concepto de “mercantilización”, por otro lado claramente marxista, es discutible porque deja creer que podría haber “sectores no mercantiles” en la economía capitalista…

Su ideal, de hecho, consiste en reducir al mínimo los intercambios de bienes para que la moneda no solo no vuelva a plantearse, sino que se haga inútil. Como por encantamiento. La frugalidad reclamada desde hace siglos por todas las Iglesias agrupa ahora el proyecto comunitario de esas mismas Iglesias, que sueñan con abundancia de monasterios autárquicos y humildes, pero que, sabiéndolo imposible, al no llegar hasta el fondo de esta idea, consisten en definitiva en remitirse al Estado como instancia policial, incluso como protector entre los partidarios del soberanismo.

Para decirlo claramente, la mayoría de los partidarios de la desaceleración se equivoca en el diagnóstico de la situación actual y, por tanto, en las soluciones. Imaginar que podrían preconizar un anticapitalismo consecuente en su antiestatismo, a instancias del anarquismo, solo sería hacer votos piadosos. Ya es hora de dejar de engañarse, pues el fin del mundo no está a la vuelta de la esquina, lo queramos o no.

Philippe Pelletier

Notas:

1.- Serge Latouche, Le parti de la décroissance, Fayard, París 2006, p.283.

2.- La idea de una economía depredadora de los recursos naturales no es nueva. Data al menos de la década de los años ochenta del siglo XIX, con la Raubwirtschaft del geógrafo Friedrich Ratzel (conservador, por no decir reaccionario), y luego con su colega Ernst Friedrich a partir de 1904, cuando el geógrafo Jean Brunhes introdujo las ideas en Francia. Sobre las relaciones entre Ratzel, Brunhes y el geógrafo anarquista Élisée Reclus, véase mi libro Géographie et anarchie, Reclus, Kropotkine, Metchikoff…, Éditions du Monde libertaire y Éditions libertaires, París/Chaucre 2013.

Publicado en el número 308 del periódico anarquista Tierra y libertad [ http://www.nodo50.org/tierraylibertad/ ] (marzo de 2014)
http://acracia.org/

Ya flotamos en un mundo Huxleyano y Platonaniano

 Julio García Camarero

Vamos hacia un futuro o tal vez ya estemos en un presente huxleyano y a la vez platoniano.

Huxleyano, porque ya navegamos en un mundo feliz, sin diversidad, todos somos elementos α o idénticos (como en la famosa novela de “Un mundo feliz” de Aldous Huxley). Todos, incluidos los que se consideran originales y rebeldes, actuamos uniformados (de convicción): ambos sexos llevamos pantalones, y todos los pantalones son vaqueros. Lo curioso, es que la potente publicidad markatigniana y nuestro propio borreguísimo han conseguido que estemos convencidos de que (precisamente porque aceptamos ésta universal manipulación e imposición) somos rebeldes y originales. Y todos, por esta circunstancia, nos sentimos satisfechos y felices. Comulgamos con el consumismo, y estamos convencidos de que él es la fuente única de la felicidad. Compramos en el súper lo innecesario de lo cual nos han convencido que nos es indispensable por qué es lo que nos ha amartillado el marketing; y por qué es lo que resulta rentable a la oligarquía. Estamos mediatizados por el coche, nos resulta indispensable debido ya que a él nos hemos habituado demasiado y porque los intereses de las multinacionales (sobre todo petroleras, automovilísticas, cementeras y de urbanizaciones playeras) les interesa y han propiciado que se monte la sociedad en función del coche y no del ser humano. Vamos a “makro fiestas” de música de mala calidad, ruidosa, pero pegadiza y machacona anglosajona que sombifica la neurona, etc.

Y todos pensamos que en eso consiste la felicidad e incluso la personalidad y la originalidad. Y si alguno no bebe coca cola, no usa vaquero, no consume coche, etc., es calificado elemento β o extraño, elemento a denunciar y a marginar ferozmente por todos los α y por el sistema. Y lo peor de todo es que, todo lo que acabo de decir es tabú y es el camino para que consiga que muchos (los muchísimos zolmbificados) se molesten e incluso dejen de leerme en este punto. Pero en lo que a mí respecta, prefiero causar molestias diciendo la verdad, que causar admiración, y seguimiento borreguil, diciendo las mentiras bonitas ya establecidas. El objetivo no debe ser obtener máxima audiencia a base de bajar y bajar el listón y la calidad de lo que se ofrece, hasta ofrecer la verdadera basura de siempre como suelen hacer las TV.

Y estamos en un mundo platoniano en cuanto al mito de la caverna llevado a su estado extremo. En este sentido somos cavernícolas. Intento explicarme, nos hemos convertido en el “homus ciberneticus- internauticus”, que se mantiene encerrado en su pequeño océano de su aldea global virtual. Encerrados en nuestra gruta hemos perdido el contacto humano real. Sólo divisamos de los demás sus sombras electrónicas que circulan como el viento por las redes. Desde nuestra gruta hemos perdido el contacto cotidiano con la realidad y cada vez desde las sombras exigimos más soluciones a corto plazo, imbuidos por los enfoques obsesivos de los capitalistas cortoplacistas. Exigimos cada vez más velocidad a la aparición de sombras en la pared de nuestra caverna. Sólo y únicamente buscamos acción directa, odiamos reflexionar y a los que reflexionan. 
 
Pero navegamos al modo inter-náutico a la deriva, porque las sombras sobre la pared del monitor de nuestro portátil, aún siendo virtuales son extremadamente duras y destructoras de nuestra aldea global, a la que ya se le están cayendo las tejas de sus ecosistemas, las ventanas del aire, las puertas del agua, los muros de la biodiversidad. Pero este desastre no lo vemos porque solo nos asomamos a la ventana de nuestro monitor o TV, para ver las sombras que pasan extremadamente coloreadas y veloces a través de la pantalla. Y mirando internauticamente y televisivamente nos sentimos felices porque huimos de la dureza de la verdadera realidad y nos olvidamos del más importante problema: la explotación de la naturaleza a través de la explotación del hombre por el hombre.

Y también nos sentimos felices porque, desde que nacemos, nos han lavado el cerebro con el marketing; en la juventud, con la pésima “muisca” anglosajona machacona que zombifica la neurona*, entre otras muchas adicciones y en la madurez, con la obsesión de la competitividad, el consumismo y la acumulación. Cosas que dentro no mucho nos destruirán a todos. Para comprender mejor esto os recomiendo leer un libro de mi amigo Ricardo Almenar titulado “El fin de la expansión” (2012). 
 
Por otra parte, así como el consumismo y el consumo son incompatibles (porque el primero es la desorbitación desmesurada del segundo), y así, por el contrario, el corto (acción directa) y el largo plazo (reflexión) aunque pueden parecer incompatibles, son necesarios entre sí ,para que la sociedad humana y la biosfera consigan un funcionamiento equilibrado. 
 
La reflexión y el largo plazo son como una guía telescópica y la acción directa y el corto plazo como el disparo. Ambas cosas son necesarias para dar en el centro de la diana del equilibrio a la que se le dispara.

Todo lo dicho no quiere decir que la navegación internauta sea descartable totalmente, si no que (con todo) debe de ser mesurada para no caer en alejarse demasiado del contacto humano y del contacto con la dura, dificultosa y compleja realidad. Las redes, ¡qué duda cabe!, son un utilísimos catalizadores de las relaciones a corto plazo, pero debemos conseguir que el necesario corto plazo no llegue a destruir al largo plazo, como consecuencia de un desmesurado uso de las redes. Estas tienen la gran virtud de que son una forma de comunicación simétrica es decir esa comunicación en la que cada emisor a la vez es un receptor. Por el contrario la TV tiene el gravísimo inconveniente de que es un sistema comunicativo asimétrico, es decir un tipo de comunicación en el que existe un solo foco emisor (la oligarquía) y muchísimos puntos receptores pero incomunicados entre sí (las masas votantes y consumistas), ello supone un mecanismo ideal para manipular con mentiras, propaganda política demagógica y publicidad comercial, y de forma masiva, a las mentes. Dicho de otro modo, La comunicación asimétrica, como lo puedan ser la TV, la propaganda demagógica y el marketing comercial son excelentes instrumentos para la manipulación mediática de las masas por parte de la oligarquía.

¿Y todos estos excesos que acabamos de denunciar como pueden llegar a corregirse? pues, sin duda, siempre la llave final la tiene la mesura. Pero no debemos confundir en absoluto la palabra mesura con las palabras moderación o punto medio pues, la mesura puede ser una cantidad muy pequeña o muy grande pero siempre debe estar referida a la calidad.

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*No toda la música anglosajona es despreciable. Por ejemplo la música de los Beatles, si que era anglosajona pero si que era autentica música, no era mala música, y no era machacona ni zonificaba la neurona.

La práctica del decrecimiento

Luis González Reyes


El decrecimiento, ante todo, es un camino, no una meta. El objetivo no es decrecer continuamente nuestro consumo de energía y materia, sino hacerlo hasta unos ritmos que se acoplen a los ciclos naturales (lleven la velocidad de la naturaleza de gestión de residuos y producción de recursos) y permitan que todas las personas cubramos nuestras necesidades básicas. Por lo tanto, al hablar de cómo llevar a la práctica el decrecimiento, lo tenemos que hacer con la mirada puesta en el objetivo final: la sostenibilidad.

Pero, ¿qué es la sostenibilidad? Ante tanto ejercicio de retórica y tanta confusión reinante con el término, es imprescindible aclarar la propuesta de “definición” de sostenibilidad.

Para la consecución de la sostenibilidad resulta clave entender que el aumento de la calidad de vida no está directamente ligado al continuo incremento del consumo de recursos naturales. Se trata fundamentalmente de conseguir un mayor bienestar con menor degradación ambiental y uso de recursos naturales. O, como dice el lema de Ecologistas en Acción: “menos para vivir mejor”.

Por lo tanto, la sostenibilidad no es sólo una cuestión de “ecoeficiencia”, sino fundamentalmente de “suficiencia”, de cuánto es suficiente, que nos lleve al respeto de los límites ambientales.

La disociación entre el aumento de calidad de vida y degradación ambiental pasa por un cambio radical en los modelos de producción y consumo. Un cambio radical que abandone la premisa de incremento constante de la acumulación individual en la que se basa nuestro sistema económico.

Lo que sí está íntimamente ligado a la calidad de vida es la satisfacción de las necesidades humanas. Manfred Max-Neef1 afirma que en todas las sociedades y épocas las necesidades humanas son muy parecidas y que pueden agruparse en 9 grupos fundamentales: subsistencia, protección, afecto, entendimiento, identidad, libertad, ocio, participación y creación. Los satisfactores son las formas de cubrir las necesidades y varían entre las distintas sociedades y épocas. Ante la necesidad de mantener la temperatura corporal, la calefacción es uno de los satisfactores posibles. Una manta y ropa de abrigo serían otro.

De este modo, una línea básica de trabajo en el camino hacia la sostenibilidad parte de preguntarnos ¿cuáles son nuestras necesidades reales, tanto materiales como inmateriales?, ¿necesitamos agua caliente para fregar los platos?, ¿necesitamos cinco pantalones de pana en invierno?, ¿necesitamos un coche? Nuestras necesidades materiales pueden verse satisfechas con mucho menos consumo de recursos. Las inmateriales, simplemente, no se cubren desde lo material. ¿Cuántas horas semanales dedicamos a ver la televisión?, ¿y a salir al campo?, ¿y a jugar con nuestr@s hij@s o sobrin@s?, ¿y a conocer a nuestr@s vecin@s?

Atendiendo a esto, una sociedad sostenible será aquella que cubra las necesidades (reales, no ficticias) de toda la población presente y futura mediante una relación armónica con el entorno. En este sentido, el concepto de sostenibilidad tiene tres patas. La económica, para satisfacer las necesidades; es la menor de todas. La social, para que esa satisfacción sea universal; controla a la pata social y la pone a su servicio. Y la ambiental, para que nuestros actos no se realicen a costa de un planeta del que dependemos, y teniendo en cuenta que no somos la única especie que tenemos derecho a vivir en él.

O, dicho de otra forma, el empobrecimiento de las poblaciones y la degradación ambiental son dos caras de una misma insostenibilidad. La sostenibilidad supone una mejora en la calidad de vida de las generaciones actuales y futuras.

Desde esta perspectiva, los problemas ambientales son, en realidad, socioecológicos: la sociedad no conseguirá solucionar grandes cuestiones como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, o la contaminación química limitándose a buscar soluciones que mejoren el entorno, sino que sólo podrá hacerlo a través de políticas que tengan en cuenta a la vez las implicaciones sociales, económicas y ecológicas de nuestros actos.

Biomímesis

A la hora de elegir los satisfactores más adecuados para cubrir las necesidades de manera sostenible, un concepto fundamental es la biomímesis2 (imitar a la Naturaleza), ya que la Naturaleza ha sabido encontrar, a lo largo de la evolución, las mejores soluciones a las necesidades de los seres vivos y de los ecosistemas.

Pero no sólo eso, sino que también ha sido capaz de evolucionar hacia estadios cada vez más complejos y ricos. Además, la biomímesis implica que el entorno no es parte de la economía, sino al revés: la economía es un subsistema del ambiente.

Partiendo de la propuesta de Jorge Riechmann, la biomímesis supone cerrar los ciclos de materia, consumir en función de los ciclos naturales, minimizar el transporte, obtener la energía del sol, potenciar una alta interconexión biológica y humana, no producir compuestos tóxicos para el entorno (xenobióticos), acoplar nuestra velocidad a la de los sistemas naturales, actuar desde lo colectivo y acogernos al principio de precaución. Unos principios que sustituirían necesariamente al de maximización del beneficio individual imperante.

Cerrar los ciclos de la materia

En la naturaleza la basura no existe, todo es alimento, de manera que los residuos de unos seres son el sustento de otros y los ciclos están cerrados. Los modos de producción humanos, en contraposición a lo anterior, son lineales y, partiendo del petróleo, llegamos a un montón de plásticos tirados en un vertedero. Por lo tanto se hace necesario un encaje armónico de los sistemas humanos en los naturales, cerrando los ciclos mediante el reciclaje.

Esto se traduce en adecuar las sociedades y sus actividades a la capacidad del planeta para asimilar los contaminantes y residuos de forma sostenida en el tiempo, es decir, evitar los tóxicos y materiales que la naturaleza no puede degradar/asimilar y frenar la producción de residuos hasta alcanzar un ritmo menor al ritmo natural de asimilación/degradación.

En ese aspecto, la naturaleza no se preocupa excesivamente por su eficiencia3: no le importa desperdigar miles de semillas para que nazca un árbol, ni poner cientos de huevos para que sólo sobrevivan unas decenas de peces. Sin embargo, sí tiene mucho cuidado en que toda su producción se integre en ciclos en los que la basura se convierta en comida.

Obviamente reciclaje es la palabra clave de este principio, no sólo del vidrio y demás, sobre todo de la materia orgánica (que es nuestra principal producción de basura y la más valiosa). ¿Por qué no poner un compostero en la cocina? No huele, aunque no te lo creas.

Para bajar esto a lo concreto a nivel industrial estaríamos hablando de pensar la producción en red. La interconexión de distintas fábricas ya se está dando, por ejemplo en Namibia, Tanzania, China o Fiji en algunas fábricas de cervezas el residuo fibroso de la cebada se usa como alimento de setas y champiñones. El desperdicio de la producción de las setas se usa como pienso de alta calidad para el ganado vacuno. Pero es más, el residuo protéico de la cebada se usa para criar lombrices, con las que se alimentan gallinas. Los excrementos de los animales se usan para producir biogás (metano). Finalmente, los lodos de la metanización de los excrementos animales se usan como fermento de plantas en cultivos hidropónicos que incorporan peces también. Todo ello generando cuatro veces más empleo que una fábrica de cervezas aislada, con siente veces más eficiencia y centrando la economía en lo local.

Eliminar la liberación de xenobióticos


Es necesario que los compuestos tóxicos no se viertan al entorno. Para ello, la actuación podría discurrir por una doble vía: la reducción o eliminación de la gran mayoría, y la integración del resto en ciclos cerrados estancos que no se mezclasen con el resto de la naturaleza.

En nuestra vida cotidiana esto implica replantearnos nuestro concepto de limpieza y los materiales que usamos. La limpieza la queremos (además de por razones estéticas) por la búsqueda de higiene y esta tiene mucho más que ver con ecosistemas diversos y equilibrados que con la imposibilidad de eliminar todos los gérmenes. Así la apuesta por limpiadores ecológicos y caseros es básica: agua+alcohol+jabón como limpiador universal, cera de abeja para los suelos de madera, vinagre contra grasa, limón como antioxidante y limpiador, alcohol para desinfectar...

En la actualidad en la UE, de las más de 100.000 sustancias que se comercializan, no llegan a 20 las que tienen un expediente de seguridad completo, es decir, de las que sabemos qué implicaciones tienen en nuestra salud y el entorno. Evitar los contaminantes pasa por consumir productos de origen natural frente a los sintéticos.

Disminuir drásticamente el consumo en los países sobredesarrollados

Este criterio, básico en la propuesta del decrecimiento, está íntimamente relacionado con los conceptos de límite y justicia; con entender que vivimos en un planeta de recursos limitados cuyos márgenes hemos rebasado hace décadas y, por lo tanto, nuestra actividad tiene que acogerse a ese marco. Es decir, debemos autolimitarnos con un modelo de vida más austero. Sólo una disminución drástica del consumo en los países sobredesarrollados permitirá el moderado, pero necesario, aumento en los empobrecidos.

La disminución del consumo también implica obtener en primer lugar las materias primas y la energía del reciclaje de los bienes en desuso y, en segundo término, de fuentes renovables. Es decir: reducir, reutilizar y reciclar por este orden.

Las aplicaciones en la vida cotidiana son múltiples y variables, pero todas pasan por la austeridad. Pero no una austeridad triste, sino una feliz y creativa. Necesitamos menos para vivir mejor. Centrar la producción y el consumo en lo local Es necesaria una minimización del transporte, puesto que en la naturaleza su mayor parte es vertical4 (intercambio de materia entre el reino vegetal y la atmósfera y el suelo). El transporte horizontal sólo lo realizan los animales, que suponen muy poca biomasa respecto a los vegetales (el 99% de la biomasa) y que además sólo se desplazan a cortas distancias. El transporte horizontal a largas distancias, como es el caso de las migraciones animales, es una rareza en la naturaleza.

Lo que llamamos contaminación consiste, generalmente, en una enfermedad del transporte de los ecosistemas. En unos casos transportamos minerales desde las entrañas de la tierra, los procesamos, y acabamos dispersando los productos y los residuos por el medio, envenenándolo.

En otros, extraemos productos o sustancias que están dispersas en la naturaleza, las transportamos hasta algún sitio, y provocamos acumulaciones que la naturaleza no puede soportar. Además, invariablemente, para hacer todo eso acumulamos cemento, acero y asfalto en grandes infraestructuras que fraccionan los ecosistemas, tras envenenarlos, y nunca más pueden funcionar del modo en que estaban organizados para hacerlo5.

El crecimiento también está íntimamente relacionado con el transporte. El proceso de globalización capitalista ha maximizado esta faceta. Por eso hablar de decrecimiento es, en gran parte, hablar de reducción del transporte.

Esta idea supone una tendencia paulatina hacia la autosuficiencia desde lo local. Este principio, minimiza el transporte de recursos y bienes, facilita la gestión del sistema económico, los recursos y los residuos, y favorece las actividades económicas adaptadas a las características del entorno.

Esto significaría un funcionamiento confederal de los distintos territorios con un alto grado de autonomía, pero con una importante interconexión entre ellos. Algo así, siguiendo el símil natural, como distintos ecosistemas interconectados entre sí. La propuesta en movilidad es apostar por caminar e ir en bici y, en su defecto, por el transporte público. Aunque parezca mentira en numerosas ciudades, gracias a la presión popular (y la pésima calidad del aire) se está poniendo coto al coche: reducción de coches por eliminación aparcamientos y fomento transporte público (Múnich, Copenhague), restricción del acceso de coches al centro (Atenas, Roma), prohibición de centros comerciales en las afueras (Noruega, Finlandia), peajes para acceder a las ciudades (Londres, Estocolmo, Ámsterdam), barrios sin coches (Berlín, Friburgo, Edimburgo).

Es necesaria la reconversión de la industria del automóvil en industria del transporte público, de la bicicleta o la recolocación de l@s trabajadores/as en un medio rural vivo. Cosas parecidas ya se han llevado a cabo, por ejemplo en Santana Motor.

Los grupos de consumo agroecológico autogestionados son un ejemplo muy exitoso de cómo aplicar este criterio. No sólo permiten la obtención de alimentos de primera calidad a precios de supermercado, sino que suponen la creación de un tejido social donde los valores dominantes son los del apoyo mutuo.

Basar la obtención de energía en el sol

El sistema energético debe estar centrado en el uso de la energía solar en sus distintas manifestaciones (sol, viento, minihidráulica, biomasa...). En general, se trata de obtener la energía de fuentes renovables, es decir, de aquellas que explotemos a un ritmo que permita su regeneración.

El modelo del futuro no deberían ser los grandes parques solares y eólicos controlados por multinacionales (aunque ahora puedan resultar necesarios como elementos de transición en un escenario de cambio climático acuciante). El modelo es la producción descentralizada de energía de manera autogestionada. La construcción bioclimática (que se adapta a las características de entorno y usa energía limpia) no sólo consigue reducir drásticamente el consumo energético y hacerlo 100% renovable, sino que puede incluso generar más energía de la necesaria. Sí, la construcción bioclimática es más cara, pero recupera la inversión con creces. La clave está en buscar medios de financiación colectivos para poder hacer frente a las inversiones, como podría ser COOP-57.

Potenciar una alta diversidad e interconexión biológica y humana


La vida ha evolucionado, desde el principio, hacia grados de mayor diversidad y complejidad, lo que no sólo ha permitido alcanzar mayores niveles de conciencia, sino también adaptarse a los retos y desafíos que se ha venido encontrando. La mayor estrategia para aumentar la seguridad y la supervivencia de la vida ha sido hacerla más diversa, cambiante y moldeable.

Justo lo contrario de aquello para lo que trabaja la Unión Europea, con sus directivas contra la inmigración o la tendencia del mercado a homogeneizar los gustos de la población.

La alta diversidad y la interconexión naturales tienen un correlato en el plano social, que es la vida conjunta de muchas personas diversas y con muchas redes de intercambio y comunicación entre ellas como salvaguarda de la variedad cultural.

Además hay que señalar que la evolución de la vida es hacia la máxima complejidad, no hacia el máximo crecimiento. Los bosques o las personas pasamos una primera etapa de nuestra vida en la que ponemos energía en crecer, pero luego esa energía la desviamos haciael aumento de la complejidad. Nuestra sociedad está anclada continuamente en esa etapa primitiva de crecimiento de la que es incapaz de salir. ¿Quién propone volver a las cavernas realmente? Desde esa perspectiva también cobra especial importancia el decrecimiento.

Por último, una característica fundamental de la complejidad es que permite que se produzca autoorganización de forma “espontánea”. La diversidad tiene mucho con ver con la agroecología, con el cambio de paradigma en nuestra forma de cultivar la tierra, ya que la agroecología tiene como uno de sus principios básicos potenciar la diversidad. Y, contra lo que la mitología empresarial afirma, la producción agroecológica es capaz de satisfacer las necesidades alimentarias de la humanidad con creces (y con garantía de futuro, cosa que la agroindustrial no es capaz), como lo avalan numerosos estudios. Todo ello es básico para alcanzar una soberanía alimentaria.

Acoplar nuestra “velocidad” a la de los ecosistemas

Muchos de los problemas ambientales que se están produciendo tienen más que ver con la velocidad a la que se están efectuando los cambios que con los cambios en sí mismos. Por ejemplo, a lo largo de la historia de la Tierra se han producido cambios de temperatura más drásticos de los que se pronostican como consecuencia del cambio climático actual; sin embargo, el problema principal es que los cambios se están llevando a cabo a una velocidad que los ecosistemas no pueden soportar sin traumas.

En este sentido, es imprescindible ralentizar nuestra vida, nuestra forma de producir y consumir, de movernos. Hay que volver a acompasar nuestros ritmos con los del planeta. Por ejemplo la dieta que llevamos tiene más que ver con los problemas socioambientales de lo que podríamos pensar: un animal alimentado con cereales comestibles (soja, maíz) es una pérdida 70-95% de energía bioquímica, ya que una vaca come 7 kg por kg producido, por ejemplo. Así que una dieta vegetariana o débilmente carnívora se adapta mucho mejor a la velocidad de producción del entorno. Es decir, la dieta clásica mediterránea en nuestro contexto.

Actuar desde lo colectivo

En la naturaleza, para su evolución, ha sido mucho más importante la cooperación que la competencia, como bien lo ejemplifica la simbiosis básica en el desarrollo de ecosistemas y seres vivos. Esto se transpone en la vida social como una gestión democrática de las comunidades y sociedades, de manera que nos responsabilicemos de nuestros actos a través de la participación social. Y cuando hablamos de democracia nos referimos a una democracia participativa, en la que los valores básicos sean la cooperación, la horizontalidad, la justicia, el geocentrismo (huyendo del antropocentrismo y el androcentrismo) y la libertad.

Esta actuación desde lo colectivo es lo que va a permitir que surjan una serie de “emergencias” desde el sistema complejo que permitan encarar las problemáticas con las que las sociedades humanas nos tenemos que enfrentar6.

Principio de precaución

El principio de precaución postula que no se deben llevar a cabo acciones de las que no se tienen claras las consecuencias. Es entender que vivimos en un entorno de incertidumbre insalvable. Es entender que el ser humano no es omnipotente ni omnisciente, ni siquiera con la ayuda de la ciencia y la tecnología. Es entender que somos seres limitados, lo que también tiene mucho que ver con el decrecimiento, en este caso del papel casi religioso de la ciencia y la tecnología en nuestra sociedad.

Desde esta perspectiva no tiene ningún sentido la energía nuclear (¿quién garantizará la seguridad de las centrales?, ¿y la estabilidad de los emplazamientos de residuos radiactivos durante miles de años?), los transgénicos (¿quién puede saber que ocurre cuando se liberan al medio?), o el uso masivo de la telefonía móvil (¿sabes cuantos estudios se han realizado sobre su impacto sobre la salud?).

El principio de precaución significa apostar por lo sencillo, como las tecnologías blandas.

Sostenibilidad tras el decrecimiento

De este modo, una sociedad sostenible sería la que:

Tuviese un carácter altamente autosuficiente en los territorios que la componen: todos los materiales procederían de lugares cercanos (de las huertas dentro de la ciudad, de las granjas en las afueras, del río, de la cantera de la comarca, etc.). El trasiego de materiales sería mínimo.

Basase la satisfacción de sus necesidades energéticas en el sol: se obtendría energía de paneles solares, molinos eólicos y saltos minihidráulicos, fundamentalmente. Y la producción energética estaría descentralizada y controlada por la población. Además, el consumo energético sería reducido.

Cerrase los ciclos de materia: los excrementos del ganado y el compost irían a las huertas, el agua usada se depuraría y regaría jardines y calles, el ganado pastaría en los prados y los abonaría, los residuos sólidos urbanos se reciclarían, etc.

Enmarcase la producción de alimentos bajo los parámetros de la agroecología. Tuviese una producción y consumo locales: para ello habría gran variedad de profesiones, oficios y habilidades en los municipios, de modo que se pudiera encontrar cualquier bien o servicio básico (atención médica, vestido, calzado, arreglo de bicicletas, educación, semillas, libros, carpintería...).

Planificase su urbanismo de tal manera y tamaño que haría muy práctico el uso de la bicicleta y el transporte público, y la mayoría de los lugares serían accesibles a pie. Redujese sus necesidades de movilidad a largas distancias, excepto para coordinarse y enriquecerse con otras comunidades.

Posibilitase espacios para la vida del resto de los seres, espacios que deberán estar interconectados mediante corredores biológicos.

Tomase las decisiones mediante democracia participativa, con una redistribución equitativa, justa y solidaria de la riqueza y del poder entre sus habitantes. Es decir, no existirían megaestructuras como la Unión Europea, sino mecanismos de coordinación para articular globalmente las decisiones locales.

1. Manfred Max-Neef: Desarrollo a escala humana. Icaria Barcelona. 1994.
2. Jorge Riechmann: Biomímesis. El Ecologista nº36. 2003. Jorge Riechmann: Un mundo vulnerable: ensayos sobre ecología, ética y tecnociencia. Los Libros de la Catarata. 2000.
3. Aunque los ecosistemas tienden, conforme evolucionan, a estados de productividad bajos, es decir, pasan de ser muy ineficientes a ser altamente eficientes.
4. Ramón Margalef: La Biosfera entre la termodinámica y el juego. Omega. 1980.
5. Ramón Margalef: Planeta azul, planeta verde. Prensa Científica. 1992. Antonio Estevan: La enfermedad del transporte. www.ciudad-derechos. org/espanol/pdf/eed.pdf.
6. Una de las características de los sistemas complejos es que, ante situaciones de crisis, son capaces de producir una serie de emergencias que permiten salvarlas. Una emergencia en la naturaleza fue, por ejemplo, la aparición de la fotosíntesis.

la conversión del poder-hacer en poder-sobre

John Holloway

El capital no se basa en la propiedad de las personas sino en la propiedad de lo hecho y, sobre esta base, del repetido comprar el poder-hacer de las personas. Dado que no hay propiedad de las personas, ellas muy fácilmente pueden rechazar tener que trabajar para otros sin sufrir un castigo inmediato. El castigo proviene más bien del hecho de ser separadas de los medios de hacer (y de supervivencia). El uso de la fuerza no proviene entonces de la relación directa entre capitalista y trabajadora o trabajador.

La fuerza, en primer lugar, no se centra en el hacedor sino en lo hecho: su centro es la protección de la propiedad, la protección de la propiedad de lo hecho. No la ejerce el propietario individual de lo hecho porque eso sería incompatible con la naturaleza libre de la relación entre el capitalista y la trabajadora o el trabajador, sino una instancia separada responsable de proteger la propiedad de lo hecho: el Estado. 


La separación de lo económico y lo político (y la constitución de lo "económico" y lo "político" por esta separación) es, por lo tanto, central para el ejercicio de la dominación bajo el capitalismo. Si la dominación siempre es un proceso de robo a mano armada, lo peculiar del capitalismo es que la persona que tiene las armas está separada de aquella que comete el robo y simplemente supervisa que el robo se realice conforme a la ley. Sin esta separación, la propiedad de lo hecho (como opuesta a la posesión meramente temporal) y, por lo tanto, el capitalismo mismo, serían imposibles.

Esto es importante para la discusión sobre el poder, porque la separación de lo económico y lo político hace aparecer a lo político como el reino del ejercicio del poder (dejando a lo económico como una esfera "natural" fuera de cuestionamiento), cuando de hecho el ejercicio del poder (la conversión del poder-hacer en poder-sobre) ya es inherente a la separación de lo hecho respecto del hacer y, por lo tanto, a la constitución misma de lo político y lo económico como distintas formas de relaciones sociales.

Extraído de 'Cambiar el mundo sin tomar el poder. El significado de la revolución hoy' de John Holloway

El debate sobre el socialismo del siglo XXI apenas comienza

Gustavo Fernández Colón - Entropía

Traducción al español de la ponencia leída originalmente en francés en el Coloquio “Crisis ética, ética de crisis”, organizado por la revista Entropía en la Universidad París Descartes, París, el pasado 4 de abril de 2009.   


Junto con mis disculpas por mi mal francés, quiero ante todo agradecerles a Jean Claude Besson-Girard, a Yannick de la Fuente, a Claude Llena y al Comité Editorial de la revista Entropía por haber tenido la gentileza de publicar mi artículo y por su amable invitación para que participe en esta Mesa Redonda.

Yo formo parte de un pequeño grupo de académicos venezolanos interesados en resaltar la importancia de las estrategias alternativas generadas por las comunidades populares para enfrentar la crisis económica y ecológica contemporánea, en el contexto de la transición política por la que atraviesan actualmente mi país y, en general, América Latina.

Desde esta perspectiva, quisiera compartir con ustedes algunas apreciaciones acerca del «viraje a la izquierda» de la política latinoamericana que ha tenido lugar durante la última década, precedido por fuertes movimientos sociales de protesta contra la agudización de la desigualdad y la pobreza provocada por las políticas neoliberales de la década de los noventa.

Desde el primer triunfo electoral del presidente Chávez en Venezuela en 1999 hasta la más reciente elección del presidente Mauricio Funes en El Salvador el pasado quince de marzo, las organizaciones políticas de izquierda han llegado al poder en muchos países, aunque con orientaciones filosóficas, programas de gobierno y contextos de acción muy diferentes.

Pero más allá de las divergencias, es posible identificar algunos rasgos comunes en todos los gobiernos de la nueva izquierda latinoamericana. La primera característica es el énfasis en el rol del estado para frenar los desequilibrios sociales generados por el mercado. En la práctica, esto ha implicado una mayor preocupación por la justicia social, el fortalecimiento de los servicios estatales de educación, salud y bienestar social destinados a atender a los más pobres, el énfasis en la soberanía económica, una mayor cooperación e integración entre los países de la región y el intento de zafarnos de nuestra subordinación a los Estados Unidos.

Pero aun reconociendo los enormes méritos éticos y políticos de este esfuerzo, observamos con preocupación que el problema de la sustentabilidad ecológica de nuestras estrategias de desarrollo aún no está siendo considerado en serio por la mayor parte de los líderes y cuadros dirigentes de la nueva izquierda latinoamericana. Todavía palabras como desarrollo, progreso y crecimiento económico continúan orientando los objetivos de las políticas gubernamentales.

Es justo señalar que ha habido avances conceptuales importantes en materia de sustentabilidad ecológica. Un ejemplo lo tenemos en la nueva Constitución de la República del Ecuador, que reconoce a la naturaleza o Pacha Mama como sujeto de derecho, y otro en la declaración de los diez mandamientos para salvar al planeta, la humanidad y la vida del presidente de Bolivia Evo Morales. Pero en la práctica, la acción política sigue condicionada por la urgencia de hacer crecer nuestras economías para distribuir la riqueza de una manera más equitativa y atender los problemas de la pobreza y la miseria que aquejan a la inmensa mayoría de nuestra población.

La actual crisis del sistema capitalista mundial, que ha hecho perder sus empleos y sus viviendas a miles de estadounidenses y que ha desencadenado las recientes movilizaciones de protesta de los trabajadores de Francia, también está teniendo un fuerte impacto en las economías latinoamericanas a raíz de la caída de los precios y los volúmenes de nuestras exportaciones. No sabemos cuánto tiempo pueda prolongarse esta depresión global ni la magnitud de los daños que causará en el mundo entero. Lo que sí es cierto es que representa tanto una oportunidad como una amenaza para los esfuerzos destinados a la construcción de una economía no solo justa sino también ecológicamente sustentable.

La recesión global es una amenaza porque el propósito de reactivar el crecimiento económico puede imponerse como un reto urgente para tratar de contener el creciente malestar social y porque puede servir también de excusa para justificar estrategias de desarrollo ambientalmente insostenibles bajo la promesa de crear más empleos.

Por otra parte, la crisis económica puede también convertirse en una oportunidad si su coincidencia con los signos del avanzado deterioro ambiental de nuestro planeta contribuye a poner en evidencia que la lógica capitalista nos está conduciendo no sólo a una debacle económica que agravará la pobreza y el sufrimiento de la mayor parte de la humanidad, sino a un desastre ecológico que está poniendo en riesgo la sobrevivencia misma de nuestra especie.

En consecuencia, el actual proceso de agudización de las contradicciones sociales, económicas y ecológicas del sistema capitalista mundial, podría desencadenar una metamorfosis civilizatoria si logramos traducir en acciones colectivas lo que Serge Latouche ha denominado la “pedagogía de la catástrofe”.

En Venezuela, como en muchos otros países del mundo, la conciencia acerca de la gravedad de la crisis ecológica es todavía incipiente. Y si bien es cierto que, desde hace una década, el gobierno revolucionario que dirige el presidente Chávez ha hecho avances importantes en materia de disminución de la pobreza y redistribución de la renta nacional con criterios de equidad, el ideario del socialismo del siglo XXI defendido por nuestro gobierno todavía responde, en sus rasgos fundamentales, al paradigma desarrollista compartido tanto por las derechas como por las izquierdas del siglo XX.

Para hacerse una idea del alcance de las políticas sociales de nuestro gobierno, vale la pena examinar el más reciente informe publicado por la CEPAL o Comisión Económica para América latina y el Caribe. De acuerdo con este organismo dependiente de la ONU encargado de sistematizar las estadísticas sobre la situación económica en América latina, la pobreza en Venezuela disminuyó de un 49,4 % en 1999 a un 30,2 % en 2006, mientras que la indigencia o pobreza extrema pasó del 21,7% al 9,9% en el mismo período. Del mismo modo, la mortalidad infantil descendió en casi cinco puntos porcentuales entre el 2003 y el 2007. El desempleo disminuyó desde el 14% en 1999 hasta el 7,1%.

Gracias a nuevas formas de organización comunitaria como las “mesas de agua”, se ha ampliado el suministro de agua potable hasta alcanzar el 92% de la población. Se ha creado un servicio estatal de distribución de alimentos subsidiados que alcanza a 14 millones de personas. Se ha extendido considerablemente la atención médica gratuita a los más necesitados, mediante la puesta en funcionamiento de 4500 consultorios y clínicas populares. El país fue declarado territorio libre de analfabetismo por la UNESCO en 2005 y se ha ampliado notablemente la cobertura del sistema educativo nacional, con carácter gratuito hasta el nivel universitario.

Sin embargo, la gran pregunta que hoy se formula la mayoría de los venezolanos es por cuánto tiempo serán sostenibles estas políticas de inclusión social en medio de una recesión mundial que ha hecho descender enormemente los precios de nuestra principal fuente de ingresos: el petróleo.

Se trata de una preocupación grave sobre todo para los sectores populares que temen perder estos beneficios sociales a los que nunca antes tuvieron acceso y para la nueva burocracia instalada en el poder. Lamentablemente, lo que muy poca gente se pregunta hoy en Venezuela es por cuánto tiempo será viable una economía fundada principalmente en la explotación de los combustibles fósiles, responsables del recalentamiento de la tierra.

Un ejemplo significativo de los límites ecológicos del modelo de desarrollo imperante en mi país, lo tenemos en nuestro sistema de generación de electricidad. Cerca del 70% de la energía eléctrica que consumimos 26 millones de venezolanos proviene de fuentes hidroeléctricas. Y particularmente de las represas construidas sobre el río Caroní, cuya cuenca está ubicada en el borde norte de la amenazada selva amazónica. El otro treinta por ciento proviene de centrales termoeléctricas a base de fueloil y gas.

El crecimiento económico de los últimos años y la extensión del acceso a los servicios públicos a sectores de la población anteriormente excluidos, ha hecho que rápidamente estas fuentes de energía se hayan hecho insuficientes. Para resolver este problema, se ha comenzado a trabajar en el desarrollo de energías renovables como la solar, la eólica y la geotérmica. Pero hasta ahora se consideran insuficientes para cubrir el crecimiento de la demanda eléctrica, lo que ha llevado a nuestro gobierno a proyectar la construcción de centrales nucleares, con el apoyo técnico de Rusia y de Francia.

Los ecosocialistas venezolanos, acompañados por algunos decrecentistas de Francia, hemos expresado públicamente nuestro desacuerdo con los convenios de cooperación en materia de energía electro-nuclear suscritos recientemente por ambos países. Pero nuestro impacto ha sido mínimo en la opinión pública y los planes gubernamentales en esta materia siguen en marcha.

Hay muchos otros aspectos relacionados con las transformaciones socio-políticas que están teniendo lugar en Venezuela y América Latina sobre los que pudiéramos seguir conversando, pero el tiempo previsto para nuestras intervenciones en este foro me obliga a ser breve. En todo caso, me parece conveniente señalar que a pesar de la enorme influencia de los mitos modernos del crecimiento y el desarrollo, el debate sobre los rasgos distintivos del socialismo del siglo XXI todavía permanece abierto en Venezuela. Y, en mi opinión y la de varios intelectuales latinoamericanos, la filosofía del decrecimiento tiene mucho que aportar en esta discusión.

De ahí mi complacencia por la posibilidad de estar hoy y aquí entre ustedes dialogando sobre un asunto tan trascendental para el porvenir no sólo de mi país y del vuestro, sino de la humanidad entera.

Muchas gracias.

Original disponible en: http://www.entropia-la-revue.org/spip.php?article37

El decrecimiento como herramienta política

Propuestas desde las redes de decrecimiento para la sostenibilidad y la equidad.

Desazkundea. Revista El Ecologista nº 75.


Sin duda, la mirada política del decrecimiento tiene la virtud de abrir un espacio, un vivero de ideas teóricas y buenas práctica subversivas, recuperadas algunas e innovadoras otras, para entender, afrontar y transformar un futuro catastrófico cada vez más cercano.


Cada vez somos más quienes pensamos que ante una situación caracterizada por una crisis ecológica, económica, sociopolítica y de cuidados, los movimientos transformadores necesitamos encarar nuevas preguntas, nuevas respuestas y nuevos caminos para la acción.


Está permitido pensar de nuevo y, por ello, un creciente número de personas y movimientos están empezando a utilizar el decrecimiento no solo para vivir acorde con sus principios de simplicidad voluntaria, sino también para organizarse, reflexionar y aportar propuestas concretas de cambio colectivo. Una parte de los movimientos sociales han otorgado al decrecimiento un papel de herramienta política válida y eficaz que orienta un trabajo de lucha contra este capitalismo desarrollista y brutal basado en los mercados de futuro, el beneficio y la explotación de personas y cosas.


La suficiencia y el “menos para vivir mejor” son los lemas que el decrecimiento sostenible opone a la resignación del caos capitalista y sus crisis endémicas. En un planeta finito es necesaria la autolimitación para un “buen vivir”… de todo el planeta.


Sin duda, la virtud de la mirada política del decrecimiento es la de abrir un espacio, un vivero de ideas teóricas y buenas práctica subversivas, recuperadas algunas e innovadoras otras, para entender, afrontar y transformar un futuro catastrófico cada vez más cercano. Así, puede aportar elementos centrales para el futuro como:



  • Una reconceptualización de aspectos como el desarrollo, el trabajo o la riqueza, y una profundización y rescate de otros como la justicia social o la democracia radical, basados en las economías alternativas y el ecofeminismo.

  • Propuestas novedosas desde la justicia ambiental y las relaciones Norte-Sur centradas en un decrecimiento selectivo y justo de los países del Norte que elimine los efectos de la anticooperación, y un desarrollo socio-ecológicamente eficiente para los países del Sur.

  • La apuesta por modelos relacionales, de vínculo y lazo social, urbanísticos y energéticos como las ciudades en transición o las cooperativas integrales.

  • El valor de la coherencia entre el comportamiento individual y la acción colectiva, así como una necesaria revolución cultural: si el estado está perdiendo legitimidad, buscar respuestas comunes que hagan universales los derechos básicos.

  • Un puente entre sociedad y espacios de transformación social, y la creación de un nexo estratégico entre partidos, agentes sociales y movimientos verdes, anticapitalistas, feministas y ecosocialistas, rompiendo resistencias y prejuicios, desde la democracia de base.

La experiencia de Desazkundea


Con pensamientos similares a los expuestos en los apartados precedentes y experiencias variopintas, algunas personas decidieron crear en Euskadi, al igual que estaba sucediendo en otros lugares, una Red por el Decrecimiento. De esta manera, en febrero de 2010 se realizó la primera asamblea del colectivo Desazkundea en Bilbao. Una de las características de esa primera asamblea es que nos reunimos gentes de diversas procedencias (desde el movimiento libertario en sus diversas formas, ecologistas, anticapitalistas, cristianos/as de base…) que hablaban un mismo lenguaje, con un diagnóstico similar y desde mundos políticamente diversos. Desde el primer momento quedó claro que pretendíamos tejer un movimiento sin burocracia, sin jerarquías, inclusivo desde una perspectiva feminista y capaz de pensar, trabajar y actuar desde lo local a lo global y vuelta.


Las iniciativas y experiencias se tejen alrededor de diferentes áreas y grupos de apoyo de los cuales han ido surgiendo diversas experiencias y trabajos concretos entre los que podemos citar: Etxekoop (para construir cooperativas de viviendas de cesión de uso), huertos (con la ocupación de un terreno municipal en un barrio de Bilbao puesto al servicio de la gente), DOT (Directrices de Ordenación Territorial), moneda local (que se piensa lanzar en breve), Debalde (tienda gratis), Gasteiz en transición (combinando el decrecimiento y el modelo de las iniciativas de transición), etc.
Dentro de una perspectiva de intervención política iniciamos un tímido camino con la ayuda a la traducción al castellano del informe de la NEF inglesa 21 horas. Al mismo tiempo vimos que necesitábamos concretar más para dar expresión a los cambios estructurales políticos y sociales que el decrecimiento requiere. Así, hemos iniciado una triple vía de trabajo; la primera centrada en cómo estructurar una futura economía alternativa alrededor de la economía feminista y del modelo del estado estacionario (con la traducción y difusión del informe Suficiente es suficiente con CASSE y Justice for All o los talleres en relación a la economía feminista); la segunda e incipiente basada en cómo relocalizar la política usando y estudiando la propuesta de la Democracia Inclusiva; y la tercera con la elaboración de una serie de propuestas políticas (ver apartado siguiente).


Propuestas políticas


Aprovechando las elecciones autonómicas al parlamento vasco del 21 de octubre, decidimos hacer un sencillo proceso participativo con el objetivo de plantear a las organizaciones políticas propuestas concretas y medidas suficientes para organizar la sostenibilidad de la vida y alcanzar la justicia socio-ambiental. Somos conscientes de que estas medidas corresponden a diversas fases de transición y todavía quedan muchos aspectos por trabajar.


Concretamente, se trata de 66 medidas que pueden consultarse en: http://desazkundea.org/component/co.... Para desarrollarlas adecuadamente necesitaríamos un espacio que excede el del presente artículo (recomendamos su lectura), pero sí quisiéramos destacar algunas:



  •   La medición del progreso y el bienestar por parámetros alejados del PIB que mezcle los índices cuantitativos y cualitativos a través de un proceso social participativo de cara a romper los vínculos entre felicidad y progreso con lo monetario y el consumismo. Esto nos llevaría igualmente a un replanteamiento de la cooperación Norte-Sur, de la educación y la salud, para centrarse en el ser humano.

  •   Visibilizar el trabajo de cuidados y promover actuaciones para su reparto, así como conseguir una igualdad real. Por ejemplo, creando estructuras públicas y comunitarias para el cuidado de la infancia, personas mayores y dependientes; convirtiendo en vinculantes las decisiones de los órganos consultivos en los que participan las organizaciones feministas y de mujeres…

  •   Una redistribución del trabajo y, por ende, de las rentas entre las personas a través de la limitación de las diferencias salariales (por ley, de 1 a 4), de la jornada laboral de 21 horas semanales y de una renta básica universal digna.

  •   Medidas fiscales y modelos empresariales y financieros tendentes a rebajar los niveles de producción y consumo y fomentar la relocalización máxima de todos los procesos hasta los límites biofísicos mediante la promoción de energías renovables, soberanía alimentaria, modelos cooperativos a escala humana, directrices de ordenación territorial nuevas y ecosuficiencia, pero sin olvidar la autolimitación. Por ejemplo, creando ecoregiones, imponiendo ecotasas, prohibiendo los paraísos fiscales, estableciendo un plan de descenso de consumo energético…

  •   Nacionalización de la banca y del sistema energético dejando a salvo las cooperativas energéticas y de crédito autogestionadas.
  •   Lucha contra la acumulación de poder a través de la promoción de una democracia inclusiva basada en asambleas populares vinculantes y con una transición en la que se promuevan los referéndums, ILP efectivas, etc. Y la horizontalización de las estructuras de las instituciones, partidos y sindicatos para conseguir coherencia entre la democracia que se predica y la que se practica, en una nueva ética.
Por el momento, nos hemos reunido para contrastar opiniones en relación a las propuestas con Equo, EH Bildu y Ezker Anitza-IU y estamos a la espera de concertar fechas con algún partido más. En estos encuentros hemos visto coincidencias y radicales discrepancias, pero también un pequeño compromiso por seguir de cerca las actividades de los grupos de decrecimiento e incluso la posibilidad de realizar talleres y jornadas específicas. Uno de los mensajes que hemos tenido muy presentes a la hora de hablar con ellos es nuestra radical negativa a asumir que no hay medidas ni pensamientos alternativos que nos lleven a una relocalización de otra política posible, basada en la equidad y la sostenibilidad en un proceso de transición justo; y precisamente descubrir qué metodología de transición aplicar es uno de los retos prácticos que debemos encarar entre todas.

La crisis como oportunidad. Por una transición vía decrecimiento

Enric Duran en el viejo topo nº 253




Desde los movimientos sociales, Enric Durán apuesta por dar pasos concretos hacia una sociedad que, a través de prácticas solidarias y comunitarias, inicie su despegue del capitalismo. Abandonar la globalización, relocalizar la economía y la política, rechazar el crecimiento económico como modo de desarrollo y de creación de empleo son algunas de sus propuestas.

Comunidad y cooperación social, ejes para abandonar el capitalismo.

Ante la gran crisis económica que azota al sistema capitalista y que antecede lo que con toda probablidad será la mayor depresión desde el crack del 29, la línea que ha tomado el poder político y financiero global es la de una huida hacia adelante. La importancia de esta constatación no por previsible debe minusvalorarse.

Las medidas que se están adoptando desde el poder político global, van en la línea de afianzar el sistema actual con grandes aportaciones a los bancos y cada vez más a otros sectores estratégicos a costa de la mayor parte de la ciudadanía, que está recibiendo la atención mínima necesaria para mantener la paz social, mientras muchas empresas aprovechan la situación para hacer limpieza a través de multitud de ERE's Ante esta situación excepcional es fundamental mirar más allá de las finanzas y de la economía de casino que está haciendo tanto daño a la economía real.

El G20 ha apostado por oponerse al proteccionismo y por mantener el crecimiento económico como fin en sí mismo, y esto es igual a apostar por el colapso ecológico. Nadie de arriba dice que hablar de proteccionismo, ecológicamente hablando, sería sinónimo de reducir globalmente el transporte de mercancías y personas.

El transporte actual es un 95% dependiente del petróleo, el cual ya ha llegado a su pico –su capacidad máxima de producción– y en breve empezará a declinar. Si bien pueden haber varias alternativas para producir electricidad de manera renovable, no las hay válidas para sustituir los combustibles líquidos necesarios para el transporte de mercancías que va mayoritariamente en camión y barco.

Ningún jefes de estado del G20 considera que hablar de crecimiento económico, como objetivo en sí mismo, está fuera de toda lógica consecuente en un mundo que está llegando a sus límites naturales. No quieren reconocer que lo que deben hacer es cambiar un sistema económico en el que el dinero es creado por los bancos de la nada, y dónde el sistema de negocio bancario basado en el tipo de interés hace que sin crecimiento haya depresión económica y social, como estamos viendo en la actualidad.

Nadie recuerda ahora el gran problema del cambio climático, que fue tan mediático en el 2006 y el 2007 hasta que empezó la crisis económica. Sin olvidarnos de los peligros que tenemos ante la dificultad de acceso a agua potable, la escasez de minerales básicos para la industria, la reducción de la pesca y de tierras cultivables, las especies que se extinguen etc...

Por no hablar del aumento del número de pobres en todo el mundo, por causas intrínsecas al sistema capitalista, ya mucho antes que empezara la crisis actual.

Querer solucionar la crisis económica dando la espalda a las crisis energética, ecológica y social es una de las decisiones más irresponsables de la historia.

Ahora que la depresión económica impedirá crecer durante unos cuántos años puede estar ante nosotros la gran oportunidad para construir un nuevo sistema económico que nos permita perdurar en el planeta mucho tiempo y acabe con las desigualdades sociales. Eso, como era de prever, no lo van a hacer los mismos poderes económicos y políticos que nos han llevado a esta situación.

¿Ante eso que podemos hacer desde los movimientos sociales?

Hemos de evitar la visión parcial y cerrada que ya tienen los poderosos y la izquierda institucional, no podemos luchar sólo para que los capitalistas no sean tan malos y dejen menos personas en paro. No podemos dedicarnos simplemente a pedir a los políticos que destinen dinero a la clase trabajadora, o a nuestro sector económico concreto.

Tenemos el deber de unirnos para transformar el sistema. Estamos iniciando unos años muy importantes en la historia de la humanidad, la depresión económica que está llegando será posiblemente la última oportunidad que tendremos para parar la destrucción del planeta y salvarnos a nosotros los humanos de una catástrofe social sin precedentes.

Ante una situación excepcional, no podemos seguir actuando como estamos habituados a hacer desde los movimientos sociales, sino que hacen falta respuestas excepcionales. Por todo ello, las acciones de presión puntuales, como determinadas acciones directas, manifestaciones o incluso la tan ansiada huelga general de trabajadores, las tendríamos que acompañar de acciones estratégicas de carácter sostenido que nos permitan progresivamente ir restando hegemonía al poder y repartirla entre los de abajo. Y especialmente son necesarias respuestas que incluyan al mismo tiempo el embrión de una nueva sociedad. Es importante actuar tanto respecto a la sociedad en general (o por lo menos la gente abierta a cambios) como entre la gente que ya practica otra manera de vivir. En este segundo caso, pienso que debemos apostar por la extensión del decrecimiento.

El decrecimiento como práctica de los nuevos movimientos sociales.

El movimiento del decrecimiento denuncia el mito del crecimiento perpetuo, y propone salir de los parámetros del productivismo, del consumismo y al fin y al cabo salir del sistema capitalista. Para hacerlo nos propone relocalizar las maneras de vivir. Se trata de abandonar el proceso de globalización económica y relocalizar la economía, es decir la producción y el consumo, y con ellas reducir el transporte. Para hacerlo hace falta relocalizar la política y así conseguiremos que vuelva a ser controlada por la gente.

Relocalizar la política significa por ejemplo que los niveles de soberanía vayan de abajo arriba, de manera que todo lo que se pueda decidir a nivel municipal no se decida en niveles superiores y sólo aquello que afecte a todo el país se decida en ese nivel. Vivir así, nos permitiría liberarnos del poder de las empresas transnacionales y los poderes económicos mundiales.

Esta transición hacia lo local se debe llevar a la práctica acompañada de una reducción radical del consumo que pueda causar por tanto una reducción de la producción y de los transportes. Aquello que se considere necesario, se debe ir produciendo cada vez más sobre principios ecológicos y cerrando los ciclos de las materias utilizadas.

La reducción del consumo necesita un cambio cultural importante en el que paulatinamente las personas dejemos de basar nuestro bienestar en las propiedades y el consumo de bienes materiales y valoremos mucho más los bienes relacionales, como son por ejemplo las relaciones humanas.

Y una de las claves para aplicar estos cambios económicos, políticos y culturales es rehacer la comunidad como elemento básico que permita poner en marcha nuevas formas de convivencia, en las que salgamos del individualismo que ha predominado en las últimas décadas, aprendamos a cooperar entre vecinos y vecinas para ayudarnos los unos a los otros en nuestras necesidades, evolucionando así hacia una autonomía comunitaria del estado y del mercado para resolver las cosas del día a día.

Esta forma de transformar se está organizando desde la base social a partir de experiencias concretas que resuelven por mentales y privadas-mercantiles las necesidades básicas de cada persona y de la comunidad en temas básicos como la vivienda, la alimentación, la educación, el trabajo, la salud y el ocio, entre otros. Allí tenemos ejemplos de ello, como son los centros sociales autogestionados, las cooperativas de consumo ecológico, las escuelas libres, las redes de intercambio y los huertos comunitarios.

Para convertir las experiencias concretas realmente en una alternativa sistémica debemos ir mucho más allá y combinarlas unas con otras. La construcción de puentes de cooperación social puede permitir optimizar esfuerzos y energías, conectar espacios y extender cada vez más la red, de manera que se vuelva mucho más fuerte y dinámica. Por ello es importante que en cada territorio se genere un gran banco de recursos de todo tipo: materiales para compartir, viviendas vacías o con espacio, tierras para cultivar, conocimientos para la autogestión cotidiana, propuestas para el decrecimiento, y otras…

Para sacar adelante nuevas maneras de vivir, hacen falta recursos materiales y también mucha dedicación. Por ello, además de compartir lo que ya se tiene, es fundamental liberar ese tiempo tan necesario para consolidar esos proyectos.

Puesto que la falta de dinero suele convertirse en un problema limitador para la consolidación de alternativas, hace falta superar esa escasez y crear un sistema de acceso a las necesidades que en sí mismas sean parte de la alternativa de sociedad.

Un ejemplo de ello sería el Espacio Público Autónomo, que la Xarxa pel decreixement está tratando de poner en marcha en Catalunya. Éste consistiría en una red de personas y recursos donde se garanticen a partir de relaciones comunitarias las necesidades básicas de las personas que participen, con el objetivo que éstas dejen de dedicarse a trabajar en la economía capitalista y se puedan dedicar a proyectos de la sociedad alternativa.

Propuestas como ésta quieren contribuir a que la gente, organizada en los movimientos sociales, pueda convertirse en un contrapoder real a los poderes fácticos, de manera que podamos oponernos a los planes de los de arriba a la vez que ponemos en práctica un embrión de lo que puede ser una nueva forma de organización de la sociedad.

Para avanzar en esos objetivos es necesario aumentar la base social de estas prácticas. Para ello, ¿qué mejor que aprovechar la actual crisis económica para demostrar a través de la práctica cómo la cooperación social puede mejorar la calidad de vida de la gente? La aportación de los movimientos sociales a la sociedad en tiempos de crisis.

Ante una problemática económica generalizada propongo que nos relacionemos con la sociedad especialmente en cuanto a los que son los tres grandes problemas que forman parte de la percepción común de la crisis: endeudamiento/sistema financiero, vivienda y trabajo, desde una perspectiva que nos permita avanzar mediante una respuesta social que también responda a otras necesidades profundas que no son tan evidentes pero que ya hemos comentado: recuperar la comunidad, el equilibrio ecológico con el entorno, y la cooperación social. De esa manera la acción de los movimientos ante la crisis tendría como resultado un acercamiento a las prácticas decrecentistas de un mayor número de personas.

Así pues, en cada uno de estos temas necesitamos proyectos estratégicos que puedan tener un impacto importante en la forma de vida de mucha gente. Siempre bajo el prisma de las cooperativas como método legal de agregar voluntades a una práctica no capitalista, y las relaciones comunitarias como medio y a la vez fin para superar el individualismo a que nos somete el sistema. A partir de ello, aquí comparto algunas propuestas concretas.

En el ámbito del endeudamiento de los particulares, que les obliga a esclavizarse con trabajos que odian o más horas de las que querrían, desde el colectivo Crisis hemos iniciado la campaña para una huelga de usuarios y usuarias de banca. Mediante la cual, las personas morosas o que opten por serlo, podrán cortar sus cadenas y al mismo tiempo implicarse en soluciones cooperativas a sus problemas de vivienda, trabajo y estilo de vida. A la vez que cualquiera se podrá implicar tenga deudas o no, vaciando o cerrando su cuenta en un banco capitalista para apostar por alternativas financieras éticas, cooperativas y en algunos casos comunitarias. De esta manera iremos disminuyendo colectivamente nuestra colaboración con el sistema para financiar su alternativa.

En el ámbito de la vivienda propongo como proyecto estratégico la creación de cooperativas de vivienda de uso. Es decir, donde los participantes son inquilinos y a la vez socios de la cooperativa que es propietaria de la vivienda. Esta idea que aborta la especulación, sigue el modelo escandinavo “andel” que está popularizando, hasta ahora todavía con poco impacto, la asociación Sostre civic.

Ahora se abre una buena oportunidad para generalizar esa propuesta, porque con unos pocos cálculos cualquier persona hipotecada podrá darse cuenta que dejando de pagar su hipoteca y apostando por ese modelo, podrá aumentar a medio plazo su bienestar y seguridad, disminuyendo sus necesidades económicas.

Este modelo de cooperativa de vivienda además de por el propio acceso a la vivienda es importante por todas las relaciones comunitarias que puede conllevar, pues se pueden generar tareas, espacios y usos comunes que además ayudarán a reducir el impacto ecológico de nuestra forma de vida.

Se trata de realizar una expropiación ciudadana de la propiedad capitalista para convertirla en propiedad colectiva, y la cooperativa de uso es una manera legal de hacerlo que puede complementarse con las acciones de desobediencia civil tipo okupaciones que ya conocemos.

Sabemos de sobra que también debemos construir una acción unitaria en el ámbito del trabajo, delante de los despidos y del aumento exponencial del paro que se está empezando a vivir. No podemos conformarnos con presionar para quedarnos como estamos; porque la construcción de una alternativa al capitalismo necesita de otros tipos de empresas, autogestionadas por los trabajadores y trabajadoras, que se dediquen cada vez más a aquellas áreas económicas que nos permitan realizar una transición hacia otra manera de vivir.

Es necesario apostar por la expropiación y la recuperación obrera de empresas y a la vez por la transición de éstas hacia otros modelos productivos. Y hace falta apostar por crear nuevas cooperativas que hagan posible otra manera de producir y de vivir.

Es importante que el entramado existente de sindicalistas alternativos y combativos asuma esa estrategia en sus incansables acciones de apoyo a los trabajadores en peligro, puesto que será de esta forma que dotaremos de una estrategia realmente anticapitalista al actual proceso de luchas sociales. En ese camino, sin duda contarán con el apoyo del movimiento ecologista y cooperativo, junto con nuevos movimientos sociales, entre ellos el movimiento por el decrecimiento.

Y de manera transversal a los tres ámbitos comentados es importante construir redes comunitarias de apoyo a las personas que por causas de lucha o precariedad tengan problemas para cubrir sus necesidades básicas: (vivienda, alimentación, etc.). Una propuesta que puede interesar a embargados y parados. La misma idea que comentábamos del espacio público autónomo cuando hablábamos del decrecimiento, pero extendida a cualquier persona que tenga necesidades que puedan cubrirse con la autogestión. Quizá es el momento de recuperar la idea de las asociaciones de vecinos pero en un formato basado en la producción de nuevas relaciones sociales y económicas en el ámbito comunitario. ¿Acaso como cooperativas comunitarias?

Conflicto y sistematización. Por la complementariedad de las estrategias de acción.

 
Estoy enfocando este artículo hacia estrategias de transformación positiva, pero antes de acabar cabe recordar que ella no puede estar exenta de conflicto. El conflicto es inevitable, pero además necesario, porque mucha gente se conciencia a través de una injusticia o situación delicada que le afecta directamente y esta situación estructural activa su motivación para hacer a la vez su cambio personal y participar del cambio colectivo. En el conflicto el individuo se convierte en parte de un colectivo, y el cambio positivo necesita de esos colectivos para alcanzar una envergadura adecuada.

En un momento de crisis como el actual, las situaciones de conflicto se acrecientan y por tanto también las oportunidades de cambios. Mediante el conflicto, de algunas de las empresas del capital que cierran ahora deberán salir las empresas sociales y sostenibles del mañana.

El nosotros contra ellos es algo que se da de manera múltiple en miles de conflictos que hay en nuestra sociedad, y estará allí mientras exista un sistema basado en clases sociales.

Si queremos que la opción por las transformaciones positivas crezca, podemos dedicarnos los que podamos a apoyar a muchos de estos “nosotr@s” en sus conflictos en su lugar de trabajo, de vivienda o donde sea, y provocar que a partir de la práctica de solidaridad también deserten de la opción sistémica (ser explotado, estar hipotecado, etc..) y se impliquen en la creación de una solución positiva que supere esta situación de conflicto. A través de la solidaridad y apoyo mutuo, será más viable desertar de unas realidades y construir otras.

Igualmente, por mucho que desertemos, no nos olvidemos de que el conflicto seguirá existiendo. Por ejemplo, una gran mayoría seguimos obligados a ducharnos en un agua que gestiona Agbar, calentar esa agua a través de otra empresa llamada Gas Natural y conectarnos a internet a través de Telefónica. Empresas que siguen explotando trabajadores y destruyendo el planeta en otros lares y que a la larga harían imposible ese modelo de vida que estamos construyendo.

En algún momento, cuando hayamos dado muchos otros pasos antes y tengamos sistematizada y extendida esa otra forma de vivir, deberemos afrontar ese conflicto con el sistema dominante y afrontar la expropiación de esas empresas que gestionan necesidades públicas.

La necesidad de otra sistematización es necesaria también para que mucha gente se implique en desertar del capitalismo y participar en esos cambios positivos. Hay bastantes personas que necesitan ver que hay algo más allá de pequeños flotadores para tirarse a la piscina. En este artículo he incluido algunos de los elementos que se podrían incluir en lo que podría ser un plan de acción de transición, un plan para llevar a la práctica una transición desde el abandono colectivo del sistema actual, hacia la construcción de otra sociedad. Un plan estratégico de acción, en que el cambio individual y el colectivo; el cambio estructural y el cultural, sean sinérgicos y paralelos, un programa completo pero a la vez abierto y en permanente reconstrucción que nos permita hacer camino al andar. Un plan donde quepan muchos planes, para un mundo donde quepan muchos mundos.

Para concluir, aclarar que en este artículo no he estado hablando de esa otra sociedad que aún nos queda muy lejos y, a golpe de obsesionarnos demasiado en ella, dejamos de hablar de los primeros pasos y los siguientes, que son los que nos pueden permitir acercarnos para que esa alternativa se divise más cerca. Así que me he centrado en proponer lo que podemos hacer para aprovechar la crisis y empezar a salir del capitalismo, aquí y ahora.

Enric Duran es guerrillero antibancario