Argentina es un caso interesante para la teoría del decrecimiento


En aquel 2002, mientras en Argentina la vida se nos desmoronaba, en Francia había un economista, Serge Latouche, en busca de una palabra. Rastreaba, provocador, un término que se pudiera oponer a la sociedad de consumo desquiciado, al desarrollo sostenible ilimitado. Decrecimiento fue la que mejor le calzó. “Antes de 2002 existía una objeción al crecimiento pero no existía el decrecimiento. El decrecimiento, al principio, no era un concepto. Tampoco se corresponde simétricamente con el crecimiento. No es la recesión ni el crecimiento negativo –aclara Latouche, el mayor teórico sobre este movimiento-. Es una palabra que se convirtió en bandera para todos aquellos que aspiran a la construcción de una verdadera alternativa a una sociedad de consumo ecológica y socialmente insostenible.

Usted comenzó a usar el término “decrecimiento” en 2002, hace más de una década. En estos años, ¿mantiene la idea?


Debemos decir que “decrecimiento” es un eslogan que hemos utilizado para contrastar otro eslogan, el eslogan engañoso del “desarrollo sostenible” que presentaba unanimidad. Un término que despierta unanimidad es sospechoso porque no se pueden poner de acuerdo el capital y el trabajo. Era necesario generar otra vía porque al mismo tiempo que había unanimidad frente al concepto de desarrollo sostenible, se decía que no había alternativa posible. Había que generarla y desde 2002 la idea fue profundizar el proyecto del decrecimiento, darle un contenido, no sólo en el sentido de huir de la sociedad de consumo sino también que tuviera el propósito de construir una sociedad alternativa. Parecía que la única salida tanto para las ideologías de derecha como para las de izquierda era el crecimiento, sobre todo el crecimiento del mercado. El nudo del sentido del decrecimiento es encontrar de nuevo el sentido de la medida, del límite. 
 
En Argentina, durante la última gran crisis, más de ocho millones de personas llegaron a practicar el intercambio a través del trueque. Pero cuando la situación mejoró, el que pudo volvió a la lógica del mercado. ¿Cómo se logra hacer entender que el decrecimiento puede ser un modo de vida y no un paliativo transitorio?


No hay una receta. Me conmovió mucho lo que sucedió en la Argentina porque es un caso muy interesante para la teoría del decrecimiento. Era la demostración de un país que se apropiaba de la lógica de la moneda a través del intercambio. Ahora tenemos otro laboratorio que es Grecia, donde hay un encuentro entre los griegos que practican el decrecimiento por la fuerza y los griegos más intelectuales que han hecho esta elección teórica. Argentina era un modelo interesante porque allí la crisis ha golpeado a todo el pueblo, inclusive a las clases medias donde el imaginario del sistema de la sociedad de consumo permaneció y permanece. 
 
¿Eso jugó en contra?


Cuando les fue posible, regresaron al sistema anterior. Es una lástima que hayan tomado ese camino. Pero llegaremos a un punto en el que no será más posible volver al consumo. Es interesante porque junto a la Argentina está el Uruguay de Pepe Mujica, cuyos discursos están en sintonía con el decrecimiento. Hay, además, experiencias en Bolivia y en Ecuador donde me han dicho: “Lo que usted llama decrecimiento nosotros lo llamamos ‘el buen vivir’”. Es interesante que en América latina haya un movimiento bastante fuerte en esta dirección. Hay que descolonizar el imaginario. Es preciso un cambio radical del imaginario que ya comenzó como lo demuestran las experiencias de algunos países de América latina con la recuperación de las tradiciones amerindias. 
 
¿Es ese el mejor ejemplo del decrecimiento como proyecto de sociedad?


No existe una experiencia que se pueda definir como el verdadero ejemplo de decrecimiento. Cuando encontramos a la gente de la Confederación de Comunidades Indígenas de Ecuador comprendimos que su concepción del buen vivir es exactamente el proyecto del decrecimiento, aunque el contexto sea diferente y se involucren los gobiernos locales. El proyecto de las “Transition Town” también consuma el decrecimiento porque desarrolla resiliencia, reduce la impronta ecológica y vuelve sobre la autonomía alimentaria y energética.

En Bolonia, por ejemplo, nació la Social Street, un movimiento social que conecta a los vecinos con el objetivo de socializar. ¿Eso puede ser decrecimiento?


El proyecto del decrecimiento es un proyecto de sociedad, global, democrático, que puede dar sentido a muchas pequeñas iniciativas porque muy a menudo la gente se embarca en pequeños proyectos que no tienen final feliz, como algunas cooperativas, porque no tienen un marco de referencia. Yo digo siempre que el decrecimiento es un horizonte de sentido donde las iniciativas pueden tener su lugar. Como redes de intercambio, de comercio solidario o como el movimiento Slow Food que puede encontrar en el decrecimiento un horizonte de sentido.

¿Cuál es la principal amenaza para el decrecimiento hoy?


Que se descubra una cantidad gigantesca de petróleo y que entonces la gente se olvide una vez más de que hay límites y se dedique a consumir hasta el infinito. Pero pienso que no sucederá. Si permanecemos en el camino recorrido hasta ahora no llegaremos más allá de 2030 como prevé el quinto reporte del IPCC (Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático).

Usted dice que decrecimiento no significa crecimiento en sentido negativo. En un ensayo propone hablar de “acrecimiento” y uno de sus últimos libros lo define como “objetor del crecimiento”. ¿Es un modo de reinventarse?


El tema es dar un contenido positivo. Ya el hecho de salir de una sociedad que nos lleva a la catástrofe es positivo. También cuando el río crece y provoca inundaciones, todo el mundo celebra el decrecimiento del río. Pero se debe dar un contenido más concreto. Siempre digo que el hecho de que haya nacido como una respuesta alternativa a la sociedad del crecimiento no es una alternativa en sí sino una matriz de alternativa porque no se realizará en el mismo modo en Argentina, en Argelia o en Alemania. Más rigurosamente se debería hablar de un a-crecimiento como se habla de un ateísmo. Se trata del abandono de una fe o una religión, la del progreso y el desarrollo. Se trata de convertirse en ateo del crecimiento y de la economía. Una vez que logremos remover la capa de plomo del mercado, del capitalismo, encontraremos la diversidad cultural de la sensibilidad. No se hará del mismo modo pero el resultado debe ser una sociedad sostenible y que genere la mayor felicidad, bienestar y buen vivir posibles. La idea de prosperidad sin crecimiento, o de “abundancia frugal”, término que se usó en Francia en los años 70 para traducir la austeridad revolucionaria de Enrico Berlinguer (político que fue secretario del Partido Comunista Italiano) colaboran. 
 
En su libro Final de carrera dice que vivimos en “una sociedad del crecimiento sin crecimiento”.


La sociedad de crecimiento está basada sobre la multiplicación de lo ilimitado y lo ilimitado del producto significa la destrucción de los recursos naturales renovables y no renovables. La falta de límites del consumo significa crear necesidades cada vez más artificiales. Se debe salir de este camino para reencontrarse con el sentido de la medida y contraponerlo a esta desmesura de la riqueza. Creo que lo más importante hoy es realizar el programa conceptual de las ocho R: revaluar, redefinir, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar y reciclar.

El límite parece ser el elemento central de su propuesta teórica y política. Pero a nadie le gusta que le pongan límites.


Es preciso huir de la sociedad de consumo, del capitalismo y de un paradigma todavía más viejo que el capitalismo: el de lo ilimitado. Todas las sociedades han intentado limitar la desmesura, controlarla, sin lograrlo pero lo han intentado mientras que la occidental es la única sociedad que alienta la desmesura. Esto requiere un cambio radical del imaginario. No es posible educar a un niño sin enseñarle el sentido del límite. La nuestra es la única sociedad donde nos han hecho creer que se puede hacer todo. Hoy, la respuesta de que no se puede hacer todo nos la da la naturaleza en forma de eventos extremos como tsunamis y catástrofes de todo tipo porque no hemos sido capaces de crear una civilidad que incorpore el sentido de límite.

Se habla de decrecimiento y de decrecimiento feliz. ¿El decrecimiento es siempre feliz?


No, porque la felicidad es una cosa muy complicada. Digamos que buscamos que el proyecto del decrecimiento sea una elección societaria, de vida personal, que no es una forma de austeridad, que debe llevar a la alegría de vivir, al bienestar, a la serenidad. Yo prefiero la palabra decrecimiento sereno. No se debe practicar el decrecimiento masoquista sino que se debe practicar en la alegría. La felicidad es un don que sucederá o no. La denominación decrecimiento feliz la usa por mi amigo Maurizio Pallante que ha iniciado en Italia este movimiento organizado como un partido. No tengo nada en contra pero prefiero no utilizar este término.

Desde que inició este movimiento, ¿es un hombre más feliz?


No inicié el decrecimiento para ser feliz. Ya antes criticaba el desarrollo y el crecimiento, sólo que luego de la caída del Muro de Berlín, no había más tercer mundo ni segundo. Teníamos un solo mundo con un pensamiento único y según este pensamiento no había una alternativa. Nosotros pensábamos que sí había una alternativa para Africa, por ejemplo, y que se podía sobrevivir al desarrollo. Interesante este término que es el título de un libro mío y al mismo tiempo un título de mi amiga Vandana Shiva (activista antiglobalización). Hemos escrito “La otra Africa” para demostrar que había una posibilidad de autoorganizarse fuera de las leyes de la economía. En Occidente se podría hacer una sociedad de la abundancia frugal. Frugal como sentido de límite, de autolimitación y, al mismo tiempo, crear una cierta abundancia para satisfacer las necesidades razonables. Seguro que nos aportará más alegría y bienestar.

¿Estamos exterminando el arte de caminar?

Mar Abad - Yorokobu
 
«Quiero decir unas palabras en favor de la Naturaleza, de la libertad total y el estado salvaje, en contraposición a una libertad y una cultura simplemente civiles. Considerar al hombre como habitante o parte constitutiva de la Naturaleza, más que como miembro de la sociedad. Desearía hacer una declaración radical, si se me permite el énfasis, porque ya hay suficientes campeones de la civilización: el clérigo, el consejo escolar y cada uno de vosotros os encargaréis de defenderla».


Empezaba así Henry David Thoreau (1817-1862) un ensayo sobre Caminar. Decía el filósofo en este texto, publicado en 1862, que apenas había encontrado en su vida a una o dos personas que entendiesen el arte de caminar. Esto significaba «andar a pie» o, dicho de otro modo, «deambular: término de hermosa etimología que proviene de ‘persona ociosa que vagaba en la Edad Media por el campo y pedía limosna so pretexto de encaminarse a la Tierra Santa».

Para el estadounidense el arte de caminar nada tiene que ver con un paseo, ese modo de callejear, en un ir y venir, que apenas dura una hora. «Nuestras expediciones consisten solo en dar una vuelta, y al atardecer volvemos otra vez al lugar familiar del que salimos, donde tenemos el corazón. La mitad del camino no es otra cosa que desandar lo andado. Tal vez tuviéramos que prolongar el más breve de los paseos, con imperecedero espíritu de aventura, para no volver nunca, dispuestos a que solo regresasen a nuestros afligidos reinos, como reliquias, nuestros corazones embalsamados».

Thoreau insistía en la diferencia. Caminar, el verdadero arte de caminar, no es desplazarse, ni tomar el fresco, ni hacer un poco de cardio. «El caminar al que me refiero nada tiene en común con lo que suele decirse hacer ejercicio, al modo en que el enfermo toma su medicina a unas horas fijas o como el subir y bajar de las pesas o los columpios, sino que es en sí mismo la empresa y la aventura del día».

Thoreau no entendía la vida atada a unos pocos metros cuadrados. El naturalista decía que «no podría mantener la salud ni el ánimo sin dedicar al menos cuatro horas diarias, y habitualmente más, a deambular por bosques, colinas y praderas, libre por completo de toda atadura mundana».

El sedentarismo le horrorizaba. No podía entender los oficios que requerían un encierro permanente. «Cuando recuerdo a veces que los artesanos y los comerciantes se quedan en sus establecimientos no solo la mañana entera, sino también toda la tarde, sin moverse, tantos de ellos con las piernas cruzadas, como si las piernas se hubieran hecho para sentarse y no para estar de pie o caminar, pienso que son dignos de admiración por no haberse suicidado hace mucho tiempo».

Mucho. El inmovilismo le horrorizaba mucho. «A mí, que no puedo quedarme en mi habitación ni un solo día sin empezar a entumecerme y que cuando alguna vez he robado tiempo para un paseo a última hora, me he sentido como si hubiese cometido un pecado que debiera expiar, confieso que me asombra la capacidad de resistencia, por no mencionar la insensibilidad moral de mis vecinos, que se confinan todo el día en sus talleres y sus oficinas durante semanas y meses, incluso años y años».

Esas rutinas no iban a cambiar en absoluto, para disgusto de Thoreau. Al contrario. Los siglos siguientes serían aún más sedentarios. Los coches, los ascensores, los ordenadores y las oficinas han hecho la vida más  aún más inmóvil. «No sé de qué pasta están hechos, sentados ahí ahora, a las tres de la tarde, como si fueran las tres de la mañana», escribió. «Bonaparte puede hablar del valor de las tres de la madrugada, pero eso no es nada comparado con el valor necesario para quedarse sentado alegremente a la misma hora de la tarde, cara a cara con uno mismo, con quien se ha estado tratando toda la mañana».

Thoreau creía también, como muchos de los grandes pensadores de la Historia, que las ideas surgen mejor en un espacio abierto que en un espacio cerrado. En su ensayo, cuenta que un viajero pidió a la criada de William Wordsworth que le mostrase el estudio del poeta inglés. La sirvienta contestó: «Esta es su biblioteca, pero su estudio está al aire libre».
El padre de la desobediencia civil creía que «vivir mucho al aire libre, al sol y al viento, produce, sin duda, cierta dureza de carácter. (…) Quedarse en casa, en cambio, puede producir en la piel suavidad y finura, por no decir debilidad, acompañadas de una sensibilidad mayor ante ciertas impresiones».

Pensaba, además, que la naturaleza era un destino sin billete de vuelta. «Los que han pasado mucho tiempo viajando por las estepas de la Tartaria dicen: ‘Al volver a tierras cultivadas nos agobiaba y nos sofocada la agitación, el aturdimiento y el tumulto de la civilización. El aire nos parecía insuficiente y nos sentíamos a cada momento a punto de morir de asfixia’».

La vitalidad y la energía de las personas se robustecen en los espacios naturales, según Thoreau. «La salud de un hombre requiere tantos acres de prado a la vista como cargas de estiércol una granja. Son las poderosas sustancias de las que se alimenta. Una ciudad se salva tanto por sus hombres dignos como por los bosques y los pantanos que la rodean. Un municipio con un bosque primitivo meciéndose a un lado, y otro pudriéndose al lado contrario, está en condiciones de producir no solo maíz y patatas, sino también poetas y filósofos para las épocas venideras. En tierras así crecieron Homero, Confucio y los demás, y de una zona inculta semejante llegó el Reformador que se alimentaba de langostas y miel silvestre».
Pensaba Thoreau que los bosques primitivos sustentaron las naciones civilizadas (Grecia, Roma e Inglaterra). Eran arboledas que se pudrían en el mismo lugar que se levantaban. Y sus poblaciones sobrevivían mientras no se agotaba la tierra. «Poco se puede esperar de una nación cuando agota el suelo vegetal y se ve obligada a hacer abono con los huesos de sus padres», escribió. «Entonces el poeta solo se mantiene de sus grasas sobrantes y el filósofo se queda en los huesos».

Lo que ya se intuía como una incipiente globalización y la urbanización masiva del planeta atormentaba al naturalista. En la realidad y en la ficción. «En literatura, lo salvaje nos atrae», aseguró. «El aburrimiento no es sino otro nombre de la domesticación. Lo que nos deleita de Hamlet y la IIíada, de todas las Escrituras y las mitologías, es la visión del mundo incivilizada, libre y natural, que no se aprende en las escuelas. Así como el ganso silvestre es más rápido y más bello que el doméstico, también lo es el pensamiento salvaje (…). Un libro verdaderamente bueno es algo tan natural y tan inesperado, inexplicablemente bello y perfecto, como una flor silvestre descubierta en las praderas del Oeste o en las junglas orientales. El genio es una luz que hace visible la oscuridad como el resplandor del relámpago que tal vez haga añicos el templo mismo de la sabiduría, no de una vela encendida en el hogar de la raza que empalidece ante la luz del día ordinario».

Thoreau llevó muy lejos su idea del arte de caminar. Tanto que llegó a hacer del concepto una especie de cruzada. «Hay que estar dispuesto a abandonar padre y madre, hermano y hermana, esposa, hijo y amigos, y a no volver a verlos nunca», escribió. Era imprescindible pagar las deudas antes, hacer testamento, poner en orden los asuntos administrativos y económicos, y ser hombre libre. Solo entonces un individuo estaba «listo para una caminata».

El naturalista creía que «ninguna riqueza es capaz de comprar el necesario tiempo libre, la libertad y la independencia que constituyen el capital en esta profesión» de caminante.

Y un día de medidados del siglo XIX, uno cualquiera antes de escribir este ensayo, Thoreau salió a caminar. Sintió estar envuelto en una «luz pura y brillante, que doraba la hierba y las hojas marchitas», «tan dulce y serenamente viva» que pensó que se había bañado en «un torrente dorado» como jamás había visto antes. Y así, cuenta, «deambulamos hacia Tierra Santa, hasta que un día el sol brille más que nunca, tal vez en nuestras mentes y en nuestros corazones, e ilumine la totalidad de nuestras vidas con una intensa luz que nos despierte, tan cálida, serena y dorada como la de una ribera en otoño».


Hacia el decrecimiento y las auditorías ciudadanas

Sergi Cutillas, David Llistar y Gemma Tarafa 
 
Poco a poco el movimiento anti-deuda ha ido tomando conciencia de la importancia de las auditorías ciudadanas, auditorías donde una parte de la ciudadanía es quien decida qué deudas son legítimas.

Historia antigua de las campañas por la justicia de la Deuda

La Deuda, hablando en términos económicos, es una relación entre personas, en la que unas deben responder a unas obligaciones monetarias con otras. En ocasiones estas obligaciones se originan de forma injusta, gracias a la violencia y el poder, y son deudas ilegítimas que no deberían pagarse. Las clases más poderosas utilizan la deuda para mantener el orden social jerárquico en el que vivimos, y lo hacen dando al pago de las deudas un valor prioritario dentro de las costumbres sociales y las leyes. Esto ha provocado que desde hace milenios haya habido movimientos contestatarios para revertir este uso injusto de la deuda. Las campañas contra la opresión de la Deuda tienen un origen muy antiguo. Algunos se remontan a la edad de Bronce, en Mesopotamia1. Por ejemplo, se han identificado recientemente una treintena de anulaciones generales de deuda en Mesopotamia entre 2.400 y 1.400 a.C. Éstas se llevaban a cabo por la imposibilidad en la que se encontraban periódicamente los campesinos de devolver las deudas, que podían llevarles a la esclavitud, así como a miembros de su familias. A fin de garantizar la paz social, en particular evitando un deterioro de las condiciones de vida de los campesinos, las clases poderosas anulaban periódicamente las deudas y restauraban los derechos de los campesinos. La misma práctica fue transmitida a la ley israelita, reflejada en la tradición Bíblica que pretendía evitar la desigualdad económica y que el pueblo israelita volviera a caer en la esclavitud a la que ya había sido sometida en el pasado:

la Tierra no debe ser vendida para siempre, ya que la Tierra me pertenece y vosotros sólo sois extranjeros y huéspedes. Debéis permitir el derecho a la condonación de la propiedad de las Tierras,” y devolvérselas a sus cultivadores cada cincuenta años (Levítico, 25:23-28).
En la antigüedad en Grecia y Roma otros casos de anulaciones fueron resultado de luchas sociales exacerbadas por crisis y aumentos de las desigualdades. Estas cancelaciones de deudas también estuvieron presentes en la historia medieval, no tan lejana en el tiempo si tomamos una perspectiva histórica de las sociedades civilizadas.

La Deuda: motor del crecimiento económico y del estado moderno

La historia de cancelaciones de deuda cambió de tendencia hacia el s. XV con el descubrimiento de América. La entrada en Europa de metales preciosos permitió a las economías volver al patrón oro, sistema que permite un mayor control monetario de los estados, con el consiguiente resurgimiento de las guerras, las conquistas y los imperios2. Esto sucedió cuando en China la dinastía Ming estableció un sistema de mercado, basado en monedas de oro y plata, propiciando el comercio entre Europa y China, y animando a los estados europeos a saquear el oro y la plata de América para abastecer la economía china a cambio de sedas, especias y otros bienes preciados. Este matrimonio entre China y Europa fue uno de los hechos más importantes en el nacimiento de la economía global, y, como no podía ser de otra manera, los que manejaban el dinero y las finanzas, particularmente los banqueros-mercaderes italianos, holandeses y alemanes, devinieron fantásticamente ricos. Así, los sistemas financieros y las prácticas comerciales fueron ganando complejidad con los imperios europeos y chino, desarrollando en paralelo y a la carrera sus economías, sus burocracias y su poder militar. En la base de este crecimiento frenético estaba la necesidad de devaluar su moneda, a través de la inflación, para incentivar el comercio y la producción. Las deudas, impuestos e inflación debían forzar a la gente a trabajar, ya que el salto de gigante que se daba en estas economías necesitaba toda la mano de obra disponible. La deuda realizaba pues una doble función, establecer un orden jerárquico y de dominio político, y a la vez forzar a la población a trabajar para pagar sus deudas e impuestos, alimentando con este trabajo el crecimiento del poder financiero de los imperios. En este contexto las nuevas élites financieras europeas presionaran para modificar valores culturales a favor de su nuevo modelo de enriquecimiento, aprovechando la aparición de filosofías materialistas para ensalzar el enriquecimiento material en el imaginario de la población. Fue así como prácticas como la abolición de la deuda se convirtieron en un tabú, equiparando no pagar con la humillación y la pérdida de derechos en la sociedad.

La función de la Deuda en el mundo de postguerra

Dando un salto hacia delante en el tiempo constatamos que, por si estos vestigios culturales fueran poco, con el argumento de fomentar el desarrollo global, en 1944, las élites financieras establecieron con los acuerdos de Bretton Woods la creación de instituciones internacionales como el FMI, el Banco Mundial y el establecimiento del patrón oro, con el objetivo de establecer mecanismos de dominio financiero global. El periodo neoliberal iniciado en los 1970s, caracterizado por la desregulación laboral, la apertura de los sistemas financieros y el uso del dólar como moneda mundial con la interrupción del patrón oro, nos ha llevado a una nueva fase del capitalismo, la financiarización3, en la que la esfera financiera ha pasado a ser más condicionante que la productiva. En este nuevo régimen se han acentuado la creación de deudas y otras relaciones de subordinación financiera complejas como herramientas imperialistas, asegurando que éstas se paguen y aplicando medidas de presión y violencia si las partes endeudadas, o dependientes financieramente, no se someten a las condiciones de dominio económico y político impuestas por los acreedores, extendiendo así el modelo de violencia estatal que favorece siempre a los más ricos y poderosos, y crea desigualdades y pobreza.
De esta manera las deudas han sido creadas y mantenidas desde hace siglos, gracias a la violencia y las matemáticas, como motor de un modelo de crecimiento que centrifuga, explota y esclaviza a la población. El motor da señales de haberse estropeado ya, dado que las deudas crecen más que la riqueza. La primera explicación de la crisis sería que la economía financiera creó tanto dinero, luego tanta deuda y en fórmulas tan complejas (p.e. shadow banking4), que la economía productiva no fue capaz de pagarla ni de anticiparse al estallido de la crisis financiera. Se trataría de la enésima crisis del sistema capitalista, ahora con epicentro en EEUU y Europa.

No obstante, desde el movimiento que hoy se aglutina alrededor del Decrecimiento, se apunta que en el estallido de esta nueva crisis debe considerarse un segundo desacoplamiento. La economía capitalista se desajusta de la “economía real-real” (los flujos de energía y materia), la oikonomía, en distintos planos (los cuidados, las externalidades ambientales y sociales de distinta índole). En este caso lo ha hecho por el aumento de los precios de insumos metabólicos clave como el petróleo debido a un paulatino acercamiento a sus picos de extracción, que provoca su encarecimiento. La llamada economía productiva capitalista tampoco sería una referencia adecuada dado que no tendría en cuenta los límites biofísicos del planeta ni la pronta degradación de los sumideros y otros bienes globales. Es ahí donde un nuevo modelo ecológico-económico sostenible como el del Decrecimiento se hace indispensable. He aquí el nexo deuda-decrecimiento, y el aporte que el decrecimiento podría ofrecer al movimiento por la auditoría ciudadana de la deuda.

El movimiento de Auditoría Ciudadana de la Deuda en la actualidad

Los actuales movimientos de auditoría de la deuda tienen sus orígenes modernos en los movimientos ciudadanos de todo el mundo concretados en coaliciones internacionales como Jubileo 2000Drop the Debt y Jubileo Sur, que nacieron a principios de los 90s para reclamar la cancelación de gran parte la deuda de los países más pobres del Globo, que se encuentran sujetos a deudas injustas, fruto de la violencia de los mismos estados ricos que se las reclaman.
Esas coaliciones, campañas que en un principio trabajaron para y por la abolición de la deuda en el Sur con el paso de los años han ido transformándose y adquiriendo un carácter más global y multidimensional, ya que debido a la crisis económica-ecológica, detonada en los países más ricos en 2007, las desigualdades, las deudas opresivas e impagables, y los límites ecológicos del planeta se están evidenciando de manera ostentosa, por lo que las ciudadanas de estos países van adquiriendo consciencia del problema a gran velocidad. Las auditorías de la deuda son fruto de esta creciente consciencia del problema, identificando las deudas ilegítimas como el resultado de un orden basado en el abuso de poder, que a la vez mantiene este orden injusto en funcionamiento. Noruega y Ecuador son dos y emblemáticos precedentes a tener en cuenta. En el año 2006, el Gobierno noruego ya canceló la deuda de siete países teniendo en cuenta su corresponsabilidad como acreedor. En agosto de 2011 anunció que iba a llevar a cabo una auditoría de la deuda que los países en desarrollo han contraído con Noruega hasta esa fecha. Asimismo, también se comprometió a seguir trabajando para establecer directrices vinculantes para los préstamos responsables; aquéllos que se concederán de ahora en adelante. En el año 2007 la Comisión para la Auditoría Integral del Crédito Público (CAIC)5 realizó una auditoría de la deuda que Ecuador tenía con sus acreedores declarándola ilegítima6.

Estas no son excepciones, son ejemplos de auditorías mixtas, llevadas a cabo por una parte de la sociedad civil y por el Gobierno. Hay otras experiencias surgidas sólo desde los movimientos sociales en países como Brasil o Filipinas. En Bélgica, Portugal, Irlanda, entre otros lugares, los movimientos sociales también han iniciado procesos para realizar auditorías ciudadanas o reclamar auditorías públicas de la deuda. Estos grupos forman parte de una nueva red internacional de auditorías ciudadanas llamada ICAN7. En todos los casos existe un reclamo común: la exigencia de saber cómo se han generado las deudas, quiénes son los responsables y cuáles sus impactos, para así reclamar responsabilidades y construir modelos alternativos al del endeudamiento. La auditoría ciudadana suele englobar entre otras las siguientes fases; acceso a la información, análisis de datos, acciones de incidencia, tejer redes, difusión, educación popular y exigir responsabilidades. En el Estado español también tenemos en marcha un proceso de auditoría ciudadana, dinamizado por la Plataforma Auditoría Ciudadana de la Deuda (PACD)8.
Poco a poco el movimiento anti-deuda ha ido tomando conciencia de la importancia de las auditorías ciudadanas, auditorías donde una parte de la ciudadanía es quien decida qué deudas son legítimas, quienes han sido los responsables de esas deudas y qué deudas deben ser abolidas para iniciar una nuevo orden, más justo y sostenible en el que no existan estos abusos entre seres humanos ni con el medio en el que vivimos.

Fuente: Rebelión (www.rebelion.org)

Notas:
1 Información extraída del texto “La amplia tradición de anulación de deudas en Mesopotamia y en Egipto del 3º al 1º milenio antes de J.C”, por Eric Toussaint basado en la síntesis histórica presentada por Michael Hudson, doctor en economía, en varios artículos y obras: “The Lost Tradition of Biblical Debt Cancellations”, 1993, 87 páginas; “The Archaeolgy of Money”, 2004.
2 Información extraída del libro “Debt: The First 5000 Years”, David Graeber, Melvillehouse, New York, 2011, 542 páginas.
3 Información extraída del libro “Profit without Producing. How finance exploits us all”, Costas Lapavitsas, Verso, London – New York, 2013, 394 páginas.
4 El shadow banking es el sistema bancario que queda fuera del marco regulatorio y que por tanto no puede ser supervisado ni medido. El mercado de derivados, por ejemplo, es parte de este sistema.
6 Deuda ilegítima: Es aquella contraída por un gobierno que no ha destinado los recursos generados al beneficio de la población. Es aquella que ha propiciado violaciones de los derechos humanos o impactos perjudiciales sobre la naturaleza. Es aquella derivada de una política fiscal regresiva, que beneficia a unos pocos, y que es permisiva con el fraude fiscal, reduciendo así los ingresos del Estado. Extraído del libro “¿Por qué no debemos pagar la Deuda?”, por la Plataforma Auditoría Ciudadana de la Deuda. Editorial Icària, 2013. Más definiciones y ejemplos de deuda ilegítima se pueden encontrar en el libro “Els crims del deute. Deute il·legítim” por Laura Ramos. Editorial Icària, 2006.

¿Qué es el proceso productivo?

El proceso productivo es la secuencia de actividades requeridas para elaborar bienes que realiza el ser humano para satisfacer sus necesidades; esto es, la transformación de materia y energía (con ayuda de la tecnología) en bienes y servicios (y también, inevitablemente, residuos).

Podemos visualizarlo mejor con el siguiente esquema:


Recursos + Energía + Tecnología => Proceso transformador => Bienes + Residuos


Cuando hablamos de proceso productivo tenemos que recurrir a la termodinámica.

En este proceso la energía y la materia pierden su calidad y se degradan, disminuyendo los posibilidades de aprovechamiento humano –entropía-; este es el origen de la escasez económica – de no ser así podríamos utilizar un trozo de carbón una y otra vez para producir calor o trabajo-.

Entropía como cantidad de energía no disponible para el ser humano para realizar un trabajo; de lo que se deduce el carácter ilusorio del crecimiento ilimitado.

La finalidad del proceso económico (flujo material) tendría como objetivo el disfrute de la vida (flujo inmaterial), aunque en nuestro modelo económico responde al afán de enriquecimiento y acumulación de poder de algunos, por lo que no contribuye a enriquecer la vida en general, sino que va en detrimento del ‘disfrute de la vida’ de la mayoría.

El decrecimiento y la ruptura democrática de Podemos

Jesús M. Castillo - La réplica

Conforme Podemos se acerca al poder institucional el debate sobre su modelo económico se profundiza. La “casta” política, sus voceros y la oligarquía para la que trabaja, asustadas, pregonan que el programa económico de Podemos suena bien pero es irrealizable. Y es que, los que viven anclados ideológicamente y lucrándose del neoliberalismo no pueden, ni quieren, admitir otras alternativas.
Sus posiciones en el sistema condicionan una ética antidemocrática que ve en los rescates a las grandes empresas, las liberalizaciones de mercados, la explotación laboral y medioambiental, los recortes del gasto social y las privatizaciones de servicios públicos medidas económicas para volver a la “senda del crecimiento”. Un crecimiento que se ha demostrado que conlleva la concentración de las riquezas en unas pocas manos y, tarde o temprano, conduce a la crisis económica.

Por otro lado, lo que plantea Podemos es una “ruptura democrática” que redibuje la acción política aumentando la democracia a todos los niveles, también en el plano económico. Una “democracia económica” en pro de un reparto ordenado de las riquezas. Con este objetivo, desde la dirección de Podemos a nivel estatal se ha encargado la elaboración del programa económico a economistas que defienden redistribuir las riquezas al mismo tiempo que se impulsa, de nuevo, el crecimiento económico. Este enfoque adolece de dos contradicciones fundamentales. Por un lado, para salir de la crisis económica ignora la crisis ecológica, reflejada por ejemplo en que la huella ecológica del Estado español es tres veces superior al territorio disponible, es decir, estamos exportando impactos ambientales y destruyendo capital natural más allá de nuestras fronteras. Por otro lado, al apostar, de nuevo, por la “senda del crecimiento” se están poniendo los cimientos para una nueva crisis económica. Por lo tanto, salir de la crisis económica creciendo, sin más, es insostenible.

En este contexto, no se han hecho esperar las críticas al nuevo gabinete económico de Podemos por parte de un sector decrecentista que adolece de una visión consumista y socialmente catastrofista del decrecimiento. Socialmente catastrofistas porque afirman, la única alternativa al decrecimiento es el colapso social, sin comprender las posibilidades de adaptación del sistema capitalista a los cambios. Una adaptación que puede llevar a evitar el “colapso” social mediante la represión y el sufrimiento de millones de personas en todo el planeta. Y una visión consumista porque este sector decrecentista sigue afirmando que vivimos en una “sociedad del consumo”. Y esto cuando el consumo medio de las familias ha caído “solo” cerca de un 10% desde que estallara la crisis económica, un 25% de las familias vive bajo el umbral de la pobreza y un 40% llega muy justa a fin de mes, al mismo tiempo que el Estado español sigue a la cabeza mundial de huella ecológica per cápita: el 6º puesto en uso de agua, el puesto 16º en uso de materiales, el 21º en uso de suelo y el 24º en emisiones de carbono a la atmósfera. Y es que la mayor parte de los impactos ambientales no están relacionados directamente con el consumo, sino con cómo se organiza la producción. El no identificar claramente las causas de la crisis ecológica global y sus remedios lleva a este sector decrecentista a posturas muy minoritarias al intentar ganarse a la población explicando que tendrán que vivir con menos.

La gente sabe perfectamente lo que es vivir con menos porque están sufriendo un decrecimiento forzoso en el marco de una crisis económica manipulada por unos pocos. Este decrecimiento significa sufrimiento, desahucios, desempleo, precariedad laboral, emigración forzosa, etc. Pero el decrecimiento es, como la ética, una cuestión de clase social. La clave es decrecer de manera democrática, repartiendo las riquezas, aprovechando los avances tecnológicos, democratizando la producción al tiempo que aumenta la calidad de vida de la mayoría de la población.
Decrecer ahora significa decir no al fracking y a proyectos “desarrollistas” como nuevas explotaciones mineras o dragados fluviales que hipotecan nuestro futuro y el de las generaciones venideras. No podemos caer de nuevo en el chantaje de elegir entre empleo o medio ambiente de calidad. Queremos ambos.
Decrecer ahora significa comer mejor (y más para muchas personas) usando menos alimentos y menos agua globalmente en su producción, regular la temperatura de nuestros hogares a niveles confortables y desplazarnos mejor usando menos energía (y mucha gente usando más energía que ahora) y contaminando menos en total, que mucha gente trabajadora tenga más poder adquisitivo trabajando menos… Es decir, vivir mejor porque repartimos riquezas, compensamos el consumo y racionalizamos la producción al tiempo que disminuimos los impactos ambientales.

Para impulsar el decrecimiento aprovechando, también en el plano ambiental, la “ventana de oportunidad” actual, debemos equilibrar y combinar políticas “neokeynesianas” de crecimiento a corto-medio plazo, con políticas decrecentistas a corto, medio y largo plazo. Una combinación llena de contracciones, el motor del cambio, y sinergias de avance social, que plantará las semillas de la revolución social que necesitamos.

¿Ahorro energético? Mejor decrecimiento


Cuando se lee alguno de los muchos textos que han sido publicados en defensa de las energías alternativas o de un nuevo modelo energético, el poso final que queda es, en muchos de los casos, que con un poco de ahorro y una política pública decidida de apoyo a las energías limpias (vía subvenciones, por ejemplo) la cuestión del agotamiento de los recursos se solucionaría sin excesiva dificultad. La tesis de esta entrada es que existen razones suficientes para pensar que tal planteamiento es, como poco, voluntarista. Que la sustitución de las fuentes tradicionales por otras renovables se producirá inevitablemente en un plazo más corto que largo, por simple necesidad capitalista, y que, fundamentalmente, no es suficiente con el ahorro sino que es preciso promover una reducción drástica del consumo energético, un decrecimiento.

Tasa de consumo de energía primaria por ciudadano, estimado por países y ordenado de mayor a menor. Fuente: elaboración propia a partir de datos correspondientes al año 2010, último con datos completos, tomados de US Energy Information Administration

Tasa de consumo de energía primaria por ciudadano, estimado por países y ordenado de mayor a menor. 

Fuente: elaboración propia a partir de datos correspondientes al año 2010, último con datos completos, tomados de US Energy Information Administration

El razonamiento se apoya en el gráfico adjunto en el que se refleja la tasa de consumo de energía primaria por ciudadano, estimado por países y ordenado de mayor a menor. En el eje horizontal se refleja la población, agrupada por países y ordenada de mayor a menor consumo energético per cápita. En el eje vertical se refleja el consumo energético per cápita que corresponde a cada población. La unidad de energía es la “tonelada equivalente de petróleo” (TEP), pero esto no es importante aquí, ya que todo el razonamiento se apoya en valores relativos. De ese gráfico se pueden extraer muchas enseñanzas útiles, algunas absolutamente evidentes. 

Así, es clara la gran desigualdad existente en el consumo energético a nivel mundial. El 10% de la población que más consume (corte en el ciudadano medio de Austria o Nueva Zelanda) usa 100 veces (cien veces, no es una errata) más energía que el 10% que menos consume (corte en el ciudadano medio de Nigeria, Kenia o Birmania). O, también, como nuestra posición todavía es, de privilegio a nivel mundial. El ciudadano español medio (línea verde) está entre el 16% de la población mundial que más consume (la sexta parte de la población). Consumimos un 80% más energía per cápita que la media mundial (línea roja), y este no es un país frío. Pero al lado de las evidencias anteriores existen otras algo más escondidas que surgen de algunos juegos numéricos. Si, en nuestra inocencia, pensamos que no hay razón (ni posibilidad a largo plazo) para las desigualdades antes señaladas, de que los pobres, el sur, se conformen y pretendan, por el contrario, acceder (qué menos) a un nivel de consumo igual al medio mundial actual, esto haría que toda la población por debajo de 1,87 tep/p adquiriese ese valor (como referencia, actualmente corresponde al consumo medio chino). 

En esas condiciones el consumo mundial per cápita se incrementaría en un 40% respecto al consumo actual sería el área por debajo de la horizontal correspondiente a la “media”, roja, y por encima de la curva de la distribución). Si, en su ilusión, quisiesen ir más allá y llegar al consumo del español medio (que no se siente como despilfarrador en absoluto), el consumo actual se multiplicaría por 2 (área por debajo de la horizontal “España” y por encima de la distribución)  y, si en el colmo de la desfachatez, pretendiese igualarse a los USA, el consumo actual se vería multiplicado ya por 4,3 (área entre la horizontal USA y la distribución). Y es aquí donde surge una de las preguntas clave: ¿alguien, en su sano juicio, es capaz de defender que este nuestro mundo es capaz de soportar un crecimiento repentino en el consumo energético del 330%, o incluso del 100%, o siquiera del 40% al menos? Insistimos aquí en lo de repentino. 

Hemos venido hablando hasta ahora del consumo “per cápita”, esto es, en las comparaciones directas hemos dado por supuesto, implícitamente, que la población mundial se mantiene. Si la población mundial sigue creciendo, como todos los demógrafos esperan, el incremento que antes veíamos se desarrollaría sobre el propio ritmo de crecimiento vegetativo. Aquí sólo hemos planteado reducir las desigualdades. Visto lo anterior, ¿no parece razonable pensar que cuando hablamos del ahorro y la sustitución de fuentes de energía como parte de la solución a la crisis, realmente no estamos defendiendo políticas humanas sino más bien el statu quo actual, políticas conservadoras mejor que progresistas, un mundo desigual? 

Pensémoslo, que mientras para algunos el problema es sólo medioambiental, otros tienen preocupaciones más inmediatas, que las energías limpias, por sí solas, no resuelven. Y, desde otro punto de vista, ¿puede alguien pensar en el crecimiento que nos venden como requisito indispensable para la “creación del empleo” puede tener lugar sin que se mantenga (o crezca) la desigualdad? Es evidente que los de abajo no pueden esperar que el crecimiento les haga mejorar sino que, por el contrario, el crecimiento necesita de la desigualdad. Crecimiento y desigualdad, hoy y en el futuro, van de la mano y no pueden verse el uno sin la otra. Cierto que el gráfico anterior y su evolución a lo largo de los años permiten más juegos, pero estos los veremos en otras entradas posteriores 

Fuente: Datos correspondientes al año 2010, último con datos completos, tomados de US Energy Information Administration

Palabras casi península

Julio García Camarero


Últimamente he hecho un interesante descubrimiento, el de algo que he dado en llamar “palabras casi península”. Resultan ser palabras que como las penínsulas geográficas terminan en un sufijo muy parecido a istmo… es decir en el sufijo –ismo… casi istmo. Podemos considerar dos clases de “palabras casi península”
 
a. “Palabras casi península” de acción o de actitud. Suelen ser palabras que vienen de la derivación de una determinada actitud o acción ante la vida, pero a las que se suele aplicar el sufijo –ismo. Podemos poner algunos ejemplos: consumo à consum-ismo; producciónà porductiv-ismo; autoà aut-ismo (muy poco utilizada, pero debería usarse más por que nos informa sobre dos características del aut-ismo o del de autista: obseso del coche, del auto, que deriva en una personalidad autista); etc.

En este tipo de palabras casi península de acción o de actitud, podemos describir, aunque sea brevemente, su comportamiento y características en algunos ejemplos.
Por ejemplo, el consumo podemos considerarlo como el abastecimiento y la asimilación de algún producto, físico o intangible, que es necesario para mantener una buena calidad de vida humana. Y el consumismo consiste en su correspondiente –ismo, significa un desorbitado consumo de cosas innecesarias el cual es, en la mayor parte de los casos, degradante de una adecuada calidad de vida humana.

Con las palabras producción y productiv-ismo sucede algo similar.

Producción es la generación de algún producto, físico o intangible, que es necesario para mantener una buena calidad de vida humana.

Productiv-ismo, es la desmesurada generación de productos innecesarios, el cual es, en la mayor parte de los casos, degradante de una adecuada calidad de vida humana.

b. “Palabras casi península” de inadecuada extensión ideológica. En otras ocasiones, significan (casi siempre engañosamente) un seguimiento, por parte de un grupo, movimiento social, partido, etc., de una ideología, de las ideas o conceptos, de algún autor, pensador, artista, literato, etc. Ejemplos: Marx à marx-ismo; Bakunin (teoría anarquista) à Bakunin-ismo o anarqu-ismo; Darwin àdarwin-ismo; Mathus à malthusian-ismo.
 
En general, se suelen presentar como una sana extensión hacia grandes grupos humanos de ideas o conceptos, de algún autor, pensador, artista, literato, etc.; pero en la mayoría de los casos (aunque no en todos o no en la totalidad) derivan en interpretaciones rígidas y sectarias verdaderos apéndices cancerosos y deformatorios de la célula madre de la que derivan en una metástasis muy dañina. Si conseguimos aislar a estos grupos peligrosos, conseguiremos algo parecido a lo que suele suceder con los pólipos cancerosos. Como, por ejemplo, sucedió con el mío, evité la quimioterapia. Si, pólipos cancerosos separados de las células madre sanas por el pedúnculo o istmo (y aquí sí que hay que hablar de istmo, que en lugar de unir separa) conseguimos que la enfermedad sea menos dañina y superable.

Estos ismos “ideologicos”muchas veces(no siempre) terminan con un sentido diametralmente opuesto al de la “célula madre”, es decir al pensamiento originario.
Dentro de las “Palabras casi península” de inadecuada extensión ideológica podemos analizar brevemente algunas de ellas.

Por ejemplo, en cuanto a Marx, su teoría fue una de las teorías sociales más interesantes de la historia de la humanidad porque se centraba fundamentalmente en la búsqueda del fin de la explotación del hombre por el hombre, en contra de la concentración capitalista de capital, la reducción de la jornada laboral, etc. Por el contrario el marx-ismo, sobre todo el puesto en marcha en la Unión Soviética, se lanzó, (aunque se autodenominaba marxista) en sentido contrario y opuesto a la idea de Marx. Un seudo-marxismo lanzado a un productivismo desmesurado y a la intensa explotación del obrero para poder aumentar la acumulación de capital dentro del Capitalismo de Estado. Y lo hizo imitando el modo de producción capitalista occidental, mediante un productiv-ismo estandarizante de cadena y posteriormente incorporando la nefasta “revolución verde” que gravitaba en torno a las grandes petroleras, y que produjo un sistemático deterioro de los ecosistemas de la Biosfera. Gracias a este mimetismo con el capitalismo occidental, la Unión Soviética se pudo incorporar al competitiv-ismo productivista en contra del bloque Occidental. 
 
En cuanto al ejemplo de Darwin, este autor descubrió e investigó de forma profunda e interesante la evolución de las especies vegetales, y sobre todo las animales, a través de su lucha competitiva por la supervivencia, en esta lucha sólo sobrevivían las más fuertes y sucumbían las más débiles y con mayor dificultad de adaptarse al medio ambiente. El Darwin-ismo (representado en buena parte por el nazismo, el fascismo, el franquismo, etc., de los años´30 y´40; y hoy en día por el neoliberalismo de ganadores y perdedores) de forma simplista planteó imitar esta cruel competitividad en la sociedad humana sin tener en cuenta dos circunstancias fundamentales:

a. En la ley de la selva no solo existe la competitividad, sino que incluso está más extendido el apoyo mutuo de diferentes especies y es extremadamente extendido el fenómeno de la simbiosis.

b. En cualquier caso, no hay porque obligatoriamente trasladar la ley de la selva a la sociedad humana. Ello solo nos conduce a planteamientos inhumanos. Y precisamente, el ser humano debe de diferenciase de los animales en su human-ismo. Y aquí, ahora, estoy utilizando un palabra casi península, human-ismo pero no lo hago en el sentido eufemístico, que cada vez es más utilizado por el neoliberalismo. Como por ejemplo el término de “ayuda humanitaria” cuando el belicismo neoliberal habla de “bombardeo humanitario de ciudades para salvar vidas”. 
 
Ya dije que no en todos los casos (aunque si en la mayoría) las palabras casi penínsulas son inaceptables. Pues bien, hay que aceptar que el ser humano, gracias a su inteligencia superior, puede llegar a superar en todos los casos la lucha por la subsistencia, sustituyéndola, en todos los casos, por el apoyo mutuo y la convivencialidad. 
 
Hay que recordar que esta desorbitada y mala interpretación del darwin-ismo, dio origen a las teorías nazis y fascismos y a holocaustos hitlerianos cuyo fin era el exterminio de todo aquel que no forma parte de una casta superior, “aria”, y sobre todo de los más débiles y minusválidos. Es decir, un darvinismo con una falta total de human-ismo. En este último caso (human-ismo) esta palabra casi península puede considerarse completamente admisible, aunque existan también malinterpretaciones.

Otro ejemplo es el de Ecología y ecolog-ismo.
El concepto de ecología es de lo más interesante si queremos seguir sobreviviendo en el planeta Tierra, puesto que la biosfera y sus ecosistemas son vulnerables y frágiles sobre todo si se simplifican con monocultivos y se contaminan con los derivados del petróleo y otras sustancias y a causa de la sobre población de la espacie humana. Y, motivados por este peligro y temor surgieron multitud de variantes de ecolog-ismos: unos bien informados; otros mal informados, otros mal intencionados (o al menos mal enfocados) y otros bien intencionados y bien informados.

Por no cansar, mencionare solo dos casos de ecolog-ismo:

a. El mal informado y mal intencionado que es el llamado eco-fasc-ismo, cuya base fundamental es la exterminación violenta y masiva del grueso de la población para evitar el deterioro del planeta, (solo cito aquí dos casos de dos premios Nobel de la Paz, los de Henry Alfred Kinssiger y Al Gore, no me extenderé en ellos porque que ya los traté con cierta extensión en mi libro: El decrecimiento feliz y el desarrollo humano i

b. El ecologismo no parcial, no exterminador y que considera importante un decrecimiento feliz y un desarrollo humano en lugar de su exterminación masiva. 
 
Se podrían analizar infinidad de casos de palabras casi península: anarqu-ismo, maltusian-ismo obrer-ismo, industrial-ismo, nacional-ismo, fundamental-ismo, futur-ismo, especial-ismo, etc. pero se haría muy largo el relato, en todo caso podría dar pié a un libro-monografía sobre el tema.

Y en conclusión, hay que decir que la importancia del lenguaje es vital, puesto que desde distintos puntos de vista, una sola palabra puede dar resultados, o bien, altamente satisfactorios, o sencillamente, si es mal empleada y tergiversada, dar unos resultados nefastos y asesinos. 
 
Las “palabras casi península” por su posibilidad de derivar en palabras rígidas y sectarias, religioso fundamentalistas y fanáticas pueden generar el asesinato o el suicidio colectivo. Aunque en esto sí que existen excepciones que confirman la regla aunque sea bastante raras.

Con todo esto no quiero decir que automáticamente haya que caer en el total rechazo (en todos los casos) de una palabra con el sufijo –ismo (o palabra casi península), pero sí que ante ellas se guarde un necesario recelo y prevención, porque, como he indicado, existe un alto riesgo de que nos conduzcan a un mundo sectario y fanático, a un mundo religioso e irracional, que confunda la parte por el todoii, o, incluso, pueda llegar a estancarse o adoptar posturas de rechazo del verdadero sentido de la palabra original, o palabra sin –ismo.


i Julio García Camarero, El decrecimiento feliz y el desarrollo humano, 2010, pags193-198.
ii Por ejemplo el fundamentalismo neoliberal, que piensa que todo y lo único que existe, o al menos el único objetivo de la sociedad debe ser el crecimiento económico, la acumulación de PIB. O el parcialismo seudo-marxista de la URSS para el que no existía nada más que la clase obrera (a la que confundía con el todo) olvidando y marginando al resto de la totalidad.

Los mitos de la producción y del crecimiento

Ecologistas en Acción - Cambiar la gafas para mirar el mundo

Es a los economistas franceses del siglo XVIII, conocidos como los Fisiócratas, a quienes debemos el concepto originario de producción.

La visión económica propia de los Fisiócratas se basaba en el funcionamiento del mundo físico. En aquel momento, se pensaba que en el planeta, minerales, animales y plantas aumentaban de forma continua siguiendo un proceso de generación y crecimiento ilimitado. La Tierra era el motor de la producción. La idea de que los materiales de la corteza terrestre se reproducían igual que los seres vivos, condujo a los Fisiócratas a considerar que el crecimiento económico ligado a la producción podía ser ilimitado, mientras no se degradasen o disminuyesen los bienes fondo que permitían que minerales, plantas y animales continuasen reproduciéndose.

Se instauró así la idea de sistema económico formado por un conjunto de procesos (producción, consumo y crecimiento), y se dio paso a desterrar la idea antigua de que la actividad mercantil era un juego de suma cero, en el que sólo era posible que alguien adquiera riqueza a costa de que otro la perdiera.

A comienzos del siglo XIX, con la economía constituida ya como la disciplina encargada de fomentar el crecimiento económico, los descubrimientos de la física y la química se encargaron de desmontar la idea del crecimiento físico perpetuo de los materiales de la biosfera. Esto obligó a que los economistas de la época (los economistas clásicos) aceptaran, aunque fuese de mala gana, la existencia de límites. Para los economistas clásicos, el aumento perpetuo de la producción y de los consumos de materias y recursos se convirtió en algo imposible a largo plazo si los recursos abióticos no aumentaban.

Paralelamente, los economistas clásicos comenzaron a dar un peso creciente al trabajo como factor de producción, en detrimento del factor tierra. Con la preponderancia del trabajo, la naturaleza fue perdiendo relevancia dentro del sistema económico, a pesar de que representaba tanto los recursos materiales disponibles, como las funciones que realizan los ecosistemas (producción de la fotosíntesis, regulación del ciclo del agua, dinámica de las cadenas tróficas, etc.)

Pero finalmente serían los economistas de finales del XIX y principios del XX, los economistas neoclásicos, cuyas ideas continúan plenamente vigentes y son dominantes en la actualidad, los que se encargarán de completar el mito de la producción, desvinculándola del mundo material.

El cambio que promueven los economistas neoclásicos se produce por la convergencia de tres diferentes fenómenos. En primer lugar, se traslada la idea de sistema económico (con sus piezas: producción, consumo y crecimiento) al campo del mero valor monetario. En segundo lugar se impone la idea de que tierra y trabajo son sustituibles por capital, lo que permite ignorar el mundo físico.

En tercer lugar, se recorta el concepto de objeto económico. Únicamente merece la consideración de objeto económico el subconjunto de la realidad susceptible de apropiación efectiva por parte de los agentes económicos, que tiene un valor monetario de cambio asociado y puede ser producible, es decir, se puede operar sobre él alguna transformación que justifica su comercialización.

Por ejemplo, el agua de un manantial al cual se pudiera acceder libremente no sería un objeto económico para los neoclásicos. Sin embargo, si alguien obtiene la concesión del manantial (apropiación), embotella el agua (productibilidad) y la vende en el mercado (valoración monetaria), el mismo manantial se habría convertido en un objeto económico. Se da la paradoja de que el agua abundante y limpia no es considerada riqueza, mientras que cuando escasea, se contamina y ha de embotellarse, entonces se contabiliza como riqueza económica.

La transformación en la idea de sistema económico que propugnan y defienden los economistas neoclásicos supone la reducción de riqueza social al escenario en el que interactúan el valor de cambio, industria y propiedad.

Con los neoclásicos el capital se convirtió en el factor determinante de la producción y el foco de atención se situó en el incremento permanente de la producción (en realidad extracción). Al no ser valoradas económicamente, las implicaciones sobre el deterioro de la corteza terrestre que iban aparejadas a los aumentos crecientes de la mal denominada producción, quedaban ocultas.

De este modo, el concepto original de producción de los Fisiócratas que permitía incrementar las riquezas que se renuevan sin destruir los bienes fondo que posibilitan esa renovación, se convierte en la extracción de materiales que se transforman y se revenden con beneficio.

Al vender una tuneladora, por ejemplo, el beneficio monetario que genera suma como riqueza, pero la extracción de materiales y energía no renovables necesarios para su construcción, la contaminación que genera el proceso de fabricación, la que genera su uso durante toda su vida útil, el suelo que se horada y las toneladas de tierra que habrá que desplazar, los incrementos del tráfico que supondrá ese nuevo túnel, las emisiones de gases de efecto invernadero o el consumo de energía fósil que realizará, no resta en ningún indicador de riqueza. Estos efectos negativos que conlleva la producción de la tuneladora no tienen valor monetario y por tanto son invisibles.

El concepto de producción, distorsionado por los economistas neoclásicos respecto al sentido inicial que le dieron los Fisiócratas, cuenta sólo la parte que crea valor monetario y no cuenta los deterioros que el proceso causa en el entorno físico y social.

El hecho de resaltar sólo la dimensión creadora de valor e ignorar los deterioros y pérdidas de riqueza natural que inevitablemente acompañan a la extracción y transformación, justifica el empeño en acrecentar permanentemente ese valor económico. De este modo se consolida el mito del crecimiento económico como motor de riqueza y bienestar social. Sin crecimiento estamos abocados al atraso y a la miseria.