• Feed RSS
1
En defensa del decrecimiento. Carlos Taibo


La crisis en curso apenas ha suscitado otras reflexiones que las que se interesan por su dimensión financiera. De resultas, han quedado en segundo plano fenómenos tan delicados como el cambio climático, el encarecimiento inevitable de los precios de las materias primas energéticas que empleamos, la sobrepoblación y la ampliación de la huella ecológica. En este libro se intenta rescatar esas otras crisis, y hacerlo con la voluntad expresa de identificar dos horizontes de corte muy diferente. Si el primero lo aporta un proyecto específico, el del decrecimiento, que cada vez es más urgente sea asumido como propio por los movimientos de resistencia y emancipación en el Norte opulento, el segundo lo proporciona un grave riesgo de que, en un escenario tan delicado como el del presente, gane terreno un darwinismo social militarizado que recuerde poderosamente a lo que los nazis alemanes hicieron ochenta años atrás. En la trastienda se aprecia, de cualquier modo, la necesidad imperiosa de contestar el capitalismo en su doble dimensión de explotación e injusticia, por un lado, y de agresiones contra el medio natural, por el otro.

Decrecimientos. Iñaki Barcena, José Vicente Barcia Magaz, Chema Berro, Manuel Casal Lodeiro, Fernando Cembranos, Enrique Javier Díez Gutiérrez, José Luis de la Flor, Luis González Reyes, Yayo Herrero, Paco Puche, Eugenio Reyes, Manoel Santos y Carlos Taibo (dir.).


Hoy en día disponemos de una teoría general sobre el decrecimiento que ha ido adquiriendo cada vez más fuerza. Para completar este proyecto, sin embargo, urge trasladar los conceptos teóricos generales a ámbitos más concretos. Esto es precisamente lo que proponen los autores: una reflexión sobre lo que debería cambiarse en la vida cotidiana a través del estudio de doce terrenos relevantes del decrecimiento: el medio urbano y el medio rural, las mujeres y las migraciones, la sanidad y la educación, el mundo sindical y el ocio, el transporte y los medios de comunicación, los indicadores económicos y los países del Sur.

Decrecimiento o barbarie. Paolo Cacciari


Estamos instalados en la crisis. Y no será un paréntesis. Este libro esboza una posible salida de la recesión global dando un vuelco a los paradigmas de la modernidad. Una revolución económica (el decrecimiento) y política (la noviolencia activa) que ya viven en el archipiélago de los movimientos de resistencia comunitaria, en los de las mujeres y de las nuevas generaciones, y que está a la espera de una cita con las luchas para liberar el trabajo del yugo productivista. La "crítica al desarrollo" no puede no ir acompañada por un proyecto político de autogobierno. Y a la inversa.


El crecimiento mata y genera crisis terminal. Julio García Camarero


Este libro gira en torno a tres polos, o enfermedades sociales, en los que, según el autor, se basa el lamentable sistema capitalista que padecemos: la obsesión de la acumulación de la plusvalía por encima de todo; el consumismo-productivismo, como fundamento de esta acumulación; y la explotación del hombre y de la mujer y la sobreexplotación de la naturaleza, y todo a través del trabajo enajenado-asalariado. El autor mantiene la tesis de que, dado el enorme progreso del conocimiento-tecnología, si no fuera por estas enfermedades sociales, el trabajo enajenado-asalariado podría reducirse al mínimo, e incluso, a largo plazo, desaparecer. También se presentan algunos aspectos sobre el decrecimiento económico, según el autor necesario para salvar los recursos naturales del planeta, la biosfera e incluso el género humano, seriamente amenazados por el crecimiento desmesurado actual. Para conseguir este decrecimiento es necesario el trabajo en equipo de ecologistas y marxistas, pero indispensablemente con una apretada colaboración de unos movimientos sociales conscientes.

La apuesta por el decrecimiento. Serge Latouche


El término “decrecimiento” suena a desafío o a provocación, aunque seamos conscientes de que un crecimiento infinito es incompatible con un mundo limitado. El objeto de esta obra es demostrar que, aunque un cambio radical es una necesidad absoluta, optar voluntariamente por una sociedad de decrecimiento es una apuesta que vale la pena intentar para evitar un retroceso brutal y dramático.

Se trata de una propuesta necesaria para reabrir el espacio de la inventiva y de la creatividad del imaginario bloqueado por el totalitarismo economicista, desarrollista y adepto al progreso. Es evidente que dicha propuesta no tiene como objetivo una subversión caricaturesca que consistiría en proclamar el decrecimiento por el decrecimiento. Este propósito sólo sería posible en una “sociedad de decrecimiento”, es decir, en el ámbito de un sistema basado en otra lógica.

Y queda lo más difícil: ¿Cómo se puede construir una sociedad sostenible, también en el Sur? Son necesarias diversas etapas: cambiar valores y conceptos, cambiar de estructuras, relocalizar la economía y la vida, revisar nuestros modos de uso de los productos, responder al desafío específico de los países del Sur. Y finalmente, hay que asegurar la transición de nuestra sociedad de crecimiento a la sociedad de decrecimiento mediante las medidas apropiadas.
El decrecimiento es una apuesta política y estará presente, con seguridad, en los futuros debates electorales.

Objetivo Decrecimiento. Colectivo Revista Silence

Oponiéndose frontalmente a la inercia de la globalización, que acarrea cada vez más paro, más contaminación, un agravamiento del cambio climático y la angustiosa proximidad de una crisis de la energía, Objetivo decrecimiento formula una propuesta radical, utópica tal vez, pero también razonada, un nuevo camino basado en la conciencia de que el planeta es irremediablemente finito.

Así, frente a la idea compartida por todos los políticos, sean de derechas o de izquierdas, de que hay que seguir creciendo a toda costa, en esta obra se apuesta por la reducción planificada del crecimiento económico de los países ricos, ese 20 % de la población mundial que consume el 80 % de los recursos. Sus autores analizan y desmontan la falacia del crecimiento llamado «sostenible» y exponen soluciones que podrían conducir a un mundo más justo, más pacífico, más ecológico. Nos pide a todos que empecemos a caminar hoy mismo en otra dirección, antes de que sea demasiado tarde. De lo contrario, el mundo se aproxima muy deprisa a una crisis económica gravísima que podría conducir a una situación de riesgo político para las democracias.

Pablo Elorduy - Diagonal

Decrecimiento - Más de cien comunidades en todo el mundo basan su progreso en escapar de los mercados financieros al uso.

Frente a los brindis al sol por un nuevo ciclo de crecimiento, distintos movimientos plantean que es imprescindible una transición hacia otro tipo de economía.

Con paso y tenacidad de hormiga, cientos de comunidades en el mundo han formado localidades que son capaces de autogestionar recursos y saberes comunes. Más de cien comunidades en países como Reino Unido, Australia, Italia, Canadá o Estados Unidos siguen el modelo de Transition Towns establecido por teóricos como Rob Hopkins, basado en la autogestión y el compromiso con el entorno.

En el Estado español proyectos como Escanda en Asturias, Can Pascual o Can Masdeu, en Barcelona, han actualizado los primeros ejemplos de cooperativismo de proyectos como La Hormiga Obrera o la Redemptora de finales del siglo XIX. La creación y gestión de recursos y la descentralización y la horizontalidad de la toma de decisiones son el modo de generar comunidades fuera del tráfago de los mercados. Ésa es una de las conclusiones del encuentro de Redes en Red, Tejiendo Alternativas, celebrado en Ruesta (Aragón) durante el mes de abril.

La necesidad de salir del modelo imperante ha permeado en el debate sobre la organización del trabajo industrial. En el Forum d’Economia Social de la Garrotxa, Lluís Rodríguez, miembro del Instituto de Ciencias Económicas y de la Autogestión, reconocía que “no es posible que todas las empresas sean cooperativizadas a corto plazo”, si bien, remarcó que las cooperativas “son modelos empresariales más eficientes, justos y democráticos que las empresas capitalistas”.

Decisiones conjuntas

La base de estos movimientos es conseguir que las personas que comparten espacios y trabajos se conozcan y tomen decisiones en común, que se armonicen los trabajos externos e internos y se sitúe a los cuidados en el centro de la existencia. Las recetas son conocidas: bancos de tiempo, trueques, una rebaja voluntaria del consumo, huertos urbanos, talleres de aprendizaje de labores tradicionales, monedas locales, y un largo etcétera de propuestas. Javier Zarzuela, de Ecologistas en Acción, resumía en 2009 el proceso que sigue a la toma de conciencia de la necesidad de una transición. Después de “caer en la cuenta” y pasar por el “trance inevitable del pánico”, las personas son capaces de visualizar y valorar “cómo podría ser su ciudad, barrio o pueblo, en un escenario de baja dependencia energética y de capacidad colectiva para proveerse de los medios de vida dignos”.

- Cooperativismo para promover la autogestión de la vida cotidiana
- Entrevista: “La economía participativa es una necesidad”

"A pesar de que en el siglo XX los problemas ambientales pasaron de ser limitados y locales a tener un alcance planetario, la percepción de que estábamos entrando desde hace ya algunas décadas en una crisis ecológica mundial era absolutamente residual a finales del siglo pasado. Y eso que los desequilibrios biológicos y los impactos geofísicos habían llegado a ser más profundos que en toda la Historia de la Humanidad, alcanzando una magnitud tal que ha hecho que se denomine ya a este nuevo periodo el Antropoceno.

Diversas razones explican esta paradójica situación. En primer lugar, la sensación de “bonanza”, sobre todo en los espacios centrales, por el crecimiento sin freno (aparente) de la Economía Mundo capitalista en el tránsito al nuevo milenio; crecimiento impulsado en muy gran medida en base a la expansión indiscriminada del crédito, la globalización industrial y la irrupción de las Nuevas Tecnologías de la Información y Comunicación, pero sobre todo garantizado por los bajos precios de los combustibles fósiles y materias primas en general. Los más bajos en términos relativos en más de doscientos años de Revolución Industrial (Fdez Durán, 2008).

Este escenario fue favorecido asimismo por la existencia de “servicios ambientales” gratuitos, especialmente en cuanto al acceso al agua dulce, y la utilización sin coste económico alguno de la Biosfera como sumidero de los desechos del metabolismo urbano-agro-industrial. Pero sobre todo fue la tremenda capacidad de ocultación de la Aldea Global, y el hecho de que el mensaje institucional y corporativo fuera que a pesar de todo caminábamos hacia la “sostenibilidad ambiental”, lo que instaló al nuevo capitalismo global en una complacencia inusitada, lubricada además por la capacidad de consumo de las clases medias, en especial de los países centrales, y sobre todo de las elites planetarias. Es más, los patrones de vida y consumo de las mismas eran los que servían de reclamo a la población mundial, activados por la industria publicitaria que los proyectaba al mundo entero. En este contexto, ¿quién era capaz de decir que todo esto era un puro espejismo que no podía continuar mucho tiempo? ¿desde dónde lo podría afirmar y quién le iba a atender? Pero, aún así, diversas voces minoritarias lo anunciaban, aunque estas Casandras “aguafiestas” fueron mantenidas a raya y marginadas por la Espiral del Silencio de la Aldea Global.

De esta forma, la capacidad de crear una realidad virtual separada de su sustrato material, ocultaba el carácter cada día más extractivista del actual sistema urbano-agro-industrial, sus crecientes impactos, y la absoluta imposibilidad del crecimiento económico ilimitado en un planeta finito. La Sociedad de la Imagen encubría que el actual capitalismo global se separaba cada vez más del funcionamiento de la Biosfera, pues abandonaba el menor uso de materiales y los mecanismos de recuperación y reciclaje que habían caracterizado a otras sociedades humanas en el pasado, disparando la producción de residuos, al tiempo que hacía estallar como nunca en la Historia el transporte (motorizado) mundial. Los bajos precios de los combustibles fósiles y materias primas, así como la libre disponibilidad de “servicios ambientales” esenciales y de los sumideros planetarios, como decimos, lo permitían. Pero sobre todo fue la disponibilidad de energía abundante y barata la que hizo todo esto posible en última instancia.

En suma, fue la energía fósil, y muy en concreto el petróleo, lo que permitió que funcionara todo este espejismo. Incluida la expansión “imparable” de la dimensión financiera del capitalismo global, que no hubiera sido posible sin dicha base material. Además, la propia “economía real” crecía también en base al tratamiento de los crecientes desequilibrios sociales y medioambientales. Y todo ello mientras se conmemoraba el Fin de la Historia (Fukuyama, 1992), y el progresivo triunfo planetario del mercado y la democracia liberal, al tiempo que el Estado parecía que pasaba a un segundo plano y se le despojaba de su dimensión social. Lo que posibilitaba un mayor crecimiento y concentración de la riqueza, mientras que aumentaba la precarización, la pobreza y la exclusión planetaria. Un círculo virtuoso “perfecto”, pues no aparecía ninguna fuerza social o natural con capacidad suficiente para frenarlo."

Luis González Reyes

¿Saldrías esprintando si tienes que recorrer 20 km? No porque la velocidad te dejaría sin resuello. ¿Qué pasó con la gallina de los huevos de oro? El ansia de acumulación mató a la gallina, y al futuro. Esto es lo que le está pasando a nuestro planeta.

Vivimos a una velocidad por encima de lo sostenible. Una velocidad de apropiación de recursos y de generación de residuos superior de las capacidades del entorno.

Así, el cambio climático es debido a que estamos generando gases de efecto invernadero (residuos) por encima de la capacidad de ser asumidos por parte de la atmósfera (sumidero). El agotamiento del petróleo (recurso) se debe a que estamos consumiéndolo por encima de su tasa de renovación. Podemos hacer un repaso por los problemas ambientales enmarcándolos en estas dos categorías: excesiva velocidad de consumo de recursos o excesiva velocidad de producción de residuos.

Podemos discutir si el pico del petróleo lo estamos atravesando ya, o lo haremos en los próximos 10 o 20 años. También podemos enredarnos en una discusión eterna sobre si, con la tendencia actual, será en 15 o 25 años cuando atravesaremos los 2ºC de incremento de temperatura, esa cifra a partir de la cual la probabilidad de que el calentamiento global se dispare es alta.

Lo que no es discutible es que, si seguimos así, vamos a agotar el petróleo (como ejemplo de los recursos) y vamos a producir un cambio climático geológico (como paradigma de la saturación de sumideros). Es decir, que podemos discutir si vamos rapidísimo o extremadamente rápido, no que vamos demasiado deprisa. Así que, o frenamos o nos estampamos. Y frenar es de lo poco que tenemos que hacer con celeridad.

Desde los centros de poder se nos dice que, en realidad, estamos desmaterializando la economía, que cada vez somos capaces de crecer con menores cantidades de materia y energía. En realidad la actividad industrial ha crecido en los últimos veinte años un 17% en Europa y un 35% en Estados Unidos, mientras se incrementaba de forma espectacular en China y la India. La producción mundial se está duplicando cada 25-30 años. En resumen, el Requerimiento Total de Materiales de la economía planetaria no para de crecer y, con él, los impactos.

La solución es obvia: consumamos recursos y produzcamos residuos a los ritmos asumibles por la naturaleza. Pero, ¿por qué avanzamos en la dirección contraria cuando esto es innegable?

Vivimos en un sistema, el capitalista, que funciona con una única premisa: maximizar el beneficio individual en el menor tiempo. Uno de sus corolarios inevitables es que el consumo de recursos y la producción de residuos no puede parar de crecer, formando una curva exponencial.

Veámoslo con un ejemplo. Partimos del Banco Central Europeo (BCE) que presta dinero a los bancos privados a un tipo de interés. Pongamos que el Santander toma unos millones de euros del BCE. Obviamente no lo hace para guardarlos, sino para conseguir un beneficio con ello. Por ejemplo, se los presta, a un tipo de interés mayor claro está, a Sacyr-Vallehermoso. ¿Para qué le pide la constructora el dinero al banco? Por ejemplo para comprar el 20% de Repsol-YPF. Sacyr espera recuperar su inversión en Repsol con creces, vía la revalorización de las acciones de la petrolera y/o el reparto de beneficios. Ambas cosas pasan por un incremento continuado de los beneficios de Repsol.

Es decir, que para que Sacyr rentabilice su inversión y le devuelva el préstamo al Santander y este a su vez al BCE, Repsol no puede parar de crecer. Si no hay crecimiento la espiral de créditos se derrumba y el sistema se viene abajo. El crecimiento no es una consecuencia posible de este sistema, es una condición indispensable para que funcione. Es como si dejas de pedalear en una bicicleta, que te caes. Si la economía capitalista deja de crecer se colapsa. Por eso nos insiste tanto el G-20 en la necesidad de recuperar la senda del crecimiento. Por eso nos machaca el Gobierno con que consumamos más.

¿Y cómo crece Repsol? Pues ya lo sabemos: vendiendo más gasolina (a través de costas campañas de publicidad), recortando los costes salariales (como en YPF tras su compra), extrayendo más petróleo incluso de Parques Nacionales (como el Yasuní en Ecuador) o de reservas indígenas (como las guaranís en Bolivia), bajando las condiciones de seguridad (como en la refinería de Puertollano), subcontratando los servicios (como en el transporte de crudo), apoyando a dictaduras (como en Guinea)…

No es que haya una mente maquiavélica que diga: voy a ventilarme el planeta y a sus habitantes (aunque sí que hay quienes estén por la labor a la vista de como va el mundo). Es una simple cuestión de reglas de juego: o te atienes a maximizar tus beneficios o te quedas fuera. Quedarse fuera es que tu empresa sea absorbida o pierda su mercado. Atenerse a las reglas significa que lo único que importa son las cuentas a final de año y, sólo bajo presión socioambiental, el entorno o las condiciones laborales.

Pero el problema va más allá de los impactos ambientales y sus implicaciones sociales. Indudablemente, hablar de lo que supone la velocidad del capitalismo, implica nombrar a quienes esta dinámica expulsa y explota. Vivimos en un mundo en el que hay 100 manzanas para 100 personas y 20 (que casualidad, la mayoría hombres) se quedan con 86. El sistema no sólo produce acumulación, sino que necesita esa acumulación. Vamos, que tenemos un problema de sobrevelocidad, pero también de inequidad. Tenemos una tarta en la que nos tenemos que preocupar del reparto justo y también del tamaño, ya que no puede ser demasiado grande.

Atajar el problema de sobrevelocidad que tenemos pasa por abandonar la obsesión intrínseca de este sistema por el crecimiento. Pasa por el decrecimiento de quienes ya hemos crecido demasiado. Significa que en las sociedades sobredesarrolladas tendremos que recortar drásticamente nuestro consumo de recursos y producción de basuras hasta acoplarlos a la capacidad de producción y reciclaje de la naturaleza. El decrecimiento tiene como principal virtud señalar la superación de la obsesión por el crecimiento como uno de los elementos básicos en la transición hacia la sostenibilidad.

¿En qué tendríamos que decrecer? Por supuesto en la producción y el consumo, pero también en la velocidad de vida que tenemos como sociedad, en las distancias que recorremos y hacemos recorrer a los productos, en la complejidad de nuestra tecnología (para la sostenibilidad tenemos que hacer las cosas más sencillas, por lo menos la mayoría de ellas), en las agrupaciones sociales (la democracia requiere sociedades más pequeñas) o en las horas de trabajo productivo (que no en las de cuidados). Además, el decrecimiento implica un cambio de paradigma mental: el decrecimiento no es un término negativo, sino positivo.

Pero no en todo se tiene que decrecer ni de igual forma. Hay que centrar los recursos colectivos en decrecer en el consumo de energías fósiles, creciendo en el de renovables (hasta un punto); o decrecer en la producción de materiales sintéticos, sustituyendo los imprescindibles por naturales.

Todo ello entendiendo que el aumento de la eficiencia y la apuesta por los productos 100% reciclables es importante, pero no suficiente. El parque automovilístico actual es mucho más eficiente que el de hace 30 años pero… contamina más (hay más coches que recorren más kilómetros); y una granja de cerdos puede producir deshechos 100% reciclables pero… a una velocidad inasumible por los ecosistemas. Así que: más eficiencia, cierre de ciclos de la materia, energía solar pero… con decrecimiento.

Sólo así las personas que viven en la miseria podrán aumentar sus niveles de consumo de recursos y de generación de residuos para alcanzar los mínimos para tener una vida digna. Sólo así dejaremos sitio en este planeta al resto de especies.

Es decir, la propuesta del decrecimiento no implica que todo el mundo decrezca ni que decrezcamos en cualquier cosa, sino que el decrecimiento busca la equidad en la austeridad. Es comprender que vivir mejor es vivir con menos. El decrecimiento no es un objetivo, es un medio hasta alcanzar parámetros de sostenibilidad.

Pero es una propuesta muy difícil de asumir al romper las reglas de juego capitalistas e ir contra quienes detentan el poder. Por ello, decrecer es un camino que pasa porque cada vez más espacios y tiempos de nuestra vida no se rijan por la ley del máximo beneficio, sino de la cooperación; porque nuestro modelo sean las relaciones familiares, basadas en los cuidados, y no las empresariales.

Sin embargo el decrecimiento es algo inevitable, o decrecemos por las buenas o lo haremos por las otras, ya que los límites de recursos y sumideros del planeta los tenemos ya encima, y la física es tozuda.

Decrecer a la fuerza significa poner las bases para la aparición de alguna forma de ecofascismo en el que unos pocos acaparen y controlen unos recursos y sumideros crecientemente escasos por medio de la fuerza. Si analizamos la situación internacional parece que esta vía está ya en marcha.

Decrecer con criterios colectivos implica poner a trabajar a la economía hacia su reconversión en una economía local, lenta, solar y de ciclos cerrados. Significa ponerla a trabajar para satisfacer las necesidades humanas, las reales, no las creadas. Significa avanzar hacia la equidad con solidaridad. Este camino también está ya en marcha, tal vez con más fuerza de la que nos parece.

Habíamos dicho ya, cuando empezábamos a movernos por el decrecimiento, que la crisis que imaginábamos que iba a venir, seria una oportunidad para el cambio, pero ahora que la tenemos aquí con toda su envergadura, que se prevé larga y que sabemos que no tendremos mejor oportunidad. ¿Cómo hacemos para que no nos supere?. ¿Qué estrategia debemos coger como movimiento ante estos momentos claves?.

Por otra parte quizá hemos leído también en algún artículo una cita que dice “no hay nada peor que una sociedad de crecimiento sin crecimiento”…

Ciertamente la disminución precipitada de la actividad económica que vive nuestro mundo, representa un soplo de aire fresco para nuestro planeta, pero al mismo tiempo, millones de personas están viviendo sus consecuencias directas en el hambre, la ruina de su economía familiar, y el cierre de numerosos negocios. ¿Cómo podemos responder ante esto?...

Muchos de nosotros estamos ya apostando por cambios en los hábitos personales y por proyectos colectivos que nos permiten apartar cada vez más aspectos de nuestra vida de la dinámica capitalista dominante. A la vez, organizamos actos, charlas, pases de documentales, jornadas, para concienciar e implicar a más gente en estas respuestas prácticas. Pero, ¿es suficiente con la práctica y la concienciación?. ¿Podemos aspirar a más?.

Cuando la corriente sigue tirando hacia la solución individual y cortoplacista, se hace difícil imaginar como estas pequeñas alternativas pueden llenarse de nuevos pobladores, sin que cambie la corriente. Motivos como la presión social y familiar, los problemas económicos, u otros relacionados con las dificultades de nadar a contracorriente hace que los participantes sean menos que los que desearíamos y que incluso muchos precursores tengamos serias dificultades para integrar los distintos aspectos de nuestra vida en la construcción de alternativas comunitarias.

Para salir de ese círculo, la crisis puede ser un buen momento, pero sólo si sabemos hacer confluir concienciación y necesidad. Necesitamos crear un plan de acción y organización social que responda a las necesidades de los excluidos en estos tiempos de crisis. ¿Podemos llevarlo a cabo?

Yo estoy convencido de que sí, y creo que es nuestra responsabilidad hacerlo. Para que este movimiento pueda conseguir su objetivo, debe conseguir dos cosas muy claras pero de largo alcance:

– Dar soluciones prácticas a la gente común que está siendo afectada por esta crisis. A la gente que lo más importante que tiene en la cabeza es darle de comer a sus hijos. Estas propuestas sobre el terreno deben demostrar a pequeña escala la solidez de la propuesta de cambio social que estamos proponiendo.

– Construir una oposición social valiente, con un discurso claro que permita que en el imaginario social entre con fuerza la idea que hay otro estilo de organizar la sociedad, que con toda su complejidad y variantes es el único estilo viable para nuestro futuro y que la crisis capitalista supone el mejor momento para hacerlo. Para ello habrá que convencer y crear alianzas con otros movimientos sociales y también sectores afectados.

Es momento de desobedecer de este sistema para construir otro, momento de auto organizarnos los de abajo para rebelar-nos y para cooperar, de parar el capital y para activar la autogestión. Momento de coger el control de nuestra vida, el de liberarnos a la vez a nuestro planeta y a sus gentes.

Podemos dar soluciones prácticas para el problema del paro, podemos recordar que lo que está en crisis es el valor de cambio, pero que el valor de uso lo que está es infrautilizado. Así tenemos miles de hectáreas de tierras abandonadas cerca de los pueblos y ciudades y miles de naves, casas y locales abandonados, por citar dos ejemplos sintomáticos. Con todo lo que el sistema actual infrautiliza podemos generar millones de puestos de trabajo para gente que no tiene. Sabemos que el poder no lo va a hacer por nosotros porque están en una espiral de la que no pueden salir así que tenemos que pasar a la acción, a la acción directa masiva.

Debatamos sobre como lo vamos a hacer, pero con la determinación clara de hacerlo, porque ha llegado el momento y además ética y estratégicamente no podemos hacer otra cosa.. En fin para convertir esta crisis en una transición decrecentista hacia una alternativa de sociedad en la cual la ciudadanía pueda recuperar la soberanía popular.

Autor: Enric Duran

Grupo de comunicación de la Cooperativa Integral catalana.

http://cooperativa.ecoxarxes.cat/
1
Hortensia Fernández Medrano

Desde tiempos inmemoriales, se nos ha encomendado a las mujeres el papel de cuidadoras por razones pretendidamente naturales (lo que se ha llamado el destino biológico de las mujeres). El feminismo socialista y racionalista de la igualdad desmontó hace tiempo este mecanismo perverso y rechazó una mayor proximidad de las mujeres con la naturaleza como una maniobra del pensamiento patriarcal para mantenernos dentro del ámbito doméstico y alejadas de lo público y de la cultura.

Sin embargo, también han sido el feminismo posterior de la diferencia y el ecofeminismo los que nos han hecho valorar las actividades tradicionalmente realizadas por las mujeres, eso que hemos llamado la sostenibilidad de la vida humana haciendo alusión a la dimensión ecológica del término ya que sin ella la vida humana no es posible.

Valoración y análisis del cuidado de la vida

Cuidar la vida significa hacer que la vida continúe, pero también es imprescindible para la conservación de la especie humana. Cuidar la vida incluye tareas rutinarias y repetitivas como cocinar, limpiar, cargar, recoger, tareas que exigen mirar y esperar cómo permanecer disponible pero también incluye relaciones afectivas y sociales que posibilitan crear comunidad y proteger a las personas de la posible hostilidad que las puede afectar, sobre todo a las más pobres y desvalidas. Estas atenciones son las que permiten que los niños y niñas se hagan adultos y lleguen a ser obreros, campesinos, jueces o maestros satisfaciendo sus necesidades en la época profesionalmente activa pero también acogiéndolos en la vejez.

Por otro lado es el lugar en el que en el día a día se buscan soluciones para proteger a los más débiles cuando fallan las instituciones como es el caso de una sociedad atenazada por el paro y la explotación, pero también donde se buscan soluciones para proteger la vida en situaciones límite como son las catástrofes o las guerras, y el lugar donde comienza la reconstrucción gestionando la escasez y la esperanza. Así pues tanto en la vida diaria como en la adversidad y la catástrofe, las tareas de las mujeres constituyen una tarea civilizadora, como dicen las feministas italianas de la Librería de Milán, ya que sin ellas no habría civilización humana. (1)

Desde el pensamiento feminista no solo valoramos estas actividades sino que las queremos colocar en el centro de la organización social como las funciones humanas más importantes ya que de ellas depende la vida humana. Valoramos la vida humana y a quienes se han ocupado de su mantenimiento, esto es a las mujeres que realizan y han realizado a lo largo del tiempo y del planeta la función de cuidar la especie humana como amas de casa, madres ,esposas, hijas o hermanas ,siempre ligadas a lo imprescindible y a lo necesario, allí donde está la base de la auténtica economía, es decir ,la gestión de la casa o ámbito doméstico, como su nombre derivado del griego oikos,que quiere decir casa, lo demuestra.

Para analizar este tipo de actividad o tarea realizada por la mayoría de las mujeres hemos recuperado el concepto de labor de la pensadora del siglo XX, Hanna ARENDT (2) cuando reflexiona sobre las características de la vida humana activa. Según ella, podemos distinguir entre el trabajo propiamente dicho que tendría que ver con la producción de algo (bienes o servicios) no relacionado con lo biológico y la labor, que consiste en atender las necesidades vitales producidas en el proceso biológico del cuerpo humano (crecimiento, metabolismo y decadencia). Ambos conceptos labor y trabajo pueden relacionarse con las respectivas tareas que hombres y mujeres vienen haciendo desde los inicios de la humanidad: el trabajo doméstico y de cuidado realizado fundamentalmente por las mujeres y que consiste en dar y cuidar de la vida en todas sus etapas y el trabajo remunerado para la fabricación y distribución de productos que podría relacionarse con lo que ella llama trabajo y que habría sido realizado fundamentalmente por los hombres. Nos interesa particularmente la noción de labor que consistiría en atender las necesidades biológicas producidas en el proceso biológico del cuerpo humano con la que define el tipo de trabajo necesario para el mantenimiento de la vida humana, trabajo ignorado o infravalorado y que tradicionalmente ha sido hecho por las mujeres. Es un tipo de actividad no productiva y muchas veces repetitiva como limpiar, lavar, buscar agua y leña, recolectar, cocinar… pero también cuidar y criar niños, mayores o enfermos y absolutamente necesaria para la supervivencia de la especie humana.

La relación entre humanidad y naturaleza

Pero además cuando hablamos de la sostenibilidad de la vida humana, queremos poner en evidencia el nexo existente entre humanidad y naturaleza relación ignorada en nuestro sistema patriarcal que ha vivido siempre de espaldas al reconocimiento de la existencia de un cuerpo y de sus necesidades, ya que el pensamiento occidental ha estado dominado por el rechazo de la labor que ha sido vista como una esclavitud de la necesidad, rechazo que nos ha sido legado desde la Antigüedad hasta el punto de no considerarse humanas aquellas actividades relacionadas con las necesidades del cuerpo y que pueden ser compartidas con otros animales.

Es decir, no se ha tenido en cuenta como trabajo mas que el trabajo mercantil ya que estamos en una sociedad patriarcal donde solo se valoran la cultura y los valores masculinos que al ser dominantes aparecen como universales y se ignora todo lo demás como son las actividades realizadas tradicionalmente por las mujeres a lo largo de la historia y del mundo, y que el pensamiento feminista hace visible al dar valor al trabajo humano más ligado a las necesidades humanas como es el cuidado de la vida.
El pensamiento feminista, al ocuparse del cuidado de la vida humana se ocupa del aspecto más natural del trabajo humano es decir se reconoce el “sucio secreto de la corporeidad” que diría Ynestra King (3) según el cual la humanidad surge de la naturaleza no humana.

El pensamiento occidental está muy influenciado por una construcción racionalista y dualista de la relación entre naturaleza y humanidad en la cual lo que es auténticamente humano se define contra lo que se toma por natural y el mantenimiento de esta dicotomía y su polarización se realiza por el rechazo y negación de lo que une a los humanos con lo animal y natural como son por ejemplo el cuerpo, la sexualidad, la reproducción y los sentimientos, que son identificados como femeninos, mientras que los rasgos que se toman como característicos del género humano y donde radican sus virtudes especiales son aquellos tales como racionalidad, libertad, etc. y que son tradicionalmente entendidos como masculinos. Por lo tanto la humanidad se define tanto en oposición a la naturaleza como a lo femenino.

Como consecuencia, reconocer el aspecto natural del trabajo humano a través del reconocimiento del trabajo de cuidado de la vida realizado fundamentalmente por las mujeres es desvelar el aspecto natural de la humanidad y por lo tanto romper la estructura dicotómica y jerárquica de la dualidad.

No se trata pues, de tomar partido por una u otra categoría de la relación sino de reconceptualizar cada una de ellas. No comprender la naturaleza de esta relación nos llevaría a pensar que las mujeres tenemos afinidades específicas con todo lo natural y caer en el esencialismo de la mística reaccionaria del cuidado o todo lo contrario, a pensar que hemos de rechazar todo sentimiento para liberarnos de nuestro destino, lo que nos lleva a la descorporeización y deshumanización de las personas.

Reconocer y valorar el trabajo de cuidado de la vida realizado fundamentalmente por las mujeres nos lleva por lo tanto a considerar a las mujeres como mediadoras entre humanidad y naturaleza lo cual nos proporciona puntos de partida nuevos para el pensamiento desde los cuales las relaciones de los seres humanos con la naturaleza pueden hacerse visibles y a partir de cuyo reconocimiento podemos iniciar otro tipo de pensamiento más liberador e integrado en la naturaleza de la que nos hemos apartado, al considerarnos fuera de ella. El análisis y caracterización de este tipo de trabajo de cuidado nos devuelve el aspecto natural de la humanidad permitiéndonos unir el discurso ecologista con el discurso feminista.

Podemos decir que el sistema patriarcal en su afán de superar el reino de la necesidad para alcanzar el reino de la libertad ha despreciado el trabajo de las mujeres por estar continuamente sometido a su construcción y destrucción del mismo modo que los ciclos biogeoquímicos de los elementos de la naturaleza en que esta es continuamente transformada. El trabajo de alimentar y cuidar la vida, parir, cuidar niños, enfermos y ancianos pero también cocinar, limpiar, etc. forma ciclos repetitivos y monótonos como los ciclos naturales y este es el punto clave de encuentro entre el discurso ecologista y el discurso feminista en el que presentamos a las mujeres como el puente entre naturaleza y humanidad gracias a la realización de un trabajo ejercido durante siglos, ignorado, desvalorizado y objeto de apropiación gratuita lo mismo que la naturaleza por el sistema patriarcal.

La ciudad y los desplazamientos

Como pudimos analizar en un taller dedicado a la Movilidad dentro de las Jornadas Feministas del 2006, el esquema androcéntrico está presente en toda la sociedad y en sus instituciones. Las encuestas sobre Movilidad realizadas desde el Área de Movilidad del Ayuntamiento de Barcelona en el año 2004 (4) en las que se analizaba separadamente el comportamiento de hombres y mujeres a la hora de desplazarse por la ciudad de Barcelona son una prueba de ello.

En ellas, cuando se habla de movilidad obligada solo se tienen en cuenta los desplazamientos debidos al trabajo remunerado o estudio y de los cuales un 29% correspondería a los hombres y un 20,4% a las mujeres mientras que según las mismas encuestas, las mujeres realizarían un 36% de la movilidad no obligada frente a un 27,1% correspondiente a los hombres. Con ello se enmascara la realidad y se invisibiliza una vez más a las mujeres y a las tareas realizadas por estas para atender las necesidades del núcleo familiar la mayoría obligatorias ya que se trata de hacer compras y gestiones, acompañar niños o mayores, hacer visitas a familiares o amigos actividades que son ocultadas en las encuestas y por lo tanto no existen. Vemos pues que la propia sociedad y sus instituciones obedecen a esquemas patriarcales al no tener en cuenta todo aquello que no tiene que ver con el trabajo de mercado y al ignorar todo lo necesario para atender las necesidades de las personas o trabajo de sostenimiento de la vida.

Se trata pues de una encuesta realizada desde una mirada masculina según la cual solo se considera trabajo al trabajo remunerado y se ignora todo lo demás.
Por otro lado, cuando se analizan los resultados del uso del transporte público y privado por hombres y mujeres, observamos que son las mujeres las principales usuarias de los transportes públicos (un 43,9% de las mujeres frente a un 31,6% de los hombres en el caso de Barcelona mientras que sólo un 16,9% de las mujeres utiliza el transporte privado frente al 36% de los hombres). Los desplazamientos a pie también dan una ventaja a las mujeres: un 39,2% frente 32,3% de los hombres.

Es decir que cuando las mujeres valoramos con nuestra conducta el transporte público defendemos también las necesidades de accesibilidad de la mayoría de las personas y no sólo el de la mayoría de las mujeres, y cuando cuestionamos con nuestra actitud el uso del transporte privado, también estamos denunciando un modelo urbanístico difuso basado en la movilidad creciente que separa funciones y crea distancias en vez de aproximarlas. Es decir un modelo insostenible, desde el punto de vista ecológico y antidemocrático y excluyente desde el punto de vista social porque margina a las personas sin coche privado y carnet de conducir como son los mayores, los discapacitados, los niños y la mayoría de las mujeres.

Pero además este modelo es androcéntrico porque solo tiene en cuenta los desplazamientos de un varón en edad laboral ni muy joven ni muy viejo que se desplaza en automóvil privado para llegar al trabajo-empleo, que no tiene necesidades materiales ni afectivas, que no tiene que comprar para satisfacer las necesidades suyas propias o del núcleo familiar al que pertenece y que no tiene que ocuparse en general de todas aquellas actividades necesarias para que la vida continúe.

Vemos que los modelos imitativos del modelo masculino no resuelven el problema de la opresión de las mujeres porque se nos asimila al Homo economicus de una manera subordinada cuando se pretende hacernos iguales a los hombres mediante nuestra incorporación al trabajo mercantil o al analizarnos según pautas masculinas de movilidad, pero no se resuelve el problema del cuidado de la vida. Este, lejos de resolverse, se hace recaer sobre las mujeres en penosas e interminables dobles jornadas o bien se transfiere a otras mujeres inmigrantes que abandonan el cuidado de sus familiares más próximos para venir a atender nuestras necesidades dando lugar a una globalización del trabajo de cuidado que produce desatención y abandono de niños y mayores en los países de origen y explotación, cansancio y enfermedad en las mujeres en general.

El sistema económico capitalista exige personas limpias, aseadas, educadas y bien alimentadas que se desplazan al trabajo todos los días, pero no valora ni remunera a quienes realizan esta actividad de limpieza, aseo, alimentación y educación en el ámbito privado y que corresponde a la actividad realizada por miles de mujeres anónimas que permanecen en la sombra limpiando, comprando, lavando, planchando o cocinando y en general cuidando la fuerza de trabajo necesaria para la supervivencia del capitalismo.

Nos podemos preguntar qué sería de este sistema sin la aportación gratuita de miles de mujeres cuando se ocupan de mantener a las personas que constituyen el ámbito doméstico en condiciones de reproducir la fuerza de trabajo: quién se ocuparía de alimentar limpiar, lavar, cocinar, llevar al colegio o cuidar cuando están enfermos los miembros de la unidad doméstica y de cuidar cuando ya no son útiles para el sistema las personas mayores o enfermas.

El pensamiento feminista pone en cuestión el modelo económico vigente basado en el crecimiento ilimitado de los recursos naturales al valorar nuestra actividad de cuidadoras, gigantesca obra de civilización sin la cual el sistema económico no se sostiene. Los diferentes sistemas económicos invisibilizan esta tarea aunque se aprovechan y cuentan con ella al externalizar los costes sobre la salud de las mujeres. En este sentido, nuestra crítica del sistema económico actual es demoledora al poner en cuestión las bases mismas del sistema.

Para concluir, las mujeres nos relacionamos con la ciudad y en general con la sociedad de una manera diferenciada y por eso más que de ciudadanía queremos hablar de “cuidadanía” para poner el acento en la situación de dependencia y necesidad de cuidados que tenemos todas las personas en las diferentes etapas de nuestra vida y el derecho a ser cuidadas y la obligación de cuidar que tenemos todos los humanos hombres y mujeres. Tenemos un cuerpo al que atender y el destino de la humanidad esta indisolublemente unido al destino de la naturaleza ya que nuestro destino está interconectado con el de la biosfera como nos enseña la teoría Gaia, (5) según la cual formamos parte de un sistema autorregulado en el que todos los seres vivos y la base material de nuestro planeta dependemos los unos de los otros.
NOTAS BIBLIOGRÁFICAS

(1) Bosch A., Amoroso M.I.,Fernández H.: Arraigadas en la Tierra (Malabaristas de la vida), Icaria. Barcelona, 2003.
(2) Arendt H.: La condición humana. Paidós, Estado y Sociedad .Barcelona (e.o.1958).
(3) EMEF y Ajuntament de Barcelona : Mobilitat i genere. 2004.
(4) King Y.: Curando las heridas: feminismo, ecología y el dualismo naturaleza-cultura. Ecorama. 1997.
(5) Lovelock J.: Las edades de Gaia. Tusquets, Col. Metatemas. Barcelona, 2000.



Suricato

Recientemente, Miguel Amorós ha publicado un artículo titulado “El Trauma del Decrecimiento”. No hay nada que objetar al intento crítico en sí mismo y lo consideramos como parte del necesario debate de ideas que el movimiento por el decrecimiento genera y necesita para su enriquecimiento y difusión. Hay mucho que objetar, eso sí, a la forma y a gran parte del contenido del artículo. En relación a la primera, una pluma agresiva y descalificadora revela una actitud poco proclive al diálogo y a la construcción de alternativas comunes. En lo que respecta a su contenido, Amorós construye su crítica a partir de una definición del decrecimiento y el decrecentismo caricaturesca y burda con la esperanza de que le facilite sus ataques. El resultado es un texto salpicado de exabruptos y tergiversaciones con el cual no es fácil dialogar. El discurso del crítico es duro, frío, fósil y hostil.

Para Amorós, tal como se expresa en este y otros artículos, los objetores del crecimiento somos una pandilla de pequeño burgueses “desclasados”, “perdedores” o “lumpenburguesía” que no queremos la “fractura social” y que no tenemos otra cosa más interesante que hacer que construir una ideología y un movimiento a la moda participando con otros, como el movimiento antiglobalización, en la “trivialización de la protesta” y la “supresión del conflicto”. De esta manera, nos convertimos en “arma auxiliar de dominación” cumpliendo una “función reaccionaria en tanto que falsa conciencia de la realidad de unas clases en migajas”, etcétera. Sin comentarios.

Amorós construye su crítica desde la añoranza de un sujeto revolucionario que se le perdió en los meandros de la historia. Está molesto por el evidente debilitamiento del sujeto proletario y considera que todos los otros sujetos sociales actuales y sus luchas son sustitutos mediocres de éste. “El deseo de un cambio en la manera de aprender, producir y consumir que hoy se manifiesta esporádicamente en los llamados "movimientos sociales", no lleva la impronta de la acción proletaria. La clase obrera ha perdido la memoria, y con ello, sus maneras y su ser. La iniciativa pertenece a los pequeños burgueses desclasados, a los estudiantes, empleados, funcionarios, y, en general, a los grupos sociales en el filo de la proletarización, los perdedores de la mundialización”, señala.

Su nostalgia del “movimiento revolucionario real” es tal que le quita valor a todo lo que de riqueza tienen las nuevas configuraciones de la vida social, sus procesos, sus actores y sus luchas, porque no llevan la “impronta proletaria”. Los condicionamientos ideológicos de sus análisis no le permiten ver que ese debilitamiento del proletariado no es ni bueno ni malo en sí mismo sino la expresión de las mutaciones sociales y de los desplazamientos de los focos de conflicto. Esta ceguera le impide ver que los lazos fuertes de la inclusión proletaria en el trabajo son sustituidos en la actualidad por los lazos débiles de inclusión en el consumo y otras formas de integración material y simbólica que dificultan los discursos y procesos de emancipación colectiva. Las identidades y los contraproyectos más innovadores se construyen fuera de los espacios tradicionales de integración y conflicto como lo fue la fábrica en su momento. Pero Amorós, erre que erre, sigue en su obstinada añoranza del sujeto histórico de la revolución cuya decadencia llora.

El artículo del crítico es extenso y abigarrado. Su tejido retórico y las idas y venidas de sus argumentaciones no facilitan el análisis ya que provienen de un marco conceptual bastante alambicado. Hemos seleccionado los enunciados que pensamos son los más representativas para desarrollar nuestra perspectiva. El señor Amorós dispara sus dardos envenenados hacia muchos lugares y no podemos hacernos cargo de todos sus ataques. A la mayoría de los insultos y descalificaciones no les hemos dado respuesta, por simple aburrimiento.

Redactamos este texto utilizando un plural que hemos tomado prestado. No pretendemos representar de manera exhaustiva y definitiva a todos aquellos que han hecho suyas las propuestas e intuiciones del decrecentismo. Hemos realizado la contracrítica a partir de lo que consideramos lo común de estos ideales. Todos no estamos de acuerdo con todo lo que decimos todos. La suma de nuestras verdades no da como resultado una verdad única. Y eso es saludable.

El decrecentismo para Amorós es:

-Una vuelta nostálgica a una edad dorada

“El reino de la razón apunta hacia atrás, a una edad de oro; así las formas anteriores de sociedad y Estado salen del desván como soluciones menos injustas e irracionales y se ponen de moda. Unos proponen la vuelta a estadios anteriores a la civilización urbana (primitivistas); otros, al Estado-nación y a las condiciones capitalistas de la posguerra (ciudadanistas); finalmente, otros, mediante la agricultura biológica, el "comercio justo" y la "banca ética", quieren regresar a la fase inicial del capitalismo, la de la separación del valor de uso y el valor de cambio, del trabajo concreto y el trabajo abstracto (neorrurales)”

La propuesta decrecentista ni prescribe ni sugiere una vuelta a ninguna etapa anterior del desarrollo de las sociedades. La historia no es reversible ni admite viajes de retorno. Pero tampoco es única; ha sido la consecuencia de bifurcaciones y opciones sociales que han desechado algunos caminos y seguido otros. La especie humana ha desarrollado formas societales contingentes que no van en una dirección de necesario progreso. Lo actual pudo haber sido de otro modo. Lo pasado pudo haber dado dar lugar a otros escenarios presentes. La historia es la historia de las bifurcaciones sociales.

Siguiendo a Polanyi, el mercado y el capitalismo han venido precedidos de formas de administración doméstica, de reciprocidad y redistributivasii cuyos conceptos organizadores pueden ser conocidos, revisados y actualizados para oponerse al actual productivismo biocida y sociocida. La recuperación de formas sociales pretéritas, cuando las hay, es necesariamente contemporánea, pues se hace desde la experiencia y los conocimientos actuales no desde la ingenuidad nostálgica. Reducir el lugar del mercado en la sociedad no significa volver a la edad de las cavernas sino abrirse a la innovación y a la inventiva social aquí y ahora. La imaginación decrecentista se arraiga en prácticas sociales concretas (redes de economía solidaria, cooperativas de producción y consumo, banca ética etc.) que prefiguran formas sociales presentes y futuras y no un regreso a fases iniciales del desarrollo histórico.

La disyuntiva decrecimiento o barbarie, como ha sido definida por algunos autores, llama a la toma de partido en un momento histórico de bifurcación de caminos. La opción por el decrecimiento se inscribe en una vía lúcida y no ingenua que apuesta por agotar el territorio de lo posible sabiendo que lo probable juega en contra nuestra. Lo más probable es la barbarie pero la vía decrecentista no es una posibilidad nula. La tarea de la imaginación decrecentista consiste en proponer colectivamente formas y contenidos nuevos para un mundo agotado y apesadumbrado. A partir de una lucidez descarnada estamos construyendo una utopía razonable, paradójica y, esperamos, ilusionante, que llama a diseñar y construir en el presente una sociedad no productivista y convivencial.

-Un movimiento que pretende representar intereses generales

“El oscurecimiento del antagonismo de clase producto de la derrota obrera, sumado a la evidencia de la crisis ecológica, permite que se presenten como representantes de intereses generales”,

Para Amorós, dado que el núcleo de la historia sigue siendo el conflicto de clases tal como se desarrolla de manera paradigmática entre la burguesía y el proletariado, el movimiento decrecentista y otros, según su particular punto de vista, no son más que alternativas oportunistas que intentan sustituir a los verdaderos sujetos de los cambios.

Pero, los decrecentistas no pretendemos ser representantes de nada. No somos vanguardia ni retaguardia de nadie. Sencillamente nos agrupamos junto a otros que también han realizado un diagnostico pesimista de las actuales condiciones sociales y medioambientales y ofrecemos una idea fuerza, el decrecimiento, que consideramos con la potencia suficiente como para captar las energías del cambio social y ayudar a organizar las prácticas individuales y colectivas necesarias para la modificar estas condiciones. Aspiramos a ser, junto a otros, catalizadores o facilitadores de la expresión de esa energía, generando lugares de encuentro, diálogo, discusión y propuestas teniendo como horizonte la gestación paulatina de un programa de transformaciones hacia la sociedad decrecentista imaginada.

Los objetores del crecimiento constituimos colectivos de mujeres y hombres que razonablemente decimos que si el problema más agudo al que nunca se ha enfrentado la vida en la tierra se deriva del funcionamiento de un sistema socioeconómico y cultural que ha hecho del crecimiento sin límites su divisa y su norte, entonces, lo que hay que hacer es frenar el crecimiento de ese sistema, es decir, decrecer.

No obstante, la objeción al crecimiento y la apuesta por el decrecimiento es el medio, no el fin, para alcanzar la sociedad convivencial que tanto parece molestar a Amorós. Por este motivo, el decrecimiento del que hablamos no se reduce a la economía; en rigor, la economía es sólo una parte, aunque importante, del decrecimiento de los excesos generales de un modo de vida desquiciado. Decrecimiento del despilfarro, decrecimiento del egoísmo, decrecimiento de la insolidaridad, decrecimiento de la depredación y decrecimiento de las injusticias sociales son parte de una misma iniciativa, a la vez necesaria y utópica, de cambio de rumbo.

-Un pensamiento fragmentario

“fabricándose para la ocasión un pensamiento recuperado de fragmentos críticos anteriores frutos de luchas reales”

Efectivamente, así como nos consideramos herederos de las luchas sociales de los siglos diecinueve y veinte, también nos consideramos en sintonía con prácticas y pensamientos críticos como los de Georgescu-Roegen, Andrè Gorz, Cornelius Castoriadis, Iván Ilich, Boaventura de Sousa Santos, entre otros, de los cuales hacemos recuperaciones siempre parciales sin voluntad de construir sistemas cerrados. No creemos en ningún tipo de pensamiento único, sea este liberal, ecologista, marxista, anarquista o incluso, decrecentista. Amorós, no encontrará un documento final o las sagradas escrituras del decrecimiento y eso nos enorgullece.

Serge Latouche, otra de nuestras referencias actuales, señala que "Detrás del slogan del decrecimiento y su correspondiente ruptura con la sociedad de crecimiento está la apertura en positivo a proyectos extremadamente diversos que simplemente tienen en común proyectos de sociedad austera, de no ser sociedades de despilfarro, de sobreconsumo"iii. Esta apertura a la diversidad no implica, como sugiere Amorós, un sistema fragmentario e inconexo. Los conceptos provenientes de diferentes fuentes constituyen cajas de herramientas que cobran sentido dentro de las prácticas decrecentistas. No hay una teoría decrecentista única y cerrada, ni es deseable que la haya, pero sí un conjunto de análisis e ideas marco que poco a poco irán conformando un cuerpo conceptual más estabilizado. Estas ideas deberían ir avanzado en la propuesta de formas de organización social alternativas y concretas, dentro de un programa de transformaciones radicales, sin dogmas o doctrinas que cierren el debate.

La propuesta por el decrecimiento nace de una crítica radical y una oposición activa a la desmesura de un modo de producción basado en la búsqueda ilimitada de beneficios y que ha conducido a la actual crisis social, cultural, política, económica y ecológica. En el plano social y cultural esta crisis se expresa en un aumento de las desigualdades y la persistencia de una cultura del consumismo y del individualismo despilfarrador. En el plano económico se expresa en el predominio de la ambición desbocada del capital financiero y de una industria sin contención. En el plano ecológico se expresa en el agotamiento de los recursos naturales debido al abuso de los mismos, en la contaminación y sus resultados negativos sobre la biosfera (cambio climático, pérdida de diversidad etc.), todo ello como resultado de la actividad humana enmarcada en un sistema socioeconómico depredador.

-Un pensamiento poco novedoso

“El decrecentismo no aporta nada nuevo. En sí es una mezcla de bioeconomía, indigenismo y ciudadanismo. De la primera extrae su principio económico; del segundo, su principio social, la "convivencialidad"; del tercero, su principio político”.

Y de muchas más cosas. Además: ¿indigenismo? ¿ciudadanismo? Por arte del birlibirloque Amorós ha hecho aparecer y desaparecer conceptos y nos cuelga gratuitamente otros. Lo relevante, en todo caso, para que una propuesta política sea valiosa, no es el número de componentes sino la articulación entre ellos y su capacidad de fundamentar sólidamente una visión crítica al modelo hegemónico y sugerir caminos para su superación. La propuesta por el decrecimiento es novedosa porque es una obviedad; porque no es complicada sino compleja. Es el “dos más dos” del sentido común y de la sensatez. Afirma que no es viable un crecimiento infinito en un mundo finito y punto. No hay nada más que decir porque todo lo que se puede decir ya ha sido dicho: que si la tecnología, que si los acuerdos internacionales, que si la responsabilidad social corporativa; que si la empresa verde; que si el reciclaje etc. y no han servido para casi nada. Tinta y saliva a raudales han sido vertidas en los cauces de la retórica posibilista para justificar lo injustificable o para aligerar el peso y hacer un poco más lenta la caída a un precipicio que de todas maneras va a ocurrir, si seguimos por el mismo camino. El decrecentismo dice: “si ésto, entonces ésto”. Si el causante del desastre previsible es el crecimiento económico, no un tipo de crecimiento, sino “el” crecimiento en sí mismo entonces hay que dejar de crecer. Así de fácil y así de difícil.

El movimiento decrecentista puede tener la capacidad, si las cosas se hacen bien, de reorganizar el imaginario activista, político y teórico de los, en muchos casos, aletargados movimientos sociales si dialoga con ellos, reconoce sus aportes teóricos y sus luchas y comienza a recorrer con ellos el cambio de rumbo hacia una sociedad viable. Juntos deberíamos ir esbozando un programa de transformaciones realista adecuado a las múltiples circunstancias de esos movimientos.

-Una ideología que niega el conflicto de clases y rechaza la toma del poder

“Confeccionan una ideología (…) que viene caracterizada por la negación del conflicto clasista, el rechazo de las vías revolucionarias, la confianza en las instituciones y la indiferencia ante la historia, detalles estos que confieren a la protesta un nuevo estilo en las antípodas de la pasada lucha de clases”

“El antagonismo violento entre clases aparece apaciguado y semidisuelto en múltiples oposiciones menores”

Los objetores del crecimiento no negamos los conflictos sociales, incluyendo los conflictos de clase. Negamos, eso sí, la existencia de un único conflicto organizador de toda la vida social y destinado a ser superado de una vez para siempre por la acción revolucionaria de una clase social. Y, al mismo tiempo, reconocemos el amplio abanico de la conflictividad social expresable en una multitud de escenarios variables y distintos. Y por supuesto, otorgamos, junto a otros movimientos, un lugar central al conflicto del productivismo, tanto en su versión capitalista como socialista estatista, con la naturaleza.

Más que rechazar las vías revolucionarias no hacemos de éstas un a priori de la acción política ni buscamos obsesivamente su “exacerbación”. La mayoría de los individuos y colectivos decrecentistas somos partidarios de la no violencia activa. No perseguimos el consenso con el poder pero entendemos que las formas concretas de las luchas serán resultado de los distintos escenarios donde se desarrolle la acción de los múltiples sujetos sociales. En todo caso, apostamos por la radicalidad y no por el extremismo y, por el momento, abogamos por las reformas estructurales que permitan ir avanzando en la construcción aquí y ahora de la sociedad deseada. Esto no es “confianza en las instituciones” sino simple sentido común.

Probablemente muchos de los objetores del crecimiento, adecuándose a sus situaciones históricas concretas, compartirán la visión acerca del poder que tienen los “Caracoles zapatistas” que se diferencian de los “movimientos revolucionarios del siglo XX que pretendían tomar el poder por la fuerza para luego cambiar el mundo. En lugar de esto los pueblos mayas rebeldes construyen el poder desde abajo (en lo micro) y de esta forma buscan hacer redes de resistencia con otras comunidades u otros movimientos, que con sus modos, construyan en México o en cualquier lugar del planeta (en lo macro); un mundo donde quepan muchos mundos”.

Esta reflexión y esta práctica están muy lejos de modelos revolucionarios periclitados y basados en la imposición de dictaduras de clase. Los decrecentistas somos inequívocamente de izquierdas, pero no necesitamos de la jerga y la retórica decimonónica para demostrarlo. Además, lógicamente, creemos haber aprendido de los estrepitosos fracasos de las tomas de “palacios de invierno” a lo largo del siglo pasado. Resulta sorprendente que otros no hayan extraído las enseñanzas de tales fracasos e insistan en reproducir una visión del poder limitada, poco imaginativa y anclada en análisis desgastados y refractarios a la experiencia histórica. Por otra parte, así como no decretamos el fin de las revoluciones tampoco decretamos el fin de los falansterios o icarias: queda mucho por imaginar todavía.

Como señala Latouche, el decrecimiento es un proyecto político de izquierdas porque se fundamenta en una crítica radical a la sociedad de consumo, al liberalismo y retoma la inspiración original del socialismo. Pero, precisamente por fidelidad y respeto a esta tradición, entendemos que las prácticas políticas deben adecuarse a las nuevas configuraciones del poder bastante más complejas que las oposiciones binarias que marcaron los antagonismos sociales en épocas pasadas. En definitiva: menos épica y más ética.

Por otra parte, efectivamente hay en este movimiento una apuesta por la alegría de vivir dentro de espacios convivenciales y austeros, actuales y futuros. Entre otras cosas, esto significa que rechazamos la figura del militante eficaz y amargado como preámbulo del burócrata ortodoxo e inquisidor que tanto daño hizo a los sueños emancipadores de muchas generaciones de luchadores sociales.

-Un pensamiento que olvida la oposición principal derivada de la propiedad privada de los medios de producción

“En efecto, para los perdedores (sic) el capitalismo no es un sistema donde los individuos se relacionan a través de cosas y sobreviven sometidos al trabajo y esclavizados por el consumo y las deudas, algo que nació en un momento dado y puede desaparecer en otro; tal sistema no se desprende de una determinada relación social derivada de la propiedad privada de los medios de producción, sino que es "una creación de la mente", un estado mental cuyo "imaginario" hay que descolonizar con ejercicios espirituales”

Ni la explotación del hombre por el hombre ni el expolio de la naturaleza son creaciones mentales fantasiosas y los decrecentistas nunca hemos afirmado eso. La “descolonización del imaginario capitalista” de la que habla Latouche es una razonable propuesta para limpiar las determinaciones ideológicas y culturales que llevan a considerar a esta forma socioeconómica como la única posible. Sin desechar, por supuesto, los ejercicios espirituales pero dejándolos para otros fines, las descolonización del imaginario capitalista se hace en conjunción con prácticas y propuestas societales que cuestionan la propiedad privada de los medios de producción, promoviendo la extensión de formas cooperativas y comunitarias de propiedad. No obstante, entendemos que, el cambio de propiedad en sí mismo no garantiza el avance hacia una sociedad liberada. Lo importante es el modelo de sociedad sobre la que existe la propiedad. Una sociedad productivista con formas colectivas o estatales de propiedad, como lo fueron las del fracasado socialismo estatista, no son evidentemente deseables. En cambio, una sociedad de decrecimiento, en armonía con la naturaleza, no consumista y democrática, puede convivir con formas de propiedad privada, eso sí, acotadas y no hegemónicas. Es más, el “imaginario decrecentista” concibe razonablemente una sociedad en la que puedan convivir formas públicas, cooperativas y privadas de propiedad, equilibradas y diversas, todas bajo el imperativo del bien común. La apuesta por la sociodiversidad es consustancial a la propuesta decrecentista.

Las prácticas y experiencias contrahegemónicas desarrolladas en muchos lugares, pueden ser “experiencias marginales austeras” pero apuntan a la creación de masas críticas que eventualmente lleven a la desconexión con las lógicas mercantilistas. Frente a la idea de vivir en la mierda esperando el momento de la revolución salvadora, clásica en la historia de la izquierda, los decrecentistas, junto a otros movimientos, participamos de la creación aquí y ahora, dentro del capitalismo dominante, de territorios, físicos, relacionales y simbólicos, liberados y en proceso de desconexión de las lógicas hegemónicas.

Los objetores del crecimiento nos referimos a la salida simultánea del sistema y del imaginario que lo acompaña; del sistema económico y de sistema ideológico; de la objetividad de las relaciones sociales y de su subjetividad; de la base material y de las suprestructuras. No hay preferencia estratégica sino elecciones tácticas en el contexto de las dinámicas concretas de los actores.

-Una práctica que rechaza del combate

“El método "convivial" no busca combatir porque no reconoce enemigos; se basa en trastocar la actitud de las personas - desde luego, no hechas de historia, sólo rellenas de "imaginario"; no con el trabajo de la negación, sino con el buen rollo evangelizador”.

No rechazamos el combate pero la mayoría de nosotros no definimos el movimiento por el decrecimiento a partir de una épica guerrera, una jerga militarista y una visión bélica de los conflictos sociales. Y eso no tiene nada que ver con nuestro uso del concepto de imaginario que el señor Amorós insiste en tergiversar.

Mucho más que el “trabajo de la negación” lo que nos interesa es el trabajo de la proposición y del proyecto. A la “evangelización” le llamamos difusión de ideas. Los objetores del crecimiento, como señala Paul Ariés, entendemos que “el primer decrecimiento que hay que propugnar es el de las injusticias sociales”. Por ello, la crítica al Capitalismo es doble: como sistema depredador de la naturaleza y como estructura socioeconómica que favorece la desigualdad y la explotación del hombre por el hombre.

El decrecimiento no es compatible con el capitalismo, tanto en su versión productivista como consumista. No obstante, la crítica al capitalismo no puede quedarse en una expresión “anti” genérica y dogmática: nos exige diseñar, proponer y realizar en un presente ampliado formas de organización socioeconómicas y culturales alternativas, fuera de la lógica mercantilista y del predominio del valor de cambio, abiertas a relaciones de reciprocidad, cooperación y apoyo mutuo. El radicalismo no se encuentra tanto en el anticapitalismo per se como en la capacidad de imaginar y arriesgarse a construir ahora alternativas a éste.

-Un pensamiento que se autodefine como expresión de una ley natural

“De acuerdo con el idealismo mesocrático el mundo es irracional e injusto porque no ha sido gobernado de forma adecuada, al no proporcionársele a la humanidad una verdad definitiva, o no desvelársele una "ley natural" como por ejemplo la del decrecimiento, fácilmente condensada en las ocho "erres" de Latouche.

“El decrecimiento es para sus seguidores la verdad "más verdadera", por lo que será suficiente aplicarla en pequeñas dosis y "articularla políticamente" para que su virtud conquiste el mundo”

El concepto de decrecimiento es cualquier cosa menos la expresión de una ley natural o una verdad revelada. Las fantasías y las tergiversaciones de Amorós alcanzan cotas sublimes. Decrecimiento es un concepto sencillo en su formulación pero, a la vez, complejo en su realización, que nace de la evidencia que ya hemos señalado: no es posible un crecimiento económico infinito en un mundo finito. No existe una fe decrecentista, por mucho que el crítico se empeñe en atribuirla a los partidarios del decrecimiento. Nuestra historicidad es incuestionable: somos sujetos contemporáneos que planteamos alternativas para este tiempo y para los lugares sociales concretos en los que vivimos.

El decrecentismo no es una doctrina de salvación derivada de una profecía apocalíptica ni de una verdad revelada. No pensamos tampoco que el derrumbe civilizatorio venga incluido en los genes de la especie sino que afirmamos que es el resultado de las opciones que en cada momento tomaron los que tenían las riendas del carro de la historia. Y el conjunto de esas elecciones nos ha conducido hasta aquí: al límite definitivo, a la frontera final con la biosfera a la cual pertenecemos y nos debemos. El derrumbe, decimos, no será una consecuencia de castigos divinos: lo será de la estupidez, la avidez, la insensatez y el deseo de poder de grupos sociales concretos, en la actualidad con nombre, apellidos y número de identificación fiscal conocidos. No obstante, el decrecentismo no apunta sólo a lo que va a pasar sino a lo que ha pasado y lo que está pasando en la actualidad. Los desastres son también cosa del presente.

No hay profecía apocalíptica, entonces, sino un diagnóstico descarnado que no puede ofrecer salvación ni recetas sino orientaciones para una lucha de largo aliento que implicará tanto enfrentamientos directos y estrategias de contrapoder como procesos sociales de desconexión o “deserción masiva” de los modelos de conducta dominantes (Paolo Cacciari)iv. La elección de unos caminos u otros por parte de los objetores del crecimiento dependerá de sus particulares condiciones subjetivas, éticas, culturales y políticas. El decrecentismo no prescribe unos modos u otros para practicar la decencia y la voluntad de cambio de rumbo. No es una apuesta por la salvación de algunos, sino por los derechos de las mayorías y minorías, sociales y biológicas, que viven en este planeta.

-Un movimiento excesivamente heterogéneo

“Por supuesto, el decrecimiento es una "propuesta abierta a una gran diversidad de experiencias y corrientes (…) Pero precisamente debido al hecho de no desprenderse de una praxis social concreta sino haber nacido en una mesa de expertos y (…) el remedio del decrecimiento sirve lo mismo para un roto que para un descosido”

¿Qué echa de menos Amorós? ¿Que no tengamos un decálogo? ¿Que no hagamos una lista de los incluidos y excluidos dentro del movimiento? ¿Qué no tengamos un modelo único de experiencia histórica? ¿Que no tengamos nuestra Albania? Los decrecentistas confiamos en la autoexclusión de los actores cuando sus valores y sus prácticas entren en contradicción con los conceptos básicos que nos unen. El antiproductivismo, el antiautoritarismo, el antipatriarcalismo, la apuesta por la simplicidad voluntaria, la descentralización, el biocentrismo, por señalar algunos de los conceptos identitarios del decrecentismo de manera inmediata o paulatina producirán la autoselección de algunos de los que ahora se han acercado a estas ideas, es decir, generarán como cualquier movimiento social vivo, discrepancias y distanciamientos internos. Pero no apostamos por la ortodoxia y las purgas consiguientes sino por la coherencia de principios. Ahora bien, todo lo anterior no nos debe impedir estar vigilantes frente a los intentos, por la derecha, el centro y la izquierda, de apropiación del movimiento. El fascismo y algunos extremismos de izquierda ya están intentando recuperar la dimensión antisistema del decrecimiento y el centro lo hace confundiéndolo con la doctrina de la “sostenibilidad”.

Con todo, para acercarse al decrecentismo hay que realizar un proceso de aligeramiento de la carga doctrinaria que ha caracterizado a la izquierda desde siempre. Quitarse los tics conductuales y linguísticos acumulados durante años de prácticas sectarias es un requisito para iniciar el viaje. Hay que comenzar haciendo la critica de la razón única, sea de izquierdas o de derechas, reconociendo que “hay varias razones y buscarlas, encontrarlas y articularlas” (Marcos). Seguir a continuación con el abandono del lenguaje estereotipado y agotado de la izquierda, lleno de ruidos y cacofonías producto de sus propios fracasos, para conectar con los deseos y la energía de cambio de la sociedad. Es necesario romper con la “continuidad acústica” en relación a los viejos sonidos del lenguaje supuestamente revolucionario. Avanzar en radicalidad y retroceder en extremismo puede ser una buena carta de navegación en este sentido.

Pero, sobre todo, hay que hacer una revisión profunda del concepto de poder como único, situado espacial y temporalmente y transformable desde arriba en beneficio de las mayorías. Frente a esa idea los decrecentistas oponemos una idea del poder como algo complejo, policéntrico y modificable desde abajo para que siga estando abajo.

-Un movimiento cuyos sujetos no forman un “conjunto coherente”

“No forman un conjunto coherente, puesto que su base social no es coherente. Dada la "diversidad" de personajes, colectivos y sectores presentes, en distintos niveles de compromiso con la dominación, la mediación a través de la práctica se produce en la confusión y la arbitrariedad”

Donde Amorós ve defectos nosotros vemos virtudes. Siempre desde la añoranza del sujeto histórico, único, homogéneo, viril, potente y clarividente, la diversidad real observada en el espacio decrecentista le produce incomodidad. Peculiar anarquismo el del crítico. Por el contrario, para los decrecentistas las propuestas emancipatorias nacen de las realidades que las hacen necesarias y estas realidades son diversas y múltiples. Frente al discurso de lo único, ya sea en su versión liberal o en su espejo leninista, oponemos el discurso y la práctica de lo común; lo común de lo diverso. Y lo diverso son los colectivos que en la actualidad desarrollan sus acción creativa en los vericuetos de las relaciones sociales en el mundo cooperativo, en el solidario, en el rural, cultural etc. En esas realidades el decrecentismo reconoce sujetos de cambio y apuesta por favorecer su desarrollo, en ocasiones integrándose o creando iniciativas concretas y en otras como catalizador o facilitador de su emergencia y consolidación. De ese encuentro entre los conceptos decrecentistas y las prácticas de los sujetos reales deben surgir las propuestas de cambio ajustadas a la historicidad de los actores enmarcadas en unos programas de transformación consensuados. No somos vanguardia, no reconocemos vanguardia alguna ni la añoramos; apostamos por aunar tareas, deseos y proyectos.

El socialismo de inspiración marxista se autoproclamó “científico” definió el socialismo anterior como “utópico”, lo despreció y con ello rechazó unas formas de prefiguración colectiva que no se guiaban por el sentido de la historia sino por el proyecto a partir de la imaginación, el deseo y las necesidades comunes. El utopismo como energía creadora es rescatado por los movimientos actuales y orienta sus experiencias de cambio.

-Un movimiento que pretende salirse de la economía sin ruptura

“Todos los partidarios del decrecimiento hablan de salirse de la economía, aunque la forma de dar el paso no pase por una revolución, ni tan sólo por una hecatombe económica (…) La destrucción del capitalismo no es la condición previa del cambio. Éste ha de ser "civilizado", pasando por la puerta, no rompiéndola”

“Los espacios de libertad aislados, por muy meritorios que parezcan, no son barreras que impidan la esclavitud. No son fines en sí mismos, como no lo eran los sindicatos en otros periodos históricos, y difícilmente pueden ser instrumentos para la reorganización de la sociedad emancipada. Durante los años treinta (…), la autonomía de cada institución revolucionaria, sindicatos incluidos, fue asegurada por la presencia de milicias y grupos de defensa. Pero hoy las cosas son diferentes; la emancipación no va a nacer de la apropiación de los medios de producción sino de su desmantelamiento”. Los decrecentistas no jugamos al “todo o nada”. No podemos hacerlo tomando en cuenta las urgencias sociales y medioambientales. En la actualidad, dentro del sistema, son necesarios y posibles cambios que vayan en la dirección de lo que propugnamos. No apostamos a la revolución redentora, ni siquiera a la toma del poder, como fin en sí mismo. En lugar de esto, muchos de nosotros compartimos la siguiente afirmación: “Ustedes luchan por la toma del poder. Nosotros, por democracia, libertad y justicia. No es lo mismo. Aunque ustedes tengan éxito y conquisten el poder, nosotros seguiremos luchando por democracia, libertad y justicia. No importa quién esté en el poder, los zapatistas están y estarán luchando por democracia, libertad y justicia” (Carta de subcomandante Marcos al Ejercito Popular Revolucionario). Si los movimientos contrahegemónicos no hacemos una revisión en profundidad de la cuestión del poder estaremos condenados a repetir la historia. Y por supuesto, un cuerpo de “milicias y grupos de defensa” no nos parecen por ahora imprescindible para proteger un huerto urbano, una cooperativa de consumo o un mercado de trueque. La retórica supuestamente revolucionaria no es una buena aliada para la precisión analítica: ¿Qué quiere decir “abolir” o “destruir” el capitalismo? ¿Redactar un decreto el día uno de la revolución y decir que desde ese momento el capitalismo no existe? ¿Qué quiere decir, “destruirlo”? ¿dinamitar El Corte Inglés o el Banco de Santander? Las dinámicas de cambio son procesos complejos no reductibles a un momento puntual y definitivo. Todas las revoluciones que lo han intentado, todas, han terminado en fracasos colosales. La primera de ellas: la revolución rusa cien años después ha conducido a un brutal capitalismo de Estado, pasando por gulags y desastres medioambientales sin parangón. Los decrecentistas no hemos decretado el final de las revoluciones pero no hacemos de ellas el instrumento privilegiado de nuestra marcha y, efectivamente, no tenemos al socialismo o al comunismo, en su versión marxista-leninista, como final de nuestro camino. Preferimos la imagen de una sociedad decrecentista plural, resultado de las iniciativas de actores múltiples y diversos; un mundo en el que deberán “caber muchos mundos”. v(Marcos)

La destrucción del capitalismo no es, para la mayoría de los decrecentistas, la condición previa del cambio. El cambio se desarrolla aquí y ahora dentro del capitalismo porque no hay, en el sistema-mundo, ningún espacio exterior a él. No se trata de una reforma o mejora del sistema, al modo socialdemócrata, sino de la creación en sus intersticios, de una masa crítica de proyectos alternativos con voluntad de resolver aquí y ahora los problemas diagnosticados.

No creemos tampoco en la vieja táctica de “cuanto peor mejor” o de “acentuar las contradicciones” y los conflictos para facilitar la revolución redentora, precedida de una “ofensiva de masas”. Los proyectos actuales, como por ejemplo, entre otros los de economía solidaria, deben ser la prefiguración de la sociedad deseada o, más bien, son la sociedad imaginada y deseada. La utopía se construye en el presente. Un banco cooperativo es una alternativa actual a la banca comercial; una cooperativa de consumo a un supermercado y así sucesivamente. Donde haya un sueño tiene que haber una realidad que lo anticipe. Lo nuestro no es un programa de gobierno sino un “programa de transformaciones”. El camino es la meta (Buda).

Evidentemente, no pensamos que la puesta en práctica de esta filosofía de transformaciones progresivas, podrá realizarse sin conflictos ni luchas. Ni idealizamos todas las experiencias de desconexión actuales, muchas de ellas, efectivamente dependientes del mismo sistema del cual quieren ser alternativa. No somos ingenuos ni idiotas. Pero una cosa es considerar la posibilidad real de las luchas y otra darla como un supuesto o incluso como un objetivo deseable y construir una ética, una estética y una política de la beligerancia como signo o gesto de fortaleza y eficacia revolucionaria. Y, por supuesto, no compartimos el elogio adolescente de “la revuelta”, ni siquiera cuando es propuesta como “forma de conocimiento”.

Somos evidentemente críticos con las expresiones actuales de la democracia representativa y los “subproductos políticos” como lo denomina Amorós, pero eso no nos lleva a las imágenes de ruinas, destrucción y, suponemos, paredones con los que parece soñar.

-Una apuesta por la sostenibilidad

“Desde cualquier ángulo, las soluciones pasan por disciplinar a los individuos en tanto que consumidores, reeducándolos en el ahorro, la austeridad, el reciclaje y el pago de tasas académicas e impuestos mayores. En tanto que automovilistas, financiándoles la compra de coches menos contaminantes, pero obligando a pagar peajes por acceder a los centros de las conurbaciones y trabando al estacionamiento”.

El decrecentismo se desmarca claramente de la doctrina de la sostenibilidad. El paradigma del decrecimiento es diferente al paradigma del crecimiento y al de la sostenibilidad. Y el señor Amorós o no lo ha entendido o quiere confundirlos ex profeso. Las diferencias con el primero las hemos explicado a lo largo de este texto. Dedicaremos unas líneas a las diferencias con el segundo. Las propuestas de la sostenibilidad se basan en el imperativo de sostener lo dado, es decir, el crecimiento, garantizando que el modelo de producción y consumo y las tasas de beneficios empresariales sigan como hasta ahora. El “desarrollo sostenible” se ha convertido en una etiqueta que utilizan los gobiernos y las propias multinacionales para demostrar que tienen en cuenta las consecuencias medioambientales de sus negocios a la hora de tomar decisiones. No obstante, la lógica de acumulación, contaminación y expolio sigue inmutable. Los decrecentistas, para utilizar uno de los ejemplos de Amorós, no sólo nos oponemos a la “financiación de coches menos contaminantes” sino a la misma idea de basar la movilidad en un vehículo individual de desplazamiento y de revisar los efectos de contaminación no sólo en el uso de los vehículos, y de los objetos tecnológicos en general, sino en sus etapas de concepción, diseño, producción y reciclaje.

Una apuesta por el “Tercer Sector”

“Finalmente, la necesidad de mantener a sectores enteros de excluidos del mercado laboral revaloriza experiencias marginales como cooperativas, huertos urbanos, desescolarización, entretenimiento comunitario, trueque, movilidad sostenible, etc.; es decir, garantiza la existencia de una economía marginal tolerada e incluso protegida, un "tercer sector" al que se transfiere por las vías fiscal y administrativa un pedacito de los beneficios de la economía "real".

Los decrecentistas vinculamos la cuestión ecológica con un cambio de rumbo del modelo productivo dentro de una ética de la austeridad común. Para ello, nos apoyamos, en parte, en las experiencias del llamado “tercer sector” sabiendo que este es un concepto donde caben iniciativas de diverso origen y con diferentes grados de cercanía o coherencia con la propuesta decrecentista. Rescatamos, dentro de este sector, particularmente las experiencias concretas de economía solidaria pero somos críticos, cuando se existe, con su papel como complemento de un Estado del bienestar en proceso de desmantelamiento.

-Un movimiento que manifiesta su adhesión al Estado democrático

“Del ciudadanismo, la ideología del decrecimiento conserva intactos el pánico a los conflictos, el amor a las nuevas tecnologías y la adhesión al Estado "democrático". Los ciudadanistas han circulado antes por la carretera estatista en sus demandas de tasación y regulación financiera. En los países llamados democráticos porque ocultan su totalitarismo, un pretendido sujeto emerge de las ruinas del proletariado: la "ciudadanía".

“Por otro lado, las decisiones empiezan a regresar a la esfera del Estado, recobrando éste en parte la facultad de definir los intereses generales, lo que renueva con mayor realismo las esperanzas decrecentistas de un "control democrático de la economía por la política". Un entendimiento con el orden es posible”

La vinculación que hace nuestro crítico entre el decrecentismo y el ciudadanismo es gratuita pero la realiza, al parecer, para intentar matar dos pájaros de un tiro. Los que se sientan interpelados como ciudadanistas deben responder por su cuenta. No obstante, por lo menos en España, la ideología “ciudadanista” no forma parte del sustrato conceptual del movimiento por el decrecimiento ni éste tiene vinculación orgánica con movimientos como ATTAC. Esto no impide que muchos pensemos que la democratización del Estado, las regulaciones financieras, la lucha por derechos civiles pueden formar parte del objetivo general de un control democrático de la economía por la política. Esto es necesario hacerlo porque es iluso y a la vez irresponsable jugar las cartas de la emancipación a un autogobierno futuro, liberado de las coacciones de clase, beligerante mientras en el presente estemos sometidos a las discrecionalidades del poder

Junio 2010

http://innovacionydecrecimento.blogspot.com

www.decrecimientomadrid.org