Desarrollo sostenible y decrecimiento (un modo de vivir)

Entrevista de Elena Rodriguez en Heraldo a Serge Latouche que ofreció una charla en la Universidad de Zaragoza invitado por la Cátedra de Cooperación para el Desarrollo.





Usted avisa, y no de cualquier cosa: decrecimiento o barbarie.

Estamos viviendo el colapso de la civilización del crecimiento. La solución a la crisis antropológica actual solamente puede ser el decrecimiento o la barbarie, una variante de la expresión "socialismo o barbarie" de Rosa Luxemburgo, en 1916. Yo añado la dimensión ecologista, el ecosocialismo. Si no tenemos en cuenta una distribución más justa de la riqueza y una gestión más equilibrada del medioambiente, acabaremos en una guerra de todos contra todos.

¿Cómo casar las dos ideas, el capitalismo y el reparto justo?

Es necesario reducir la productividad. Acabar con ese afán de producir más, de hacer más. En el último siglo, la economía ha colonizado los aspectos de la vida, lo social, lo político... La revolución es pensar el reparto de las riquezas desde una dimensión más social.

Proclama usted que hay que trabajar menos para trabajar todos.

El sistema actual es trabajar más para ganar más. ¡Es lo que quieren todos! Hay que trabajar menos para ganar más, porque cuanto más se trabaja, menos se gana. Es la ley del mercado. Si trabajas más, incrementas la oferta de trabajo, y como la demanda no aumenta, los salarios bajan. Cuanto más se trabaja, más bajan. Hay que trabajar menos horas para que trabajemos todos, y sobre todo trabajar menos para vivir mejor.

El trabajo no lo es todo.

Debemos trabajar menos para vivir mejor. La vida verdadera está ahí fuera. Se trata de trabajar menos para vivir esa vida verdadera. Abogo por una sociedad que produzca menos y consuma menos.

Eso no se entiende en Occidente.

No, porque nuestra sociedad está fundada sobre la base del trabajo. Hay que desprogramar nuestro imaginario. Ahora nos encontramos con que si la jornada laboral es de 35 horas, la gente no sabe qué hacer el resto del tiempo.

Está en contra del desarrollo sostenible, del que tanto se habla en los últimos años. ¿Por qué?

El desarrollo sostenible es una trampa. El crecimiento es el incremento cuantitativo de los productos. El desarrollo es la transformación cualitativa de los mismos. No hay desarrollo sin crecimiento, y el crecimiento implica el desarrollo. Es necesario romper esa lógica. Los términos ‘crecimiento’ y ‘sostenible’ son contradictorios en sí mismos debido al carácter limitado de los recursos disponibles en un planeta finito como es la Tierra. ¡Es necesario decrecer!

¿Un crecimiento negativo?

Un reordenamiento de prioridades. La apuesta por el decrecimiento es la apuesta por la salida de la sociedad de consumo.

Pero según usted no hay que crecer por crecer ni decrecer por decrecer. ¿En qué tendríamos que crecer y en qué decrecer?

Es necesario crecer en la calidad del agua en el mundo, en la calidad del aire que respiramos, en calidad de vida, en la felicidad. Y decir ‘no’ al crecimiento por el crecimiento. Debemos construir una sociedad sostenible, recuperar los límites, la medida de las cosas. No se pueden tirar productos solo por tirarlos. Es necesario llegar a lo que yo llamo la abundancia frugal. ¡Abajo el crecimiento sostenible, arriba vivir con menos!

¿Estamos a tiempo de revertir esta tendencia?

No queda mucho. Todos los análisis, informes de todo el mundo, indican que hacia 2050 colapsará el sistema. Aprenderemos por las buenas o por las malas.

¿Es el decrecimiento económico una alternativa real?

Ideas Imprescindibles

¿El crecimiento económico es en realidad una trampa? ¿Persigue el sistema capitalista un falso santo grial que nos convierte a todos en seres infelices? ¿Es el consumismo un viaje a ninguna parte? Desde finales del siglo XX existe una corriente de pensamiento que no sólo cuestiona el papel protagonista del crecimiento económico, sino que además propone su sustitución nada menos que por su antagonista, el decrecimiento. Esta apuesta revolucionaria fue formulada por primera vez por el matemático y economista estadounidense Nicholas Georgescu-Roegen y sus estudios sobre bioeconomía pronto le valieron para ser reconocido mundialmente como el padre del decrecimiento económico.



disminución regular controlada de la producción económica

La propuesta esencial del decrecimiento consiste en desterrar la idea de que el crecimiento económico anual es en sí mismo un objetivo positivo. Los defensores de esta teoría abogan por la disminución regular controlada de la producción económica, con el propósito de establecer una nueva relación de equilibrio entre los seres humanos y el planeta. Los teóricos del decrecimiento afirman que la conservación del medio ambiente es un reto imposible si no se reduce la producción económica mundial, ya que esta es la causa principal de la reducción de los recursos naturales. 

Además critican el estilo de vida actual porque consideran que no produce bienestar sino que conduce a la mayoría de los seres humanos a la frustración y a la infelicidad. La esencia de su pensamiento puede resumirse en “trabajar menos horas y disfrutar de más tiempo libre”. Por otra parte, sus ideas les convierten en enemigos del desarrollo sostenible, ya que proponen “vivir mejor con menos” y están en contra de cualquier modelo basado en el crecimiento.

La teoría enunciada por Nicholas Georgescu en su obra “The Entropy Law and the Economic Process” (1971) constituye el eje argumental de la teoría del decrecimiento, así como el pensamiento de otras figuras como Günter Anders, Hanna Arendt, Iván Illich o el Club de Roma.

Serge Latouche, la voz más respetada del decrecimiento

Entre los economistas que se han alineado con este pensamiento destaca el francés Serge Latouche. En sus propias palabras “el decrecimiento es un concepto muy simple que pretende llamar la atención de la población mundial. En la actualidad nos encontramos ante un grave problema de escasez de recursos naturales, y muchos científicos y expertos alertan del riesgo a largo plazo si no reducimos urgentemente nuestro nivel de consumo doméstico”.

Una alternativa que exige un cambio profundo en nuestros hábitos de consumo

Para Serge Letouche, el decrecimiento no es en realidad una alternativa concreta, sino que más bien se trata de una matriz que dará lugar a la eclosión de múltiples alternativas. Para el pensador francés, el decrecimiento no es una opción, es una necesidad impuesta por los efectos devastadores del crecimiento económico, y que se expresa con claridad en su lema “Decrecimiento o barbarie”. La clave reside en consumir menos y en prolongar la vida de los productos que compramos. Esa aparente pérdida del llamado “nivel de vida” del mundo desarrollado debería redundar en una regeneración de los recursos naturales del planeta, y en un mayor bienestar para la población de los países subdesarrollados, que verían reducir sus tasas de natalidad, equilibrando así la población mundial y disminuyendo las migraciones masivas hacia los países occidentales.

Serge Latouche, catedrático de Economía, asegura que “trabajar más horas hunde los salarios, al incrementarse la oferta sin que lo haga la demanda” y apuesta por “poner fin a la economía del crecimiento sin crecimiento y recuperar el sentido de los límites”. En su obras “Pequeño tratado del decrecimiento sereno” y “La sociedad de la abundancia frugal”, Serge Latouche desgrana su pensamiento afirmando que la única posibilidad que la humanidad tiene de sobrevivir está basada en la frugalidad y la autolimitación. Para simplificar su teoría establece “el círculo virtuoso de las ocho erres: Reevaluar, Reconceptualizar, Reestructurar, Reubicar, Redistribuir, Reducir, Reutilizar y Reciclar”.

el círculo virtuoso de las ocho erres”: Reevaluar, Reconceptualizar, Reestructurar, Reubicar, Redistribuir, Reducir, Reutilizar y Reciclar

Una alternativa que exige un cambio profundo en nuestros hábitos de consumo

En los tiempos del consumismo desaforado y la obsesión por el enriquecimiento económico, y en un mundo donde los millonarios son envidiados, el decrecimiento no plantea un discurso muy atractivo entre una población deslumbrada por el brillo de los grandes lujos. Se trata sin duda de una propuesta ideológica que exige hábitos austeros y unas altas dosis de solidaridad y empatía.

Según los seguidores del decrecimiento, el discurso dominante – basado en tres pilares: la “ecoeficiencia”, el “desarrollo sostenible” y una fe ciega en la innovación tecnológica como solución a la mayoría de los problemas – es un error y nos condena a un futuro incierto. El consumo compulsivo de bienes es la principal causa de la degradación medioambiental. El consumismo se ha erigido en una nueva religión para millones de personas de todo el mundo y esa adicción consumista, sumada al fundamentalismo financiero, sostiene un modelo económico que devora los recursos naturales. Como afirma Susan George, prestigiosa activista norteamericana, “cada 25 años la economía mundial se duplica; hay que terminar con esa idea de crecer sin parar o acabaremos con el planeta; sencillamente este sistema es insostenible”.

El decrecimiento: menos riqueza para vivir mejor

José Sánchez Mendoza 

"Si no se consume, no se produce". Este adagio, y su viceversa, es uno de los mantras más repetidos a la hora de justificar el capitalismo especulativo. O para explicarlo. O para descartar cualquier otra opción de vida. Como si el ciclo producción-consumo-más producción-más consumo-mucha más producción fuese el pináculo evolutivo de cualquier sistema económico. Sin embargo, no son pocas las voces autorizadas que se alzan contra esta 'rueda del Samsara' y abogan por revertir un modelo en el que la prosperidad se construye sobre la base del despilfarro y el saqueo de los recursos naturales del planeta. Unos recursos que, huelga decirlo, son finitos.



"No es dichoso aquél a quien la fortuna no puede dar más, sino aquel a quien no puede quitar nada". Esta cita de Francisco de Quevedo bien podría ser el lema de los partidarios del Decrecimiento, una corriente de pensamiento que propugna la disminución controlada de la producción económica. Las raíces del término hay que buscarlas en el interrogante que planteó el pensador francés André Gorz en 1972: "El equilibrio del planeta, para el cual el no crecimiento -y hasta el decrecimiento-de la producción material es una condición necesaria ¿Es compatible con la supervivencia del sistema capitalista?"

Esta pregunta inspiró a toda una escuela de economistas y sociólogos que cuestionan el PIB como indicador insoslayable de la riqueza de una sociedad y presentan la disminución del gasto en productos de consumo como pasarela hacia una Economía más justa, igualitaria, estable y duradera. En otras palabras: tener menos para vivir mejor. Una filosofía estrechamente relacionada con la Ecología, que no sólo discute la utilización y destino de los recursos, sino la propia esencia de la naturaleza humana.

El hombre ¿acaparador por naturaleza?

¿Es inherente al hombre el deseo incontrolable de tener más? ¿O esta pulsión es producto de una mentalidad perversa hija de un modelo descarriado? Para Iván Ayala, economista e investigador del Instituto Complutense de Estudios Internacionales (ICEI), la interacción social que define al ser humano "está basada en comportamientos altruistas". La parte individualista y competitiva "es el resultado de constructos sociales y económicos", explica a elEconomista.es.
Uno de estos constructos, cuenta Ayala, es el mercado financiero, "que redistribuye la renta de forma regresiva". Esto es, se trata de un sector restringido a las rentas alta y media-alta que permite a éstas concentrar aún más capital en sus manos. Un capital que debería dirigirse "a los servicios públicos". Por tanto, la visión de Ayala del Decrecimiento "se basa en el reequilibrio de la producción, para corregir un modelo que actualmente es insostenible".

No obstante, el Decrecimiento se resiste a una definición simple. "Como la libertad o la justicia, el decrecimiento expresa una aspiración que no puede ser encerrada en una frase [...]. Es un marco en el que coinciden diferentes líneas de pensamiento, imaginarios o cursos de acción" (Extraído de Decrecimiento: un vocabulario para una nueva era, de Giacomo D'alisa, Federico Demaria y Giorgos Kallis, Icaria Editorial, 2014). Hay, por tanto, interpretaciones que desdeñan la costura en favor de la ruptura: en la obra mencionada anteriormente, Amaia Pérez Orozco, doctora en Economía por la Universidad Complutense de Madrid, afirma que es necesario "un metabolismo social diferente" que ofrezca mejores condiciones de vida. "Dado que el desarrollo y el crecimiento han fracasado, el reto es fracasar mejor", defiende. Y urge, puesto que "estamos viviendo ya la transición". Más pronto que tarde, tendremos que cambiar nuestra mentalidad, nuestros hábitos y nuestros valores, si queremos salvar el único hogar que conocemos.

Pero ¿cómo? Según el politólogo Giorgio Mosangini, 'desaprendiendo', lo cual implica "desprenderse de un modo de vida equivocado, incompatible con el planeta" y "buscar nuevas formas de socialización, de organización social y económica". Su correligionario Serge Latouche, economista de formación, postula que el viaje se hará sobre la ola de la llamadas '8 R': Reevaluar, Reconceptualizar (revisar lo que entendemos por riqueza y pobreza), Reestructurar, Relocalizar, Redistribuir, Reducir (limitar el consumo a lo que el planeta puede dar y soportar); Reutilizar y Reciclar.

Una visión crítica... y de izquierdas

"Me alegra que Latouche llamara la atención sobre la futilidad del crecimiento" –comenta el doctor en Economía Ricardo Zaldívar- "Pero no sigo la bandera del decrecimiento, porque éste es igual de fútil para resolver los problemas de una economía como la europea". Zaldívar, también doctor en Estudios Territoriales y Urbanos por la Sorbona, presidió entre 2001 y 2003 la organización Attac, entidad internacional dedicada a promover el control democrático de los mercados financieros. Es poco sospechoso, por tanto, de neoliberal poco amigo de restricciones a la inversión.

Para este experto, "el decrecimiento no es el objetivo", ya que el crecimiento no es pernicioso per se. "Lo que es criticable es la deificación del crecimiento, la idea de que la subida del PIB se traduce en beneficios para todos, lo cual es falso", explica. "El crecimiento constante hunde sus raíces en el tipo de interés compuesto: cuando el sistema financiero presta dinero, genera dinero, pero éste es falso, inexistente, una convención" –expone- "Si te prestan 100 y te devuelven 105, esos 5 adicionales salen del crecimiento". En suma, "se crea riqueza para pagar los intereses, no para mejorar la vida de la mayoría".

Ante esta incoherencia, las soluciones que ofrecen decrecionistas como Latouche o Mosangini consisten en "poner palos en la rueda", preconizando una reducción de la producción y el consumo que dista de ser la panacea. La verdadera meta para una economía desarrollada "es el reparto, la redistribución, no el adelgazamiento". A pesar de su tendencia progresista, el doctor no es remiso en defender el crecimiento en regiones depauperadas, como es el caso del África subsahariana. "Allí, lo que necesitan es crear riqueza, fundamentalmente", dice.

En cuanto a España, Zaldívar tampoco duda en defender el aumento de la producción en sectores maltrechos como los servicios sociales o la tecnología punta. En lo que no hay que volver a crecer, según su ideario, es en actividades agresivas con el medio ambiente y sin valor añadido, "como la construcción de viviendas y la automoción". Estabilizar, cohesionar e innovar para combatir la desigualdad, evitando caer en el vicio sobre el que también advirtió Quevedo: "Lo mucho se vuelve poco con sólo desear otro poco más".

Decrecemento (un chamamento á socialdemocracia)

Laureano Araujo

Non respectamos o capital natural existente, malia sabermos que os recursos do noso planeta son limitados. Necesitamos crecer, desenvolvernos sen fin, aínda que a nosa produción e o noso consumo superen amplamente a capacidade de recuperación da biosfera. Convertemos sistematicamente os recursos en residuos sen darlle á natureza o tempo necesario para transformar os residuos en novos recursos. Esta dinámica irracional está no núcleo da orde capitalista controlada por unha minoría privilexiada. Pero os seus efectos padéceos o planeta enteiro.



A proposta do degrowth rexeita por absurdo o dogma do crecemento continuado e defende unha alternativa centrada na limitación das infraestruturas produtivas, administrativas e de transporte, na relocalización da actividade económica, na moderación do consumo material e enerxético, na repartición do traballo, na drástica redución do horario laboral e no fomento da vida social mediante o incremento do tempo libre ao noso dispor, na redistribución da riqueza e mais na reutilización e na reciclaxe dos bens. En realidade, o decrecemento nin sequera é unha opción stricto sensu, porque chegará o momento en que o colapso do ecosistema nos obrigará, queirámolo ou non, a revisar o noso modelo económico.

A implementación deste proxecto político, aquí bosquexado con trazos excesivamente grosos, precisa do impulso da esquerda. O campo situado alén da socialdemocracia non debería ter problemas para asumilo, na medida en que pode –como parecen facer, entre nós, Manuel Casal Lodeiro ou Miguel Anxo Abraira– interpretalo como propiamente anticapitalista, partindo da idea de que o capitalismo sería impensábel sen o mandamento do crecemento infinito. Pero o decrecemento tamén pode ser entendido como un proxecto non revolucionario, se aceptamos que non cuestiona per se o capitalismo, aínda que desconfíe del. Neste caso, a súa posta en práctica faríase mediante reformas dirixidas á sustentabilidade do aparato produtivo, á socialización dos incrementos da produtividade, aos incentivos ao consumo de proximidade, á introdución de impostos ecolóxicos, etc.

Pero o certo é que a socialdemocracia apenas se interesa polo decrecemento. O cal, en perspectiva histórica, resulta desconcertante, porque non hai nada que case mellor co acervo máis brillante da socialdemocracia que a regulación e o control democráticos dun sistema que se rexe pola procura miope do beneficio inmediato e é, polo tanto, tendencialmente (auto)destrutivo. Porén, o socialismo teme ser descualificado (para empezar, desde a esquerda sindical) como extravagante, frívolo e insolidario se adopta unha proposta tan rompedora, e iso podería empeorar aínda máis os seus resultados electorais. Defender unha sociedade do poscrecemento, con todas as súas incertezas políticas, sociais, ecolóxicas e económicas, non resulta nada fácil para unha socialdemocracia que leva máis de tres décadas paralizada.

Alguén imaxina as elites socialistas formulando a necesidade imperiosa de preservarmos as bases biofísicas da vida, renegando do neoliberalismo “de rostro humano”, abxurando do ilusorio deus ex máchina do crecemento ilimitado, recuperando e actualizando o discurso da socialización da economía e da distribución equitativa dos recursos finitos, predicando a necesidade de sermos frugais para sermos felices, avogando, en definitiva, por un cambio radical do noso modus vivendi? Pois necesitamos que o fagan, e témoslles listo o slogan: traballar menos, consumir menos, vivir mellor.

Traducido al castellano 


No respetamos el capital natural existente, a pesar de saber que los recursos de nuestro planeta son limitados. Necesitamos crecer, desarrollarse incesantemente, aunque nuestra producción y nuestro consumo exceden en gran medida la capacidad de recuperar la biosfera. Sistemáticamente convertimos los recursos de desecho sin dar a la naturaleza el tiempo necesario para transformar los residuos en nuevos recursos. Esta dinámica irracional está en el centro del orden capitalista controlado por una minoría privilegiada. Pero sus efectos se ven afectados por todo el planeta.
La propuesta del decrecimiento rechaza el dogma absurdo de crecimiento continuo y aboga por una alternativa centrada en la limitación de la infraestructura productiva, administrativa y el transporte, el traslado de la actividad económica, en la moderación del consumo de materiales y energía, en la distribución del trabajo, la reducción drástica las horas de trabajo y el fomento de la vida social mediante el aumento del tiempo libre a nuestra disposición, la redistribución de la riqueza y más en la reutilización y el reciclaje de productos. De hecho, la disminución no es ni siquiera una opción en el sentido estricto, porque llegará un momento en que el colapso del ecosistema en vigor, queirámolo o no, para revisar nuestro modelo económico.
La implementación de este proyecto político, aquí bosquejado con características excesivamente pesadas, requiere el ímpetu de la izquierda. El campo situado más allá de la socialdemocracia no debería tener problemas para asumir, ya que puede parecer como hacer entre nosotros, Manuel Casal Lodeiro o Michelangelo Abraira- interpretar correctamente como anticapitalista, basado en la idea de que el capitalismo sería impensable sin la mandamiento de crecimiento infinito. Sin embargo, la disminución también se puede entender como un proyecto no es revolucionario, si aceptamos que hay desafíos al capitalismo, aunque cautos. En este caso, su aplicación podría hacerse mediante reformas dirigidas a la sostenibilidad del aparato productivo, la socialización de los incrementos de la productividad, incentivos de consumo a la proximidad, la introducción de impuestos ecológicos, etc.
Pero la verdad es que a la socialdemocracia no le interesa el declive. Lo cual, en una perspectiva histórica, es desconcertante, porque no hay nada que casi mejor con los más brillantes acervo de la socialdemocracia que la regulación y el control democrático de un sistema que se rige por la búsqueda miope de beneficio inmediato y es, por lo tanto, tienden a (auto) destructivo Sin embargo, los temores socialismo está inhabilitado (para empezar, a partir de la unión de la izquierda) como extravagante, frívola e insolidario adoptó una propuesta de manera innovadora, y esto podría empeorar aún más sus resultados de las elecciones. Defensor poscrecemento una sociedad, con todas sus incertidumbres políticas, sociales, ecológicos y económicos, no es fácil para una socialdemocracia que lleva más de tres décadas paralizados.
¿Alguien se imagina élites socialistas formulación de la imperiosa necesidad de preservar los fundamentos de la vida biofísico, incumpliendo el neoliberalismo "rostro humano", abxurando lo ilusorio deus ex machina del crecimiento ilimitado, recuperando y actualizando el discurso de la socialización de la economía y la distribución equitativa de recursos finitos, que predican la necesidad de ser frugal para ser feliz, abogando, en definitiva, un cambio radical en nuestro modus vivendi? Bueno, necesitamos que lo hagan, y tenemos el lema listo: trabaje menos, consuma menos, viva mejor.

En defensa del decrecimiento:

Equitecto - Equitectura

La crisis afecta al capitalismo del globo ya que una buena parte de ella está generada por la depredación y la presión sobre los recursos naturales, ocultada por lo que el autor del libro “En defensa del decrecimiento” Carlos Taibo señala como los medios de “incomunicación” que hoy en día en España tienen una fama de eso muy merecida. Dicha depredación genera un encarecimiento de las materias primas y energéticas, en el contexto del neoliberalismo actual parece proponer que la minoría pueda reservarse para sí estos recursos.

En respuesta a esta crisis económica y social, surgen movimientos ultraderechistas y nacionalistas ante el “robo” que se efectúa del resto del mundo a nuestra tierra. Si dicha dinámica nos produce desazón, no podemos exigir un cambio político de aquellos actores cuya función suele ser mantener el Status Quo y por lo tanto para generar un cambio global primero hemos de provocar un cambio en nosotros mismos.

Esta es la introducción del libro, como ven y en mi opinión puede ser un tema interesante, sin embargo este profesor pertenece a una corriente de pensamiento anarquista, palabra a la que habitualmente tenemos miedo por la falta de sistema, más resulta que es uno de los pocos defensores hoy en día del concepto de la democracia directa y estoy convencido de que es una de las cosas que quiere la sociedad, un contrato con los gobernantes que la sociedad forme y que estén obligados a llevarlo a cabo de todas las formas posibles.

Así pues y antes de adentrarnos en sus argumentos por el decrecimiento vamos a hablar del primer apartado del libro “amenazas”:

Comenzando con la energía nuclear que ante el agotamiento de las reservas del petróleo y del gas natural, puede ser una alternativa válida ante el hecho de ser muy concentrada y que produzca menos gases de efecto invernadero, pero genera muchos otros.

Los residuos producidos son tremendamente peligrosos y de larga duración, utilizan mucha electricidad y la gestión de los residuos produce muchos gases de efecto invernadero.

Con la misma tónica, el gasto de agua que se utiliza para para su refrigeración es también enorme (Francia, el 40% del agua que se consume es para estas labores) y el agua recalentada retorna a los ríos donde altera la flora y la fauna.

Muchas centrales nucleares se mantienen por cuantiosas subvenciones públicas y la AIEA señala que al ritmo actual de consumo puede haber una carencia de Uranio similar a la del petróleo.

Finalmente con respecto a la energía nuclear no hará falta señalar la catástrofe de un accidente nuclear.

Tras esto señala a las energías renovables porque aunque en el convencimiento de su utilidad para con la sociedad, su aportación sigue siendo bastante baja y a día de hoy tienen problemas nada desdeñables pues son tremendamente caras y la aportación de estas tiene que multiplicarse espectacularmente para satisfacer la demanda actual.

Muchas de ellas no funcionan a pleno rendimiento la mayoría del tiempo y los lugares ideales para su construcción están muy lejos de la sociedad, en parajes vírgenes, lo que provocaría un gasto importantísimo en el transporte de la energía.

Se espera además que dichas energías sean capaces de sostener el crecimiento ilimitado actual mientras al mismo tiempo, estas energías resultan “demasiado democráticas” para el los sectores más privilegiados.

Sin negar su utilidad, su uso tiene que estar acompañado de una reducción progresiva de la producción y el consumo.

Y para terminar también señala la superpoblación y el desarrollo científico pues la superpoblación se genera el lugares significativos, lugares donde el crecimiento de la población se ha reducido hasta el punto de decrecer mientras que en otros puntos del planeta sigue existiendo un crecimiento desorbitado, se supone que la población mundial se estabilizara a mitad de este siglo y a reducirse progresivamente a partir de ahí.

Al mismo tiempo, el desarrollo científico en los años recientes parece orientado a la nanotecnología, la inteligencia artificial, los transgénicos y el descifrar el genoma humano. Esto puede producir la aparición de “superhumanos” y las consecuentes situaciones críticas que se generarían por este hecho pueden derivar en numerosos conflictos ante la incapacidad de los humanos no mejorados de competir.

Un ejemplo de esto puede ser el de la película de Gattaca.


Espero que les haya parecido tan interesante como a mi. ¿Estás de acuerdo con los argumentos expuestos? ¿Añadirías alguno más? ¿Se puede mantener el ritmo de crecimiento actual?

La felicidad es la mejor curva que existe.

Los límites del crecimiento en la Educación Secundaria: Génesis del proyecto

Alberto Cuesta - 15/15\15

Todo sistema educativo trata de explicar el mundo y de perpetuar una ideología acorde a sus intereses, que en este caso es la del capitalismo industrial basado en el crecimiento económico.

Fotografía de una de las actividades del proyecto.

Los alumnos y alumnas de educación secundaria (ESO y Bachillerato) han nacido ya en el siglo XXI, entre los años 2000 y el año 2005. Es decir, han vivido la mayor parte de su vida en un contexto de crisis ecológica, social y económica, sin que los currículos oficiales sepan explicar las causas de esta situación, y mucho menos plantear soluciones para un problema en el que ellos y ellas son las principales víctimas. 

Por esta razón Jesús Díez Sancho y José Alberto Cuesta Martínez impulsamos un proyecto interdisciplinar, titulado Los límites del crecimiento-Objetivo 2040 en el IES Ribera del Duero en Roa (Burgos), introduciendo la temática sobre los límites biofísicos que impiden la perpetuación indefinida del crecimiento económico que el capitalismo nos ofrece como panacea para superar la actual crisis.

En este proyecto se trató de crear debate, tejido social y alternativas, para que el alumnado tuviese elementos de conocimiento y herramientas para orientar su futuro. Desde diferentes materias y temáticas se planteó a los alumnos actuar como historiadores y científicos en el año 2040 y explicar los sucesos que habían conducido a esos escenarios desde el año 2017 (bastante en concordancia con el objetivo de la revista 15/15/15). Así se plantearon tres posibles escenarios futuros: uno de crecimiento continuo (sabiendo que es imposible, se conservó por respetar la pluralidad ideológica), otro de colapso, y otro de decrecimiento voluntario y organizado.

Jesús Díez Sancho y J. Alberto Cuesta, docentes responsables del proyecto, en el IES Ribera de Duero (Burgos)


Pronto la dimensión del proyecto superó ampliamente todas nuestras expectativas y movilizó a 25 profesores sobre un claustro de 35, y la práctica totalidad de los alumnos, participando cerca de 200 personas dentro de una comunidad educativa de 225 profesores y alumnos, añadiendo además la colaboración de padres y madres. El resultado fueron 300 trabajos sobre diferentes temáticas acerca de cómo puede evolucionar el futuro a medio plazo. 

Lo que comenzó siendo meramente un proyecto educativo, trascendió su función inicial y acabó convirtiéndose en una metáfora social, en una especie de pequeño laboratorio sobre las posibilidades y los impedimentos para construir proyectos con vocación ecosocial en una sociedad en crisis donde el poder trata de esconder las evidencias y de boicotear las posibles alternativas.

Por una parte el proyecto, por su alta participación y colaboración, fue una demostración de lo que se puede conseguir en comunidades basadas en el apoyo mutuo, pero lamentablemente también fue una demostración de cómo el poder trata de reprimir cualquier alternativa, poniendo continuos obstáculos a la realización del proyecto, e incluso silenciando a toda la comunidad educativa un reconocimiento por parte de la Junta de Castilla y León al trabajo realizado.

En el documento adjunto podéis ver el desarrollo del proyecto Los límites del crecimiento-Objetivo 2040.
Panel realizado por el alumnado durante el proyecto.

El tamaño sí que importa (para transformar la economía)

Toni Lodeiro - Opcions

Tras años defendiendo que “lo pequeño es hermoso”, los debates sobre las alternativas de consumo se centran hoy en cómo impulsar iniciativas profesionalizadas de mayor escala, capaces de dar servicio a miles de usuarias y de abrirse un hueco en los mercados.
 
cinta métrica en artículo sobre crecimiento alternativas de consumo
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El siglo XXI comenzó con una fuerte expansión del consumo consciente, con especial protagonismo de las economías comunitarias y las iniciativas empresariales de pequeña escala, y con el decrecimiento como uno de los paradigmas más influyentes.

En los últimos años, en cambio, los debates y relatos más candentes hablan de cambio de escala y profesionalización. Y se han consolidado alternativas de consumo que dan servicio a miles o, en algunos casos, decenas de miles de personas.

A ello han contribuido tanto la madurez y experiencia acumuladas por las iniciativas, como el nuevo ciclo político. Veamos cómo se ha dado esta evolución.

Decrecimiento y autogestión

El siglo XXI comenzó con una ebullición de iniciativas en diversos campos. Huertos comunitarios, grupos de consumo y otras muchas opciones para la compra agroecológica, experiencias de finanzas éticas, escuelitas autogestionadas y grupos de crianza, experiencias comunitarias y ecoaldeas, centros sociales…

En Cataluña las cifras hablan de un auténtico baby boom de experiencias. El número de escuelas libres se multiplicó por cinco entre 2005 y 2016, y el total de pequeños grupos de consumo se cuadruplicó desde los 40 existentes en 2007 hasta los 160 de 2013 –cifra que parece no haber aumentado desde entonces.

Evolución del número de grupos de consumo agroalimentario en Cataluña
Fuente: “L’Economia Social i Solidària a Barcelona” (Anna Fernàndez i Ivan Miró, 2016).

Muchas de las alternativas más populares en los primeros tres lustros del siglo XXI se han inspirado en la filosofía económica de que Lo pequeño es hermoso (ensayo popularizado en 1973 al calor de la crisis del petróleo y reeditado en 1999). De hecho, el “decrecimiento” era de los paradigmas más influyentes en nuestro ámbito en aquellos años, con numerosas publicaciones, debates e iniciativas al respecto. Para muestra, un botón: Ecologistas en Acción declaró al 2009 “año del decrecimiento con equidad”.

Salto de escala, profesionalización y políticas públicas

En 2016, el título del II Congreso de Economía Social y Solidaria era ambicioso: “El despliegue de la ESS ¡Es hora de transformar la economía!” Y su descripción afirmaba: “Llevamos años preparándonos, haciendo pruebas, consolidando proyectos. Miles de iniciativas, en todos los ámbitos de la vida, respaldadas por cada vez más personas […] Ha llegado el momento de dar el salto, de dejar de creernos una alternativa para constituirnos como una nueva realidad.”

Uno de los ejes de trabajo del Congreso lo abría Ruben Suriñach, de Opcions, con una charla titulada “Estructuras de largo alcance: el reto de la escalabilidad en la economía social y solidaria“. Y comenzaba así: “Si, como versa el lema del congreso, es hora de cambiar la economía, hay que pensar en grande. Es decir, tenemos que ser capaces de imaginar qué propuestas […] desplegamos para llegar a grandes capas de población […] y demostrar que se pueden generar espacios de satisfacción de necesidades para las mayorías sociales desde los principios de la cooperación y la democracia económica […] ¿somos capaces de seducir e interpelar al gran público con nuestros productos y servicios de mercado social?”

Y en el programa del Congreso se anunciaba de manera destacada un seminario sobre políticas públicas de impulso de la economía solidaria, en franca expansión desde 2015. Como hemos explicado otras veces, el compromiso de las administraciones públicas es un ingrediente clave para facilitar y acelerar el cambio de escala de las alternativas económicas.

Supermercados, cooperativos !y grandes! (agroecología 2.0)

En 2018 el debate que está pegando fuerte es el de las alternativas de consumo agroecológico de gran formato. Lo explicábamos hace unas semanas en el artículo “¡Que vienen los supermercados cooperativos!”.

Alternativas de consumo

Los pases de la película sobre la cooperativa Park Slope Food Coop -un supermercado de Brooklyn con 16.000 personas socias- han ayudado a nacer decenas de proyectos en Francia, y recientemente se han constituído grupos promotores de proyectos similares en Madrid y Barcelona.

El director de la película, Thomas Boothe, explica que la puesta en marcha de pequeñas tiendas parece no funcionar: “tienes que competir con los supermercados convencionales, tienes que estar abierto tantas horas como ellos, y para hacer eso, se necesita una cierta cantidad de gente. Si abres seis días a la semana, empiezas a recibir el género a las seis de la mañana y terminas a las diez de la noche, al tiempo que necesitas tener a gente trabajando en las cajas, colocando cosas en las  estanterías, limpiando… […] Estamos hablando de alrededor de 1.200 o 1.500 personas como mínimo para que funcione.”

Un dato a tener en cuenta: es curioso que el debate lo esté despertando una película francesa sobre un proyecto en Brooklyn cuando tenemos experiencias de gran escala mucho más cerca: en Pamplona –Landare–, Vitoria –Bio Alai– o Oiartzun –Labore–. Y es que al calor de la fascinación por la experiencia del Food Coop (que sin duda merece porque aporta mucho elementos innovadores) estamos obviando un análisis, al que he llegado casualmente haciendo sencillas multiplicaciones y reglas de tres ¡Las 3.600 unidades de consumo socias de Landare, las 1.400 de Bio Alai o las 400 de Labore Oiartzun superan con diferencia, comparadas con su población de referencia, el alcance del Park Slope Food Coop! (Brooklyn tiene más de 2 millones de habitantes). Solo Landare agrupa a 3.600 unidades de convivencia en una comarca, la Cuenca de Pamplona, de 350.000 habitantes. Las consecuencias que está teniendo el “efecto Food Coop” deben hacernos tomar buena nota de la importancia de las producciones audiovisuales para la extensión de las alternativas.


Estas cifras, de paso,  ponen en cuestión el modelo más habitual en Cataluña de pequeños grupos de consumo, donde 160 grupos con un promedio de unas 30 unidades de consumo agrupan a “solo” 5.000 familias en una población catalana que supera los 7 millones de habitantes. En impacto socioeconómico, el modelo vasco-navarro de iniciativas de mayor tamaño parece ganar por goleada.

En unas recientes jornadas sobre cambio de escala y profesionalización del cooperativismo alimentario, Valero Casasnovas, de Landare, explicaba que la mayor escala no solo sirve para crecer en alcance sino también en coherencia. Argumentaba que los pequeños grupos de consumo acaban, por falta de capacidad, comprando a distribuidoras, mientras que Landare puede permitirse, gracias a su tamaño y a una buena gestión profesional, comprar directamente a 110 productoras. A su vez, Míriam González de La Magrana Vallesana describía cómo la profesionalización permite a las personas socias liberar su aportación voluntaria -en otros grupos absorbida en tareas de gestión- para labores de sensibilización y acción social, cuidados, lazos comunitarios…

15M y Procés, dos buenas levaduras (el contexto también importa)

Hace no mucho explicábamos la influencia del movimiento 15M y las crisis de legitimidad de las eléctricas en las altas tasas de crecimiento de la banca ética y las cooperativas eléctricas verdes en los últimos años. En los últimos meses ha sido el Procés y el cambio de sede social de algunas grandes empresas catalanas el que ha vuelto a disparar el interés ciudadano por empresas más comprometidas con el territorio. Un ejemplo es Som Energia, que ha visto en los últimos meses multiplicarse ¡por tres! sus demandas de nuevos contratos (que ya superan los 72.000), y con ello su necesidad de incorporar profesionales a su equipo, que no deja de crecer. Por su parte, Somos Conexión ha pasado en poco más de un año de 3.000 a casi 5.000 contratos, una tasa de crecimiento muy alta.

Conclusiones (provisionales)

Nos enfrentamos a nuevos retos. Y no se trata de olvidar los imprescindibles aprendizajes de décadas de trabajo “subterráneo” y “contracultural”, de desmerecer las valiosas aportaciones del archipiélago de pequeñas iniciativas, ni de negarles su utilidad aún hoy en día. Pero sí de destacar que toca salir de la zona de confort y adentrarnos en terrenos menos conocidos.
En este sentido, si queremos influir significativamente en nuestra realidad, sería positivo entender la necesidad de integrar algunas de las claves de los éxitos del modelo empresarial capitalista, algunos de ellos innegables. Es el momento de que las economías cooperativas y comunitarias debatamos sin complejos sobre crecimiento y economías de escala, y sobre la mejora en la competitividad, profesionalización y especialización de nuestra oferta de productos y servicios.
No es fácil porque, como explicaba Ruben Suriñach en el texto citado líneas atrás, nos saltan numerosas alarmas:

“¿Seremos capaces de que no se diluya el fondo político de transformación social de nuestras empresas a medida que crezcamos? ¿Dónde quedan los cuidados y la perspectiva feminista en las organizaciones cuando creamos macro-estructuras abriéndose paso en un mercado más allá de los círculos de confianza y afecto? ¿Somos capaces de imaginar y desempeñar una nueva cultura empresarial que integre el sentido cooperativo, decrecentista y feminista en la gestión de grandes estructuras? ¿Cómo afrontamos y sobrepasamos los tabúes y miedos a las incoherencias que tantas veces nos impiden avanzar?”

Por mi parte, ante la imposibilidad de responder con firmeza a tantos nuevos retos y preguntas, solo se me ocurre recurrir a la poesía y canturrear, a ritmo de Serrat, los sabios versos de Machado: “caminante no hay camino, se hace camino al andar / golpe a golpe, verso a verso”.

Decrecimentalista, autogestionario y antipatriarcal

Carlos Taibo


"El proyecto de decrecimiento, que reclama reducciones significativas en los niveles de producción y de consumo en el Norte opulento, suscita críticas. Éstas son tan legítimas como necesarias. La mayoría de las críticas no llegan del discurso oficial, que se desentiende de lo que considera una propuesta fuera del mundo. Llegan más bien de determinados segmentos de lo que llamaré la izquierda, en el buen entendido de que, las más de las veces optan por cuestionar el decrecimiento como un todo, sin entrar en una consideración precisa de sus propuestas y fundamentos intelectuales. Como si estimasen que el proyecto es tan lamentable que se descalificaría por sí solo. Pueden reducirse a dos las críticas que se han ido formulando.

La primera vendría a decirnos que el del decrecimiento es un horizonte mental concebido para apaciguar la mala conciencia de clases medias aposentadas. Sin negar que algo de ello pueda haber en determinadas modulaciones del discurso del decrecimiento, conviene no confundir la parte con el todo. Muchos seguimos pensando que sigue siendo prioridad mayor fundir lo más lúcido que aporta el movimiento obrero de siempre con la irrupción inexorable de nuevas cuestiones, y entre ellas las vinculadas con la certificación de que los límites medioambientales y de recursos del planeta configuran un problema principal. En la trastienda está una disputa que colea desde hace decenios: la retirada del proletariado como sujeto revolucionario y, con ella, la confusión de muchos de sus integrantes con las clases medias, circunstancia que enrarece el escenario en el que esta crítica está concebida. No nos regocijamos con el retroceso revolucionario del proletariado: nos limitamos a reseñar lo que es una triste realidad.

La segunda de las críticas señala que el decrecimiento es un proyecto reformista que aleja el horizonte de la insurrección revolucionaria. Conviene oponer algunos argumentos. El principal: no hay ningún motivo para separar decrecimiento e insurrección. Los partidarios de esta última también han de preguntarse por las reglas del juego que el modelo crecimentalista abrazado de siempre por el capitalismo ha instituido. Tal y como va el planeta, no podemos permitirnos el desliz de no formular la pregunta relativa a qué hay que producir el día después de la insurrección. El insurrecionalismo debe ser también decrecimentalista, no vaya a acabar por traducirse en el olvido de elementos centrales de contestación del capitalismo, riesgo muy frecuente en determinado lenguaje inflado de soflamas revolucionarias. Hay que fortalecer la dimensión anticapitalista de la propuesta decrecimentalista, como hay que subrayar que el cuestionamiento del orden de propiedad del capitalismo –la defensa, por decirlo claro, de una propiedad colectiva socializada y autogestionada– debe acompañarse de medidas que cancelen la ilusión de que podemos seguir creciendo de forma indiscriminada. Existe el riesgo de que el del decrecimiento sea uno más de los proyectos que el capitalismo ha engullido. Debemos evitar que ese posible engullimiento se haga realidad. El decrecimiento es parte de un programa más general: solo, no configura ninguna respuesta a nuestros problemas. Cualquier proyecto anticapitalista en el Norte desarrollado tiene que ser decrecimentalista, autogestionario y antipatriarcal."

Publicado en Diagonal

Piotr kropotkin: Apoyo mutuo


"En cuanto a la obra recién editada de Büchner [Darwinismo y socialismo], a pesar de que induce a la reflexión sobre el papel de la ayuda mutua en la naturaleza, y de que es rica en hechos, no estoy de acuerdo con su idea dominante. El libro se inicia con un himno al amor, y casi todos los ejemplos son tentativas para demostrar la existencia del amor y la simpatía entre los animales. Pero, reducir la sociabilidad de los animales al amor y a la simpatía significa restringir su universalidad y su importancia, exactamente lo mismo que una ética humana basada en el amor y la simpatía personal conduce nada más que a restringir la concepción del sentido moral en su totalidad.

De ningún modo me guía el amor hacia el dueño de una determinada casa a quien muy a menudo ni siquiera conozco cuando, viendo su casa presa de las llamas, tomo un cubo con agua y corro hacia ella, aunque no tema por la mía. Me guía un sentimiento más amplio, aunque es más indefinido, un instinto, más exactamente dicho, de solidaridad humana; es decir, de caución solidaria entre todos los hombres y de sociabilidad.

Lo mismo se observa también entre los animales. No es el amor, ni siquiera la simpatía (comprendidos en el sentido verdadero de éstas palabras) lo que induce al rebaño de rumiantes o caballos a formar un círculo con el fin de defenderse de las agresiones de los lobos; de ningún modo es el amor el que hace que los lobos se reúnan en manadas para cazar; exactamente lo mismo que no es el amor lo que obliga a los corderillos y a los gatitos a entregarse a sus juegos, ni es el amor lo que junta las crías otoñales de las aves que pasan juntas días enteros durante casi todo el otoño. Por último, tampoco puede atribuirse al amor ni a la simpatía personal el hecho de que muchos millares de gamos, diseminados por territorios de extensión comparable a la de Francia, se reúnan en decenas de rebaños aislados que se dirigen, todos, hacia un punto conocido, con el fin de atravesar el Amur y emigrar a una parte más templada de la Manchuria.

En todos estos casos, el papel más importante lo desempeña un sentimiento incomparablemente más amplio que el amor o la simpatía personal. Aquí entra el instinto de sociabilidad, que se ha desarrollado lentamente entre los animales y los hombres en el transcurso de un período de evolución extremadamente largo, desde los estadios más elementales, y que enseñó por igual a muchos animales y hombres a tener conciencia de esa fuerza que ellos adquieren practicando la ayuda y el apoyo mutuos, y también a tener conciencia del placer que se puede hallar en la vida social

Una importancia de esta distinción podrá ser apreciada fácilmente por todo aquél que estudie la psicología de los animales, y más aún, la ética humana. El amor, la simpatía y el sacrificio de sí mismos, naturalmente, desempeñan un papel enorme en el desarrollo progresivo de nuestros sentimientos morales. Pero la sociedad, en la humanidad, de ningún modo le ha creado sobre el amor ni tampoco sobre la simpatía. Se ha creado sobre la conciencia - aunque sea instintiva- de la solidaridad humana y de la dependencia recíproca de los hombres. Se ha creado sobre el reconocimiento inconscientes semiconsciente de la fuerza que la práctica común de dependencia estrecha de la felicidad de cada individuo de la felicidad de todos, y sobre los sentimientos de justicia o de equidad, que obligan al individuo a considerar los derechos de cada uno de los otros como iguales a sus propios derechos."

Piotr Kropotkin. Apoyo mutuo. 1902.

El mundo acostumbraba a ser sencillo


"El mundo acostumbraba a ser sencillo. Simplemente te dabas cuenta al pasar por el prado que te mojabas al tocar las gotas de rocío. Pero desde el momento en que la gente empezó a querer explicar científicamente esta gota de rocío, se atraparon a sí mismos en el infierno sin fin del intelecto.

Las moléculas de agua están hechas de átomos de oxígeno y de hidrógeno. Durante un tiempo la gente creyó que en el mundo las partículas más pequeñas eran los átomos, pero luego descubrieron que había un núcleo dentro del átomo. Ahora han descubierto que en el núcleo hay partículas aún más pequeñas. Entre estas partículas nucleares hay cientos de tipos distintos nadie sabe cuando acabará el análisis de este mundo diminuto.

Se dice que la forma en que los electrones se mueven a velocidades muy elevadas en sus órbitas dentro del átomo es exactamente como el movimiento de los cometas en la galaxia.

Para los físicos atómicos el mundo de las partículas es tan vasto como el mismo universo. Pero se ha demostrado que al lado de la galaxia en que vivimos existen innumerables galaxias. Entonces a los ojos de un cosmólogo, nuestra galaxia entera se vuelve infinitamente pequeña. El hecho es que las personas que creen que una gota de agua es simple, o que una roca es fija e inerte, son felices locos ignorantes y que los científicos que conocen que la gota de agua es un gran universo, la roca un mundo activo de partículas elementales moviéndose como cohetes son locos inteligentes. Visto de forma sencilla, este mundo es real y asequible. Visto de forma compleja, el mundo se vuelve aterradoramente abstracto y distante.

Los científicos que se regocijaron cuando se trajeron rocas de la luna, tienen menos comprensión de ésta que los niños que cantan: “¿Cuántos años tienes Sra. Luna?”. Basho (Un famoso poeta japonés de haikus (1644-1694)) pudo aprehender las maravillas de la naturaleza observando los reflejos de la luna llena en la tranquilidad de un estanque.

Todo lo que los científicos hicieron al salir al espacio y hollar el suelo lunar con sus botas espaciales fue deslucir un poco el esplendor que tenía la luna para muchos amantes y niños de la tierra.

¿Cómo es que la gente cree que la ciencia beneficia a la humanidad?"

Fukuoka, Masonobu. La revolución de una brizna de paja. 1978.

El discurso científico y el sentido común


La clasificación de modalidades de conocimiento, racional (lógico) e irracional (ilógico), ha funcionado como instrumento fundamental en la definición del poder en nuestra cultura en forma de saber ‘técnico’. El saber racional se ha convertido en una propiedad intrínseca del poder. En este sentido, la distinción entre modelos de conocimientos ha sido un instrumento efectivo para catalogar diferentes formas de accesibilidad al mundo ‘verdadero’.


Un mecanismo clásico de nuestra modernidad fue establecer una estricta separación entre ambos, de tal suerte que se consolidaron formas de conocimiento reconocidas y formas reconocidas de desconocimiento. El resultado de tal división fue la aceptación, por un lado, de un conocimiento racional, legítimo e institucionalmente consolidado y, por otro, la marginación de un conocimiento no racional, emocional e ilegítimo. La frontera entre ambos ha sido clave a la hora de dotar de significación a la realidad. Tal división se ha convertido en un eje fundamental para la consolidación de las relaciones entre poder/saber. La racionalidad se nos ha presentado como un arma eficaz para conseguir efectos de realidad/verdad.

Si atendemos a la configuración del sentido nos encontraremos con los dispositivos clásicos que garantizan, en nuestra cultura las demarcaciones fundamentales entre tipos de conocimiento. La distribución de la legitimidad está en juego. Así, en toda constitución de sentido podemos ver un doble proceso: analítico y sintético, que no siempre son reconocidos, ni tampoco poseen el mismo grado de aceptación y reconocimiento. El proceso analítico viene determinado por su carácter racional, propio del discurso científico, disciplinario e institucional. Mientras que el sintético presenta formas irracionales propias de contextos discursivos del sentido común.

De tal manera que la modernidad se bastó de la razón sacralizada para consolidar y reforzar una diferenciación absoluta entre el tipo de conocimiento racional occidental y el resto del pensamiento arcaico e irracional, susceptible de ser domesticado y antropologizable. El modo de operar del racionalismo, amparado por su capacidad normativa e institucional y basado en la discriminación y la clasificación de categorías explicativas, trajo consigo la consolidación de dicotomías entre tipos de pensamiento.

Ahora bien, dicha consolidación no sólo sirvió para establecer demarcaciones externas que pudieran justificar su hegemonía foránea, sino que también podemos encontrar en el interior fronteras nítidas de lo aceptable e inaceptable como verdadero. Así, nuestra cultura se encargó de compartimentar las diferentes formas de 'apresar la realidad'.

En la modernidad, el fortalecimiento de la ciencia y la culminación de la racionalidad, llevaron hasta extremos esta distinción. El resultado de esta depuración interior fue la distinción entre dos tipos de formas: por un lado, formas a las que se les concede fiabilidad y se les reconoce como medios de producción de verdad, es decir, como motores de conocimiento. Y ‘otras’ formas que, lejos de presentar métodos analíticos, utilizan explícitamente estrategias calificadas de ‘obscenas’ (ironías, paradojas, contradicciones, metáforas…); formas que van desde los géneros literarios hasta los mitos, pasando por todas las formulaciones informales del sentido común.

Pero, como ya ha sido subrayado en numerosas ocasiones, dichas fronteras no son ni nítidas ni reales, aunque sí eficaces. Sin embargo, la frontera trazada en nuestra cultura entre ‘lo que es científico, y por tanto admisible, y lo que pertenece a lo común, es decir lo vulgar que hay que corregir’ no es incuestionable, sino que debe tratarse más bien como una construcción cultural que permite legitimar espacios y silenciar discursos.

Para saber más: Beatriz Santamaría Campos. Ecología y poder. 2006.