Destapando mecanismos inconscientes: Freud

Sigmund Freud nació en 1856 en Moravia (actualmente República Checa). En una sociedad puritana e hipócrita, la decisión con la que se adentró en los problemas de la sexualidad, el descubrimiento de conflictos de tipo sexual por debajo de síntomas y conductas aparentemente inocentes, su interpretación de los sueños, y sobre todo, la afirmación de que los niños desarrollan una intensa vida sexual, le acarrearon la repulsa y el aislamiento de la sociedad biempensante. Murió de cancer exiliado en Londres en 1939.

Fundador del psicoanálisis, un método para curar determinados trastornos psíquicos, lo que llevó a Freud a formular una teoría completa acerca de la estructura y dinámica de la vida psíquica. Aplicó los conceptos básicos del psicoanálisis al esclarecimiento de fenómenos colectivos como la religión, la cultura y la sociedad, a través de ensayos como ‘Tótem y tabú’, ‘el porvenir de una ilusión’ y ‘el malestar de la cultura’.

En su aportación a la comprensión de ‘lo humano’ puso de manifiesto los condicionamientos ocultos que determinan múltiples comportamientos, que influyen en gran medida en las conductas de las personas.

Freud desarrolló la Teoría de los instintos, considerando el instinto sexual (eros) y el instinto de autodestrucción (Thanatos) como objetivos primarios para la propia satisfacción cuyo incumplimiento produciría una gran frustración relacionada con la angustia.

El complejo de Edipo mediante el cual la madre del niño aparece como objeto libidinal y el padre como rival.

Propuso un modelo estructural-topográfico del aparato psíquico distinguiendo tres elementos: el ello, la parte más antigua del psiquismo que incluiría los instintos y las pasiones; el yo, que surge a partir del ello bajo la influencia de la realidad exterior, representa la razón y la reflexión; y el superyo, que constituye una instancia moral de ideales y prohibiciones procedente de la interiorización de la imagen de los progenitores.

 A partir de los conceptos sobre la Teoría de los instintos, el complejo de Edipo y el modelo del aparato psíquico Sigmund Freud elabora una especulación filosófica aplicándolos a las comunidades y a los fenómenos culturales.

Para Freud el origen de la moral y de la sociedad tiene como punto de partida la ambivalencia de los sentimientos del clan respecto del animal totémico. Así originalmente existió la horda en la cual el padre, autoritario y excluyente, monopolizaba las hembras; los hijos se reunieron y asesinaron al padre, una vez consumado el parricidio, los hijos fueron presa del sentimiento de culpabilidad y del deseo de expiación. El tótem vino así a tomar el lugar de la imagen del padre asesinado. Entre los hijos tuvo lugar un pacto de renuncia la agresión mutua y se instituyó la prohibición del incesto.

“Lo que el padre había impedido anteriormente, por el hecho mismo de su existencia, se lo prohibieron luego los hijos a sí mismos, en virtud de aquella ‘obediencia retrospectiva’ característica de una situación psíquica que el psicoanálisis nos ha hecho familiar. Desautorizaron su acto prohibiendo la muerte del tótem, sustitución del padre, y renunciaron a recoger los frutos de su crimen, rehusando el contacto sexual con las mujeres accesibles ya para ellos. De este modo es como la conciencia de la culpabilidad del hijo engendró los dos tabúes fundamentales del totemismo, los cuales tenían que coincidir, así, con los dos deseos reprimidos del complejo de edipo. Aquel que infringía estos tabúes se hacía culpable de los únicos crímenes que preocupaban a la sociedad primitiva.”

Totem y tabú.


En el malestar de la cultura analiza Freud la naturaleza de ésta y sus consecuencias para el individuo. El camino seguido por la cultura para imponer la renuncia a la agresividad consiste en dirigir hacia uno mismo la agresividad por medio de la conciencia moral, el superyo exigente y cruel.

“La tensión creada entre el severo superyo y el yo subordinado al mismo la calificamos de sentimiento de culpabilidad; se manifiesta bajo la forma de necesidad de castigo. Por consiguiente, la cultura domina la peligrosa inclinación agresiva del individuo debilitando a éste, desarmándolo y haciéndolo vigilar por una instancia alojada en su interior, como una guarnición militar en la ciudad conquistada.”

El malestar de la cultura.


Freud indagó en aspectos claves del comportamiento humano, que contrastó con un marxismo desconocedor de la naturaleza humana que lo convirtió en una teoría excesivamente ingenua y optimista.

“También yo considero que una modificación objetiva de las relaciones del hombre con la propiedad sería en este sentido más eficaz que cualquier precepto ético, pero los socialistas malogran tan justo reconocimiento, desvalorizándolo en su realización, al incurrir en un nuevo desconocimiento idealista de la naturaleza humana.”

El malestar de la cultura.


Freud desarrolló una teoría acerca de la dimensión psíquica del ser humano, la parte emocional-instintiva no funciona de igual manera que la parte cognoscitiva-racional; su conocimiento es parte fundamental para entender el discurso de la sociedad de consumo en la que nos hallamos inmersos.




Condición de Estado

El Estado es una sociedad no igualitaria gobernada desde el centro; Se prestan unos servicios costosos imposibles de contratar a título individual, pero funcionan como cleptocracias transfiriendo la riqueza neta del pueblo llano hacia las clases altas a través de los tributos. Difiriendo los distintos estados en el porcentaje de tributo recaudado que queda en poder de la élite.

¿Por qué las clases populares toleran que el fruto de su duro trabajo revierta en las clases hegemónicas?. ¿Qué hacen las clases dirigentes para conseguir el apoyo popular?.

  • La clase que regenta el Estado debe poseer las armas y el conocimiento, el pueblo ha de estar desarmado.
  • Hacer felices a las masas mediante la redistribución de parte de los tributos recibidos. Para ello suele llevarse a cabo la obra pública, y los juegos y espectáculos.
  • Utilizar el monopolio de la fuerza para promover la felicidad, manteniendo el orden público y reprimiendo la violencia. Los habitantes del territorio del Estado deben aceptar la autoridad centralizada. La resolución de conflictos se formaliza mediante las leyes, la judicatura y la policía.
  • Construcción de una ideología o religión que justifique el robo legal. Se trata de legitimar la transferencia de riqueza mediante creencias sobrenaturales (religión), o ideologías superiores. De esta manera se resuelve el problema de cómo han de vivir juntos individuos no emparentados sin matarse unos a otros, proporcionándoles un vínculo no basado en el parentesco, y una motivación para sacrificar su vida en nombre de otros.

En los Estados la especialización económica (agricultores, pescadores, ganaderos,...) es tan importante que de llegar a desmoronarse la clase dirigente, los resultados puedan percibirse como catastróficos.

El origen del Estado

El progresivo deslizamiento hacia la estratificación social ganaba impulso cada vez que era posible almacenar los excedentes de alimentos producidos. Cuanto más abundante y concentrada se la cosecha y menos perecedero el cultivo, tanto más crecen las posibilidades de grandes hombres de adquirir poder sobre el pueblo.

Mientras que otros solamente almacenaban cierta cantidad de alimentos para sí mismos, los graneros de los redistribuidores eran los más nutridos. En tiempos de escasez la gente acudía a ellos en busca de comida y ellos, a cambio, pedían a los individuos con aptitudes especiales que fabricaran ropa, vasijas, canoas o viviendas de calidad destinadas al uso personal. Al final el redistribuidor no necesitaba trabajar en los campos para alcanzar y superar el rango de gran hombre.

La gestión de los excedentes de la cosecha, que en gran parte seguía recibiendo para su consumo en festines comunales y otras empresas comerciales y bélicas, bastaban para legitimar su rango. De forma creciente, este rango era considerado por la gente como un cargo, un deber sagrado transmitido de una generación a otra, con arreglo a normas de sucesión hereditarias. El gran hombre se había convertido en ‘jefe’.

El poder para dar órdenes y ser obedecido, se incubó en las guerras libradas por los grandes hombres y jefes, eran éstos hombres violentos. La oportunidad de apartarse de las restricciones tradicionales al poder aumentaba a medida que las jefaturas expandían sus territorios y se hacían mas populosas, y crecían en igual proporción las reservas de comestibles y otros objetos de valor disponibles para la redistribución. Al asignar participaciones diferentes a los hombres más cooperativos, leales y eficaces en el campo de batalla, los jefes podían empezar a construir el núcleo de una clase noble, respaldados por una fuerza de policía y un ejército permanente. Los hombres de común que se zafaban de hacer donaciones a sus jefes eran amenazados con daños físicos.

Los primeros estados evolucionaron a partir de jefaturas, que tenían que poseer una población numerosa y un territorio que no permitiera la huida de quienes no estaban dispuestos a soportar impuestos, reclutamientos y ordenes. Además se debía poseer un almacén central de redistribución con alimentos (arroz, trigo, maíz u otros cereales) que se pudieran conservar de una cosecha a otra. Tenían que poder evitar el éxodo y las sublevaciones.


Para saber más. Nuestra especie. Marvin Harris. 1989

El mito del crecimiento ilimitado

Durante siglos el mundo occidental se ha sentido reconfortado por la creencia de que el progreso material nunca concluirá - el mito del crecimiento ilimitado-. Nuestra cultura no es la primera que ha alcanzado sus límites de crecimiento. Nuestro desarrollo depende de unos recursos energéticos no renovables, no de la tecnología que se desarrolla gracias a esta disponibilidad energética abundante y barata.

Solamente el análisis de lo que está ocurriendo en el mundo en la actualidad puede permitir el conocimiento de una realidad basada en la energía siempre disponible que permite un desarrollo supuestamente ilimitado de las sociedades occidentales, donde el ‘progreso’ basado en supermercados llenos de productos para consumir, espacios llenos de carreteras con vehículos para desplazarse, pisos llenos de electrodomésticos..., ocultan la realidad escondida de millones de hambrientos, mares contaminados, tierras estériles, mercados de droga, armas y esclavos...

Entender que la energía es la que provoca que exista un sistema global, donde se sustenta esta sociedad de consumo y de miseria, implica entender que la crisis energética pone en jaque todo el modelo de crecimiento (de materias primas, energía y espacios) en el que todos los habitantes de la Tierra estamos incluidos.

Maoríes y morioris: Choque de civilizaciones

En las islas Chatham, situadas a 800 kilómetros al este de Nueva Zelanda, el 19 de noviembre de 1835 llegó un barco que transportaba 500 maoríes provistos de armas de fuego, palos y hachas, a los que siguieron el 5 de diciembre 400 maoríes más. Grupos de maoríes comenzaron a recorrer los asentamientos de los morioris, anunciando que los morioris eran ahora sus esclavos y matando a quienes ponían objeciones. Los moriris decidieron en una junta no responder a los ataques, sino ofrecer la paz, la amistad y la división de los recursos.

Ambos grupos habían divergido de un origen común menos de un milenio antes. Ambos eran pueblos polinesios que colonizaron Nueva Zelanda hacia el año 1.000. Poco después, un grupo de aquellos maoríes colonizó, a su vez, las islas Chatham y se convirtió en los morioris. En los siglos que siguieron los dos grupos se separaron y evolucionaron en direcciones opuestas.

Aquellos maoríes ancestrales que colonizaron por primera vez las islas Chatham podrían haber sido agricultores, pero los cultivos tropicales maoríes no podían crecer en el clima frío de las Chatham, y a los colonos no les quedó otra alternativa que volver a ser cazadores-recolectores. Dado que en su condición de cazadores-recolectores no producían excedentes de cultivos disponibles para su redistribución o almacenamiento, no podían mantener y alimentar a especialistas artesanos no cazadores, ejércitos, burócratas y jefes. Sus presas eran las focas, los crustáceos, las aves marinas que se posaban en tierra para anidar y los peces que podían ser capturados a mano o con palos y no exigían una tecnología más compleja.

Las islas Chatham son relativamente pequeñas y remotas, capaces de mantener una población total de un máximo de dos mil cazadores-recolectores, que tuvieron que aprender a soportarse los unos a los otros. Para ello renunciaron a la guerra y redujeron los posibles conflictos derivados de la superpoblación, castrando a algunos varones de corta edad. El resultado fue una población pequeña y no belicosa dotada de tecnología y armas sencillas y sin liderazgo y organización fuertes.

En cambio, la parte septentrional (más cálida) de Nueva Zelanda, era apta para la agricultura polinesia. Los maoríes que permanecieron en Nueva Zelanda aumentaron en número hasta ser más de cien mil. Desarrollaron poblaciones localmente densas que libraban crónicamente feroces guerras con las poblaciones vecinas. Con los excedentes de los cultivos que podían cultivar o almacenar, alimentaban a artesanos especializados, jefes y soldados a tiempo parcial. Necesitaban y desarrollaron herramientas variadas para cultivar sus plantas, combatir y hacer arte.

Cuando los dos grupos entraron en contacto el brutal resultado de la colisión podría haberse predicho: Es fácil determinar cómo los diferentes entornos de las islas Chatham y de Nueva Zelanda moldearon de diferente manera a los dos grupos.

Para saber más: Armas, gérmenes y acero. Jared Diamond. 1998.

Para saber más: El fin de los pascuenses. Jared Diamond

Acerca de la entropía

El ser humano al ser una especie con gran desarrollo evolutivo y elevado peso necesita un gran flujo de energía para su existencia. Debido a su elevada capacidad de raciocinio ha desarrollado instrumentos para poder captar o utilizar en su provecho una mayor cantidad de energía que la que le llegaba directamente del sol o la que podía consumir a través de los alimentos, donde se encuentra energía solar fijada mediante el proceso de fotosíntesis.

Cada disminución localizada de la entropía por la acción del ser humano o de una máquina va acompañada de un aumento aún mayor de la entropía del entorno; tal acción sólo se puede llevar a cabo a través de la utilización de energía concentrada –ordenada, disponible o utilizable- que después de su aplicación o transformación pasa a un estado disperso, no disponible o desordenado; es decir, esta energía disipada o degradada ya no puede rendir trabajo.

Lo que se conoce como ‘progreso’ consiste en la creación de islas de orden aparente a costa de provocar océanos de desorden cada vez mayor. Cada vez es más costoso –en términos energéticos- mantener el orden aparente del presente modelo y más costoso generarlo.

Para saber más: La explosión del desorden. Ramón Fernández Durán. 1993.

Leyes de la termodinámica

Las leyes que rigen el comportamiento de la energía se conocen como las leyes de la termodinámica.

El primero de estos principios se denomina ‘principio de conservación de la energía’: establece que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Es decir: la cantidad total de energía permanece siempre inalterable, y constante, pudiendo transformarse de un estado a otro (por ejemplo la energía calorífica que libera la combustión de fuel puede transformarse en electricidad y en calor ambiental) pero sin crearse o destruirse en este proceso.

El segundo de estos principios o ley de la entropía dice que en la transformación, la energía pierde su calidad y se degrada disminuyendo sus posibilidades para el aprovechamiento humano; cambiando en un sentido, esto es, de utilizable a inutilizable, de disponible a no disponible, de ordenada a desordenada.

La formulación de Rudolf Clausius de la ley de la entropía puede formularse como sigue:
"Es imposible la existencia de un sistema que pueda funcionar de modo que su único efecto sea una transferencia de energía mediante calor de un cuerpo frío a uno caliente."


Se denomina reservorio o foco térmico, a una clase especial de sistema cerrado que se mantiene siempre a temperatura constante, aun cuando se le ceda o quite energía por transferencia de calor. Este sistema es una idealización pero podría asimilarse el concepto a la atmósfera terrestre o los océanos.

La formulación de Kelvin-Planck del segundo principio puede expresarse así:
"Es imposible construir un sistema que operando según un ciclo termodinámico, ceda una cantidad neta de trabajo a su entorno mientras recibe energía por transferencia de calor procedente de un único reservorio térmico."


La termodinámica enseña que como la energía y los materiales no se pueden crear ni destruir, lo que entra en forma de factores productivos tiene que salir forzosamente como mercancías y residuos, pero no puede desaparecer.

Para saber más: La bioeconomía de Georgescu-Roegen. Oscar Carpintero. 2006.

Para saber más: Fundamentos de Termodinámica Técnica. Micheael J. Moran y Howard N. Shapiro. 2004.

El decrecimiento: una salida al estancamiento sistémico

Federico Demaria

Hace poco, The Economist acusaba a los líderes de Podemos de sostener propuestas chifladas como el decrecimiento. Pero curiosamente, Podemos no ha sido el único: el consejero de Territorio y Sostenibilidad de Cataluña, Santi Vila, también ha lanzado el debate sobre el decrecimiento en el Parlamento Catalán. ¿Pero qué entendemos por decrecimiento? Este artículo esboza una explicación basada en el libro de recién publicación: Decrecimiento: Un Vocabulario para una Nueva Era (Icaria, 2015). 

En estos tiempos en que muchos intelectuales, políticos y economistas nos dicen que nada de lo que ellos consideran fundamental puede ser cuestionado, el decrecimiento es un término provocador que pone en discusión el falso consenso de que necesitamos crecimiento económico. El crecimiento tiene un precio, es alto, y no merece la pena. Tenemos que poner en el centro de la política la redistribución y la democracia real. Queremos prosperidad sin crecimiento, y se puede, ¡podemos! 

El decrecimiento no ha de entenderse literalmente. Con él defendemos la hipótesis de que es posible vivir mejor con una vida más sencilla y en común, mediante otro tipo de sociedad y economía centradas en la redistribución de los recursos, la sostenibilidad de la vida y del medio ambiente y una democracia real. La propuesta no es reducir el PIB -no hay nada peor que una sociedad dependiente del crecimiento donde no hay crecimiento- sino generar nuevas preguntas y buscar alternativas a la sociedad que tenemos hoy en día basada en un sistema económico capitalista. 

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© Bárbara Castro


Si la recesión es menos de lo mismo, el decrecimiento es simplemente diferente. Propone abandonar la obsesión por el crecimiento económico, que beneficia a unos pocos y arruina a la mayoría. Como alternativa, podemos tratar de alcanzar políticas públicas y estilos de vida que contribuyan al bienestar de las personas, la justicia social y la sostenibilidad ecológica.

El crecimiento ha fracasado en la consecución de estos objetivos. Las investigaciones demuestran que no está relacionado con el bienestar de las personas. En cambio, se puede tener prosperidad sin crecimiento. 

El crecimiento, que debería significar progreso y bienestar, tiene muchas consecuencias indeseables. De hecho, el crecimiento económico siempre tiene unos costes, y estos ya son mayores que los beneficios. Incluso antes de la crisis, había sacrificios. La burbuja inmobiliaria ha destrozado nuestro territorio, y ahora nos encontramos con 5 millones de casas vacías y más de 200.000 personas desahuciadas y endeudadas. Hoy en día se están pidiendo aún más sacrificios a las ciudadanas y ciudadanos españoles. Pensemos en los recortes, la reforma laboral o la disminución de los salarios (que llaman eufemísticamente "aumentar la competitividad del país"). Todo esto se justifica con relanzar el crecimiento. Nos dicen que ahora hay recuperación, pero ninguno de nosotros está notando algún tipo de beneficio. Mariano Rajoy ha admitido que "la recuperación no ha llegado a todos por igual". La verdad es que solo ha llegado a los poderosos, como los banqueros. La crisis será historia solo cuando se acabe con el paro y la desigualdad. 

Decrecimiento no significa menos bienestar. Si no se puede salir del estancamiento sistémico en el cual vivimos con crecimiento, ¿que es lo que podemos hacer? España es una economía madura y es poco probable que pueda volver a crecer al 3-4% como antes. De hecho, la burbuja inmobiliaria demuestra que ha sido necesario endeudarse para crecer. Ahora tenemos que crecer para pagar la deuda, lo cual deriva en una lógica perversa. Necesitamos salir de este círculo vicioso. 

La cuestión central no es generar más riqueza, sino redistribuir la que tenemos. De hecho, España es el país de la OCDE donde, con la crisis, más han aumentado las desigualdades económicas. Es necesario revertir esta tendencia. Una prioridad, por ejemplo, sería afrontar el paro con medidas como la reducción de la jornada laboral, el reparto del trabajo y una renta básica ciudadana.

Hasta poco hubiéramos podido pensar que era difícil convencer a los Gobiernos de la necesidad de no seguir creciendo. Sin embargo, los Gobiernos se cambian con las elecciones. Hay una efervescencia política en España que es prometedora. Hay partidos como Equo o las CUP que hablan de decrecimiento desde hace tiempo, o como Podemos, que ha criticado la obsesión por el crecimiento económico. Por otra parte, cada vez son más las personas que se pronuncian de manera individual o en colectivos sociales contra el crecimiento ilimitado y sus consecuencias. 

Y también hay investigadores y académicos estudiando y elaborando alternativas, como los tres mil participantes de la cuarta conferencia internacional sobre decrecimiento. Nuestro colectivo Research & Degrowth, ha realizado 10 propuestas de políticas públicas a favor de una prosperidad sin crecimiento y que pueden facilitar una transición hacia el decrecimiento. Entre ellas, están abolir el PIB como indicador de progreso económico, establecer límites ambientales, implantar una renta básica y una renta máxima, reestructurar y eliminar parte de la deuda, optimizar el uso del parque inmobiliario, limitar la publicidad, trasformar el sistema fiscal o eliminar ayudas a actividades contaminantes para destinarlas a otras sostenibles. 

En Decrecimiento: Un Vocabulario para una Nueva Era, el libro que acabamos de publicar en inglés y que Icaria publicará en castellano, tratamos estos análisis y propuestas con más detalle. Con él pretendemos contribuir a generar debate social y movilizar a los actores públicos y privados para conseguir una sociedad económicamente más justa, solidaria y respetuosa con el medio ambiente.

Algunos tachan el decrecimiento de utópico. En realidad, la verdadera utopía, en el sentido de falta de realismo, es pensar que podemos seguir con un crecimiento económico infinito en un mundo finito. Hemos comprobado ya que el crecimiento tiene un coste muy elevado que afecta a pilares básicos de nuestra vida. No solo es imposible, tampoco es necesario ni deseable. Ya lo dijo en 1977 André Gorz, fundador de la ecología política y el primero en utilizar la palabra decrecimiento: "La falta de realismo consiste en imaginar que el crecimiento económico todavía puede dar lugar a un mayor bienestar humano". Ha llegado el momento de hacerle caso.

Una economía sustentable basada en la Naturaleza

"La naturaleza es la única empresa que nunca ha quebrado en unos 4.000 millones de años, proporciona un modelo para una economía sustentable que funcione a base de ciclos cerrados de materia movidos por la energía del sol.

Una economía cíclica, totalmente renovable y autorreproductiva, sin residuos y cuya fuente de energía es inagotable en términos humanos: la energía solar en sus diversas manifestaciones (viento, olas...); cada residuo de un proceso se convierte en la materia prima de otro: los ciclos se cierran.

Se trata de una economía que integre los pueblos y ciudades con los ecosistemas que los circundan, buscando edificios e infraestructuras que pesen poco sobre los paisajes, adaptados a la diversidad de lo local."

Jorge Riechmann

Automovil: destrucción creativa

 “En 2013, en España, se han producido 354.219.623 desplazamientos de largo recorrido. En estos desplazamientos murieron 1.128 personas, y 5.206 personas resultaron heridas graves.”
Dirección General de Tráfico


¿Qué le falta a nuestro lugar habitual de vida? ¿Qué nos falta para ser capaces de disfrutarlo? ¿Qué sueño prometido tenemos que consumir para ser felices? ¿Qué mundo nos hemos creado los ricos para tener que salir despavoridos en cuanto nos dan un día de ocio? ¿Qué infierno para tener que comprar paraísos inventados?
El problema, a mi modo de ver, no está en el medio sino en el motivo. No en el medio de transporte sino en las carencias que lo mueven. No es el coche, no es el medio de transporte el que contamina, son nuestras propias carencias, carencias que no colma el dinero, el poder ni el éxito.”
En mi buzón de correo electrónico


El transporte – Destrucción de la Territorio
El proceso de internacionalización y globalización de la economía provoca el tráfico de mercancías y personas de una parte a otra de la Tierra. La Naturaleza terrestre es en esencia fija; las "modernas sociedades industriales" se han organizado completamente de espaldas a los principios básicos de la Naturaleza.
Los automóviles tienen que "abrirse paso" a través de unos ecosistemas naturales terrestres que no están "diseñados" para soportarlo, y en su avance van fraccionando y empobreciendo estos ecosistemas, por otra parte la generalización de la automovilidad exige la utilización de enormes cantidades de materiales y energía, cuya extracción, transformación y consumo produce grandes masas de residuos extraños a la Naturaleza como el propio concepto de movimiento horizontal masivo.


Automóvil: Un lujo a su alcance
Los automóviles son bienes de lujo inventados para el placer exclusivo de una minoría muy rica, y que nunca estuvieron, en su concepción y naturaleza, destinados a su uso generalizado por parte de la población. No había, hasta principios del siglo XX, una velocidad de desplazamiento para la élite y otra para el pueblo; el automóvil cambiaría esto, por primera vez se extendía la diferencia de clases a la velocidad y al medio de transporte. Y el lujo, por definición, no se democratiza: si todo el mundo tiene acceso al lujo, nadie le saca provecho, aunque impera la creencia ilusoria de que cada individuo puede prevalecer y beneficiarse a expensas de todos los demás.
La publicidad de los autos se encarga de proyectar el siguiente mensaje “Usted también, a partir de ahora, tendrá el privilegio de circular, como los ricos y los burgueses, más rápido que todo el mundo. En la sociedad del automóvil el privilegio de la élite está a su disposición.”
La paradoja del automóvil se fundamenta en que el uso del vehículo privado parecía conferir a sus dueños una independencia sin límites, al permitirles desplazarse de acuerdo con la hora y los itinerarios de su elección, sin embargo el automovilista depende de comerciantes y expertos para poder circular; el conductor de autos está obligado a consumir y utilizar una cantidad de servicios comerciales y productos industriales que sólo terceros pueden procurarle. La aparente autonomía del propietario de un automóvil esconde en realidad, una gran servidumbre, el tiempo dedicado al automóvil va en aumento en la medida que este propone mayores grados de libertad.
De objeto de lujo y símbolo de privilegio, el automóvil ha pasado a ser una necesidad vital. Hay que tener uno para poder existir en el infierno cotidiano, o bien ser humillado por el hecho de no ser conductor; lo superfluo se ha vuelto necesario. No se es libre de tener o no un automóvil porque el universo suburbano está diseñado en función del coche y, cada vez más, también el universo urbano.
La automovilidad no ha surgido de ninguna necesidad común, consensuada, racional, que una sociedad determinada pudiera plantearse, ha sido sólo un lujo demencial ejercido por las poblaciones de ciertas zonas de los países desarrollados, a costa del saqueo de otras poblaciones y zonas naturales, y a costa también de la propia alienación a un objeto de consumo suntuario.


La "destrucción", paradójicamente, "mueve" la "economía"
El automóvil es, en efecto, una de las mayores herramientas de la actual concepción económica del mundo. El automóvil ha sido la máquina de guerra que ha envuelto al occidente desarrollado en una paz auto indulgente e insensata: la paz del week-end, de la escapada en automóvil hacia la playa o la montaña, la paz blindada por el control armado de países remotos.
El automóvil es además, el eje de la actividad industrial, financiera y energética de nuestra civilización termoindustrial. El objeto que permite la destrucción creativa , -concepto ideado por el sociólogo alemán Werner Sombart y popularizado por el economista austriaco Joseph Schumpeter-, ese ‘conejo de la galera’ del sistema capitalista, que promueve la extracción y procesamiento de casi todos los minerales conocidos, la base misma del empleo del petróleo (quemándolo sin sentido productivo), da lugar al desarrollo de gigantescas infraestructuras que obligan a movimientos de tierras descomunales; genera la creación de industrias y sectores vinculados con el automóvil como el turismo, los seguros, los talleres, las gasolineras, industria del vidrio, de la tecnología, la construcción, el caucho, los motores…
El automóvil se halla en la base de una burbuja de creación-destrucción que permite el crecimiento económico; al ser más baratos que una casa pero más caros que un televisor, están en el punto óptimo para generar un negocio financiero. Admite cientos de configuraciones para todos los mercados... desde las humildes motocicletas para los asiáticos, hasta los portentosos Porches para alemanes y rusos ricos. Su vida útil relativamente breve (3 años dentro de la "moda", 10 años dentro de su "usabilidad") aseguran su rápido ciclo de renovación. Como sabrán -absurda paradoja- los accidentes de tráfico producen "crecimiento económico"...


Automóvil y consenso social
El transporte y las infraestructuras reúnen en general un consenso social y político, al ser considerados bienes en sí mismos, como recursos y riquezas que siempre conviene acrecentar, no es de extrañar que las molestias que genera el transporte (gasto energético, contaminación atmosférica, ruido, ocupación de espacio, fragmentación de sistemas naturales, accidentes, lejanía de emplazamientos, discriminación de no motorizados, gasto de tiempos en traslados... ) sería el precio a pagar por el progreso que por sí mismo reduciría las consecuencias negativas.


Una propuestas, desde el decrecimiento
Para que la gente pueda renunciar a sus automóviles, no basta con ofrecerle medios de transporte colectivo más cómodos. Es necesario que la gente pueda prescindir del transporte al sentirse como en casa en sus barrios, dentro de su comunidad, dentro de su ciudad a escala humana y al disfrutar ir a pie de su trabajo a su domicilio –a pie o en bicicleta. Ningún medio de transporte rápido y de evasión compensará jamás el malestar de vivir en una ciudad inhabitable, de no estar en casa en ningún lugar, de pasar por allí sólo para trabajar o, por el contrario, para aislarse y dormir. no plantear jamás el problema del transporte de manera aislada
Hay que defender alternativas como el ferrocarril convencional que llegue a todos, y fomentar la utilización de los transportes colectivos; la marcha a pie y la bicicleta. Es preciso reconstruir lo local en consonancia con el medio, incrementando la autonomía y la autosuficiencia desvinculándose de la dependencia del mercado mundial.

Publicado en Ssociologos


El buen vivir: una conversación con Alberto Acosta

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"Este buen vivir propone la búsqueda de la vida en armonía del ser humano consigo mismo, con sus congéneres y con la naturaleza, entendiendo que todos somos naturaleza y que somos interdependientes unos con otros, que existimos a partir del otro.

Buscar esas armonías no implica desconocer los conflictos sociales y las diferencias sociales y económicas, ni tampoco negar que estamos en un orden, el capitalista, que es ante todo depredador. Justamente, el sumak kawsay sería un camino para salir de este sistema." 

Entrevista realizada por Luciano Concheiro
 

El buen vivir se presenta como una alternativa radical al capitalismo: propone una nueva relación entre los hombres y, fundamentalmente, de los hombres con la naturaleza. Presentamos aquí una conversación con uno de los principales teóricos e impulsores del tema: Alberto Acosta, exministro de Energía y Minas de Ecuador. Acosta fue también presidente de la Asamblea Nacional Constituyente que redactó la actual Constitución ecuatoriana (2008), la cual otorga derechos inalienables a la naturaleza, convirtiéndola así en sujeto de derecho. El Buen Vivir: Sumak Kawsay, una oportunidad para imaginar otros mundos (Editorial Abya-Yala 2012 e Icaria Editorial, 2013) es su libro más reciente, que fue publicado también en francés (Utopia 2014) y en alemán (Oekom Verlag 2015). – LC 


¿Qué es el buen vivir o, para decirlo en kichwa, el sumak kawsay?
 

El sumak kawsay o buen vivir es una visión del mundo que emerge con fuerza desde los pueblos del sur, los mismos que han sido marginados de la historia. El buen vivir no implica una propuesta académica-política, sino la posibilidad de aprender de realidades, experiencias, prácticas y valores presentes en muchas partes, aun ahora en medio de la civilización capitalista. 


Este buen vivir, para intentar una primera definición, propone la búsqueda de la vida en armonía del ser humano consigo mismo, con sus congéneres y con la naturaleza, entendiendo que todos somos naturaleza y que somos interdependientes unos con otros, que existimos a partir del otro. Buscar esas armonías no implica desconocer los conflictos sociales y las diferencias sociales y económicas, ni tampoco negar que estamos en un orden, el capitalista, que es ante todo depredador. Justamente, el sumak kawsay sería un camino para salir de este sistema. 


¿En qué difiere el buen vivir de otros cuestionamientos a la idea del desarrollo y el progreso? ¿Por qué es una alternativa radicalmente distinta al resto?
 

Las crisis provocadas por el capitalismo desbocado –siempre salvaje– ocasionan mayores niveles de desequilibrios sociales y culturales y conducen, simultáneamente, a una mayor destrucción de la naturaleza. Esta imparable tendencia amplifica cada vez más la exclusión, el autoritarismo y la intolerancia, además de las desigualdades tan propias del sistema capitalista. 


Así las cosas, los límites de la naturaleza, aceleradamente desbordados por la expansión de las actividades propias de la modernidad, exacerbadas por las demandas de acumulación del capital, son cada vez más evidentes. Al mismo tiempo, la inequidad social, inherente al capitalismo, en tanto civilización de la desigualdad, encuentra múltiples y crecientes rupturas, que provocan complejos y dolorosos procesos, como la imparable migración de los países del sur a Estados Unidos y a la Unión Europea; y ahora, incluso, el camino contrario de los habitantes de países en crisis, como España, por dar un ejemplo. 


Esto demuestra claramente que el crecimiento de la economía no tiene como consecuencia la felicidad, ni siquiera en los países considerados desarrollados. Es más: ese crecimiento, a la postre, casi siempre aumenta las brechas en las sociedades: la riqueza de unos pocos se sustenta, con frecuencia, en la explotación de la mayoría y de la naturaleza, o simplemente en la especulación.

Con ese horizonte, es preciso iniciar una discusión reconociendo que el sistema capitalista vive de sofocar la vida y el mundo de la vida, es decir, el trabajo y la naturaleza. Este es el meollo del asunto. No podemos seguir por la vía del progreso tradicional, entendido como un proceso de acumulación permanente de bienes materiales, sin tener a la vista los límites biofísicos de la naturaleza y la imparable y creciente inequidad social. 


Por eso decimos que el buen vivir es algo diferente al desarrollo. No es una alternativa de desarrollo: es una alternativa al desarrollo. No se trata de aplicar un conjunto de políticas, instrumentos e indicadores para salir del “subdesarrollo” y llegar a aquella deseada condición del “desarrollo”. Una tarea por lo demás inútil. ¿Cuántos países han logrado el desarrollo? Muy pocos, asumiendo que la meta buscada pueda ser considerada como desarrollo. 


Los caminos hacia el desarrollo no han sido el problema mayor. La dificultad radica en el concepto mismo de desarrollo. Es más: el mundo vive un mal desarrollo generalizado, incluyendo los países considerados como industrializados, es decir, los países cuyo estilo de vida debía servir como faro referencial para los países atrasados. Eso no es todo: el funcionamiento del sistema mundial es maldesarrollador


En suma, es urgente disolver el tradicional concepto del progreso en su deriva productivista y el del desarrollo en tanto dirección única, sobre todo en su visión mecanicista de crecimiento económico, así como sus múltiples sinónimos. Pero no solo se trata de disolverlos; se requiere una visión diferente, mucho más rica en contenidos y en dificultades. 


¿Qué coloca el buen vivir en el lugar de la noción de desarrollo? ¿Qué visión del tiempo instaura frente a la visión lineal y progresiva de la modernidad?
 

Es importante entender que bajo algunos saberes indígenas no existe una idea análoga a la de desarrollo, lo que lleva a que en muchos casos se rechace ese concepto. No existe la concepción de un proceso lineal de la vida que establezca un estado anterior y posterior, a saber, de subdesarrollo y desarrollo; dicotomía por la que deben transitar las personas o los países para la consecución del bienestar, como ocurre en el mundo occidental. Tampoco existen conceptos de riqueza y pobreza determinados por la acumulación y la carencia de bienes materiales. 


El buen vivir debe ser asumido como una categoría en permanente construcción y reproducción. En tanto planteamiento holístico, es preciso comprender la diversidad de elementos a los que están condicionadas las acciones humanas que propician el buen vivir, como son el conocimiento, los códigos de conducta ética y espiritual en la relación con el entorno, los valores humanos y la visión de futuro, entre otros. El buen vivir, en definitiva, constituye una categoría central de la filosofía de vida de las sociedades indígenas. 


Desde esa perspectiva, el desarrollo convencional es visto como una imposición cultural heredera del saber occidental, por lo tanto colonial. Las resistencias a la colonialidad implican un distanciamiento del desarrollismo. La tarea por tanto es descolonizadora, y además debe ser despatriarcalizadora. En este proceso se necesita, en primer lugar, una descolonización intelectual para poco a poco descolonizar la economía, la política, la sociedad. 


El buen vivir, en definitiva, plantea una cosmovisión diferente a la occidental al surgir de raíces comunitarias no capitalistas. Rompe por igual con las lógicas antropocéntricas del capitalismo, en tanto civilización dominante, y con los diversos socialismos realmente existentes hasta ahora, que deberán repensarse desde posturas socio-biocéntricas y que no se actualizarán simplemente cambiando de apellidos. No olvidemos que socialistas y capitalistas de todo tipo se enfrentaron y se enfrentan aún en el cuadrilátero del desarrollo y del progreso. 


¿Qué tipo de sociedad pretende construir el buen vivir?
 

El buen vivir propone, y aquí repito lo que dije arriba, sociedades sustentadas en una vida armónica del ser humano consigo mismo, con sus congéneres y con la naturaleza, porque todos somos naturaleza y solo existimos a partir del otro. 


A diferencia del mundo del consumismo y de la competencia extrema, lo que se pretende es construir sociedades en las que lo individual y lo colectivo coexistan en complementariedad entre sí y en armonía con la naturaleza, y en las que la racionalidad económica se reconcilie con la ética y el sentido común. La economía tiene que reencontrarse con la naturaleza, para mantenerla y no para destruirla; en definitiva, para retornar a su valor de uso y no al valor de cambio. 


El objetivo no puede ser tener siempre cada vez más bienes materiales, objetivo inviable de sostener en el tiempo en un mundo con límites biofísicos que ya están siendo amenazados. Como dicen los sabios andinos: rico no es aquel que tiene muchas cosas materiales sino el que tiene menos necesidades. Esto conduce, por cierto, a una redistribución de esas cosas acumuladas en pocas manos. Esta aceptación no significa negar valiosos avances tecnológicos de la humanidad. 


El buen vivir implica un cambio civilizatorio. Se pone en entredicho aquella idea de la Ilustración que se difundió con mucha fuerza desde hace varios siglos, a través de la cual se creía que el ser humano está obligado a dominar y controlar la naturaleza. 


Uno de los principios básicos del buen vivir es el planteamiento de una nueva relación entre el hombre y la naturaleza. ¿Cómo es esta relación? ¿Qué subjetividades emanan de ella?
 

A contrapelo de la dominante lógica antropocéntrica se precisa una aproximación socio-biocéntrica que nos conmina a avanzar entendiendo la naturaleza como sujeto de derechos. A lo largo de la historia del Derecho, cada ampliación de los derechos fue anteriormente impensable. La emancipación de los esclavos o la extensión de los derechos a los afroamericanos, a las mujeres y a los niños y niñas fueron alguna vez rechazadas por ser consideradas como un absurdo. Se ha requerido que se reconozca el derecho de tener derechos, y esto se ha conseguido siempre con una intensa lucha política para cambiar aquellas leyes que negaban esos derechos. 


La liberación de la naturaleza de esta condición de sujeto sin derechos, o de simple objeto de propiedad, exigió y exige un esfuerzo político que la reconozca como sujeto de derechos. Este aspecto es fundamental si aceptamos que todos los seres vivos tienen el mismo valor ontológico, lo que no implica que todos sean idénticos. 


El asunto no es fácil. No será sencillo hacer realidad los derechos de la naturaleza; estos derechos significan alentar políticamente su paso de objeto a sujeto, como parte de un proceso centenario de ampliación de los sujetos del Derecho. Lo central de los derechos de la naturaleza es rescatar el derecho a la existencia de los propios seres humanos. Este es un punto medular de los derechos de la naturaleza. 


Entonces, no es necesaria una nueva economía, como se anotó antes, sino que se precisa otra forma de hacer política. Para empezar, es indispensable desarrollar el concepto de ciudadanía mismo. Los derechos de la naturaleza necesitan, y a la vez originan, otro tipo de definición de ciudadanía, que se construye en lo social pero también en lo ambiental: la meta-ciudadanía-ecológica. Ese tipo de ciudadanías son plurales, ya que dependen de las historias y de los ambientes; acogen criterios de justicia ecológica que superan la visión tradicional de justicia. 


Entonces, además de la ciudadanía ecológica y de la misma ciudadanía individual, de corte liberal, es preciso recuperar y fortalecer la ciudadanía colectiva, que surge de los derechos colectivos de pueblos y nacionalidades. Ciudadanías todas que deberán nutrirse de lo comunitario, donde los individuos encuentran el sentido de su existencia. Y son estas ciudadanías –individuales y colectivas– las que –tal como se prevé en la Constitución ecuatoriana– deberán defender y cristalizar los derechos de la naturaleza. 


En las nuevas constituciones de Ecuador (2008) y Bolivia (2009) se formalizaron algunas de las ideas del buen vivir. ¿Por qué elegir el camino constitucional? ¿Qué elementos fueron incorporados?
 

Cada uno de estos procesos tiene su explicación propia. El proceso constituyente ecuatoriano –fiel a las demandas acumuladas en la sociedad ecuatoriana, consecuente con las expectativas creadas y responsable ante los problemas que se vivía y se habían acumulado durante siglos– se proyectó como medio, e incluso como un fin, para dar paso a cambios estructurales. Así, en el contenido constitucional afloran múltiples propuestas para impulsar transformaciones de fondo, construidas a lo largo de muchas décadas de resistencias y de luchas sociales y que articularon diversas agendas, de los trabajadores, los indígenas, los campesinos, los pobladores urbanos, los estudiantes, los ecologistas, las mujeres, los ancianos, los jóvenes y otros tantos sectores progresistas. Justamente en estas luchas de resistencia y de propuesta, cuando se enfrentaba al neoliberalismo, se fueron construyendo alternativas de desarrollo e incluso alternativas al desarrollo, como lo es el buen vivir. 


Un dato a tener presente: en Ecuador se registran veinte constituciones desde 1830. Esto habla de inestabilidad institucional, así como de la lógica política de este proceso constituyente en un país que se encuentra en permanente ebullición por la cantidad de problemas que se acumulan desde hace cientos de años y que se quiere resolver a través de la participación democrática. 


¿Podría convertirse el buen vivir en una alternativa global o funciona exclusivamente en los países con raigambre indígena?
 

Con su postulación de armonía con la naturaleza, de reciprocidad, de relacionalidad, de complementariedad y de solidaridad entre individuos y comunidades, con su oposición al concepto de acumulación perpetua, con su regreso a valores de uso, el buen vivir, en tanto propuesta despejada de prejuicios y en construcción, abre la puerta para formular visiones alternativas de vida. 


El buen vivir, sin olvidar y menos aún manipular sus orígenes ancestrales, puede servir de plataforma para discutir, concertar y aplicar respuestas frente a los devastadores efectos de los cambios climáticos a nivel planetario y las crecientes marginaciones y violencias sociales en el mundo. Incluso puede aportar para plantear un cambio de paradigma en medio de la crisis que golpea a los países otrora centrales. En ese sentido, la construcción del buen vivir, como parte de procesos profundamente democráticos, puede ser útil para encontrar incluso respuestas globales a los retos que tiene que enfrentar la humanidad. 


Esta propuesta del buen vivir, siempre que sea asumida activamente por la sociedad, se puede proyectar con fuerza en los debates que se desarrollan en el mundo y podría inclusive ser un detonante para enfrentar propositivamente la creciente alineación de una gran mayoría de habitantes del planeta. Dicho en otros términos, la discusión sobre el buen vivir no debería circunscribirse a las realidades andinas y amazónicas. Si bien admitimos lo extremadamente difícil que será asumir el reto de construir el buen vivir en comunidades inmersas en la vorágine del capitalismo, estamos convencidos de que hay muchas opciones para empezar a construir esta utopía en otros lugares del planeta, inclusive en los países industrializados. 


El buen vivir, que surge desde visiones utópicas, se fundamenta en la realidad del todavía vigente sistema capitalista y en la imperiosa necesidad de impulsar en el mundo la vida armoniosa entre los seres humanos y entre estos y la naturaleza; una vida que ponga en el centro la autosuficiencia y la autogestión de los seres humanos viviendo en comunidad. El esfuerzo debe estar centrado en las sustancias (Ana Esther Ceceña) antes que en las formas (instituciones o regulaciones). Ese es, en definitiva, un gran desafío para la humanidad. 


El buen vivir andino-amazónico cuestiona el concepto eurocéntrico de bienestar y, en tanto propuesta de lucha, enfrenta la colonialidad del poder. Sin minimizar este aporte de los indígenas, hay que aceptar que las visiones andinas y amazónicas no son la única fuente de inspiración para impulsar el buen vivir. Incluso desde diversos espacios en el mundo, y aun desde círculos de la cultura occidental, se han levantado –desde tiempo atrás– muchas voces que podrían estar de alguna manera en sintonía con esta visión indígena. 


Además de estas visiones del Abya-Yala, hay otros muchos pensamientos filosóficos de alguna manera emparentados con la búsqueda del buen vivir, visiones filosóficas incluyentes con la naturaleza y las comunidades humanas en diversas partes del planeta. El sumak kawsay o buen vivir, en tanto cultura de la vida o de la vida en plenitud, con diversos nombres y variedades, ha sido conocido y practicado en diferentes periodos en las diferentes regiones de la Madre Tierra; Ubuntu en África o Svadeshi, Swaraj y Apargrama en la India. Más allá de las críticas que se pueda hacer a los orígenes de la filosofía occidental, se podría incluso rescatar elementos de la “vida buena” de Aristóteles. Además, desde diversos ángulos, no solo desde estos espacios, aparecen respuestas a las demandas no satisfechas por las visiones tradicionales de la modernidad. 


El buen vivir, entonces, no es una originalidad ni una novelería de los procesos políticos de inicios del siglo XXI en los países andinos. El buen vivir forma parte de una larga búsqueda de alternativas de vida fraguadas en el calor de las luchas de la humanidad por la emancipación y la vida.

Desde esa perspectiva, el concepto del buen vivir no solo tiene un anclaje histórico en el mundo indígena; se puede sustentar también en otros principios filosóficos: ecológicos, feministas, cooperativistas, marxistas, humanistas… 


Finalmente, ¿cree que es posible aprovechar los avances tecnológicos de la humanidad junto con los conocimientos propios de culturas ancestrales?
 

El gran reto en este momento es cómo aprovechar todos los conocimientos disponibles. No podemos cerrarnos a los avances de la ciencia, especialmente la quántica y la relativista. Como pocas veces en la historia de la humanidad, la información y los avances tecnológicos han alcanzado niveles inimaginables hace solo pocas décadas. Hay que tener la capacidad para saber discernir cuál es la información relevante. El actual bombardeo mediático no es necesariamente positivo. La sobresaturación de determinada información, controlada y mediatizada por determinados grupos e intereses de poder transnacionales o nacionales, hace mucha de esa información inservible. La relativamente excesiva información oculta, consciente o inconscientemente, aquellas informaciones que realmente contribuirían a la liberación del ser humano. 


El mundo se asemeja cada vez más a una suerte de medioevo tecnocrático. Reducidos grupos humanos concentran la riqueza y los avances tecnológicos, manteniendo crecientes exclusiones sociales, en medio de insospechadas tensiones políticas y sociales, así como provocando un marcado deterioro ecológico. Siempre hay que tener presente que la tecnología per se no resuelve nada: no vivimos un problema tecnológico sino uno de tipo político estructural. 


Entonces, sin negar para nada los veloces avances tecnológicos alcanzados en las últimas décadas y que nos seguirán sorprendiendo día a día, hay que tener presente que no toda la humanidad accede por igual al mundo de la informática, por ejemplo. Todavía la mitad o más de los habitantes del planeta, al empezar el nuevo milenio, no tenían contacto con un teléfono, no se diga con el internet.

Esta constatación, sin minimizar el papel de las tecnologías de punta y su masiva difusión, nos remite al valor que tiene el papel y el lápiz como herramientas de liberación. Esto, adicionalmente, nos dice que muchos de los retos futuros siguen siendo los mismos de antaño y que la posibilidad de una Edad Media de alta tecnología pero excluyente en extremo es una posibilidad amenazadora en ciernes o quizás ya en pleno proceso de construcción… Tengamos presente la construcción de muros materiales e inmateriales alrededor de las grandes naciones industrializadas: Estados Unidos o Europa, a nivel internacional; así como alrededor de los barrios de los grupos acomodados de la población, a nivel local. 


Pero, como todavía hay pueblos conscientes y personas críticas, hay que confiar en un futuro humano de convivencia armónica con la naturaleza y que permita una vida digna para todos los habitantes del planeta. 


Una cosa importante es pelear en los espacios locales, y ayudar a que esos grupos que han manejado durante mucho tiempo una forma diferente de relación con el entorno puedan hacerse cada vez más fuertes. Pero al mismo tiempo hay que construir respuestas globales; por ejemplo, para desarmar las instituciones y prácticas que alientan la especulación financiera. Debemos impedir que la humanidad incursione en una pesadilla tecnológica totalitaria. Para lograrlo requerimos otros niveles de organización plural de las sociedades mundiales, desde donde se podrá plantear con mayor claridad y profundidad soluciones globales. Y en ese campo el buen vivir o los buenos convivires son también una propuesta para toda la humanidad.