Residuos para desecho

Dada la naturaleza entrópica del proceso económico, el residuo es un ‘output’ tan inevitable como el ‘input’ de los recursos naturales. Más y mejores motos, coches, aviones, refrigeradores, etc., causarán no sólo más y mayor agotamiento de los recursos naturales, sino también más y mejor contaminación.

El residuo es un fenómeno físico que es generalmente nocivo para la vida humana. Deteriora constantemente el entorno de muchas maneras: químicamente, como en la contaminación de mercurio; nuclearmente, como en el desecho radioactivo; físicamente como en la minería a cielo abierto.

La mayor parte del desecho molesto –basura, cadáveres, excremento- también se reduce por procesos naturales. Hay procesos higiénicos incómodos, pero lo importante es que estos desperdicios no causan un daño permanente o irreductible a nuestro entorno; no ocurre siempre así, por ejemplo con los residuos nucleares (en el caso del plutonio-239, la reducción de un 50 por 100 tarda veinticinco mil años)

La humanidad es como una familia que consume unos suministros limitados que hay en la despensa y arroja los inevitables desperdicios en un cubo de basura finito: el espacio en torno a nosotros.

El calor adicional en que se transforma finalmente toda la energía de origen terrestre cuando es utilizada por el hombre puede afectar el delicado equilibrio termodinámico de nuestro planeta mediante las islas de calor producidas por las plantas industriales de energía alterando la flora y fauna local de ríos, lagos e incluso mares ribereños o puede aumentar la temperatura de la Tierra hasta fundir los casquetes helados.

Para saber más: Energía y mitos económicos. Nicholas Georgescu-Roegen. 1975

Vivir sencillamente: simplicidad voluntaria


Podemos ver que la simplicidad voluntaria es revolucionaria en la medida que es la antítesis del sistema que necesita el crecimiento continuado por subsistir. Como ya alertaba Illich en los años setenta, delante de los límites del sistema, nos encontramos en la posibilidad de una reconstrucción convivencial fundada en la austeridad voluntaria que emerge de la ética individual y colectiva, llevando a la renuncia voluntaria de toda producción y consumo de objetos/instrumentos que malogren la armonía dinámica del sistema.

En el otro extremo, el ecofascismo, la respuesta autoritaria y represiva que emerge de la imperiosa necesidad de preservar los delicados y complejos equilibrios sociales y ecológicos a partir del control y la imposición tecnocrática y policial de normativas, restricciones y todo tipos de controles sobre la acción individual y colectiva allá dónde estos limites no son logrados en función de la conciencia individual y colectiva de las personas.

Tener menos por vivir más allá de nuestra supervivencia social y biológica; la simplicidad voluntaria se justifica por si misma como un elemento central del arte de vivir y vivir bien. Contrariamente a la creencia moderna que ve en el crecimiento y la acumulación ilimitadas la base del progreso y de la mejora cualitativa, el bien (la ética) y el bueno (l’estética) se basan en el equilibrio entre las partes de un sistema y no en el crecimiento desenfrenado de una de sus partes.

Así, tal y como muestra Max-Neef en su Desarrollo a escala humana, las necesidades humanas son finitas y limitadas, no ilimitadas. Lo que pueden ser infinitos son los satisfactores, es decir, los medios que diferentes sociedades tienen para satisfacerlos. Tenemos una necesidad limitada de ingestión de alimentos e incluso de necesidades intangibles como la libertad o la participación. De hecho, una vez que llegamos a un grado adecuado de libertad y autonomía a la hora de estructurar nuestra existencia, abdicamos con placer de parte de nuestra libertad individual en pro de la participación y las relaciones con las demás.

De hecho, más allá de un determinado límite, la satisfacción de determinadas necesidades se traduce no en bienestar, sino en enfermedad. La sobrealimentación se convierte en obesidad y la sobrelibertad en soledad y, tal y como muestran Maturana y Varela, en la pérdida de todo que nos caracteriza como humanos en la medida que somos el fruto de una historia individual y colectiva dónde nos (re)creamos continuamente en nuestras interrelaciones con los demás.

Traducción de un extracto del artículo Viure simplement per simplement viure escrito por Andri W. Shahel en el número 162 de la revista Illacrua monogràfic decreixement

La hipótesis Gaia

Gaia es la Tierra vista como un sistema singular, una entidad viva, en la que, como ocurre con otros organismos vivos, su composición química y su temperatura se autorregulan de acuerdo con el estado más favorable para la vida.

La hipótesis Gaia considera la evolución de los organismos como algo tan estrechamente emparejado con la evolución de su medio ambiente físico y químico, que juntos forman un único proceso evolutivo, que es autorregulador.

Por tanto, el clima, la composición de las rocas, el aire y los océanos no vienen dados simplemente por la geología; también son consecuencia de la presencia de la vida. A través de la incesante actividad de los organismos vivos, las condiciones en el planeta se han mantenido favorables para la persistencia de la vida durante los últimos 3.600 millones de años.

Gaia sería un organismo vivo que utiliza la energía solar y realiza un metabolismo a escala planetaria. Un tipo de energía libre de grado alto, como la luz del sol, reduce su gradiente dentro de los límites del espacio planetario, y excreta energía de grado bajo, como rayos infrarrojos al espacio.

La Tierra parece tener una atmósfera que retiene justo la cantidad correcta de calor para mantener un clima cómodo para los organismos vivos, y ha sido así desde la aparición de la vida. Las bacterias han creado y mantenido los organismos vivos, interrelacionándose químicamente con el medio ambiente para crear unas condiciones lo más favorables posibles para la vida mediante en un proceso evolutivo – la simbiogénesis-, que permitiera el mantenimiento de Gaia.

Para saber más: Microcosmos. Lynn Margulis.

Para saber más: Gaia. James Lovelock.

Simbiogénesis


Hay dos tipos de vida: Las bacterias y las comunidades de bacterias. Toda la vida son bacterias y las bacterias son unidades, son seres vivos, unidades vivas. Todo lo demás, que se ve como animales o plantas, son seres compuestos por más de un tipo de bacteria. Es decir, son el resultado de la simbiogénesis entre más de un tipo de bacteria.

La simbiogénesis consistiría en el cambio evolutivo que se da mediante la asociación de dos o más especies diferentes para formar un nuevo organismo, se trata de un verdadero motor evolutivo, y los protagonistas no son los genes, sino las bacterias. Ellas son los verdaderos artífices de la biodiversidad y complejidad biológica.

La vida se originó con las bacterias, unos organismos que se expandieron primero en el agua, donde modificaron el líquido y produjeron gases.

En condiciones favorables las bacterias pueden doblar su población cada veinte minutos de modo que, en cuestión de un solo día y a partir de un único espécimen, el número de individuos de un cultivo puede llegar a varios miles de millones.

Su capacidad de transmisión de la información, se basa en tres estrategias que funcionan en paralelo y que no tienen nada que ver con la transmisión vertical de información genética por descendencia -infinitamente más lenta y dificultosa- que caracteriza a nuestra especie:

(1) transmisión de material genético (conjugación) a través del tubo conyugal desarrollado a tal propósito;

(2) transmisión de ADN de una bacteria a otra por medio de virus bacteriófago (trasducción) y

(3) traspaso de material genético (transformación) entre bacterias -o de otros organismos a éstas- por penetración de la pared celular.

Estamos pues hablando nada menos que de un sistema polifacético de multiplicación y de transmisión cuasi instantánea, en red y de forma horizontal -sin tener que esperar de una generación a otra- de las claves genéticas para la adaptación y la supervivencia. De ahí la inmensa variedad del mundo bacteriano, de cuya diversidad y según algunos estudios, apenas conocemos el uno por ciento. De ahí la enorme capacidad de las bacterias para vivir en ambientes absolutamente inhóspitos y distintos, desde las cumbres más heladas hasta las simas marinas más profundas, con oxígeno o sin él, con luz o sin ella, etc.


Para saber más: Entrevista a Lynn Margulis en la UAB Barcelona.

Para saber más: Las cosas por su nombre. David Sempau.

Para saber más: Microcosmos. Lynn Margulis y Dorion Sagan.

Para saber más: Captando genomas. Lynn Margulis y Dorion Sagan.

Vida y complejidad


Para considerar que una entidad está viva, ésta ha de ser ante todo autopoyética (construcción de uno mismo), es decir, ha de mantenerse activamente contra las adversidades del mundo. La vida responde a las adversidades utilizando materia y energía para permanecer intacta, este automantenimiento activo se encuentra en la base de toda vida conocida.

Todas las células (unidad mínima de vida) reaccionan a las perturbaciones externas para conservar aspectos clave de su identidad dentro de sus límites. Esto les da identidad y memoria

En cualquier organismo, en cualquier entidad autopoiésica, es posible identificar una fuente específica de energía sustentable (luz visible, oxidación del metano o del sulfuro), junto con otra de carbono (azúcar, proteína, dióxido de carbono), nitrógeno u otros elementos químicos necesarios.

La mayoría de las evolucionistas argumentan que la vida se originó en la Tierra, tal vez por causa de un determinado gradiente químico entre compuestos ricos en hidrógeno y otras sustancias ricas en carbono y oxígeno. La vida desarrolló la identidad de la célula.

La vida como un sistema cíclico más, con una dilatada historia (alrededor de 4.000 millones de años), cuya existencia queda explicada por su eficacia en la reducción de gradientes, superior a la de los sistemas no vivos a los que reemplaza.

Sin embargo, el problema de lo complejo es que es complejo; casi siempre, lo complejo modifica el sistema y lo transforma. Las relaciones no son lineales, existen realimentaciones que cambian las cosas.

Así, la membrana de una célula, controla los intercambios de energía y materia, autorregulando el flujo en función del sistema en que se integra, que a su vez es capaz de incidir en la regulación de su entorno. Lo complejo es así mucho más activo. El sistema que evoluciona intercambia no toda la información que puede, sino la que le interesa, la que le es útil.

Para saber más:
"El Origen de Gaia". Editorial Abecedario. Carlos de Castro.

Para saber más: Captando genomas. Lynn Margulis y Dorion Sagan. 2.002.

Para saber más: Microcosmos. Lynn Margulis y Dorion Sagan. 1.986.

Deterioro del empleo

Julio García Camarero

El mercado de trabajo asalariado es un ámbito clave del sistema capitalista ya que en él los propietarios de los recursos productivos y financieros movilizan la fuerza de trabajo. Es decir, la población en edad de trabajar ofrece su única mercancía disponible: la mano de obra. A pesar de que para denominar este ámbito se emplee de forma corriente el concepto “mercado”, que hace referencia a un intercambio entre partes que se suelen considerar libres e iguales, el mercado laboral en realidad hace referencia a una relación social central de un modelo de sociedad marcado por la desigualdad, la explotación y el dominio de las empresas y entidades financieras, como consecuencia de poseer la propiedad privada de los recursos financieros y productivos, son las que deciden y controlan el número de empleos asalariados que necesitan, dejando desempleados a todos aquellos trabajadores que no les hagan falta a las empresas.

Por tanto, el trabajo está sometido a los vaivenes de las necesidades de acumulación y crecimiento: los períodos de plena ocupación se encadenan con etapas de fuerte paro, y cambian substancialmente los tipos de relaciones laborales.

En el Informe TAIFA No3 se expuso cómo el mundo del trabajo en la etapa de crecimiento económico precedente a la crisis actual había experimentado un giro neoliberal que adecuó las relaciones laborales a las necesidades de la “acumulación flexible”. Los tiempos de trabajo y el volumen de las plantillas se ajustaron cada vez más a las variaciones de la producción. Se estimuló el empleo mediante políticas de activación dentro del marco del ‘workfare’, pero orientando las formas de trabajo hacia el empleo temporal, formas irregulares de trabajo (“autónomos”), trabajadores sin contrato, trabajo a tiempo parcial, etc. Lo que, condujo a un incremento de la precariedad, y al retroceso en los salarios reales de los trabajadores. En el estado español, el resultado fueron unas tasas de empleo al alza (la tasa de ocupación se elevó del 41% al 54% entre 1997 y 2007) pero con una creciente precariedad, (entre el 50-60% de toda la mano de obra empleada trabajaba en precario). 

Y toda esta visión tan negativa del panorama laboral futuro, solo nos muestra el prologo de que muy próximamente pueda suceder. Y es que el verdadero enemigo del empleo es el crecimiento porque gracias a él aparece la posibilidad para las grandes corporaciones de poder sustituir a los trabajadores por robots, mediante la aplicación de fuertes inversiones a partir de los recursos obtenidos en el crecimiento del PIB. Y esto, sino se reduce drásticamente la jornada laboral y el consumismo-productivismo, pronto nos traerá un desempleo de dimensiones inverosímiles. Es algo que podremos ver, como ejemplo, en el caso de China, que ya es el país mas desarrollado del mundo (desde el punto de vista capitalista) porque ya es el que tiene las empresas más automatizadas, mayor crecimiento del PIB, y mayor paro y precariedad en todo el mundo.

Mirando a China podemos ver como será, en muy pocos lustros, el capitalismo global de todo el planeta Tierra, si no es que antes no ha saltado todo por lo aires en una crisis final. Puede que al capitalismo no le hunda “una lucha final”, como dice la letra del himno de la Internacional, sino más bien una crisis final. O sea, una muerte natural por atracón.
 
Y pasemos a ver este caso de china a partir de una noticia muy indicativa, una entrevista que le hizo EFE a un alto directivo de la empresa iPhone:

La fabricante del iPhone quiere sustituir a un millón de empleados por robots.[…] El plan se desarrolla en tres fases y el objetivo final es la automatización completa, dijo Day Chia-peng, director general del comité de desarrollo de tecnología de automatización de Foxconn, según informa este jueves la agencia taiwanesa CNA.
La primera fase consiste en crear puestos de trabajo automatizados para las tareas peligrosas o que los empleados no quieren o no les interesa realizar […] la segunda fase automatiza líneas de ensamblaje completas y la tercera robotiza completamente la fábrica.[…]
Foxconn planea fábricas totalmente automatizadas en Chengdu, suroeste de China, para la producción de tabletas, y en Chongqing, también en el suroeste de China, para producir ordenadores todo en uno. El grupo Foxconn ya cuenta con más de 40.000 robots industriales “Foxbot” en sus fábricas y planea añadir unos 10.000 robots más anuales.1

La naturaleza aborrece el gradiente


Podemos entender la idea de gradiente como ese aborrecimiento de la Naturaleza al vacío, cuando el aire se precipita a llenar cualquier vacuidad que produzcamos con una bomba; o la gravedad que atrae a los cuerpos cuando cualquier cuerpo arrojado al vacío caerá hacia abajo.

Los gradientes originales descritos por la ciencia se referían a los motores de vapor. Las diferencias entre calor y frío, podían ser convenientemente transformadas en energía por la máquina. En los sistemas aislados, éstos acababan de perder su funcionalidad y sus moléculas constituyentes terminaban por disponerse aleatoriamente, hasta el punto de no poder seguir funcionando.

En la naturaleza existe una tendencia espontánea a reducir los gradientes de la forma más rápida posible: “La naturaleza aborrece el gradiente”.

Los sistemas complejos, se forman con elevada probabilidad, dado que permiten el camino más probable para las transformaciones energéticas.Los flujos de energía creados por la complejidad y el orden son más eficientes disipando gradientes y además, una vez que se establece su posibilidad de existencia, son más probables.

Por ejemplo, un gradiente de presión atmosférica, por ejemplo, tardaría más en alcanzar el estado de caos aleatorio sin el complejo sistema cíclico del tornado, cuya función consiste en alcanzar ese fin natural.
La pregunta que surge es: Si los seres vivos somos sistemas complejos. ¿Estamos avocados a disipar los gradientes de la forma más eficiente y rápida posible?

Para saber más: Entropía versus complejidad. Carlos de Casto.

Para saber más: Captando genomas. Lynn Margulis y Dorion Sagan. 2002.

Comportamientos de consumo y decrecimiento sostenible

Vicente Manzano

 
Cuando nos preguntamos por el origen de las injusticias, casi siempre se las carga el mismo: ‘el sistema’. Es decir, los grandes poderes económicos. Ahora bien, existe un vínculo directo entre el poder económico y cada uno de los ciudadanos: el consumo. Nos guste o no, seamos o no conscientes de ello, todos somos una pieza clave del tal denostado ‘sistema’. Ello puede ser visto como una carga de culpabilidad que no queremos soportar. Pero también puede ser visto como una situación estratégica inmejorable: sin nosotros, el timón no gira.

Hace ya tiempo que las empresas no venden objetos porque las personas no los compran. No son productos ni servicios lo que adquirimos, sino símbolos. Los mayores esfuerzos en el mercado de productos se centran en construir imagen de marca.

“Importa recordar que más que los caracteres físicos de los bienes cuentan los simbólicos, ligados a sistemas sociales de creencias, a las capacidades personales y a la identidad social y moral de las personas”.

Adela Cortina

Las personas nos vamos construyendo en la búsqueda de una identidad reconocida dentro y fuera de la piel. Esta identidad cobra forma mediante estilos de vida. Y hoy los estilos de vida van indisolublemente ligados a estilos de consumo. Lo esperable es optar por engancharse al carro del crecimiento insostenible mediante la actitud de compra conscientemente ciega.

El consumo puede servir, no sólo para satisfacer necesidades y deseos, para compensar a los individuos que se sienten inseguros o inferiores, para simbolizar éxito o poder, para comunicar mensajes, sino también para crear el sentido de la identidad personal o para confirmarlo. La clave de la identidad y el estatus social parece no consistir ya en el sueldo, la ocupación o la clase, sino en el estilo de vida elegido, que puede ser cualquiera, con tal de que se cuente con la capacidad adquisitiva para costearlo.

El decrecimiento sostenible es una filosofía práctica de vida. Se encuentra en consonancia con movimientos de consumo responsable, de vida lenta, de comida lenta, de gasto mínimo, etc. No puede ser impuesto desde cambios en la producción ni mediante legislaciones. Debe ser voluntaria y libremente asumido por los agentes individuales, como vaticina la teoría (que no la práctica) del mercado y de la democracia. Por ello, el campo de batalla directo no son los pasillos, ni las movilizaciones, ni la acción lobby, sino la mente del consumidor:

El consumidor moderno es físicamente pasivo, pero mentalmente muy activo. El consumo es más que nunca una experiencia que tiene lugar en la cabeza, un asunto del cerebro y de la mente, en lugar de un simple proceso dirigido a satisfacer necesidades biológicas corporales”. La mente es el lugar donde campea el marketing comercial y el político. Es donde se construyen necesidades y deseos que sólo el crecimiento insostenible es capaz

El exceso de dominación se vuelve contra el dominador


Jorge Riechmann - Última llamada

Una Modernidad alternativa

Erasmo en su Elogio de la locura , ese tratado humanista donde la ironía alcanza cotas difícilmente superables, reprueba a los “mortales que, en lugar de la felicidad, buscan la sabiduría. Son doblemente necios, puesto que nacidos hombres olvidan su condición de hombres y aspiran a vivir como inmortales, y a modo de los gigantes hacen la guerra contra la naturaleza con las armas de la ciencia”. Dejemos de lado la retranca con que está escrita toda la obra y preguntémonos en serio: asumir la finitud humana y renunciar a la dominación, una de cuyas variantes principales es la “guerra contra la naturaleza” peleada con las armas de la ciencia y de la técnica, ¿no es un camino luminoso? Tal sería el programa erasmista en los albores de la Modernidad, el programa de una casi nonata Modernidad alternativa que también rastreamos en los escritos de Bartolomé de las Casas, o de Michel de Montaigne… y que sigue siendo de completa actualidad en el siglo XXI.

Fijémonos en la Francia renacentista y barroca, uno de los centros de origen de la Modernidad. Del lado de René Descartes quedaría el énfasis en la dominación de la naturaleza: recordemos el famoso pasaje del Discurso del método VI donde nos insta a convertirnos en “amos y señores de la Naturaleza”. Del lado de Montaigne tendríamos un humanismo autolimitado potencialmente “ecosófico”. Tal sería la línea minoritaria en esta bifurcación: una Modernidad no prometeica, no fáustica, no titánica, amiga de la autocontención. Montaigne no sería mal santo patrón para esta segunda línea: es indudablemente moderno, pero esboza una modernidad alternativa…

Rechazar la finitud y perseguir la dominación: en esta fórmula podríamos resumir el extravío de la Modernidad euro-norteamericana a partir del siglo XVI… Soñamos –contrafácticamente— con un curso civilizatorio diferente, que hubiera buscado otras metas y fomentado otros valores: acoger al extraño, cuidar lo frágil, hacer las paces con la naturaleza, aceptarnos como los vulnerables seres mortales que somos. La Ilustración que necesitamos no es –sólo— la de Newton, Voltaire y Kant; ésa nos empuja también a abismos, si no la reequilibra la autocrítica ilustrada de Goya y Leopardi.

Humanismo más allá del narcisismo de especie

En la era del calentamiento climático, la debacle energética y el holocausto biológico que el capitalismo fosilista ha puesto en marcha, necesitamos –nos dice Roy Scranton en ese estupendo librito que es Learning to Die in the Anthropocene, City Lights Books- un nuevo humanismo, una “nueva relación con las tradiciones profundamente políglotas de la cultura humana”. Necesitamos formas nuevas de pensar sobre nuestra existencia colectiva, preguntas más perspicaces y atinadas, nuevas visiones de quiénes somos “nosotros” en el tercer planeta del Sistema Solar: Homo sapiens en el primer siglo del tercer milenio, ése que podemos llamar el Siglo de la Gran Prueba.

Pero humanismo no apunta sólo hacia una solución: también es un término que forma parte del problema. Como casi todo lo humano, es ambiguo. Durante los cinco siglos últimos, ese período histórico que solemos llamar Modernidad, el humanismo –con su creencia básica en la centralidad y valor excelso del ser humano- no sólo ha alentado nuestros esfuerzos de emancipación: también ha estimulado nuestra creencia de ser algo muy especial dentro (o más bien fuera) de la naturaleza, seres superiores a todos los demás seres vivos –quienes por tanto pueden ser objeto ilimitado de nuestras manipulaciones y nuestra voluntad de dominación.

El humanismo descentrado, el humanismo no antropocéntrico que precisamos no es el de seres humanos que se sienten fuera de la naturaleza y por encima de ella, sino muy dentro de ella, y construyendo simbiosis con ella.

¿Qué derecho tenemos a ocuparlo todo, a acapararlo todo?

¿Qué razones tenemos para desear ese humanismo descentrado? Quiero explorar brevemente dos conjuntos de ellas. Se trata primero de razones de justicia, y en segundo lugar de razones de autoconservación.

Hoy, la posición especial de los seres humanos como especie dominante de la biosfera es innegable (por eso hablamos de Antropoceno) a la vez que ambigua. Pues dominio no implica control, ni capacidad de remodelar la biosfera –como sueña la cultura dominante- de acuerdo con “nuestros propios” intereses (las comillas son inevitables, pues quizá, además de decir “Antropoceno”, tendríamos que hablar de “Capitaloceno”). Tenemos un fenomenal problema de aprendiz de brujo… Nuestra propia posición es extremadamente frágil si la comparamos con otras especies con más posibilidades de futuro --bacterias, algas, hongos, insectos...--. En cierto sentido las bacterias dominan la Tierra, pero en otro la dominamos sin duda los seres humanos.

Bien, dominamos. Dominamos sin duda a los demás animales cercanos a nosotros. Por ejemplo, un cálculo de la biomasa (en peso) de los mamíferos terrestres hoy existentes arroja el resultado siguiente: humanos + ganado y mascotas, 97'11 %; seres silvestres, 2'89 % .

Los seres humanos representamos el 30'45%... Más de diez veces lo que suponen los mamíferos salvajes. Y vivimos de espaldas a esa realidad, sumidos en nuestra burbuja cultural, como vivimos de espaldas a tantas otras realidades básicas… Cuando en charlas y debates he pedido a la audiencia que estimaran el porcentaje de esa biomasa de seres silvestres, las estimaciones oscilaban entre 20% y 70%. ¡Así de alejadas están nuestras percepciones de la realidad!

Hay en el mundo, hoy, unos 900.000 búfalos africanos… frente a 1.500 millones de vacas. 200.000 lobos… y más de 400 millones de perros domésticos. 50 millones de pingüinos… y 20.000 millones de gallinas. (Echa estas cuentas Yuval Noah Harari en su reciente libro Homo Deus, ed. Debate). La pregunta de justicia que hemos de hacernos es: ¿por qué una sola especie se arroga el derecho de tratar así a todas las demás? ¿Cómo se nos ocurre que tenemos derecho a ocuparlo todo, a acapararlo todo?

Y es que además la dominación nos sienta mal…

Voy ahora a las razones de autoconservación. Jorge Wagensberg sugiere aforísticamente que es bueno “ganar independencia con respecto a la incertidumbre”, en lo que al progreso material se refiere (el motor del progreso moral, afirma, es la compasión). Es una buena intuición, pero conviene reparar en lo que entraña. “Ganar independencia con respecto a la incertidumbre” quiere decir dominar nuestro entorno, o al menos algunos aspectos del mismo. Pero definir el progreso material en términos de dominación creciente puede inducirnos a olvidar que somos interdependientes y ecodependientes en un mundo compuesto por sistemas complejos adaptativos, y que en un mundo así el exceso de dominación es, a la postre, contraproducente: acaba volviéndose contra el mismo dominador.

¿Y eso por qué? Pues porque si se trata de relaciones lineales, más de lo bueno es mejor; pero en cuanto intervienen relaciones no lineales y circuitos de realimentación –como ocurre masivamente en el mundo real compuesto de sistemas complejos adaptativos-, más de lo bueno a menudo empeora la situación. Resulta contraintuitivo para nuestro pensamiento lineal, pero es real como la vida misma… Los ejemplos abundan, sobre todo los referidos al progreso técnico de las sociedades industriales: no hay más que pensar en el uso de combustibles fósiles, o de insecticidas organoclorados como el DDT.

La triple D

Pero ¿cómo situarnos fuera de la perspectiva de dominación? En el mismo arranque de la Modernidad, el malogrado Etienne de la Boëtie sugirió las claves de una política de la amistad que, en vez de vincular aristotélicamente la filía con la felicidad, la insertaba en el campo de la libertad. 

Podemos dejar de traicionar a lo mejor de nosotros mismos; podemos esquivar la servidumbre voluntaria; podemos rechazar el esquema sadomasoquista de la dominación --esas cadenas jerárquicas donde soy dañado por el de arriba y me vengo de mi mal dañando al de abajo. En una sociedad libre los seres humanos, sin ceder al deseo de someterse y de dominar, sin tratar de huir de la muerte entregándose a la pulsión de muerte, podrían reconocer al otro como un semejante. Desde la amistad, pues –nos dice quien fue fiel amigo de Michel de Montaigne— “todos somos compañeros, y no puede caber en el entendimiento de nadie que la naturaleza haya puesto a alguien en servidumbre, habiéndonos puesto a todos en compañía”.

Como veis, no salimos del siglo XVI. Comenzamos evocando a Erasmo, quien censuraba nuestro “hacer la guerra contra la naturaleza con las armas de la ciencia”. Tiene toda la razón. Tonterías, las justas, solemos decir… Pero estupideces autodestructivas, ni una. Y hacer la guerra a la naturaleza –es una de ésas, porque nosotros mismos somos naturaleza. Es una guerra de agresión contra nosotros mismos.

Sólo hay una respuesta digna frente a la finitud humana –y ante la realidad de la muerte--: cuidarnos, acompañarnos, ayudarnos.

El destino del mundo se juega en la prevalencia –o no— de quienes saben eso frente a quienes emprenden la huida hacia delante de la triple D: denegación, distracción, dominación.

Decrecimiento. ¿Un sinsentido para el sur global?

Miriam Lang - La línea de fuego

  budapest-degrowth

El sentido común hegemónico sugiere que una propuesta tan exótica como el decrecimiento controlado de la economía a lo máximo podría ser aplicable en el Norte global geopolítico. Para el Sur, el crecimiento económico sería mandatorio. Sin embargo, cada vez más voces plantean que cuestionar la lógica que coloca al crecimiento económico al centro de las preocupaciones políticas puede ser liberador en muchos lados del mundo.

La quinta Conferencia Internacional Sobre Decrecimiento que tuvo lugar en Budapest, capital de Hungría, entre el 30 de agosto y el 3 de septiembre 2016, mostró que la reflexión alrededor del decrecimiento es también un lugar de convergencia de múltiples narrativas transformadoras: desde la ecología política hasta la economía ecológica, pasando por las corrientes feministas que proponen centrar la sociedad en el cuidado; desde la justicia ambiental y climática hasta l@s promotor@s de una renta básica incondicional. De esta manera, el decrecimiento constituye un eslabón más de un nuevo internacionalismo, necesario para intervenir desde las izquierdas plurales sobre un mundo globalizado. Un internacionalismo que no se limita a la solidaridad con luchas alejadas, sino que busca la convergencia, la complementariedad  y la reciprocidad entre luchas transformadoras que son contextualizadas y diversas.

Mientras 600 personas, europeas pero también de los otros continentes, participaron en el evento académico en la Corvinus University, paralelamente se desarrolló la Semana del Decrecimiento en diferentes lugares de la ciudad, abierta al público hungaro y de mucha concurrencia. Este Degrowth Week tenía como propósito mostrar cómo el decrecimiento se pone en práctica. Un ejemplo es la distribución a los numerosos sin-techo de la ciudad de víveres en buen estado que hoteles, mercados o grandes comercios destinan a la basura, tarea que se ha puesto la organización Budapest Bike Mafia – combinando la lucha contra el despilfarro en el capitalismo moderno con la justicia social. Otro, una cooperativa de víveres que trae la producción campesina a la ciudad, donde no solamente la vende a precios justos, sino tambien brinda un servicio de catering y organiza cursos de cómo hacer mermeladas y conservas – saberes tradicionales que se han ido perdiendo desde la introducción violenta del capitalismo a la Hungría post-1989.

Europa del Este: Decrecimiento en la semi-periferia

De este modo, la conferencia no solamente permitió descubrir – y respaldar – a otra Hungría escondida detrás de la imágen autoritaria y xenófoba del gobierno de Víctor Orban. Sino que invitó a la reflexión sobre la realidad actual de Europa del Este, entendida como una región semi-periférica. Aunque comparte muchas condiciones con América Latina, Europa Oriental es casi invisible tanto en nuestros debates como en los de los países centrales del sistema-mundo capitalista.

“¿Cómo hablar de decrecimiento en una región que mientras pertenecía al bloque soviético, miraba con envidia las posibilidades de consumo del mundo occidental y asociaba consumismo con libertad?” preguntó Szandra Koves de Budapest. Recordó las largas filas que hacía de niña para conseguir algunos plátanos o naranjas, cuando un cargamento de estos frutos exóticos llegaba excepcionalmente desde Cuba. Después de la caída del muro de Berlín, el discurso del desarrollo imitativo comenzó inmediatamente a colonizar las mentes – estableciendo como objetivo alcanzar el nivel de desarrollo capitalista de la vecina Austria. Hoy, 25 años después, estas narrativas se derrumbaron para las generaciones más jóvenes. Hungría ha sufrido una severa crisis alrededor del 2008, a la que un gobierno socialdemócrata respondió con severas medidas de austeridad y una represión violenta, en un país que no había conocido violencia estatal desde que el estalinismo aplastó con tanques de guerra el levantamiento popular de 1956. Pero hoy, aclara el economista húngaro Zoltan Pogatea, se ve que Austria tampoco es aquella panacea que nos han hecho creer – y que todo ha sido un inmenso espejismo.

Visibilizar el mal vivir

En la corriente del decrecimiento, está muy presente el malestar con la vida en las sociedades del Norte, que nos suelen ser vendidas como el punto de llegada del desarrollo, el locus de máxima autorrealización: En Budapest sí se habló de la aceleración perversa de la vida que para aquellos que tienen el privilegio de ser “incluidos” por el capitalismo moderno, lleva a burnouts (colapsos por sobrecarga laboral), depresiones, y enfermedades físicas a raíz del estrés en dimensiones epidémicas (una quinta parte de los Alemanes sufre de trastornos de ansiedad que les impiden llevar una vida normal; en los EEUU, dos tercios de los empleados, más de 45% de los médicos y casi el 70% de los profesionales en finanzas están agotados; los EEUU y Francia están entre los países con la mayor cantidad de gente deprimida en el mundo, mientras Japón y Corea del Sur encabezan el ranking de suicidios por población).

En el contexto de Degrowth, sí se habla de las consecuencias fatales del individualismo exacerbado y de la competencia en las relaciones sociales – es precisamente uno de los malestares que originan el deseo de transformación. Se habla de las consecuencias de la desigualdad que aumenta exponencialmente y hace que muchos no puedan participar de la promesa consumista – entre otros, la gran mayoría de los migrantes en el Norte, que a pesar de la exclusión social y la fuerte discriminación que sufren, normalmente suelen dar el mensaje a sus familias en el país de origen que están bien, exitosos y felices. Tan poderosa es la narrativa del desarrollo que incita a mentir a los seres más queridos. La perversa responsabilización personal por el fracaso ante enormes adversidades estructurales termina en la vergüenza – y muchas veces en la soledad. Esta es la otra cara del “sueño americano”.

Europa del Este experimenta hoy la violencia de aquella gran narrativa dual que posiciona a la modernidad occidental y el liberalismo frente a sociedades tradicionales cuyo destino histórico, al igual que en otras partes del mundo, supuestamente solo es desaparecer, según explicó la politóloga Danijela Dolenec de Croacia. En lugar de sacar aprendizajes útiles de la experiencia del socialismo yugoslavo no tan ortodoxo bajo Josip Broz Tito, por ejemplo, este permaneció absolutamente invisibilizado en los años después de la caída del muro de Berlín. “El proyecto socialista era representado como una aberración gigante en el camino hacia la modernidad”. Al menos, también en Croacia, hoy esta hegemonía está resquebrajada por la crisis, y una generación de jóvenes intelectuales busca caminos de salida. Se dan cuenta que debajo de los escombros de las guerras yugoslavas (1991-2001), perviven ciertos aspectos de la vida que pueden ser elementos para la construcción de alternativas: mucha experiencia práctica (negativa y positiva) con la autogestión a diversas escalas,  una cultura “socialista” del tiempo que no se concibe bajo la presión del rendimiento y permite la convivialidad, la persistencia de prácticas de intercambio y producción por fuera del mercado, para el autoconsumo o el trueque. Como conclusión, Dolenec dijo que la izquierda enfrenta hoy dos desafíos fundamentales: elaborar políticas igualitarias que no sean ni productivistas ni extractivistas, y enfocarse en la construcción de alternativas de sociedad que den lugar a los comunes y al cuidado.

Tampoco el Sur tiene que crecer sin más

La conferencia dejó en claro que toca deconstruir el mito que primero hay que llegar a un “cierto nivel de bienestar” – que en la forma como lo entiende el discurso hegemónico, no denomina otra cosa que un cierto nivel de penetración de la vida por las relaciones capitalistas – y solo después es pertinente preocuparse por el ambiente, las relaciones de género etc. Varios ponentes, como el economista ecológico Clive Spash, afirmaron que tampoco para el Sur global, el crecimiento económico es una solución: lo que produce es sobre todo desigualdad y mal vivir, transformando ciudades en monstruos contaminados y poblaciones rurales relativamente autosuficientes en dependientes. Hay que entender, dijo Spash, que el bienestar material de la minoría que logra ascender a la clase media se alcanza directamente a costa de la pobreza de otros muchos. 

Intensificando lo que a su vez, el politólogo Ulrich Brand de la Universidad de Viena  ha denominado “modo de vida imperial”: un modo de vida que toma como dado el acceso de una pequeña minoría de la población mundial a todos los recursos del planeta y la totalidad de su capacidad de absorber basura y contaminación. Obviamente, este modo de vida no es expansible a toda la población del Sur: requiere de un afuera en donde explotar mano de obra barata y materias primas, y hacia donde botar sus desechos. Mientras este modo de vida se expande por el planeta, más se profundiza la crisis planetaria y la competencia entre países por el acceso a „recursos“, por ejemplo entre los viejos centros capitalistas y los emergentes como la China y la India. El resultado son peleas perversas alrededor de los “derechos de contaminación,” como se han dado en las conferencias de cambio climático COP.

Sin embargo, no se pretende imponer el concepto de decrecimiento como una propuesta transformadora originada en el Norte al Sur global – como sucede tantas veces en el ámbito de la producción de conocimiento conocimiento. Más bien, como plantean Giorgios Kallis, Federico Demaria y Giacomo D’Alisa  del grupo de investigación Research & Degrowth asentado en Barcelona en su libro Degrowh – a vocabulary for a new era (2015), solamente pretende abrir un espacio conceptual para que países y culturas del Sur puedan encontrar lo que para ellos significa una buena vida.

Como explicó Federico Demaría en Budapest, el decrecimiento no solamente procura politizar la sustentabilidad. Su énfasis no es solamente en menos, sino también en de otra manera: Además de intervenir sobre los flujos de materia metabólicos en el planeta, abarca una visión diferente de organizar las relaciones sociales, orientada por ejemplo por las ideas de Iván Illich de convivialidad y por narrativas alternativas de buena vida. Según la filósofa italiano-alemana Barbara Muraca, la transformación hacia el decrecimiento debe alcanzar tanto infraestructuras sociales, institucionales como mentales, es decir las subjetividades orientadas hacia el crecimiento lineal como las produjo la modernidad capitalista.

Los pioneros del decrecimiento son personajes de los años 70, como André Gorz o Nicholas Georgescu-Roegen. Luego, volvió a repuntar primero en Europa occidental a principios del nuevo milenio, impulsado fuertemente por el francés Serge Latouche. Hoy en día, se habla de una comunidad del Degrowth amplia y diversa, cuyos focos más importantes se encuentran en Alemania, España y Francia. Pero también en Grecia el movimiento anti-autoritario que emergió de la crisis adoptó la idea, además de colectivos y experiencias en Italia, Suiza, o Canadá.

Como establecer y respetar límites: la intersección entre ecología y democracia

El griego Giorgios Kallis advirtió un peligro del discurso de que hay que respetar límites (ecológicos, del planeta, etc.) trayendo a colación una obra de Garret Hardin, autor del famoso libro La tragedia de los comúnes (1968), intitulada vivir dentro de los límites (1995). Hardin se basa en una fórmula científica para establecer unos límites ecológicos “objetivos” de un territorio determinado, para rechazar en conclusión la idea de inmigración ilimitada. Establece nociones de „capacidades de absorción“ de migrantes en un determinado territorio nacional – un debate más que candente en la Europa actual, pero también en los Estados Unidos. Kallis refutó la metáfora del barco salvavidas en el mar que debe negarse a la salvación de más personas para no hundirse. Los límites del planeta son globales, a lo máximo eco regionales, pero no obedecen a la lógica del Estado-Nación, dijo. Lo que influye sobre la capacidad de carga ecológica es mucho menos la cantidad absoluta de personas sino su modo de vida, es decir aspectos cualitativos. Además, la migración a países centrales del capitalismo suele disminuir la tasa de fertilidad, agregó. “Más que cerrar fronteras, tenemos que entender los factores que llevan al crecimiento poblacional” dijo Kallis, que como la gran mayoría del movimiento de decrecimiento, rechaza el control biopolítico sobre la fertilidad de las mujeres para intervenir sobre las tasas de población.

Pero el debate acerca de quién establece los límites y de qué manera es bastante complejo. Coloca sobre la mesa la intersección entre ecología y democracia, porque claramente, estos límites no son objetivos, sino establecidos socialmente. ¿Quién tiene la autoridad para establecerlos e implementar medidas para que sean respetados? ¿Un puñado de “expertos” de las ciencias naturales con sus proyecciones matemáticas y fórmulas, muchas veces altamente cuestionables? ¿No llevaría esto a una suerte de eco dictadura – que no puede ser la solución? ¿Los gobiernos, que han demostrado su fracaso en la tarea una y otras vez en las conferencias de cambio climático? ¿La sociedad en su conjunto? ¿Pero bajo qué modalidad? Eso lleva a la pregunta: ¿cuáles son los criterios necesarios para democratizar nuestras relaciones societales con la naturaleza?

El rol del Estado en la transformación: debates abiertos

También en Budapest, como en otros espacios que discuten la transformación multidimensional de nuestras sociedades (por ejemplo relativa a la dimensión de clase, raza/colonialidad, género y relaciones con la naturaleza), quedó en evidencia que uno de los mayores desafíos es entender el rol del Estado en esta transformación. Las recientes experiencias latinoamericanas solo han reactualizado una experiencia que Europa del Este ya había hecho: Que el Estado como agente privilegiado de transformación termina equilibrando las relaciones de dominación y estabilizando la acumulación capitalista en lugar de transformarlas. Como relación social, el Estado refleja las relaciones de fuerzas existentes, pero no las cambia fundamentalmente. A menudo transforma a los transformadores, exigiéndoles responder a ciertas reglas y lógicas propias de las instituciones estatales, que vuelven imposible seguir con la transformación.

Este fue el tema de un foro sobre transformación de las instituciones, que exploró por ejemplo la experiencia del gobierno municipal actual de Barcelona. Una investigación de Viviana Asara evidenció los enormes desafíos que surgen después de entrar a la esfera institucional: La pérdida de deliberación, el peligro de delegar la responsabilidad a las personas electas, la dificultad de seguir acompañándolas por el ritmo desenfrenado que impone la tarea de gobernar. La experiencia griega también muestra los claros límites de una transformación desde arriba, con el punto de quiebre que marcó la traición al resultado del referendo anti-austeridad en 2015. Esto dejó en claro, según Danijela Dolenec, que Europa vive en un contexto post-democrático, como lo ha definido el politólogo británico Colin Crouch. ¿Bajo estas condiciones, se puede confiar en que el cambio viniera solo desde abajo, ignorando al Estado?

Según Ashish Khotari, esto parece funcionar para ciertos movimientos en la India, que a nivel eco regional decidieron ignorar al gobierno central y establecer formas de autogobierno. Khotari describió los impactos del „desarrollo“ en su país como una enorme violencia. Cientos de millones de personas fueron separadas de sus livelihoods (medios de vida, sustento vital) para entrar al mercado de trabajo. „El cuento de la necesidad de empleo vuelve invisibles a los sustentos vitales que tiene la gente“, dijo Khotari. Como consecuencia, en la india rural se come menos hoy que hace 40 años; la contaminación del aire mata a medio millón de personas anualmente; miles de campesinos se suicidan cada año – fueron más de 18.000 solo en 2004. Los múltiples procesos de revitalización rural y de autogobierno eco regional que se han dado como alternativas a este camino demuestran, según Khotari, que la migración hacia la ciudad no es inevitable – más bien muchas personas de la India vuelven al campo en ciertas regiones, donde ahora encuentran condiciones dignas. Estas corrientes se orientan en el concepto de swaraj, establecido por Mahatma Gandhi, que asocia el autocontrol con la libertad no solamente de uno mismo, pero también con la de los demás.

En el debate, algunas feministas preguntaron si el regreso a modos de vida más tradicionales no significa una pérdida de autonomía y libertad para las mujeres. Sin embargo, como se dijo, dada la enorme diversidad cultural y de modos de vida tradicionales, sería un prejuicio afirmar esto, prejuicio que además asume que el modo de vida capitalista/moderno sí habría efectivamente liberado a las mujeres, lo que pareció cuestionable para muchas.

Tecnologías: ¿problema o solución?

Otro aspecto que quedó abierto por ejemplo es el papel de la tecnología en la transformación.  Mientras los adeptos del capitalismo verde afirman que las encrucijadas ambientales a las que ha llegado la humanidad pueden encontrar solución mediante la innovación tecnológica, Tomislav Medak de Croacia puso en duda este supuesto. Como primer argumento, señaló la desigualdad estructural en el desarrollo tecnológico entre Norte y Sur, ya que la extracción de trabajo y recursos en el Sur se hace abaratando costos, es decir siempre con tecnologías inferiores, como estrategia de externalización. Entonces el capitalismo verde puede funcionar en un país o en una región del planeta, pero siempre a costa de l@s demás – no es una solución global. El segundo argumento es que la innovación tecnológica normalmente parte de la necesidad de resolver problemas en sistemas existentes, lo que significa que es muy difícil desarrollar tecnologías totalmente desacopladas de la producción. Sin embargo esto es lo que se necesitaría para la sociedad del decrecimiento. ¿Cómo evitar entonces que tecnologías colaborativas sean reintroducidas a los circuitos de acumulación capitalistas?

La conferencia de Budapest por supuesto no dio todas las respuestas a los desafíos que enfrenta la transformación hacia una sociedad del decrecimiento. Más allá de diagnósticos radicales y la construcción de principios orientadores, además de visibilizar espacios de experimentación social concretos que se dan en los márgenes de las sociedades europeas, faltan sobre todo estrategias para alcanzar una generalización de estas perspectivas en la sociedad, a fin de realmente alcanzar una emancipación de las coerciones del capitalismo.

http://budapest.degrowth.org/

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Dinero, Paz, la Bolsa, los Bancos, Decrecimiento, Consumismo… según Joan Melé

 Pepe Galindo - BlogSOStenible

Tras la magnifica conferencia sobre Dinero y Conciencia de Joan Melé que ya mostramos en este blog, ahora sugerimos esta conferencia, que se hace corta, muy entretenida y con gotas de buen humor. Para los que vayan con prisas, lo mejor es que ahora hagáis lo que tengáis que hacer, y veáis la conferencia en otro momento, pero para que no te quedes con la intriga, resaltamos seis ideas básicas, para que queden claras:
  1. Es un error grave que la gente quiera que su dinero le dé dinero, SIN HACER NADA. Si el dinero da dinero SIN HACER NADA, es porque alguien pierde ese dinero. Por eso, cuando sube la bolsa… mal asunto. Cierta gente gana dinero, SIN HACER NADA, y sin saber lo que hay detrás de esas ganancias.
  2. Los seres humanos crecemos cuando somos pequeños, pero luego hay que madurar. Igualmente, dice que «nuestra economía ya no tiene que crecer más, tiene que madurar».
  3. Al elegir lo que compramos por el precio, estamos entrando en el juego de la especulación, de la explotación. Lo mismo si compramos por distancia a nuestro hogar: No comprar productos “ecológicos” es cargarse el planeta. La agricultura intensiva es nefasta y los transgénicos (OMG) son una «agresión a la dignidad humana».
  4. Melé se pregunta ¿Qué nos falta para que compremos tanto, sin necesitar tanto? No nos falta lo material, sino lo espiritual.
  5. Es mentira que si consumimos menos habrá más paro: Hay que crear otra economía basada en la cultura, en el arte, en la creatividad… no en el consumo necesariamente. Una economía que no destruya el planeta y nos haga evolucionar como seres humanos.
  6. No sabemos lo que nuestro banco hace con NUESTRO dinero… y eso es muy grave.