La religion del crecimiento

Álvaro Gaertner Aranda - Econuestra


Estudiante de Ingeniería Física en la Carl von Ossietzky Universität, en Oldemburgo, Alemania.


En su artículo “A tale of two Pacific Islands Cultures”, Erickson y Gowdy investigaron la relación entre los recursos naturales, el capital físico, el crecimiento de la población y el cambio institucional. Estas dos islas fueron pobladas por polinesios en distintos momentos de la historia, e inicialmente ambas siguieron un modelo de desarrollo en el que primero la civilización crecía hasta sobrepasar los límites ecológicos de su isla y después la civilización colapsaba debido al agotamiento de los recursos. Este fue el patrón que finalmente siguió la Isla de Pascua, donde la tala de los bosques y el degradación de los suelos acabaron produciendo, por un lado, una reducción en los rendimientos de los cultivos, y por otro, la imposibilidad de seguir manteniendo y sustituyendo el capital físico que habían acumulado y que les permitió sortear en un primer momento el colapso, que consistía, entre otras herramientas, en las balsas para pescar. 

Cuando los alimentos empezaron a escasear, los habitantes de la Isla de Pascua empezaron a luchar por los recursos, la sociedad colapsó y la población cayó de manera drástica, pasando de un pico de alrededor de 10000 habitantes a solo 3000 cuando llegaron los primeros europeos.

Sin embargo, Tikopia finalmente no siguió ese patrón de desarrollo. Al igual que los habitantes de la Isla de Pascua, cuando los polinesios llegaron en el 1000 A.C. empezaron a practicar un tipo de agricultura que consiste en talar los árboles y quemar los restos para crear campos, cazaron hasta la extinción a los pájaros autóctonos y en general degradaron el medio ambiente de su isla. Sin embargo, alrededor del año 100 D.C. empezaron a sustituir este sistema de agricultura por uno más sostenible, basado en cultivos árboreos combinados con cultivos resistentes a la sombra en la capa inferior. Además implantaron un estricto sistema de control de población, que consiguió la estabilización de la población alrededor de unas 1000 personas mediante métodos tan violentos como los infanticidios o los suicidios. Por último, alrededor del 1600 D.C. mataron a todos los cerdos que tenían como mascotas, al darse cuenta de que eran una manera muy ineficiente de producir alimentos. Todos estos cambios culturales e institucionales permitieron la estabilización de la población y evitaron que Tikopia corriese el mismo destino que la Isla de Pascua.

De estos dos ejemplos se pueden sacar conclusiones para el presente, salvando las distancias. En primer lugar, tal como detectaron Erickson y Gowdy, la tecnología y el capital acumulado pueden permitir a una sociedad seguir creciendo más allá de los límites ecológicos de ecosistema donde viven durante un tiempo limitado, tal y como sucedió en la Isla de Pascua. En segundo lugar, estos dos ejemplos nos permiten apreciar el importante rol que el cambio cultural e institucional puede tener en la supervivencia de una civilización y en su adaptación exitosa a un entorno cambiante. Salvando las distancias, en la actualidad el mundo se encuentra en una encrucijada similar a la que se encontraron estas dos civilizaciones. Estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades ecológicas, lo que está resultando en un cambio climático que no cesa de agravarse, en deforestación, agotamiento de los suelos, agotamiento de los caladeros de pesca, problemas de contaminación, desaparición de especies y, en general, degradación de los ecosistemas que sostienen la vida humana.

Ya hemos visto en el caso de la Isla de Pascua que, en el corto plazo, el colapso que puede derivar de esta situación se puede evitar a través de la tecnología, lo que en la actualidad se traduce, por ejemplo, en el uso masivo de fertilizantes y combustibles fósiles en la producción de alimentos, pero esta patada hacia delante no evita el colapso sino que sólo lo retrasa. Este conocimiento nos debería impulsar como sociedad a llevar a cabo una transformación radical de nuestra economía y nuestro modo de vida que nos permitiese afrontar estos problemas con éxito y asegurar que las próximas generaciones puedan tener derecho a una vida buena, pero hay un conjunto de rigideces culturales e institucionales que nos lo impiden. La primera de ellas, es la especie de admiración religiosa que los partidos políticos, los medios de comunicación y la sociedad en general tienen por el crecimiento. Si hay conflictividad social en nuestras sociedades, todo el mundo apunta al crecimiento como la solución mágica que amansará a las fieras. Si hay pobreza, el crecimiento permitirá acabar con ella. 

Si hay problemas de deuda, el crecimiento permitirá hacer frente a los intereses e incluso reducir el montante total. Si la gente es infeliz, el crecimiento permitirá que consuman más y eso les hará felices. Si la gente enferma debido a la polución, el crecimiento permitirá tener más recursos para sanidad y para investigación y acabar con esas enfermedades. En definitiva, el crecimiento es el nuevo Dios de nuestras sociedades, aquel al que recurrimos para que nos solucione cualquier tipo de problema que pueda surgir, ya sea en la economía, en el medio ambiente o en la sociedad. Pero como hemos visto, y como dicta el sentido común, no se puede crecer indefinidamente. Hay un momento en el que, o bien los recursos que mantienen la economía empiezan a agotarse, o bien ya no pueden ser extraídos a una velocidad suficiente, o bien su consumo produce daños incalculables, como en el caso del calentamiento global. En ese momento las sociedades afrontan un dilema que en su día los habitantes de Tikopia ya afrontaron en su particular disputa con el tema de los cerdos, y que consiste en dilucidar si debemos mantener el crecimiento como solución a los problemas de nuestros países, haciendo todo lo posible para que nuestros respectivos países tengan acceso a los recursos naturales que lo sostienen, combatiendo con otros por ellos, o, por el contrario, debemos adoptar un modelo que se circunscriba a los límites ecológicos de nuestro planeta.

El primer escenario ya sabemos cómo se desarrolla, primero se multiplican la pobreza y las guerras por los recursos naturales, después las poblaciones de esos países huyen de sus hogares hacia lugares seguros y prósperos donde poder sobrevivir y este aumento de personas migrantes da alas al fascismo, que identifica a esas personas como el enemigo, como el colectivo que hace que la clase trabajadora de los países desarrollados viva peor que antes al robarle sus puestos de trabajo y los recursos a los que antes tenían acceso. Este escenario acaba básicamente con la aplicación a nivel mundial de un ecofascismo en el que habría una minoría privilegiada con acceso a todos los recursos y comodidades que su dinero le pueda procurar, apoyada por unos Estados represores que evitarían que los pobres del mundo, ya estuvieran dentro o fuera de las fronteras de los correspondientes Estados, pudieran reclamar su derecho, no ya a una vida digna, sino a la supervivencia.

Pero por suerte hay una alternativa a este escenario distópico, y gracias a nuestro actual desarrollo tecnológico, esta no pasa como en el caso de Tikopia por adoptar una política asesina de control de población, sino que es una alternativa por la que merece la pena luchar. En este segundo escenario, las distintas sociedades del mundo aceptan que los recursos son limitados e intentan explorar las maneras en que se pueden repartir para que todo el mundo pueda tener una vida buena. En este escenario el consumo deja de ser la manera de encontrar la felicidad, y es sustituido por actividades y cosas con mucha mayor efectividad a la hora de lograr este noble objetivo. Gracias al reparto del trabajo y a la reducción de la jornada laboral, la menor carga de trabajo para la sociedad se reparte de tal manera que el mayor número posible de personas tengan acceso a los bienes necesarios para su vida a través del trabajo, y a la vez los trabajadores pasan a tener tiempo libre para pasar con sus familias y amigos. La renta básica permite que todos aquellos que por una razón u otra no pueden trabajar también puedan tener una vida buena. El paso de una dieta rica en azúcares, carne y grasas animales de mala calidad a una dieta rica en verduras y frutas regionales producidas de manera ecológica, combinada con el consumo esporádico de carne ecológica, produce una reducción de las enfermedades debidas a la alimentación. A su vez, el abandono del coche en favor del transporte público y la bicicleta reducen la contaminación de las ciudades, reduciendo las enfermedades debidas a la polución y también las debidas al sobrepeso debido al sedentarismo de la vida moderna. La cultura y el deporte sustituyen al consumo y a la televisión como principal fuente de entretenimiento, y la gente pasa su tiempo libre jugando con amigos o acudiendo a los centros culturales a ver obras de teatro, leer, debatir o escuchar conciertos en directo. Todas estas medidas y cambios, combinadas con otras muchas y derivadas del hecho de poner como objetivo de la sociedad el que todo individuo tenga derecho a una vida buena en vez del crecimiento, resultarían en un incremento sensible del bienestar y la felicidad de la humanidad.

El momento en el que las distintas sociedades tienen que decidir cuál de los dos caminos quieren seguir ya ha llegado, y en las distintas elecciones que van a tener lugar en el mundo se pueden apreciar estas dos alternativas. En Gran Bretaña el 23J los británicos decidirán si quieren seguir la ruta planteada por los partidos xenófobos y antieuropeos como el UKIP o si quieren quedarse en la UE y trabajar por una UE más democrática. En España el 26J decidiremos si queremos ir en la dirección oligárquica o en la dirección democrática, en Estados Unidos en noviembre tendrán que decidir si apoyan la alternativa fascista de Trump o la alternativa democrática de un candidato a vicepresidente o vicepresidenta como Bernie Sanders o Elisabeth Warren. Esta situación se repetirá en países como Francia o Alemania en 2017 y, en todas estas elecciones, y otras muchas, nos estamos jugando no sólo quién nos gobernará los próximos 4 o 5 años, sino probablemente el futuro de nuestras sociedades. Y aunque en esas elecciones no sea evidente la presencia de la segunda alternativa y por lo tanto pueda parecer utópica e inalcanzable, hay que luchar por ella, porque las visiones que cambiaron nuestras sociedades en el pasado siempre empezaron siéndolo.

La obsesión por el crecimiento es un disparate

Revista En Torno

Desde Fundación DECIDE viajamos exclusivamente a Valdivia para entrevistar a Manfred Max Neef. Economista de la Universidad de Chile, elaboró ideas en torno al desarrollo sustentable, la economía ecológica y el desarrollo a escala humana. En 1983 gana el premio Right Livelihood Award, considerado el premio nobel alternativo de economía, y en 1993 es candidato a Presidente de la República en Chile. A continuación, una entrevista imperdible.

Buen día, Manfred. En DECIDE hemos observado que la izquierda, o los movimientos sociales a groso modo, fueron más o menos exitosos en instalar ciertas ideas o posiciones a lo largo del siglo XX: los derechos humanos, derechos sociales, algunas reivindicaciones de género. Pero a partir de la caída de la Unión Soviética quedó bastante huérfana de ideas –de la proposición de un modelo- en el plano económico; a diferencia de lo que ocurre entre actores vinculados al mundo ambiental y a propuestas que giran en torno a la sustentabilidad, que logran escapar de los marcos de la modernidad, entendido como economías basadas en costos y beneficios.

Bueno, parece  evidente que la economía convencional y tradicional no ha respondido a lo que debería haber respondido. De que exista una tremenda testarudez de parte de quienes son del mainstream, no quita que sea y siga siendo un fracaso tremendamente peligroso y brutal. Esta economía neoliberal mata más gente que todos los ejércitos del mundo juntos, y no hay ningún acusado, no hay ningún preso, no hay ningún condenado. Todos los horrores que estamos viendo en el mundo, gran parte de ellos, tienen un trasfondo que está anclado a esta visión de tratamiento y práctica económica.

La obsesión del crecimiento, para empezar, es un disparate. Porque una elemental ley natural, que todo el mundo conoce, es que todos los sistemas vivos crecen hasta un cierto punto en que dejan de crecer. Tú dejaste de crecer, yo deje de crecer, el árbol grande deja de crecer, pero no deja de desarrollarse. Seguir forzando el crecimiento para consumir más y seguir produciendo una infinita cantidad de cosas innecesarias, generando una de las instituciones más poderosas del mundo como lo es la publicidad, cuya función es una y muy clara: hacerte comprar aquello que no necesitas, con plata que no tienes, para impresionar a quienes no conoces. Eso evidentemente no puede ser sustentable.

Ahora, frente a las alternativas, desde luego para mí la más importante, es la visión de la economía ecológica. Porque a diferencia de la economía tradicional, la economía ecológica es una economía que está al servicio de la vida y tiene características fundamentalmente opuesta a la convencional. La economía convencional -que es la hija de la economía neoclásica- desde una visión ontológica, se sustenta en una visión mecánica, newtoniana: el humano, la economía y el mundo son mecánicos. Y en un mundo mecánico tú tienes sistemas que tienen partes. Partes que descompones, analizas y vuelves a armar. Del otro lado, la economía ecológica se sustenta en una visión orgánica. Los sistemas no tienen partes, sino que participantes, los cuales no son separables. Lo cual significa que todo está intrínsecamente unido y relacionado. Esto por lo demás ya es un mensaje que hace más de 90 años nos viene dando la física cuántica, pero ese mensaje ha tardado en llegar a las ciencias sociales. En este sentido, la economía ecológica o cualquier nuevo sistema económico debe en mi opinión, sustentase en cinco postulados fundamentales y un principio valórico irrenunciable. El postulado número uno: la economía está para servir a las personas y no las personas para servir a la economía. Dos: el desarrollo tiene que ver con las personas y la vida, no con objetos. Tres: crecimiento no es lo mismo que desarrollo, y el desarrollo no precisa necesariamente de crecimiento. Cuatro: ninguna economía es posible al margen de los servicios que prestan los ecosistemas. Y cinco: la economía es un subsistema de un sistema mayor y finito que es la biosfera, por lo tanto el crecimiento permanente es imposible. Y el principio valórico irrenunciable que debe sustentar una nueva economía es que ningún interés económico, bajo ninguna circunstancia, puede estar por sobre la reverencia a la vida. Si tú recorres estos puntos vas a ver que lo que hoy tenemos –en la economía neoliberal- es exactamente lo contrario. Hoy en día llegamos al extremo, comienzo del siglo XXI, que hay más esclavos de los que había antes de la prohibición de la esclavitud en el siglo XIX. Esclavos en serio, no en sentido figurado, de los cuales el 60% son niños y las demás, principalmente, mujeres.

Usted mencionaba la idea del crecimiento cero. Pero pareciera ser, cuando se le habla a gobiernos latinoamericanos, incluidos los de izquierda, que el crecimiento cero no es para nosotros: primero debemos crecer y luego podemos hablar de crecimiento cero, ¿está usted de acuerdo?

Hay crecimientos que son necesarios y justificables, y hay crecimiento que es totalmente innecesario. Y, desde luego, no confundir crecimiento con desarrollo que son dos cosas distintas. Si usted crece para desarrollarse, se puede pensar. Pero si usted crece a raíz de agotar recursos renovables y no renovables, eso es estúpido. Fíjese usted qué es lo que ocurre en la macroeconomía convencional, es tan absurdo que la pérdida de patrimonio se contabiliza como aumento de ingreso. Si yo arraso este bosque, eso me genera crecimiento e ingreso, pero ¿cuál es el resultado? Quedamos pobres. Destruí el suelo, en ese proceso crecí, pero el resultado es que quedé más pobre. Con mis colegas planteábamos lo que se conoce como la hipótesis del umbral, que ya está completamente confirmada, y que ya deja de ser hipótesis. En toda sociedad hay un período en el cual el crecimiento económico conlleva un mejoramiento de la calidad de vida, pero sólo hasta un punto. El punto umbral. Luego del cual si hay más crecimiento empieza a decaer la calidad de vida. Hay distintos componentes de la calidad de vida, pero llegado un determinado crecimiento, la calidad de vida de la ciudad empieza a decaer, ¡pero la ciudad crece! Claro que hay países que necesitan crecer, hay países que están en la extrema pobreza, pero tiene que ser un crecimiento que efectivamente contribuya a la superación de la pobreza. Porque el crecimiento que se sustenta nada más que en el consumismo, no genera desarrollo ni mejora la calidad de vida. Hago una pregunta elemental, ¿tú crees que es necesario que hayan 185 tipos de shampoos? ¿Seríamos inmensamente más pobres si hubieran 50 tipos de shampoos? Entonces, en todo orden de cosas es lo mismo. Tú estás ocupando recursos valiosísimos para producir cosas innecesarias, eso genera crecimiento, pero no desarrollo.


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Yendo a los bienes comunes, hemos trabajado en este concepto porque entendemos que viene a liberarnos del eje “bien público – bien privado” que ha perdido progresivamente el sentido que justificó su existencia en el contexto de las luchas del siglo XX.

Para mí esas son contribuciones lingüísticas que no corresponden a la realidad. Para mí no hay ninguna diferencia entre un bien público y un bien privado: es parte de la naturaleza. Que tenga dueño, que no tenga dueño, o que tenga muchos dueños me da igual. Lo que interesa es la característica de ese bien y cuál es la función de ese bien, no el concepto de propiedad que hay detrás. Y entonces, como ya lo dije antes, se trata de entender que nosotros estamos absolutamente integrados a la naturaleza. De tal manera, que hay que entender que esos bienes son parte integral de un todo. Cualquier acto que nosotros cometamos que tiene que ver con la destrucción de ese bien, es un acto de suicidio colectivo. Tú te estás suicidando y se está suicidando la sociedad en la medida que destruyes los bienes de la naturaleza que no se pueden reponer. Por supuesto si tú cortas un árbol y facilitas que pueda volver a crecer, bueno, no hay problema, eso es lo normal, eso no es depredar. Depredar es ir mucho más allá de lo que realmente se necesita. Y en ese sentido todos los bienes son importantes y puedes decir que todos los bienes son comunes. Lo de público y privado es una cuestión leguleya que sirve para el abuso, como en el caso del agua en Chile, que es grotesco. Te compraste el agua de ese río y el vecino no puede sacar ni un vaso de agua, eso es monstruoso, te fijas. Pero eso es la parte jurídica, la parte que nosotros fabricamos, que no se corresponde a lo que debe ser nuestra relación con todos los bienes que son naturales. Luego puedes agregar la propiedad, pero debes entender que eso es parte de un todo, y si alguien tiene una propiedad, esa persona tiene una responsabilidad muy clara respecto a ese bien.

Desde la izquierda, hablando históricamente, se entendió alguna vez que valía la pena reivindicar la propiedad pública en términos de recursos. En el caso de Chile, eso estaba muy claro con la nacionalización del cobre, entendiendo que detrás de eso iba a haber una redistribución, una democratización en la gestión del recurso. Pero ahora –dictadura y Concertación de por medio- vemos que de eso hubo bastante poco. Codelco, por ejemplo,  siendo una empresa pública contamina e interviene más que cualquier empresa privada.

Mucha gente se imagina que el socialismo y el capitalismo son absolutamente opuestos. Pero en términos ambientales son idénticos, como también en su relación con la tecnología. La naturaleza está ahí para ser explotada y eso es válido tanto para el socialismo como para el capitalismo. La única diferencia que hay entre los dos es en la distribución de la riqueza. En uno la distribuye el Estado y en el otro, el mercado. Izquierda y derecha a mí no me dice nada. Es una lucha histórica donde esas categorías ya cumplieron su función y ya no sirven. Hoy día yo te pregunto, ¿qué es una persona de izquierda? Hace 40 años se sabía muy bien. Ahora yo te saco 40 personas que se dicen de izquierda y les pido que en una frase digan qué significa ser de izquierda, voy a tener 40 respuestas distintas. Hoy la gente se alinea por otras cuestiones, el ambiente, el cambio climático, esas son otras preocupaciones que no vienen ni con derecha ni con izquierda. No vamos a decir que solo la derecha es culpable del cambio climático: son todos culpables del cambio climático. Entonces, hay que trabajar con nuevas categorías y no quedarse trancado en el siglo XX o, peor aún, en el siglo XIX.

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Ahora, ¿cómo cree usted que se tienen que gestionar esos recursos? ¿Qué experiencias se pueden rescatar?

La única manera de hacerlo bien es en la medida de estimular y reforzar con el mayor vigor posible las economías locales, lo pequeño, el municipio, cuando mucho la región. Porque para comenzar, ahí tú tienes identidad, tú eres alguien. Porque, ¿en qué consiste ser chileno? La banderita macanuda, el himno, esa es una lesera. Tu identidad está en la ciudad donde naciste, y particularmente en el barrio donde creciste. Yo soy porteño del cerro Artillería, del paseo 21 de Mayo, ahí está mi identidad, el resto es una abstracción que no tiene más sentido. En ese sentido, las experiencias más exitosas y más interesantes son las que se están haciendo hace tiempo en Escandinavia, particularmente en Suecia. El Natural Step, el paso natural de Suecia, consiste en un gran consenso nacional que ha llevado a una economía responsable, los únicos que no están en crisis en Europa por lo demás. Y como consecuencia de eso, al movimiento de los eco-municipios hoy. Algo que empezó hace 30 años en un municipio muy pequeñito en la región del Ártico sueco, donde dijeron “bueno, nosotros somos tan pobres que no podemos esperar nada de nadie, tenemos que inventar la manera de desarrollarnos”. Y  tuvieron un éxito extraordinario, y hoy dos tercios de los municipios son así. Pero finalmente, ¿qué es un ecomunicipio? Es un municipio que tiene autonomía financiera, autonomía energética, autonomía en transporte, en educación, en cultura, autonomía completa. El 100% del impuesto que tú pagas se queda aquí, no se va al centro para que ellos decidan qué hacer con la plata. ¿Qué significa eso?, ¿cuál es el impacto psicológico que produce eso? Que tú estás viendo lo que hacen con tu plata. Si no te gusta lo que están haciendo, sabes a donde ir y a quien decirle. Aquí qué hacen con tu plata, ¿tienes idea? Cero. Aquí en Chile, acá en Valdivia, si tú quieres poner un semáforo te lo tiene que autorizar Santiago. Un chato que está en un escritorio que en su vida ha venido a Valdivia. Bueno, como esas experiencias, hay otras igualmente notables en Inglaterra, los Transition Towns, los pueblos de transición, que incluso tiene sus propios medios de pagos.

¿Cómo es eso?

Generan sus propios medios de pagos, con su propio dinero, y ese dinero gira localmente. Todos los negocios locales compran y venden con ese dinero. Y ese dinero lo puedes convertir a moneda nacional si te vas a otra parte. Pero lo que significa es que todo lo que tú generas como excedente gira ahí mismo, y estimula ahí mismo la economía. O sea, genera un boom económico. Además no es dinero que puedas acumular con fines especulativos, porque tiene una duración limitada. O sea, es un dinero que tiene que estar activo. Esos son medios de pagos locales.

Para hacer eso, ¿cómo construimos con actores subalternos, actores sociales, alternativas que tengan posibilidades reales de disputar ese poder?

He llegado a una conclusión hace mucho tiempo: tú no puedes confrontarlos, porque vas a perder el tiempo. Debes empezar a hacer acciones locales tú. Cuando fui candidato a la presidencia me preguntaban lo mismo, y yo decía “mire, imagínese que usted está en un potrero y a 100 metros suyo está un rinoceronte furioso, listo para atacar. Lo más estúpido que usted puede hacer es suponer que también es un rinoceronte y atacarlo, no le deja ni en polvo. Entonces, ¿cómo se puede derrotar a ese rinoceronte? La nube de mosquitos. Una nube de mosquitos puede volver loco al rinoceronte hasta que se cae al precipicio, y no puede matar a ningún mosquito, porque los mosquitos tienen dos atributos que son claves: Uno, que siempre permanecen juntos y, dos, que no hay ningún mosquito jefe, o sea, es una sociedad no descabezable. Entonces tú tienes que joder, joder y joder, ese es el rol de los movimientos sociales. Y mira como están surgiendo en España, los que están surgiendo en Inglaterra. En Inglaterra imagínate, ahora sale un sujeto de izquierda de frentón. En Estados Unidos ahora, el que está detrás de Hillary Clinton, el que está subiendo más, es un socialista químicamente puro de Vermont. Los movimientos sociales en Alemania, los Piratas. Entonces esos son los mosquitos, y esa es la única manera.

Para terminar, ¿qué está leyendo actualmente?

Actualmente, los filósofos idealistas alemanes del siglo XVIII, especialmente a Schelling, que me ha vuelto a fascinar. Porque todo esto que ya hablamos, lo dijo él hace más de 200 años. Todo esto que es el romanticismo alemán es fascinante. Porque lo fascinante que surge en ese movimiento del este de Alemania, Leipzig, esas zonas maravillosas, es que en ese momento el ser humano descubre la naturaleza. La naturaleza es producto del romanticismo alemán. Fíjate, si tu analizas la pintura, toda la historia de la pintura, hasta ese momento la naturaleza era el telón de fondo de una persona y su retrato. Allí, por primera vez aparece una pintura de la naturaleza. Por Caspar Friedrich en Alemania, que después se extiende al resto de la pintura. En la literatura lo mismo. Más interesante todavía, recuerdo que mi gran amigo, el historiador Rafael Bernal, hizo un estudio a fondo de los cronista de la conquista de América, todos los cronistas de la conquista, siglo XVI. ¿Y sabes qué? Descubrió una cosa impresionante, no hay ningún cronista que describa la naturaleza. Cómo puedes entender tú, que alguien que viene de una zona semidesértica como Castilla o Andalucía, y de repente está frente al monte Chimborazo o al medio de la Amazonía no describa lo que ve. Lo único que describe es la fatiga, el dolor, la lucha, las dificultades, el enemigo, la batalla, pero el paisaje no existe. El paisaje y la naturaleza existen a partir del romanticismo y de la filosofía idealista, especialmente Schelling.

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Periferias que alimentan la dignidad

José Fernández Casadevante - diario.es/Última Llamada

La alimentación es el elemento en torno al cual estamos estableciendo esa complicidad cognitiva entre el campo y la ciudad, después de décadas de incomprensión mutuas asistimos a la multiplicación de espacios de reencuentro.

Las ignoradas problemáticas del medio rural dialogan con la precaria situación de las periferias urbanas a través de las iniciativas agroecológicas de extrarradio.


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La periferia queda allí donde el asfalto se interrumpe, las calles acaban y empiezan los descampados, la invisible puerta de acceso al campo. Las periferias en muchos casos son barrios olvidados o despreciados por las instituciones, edificios de ladrillo visto habitados por personas con precariedades, necesidades y estilos de vida incomprendidos para la urbanidad bien pensante. La periferia es aquello que geográfica y simbólicamente queda fuera del centro, el lugar donde se clava el compás y desde el que se delimita lo que es relevante. Allí donde residen las personas afectadas por la desigualdad y la pobreza.

Hace unos días participaba en Vitoria-Gasteiz de la jornada Periferias que alimentan, organizada por el sindicato agrario EHNE Bizkaia, donde nos encontrábamos gentes de distintas ciudades que venimos trabajando desde entornos urbanos por la soberania alimentaria y el derecho a la alimentación, con quienes hacen lo propio desde el medio rural vasco. La alimentación es el elemento en torno al cual estamos estableciendo esa complicidad cognitiva entre el campo y la ciudad, después de décadas de incomprensión mutuas asistimos a la multiplicación de espacios de reencuentro
Las ignoradas problemáticas del medio rural (no se valora la actividad campesina, inviabilidad de rentas agrarias, políticas agrícolas que facilitan el acaparamiento de las ayudas por el agro-negocio, envejecimiento, abandono de los servicios públicos...) dialogan con la precaria situación de las periferias urbanas a través de las iniciativas agroecológicas de extrarradio.

La asamblea de personas en paro y precarias de Xixón, ligada a la asturiana Corriente Sindical de Izquierdas, lleva años impulsando una despensa solidaria para 150 familias, asesorías jurídicas gratuitas y otros proyectos de economía solidaria como una cooperativa de mudanzas. Hace cuatro años y tras vínculos con el asociacionismo rural, que se había movilizado contra procesos especulativos, conseguían la cesión de una explotación agrícola periurbana abandonada. En ella se lanzaron a poner en marcha un proyecto de producción ecológica de verduras y hortalizas, manzanas, sidra, huevos... orientada al autoconsumo y a la comercialización en proximidad, mediante grupos de consumo y vendiendo en los locales sindicales de la ciudad una vez por semana. Una iniciativa que a duras penas logra ser rentable económicamente y encontrar gente que apueste por profesionalizarse en un sector donde lograr la viabilidad es muy complicada, pero que lentamente ha logrado replicarse en dos fincas más de la zona sumando cerca de 8 hectáreas en cultivo. La fortaleza de la iniciativa es la convicción de que únicamente la solidaridad es capaz de enfrentar el individualismo y la victimización que sufren las personas en paro.

Desde otro de los “barrios sin retorno” como es el de Buenos Aires en Salamanca, contaba el párroco Emiliano, han logrado articular un proyecto que conjuga la apuesta por la permanencia en el medio rural, con la dignificación de la vida de los habitantes de un barrio marcado por la conflictividad, el narcotráfico y la cárcel. Un proyecto que se basa en la acogida de personas excluidas en los pisos y la casa parroquial donde conviven cerca de 20 personas, y su voluntad de abordar de forma comunitaria tanto el abandono del barrio como la improbable incorporación a un mercado de trabajo en crisis de las personas más vulnerables (exconvictos, personas sin papeles, sin estudios...). Un proceso que integra la reivindicación de los derechos sociales (alimentación, salud, educación...) con la puesta en marcha de iniciativas de economía solidaria que entre otras cosas se encargan del catering y los servicios a la comunidad en el medio rural cercano. Además huyendo de la estigmatización de la pobreza se negaron a colaborar con los bancos de alimentos y el reparto de bolsas de comida, así que les quedaba una única alternativa: la producción. Desde hace 5 años trabajan la tierra en terrenos baldíos que les han sido cedidos, produciendo alimentos para ellos, para grupos de consumo así como para las empresas de catering asociadas. La última aventura en la que se han metido es proceder a la transformación y envasado a pequeña escala para la comercialización.

En medio de la frenética actividad por conseguir planes de formación para el empleo y poner en marcha la despensa comunitaria, la Asamblea de Parados de Caserío de Montijo en la deprimida zona norte de Granada, se lanzaba en 2012 a ocupar un terreno abandonado junto al rio Beiro y convertirlo en huertos de autoconsumo. La universidad ha colaborado con la construcción de infraestructuras como un vivero y un invernadero, y ha facilitado el análisis de agua y tierras para certificar el cultivo ecológico mediante un sistema participativo de garantía. La producción se comercializa mediante grupos de consumo y en el ecomercado local. Reciben formación de agricultores profesionales de la vega y visitas de curiosos de todas partes, interesados en conocer lo que arrancó como una medida desesperada ante la emergencia alimentaria y evoluciona lentamente hacia un pequeño parque agrario autogestionado con sus huertas, sus plantaciones de frutales y olivos, el diseño de itinerarios peatonales o la custodia ante los vertidos ilegales de basuras.

En Pamplona (Iruña) ante la silenciada y oculta evidencia de que había gente que pasaba hambre, y la inexistencia de un comedor social municipal, surge en 2007 el comedor solidario Paris 365. Un proyecto apoyado por las redes de economía social y alternativa, mediante el cual se procede a habilitar un antiguo bar para convertirlo en un comedor que huyera de los estereotipos asistenciales. Los 365 días al año un reducido grupo de trabajadores y una media de 200 voluntarios al mes cocinan para otras 110 personas en dificultad social, al principio se trataba principalmente de varones migrantes procedentes del sector de la construcción, pero en la actualidad la mitad de las personas que asisten son familias autóctonas. Partiendo de una postura crítica con los bancos de alimentos, que solo canalizan los excedentes de la gran industria y no garantizan un acceso a una alimentación adecuada, priorizan la donación de excedentes por parte de pequeños productores, pequeñas empresas y particulares. Las ayudas más estables llegaron de los agricultores de Sanguesa que donan de formar regular cantidades que suman las cinco toneladas al año, o del vecindario del municipio de Gabardela donde cultivan una parcela de forma comunitaria para donar los productos al comedor, hasta lograr involucrar a la universidad pública de Navarra donde la facultad de agrónomos mediante un proyecto voluntario de aprendizaje-servicio cultivan para el comedor. A lo que se suma la puesta en marcha de una despensa solidaria con aspecto de supermercado, que abre tres días a la semana y donde las familias se autorregulan para coger los alimentos que necesitan.

El crecimiento exponencial de la agricultura urbana, la proliferación de grupos de consumo agroecológicos, las demandas crecientes de comedores escolares saludables y sostenibles o iniciativas para alimentar las periferias, como las descritas anteriormente, permiten sostener la vida en contextos de dificultad, a la par que replantean el absurdo funcionamiento del modelo agroindustrial. De forma local e imperfecta, con todas las limitaciones que se quiera, estas experiencias reivindican el valor de un trabajo socialmente necesario y ambientalmente sostenible mediante la necesaria producción de alimentos, generan empleo reconstruyen circuitos comerciales en proximidad, se sostienen en comunidades locales que establecen vínculos que van más allá de lo mercantil, se preocupan por las personas vulnerables, demandan profundos cambios en las políticas públicas, y defienden el territorio y la actividad campesina.

Relocalizar y democratizar el sistema agroalimentario es una tarea urgente, pues como dibujan los escenario s d el Informe Global Risk 2015 presentado por l as élites económicas y políticas del planeta en el pasado Foro de Davos, las principales amenazas para el conjunto de la economía global dentro de diez años ser á n el acceso al agua, errores en la adaptación al cambio climático y eventos climatol ó gicos extremos, así como profundas crisis alimentarias. 

Ante diagnósticos como este y frente al secuestro de las políticas alimentarias por las grandes corporaciones y el sistema financiero, solo queda un camino: recuperar nuestra soberanía alimentaria. Igual que la piedra clave determina la construcción de un arco, dando estabilidad a la unión de las piezas situadas entre dos pilares, la soberanía alimentaria está en el centro de las acciones que nos permite n ent retejer una nueva alianza entre campo y ciudad que dev uelva el protagonismo a productores y consumidores organizados.

Ocupar versus usurpar

Cuando se ocupa de forma pública y anunciada un espacio vacío con la intención de permanecer en él, lo que se hace es denunciar y cuestionar una sociedad, una economía y un Estado que consideran los lugares y los bienes como mercancías.

Yayo Herrero - ctxt



Actividades en el Patio Maravillas.


El juicio a cuatro activistas ocupas del Patio Maravillas copa en los últimos días el foco mediático. Como era de esperar, dado el orden de cosas, comparten portadas con las legiones de seres presuntamente corruptos, corruptores, prevaricadores y delincuentes que son detenidos o investigados por docenas y acusados de apropiaciones de recursos públicos, bajo todo tipo de imaginativas fórmulas. Ocupar es una palabra que en el diccionario de la Real Academia de la Lengua tiene muchas acepciones. Habitualmente, cuando hablamos ocupación de locales e inmuebles, la más utilizada suele ser la de “tomar posesión o apoderarse de un territorio, de un lugar o de un edificio, invadiéndolo o instalándose en él”.


Las personas que ocuparon en el Patio Maravillas, indudablemente entraron en un edificio, se instalaron en él y, desde ese momento, lo que era un inmueble vacío, se convirtió en un lugar habitado, cuyo valor venía dado por el uso que se hacía de él. Lo que hoy es tratado en muchos medios como un acto inmoral y delictivo, es, sin embargo, una acción amparada por las orientaciones morales más básicas que han permitido que la humanidad haya podido sobrevivir. Ocupar el espacio vacío ha sido una estrategia de supervivencia y prácticamente todas las culturas del mundo han desarrollado mecanismos y normas para impedir el acaparamiento de espacios y bienes que no tuvieran utilidad social. Desde las constituciones que regulan la vida en común en los estados (como es el caso de la propia Constitución española), hasta los textos básicos de muchas religiones (incluida la católica), la legitimidad de un propiedad que no tenga utilidad social ha sido profundamente cuestionada.


En este marco antropológico, y teniendo en cuenta, el uso patrimonialista y especulativo que tiene la propiedad inmobiliaria, el elevado número de viviendas y espacios vacíos en la ciudad de Madrid, y la cantidad de gente precaria sin vivienda y de proyectos socioculturales que no tenían dónde llevarse a cabo, no parece extraño que la ocupación, como denuncia y respuesta política, haya ido creciendo progresivamente.

Cuando se ocupa de forma pública y anunciada un espacio vacío con la intención de permanecer en él, lo que se hace es denunciar y cuestionar una sociedad, una economía y un Estado que consideran los lugares y los bienes como mercancías, valiosas en la medida en que generen plusvalías, independientemente de si esas operaciones mejoran, o no, las condiciones de vida de las mayorías sociales. Indudablemente, El Patio Maravillas es uno de esos espacios de denuncia. A partir de la ocupación del inmueble se trataba de visibilizar el sinsentido de los inmuebles que se caían a pedazos, mientras hay una enorme carencia de  lugares en los que poder construir cultura comunitaria y autoorganizada. 


Pero El Patio es mucho más que un práctica de denuncia o disidencia. Y es que la palabra ocupar tiene muchas más acepciones en el diccionario. También significa llenar y habitar un espacio o lugar; dar qué hacer o en qué trabajar y emplearse en un trabajo, ejercicio y tarea; llamar la atención de alguien y darle en qué pensar; preocuparse por una persona o colectivo, prestándole atención; asumir la responsabilidad de un asunto, encargarse de él...


El Patio Maravillas es, sobre todo, todas estas otras cosas que se orillan cuando se habla de la ocupación con la intención de estigmatizarla. Ha sido y es, junto a otras iniciativas una escuela de política y democracia en la que muchas personas hemos aprendido a construir colectivamente, a ocuparnos de las demás, a hacernos cargo y a intervenir en lo que nos concierne, a entender que lo que se mantiene en común genera derechos, pero también compromisos, obligaciones y límites. Es un espacio de aprendizaje y de fiesta.

Lo más fácil quizás fuese entrar, lo difícil, como siempre, es mantenerse y construir. El Patio es un espacio habitado y lleno, lleno de deliberación, de cursos, de talleres, de reflexiones y ayuda mutua. Es un espacio vecinal y abierto al barrio en el que vivía; es el sitio que acoge a muchas personas sin lugar, sin derecho a habitar. Es una fuente de trabajo socialmente necesario, de ése que no cuenta en el PIB, pero que resuelve necesidades cotidianas de la gente, que dignifica. Es un lugar de encuentro entre personas que quieren hacerse cargo y cuidar la vida en común, como hacen las personas conscientes de la vulnerabilidad de la vida individual. Es un espacio de emancipación, de feminismo, de ecologismo, de igualdad y de respeto a la singularidad, de mediación y resolución de conflictos...

En lugares como el Patio se formaron muchas personas activistas que seguimos trabajando en los movimientos sociales y en múltiples experiencias e iniciativas que pretenden ser alternativas viables y fuertes. Algunas de ellas, decidieron asaltar, además, otros espacios frecuentemente mal habitados como son las instituciones públicas. Y lo consiguieron con el trabajo y el apoyo de mucha gente, que vivimos la introducción de la papeleta con sus nombres en la urna como un acto, no el único ni el más relevante, pero sí un acto importante de rebeldía que pretendía llevar a la institución lo aprendido.

Probablemente, haya sido la ocupación más difícil que muchas de esas personas han vivido, no debe ser fácil aguantar lo niveles de agresión, calumnia, difamación y violencia que están soportando. La ocupación, en la amplitud de sus acepciones, contrasta radicalmente con la usurpación que hacen de lo público quienes lo usan en su beneficio propio o en el de sus amigos. Frente a la idea de ocupar el espacio privado y vacío para habitarlo, hacerlo público y comunitario, hay quien usurpa la institución pública y transfiere cuanto más deprisa mejor lo que es común a manos e intereses privados, transformando aquello que tiene valor social a la condición de simple mercancía.

Gracias a las compañeras y compañeros de El Patio, de los Labos, La Morada, La Casa Invisible, Casablanca, La Caba, Seco, EKO, y tantos otros. Ante la violenta crisis social y ecológica que afrontamos, necesitamos muchos más ocupas que desplacen a los usurpadores.

Vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir

Can Men - El blog alternativo


“Creo que vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir.
Nuestra cultura nos inculca el miedo a perder el tiempo,
pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida.”

“Hoy todo el mundo sufre la ENFERMEDAD DEL TIEMPO:
la creencia obsesiva de que el tiempo se aleja y
debes pedalear cada vez más rápido”

“La velocidad es una manera de no enfrentarse a lo que le pasa a tu
cuerpo y a tu mente, de evitar las preguntas importantes…
Viajamos constantemente por el carril rápido, cargados de emociones,
de adrenalina, de estímulos, y eso hace que no tengamos nunca el tiempo
y la tranquilidad que necesitamos para reflexionar y preguntarnos
qué es lo realmente importante.”

“La lentitud nos permite ser más creativos en el trabajo,
tener más salud y poder conectarnos con el placer y los otros”

“A menudo, TRABAJAR MENOS significa trabajar mejor.
Pero más allá del gran debate sobre la productividad
se encuentra la pregunta probablemente más importante de todas:
¿PARA QUÉ ES LA VIDA?
“Hay que plantearse muy seriamente
A QUÉ DEDICAMOS NUESTRO TIEMPO.
Nadie en su lecho de muerte piensa: “Ojalá que hubiera pasado más
tiempo en la oficina o viendo la tele”, y, sin embargo, son las cosas
que más tiempo consumen en la vida de la gente.”

Nos prometieron que la tecnología trabajaría por nosotros y que seríamos más felices, pero hay estadísticas que demuestran que trabajamos 200 horas más al año que en 1970 y la insatisfacción vital y la velocidad definen nuestro tiempo.

Carl Honore, el guru anti-prisa y autor del éxito mundial “Elogio de la lentitud” de RBA, nos ofrece en su libro y en esta entrevista una excelente radiografía de los males de nuestra sociedad y el remedio para sanarla: la FILOSOFÍA SLOW, simplemente reducir la marcha y buscar el tiempo justo para cada cosa.


Lo mismo que defendemos el decrecimiento económico porque el nivel de consumo actual es insostenible en un planeta finito y sólo genera injusticias y degradación del medio ambiente, debemos aplicar los mismos principios en las personas. DECRECER EL RITMO DE VIDA para no degradarmos nosotros mismos.
La hiperactividad actual nos lleva a vivir por inercia, dedicando toda nuestra energía a metas externas que se oxidan con el paso del tiempo y olvidando las cosas importantes de la vida.

Somos esclavos de los horarios, del ruido, del consumo, de la hipoteca y de lo que se espera de nosotros, y eso equivale simplemente a sobrevivir pero no a vivir consciente y responsablemente.

Leer a Honoré es como respirar aire fresco.

Su filosofía actualiza los conceptos clásicos de cualquier tradición espiritual sobre la importancia del ser en vez del tener y del aquí y ahora, pero él, además, tiene el mérito de haber popularizado y teorizado con rigor sobre le vida slow y la LENTITUD que se consideraban “cosas de vagos”.

Carl Honoré denuncia la cultura de la prisa y sus consecuencias, la falta de paciencia, la hiperestimulación, la superficialidad, la multitarea (“abarcar mucho y apretar poco” ), y defiende la lentitud, saborear los momentos y sobre todo, priorizar en la vida.
“Lo que denuncio no es la rapidez en si misma, sino que vivimos siempre en el carril rápido y hemos creado una cultura de la prisa donde buscamos hacer cada vez más cosas con cada vez menos tiempo, que hemos generado una especie de DICTADURA SOCIAL que no deja espacio para la pausa, para el silencio, para todas esas cosas que parecen poco productivas. Un mundo tan impaciente y tan frenético que hasta la lentitud la queremos en el acto.”

“La velocidad en si misma no es mala. Lo que es terrible es poner la velocidad, la prisa en un pedestal…Al principio era sólo el terreno laboral pero ahora ha contaminado todas las esferas de nuestras vidas, como si fuera un virus: nuestra forma de comer, de educar a los hijos, las relaciones, el sexo… hasta aceleramos el ocio. Vivimos en una sociedad en que nos enorgullecemos de llenar nuestras agendas hasta límites explosivos”


Y las críticas y propuestas de Carl Honoré se sintetizan muy bien en esta entrevista de La Contra de la Vanguardia del 6-2-2005 titulada “Hemos perdido la capacidad de esperar“:
Tengo 37 años. Nací en Edimburgo, vivo en Londres y fui criado en Canadá. Estoy casado y tengo dos hijos de seis y tres años. Soy licenciado en Historia Moderna. Ejerzo de periodista, he trabajado para ‘The Globe and Mauil’, ‘Nacional Post’, ‘The Guardian ’ y ‘The Economist’. Soy de centroizquierda. Creo que hay algo más allá del hombre y de la experiencia que tenemos en esta vida. Acabo de publicar en España ‘Elogio de la lentitud’ (RBA), que se ha traducido ya a 15 idiomas.

No es necesario que salgas de tu cuarto. Quédate sentado a tu mesa y escucha…”


“…No escuches siquiera, limítate a esperar. No esperes siquiera, permanece inmóvil y solitario. El mundo se te ofrecerá libremente para que lo desenmascares. No tiene elección. Girará arrobado a tus pies”. Así expresó Franz Kafka lo que ya había dicho Platón, que la forma superior del ocio era permanecer inmóvil y receptivo al mundo.

¿Nada más lejos de nuestros conceptos actuales?


Estamos atrapados en la cultura de la prisa y de la falta de paciencia. Vivimos en un estado constante de hiperestimulación e hiperactividad que nos resta capacidad de gozo, de disfrutar de la vida, de acceder al placer que uno puede hallar en su trabajo, en las relaciones humanas o en la comida.

Entonces, ¿nos hemos quedado sin placeres cotidianos?


Somos muy superficiales, no profundizamos en esas cosas, si no le aseguro que cada mediodía nos buscaríamos una agradable terraza en la que comer al sol o un restaurante que nos ofrezca nuestra comida casera preferida. Pero optamos por alimentarnos sin disfrutar ¡porque tenemos mucho trabajo! El consumo de drogas en las empresas estadounidenses ha aumentado un 70% desde 1998, estimulantes para rendir más y más.

¿Y cree entonces que la lentitud es la solución?


La lentitud nos devuelve una tranquilidad y un ritmo pausado que nos permite ser más creativos en el trabajo, tener más salud y poder conectarnos con el placer y con los otros. Hay que reaprender el arte de gozar si queremos ser felices.

“Quien se interesa exclusivamente por la búsqueda del bienestar mundano -decía Tocqueville – siempre tiene prisa, pues sólo “dispone de un tiempo limitado para asirlo y disfrutarlo”.


Tratamos de amontonar tanto consumo y tantas experiencias como nos sea posible. No sólo deseamos una buena profesión, sino también seguir cursos de arte, ejercitarnos en el gimnasio, leer todos los libros de las listas de los más vendidos, salir a cenar con los amigos, ir al cine, comprar los adminículos de moda, tener una satisfactoria vida sexual…

¿Y le parece mal?


El resultado es una corrosiva desconexión entre lo que queremos de la vida y lo que, de una manera realista, podemos tener, lo cual alimenta la sensación de que nunca hay tiempo suficiente.

La rapidez, ¿produce rabia?


Es una de las consecuencias de vivir acelerado. La rabia flota en la atmósfera: rabia por la congestión de los aeropuertos, por las esperas, por las aglomeraciones en los centros de compras, por las relaciones personales, por la situación en el puesto de trabajo, por los tropiezos en las vacaciones. Todo objeto inanimado o ser viviente que se interpone en nuestro camino, que nos impide hacer exactamente lo que queremos hacer cuando lo queremos hacer, se convierte en nuestro enemigo. Hemos perdido la capacidad de esperar. La cultura de la gratificación instantánea es muy peligrosa.

¿Cuándo nació la enfermedad del tiempo?


El término lo acuñó un médico estadounidense en 1982, Larry Dossey, para denominar la creencia obsesiva de que el tiempo se aleja, no lo hay en suficiente cantidad, y debes pedalear cada vez más rápido para mantenerte a su ritmo. Hoy, todo el mundo sufre esa enfermedad.

La rapidez es dinero


Estamos pasando de un mundo donde el grande se comía al chico a otro donde el rápido se come al lento, dijo Klaus Schwab, presidente y fundador del Foro Económico Mundial. La importancia de la rapidez en la vida económica es infernal hoy día y eso no lo podemos cambiar, pero sin equilibrio no podremos sobrevivir mucho tiempo.

Sí, pero los rápidos son más productivos.


Los expertos coinciden en que el exceso de trabajo acaba por ser contraproducente. Según la Organización Internacional del Trabajo, los británicos pasan más tiempo en el trabajo que la mayoría de los europeos y, sin embargo, tienen una de las tasas de productividad por hora más bajas del continente. A menudo, TRABAJAR MENOS SIGNIFICA TRABAJAR MEJOR. Pero más allá del gran debate sobre la productividad se encuentra la pregunta probablemente más importante de todas: ¿para qué es la vida?

Algún día nos cansaremos de vivir en la oficina.


En un estudio reciente llevado a cabo por economistas en la Universidad de Warwick y el Dartmouuth College, el 70% de las personas encuestadas en 27 países expresó su deseo de un mejor equilibrio entre el trabajo y la vida privada. Los directores de personal del mundo industrializado informan que los aspirantes jóvenes han empezado a formular preguntas que habrían sido impensables hace 10 o 15 a ños: ” ¿Puedo salir de la oficina a una hora razonable por la tarde?”

Los grandes hombres siempre han dedicado tiempo a pensar en las musarañas.

Un reciente estudio de la NASA ha revelado que mantener los ojos cerrados durante 24 minutos obra maravillas en la atención y el rendimiento de un piloto. Y sí, muchos de los personajes históricos más vigorosos y triunfadores han sido inveterados partidarios de la siesta: John F. Kennedy, Thomas Edison, Napoleón Bonaparte, John Rockefeller, Johannes Brahms…

Pero los intelectuales y los pseudointelectuales de hoy día tienen respuestas inmediatas para todo.


En vez de pensar en profundidad, ahora gravitamos de manera instintiva hacia el sonido más cercano. Las mentes mediáticas a las que hoy escuchamos realizan análisis inmediatos de los acontecimientos en el mismo momento en que se producen, y con frecuencia se equivocan, pero eso apenas importa: en el país de la velocidad, el hombre que tiene la respuesta inmediata es el rey. Pero ya Gandhi decía que en la vida hay algo más importante que incrementar su velocidad.

Puede que la rapidez sea nuestra manera de evadirnos.


La velocidad es una manera de no enfrentarse a lo que le pasa a tu cuerpo y a tu mente, de evitar las preguntas importantes. La gente tiene miedo a abrazar la lentitud, existe un prejuicio muy arraigado. Lento es sinónimo de torpe, lerdo, perezoso. Pero creo que hay mucha gente en un brete, porque por un lado le parece obvio que debe cambiar su ritmo y, por el otro, la sociedad le manda un bombardeo de mensajes que aseveran que la velocidad es Dios.

¿Qué mundo se descubre con la lentitud?


Según mi experiencia hay un antes y un después. Creo que vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir. Nuestra cultura nos inculca el miedo a perder el tiempo, pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida. La mejor forma de aprovechar el tiempo no es hacer la máxima cantidad de cosas en el mínimo tiempo, sino buscar el ritmo adecuado a cada cosa. Hay que plantearse muy seriamente a qué dedicamos el tiempo. Nadie en su lecho de muerte piensa: “Ojalá que hubiera pasado más tiempo en la oficina o viendo la tele”, y, sin embargo, son las cosas que más tiempo consumen en la vida de la gente.

¿Hemos pervertido el concepto de ocio?


La filosofía del trabajo la aplicamos en el ocio, que se vuelve una obligación, y caemos en la trampa de hacer demasiado. Hay que reintroducir la idea del juego tanto en el trabajo como en el ocio.

Los esquimales llaman a hacer el amor “reír juntos”.


El sexo en nuestra sociedad está tan contagiado de la enfermedad de la prisa como todo lo demás, pero en este caso perdemos muchísimo. Disfrutar de una buena relación íntima va mucho más allá de la duración del orgasmo, significa darle otro nivel de profundidad; el vínculo psicológico o la comunicación espiritual es el mayor de los placeres, pero requiere tiempo antes, durante y después. Cada vez más gente en Estados Unidos decide, como el cantante Sting, aprender el sexo tántrico.

De las filosofías que explican el tiempo, ¿cuál prefiere?


Las tradiciones filosóficas para las que EL TIEMPO ES CÍCLICO, como la china, la hindú o la budista. Según estas culturas, el tiempo nos rodea, renovándose, como el aire que respiramos. Pero en la tradición occidental el tiempo es lineal, un recurso finito. Los monjes benedictinos, que se regían por un horario muy apretado, creían que el diablo buscaba trabajo en las manos ociosas.

¿Cómo educar a un niño a un buen ritmo?


A cada vez más padres el instinto les dice que la escuela no es el mejor lugar para educar a sus hijos. Actualmente, más de un millón de jóvenes estadounidenses están siendo ESCOLARIZADOS EN CASA, 90.000 en Gran Bretaña, 30.000 en Australia y 80.000 en Nueva Zelanda. Es una manera de liberar al niño de la tiranía del horario, de dejarles aprender y vivir a su ritmo. Es decir, permitirles ser lentos.

¿Con buenos resultados?

Las investigaciones demuestran que los niños educados en casa aprenden más rápido y mejor que los alumnos en aulas convencionales. Y también se ha comprobado que tienen mucho éxito en sus estudios superiores. El temor de que su relación social no sea buena en el futuro también es infundado. Los padres que educan a sus hijos en casa establecen contacto con otras familias para compartir la enseñanza, juegos y viajes de estudio. Como avanzan con más rapidez, estos niños disponen de más tiempo libre para afiliarse a clubs.

Para ellos puede que el peligro sea la televisión.


Ese es un peligro universal. Cada vez más especialistas relacionan la televisión con el déficit de atención. La extrema velocidad visual de la pequeña pantalla ejerce con toda certeza un efecto en los cerebros juveniles. Un vídeo de Pokémon lleno de luces destellante que emitió la televisión japonesa en 1997 causó ataques epilépticos a casi 700 niños. Para protegerse de las demandas, las empresas de software adjuntan a sus juegos advertencias sobre los riegos para la salud que conllevan. En general, creemos que la televisión nos relaja y no es cierto. De media, EN ESPAÑA SE PASAN CUATRO HORAS DIARIAS FRENTE AL TELEVISOR. La tele se ha vuelto el agujero negro del tiempo en la vida moderna, chupa todo el tiempo de ocio y nos deja cansados, hiperestimulados y pobres de tiempo.

Quizá la velocidad sea una manera del propio sistema para tenernos controlados.


Creo que el capitalismo es un sistema muy flexible y que se puede adaptar, aunque el movimiento en defensa de la lentitud implique un cambio cultural muy profundo. Pero cada vez hay más gente que defiende la lentitud, llegar a una masa crítica es cuestión de tiempo.

¿Cuál es el primer paso?


Aceptar que uno vive mejor cuando hace menos. Mirar la agenda y colocar todo lo que hacemos durante la semana en ORDEN DE PRIORIDAD y empezar a cortar desde abajo, lo que no resulta nada difícil, porque llenamos nuestro tiempo de cosas que no son esenciales, lo hacemos por reflejo, porque eso es lo que se hace. El segundo paso es seleccionar los programas de televisión que nos interesan y no encenderla por costumbre. Así le podrá dar más tiempo a las cosas importantes: la comida, las relaciones, el sexo, lo lúdico y la calidad de trabajo.
  
¿No tiene la sensación que haciendo menos la vida se reduce?

 Ese es el miedo, pero la realidad es la contraria: al no estar atrapado en la telaraña de compromisos las cosas empiezan a ocurrir casi de forma sorprendente e inesperada.

El decrecimiento como alternativa para superar la crisis ambiental

Álvaro Lopez - Ingeniero agrónomo

Una persona en Estados Unidos consume 4 veces más energía que un argentino y 265 veces más que un nigeriano. Si tenemos en cuenta la cantidad de CO2 generada por cada estadounidense, ésta supera en 3,7 veces la producción de un argentino y 34 veces la de un nigeriano. Finalmente, y como medida de consumo, el PBI per cápita de un estadounidense es 4,37 veces mayor al de un argentino y 427 veces mayor al de un nigeriano. Esta breve comparación es indicativa de la gran desigualdad en el mundo, no solo referida a los aspectos económicos, sino también a los impactos ambientales de los distintos países.

En este periodo histórico la humanidad o parte de ella comienza a tener conciencia de la finitud del planeta y que es imposible lograr un nivel de consumo o de igualdad en todos los habitantes al mismo nivel que los estadounidenses/europeos, como así también es injusto que los países “desarrollados” despilfarren los recursos naturales recibiendo el resto solo las migajas de su progreso.

En este planeta finito los recursos naturales tienen un límite, y la acción antrópica desde la revolución industrial en adelante ha llevado a superar dichos límites de sustentabilidad de la tierra, lo cual se observa en la actualidad con ejemplos marcados en la reducción de biodiversidad, calentamiento global, contaminación del aire, contaminación del agua, grandes inestabilidades climáticas (acentuadas por el mal uso de los recursos naturales) que derivan en sequías, inundaciones, tornados, avances de plagas y enfermedades, reducción de la producción agrícola, etc.

La respuesta política a estos problemas (según podemos observar en los acuerdos alcanzados en la COP21) se centra en la adaptación al cambio climático –adaptarnos a que el clima nos destruya y aguantar–, en la mitigación (disminuir la cantidad de gases del efecto invernadero) y en una serie de medidas que involucran aportes financieros para estos fines y otras políticas.

En general estos acuerdos son vulnerables a las políticas económicas definidas en el interior de cada uno de los países, son compromisos futuros que implican acciones que indirectamente dependen de su factibilidad económica, más en un mundo donde prima lo global, lo financiero, el consumo y el crecimiento económico.

Pero debemos estar atentos a la alerta que nos marca el planeta, los efectos del cambio climático son tangibles, es hora de cambiar el rumbo. Una de las alternativas para este fin es la teoría del decrecimiento de Serge Latouche. Ésta se plantea como un slogan para generar impacto, refiriendo a que la humanidad debe cambiar sus hábitos, dejar de ser un mundo donde se vale por lo que se consume, donde todo el resto de los valores son precarios (el amor, el trabajo, el ser humano). Serge Latouche plantea que “hay que sobrevivir al desarrollo, descolonizarse del imaginario económico y empezar a construir una sociedad alternativa”. Esta sociedad alternativa tiene que ser tomada como base política para los gobernantes del mundo, para que empiecen a pensar en otro modelo de desarrollo, dejando de lado el modelo capitalista que se sustenta mediante el “hiperdesarrollo”, la “hiperproducción” y el “hiperconsumo”, degradando y destruyendo tanto la biodiversidad como los recursos naturales, aportando de manera creciente a la emisión de gases del efecto invernadero.

Este nuevo modelo debe tomar la forma de una economía de decrecimiento, implicando no solo una mayor concientización ecológica sino también un cambio en las formas de vivir, consumir y producir. Una nueva manera de organizarnos socialmente y económicamente.



Decrecimiento: Necesitar menos para vivir mejor

Un caracol no necesita mucho para ser feliz. Lento, pero seguro, busca el alimento que necesita para sobrevivir y lleva su casa sobre sí mismo. Sin embargo, si come demasiado y crece en exceso, el caracol no cabe en su caparazón y muere. Haciendo una alegoría con la simple vida de este molusco, economistas de todo el mundo decidieron utilizarlo como símbolo de su premisa, la teoría del decrecimiento, que postula que el actual modelo de desarrollo basado en el crecimiento ilimitado está destruyendo el planeta. Un modelo que hoy no sólo cuestionan economistas y políticos, sino también los mismos ciudadanos, muchas veces cansados de un sistema de vida que los tiene estresados, sobreendeudados y sin tiempo para ellos mismos y sus familias. 

Macarena Bajas (45) y Marco Fedelli (49) llevan siete años juntos y el 14 de enero de este año comenzaron a cumplir un sueño añorado desde que se conocieron. Afuera de su casa, en un pequeño pasaje de Ñuñoa, decenas de cajas amarillas que originalmente almacenaban papas fritas congeladas hoy contienen la ropa y las pertenencias más importantes de la pareja y sus hijos: Andoni (13), Ferrán (9) y Ennio (5). Son las diez de la mañana y la familia, que además componen los perros Chilota y Roco, lleva más de cuatro horas empacando. Todo, ordenado por tamaño e importancia, espera bajo el sol de verano a que llegue un camión de carga con acoplado que los llevará a un terreno en Panguipulli, a 17 kilómetros del pueblo. 

Allí, en la Región de Los Ríos, los espera la parcela de tres hectáreas que compraron en 2014, con agua, árboles centenarios y frutales, donde establecerán su nuevo hogar e iniciarán la vida que quieren. Una vida diferente, lejos de un sistema al que consideran en crisis, con menos necesidades superfluas, menos temores, más calma y totalmente autosustentable. “Queremos una vida en la que dejemos de ver como normales conductas que no lo son, como tener que viajar horas en micro para avanzar sólo unas cuadras o la extrema violencia a la que estamos expuestos. No es normal vivir así y no queremos eso para nuestros hijos, que son nuestra prioridad”, agrega Macarena.

“Queremos una vida en la que gastemos menos, en la que consumamos menos, queremos tener menos cosas y más tiempo libre, consumir menos agua y menos energía, ser más conscientes y más felices, en familia y en contacto con la naturaleza”. En la mudanza, la pareja aprovechó de despojarse de aquellas posesiones que ya no le parecían sustanciales, como el refrigerador, tomando un camino basado en valores que, de alguna manera, son los mismos que defienden los promotores del “decrecimiento”. 

Las claves de la crisis actual 

Originario de los años 70, el concepto surgió de la mano del matemático y economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen –que abordó la crisis del sistema económico capitalista y propuso alternativas como la economía ecológica–, y de la publicación del “Informe Meadows” o “Los límites del crecimiento” en 1972. Este documento, redactado por investigadores del Massachusetts Insitute of Technology (MIT), fue un encargo del Club de Roma, una agrupación de una treintena de personalidades de más de 25 países, científicos y políticos incluidos, que en 1968 se reunieron a discutir su preocupación por los cambios medioambientales.

El texto, que pronto se volvió la demostración científica de lo manifestado por Georgescu-Roegen, fue el primero en la historia en plasmar la grave crisis ecológica que afecta al planeta hasta hoy. Aseguraba que se trataba de una situación sin precedentes, generada por el mismo ser humano y que, a esas alturas, ya era urgente de abordar: “Si la industrialización, la contaminación ambiental, la producción de alimentos y el agotamiento de los recursos mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años. El resultado más probable sería un súbito e incontrolable descenso, tanto de la población como de la capacidad industrial”. 

Los pensamientos en torno al “decrecimiento” fueron tomando fuerza y cuerpo con el tiempo. Uno de sus principales promotores en la actualidad es el economista francés Serge Latouche, quien se ha transformado en el líder de la teoría afirmando que “decrecer” es un concepto provocador (Ver entrevista página 16). Como él mismo asegura desde Francia: “Busca generar una reflexión sobre un fenómeno clave de la sociedad occidental: el concepto de lo ilimitado, en el que se basa la economía. Existen tres niveles reconocibles de esto: la producción ilimitada (producir por producir), el consumo ilimitado (creación infinita de bienes) y, como resultado de ambos, la basura sin límites, que contamina tierra, agua y aire. No se trata de decrecer sólo por decrecer, eso sería igual de absurdo que crecer por crecer. 

El decrecimiento también necesita crecimiento, pero de otro tipo: el de la calidad de vida. Para ser riguroso, habría que hablar de “a-crecimiento”, es decir, convertirnos en ateos del crecimiento, ya que éste se ha vuelto una religión”. 


Un caracol no necesita mucho para ser feliz. Lento, pero seguro, busca el alimento que necesita para sobrevivir y lleva su casa sobre sí mismo. Sin embargo, si come demasiado y crece en exceso, el caracol no cabe en su caparazón y muere. Haciendo una alegoría con la simple vida de este molusco, economistas de todo el mundo decidieron utilizarlo como símbolo de su premisa, la teoría del decrecimiento, que postula que el actual modelo de desarrollo basado en el crecimiento ilimitado está destruyendo el planeta. Un modelo que hoy no sólo cuestionan economistas y políticos, sino también los mismos ciudadanos, muchas veces cansados de un sistema de vida que los tiene estresados, sobreendeudados y sin tiempo para ellos mismos y sus familias. Macarena Bajas (45) y Marco Fedelli (49) llevan siete años juntos y el 14 de enero de este año comenzaron a cumplir un sueño añorado desde que se conocieron. Afuera de su casa, en un pequeño pasaje de Ñuñoa, decenas de cajas amarillas que originalmente almacenaban papas fritas congeladas hoy contienen la ropa y las pertenencias más importantes de la pareja y sus hijos: Andoni (13), Ferrán (9) y Ennio (5). Son las diez de la mañana y la familia, que además componen los perros Chilota y Roco, lleva más de cuatro horas empacando. Todo, ordenado por tamaño e importancia, espera bajo el sol de verano a que llegue un camión de carga con acoplado que los llevará a un terreno en Panguipulli, a 17 kilómetros del pueblo. Allí, en la Región de Los Ríos, los espera la parcela de tres hectáreas que compraron en 2014, con agua, árboles centenarios y frutales, donde establecerán su nuevo hogar e iniciarán la vida que quieren. Una vida diferente, lejos de un sistema al que consideran en crisis, con menos necesidades superfluas, menos temores, más calma y totalmente autosustentable. “Queremos una vida en la que dejemos de ver como normales conductas que no lo son, como tener que viajar horas en micro para avanzar sólo unas cuadras o la extrema violencia a la que estamos expuestos. No es normal vivir así y no queremos eso para nuestros hijos, que son nuestra prioridad”, agrega Macarena. “Queremos una vida en la que gastemos menos, en la que consumamos menos, queremos tener menos cosas y más tiempo libre, consumir menos agua y menos energía, ser más conscientes y más felices, en familia y en contacto con la naturaleza”. En la mudanza, la pareja aprovechó de despojarse de aquellas posesiones que ya no le parecían sustanciales, como el refrigerador, tomando un camino basado en valores que, de alguna manera, son los mismos que defienden los promotores del “decrecimiento”. Las claves de la crisis actual Originario de los años 70, el concepto surgió de la mano del matemático y economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen –que abordó la crisis del sistema económico capitalista y propuso alternativas como la economía ecológica–, y de la publicación del “Informe Meadows” o “Los límites del crecimiento” en 1972. Este documento, redactado por investigadores del Massachusetts Insitute of Technology (MIT), fue un encargo del Club de Roma, una agrupación de una treintena de personalidades de más de 25 países, científicos y políticos incluidos, que en 1968 se reunieron a discutir su preocupación por los cambios medioambientales. El texto, que pronto se volvió la demostración científica de lo manifestado por Georgescu-Roegen, fue el primero en la historia en plasmar la grave crisis ecológica que afecta al planeta hasta hoy. Aseguraba que se trataba de una situación sin precedentes, generada por el mismo ser humano y que, a esas alturas, ya era urgente de abordar: “Si la industrialización, la contaminación ambiental, la producción de alimentos y el agotamiento de los recursos mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años. El resultado más probable sería un súbito e incontrolable descenso, tanto de la población como de la capacidad industrial”. Los pensamientos en torno al “decrecimiento” fueron tomando fuerza y cuerpo con el tiempo. Uno de sus principales promotores en la actualidad es el economista francés Serge Latouche, quien se ha transformado en el líder de la teoría afirmando que “decrecer” es un concepto provocador (Ver entrevista página 16). Como él mismo asegura desde Francia: “Busca generar una reflexión sobre un fenómeno clave de la sociedad occidental: el concepto de lo ilimitado, en el que se basa la economía. Existen tres niveles reconocibles de esto: la producción ilimitada (producir por producir), el consumo ilimitado (creación infinita de bienes) y, como resultado de ambos, la basura sin límites, que contamina tierra, agua y aire. No se trata de decrecer sólo por decrecer, eso sería igual de absurdo que crecer por crecer. El decrecimiento también necesita crecimiento, pero de otro tipo: el de la calidad de vida. Para ser riguroso, habría que hablar de “a-crecimiento”, es decir, convertirnos en ateos del crecimiento, ya que éste se ha vuelto una religión”. Lee el reportaje completo en revista Viernes.

Fuente: Emol.com - http://www.emol.com/noticias/Tendencias/2016/03/18/793800/Decrecimiento-Necesitar-menos-para-vivir-mejor.html