La ley del dolor

Pierre Clastres

En el siglo XVI, decían los primeros cronistas, a propósito de los indios brasileños, que eran gente sin fe, sin rey, sin ley. Ciertamente, esas tribus ignoraban la dura ley de división, la que en una sociedad dividida impone el poder de algunos sobre todo el resto. Esa ley, ley de rey, ley del Estado, es ignorada por los mandan, los guaycurús, los guayakís y los abipones. La ley que ellos aprenden a conocer en el dolor es la ley de la sociedad primitiva que le dice a cada uno: Tu no vales menos que otro, tu no vales más que otro.

La ley inscrita en el cuerpo, señala el rechazo de la sociedad primitiva a correr el riesgo de la división, el riesgo de un poder separado de ella misma, de un poder que se le escaparía. La ley primitiva, cruelmente enseñada, es una prohibición de la desigualdad, de la que cada uno guardará memoria.

Siendo la misma substancia del grupo, la ley primitiva se hace substancia del individuo, voluntad personal de cumplir la ley. Escuchemos una vez más a George Catlin:

"Aquel día parecía que una de las rondas no terminaría jamás. Por más que se arrastraba indefinidamente a un desgraciado que llevaba un cráneo de alce enganchado en una pierna, ni la carga caía ni se rompía la carne. Era tal el peligro que corría el pobre muchacho que se levantaron clamores de piedad en la muchedumbre. Pero la ronda continuaba, hasta que el maestro de ceremonias en persona dio orden de detenerse.

Aquel joven era particularmente hermoso. Recuperó pronto su sentido y no sé cómo le volvieron las fuerzas. Examinó calmadamente su pierna sangrante y desgarrada y la carga enganchada todavía en su carne y luego, con una sonrisa de desafío, se arrastró gateando a través de la muchedumbre que se abría delante de él hasta el Prado (en ningún caso los iniciados tienen derecho a caminar mientras sus miembros no hayan sido liberados de todas sus púas). Logró hacer más de un kilómetro, hasta un lugar alejado donde permaneció solo tres días y tres noches, sin ayuda ni alimento, implorando al Gran Espíritu. Al término de ese lapso, la supuración lo liberó de la púa, y se volvió al pueblo, caminando con las manos y las rodillas, ya que estaba en tal estado de agotamiento que no podía levantarse. Se le curó, se le alimentó y pronto se restableció."

¿Qué fuerza impulsaba al joven mandan? Desde luego no la de un afán masoquista, sino el deseo de fidelidad a la ley, la voluntad de ser, ni más ni menos, igual a los demás iniciados.

Decíamos que toda ley es escrita. He aquí como se reconstruye, de cierto modo, la triple alianza ya reconocida: cuerpo, escritura, ley. Las cicatrices dibujadas en el cuerpo es el texto inscrito de la ley primitiva, es en este sentido una escritura en el cuerpo. Las sociedades primitivas son, dicen con fuerza los autores del Anti-Edipo, sociedades de la marca. Y en esta medida las sociedades primitivas son, efectivamente, sociedades sin escritura, pero en el sentido en que la escritura indica primeramente la ley de división, lejana, despótica, la ley del estado que escriben sobre el cuerpo los codetenidos de Martchenko. Y es precisamente —nunca se insistirá suficientemente en ello— para conjurar esa ley, ley fundadora y garante de la desigualdad, es contra la ley de Estado que se plantea la ley primitiva. Las sociedades arcaicas, sociedades de la marca, son sociedades sin Estado, sociedades contra el Estado. La marca en el cuerpo, igual en todos los cuerpos, enuncia: No tendrás el deseo del poder, no tendrás el deseo de sumisión.

Y esta ley de la no división no puede hallar para inscribirse sino un espacio sin división: el cuerpo mismo. Profundidad admirable de los salvajes, que de antemano sabían todo eso, y cuidaban, al precio de una terrible crueldad, de evitar el advenimiento de una crueldad aún más aterradora: la ley escrita en el cuerpo es un recuerdo inolvidable.

Extraído de: "La sociedad contra el Estado". Pierre Clastres


Pequeño tratado del decrecimiento sereno


Hoy más que nunca, el desarrollo sacrifica tanto a la población como su bienestar concreto y local sobre el altar de una buena tenencia abastracta, desterritoralizada. Claro está, este sacrificio en honor de un pueblo mítico y desencarnado se hace en provecho de los 'empresarios del desarrollo' (las firmas multinacionales, los dirigentes políticos, los tecnócratas y las mafias).

El crecimiento hoy en día es un asunto rentable a condición de que el peso y el precio recaigan en la naturaleza, en las generaciones futuras, en la salud de los consumidores, en las condiciones de trabajo de los asalariados y, más aún, en los países del Sur. Por eso es necesario una ruptura.

Todos los regímenes modernos han sido productivistas: repúblicas, dictaduras, sistemas totalitarios, hayan sido los gobiernos de derecha o de izquierda, liberarles, socialistas, populistas, socioliberales, socialdemócratas, centralistas, radicales, comunistas. Todos han hecho del crecimiento económico la piedra angular de su incuestionable sistema.

El cambio indispensable de rumbo no depende de quienes con una simple votación podrían resolver la cuestión llevando al poder a un nuevo gobierno o votando a favor de otra mayoría. Lo que se necesita es mucho más radical: una revolución cultural, ni más ni menos, que deberá desembocar en una refundación de lo político.

El proyecto del decrecimiento es, entonces, una utopía, es decir, un generador de esperanzas y de sueños. Sin embargo, lejos de refugiarse en lo irreal, trata de explotar las posibilidades objetivas de su puesta en práctica. De ahí el calificativo de 'utopía concreta'. Si no partimos de la hipótesis de que es posible otro mundo, no habrá política, sólo habrá gestión administrativa de indiviudos y de las cosas. El decrecimiento es, pues, un proyecto político.

Extraído de 'Pequeño tratado del decrecimiento sereno'. Serge Latouche. Icaria. 2009.

La economía de la prehistoria

Marshall Sahlins

Pero, entonces, incluso hablar de «la economía» de una sociedad primitiva es un ejercicio de irrealidad. Estructuralmente, «la economía» no existe. Más que una organización delimitada y especializada, la «economía» es algo que generaliza la función de los grupos sociales y de las relaciones, especialmente los grupos y las relaciones de parentesco. La economía es más bien una función de la sociedad que una estructura, porque el armazón del proceso económico, la proporcionan los grupos concebidos clásicamente como «no económicos». En particular, la producción está instituida por grupos domésticos que, por lo general, se ordenan como familias de uno u otro tipo. La 'unidad doméstica' es para la economía tribal lo que el feudo fue para la economía medieval o lo que es la corporación para el moderno capitalismo:

Cada una de ellas [unidad doméstica] es en su momento la institución productiva dominante. Cada una representa, además, un determinado modo de producción *, con una tecnología y una división del trabajo apropiadas, un objetivo económico o finalidad característicos, formas específicas de propiedad, relaciones sociales y de intercambio definidas entre las unidades productivas y contradicciones que le son del todo propias. En resumen, para explicar la disposición observada que tienen las primitivas economías para la subproducción, yo reconstruiría la «economía doméstica independiente» de Karl Bücher y de los escritores anteriores a él, pero ahora un tanto reacomodada a Marx, y redecorada con una etnografía más a la moda.

Puesto que los grupos domésticos de la sociedad primitiva no han sufrido todavía una degradación a un mero estatus de consumo, su capacidad laboral desligada del círculo familiar y empleada en un dominio exterior, los hizo someterse a una organización y propósitos ajenos. La unidad doméstica, como tal, recibe el peso de la producción junto con la organización y la aplicación de la capacidad laboral y junto con la determinación del objetivo económico. Sus propias relaciones internas, tal como ocurre entre esposo y esposa, entre padres e hijos, son las relaciones principales de la producción dentro de la sociedad. El rótulo incorporado de los estatus de parentesco, el dominio y la subordinación de la vida doméstica, la reciprocidad y cooperación, hacen aquí de lo «económico» una modalidad de lo íntimo.

La organización del trabajo y los términos y productos de su actividad, son principalmente decisiones domésticas. Y son decisiones que se toman teniendo en cuenta primordialmente la satisfacción doméstica. La producción se encauza según las exigencias habituales de la familia. La producción es para beneficio de los productores.

* «Modo de producción» se emplea aquí de modo diferente a como lo hizo Terray (siguiendo a Althusser y Balibar) en su importante trabajo Le Marxisme devant les sociétés primitives (1969). Aparte de la diferencia obvia en lo que se refiere a las «instancias» superestructurales, el principal contraste tiene que ver con la importancia teórica que se ha dado a diversas formas de cooperación, es decir, en cuanto constituyen estructuras colectivas en el control de las fuerzas productivas que se superponen y se enfrentan a las unidades domésticas. Una importancia semejante se desecha aquí y a partir de esta divergencia surgen muchas otras. Sin embargo, a pesar de estas diferencias significativas, es obvio que la presente perspectiva hace propios muchos puntos de vista de Terray y está de acuerdo también, en gran parte, con Meillassoux (1960, 1964), en quien se fundamenta el trabajo de Terray.


(…)


Las técnicas locales exigen un mayor o menor grado de cooperación, de ahí que la producción pueda estar organizada de formas sociales diversas y a veces en niveles más altos que la unidad doméstica. Los miembros de una familia pueden colaborar de una manera regular y sobre una base individual con parientes y amigos de otras casas; ciertos proyectos se encaran colectivamente por parte de grupos, tales como los linajes o las comunidades de vecinos. Pero de lo que se trata no es de la composición social del trabajo.

Las partidas de trabajo más numerosas no son, en su mayor parte, más que uno de los muchos modos que la producción doméstica tiene de realizarse. A menudo, la organización colectiva del trabajo no hace más que dismular tras su masividad su simplicidad social básica.

Un conjunto de personas o de pequeños grupos actúan hombro con hombro en tareas paralelas e idénticas, o trabajan juntas para favorecer por turno a cada participante. Es así que el esfuerzo colectivo comprime a la estructura segmentaria de la producción sin efectuar en ella ningún cambio permanente o fundamental.

Lo que es más, la cooperación no instituye una estructura de producción sui generis y con finalidades propias que difiera en forma o en alcance de la supervivencia de los distintos grupos domésticos y que predomine en el proceso de producción de la sociedad. La cooperación sigue siendo, en su mayor parte, un hecho de naturaleza técnica, sin realización social independiente en el nivel del control económico.

No compromete en absoluto la autonomía de la unidad doméstica o su objetivo económico, la organización doméstica de la capacidad laboral o el predominio de los objetivos domésticos a través de las actividades sociales del trabajo. Realizados estos planteamientos, paso a la descripción de los aspectos principales de la modalidad doméstica de la producción (MDP), con la vista puesta en las implicaciones que ésta tiene para el carácter del desempeño económico.

Extraído del libro: "La economía de la Edad de Piedra" de Marsall Sahlins

Migración y decrecimiento


Artículo extraído del libro 'Decrecimientos. Sobre lo que hay que cambiar en la vida cotidiana', del capítulo escrito por Manoel Santos 'decrecimiento y migraciones'.

Las migraciones masivas de seres humanos se han potenciado enormemente por causa del crecimiento económico planificado de las sociedades centrales, que tienen en los millones de migrantes del planeta una fuerza de trabajo, muchas veces barata y dominable, que les es imprescindible. La situación ha ayudado a empobrecer aún más a los países del sur geopolítico y ha desertizado salvajemente las zonas rurales del planeta, provocando terribles daños ambientales y sociales.

(…)

El emprendimiento de un proyecto de decrecimiento ordenado y sereno en el Norte, que debería implicar no sólo la drástica reducción de nuestra producción y nuestro consumo, sino también cambios radicales en la manera de organizarnos política, social y económicamente; con mas autogestión, autoproducción, ahorro y por tanto autosuficiencia, con la relocalización de la economía, la producción, la política y en general con la primacía de todo lo local frente a lo global; con el reparto del trabajo y la producción de bienes relacionales; con la redistribución equitativa de los recursos disponibles en el nivel planetario; y sobre todo con el desarrollo de una vida más frugal – incluso dando ciertos pasos hacia atrás-, debería ser una opción que hay que tener muy en cuenta para contribuir a que el planeta, y con él la humanidad y la vida misma, interrumpa e incluso revierta eses camino hacia la catástrofe que todos los datos parecen indicar.

Dicho cambio en nuestro estilo de vida podría tener efectos muy positivos en la reducción del drama social que suponen las migraciones en el nivel mundial, tanto de aquellas que sangran a muchas poblaciones del Sur geopolítico -incluiría también a las del este de Europa-, para las que la emigración hacia otros lugares y países se ve como la única salida a la pobreza extrema, como de las que desertizan los espacios rurales del planeta para engrosar las aglomeraciones urbanas.

(…)

En lo referente a los migrantes internacionales, la opción del decrecimiento en las sociedades industrializadas tendría por fuerza que provocar mayor justicia social es sus países de origen y por ende en sus sociedades, entre otras cuestiones por causa del freno que supondríaa para el expolio de sus recursos naturales, el cese de una más que injustas relaciones -o imposiciones- comerciales y políticas capitalistas y el obligado pago de la deuda del crecimiento que el Norte tiene con el Sur.

Si hablamos de éxodo rural que es la migración más copiosa tanto en los países de la Periferia como en los del centro del sistema, un programa de decrecimiento ayudaría a invertir la tendencia urbanizadora del planeta, por cuanto éste sería inabordable si una decidida repoblación humana del campo -lógicamente con su redistribución equitativa de la tierra-, orientada a relocalizar tanto la economía como la política. Dicho proyecto buscaría, entre otras cosas caminar hacia una soberanía alimentaria que a su vez ayudaría a paliar en buena medida el panorama multicrisis (crisis ambiental,energética, cultural, económica, alimentaria, humanitaria, etc.) que asola la Tierra.

La crítica a la economía del crecimiento

 

Yago Calbet Domingo


La crítica a la economía del crecimiento Una comparación entre el pensamiento de los años setenta y los actuales

1. Introducción

En contextos de grandes crisis salen a la luz un gran abanico de teorías críticas con el funcionamiento del sistema económico-político y surgen también nuevos modelos alternativos de organización y desarrollo. En realidad, dichos contextos son la oportunidad ideal para que estas críticas ganen credibilidad y se difundan mejor entre la población. La coyuntura actual no es una excepción a ello y por eso hoy se hace notoria la expansión y difusión de proyectos que pretenden un cambio sistémico para avanzar hacia una sociedad mejor.

En los últimos años, una de las críticas más recurrentes tiene que ver con la cuestión de que el funcionamiento de las sociedades industrializadas esté basado en el crecimiento económico. Presentadas al público, estas críticas parecen nuevas y rompedoras pero ¿no se dijo en el pasado algo parecido? La respuesta nos la dan los mismos autores de hoy cuando citan teorías de pensadores anteriores. Entonces, las críticas actuales ¿representan sólo de un recuerdo de lo que otros dijeron ya? Esta sencilla pregunta constituye el punto de partida de la presente investigación. Una investigación motivada por saber dónde se encuentran las raíces de la crítica actual a la economía del crecimiento y por conocer cómo ha evolucionado dicha crítica –si es que ha evolucionado- y cuáles son las formas que adopta en la actualidad.

El artículo se organiza en tres apartados correspondientes a líneas básicas de pensamiento, las cuales agrupan a autores distintos. El primero está formado por las obras referentes de D. Meadows, F. Schumacher, Georgescu-Roegen y T. Scitovsky. Constituye un buen punto de partida porque sus obras configuran la primera crítica a la economía del crecimiento en un contexto de sociedades modernas que habían experimentado el período de mayor industrialización y crecimiento económico. Este primer grupo supone la referencia básica en la que se comparan los dos próximos grupos.

Hay que puntualizar que si bien este primero es anterior cronológicamente a los demás, el segundo y el tercer grupo coexisten en el tiempo ya que lo que se desea, a parte de determinar la evolución del pensamiento crítico con el crecimiento, es analizar las ramificaciones que ha adoptado en la actualidad.

El segundo grupo se sitúa en la primera década del nuevo milenio está compuesto por los trabajos de Clive Hamilton y de Tim Jackson. Para hacer referencia a este segundo grupo, se ha considerado adecuado hablar de la crítica actual al crecimiento, término que define la naturaleza de los trabajos que agrupa y a la vez permite distinguirla de la tercera línea analizada.

La tercera línea es la escuela del decrecimiento. Esta teoría se sitúa también a principios de los años 2000 y continúa claramente la crítica el crecimiento. A diferencia del grupo anterior, empero, esta vía va más allá de la crítica a la persecución obsesiva del crecimiento y apuesta por la práctica del decrecimiento. Determinar las diferencias entre esta opción y la anterior es otro de los grandes objetivos que se persiguen. Para el estudio de este apartado se ha recurrido a los textos de uno de los mayores difusores del decrecimiento, Serge Latouche, y al teórico italiano Maurizio Pallante
.
La forma de acercarse al pensamiento de los autores que se analizan aquí ha sido a través de un estudio de sus obras más relevantes para poder determinar con precisión las opiniones de cada autor sobre el tema que nos preocupa. El estudio no ha consistido en resumir cada obra sino que se han usado seis variables: argumentación principal, postura respeto al crecimiento, confianza en la innovación tecno-científica, compatibilidad de sus propuestas con sistemas político-económicos, el enfoque disciplinar y las propuestas de solución. Ello ha servido de guía para una posterior comparación entre los respectivos pensamientos.

De esta forma, a partir del estudio de cada autor se han establecido unos rasgos en común de los grupos a los cuales pertenecen. Por ello, cada apartado muestra primero el origen del pensamiento tratado, después los puntos en común de los autores de tal grupo y por último las propuestas planteadas. Esta organización permite hacer por una parte una comparación temporal entre los setenta y la actualidad y, por la otra, una comparación entre los dos caminos que ha tomado hoy la crítica al crecimiento.

2. Las primeras críticas al crecimiento

 

El contexto

Los escritos de este primer grupo de autores, comprendidos entre los setenta y ochenta del pasado siglo, se publicaron terminada la Segunda Guerra Mundial. Entonces, la reconstrucción industrial en Europa y los Estados Unidos dio pie a un enorme crecimiento de económico, un aumento del Producto Interior Bruto de muchos países y un incremento importante de la industria de bienes materiales que propició su consumo a gran parte de los ciudadanos. Se amplió también la clase media y así muchos trabajadores entraron a formar parte de la nueva sociedad de consumo. Como consecuencia, el impacto sobre el medio ambiente de este aumento de la producción creció a ritmos altísimos en forma de acumulación de residuos, contaminación del agua y emisiones de gas carbónico.

La euforia y confianza de la nueva sociedad reconstruida después del conflicto, sin embargo, hizo que muy pocos se cuestionaran los efectos negativos del modelo que se estaba siguiendo. No fue pues hasta los setenta, cuando algunos autores se opusieron abiertamente aquel modelo de sociedad centrado en una economía del crecimiento ilimitado. Aunque desde enfoques diversos, todos ellos criticaron la invisibilización en la economía de los límites ecológicos y el modo de vida consumista y materialista. Más tarde, en 1973, la crisis internacional ayudó a crear consciencia sobre la finitud de los recursos y en concreto en el que se había convertido en el material más básico para el funcionamiento de la sociedad: el petróleo.

En aquél context, los trabajos de Donella Meadows (Los Límites del Crecimiento, 1972), Erns Schumacher (Lo Pequeño es hermoso, 1973), Nicholas Georgescu-Roegen (Ensayos bioeconómicos, 1971-1976) y Tibor Scitovsky (Frustraciones de la riqueza, 1986) fueron reconocidos por formar una base sólida de la crítica al crecimiento económico. De hecho, según el estudioso Martínez-Alier, los tres primeros autores contribuyeron decisivamente en la formación teórica de la economía ecológica.

Puntos en común

 

La primera idea clara de este primer grupo de autores es la crítica a la teoría económica clásica. Básicamente, se resalta el hecho que esta teoría se muestra incapaz de reconocer algunas partes esenciales del bienestar humano como son el medio ambiente o las relaciones sociales. En este sentido, cabe destacar el trabajo de Tibor Scitovsky al desmentir muchas suposiciones psicológicas arraigadas en la economía del crecimiento, como la relación positiva entre riqueza y felicidad, y el aumento del placer ligado al aumento de la comodidad.

La misma crítica se hace extensiva al abuso de un razonamiento estrictamente económico (como la preponderancia del PIB), el cual provoca que las sociedades se vean abocadas a perseguir objetivos instrumentales y se olviden de satisfacer las necesidades reales de la población. Hay que puntualizar que no existe una oposición a que la economía se ocupe de algunas esferas humanas, sino al hecho de que no se sea consciente de ello y se le atorgue un papel excesivo en la planificación del progreso.

La segunda característica común es la consciencia de la finitud de los recursos naturales. Se entiende que el modelo de crecimiento ilimitado que se lleva a cabo en las sociedades industrializadas está destinado al colapso, además de ser en muchas ocasiones un crecimiento alejado o incluso contrario a la felicidad de las personas. Una de las obras que más se ocupa de ello es el Informe Meadows. En ella, se elabora modelo mundial de predicción sobre el futuro de los recursos y se concluye que, con un seguimiento de las tendencias actuales en términos de crecimiento y consumo de en cinco factores determinados (población, industrialización, alimentos, recursos no renovables y contaminación), se alcanzarán los límites del planeta en solamente cien años. Cabe precisar que el valor real de Los límites del crecimiento no está tanto en la exactitud de esas cifras científicas (a lo largo del trabajo se reconoce que el mismo contiene información incompleta) sino en los dilemas que plantea en base a la evolución de la sociedad opulenta, así como la necesidad de adoptar un enfoque global.

Por otra parte, desde el punto de vista de Schumacher el crecimiento provoca problemas inmateriales y materiales. Por lo que respecta a los materiales, y relacionado con la segunda crítica compartida por este grupo de autores, es interesante resaltar lo que denominó el “problema de la producción”. Según él, al tratar los recursos naturales como renta, nos desinteresamos por el ritmo de consumo y por el posible agotamiento de tales recursos, sobretodo de los combustibles fósiles. Por ello, Schumacher explica que del mismo modo despreocuparse por el excesivo consumo del propio capital sería del todo inadecuado en una empresa, una gestión similar en el ámbito de la producción global no es sólo errónea sino que imposibilita su sostenimiento a lo largo del tiempo.

El tercer y último punto de encuentro es la desconfianza respecto a la tecnología como fuente de soluciones a largo plazo. Los autores aseguran que las mejoras en este campo, las modas y los nuevos productos han creado nuevas necesidades que suponen más gasto y mayor contaminación. Por ello, pese a que ninguno de ellos se opone a la tecnología en sí, todos denuncian las consecuencias negativas que han tenido algunos avances tecnológicos tanto para las personas como para el medio ambiente. En consecuencia, se considera imprescindible redirigir el progreso científico-tecnológico y avanzar hacia un cambio sistémico, de modo de producción y de consumo y, en definitiva, en el modo de vida.

Un ejemplo que ilustra esta necesidad de cambio profundo y los límites de la tecnología la presenta Schumacher al explicar lo que hoy se conoce como el “efecto rebote”. Este fenómeno sucede cuando la reducción del impacto ambiental se ve contrarrestado por el aumento del consumo de esa unidad o incluso por su mayor uso. Más adelante, otros autores recurrirán al mismo razonamiento para justificar su posición.

Otra de las más importantes aportaciones que sustentan esta posición escéptica respecto a las solucionas tecnológicas es la exposición de la Ley de la Entropía (o segundo principio de termodinámica) por parte de Georgescu-Roegen. Sabiendo que en la naturaleza podemos encontrar la energía en forma utilizable (disponible para las personas) e inutilizable, un sistema con un alto nivel de entropía será aquel que tenga un grado elevado de energía inutilizable. Roegen explica que en un sistema cerrado como el planeta, la energía utilizable se transforma continua e irrevocablemente en inutilizable, hasta que la primera desaparece por completo. Para evitar el colapso al que conduce un crecimiento ilimitado pues, no bastaría con disminuir la entropía del sistema reduciendo el consumo de recursos, sino que se debería reducir la explotación del almacén terrestre –de fuentes agotables- y recurrir a los flujos de radiación solar.

Propuestas compartidas

Una primera propuesta, que es bastante amplia y general, se refiere a la necesidad de replantear el estilo de vida. Como declaró Scitovsky, “Ha llegado el momento de que revisemos nuestro estilo de vida y determinemos cuán esencial es para la felicidad”1. Ello pasaría por la reducción del consumo en las sociedades opulentas y por contemplar en todas las políticas el enfoque medioambiental que prevenga el agotamiento de los recursos y la destrucción natural.

La segunda propuesta es la reformulación de la ciencia económica, esto es, enfocar la economía a la satisfacción de las necesidades básicas de la población y abandonar así el ansia por el crecimiento y la industrialización.

La tercera de las propuestas es la disminución de la tendencia totalizadora de la economía. En este caso, se trataría de acabar con la expansión de la lógica económica y mercantil a cada vez más ámbitos de la vida pública y privada.

3. La crítica actual al crecimiento

Surgimiento y particularidades

Las visiones que se analizan en este apartado son las de algunos autores que, pese a pertenecer a instituciones oficiales y ser considerados parte del establishment, en la primera década de los 2000 alzaron su voz en contra del modelo de desarrollo que se venía llevando a cabo. Concretamente, su crítica se dirige hacia un sistema económico y político basado exclusivamente en el crecimiento económico. Ello supone toda una novedad ya que, en aquél contexto, sólo algunos académicos y movimientos ecologistas se habían opuesto al crecimiento económico en las últimas décadas.
La importancia del (re-)surgimiento de esta crítica no está sólo en que proviniera de las altas esferas, sino que se dio antes de las peores consecuencias de la gran recesión actual. Así, Clive Hamilton (El Fetiche del crecimiento, 2003) y Tim Jackson (Prosperidad sin crecimiento, 2009), publicaron unas obras que ponían en entredicho todo el supuesto bienestar que había aportado el crecimiento económico y que sin embargo pocos se habían detenido a cuestionar.

Otra novedad que ofreció este grupo de autores respecto a anteriores es que todos ellos hicieron un trabajo interdisciplinar. Así, mientras que en las obras tratadas en el segundo capítulo estaban mayormente especializadas en campos concretos, las aquí estudiadas tocan disciplinas diferentes que van desde la psicología a la ecología, pasando por la economía y la política. Ello ayuda a ampliar el campo de visión y construir una crítica más completa respecto al crecimiento, ya que es cuestionado desde ámbitos bien diversos. En este mismo sentido, sus trabajos basan su crítica no ya en investigaciones propias sino en el aglutinamiento de distintos estudios que refuerzan su teoría de una desconexión entre el bienestar o la prosperidad y el crecimiento económico. Esta unión de especializaciones permitió un claro avance respecto a la crítica esgrimida en los setenta y los ochenta.
Por último, el grupo de autores que se trata en este capítulo no constituyen, como en el primer capítulo, una corriente de pensamiento en sí mismo. Esto añade una dificultad terminológica al trabajo, sobretodo a la hora de comparar dicho grupo con el del decrecimiento. Por esta razón, para hacer referencia a este segundo grupo de autores (del que se analizan aquí los trabajos de Hamilton y Jackson) se usará el término “la crítica actual al crecimiento”, ya que describe su finalidad y a la vez permite distinguirlo de la corriente del decrecimiento.

Críticas compartidas

 

Un primer rasgo de este pensamiento, compartido con el primer grupo de autores, es su oposición al predominio de la economía. Según esta visión, la obsesión por el “economicismo” ha ido en detrimento de otros ámbitos igual o más importantes como son el medio ambiente o los aspectos sociales. Este predominio es especialmente grave porque en la teoría económica actual no se prevén los límites ecológicos del planeta y se relaciona equivocadamente el aumento de la riqueza con el aumento de la felicidad. En este sentido, Hamilton resume así las conclusiones de distintos estudios discutidos en su obra:

Por encima de cierto nivel de renta nacional, los habitantes de los países ricos no son más felices que los de los pobres; los ricos no son en ningún país más felices que las personas con ingresos medios; y la gente no se hace más feliz a medida que se enriquece.2

Por otra parte, también se concibe el mercado como un mecanismo ciertamente limitado, por lo cual resulta erróneo expandir su influencia y confiarle cada vez más actividades (como se hace en la actualidad). Es necesario puntualizar, sin embargo, que Hamilton se opone con mucha más rotundidad que Jackson a la economía neoliberal, impulsora de esta mercantilización.

El segundo punto común es que su crítica a la economía basada a la economía del crecimiento no concluye en una oposición radical al crecimiento en sí. Es más, ambos autores comparten la necesidad que se de un crecimiento en los países del Sur. De esta forma, aunque se reconoce que el crecimiento es ya insostenible en el Norte, e incluso se señalen las consecuencias negativas que ha tenido más allá de las ambientales, creen que el crecimiento económico en los países más pobres tendría un papel positivo. En pocas palabras, no se trata de una oposición firme el crecimiento en sí sino a la manía u obsesión por el crecimiento.

Una tercera confluencia es la crítica al PIB como indicador supremo del bienestar, cuando a su modo de ver se trata de un indicador incompleto. Jackson lo argumenta explicando que los niveles de ciertos derechos básicos (educación, mortalidad infantil, esperanza de vida) aumentan a medida que lo hace el PIB per cápita del país, pero a partir de cierto nivel de ingresos, la relación se deshace por completo. Además, numerosos países como Cuba, Dinamarca o Estados Unidos no muestran ninguna relación positiva entre ingresos y más derechos básicos. Hamilton, por su parte, muestra como ejemplo alternativo al uso del PIB el Indicador de Progreso Genuino (IPG), el cual contabiliza otros aspectos como la distribución de los ingresos, las tareas domésticas y sociales no mercantiles, el desempleo, la disminución de los gastos defensivos (gastos destinados a la protección de alguna disminución del bienestar, como la seguridad armada, el gasto sanitario o la reparación de accidentes), y además contempla negativamente la destrucción medioambiental

Por último, esta perspectiva actual muestra cierta desconfianza en la innovación tecnológica como fuente de soluciones al problema del crecimiento ilimitado. Así, aunque se afirma la importancia que puedan tener avances concretos en la reducción del impacto sobre el ambiente, se acepta que, como se afirmó ya en Los límites del crecimiento, dichos avances tecnológicos pueden retrasar el colapso ecológico, pero no lo evitan si no se cambia el modelo de crecimiento indefinido.

Propuestas de solución

En esta línea de pensamiento se plantean propuestas amplias y extensas, más que proposiciones concretas. Dichas propuestas se exponen prácticamente en forma de políticas y se resumen en cinco ámbitos. Como se verá a continuación, pocas son las novedades ofrecidas por estos autores, ya que muchas de sus propuestas son tan amplias que habían sido de un modo u otro, realizadas con anterioridad.

La primera se refiere a la necesaria distribución de la riqueza entre la sociedad, ya que la igualdad se percibe como un valor por definición positivo para las sociedades. En este aspecto, tanto Hamilton como Jackson alertan de los efectos perjudiciales para toda la sociedad de las desigualdades entre las personas, no sólo a nivel moral sino también en calidad de vida. Entrando en el detalle, una medida posible sería la distribución del trabajo, de forma que la reducción de la jornada laboral permitiese aumentar el número de empleados.

En segundo lugar, se pretende aumentar la protección del medio ambiente ejerciendo mayor presión a las empresas y estableciendo topes en las emisiones de gases contaminantes. La tercera propuesta hace referencia a la reducción de la desigualdad entre países ricos y pobres. En este sentido, se apuesta por aumentar la ayuda a los países en vías de desarrollo. El cuarto ámbito clave es el consumo. La visión aquí analizada entiende que, para hacer frente al consumismo desenfrenado, se debería reducir el peso del mercado y la publicidad a través de políticas estatales.

Por último, una característica de esta perspectiva es optar por un nuevo modelo de progreso que no esté basado sólo en el crecimiento. Hamilton propone el eudemonismo como base de un modelo alternativo. El papel del sistema sería aquí el de garantizar los medios para que las personas se realicen plenamente, abandonando así el papel único de ofrecer medios para un mayor crecimiento económico. La visión de Jackson es la de redefinir la prosperidad, escapando de las consideraciones que equiparan la prosperidad a utilidad o a opulencia. Ello se lograría a través de tres vías: una nueva Macroeconomía Ecológica que situara la ciencia y la práctica económica dentro de los límites de los recursos; un Florecimiento que permitiera trascender la lógica social del consumismo para crear condiciones adecuadas para la realización de personas y comunidades; y una adecuada Gobernanza, en la que los gobiernos se responsabilizaran de los problemas sociales y no sólo del funcionamiento del mercado.

En conclusión, esta “filosofía política” compartida por ambos busca la reducción de la escala productiva, laboral y de consumo, y disminuir el protagonismo de la racionalidad económico a favor de otras racionalidades. Así, se menciona como modelo a alcanzar el estado estacionario que planteó Stuart Mill en el S.XIX. De acuerdo con este modelo, se debería dar un cierto crecimiento hasta cubrir las necesidades básicas y después mantener un ritmo productivo constante y dentro de los límites ecológicos; trasladando, así, una mayor atención de las actividades meramente productivas y laborales a otras más culturales, sociales y que permitan la realización de las personas.

4. La escuela del decrecimiento

El origen

Si bien el término “decrecimiento” fue usado por primera vez en 1979 en una traducción al francés de una obra de Georgescu-Roegen, resulta difícil establecer el nacimiento de la teoría del decrecimiento. En cualquier caso, se puede tomar como punto de partida los primeros escritos de Serge Latouche sobre este tema, que datan del 2006. Fue entonces cuando apareció esta teoría rompedora con todas las críticas hechas hasta entonces al modelo de desarrollo seguido. De alguna forma, agrupaba muchas observaciones ya hechas, pero tenía una particularidad.

El paso dado por la teoría del decrecimiento es el de concebir el crecimiento, y sobretodo el pensamiento “crecentista”, como algo negativo. El punto clave, de hecho, es su rechazo a cualquier modelo que contenga una lógica de crecimiento en su interior. El desarrollo sostenible relativizó su peso en favor del ecológico y social y de la misma forma, el Índice de Desarrollo Humano redujo el valor de los ingresos a una tercera parte del total3, pero ninguno abandonó por completo la consideración positiva del crecimiento económico en el bienestar.

Si se entiende la idea del decrecimiento como la “elección de simplicidad”, encontramos numerosos antecedentes teóricos. El primer es el de H. Thoreau, con su filosofía de simply living. Los consejos de Gandhi también iban en la dirección de no acumular bienes sino reducir las necesidades. Del mismo modo, el autoabastecerse de los bienes necesarios a través del propio trabajo, como el vestido, era una de sus prácticas de rebeldía más simbólicas. Por último la propuesta de I. Illich de limitar los niveles de consumo y producción para acabar con la explotación laboral y ambiental.

Es necesario puntualizar que existen corrientes diversas dentro de este pensamiento, de manera que en cada territorio su desarrollo teórico y práctica ha seguido caminos distintos. Un análisis más detallado requeriría seguramente un nuevo trabajo dedicado exclusivamente a ello. Por lo tanto, este artículo cita dos de las corrientes más importantes. Se trata de la corriente francesa y de la italiana. En el país galo es donde más se ha desarrollado y trabajado esta teoría de la mano de autores como Latouche, Schneider y otros. Sus influencias provienen de la ecología política (pensadores como A. Gorz y J. Grinevald, entre otros) y de la crítica al desarrollo hecha por autores como F. Partant y G. Rist. Al ser Serge Latouche el autor más reconocido, se incluye en este capítulo un análisis de su trabajo.

Por otra parte, en Italia la expansión del decrecimiento se ha dado tanto en el campo teórico como, sobretodo, en el práctico. Es importante mencionar el Movimento per la Decrescita Felice, creado en 2007 por Maurizio Pallante, quien se ha convertido en el pilar fundamental de su divulgación y teorización. Es por eso que se ha escogido su libro, El decrecimiento feliz (2009), como documento de análisis para este capítulo.

La crítica compartida

 

Concluir las líneas generales que caracterizan la escuela del decrecimiento no supone una tarea demasiado fácil ya que existen diferencias entre la corriente francesa, con importantes influencias de críticos con el desarrollo y ecologistas políticos; y la corriente italiana, mucho más enfocada en la cotidianidad de las personas. A pesar de ello, seguidamente se explican dos rasgos comunes que comparten los autores estudiados (S. Latouche y M. Pallante).

Como se ha comentado anteriormente, empero, el decrecimiento no constituye sólo una corriente teórica sino que se ha establecido en forma de movimiento social. Se entiende, entonces, que en los trabajos teóricos se expongan menos recomendaciones políticas y más guías prácticas de acción.

El primer punto en común es que el decrecimiento se define básicamente por rechazar el modelo del crecimiento por dos motivos. El primero es su insostenibilidad a largo plazo, puesto que los recursos naturales y la capacidad de absorción de residuos del planeta son ambos limitados. En pocas palabras, se concibe incompatible el crecimiento y el respeto al medio ambiente.

El segundo motivo para el rechazo de la sociedad del crecimiento es su indeseabilidad: el crecimiento, no sólo ha agudizado las diferencias sociales, se ha desarrollado a causa (y gracias a) un proceso de mercantilización que ha ido destruyendo espacios de autonomía de las personas y pueblos, y en consecuencia su resiliencia ha disminuido. Además, de acuerdo con ellos, tal crecimiento no ha hecho aumentar la felicidad de las sociedades sino que su persecución irracional las ha hecho menos felices.

Hay que puntualizar, sin embargo, que el rechazo total al crecimiento eoconómico no significa que el decrecimiento abogue por la reducción automática e indefinida del PIB, ya que ello supondría entrar en la lógica contraria e igualmente irracional de la disminución por la disminución. En otras palabras, decrecimiento abarca más cosas que un simple “anti-crecimiento”. Así, el decrecimiento aboga por “salir del imaginario” del crecimiento. Tal como señala Latouche

Decrecimiento es un eslogan político con implicaciones teóricas (…) que significa abandonar radicalmente el objetivo del crecimiento por el crecimiento, un objetivo el motor del cual no es otro que la búsqueda de ganancias por los propietarios del capital y las consecuencias del cual son desastrosas para el medio ambiente.4

No sin razón, a menudo se hace referencia a los autores afines no como “decrecentistas” sino como “objetores del crecimiento”.

Propuestas políticas y prácticas

La teoría del decrecimiento aboga por abandonar el crecimiento tanto a nivel teórico como a nivel práctico. Es esta idea la propuesta general de dicha escuela, una idea “paraguas” engloba otros puntos que se detallan a continuación. Antes de continuar, especificar que según el decrecimiento se debería abandonar el crecimiento no solamente en el Norte opulento sino también en el Sur. Frente a teorías anteriores que recomendaban cierto nivel de crecimiento en el Sur para mejorar sus condiciones, este pensamiento alerta que sería un grave error introducir la lógica del crecimiento en el Sur. Por eso, ve compatible (y deseable) que la salida del modelo del crecimiento se de también en los países pobres y apuesta porque en ellos se consiga una mejor calidad de vida potenciando la auto-producción frente a la mercantilización y el crecimiento económico.

La primera de sus propuestas que materializan la idea general anteriormente presenta es la cultura de la reducción o simplicidad voluntaria. Ello incluye las prácticas de reparación, reutilización y auto-producción; en definitiva recuperar el “saber hacer” de los pueblos. El origen de esta lógica de pensamiento y acción es resumida de la siguiente manera por Pallante. Según explica, después de la publicación de Los límites del crecimiento en el año 1972, el debate giró entorno a cual debería ser la alternativa energética a los combustibles fósiles. Entonces, surgieron dos opiniones sobre a cómo aumentar la oferta: la favorable a la energía nuclear y la favorable a la energía solar. A pesar de que en losmass media éste debate fue el único protagonista, en paralelo una pequeña minoría empezó a destacar la probabilidad de que la respuesta a la escasez de recursos se resolviera disminuyendo la demanda y aumentando la eficiencia. De allí surgió tal cultura de la simplicidad.

Un segundo pilar, estrechamente ligado al anterior, es la reducción de la escala. Debido al proceso de globalización y como consecuencia también del desarrollo tecnológico, la escala geográfica ha aumentado hasta abarcar casi la totalidad del globo. El problema, según estos autores, es que el transporte rápido y barato ha incrementado la contaminación y en el proceso de relaciones ha provocado una creciente uniformización cultural en la que Occidente ha salido ganador. Es por eso que desde el decrecimiento se apuesta por potenciar la cultura autóctona de cada zona, las relaciones cercanas y la producción local. En otras palabras, fortalecer y empoderar los actores y procesos locales frente a las tendencias globales que tienden a uniformizar.

Por último, ambos autores lanzan propuestas para una sociedad del decrecimiento. Las recomendaciones de Latouche se detallan en las ocho “r”, iniciales de: reevualuar, redefinir, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar y reciclar. Todas ellas, potenciadas por una movilización colectiva, permitirían acercarse a la sociedad del decrecimiento. Latouche insiste en marcar distancia entre su propuesta respecto al estado estacionario porque entiende que éste no se plantea salir de la lógica economicista. Asimismo, se esfuerza en diferenciar su propuesta también del crecimiento cero esbozado en el “estado de equilibrio” del Informe Meadows ya que, según Latouche, el “estado de equilibrio (…) no renuncia ni al método de producción, ni al modelo de consumo, ni al estilo de vida generado por el crecimiento anterior”5.

Pallante, por su parte, apuesta por la sobriedad y la auto-producción. Por sobriedad se debería entender “Reducir el uso de mercancías que comportan utilidades decrecientes e inutilidades crecientes, que generan un fuerte impacto ambiental y causan injusticias sociales.”6

En cuanto a la autoproducción, se refiere propiamente de construirse uno mismo los productos necesarios y, cuando no sea posible, potenciar la donación y la reciprocidad como vías para satisfacer las propias necesidades.

En cuanto al modelo de desarrollo, no se prevé otro que el decrecimiento. De hecho, Latouche lo considera un modelo de post-desarrollo. Y no se trata de hecho de un modelo específico y predeterminado: la lógica de la escala local ya presupone que cada región puede diferenciarse en sus formas y preferencias. Lo que se quiere decir es que cualquier propuesta sistémica deberá escapar necesariamente de la lógica de acumulación y superar definitivamente la lógica economicista.

5. Conclusiones finales

 

5.1. La evolución de la crítica al crecimiento
  1. Continuidad
Una vez analizadas por separado cada línea de pensamiento, es ahora momento de tomar una perspectiva completa de dicha evolución y concluir cómo se ha caracterizado el desarrollo de la crítica al crecimiento.

La principal idea a resaltar es que existe una continuidad en la crítica realizada. Una continuidad que no ha sido estática, pues ha habido una innegable evolución que, a pesar de todo, ha mantenido las bases de las críticas expuestas al principio. En otras palabras, la senda abierta por los primeros autores de los setenta ha sido seguida por pensadores posteriores, pero estos últimos han nutrido la teoría con nuevas aportaciones que han ayudado a completarla y actualizarla al contexto. Hay que señalar que la fractura actual más importante en esta crítica es la que existe entre los críticos con el crecimiento y los partidarios del decrecimiento. La segunda parte de las conclusiones se ocupa de ello, pero veamos ahora los puntos comunes que sí han sostenido todos los críticos con el crecimiento.

Una de las premisas que ha marcado todo el desarrollo posterior de la teoría ha sido tomar consciencia de que los recursos del planeta son finitos y, por lo tanto, un modelo de crecimiento continuo está destinado a chocar con los límites naturales. Esta afirmación, demostrada científicamente en el Informe Meadows y en los trabajos de por Georgescu-Roegen, representan sin duda uno de los pilares base que se han mantenido en la crítica al crecimiento económico.

Otra característica que ha estado presente en la evolución de este pensamiento es la crítica a la economía moderna y mercantilista como teoría. Ya desde los setenta se ha insistido en los límites intrínsecos que padece la economía a la hora de concebir el mundo en su totalidad. Por esto, ha sido una constante la oposición al excesivo papel que tiene la economía en la gestión de cada vez más ámbitos de la sociedad. Un segundo pilar de este pensamiento crítico es pues, la preocupación por el “economicismo” imperante, entendido como la influencia de la lógica económica en una número creciente de esferas.

El tercer pilar que ha marcado esta evolución es la desvinculación entre aumento de ingresos y mayor bienestar. De una forma u otra, todos los autores han insistido en cuestionar una de las bases en las que se asienta la idea de progreso de las sociedades industriales: que un aumento en el bienestar procede siempre de una mayor riqueza.

Por lo que respecta a las propuestas, es preciso decir que también ha habido un hilo de continuidad entre los primeros pensadores y los actuales, aunque hoy el debate entre las dos grandes corrientes se de precisamente en el campo de las propuestas. Sin embargo, hasta estas dos corrientes comparten unos mínimos teóricos que se establecieron en los setenta. Estos mínimos se repasan a continuación.

Frente a las problemáticas descritas, una respuesta muy común en los setenta era la necesidad detransformar el modo de vida para convertirlo en un estilo menos destructivo y encaminado hacia un mayor placer más que hacia una mayor riqueza monetaria. En este sentido, se habló ya entonces de “humanizar” la economía, corrigiendo sus flaquezas teóricas y también de reducir la influencia de la economía y del mercado en la vida de las personas. En último término, se apostó por la reducción del consumo y el aumento de la protección del medio ambiente. Estas demandas, más o menos desarrolladas según el autor, se formularon con las primeras críticas al crecimiento pero hoy continúan siendo muy vigentes.
  1. Nuevas aportaciones
Como se dijo anteriormente, las corrientes actuales han ampliado algunos aspectos tanto en críticas como en propuestas. Estas novedades se deben sobretodo a la mayor información disponible, tanto en lo que se refiere a los estudios psicológicos que se han realizado, como en la certeza científica de estar inmersos en una crisis ecológica en forma cambio climático y de saturación de la capacidad de regeneración de los recursos.

Una de las ideas que se han reforzado, gracias precisamente a varios estudios sociales, es la gran desconexión que existe entre el nivel de PIB y la felicidad de las personas. Es por eso, y también por la mayor atención que medios de comunicación y la clase política ha puesto en el PIB, que este argumento como crítica al crecimiento económico ocupa mucho más espacio en la actualidad.

Otra idea en la cual se detienen mucho más hoy los autores críticos es la desigualdad social. Convencidos de ser el crecimiento económico su gran causa y apoyados por estudios recientes que demuestran los efectos perjudiciales de las sociedades desiguales, la preocupación por la desigualdad social ha pasado a ocupar un lugar destacado en el pensamiento actual.

Como consecuencia de la crítica anterior, se esboza en la actualidad una necesaria redistribución de la riqueza. Ello resulta bastante lógico puesto que las diferencias sociales en el mundo no han disminuido desde las primeras críticas al crecimiento y, como argumentan los autores mismos, el propio crecimiento no ha sido la solución sino muchas veces la causa de una mayor desigualdad.

Otra novedad tiene que ver con que, para los primeros autores, no era prioritario determinar si sus propuestas tendrían mejor cabida en un modelo capitalista o socialista. Así, exceptuando a Schumacher (quien apostó por un sistema mixto entre los dos), la opinión general fue que la cuestión del crecimiento constituía un problema independiente a ello. En otras palabras, que ninguno de los dos sistemas ofrecía una solución clara para el problema del crecimiento indefinido. Los autores actuales, en cambio, sí han prestado más atención y todos se han posicionado respecto a la preferencia de un sistema capitalista o socialista, aunque no siempre en la misma dirección. Ello se puede deber a que mientras los primeros se esforzaron más en la construcción de una crítica sólida al crecimiento, los segundos han centrado su trabajo en idear modelos de organización político-económica y, por lo tanto, resultaba casi obligado un posicionamiento respecto a ello.

5.2. Comparación de las líneas actuales

 

Tal como se ha expuesto en el anterior apartado, las críticas y las propuestas respecto al crecimiento no han variado demasiado, pero el desarrollo de este pensamiento sí ha dado lugar a varias ramificaciones. Las dos más importantes representan la crítica actual al crecimiento (o CAC) y el proyecto del decrecimiento. Analizadas ya ambas corrientes, es momento de concluir cuán distintas son y cuáles son los principales temas en los cuales discrepan. Para empezar, cabría enumerar los cuatro debates o diferencias que existen en la actualidad entre las dos visiones.

El primero de los debates es si hay que oponerse a la obsesión por el crecimiento o al crecimiento en sí. En este caso, la CAC dirige su crítica contra la manía por el crecimiento. El título de la obra y la correspondiente argumentación de Clive Hamilton, dejan clara su oposición a tomar el crecimiento como un fetiche. En consecuencia, para estos autores el crecimiento en sí no resulta algo negativo y, como se ve al repasar sus propuestas, podría tener cabida en un nuevo modelo mejorado (aunque con una influencia y una forma distinta). Ello queda implícito, por ejemplo, al concebir los ingresos monetarios como medio necesario para mejorar la calidad de vida en las sociedades más pobres. Por lo tanto, de acuerdo con su visión, el problema aparece cuando se toma el crecimiento como objetivo único.

El decrecimiento en cambio, no sólo critica la obsesión y mitificación por el crecimiento, sino que se opone rotundamente a él. En pocas palabras, el crecimiento no debe ocupar, según ellos, ningún lugar en un modelo ideal, sea a nivel material como, sobretodo, a nivel del imaginario. Para los “decrecentistas” los problemas de las sociedades pobres no se solucionan con ingresos sino con autonomía, auto-producción y “saliendo de la economía”, eso es, abandonando los circuitos mercantilistas como mecanismo de distribución de los recursos.

El segundo de los debates se refiere a cuánto habría que reducir la producción y el consumo. Desde la CAC se contempla como necesaria una reducción en el Norte opulento hasta niveles sostenibles, mientras que en el Sur el PIB per cápita y la producción deberían crecer hasta unos límites también sostenibles que les permitieran cubrir sus necesidades básicas. Por su parte, el decrecimiento apuesta también por reducir drásticamente en el Norte, pero no concibe como positivo el aumento de la producción en el Sur sin más. Es preciso detallar que para Latouche una disminución final del PIB o la huella ecológica en el Sur no es deseable, pero tampoco apuesta por entrar en lo contrario: la sociedad del crecimiento. Pallante, por su parte, confía en que las necesidades básicas puedan ser cubiertas sin necesidad de producir más mercancías y por la tanto dejando estable o disminuyendo el PIB.

El tercero de los debates se refiere a concebir el estado estacionario como una meta deseable. La CAC -como muchos economistas ecológicos- sí contempla el estado estacionario como referente válido de situación a la cual llegar. Tal estado también era una meta para los autores que configuran el primer grupo. Este modelo consiste en un estado de equilibrio en el que las sociedades podrían progresar y aumentar su calidad de vida manteniendo, eso sí, una producción compatible con los límites del planeta.

Como se explicó anteriormente, desde el decrecimiento se rechaza la posibilidad de llegar a tal estado porque, aseguran, resulta ingenuo confiar en una estabilización del capitalismo teniendo en cuenta que forma parte de su naturaleza la acumulación indefinida. A ello se añade que el proyecto del decrecimiento propone un nuevo tipo de sociedad, una “civilización alternativa”, algo que el estado estacionario no propone.

En este punto, cabe mencionar una reflexión que hace Christian Kerschner respecto a este debate. Según él, el rechazo que se hace al estado estacionario desde el decrecimiento está mal planteado, pues se hace con una interpretación demasiado estrecha de dicho concepto. Kerschner recuerda que la propuesta originaria de Stuart Mill no reflejaba un modelo estático o eterno, tal como, según él, lo concibe el decrecimiento. Por todo ello, este autor argumenta a favor de la compatibilidad de ambos proyectos, explicando que un decrecimiento en el Norte permitiría llegar a un estado estacionario global.

Por último, una gran diferencia a notar entre ambas líneas de pensamiento es la naturaleza de sus propuestas. Desde la crítica actual al crecimiento se han formulado grandes modelos alternativos que deberían sustituir al vigente. Estos modelos, pese a buscar reformas del sistema actual, no conllevarían necesariamente el cambio de su estructura general. En otras palabras, lo que se ha propuesto desde la CAC son grandes recomendaciones dirigidas a la clase política y económica para evolucionar hacia un modelo más justo social y ambientalmente.

Sería falso decir que el decrecimiento no ha hecho tal cosa: basta repasar los escritos de Latouche y Pallante para encontrar sus respectivos “programas políticos de decrecimiento”. Pero la fuerza en sí de este pensamiento no la caracteriza las grandes soluciones, sino todo lo contrario. Para este enfoque, frente a un gran problema no se debe ofrecer una gran solución sino muchas soluciones pequeñas. Lo que ha caracterizado esta corriente es precisamente la llamada a la auto-organización ciudadana y a la asociación en grupos que practiquen el decrecimiento adaptándose a su entorno.

5.3. Reflexión final

Se puede concluir, respecto a las diferencias entre las críticas actuales, que la CAC sirve más al desarrollo teórico y el decrecimiento, además del campo intelectual, también representa una llamada a la acción. Sirva el siguiente ejemplo, un tanto extremo pero bastante clarificador: mientras que el trabajo de Jackson se presenta como la formulación de una “economía para un planeta finito”, la obra de Pallante comienza hablando de los múltiples beneficios de hacerse el yogur en casa.

¿Son ingenuos los primeros al pretender que las clases dominantes lleven a cabo grandes reformas? O ¿son muy ilusos los segundos al pensar que cambios en la cotidianidad provocarán un cambio sistémico? Lo primero que hay que decir es que después de cuarenta años de críticas a un modelo basado en el crecimiento, el camino seguido por la humanidad no sólo no ha variado sino que ha incrementado esta tendencia negativa. Además, no se han aplicado las recetas que se propugnaban desde esta crítica. Ello nos debe hacer concluir que la simple crítica teórica desarrollada hasta el momento había sido incapaz de frenar modelo del crecimiento. Por lo tanto, ha resultado necesario un avance significativo en la crítica al crecimiento. A mi entender, dicho avance ha sido aportado con gran acierto por el decrecimiento.

Sin embargo, la aportación decrecentista no hace inútil las voces de la CAC, porque para la transformación social es necesario el esbozo de nuevos horizontes a los cuales dirigirse. El estudio, la concreción y el perfeccionamiento teórico de dichos horizontes son trabajos muy valiosos que está aportando la CAC.

En definitiva, ambas líneas de pensamiento tienen su razón de ser y entiendo que ambas ramas pueden complementarse bastante bien, aunque sus formulaciones y propuestas puedan dirigirse a un público distinto. Por otra parte, al leer los trabajos de unos y otros, uno se percata que son más los vínculos que unen sus razonamientos que los que los separan. Sería erróneo decir que se trata sólo de una discusión terminológica: en efecto el decrecimiento tiene una naturaleza que lo distingue de otras corrientes críticas. Pero dado que es mucho lo que comparte con otras, sería deseable para el bien de la teoría y para todo el mundo que el desarrollo del pensamiento respecto al crecimiento tuviera la meta de mejorar y no de distinguirse de otras corrientes cercanas.

Cuadro comparativo

Bibliografía

Libros
· Meadows, D.H., Meadows D.L., Randers, J.y Behrens III, W.W.: Los límites del crecimiento. Fondo de Cultura Económica. México, 1972.
· E.F. Schumacher: Lo pequeño es hermoso. Ed. Alkal. Madrid, 1973.
· T. Scitovsky: Frustraciones de la riqueza. Fondo de Cultura Económica. México, 1986.
· C. Hamilton: El fetiche del crecimiento. Ed. Laetoli. Villatuerta, 2003.
· T. Jackson: Prosperidad sin crecimiento. Ed. Icaria e Intermón Oxfam. Londres 2009.
· S. Latouche: En defensa del decreixement. Tres i Quatre. Valencia, 2011
· S. Latouche: La scommessa della decrescita. Feltrinelli. Milano, 2006.
· M. Pallante: La decrescita felice. La qualità della vita non depende dal PIL. Ed. Per la decrescita felice. Roma, 2009.

Artículos

- C. Kerschner: “Economía en estado estacionario vs. Decrecimiento económico. ¿Opuestos o complementarios?”, en Revista Ecología Política nº35, España, 2008.
- K. Unceta: “Desarrollo, subdesarrollo, maldesarrollo y postdesarrollo. Una mirada transdisciplinar sobre el debate y sus implicaciones”, en Carta Latinoamericana nº7, Uruguay, 2009.
- J. Martínez-Alier, U. Pascual, F. Vivien, E. Zaccai: “Sustainable de-growth: Mapping the context, criticisms and future prospects o fan emergent paradigm”, en Ecological Economics nº69, 2010.
1 T. Scitovsky: Frustraciones de la riqueza. Fondo de Cultura Económica. México, 1986.
2 C. Hamilton: El fetiche del crecimiento. Ed. Laetoli. Villatuerta, 2003.
3 El IDH se calcula con el PIB per cápita, el nivel de educación y el nivel de salud.
4 Se han unido dos partes de definiciones que ha dado Latouche. La primera parte está extraída de S. Latouche: En defensa del decreixement. Tres i Quatre. Valencia, 2011 y la segunda de S. Latouche: La scommessa della decrescita. Feltrinelli. Milano, 2006.
5  S. Latouche: En defensa del decreixement. Tres i Quatre. Valencia, 2011.
6 M. Pallante: La decrescita felice. La qualità della vita non depende dal PIL. Ed. Per la decrescita felice. Roma, 2009.
Yago Calbet Domingo. Licenciado en Ciencias Políticas. Master en Globalización y Desarrollo. Octubre 2013