Entrevista a un objetor del crecimiento

Entrevista a Joan Surroca I Sens: Un objetor del crecimiento

La crisis, ¿es una oportunidad? ¿Para quién?

Krinein es una palabra griega que significa a la vez crisis y oportunidad. Esta crisis no es nada trágico, depende. Puede ser un fastidio para los olvidados de este mundo, pero es una oportunidad para crecer en humanidad y para ello hay que decrecer económicamente.

O sea, que lo del “desarrollo sostenible”, un “oxímoron” que diría Arcadi?.

No es posible la cuadratura del círculo, como muchos embaucadores nos quieren hacer creer. La crisis actual es una crisis coral: económica, ecológica, financiera, de valores, política, religiosa… Aquí hay tres novedades: por primera vez en la historia de la humanidad, el planeta no puede abastecer nuestras demandas; los logros científicos sin su correspondiente control ético pueden conducir a una catástrofe, y la carrera armamentística, con 27.000 cabezas nucleares almacenadas, tiene el potencial para hacer desaparecer la humanidad y la vida toda del planeta. Saber conducir estos tres grandes retos inéditos sin que medie una tragedia requiere, además de la siempre necesaria suerte, un cambio fenomenal.

¿Existen alternativas solidarias a la crisis?

La alternativa hay que saber buscarla entre todos. No hay lugar para iluminados o populistas (el gran peligro actual). Necesitamos debate, participación, transparencia, renovación política en los personajes y en sus formas. Si participamos, ganaremos la partida, pero hay un empeño enorme para dejarnos permanentemente drogados, atontados. No hay lucidez porque no hay reflexión. No se dispone de tiempo para dejar hablar al silencio. El debate, tan necesario, desaparece porque algunos confunden la democracia como algo que confiere a los elegidos una especie de superioridad automática. No escuchan mientras ocupan el cargo. Las próximas crisis aparecerán cada vez más a menudo y serán más difíciles de superar. Desde mi punto de vista no hay otra salida que un cambio profundo de los valores. Tolstoi lo dejó muy claro: “Todos queremos cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”.

¿Qué relación tiene el decrecimiento con la crisis sistémica actual?

El planeta se halla en una situación muy delicada, en estado de emergencia, porque el sistema se basa en el consumismo enfermizo para poder subsistir. Si todos consumiéramos con la misma voracidad que los habitantes de Estados Unidos de América, necesitaríamos cinco planetas para abastecernos y colocar los deshechos. Hoy hablamos de ecocidio porque cada día desaparecen entre 50 y 200 especies animales y vegetales entre otras irresponsabilidades humanas. Pero también es un verdadero genocidio lo que la humanidad lleva a cabo. ¿De qué otra forma llamar al hecho de que cada día mueran 60.000 personas por no tener lo esencial para sobrevivir? Mantener este ritmo de consumo implica asegurarse nuevos puntos del planeta para extraer energía y materias primas. Y esto se hace provocando guerras y conflictos entre culturas.

Lo que le viene de perlas a los mismos culpables de generar esta situación, ¿verdad?

Claro, los generadores de esta dinámica infernal, tienen así pretextos para cercenar libertades, imponer controles, sembrar miedo, cambiar los sistemas educativos y anular las voces críticas en sus medios de comunicación. Si ahora la demanda humana está superando la biocapacidad, es obvio que nos preguntemos: ¿Qué ocurrirá cuando los países emergentes como China, India o Brasil, quieran emular nuestras cotas de consumo? ¿Cómo pensar que nada va a ocurrir cuando a principios del siglo XIX la población mundial era de 1.000 millones de personas, ahora somos 6.800 millones y el año 2050 es posible que superemos los 10.000?

Define esa filosofía del decrecimiento en dos o tres puntos.

Primero: disminuir la producción económica y así lograr una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza. Segundo: favorecer un mejor entendimiento entre los seres humanos. Tercero: un reparto de los frutos de la Tierra equitativo.

¿Algo más a tener en cuenta?

Sí, que el decrecimiento es un movimiento que no admite liderazgos, ideologías cerradas, ni banderas a seguir. Es más bien un marco que da acogida a todas las personas y grupos alternativos al actual sistema capitalista.

¿Qué tiene que ver el decrecimiento con eso de la huella ecológica?

La Huella Ecológica es un parámetro que sirve para medir objetivamente la demanda de la humanidad sobre la biosfera en términos del área de tierra y mar biológicamente productiva requerida para proporcionar los recursos que utilizamos y para absorber nuestros desechos. Puede hacer referencia a todo el planeta o bien limitarse a calcular un área concreta, sea un estado, una región o una ciudad. Gracias a ella podemos tratar con mucha más fiabilidad los temas de sostenibilidad. La Huella nos muestra, como una fotografía, la realidad y al ver los resultados tan preocupantes, han nacido grupos de apoyo a este movimiento no muy definido y plural que es el decrecimiento.

Pero el decrecimiento no plantea volver a la época de las cavernas, ni vivir peor, ¿cierto?

Al contrario, una sociedad que apueste por la sencillez voluntaria se verá beneficiada automáticamente por un sin fin de satisfacciones. Disminuirán las preocupaciones y neurosis propias de la sociedad competitiva hasta el extremo, consumista sin fin y sin tiempo para gozar de las vivencias que dan sentido a la existencia. Olvidamos que el ser humano, además de unas necesidades básicas materiales, tiene que satisfacer necesidades inmateriales. Nos cuesta más comprender estas últimas porque son necesidades intangibles, abstractas. No tenemos medidores para saber cómo vamos de afecto, creatividad, reconocimiento, disfrute de la amistad, etc.

O sea que tenemos que replantearnos nuestro sistema de vida, porque ya no tenemos margen y la tierra parece que ya dice ¡Basta!

Exacto. No hay margen, y cuanto más tardemos, más cargaremos sobre las espaldas de las futuras generaciones el esfuerzo que requiere reequilibrar nuestros excesos. Deberíamos tener más despierta la responsabilidad intergeneracional. Hay que tener respeto hacia los que nos precedieron y nos dejaron un mundo habitable y respeto hacia las generaciones que tienen derecho a un planeta bello y equilibrado. La velocidad de nuestro tren de vida es tan exagerada que, aunque se diera el caso de ponernos de acuerdo para llegar a unas formas de vida más humanas, el frenazo duraría muchos años antes de que lográramos superar la fase del endeudamiento ecológico.

Vamos, que de recuperarnos en este siglo, después del fracaso de la cumbre de Copenhague, nada.

En el mejor de los casos, se hablaba de que hasta el año 2040 la Tierra no producirá nuevamente por encima de la demanda y, por tanto, no estará en condiciones de volver a generar un saldo positivo de su biocapacidad. Pero efectivamente hoy son unas probabilidades harto difíciles dada la poca capacidad para coger el toro por los cuernos, que hemos visto en las cumbres recientes.

¿Cabe el decrecimiento dentro del capitalismo?

El decrecimiento, no se entiende dentro del sistema capitalista porque éste se basa en crecer infinitamente y no puede parar. Es como quien va en bicicleta; puede mantener el equilibrio parado unos segundos, pero al final pondrá un pie en el suelo. Dejar de crecer económicamente quiere decir crecer en otros sentidos.

¿Entonces habrá que trabajar menos, por ejemplo?

Nuestra cultura se basa en el trabajo como realización. Pero el trabajo no es la vida. Es una obviedad que no tenemos tiempo para nada: la familia está pagando muy caro este modo de vida. No hay tiempo para la educación de los hijos, todo se traslada a la escuela y claro está que la escuela no puede suplir lo que es propio del ámbito familiar. Las generaciones de los mayores no tienen contacto con los pequeños y esto es simplemente un despilfarro que no nos lo podemos permitir. Los abuelos siempre han transferido a los pequeños una serie de valores que son muy útiles para su buen desarrollo. No hay tiempo para la creatividad ni para la celebración. Una sociedad que reduzca drásticamente la jornada laboral volverá a poner su metrónomo al compás humano. Mi esperanza es observar que cada vez hay más grupos, aún minoritarios, que prefieren una vida más sosegada aunque sea ganando algo menos y viven mucho mejor.

¿Es suficiente con que revisemos individualmente nuestro consumo?

Revisar nuestro consumo es un ejercicio de responsabilidad. Cada persona puede mejorar ciertos hábitos y debería hacerlo como si de ella dependiera la salvación del planeta. Pero, con ser imprescindible no es suficiente. Si no hay conciencia social puede aparecer el llamado efecto rebote, es decir, en mi casa pongo bombillas de bajo consumo, construyo una cisterna para recoger aguas pluviales, instalo placas solares en el tejado, cambio mi caldera por otra de biomasa, etc., con lo que produzco unos efectos ecológicos beneficiosos y, además, me ahorro dinero; pero si con ese dinero ahorrado como resultado de unas buenas prácticas, cojo un avión al Caribe, con el CO2 emitido, habré superado muchísimo todo el que con tanto esfuerzo había reducido durante el resto del año. Lo sensato es que en lugar de primar los ingresos se priorice el tiempo libre (siempre que se tengan las necesidades básicas cubiertas, claro está). Ganar algo menos que ponga coto al consumo para gozar de la vida en actividades que no tienen ningún coste y son las más gratificantes.

¿ Entonces es primordial un cambio en la producción?.

Claro que no es suficiente reducir el consumo porque, si no hay soluciones políticas, la ciudadanía se desmoraliza y difícilmente hará un esfuerzo ahorrativo en el consumo, excepto los militantes que son minoría. Si Copenhague ha sido un fracaso a pesar de la urgencia que había en variar las políticas, ¿cómo van a pedir cambios de hábitos a los ciudadanos? Si pretendemos que la micro economía funcione también hay que dar ejemplo desde lo macro. Es más, los políticos mandan mensajes absolutamente contradictorios. Para salvar la crisis, dicen siempre que pueden, hay que consumir. O sea que sí hay que cambiar la producción. Si variar el consumo es harto difícil, mucho más es construir una nueva sociedad basada en otro sistema productivo. Precisamente porque median intereses egoístas de los grandes grupos económicos multinacionales que rigen la política real de los estados. Algunas multinacionales facturan más que el PIB de algunos países. Sólo podremos hacer frente a estos colosos si nos damos cuenta que hay que movilizarse, salir a la calle para poner fin a la más cruel de todas las guerras.

¿ Concreta algunas propuestas mas y dinos si podemos ser optimistas de cara al futuro?.

Repartir el trabajo para evitar, además de los beneficios comentados, una sociedad dual con la mitad de los ciudadanos en permanente situación de trabajo precario o en paro. Modificar los sistemas de transportes, que eliminen grandes trayectos innecesarios, tanto de personas como de mercancías. Favorecer la relocalización de la producción de bienes agrarios, industriales y de servicios. Impulsar una publicidad que se limite a la información de los productos y no a la incitación permanente. Limitarse a las energías naturales, especialmente la solar… en fin, los resultados serían unos sistemas de vida bien diferentes a los que ahora conocemos. Pero hay que confiar porque también se superaron sistemas tan arraigados en su día como el esclavismo, el feudalismo, el mercantilismo… Nadie querría ir para atrás. Hay que mirar el futuro y, si logramos dar una buena respuesta a esta crisis, seguro que a las futuras generaciones les espera un porvenir mucho mejor que nuestro presente.

Poca gente sabe que eres de los pocos o el único que ha ganado una sentencia por tus demandas sobre la Objeción fiscal, ¿Qué te supuso y qué piensas hoy?
Que el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya dictaminara por primera vez una sentencia quitándome la culpabilidad y eximiéndome de pagar las multas por mi objeción a que mi dinero vaya al ejército, es un pequeño paso que debería animar a muchos, pero la Objeción fiscal es algo político; porque la ética no puede ceñirse a la casuística y encerrarla en mi pequeño mundo. Desde luego que no quiero que el gobierno español siga destinando estas cifras inmorales en sus presupuestos para favorecer el crecimiento armamentístico, pero claro está que no lograremos avances significativos sin una movida muy fuerte de la ciudadanía.


Nuestro agradecimiento por compartir su sabiduría y terminamos con una última reflexión. Joan nos confesó que él quisiera ser como el buen samaritano que presta auxilio al desvalido, al extranjero, al sin papeles, o a los pequeños de este mundo, sin olvidar a los que sólo tienen fortunas materiales y sufren la miseria espiritual o la tiranía de la egolatría, que son –decía- los más pobres, y que todo ello requiere una humildad que no siempre lograba practicar con acierto. A mí, y a quienes le oímos la última vez en el Morche, me pareció lo contrario. Humildad, coherencia y fidelidad a sus principios no le faltan. Que Dios te bendiga, Joan.


Entrevista realizada por Luís Ángel Aguilar Montero y publicada en el nº 73 de 'Utopía', la revista de los cristian@s de base

Cuidadanía. Poner la vida en el centro


El Decrecimiento propone construir otras formas de vida basándose en las relaciones sociales, la cercanía, la austeridad, la vida en común y la ralentización del tiempo. Elementos que lejos de ser limitantes son los que enriquecen la vida y la llenan de alegría. No son nuevos los estudios que apuntan que la felicidad subjetiva no está asociada al consumo y al dinero sino más bien a la vida comunitaria donde prima la relación.

El Feminismo añade que además se trata de construir formas de vida que tienen como sustrato el cuidado colectivo, reconociendo que las personas somos seres vulnerables e interdependientes. La propuesta de la Cuidadanía permite entender los trabajos de cuidados más allá de las prácticas que generan una vida sostenible. Es reconocer que “la vida vivible está por construir en la interacción con otros, que la vida se dirime en la vida misma y que no puede procurarse fuera de la vida (en los mercados)”.

La Cuidadanía implica un derecho a cuidar, a no cuidar por obligación y ser cuidada/o, sin que esto signifique subordinación para las mujeres. El Decrecimiento y la Cuidadanía reclaman el derecho y las posibilidades de reorganizar nuestra sociedad de forma colectiva y de crear colectivamente nuestra propia vida de forma sostenible.

Extraído de: Poner la vida en el centro: respuestas del ecofeminismo y del decrecimiento a la UE

José Manuel Naredo: Observaciones sobre la propuesta de decrecimiento


Jorge Riechmann. ¿Qué opinión te merecen las propuestas de decrecimiento que se han avanzado en los últimos años ?, sobre todo en Francia donde han dado origen a cierto movimiento social. Sabes que hay ahí toda una serie de gente, entre los cuáles quizás el más conocido es Latouche, pero con cierto tirón entre el movimiento ecologista también por aquí.

José Manuel Naredo. Sí claro, conozco esta corriente que empezó enarbolando en Francia la bandera de decrecimiento. Buena parte de su integrantes, y el propio Latouche, forman parte de la asociación “La ligne d’horizon” de “amigos de François Partant”, autor, entre otras cosas, de un libro titulado “El fin del desarrollo” publicado hace un cuarto de siglo y reeditado con el apoyo de esa asociación. Ellos me invitaron, incluso, a dar una charla en París, con motivo de los actos organizados el veinte aniversario de la muerte de Partant. También conozco la extensión de esa corriente de ideas en nuestro país.

Para responder a tu pregunta, creo que hay que diferenciar si se usa el término “decrecimiento” simplemente para llamar la atención, como título de un libro,… o de una revista, o si se toma en serio como concepto para articular sobre él una verdadera meta o alternativa al actual sistema económico. En el primer caso el empleo de la palabra podría ser acertado. Este es, por ejemplo, el caso de la revista que se publica en Francia con el título “La decroissance” : se trata de una revista de crítica radical del desarrollismo imperante, que hace bien en subrayar con tintes surrealistas los absurdos que la mitología del crecimiento conlleva y en utilizar ese título a modo de desafío o de provocación frente al pensamiento económico ordinario. Ese fue también el caso del libro que con ese título ─(Demain) La décroissance─ publicó hace treinta años, y reeditó hace más de diez, mi amigo Grinevald, en el que introducía y traducía al francés algunos textos clave de Georgescu-Roegen y del que conservo un ejemplar dedicado por el autor.

Ese título respondía más a una ocurrencia publicitaria provocadora, orientada a pillar a contrapié la palabra y el mito del crecimiento económico, que a un intento serio de proponer el decrecimiento como meta o alternativa. Pues ni la introducción, ni los textos presentados en el libro, tejen en torno al decrecimiento ninguna propuesta o enfoque alternativo. La palabra a penas figura en el texto y, desde luego, brilla por su ausencia en el “programa bioeconómico mínimo” propuesto por Georgescu-Roegen. Por lo tanto, resulta engañoso presentar a ambos autores como pioneros del decrecimiento como propuesta.

En lo referente al segundo de los usos indicados, tengo que decir que me parece desacertada la elección del término decrecimiento para articular sobre él un enfoque económico alternativo al actualmente dominante. Pues para que un término con pretensiones políticas cumpla bien esa función, necesita tener a la vez un respaldo conceptual y un atractivo asegurados, de los que carece el término decrecimiento.

La noción ordinaria de crecimiento económico encuentra ese respaldo conceptual en el reduccionismo pecuniario de la idea usual de sistema económico y de los agregados que lo cuantifican en el sistema de cuentas nacionales. Ya vimos que la mitología del crecimiento se apoya en la metáfora de la producción, que oculta el lado oscuro e indeseado del proceso económico. Ya comentamos que lo que se entiende normalmente por crecimiento no es otra cosa que el crecimiento del producto o renta nacional. Y en este marco de referencia, el decrecimiento tiene también nombre propio: se llama recesión y conlleva la caída de esa renta o producto nacional y el empobrecimiento del país, con consecuencias sociales generalmente indeseadas. Por lo que, de entrada, el objetivo del decrecimiento no puede resultar atractivo para la mayoría de la población.

Pero la idea general del decrecimiento tampoco encuentra solidez conceptual fuera del reduccionismo propio del enfoque económico ordinario. Pues desde los enfoques abiertos y multidimensionales de la economía ecológica, o desde lo que yo llamo el enfoque eco-integrador, no hay ninguna variable general de síntesis cuyo crecimiento, o decrecimiento, se pueda considerar inequívocamente deseable.

Esto lo explicaba ya con claridad en la primera edición de mi libro La economía en evolución, de 1987. En el último capítulo, sobre los nuevos enfoques de lo económico, señalaba que los elementos que componen mi propuesta de enfoque ecointegrador, al no ser expresables en una única magnitud homogénea, no pueden dar lugar a ningún saldo o indicador global cuyo crecimiento (o decrecimiento) se estime inequívocamente deseable.

Y por este mismo motivo el enfoque ecointegrador no debe asumir tampoco el objetivo del “crecimiento cero”, que entonces estaba de moda, como tampoco el del “decrecimiento” que ahora lo sustituye. Pues la reconversión propuesta del sistema económico entrañará, sin duda, la expansión de ciertas actividades y la regresión de otras, el uso acrecentado de ciertos materiales y energías y la regresión de otras. Por ejemplo, desde este enfoque tiene sentido proponer la reducción del consumo de energía fósil y contaminante, pero no el de la energía solar y sus derivados renovables, que se acaban disipando igual aunque no se usen.

De ahí que el movimiento ecologista que defiende el decrecimiento, tiene que empezar a ponerle apellidos para que el objetivo resulte inteligible y razonable desde fuera del enfoque económico ordinario. Se dice así defender el decrecimiento del consumo o la exigencia de energía fósil y contaminante, de determinados materiales,… o de la generación de residuos, sin erosionar la calidad de vida de la gente. Pero el objetivo de hacer que decrezcan las exigencias materiales del proceso económico, coincide grosso modo con el de la llamada “desmaterialización” de la vida económica. Y creo que estos objetivos quedarían mucho mejor expresados por eslogan “mejor con menos”, puesto que hace referencia a una ética de la contención voluntaria, no solo medida en términos físicos, sino también pecuniarios y de poder, a la vez que afirma el disfrute de la vida.

Considerando como subraya Georgescu-Roegen, que la Tierra es un sistema cerrado en materiales, lo que permite verla como un gran almacén de recursos naturales, el creciente uso y deterioro de estos recursos que genera la actual civilización industrial, no puede menos que apuntar a una merma en las disponibilidades y a un menor uso futuro de los mismos. Desde esta perspectiva el “decrecimiento” en el uso de determinados recursos será el horizonte obligado hacia el que apuntan de las tendencias en curso. Aprovechando esta evidencia, Serge Latouche propone prever y planificar este “decrecimiento” para evitar que se produzca de forma dramática y habla de la necesidad de aplicar una lógica económica diferente para conseguirlo, que es lo que yo vengo proponiendo desde hace tiempo.

Llegados a este punto, creo que el principal objetivo a plantear es cambiar esa lógica y reconvertir el metabolismo económico de la sociedad. El problema estriba en que anteponer el objetivo del decrecimiento genera confusión cuando permanece en vigor la mitología del crecimiento y cuando los objetivos más generales de “cambio” y “reconversión” del sistema económico están todavía lejos de ser comprendidos y asumidos por la población. Por lo que creo que el movimiento ecologista tendría que hacer más hincapié en ellos y en la propuesta “mejor con menos”, que sustituye con ventaja a la del “decrecimiento”.

Por José Manuel Naredo. Tomadas de Naredo, J.M. (2009) Luces en el laberinto, Madrid, La Catarata, pp. 214-217, respondiendo a una pregunta de Jorge Riechmann en la segunda parte del libro. Desde Ecopolítica, agradecemos a José Manuel su colaboración.

Basura nuclear o decrecimiento


Nazanín Amirian

Los cementerios nucleares –ocultos en la jerga gremial tras el aséptico nombre de Almacén Temporal Centralizado– desatan su fantasma, enfrentando a los ciudadanos y a sus intereses. Unos los reciben como la panacea para impulsar el desarrollo económico de las localidades deprimidas; otros se rasgarían las vestiduras si se almacenara basura radioactiva en el patio de su casa, sin importarles en cambio que se acumule en los patios de vecinos distantes. Los privilegios no se gozan igual cuando nos salpica la miseria que generan.

¿Acaso han caído del cielo las comodidades de la vida consumista y el sinfín de futilidades que llenan nuestras vidas? El 80% de los recursos naturales fósiles se destina al consumo frenético del 20% de la población mundial, que estruja las últimas gotas que brotan de las fuentes de energía. Necesidades fabricadas, crecientes y frustradas han engendrado consumidores soldado, que obedecen sin pestañar a los imperativos de la publicidad. El número de centrales nucleares y la cantidad de sus letales desechos se incrementarán incluso con un crecimiento cero en los actuales niveles de vida de los ricos. No hay recurso energético que pueda sostenerlo. Y, a pesar de ello, las medidas anti-crisis de nuestros mandatarios consisten en, por ejemplo, animar la construcción de más viviendas, mientras hay cerca de un millón de pisos vacíos y miles de personas sin un techo digno donde cobijarse; o en el consumo de más coches, regalando el dinero público a los particulares, en vez de incentivar el uso del transporte público. Todo para empujar un PIB que es ajeno a la realidad energética e incapaz de medir los valores éticos o la felicidad individual y colectiva.

O renunciamos al despilfarro cotidiano y buscamos modelos de vida sencilla y más acorde a nuestras posibilidades, o seguimos andando a la sopa boba. Garantizar los actuales patrones de movilidad, vivienda, alimentación y ocio de una minoría supone agresiones militares, hambrunas, migraciones en masa y la destrucción de millones de seres vivos y ecosistemas enteros.

La escasez de energías viables nos conducirá hacia una economía de guerra, de racionamiento de agua, luz y aire limpio a menos que planeemos un decrecimiento en el consumo a nivel colectivo e individual, desligando el poder adquisitivo del bienestar. No sólo para que vivamos mejor, sino para que vivamos todos.

¿Qué es lo que quiero?


Cornelius Castoriadis

Tengo el deseo, y siento la necesidad, para vivir, de otra sociedad que la que me rodea. Como la gran mayoría de los hombres, puedo vivir en ésta y acomodarme a ella -en todo caso, vivo en ella. Tan críticamente como intento mirarme, ni mi capacidad de adaptación, ni mi asimilación de la realidad me parecen inferiores a la media sociológica. No pido la inmortalidad, la ubicuidad, la omniscencia. No pido que la sociedad «me dé la felicidad»; sé que no es ésta una ración que pueda ser distribuida en el Ayuntamiento o en el Consejo Obrero del barrio, y que, si esto existe, no hay otro más que yo que pueda hacérmela, a mi medida, como ya me ha sucedido y como me sucederá sin duda todavía.

Pero en la vida, tal como está hecha para mí y para los demás, topo con una multitud de cosas inadmisibles; repito que no son fatales y que corresponden a la organización de la sociedad. Deseo, y pido, que antes que nada, mi trabajo tenga un sentido, que pueda probar para qué sirve y la manera en que está hecho, que me permita prodigarme en él realmente y hacer uso de mis facultades tanto como enriquecerme y desarrollarme. Y digo que es posible, con otra organización de la sociedad para mí y para todos. Digo también que sería ya un cambio fundamental en esta dirección si se me dejase decidir, con todos los demás, lo que tengo que hacer y, con mis compañeros de trabajo, cómo hacerlo. Deseo poder saber, con todos los demás, lo que sucede en la sociedad, controlar la extensión y la calidad de la información que me es dada. Pido poder participar directamente en todas las decisiones sociales que pueden afectar a mi existencia, o al curso general del mundo en el que vivo.

No acepto que mi suerte sea decidida, día tras día, por unas gentes cuyos proyectos me son hostiles o simplemente desconocidos, y para los que nosotros no somos, yo y todos los demás, más que cifras en un plan, o peones sobre un tablero, y que, en el límite, mi vida y mi muerte estén entre las manos de unas gentes de las que sé que son necesariamente ciegas.Sé perfectamente que la realización de otra organización social, y su vida, no serán de ningún modo simples, que se encontrarán a cada paso con problemas difíciles. Pero prefiero enfrentarme a problemas reales que a las consecuencias del delirio de un De Gaulle, de las artimañas de un Johnson o de las intrigas de un Jruschov. Si incluso debiésemos, yo y los demás, encontrarnos con el fracaso en esta vía, prefiero el fracaso en un intento que tiene sentido a un estado que se queda más acá incluso del fracaso y del no fracaso, que queda irrisorio.

Deseo poder encontrar al prójimo a la vez como a un semejante y como a alguien absolutamente diferente, no como a un número, ni como a una rana asomada a otro escalón (inferior o superior, poco importa) de la jerarquía de las rentas y de los poderes. Deseo poder verlo, y que me pueda ver, como a otro ser humano, que nuestras relaciones no sean terreno de expresión de la agresividad, que nuestra competitividad se quede en los límites del juego, que nuestros conflictos, en la medida en que no pueden ser resueltos o superados, conciernan a unos problemas y a unas posiciones de juego reales, arrastren lo menos posible de inconsciente, estén cargados lo menos posible de imaginario. Deseo que el prójimo sea libre, pues mi libertad comienza allí donde comienza la libertad del otro y que, solo, no puedo ser más que un «virtuoso en la desgracia». No cuento con que los hombres se transformen en ángeles, ni que sus almas lleguen a ser puras como lagos de montaña -ya que, por lo demás, esta gente siempre me ha aburrido profundamente. Pero sé cuánto la cultura actual agrava y exaspera su dificultad de ser, y de ser con los demás, y veo que multiplica hasta el infinito los obstáculos a su libertad.


Sé, ciertamente, que este deseo mío no puede realizarse hoy; ni siquiera, aunque la revolución tuviese lugar mañana, realizarse íntegramente mientras viva. Sé que, un día, vivirán unos hombres para quienes el recuerdo de los problemas que más pueden angustiarnos hoy en día no existirá. Este es mi destino, el que debo asumir, y el que asumo. Pero esto no puede reducirse ni a la desesperación, ni al rumiar catatónico. Teniendo este deseo, que es el mío, no puedo más que trabajar para su realización. Y, ya en la elección que hago del interés principal de mi vida, en el trabajo que le dedico, para mí lleno de sentido (incluso si me encuentro en él, y lo acepto, con el fracaso parcial, los retrasos, los rodeos, las tareas que no tienen sentido por sí mismas), en la participación en una colectividad de revolucionarios que intenta superar las relaciones reificadas y alienadas de la sociedad actual, estoy en disposición de realizar parcialmente este deseo. Si hubiese nacido en una sociedad comunista, la felicidad me hubiese sido más fácil -no tengo ni idea, no puedo hacerle nada. No voy, con este pretexto, a pasar mi tiempo libre mirando la televisión o leyendo novelas policíacas.

(…)

¿Es mi deseo el deseo del poder? Lo que quiero, de hecho, es la abolición del poder en el sentido actual, es el poder de todos. El poder actual consiste en que los demás sean cosas, y todo lo que quiero va en contra de esto. Aquel para quien los demás son cosas es él mismo una cosa, y no quiero ser cosa ni para mí ni para los demás. No quiero que los demás sean cosas, no tendría nada que hacer con ellos. Si puedo existir para los demás, ser reconocido por ellos, no quiero serlo en función de la posesión de una cosa que me es exterior -el poder; ni existir para ellos en lo imaginario. El reconocimiento del prójimo no vale para mí más que en tanto que lo reconozco yo mismo. ¿Corro el riesgo de olvidar todo esto, si alguna vez los acontecimientos me condujesen cerca del «poder»? Eso me parece más que improbable; si esto llegase, sería quizás una batalla perdida, pero no el fin de la guerra; ¿y voy a ordenar toda mi vida sobre la suposición de que podría un día recaer en la infancia?

¿Proseguiría aquella quimera, la de querer eliminar el lado trágico de la existencia humana? Me parece más bien que quiero eliminar de ello el melodrama, la falsa tragedia -aquélla en la que la catástrofe llega sin necesidad, en la que todo hubiese podido suceder de otro modo si solamente los personajes hubiesen hecho esto o aquello. Que gentes mueran de hambre en la India mientras en América y en Europa los Gobiernos penalizan a los campesinos que producen «demasiado» es una farsa macabra, en un Gran Guiñol en el que los cadáveres y el sufrimiento son reales, pero no es tragedia, no hay en ello nada ineluctable. Y, si la humanidad perece un día por bombas de hidrógeno, me niego a llamarlo una tragedia. Lo llamo una gilipollez. Quiero la supresión del Guiñol y de la conversión de los hombres en títeres por otros títeres que los «gobiernan». Cuando un neurótico repite por enésima vez la misma conducta de fracaso, reproduciendo para sí mismo y para sus vecinos el mismo tipo de desgracia, ayudarle a salirse de ello es eliminar de su vida la farsa grotesca, no la tragedia; es permitirle finalmente ver los problemas reales de su vida y lo que de trágico pueden contener -lo que su neurosis tenía en parte como función expresar, pero sobre todo enmascarar.


Cuando un discípulo de Buda fue a informarle, después de un largo viaje por Occidente, de que unas cosas milagrosas, unos instrumentos, unos métodos de pensamiento, unas instituciones, habían transformado la vida de los hombres desde los tiempos en los que el Maestro se había retirado a las altiplanicies, éste lo detuvo después de las primeras palabras. ¿Han eliminado la tristeza, la enfermedad, la vejez y la muerte?, preguntó. No, respondió el discípulo. Entonces, igual habrían podido quedarse donde estaban, pensó el Maestro. Y se volvió a sumergir en su contemplación, sin tomarse la molestia de mostrar a su discípulo que ya no le escuchaba.

El pensamiento de Cornelius Castoriadis. Vol. 1 Vol. 2

La violencia colonizadora


Frantz Fanon

El mundo colonizado es un mundo cortado en dos. La línea divisoria, la frontera está indicada por los cuarteles y las delegaciones de policía. En las colonias, el interlocutor válido e institucional del colonizado, el vocero del colono y del régimen de opresión es el gendarme o el soldado. En las sociedades de tipo capitalista, la enseñanza, religiosa o laica, la formación de reflejos morales trasmisibles de padres a hijos, la honestidad ejemplar de obreros condecorados después de cincuenta años de buenos y leales servicios, el amor alentado por la armonía y la prudencia, esas formas estéticas del respeto al orden establecido, crean en torno al explotado una atmósfera de sumisión y de inhibición que aligera considerablemente la tarea de las fuerzas del orden.

En los países capitalistas, entre el explotado y el poder se interponen una multitud de profesores de moral, de consejeros, de "desorientadores". En las regiones coloniales, por el contrario, el gendarme y el soldado, por su presencia inmediata, sus intervenciones directas y frecuentes, mantienen el contacto con el colonizado y le aconsejan, a golpes de culata o incendiando sus poblados, que no se mueva. El intermediario del poder utiliza un lenguaje de pura violencia. El intermediario no aligera la opresión, no hace más velado el dominio. Los expone, los manifiesta con la buena conciencia de las fuerzas del or-den. El intermediario lleva la violencia a la casa y al cerebro del colonizado.

La zona habitada por los colonizados no es complementaria de la zona habitada por los colonos. Esas dos zonas se oponen, pero no al servicio de una unidad superior. Regidas por una lógica puramente aristotélica, obedecen al principio de exclusión recíproca: no hay conciliación posible, uno de los términos sobra. La ciudad del colono es una ciudad dura, toda de piedra y hierro. Es una ciudad iluminada, asfaltada, donde los cubos de basura están siempre llenos de restos desconocidos, nunca vistos, ni siquiera soñados. Los pies del colono no se ven nunca, salvo quizá en el mar, pero jamás se está muy cerca de ellos. Pies protegidos por zapatos fuertes, mientras las calles de su ciudad son limpias, lisas, sin hoyos, sin piedras. La ciudad del colono es una ciudad harta, perezosa, su vientre está lleno de cosas buenas permanentemente. La ciudad del colono es una ciudad de blancos, de extranjeros. La ciudad del colonizado, o al menos la ciudad indígena, la ciudad negra, la "medina" o barrio árabe, la reserva es un lugar de mala fama, poblado por hombres de mala fama, allí se nace en cualquier parte, de cualquier manera. Se muere en cualquier parte, de cualquier cosa. Es un mundo sin intervalos, los hombres están unos sobre otros, las casuchas unas sobre otras. La ciudad del colonizado es una ciudad hambrienta, hambrienta de pan, de carne, de zapatos, de carbón, de luz.

La ciudad del colonizado es una ciudad agachada, una ciudad de rodillas, una ciudad revolcada en el fango. Es una ciudad de negros, una ciudad de boicots. La mirada que el colonizado lanza sobre la ciudad del colono es una mirada de lujuria, una mirada de deseo. Sueños de posesión. Todos los modos de posesión: sentarse a la mesa del colono, acostarse en la cama del colono, si es posible con su mujer. El colonizado es un envidioso. El colono no lo ignora cuando, sorprendiendo su mirada a la deriva, comprueba amargamente, pero siempre alerta: "Quieren ocupar nuestro lugar." Es verdad, no hay un colonizado que no sueñe cuando menos una vez al día en instalarse en el lugar del colono.

Ese mundo en compartimientos, ese mundo cortado en dos está habitado por especies diferentes. La originalidad del contexto colonial es que las realidades económicas, las desigualdades, la enorme diferencia de los modos de vida, no llegan nunca a ocultar las realidades humanas. Cuando se percibe en su aspecto inmediato el contexto colonial, es evidente que lo que divide al mundo es primero el hecho de pertenecer o no a tal especie, a tal raza. En las colonias, la infraestructura es igualmente una superestructura. La causa es consecuencia: se es rico porque se es blanco, se es blanco porque se es rico. Por eso los análisis marxistas deben modificarse ligeramente siempre que se aborda el sistema colonial. Hasta el concepto de sociedad precapitalista, bien estudiado por Marx, tendría que ser reformulado. El siervo es de una esencia distinta que el caballero, pero es necesaria una referencia al derecho divino para legitimar esa diferencia de clases. En las colonias, el extranjero venido de fuera se ha impuesto con la ayuda de sus cañones y de sus máquinas. A pesar de la domesticación lograda, a pesar de la apropiación, el colono sigue siendo siempre un extranjero. No son ni las fábricas, ni las propiedades, ni la cuenta en el banco lo que caracteriza principalmente a la "clase dirigente". La especie dirigente es, antes que nada, la que viene de afuera, la que no se parece a los autóctonos, a "los otros".

La violencia que ha presidido la constitución del mundo colonial, que ha ritmado incansablemente la destrucción de las formas sociales autóctonas, que ha demolido sin restricciones los sistemas de referencias de la economía, los modos de apariencia, la ropa, será reivindicada y asumida por el colonizado desde el momento en que, decidida a convertirse en la historia en acción, la masa colonizada penetre violentamente en las ciudades prohibidas. Provocar un estallido del mundo colonial será, en lo sucesivo, una imagen de acción muy clara, muy comprensible y capaz de ser asumida por cada uno de los individuos que constituyen el pueblo colonizado. Dislocar al mundo colonial no significa que después de la abolición de las fronteras se arreglará la comunicación entre las dos zonas. Destruir el mundo colonial es, ni más ni menos, abolir una zona, enterrarla en lo más profundo de la tierra o expulsarla del territorio.

Frantz Fanon. Los condenados de la Tierra. 1961

La opción por el decrecimiento


Chema Berro

"En el campo de la acción política, el más superficial y aparente, sólo triunfa quien pone la vela donde sopla el aire; jamás quien pretende que sople el aire donde pone la vela”

El lugar de la política en la transformación social se debate frontalmente desde los inicios de lo social, que fue el movimiento obrero. Ese debate es el origen de la escisión de la Primera Internacional entre marxistas y anarquistas y era un debate posible, dado que ambas opciones abrían vías de actuación, cada una de las cuales tenía sus ventajas e inconvenientes. No vamos a entrar ahora en el grado de acierto y desacierto de cada una de esas opciones, pues las interpretaciones de la historia no dejan de ser formas de opción políticas. Nos quedamos en que era un debate con anclaje en la realidad.

Eso debía ser allá por los años setenta del siglo XIX. En la década de los treinta del XX, sólo 60 años después, la política debía estar suficientemente degradada como para que Antonio Machado refuerce la sensatez de su personaje más sabio, Juan de Mairena, poniendo en su boca la frase en la que tilda al campo de la acción política como “el más superficial y aparente”. El debate estaba zanjado: lo social era lo real, mientras que la política era sólo sombra, apariencia y distracción.

Mucho me temo que lo que hace 80 años estaba claro hoy vuelva a ser oscura materia de debate, no porque hayamos recuperado el campo de la política -que ha seguido su proceso de degradación ascendente-, sino porque no hemos sido capaces de impedir la degradación de lo social. Hoy ni lo social ni lo político sirven para cosa que vaya más allá del hacer como que hacemos y, lo que es peor, no son capaces de abrir vías que puedan sacarla de esa pobreza en la que están instaladas.

(Abriré un paréntesis para aclarar algo que no debiera tener necesidad de ser aclarado entre nosotros: plantear la realidad con crudeza no es síntoma de desánimo o pesimismo, bien al contrario es condición imprescindible para intentar hacerle frente. Sólo las y los faltos de ánimo necesitan edulcorarse la realidad para seguir haciendo como que hacen. Dicho de otra forma: hoy, pensar, sólo puede ser “pensar contra nosotros”. Pero hay que cerrar este paréntesis y dejar esta cuestión para otra ocasión).

Seguimos pintando bastos, cuando bastos pintan. La degradación y banalidad (inutilidad) en que han caído la política y lo social es fruto de la pesadez(1) de lo real. La realidad se ha identificado con el capitalismo, que es el poder, sin que nada quede fuera. El cierre de lo político y lo social, la ausencia de oposición o alternativa, la conversión de todo asunto en materia de estado y de consenso, la reducción a posibilidad única, el estrechamiento de los márgenes de maniobra, la reducción de la política y de lo social a algo vano e inútil, tiene su causa en esa cerrazón de la realidad, en el imperio de una opción económica convertida en ley y en verdad científica, en su condición de realidad única. De las últimas tonterías que he oído con mayor desagrado ha sido el slogan de “otro mundo es posible”, que en nada ha contribuido a cambiar el mundo sino a edulcorarlo, tratando de esconder que la realidad es la que es y que las dificultades para cambiarla rayan con la imposibilidad de hacerlo.

Y en esa realidad es en la que estamos todos sumergidos, a veces como víctimas, es cierto, pero también prestándole nuestra adhesión. Nuestros modos y estilos de vida de vida, nuestros consumos, nuestras necesidades... todo que realmente nos mueve y constituye nuestras vidas, son nuestro voto no atrevido a explicitarse, nuestra adhesión a lo existente. Nosotros somos parte de la realidad, estamos ocupados, somos capitalismo.

Con lo social y lo político caídos en la inutilidad de lo superficial y lo aparente, perdidos como campos de batalla, cuando otro mundo es imposible, cuando no hay nada que hacer, ¿qué es lo que podemos hacer? Esa, creo, es la pregunta que tenemos que hacernos y mantener permanentemente abierta, sin que, naturalmente, tenga yo respuesta a ella.

Mantengo la apuesta de que la opción por el decrecimiento, bien trabajada y con todas las muchas dificultades que su realización entraña, pudiera reabrir algún espacio o zona de lo prepolítico, como antaño hizo lo social, desde la que condicionar y recuperar lo social y lo político. Tiene para ello dos características que me parecen fundamentales. Cuestiona, por un lado, la esencia del sistema capitalista, su necesidad imperiosa de permanente crecimiento (que es a la vez su oferta y señuelo), a la que toda otra consideración social o de cualquier índole tiene que ser siempre supeditada. Nos interpela, por otro lado, a nosotros mismos, como sujetos del capitalismo, obligándonos a convertir nuestras vidas en campos de batalla, no sólo en lo ético y testimonial, sino en el de la politización de nuestras vidas.

Tiene a la vez el doble componente de exigencia que se nos presenta imperiosa, y de oferta atractiva a vivir más placenteramente. Para nosotros, para los que nos decimos de izquierdas pese a ser de derechas, sería una oportunidad de recuperar la unidad entre vida y política hace tiempo perdida. Y esa unidad nos permitiría una forma de actuación no basada en el decir ni en las propuestas ni en las razones, que más que alumbrar sirven para aumentar el ruido y la confusión imperante, sino en los hechos y en el vivir, que es lo que pudiera tener capacidad de contagio e irradiación.

Sé que es muy difícil y que tiene muy pocas posibilidades de realizarse. Si alguien tiene una vía más amplia y fácil, que me apunte.
Chema Berro , febrero 2010

(1) el termino pesadez no es el adecuado porque remite a solidificación, mientras que lo real, hoy, es cambiante y múltiple y diverso, sin dejar de ser uno y siempre lo mismo.

Estamos viviendo una profunda crisis civilizatoria


La construcción de alternativas capaces de caminar hacia la construcción, no sólo de sociedades democráticas y equitativas, sino igualmente compatibles con la preservación de la vida en el planeta, necesariamente tienen que ser anti-capitalistas.

A pesar de que una elevada proporción de la población no tiene acceso a las condiciones básicas de la vida, la humanidad ya ha sobrepasado los límites de la capacidad de carga de la Tierra. Sin un freno a corto plazo de este patrón de crecimiento desbordado y una reorientación hacia el decrecimiento, la armonía con el resto de la vida y una radical redistribución del acceso a los bienes comunes del planeta, no está garantizada la continuidad de la vida humana a mediano plazo. El actual modelo depredador de sometimiento sistemático de la naturaleza a las exigencias faústicas de un crecimiento sin fin está destruyendo las condiciones que hacen posible la vida en el planeta Tierra. El calentamiento global es sólo la expresión más visible de procesos de destrucción sistemáticos que están reduciendo la diversidad genética, devastando bosques tropicales, sobre explotando los mares, contaminando las aguas… Sin respuestas efectivas y a corto plazo, con toda seguridad los problemas ambientales se harían cada vez más severos, produciéndose alteraciones irreversibles en los patrones climáticos a no muy largo plazo.

Dadas las severas y crecientes desigualdades existentes hoy en el planeta, las alteraciones climáticas afectan en forma profundamente diferenciada a diferentes regiones y poblaciones del planeta (afectando en forma más directa a quienes han sido menos responsables, los pobres del Sur). Son radicalmente desiguales las capacidades de respuesta/adaptación a estos cambios. Todo esto augura un futuro inmediato de creciente violencia, de guerras por el control de los bienes comunes de la vida, de migraciones masivas de millones de desplazados ambientales, el incremento de las políticas racistas de muros y represiones a los migrantes en intentos inútiles por preservar los privilegios mediante un creciente apartheid global.

No son éstas proyecciones apocalípticas referidas a cosas que podrían ocurrir en el futuro. Según la FAO, en el año 2009 más de mil millones de personas, casi la sexta parte de la población del planeta, padece de hambre.

Todo esto exige extraordinarias urgencias en las respuestas.

La velocidad con la cual se están destruyendo las condiciones que hacen posible la vida en el planeta no sólo no se ha frenado, sino que se ha acelerado en las últimas décadas a pesar del reconocimiento global de que este modelo de producción/distribución y consumo es absolutamente incompatible con la preservación de la vida en el planeta. Los cambios climáticos no operan en términos lineales. No es posible preveer en qué momento alteraciones graduales pueden llegar a puntos de quiebre, a rupturas con efectos catastróficos que pongan en peligro la vida a corto plazo. Adicionalmente, mientras mayores sean las dinámicas destructivas, menores serán las posibilidades de respuesta y adaptación a estas nuevas condiciones planetarias.

En lo que puede ser caracterizado como el asalto final del capital a la llamada “naturaleza”, las principales resistencias a este modelo depredador, a este proceso de acumulación por desposesión, ocurre en pueblos y comunidades campesinas e indígenas en todo el planeta, particularmente en el Sur. Son estas experiencias, estas memorias colectivas de que es posible vivir de otra manera, las principales reservas políticas y culturales con las cuales cuenta la humanidad para cuestionar y resistir el avance de este modelo depredador y destructor de la vida. Y sin embargo, la sobrevivencia misma de estas comunidades está siendo amenazada por el avance de este proceso de asalto global a los bienes comunes.

A pesar del aparente consenso internacional sobre la profundidad a la crisis ambiental, en particular sobre la necesidad de frenar las dinámicas productoras del cambio climático, la forma como se construye el debate internacional a través del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático es un acotamiento que distorsiona por completo lo que está en juego, y propone soluciones que no tienen posibilidad alguna de permitir salidas a los problemas que hoy confrontamos. Obviando por completo las implicaciones de un patrón de crecimiento sin fin en un planeta finito, y la urgente necesidad de una redistribución radical en el acceso a los bienes comunes de la vida, como condición de sobrevivencia a corto plazo de centenares de millones de personas, se buscan soluciones desde arriba que ignoran la multiplicidad de opciones que pueblos y comunidades en todo el planeta están formulando como alternativas al modelo civilizatorio en crisis.

Las respuestas de mercado, las soluciones tecnológicas (tecnological fix), -únicas opciones presentes en los debates intergubernamentales actuales- implican apostar a la misma lógica de mercado, y los mismos patrones de conocimiento que nos han conducido a la actual crisis. Las respuestas del llamado keynesianismo verde y otras propuestas de reformas “verdes” del capitalismo buscan salidas a la crisis económica por la vía de la creación de fuentes de inversión y de innovación tecnológica que, al no cuestionar los supuestos básicos del crecimiento sin fin, no pueden sino profundizar los problemas que confrontamos. Algunas de estas iniciativas como los biocombustible, o los llamados mecanismos de desarrollo limpio (MDL), por otro lado, están contribuyendo a profundizar las desigualdades, están afectando la producción de alimentos, y haciendo que los sectores más pobres del planeta sean quienes carguen sobre sus hombros los costos de la crisis.

Para amplios movimientos sociales en todo el planeta está cada vez más claro que confrontamos una profunda crisis civilizatoria, que estamos ante la crisis terminal de un patrón civilizatorio basado en la guerra sistemática por el control y el sometimiento/destrucción de la llamada “naturaleza”. Está claro que es imposible la pretensión del crecimiento sin límite en un planeta finito. Esto quedo ampliamente expresado en el Foro Social de Belém do Pará en enero de 2009, compartiéndose como sentido común entre los participantes.

Sin embargo, la batalla por una nueva hegemonía que incorpore este reconocimiento está muy lejos de ser ganada. Las repuestas a la crisis financiera/económica de los años 2008/2009 señalan claramente que no hay un reconocimiento de las implicaciones de la crisis ambiental, ni de lo que implica haber sobrepasado la capacidad de carga del planeta. Todas las políticas de “recuperación” de la economía han estado orientadas a retomar el crecimiento económico. La inyección masiva de fondos públicos precisamente a los mismos bancos que a través de la especulación financiera aceleraron la crisis, permite constatar la medida en que las respuestas a la crisis son más de lo mismo.

El caso de la industria automotriz es ilustrativo en este sentido. Ha sido ésta una de las ramas de la actividad económica que globalmente ha sido más afectada por la crisis económica que se profundizó a partir del año 2008, entre otras cosas, por la extraordinaria sobre capacidad de producción de automóviles existente a escala global, así como el sostenido incremento que han tenido los precios de la gasolina en los últimos años. Es igualmente una industria directamente identificada con el patrón de consumo de hidrocarburos que está en el centro de los debates sobre el cambio climático.

La quiebra o amenaza de quiebra de algunas de las más grandes empresas automotrices, y la disposición de muchos gobiernos a gastar miles de millones de dólares para auxiliarlas, constituyó una coyuntura extraordinariamente favorable en la cual hubiese sido posible no sólo reconocer la inviabilidad de continuar con el modelo de transporte del auto individual, sino actuar en consecuencia. Algunas de estas empresas fueron reestructuradas y/o redimensionadas radicalmente. En algunas -es este el caso de la General Motors- los trabajadores pasaron a ser dueños de una elevada proporción de las acciones de la empresa. Sin embargo en estas negociaciones no se aborda el tema de la relación entre lo que producen estas plantas y la crisis global. No se considera la posibilidad de aprovechar la crisis, las reestructuraciones, las masivas inversiones públicas, para reorientar dichas instalaciones para la producción de otros bienes, como por ejemplo, sistemas de transporte colectivo. Lo que se busca es la recuperación de estas empresas para que puedan volver a ser rentables.

Existe hoy una extraordinaria distancia entre lo que se ha venido convirtiendo en sentido común de los movimientos en resistencia, en particular de los movimientos, organizaciones, comunidades y pueblos indígenas y campesinos, y la actuación de los gobiernos llamados progresistas y/o de izquierda, aún de los más radicales. Las nociones de crecimiento, de progreso y desarrollo, que están en la base del carácter insostenible de la organización actual de la economía siguen orientando las políticas públicas. En toda América Latina se produjo un amplio movimiento de rechazo al neoliberalismo y fue esta ola de luchas populares lo que condujo a la elección de los actuales gobiernos. Existía por lo tanto la expectativa de que con estos nuevos gobiernos con discursos anti-neoliberales se produjesen reorientaciones básicas en las lógicas extractivistas que han caracterizado históricamente la inserción de las economías del continente en el mercado global.

Sin embargo esto no ha ocurrido, no se han producido reorientaciones en los modelos de desarrollo imperantes. Con los gobiernos de izquierda y progresistas que han gobernado a la mayoría de los países de Sudamérica en la última década, no sólo no se ha frenado, sino que se ha acentuado un modelo de inserción en el mercado mundial basado en la extracción de bienes primarios, en el asalto a los bienes comunes de la vida. El monocultivo de soya transgénica que hoy ocupa aproximadamente la mitad de las tierras cultivadas en Brasil, Argentina, Paraguay y Bolivia, los millones de hectáreas de caña de azúcar destinados a la producción de biocombustible y al monocultivo de eucaliptos (extractivismo agrícola), la profundización de la dependencia de la economía venezolana en el petróleo, la apertura de grandes extensiones territoriales a la explotación minera, ilustran los modelos productivos dominantes en todo el continente. Las políticas sociales y el mayor control estatal sobre los recursos mineros y energéticos no han estado acompañados de reorientaciones en los patrones productivos.

Hay dos países del continente, Ecuador y Bolivia en cuyos procesos constituyentes jugó un papel medular la presencia de los pueblos indígenas. El buen vivir (sumak kawsay) quechua y el vivir bien (suma qamaña) aymara son los ejes en torno a los cuales se arman los respectivos textos constitucionales. En Ecuador, por primera vez en la historia, una constitución constitucional los reconoce derechos de la naturaleza. Y sin embargo, las tensiones entre las visiones extractivistas de desarrollo y progreso y otros modos de vida continúan atravesando estos procesos políticos tanto en las políticas de la oposición, como al interior de los propios gobiernos.

La construcción de alternativas capaces de caminar hacia la construcción, no sólo de sociedades democráticas y equitativas, sino igualmente compatibles con la preservación de la vida en el planeta, necesariamente tienen que ser anti-capitalistas. El capitalismo requiere de un crecimiento (acumulación) sostenido. No es posible un capitalismo de crecimiento cero y menos aún un capitalismo de decrecimiento. Lo que está en juego no es si podrá o no sobrevivir el capitalismo. El problema fundamental está en si la vida en el planeta Tierra podrá sobrevivir al capitalismo.

No basta, sin embargo, un horizonte normativo anti-capitalista. El socialismo del siglo XX nos demostró que era posible, con otras relaciones de propiedad, un régimen productivo tan depredador y devastador de las condiciones que hacen posible la vida, como el capitalismo. Solo una profunda trasformación civilizatoria puede hacer posible la continuidad de la vida.

Texto preparado para el seminario 10 años después: desafíos y propuestas para otro mundo posible, Porto Alegre, Brazil, enero de 2010.

La metáfora lumínica


Emmanuel Lizcano

Quizá no sea exagerado considerar la historia toda del pensamiento occidental como una historia de la metáfora de la luz: la caverna platónica y sus sombras, la ideología de las luces y la ilustración, el propio lenguaje científico (los observables empíricos, lo que se tiene por evidente, las de-mostraciones matemáticas, los des-cubrimientos científicos)... todo nuestro vocabulario científico y filosófico está impregnado por metáforas lumínicas. De ahí la primacía de la idea entre nosotros (hasta en los materialistas: ¿hay idea más ideal que esa de materia?).

“Idea”, como es sabido, en su génesis griega viene de “visión”, ese sentido que nos permite delimitar formas, distinguir figuras (el pensamiento griego es un pensamiento del límite, de la de-terminación). Si uno utiliza cualquier otro sentido que no sea el de la vista, las cosas no tienen forma, pierden sus límites y contornos nítidos, se difuminan: yo cierro los ojos y huelo... y sobre el olfato no hay manera de construir una identidad, no percibo dónde empieza y donde acaba el objeto que huele (si es que hay tal objeto), ni si ese olor corresponde a un solo objeto o es fusión de varios, ni tengo manera de inferir la permanencia de la identidad del objeto cuando el olor empieza variar ...

Por eso, uno de los primeros combates a que se lanzó la burguesía centroeuropea para hacerse con el poder fue el combate contra los olores, porque el olor es un sentido que tiene referentes colectivos más que individuales, sabe de lo informe más que de las formas bien delimitadas. El sistema de alcantarillado en las ciudades y el auge de los desodorantes sustentan toda una epistemología, la que sólo es posible desde el sometimiento de los demás sentidos corporales al imperio de la vista.

Ivan Illich (1989), atribuye un papel fundamental a la generalización del uso del agua, jabones, afeites y desodorantes en la constitución moderna del individuo individual, ése cuyos límites son los que pone el ojo pero borra el olfato: las emanaciones olorosas son partes de uno mismo que, sin embargo, exceden las fronteras que sobre ese ‘uno mismo’ establece el ojo, viniéndose a entremezclar con –los olores de- otros ‘uno mismo’ y -los de- objetos varios en olores específicos que caracterizan a identidades más bien colectivas: el de ese bar y sus parroquianos, el del mercado de verduras (donde no se sabe bien dónde acaba la verdura y empieza la verdulera)... De la persecución moderna a los olores queda constancia en la misma lengua: “oler mal” es ya para nosotros un pleonasmo: basta con decir “¡huele!”

Es curioso cómo a uno se le borran las ideas cuando se le enturbia la visión. Por ejemplo, cuando los ojos se empañan por el llanto, se le difuminan las formas, se le licúan las ideas y las cosas dejan de estar claras: se le mezclan sentimientos e ideas, ya no se razona bien cuando se deja de ver bien.

El mismo concepto de ‘demostración’ es un concepto basado en la visión: el término griego para la demostración, la deîxis, significa ‘hacer ver’, ‘poner ante la vista’, ‘mostrar’. En ocultar esta deuda con la metáfora visual se juega buena parte del prestigio de una racionalidad que, como la occidental, lo extrae de su supuesta pureza respecto de los sentidos y sentimientos. Para ello es necesario escamotear a la vista lo que nació gracias a ella. En este sentido, nuestra epistemología, nuestras matemáticas y tantos otros de nuestros saberes racionales son puro ilusionismo.

Extraído de: 'Metáforas que nos piensan. Sobre ciencia, democracia y otras poderosas ficciones'. Emmánuel Lizcano.

El lobo y Caperucita Roja

Rosa Jové

Había una vez un lobo jardinero que se dedicaba a cuidar un pequeño bosque. Un día oyó acercarse a una niña con una caperuza roja que cruzaba el bosque pisando la hierba y arrancando sus flores. Preguntada a dónde iba, le dijo que a ver a su abuelita, que estaba enferma. Para evitar males mayores, la desvió por un camino algo más largo, pero asfaltado, que bordeaba el bosque.
Al poco se da cuenta de que ha debido de coger unas flores urticantes y, cruzando el bosque por el camino más rápido, llega a casa de la abuela. La abuela, en cuanto lo ve, se encierra en el armario y mientras el lobo trata de convencerla para que salga oye acercarse a la niña.

— ¿Qué hago? Le he pegado un susto de muerte a la abuela y ahora voy a causarle un disgusto a la niña si no la ve. Coge el gorro de la abuela, se lo pone y piensa: «Me hago pasar por la abuela y, después de que la niña se vaya, intento calmar a la pobre mujer».

La niña se acerca a la cama y nota ciertos cambios morfológicos que va preguntando, hasta que al final se da cuenta del engaño y sale corriendo. El lobo va detrás para intentar calmarla.

Por el bosque merodeaba un cazador que había seguido el rastro de los gritos y al ver a un lobo a tiro no se lo piensa dos veces y dispara. El cazador contento, la niña contenta y la abuela también.

Los lobos no se explican cómo ha llegado esta historia tan diferente hasta nuestros días… Pero nosotros sí podemos hacerlo porque sabemos que quien escribe la historia siempre la cuenta a su manera.

El taimado arte de destruir ciudades


Miguel Amorós

Sobre la tendencia totalitaria del fenómeno urbano

La ciudad es un modelo particularmente revolucionario de asentamiento humano aparecida por primera vez durante el IV milenio a.C. en la Mesopotamia. El verdadero Edén fue una ciudad, no un jardín. Allí nacieron la escritura, la contabilidad, las ciencias, las artes y la verdadera democracia; las ideas de libertad y revolución, la sexualidad no convencional, la poesía, la historia y la filosofía; pero también, la burocracia, las jerarquías, las clases, los ejércitos regulares y el dinero.

Pausanias rehusaba llamar ciudad a los agregados construidos sin plaza ni edificios públicos, es decir, sin espacio público, sin un lugar de participación e intervención directa de las ciudadanía, sin un terreno para la política comunitaria (política viene de polis, ciudad en griego). En efecto, en la ciudad, gobierno, justicia, fiesta, mercado, teatro, pensamiento, ceremonial y pedagogía, o sea, todas las actividades consideradas públicas, transcurrían al aire libre o en lugares abiertos. Sus límites estaban perfectamente definidos por un recinto urbano protegido por fosos y murallas.

Existía una clara distinción entre la ciudad, la forma excepcional de un espacio habitado, y la no ciudad, el campo, la forma habitual. Conservando tales criterios, ninguna urbe conocida hoy en día podría considerarse ciudad, puesto que ninguna dispone de espacios públicos. Las rotondas han substituido a las plazas vacías y las zonas verdes a los jardines públicos, testimonios de un pasado sobre el que se hizo, teórica y prácticamente, tabla rasa, mientras que sucesivas autopistas periféricas marcaban la frontera momentánea a rebasar por una ininterrumpida oleada urbanizadora.

La urbe totalitaria surge de la destrucción y de la fagocitación del espacio rural; no se distingue de su entorno sino por la densidad edificatoria, siempre en aumento; no tiene puertas ni límites, sólo cinturones viarios con muchos carriles, verdaderos tentáculos mediante los cuales aquella envuelve a todo el territorio en un abrazo letal. A la variedad y originalidad de las calles y las plazas de la ciudad tradicional, opone la vulgaridad y monotonía de las barriadas yuxtapuestas. A la belleza de sus arquitecturas que manifiestan un amor a la vida y a todo lo humano, la urbe sobrepone la monstruosidad de monumentos que pretenden simbolizar el progreso y la modernidad. Las decisiones que conciernen a sus habitantes son tomadas en espacios bien cerrados, por no decir blindados, a menudo privados, defendidos por esbirros y telecámaras. Nada ocurre gratuitamente, ni siquiera los grandes espectáculos deportivo-culturales que jalonan las etapas urbanizadoras: los accesos son de pago, siempre hay que comprar entrada.

La vida cotidiana transcurre o bien dentro de un vehículo, o bien en una casa dormitorio bunkerizada. Si la muerte en la ciudad había siempre acarreado una manifestación de duelo público, en la urbe totalitaria es un asunto privado sin importancia que no concierne más que al difunto. Vida y muerte son tan semejantes que apenas pueden distinguirse. La insensibilidad general es el resultado: los muertos vivientes no se preocupan ni de los sufrimientos ajenos, ni del aire que respiran.

En el marco de una expansión infinita, el territorio rural pierde su patrimonio histórico, sus leyes propias, sus tradiciones locales y sus señas de identidad, para convertirse en satélite amorfo de la conurbación central. En realidad es un territorio considerado edificable, residencial, zona logísitica o lugar de paso; en suma, una prolongación de la urbe a la que trasladar sus penosas condiciones de supervivencia y su manera especial de entender el progreso: carestía, consumismo, atascos, insalubridad, neurosis, ruidos, contaminación y comida industrial. No será ya el amor a la libertad, la solidaridad o la vindicta de clase lo que podrá caracterizar al habitante, sino las virtudes del ciudadano moderno, a saber, el miedo al prójimo, el odio racial y la manipulabilidad, condiciones políticas fascistas. En realidad el territorio podría definirse como el espacio intersticial entre dos conurbaciones, y como tal, destinado a suprimirse mediante las infraestructuras de circulación rápida y la concentración de la población dispersa.

El territorio racionalmente ocupado, es decir, con densidad de población baja, ideal para la forma de vida rural, es inviable para la economía capitalista. Se han hecho números y la vida en el campo resulta parca en ganancias monetarias; hay que concentrar a sus habitantes alrededor de un centro comercial y de ocio, encerrarlos en sus casas y enchufarles la tele. Podrá ser malo para los habitantes, pero es bueno para la especulación inmobiliaria, la motorización y el negocio turístico; por lo tanto, bueno para la economía, que es quien a la postre decide.



El verdadero urbanismo surge con la revolución industrial. A lo largo de la historia la ciudad había padecido los embates de poderes totalitarios, pero nunca sus elementos habían quedado atrapados en una relación social abstracta, nunca habían sido mediatizados completamente por cosas, fuesen mercancías, trabajo o dinero. Eso empezó a ocurrir con el ascenso de la burguesía al poder. Si el primer urbanismo burgués proclamó la ciudad como lugar privilegiado para la acumulación del capital, solamente cuando esa función fue declarada única podemos hablar de totalitarismo. De un dominio formal del capital se pasó a un dominio real. He llamado a esa fase urbanismo desarrollista, pues en esa etapa histórica que preludia a la urbe fascista, queda fijada la prioridad del crecimiento económico y urbano por encima de cualquier otra consideración. Tal propósito vino sellado por un pacto social entre los capitostes políticos, los empresarios nacionales y los dirigentes sindicales que proporcionó treinta años gloriosos de beneficios y transformó a las clases peligrosas en masas domesticadas.

Las grandes familias burguesas cedieron el mando a mánagers y cuadros ejecutivos. De una sociedad de productores se pasó a una sociedad de consumidores; de una economía industrial, a otra de servicios; de un capitalismo nacional tutelado por el Estado a un capitalismo global dirigido por las altas finanzas. El desarrollismo urbano es un periodo de transición que debuta con la aniquilación de la agricultura campesina y finaliza con la crisis de la industria. A partir de ese momento todos los problemas serán reducidos a su dimensión técnica, especialmente los urbanísticos. En adelante, la política, la economía, el derecho y la moral carecerán de autonomía, y sólo podrán ser abordadas desde la técnica, en nombre del progreso y del futuro entendidos, claro está, como progreso y futuro técnicos.

Cuando la tecnología se sobrepone a cualquier discurso ideológico y ocupa una posición central, todas las cuestiones se resuelven partiendo de ella. La modernización tecnológica será la clave para superar todos los obstáculos y el criterio fundamental de la verdad modernizada. Y por el contrario, oponerse a ella definirá al enemigo social, al reaccionario, al “antisistema”. La libertad existe en una sola dirección, la de la técnica: cualquiera puede ser libre para comprar un coche y tiene derecho a la velocidad; la lentitud y el caminar son actos subversivos. La técnica no es neutral; es instrumento y arma, y en calidad de tales, sirve a quien posee su secreto, a quien enchufa o desenchufa, a quien decide su aplicación. O sea, sirve al poder dominante, al poder de la dominación. Es el matrimonio con el capital lo que la ha puesto al servicio de la opresión, determinando tanto su evolución y desarrollo, como su devenir religioso. La técnica es a la vez condición de existencia y religión de las masas despolitizadas, amaestradas y asustadas. Alcanzado este estadio, la técnica ya es totalitaria. No ya porque abarque la totalidad de la vida, sino porque arrasa con todo. No reconoce límites, puesto que no reconoce la supremacía de lo humano. La misma limitación de los recursos, de la nocividad del ambiente o la degradación de la vida, sirve de estímulo. Hay soluciones técnicas para todo, y no caben otras.

Para el caso que nos ocupa, el urbanismo totalitario, diríamos que es tecnicista, sigue las leyes y los principios de la tecnología, e igual que ella, funciona destruyendo todo lo precedente para reconstruirlo de nuevo a cada innovación. Bajo la dictadura de la tecnología no es que el trabajo se haga precario: la misma existencia se vuelve precaria. Una vez liquidado el proletariado de las fábricas, las fuerzas productivas, ya eminentemente técnicas, son en esencia fuerzas destructivas. El urbanismo, también lo es. El crecimiento económico, que no puede apoyarse más que en medios técnicos, impone gracias a la maquinaria urbanizadora, un estado de guerra permanente contra el territorio y sus habitantes. Por eso los arquitectos y urbanistas habrán de ser juzgados como criminales de guerra. Por eso quienes tratan de contemporizar y aceptan una destrucción negociada acaban traicionando la buena causa del territorio. La lucha antidesarrollista y en defensa del territorio es la única que plantea la cuestión social en su totalidad, puesto que más que nunca es una lucha por la vida. Es la lucha de clases del siglo XXI. No se entiende esa lucha en armonía con un modelo capitalista no cuestionado, es inconcebible fuera del horizonte de la desurbanización y la autogestión territorial. Sólo en los escenarios donde transcurren los combates contra la barbarie urbanizadora podrán soplar los aires de libertad que fueron expulsados de las primitivas ciudades y podrá resurgir las fecundas maneras vitales que caracterizaron la cultura agraria. Hic Rhodus, hic salta!

Elaborado a partir de las charlas, debates y entrevistas ocurridos el 7, 8 y 9 de enero de 2010 en Radio Black Out, en la Librería Calusca de Milán, en la sala Pasquale Cavaliere de Turín, y en la Ex Pescheria de Avigliana (Val Susa).
Miguel Amorós.