Una modesta proposición

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Hacia una educación decrecentista

Decrece Madrid

Puedo afirmar rotundamente, tras seis años dedicándome a lidiar contra los gigantes de la educación oficial, institucionalizada y burocratizada de nuestro equivocado estado, que el decrecimiento brilla por su ausencia en los currículos oficiales. La materia de Geografía, junto con la de Ciencias Naturales, comparten una serie de ítems que parecen acercarse a la idea del Medio Ambiente. El problema es que los libros de texto, diseñados con gran premeditación, buscan a conciencia eliminar todo espíritu crítico en el alumnado. Sé de lo que hablo: cientos de palabras apretujadas en una amalgama sin sentido, con el único cometido de exigir al que se enfrenta a ellas una capacidad de loro memorístico, de borrego que rumia una comida con desgana, porque no se la presentan conectada con la realidad. Y así seguimos midiendo la valía intelectual de nuestra juventud: todo aquel que desee el éxito académico, que se ajuste bien las cuerdas que le ofrecemos, y que aprenda para olvidar.

Bajo nuestra perspectiva, lógicamente, el decrecimiento si es un concepto, una información o un acerbo cultural conectado plenamente con la realidad, y por tanto, significativo bajo el prisma de quien quiere llevar a cabo una educación para el cambio, una educación de y para ciudadanxs conscientes y críticos con el entorno y el sistema en el que se desarrollan sus vidas. Pero claro, esta visión de la labor pedagógica es la que, por poner un solo ejemplo, provocó el asesinato de Ferrer y Guardia a manos del estado español, hace solamente cien años. Es un solo ejemplo, pero ya dice mucho.

En base a todo lo anterior, volvemos a lo mismo de siempre. El sistema educativo no funciona, o mejor dicho funcionan muy bien,  pero en base a unos intereses de dominación y sometimiento ideológico. Por tanto, somos anti sistema. Por tanto nuestra labor tiene que ser lidiada fuera del sistema.

Y me pregunto, así, a bote pronto, que requisitos debería tener en cuenta una educación decrecentista. Pues así, a bote pronto, sin pretender hacer un ensayo esmerado, se me vienen a la cabeza dos simples conceptos: empatía e información veraz.

La empatía, o capacidad de ponerse en el lugar del otro, sea este un ser humano, un lince ibérico, un manzano o un cachito de oasis en medio del desierto, debería de ser uno de esos valores que el currículo llama transversales. La empatía, sin embargo, es tratada desde las instituciones como una de esas actitudes perniciosas que lleva a los seres humanos a trabajar en colectivo, y a rechazar la conducta del que no es empático (por ejemplo, nuestro actual ministro de Medio Ambiente: “el medio ambiente no puede paralizar el progreso económico”. Arias Cañete). Conclusión: también la empatía es antisistema. Es un valor humano que reclama ayuda en tiempos de crisis ecológica. Y todo aquel que haya reflexionado mínimamente en la pedagogía entiende que hay muchas, muchísimas maneras de potenciar este valor en nuestrxs alumnxs.

Y termino con el segundo concepto: la información veraz. Hace unos años tuve que hablar por primera vez a mis alumnxs de la globalización y el medio ambiente. Me enfrenté con el libro de texto, con el fin de certificar lo que ya sabía. Tras diez minutos leyendo y releyendo varias veces la información que desplegaba el libro sobre dichas cuestiones, y haciendo un ejercicio de “empatía”, entendí porque estxs chicxs carecen de motivación alguna. Si su profesor es incapaz de entender algo, como lo van a hacer ellos. Y no se entiende porque no es una información veraz, es decir, una información rigurosa que alude a una realidad. No se entiende porque es una abstracción sin sentido que hay que coger con pinzas.

El libro en cuestión presentaba la globalización en un tema y la crisis medio ambiental en otro. En segundo lugar no había ninguna idea que aludiera a las conexiones causa-efecto que hay entre uno y otro concepto. En tercer lugar, concretando con el tema de medio ambiente, dice que sí, que gran parte de la responsabilidad sobre la crisis ecológica es humana. ¿Y?…y nada más, ya está.

¿Por qué no explican quienes son los que causan el mayor destrozo medioambiental?. ¿Por qué no señalan a las grandes corporaciones, o a las decisiones de podridos políticos…como los mayores responsables del destrozo que estamos provocando en el planeta?. ¿Por qué no nos muestran vías de cambio, prácticas que encuentren soluciones?. El decrecimiento solo es una de tantas…

Prefieren decirnos que a ver si cerramos el grifo del agua mientras nos lavamos los dientes, y quedarse tan a gusto responsabilizándonos del desastre de la falta de agua limpia.

La educación institucionalizada es uno de los mejores instrumentos de represión y adoctrinamiento. Pero la que se encuentra libre de trabas, es una vía para la revolución. Desde el decrecimiento defenderemos donde sea y ante quien sea esta segunda acepción.

La Tierra no es muda


Con edición de los profesores de la UGR Alberto Matarán y Fernando López Castellano, el libro compila textos de varios autores, en los que se trata, entre otros asuntos, del desarrollo sostenible y el postdesarrollo, la globalización, el “decrecimiento”, o la sostenibilidad
La Editorial Universidad de Granada, el CICODE y la Cátedra “José Saramago” publican “La tierra no es muda. Diálogos entre el desarrollo sostenible y el postdesarrollo”, un libro con edición de los profesores de la UGR Alberto Matarán y Fernando López Castellano, en el que se compilan textos de varios autores, que tratan, entre otros asuntos, del desarrollo sostenible y el postdesarrollo, la globalización, el “decrecimiento”, o la sostenibilidad.

Según los editores de este volumen, “en el verano de 1930, J. M. Keynes, uno de los economistas más influyentes del pasado siglo, dictaba una conferencia de significativo título en la Residencia de Estudiantes de Madrid: El futuro económico de nuestros nietos. A lo largo de su discurso, el economista británico mostraba su confianza en que la abundancia creada por el crecimiento iba a permitirles cultivar el arte de vivir y que su auténtico problema sería el de cómo ocupar el tiempo de ocio conseguido mediante la ciencia y el interés compuesto”.

De la abundancia a la escasez

Así, durante unas décadas pareció que este anhelo iba a lograrse, pero la crisis de los 70 tornó la certidumbre en miedo y la abundancia en escasez. La globalización era el nuevo “simulacro” del desarrollo y el Consenso de Washington su fetiche. En paralelo a las propuestas del Consenso surgieron nuevos planteamientos que venían a considerar otra vez la idea del progreso y a revisar los fines y medios del desarrollo. El Informe sobre el Desarrollo Humano del PNUD, de 1990, recogería estas ideas y las plasmaría en el índice de desarrollo humano (IDH).

Del lado ambiental surgió el concepto de desarrollo sostenible para manifestar que la naturaleza no permitía cualquier modalidad de desarrollo. El análisis postdesarrollista niega el propio concepto de desarrollo argumentando que el problema no es la falta de desarrollo sino la propia naturaleza, capitalista y depredadora, del desarrollo. La apuesta por el decrecimiento, “sangre de la tierra”, en póetica expresión de Georgescu-Roegen, implica que éste ha de ser sostenible, que no debe generar una crisis social que cuestione la democracia y el humanismo.

Los editores afirman que “ha pasado casi un siglo y los nietos de la generación de Keynes siguen lejos de superar el problema económico, de cultivar el arte de vivir y de resolver el dilema de cómo ocupar el tiempo de ocio. ¿Cuál será el futuro de los nuestros? Para asegurarlo habría que sustituir el concepto convencional de bienestar, basado en el acceso al consumo, por el de buen vivir”, que incorpora una dimensión ecológica, e implica un cambio cultural; y seguir clamando, con Max-Neef, para que al mundo distinto de lo humano se le reconozcan sus derechos”.

Este libro trae al lector una selección de textos que le ayudarán en esa tarea. La obra reúne, así, las reflexiones y contribuciones sobre alternativas para la sostenibilidad de un conjunto de autores, tales como Koldo Unceta, Wolfgang Sachs, Jorge Riechmann, Federico Aguilera, Serge Latouche, Eduardo Gudynas, M. Max-Neef, Enrique Leff, Raffaele Paloscia, José Fariña, Esther Vivas, Luis González y Ernest García. 

Que la tierra no es muda lo hemos ido aprendiendo poco a poco. Mientras, muchos pueblos originarios han sabido respetar los ciclos de la tierra y avanzar sin amenazarla. El crecimiento de nuestra sociedad está basado en un consumo avasallador con nuestros recursos. Estos son algunos de los planteamientos de partida del libro La tierra no es muda. Diálogos entre el desarrollo sostenible y el posdesarrollo, publicado por la Universidad de Granada. 

La guerra contra la vida

Máximo Sandín - Somos bacterias y virus

La guerra permanente contra los entes biológicos que han construido, regulan y mantienen la vida en nuestro Planeta es el síntoma más grave de una civilización alienada de la realidad que camina hacia su autodestrucción.

Las dos obras fundacionales que constituyen la base teórico-filosófica del pensamiento occidental contemporáneo, de la concepción de la realidad, de la sociedad, de la vida, y que han sido determinantes en las relaciones de los seres humanos entre sí y con la Naturaleza son “La riqueza de las naciones” de Adam Smith y “Sobre el origen de las especies por medio de la selección natural o el mantenimiento de las razas favorecidas en la lucha por la existencia” de Charles Darwin. La concepción de la naturaleza y la sociedad como un campo de batalla en el que dos fuerzas abstractas, la selección natural y la mano invisible del mercado rigen los destinos de los competidores, ha conducido a una degradación de las relaciones humanas y de los hombres con la naturaleza sin precedentes en nuestra historia que está poniendo a la humanidad al borde del precipicio. El creciente abismo entre los países víctimas de la colonización europea y los países colonizadores, las decenas de guerras permanentes, siempre originadas por oscuros intereses económicos, la destrucción imparable de ecosistemas marinos y terrestres… sólo pueden conducir a la Humanidad a un callejón sin salida.

La gran industria farmacéutica se puede considerar, dentro de este proceso destructivo, un claro exponente de la aplicación de estos principios y de sus funestas consecuencias. La concepción del organismo humano y de la salud como un campo para el mercado, como un objeto de negocio, unida a la visión reduccionista y competitiva de los fenómenos naturales ha conducido a una distorsión de la función que, supuestamente, le corresponde, que puede llegar a constituir un factor más a añadir alos desencadenantes de la catástrofe. Un ejemplo dramáticamente ilustrativo de los peligros de esta concepción es el alarmante aumento de la resistencia bacteriana a los antibióticos, que puede llegar a convertirse en una grave amenaza para la población mundial, al dejarla inerme ante las infecciones (Alekshun M. N. y Levy S. B. 2007). El origen de este problema se encuentra en los dos conceptos mencionados anteriormente, que se traducen en el uso abusivo de antibióticos ante el menor síntoma de infección, su utilización masiva para actividades comerciales como el engorde de ganado, y su comercialización con evidente ánimo de lucro, pero, sobre todo, de la consideración de las bacterias como patógenos, “competidores” que hay que eliminar.

(...)

La concepción de la naturaleza basada en el modelo económico y social del azar como fuente de variación (oportunidades) y la competencia como motor de cambio (progreso) impone la necesidad de "competidores" ya sean imaginarios o creados previamente por nosotros y está dañando gravemente el equilibrio natural que conecta todos los seres vivos. Pero la Naturaleza tiene sus propias reglas en las que todo, hasta el menor microorganismo y la última molécula, están involucrados en el mantenimiento y regulación de la vida sobre la Tierra y tiene una gran capacidad de recuperación ante las peores catástrofes ambientales. El ataque permanente a los elementos fundamentales en esta regulación, la agresión a la “red de la vida”, puede tener unas consecuencias que, para nuestra desgracia, sólo podremos comprobar cuando la Naturaleza recobre el equilibrio.

Extraído del artículo 'La guerra contra bacterias y virus: Una lucha autodestructiva' de Máximo Sandín



Estupidez humana

Max Neef

Desde niño me ha preocupado lo que considero una cuestión importante: "¿Qué es lo que hace únicos a los seres humanos? ¿Hay algún atributo humano que ningún otro animal posea?" La primera respuesta recibida fue que los seres humanos tenemos alma, y los animales no. Esto me sonó extraño y doloroso, porque amaba y amo a los animales. Además, si Dios era tan justo y generoso hecho que yo todavía creía firmemente en esos días no hubiera hecho semejante discriminación. 0 sea, que no me convencí.

Varios años más tarde, bajo la influencia de mis primeros maestros, se me llevó a concluir que nosotros éramos los únicos seres inteligentes, mientras que los animales sólo tienen instintos. No me llevó mucho tiempo darme cuenta que estaba otra vez sobre la pista falsa. Gracias a las contribuciones de la etología, hoy sabemos que los animales también poseen inteligencia. Y reflexioné, hasta que un día finalmente creí que lo tenía; los seres humanos son los únicos seres con sentido del humor. Otra vez fui desengañado por estudios que demuestran que hasta los pájaros se hacen bromas entre sí y se "ríen".

Ya era un estudiante universitario y había casi decidido rendirme, cuando mencioné a mi padre mi frustración. Simplemente me miró y dijo: "¿Por qué no intentas por el lado de la estupidez?". Aunque al principio me sentí impactado, los años pasaron, y me gustaría anunciar, a menos que alguien más pueda reclamar una precedencia legítima, que estoy muy orgulloso de ser probablemente el fundador de una nueva e importante disciplina: la Estupidología. Sostengo, por lo tanto, que la estupidez es un rasgo único de los seres humanos. ¡Ningún otro ser vivo es estúpido, salvo nosotros!

Extraído del libro 'Desarrollo a escala humana' escrito por Max Neef

Manfred Max-Neef: Libros, artículos, entrevistas y conferencias.

Decrecimiento, te guste o no

Serge Latouche - Diagonal

Los partidarios del decrecimiento escuchan a menudo cosas como "¡el decrecimiento ya está teniendo lugar!". Es un poco apresurado. Nuestro crecimiento puede ser débil, pero todavía no hemos entrado en crecimiento negativo. Con un PIB de mil billones de euros, un 1% de crecimiento sigue siendo diez billones, lo que equivale al 10% del PIB de un país con sólo cien billones de euros (niveles en los que se mueven los países del Sur). Esto sigue siendo demasiado para la regeneración de la biosfera. Pero, lo que es más importante, un proyecto de sociedad de decrecimiento es radicalmente diferente al crecimiento negativo. Lo primero sería comparable a un austero tratamiento al que nos sometemos voluntariamente para mejorar nuestro bienestar ante la amenaza de la obesidad por un consumo excesivo. Lo segundo sería una dieta forzosa que nos puede matar de hambre. Se ha dicho una y otra vez: no hay nada peor que una sociedad de crecimiento sin crecimiento.

Sabemos que si el crecimiento simplemente se ralentiza, nuestras sociedades se sumen en la confusión por causa del paro, el aumento de la brecha entre los ricos y los pobres, el descenso del poder adquisitivo de los más pobres de la sociedad y por el abandono de los programas sociales, sanitarios, educativos, culturales y medioambientales que aseguran un mínimo nivel de vida. Si tenemos que cambiar de dirección, este será el retroceso social y cultural al que nos tendremos que enfrentar. En una conferencia de 1974 titulada Su ecologismo y el nuestro, André Gorz afirmó: "Esta caída en el crecimiento y la producción que hubiera podido ser buena en otro sistema (menos coches, menos ruido, más aire, jornadas laboralesmás cortas, etc.) tendrá efectos completamente negativos: la producción contaminante se convertirá en un producto de lujo fuera del alcance de las masas, aunque seguirá estando al alcance de quienes se lo puedan permitir; las desigualdades crecerán, los pobres serán relativamente más pobres y los ricos, más ricos".

El decrecimiento tan sólo puede tenerse en consideración en una "sociedad de decrecimiento", es decir, como parte de un sistema basado en otra lógica. La alternativa es, por tanto, decrecimiento o barbarie. Una sociedad que elija vivir con sobriedad como sugieren aquellos que están en contra de las sociedades de crecimiento, implicaría trabajar menos para vivir mejor, consumir menos pero mejor, producir menos residuos y reciclar más. En pocas palabras recuperar el sentido de proporcionalidad y una huella ecológica sostenible. Buscar la propia felicidad en la interacción social y no en la acumulación frenética. Todo esto requiere una seria descolonización de nuestras mentes, pero las circunstancias nos pueden ayudar a conseguirlo. Los adictos al sistema ciertamente dirán que ya no volverán a ir de vacaciones a las Seychelles. Tendrán que conformarse. La edad de oro del consumismo en kilómetros ha quedado atrás. El deseo de viajar y la necesidad de aventura están, sinduda, inscritas en la esencia del hombre y son fuentes de enriquecimiento que no deberían desaparecer, pero la industria del turismo ha convertido la legítima curiosidad y la investigación educativa en una industria de consumo destructiva. Lo mismo le ha sucedido a la cultura y el tejido social de los países "de destino". El vicio de viajar cada vez más lejos, más rápido, más a menudo (y siempre con los precios más bajos) se debe reconsiderar a la baja. Ante la falta de petróleo y el desequilibrio climático, los viajes serán cada vez más cerca, menos frecuentes, más lentos y más costosos en dinero. A decir verdad, este vicio es tan serio únicamente por el vacío y el desencanto que nos hace vivir cada vez más virtualmente y viajar, en realidad, a expensas del planeta.

Woody Allen dijo que hemos llegado a una bifurcación decisiva. Un camino nos lleva a la extinción de la especie y el otro a la desesperación. Añade: "Espero que seamos capaces de tomar la decisión correcta". El primer desvío es el que hemos tomado. El segundo es el del crecimiento negativo que genera hambre, guerras, pandemias y que probablemente está controlado por un poder ecofascista o ecototalitario, cuyas premisas estamos ya experimentando. El decrecimiento representa una tercera vía: elegir la sobriedad. Para eso tenemos que crear otra manera de relacionarnos con el mundo, con la naturaleza, con las cosas y los seres que pueda ser universalizada en una escala humana. Las sociedades que autolimitan su capacidad para producir también son sociedades alegres.

Serge Latouche, profesor emérito de economía de la Universidad de Orsay

Fuente: http://www.diagonalperiodico.net/Decrecimiento-te-guste-o-no.html

Texto traducido por AEIOU

Dejemos de sostener al primer mundo

Ricardo Natalichio

Sin ser conscientes de ello, estamos sosteniendo un sistema que nos es totalmente perjudicial, no sólo económicamente, sino ambiental y socialmente.

Durante los últimos años, los países más industrializados que alguna vez decidieron autodenominarse primer mundo, se vienen tambaleando de crisis en crisis. Con gran parte de sus ecosistemas artificializados, amoldados y reducidos a su mínima expresión, y niveles de consumo exacerbados por donde se los mire, su balanza ambiental interna lleva décadas inclinada hacia el lado negativo.

Sin embargo, el “subdesarrollo” del tercer mundo ha servido de colchón amortiguador de ese comportamiento durante un largo período. Absorbiendo las emisiones con sus inmensas superficies boscosas aun en pie, soportando la contaminación de sus fábricas en ríos y lagos. Proveyendo de materias primas a costa del agua dulce y los nutrientes de sus ricos suelos a su industria. En fin, con las venas abiertas de innumerables formas.

Las crisis financieras han ido modificando el mapa para las trasnacionales y en los últimos años ha aumentado considerablemente el porcentaje de ganancias que obtienen de sus filiales en los países del hemisferio sur.

Bancos, telefónicas, celulares, laboratorios, e infinidad de rubros han reportado en el 2011 importantes alzas de sus ingresos provenientes de Latinoamérica, cuando se han disminuido de forma notable en sus propias regiones.

Sin ser conscientes de ello, estamos sosteniendo un sistema que nos es totalmente perjudicial, no sólo económicamente, sino ambiental y socialmente.

Millones de hectáreas de buena tierra sin producir alimentos, sino combustibles para el norte y piensos para su ganado, siendo erosionadas hasta la desertización y fumigadas hasta la esterilización y quitando el sustento a los campesinos de la región, son un claro ejemplo de este modelo fatídico.

Pero llega el tiempo en el que podemos hacer oír nuestra voz e intentar imponer un cambio de rumbo. Las multinacionales nos necesitan más que nunca y mucho más de lo que nosotros las necesitamos a ellas. Porque podemos vivir sin sus productos, pero ellas no sobrevivirían sin nuestros recursos naturales, nuestro dinero, nuestro consumo y nuestro consentimiento.

Las tres crisis, económica, ecológica y social por las que atraviesa la humanidad nos muestran que es un momento en la historia del hombre moderno, en el que un importante cambio es urgente, necesario y posible.

Se acerca el fin de la era de petróleo, de los combustibles fósiles y eso está obligando a una reformulación de toda la sociedad humana, que durante siglos ha basado en ellos el concepto de progreso. Una nueva concepción de todo lo conocido es imperiosa. Hay que definir nuevas pautas de convivencia entre los seres humanos y con la naturaleza, nuevos paradigmas de desarrollo.

Las leyes de la vida, de la naturaleza, las que han existido durante millones de años, comienzan a prevalecer sobre las ficticias e impuestas leyes del mercado. El agua es inmensamente más valiosa que el oro y cualquier otro metal, porque es necesaria para la existencia de la vida. Así como producir alimentos es más valioso para la humanidad, que combustibles.

¿Debemos volver a la Edad de Piedra? Hoy hay en el mundo más de 2.000 millones de personas intentando sobrevivir en condiciones mucho peores que las de esa época, en la que hubiesen podido alimentarse de la caza y de la pesca y beber agua de un río o de un lago, sin enfermar a causa de la contaminación generada por empresas que producen bienes o extraen materias primas, que ellos jamás llegarán a ver en sus vidas.

La cuestión no es volver o no a la edad de piedra, sino evitar la extinción de la vida como la conocemos, por mantener el estilo de vida del 10 ó 20% de la población mundial. La cuestión es iniciar ese cambio, empezando por nosotros mismos y siguiendo por el cambio del sistema en que vivimos.

Fuente: Editorial Ambiente y Sociedad N° 508

Elogio del catastrofismo

Suricato - Innovación y decrecimiento

Damas y caballeros, me presento: soy un catastrofista. El catastrofismo en temas medioambientales tiene mala prensa. Se arroja a la cara del interlocutor como sinónimo de exageración, pesimismo y poca confianza en las posibilidades de la tecnología de evitar o al menos atenuar los efectos secundarios o las “externalidades negativas” de nuestro  maravilloso “modo de vida”.

Separemos aguas. Ser catastrofista no significa ser apocalíptico. La doctrina del Apocalipsis es religiosa. El catastrofismo se basa en las evidencias científicas y en el sentido común, ambas cualidades totalmente ausentes de los enunciados apocalípticos. Un catastrofista es un optimista informado y, por lo tanto, indignado. Un decrecentista también.

Repito: soy, junto a muchos otros, un catastrofista. Y a mucha honra. El catastrofismo actual es casi lo inverso de aquella teoría geológica dominante en Europa en los siglos dieciocho y diecinueve que afirmaba que la tierra se formó súbitamente y de forma precisamente “catastrófica”. El catastrofismo actual, con fundamentos más biológicos que geológicos, afirma que las evidencias científicas disponibles apuntan hacia una desaparición más o menos repentina de muchos de los fundamentos de la vida sobre la tierra. Afirmamos que nos enfrentamos ahora a una reducción drástica de las probabilidades de continuación de las formas biológicas como consecuencia de la intervención destructiva de una de las maneras posibles de organización de la vida colectiva de las sociedades humanas sobre la tierra: el productivismo.

Este productivismo, expresado a lo largo del siglo veinte como capitalismo industrial o como socialismo de Estado, produjo el mayor daño ambiental conocido y ha dejado a los habitantes de este planeta, a todos no sólo a los humanos, al borde del desastre. El catastrofismo no confunde los efectos antropogénicos con los efectos de las formas políticas, culturales y económicas de organización del animal humano. No es éste en sí mismo el dañino sino las formas contingentes de organización de su vida colectiva en medio de una biosfera finita. La historia medioambiental del siglo veinte muestra los antecedentes de la catástrofe previsible. “En el siglo veinte se cuadruplicó la población del mundo y su economía se multiplicó por 14, mientras que el consumo energético aumentó 16 veces y el factor de expansión de la producción industrial fue  de 40. Pero las emisiones de dióxido de carbono fueron 13 ves superiores y el consumo de agua se multiplicó por cuatro”  “Es evidente que no mantendremos durante mucho tiempo el ritmo del siglo veinte” (John R. Mc Nelly).

Los catastrofistas pensamos que existen posibilidades de enmendar el rumbo modificando tanto el imaginario productivista como las formas sociales de organización del trabajo, distribución de la riqueza y de relación con la naturaleza. Existen posibilidades culturales, tecnológicas y políticas pero, desgraciadamente, desconocemos sus probabilidades de éxito. A lo mejor los botones de la catástrofe ya han sido tocados. El catastrofismo, transformado en acción y voluntad política, forma parte de la razón decrecentista que trabaja en el estrecho margen que existe entre las posibilidades y las probabilidades de supervivencia.


Reducir la esfera material de la economía no es una opción

Entrevista a Yayo Herrero en Rebelión por Salvador López Arnal

Permíteme tomar pie en un reciente artículo tuyo publicado en Pueblos, escrito al alimón con Luis González Reyes, que lleva por título: “Decrecimiento justo o barbarie”. ¿Qué significa decrecimiento justo? ¿No todo decrecimiento es justo?

Reducir la esfera material de la economía no es una opción. Los propios límites del planeta (agotamiento de recursos no renovables, saturación de sumideros, disminución de los suelos fértiles, alteración de los ciclos y las dinámicas de regulación, etc.) van a obligar a ello. La reacomodación a una esfera material más pequeña puede hacerse mediante criterios ecofascistas, es decir, una parte cada vez más pequeña despilfarra y sobreconsume energía, suelo, agua pesca o materiales, mientras que la cantidad de “excluidos ambientales” es cada vez mayor. El decrecimiento justo hace referencia a un proceso planificado de redistribución y reparto de lo que proporciona la naturaleza a la vez que este proceso se construye de forma coherente a los límites físicos de la biosfera.

¿Por qué consideras que nuestra sociedad es una sociedad del exceso? Numerosos sectores sociales con tienen mucho margen de maniobra y su consumo no es ni muchos menos elevado.

Yo creo que la humanidad en su conjunto no tiene margen de maniobra. La biocapacidad global del planeta ha sido superada. En las sociedades ricas el consumo material supera con mucho la capacidad de sus propios territorios. Es obvio que existe un componente de clase fundamental y las personas más ricas tienen que ser obligadas a disminuir de una forma importante su consumo material, pero me parece importante tener en cuenta que muchas personas que no se perciben a sí mismas como ricas presentan unos consumos materiales insostenibles.

La clave está en pensar si esos consumos son extendibles al conjunto de la población humana. Si no lo son, no son derechos sino privilegios. ¿Podría toda la población del planeta tener coche particular? ¿Podrían comer carne cuatro días por semana todos los seres humanos? Si esos consumos son físicamente imposibles, entonces tener coche particular o comer carne cuatro días por semana son privilegios que se mantienen a costa de otras personas y otro territorios.

Reducir con equidad esos consumos materiales es una cuestión de justicia en un medio físico limitado. La posibilidad de hacer crecer la producción material ilimitadamente en un medio físicamente limitado es uno de los muchos mitos de la economía capitalista que tristemente ha colonizado el imaginario de muchas personas de izquierdas.


La ilegitimidad de endeudarse a costa de la naturaleza

Inés Marco y Iolanda Fresnillo - Observatorio de la deuda en la globalización

La industrialización y el desarrollo del modelo capitalista han avanzando en el mundo en base a procesos de endeudamiento. El crédito y, por tanto, la deuda son elementos consustanciales al proceso de crecimiento económico. “La pasión que predomina entre los individuos de una economía moderna es convertir la riqueza en deuda, que en el futuro genere un ingreso permanente; convertir la riqueza que es perecedera en deuda, que es perdurable. Una deuda que no se pudre, no tiene gastos de mantenimiento y produce intereses permanentemente” (Daly, 1999).

Desde la perspectiva de los deudores, el objetivo de este endeudamiento es en principio invertir en procesos productivos para generar rendimientos suficientes para, una vez satisfechos los pagos de la deuda, obtener beneficios. Dichos procesos productivos no suelen tener en cuenta su vínculo con el mundo físico. La metáfora de la producción capitalista (Naredo, 2003) oculta un proceso de apropiación de la riqueza, y ha generado un patrón de crecimiento en términos monetarios que obvia los procesos de destrucción de la naturaleza y degradación de las condiciones de vida de las personas. La creación de valor añadido en los procesos de producción no contabiliza los costes reales de dicho proceso, subestima los costes generados durante los procesos de extracción de los recursos así como los costes laborales, y hace invisible los espacios de desarrollo humano. La economía de mercado desplaza sus costes hacia la naturaleza y las clases trabajadoras.

Las deudas, en las que se incurre para fomentar estos procesos de producción, son expresadas en unidades monetarias, que no tienen límites físicos, pues se espera que crezcan de forma exponencial e ilimitada por la acumulación de intereses sobre el capital a retornar. Para hacer frente a su pago, los deudores (sean actores públicos o privados) tendrían que aumentar el rendimiento de los recursos que han tomado prestados de forma exponencial. Estos rendimientos suelen obtenerse mediante procesos de adquisición y extracción de recursos, por lo tanto sí están sujetos a límites físicos y dependen del ritmo de crecimiento de la naturaleza (Daly, 1999). En términos generales, para conseguir los recursos suficientes como para hacer frente a los pagos de las deudas y la acumulación de intereses, los deudores suelen apostar por una o varias de estas cuatro opciones: embarcarse en inversiones especulativas (burbuja inmobiliaria y financiera, que no pueden durar indefinidamente); aumentar la presión sobre los salarios de los trabajadores; incrementar los ritmos de producción y consumo de bienes y servicios; e intensificar los procesos de extracción de los recursos naturales.

En este contexto, emerge una tensión irresoluble entre garantizar el proceso de valorización del capital y garantizar el proceso de sostenimiento de la vida. Un conflicto permanente entre el capital y los trabajos, entre el capital y la vida (Orozco, 2010). Ocurre entonces que, ante la amenaza constante, se desencadenan acciones defensivas de repudio de la deuda para contrarrestarlas. La lógica exige que de algún modo restrinjamos el proceso de acumulación de deuda, limitando el efecto del interés compuesto, o aceptemos ocasionalmente repudios de la deuda como ajustes normales y necesarios para garantizar la defensa de la vida por encima de los derechos comerciales (Daly, 1999)

Históricamente nos encontramos con momentos en los que el endeudamiento se produce a niveles o ritmos más elevados que la capacidad de creación de riqueza, como en la actual crisis, en la que la demanda no es suficiente para los elevados y sobrantes niveles de producción. Esta crisis de sobreproducción, con un estancamiento del consumo (por la pérdida constante de capacidad adquisitiva por parte de las clases trabajadoras), provoca un descenso de los beneficios y, por tanto, mayores dificultades de retornar las deudas acumuladas y mayor necesidad de crédito para hacer frente a gastos y necesidades de inversión. “El modelo económico, desde principios del siglo XXI, había llegado a sus límites (de explotación, de sobreproducción, de tasa de ganancia y límites físicos y ecológicos), y que la burbuja del crédito, que se cita como causa, no es sino una consecuencia más de un sistema en decadencia y que tiene a las crisis como elementos inevitables de su dinámica” (Taifa, 2010).

(...)

La deuda ha sido pues durante décadas una herramienta de dominación y neocolonialismo, que, a través de mecanismos como los descritos en las líneas anteriores, ha transferido del Sur Global al Norte Global ingentes cantidades de riquezas (tanto dinero como recursos naturales). La crisis de la deuda europea nos demuestra que esa transfusión de riqueza no se produce tan sólo entre el Sur y el Norte geopolítico, sino también dentro del centro del sistema, entre las clases populares y trabajadoras y las elites propietarias del capital y los medios de producción.

Extraído del artículo ‘La ilegitimidad de endeudarse a costa de la naturaleza’ escrito por  Inés Marco y Iolanda Fresnillo . Observatorio de la Deuda en la Globalización.

Artículo publicado en el número 42 de la Revista Ecología Política de diciembre de 2011

Extinción o decrecimiento

El humorista y cineasta norteamericano Woody Allen, que ha expuesto los puntos de vista de la clase media urbana de los Estados Unidos para tomar distancia,  dijo respecto de la civilización actual globalizada:  “hemos llegado a una bifurcación decisiva. Un camino nos lleva a la extinción de la especie y el otro a la desesperación. Espero que seamos capaces de tomar la decisión correcta”.

El fascismo del fin del mundo

Un desvío lleva a la extinción. El otro genera hambre, guerras, pandemias y que probablemente esté controlado por un poder fascista o totalitario, que ya se está imponiendo como necesidad de corromper y contaminar para obtener beneficios.

Hay, para algunos, una tercera vía: el decrecimiento, la elección consciente de la  sobriedad. Para eso tenemos que crear otra manera de relacionarnos con el mundo, con la naturaleza, con las cosas y los seres que genere felicidad y  pueda ser generalizada. Las sociedades que autolimitan su capacidad para producir también pueden ser alegres y vivir bien con menos bambolla de trastos inútiles y desechables que nosotros.

Los que tenemos algunos años hemos alcanzado a ver cómo se vivía con confianza y tranquilidad,  con las puertas abiertas, sentados a la puerta conversando los adultos y jugando a la pelota los chicos en la calle.  Y aquello, pocos años más tarde, parece otro mundo, un paraíso donde todo estaba al alcance de la mano.

A pesar de las crisis que se suceden, y de que la que atravesamos desde 2008 llegó  para quedarse, el crecimiento global no es negativo por ahora, solo se ha hecho lento pero ya nos preocupa gravemente. No hay crecimiento negativo todavía pero los países de Europa aceptan formas novedosas del autoritarismo del dinero: cambios de gobierno impuestos por los bancos en Italia y Grecia, “corralito”  en España donde a los ahorristas les vendieron bonos “basura” sin advertirlos, amenazas en Irlanda o Portugal, advertencias para Francia y Alemania, represión e imposiciones fuera de la soberanía popular y estatal por todas partes.


Bombas, economía e innovación

Suricato - Innovación y decrecimiento

La especie humana inventó el productivismo y sus dos grandes formas sociales de expresión en el último siglo: el capitalismo y el socialismo estatista. Ambos han fracasado como propuestas de bienestar humano; ambos se han sostenido por la dominación interna, la guerra  externa y el expolio y destrucción de la naturaleza. El socialismo estatista, aunque cuenta todavía con nostálgicos de sus rituales y de su épica, pasó con más penas que glorias por la historia de siglo veinte. El capitalismo que pareció triunfante lanza ahora zarpazos de ahogado. Pero su máquina productiva sigue funcionando, sigue generando ideas para la destrucción, sigue aprovechándose de la capacidad de innovación y  creatividad de la especie para sus fines egoístas.

El gasto militar es una parte central de la economía del mundo: constituye un mercado. Mercado de bienes, materiales e inmateriales, y mercado, de trabajo. La industria de la guerra forma parte del PIB de las naciones y demandante de ideas, tiempo y recursos naturales. Cuando la economía tambalea la guerra aparece como una de las salidas posibles para hacer funcionar la maquinaria productivista. El Imperio busca lugares donde lanzar las bombas y la industria armamentística comienza a salivar. Ahora, al parecer, es el turno de Irán.

La imaginación peversa y belicista comienza a funcionar: se trata de pensar cómo destruir las instalaciones nucleares de ese país. Para ello se piensa en utilizar bombas con capacidad para penetrar hormigón armado de hasta diez metros de espesor. ¿Cuánta inteligencia, creatividad y trabajo han sido necesarios para fabricar tales artilugios de  destrucción? ¿Cuanta energía colectiva ha sido puesta a disposición del horror? Y por el contrario: ¿qué otros lugares sociales han quedado vacíos de ideas, de energías creativas e innovación? La balanza social de la innovación es asimétrica.

Decrecimiento ¡Nueva fórmula mejorada!

Miguel Brieva - Memorias de la Tierra


Arquitectura y decrecimiento

Alba Carballal Gandoy

El cambio de dirección que supone decrecer se resume fácilmente en una palabra: menos. Menos trabajo, menos materias primas, menos energía. La defensa de un proyecto decrecentista implica, en lo que a consumo y producción se refiere, reducir éstos últimos hasta que nos situemos en unos niveles verdaderamente sostenibles para el planeta. El porqué de la necesidad de decrecer, teniendo en cuenta todo lo dicho hasta el momento, parece obvio: las materias primas más vitales empiezan a escasear, los daños producidos sobre la biosfera comienzan a ser irreparables y vivimos por encima de las posibilidades del planeta. Para ilustrar esta realidad sólo necesitamos un dato: un crecimiento del 2% durante los próximos cincuenta años supondría sobrepasar treinta veces los límites de lo sostenible -que por otro lado, ya hemos dejado atrás mientras que aplicar el modelo decrecentista al 5% durante el mismo periodo de tiempo garantizaría la viabilidad de toda actividad humana.

Las vías de decrecimiento que planteamos -que no son otras que las del más abrumador sentido común- no supone un crecimiento negativo (no se trata de hacer lo mismo pero en menor cantidad) , sino un cambio de paradigma; no es una tragedia sino una enorme oportunidad que todos -pero muy especialmente los arquitectos- debemos aprovechar.

En este sentido, el mítico less is more de Ludwig Mies Van der Rohe vuelve a cobrar vigencia -e incluso se revitaliza- a la luz del planteamiento decrecentista. La solución a los problemas arquitectónicos que se nos plantean es, por suerte, mucho más sencilla de lo que parece, pero para que estas soluciones tan obvias comiencen a efervescer el cambio de paradigma que el decrecimiento plantea ha de cristalizar y cuajar en el imaginario arquitectónico global. Para exponer los cambios que -desde un planteamiento decrecentista- se consideran necesarios en el panorama constructivo de nuestros días vamos a clasificar los problemas de una forma muy elemental que, sin embargo, es capaz de englobar todos los supuestos en los que nos podamos situar.

El primero de estos conjuntos está compuesto por aquellas obras arquitectónicas -edificios, centros cívicos o nuevos espacios urbanos- que simplemente están de más. A estas alturas no es necesario mencionar el gran número de proyectos desproporcionados y vacíos de contenido que caracterizan en gran medida al star system de la arquitectura mundial y que, en una época en la que los recursos escasean, pierden cualquier atisbo de sentido -si es que algún día lo tuvieron. Sin embargo, dentro de la arquitectura "sobrante" no es éste, ni de lejos, el peor de nuestros problemas: el de la vivienda es más grave y, desde luego, mucho más urgente. A grandes rasgos, en el Norte industrializado hay una gran demanda de apartamentos; pero ésta es, paradójicamente, mucho menor que la cantidad de viviendas que continúan vacías. La solución que se da a este conflicto consiste generalmente en la edificación masiva de más bloques de pisos que, a todas luces, son innecesarios e insostenibles. Desde el decrecimiento proponemos abandonar la vía constructiva y adoptar la vía política para resolver esta pugna: no necesitamos más casas, lo que es verdaderamente necesario es que las que están vacías se pongan a disposición de aquéllos que no disponen de una.

Por otro lado, es fácil objetar que hay lugares en los que la demanda de viviendas es real, en el sentido de que éstas no están todavía construidas. En esos casos nos topamos con el segundo bloque de problemas: los edificios que "faltan". Es obvio que la doctrina decrecentista no da una respuesta negativa a las necesidad de hacer habitable un paraje que no propicia un alojamiento digno. Sería absurdo reclamar un programa de decrecimiento en un lugar en el que reina la pobreza. Sin embargo, es necesario un compromiso por parte de los países en vías de desarrollo: tan simple como aprender de los errores relacionados con el consumo excesivo que hemos cometido los países industrializados y asegurarse de no volver a tropezar con ellos.

"[el decrecimiento] no remite a una postura que reclama una renuncia a los placeres de la vida: reivindica, antes bien, una clara recuperación de estos últimos en un escenario marcado, eso sí, por el rechazo de los oropeles del consumo irracional."

Carlos Taibo - En defensa del decrecimiento

Extraído del texto ‘Altius Citius Fortius. El Pritzker de los necios’ escrito por Alba Carballal Gandoy

La limitación física al crecimiento económico

‘En general, lo economistas hablan de energía y materiales sin preocuparse en exceso por las leyes que gobiernan el uso y aprovechamiento de este tipo de recursos naturales. En un sentido amplio se puede definir la energía como la capacidad o posibilidad de realizar un trabajo en su acepción no restringida [Conviene tener presente no obstante que “… la energía es una abstracción matemática que no tiene existencia aparte de su relación funcional con otras variables o coordenadas que tienen una interpretación física y pueden medirse. Por ejemplo, la energía cinética de una masa dada de material es función de su velocidad y no tiene otra realidad.”]

Pues bien, las leyes que rigen el comportamiento de la energía se conocen como leyes de la termodinámica. Dos van a ser los principios que nos interesan. El primero de esos principios se denomina Principio de la conservación de la energía. El segundo se conoce como Ley de la entropía.

El primer Principio establece, como es sabido, que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Es decir: la cantidad total de energía permanece siempre inalterable y constante, pudiendo transformarse de un estado a otro (por ejemplo, la energía calorífica que libera la combustión de fuel puede transformarse en electricidad y en calor ambiental, pero sin crearse ni destruirse en este proceso.

El segundo Principio o Ley de la Entropía no niega lo anterior pero añade algo importante: que en esa transformación, la energía pierde su calidad y se degrada, disminuyendo sus posibilidades para el aprovechamiento humano. Este hecho ha sido, tal vez, el que ha llevado a afirmar a algunos científicos naturales que la ciencia de la termodinámica “es tan sólo el conjunto de principios que rigen la contabilidad con la que se sigue el rastro de la energía conforme sufre dichas transformaciones”. Por esta razón, si una parte de la energía se convierte en calor a más baja temperatura, es decir, calor no utilizable o en residuo, las transformaciones energéticas nunca podrán ser eficientes al cien por cien.

Cabe recordar que, dado un ambiente o estado de referencia –en términos prácticos el planeta Tierra- la energía se presenta en dos estados cualitativamente diferentes: como energía disponible o libre (que podemos utilizar porque sus propiedades físicas intensivas son diferentes de las ambientales) y como energía no disponible o disipada (que resulta imposible aprovechar al estar en equilibrio con el ambiente). La energía disponible  es la que nos permite producir trabajo (por ejemplo el petróleo aplicado a un automóvil que permite desplazarnos), y es precisamente en este proceso donde la energía libre pierde esta cualidad y  se transforma en energía no disponible (o calor), trayendo consigo un claro cambio cualitativo en la naturaleza de esa energía. Además, lo que establece la ley de la entropía es que precisamente el sentido en que se realiza es transformación es único: la energía se transforma siempre de energía disponible en energía no disponible o disipada y nunca viceversa.  O como lo formuló Rudolf Clausius por primera vez : “no es posible encontrar un proceso en el que el único resultado sea una transferencia de energía del cuerpo más frío al más caliente”. Es decir, que el calor siempre fluye desde el cuerpo más caliente al más frío, pero nunca al contrario.'

Extraído del libro ‘La bioeconomía de Georgescu-Roegen’ escrito por Óscar Carpintero.

Reflexiones colectivas sobre política y decrecimiento

Un grupo de personas se reúne para reflexionar y hablar sobre política y decrecimiento:

Entendemos la  Política como el arte de las relaciones humanas en la que todas somos actores políticos y todas tenemos algo que decir en los lugares donde se toman las decisiones, en contra de la forma de concebir la política actualmente dentro de la llamada ‘democracia parlamentaria’, o ‘democracia capitalista’.

Entendemos necesario reivindicar la política dentro del movimiento decrecentista para llevar a cabo sus propuestas, ya que el tema de la distribución del poder está  poco hablado, y se hace imprescindible ayudar a liberar la política del capitalismo.

Entendemos la horizontalidad como uno de los objetivos políticos del decrecimiento basado en el empoderamiento de las personas que se capacitan para ejercer el poder de una manera colectiva; de esta manera el decrecimiento sería entendido como un camino o una herramienta que se trabaja en la práctica.

Como agentes activos de poder, entendemos la comunicación como la forma de extender la base social mediante el acercamiento de las personas a las alternativas.

Entendemos que es necesario un cambio mental. Somos conscientes que existen personas que no quieren ser libres o que están muy a gusto con la ‘democracia representativa’, pero la responsabilidad de tener voz requiere un cambio radical y este proceso personal requiere un esfuerzo.

Nuestro objetivo político es una Democracia Real.

Entendemos que el decrecimiento es una crítica al sistema capitalista que funciona como un elemento transversal que es una constante de diferentes movimientos, destacando los puntos que tenemos en común pudiendo convivir con diferentes alternativas ideológicas; tiene fuerza política pero no tiene ideología propia.

Entendemos que los tiempos definen las estrategias de cada grupo decrecentista, sociedades pequeñas que se autogestionan, cada una de las cuales elige su camino y ofrece diferentes soluciones; cada biorregión debe adaptarse a su realidad.

El decrecimiento sólo puede ser voluntario, obligado no es una buena herramienta.

La diversificación del poder se tiene que dar en todos los ámbitos, también en el trabajo, mediante las cooperativas y la apropiación de los trabajadores de sus empresas.

El empoderamiento de las personas requiere una continua formación de las personas, pero las limitaciones personales a veces pueden obligar a buscar la figura de la ‘persona de confianza’, facilitador, dinamizador o el conocido ‘mandar obedeciendo’ zapatista, teniedo siempre en cuenta que el poder es prestado. Se elimina la figura del experto, el especialista, el lider y también la tecnocracia.

Como herramientas de gestión política tenemos presente la asamblea, internet y actualmente el 15-M puede servir como plataforma política al decrecimiento.

De vidas vivibles y producción imposible

Amaia Orozco

De vidas vivibles y producción imposible1

La crisis actual muestra la imposibilidad de este sistema para generar vidas vivibles. Desde la izquierda, corremos el riesgo de ver la producción como única alternativa frente al pandemónium de los mercados financieros. Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de la crisis?

  1. Introducción
Estamos viviendo un cambio imparable que no podemos dejar al arbitrio del libre mercado. Para afrontarlo bajo criterios de justicia, es urgente romper con las miradas habituales de la crisis, tanto con la hegemonía de la ortodoxia, secuestrada por los mercados financieros, como con aquella mirada frecuente en la heterodoxia que se centra en la economía real, que sigue creyendo en la recuperación de la producción. La economía feminista, que es feminista en tanto en cuanto contiene una pretensión de subversión2, puede jugar un papel clave en este sentido. Este texto no pretende ofrecer respuestas, sino abrir preguntas desde una apuesta analítica y política concreta: poner la sostenibilidad de la vida en el centro. Se recogen debates que hemos ido teniendo desde la economía feminista y que entran en diálogo con otras perspectivas críticas. No busca ofrecer ningún tipo de solución, sino lanzar ideas para sentarnos en una plaza, debatir y empezar a balbucear respuestas colectivas. Es preciso señalar que se localiza en el contexto concreto del estado español, por lo que muchos de los ejemplos o afirmaciones responden a esa realidad, especialmente el apartado último sobre el 15m. Sin embargo, tenemos la esperanza de que esto no impida una discusión más amplia con miradas propias de otros lugares.

La estructura del texto es la siguiente: Para entender la crisis civilizatoria son imprescindibles miradas críticas que se rebelen contra los mercados; una de ellas es la mirada desde la sostenibilidad de la vida (apartado 2). Este artículo ahonda en qué implica esta mirada y cómo se lee la crisis desde ella: en qué consiste la crisis (apartado 3), cómo se produce el ajuste y cuáles son las consecuencias que está teniendo (apartado 4).

Ante esta crisis civilizatoria, la contrapropuesta no puede ser recuperar la producción (apartado 5), sino abrir dos debates: qué es la vida vivible, la vida que merece la pena ser vivida, y cómo colectivizar la responsabilidad de garantizar sus condiciones de posibilidad (apartado 6). Estos debates han de ser radicalmente democráticos; en un contexto donde no existen estructuras de democracia real, el 15m contiene la potencia necesaria para abrirlos (apartado 7).


Tim Jackson: Entrevistas

Entrevista en la contra de la Vanguardia

Tim Jackson. Un raro en el reino

Como comisionado de Economía del Gobierno británico, Jackson presentó a Gordon Brown un informe (2009) para la reunión convocada con los líderes del G-20. El informe proponía una economía estable, sin crecimiento, que evite tanto el colapso financiero como el ecológico. Ningún líder se lo miró, pero fue el informe más descargado entre analistas financieros. Prosperidad sin crecimiento (editado por Icaria e Intermón Oxfam) se ha traducido a 30 lenguas y defiende que vivir bien en un planeta finito no puede consistir en consumir cada vez más y acumular cada vez más deuda. La prosperidad tiene que ver con la calidad de nuestras vidas y relaciones y la economía debe adaptarse a ello.

Hoy la prosperidad es inseparable del crecimiento económico, de la expansión constante.

 Burro grande, ande o no ande.

Para mí eso no es prosperidad, y encima ese modelo no funciona.

 Defíname prosperidad.

Necesitamos unas condiciones materiales para vivir bien: comida, casas acondicionadas, ropa... Pero más allá de eso la prosperidad tiene que ver con la salud, las buenas relaciones, pertenecer a una comunidad vigorosa, la confianza en el futuro y un sentimiento de propósito en la vida.

 Eso es filosofía, no economía.

Se equivoca, aparte de que acumular y consumir no tienen nada que ver con prosperar, es insostenible financieramente; de hecho, la crisis que estamos viviendo es la consecuencia de este sistema insostenible.

 Basado en el crédito y la deuda.

Con esta obsesión de buscar el crecimiento, lo que hemos conseguido es minar el crecimiento y la sostenibilidad del sistema. El sistema es insostenible desde el punto de vista ecológico e inestable desde el financiero.

¿Cómo escapar del crecimiento sin hundir la economía?

En el sistema actual, imposible: si el crecimiento se detiene, el sistema se colapsa.

 ¿Entonces?
Propongo prosperar (en el sentido que decíamos antes) sin crecer, un modelo macroeconómico que permita una estabilización económica. Para eso debemos tener en cuenta dónde invertimos nuestro dinero. Dígame, ¿qué es la inversión?

¿...?

La relación entre el presente y el futuro: proteger los valores que tenemos para que estén ahí en el futuro; bajo esta premisa los objetivos de inversión serían los que permiten mantener las condiciones sociales, los valores ecológicos y la estabilidad.

 Entonces, habría que reformar los mercados financieros.

Efectivamente, y replantearse cuál es el objetivo de una empresa.

 Hasta hoy, hacer dinero.

Pues deben producir más servicios que objetos: salud, educación, cuidados sociales, ocio, cultura, protección de espacios verdes, construcción de espacios comunitarios...

 Pero todo eso requiere dinero.

Pero también generaría ingresos si los mercados de capitales apostaran por ello. El problema es que las empresas basadas en el servicio están denigradas por la economía actual, yo le llamo el sector Cenicienta (que antes de ser princesa realizaba útiles trabajos domésticos no remunerados). En comparación con otro tipo de sector empresarial, no se le ve tanto potencial de crecimiento.

Bueno..., es que no lo tiene.

Debería permitirse que este sector de la economía fuera al baile, porque produce servicios en lugar de materiales y proporciona empleo que tiene sentido para la gente y con un impacto medioambiental muy bajo.

Sería bonito, sí.

Sé que es complicado, porque los beneficios que da este sector no son rápidos, así que requieren una inversión a largo plazo, comunitaria... Permitiría a la gente invertir en algo con sentido, y más seguro.

 ...

Este tipo de fondos, que ya existen a pequeña escala, menos expuestos a los mercados financieros, toleran mejor el choque que pueda producir una crisis financiera.

 Pero la educación, la salud... no es una inversión, es un gasto.

Sí, un sector anticompetitivo, un agujero por el que se va el dinero. ¿No le parece patológico considerar el sector más importante de presente y de futuro de esa manera?

 ¿Alguien ha apostado por él?

Noruega ha financiado de manera sabia ese sector Cenicienta aprovechando los recursos que ingresa por el petróleo, lo que le ha permitido avanzar de una economía insostenible hacia un modelo sostenible.

 De acuerdo, pero el dinero ha salido del petróleo, sucio, sucio.

Propongo aumentar las inversiones ambientales y desplazar el énfasis del gasto privado al gasto público, al mismo tiempo que se establecen firmes restricciones al consumo de recursos. Hay que aumentar los impuestos sobre los recursos naturales y la contaminación, establecer una renta básica universal y estipular medidas para desalentar el consumo.

 Eso da miedo, pero ¿qué medidas?

Restricciones sobre la publicidad. Una redistribución de los ingresos y del empleo mediante la reducción de horas laborales.

¿Y cómo reformaría la estructura de los mercados financieros?

Implicaría no sólo regularlos, sino también alimentar las pequeñas estructuras financieras para que puedan dar créditos suaves a las comunidades, es decir, el pequeño sector empresarial también estaría implicado. Financiar una industria que ya está buscando inversión ética, que tiene en cuenta el impacto medioambiental y social, y que permite que la gente invierta en una economía real y útil para la sociedad.

¿Qué más?

Los políticos están agotando las ideas, pretenden reducir la deuda reduciendo el gasto social, lo que hace que decrezca la economía y se pierda empleo. Hay que ir a una estrategia a largo plazo que reformule el sistema económico.


Stephen Leahy entrevista al economista británico

“La continua búsqueda del crecimiento económico pone en peligro los ecosistemas de los que dependemos para una supervivencia a largo plazo”, asegura el experto, feroz crítico del Acuerdo de Copenhague.

TORONTO, Canadá, 25 ene (Tierramérica).- “La furia es a veces la respuesta adecuada”, dice Tim Jackson, en referencia a la falta de compromiso de los líderes mundiales que no pudieron articular un nuevo tratado climático en la cumbre de Copenhague.

Jackson entiende que el Acuerdo de Copenhague, resultante de la 15 Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 15) de diciembre, no sólo reveló que la gobernanza ambiental global es una ficción, sino que demostró un apego ciego al mantra del crecimiento económico.

Profesor de desarrollo sustentable y director del Grupo de Investigaciones sobre Estilos de Vida, Valores y Ambiente en la británica Universidad de Surrey, también tiene a su cargo la dirección económica de la Comisión de Desarrollo Sostenible de Gran Bretaña y es asesor del gobierno en la materia.

Aparte, es dramaturgo y ha realizado numerosos guiones radiales para la cadena BBC, con sede en Londres.

Tierramérica entrevistó telefónicamente desde Toronto a Jackson sobre su nuevo y controvertido libro: “Prosperity without Growth - Economics for a Finite Planet” (“Prosperidad sin crecimiento: Economía para un planeta finito”), asunto sobre el que ya había adelantado un diálogo en la capital danesa. También abordó el Acuerdo de Copenhague y las perspectivas de un tratado climático real.

TIERRAMÉRICA: En su libro, usted sostiene que el crecimiento económico en los países industrializados está volviendo a la gente menos feliz y destruyendo la Tierra.

TIM JACKSON: La continua búsqueda del crecimiento pone en peligro los ecosistemas de los que dependemos para una supervivencia a largo plazo.

También hay amplia evidencia de que una mayor riqueza material en los países industrializados no hace feliz a sus habitantes, sino todo lo contrario. Más allá de cierto nivel de ingresos, no hay una correlación de que ello sea directamente proporcional a la felicidad.

TIERRAMÉRICA: Si la era del crecimiento económico se terminó, ¿qué ocupará su lugar?

TJ: Es necesario redefinir la riqueza y la prosperidad en base a los parámetros de “capacidad de florecimiento” de Amartya Sen (ganador del premio Nobel de Economía en 1998). El florecimiento se define como tener suficiente para comer, ser parte de una comunidad, un empleo que valga la pena, una vivienda decente, acceso a educación y a servicios médicos.

Esto supone un viraje importante de una economía que busca aumentar la riqueza material a un nuevo concepto de “empresa ecológica”, con actividades basadas en la comunidad y (austeras en el uso de los) recursos, que permitan que la población prospere, dentro de los límites ecológicos de un planeta finito.

Parte de eso tiene que ver con cosas materiales: alimentos, vestimenta, refugio. Pero también tiene que ver con nuestra capacidad de vivir bien, de participar en una sociedad de un modo menos materialista y más significativo.

TIERRAMÉRICA: ¿Y qué ocurre con los países en desarrollo?

TJ: Los países industrializados necesitan hacer este viraje a fin de crear un espacio para que el mundo en desarrollo mejore el desempeño de su economía. Este crecimiento tiene que ser sostenible y estar dentro de los límites ecológicos.

La actual desigualdad entre las naciones ricas y las pobres es una razón primordial por la que el mundo industrializado necesita hacer este cambio de rumbo.

TIERRAMÉRICA: ¿Por qué le enoja tanto que la COP 15 terminara en un acuerdo de 10 páginas en vez de en un tratado internacional vinculante?

TJ: Es un documento lleno de aire caliente y promesas vacías, cocinado por las dos grandes superpotencias mundiales. ¿Realmente eso es lo mejor que tenemos que mostrar luego de 17 años de negociaciones? Es una política climática de los cañones.

El tratado climático no fue lo único que fracasó en Copenhague. La gobernanza ambiental mundial se fue al tacho.

TIERRAMÉRICA: ¿Qué temas esenciales no fueron parte de las negociaciones de la COP 15?

TJ: El debate sobre el crecimiento apenas figuró. Tanto este tema como una distribución justa del espacio ecológico tienen que estar sobre la mesa. De otro modo, las negociaciones no van a ninguna parte.

TIERRAMÉRICA: ¿Qué piensa usted de los actuales esfuerzos por reducir las emisiones de carbono usando mecanismos como la limitación de emisiones contaminantes y el comercio de créditos?

TJ: No es posible lograr una economía baja en carbono sin un cambio importante en la economía misma. Ajustes pequeños no funcionarán. Las corporaciones ven al clima como la nueva oportunidad de negocios. Los mecanismos de mercado son ahora las herramientas predominantes que se perciben como un cambio y que son buenas para las corporaciones pero malas para el público.

Consideremos la muy promovida idea de que el crecimiento puede continuar siempre y cuando sus emisiones de carbono (y otros impactos ambientales) se reduzcan en gran proporción.

En 2050, en un mundo de 9.000 millones de habitantes donde todos aspirarán a un estilo de vida occidental, la intensidad en carbono de cada dólar de producción deberá ser por lo menos 130 veces más bajo que ahora. Eso simplemente no es posible.

TIERRAMÉRICA: ¿Qué pasará de aquí a las negociaciones de la COP 16, que tendrán lugar en diciembre en México?

TJ: Pienso que tiene que haber mayor presión internacional y un impulso en relación a cuestiones políticas clave como la regulación de los mercados financieros, los sistemas de cuentas nacionales y la obvia presión por crear un foro viable para la gobernanza climática, así como la medición del progreso social (en el estilo del informe de la Comisión de Medida del Desempeño Económico y del Progreso Social de Francia, encargado en 2009 a Sen y al también Nobel de Economía Joseph Stiglitz).

Es necesario que Estados Unidos y China participen en los debates más amplios sobre crecimiento y justicia.

Resulta interesante que en este momento haya, por ejemplo, un poco más de humildad y apertura en el Foro Económico Mundial, como no ha ocurrido hasta ahora. ¿Señales de esperanza? Posiblemente.



Procomún, propiedad y comunidades

Rubén Martínez Moreno -Ley Seca

Los commons son un fenómeno complejo y a la vez complicado. Complejo porque depende de varios elementos que hay que tener en cuenta a la vez; complicado porque parece haber un exceso de definiciones o de acercamientos diferentes que expanden su significado. En la última reunión general del Laboratorio del Procomún de Medialab Prado (febrero 2012) Juan Freire abría la sesión comentando que “lo que hace interesante al procomún es esa incapacidad para ser definido” citando la entrevista en el blog código abierto a Antonio Lafuente . Si bien estoy de acuerdo con muchas cosas que se comentaron durante la sesión, la verdad es que me cuesta un poco celebrar que algo esté poco definido. Bien visto, si así fuera, me pasaría todo el día de fiesta ya que de indefiniciones sin duda andamos bien servidos. Pero temo que el problema sea el inverso, que más bien se está vaciando «procomún» de significado –por saturación–y que hay ciertas nociones, al parecer algo incómodas, que no acaban de relacionarse con el concepto. Como ya adelanta el título de este post, me refiero a conceptos como el de comunidad y, especialmente, el de propiedad.

Entraré un poco a lo bruto. Desde mi punto de vista, la falta de definición no hace especialmente interesante al procomún y, de hecho, creo que no es algo que lo caracterice. Sí me parece que pensar procomún como «experiencia» o como «ausencia» (ambas usadas en la sesión de Medialab Prado) son buenos acercamientos poéticos pero añaden a su vez filtros borrosos que no nos permiten ver lo evidente. Por otro lado, se mezcla procomún con otras ideas de tono más esotérico como «lo común» o «el común» que estiran tanto el concepto que acercan su significado a un resbaloso “todo vale”. Como le he oído decir varias veces a Marga Padilla Cuando todo vale, nada importa” y no podría estar más de acuerdo. Que el error pueda generar conocimiento no quiere decir que la confusión sea algo más que..confusión.

Tal vez, para analizar un fenómeno social éste ha de ser observable y, para ser observable debe no solo contar con alguna definición sino que es conveniente encontrar aquellas variables que nos permitan reconocerlo. De hecho, suena obvio pensar que si algo es algo es porque no es otra cosa, y si no es otra cosa es porque hay una serie de elementos que lo caracterizan. Estaremos de acuerdo que estos niveles de concreción son, como mínimo, deseables. Y es cierto que hay conceptos poliformes, polisémicos y poligoneros, pero me ilusiona pensar que cuantos menos, mejor.

1. Procomún y propiedad

Es probable que el tema no sea el procomún en sí mismo o cómo podemos rellenarlo de significado. Creo recordar que «procomún» era la consecuencia, no el objetivo. Es decir, que frente a la ineficacia de lo público/estatal y la voracidad de lo privado/mercantil –ambas esferas cada vez más alejadas de formularse bajo principios de justicia social– el procomún (su marco conceptual, histórico y político) parecía responder necesidades sociales y situar modelos de gestión más eficaces para generar beneficio colectivo. Es más, la propiedad bajo régimen comunitario fue y es a día de hoy una fórmula que asegura medios de existencia y producción para segmentos sociales que, en la lógica del capitalismo tardío, claramente padecen procesos de desposesión. Propiedad bajo régimen comunal; justamente la propiedad, ese concepto que una y otra vez entra en el tablero pero que nos permitimos eludir. Desde mi punto de vista, el procomún ha de servirnos precisamente para repensar la propiedad, tan marcada por un rumbo que parece incuestionable. Difícil nos lo ponemos si decimos que “el procomún es lo que es de todos pero no es de nadie”, ya que en el rincón oscuro y caliente que deja esa frase descansa plácidamente la propiedad.


En esa misma sesión del Laboratorio del Procomún, Eduardo Serrano de la Casa Invisible de Málaga añadió cierta concreción respecto a la estrecha relación entre propiedad y procomún. Comentando las actuales necesidades de La Invisible, Eduardo añadía que: “Necesitamos dotar de un estatuto jurídico al procomún (…) Es necesario un desarrollo protojurídico alimentado por la jurisprudencia y, si bien no leyes (trascendentes), sí necesitamos normas (inmanentes)”. Es decir, protocolos legales, contexto jurídico, procesos para instituir otra manera de entender y gestionar la propiedad. Vías concretas que permitan pensar otro régimen de propiedad donde los/as comuneros/as puedan defender sus estatutos e ir ensamblando el modelo de gobernanza que haga sostenible el recurso que producen, difunden y que, en muchas ocasiones, es de acceso público (como sin duda es el caso de La Invisible). Con algunos matices, esta misma reivindicación nos puede servir para imaginar (o recuperar) esa otra forma de propiedad tanto para recursos materiales, inmateriales o directamente no-recursos (la democracia, por ejemplo). ¿Qué eran los commons históricos sino una forma de propiedad diferente? ¿Qué significa entender el software libre como un procomún sino es como un cambio en la concepción misma de la propiedad?. Más anclados en el presente que en el pasado, parece que miramos la propiedad de reojo.

De manera también clara y directa, en La Carta de los comunes del Observatorio Metropolitano de Madrid publicada por Traficantes de Sueños la propiedad aparece como tema central:

«Este libro singular actualiza una propuesta antigua: una forma de regulación y propiedad llamada comunal (…). La Carta de los Comunales desarrolla la puesta en práctica de esta gestión comunal adaptada a nuestro tiempo: normas para velar por la sostenibilidad de los bienes naturales; para asegurar que la ciudad y lo que ésta produce sea de todos; para que el trabajo de cuidado sea repartido y la salud, un valor no mercantilizable; para evitar la segregación en la escuela y garantizar que el conocimiento y sus aplicaciones pertenezcan a la sociedad entera. Recoge también los principios de los comunes antiguos: toda la comunidad debe participar y trabajar por la buena gestión y sostenibilidad de los recursos, ya que solo así todos podrán beneficiarse de sus frutos.»
En definitiva, el procomún no es solo un marco para reflexionar sobre otra forma de propiedad, es la evidencia de que esa otra forma ya existe.

2. Procomún y comunidades

Le toca el turno a «comunidad». Una interesante definición de procomún –sintética pero compleja– y que debe su origen al trabajo de Elinor Ostrom nos la recordaba Isidro López, del Observatorio Metropolitano de Madrid, a través de un tweet (con los límites que exige el medio) : “Los commons son comunidades activas de gestión“. Como comentaba Joan Subirats en la sesión del Laboratorio del Procomún, esta concepción del procomún es problemática, ya que efectivamente otorga excesivo protagonismo a la comunidad. La comunidad –continuaba Subirats– puede ser un organismo que homogeneiza a los actores que pueden gestionar un procomún, incluso puede comportarse como un dispositivo excluyente que limita la diversidad y el acceso público al recurso. Si bien cabría ver si esto siempre es un problema o si no es tanto la comunidad en sí (la relación dependiente y cooperativa entre diferentes sujetos) como las formas en las que ciertas comunidades tradicionales se han constituido como organismos cerrados, sin duda es un tema que ha de mantenernos alerta.


Partiendo de esa mini-definición del procomún que ofrecía Isidro (“Los commons son comunidades activas de gestión”) añado algunas notas para ir concluyendo y situar más elementos que, unidos a su relación con la propiedad, creo enfocan mejor el concepto:

1. En esa definición se entiende el procomún como verbo, no como sustantivo. Cuando se habla de «comunidades activas» se subraya la necesidad de «poner en acción», es decir, la necesidad de «procomunizar» recursos, entornos, infraestructuras, tecnologías, etc. O, dicho de otra manera, nada es procomún por naturaleza, nada es procomún para siempre, hay que activarlo.

2. Se suele entender el procomún como el recurso (el software, el agua, el conocimiento) pero, como decíamos, esta definición que ahora manejamos pone énfasis en la comunidad. Sin comunidad, no hay procomún. Sin modelo de gobernanza no hay procomún. Tal vez esa tríada (recurso, comunidad, modelo de gobernanza) es la que constituye el procomún. Esa articulación es la que genera beneficio colectivo y evita (o intenta limitar) los procesos de cercamiento y de privatización. Esos tres elementos son los que fundan una propiedad distinta, con derechos de uso, acceso y explotación del recurso.

3. La propia comunidad ha de entenderse como un conglomerado de intereses recíprocos, afectos, cuidados, e interdependencias. Si la comunidad no comparte un «sentimiento colectivo», si la comunidad no comparte que su trabajo productivo y reproductivo estimula y es a la vez estimulado por el beneficio que produce el procomún, esta espiral virtuosa puede romperse. De hecho, es interesante pensar en el free-rider (traducido como «polizón»), ese agente que se aprovecha del procomún maximizando sus beneficios sin participar en su gestión y regulación, como alguien carente de «lazos afectivos» con la comunidad. No se inserta en la comunidad pero, sobre todo, no se articula con sus vínculos afectivos porque su racionalidad le lleva a “quererse más a sí mismo” que a la comunidad.

4. El procomún existe cuando es sostenible, cuando perdura, cuando genera beneficio colectivo, pero, sobre todo, cuando su propiedad depende del modelo de gobernanza de la comunidad. Por eso Google no es procomún. Por eso Megaupload no era procomún. Tal vez generen beneficio colectivo –habría que matizar que entendemos por beneficio colectivo– pero es evidente a quién pertenece Google y a quién pertenecía Megaupload y, desde luego, es evidente quien impone las normas de uso, acceso y explotación.

Tal vez es cierto que no podemos considerar el procomún como una categoría cerrada pero no por ello indefinida. Hay procesos o recursos que tienden hacia el procomún, su estatuto de verbo –ese «poner en acción»– hace que usarlo como sustantivo o como adjetivo sea más una cuestión formal que una realidad. Como decíamos, ciertos recursos y procesos pueden devenir procomún de la misma manera que pueden haber procesos de cercamiento o tendencias hacia el free-rideo en sus propios usuarios y usuarias. Pero no solo su naturaleza y los usos reales que derivan del procomún, también la emergencia actual reclama pensarlo como otra forma de entender la propiedad y como una acción que ha de venir empujada por comunidades activas. En ese mismo proceso se repiensan ambas nociones (propiedad y comunidad) alejándolas de aquellas más hegemónicas que han servido para naturalizar prácticas de exclusión social. Tal vez así, cuesta menos pensar que estamos viviendo un cambio de época. Uno deseable.