Efecto rebote


François Schneider

Un concepto que recientemente ha cobrado importancia, el ‘efecto rebote’, nos demuestra que la eficacia y el progreso tecnológico están vinculados fundamentalmente al aumento del consumo. Los automóviles de bajo consumo nos permiten llegar más lejos por el mismo precio; los transportes rápidos nos liberan tiempo para devorar más kilómetros; los productos electrónicos de tamaño reducido permiten que cada miembro de la familia disponga de uno; el desarrollo de la tecnología solar y eólica nos facilita seguir aumentando el consumo de energía...

El mecanismo responsable es la obsesión por innovar y no por alcanzar el bienestar ecológico y social, sino por suprimir los límites que constriñen el aumento del consumo. En efecto, lograr vivir de una manera frugal implica sobre todo ser conscientes de nuestros límites y saber contentarnos con aquello que de verdad necesitamos.

La innovación tiende precisamente a reducir todos esos límites y a promover el objeto a través de la publicidad. Los productos se vuelven baratos, rápidos, seguros, fáciles de utilizar, buenos para la salud, ligeros y pequeños, o buenos para el entorno. En este caso, ¿por qué limitarse?. A largo plazo este aumento del consumo puede suprimir los beneficios esperados y causar otros problemas.

Así, los automóviles nos permiten viajar más, pero entonces suprimimos el tiempo que supuestamente ganábamos y generamos polución, ruido, muertos... Por la misma razón, las tecnologías de la información provocan un aumento del consumo de papel y de los transportes, a través del aumento de las comunicaciones.

El efecto rebote es algo intencionado para incrementar las ventas y los beneficios mediante el incremento de la demanda.

Extracto del libro 'Objetivo decrecimiento' perteneciente al capítulo 'Sin sobriedad no hay eficacia', escrito por Françoise Schneider

Entrevista a Max Neef. Economía descalza


Max-Neef ganó en 1983 el Right Livelihood Award, dos años después de haber publicado su libro Economía Descalza, Señales desde el Mundo Invisible.

- ¿En qué consiste la economía descalza?

- Bueno, es una metáfora, pero es una metáfora que se originó en una experiencia concreta. Yo trabajé alrededor de diez años de mi vida en áreas de pobreza extrema en las sierras, en la jungla, en áreas urbanas en distintas partes de Latinoamérica. Al comienzo de este periodo estaba un día en una aldea indígena en la sierra de Perú, era un día horrible, había estado lloviendo todo el tiempo. Era una zona muy pobre y frente a mí estaba otro hombre parado en el lodo (no en el barrio pobre sino en el lodo). Y bueno, nos miramos. Era de corta estatura, delgado, con hambre, desempleado, cinco hijos, una esposa y una abuela. Yo era el refinado economista de Berkeley, que enseñaba en Berkeley, etc. Nos mirábamos cara a cara y de pronto me di cuenta de que no tenía nada coherente que decirle en esas circunstancias a este hombre, que todo mi lenguaje de economista era inútil. ¿Debería decirle que se pusiera feliz porque el producto interno bruto había subido un 5% o algo así por e l estilo? Todo esto era completamente absurdo. Entonces descubrí que no tenía un lenguaje para ese ambiente y que teníamos que inventar un idioma nuevo. Ese es el origen de la metáfora economía descalza que, en concreto, simboliza la economía que un economista debe usar cuando se atreve a meterse en los barrios bajos. El punto es que los economistas estudian y analizan la pobreza desde sus oficinas lujosas, poseen todas las estadísticas, desarrollan todos los modelos y están convencidos de que saben todo lo que hay que saber sobre la pobreza. Pero ellos no entienden lo que es la pobreza, ese es el gran problema y es también el motivo por el cual la pobreza aún existe. Esto cambió completamente mi vida como economista: inventé un lenguaje coherente para esas condiciones de vida.

- ¿Y cuál es ese idioma? ¿Cómo aplicas un sistema económico o haces que las circunstancias expliquen esos cambios?

- No, la cuestión es mucho más profunda. Es decir, no es como la típica receta que te da alguien de tu país, en donde te dicen "le garantizamos quince lecciones o la devolución de su dinero". Ese no es el punto, te lo pongo de esta manera: hemos alcanzado un nivel en nuestra evolución en el que sabemos muchas cosas, sabemos muchísimo pero entendemos muy poco. Nunca en la historia de la humanidad ha habido tanta acumulación de conocimiento como en los últimos cien años y mira cómo estamos. ¿Para qué nos ha servido el conocimiento? La esencia está en que el conocimiento por sí mismo no es suficiente, carecemos de entendimiento. La diferencia entre conocimiento y entendimiento te la puedo explicar con un ejemplo: vamos a pensar que tú has estudiado todo lo que puedes estudiar desde una perspectiva teológica, sociológica, antropológica, biológica, inclusive bioquímica y sobre un fenómeno humano llamado amor. El resultado es que tú sabrás todo sobre el amor, pero tarde o temprano te vas a dar cuenta de que nunca entenderás el amor a menos de que te enamores. ¿Qué significa esto? Que sólo puedes llegar a aspirar a entender aquello de lo que llegas a formar parte. Como dice la canción: si nos enamoramos, somos mucho más que dos. Cuando perteneces, entiendes. Cuando estás separado, solo acumulas conocimiento y esa ha sido la función de la ciencia. Ahora bien, la ciencia se divide en partes pero el entendimiento es completo, holístico.

Y eso es lo que sucede con la pobreza. Yo entendí la pobreza porque estuve allí; viví con ellos, comí con ellos y dormí con ellos. Entonces comienzas a entender que en ese ambiente hay distintos valores, y diferentes principios comparados con los que existen allí de donde tú provienes y te das cuenta de que puedes aprender cosas fantásticas de la pobreza. Lo que he aprendido de los pobres supera lo que aprendí en la universidad. Pero pocas personas tienen esa oportunidad, ¿te das cuenta? Ellos ven la pobreza desde afuera en lugar de vivirla desde adentro. Aprendes cosas extraordinarias. Lo primero que aprendes y que los que quieren mejorar el sistema de vida de los pobres no saben, es que dentro de la pobreza hay mucha creatividad. No puedes ser un idiota si quieres sobrevivir, cada minuto tienes que estar pensando, ¿Qué sigue? ¿Qué puedo hacer aquí? ¿Qué es esto y lo otro y lo otro? Así que tu creatividad debe ser constante. Además, están los contactos, la cooperación, la ayuda mutua y toda una gama de cosas extraordinarias que ya no se encuentran nuestra sociedad dominante que es individualista, avara, egoísta, etc. Totalmente lo opuesto de lo que tienes allá. Y es sorprendente porque a veces llegas a encontrar gente más feliz entre los pobres que la que encontrarías en tu propio ambiente. Lo que significa que la pobreza no solo es una cuestión de dinero. Es algo mucho más complejo.

- ¿Qué crees que debamos cambiar?

- ¡Oh!, casi todo. Somos dramáticamente idiotas. Actuamos sistemáticamente en contra de las evidencias que tenemos. Sabemos exactamente qué no debemos hacer. No hay nadie que no sepa esto, especialmente los grandes políticos saben exactamente lo que no se debe hacer. Y aún así lo hacen. Después de lo que pasó en octubre del 2008, tú pensarías que van a cambiar porque se han dado cuenta de que el modelo económico no funciona, que incluso tiene un alto nivel de riesgo, dramáticamente riesgoso. Y uno se pregunta: ¿Cuál fue el resultado de la última reunión de la Comunidad Europea? Ahora son más fundamentalistas que antes. De tal modo que lo único de lo que se puede estar seguro es que ya viene la próxima crisis y que será el doble de fuerte que la actual. Pero para entonces ya no habrá suficiente dinero. Esas son las consecuencias de la sistemática estupidez humana.

- Si tú estuvieras al frente de la economía ¿qué harías para evitar otra catástrofe?

- Primero que nada, necesitamos de nuevo economistas cultos, que sepan historia, de dónde vienen, cómo se originaron las ideas, quién hizo qué y así sucesivamente. Lo segundo, una economía que entienda que es subsistema de un sistema finito más grande: la biosfera, y como consecuencia la imposibilidad de tener un crecimiento económico infinito. En tercer lugar, un sistema que tenga claro que no puede funcionar sin tomar en serio los ecosistemas. Pero los economistas no saben nada de ecosistemas, no saben nada de termodinámica, nada de biodiversidad, son totalmente ignorantes respecto a estos temas. Un economista debe tener claro que si los animales desaparecen, él también desaparecerá porque entonces ya no habrá qué comer. Pero él no sabe que dependemos totalmente de la naturaleza ¿te das cuenta? Sin embargo, para los economistas de hoy en día la naturaleza es un subsistema de la economía, concepto que es totalmente absurdo.

Además debemos acercar el consumidor a la producción. Yo vivo bien al sur de Chile, una zona fantástica donde tenemos toda la tecnología para la elaboración de productos lácteos de máxima calidad. Hace unos meses estaba desayunando en un hotel y al tomar un paquetito de mantequilla descubrí que ésta venía de Nueva Zelanda, absurdo ¿no te parece? ¿Y por qué sucede una cosa así? Porque los economistas no saben calcular los costos reales. Traer mantequilla desde un lugar que queda a 20.000 kilómetros a un sitio donde se produce la mejor, con el pretexto de que es más barato es una estupidez monumental porque no tienen en cuenta el impacto que causan esos 20.000 km. de transporte sobre la naturaleza. Por si fuera poco, es más barata porque está subsidiada. Es un caso muy claro en el que los precios nunca dicen la verdad. Todo tiene su truco ¿sabes? esas artimañas causan enormes daños. Si acercas el consumo a la producción, comerás mejor, tendrás mejores alimentos y sabrás de dónde vienen. Incluso podrías llegar a conocer a la persona que lo produce. Se humaniza el proceso, pero hoy en día lo que los economistas hacen está totalmente deshumanizado.

- ¿No crees que la misma tierra nos forzará a actuar de diferente modo? ¿Estaremos llegando al fin?

- Sí claro. Ya algunos científicos lo están diciendo pero yo aún no he llegado a ese punto. Pero muchos lo creen y piensan que es definitivo, que estamos fritos, que dentro de algunas décadas no habrá más humanos. Yo no creo que hayamos llegado a ese punto, pero sí que estamos cerca y diré que ya cruzamos el primero de los tres ríos. Y observa lo que está pasando en todos lados, es alarmante cómo la cantidad de catástrofes ha ido aumentando y se manifiesta en todas las formas: tormentas, terremotos, erupciones volcánicas. El número de eventos crece dramáticamente, es sobrecogedor y nosotros seguimos en las mismas.

- ¿Qué has aprendido de las comunidades pobres en las que has vivido y trabajado que te de esperanza?

- La solidaridad de la gente; el respeto por los otros; la ayuda mutua; nada de avaricia, un valor inexistente dentro de la pobreza y uno estaría inclinado a pensar que allí es donde más está presente, que la avaricia debería ser patrimonio de los que menos tienen. No, todo lo contrario, mientras más tienes más quieres, la crisis actual es producto de la avaricia. La avaricia es el valor dominante del mundo actual. Mientras persista, estamos acabados.

- ¿Cuáles serían los principios que enseñarías a los jóvenes economistas?

- Los principios de la economía deben estar fundamentados en cinco postulados y un valor esencial. Primero: la economía está para servir a las personas y no las personas para servir a la economía. Segundo: el desarrollo se refiere a las personas, no a las cosas. Tercero: crecimiento no es lo mismo que desarrollo y el desarrollo no necesariamente requiere de crecimiento. Cuarto: no puede existir una economía con un ecosistema fallando. Quinto: la economía es un subsistema de un sistema mayor y finito: la biosfera. Por lo tanto, el crecimiento permanente es un imposible. Y el valor fundamental para poder consolidar una nueva economía es que ningún interés económico, bajo ninguna circunstancia, puede estar por encima de la reverencia por la vida.

- Explica lo que acabas de mencionar…

- Nada puede ser más importante que la vida. Y digo vida, no seres humanos, porque para mí el punto clave es el milagro de la vida en todas sus manifestaciones. Pero si predomina el interés económico, uno no solo se olvida de la vida y otros seres vivientes, termina también ignorando a los seres humanos. Si recorres esta lista que acabo de mencionar, uno a uno, verás que lo que tenemos ahora es exactamente lo contrario.

- Volvamos al tercer punto, crecimiento y desarrollo y explícalo mejor…

- Crecimiento es una acumulación cuantitativa. Desarrollo es la liberación de posibilidades creativas. Todo sistema vivo de la naturaleza crece y en cierto punto deja de crecer, tú ya no estás creciendo, ni él ni yo. Pero continuamos desarrollándonos, de otro modo no estaríamos dialogando en este momento. El desarrollo no tiene límites pero el crecimiento sí. Y este es un concepto muy importante que políticos y economistas ignoran, están obsesionados con el fetiche del crecimiento económico.
He trabajado durante décadas y en este tiempo se han hecho muchos estudios. Soy el autor de una famosa hipótesis: la hipótesis del límite, que dice que en toda sociedad hay un periodo de crecimiento económico-entendido convencionalmente o no-que trae una mejora en la calidad de vida pero sólo hasta cierto punto: el punto límite, a partir del cual, si hay más crecimiento, la calidad de vida comienza a decaer. Esta es la situación en la que nos encontramos actualmente.

Tu país es el ejemplo más dramático que puedes encontrar. En mi libro que saldrá publicado el próximamente en Inglaterra, titulado La economía desenmascarada-hay un capítulo llamado "Estados Unidos, una nación en vías de subdesarrollo" la cual es una nueva categoría. Actualmente manejamos los conceptos de desarrollado, subdesarrollado y en vías desarrollo. Ahora tenemos el nuevo concepto de en vías de subdesarrollo y tu país es el mejor ejemplo, en el cual el 1% de los americanos cada vez están mejor, mejor y mejor, mientras que el 99% va en decadencia en todo tipo de manifestaciones. Hay personas que viven en sus autos, ¿sabes? ahora duermen en sus carros, estacionados enfrente de la que fue su casa. Miles, millones de personas lo han perdido todo. Pero los especuladores, los que crearon todo este problema, esos están fantásticamente bien. Para ellos no hay problemas.

- ¿Entonces, cómo cambiarías las cosas?

- Bueno, no sé cómo cambiarlas. Es decir, solitas van a cambiar, pero de manera catastrófica. Para mí no sería raro que de un momento a otro millones de personas salieran a las calles de Estados Unidos a causar destrozos. No sé, pero podría suceder. No lo sé. La situación es absolutamente dramática y se supone que es el país más poderoso de la tierra. Y aún en estas condiciones, siguen con sus guerras absurdas gastando billones y trillones. Trece trillones de dólares para los especuladores y ¡ni un centavo se fue para las personas que perdieron sus casas! ¿Qué tipo de lógica es esa?

Traducido por: Rose Mary Salum.
Democracy Now, marzo de 2011.

Para saber más: Max-Neef: Libros, artículos, entrevistas y conferencias
Conferencia de Max Neef: El mundo en rumbo en colisión [Video]

Bonobos


Frans de Waal, el famoso primatólogo holandés, fruto de sus experiencias con primates, ha hecho una aproximación a la naturaleza del homo sapiens sapiens.

Los primates que de Waal ha estudiado con más detenimiento han sido los chimpancés y los bonobos, el denominado género Pan. Ambas especies son las más próximas al homo sapiens, con ellas compartimos la mayor parte de nuestros genes y son nuestros parientes más próximos en el árbol evolutivo del género humano; se separaron de nosotros hace unos 5,5 millones de años (frente a los 7 millones que lo hicieron los gorilas o los 14 de los orangutanes). Tan próximos estamos que algunos científicos, entre ellos de Waal, consideran que deberíamos formar un único género: Homo.

Los chimpancés tienen un comportamiento jerárquico y violento, los bonobos son por el contrario pacíficos y resuelven sus disputas manteniendo relaciones sexuales. La brutalidad y el afán de poder del chimpancé contrasta con la amabilidad y el erotismo del bonobo. Los chimpancés pueden ser violentos como hemos dicho pero sus comunidades tienen, al mismo tiempo, poderosos mecanismos de control, en cambio los bonobos, maestros de la reconciliación, no se privan de pelear, pero los mordiscos y golpes con ensañamiento es raro entre ellos. Hay conflictos pero la supervivencia y la armonía dependen de la capacidad para superarlos.

Las sociedades de chimpancés están dominadas por los machos pero en las de bonobos la dominación colectiva femenina es bien conocida. Esto explica sus diferencias notables en cuanto a la agresividad. En general, la empatía está más desarrollada en el sexo femenino que en el masculino. En efecto, en 180 millones de años de evolución de los mamíferos, las hembras que respondían a las necesidades de sus retoños se reproducían más que las madres frías y distantes, porque el cuidado parental es inseparable de la lactancia, de ahí esta diferencia natural entre los sexos, a efectos de ternura y agresividad, entre mamíferos.

“Entre los bonobos no se producen guerras a muerte, apenas cazan, los machos no dominan a las hembras, y hay mucho, mucho sexo (…) los bonobos hacen el amor no la guerra. Son los hippies del mundo primate”

Concluye De Waal que “que tener afinidades cercanas con dos sociedades tan distintas como la del chimpancé y la del bonobo resulta extraordinariamente instructivo. La brutalidad del chimpancé contrasta con la amabilidad y el erotismo del bonobo. Nuestra propia naturaleza es un tenso matrimonio entre ambas. Nuestro lado oscuro es tristemente obvio: se estima que sólo en el siglo XX, 160 millones de personas perdieron la vida por causa de la guerra, el genocidio o la opresión política (…). Pero también somos criaturas intensamente sociables que dependen de otras y necesitan la interacción con sus semejantes para llevar vidas sanas y felices"

Desde estas nuevas visiones, más complejas y menos deterministas, se caen las visiones unidimensionales del gen o el individuo básicamente egoísta por naturaleza o de la violencia como tendencia innata en los humanos. El altruismo, entendido tanto como ayudar a los otros en perjuicio propio o, en sentido más técnico ayudar a las posibilidades reproductivas de otros, incluso a costa de las propias, ha sido bien documentado y es la base de la teoría de la selección natural de grupos.

Extraído del artículo '¿Por qué cooperamos?' escrito por Paco Puche


Las rebajas que quieres

 https://l02mahoa1.files.wordpress.com/2011/01/rebajas_el_corte_ingles_descuentos_ofertas_marcas_2011_enero.jpg



El video lo puedes ver aquí: https://videos.publipubli.com/hipermercados/el-corte-ingles-rebajas-natalia-verbeke-maria-esteve-21-01-11-c9.mp4

Estamos ante una construcción audiovisual, con su propio lenguaje lleno de significados culturales vinculados a un conjunto de significantes sobre los cuales tratamos de reflexionar e interpretar.


Debemos entender este anuncio publicitario desde una doble vertiente: dentro de un marco más global - un marco cultural –; y también debemos entenderlo como una herramienta que permite reforzar una manera de ver el mundo. El spot se inserta dentro de una lógica colectiva que da sentido y contribuye a su vez a definir ese modo de producción de sentido.

El Corte Inglés

La empresa que paga el anuncio, El Corte Inglés (ECI), es una multinacional española de venta de mercancías, que emite el anuncio para tratar de conseguir un beneficio económico, para ello gasta en publicidad millones de euros todos los años intentando conducir a sus potenciales clientes hacia su ganancia económica; para ello dispone de un dispositivo técnico-organizativo que elabora estrategias de marketing, dentro de las cuales se incluye este anuncio.

La persona

Del otro lado, dentro del hogar (lugar de refugio, con la puerta cerrada y a salvo de los delincuentes) se encuentra la televisión; frente a ella las personas, que miran la pantalla pasivamente, reciben día tras día una sucesión de imágenes, durante periodos de tiempo de varias horas.

Inevitablemente, con esta información que llega al cerebro, cada persona va confeccionando, con su banco de representaciones mentales una construcción imaginaria (de imágenes) sobre la realidad, a la cual cada persona la va dando un sentido, ya que necesitamos que nuestra visión del mundo sea coherente.

El ritual

La campaña publicitaria comienza en los diferentes telediarios y noticieros, cuando aparecen las imágenes de avalanchas de gente dispuestas a tomar los centros comerciales (principalmente ECI) para comprar.

http://www.youtube.com/watch?v=H1lAKxWo_d0

“La persona que ve esas imágenes se siente parte del grupo y ya muestra ansiedad para aprovecharse de las rebajas; si todos van ‘por algo será’.”

La empresa ECI, posee unos slogans que año tras año marcan el calendario de consumo: ‘Las rebajas de El Corte Inglés’, ‘Ya es primavera en El Corte Inglés’, ‘El otoño es todo tuyo’...

En diversos programas de radio, televisión, revistas... se nos habla de consejos para ahorrar, de lo mucho que ayudan las rebajas a la cuesta de enero; pero ningún mensaje que diga: NO COMPRAR.

La seducción

El anuncio se abre con la siguiente frase:

Tú. ¿Por qué vienes tan contenta?

En la imagen aparece una cara conocida para el público – María Esteve -, que está tomando una café en la barra de una cafetería (está consumiendo de una manera trivial); Notemos que el tono que emplea es el de una conversación ordinaria.

De repente, otra actriz conocida – Natalia Verbeke – le responde

Hay una cosa que te quiero decir, es importante al menos para mí.

El tono cambia: la actriz canta un estribillo muy conocido del grupo ‘Tequila’, y enseña una bolsa roja durante un breve instante (en esa bolsa que todo el mundo identifica ‘como esa cosa’, por la que vieron correr anteriormente a mucha gente en los noticieros).

Este cambio de tono, cumple una función enfática, es decir se dirige al espectador ‘Tú’, y es una estrategia que obliga al espectador a sentirse interpelado con este llamamiento de atención.

Súbitamente, la actriz (María Esteve) es cogida por alguien, y se desencadena toda una metáfora delirante (mediante un baile). Esta metáfora representa ‘el deseo’; las imágenes del anuncio desencadenan en el cerebro toda una serie de significantes asociados a estas imágenes: el ocio, la alegría, el optimismo, la diversión, la danza...

La imágenes son conocidas, se asocian a la película ‘El otro lado de la cama’, estas actrices ‘deseables’ nos muestran con un montaje dinámico un derroche de placer, de satisfacción, de euforia, de alborozo...

Ah, ah, ah, ven a las rebajas

La canción original decía ‘Ah, ah, ah, dime que me quieres’ (subliminalmente dile a las rebajas que las quieres )

Moda, perfumes, complementos también, a unos precios que no te puedes creer
La imágenes mentales que tiene el espectador del anuncio, se mezclan con las mercancías que intenta vender la empresa y el mensaje sobre el precio que ‘no te puedes creer’ (de igual manera que las escenas que estás viendo, ‘son increíbles’).

Se elabora un mensaje antropomórfico (las actrices y los bailarines) para conectar con el objeto de deseo (las rebajas), aunque lo que de verdad le interesa a la empresa es venderte la ropa, los perfumes, los complementos (mercancías).

Mañana comienzan las rebajas

El futuro siempre será mejor; existe una conexión con la idea de progreso.

Ven a las rebajas. El Corte Inglés

Aparece un cártel engañoso: bajo el rótulo de rebajas un ‘hasta’ que forma parte del signo igual. Un ‘50’ muy grande y el símbolo ‘%’ siempre asociado al descuento. Una voz masculina realza la marca a destacar.

las rebajas que quieres

Se baja el telón, la comedia ha terminado, una voz femenina nos repite el slogan.

Ven a hacer realidad tus sueños. Consume y sé feliz.

La riqueza es mala


Félix Rodrigo

“Negar el capitalismo es presentarlo como lo que es realmente en su esencia, una forma de dictadura que, en el ámbito que le es propio, la economía, opera para proporcionar medios materiales y, sobre todo, seres humanos, aptos para realizar el proyecto estatal de sojuzgamiento total con embrutecimiento total. Lo opuesto es fijar un sistema de necesidades que dé preeminencia a los bienes del espíritu: la democracia, la verdad, la libertad de conciencia, la virtud, la sociabilidad, la fortaleza interior, la sublimidad, el desinterés.


Todos estos valores, que al mismo tiempo son metas, establecen lo que el capitalismo no puede lograr jamás, y lo que es letal para él. Si el sistema estatal-capitalista significa la muerte del espíritu, el ascenso de los bienes inmateriales equivale a la aniquilación del capitalismo, hasta el punto de que no hay otra forma de hacerlo.

El futuro de la humanidad, en caso de que exista, no depende del desarrollo máximo de las fuerzas productivas, sino de lo opuesto, del crecimiento en flecha de las fuerzas espirituales del individuo y del cuerpo social, que al ascender más allá de un punto se hacen incompatibles con el sistema de dominación actual. Eso anima a, como sostiene Martínez Marina, ‘preferir la libertad al bienestar’.

Según arguye en Tratado de la República (1521) Alonso de Castrillo, ‘la riqueza es mala’. En efecto, es mala de manera múltiple, como riqueza privada y como riqueza social: distrae de lo espiritual, exige un trabajo embrutecedor, quita tiempo para las funciones superiores, debilita la voluntad, niega la fortaleza psíquica y enferma al cuerpo, lleva al hedonismo y al felicismo, por amarla se desama a los seres humanos y proporciona los instrumentos físicos de dominación que hace omnímoda a la moderna tiranía.

De donde la doble meta de al revolución civilizante ha de ser: sin capitalismo y, al mismo tiempo, sin riqueza material. Ello establece también las condiciones que permiten constituir un orden social cualitativamente superior al actual, cuyo primer fundamento ha de ser la conversión interior al desinterés, a la frugalidad y a la preferencia por los bienes del espíritu.”


Trabajar poco y vivir mejor


Antonio J. Carretero - miembro de CGT y Director de Rojo y Negro. Revista El Ecologista nº 65

Reflexiones sobre cuidados, empleos y decrecimiento

En una sociedad decreciente y decrecentista, todo está por hacer, por cuidar, por reconvertir, por inventar, por recuperar. En este sentido, el problema no será el empleo, ni siquiera en supuestos momentos transitorios. El problema, por desgracia, será el poder y los poderosos, que querrán gestionar el decrecimiento para perpetuar su dominio a costa de mayores cuotas de desigualdad, pobreza, opresión y exclusión.

Con el presente artículo se me propone que hable apologéticamente de que el decrecimiento en ningún caso supone pérdida de empleos, sino al contrario. Pero dicho así, que el decrecimiento crea empleo en vez de destruirlo, es una frase políticamente demagógica, quizás políticamente correcta, pero no tengo claro que sea del todo veraz.

Por decrecimiento entiendo algo tan simple como la oposición consciente, voluntaria y socialmente autoorganizada al capitalismo y a su lógica del crecimiento desmedido. Capitalismo que, en su fase actual y globalizada, apuesta por salir de su propia crisis a base de reactivar la competitividad, la tasa de beneficios, la acumulación y reproducción del capital (único lenguaje que entiende) mediante el crecimiento constante e insostenible de productos, bienes y servicios, apoyado en su creencia mágica en el desarrollo tecnocientífico, en las arcas públicas de los estados, en la privatización de los servicios, en el expolio continuado del planeta y en la explotación de unos poquísimos sobre la mayoría de las poblaciones humanas. El decrecimiento, pues, es la necesidad de generar un movimiento social crítico y combativo, contra los dramáticos designios, humanos y medioambientales, que nos depara el capitalismo realmente existente.

En cuanto al empleo, me sirve la definición del Instituto Nacional de Estadística (INE): “Conjunto de tareas que constituyen un puesto de trabajo o que se supone serán cumplidas por una misma persona”. Esta definición tiene dos virtudes: que empleo es sinónimo de puesto de trabajo; y que el conjunto de tareas que lo constituye se puede suponer que las cumplirá la misma persona. Que el empleo equivalga a puesto de trabajo, es oportuno, por cuanto no dice explícitamente que dicho puesto de trabajo sea necesariamente salarizado, aunque lo normal es que supongamos que sea así. Tengo un amigo de casi cincuenta años, que lleva unos quince años de su vida dedicado exclusivamente al cuidado de sus padres mayores, ahora ya muy mayores. Y por supuesto, conozco a muchas más mujeres que atienden a sus mayores, a su hijos, a la casa y al cuidado en general de quienes les rodean, además de cumplir un horario en un puesto de trabajo salarizado. Lo de qué tareas constituyen un empleo es igualmente interesante, porque nos coloca en la tesitura de saber quién define la tareas relacionadas con un puesto dado, una batalla dada por perdida de antemano por el sindicalismo, que ha entregado esa prerrogativa al patrón, al empresario, al jefe de turno o, en su defecto, al legislador profesional.

Salarios, cuidados y tareas

Hay tres elementos esbozados, como son salario, cuidados y tareas, que tienen que ver mucho en la reflexión que podemos hacer sobre empleo y decrecimiento.

El maldito salario, es lo que nos permite no sólo sobrevivir en la sociedad capitalista, sino alcanzar los estándares sociales de satisfacción de otras necesidades materiales y simbólicas que asumimos como dadas, aunque sean generalmente inducidas, culturalmente legitimadas y socialmente validadas. El salario, ese valor de cambio que nos dan en función de un trabajo y según las condiciones previstas en un contrato, es una convención humana versátil y elástica, en el que entra no sólo lo que cada cual puede comprar, sino el estatus social alcanzado.

Los cuidados representan esa base de la pirámide que muy recientemente, gracias a la economía feminista, nos hemos dado cuenta que no sólo es el sostén básico de la vida reproductiva, sino y fundamentalmente es la red invisible de intercambios y trabajos, remunerados y no remunerados, que conforman una auténtica economía subterránea, mayoritaria y tradicionalmente protagonizada por las mujeres, sobre la que se asienta la economía real capitalista. Sin los cuidados y sus tareas, sin sus dedicaciones y tiempos, sin sus productos tangibles e intangibles (afectos, emociones, relaciones, etc.), sin su desvalorización y sin su plusvalor incuantificado, ni el capitalismo, el desarrollo tecnocientífico, la cultura, la política, ni hasta la revolución –si algún día conseguimos que se produzca– podrían existir.

Por último las tareas, las labores, la ejecución de cualquier trabajo, de cualquier operación, son relevantes en tanto que en su cotidianidad, sea ésta la del espacio doméstico o la de una oficina o una fábrica, se manifiesta de forma determinante la domesticación de los seres humanos por otros humanos, es decir, las relaciones de poder internas a cada relación social mantenida. Y lo son también, porque en la medida en que asumamos su gestión, su gestación y su operatividad, de forma individual y colectiva, estamos reconquistando espacios de decisión y poder entre iguales, es decir, de libertad.

¿Y el decrecimiento?

Decrecer no puede significar otra cosa que plantar cara al proceso continuo de acumulación capitalista, desde la insoslayable urgencia ética de barrer de la historia humana el dominio y la explotación de las personas por otros seres humanos. Y este plantar cara es sin duda una tarea ingente, que por urgente no es menos compleja, y seguramente siempre será incompleta. Porque estamos hablando de lucha anticapitalista, de trastocar las relaciones de poder, de transformar la sociedad.

En otro artículo [1] señalaba que los valores ecosociales del proyecto libertario pasaban por tres ejes de acción:

- La austeridad como modo de vida. Consumir menos, tener menos objetos de uso y menos bienes inútiles, alargar la vida de los que tenemos, compartirlos y reutilizarlos, cambiarlos por otros, socializar los bienes culturales. Disfrutar de la vida y buscar el placer en uno mismo y con los demás, desalineándonos de las necesidades inducidas por el marketing y la publicidad.

- La sostenibilidad como camino. Entender que todo proceso productivo y de generación de bienes y servicios se sustenta en un flujo de materia y energía finito y escaso, que afecta negativamente al equilibrio ecológico del territorio y del planeta en su conjunto. Promover servicios colectivos y gratuitos de transporte, restaurante, guarderías, etc.; hacer que los cuidados sean responsabilidad social y cooperativa; repartir el trabajo y trabajar menos…

- El decrecimiento como meta. La acumulación capitalista y el crecimiento constantes implican el dominio de la lógica del mercado contra la lógica de la vida y de su sostenibilidad. Crítica radical del sistema capitalista, de los límites del crecimiento industrial y especulativo; elaborar alternativas de reconversión de las industrias contaminantes y despilfarradoras de materia y energía. Promover procesos cooperativos y autogestionarios, exigir la justa redistribución de la riqueza, potenciando la creación de bienes sociales, relacionales y ecológicos…

¿Por qué colocar el decrecimiento como meta en vez de como medio, en lugar de la sostenibilidad?, me preguntará quien sea perspicaz. Si hablamos de valores prácticos, de acción, que orienten nuestras decisiones aquí y ahora, que ejemplifiquen lo que queremos transmitir con el decrecimiento, no podemos contentarnos con partir del decrecimiento mismo, término por otro lado adusto y complejo de explicar. Necesitamos ejemplificar una sociedad nueva, distinta y actuar en consecuencia, aquí y ahora. La austeridad voluntaria posibilita la denuncia del despilfarro, la ostentación, la riqueza y el consumismo.

La sostenibilidad permite repensar todos los aspectos económicos y sociales en función de valores comunitarios, de los cuales nadie puede ser excluido, de trabajar menos para trabajar todos, pero también de poner en el centro del mundo del trabajo la libertad individual y colectivamente considerada, autogestionaria, priorizando el derecho a la flexibilidad de las personas a la hora de elegir ocupación, cambiar de empleo, de lugar, de negociar entre todos los implicados tiempos, jornadas, descansos y servicios, pero también qué, cuánto y cómo producir, distribuir, intercambiar.

El decrecimiento sólo puede ser la meta, por cuanto no lo concibo sin la participación efectiva y consciente de la población en su conjunto, sin una revolución de las mentalidades y sin una coordinación de iniciativas y luchas para su consecución. Y para que esto pueda desarrollarse quizás no venga de más pensar y actuar siguiendo valores de austeridad y sostenibilidad.

Nuevos empleos, nuevas ocupaciones, nuevos cuidados

De austeridad y sostenibilidad saben mucho las mujeres en general, y las mujeres empobrecidas especialmente, las mujeres indígenas, las mujeres migrantes, las mujeres de los países expoliados por las naciones centrales del libre mercado y de la libertad vigilada. Son las mujeres, en tanto que explotadas portadoras de los cuidados de la vida, y claro que junto a los hombres en cooperación no sexista, quienes nos pueden enseñar lo mucho que hay que hacer en un escenario de decrecimiento y no crecimiento, pero de desarrollo libre y de autorrealización, del buen vivir y de vivir mejor, con los demás, con el entorno y con uno mismo.

Sólo en el capitalismo se produce un desempleo estructural, siempre necesario como elemento de presión y disciplinamiento de las clases trabajadoras. En una sociedad decreciente y decrecentista, todo está por hacer, por cuidar, por reconvertir, por inventar, por recuperar. Deconstruir las megalópolis y macrociudades actuales, reconvertir el industrialismo contaminante en otro no lesivo con el agua que bebemos y con el aire que respiramos, priorizar la agroecología, las pequeñas y medianas explotaciones agrícolas y ganaderas, la distribución de proximidad, el comercio entre iguales, reconstruir la naturaleza y parar la extinción creciente de su biodiversidad… necesitan mucha mano de obra y apoyo mutuo.

Pero también pensar a pequeña escala: deliberar, debatir y decidir cómo hacer las cosas, cómo satisfacer necesidades, cómo atender los cuidados de todas y todos; relacionarse, hablar, formarse, crear cultura compartida, emparejarse y desemparejarse, tener hijos, atender a la salud, a la educación, al transporte colectivo… también necesitarán mucha mano de obra y apoyo mutuo.

Pero eso sí, tampoco habrá pleno empleo, porque simplemente no tendrá sentido. Habrá empleo para todo aquel que lo quiera, lo necesite y lo ofrezca como bien social. Y el empleo, sobre todo y ante todo, supondrá apenas unas horas diarias, un tiempo escaso, ridículo comparado con las jornadas actuales repletas de horas extras y exceso de productividad, porque no se producirá más que lo que se considere adecuado para lo que se piense necesario.

Sí, es cierto, ésta es la utopía. Pues no, porque no será tan sencillo, porque serán muchos los conflictos por resolver, los problemas que solventar, las luchas por entablar. Pero sí, es cierto, ésta es la utopía necesaria. Y en el camino, austeridad y sostenibilidad de la vida serán claves a la hora de afrontar los retos. Porque si no hablamos de una sociedad justa en medio del decrecimiento necesario, estaremos hablando de otra cosa, de otro mundo quizás más cruel y desigual que el que ahora mismo vivimos.

El problema no será el empleo, ni siquiera en supuestos momentos transitorios, el problema por desgracia será el poder y los poderosos, que querrán gestionar el decrecimiento para perpetuar su dominio a costa de mayores cuotas de desigualdad, pobreza, opresión y exclusión. En nosotros está que no sea así. Debemos, pues, subvertir valores y transmutar conciencias, y crear un movimiento tan amplio, solidario y extenso como el aire que respiramos.

Una guerra muy sexy

Jordi Calvo Rufanges es Responsable de campañas del Centre d’Estudis per a la Pau JM Delas (Justícia i Pau)

Las guerras son la manifestación de la violencia más perversa, por la preparación que necesitan y por los intereses que esconden o muestran abiertamente. Pero lo más perverso es que la participación en una guerra como la de Libia es una meditada decisión de nuestros líderes políticos que evalúan, como no puede ser de otra manera en las relaciones internacionales actuales, el beneficio que la guerra les puede reportar. Estos beneficios, personales, económicos, políticos, o del tipo que sean, son lo que hacen que una guerra sea sexy. La de Libia tiene muchos ingredientes que a Sarkozy, Zapatero, Cameron… les parecen sexys. En este caso, los beneficios personales pueden ser tanto o más sexys como los que vio Aznar en la guerra de Irak. Una afirmación del ego del líder político que se embarca en una guerra y además la gana (porque esta guerra, si quieren, la ganan, al menos como ganaron la de Irak), la notoriedad personal, pasar a los libros de Historia como un héroe (o villano, según quien los escriba) y, por supuesto, los réditos electorales que a corto plazo se pueden obtener, son algunos de los argumentos que pasarán por la cabeza de los responsables políticos de esta intervención militar.

Para los responsables de las potencias occidentales de la participación en la guerra de Libia y para otros poderes no tan visibles con intereses visibles o no, ir a la guerra de Libia es muy sexy, porque es una excelente inversión, que además pagamos los contribuyentes con dinero y vidas humanas. En primer lugar, la guerra es interesante para el complejo militar-industrial, porque así gastamos armas, hacemos girar a la economía armamentística y, sobre todo, legitimamos el enorme gasto militar, que en estos tiempos de crisis está siendo seriamente cuestionado por la ciudadanía. Son evidentes también los grandes recursos de petróleo y gas libios, y es sobradamente conocido que hay empresas de los países occidentales directamente implicadas que ven peligrar sus concesiones de un hipotético futuro Gobierno de Gadafi.
Esta guerra es también sexy porque hay desde un inicio una resolución de Naciones Unidas, el apoyo inicial de la Liga Árabe y porque está de moda apoyar o decir que se apoya a las recientes revueltas populares, con el pretexto de la lucha por la libertad y la democracia. Juntando estos objetivos políticos con los intereses económicos, podríamos deducir que establecer un Gobierno totalmente controlado en Libia e incluso bases militares, entre los nuevos Túnez y Egipto, puede ser realmente interesante para Occidente. Porque conviene asegurar que los procesos de cambio en estos países sigan la senda que más interesa, es decir, que no se conviertan en revoluciones socialistas o islamistas que hagan pagar más por el petróleo o el gas o no abracen gustosos el American o european way of life.

La guerra en Libia también es sexy porque Gadafi es un terrible dictador muy sexy para nuestros gobernantes, a quien dan ganas de sacar del poder de la forma que sea. Emocionalmente, y con las imágenes y mensajes que en todos los medios de comunicación oficiales aparecen del dictador, dan ganas de lanzarle un Tomahawk o varios cientos, como ya se ha hecho. Pero si este señor es hoy tan terrible, ¿por qué tan sólo hace unas semanas era un gran amigo de Occidente? ¿Por qué se le han vendido las armas con las que está atacando ahora a los rebeldes? Si las intenciones de la comunidad internacional (occidental) son las de liberar a los pueblos oprimidos del mundo o proteger a las poblaciones que son víctimas recurrentes de la violencia armada, ¿por qué no se plantean intervenciones en Bahrein, Yemen, Myanmar, Zimbabue, Bielorrusia, Chechenia, Tíbet, República Democrática del Congo, República Centroafricana, Guinea Ecuatorial y un largo etcétera? Quizá porque estos lugares no son, por diversas razones, tan sexys como la Libia actual.

En fin, las operaciones militares en Libia no responden a las buenas intenciones que nos dicen. Y si así fuera, el resultado de muerte y destrucción que dejarán los cientos o miles de bombardeos y la probable intervención militar terrestre de los ejércitos occidentales dentro de unos meses será una manera más de colaborar en el despropósito de buscar una solución violenta a una situación violenta generada con total consciencia anteriormente. Si los países occidentales quisieran promover con seriedad una bien intencionada liberación de los pueblos oprimidos de todo el mundo, no venderían armas a dictaduras infames, no tendrían intercambios comerciales y financieros con regímenes opresores, no tendrían relaciones políticas amigables con corruptos dictadores, ni serían tan incoherentes como para predicar la libertad y los derechos humanos y embarcarse en guerras imperialistas en lugares con gran interés geoestratégico y económico. En el caso de Libia, la reivindicación del no a la guerra se vuelve más necesaria que nunca.

Jordi Calvo Rufanges es Responsable de campañas del Centre d’Estudis per a la Pau JM Delas (Justícia i Pau)
Ilustración de Patrick Thomas

El decrecimiento: una oportunidad de cambio


Entrevista a Florent Marcellesi,político y activista ecologista, publicada en la revista Goitibera, número 279, abril 2011.

Actualmente muchos movimientos sociales, asociaciones y entidades diferentes entre sí y con objetivos dispares se han sumado a una de las corrientes más en boga como es el decrecimiento. ¿A qué se debe? (¿Es porque se trata de una apuesta multidisciplinar o porque lo social se hace piña?)

Primero constato una profunda desorientación ideológica y organizativa en los movimientos transformadores. Se caracteriza en estos momentos por un lado por una atomización de dichos movimientos y por otro por una búsqueda de nuevos conceptos e ideas que sustenten otros proyectos sociales y políticos capaces de crear ilusión hacia otros futuros posibles.
Segundo, ha entrado con fuerza un nuevo factor estructurante que está recomponiendo el panorama socio-político: la crisis ecológica. Hoy en día, si todas las personas vivieran como la ciudadanía vasca se necesitarían tres planetas. Se acabó el mito del crecimiento económico como condición sine qua non del bienestar humano: al contrario, no hay crecimiento infinito posible en un planeta finito. Esta profunda crisis (que es climática, energética, alimentaria) se suma a las demás crisis sociales (20% de paro y de pobreza en el Estado Español), económica, de los cuidados, y nos acerca a una verdadera crisis de civilización.


En este contexto interviene el término “decrecimiento”. Más que un concepto, es como dice Serge Latouche un “eslogán político” para romper con la ideología del crecimiento o según José Manuel Naredo una “ocurrencia publicitaria provocadora”. Aunque hubiera podido parecer al principio demasiado subversivo como para triunfar en la escena pública, la evidencia empírica nos lleva sin lugar a duda a otra conclusión: el decrecimiento es un “término obús” que tiene una capacidad fenomenal de convocatoria como lo prueba el éxito relámpago de los colectivos Decrecimiento en Euskadi y en el resto del Estado, y la afluencia numerosa a cualquier tipo de charla o conferencia que lleva decrecimiento en su título.

Esta capacidad de convocatoria, cruzada con las ganas positivas de experimentar nuevas ideas, ha permitido crear un ambiente de trabajo propicio al encuentro de diferentes trayectorias políticas, militantes o vivenciales, que han permitido a su vez crear nuevos puentes entre personas o colectivos hasta el momento menos conectados e interrelacionados.

El decrecimiento es un término nuevo que ha cogido impulso gracias, entre otros, a Latouche, pero la esencia del concepto nació hace algunas décadas. Parece haber llegado la coyuntura perfecta para la puesta en práctica ¿Cómo lo ves?

Efectivamente las bases teóricas que dan vida al término decrecimiento son algo más antiguas que el recién apadrinamiento del término por el movimiento social: cogen sus raíces en el movimiento ecologista que surge en los años 60-70. Pero incluso a finales del siglo XIX, el economista John Stuart Mill veía necesario y deseable evolucionar hacia “un estado estacionario del capital y de la riqueza”, sugiriendo que no implicaba “un estado estacionario de la mejora de la suerte humana”. También Keynes pregonaba a principios del siglo XX que cuando hayamos resuelto el “problema económico”, podríamos dedicar nuevas energías a metas no económicas.

Sin embargo, el decrecimiento como tal se apoya ante todo en autores de la ecología política y de la economía ecológica como André Gorz o Nicholas Georgescu-Roegen. Mientras el primero consideraba el decrecimiento como “un imperativo de supervivencia”, el segundo -que no utilizaba directamente este término- proponía en los años 70 un programa bioeconómico para conseguir un nivel de vida decente pero no lujoso. No muy lejos de hecho de la filosofía de Gandhi: “vivir sencillamente para que otros puedan simplemente vivir”…

El decrecimiento ha sido el término idóneo en la coyuntura idónea. Con la suficiente carga ideológica y posibilidad de aplicarlo en la práctica tanto a nivel individual como colectivo, ha canalizado parte de la demanda latente hacia nuevos horizontes. Se ha transformado en punto de encuentro.

El decrecimiento se ha erigido como una apuesta de futuro ¿Qué tiene que ocurrir para que deje de ser una esperanza y convertirse en un modelo económico y social real y viable?

Tiene que seguir acumulando fuerzas y ser un vivero de ideas teóricas y buenas prácticas subversivo e innovador. Al mismo tiempo, tras el fuerte impulso desde los movimientos sociales, tiene que encontrar salidas políticas para que el cambio no sólo venga desde abajo sino también, y de forma complementaria, desde las instituciones.

¿El decrecimiento como herramienta política?

Definitivamente, sí. Al mismo tiempo ¿podrá y será necesario que el decrecimiento sea apadrinado por una corriente política concreta? Por mi parte, creo que el significado profundo del decrecimiento (sólo tenemos un planeta para vivir en paz y de forma equitativa) tendría que ser parte de cualquier movimiento social y político que aspire a la transformación de la sociedad. Mientras el movimiento verde comparte de nacimiento y en mayor o menor medida con el decrecimiento unos mismos referentes y matriz ideológica, las izquierdas –y en primer lugar sus corrientes dominantes donde ha cuajado el mito del crecimiento y del productivismo– se enfrentan a un desafío teórico y práctico tremendo. En este sentido, el decrecimiento va a tener muchas implicaciones sobre las líneas programáticas de los movimientos transformadores, su forma de organizarse o en las relaciones entre movimiento social y político. Va a marcar sin duda recomposiciones y nuevas alianzas dentro del movimiento socio-político que reivindican “otros mundos posibles”.

Y a nivel individual, ¿la simplicidad voluntaria qué pasos conlleva?

Desde la coherencia y teniendo en cuenta que el cambio empieza por ti mismo, conlleva en tu vida diaria buscar el menor impacto ambiental con la mayor satisfacción personal y colectiva. Supone consumir mejor y menos, es decir de forma más responsable, limitando por ejemplo el consumo de bienes materiales a aquellos que realmente necesitas. Significa luchar contra la obsolescencia programada y la sociedad del usar y tirar para orientarse hacia bienes durables y reutilizables. Supone tener un trabajo satisfactorio que dé sentido a tu vida y que suponga consecuencias positivas para la sociedad y la biosfera. Significa preferir una alimentación de temporada, ecológica y comprada a productores locales a unos alimentos procesados y comprados en el supermercado; priorizar una movilidad sostenible (andar, usar la bicicleta y el transporte público) sobre el coche privado; utilizar software libre en vez de programas propietarios, o, frente a valores de competición y de mercado, fomentar otros basados en la cooperación, el disfrute y el vínculo social y comunitario. In fine, la simplicidad voluntaria significa poner la vida en el centro de nuestros objetivos diarios y es un primer paso hacia el necesario cambio colectivo.

Vivir mejor con menos: un cuento chino para algunas personas.

Somos conscientes que no es fácil promocionar lemas de este tipo en tiempo de crisis, cuando la recesión -que pido no confundir con el “decrecimiento”- lleva a más desigualdad, paro o pobreza para las personas y colectivos más desfavorecidos mientras las categorías sociales dominantes siguen encajando beneficios millonarios. Sin embargo, las recetas decrecentistas representan en muchos casos soluciones prácticas para alcanzar la prosperidad personal o colectiva con una mayor calidad de vida. Dicho de otro modo y aún más en tiempo de crisis, una verdadera oportunidad para el cambio.

Desde el ámbito de la transformación social ¿qué logros conseguiríamos?

Digamos que el objetivo del “decrecimiento” es la justicia social y ambiental, para hoy y mañana, en el Norte y en el Sur. A nivel social, supone una sociedad más igualitaria en la que existan diferencias decentes entre sueldos más bajos y más altos (por ejemplo de 1 a 4), donde trabajemos menos y según nuestras necesidades para gozar más y pasar más tiempo con nuestros seres queridos o en pro de la comunidad. En este contexto, la emancipación personal y colectiva es un objetivo mayor, mujeres y hombres comparten trabajos de cuidados y domésticos, cualquier ciudadano/a independientemente de su nacionalidad tiene derecho por el simple hecho de residir donde reside o todo/as tenemos acceso a una vivienda digna…

Aplicar el decrecimiento suponer un nuevo paradigma, y una revisión del concepto de desarrollo ¿qué cambios crees que se deberían dar?

Se debería redefinir términos como el trabajo o la riqueza: necesitamos salir de la dictadura del PIB, utilizar otros indicadores de riqueza que tengan en cuenta todas las riquezas sociales y ecológicas, y preguntarnos ¿por qué, para qué y cómo producimos y trabajamos? Tenemos que apostar también por una relocalización de la producción y del consumo (grupos o cooperativas de consumo, sistemas de trueque, monedas alternativas, etc.) y dar un fuerte empujón a los empleos verdes en la rehabilitación de edificios, energías renovables, agricultura ecológica, etc. Además, repito que un mundo sostenible es un mundo equitativo, lo que supone un reparto de la riqueza (a través por ejemplo de una renta básica y de una renta máxima), del trabajo (semana laboral de 21 horas) o de los cuidados entre hombres y mujeres. Por otro lado, tenemos que actuar con urgencia para evolucionar hacia nuevos modelos urbanísticos, de movilidad y energéticos como las ciudades en transición, que buscan adaptarse al cambio climático y al fin del petróleo barato. Sin olvidar la cuestión central de la justicia ambiental y de unas relaciones Norte-Sur justas, lo que pasa por una reforma profunda de las relaciones comerciales y diplomáticas entre países, de la ONU y las instituciones financieras internacionales. Por supuesto, un cambio de estas características supone una revolución democrática donde existe una verdadera participación directa de la ciudadanía en la res pública a nivel local y global: eso implica una politización de la sociedad y una civilización de la política.

¿Es asumible el riesgo nuclear?


El 11 de marzo de 2011 tuvo lugar en Japón un terremoto de 8,9 en la escala Ritcher que provocó un maremoto, a consecuencia de ello se desencadenó un accidente nuclear múltiple. El mensaje de los partidarios del negocio nuclear basado en una energía nuclear limpia, barata y segura se vino abajo.

Se pone en evidencia el elevado grado de vulnerabilidad en el que se encuentran las sociedades contemporáneas y la escasa importancia que se concede a un elemental principio de precaución.

El sociólogo alemán Ulrich Beck propuso el concepto y el término de ‘sociedad del riesgo’, para referirse al hecho de que en numerosas sociedades el proceso de modernización y desarrollo ha ido creando nuevas amenazas que suponen nuevos riesgos de los que estas sociedades no son conscientes, o minimizan de modo interesado.

La catástrofe nipona ofrece un nuevo escenario en el cual los actores mediáticos ofrecen dos alternativas:

Por un lado el ‘riesgo nuclear asumible’; esto es, la civilización no puede perder el tren teconológico, en juego está el desarrollo, el crecimiento y el progreso de los seres humanos.

Por otro lado, se pone encima de la mesa la sustitución de la energía nuclear por las energías renovables; esto es, 50 parques eólicos por cada reactor nuclear.

En ningún medio se habla de decrecer, consumir menos o ir a formas de vida más sencillas, ya no digamos plantearnos otro estilo de vida u otro modelo económico. El discurso del decrecimiento no aparece.

¿Estamos condenados a un riesgo nuclear asumible?

La propuesta ecosocialista a la actual crisis global


Fernando de la Cuadra - Adital

Los últimos acontecimientos que han conmovido al mundo demuestran fehacientemente un fenómeno que viene siendo expuesto y discutido desde hace varias décadas. El agotamiento de un modelo productivista y predatorio que amenaza cada vez con mayor intensidad las bases materiales de la vida sobre el planeta. El cambio climático es un hecho que a estas alturas no podemos negar. Aunque existe un acuerdo casi global entre el mundo científico sobre su inevitabilidad, aún subsiste bastante incertidumbre sobre las consecuencias efectivas que éste puede acarrear. En América Latina se estima que los mayores impactos de estos cambios se abatirán especialmente sobre la agricultura, la pesca y el acceso al agua potable. Tal situación hace aún más evidente la segunda contradicción del capitalismo, es decir, aquella que además de la contradicción entre capital y fuerza de trabajo, implica una preeminente contradicción entre las fuerzas destructivas y predadoras del capital y la naturaleza. 

La temática de los límites ecológicos al crecimiento económico y las interrelaciones entre desarrollo y ambiente fueron reintroducidas en el pensamiento occidental(1) en los años sesenta y principio de los setenta por un grupo importante de teóricos, entre los cuales se pueden destacar Georgescu-Roegen, Kapp, Naess, Sachs y Schumacher. Por ejemplo, en un trabajo pionero de Ernst F. Schumacher "Lo pequeño es hermoso” ( Small is Beatiful ) publicado en 1973, el economista germano-británico realiza una crítica contundente al modelo productivista de las sociedades occidentales que nos llevaría al descalabro ambiental y de la vida misma, para intentar comprender como humanidad el problema en su totalidad y comenzar a ver las formas de desarrollar nuevos métodos de producción y nuevas pautas de consumo en un estilo de vida diseñado para permanecer y ser sustentable. A pesar de las diferencias de enfoque y la posición más o menos militante de cada uno de estos pensadores, lo que asoma como un aspecto en común a todos ellos es la crítica vehemente al modelo de producción y consumo inherente al desarrollo capitalista. 

Dicho modelo, que ha generado un crecimiento exponencial de explotación de los recursos naturales y que estimula un consumismo desenfrenado, especialmente en los países del hemisferio norte, es responsable tanto de provocar un agotamiento de los recursos como de producir toneladas de basura que contaminan diariamente las aguas, el aire y la tierra(2). Cada año se pierden 14,6 millones de hectáreas de bosques y miles de especies, reduciendo y erosionando irreversiblemente la diversidad biológica. Continúa la devastación de las selvas, con lo cual el mundo pierde anualmente cerca de 17 millones de hectáreas, que equivalen a cuatro veces la extensión de Suiza. Y como no hay árboles que absorban los excedentes de CO2, el efecto invernadero y el recalentamiento se agravan. La capa de ozono, a pesar del Protocolo de Montreal, no se recuperará hasta mediados del siglo XXI. El dióxido de carbono presente en la atmósfera (370 partes por millón) se ha incrementado en un 32% respecto del siglo XIX, alcanzando las mayores concentraciones de los últimos 20 millones de años, y hoy añadimos anualmente a la atmósfera más de 23.000 millones de toneladas de CO2, acelerando el cambio climático. Se prevé que las emisiones de dióxido de carbono aumenten en un 75% entre 1997 y 2020. Cada año emitimos cerca de 100 millones de toneladas de dióxido de azufre, 70 millones de óxidos de nitrógeno, 200 millones de monóxido de carbono y 60 millones de partículas en suspensión, agravando los problemas causados por las lluvias ácidas, el ozono troposférico y la contaminación atmosférica local. 

En definitiva, un conjunto de indicadores medioambientales estudiados en las últimas décadas parecen revelar cada vez con mayor claridad que si la humanidad no cambia su estilo de desarrollo, en menos de un siglo colocaremos en serio riesgo la supervivencia del planeta y del género humano. Como nos recuerda Mészáros, a cada nueva fase de postergación forzada, las contradicciones del sistema del capital sólo se pueden agravar, acarreando consigo un peligro aún mayor para nuestra propia sobrevivencia. 

Las sucesivas catástrofes ambientales y "climáticas” que viene sufriendo el planeta desde Chernobyl y la reciente tragedia de la planta de Fukushima, permiten sustentar sin exageración que nos encontramos en un estadio avanzado de riesgo fabricado o de crisis estructural, no sólo del capital, sino de la sustentabilidad de la especie. E l siglo XXI se ha inicia do con una impronta catastrófica, con un grado de desastres ecológicos y naturales sin precedentes en la historia mundial(3). Ante este panorama incierto y desolador han surgido diversas iniciativas (como la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático) que buscan construir alternativas al modelo productivista, predador y explotador actualmente imperante. El ecosocialismo contemporáneo nace precisamente como una respuesta a esta dimensión autodestructiva del capitalismo y se plantea como una alternativa racional y factible ante la crisis socioambiental y civilizatoria que enfrenta la humanidad.
Tal como expone el Manifiesto Ecosocialista redactado por Kovel e Löwy, "l a crisis ecológica y la crisis de deterioro social están profundamente entrelazadas y deberían ser visualizadas como diversas expresiones de las mismas fuerzas estructurales que conforman la dinámica y expansión del sistema capitalista mundial. Esta crisis tendría su origen, primeramente, en el proceso de industrialización acelerado que supera la capacidad de la tierra para procesarlo, amortiguarlo y contenerlo, y, junto con ello, como parte del proceso de globalización, con todas las consecuencias y efectos desintegradores en las sociedades donde se impone. (…) El sistema capitalista actual no puede regular la crisis que él mismo ha puesto en marcha, ni mucho menos superarla. El sistema no puede solucionar la crisis ecológica porque hacerlo requiere fijar límites a la acumulación, lo cual es una opción inaceptable para un sistema social sustentado sobre el imperativo de crecer o morir. En suma, el sistema capitalista mundial está históricamente arruinado y en términos ecológicos es profundamente insostenible; hay que cambiarlo o reemplazarlo, si se pretende que el futuro sea digno de vivirse.”
De esta manera, el ecosocialismo busca romper drásticamente con las prácticas destructivas y las formas predadoras que derivan de un modo de producción y consumo altamente demandante de recursos naturales y humanos. La respuesta ecosocialista representa una ruptura tanto con el modelo expansionista del capital como con la perspectiva productivista del ‘socialismo real’. Para los ecosocialistas, ya sea la lógica del mercado y del lucro, así como el productivismo burocrático del marxismo economicista vulgar, son considerados modelos absolutamente incompatibles con la urgente e impostergable exigencia de preservación del medio ambiente. 

Algunos detractores de esta corriente han señalado que la concepción ecosocialista es una utopía, una mera fantasía, creacionismo literario sin base científica ni viabilidad para ser llevada a la práctica. Sin embargo, inclusive si hacemos una lectura rápida sobre el futuro del planeta, podremos arribar directamente a la conclusión de que es apremiante repensar, en primer lugar, la actual matriz energética utilizada para hacer "funcionar” la tierra. La dependencia y el uso desmedido de los combustibles fósiles no solamente poseen efectos desastrosos directos sobre los ecosistemas, sino que además provocan permanentes y sangrientos conflictos por el control de los recursos petrolíferos. Entonces el ecosocialismo incorpora necesariamente una propuesta sobre otras fuentes de energía limpia y renovable que altere radicalmente el mito y la relación de dominación/usufructo/destrucción del hombre sobre la naturaleza. 

Además, la utilización de energías alternativas (geotérmica, solar, eólica, etc.) debe ser acompañada por un debate amplio respecto a la misma noción de progreso/desarrollo basado preferentemente en el crecimiento económico(4). La idea del decrecimiento puede también ser considerada ilusa, una suerte de filosofía ingenua y retrograda, pero las recientes evidencias sobre la devastación del planeta pueden apuntar en otra dirección: la alternativa por el decrecimiento y la discusión sobre el poder y la desigual distribución del uso de los recursos naturales deberá ser con seguridad parte imprescindible de cualquier agenda que pretenda discutir el futuro de la humanidad. En ese sentido, el debate sobre el decrecimiento también puede ser considerado parte de la construcción de un proyecto ecologista y socialista, puesto que incluye en su cerne la concepción de que es preciso avanzar hacia una modalidad diferente de funcionamiento de la sociedad, más democrática, igualitaria, participativa y que redefina drásticamente el actual modelo de producción y consumo, intentando alcanzar el bienestar de todos en el marco de un nuevo relacionamiento de la humanidad con la naturaleza. 

De esta manera, tanto el socialismo ecológico como la perspectiva del decrecimiento representan una reorganización de la vida en muchos ámbitos, suponen renunciar al consumo artificial para emprender un consumo auto-limitado y adecuado a las necesidades reales de las personas, suponen pensar en el uso de energías alternativas y limpias, suponen reducir la huella ecológica a través de actividades en escala local y de relaciones más equitativas entre los miembros de una comunidad.
En síntesis, ecosocialismo, decrecimiento o Sumak Kawsay, buscan centralmente reflexionar sobre las estrategias que se vienen construyendo en función de revertir las consecuencias deletéreas del actual patrón de producción y consumo, para formular un cambio a nivel civilizatorio que permita aspirar a un "buen vivir” en un marco de respeto a los pueblos y la naturaleza. 

Notas:
(1) Nos referimos a una reintroducción, pues consideramos que en el origen de estas preocupaciones se encuentra la obra anticipatoria de un contemporáneo de Marx, William Morris, el cual ya había introducido elementos de una visión ecosocialista en sus escritos, especialmente en su novela utópica Noticias de ninguna parte.
(2) Por ejemplo, se calcula que si el consumo medio de energía de Estados Unidos fuese generalizado para el conjunto de la población mundial, las reservas conocidas de petróleo se agotarían en sólo 19 días.
(3) Un informe de Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres (EIRD) organismo de Naciones Unidas, señaló que 2010 fue el año en el que se registraron la mayor cantidad de desastres naturales en las últimas tres décadas, siendo que el número de personas que perdieron la vida por estos siniestros alcanzó la cifra de 300 mil víctimas.
(4) Desde hace una década, surgió un debate que ha ido ganando espacio en medios académicos y en la sociedad civil sobre la urgente necesidad de reemplazar el patrón de crecimiento actualmente vigente por un modelo de ‘decrecimiento’ sustentable.

Fuente: http://www.adital.com.br/site/noticia.asp?boletim=1〈=ES&cod=54843

Decrecer para vivir mejor con menos. Una propuesta de acercamiento al decrecimiento


Moisés Rubio Rosendo - La Palabra Inquieta

La caída del muro de Berlín fue el hito que simbolizó el derrumbe del régimen comunista soviético y el fin de la guerra fría, además del punto de partida de la hegemonía del capitalismo. Pero también marcó la quiebra ideológica de la izquierda internacional, que perdía en algunos casos un referente sociopolítico y en otros un contrapeso ideológico al neoliberalismo.

Sin otro sistema de pensamiento y organización social que lo confrontara, el capitalismo globalizó y profundizó sus prácticas mientras que la izquierda, aun capaz de reconocer y alertar sobre sus efectos, no estaba en disposición de ofrecer una alternativa real.

Porque cuestionar los fundamentos del capitalismo exigía replantear la crítica tradicional de la izquierda y reconocer la posibilidad de que fueran las propias reglas de juego en la partida capitalismo-socialismo las que contenían fundamentos erróneos: lo que ahora está en entredicho es el sistema ideológico que fundamentó ambas corrientes, en particular sus posiciones productivistas, antropocéntricas y androcéntricas. Y ello sin obviar que en la misma época también se fraguaron, por ejemplo, el igualitarismo y la “emancipación de dios”.


Decrecimiento.

Y precisamente estas circunstancias permitieron que, de entre los desmanes capitalistas y las grietas de la izquierda, fueran tomando fuerza algunas tendencias e iniciativas que antes habían permanecido silenciadas por el fuerte carácter dicotómico del debate ideológico, sociopolítico y económico.

Entre ellas, el decrecimiento es una corriente de pensamiento que cuestiona abiertamente la posibilidad práctica y la idoneidad teórica del crecimiento ilimitado que propugna el sistema capitalista: pone de manifiesto que es errónea la consideración de que un planeta de recursos finitos pueda proveernos indefinidamente de recursos materiales y energéticos; y recuerda que el desarrollo económico de los países enriquecidos ha sido posible sólo mediante la explotación del resto de pueblos y territorios del globo y la expoliación de la naturaleza.

Pero más allá de esta perspectiva estrictamente economicista, es importante señalar que el decrecimiento ha sido capaz de aglutinar a otras corrientes teóricas con las que confluye al cuestionar el crecimiento por el crecimiento, especialmente el ecologismo social, el ecofeminismo y el municipalismo libertario.

Por otro lado, el movimiento por el decrecimiento constituye un magma social que se consolida en torno a una crítica radical a los fundamentos de la modernidad y, con ella, sus dos grandes corrientes socioeconómicas: el capitalismo y el socialismo.

Un movimiento que cuestiona al Mercado como instrumento de autorregulación de las relaciones socioeconómicas y con el ecosistema, al Estado como instrumento de organización y garantía del orden social, a la razón y el conocimiento científico como fuentes inequívocas del conocimiento y a las tradiciones antropocéntrica y androcéntrica como ejes del sistema de valores.

Se trata también de un movimiento que, lejos de acomodarse en el debate dialéctico, está constituido por una red de personas y grupos comprometidos en iniciativas coherentes con los principios teóricos de los que parten: además de pretender ser inclusivas e igualitarias, apuestan por la sostenibilidad, la reciprocidad, la autogestión y la relocalización de la economía.


El contexto.

Como ya se ha dicho, lejos de ser una idea novedosa, en el decrecimiento confluyen algunas de las corrientes del ecologismo, el feminismo y el anarquismo. No obstante, el momento histórico en el que se da dicha confluencia no es casual, sino que coincide con la pérdida de sentido del paradigma promovido por la ilustración, la revolución industrial y el capitalismo.

De un lado, ya sea porque el neoliberalismo y la globalización han superado las propuestas del capitalismo moderno, ya porque se cuestiona abiertamente la idoneidad de su modelo, la modernidad como sistema de pensamiento está tocando a su fin.

Por otra parte, el desarrollo sociopolítico del capitalismo ha desembocado en una crisis económico-financiera en la que están involucrados factores culturales, políticos, sociales y ecológicos que ponen de relieve la profundización en una auténtica crisis sistémica.

Por último, el “fin de la energía barata”, asociado al techo de producción de petróleo alcanzado en la década pasada, deja entrever la crisis energética a la que está abocado un sistema de producción y distribución, el capitalista, que sólo ha sido posible por el bajo coste de los combustibles fósiles.

Estas tres circunstancias -el cuestionamiento del sistema de pensamiento y las crisis sistémica y energética- han facilitando que se abran nuevos espacios de reflexión y experimentación en los que se están poniendo en valor ideas y prácticas novedosas o que en otro momento fueron marginadas, y que pueden convertirse en trazados interparadigmáticos: puentes desde la modernidad hacia otro(s) nuevo(s) paradigma(s).


Las prácticas decrecentistas.

Según se ha expuesto, el decrecimiento como corriente de pensamiento “aglutina” en torno a la confrontación teórica de los principios de la modernidad. Sin embargo, en la “puesta en escena” del movimiento por el decrecimiento, lejos de cualquier univocidad, coexisten una amplia diversidad de iniciativas diferenciadas entre sí con arreglo a las características propias de cada sistema sociocultural y el ecosistema en el que se encuadran.

Y es que es importante considerar que cualquier apuesta por la autogestión en la organización social y la relocalización de la economía, invalida la posibilidad de un modelo de pensamiento y acción hegemónico: cada grupo “local” hará un análisis propio de su situación de partida y tomará las medidas más adecuadas para transformar su propia realidad.

En Europa, por ejemplo, el movimiento de transición está aglutinando muchas iniciativas locales encaminadas a reconstruir las relaciones interpersonales y con el medio ambiente con el fin de generar un modo de vida sostenible, aumentar su propia resiliencia y desarrollar mejor su capacidad de adaptación: tratamiento de residuos, reparación y reciclaje de objetos rotos o estropeados, redes de trueque, monedas locales, bancos de tiempo y banca ética son algunas iniciativas concretas. Otras son la priorización del transporte público y la bicicleta, los huertos comunitarios y la recuperación de la calle como espacio de encuentro y juego.

Y aunque de manera genérica, en los pueblos y territorios empobrecidos carecería de sentido plantear la reducción de los niveles de producción y consumo, no por ello perderían valor el conjunto de propuestas más amplias que caracterizan al movimiento por el decrecimiento: ganar en estrategias inclusivas e igualitarias y apostar por la sostenibilidad, la reciprocidad, la autogestión y la relocalización de la economía.

Además, más allá de las particularidades de cada grupo humano, la constitución en red de las diferentes iniciativas locales permitirá compartir conocimientos, saberes, experiencias y afectos que generarían una importante sinergia y, con ella, una mejor calidad de vida.


Cuestiones candentes.

A quienes defienden el decrecimiento les queda mucho por reflexionar y proponer; sobre todo dado el alcance de la deconstrucción que propone su corriente de pensamiento. No obstante, pueden proponerse al menos dos cuestiones que, hoy por hoy, exigen una especial atención.

En primer lugar, la resistencia cultural a la transformación que propone el decrecimiento y que resalta estándares de calidad de vida asociados a valores sociales y ecológicos, y no a la disposición de bienes, servicios o avances tecnológicos. Y la resistencia cultural a la reconversión del tejido productivo en un modelo socioeconómico basado en los servicios comunitarios y que cuestiona el valor social y personal del empleo poniendo en valor roles infravalorados y tradicionalmente asociados a la mujer.

Por otro lado, es importante el debate entre la acción creativa y la acción reactiva: la primera plantea la creatividad como instrumento transformador, poniendo en alza todo lo relacionado con la capacidad de construir el futuro que se espera y desea; la segunda, la reacción ante quienes generan opresión, convirtiendo toda fuerza individual y colectiva en una contraposición de fuerzas con los poderes dominantes.

En el primero de los casos están en juego la credibilidad del movimiento por el decrecimiento y su capacidad de fortalecerse y trascender; en el segundo, el equilibrio y resultados de su estrategia transformadora.


Críticas más relevantes.

El decrecimiento empieza a ser conocido ahora por el grueso de la sociedad, por lo que, de momento, las instancias de poder se conforman con un escueto “quieren volver a las cavernas” con el que se juega a la ridiculización, el descrédito y la confusión.

No así, en la propia izquierda sí pueden encontrarse dos líneas de confrontación. La primera de ellas lo acusa de pretender una suerte de “decrecimiento en el capitalismo”, “poniéndolo a dieta”; y de maquillar el lenguaje y el análisis de la realidad para sustituir el “estado de bienestar” por el “buen vivir”, sin cuestionar la estructura de clases sociales ni la propiedad privada.

La segunda línea de confrontación plantea las limitaciones del término “decrecimiento” para representar otros aspectos más allá de lo estrictamente económico, y las dificultades para aplicarlo fuera de las fronteras de los grupos humanos enriquecidos. Se propone, por ejemplo, el término más amplio de “acrecimiento”, en el sentido de “falta de fe en el crecimiento”, “ateísmo del crecimiento”.

Respecto a la primera, se trata de una crítica hecha por un sector abiertamente instalado en la confrontación neoliberalismo-socialismo y que no comparte la crítica a la modernidad que ahora se plantea; por lo que difícilmente encontrará puntos de confluencia con el movimiento que lo promueve: se trata de un debate en “idiomas diferentes”.

En cuanto a la segunda, aunque efectivamente la palabra “decrecimiento” tiene un sesgo economicista y no “hace justicia” a la riqueza de la corriente de pensamiento y el movimiento “decrecentistas”, lo cierto es que tiene dos grandes virtudes: por un lado, está demostrando en Europa capacidad de confluencia y convocatoria; por otro, no puede dejar de valorarse el impacto que supone el término “decrecimiento” en el imaginario “crecentista” de las gentes de los pueblos enriquecidos. Y ello sin perjuicio de que colectivos de otras partes del globo, en función de su propia realidad, puedan poner el énfasis en otras ideas de entre las que constituyen el ideario decrecentista.