¿Qué es el Estado?


Podemos definir el Estado como la estructura jerarquizada que se proyecta mediante instituciones y organismos sobre una determinada población y territorio e intervine en los diferentes ámbitos del orden político, económico, social y cultural al servicio de las clases dirigentes.

El Estado se sustenta en un aparato jurídico-militar del que emana el uso lícito de la violencia.

Se presenta como una construcción ideológica consagrada en una identidad nacional (la patria) producto del progreso histórico del proceso civilizatorio.

El Estado se conforma entonces, como un sistema de dominación nacido hace unos 5.000 años con la creación de una sociedad jerarquizada que permitía el control de los recursos de forma centralizada a través de las elites (soldados, sacerdotes y burócratas)

Actualmente los Estados (hijos de la Revolución Francesa y su división de poderes) a través de los Tratados Internacionales, subordinan su soberanía a otras organizaciones supraestatales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial de Comercio, o bien se atan a través de tratados de libre comercio a la lógica del mercado.

En estas condiciones las decisiones que rigen la vida de las personas quedan en manos de las grandes compañías multinacionales que tienen la capacidad de manejar los hilos de la economía mundial a su antojo, dejando al Estado la gestión de los ajustes económicos que imponen de manera ‘blanda’ a través de los medios de comunicación, los fármacos…, o bien de manera ‘dura’, a través de la represión policial-militar.

¿Qué es el decrecimiento feliz?


Julio García Camarero

Para hablar del decrecimiento feliz primero debemos ver que significan los términos crecimiento y decrecimiento:

Por un lado, el Crecimiento podemos considerarlo como la acumulación (por parte de unos pocos) de la riqueza que producen: los recursos del planeta y el trabajo humano, a costa de aumentar la explotación y la pobreza de unos muchos y a costa del agotamiento final de los recursos del planeta.

Los medios de comunicación, el marketing, los gobiernos capitalistas y los economistas del neoliberalismo global, nos dicen (hasta la saciedad) que el crecimiento es algo imprescindible, sin posible alternativa, y que es beneficioso. Un crecimiento que es bueno para la economía. Lo malo es que no nos aclaran bien que es eso tan misterioso e insustituible de “la economía”.

Pero la realidad es que el crecimiento SOLO es indispensable para los explotadores, los usureros y los especuladores. Pero, para la inmensa mayoría de la población el crecimiento es muy perjudicial y totalmente rechazable.

Por otro lado, podemos admitir que el decrecimiento feliz: es la redistribución de la riqueza del planeta entre todos. Y además que los trabajadores trabajen menos, consuman menos, deterioren menos, contaminen menos y que por eso sean más felices. Pero el uso y redistribución de la riqueza del planeta debe de tener muy en cuenta que se haga mesuradamente, sin originar agotamiento de los recursos, sin deteriorar la delicada estructura de los ecosistemas (ni su biodiversidad) y sin ocasionar un cambio climático. Menos trabajo asalariado enajenado puede conseguirse, entre otras cosas, a partir de bancos del tiempo. Menos consumismo y obsolescencia planificada, se puede conseguir entre otras cosas, a partir del trueque y el dinero social.

También habrá que puntualizar que no sólo existe el decrecimiento feliz, sino también, el decrecimiento infeliz. En efecto, el actual crecimiento infeliz,…que se plantea como crecimiento ilimitado a partir del uso de unos recursos naturales que son limitados, lo queramos o no lo queramos, derivará en un inevita-ble en: decrecimiento infeliz. decrecimiento infeliz y caótico decrecimiento apocalíptico.

Y si no comenzamos a tiempo un decrecimiento feliz, pronto caeremos en un decrecimiento infeliz, que será inevitable, puesto que en el planeta sobrarán deseos con sumistas y faltarán recursos para satisfacerlos. Esto es algo que ya está pasando en EEUU, país que, a pesar de su mega economía, está manteniendo su frenético consumismo gracias a aumentar constantemente su deuda, que es la mayor del planeta.

Este decrecimiento infeliz traerá (arrimados por la escasez) una aún mayor suma de infelicidad y de conflictos bélicos, sociales, alimentarios, de degradación de calidad de vida, cataclismos (climáticos radiactivos...), etc. Un decrecimiento infeliz y caótico que puede venir repentinamente en el momento más inesperado. Tal y como está sucediendo ya en estos días en Japón. Y que rápidamente puede pasar a ser un decrecimiento apocalíptico. En este sentido: el Comisa-rio Europeo de Energía dijo que la actual crisis nuclear del Japón era "apocalíptica" y añadió: "Estamos hablando de Apocalipsis y yo creo que esta palabra está particular-mente bien elegida". Otra cosa, es que las voces oficiales niponas se vean obligadas a decir mentiras piadosas. Lo mismo le sucede a los intereses del “crecimiento”.

(Tomado de fragmentos de mis libros “El crecimiento mata y genera crisis Terminal” y “El decrecimiento feliz y el desarrollo humano” Ed. La Catarata años 2009 y2010 respectivamente).

Es muy conveniente para ampliar información entrar en la pagina web: http://www.decrecimiento.info/
En ella se encontrará: artículos, bibliografía y páginas Web, sobre decrecimiento.

El tesoro de la juventud


"Los niños son por naturaleza desagradecidos, cosa comprensible puesto que no hacen más que imitar a sus amantes padres; así los de ahora vuelven de la escuela, aprietan un botón y se sientan a ver el teledrama del día, sin ocurrírseles pensar un solo instante en esa maravilla tecnológica que representa la televisión. Por eso no será inútil insistir ante los párvulos en la historia del progreso científico, aprovechando la primera ocasión favorable, digamos el paso de un estrepitoso avión a reacción, a fin de mostrar a los jóvenes los admirables resultados del esfuerzo humano.

El empleo del «jet» es una de las mejores pruebas. Cualquiera sabe, aún sin haber viajado en ellos, lo que representan los aviones modernos: velocidad, silencio en la cabina, estabilidad, radio de acción.

Pero la ciencia es por antonomasia una búsqueda sin término, y los «jets» no han tardado en quedar atrás, superados por nuevas y más portentosas muestras del ingenio humano. Con todos sus adelantos esos aviones tenían numerosas desventajas, hasta el día que fueron sustituidos por los aviones de hélice. Esta conquista representó un importante progreso, pues al volar a poca velocidad y altura el piloto tenía mayores posibilidades de fijar el rumbo y de efectuar en buenas condiciones de seguridad las maniobras de despegue y aterrizaje. No obstante, los técnicos siguieron trabajando en busca de nuevos medios de comunicación aventajados, y así dieron a conocer con breve intervalo dos descubrimiento capitales: nos referimos a los barcos de vapor y al ferrocarril. Por primera vez, y gracias a ellos, se logró la conquista extraordinaria de viajar al nivel del suelo, con el inapreciable margen de seguridad que ello representaba.

Sigamos paralelamente la evolución de estas técnicas, comenzando por la navegación marítima. El peligro de incendios, tan frecuente en alta mar, incitó a los ingenieros a encontrar un sistema más seguro: así fueron naciendo la navegación a vela y más tarde (aunque la cronología no es segura) el remo como el medio más aventajado para propulsar las naves.

Este progreso era considerable, pero los naufragios se repetían de tiempo en tiempo por razones diversas, hasta que los adelantos técnicos proporcionaron un método seguro y perfeccionado para desplazarse en el agua. Nos referimos por supuesto a la natación, más allá de la cual no parece haber progreso posible, aunque desde luego la ciencia es pródiga en sorpresas.

Por lo que toca a los ferrocarriles, su ventajas eran notorias con relación a los aviones, pero a su turno fueron superados por las diligencias, vehículos que no contaminaban el aire con el humo del petróleo o el carbón, y que permitían admirar las bellezas del paisaje y el vigor de los caballos de tiro. La bicicleta, medio de transporte altamente científico, se sitúa históricamente entre la diligencia y el ferrocarril, sin que pueda definirse exactamente el momento de su aparición. Se sabe en cambio, y ello constituye el último eslabón del progreso, que la incomodidad innegable de las diligencias aguzó el ingenio humano a tal punto que no tardó en inventarse un medio de transporte incomparable, el de andar a pie. Peatones y nadadores constituyen así el coronamiento de la pirámide científica, como cabe comprobar en cualquier playa cuando se ve a los paseantes del malecón que a su vez observan complacidos las evoluciones de los bañistas. Quizás sea por eso que hay tanta gente en las playas, puesto que los progresos de la técnica, aunque ignorados por muchos niños, terminan siendo aclamados por la humanidad entera, sobre todo en la época de vacaciones pagas."

Cuento escrito por Julio Cortázar incluido en su libro 'Último round'

El acabose

Pedro Pérez Prieto - Crisis Energética

Hoy me encuentro realmente mal, seguramente en razón de una comida en mal estado ingerida en un aeropuerto.
En la entrevela del que no duerme por una razón fisiológica, se producen pesadillas y todas ellas han sido recurrentes para imaginar los efectos y las consecuencias de la destrucción de la planta multi-reactor de Fukushima, en Japón. Seguramente ha sido algún tipo de conexión o sincronía extraña con el sufrimiento japonés.
Y además me ha servido para profundizar en algunas ideas que ahora transmito a los cercanos, por primera vez en cierto tiempo, desde mi lecho del dolor.
Mi primera sorpresa al aterrizar ayer en España y ver o escuchar los informativos, es la profusión de “expertos” pro-nucleares que o se han invitado o se han hecho invitar a los principales medios del país. Esta es una conclusión aparentemente obvia, porque para ser “experto” en energía nuclear, generalmente hay que haber estudiado el tema muy a fondo y eso se hace en una carrera muy específica, que ha dado y da de comer a mucha gente y que ha generado ganancias considerables a los que las gestionan o desarrollan y operan.
Lo segundo es observar la agresividad de los llamados “expertos” nucleares, generalmente exigiendo que no se juzguen los hechos (cuatro reactores semi destrozados o ardiendo, porque las informaciones no suelen ser precisas y sí difusas y confusas), de forma muy intensa.
Se llama a “expertos” que lo que hacen generalmente es analizar la radiación emitida (aparente, porque de nuevo los datos son confusos y cambian a cada hora que pasa) en el presente o como mucho, analizar los límites de radiación que pueden ser o no peligrosos para el hombre, pero siempre señalando que AHORA estamos lejos de estos niveles.
Pero raras veces (no he constatado ninguna en el aluvión de informaciones que llegan a los medios y desde ahí se difunden) que nadie informe lo que puede pasar dentro de 50 años o de 500 años o de 5.000, o 24.000 años con estos despojos.
Otra de las cosas sorprendentes y sospechosas, es la insistencia de “expertos” y de medios, en indicar que en Japón, al contrario que los burdos comunistas soviéticos en el caso de Chernóbil, sí existen en todas las centrales vasijas de contención, con lo que aseguran con una fe digna de mejor empeño, que no habrá fugas de elementos radioactivos al medio. Todo ello, claro está, mientras las centrales van reventando una tras otra, como seta de pedo de lobo, sin que a ellos, a los “expertos” se les descomponga la figura ni un ápice.
Sin embargo, son muy rápidos cambiando el discurso: ahora ya no se habla de Chernóbil, que sigue teniendo un amplio perímetro restringido más de 35 años después. Esto se da por resuelto, aunque todo el mundo mira para otro lado, cuando se le pregunta que cómo de aislado del medio ambiente está la famosa “pata de elefante” que penetró hasta el suelo de la central con el magma ultra radioactivo y seguramente está permeando las capas freáticas del río Dniéper cuyo flujo se utilizaba para refrigerar la central (o las permeará, alguno de estos milenios).
Ahora, como nadie se atreve a decir, y menos que nadie los garbanceros tertulianos españoles que pululan por los medios vendiendo falsas seguridades, que Japón hace las cosas mal, ni desde el punto de vista tecnológico, ni de cumplimiento de estándares, ni de disciplina social extrema, vienen algunos listos, como el señor Xavier Trías candidato a alcalde de la ciudad de Barcelona en TVE (para ellos, sí hay audiencia en “prime time”), diciendo AHORA, que es que lo que no hicieron bien los japoneses es meterse en esto siendo un país tan geológicamente inestable. ¡Qué bien se habla a toro pasado y prediciendo hacia atrás! Claro está, que se olvidan que los estadounidenses, que tienen tutelado nuclearmente el país nipón, ni el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), que tiene OBLIGACIÓN de supervisar y aprobar estas centrales e incluso la cantidad de golfos que han estado contándonos durante décadas, con suma arrogancia, que “se pueden hacer diseños para que las centrales nucleares aguantasen hasta los terremotos más severos; y ponían de ejemplo a Japón. Ninguno de ellos ha salido a pedir perdón.
Otro de los poco afortunados argumentos que se viene planteando estos días por parte de los pro nucleares, es el manido “y tu más”, que refleja el nivel de desesperación y la reticencia enorme a cambiar el propio ideario o esquema mental, incluso ante evidencias irrefutables. Así, puestos ante la tesitura de se oyen con frecuencia argumentos del tipo “pues de todas formas, vamos a tener que vivir con esto”, ahora bien, todos claman porque las centrales se hagan muy bien (¿cuánto de bien? ¿mejor que las japonesas en España o Argentina o Brasil o los propios EE. UU. o Arabia Saudita o Marruecos?), sin plantearse, ni por un minuto los costes que ello puede suponer, aunque tienen la central de Finlandia ante ellos para poder extrapolar un poquito.
Es curioso e interesante este argumento, en un momento en que una desgracia de este calibre ha obligado a inyectar dinero emitido (es decir, aire, que podía haber ido a refrigerar las plantas) por valor de 200.000 millones de dólares en un solo día, para enfriar una temerosa bolsa nipona, que como es lógico, parece temer más esa caída que el desplome de los edificios nucleares. Es curioso que lo utilicen cuando una parte imprecisa de la población de Japón vagabundea para conseguir agua potable, alimentos y refugio.
Y es sobre todo curioso que lo hagan en un momento en que los japoneses descerrajan los depósitos de gasolina o diesel de los coches desplazados para exprimir las gotas de petróleo que no les lleva. Seguramente, éstos defensores de las centrales de MUCHA, MUCHA , MUCHA más calidad que las actuales, no han oído a Marcel Coderch hablar de que un plan de desarrollo de 400 centrales nucleares en el mundo, dejaría una energía neta negativa (por supuesto, fósil, como Tejero decía aquello de “militar, por supuesto”) para la sociedad en los próximos 40 años, según modelo muy simple de System Dynamics con datos de la energía invertida en los procesos de la propia industria nuclear.
Así que, en su erre que erre, vuelven al “y tu más” y se enrocan con que más cornás da el hambre (que dijo El Cordobés) y que esto de la seguridad 100% no existe ni al montarse en avión, comer vacas locas, vivir bajo el hongo de humos de la gran ciudad, etc. etc. Moraleja: de nuevo el lema, letanía o cantinela de mi tío Zoilo y las coces de su mula, de que “vivir en sí, es peligroso”. Ante esto, si uno trata de hacerlos ver que la coz de la mula me mata a mí, pero no a mis 500 generaciones venideras y que esto es, sobre todo, una cuestión de responsabilidad moral intergeneracional como antes nunca se había producido, sacan la artillería del “y tu más” y alegan que más cornás intergeneracionales da el CO2, que nos lleva al cambio climático. Es el argumento de que si sales de Málaga es para meterte SOLAMENTE en Malagón.
Los que sí han desaparecido del panorama informativo como por ensalmo, son los arrogantes y prepotentes que han estado abrumando al común de los mortales cuando los ciudadanos preguntaban sobre las posibilidades estadísticas de accidente nuclear. Solían decir, tan cargados ellos de autosuficiencia y altivez, que la posibilidad muy estudiada de un accidente se reducía al famoso “Uno por diez elevado a la menos x”. Siendo equis, obviamente, un número tan alto que hacía la posibilidad tan despreciable como la actitud de estos “expertos” hacia los que dudábamos y que, a la vista está, estaba calculada sobre una muestra tan poco significativa que espero no vuelvan a soltar esa inmensa tontería nunca más. Estos “expertos” han resultado ser como los que resuelven el problema estadístico de un pollo para dos personas y concluyen que a cada uno le toca medio, aunque uno se lo coma entero y el otro no vea ni las plumas.
Razón no les falta. Lo que les falta es un poquito de imaginación para entender que los seres humanos llevan sólo doscientos años viviendo con combustibles fósiles y unos 50 años con el combustible nuclear, pero que los seres humanos han vivido sin ellos el resto de los dos millones y medio de años como “homo sapiens-sapiens”, una definición antropológica, que estoy sometiendo a intensa revisión, sobre todo en lo que concierne a la civilización industrial y tecnológica. Ha habido en esos dos millones de años civilizaciones y formas de vida que quizá haya que volver a retomar, in necesidad de volver a las cavernas de nuevo.
Incluso he visto alguna emisora de televisión de las de nuevo cuño y viejos ademanes, que Dios confunda, ante este desastre se atreven, con una agresividad inaudita, a calificar a los grupos ecologistas de “ecocidas” o de querer hacer sangre con tragedias ajenas para llevar el agua a sus turbios molinos o bien de querer llevarnos a todos de nuevo a las cavernas.
Mientras tanto, ese curioso trufado de tertulianos, bustos parlantes obedientes a la línea de dirección del medio, llamados presentadores y “expertos” nucleares que barren para casa, vuelven una y otra vez sobre el tema para insistir, una y otra vez, que “no hay tecnologías absolutamente seguras”, una obviedad y simpleza de tamaño descomunal, que ya conocía mi tío Zoilo, que siempre me advertía que tuviese mucho cuidado al pasar por la parte trasera de una mula, por si tiraba una coz, porque me podría matar.
Los nervios entre los turiferarios (los ha bautizado así un amigo y me ha gustado, porque son los que llevan el incensario) nucleares que han apostado, como suele suceder en estos casos, a hurtadillas y en los mentideros de la corte, por una política energética llena de nucleare, llegan al extremo de que si al Comisario Europeo de Energía de la Unión Europea se le ocurre decir que lo que está pasando en Japón es “apocalíptico”, salen disparados a los medios para descalificarlo, ¡faltaría más! Y lo hacen los mismos que otras veces piden respeto para las opiniones de las personas “autorizadas”. Al parecer, este Comisario no es “experto” en energía, vaya por Dios. Será mejor volver al periodista del diario ABC que habla de titiriteros.
Este es un argumento programado y repetido hasta la saciedad por el llamado “lobby” nuclear, a alguno de cuyos relevantes miembros le he oído decir incluso que el “lobby” antinuclear era mucho más potente. También lo dijo sin despeinarse, este elemento, que se presentaba como “independiente” y representaba un periódico obviamente no independiente, como viene siendo habitual, sobre todo, cuando otro periodista, algo más ecuánime, le vino a contestar que comparar a esos dos supuestos “lobbies” cuando uno de ellos dispone de millones de Euros y coloca en sus puestos de asesoría y consejo a dos ex presidentes de gobierno, parecía un poco ridículo. El interpelado soltó entonces la invectiva que viene caracterizando a los grupos que tenían ya programado el “renacimiento nuclear”, obviamente muy vinculados a un partido político y contra argumentó que es que el lobby pro nuclear tenía mucho predicamento entre intelectuales, artistas, y demás, ecologistas de la neoizquierda, etc. como si esto fuese un estigma. Le faltó llamarlos “titiriteros” para terminar de fotografiarse sin vergüenza alguna.
Curiosamente, vengo de la Capadocia, un precioso lugar ya habitado por los hititas, lleno de viviendas trogloditas y ha debido ser eso lo que me ha hecho perder bastante miedo a volver a las cavernas, e incluso me he sentido tentado de quedarme en una de ellas a vivir. La ventaja de este territorio, es que si consigues un simple montículo de roca blanda arenisca, en forma de cono invertido (y hay cientos de miles, quizá millones), no tienes que dar la “entrada a la casa”, sino solamente “practicarla” en la montaña y a partir de ahí, decidir las habitaciones. Para mi sorpresa, el tiempo (o esfuerzo humano o trabajo equivalente en horas-hombre) que se tarda en excavar una vivienda es unas 15 veces menor que lo que tarda un joven en conseguir un apartamento en Madrid de 60 metros, del que sólo poseerá la mitad, pues sus delicadas paredes de ladrillo de medio pie o techo y suelos las paga a medias con el vecino, aunque no lo vea así. Además, he visto frescos bizantinos preciosos en los interiores, con un Jesus en pantocrátor, rodeado majestuosamente de ángeles, arcángeles y escenas del Nuevo Testamento, que incluyen a las vírgenes.
Pero en fin, volvamos al mundo de la alta tecnología y las bajas pasiones, que está que se derrite, literalmente hablando, lo mismo que un servidor está que se caga, literalmente hablando también.
Procuraré evitar los tecnicismos que ya se divulgan, por todos los medios las más de las veces, con tan poca fortuna como imprecisión en los datos. Veamos algunas de las cosas curiosas que se han estado diciendo y leámoslas en clave verdaderamente independiente:
Los núcleos de los 4 reactores “medio fundidos”
Recordaba un colega estadounidense, con elevado sentido del humor que esto es como la niña que no sabe cómo abordar a sus papás y para no asustarlos, les dice que esta “parcialmente embarazada” o “medio embarazada”
Todos hemos visto estos días en gráficos, animaciones y videos las barras de combustible nuclear subiendo y bajando y las barras de moderación de las reacciones subiendo y bajando. Sabemos que cuando se gastan, se reemplazan por otras barras. Pero, ¡ qué curioso! Nadie explica cómo demonios se puede sacar de un núcleo semi fundido un amasijo altísimamente radiactivo de toneladas. Se han hartado de decirnos que el magma “está contenido” en la vasija (de momento). ¿Alguien puede explicar cómo se saca este magma y adónde se puede llevar?¿Alguien sería capaz de decirnos cuántos años de peligro potencial para los seres vivos puede este material ser extremadamente peligrosos por actividad, toxicidad y volumen/peso?
Estoy deseando escuchar a los “expertos” sobre este tema, casi más que ganas me dan de pedirles que se vayan al borde exterior de los 30 km de perímetro de seguridad a dar sus tertulias los próximos 24.000 años, para demostrarnos que no hay peligro para la población en todo ese tiempo, no ahora, no hoy, no mañana.
La refrigeración de los reactores
Al mismo tiempo que los tertulianos aseguraban que las vasijas de contención estaban intactas, por otro lado, decían que se habían visto forzados a refrigerar el reactor (sin especificar nunca qué parte del reactor) con agua de mar era la que se estaba inundando con agua de mar.
De las pocas cosas que uno aprende de una central nuclear, es que el líquido de refrigeración se compone del que refrigera el circuito primario y está en contacto con el material radiactivo y es un fluido muy puro, desmineralizado y muy tratado para evitar que las emisiones de neutrones generen material radiactivo y por otro lado, el circuito secundario, que puede ser de agua de río o agua de mar, que teóricamente sólo se calienta, pero que no se contamina y puede volver a los cursos de agua de río o al mar.
Esto daría para un tratado sobre la estulticia y la manipulación informativa. Baste saber que en el momento en que se arroja agua sobre el núcleo (luego fueron admitiendo que era sobre el núcleo), el reactor, como decía el colega norteamericano “está muerto para siempre”. En este caso, discrepo de mi colega estadounidense. Un núcleo fundido de reactor nuclear NUNCA está muerto, sino muy “vivo” en el sentido de emisión intensísima y prolongadísima de radiaciones. Y no está muerto, como la pata de elefante de Chernóbil dista mucho de estar muerta: está confinada, malamente, por cierto, porque nadie se atreve a trabajar por debajo del magma para crear el suelo protector que evite que entre en contacto con las napas o capas freáticas de agua y por ahí se pueda dispersar al medio, con los efectos terroríficos que conocemos de liberación.
Vuelve la pregunta: ¿Qué hacer con el magma radioactivo?
Lugares comunes de políticos
1. Lamentamos lo ocurrido y nos solidarizamos con el pueblo (algunos, en sus lapsus mentales dicen con el gobierno de de Japón)
2. La situación es difícil (vaya hombre, no lo sabíamos)
3. Nadie esperaba un hecho de estas características (estaría bueno que hubiesen dicho lo contrario, pero eso ya es una declaración de lo poco que esperaban de la Naturaleza)
4. Hay que actuar con precaución (muy original)
5. A la vista de lo sucedido, vamos a proceder a la revisión al alza de los requisitos técnicos de nuestras propias centrales en lo relativo (esta expresión de “en lo relativo” es la favorita de nuestro presidente de gobierno) a la resistencia a la actividad sísmica. (Eso está muy bien, pero ¿qué sucede si hay un ataque terrorista o un ataque por guerra -¿ya no nos acordamos de las amenazas de israelíes y estadounidenses sobre la central nuclear iraní?-, sobre la alimentación eléctrica exterior de la central y de los edificios que contienen los generadores de emergencia y las baterías y que no están tan protegidas como el núcleo del reactor frente a un ataque de morteros o de un avión suicida o de un grupo que entre, con la misma facilidad que entra Greenpeace cada vez que se les antoja y coloquen explosivos? Esto simularía la tragedia del efecto terremoto+tsunami. Lo mismo sucedería si viene una tormenta solar fuerte que puede tirar debajo de forma completa toda la red eléctrica y destrozar muchos equipos electrónicos, hoy indispensables para mover y operar cualquier máquina robotizada.
Lo mismo deberían hacer y prever para el caso de que un país termine en una crisis económica sin precedentes (como las que ya empezamos a vislumbrar, entre ellas la del propio Japón, que tiene unos cuatro reactores fundidos, pero 54 centrales nucleares en todo el país y una red eléctrica, que pese a la enorme disciplina de los ciudadanos japoneses en racionar sus propios consumos, puede venirse abajo.
Es la famosa (para los lectores de Crisis Energética) teoría de Olduvai, de Richard Duncan, que ahora vemos está más cerca que nunca para Japón. Es la reacción en cadena, que termina, o puede terminar por dejar un país tan postrado que no pueda volverse a levantar a los niveles previos al desastre. Y eso, en una sociedad muy demandante de servicios y energía de calidad y estructurada para hacer cualquier mínima función. ¿Alguien imagina que la red eléctrica japonesa se cae en su totalidad y de forma prolongada y continuada qué pasaría con las 50 centrales nucleares que todavía no se han fundido?
¿Por qué nadie puede alcanzar a imaginar este escenario de caída total de la red de forma prolongada? Porque yo no creo ser tan viejo y ya he visto que por causa de una guerra moderna, un país entero se quedó durante meses con un suministro eléctrico pobrísimo y errático y eso que no se asolaron las centrales de generación por completo. En el caso de la antigua república de Yugoslavia, ya parece que nadie recuerda aquellos bombardeos con bombas de grafíto que cortocircuitaban las plantas de generación y las estaciones transformadoras, que fueron determinantes para poner de rodillas al entregado gobierno yugoslavo, inerme y sin poder mover ni una ficha.
¿Harán también examen de conciencia nuestro presidente de gobierno y nuestro ministro de Industria sobre estos otros supuestos en las centrales nucleares, aparte de los sísmicos? ¿O quizá consideran que no sería posible una guerra o que si se da los enemigos serían lo suficientemente caballerosos para no atacar los centros nucleares? ¿O no consideran tampoco un ataque terrorista exitoso, en un país en el que durante décadas la primera preocupación de los ciudadanos ha sido “el problema terrorista”?
Las preguntas se siguen agolpando, pero miro a mi alrededor y veo a la gente preocupada por el resultado del Real Madrid- Olympique de Marsella y observo que siguen las telenovelas y los programas del corazón y la gente que quiere seguir con sus rutinas y pequeños placeres y cobrando a fin de mes en su trabajo de siempre. Veo que la gente sigue queriendo disfrutar y no ver, quiere seguir manteniendo el sistema a toda costa, aunque el sistema sea inviable y me digo ¿Acaso es importante lo que está pasando en Japón?

Comunismo: socialismo más decrecimiento


Miguel Tovar Martínez

Este artículo pretende ser una aportación a la discusión abierta por Manuel Casal Lodeiro (www.rebelion.org 25-12-2010) y Lino C. Vila (www.rebelion.org 01-01-2011), sobre la forma en que la izquierda debería afrontar el problema del crecimiento perpetuo en un mundo finito. 

En las gentes de la izquierda se percibe un cierto desconocimiento de la cuestión energética, pero no por dejadez suya, sino porque dicho fenómeno está generalizado en la sociedad. Los círculos de expertos que discuten esta cuestión desde hace años, sugieren como causa de este desconocimiento, el hecho de que la crisis energética, y la manera en cómo afecta a las sociedades humanas, requiere para su comprensión de un acercamiento pluridisciplinar, dificultado por el divorcio secular entre "las ciencias" y "las letras". Es necesario manejar conceptos de Economía, Ecología, Física (principalmente la Termodinámica), Historia y Política, entre otros. El uso de las matemáticas es de gran ayuda. Pienso que a esto hay que añadir el gran interés que tiene el sistema capitalista, en que este tema no se explique a la opinión pública, para dificultar el consiguiente debate en la sociedad. 

Al igual que a Manuel C. Lodeiro, a mí también me invade cierta impaciencia, y un sentimiento de urgencia, cuando leo algunas propuestas de los sindicatos y partidos de izquierda, donde se sigue hablando de recuperar el crecimiento para crear empleo. Sin embargo, hay que procurar mantener la calma, porque estamos hablando de un cambio de ideología y de sistema de valores tan radical, que puede tardar años, tal vez décadas, en ser asimilado. Ni siquiera los que ahora abordamos estas cuestiones, tenemos muy claro qué hacer y cómo hacerlo. En el caso de España, ¿cómo le dices a gente deshauciada, totalmente quebrados para el resto de su vida, que se tienen que ir al campo a sembrar patatas, si hace pocos años conducían coches caros y se iban de luna de miel a Cancún? Ni siquiera está claro en el momento actual que la población vuelva a la política, cuando aparecen casos en la sección de sucesos, de personas desesperadas que cometen actos individuales trágicos contra ellos mismos o contra terceros, en vez de organizarse para una lucha colectiva. 

Respecto a la relación entre tecnología y progreso, la interesante película-documental "Sicko", de Michael Moore, explica cómo casi 50 millones de estadounidenses no pueden disfrutar en absoluto de la tecnología médica de su país, que según dicen es de las más avanzadas del mundo. ¿En qué afectaría a su bienestar que esa tecnología desapareciese mañana, si ellos no tienen acceso a la misma? El sistema sanitario cubano, mucho más eficiente y eficaz, demuestra que para el ser humano, es mucho más importante el progreso social que el tecnológico. A mi parecer, tanto los partidarios del decrecimiento como la izquierda "tradicional", están por la defensa y ampliación del progreso social. 

Es claro que hay tecnologías superfluas o dañinas, como una consola de videojuegos o un misil intercontinental, cuya desaparición no afectaría negativamente a nuestra calidad de vida. Otras tecnologías, como una unidad de cuidados intensivos, o una cosechadora de cereal, no deberían desaparecer nunca, pero hay que ser conscientes que éstas se han desarrollado en el seno de una sociedad del petróleo, y requieren para su fabricación y mantenimiento de una estructura social con un mínimo de complejidad. [1] [2]


En cuanto a la cuestión del pleno empleo, no es ningún mito, si es concebido como reparto de empleos, y es posible alcanzarlo reduciendo la jornada laboral hasta donde el subsidio energético lo permita, sin perder calidad de vida. Por supuesto, será un mito mientras no salgamos del sistema capitalista. 

En primer lugar cabría cuestionar la relación que suele establecerse entre nivel de vida y calidad de vida. 

La energía abundante y barata, junto con el progreso tecnológico, nos ofrecía la posibilidad de liberarnos del trabajo físico, y todavía se piensa que éste es denigrante y de menor categoría que el trabajo intelectual. Sin embargo, hemos avanzado poco en la liberación del trabajo alienado, que es lo que nos denigra y rebaja. Veamos un ejemplo en clave energética: 

Una cosechadora de cereal moderna, hace el trabajo de 220 jornaleros, aunque consume 4 veces más energía que éstos, suponiéndoles una dieta de 5.000 Kcal diarias (la FAO establece un consumo mínimo de 3.500 Kcal diarias, para llevar una vida normal). En el sistema capitalista, 3 ó 2 de estos 220 jornaleros se convierten en operarios de cosechadora, trabajando 8 ó 12 horas a turno, según el país en que estén, y los 217 restantes, de primeras, se van al paro. Los 3 reconvertidos en operarios, reciben un salario más alto que cuando eran jornaleros, pero aún así, es una ínfima parte de la riqueza que, gracias a la energía canalizada por la máquina, generan con su trabajo (es decir, 4 veces 220, que son 880 jornaleros) . El terrateniente será el propietario de la máquina si tiene una extensión suficiente de tierras, y si no se la alquilará a un pequeño empresario, que se encargue de su mantenimiento, y la vaya moviendo allí donde haga falta. Los 3 operarios no participan para nada en la toma de decisiones, y mucho menos los otros 217. En cuanto al reparto de riqueza, de los cálculos anteriores se desprende que la movilización de la energía contenida en el gasoil que quema la máquina, equivale a 880 jornaleros, que es como si los 220 iniciales tuvieran otros 660 “ayudantes”; sin embargo, constatamos que estos 660 “esclavos energéticos” sirven principalmente a los propietarios. 

Ahora bien, últimamente nos estamos dando cuenta que lanzarse a dilapidar la energía solar almacenada en forma de combustibles fósiles, sin tener a punto otra fuente de energía que los sustituyera, ha sido como “vender las joyas de la abuela”, en expresión de Mariano Marzo. Es decir, que no ha sido acertado explotar toda esta energía para que la disfruten unos pocos, pero tampoco lo hubiera sido si la hubiéramos disfrutado de forma más igualitaria, dejando un paisaje desolado a las generaciones venideras, que nos hubieran juzgado con la misma severidad. 

Es por esto que deberíamos desterrar el pensamiento productivista, en la construcción de la alternativa que haga efectiva la idea básica de la izquierda, que es el reparto justo de la riqueza. Lo malo no sería tanto volver a segar a mano, como que la mayor parte de la cosecha se la quedara “el señorito”. 

Al reevaluar los conceptos de “trabajo” y “calidad de vida”, hay que pensar que una reducción del confort, vendría compensada con mayor disponibilidad de tiempo, y con mayor plenitud y satisfacción personal. De esta forma, cambiamos confort físico por confort psíquico, bien-estar por bien-ser. 

Sólo el progreso social puede traernos la liberación del trabajo alienado. Pero además, queremos que la jornada de trabajo necesaria para el buen funcionamiento de los servicios sociales básicos, deje tiempo para: 

a) la participación activa y cotidiana de la población en la toma de decisiones, dotando así de sentido a la democracia,
b) el cuidado de niños, ancianos, enfermos y por qué no, adultos,
c) la realización personal mediante el cultivo de las artes, la contemplación, la oración, etc. 

Esto es posible ahora, con las reservas energéticas que todavía quedan, pero ¿será posible en un mundo de baja energía? Mi opinión es que sí, ya que estos objetivos no son materiales, y la felicidad tiene un componente subjetivo muy fuerte. 

Las agresiones que sufrirían las “comunidades locales auto-gestionadas” de baja energía, por parte de las “sociedades tecnológicas”, que plantea Lino C. Vila, son un clásico en las discusiones sobre la crisis energética y los escenarios post-petróleo. En este tema soy optimista, y opino que no es posible mover un gran portaaviones, como los de EE.UU., si con tal movimiento no se consigue una cantidad de energía muchas veces mayor que la que ha consumido este portaaviones en su “misión de paz”. Pienso que la IIª Guerra Mundial, la mayor masacre de la Historia, fue la gran guerra de la era del petróleo, y que la guerra de Iraq, que se tuvo que llevar a cabo tras un decenio de embargo económico, que dejó totalmente arruinado a aquél país , será la última guerra de la era del petróleo. No digo que no vaya a haber más guerras, eso quisiera yo, pero no serán tan destructoras y salvajes como éstas últimas. 

No creo que vayamos a volver a la Edad Media, ni al Paleolítico, ni a ninguna época pasada, porque el sistema humano evoluciona de forma similar a los seres vivos, de tal forma que, al igual que la Evolución no volverá a engendrar dinosaurios, nosotros tampoco volveremos atrás en la Historia. Pero si hay que simplificar las sociedades, comencemos por desmontar la Globalización capitalista, para lo cual podríamos valernos de un programa, basado en los siguientes principios [3]:


- Vida Sencilla.
- Reducción del tiempo de trabajo alienado.
- Predominio de la vida social frente a la lógica de la propiedad y del consumo ilimitado.
- Reducción de escala (reducir las dimensiones de infraestructuras productivas, de las organizaciones administrativas y de las infraestructuras de transporte)
- Primacía de lo local sobre lo global.
- Redistribución de los recursos.

Podríamos ir un paso más allá, y proponer para estos conceptos un orden cronológico de forma que unos facilitaran, o fueran condición necesaria para la realización de otros. Así pues, una redistribución verdaderamente justa de la riqueza, no sería posible hasta que se hubiera producido una reducción de escala, que eliminase la locura de la libre circulación de capitales y la obscena acumulación de los mismos en pocas manos; y a su vez, dicha reducción de escala no sería posible hasta que la reducción del tiempo de trabajo, permitiera a las personas participar en la vida política de su entorno. 

Sea como sea, la Vida Sencilla es condición necesaria y fundamental, y se acopla bien con la reducción del tiempo de trabajo. Hay que hablar con claridad a las personas paradas y excluidas, y decirles que los lujos de que acaso disfrutaran antaño, no los van a disfrutar sus hijos, y tal vez ellos tampoco podrán volver a tenerlos, pero que además de ser innecesarios, eran alienantes y provocaban su esclavitud, y que es perfectamente factible mantener una sanidad y educación universales y gratuitas, es factible una vivienda accesible para todas las familias, es factible un trabajo y es factible una alimentación sana, con los recursos todavía disponibles, durante muchas décadas, si renunciamos de una vez a todas las necesidades superfluas creadas por la mercadotécnia, y a todas las prácticas derrochadoras de energía y recursos de la producción capitalista. 

Como dice Lino C. Vila, hemos de ir paso a paso, pero sin pausa: en España, un número significativo de personas, que por su situación actual serían partidarias en potencia de una opción de izquierdas (nada de “centros”), provienen de una situación muy distinta, mucho más acomodada, y por tanto van a sufrir la “rabieta del niño mimado”, que estaba acostumbrado a un determinado nivel de vida, y que de pronto la crisis le ha arrebatado. Dicha rabieta consiste en votar acríticamente a la derecha conservadora (Partido Popular). El proceso de “lavado de cerebro” efectuado por el pensamiento único, a lo largo de treinta años de neoliberalismo, no se puede revertir en cuestión de meses; así pues, nos iremos preparando para un gobierno de derecha dura, y tras varios años de infierno privatizador, reformas laborales y subidas de impuestos indirectos, una vez que se haga patente que las vacas gordas no van a volver tampoco con éstos, tal vez comience el verdadero protagonismo de los movimientos de izquierda. Para entonces, partidarios del decrecimiento y de la izquierda, ya tendremos gran parte del trabajo ideológico hecho, para presentarlo a una sociedad más receptiva, si nos ponemos manos a la obra ahora mismo. 

No tengo ninguna duda que de la síntesis de las antiguas, pero renacidas, ideologías del marxismo y los movimientos populares de liberación, y de los más recientes postulados del decrecimiento, surgirá la renovada ideología que será la base para que los desposeídos erijan de entre los escombros del capitalismo, una nueva sociedad, más equitativa entre sus miembros y en su relación con el planeta.
En palabras de Serge Latouche, “el decrecimiento, como tal, no es verdaderamente una alternativa concreta; sería, más bien, la matriz que daría lugar a la eclosión de múltiples alternativas”. Yo añadiría, que los seres que engendre esta matriz, para ser viables, habrán de nutrirse con el fluido vital del socialismo. 

Notas:

[1] Prieto, Pedro A. “Un cuento de terror energético”. Cuadernos del CAUM (Club de Amigos de la UNESCO de Madrid), marzo 2004.

[2] Bullón Miró, Fernando, “El mundo ante el cénit del petróleo”, Cuadernos del CAUM, junio 2006.

[3] Estos son conceptos explicados por autores como Paul Ariès, André Gorz, Iván Illich, Serge Latouche, Maurizio Pallante, Nicolas Ridoux, Wolfgang Harich, entre otros.

Marcel Duchamp y el decrecimiento


Marcel Duchamp (1887-1968), fue un artista y ajedrecista francés, grabador de profesión. Tenía las cejas rubias, los ojos grises, la nariz mediana, el mentón redondo, el rostro oval y medía 1,68 metros de altura. No solicitaba nada, vivió siempre con presupuesto limitado, carecía de propiedades (fincas, automóviles, etc.), y ni siguiera poseyó una biblioteca personal. Nunca formó una familia en sentido escricto. Cuando se casó en 1954 con Alexina Sattler, ex mujer de Pierre Matisse, era demasiado tarde (eso dijo al menos) para “producir” descendencia biológica.

Viajó mucho, siempre con poco equipaje, y a veces sólo con lo puesto. Toda su existencia estuvo presidida por el ahorro, aunque entendido éste en un sentido opuesto al de la acumulación previsora de la ética burguesa. Consumir y producir lo mínimo posible era para él una manera elegante de preservar su libertad. Duchamp no se dejaba atrapar ni por una mujer en concreto ni por ningún movimiento artístico o literario (aunque transitó por buena parte de las vanguardias del arte de principios de siglo: dadá, el cubismo o el surrealismo, y fue uno de los artistas que más influyó en el arte moderno). No se sabe bien de qué vivió a lo largo de su vida, y ni siquiera él mismo fue capaz de dar al respecto explicaciones satisfactorias. Es obvio que él no tenía un gran interés por los asuntos económicos.

Un personaje así podría ser un modelo existencial, y no solo filosófico o intelectual, de otra corriente de pensamiento que últimamente está de moda: el decrecimiento, que tiene revistas y todo (en Francia e Italia), y que tiene bastantes intelectuales detrás (Serge Latouche, Nicolas Georgescu-Roeger, Karl Dolangi, Baudrillard y una pléyade de intelectuales más, muchos hispanoamericanos).

Constatan que la sociedad contemporánea, arrastrada por el imperio de lo económico y del crecimiento, está hiperacelerada, insaciablemente ávida de noticias y novedades, sometida a una avalancha de información, anuncios, estímulos y distracciones, que aturde la capaciad de atención, inocula el afán de consumir y tener más cada vez con creciente adicción, frustración e infelicidad.

Esas tendencias buscan el sentido de la vida en otros valores y modos de vida ajenos a la acumulación. No se trata de ascetismo, sino de encontrar la alegría de vivir que obviamente el actual sistema no la proporciona. Se quiere subir el nivel de vida concebido de otro modo, con iniciativas como “el buen uso de la lentitud” (Pierre Sansot), el “slow food” (Carlo Petrini), “la simplicidad radical (Jim Merkel), etc.... Se trata de fomentar el placer de vivir y convivir, desarrollarnos en el sentido de dejar de arrollarnos unos a otros, de tener más tiempo libre, crecer en creatividad, y ser ciudadanos responsables con un mundo bello y frágil, en el que todavía se pueda disfrutar de la naturaleza sin estar rodeado de basura.

Antecedentes históricos no faltan, desde que el oráculo de Delfos dijera “de nada demasiado”, la historia nos ha ido recordando filosofías de moderación, como el confucianismo que enseña “tanto el exceso como la carencia son nocivos”, o el clásico taoista Lao Tsi que dice: “Quien sabe contestarse es rico”; también la Biblia nos dice “no me des pobreza ni riqueza” (Proverbios), o la metáfora del camello y el ojo de la aguja cuando el evangelio de Mateo nos habla de los ricos. En fin, hasta Benjamín Franklin escribió que “el dinero nunca hizo feliz a nadie, ni lo hará... Cuanto más tienes más quieres. En vez de llenar un vaso vacío, lo crea...”.

Supongo que siempre ha habido utopías e ilusos, pero el pensamiento ecologista y su crítica están haciendo mella, y los desastres naturales que nos rodean y se aceleran, están poniendo nerviosos a los políticos y a los poderosos, el planeta se calienta, la energía escasea y los recursos naturales desaparecen, mientras cada vez hay más pobres y son menos pacíficos. A algunos no les salen las cuentas, empiezan a pensar, casi seguro que demasiado tarde, que las teorías del crecimiento son insostenibles. Algunos países desarrollados intentar razonar paliar y su despilfarro, pero los países emergentes, con economías sin escrúpulos, los invaden y colonizan, con más destrucción y más pobreza y desigualdad, gracias al “invento” de la globalización. No parece haber salida.

A estas alturas, desde luego, nos reímos de todo eso. La gente ha aceptado la idea de su propia muerte individual, así que ¿por qué debería perturbar su paz mental la muerte de su civilización? A mí también, como a los demás, debería darme igual todo eso. Coherentemente dejo a los ecologistas la tarea de impulsar proyectos colectivos de decrecimento y de crítica del capitalismo.

Lo único que pretendo es vivir mejor. Me pondré manos a la obra a mi modo: haciendo una lista más. Esta vez la lista será de las cosas que debería hacer para decrecer, ¿la cumpliré?.

- Hacer uso de la lentitud deliberada y liberarse de la velocidad y la prisa.
- Comprar cada día una cosa menos.
- Pasear y charlar con los amigos.
- No coger el coche a menos que sea imprescindible.
- Practicar la siesta.
- Vivir en el campo y, si no puedo, estar más al campo.
- Aburrirme.
- Defender los tranquilos placeres materiales y sensuales, que proporcionen un goce lento y prolongado.
- Escribir y leer.
- Comprar menos alimentos envasados, menos en plásticos, tetabricks, etc...
- Reciclar toda mi basura.
- No escuchar, leer, ver noticias o novedades, ni en la radio, ni en la tele ni en los periódicos, sino hablar con la gente.
- Crear tiempo libre para la creatividad: música, pintura, artesanía, cocina, jardinería, conversación...
- Trabajar lo menos posible, reduciendo mis necesidades.



Fuente: suplemento Culturas. La Vanguardia
Dibujos de Andy Singer


Progreso y tecnología


Para cualquiera que haya nacido dentro de la España del ‘desarrollo’, un exprimidor de naranjas es un aparato eléctrico. Los aparatos mecánicos que resultaban familiares a nuestros abuelos pueden resultarnos conocidos ya sólo por los mercadillos de trastos viejos, o acaso por haberlos visto usar en algún viaje por países ‘atrasados’ como Marruecos o Turquía.

Y, sin embargo, el exprimidos mecánico es tecnológicamente superior en todo al eléctrico: requiere menos esfuerzo físico del usuario o usuaria (sólo bajar una palanca, en lugar de pasar un rato oprimiendo una naranja en posición antinatural); es prácticamente irrompible y eterno, por la sencillez de su mecanismo; menea menos el zumo de naranja, que resulta así de mejor calidad; permite mayor autonomía, al no requerir corriente eléctrica; es ecológicamente superior por el ahorro en energía y materiales que implica ( al no consumir electricidad no contribuye al ‘efecto invernadero’ o a la nuclearización del mundo; y dura para siempre, en lugar de ser un aparato de ‘usar unos años y tirar’ como el exprimidor eléctrico ).

Esos dos aparatos son emblemáticos de nuestra situación actual: el que se identifica con el progreso – y ha conseguido anular por completo a su competidor en los países ‘desarrollados’- es el peor, y en el tránsito del uno al otro hemos traspasado un límite que una sociedad racional respetaría.

La supuesta liberación a través de la tecnología –por la vía del creciente dominio sobre la naturaleza exterior e interior del ser humano- se convierte, en aspectos decisivos de la condición humana, en una esclavización por los gadgets.

¿Seremos capaces de aprender a tiempo cual es la forma correcta, productiva, de exprimir una naranja?

Jorge Riechmann. Todo tiene un límite: ecología y transformación social. Debate. 2001

Como los ricos destruyen el planeta


Por Luisa Corradini

Cuando Hervé Kempf publicó en Francia el año pasado Cómo los ricos destruyen el planeta , estaba lejos de imaginar la actualidad que adquiriría su alegato en defensa de la ecología. En 12 meses, el recalentamiento del planeta acentuó sequías, inundaciones y turbulencias climáticas.

Se multiplicó el precio del petróleo y de los alimentos, lo que provocó manifestaciones planetarias contra el hambre y la desigualdad social. Después de hacer oídos sordos a esas amenazas durante mucho tiempo, los gobiernos empezaron a reconocer que, en efecto, no le queda mucho tiempo al mundo para encontrar una solución si no quiere sumergirse en el caos. En 2007, Kempf había dicho: "Nos quedan diez años". "El hombre alcanzó los límites de la biosfera. Vivimos un momento histórico. Nos encontramos realmente en un callejón sin salida", dijo a adn CULTURA.

Periodista del diario francés Le Monde , especialista en temas ecológicos desde hace más de 20 años, Kempf analiza con cifras y argumentos precisos las razones de esa urgencia. En su libro, que acaba de ser publicado en la Argentina por Libros del Zorzal, denuncia el papel de los ricos en ese proceso de destrucción: "Son ellos quienes crean los modelos que imita el resto del planeta", afirma. A su juicio, la necesidad de consumo material se transmite de los opulentos hacia abajo hasta llegar a los más pobres de los países más miserables. Kempf no pretende privar a los pobres de la posibilidad de desarrollarse. Para él, es imprescindible regresar a la noción de "bien común". "Es una cuestión de sentido común. Es necesario regresar a la sobriedad", dice este parisino afable, de 51 años, que se desplaza en bicicleta y cuyos cinco hijos viven felices en el corazón de la quinta potencia del mundo sin teléfono celular ni televisión.

- Cuando publicó su libro, la ecología estaba lejos de tener la importancia que alcanzó ahora. ¿Usted esperaba esa aceleración brutal de la crisis?

- Sí. Yo sabía que era inminente. Pero lo que más me sorprendió fue la toma de conciencia del aspecto social de la cuestión ecológica que se ha producido. En Francia, la gente, en particular la de izquierda, terminó por entender que la ecología no es una preocupación de burgueses, sino que realmente forma parte de la política; que ya no se puede interpretar el mundo sin la ecología. Por su parte, los ecologistas han comprendido que es imposible pensar la ecología sin tener en cuenta las desigualdades sociales. Es evidente que el encuentro entre la ecología y lo social se está haciendo en forma muy clara.

- ¿Por qué se produce esa conjunción?

- Por la realidad. La gente ve que la crisis no está en el futuro, sino en el presente. El aumento de los precios del petróleo, la crisis alimentaria. Desde la canícula de 2003 en Francia, que provocó 15.000 muertos (cerca de 70.000 en Europa), el continente pasa sin cesar de sequías a inundaciones. China soportó este año las peores tempestades de nieve de los últimos 50 años. En cada lugar del planeta ha ocurrido alguna catástrofe climática. Y lo mismo sucede con las desigualdades sociales. Desde hace tres o cuatro años cada vez hay más manifestaciones de protesta. La gente se está dando cuenta de hasta qué punto el desarrollo del capitalismo en los últimos 30 años se hizo profundizando las desigualdades. No lo sabían. Yo terminé por verlo hace tres o cuatro años. En Francia la gente supo hace poco que los presidentes de las 40 mayores empresas cotizadas en la bolsa se aumentaron sus ingresos en más de 50%, cuando el salario promedio del país no aumentó en el mismo período.

- Usted dice en su libro que los ricos tienen que volver a la mesura. Que "la solución es detener el crecimiento material". ¿No es un delirio?

- ¿Qué es un delirio? Hay hipermillonarios que quieren comprarse cohetes para ir al espacio y yates de 110 metros de largo. ¿Son ellos los que deliran o deliramos los que decimos: "Hay una crisis ecológica tan profunda que habría que limitar la presión de la sociedad humana sobre el medio ambiente y reducir el consumo"? . Si queremos hacer avanzar las cosas debemos articular la cuestión ecológica a la restructuración de la relación de poder, de la acumulación de riquezas. Yo no digo que los ricos o los empresarios deben desaparecer. Por el contrario, creo que tienen un papel muy importante que desempeñar. Pero hay estudios que muestran que en los años 70 los ejecutivos ganaban 30 veces más que sus empleados. Ahora hemos superado la proporción de 120 por uno. No se trata de denunciar. Pero es necesario decir que hay que volver a una relación social más humana y normal.

- ¿Y eso cómo puede hacerse?

- Políticamente, redescubriendo el bien común.

- Usted es un optimista sin límites.

- No. Después de ese libro di varias conferencias en Francia y me doy cuenta de que hay mucha gente que tiene necesidad de descubrir la política, de cambiar las cosas, de imaginar otro mundo en el cual podrían participar. La gente normal conoce la realidad, mucho más que los hiperricos o los oligarcas, como yo los llamo. Hay dos fenómenos simultáneos. El primero son esos individuos que discuten, proyectan y hacen cosas para ir en una dirección diferente de aquellos que buscan el enriquecimiento desenfrenado o la acumulación de bienes. El segundo es que la gente quiere hacer política. La gente recupera ese bien común. En los años 60 el concepto de bien común estaba -por lo menos en Francia- mucho más presente que ahora. Cuando yo era niño todos los adultos hablaban de política, fueran comunistas o gaullistas . Estos últimos 30 años consiguieron convencernos de que la política no sirve para nada, de que todos los políticos son corruptos. En Francia, la izquierda tiene mucha responsabilidad en esto. En ese proceso hemos perdido la idea del bien común. Ahora, cada individuo piensa que uno es lo que tiene. Si uno tiene un hermoso Mercedes es porque ha trabajado muy bien y se merece un auto mejor que el de los otros.

- En esa crítica durísima que hace de los hiperricos dice que no tienen proyecto de sociedad.

- Efectivamente. No lo tienen. En los años 60, las elites mundiales, sobre todo en Estados Unidos, tenían un proyecto que era el de defender el mundo libre del comunismo soviético. Y tenían razón. La clase dirigente (que entonces llamábamos burguesía) tenía como objetivo no sólo hacer mucho dinero, sino defender Occidente y sus valores. Desde el derrumbe de la Unión Soviética, la clase dominante no tiene proyecto. Lo único que defiende es el crecimiento, la acumulación de bienes y, sobre todo, la preservación de la relación de fuerzas establecidas desde el poder. Cuando uno lee sus libros o sus revistas, es imposible encontrar alguna visión de futuro. Y, si existe, es una visión apocalíptica, que imagina que los más ricos terminarán aislados, protegidos por muros y milicias privadas, frente a las amenazas desencadenas por la crisis ecológica y social. Tenemos una clase dirigente que ha dejado de tener legitimidad. Porque ¿qué confiere legitimidad al poder? La capacidad de proponer a una sociedad una forma de pensar el futuro. No tenemos eso. Lo único que les interesa es acumular para ellos.

- ¿Y la clase política?

- La clase política está al servicio de ese gran capital. Los ejemplos de Berlusconi, Sarkozy y George Bush son claros: Bush es el amigo de todos los hipermillonarios estadounidenses; Sarkozy, el de todas las grandes fortunas francesas, y Berlusconi es un multimillonario que posee infinitas empresas. Actualmente tenemos una clase política que está totalmente engarzada en esa oligarquía económica y que comparte sus valores.

- Usted afirma que, además de carecer de proyecto político, son ignorantes y que, incluso, tratan de llevar el planeta al cataclismo.

- Por lo menos una parte de ellos tiene la tentación de ir hacia el límite aceptable. Mire la forma en que se comportó la presidencia de George Bush, que fue una de las más catastróficas de la historia de Estados Unidos.

- Es verdad que, en Irak, los intereses económicos parecen haber eclipsado cualquier otra consideración.

- Tres señales muestran que una parte de la clase dirigente está dispuesta a todo para mantener su preeminencia frente a las crecientes tensiones sociales y ecológicas que se manifiestan. Primero, la guerra en Irak, que desestabilizó a Medio Oriente y que fue desencadenada gracias a mentiras vergonzosas. En segundo lugar, el hecho de que el número de prisioneros en Estados Unidos aumenta en forma regular desde que Bill Clinton dejó de ser presidente. Hoy, Estados Unidos es el país que encarcela la mayor cantidad de gente en el planeta. Por último, la actitud de la administración Bush cuando se produjo el huracán Katrina en Nueva Orleans: la respuesta fue enviar militares no para ayudar a la gente, sino para encarcelar a aquellos que robaban porque no tenían nada para comer. En Europa, donde generalmente somos mucho más respetuosos de las libertades públicas, hay una multiplicación de las cámaras de videovigilancia, de ficheros informáticos de todo tipo, en nuestros países también aumenta el número de gente encarcelada Esto revela que la oligarquía tiene una propensión a recurrir cada vez más a instrumentos de represión con el objetivo de mantener la estructura social actual.

- Entre paréntesis, ¿por qué utiliza en su libro el término "oligarquía"?

- Porque no soy marxista. No hago un análisis clasista, tipo proletariado por un lado y burguesía por el otro. Creo que la actitud individual es fundamental en esto. Todos los miembros de la oligarquía no son fatalmente depredadores, no todos se comportan como la mayoría de los millonarios. Incluso cuento mucho con la ayuda de una parte de la oligarquía. Con la gente que tiene medios, no necesariamente los hipermillonarios: los abogados, los periodistas, los jefes intermedios de empresa, los altos funcionarios Toda esa gente puede evolucionar para rescatar el bien común. Tengo la esperanza de que los jóvenes que pertenecen a ese sector o se incorporan a él entiendan que el objetivo en la vida no es el de acumular, sino el de ser útil a la sociedad y a la comunidad planetaria.

- ¿Cómo imagina un mundo sin crecimiento?

- No estoy en contra del crecimiento, sino a favor de la reducción del consumo material. Imagino un mundo donde no habría más evasión fiscal de los más ricos. Esa evasión significa varios miles de millones de dólares que están depositados en Liechtenstein, en las islas Caimán, en Guernesey o en otros sitios. Europa tiene una responsabilidad enorme y podría comenzar a hacer un esfuerzo en ese sentido. Se podría recuperar una gran parte de la riqueza colectiva que, por el momento, es robada por esos hiperricos y que volvería a la sociedad. No pretendo la igualdad perfecta, no creo en eso, pero se terminaría todo ese consumo desenfrenado de gastos inútiles; sería el fin de ese modelo cultural de superconsumo que empuja a la gente normal a imitar esas conductas (tener una 4x4, una pantalla extraplana de TV o el último modelo de cualquier cosa). Imagino un mundo donde la parte ahorrada del hiperconsumo serviría para financiar actividades sociales que toda comunidad necesita. En Francia necesitamos educación, salud pública. El mundo necesita otra agricultura, más ecológica, que produzca más y emplee más gente; necesita eficacia energética, con menos derroche; otra política de transporte. Imagino un mundo donde seguiríamos creciendo, pero donde ya no existiría el crecimiento material. Hay que instaurar una actividad económica centrada en la necesidad de la gente, orientada hacia los lazos sociales y el intercambio. Por fin, teniendo en cuenta que soy ciudadano de una gran potencia, quizás estas naciones ricas deberían ser más generosas y utilizar parte de esa enorme riqueza para ayudar a esos países que, por el momento, hemos explotado descaradamente.

- ¿Cómo se les pide a los países emergentes como China o India que dejen de consumir?

- Yo no puedo hacerlo. Por eso me dirijo, sobre todo, a los grandes países del Norte que son los más ricos y los principales contaminadores. Además, son ellos los que definen el modelo cultural que se ha impuesto en el planeta a través de la mundialización. Las clases medias indias tienen ganas de consumir más, de tener autos más potentes, porque miran en la TV cómo viven los estadounidenses y los europeos. Con los rusos sucede lo mismo. Lo que pido a europeos y norteamericanos es que cambien el modelo. En todo caso, China, India o Brasil se están dando cuenta rápidamente de la amplitud de la crisis ecológica. Y ven que en sus países también hay fenómenos de desigualdad, que serán cada vez más insoportables a medida que la crisis se agrave. En esos países hay conflictos sociales que se organizan en torno al control de los elementos esenciales a la supervivencia (agua, propiedad de la tierra). Las contradicciones que hemos descrito a escala mundial, se están manifestando también a nivel nacional en el sur. El crecimiento en esos países no durará mucho tiempo. El crecimiento actual de China y de India (entre el 9 y 10%) no durará mucho. Es demasiado violento, tanto desde el punto de vista ecológico como social. También allí se producirán profundos movimientos de transformación. Sin embargo, a ellos les será menos difícil ir hacia un modelo de sociedad que consuma poco materialmente. Los habitantes de los países ricos padeceremos más ese proceso, porque hemos perdido la costumbre de la sobriedad.

Por Luisa Corradini
Fuente: ADN Cultura
Más información: www.lanacion.com


Otro mundo es mejor

Fernando de la Riva - Participasión

La construcción de un nuevo tipo de sociedad… depende antes que nada de nuestra conciencia y de nuestra voluntad, o, más sencillamente aún, de nuestra convicción de que el riesgo de que se produzca una catástrofe es real, cercano a nosotros y de que, por tanto, tenemos que actuar necesariamente. Pero esta convicción no se forma por sí misma en cada ser humano… En vez de soñar de forma irresponsable con una salida a la crisis que suele definirse, demasiado alegremente, en función de la reanudación de los beneficios de los bancos, debemos tomar conciencia de la necesidad de renovar y transformar la vida política para que ésta sea capaz de movilizar todas las energías posibles contra unas amenazas que son mortales.”

No, no es un radical antisistema quien hace esta reflexión, es Alain Touraine. Muy mal deben andar las cosas cuando el habitualmente moderado sociólogo francés parece estar de acuerdo en su diagnóstico con Serge Latouche, Fernando Cembranos y con quienes defienden el decrecimiento.

Touraine nos señala dos claves fundamentales para que se produzca la movilización social capaz de hacer frente a las amenazas.


La primera, es la convicción de que el riesgo de que se produzca la catástrofe es real.


Necesitamos que esa convicción sea masiva, que alcance a la mayoría de la población.


Y tal cosa no va a ser fácil, porque a pesar de los indicios crecientes de la gravedad de las crisis, la mayoría social -especialmente en los países enriquecidos- continuamos fascinados por la ficción del crecimiento y el consumo, esperando “la salida de la crisis”.


Como dice Touraine, no es una convicción que se forme por si sola, así que va a ser necesario que, paralelamente al agravamiento de las condiciones de vida, multipliquemos la sensibilización y la concienciación social.


Aquí tenemos una responsabilidad individual -cada uno y cada una- y colectiva -cada organización, cada movimiento social- de contribuir al desvelamiento de la realidad.


A estas alturas, quienes callan o niegan son cómplices.


Y, repito, no será fácil despertar las conciencias, porque a las gentes no nos gusta que nos amarguen la fiesta del consumo, que nos hablen de problemas y riesgos, que nos exploten el globo, la ilusión del crecimiento sin fin.


Una segunda clave es la conciencia -también masiva, mayoritaria- de que tenemos que actuar, de que no podemos esperar a la acción de los gobiernos o los representantes políticos.


De nuevo topamos aquí con las resistencias de una sociedad acomodada, apática, que ha delegado la acción y la responsabilidad política en manos de los partidos.


¿Cómo hacerlo? ¿Cómo poner en pie formas inéditas de organización y acción política, que sean capaces de articular a una nueva mayoría social que está por construir, que será necesariamente plural y heterogénea, que carece de los valores y habilidades sociales necesarios para autoconstituirse?

Se necesitará de grupos capaces de analizar con coherencia la catástrofe y de expresarla en un lenguaje común. Deberán saber abogar por la causa de una sociedad que establece cercos y hacerlo en términos concretos, comprensibles para todos, deseables en general y aplicables inmediatamente.
El que esto decía era Ivan Illich que, hace más de 35 años, ya nos ponía en guardia ante la “Gran Crisis”.
Él nos aporta otra clave fundamental para la movilización social a la que nos convocaba Touraine: la recuperación del lenguaje, que, en palabras de Illich, “es el primer pivote de la inversión política“.
Se trata de recuperar “un lenguaje común, comprensible para todos, que llegue“.


A menudo, nuestros discursos -los de quienes decimos querer cambiar el mundo- suenan oscuros, tristes y lastimeros, dogmáticos y sectarios, a viejo, a retórica del pasado.


Así que hemos de volver a aprender a decir la realidad, a contarla con nuevas palabras, capaces de convencer y seducir a una nueva mayoría social.
No basta con mostrar los problemas que existen, es preciso “formular aquello que queremos, aquello que podemos y aquello que no necesitamos… en términos deseables y aplicables…inmediatamente“.


No es suficiente con denunciar el presente, es necesario anunciar un futuro mejor posible.
Saul Alinsky, otro precursor del cambio social, nos avisaba de que “cuando las personas se sienten impotentes y piensan que no tienen los medios para cambiar la situación, no se interesan por el problema“.


Es lo que se ha llamado la “ideología de la impotencia“: si no podemos cambiar nada, por que molestarnos en hacer algo.


Para poder interesar a la mayoría, convencerla y movilizarla hacia un cambio social tan profundo como el que necesitamos, hemos de demostrar -con nuevos lenguajes- que esta realidad no es inevitable, la única posible, y que el fin de esta sociedad productivista y consumista -incluyendo las limitaciones y renuncias que ello implica- no es necesariamente un desastre, sino que puede ser la oportunidad para construir una sociedad mejor donde los hombres y mujeres podemos ser más felices, conviviendo en armonía entre nosotr+s y con la naturaleza.


“Todo comienza siempre con una innovación, un nuevo mensaje rupturista, marginal, modesto, a menudo invisible para sus contemporáneos… De hecho, todo ha recomenzado, pero sin que nos hayamos dado cuenta. Estamos en los comienzos, modestos, invisibles, marginales, dispersos. Pues ya existe, en todos los continentes, una efervescencia creativa, una multitud de iniciativas locales en el sentido de la regeneración económica, social, política, cognitiva, educativa, étnica, o de la reforma de vida. Estas iniciativas no se conocen unas a otras; ninguna Administración las enumera, ningún partido se da por enterado. Pero son el vivero del futuro. Se trata de reconocerlas, de censarlas, de compararlas, de catalogarlas y de conjugarlas en una pluralidad de caminos reformadores”.

Este mensaje, cuajado de esperanza, es del sociólogo y filósofo Edgar Morín, en su artículo “Elogio de la Metamorfosis”.

Morin coincide en el pesimista análisis de la realidad que hacen Alain Touraine o Ivan Illich, pero se esfuerza en señalarnos razones para la esperanza, pues nos recuerda que “ya no basta con denunciar, hace falta enunciar”.

 
Efectivamente, es imprescindible soñar y describir otro futuro, sin olvidarse de pelear por hacerlo posible, como nos proponía el maestro Paulo Freire.
Así pues, la clave de la esperanza es fundamental para lograr la movilización social que ha de permitirnos enfrentar las graves crisis que vivimos.


Una movilización para construir un mundo y una sociedad mejores, positivos, alegres, más felices. Vivir con menos no significa vivir peor.


Así pues, necesitamos reconocer y conjugar la multitud de iniciativas locales regeneradoras, y convertirlas en un nuevo actor político capaz de enunciar, con un nuevo lenguaje, claro y sencillo, en términos positivos y deseables- una nueva realidad mejor, posible, de aplicación inmediata. ¿Te apuntas?