Cocina e impresiones



Dice la prensa: "Científicos crean un prototipo de impresora de comida". La entradilla continúa: "Investigadores trabajan en una máquina capaz de 'imprimir' alimentos a gusto del usuario" Y se pregunta: "¿Tienen futuro las impresoras de comida?"

La prensa, como la sociedad en general, siente fascinación por la ciencia y la técnica. Cada cierto tiempo, reproduciendo artículos de revistas especializadas, nos comunica "avances" en estas áreas y en los más variados campos de la vida natural o social. El relato periodístico tiende a ser descriptivo y acrítico: narra lo que se considera simplemente la evolución normal de una práctica racional a la cual se le supone una trayectoria en permanente perfeccionamiento.

A veces pueden estos relatos mostrar cierta inquietud por los productos tecnocientíficos pero es momentánea puesto que la suma y resta de los aciertos y desaciertos siempre da como ganador a los
primeros. Vamos por el buen camino que nos llevará, vía desarrollo tecnológico, a la buena sociedad. La voluntad tecnológica dominante arrasa el sentido común.

Esta impresora de comida permitirá que se "introduzcan 'tintas' del alimento crudo en la parte superior de la máquina, se 'descargue' la receta -o ‘FabApp’- y que la máquina haga el resto. FabApps le
permitiría modificar a su gusto los alimentos, la textura y otras propiedades', afirma el doctor Ian Jeffrey Lipton, quien lidera el proyecto"

Pero dejar a la tecnociencia y a la industria asociada a ella sin control social conduce a todos los desvaríos y a las mayores estupideces. Permite que las prácticas científicas se dirijan hacia territorios banales justificados sólo por las promesas de rentabilidad económica futura para los laboratorios que financian los proyectos. El famoso I + D + I, mantra de las políticas públicas de desarrollo
tecnológico, no distingue entre proyectos: todo vale mientras existan esas promesas "y se cree empleo". El sistema educativo y formativo participará aportando las "competencias" humanas necesarias para que los engranajes y los chips continúen funcionando.

Pero: ¿dentro de qué jerarquía de valores y necesidades colectivas un desarrollo como el de la impresora de alimentos es relevante? ¿dónde
se encuentra el bien común que justifique la inversión de recursos sociales en este campo, abandonando otros? ¿quién legitima seguir en
los procesos de tecnologización, industrialización y mercantilización de prácticas sociales como la alimentación y la cocina?

No hay dirección ni sentidos socioteconológicos únicos. Para cada práctica tecnocientífica hegemónica es posible pensar en alternativas contrahegemónicas. Para cada delirio del poder tecnocentífico es
posible oponer razones comunitarias. Para cada codificación y tecnologización vertical de las prácticas sociales es posible pensar en procesos horizontales y participativos de innovación. La voluntad tecnológica puede ser encauzada a partir de otros proyectos y otras orientaciones sociales, entre ellas, evidentemente, la decrecentista.
La apuesta por el decrecimiento debe pensar en nuevas formas sociales de producción y apropiación de lo producido dentro de pautas que no rechacen la tecnología sino que la traduzcan y entretejan con las
prácticas de los sujetos que sostienen dicha apuesta.

“¿Qué pasaría si usted pudiera recibir la tarta de manzana casera de su mamá enviada por correo electrónico y con la posibilidad de imprimir el plato en casa?", pregunta el científico. No se a usted,
pero a mí me daría un poquito de asquito.

Suricato

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