Las libertades individuales abusadas por la mercantilización del espacio público


Por Christophe Renner y Claude LLena.

Traducido por Yannick De La Fuente para Entropia La Revue

"Nos podemos desarrollar sólo en una sociedad de consumo excesivo. Este superávit es el sistema necesario ... Este sistema frágil se mantiene sólo a través del culto del deseo "

Jacques Seguela, El dinero no tiene ideas, las ideas sólo son dinero, Le Seuil, París, 1993.
En una sociedad en la que el objeto es promovido como una finalidad, la comunicación mercantil ocupa todos los espacios disponibles (el espacio público como el espacio privado, hasta en nuestros buzones). El sistema de mercado ha logrado ocupar el espacio íntimo y colonizar los imaginarios hasta presentarse como el aliado de la modernidad. Este fetichismo de la mercancía ha santificado los medios (los objetos, lo material) para convertirlos en una finalidad y al mismo tiempo ha profanado lo sagrado (las relaciones humanas, la fraternidad ...) imponiendo un funcionamiento centrado en la racionalidad. Pero llevada a su extremo, esta última no se está convirtiendo en irracional ? ¿Acaso hemos olvidado la razón de Aristóteles ?

Sin embargo, la publicidad, que conlleva sus contradicciones y frustraciones, es a la vez simbólicamente y financieramente frágil, basta ver el espacio que ocupa en los presupuestos locales. Para una ciudad como Montpellier, los ingresos por los carteles publicitarios en 2006 representan el 0,03% de los ingresos de la ciudad, o sea 78 132 € en un presupuesto total de 241 millones de euros. Lo mismo para el 2007 con una facturación de 91 000 €. A ese precio, se podría decir, ¿por qué no eliminar del todo la publicidad en el espacio público ? La pregunta parece legítima conforme con el deseo de los franceses, favorables en general a una reducción de su superficie. ¿No es esto una prueba más de la connivencia entre el poder del mercado y el poder político ?

Físicamente, si la publicidad puede ocupar varios tipos de medios de comunicación (periódicos, televisión, radio ...), nos concentraremos aquí en los espacios públicos. Porque si nos tomamos el tiempo para compararlos, uno solo es ineludible, inevitable : los carteles. De hecho, podemos evitar los anuncios en televisión, o incluso apagarla. Podemos pasar las páginas de publicidad en periódicos o revistas e incluso cortar el radio cuando hay comerciales como solíamos decir durante el período de bienestar en Francia durante las llamadas treinta gloriosas... En todos estos casos, podemos evitar los anuncios publicitarios. Mantenemos nuestra libertad de censura. Pero esto no es el caso de los grandes carteles que se imponen en el espacio público. Todos ellos son un asalto a nuestra libertad de respuesta. Esta información comercial no solicitada se impone he impregna nuestro cerebro de mensajes que parasitan la percepción de la vida y la realidad. ¡Es como si nuestra televisión (o radio) se prendiera para los comerciales ! Pero para muchas empresas no comunicar, significa perder terreno frente a la competencia. No ocupar el espacio es renunciar a las representaciones simbólicas que existen en los consumidores. De ahí la necesidad de una presencia permanente que mantiene la ilusión del "yo existo porque comunico". Esta lógica es más imperante dado que el consumidor es el que paga. La publicidad se convierte en un costo incorporado en el precio de venta del objeto. El consumidor es a la vez consciente o inconsciente víctima y el que la costea. Entonces, no es de extrañar que esté omnipresente. Somos los primeros eslabones en la cadena de la publicidad ya que la financiamos directamente por el consumo. Este sometimiento voluntario nos lleva a mantener el consenso que favorece la ilusión mercantil.

Más allá de esta presencia hiper-mediática, la ubicuidad de los comerciales y su integración en el espacio público han cambiado los comportamientos, imponiendo sus referencias estéticas. Las supermodelos de los años 80 y su apariencia esquelética letal incluso han contribuido en gran medida a los cambios de comportamiento de miles de jóvenes y adultas. El año 2000 no han hecho mejor con el establecimiento del todoterreno como referente último del aventurero urbano que todos sueñan ser. Por los valores que sustenta el mensaje, somos este aventurero urbano conduciendo este vehículo en busca de libertad a menudo enardecido por la publicidad. Somos sin duda alguna la generación más alienada en la historia de los seres humanos de este planeta. Este sistema nos está llevando a ser un homoeconomicus o hombre unidimensional, cuyo único fin es el consumo o la producción. La escuela es también el primer peldaño. Frente a tales factores determinantes de gran alcance, con la ilusión de la libertad, se está desarrollando un sometimiento y la oferta de publicitaria es una de sus primeras expresiones.

Y si hubiéramos olvidado el camino de la razón ? A fuerza de desarrollar nuestra parte racional, no estamos avanzando hacia lo irracional ? Sin embargo, la sociedad del espectáculo no tiene límites. 

Los productos ofrecidos son siempre más innovadores que los demás ... obsoletos a corto plazo, y fabricados por los empleados deslocalizados mal pagados y en condiciones de vida y de trabajo inaceptables, son parte de la ilusión comercial. Por ejemplo, el teléfono móvil en sí combina estas tres características.A la vez está producido en condiciones deplorables de trabajo, tiene una obsolescencia récord e incluye un metal raro : el Coltan, que se halla sobre todo en algunas partes de África asolada por conflictos por el control de yacimientos permanentes. Y sin embargo, no hay duda, con sus pantallas planas, es el líder de los carteles.

Para pecibir la toxicidad de este bombardeo psicológico, sólo hay que considerar el número de anuncios que se dirigen a diario a los niños en el camino de casa hasta la escuela. Uno piensa inmediatamente en MacDonald. Esta compañía no sería nada sin la publicidad. Es capaz de generar necesidades y vender hamburguesas se supone que para complacer a todos o sea, a nadie. El aumento del número de niños con sobrepeso es un factor inquietante en el comportamiento alimentario de estos jóvenes, literalmente, reos de la voracidad de los grandes grupos industriales del sector agroalimentario, tales como McDonald’s. En ellos se destacan las campañas publicitarias más feroces para captar a estos consumidores jóvenes y degradar al mismo tiempo, el bienestar de los seres humanos.

Incluso si la batalla es a menudo desigual acaso se debe ceder a estos mercenarios del espacio público ? Cómo reconocer el carácter nocivo de estos mensajes, o por lo mínimo,la necesidad de aplicar el principio de precaución. Nuestros niños tienen el derecho de acusarnos de haber dejado que esto haya podido ser.

Claude Llena, socio-economista, opositor al crecimiento y Christophe Renner objetor de crecimiento y destornillador/déboulonneurs. (Del movimiento de los que quitan los carteles en las ciudades destornillándolos)

Principios de Permacultura

Los principios de diseño de Holmgren

http://permacultureprinciples.com/es/

En su libro „Permaculture – Principles and pathways beyond sustanabiliy“, publicado en 2002, David Holmgren ofrece una evolución conceptual de permacultura, actualizada y adaptada a los desafíos del nuevo milenio.
Propone permacultura como instrumento para una transición productiva de una sociedad industrial de alto consumo energético hacia una cultura sostenible, para desarrollar una visión de adaptación creativa para un mundo, donde los recursos naturales y la energía serán cada vez más escasas.
A cada uno de estos doce principios de diseño dedica un capítulo entero (13)




1. Observar e interactuar

Observación cuidadosa de los procesos sistémicos e interacción consciente con los elementos del sistema. Descubrir „puntos de palanca“, para lograr el máximo efecto con mínima interferencia.

2. Captar y almacenar energía

Redescubrimiento e uso adecuado de los almacenes de energía, las cuales en todas las culturas preindustriales fueron patrimonios naturales esenciales para sobrevivencia: Agua, suelos, semillas y árboles. Una prioridad es la progresiva autonomía local y bioregional, para independizarse cada vez mas de los sistemas globalizados de alto consumo energético

3. Obtener un rendimiento

Si bién es importante la reconstrucción de capital natural para el futuro, tenemos que satisfacer también nuestras necesidades de ahora. Rendimiento, beneficio o ingresos funcionan como recompensa que anima mantenimiento y/o replicación del sistema que los generó (retroalimentación positiva).

4. Aplicar autorregulación y aceptar retroalimentación

Descubrir y utilizar procesos de autoregulación en los sistemas. Integrar el desarrollo de culturas y comportamientos sensibles a las señales de la naturaleza para prevenir la sobreexplotación (retroalimentación negativa).
5. Usar y valorar los recursos y servicios renovables

Uso cauteloso pero productivo de recursos renovables (sol, viento, agua, biomasa). Reducir el empleo de recursos no-renovables.
6. No producir desperdicios

Emplear „cascada“para evitar los desechos: Rechazar, reducir, reutilizar, reparar, reciclar
7. Diseñar desde patrones hacia los detalles

Diseño exitoso necesita un entendimiento de los patrones „superiores“de la naturaleza. Los detalles planeados y deseados de un proyecto de permacultura toman en cuenta estos patrones y se desarrollan conforme a ellos. 
8. Integrar más que segregar

Las relaciones entre los elementos son tan importantes como los elementos en sí mismos. Ubicarlos de modo que cada uno sirva las necesidades y acepte los productos de otros elementos. Co-operación de múltiples elementos en vez de eliminación de algunos y competencia entre ellos.
9. Utilizar soluciones lentas y pequeñas

Estrategias pequeñas y lentas mantienen los sistemas a escala humana y son más productivos a largo plazo que los proyectos grandes que necesitan de mucho tiempo, energía, y recursos.
10. Usar y valorar la diversidad

Uso, conservación y ampliación de la diversidad de elementos en los sistemas. Esto asegura su estabilidad y resiliencia (14), y hace posible su auto-organización a largo plazo.
11. Usar los bordes y valorar lo marginal

Descubrir la riqueza de los bordes/ límites entre los sistemas y usarlos productivamente 
12. Usar y responder creativamente al cambio

Uso creativo de los ciclos, pulsos y procesos de sucesión naturales, para poder reaccionar a los desafíos del futuro adecuadamente.
Wiki de Círculos de Estudio

El cuidado de la vida humana y de la tierra: una mirada desde las mujeres


Hortensia Fernández Medrano
 
En todos los tiempos y en todas las culturas las mujeres se han ocupado del cuidado de la vida humana, actividad sin la cual esta no es posible. A estas tareas de cuidado, les hemos dado el nombre de tareas de sostenibilidad de la vida humana porque son imprescindibles para la supervivencia de la especie humana, pero en realidad se trata de tareas muy diferentes en cuanto a su naturaleza y carácter.

El carácter humano (tanto biológico como social) de estas tareas, corresponde a los cuidados realizados a lo largo del ciclo biológico de las personas y que se derivan del hecho de poseer un cuerpo que nace, crece, envejece y muere. Muchas veces nos referimos a tareas que son actos monótonos y repetitivos pero necesarios como preparar alimentos, lavar, limpiar, etc. más bien propias del trabajo doméstico pero también a las relaciones afectivas que estos cuidados acompañan.

Estas tareas incluyen los cuidados prolongados realizados a lo largo de la infancia y gracias a los cuales las crías humanas nacidas en total estado de indefensión y dependencia pueden llegar a sobrevivir y superar su animalidad humanizándose.

En el proceso evolutivo de los humanos el hecho más significativo que distingue a la especie humana del resto de los animales e incluso de otros primates antropomorfos como gorilas, chimpancés y orangutanes es justamente el hecho de ser la única especie en la que se realizan cuidados prolongados en las crías. Se trata de una consecuencia derivada del hecho de la reducción del canal pélvico en las mujeres como adaptación a la bipedestación, que ha dificultado el parto en las mujeres y ha provocado alumbramientos precoces, cuando la maduración neuronal del feto no ha sido completada.

El precio a pagar por la adquisición de la posición bípeda es el nacimiento de crías inmaduras nacidas antes de terminar su encefalización, con la necesidad de ser cuidados después del nacimiento, pero a su vez este hecho ha sido la causa del gran desarrollo del cerebro humano adulto que llega a multiplicar por cuatro su volumen respecto al cerebro del neonato, mientras que en otros primates como los chimpancés éste no pasa de ser ni el doble en estado adulto.

El conflicto entre locomoción y capacidad cerebral se resolvió gracias a la prolongación de la tasa de crecimiento fetal del cerebro de forma extrauterina en el neonato hasta los 12 meses. Esta solución supone que los niños nacen con una gran indefensión e inmadurez neuromotriz que confiere a la especie humana un largo periodo de cuidados y aprendizaje único entre todas las especies animales y que ha tenido una importancia vital en el desarrollo intelectual y cultural de la humanidad.

La prolongación del desarrollo del feto de forma extrauterina y la innovación de la niñez (periodo comprendido entre los 2 y 7 años) como rasgo adaptativo de la especie humana ha permitido un largo periodo de aprendizaje en el que poder transmitir pautas culturales y conocimientos como el lenguaje, por lo que el cuidado tiene una importancia vital en el desarrollo intelectual y cultural de la humanidad ya que sin él no hay maduración neuronal ni transmisión de cultura ni por lo tanto civilización. Por lo tanto, esta característica única entre los animales va a ser la que permita a un niño recién nacido llegar a transformarse en persona.

Como dice la ecofeminista Ynestra King: “La humanidad emerge desde la naturaleza no humana, es decir, que el proceso de educación de un infante humano sin socializar e indiferenciado que se transforma en persona adulta es el puente entre la naturaleza y la cultura”.

Los cuidados de carácter humano también implican proporcionar atenciones especiales a las personas más desvalidas del grupo como enfermos y ancianos que les permitan sobrevivir como lo demuestra el hallazgo de fósiles humanos muy antiguos en Dmanisi (Georgia), de unos 1,6 -1,8 millones de años, en los que ya se puede observar que han conseguido sobrevivir a la enfermedad y a la decadencia física gracias al cuidado realizado por otros miembros de la comunidad. De forma general, estos cuidados significan atender las necesidades de los cuerpos, de forma natural para que la vida continúe, lo cual implica cosas normales y corrientes pero necesarias como cocinar, alimentar, lavar, limpiar, acompañar… o preocuparse de que todo funcione.

En cambio, los cuidados de carácter eminentemente social son los que permiten que las personas no sólo puedan sobrevivir sino alcanzar unos niveles de existencia en condiciones de suficiencia y equidad con el resto de la humanidad como son el acceso al agua, al alimento, a la energía, a la vivienda, a la educación y a la sanidad. Por ello, estos cuidados incluyen la atención a las comunidades en riesgo de exclusión por la pobreza o afectados por los rigores climáticos, las sequías, las hambrunas, los conflictos bélicos, las catástrofes o los desplazamientos provocados por las políticas neoliberales aplicadas a los países empobrecidos. Pero también satisfacen necesidades no forzosamente biológicas pero que implican un nivel de existencia digno (nos referimos a necesidades de tipo afectivo, cultural o psicológico, entre otras las que suponen un bienestar para la humanidad).

En todas estas situaciones, sabemos que las mujeres han tenido un papel clave en la gestión de la escasez y en la resolución de los conflictos por su especial relación con la corporeidad, debida a la división del trabajo en función del sexo y no a su particular biología.

Y también hay un aspecto ecológico o de relación con la naturaleza en estos cuidados derivado del hecho de que nuestro destino está interconectado con el de la biosfera. El reconocimiento de esta dependencia nos obliga a cuidarla y admitir la existencia de Gaia como un mecanismo de regulación de la biosfera que da primacía a la vida sobre todas las demás características.

En la visión de Gaia de Lovelock-Margulis se considera al planeta Tierra como resultado de la acción de los seres vivos, tanto sobre la atmósfera actual como sobre la hidrosfera, o los materiales de la corteza terrestre, y no al revés, es decir, que no es que las condiciones especiales de la tierra hayan permitido el desarrollo y evolución de la vida sobre la tierra, sino que es la vida quien ha determinado el desarrollo y evolución de las condiciones adecuadas para la vida sobre la tierra.

El abuso y explotación que hemos hecho de los recursos naturales como si fuesen ilimitados nos ha llevado a una situación en la que hemos puesto en peligro nuestra permanencia en la Tierra, ya que como ha dicho el ecólogo Ramón Margalef: “Gaia puede prescindir de la especie humana si no la respetamos pero nosotros no podemos prescindir de ella”por lo que cuidar de la Tierra es también ocuparse de la supervivencia o sostenibilidad de la especie humana. 

ANALOGÍAS ENTRE LA EXPLOTACIÓN DE LA NATURALEZA Y EL TRABAJO DE LAS MUJERES
Como dice Marilyn Waring en su libro Si las mujeres contaran: “El trato que se da a la madre tierra y el que se da a las mujeres y los niños dentro del sistema de contabilidad nacional presentan múltiples paralelismos fundamentales, no presta ninguna atención a la preservación de los recursos naturales ni al trabajo de la mayor parte de sus habitantes ni al trabajo no remunerado de la reproducción de la misma vida humana así como a su manutención y cuidado. El sistema no puede responder a valores a los que se niega reconocimiento”.

En efecto, la extracción de madera, carbón o petróleo tiene mucho que ver con la explotación del trabajo de las mujeres, y es algo de lo que se ha apropiado la sociedad capitalista-patriarcal, al no valorar ni la energía solar de la que depende toda la producción de vida en nuestro planeta y por lo tanto todos nuestros recursos fósiles ni la energía de las mujeres ligada al cuidado de la vida humana: ni una ni otra aparecen internalizadas en el PIB, luego no existen desde el punto de vista de nuestra economía.

En ese sentido, los países del Norte tienen contraída una deuda con los países del Sur como consecuencia de la expoliación a que han sido sometidos por los países colonizadores que se han apropiado sistemáticamente de todas sus riquezas, así como las que han seguido después, y que han supuesto deforestación y pérdida de biodiversidad en sus cultivos para poder pagar la deuda externa, impuesta por nuestro modelo de desarrollo. A esta deuda desde el ecologismo y la economía ecológica se le ha atribuido el nombre de deuda ecológica.

Con esta denominación se intenta subvertir el concepto de deuda externa según el cual se admite que son los países en vías de desarrollo los que deben algo a los países desarrollados a través de los créditos realizados por el FMI y BM sin tener en cuenta los fabulosos intereses obtenidos por estos últimos ni el empobrecimiento de las comunidades de los países en vías de desarrollo producido por la aplicación de las políticas de ajuste estructural que han supuesto el deterioro de las escasas políticas sociales existentes, mediante el recorte de los presupuestos del gasto público.

Del mismo modo, podemos decir que la humanidad tiene contraída una deuda con las mujeres por el trabajo de cuidado y sostenimiento de la vida realizado a lo largo de todo el ciclo de la vida humana en todas las sociedades, como en sacar adelante a las comunidades en situación de conflicto o hambre, tarea que enaltece a la especie humana y sin la cual nuestro mundo se convierte en una jungla sin solidaridad, en la que se implantan los mecanismos de salvación individual.

Y así como el pago de la deuda externa no reconoce la deuda históricamente contraída por el Norte hacia el Sur, el pago de esta deuda no tiene nada que ver con las políticas de igualdad, ya que no tienen en cuenta la deuda de orden simbólico hacia las mujeres.

CRISIS ECOLOGICA Y CRISIS DE LOS CUIDADOS

Hemos intensificado los ritmos de explotación y hemos creado una crisis ecológica y una crisis de los cuidados irresolubles dentro de este modelo económico depredador y patriarcal.

Nuestro sistema de explotación de la naturaleza basado pura y simplemente en la extracción, aunque eufemísticamente lo llamemos producción ha tocado fondo: después de años de extracción continua, el petróleo está a punto de agotarse o por lo menos el petróleo barato. Ahora cada vez habrá que invertir más esfuerzo y tecnología en la extracción de lo que nos queda una vez alcanzado el peak-oil, por lo que cada vez será más caro.

Reducir el consumo en el norte y desarrollar energías renovables como las derivadas del aprovechamiento de la energía solar o eólica que ya en este momento permiten atender nuestras necesidades mas básicas, debería ser una de nuestras prioridades más acuciantes, que sólo la ceguera política o los intereses de los monopolios eléctricos o los derivados del sector petrolero impiden poner en marcha.
Por otra parte, nuestra economía basada exclusivamente en los combustibles fósiles o paleoeconomía está llegando a su fin con los problemas creados con las emisiones de CO2 que están acelerando el cambio climático a un ritmo sin precedentes, con lo que la supervivencia de la especie humana en condiciones de dignidad y de equidad está amenazada.

Y, como siempre, serán los pueblos en vías de desarrollo los primeros en sufrir las consecuencias de las sequías y de la escasez, al convertirlos en áreas de monocultivos de agrocombustibles, con grandes riesgos de vulnerabilidad ecológica de sus ecosistemas al disminuir la diversidad de sus cultivos con el único objetivo de no renunciar a nada y seguir con nuestro modelo de consumo en el mundo desarrollado.

Nuestras políticas alimentarias del Norte están causando graves problemas en el Sur al obligar a muchas poblaciones a abandonar los cultivos tradicionales de productos básicos para su alimentación y a renunciar a su soberanía alimentaria. Al tener que competir con productos importados de los países del norte producidos con precios subvencionados. Esta es una consecuencia de la aplicación de las políticas neoliberales de la OMC, políticas que han provocado el desplazamiento de campesin@s que vivían de una economía de subsistencia a las urbes superpobladas y empobrecidas del país, entrando en el ciclo infernal de la miseria.

Entre est@s, las mujeres son las más afectadas ya que son las que se han ocupado siempre del sustento de la vida o como lo ha llamado Maria Mies de la producción de vida, “porque ellas no sólo consumen y recolectan lo que creció en la naturaleza sino que hacen que las cosas crezcan”para mantener y alimentar al grupo familiar. De ahí, la mayor implicación de las mujeres en este movimiento por la soberanía alimentaria, como es la Marcha Mundial de Mujeres.

En cuanto a lo que hemos llamado crisis de los cuidados, en el momento en que las mujeres, con su incorporación masiva al mercado de trabajo han dejado de realizar en mayor o menor proporción este trabajo de cuidado no remunerado, se ha creado un vacío en la cobertura de este servicio que el sistema no ha cubierto de ninguna forma, con lo que se empiezan a crear problemas de personas mal atendidas en nuestra sociedad (sobre todo mayores y niños), situación a la que nosotras llamamos crisis de los cuidados, irresolubles dentro de este sistema de reparto desigual del trabajo de cuidado.

Además hemos transferido el problema a los países del Sur, donde cada vez se acentuarán más los problemas de desatención de niños y mayores, al provocarse una emigración de cuidadoras, constituidas fundamentalmente por mujeres jóvenes que dejan a sus hijos y familias para atender a las nuestras, o sea que la desatención en el mejor de los casos, la hemos trasladado a los países del Sur, dando lugar a lo que hemos llamado globalización del trabajo de cuidado.

Cabría encontrar otro modelo más armónico con la naturaleza y entre los humanos y humanas, independientemente del género o lugar de procedencia donde se respeten los bienes naturales y se comparta el trabajo de cuidado entre hombres y mujeres para hacer nuestro modelo más sostenible ya que, como decía nuestra compañera Anna Bosch:“las sociedades modernas han olvidado que la condición básica para seguir existiendo en tanto que humanidad es vivir arraigadas a la tierra y manifestándonos con un cuerpo”.

BIBLIOGRAFÍA
BERMÚDEZ DE CASTRO, José Mª: El chico de la Gran Dolina. Crítica. Barcelona, 2002.
BOSCH Anna, Maria Inés AMOROSO y Hortensia FERNÁNDEZ: Arraigadas en la tierra ( Malabaristas de la vida). Icaria. Barcelona, 2003.
KING,Ynestra: Curando las heridas: feminismo, ecología y el dualismo naturaleza-cultura. Ecorama, 1997.
LOVELOCK J. Las edades de Gaia.. Tusquets Col. Metatemas. Barcelona, 1993.
MIES Maria y Vandana SHIVA: Ecofeminismo. Icaria.Barcelona, 1993.
WARING Marilyn: Si las mujeres contaran. Vindicación Feminista, Madrid, 1994.
Intervención presentada con ocasión del Forum Social Catalá, dedicado a La Crisis y celebrado los días 30 y 31 de enero de 2010 en Barcelona

Una sociedad mejor


Podemos, y sabemos que podemos, estructurar una sociedad nueva, una sociedad mejor. ¿Cómo hacerlo? Leamos a Kropotkin:


Rechazando la ley, la religión y la autoridad, la humanidad vuelve a tomar posesión del principio moral que se había dejado arrebatar a fin de someterle a la víctima y de purgarle de las adulteraciones con que las autoridades la habían envenenado y continúan envenenándolo. Buscamos la igualdad en las relaciones mutuas y la solidaridad que de ello resulta.

Las consecuencias, con ser evidentes, son revolucionarias. Por lo pronto, no buscamos la justicia (a cada quien según su trabajo) sino la generosidad (a cada quien según su necesidad), sin mediadores que terminan asumiendo el papel de benefactores a quien, por darnos lo que colectivamente nos pertenece, les debemos agradecimiento eterno. Todo el problema de la miseria, de la desocupación, de la degradación humana que conlleva se soluciona si, en lugar de dar a cada uno según su trabajo, se le diera según sus necesidades. ¿Qué cómo se hace? Si tenemos resuelto qué hacer, el cómo no es tanto problema y para resolverlo estamos todos, que juntos iremos resolviendo cada caso en cada circunstancia. Lo principal es que adoptemos esa dirección para marchar en lo colectivo. ¿Qué habrá errores? Si, por supuesto, pero ¿acaso ahora es perfecto?. Creo que dada la actual circunstancia, cualquier cambio, mejora.

La preocupación por resolver para el anarquismo, a diferencia del comunismo o del liberalismo que coinciden en centrarse en lo económico, es el de la vida. El anarco sindicalismo siempre tuvo esto claro y decía: Si los trabajadores no han adquirido un grado superior de cultura moral, las transformaciones económicas no tendrán lugar.

La vida no se puede guardar, la vida se vive gastándola. Como los besos, que no se pueden guardar besos para el futuro porque beso que no se da, se pierde. Así deben ser las relaciones entre los hombres, que nos permitan gastar la vida en la generosidad con el otro, que se revierte en al generosidad del otro para conmigo. En esto si que no somos igualitarios, porque la manera de incrementar la felicidad es tratando todos de dar más de lo que se recibe. Si diéramos lo equitativo, entonces la marcha de la sociedad se detiene, porque la vida no es una relación de equilibrio, sino de compensaciones armónicas de progreso indefinido. Como dice Kropotkin, lo que se admira del hombre moral es su exuberancia de vida, que lo impulsa a dar su inteligencia, sus sentimientos, sus actos, sin pedir nada a cambio, pero recibiéndolo de todas maneras porque los otros lo reciprocan. Pero este desequilibrio no puede ser tal que un grupo, el que gobierna, siempre reciba en forma permanente y obligatoria porque son gobierno.

Pero esta generosidad no debemos confundirla con beneficencia, ni el tan elogiado espíritu altruista como contrapuesto al egoísmo, ni tampoco es angelismo. Como dice Atahualpa Yupanqui, despreciamos la caridad por la vergüenza que encierra. No es que debamos sacrificar nuestra individualidad en beneficio de la sociedad, como si la felicidad del individuo fuera algo distinto a la del colectivo, como sostiene el liberalismo. Si pretendemos vivir una vida plena, intensa, de realización de nuestras mayores posibilidades, esto sólo lo podemos lograr en el seno de una comunidad que la haga posible, reunido con todos los otros y no a pesar de los otros ni contra los otros. Por eso la distinción entre altruismo y egoísmo es absurda porque, como dice Godwin, No hay estrictamente derechos sino exigencias de apoyar a los demás bajo una tónica de reciprocidad.

La anarquía, método y moral. Alfredo Vallota

Entrevista a Joaquín Sempere


“Cuando los bancos o los financieros hablan de crecimiento”, explica el sociólogo Joaquín sempere, “no tiene nada que ver con el progreso humano, con la necesidad real, sino con un único concepto: aumentar, aumentar, aumentar siempre el volumen de la economía”

—Incluso sin saber muy bien para qué se aumenta
—Exacto. Ahí está la gran pregunta: ¿Para qué? Es normal que cuando uno esté en la pobreza incrementando y mejorando su alimentación, su espacio vital, sus comodidades, pero si se piensa que eso puede crecer indefinidamente ya cobra un nuevo sentido.

—Teniendo un techo y comiendo tres veces al día ¿para qué crecer más?
—Ésa es justamente la pregunta que no sólo indica lógica sino que hoy adquiere unas características nuevas porque resulta que la población mundial en sólo 200 años se ha multiplicado por siete, la huella ecológica se ha multiplicado por mucho más (hay quien dice que por cincuenta o sesenta) y el impacto humano sobre la superficie de la tierra, sobre la biosfera, es ya descomunal y estamos llegando al límite. De hecho hay investigadores que advierten seriamente de que estamos llegando ya al límite y esa pregunta que plantea adquiere un valor cualitativamente distinto, un valor de supervivencia de la especie.

—¿La solución es el decrecimiento o sólo es un concepto de moda?
—Es que la palabra decrecimiento no me gusta mucho para describir lo que debería buscarse, me satisface más la expresión de una economía ecológicamente sostenible.

—¿Cómo llegar a ella?
—Pues en algunos aspectos efectivamente habrá que decrecer, sobre todo en los países más ricos donde claramente nos hemos pasado y consumimos más de la cuenta innecesariamente y estamos socavando las bases naturales de la vida para las generaciones futuras y incluso para las generaciones presentes de los países más pobres. Y por tanto ahí sí que habrá que decrecer pero en otros no, en otros habrá que crecer como por ejemplo en energías renovables o en el Tercer Mundo e incluso aquí hay sectores pobres que necesitan aumentar su nivel de vida. De modo que creo que si se habla tanto de decrecimiento es por un fenómeno de moda. Alguien (alguien importante) lanzó la idea hace muchos años, fue un economista que es uno de los padres de economía ecológica, y luego se ha retomado en estos últimos diez años, sobre todo en Francia e Italia y efectivamente decrecimiento es un término que ha hecho fortuna pero en el fondo creo que la mayoría estaría de acuerdo en que esa no es la idea central sino la economía sostenible.

—¿Parar?
—Parar, si, antes se habló también de crecimiento cero o de estado estacionario de la economía, que vendría ser eso. La gracia del concepto de decrecimiento es su impacto publicitario: ¿quereis crecimiento? Pues no sólo proponemos crecimiento cero sino decrecimiento.

—¿Este tipo de medidas las veremos o no tenemos remedio?
—Aquí hay que verlo desde varios puntos de vista: uno es que algunos de los que hablan del decrecimiento lo ven como un programa de vida y de acción, lo cual a mi me parece bien, que haya un programa de acción. Pero se puede ver desde otro punto de vista: la realidad misma nos va a imponer el racionamiento, nos va a provocar colapsos, un caso clarísimo es el del petróleo, que se va a acabar y todo el mundo lo sabe aunque nadie lo diga y de hecho hay quien sostiene que ya actualmente hemos entrado en la fase de declive y realmente puede ser que sea así. Es el dicho: ¿no quieres dejar el consumo, parar de consumir? Tranquilo que la realidad te va a obligar a ello, te lo va a imponer. Y si no hay gente que ha hecho ese discurso de decrecimiento, crecimiento cero, de la frugalidad, si nadie ha pensado en eso ni lo ha divulgado, seguiremos con los mismos mitos de que es posible seguir creciendo y hay que acabar con ellos.

—¿Y qué esperan que suceda entonces? ¿Más guerras para empezar?
—Si sucede eso podrían ocurrir consecuencias políticas muy desagradables o muy desastrosas: para empezar líderes populistas que prometan el oro y el moro, el mensaje de “no os preocupéis que esto yo lo arreglo”. ¿Y cómo lo va a arreglar? Hay varias maneras porque el mundo es muy grande y está muy desigualmente repartido, y puede ser que una parte de la humanidad, la que tiene más dinero, tecnología y armas, se imponga a los demás, entonces podemos entrar en una era de desórdenes, de guerras y de aventuras imperialistas. El caso de Irak está ahí y nada garantiza que no haya más casos semejantes en el futuro. A lo que creo en general es que más que a una reducción del consumo voluntaria iremos a una frugalidad impuesta por la realidad misma y que si no hay programas de acción individual, colectiva y política también para administrar adecuadamente esta escasez de recursos que se nos viene encima, si no hay racionalidad en este punto y espíritu de solidaridad podemos entrar en una fase regresiva de decadencia de la civilización, de disgregación social y de conflictividad dentro y fuera de los países.

Joaquín Semprere es profesor de Sociología de la Universidad de Barcelona y autor de diversas obras sobre la explosión consumista, el final de los combustibles no renovables y la crisis ecológica. Sus campos de investigación preferentes se centran en las necesidades humanas y ambientales. Participó en la Semana Galega de Filosofía 2010 con una ponencia sobre el decrecimiento.


Entrevista en El Faro de Vigo:"¿No quiere parar de consumir? Tranquilo que ya te obligará la realidad a ello"."Hay que acabar con el mito de que podemos seguir creciendo"

Decrecimiento: Un término que convoca


Yayo Herrero

Existe la duda de si el término decrecimiento, en estos tiempos de crisis económica puede ser atractivo o no. De momento, la evidencia empírica es que en donde se convoca cualquier charla o taller que lleva decrecimiento en el título, la afluencia es numerosa. Desde este punto de vista y teniendo en cuenta que una buena parte de los planteamientos son los que venimos haciendo desde hace tiempo con un éxito discreto en la capacidad de convocar, tenemos que reconocer que el término puede que haya sido un acierto aunque no se nos haya ocurrido a nosotros, quizás no desde la pureza de las categorías económicas (extremo que nunca ha pretendido cumplir), pero sí desde la capacidad de sorprender y concitar interés, aunque sea para polemizar.

En los últimos meses ha sido una constante recibir invitaciones en ámbitos menos frecuentados anteriormente por el movimiento ecologista para hablar de los mitos de la producción, el crecimiento y el desarrollo. Lo central es poder hablar de lo que nos importa, una vez abierto el debate, la potencia del análisis es tal, que como poco, revuelve muchos de los supuestos mayoritariamente asumidos.

Esto no quiere decir que el discurso le guste a todo el mundo o que no necesite ser explicado. Obviamente, a una buena parte de las personas no les gustará oír hablar de decrecimiento, como tampoco de vivir con menos, de reducción, de austeridad o en definitiva de nada que tenga que ver con ajustarse a los límites del planeta distribuyendo la riqueza y el trabajo (incluidos los de cuidar) con criterios de justicia y equidad. En una sociedad como la nuestra explicar que la producción o el crecimiento son mitos que no se fundamentan en ninguna base física requiere explicación.

Sin embargo cuando podemos explicarlo, como poco, interpela y remueve contradicciones y creencias. Hay voces que recuerdan con buen criterio que no todo tiene que decrecer. Al igual que sabemos bien que en la sociedad del crecimiento no todo crece, efectivamente no todo tiene que mermar. La noción de decrecimiento propone superar la visión hegemónica que reduce la noción de valor a lo monetario; defiende que mirar solamente los indicadores monetarios conduce a celebrar el incremento de sus magnitudes, aunque paralelamente se produzca un deterioro acelerado en el ámbito biofísico.

Los defensores del decrecimiento no pretenden quedarse en el ámbito de lo estrictamente monetario, sino impulsar un cambio en el actual metabolismo de la economía hacia otro modelo que imite y se ajuste a los procesos y límites de la biosfera, tal y como hicieron los seres humanos hasta la civilización industrial. Esto supone adoptar estilos de vida más austeros, viajar menos en transporte motorizado, repartir todos los trabajos socialmente necesarios, garantizar unas rentas mínimas y marcar rentas máximas, recuperar tiempo para la vida y las relaciones, reconocer los saberes de las culturas originarias para transitar a una vida más sencilla, valorar las aportaciones de los feminismos para construir una visión de lo socioeconómico que sitúe el mantenimiento y la reproducción de la vida en el centro y apostar, en definitiva, por una buena vida, sencilla en lo material y rica en los vínculos y en la convivencia.

En cualquier caso y con la que está cayendo es importante compartir espacios, con nuevos o viejos términos, en los que podamos ir sumando esfuerzos a la hora de demostrar que vale la pena optar por una sociedad igualitaria que viva con mucho menos con el fin de evitar un colapso brutal y dramático.

Extraído de 'Menos para vivir mejor' de Yayo Herrero.

La crisis sistémica y el decrecimiento como alternativa


Jose Bellver Soroa

El decrecimiento como alternativa

El concepto de decrecimiento constituye un ariete contra la idea mitológica del crecimiento ilimitado que se mantiene vigente en nuestras sociedades. Constituye por otra parte una palabra que trata de romper con el ya desacreditado concepto de “desarrollo sostenible”, tanto por la retórica que con el mismo se suele hacer, como por el simple hecho de que este último está imbuido de la propia idea de crecimiento, que con la añadidura del adjetivo “sostenible” se intenta pintar de verde. Sin embargo, hasta un niño puede comprender fácilmente que en un medio finito, como es la Tierra, nada puede crecer materialmente de forma indefinida. Por otro lado, es un eslogan más provocativo que “detener el crecimiento” o “crecimiento cero”: se suele decir que el concepto de decrecimiento constituye una “palabra bomba” (Sempere, J., 2009). El simple hecho de que hoy en día se esté hablando cada vez más de ello está de hecho demostrando su efectividad… El contexto de una mayor visibilización en la actualidad de la crisis ecológica a colación de la crisis económico-financiera y de la evidencia del cambio climático ha sido en este sentido favorable. A su vez, son cada vez más los signos de que la mayor opulencia de las sociedades, lograda a través del crecimiento económico, tiene cada vez menos que ver con la felicidad de las personas que constituyen dichas sociedades.

La necesidad de crecer indefinidamente es consustancial al capitalismo, debido a la reducción del “valor” representado en la mercancía a medida que la tecnología sustituye la fuerza de trabajo humana que obliga a que la producción sea permanentemente incrementada (Jappe, A., 2009). Así pues, el decrecimiento en el sentido más literal de reducción de la producción (y por tanto del consumo), es incompatible con el capitalismo. El capitalismo constituye por tanto una huída hacia delante, a pesar de que lo que hay delante es un precipicio. Por ello vale la pena volver hacia atrás, pero no de cualquier forma: esto debe hacerse manteniendo todo aquello que sea rescatable entre lo que hayamos aprendido por el camino.

Por otra parte, a pesar de lo que se suele creer desde ciertos sectores de la izquierda tradicional, quienes defienden la idea del decrecimiento no reniegan de la denuncia por la injusta distribución de la riqueza que se produce en el seno del sistema capitalista, ni tampoco de las agresiones a los “derechos humanos” inherentes a su propia dinámica y a las relaciones de poder que lo sustentan, de la misma forma que el análisis decrecentista no se limita a la preocupación por el deterioro ecológico del planeta. Sí es cierto, no obstante, que pariendo de la crítica ecológica, subyace un análisis que se complementa muy bien con los anteriores problemas, y que permite comprender la inviabilidad de alcanzar ese “otro mundo posible” de forma sostenible, especialmente en todas sus vertientes social y ecológica, en el marco del capitalismo. El movimiento por el decrecimiento disiente por tanto profundamente de visión de parte del movimiento ecologista que defiende la vuelta a una senda de crecimiento con “tecnologías verdes”, así como de la visión de parte de la crítica heredera del marxismo que propone una gestión diferente de la sociedad industrial: el decrecimiento no es un “keynesianismo verde”, y mucho menos un “capitalismo verde” (entre otras cosas, porque como ya hemos comentado, es inviable).

El decrecimiento no sólo supone una crítica frontal al capitalismo, sino una ruptura directa con el productivismo (cuyas pulsiones también embaucaron a las experiencias conocidas por la denominación de “socialismo real”). Ello no implica una “vuelta a las cavernas”, sino simplemente un retorno a los límites físicos de nuestro planeta (rebasados hace un tiempo ya) de una forma social y ecológicamente sostenible. No hay que ocultar, sin embargo, que desde esta perspectiva son muchos los aspectos de las formas de vida tradicionales que cabría recobrar, pero no de forma acrítica e infantil, sino de forma inteligente, al igual que el decrecimiento no implica una ruptura con todo lo que hayamos aprendido desde que la huella ecológica de la humanidad superó la biocapacidad del planeta. Simplemente, se rechaza la esperanza ciega de que surja una tecnología mágica que resuelva todos nuestros problemas. Se prefiere más bien repensar si realmente todo desarrollo tecnológico ha sido positivo para la humanidad, o si al contrario, buena parte del mismo no ha sido el causante de muchos de los problemas que acechan a la misma.

No obstante, el decrecimiento no se propone como una receta ni se plantea como una doctrina cerrada, más bien aspira a la confluencia de diversas tradiciones de transformación radical del sistema (Mosangini, G., 2009). El esquema de transición decrecentista se ubica en tres esferas: la individual, la colectiva y la del cambio político. En lo que a la persona se refiere, ideas como la simplicidad voluntaria, la autoproducción o la reducción de la dependencia del mercado son elementos esenciales y que se oponen frontalmente a la sociedad de consumo. Como seres sociales que somos los humanos, lo individual no puede disociarse de lo colectivo, en donde la autogestión y la autoorganización resultan fundamentales en el planteamiento de iniciativas alternativas como son las cooperativas de producción y las de consumo, los sistemas de intercambio no mercantil, etc.

Finalmente, si todo ello no es acompañado por un cambio político, todas esas iniciativas individuales y colectivas quedarán como reductos marginales y a la larga estarán abocados a desaparecer. Cabe por tanto aquí rescatar y reivindicar múltiples propuestas políticas formuladas desde diversos ámbitos: reducción y reparto del tiempo de trabajo; redistribución de las riquezas (política de salarios máximos; renta mínima como ciudadano (renta básica); banca pública; incremento de la transparencia de la información que atañe a los ciudadanos (información real y comparada sobre los niveles de contaminación y sus consecuencias; cambio de indicadores-referente como el PIB por otros que reflejen mejor la calidad de vida y el bienestar); incremento de la participación colectiva en la toma de decisiones desde lo local; limitación de la publicidad (e instrumentalización con el fin de fomentar la autolimitación y la responsabilidad frente al consumismo desenfrenado); relocalización de la producción (limitar el comercio a larga distancia) y retoma de la agroecología (frente a la actual agricultura tecnificada híper-dependiente del petróleo); rediseño de las ciudades (políticas urbanísticas) conforme a criterios de sostenibilidad medioambiental, en especial en lo que atañe a la movilidad; fomento de tecnologías limpias (basadas en energías renovables); fomento de la prevención frente a la reparación; reconversión de los sectores más contaminantes (aumento de la industria del reciclaje, aprovechamiento de las plantas de fabricación de automóviles para la fabricación de sistemas de cogeneración eléctrica, sustitución de la construcción por la reforma y el mantenimiento inmobiliario, eliminación del uso de sustancias tóxicas en la industria química, lo cual favorecería a todo un tejido industrial basado en la química verde, etc.). Y todo ello debe necesariamente de un fomento de la reducción del consumo en general mediante políticas de gestión de la demanda, incentivos al ahorro, penalización del despilfarro, etc. En definitiva: el decrecimiento no tiene porque significar recesión ni regresión. Es el abandono del objetivo único del crecimiento por el crecimiento y sus consecuencias desastrosas para las personas y el medio ambiente. Se trata finalmente de evitar un decrecimiento forzoso e inequitativo, al que el capitalismo nos está llevando de cabeza, construyendo entre todos y todas un decrecimiento equitativo y socialmente sostenible.

¿Es el decrecimiento por tanto un movimiento anticapitalista revolucionario? La respuesta es que en la medida en que por ello entendamos el hecho de defender la necesidad de una transformación radical de nuestra sociedad y una ruptura con las estructuras establecidas, desde luego que sí. Pero podríamos decir, como lo haría Carlos Taibo (2009) que se trata también de un movimiento de gentes tranquilas que de forma pacífica manifiestan una necesidad de que su felicidad no se reduzca a valores mercantiles.

Extraído de: La crisis sistémica y el decrecimiento como alternativa. Jose Bellver Soroa

Entrevista a un objetor del crecimiento

Entrevista a Joan Surroca I Sens: Un objetor del crecimiento

La crisis, ¿es una oportunidad? ¿Para quién?

Krinein es una palabra griega que significa a la vez crisis y oportunidad. Esta crisis no es nada trágico, depende. Puede ser un fastidio para los olvidados de este mundo, pero es una oportunidad para crecer en humanidad y para ello hay que decrecer económicamente.

O sea, que lo del “desarrollo sostenible”, un “oxímoron” que diría Arcadi?.

No es posible la cuadratura del círculo, como muchos embaucadores nos quieren hacer creer. La crisis actual es una crisis coral: económica, ecológica, financiera, de valores, política, religiosa… Aquí hay tres novedades: por primera vez en la historia de la humanidad, el planeta no puede abastecer nuestras demandas; los logros científicos sin su correspondiente control ético pueden conducir a una catástrofe, y la carrera armamentística, con 27.000 cabezas nucleares almacenadas, tiene el potencial para hacer desaparecer la humanidad y la vida toda del planeta. Saber conducir estos tres grandes retos inéditos sin que medie una tragedia requiere, además de la siempre necesaria suerte, un cambio fenomenal.

¿Existen alternativas solidarias a la crisis?

La alternativa hay que saber buscarla entre todos. No hay lugar para iluminados o populistas (el gran peligro actual). Necesitamos debate, participación, transparencia, renovación política en los personajes y en sus formas. Si participamos, ganaremos la partida, pero hay un empeño enorme para dejarnos permanentemente drogados, atontados. No hay lucidez porque no hay reflexión. No se dispone de tiempo para dejar hablar al silencio. El debate, tan necesario, desaparece porque algunos confunden la democracia como algo que confiere a los elegidos una especie de superioridad automática. No escuchan mientras ocupan el cargo. Las próximas crisis aparecerán cada vez más a menudo y serán más difíciles de superar. Desde mi punto de vista no hay otra salida que un cambio profundo de los valores. Tolstoi lo dejó muy claro: “Todos queremos cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”.

¿Qué relación tiene el decrecimiento con la crisis sistémica actual?

El planeta se halla en una situación muy delicada, en estado de emergencia, porque el sistema se basa en el consumismo enfermizo para poder subsistir. Si todos consumiéramos con la misma voracidad que los habitantes de Estados Unidos de América, necesitaríamos cinco planetas para abastecernos y colocar los deshechos. Hoy hablamos de ecocidio porque cada día desaparecen entre 50 y 200 especies animales y vegetales entre otras irresponsabilidades humanas. Pero también es un verdadero genocidio lo que la humanidad lleva a cabo. ¿De qué otra forma llamar al hecho de que cada día mueran 60.000 personas por no tener lo esencial para sobrevivir? Mantener este ritmo de consumo implica asegurarse nuevos puntos del planeta para extraer energía y materias primas. Y esto se hace provocando guerras y conflictos entre culturas.

Lo que le viene de perlas a los mismos culpables de generar esta situación, ¿verdad?

Claro, los generadores de esta dinámica infernal, tienen así pretextos para cercenar libertades, imponer controles, sembrar miedo, cambiar los sistemas educativos y anular las voces críticas en sus medios de comunicación. Si ahora la demanda humana está superando la biocapacidad, es obvio que nos preguntemos: ¿Qué ocurrirá cuando los países emergentes como China, India o Brasil, quieran emular nuestras cotas de consumo? ¿Cómo pensar que nada va a ocurrir cuando a principios del siglo XIX la población mundial era de 1.000 millones de personas, ahora somos 6.800 millones y el año 2050 es posible que superemos los 10.000?

Define esa filosofía del decrecimiento en dos o tres puntos.

Primero: disminuir la producción económica y así lograr una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza. Segundo: favorecer un mejor entendimiento entre los seres humanos. Tercero: un reparto de los frutos de la Tierra equitativo.

¿Algo más a tener en cuenta?

Sí, que el decrecimiento es un movimiento que no admite liderazgos, ideologías cerradas, ni banderas a seguir. Es más bien un marco que da acogida a todas las personas y grupos alternativos al actual sistema capitalista.

¿Qué tiene que ver el decrecimiento con eso de la huella ecológica?

La Huella Ecológica es un parámetro que sirve para medir objetivamente la demanda de la humanidad sobre la biosfera en términos del área de tierra y mar biológicamente productiva requerida para proporcionar los recursos que utilizamos y para absorber nuestros desechos. Puede hacer referencia a todo el planeta o bien limitarse a calcular un área concreta, sea un estado, una región o una ciudad. Gracias a ella podemos tratar con mucha más fiabilidad los temas de sostenibilidad. La Huella nos muestra, como una fotografía, la realidad y al ver los resultados tan preocupantes, han nacido grupos de apoyo a este movimiento no muy definido y plural que es el decrecimiento.

Pero el decrecimiento no plantea volver a la época de las cavernas, ni vivir peor, ¿cierto?

Al contrario, una sociedad que apueste por la sencillez voluntaria se verá beneficiada automáticamente por un sin fin de satisfacciones. Disminuirán las preocupaciones y neurosis propias de la sociedad competitiva hasta el extremo, consumista sin fin y sin tiempo para gozar de las vivencias que dan sentido a la existencia. Olvidamos que el ser humano, además de unas necesidades básicas materiales, tiene que satisfacer necesidades inmateriales. Nos cuesta más comprender estas últimas porque son necesidades intangibles, abstractas. No tenemos medidores para saber cómo vamos de afecto, creatividad, reconocimiento, disfrute de la amistad, etc.

O sea que tenemos que replantearnos nuestro sistema de vida, porque ya no tenemos margen y la tierra parece que ya dice ¡Basta!

Exacto. No hay margen, y cuanto más tardemos, más cargaremos sobre las espaldas de las futuras generaciones el esfuerzo que requiere reequilibrar nuestros excesos. Deberíamos tener más despierta la responsabilidad intergeneracional. Hay que tener respeto hacia los que nos precedieron y nos dejaron un mundo habitable y respeto hacia las generaciones que tienen derecho a un planeta bello y equilibrado. La velocidad de nuestro tren de vida es tan exagerada que, aunque se diera el caso de ponernos de acuerdo para llegar a unas formas de vida más humanas, el frenazo duraría muchos años antes de que lográramos superar la fase del endeudamiento ecológico.

Vamos, que de recuperarnos en este siglo, después del fracaso de la cumbre de Copenhague, nada.

En el mejor de los casos, se hablaba de que hasta el año 2040 la Tierra no producirá nuevamente por encima de la demanda y, por tanto, no estará en condiciones de volver a generar un saldo positivo de su biocapacidad. Pero efectivamente hoy son unas probabilidades harto difíciles dada la poca capacidad para coger el toro por los cuernos, que hemos visto en las cumbres recientes.

¿Cabe el decrecimiento dentro del capitalismo?

El decrecimiento, no se entiende dentro del sistema capitalista porque éste se basa en crecer infinitamente y no puede parar. Es como quien va en bicicleta; puede mantener el equilibrio parado unos segundos, pero al final pondrá un pie en el suelo. Dejar de crecer económicamente quiere decir crecer en otros sentidos.

¿Entonces habrá que trabajar menos, por ejemplo?

Nuestra cultura se basa en el trabajo como realización. Pero el trabajo no es la vida. Es una obviedad que no tenemos tiempo para nada: la familia está pagando muy caro este modo de vida. No hay tiempo para la educación de los hijos, todo se traslada a la escuela y claro está que la escuela no puede suplir lo que es propio del ámbito familiar. Las generaciones de los mayores no tienen contacto con los pequeños y esto es simplemente un despilfarro que no nos lo podemos permitir. Los abuelos siempre han transferido a los pequeños una serie de valores que son muy útiles para su buen desarrollo. No hay tiempo para la creatividad ni para la celebración. Una sociedad que reduzca drásticamente la jornada laboral volverá a poner su metrónomo al compás humano. Mi esperanza es observar que cada vez hay más grupos, aún minoritarios, que prefieren una vida más sosegada aunque sea ganando algo menos y viven mucho mejor.

¿Es suficiente con que revisemos individualmente nuestro consumo?

Revisar nuestro consumo es un ejercicio de responsabilidad. Cada persona puede mejorar ciertos hábitos y debería hacerlo como si de ella dependiera la salvación del planeta. Pero, con ser imprescindible no es suficiente. Si no hay conciencia social puede aparecer el llamado efecto rebote, es decir, en mi casa pongo bombillas de bajo consumo, construyo una cisterna para recoger aguas pluviales, instalo placas solares en el tejado, cambio mi caldera por otra de biomasa, etc., con lo que produzco unos efectos ecológicos beneficiosos y, además, me ahorro dinero; pero si con ese dinero ahorrado como resultado de unas buenas prácticas, cojo un avión al Caribe, con el CO2 emitido, habré superado muchísimo todo el que con tanto esfuerzo había reducido durante el resto del año. Lo sensato es que en lugar de primar los ingresos se priorice el tiempo libre (siempre que se tengan las necesidades básicas cubiertas, claro está). Ganar algo menos que ponga coto al consumo para gozar de la vida en actividades que no tienen ningún coste y son las más gratificantes.

¿ Entonces es primordial un cambio en la producción?.

Claro que no es suficiente reducir el consumo porque, si no hay soluciones políticas, la ciudadanía se desmoraliza y difícilmente hará un esfuerzo ahorrativo en el consumo, excepto los militantes que son minoría. Si Copenhague ha sido un fracaso a pesar de la urgencia que había en variar las políticas, ¿cómo van a pedir cambios de hábitos a los ciudadanos? Si pretendemos que la micro economía funcione también hay que dar ejemplo desde lo macro. Es más, los políticos mandan mensajes absolutamente contradictorios. Para salvar la crisis, dicen siempre que pueden, hay que consumir. O sea que sí hay que cambiar la producción. Si variar el consumo es harto difícil, mucho más es construir una nueva sociedad basada en otro sistema productivo. Precisamente porque median intereses egoístas de los grandes grupos económicos multinacionales que rigen la política real de los estados. Algunas multinacionales facturan más que el PIB de algunos países. Sólo podremos hacer frente a estos colosos si nos damos cuenta que hay que movilizarse, salir a la calle para poner fin a la más cruel de todas las guerras.

¿ Concreta algunas propuestas mas y dinos si podemos ser optimistas de cara al futuro?.

Repartir el trabajo para evitar, además de los beneficios comentados, una sociedad dual con la mitad de los ciudadanos en permanente situación de trabajo precario o en paro. Modificar los sistemas de transportes, que eliminen grandes trayectos innecesarios, tanto de personas como de mercancías. Favorecer la relocalización de la producción de bienes agrarios, industriales y de servicios. Impulsar una publicidad que se limite a la información de los productos y no a la incitación permanente. Limitarse a las energías naturales, especialmente la solar… en fin, los resultados serían unos sistemas de vida bien diferentes a los que ahora conocemos. Pero hay que confiar porque también se superaron sistemas tan arraigados en su día como el esclavismo, el feudalismo, el mercantilismo… Nadie querría ir para atrás. Hay que mirar el futuro y, si logramos dar una buena respuesta a esta crisis, seguro que a las futuras generaciones les espera un porvenir mucho mejor que nuestro presente.

Poca gente sabe que eres de los pocos o el único que ha ganado una sentencia por tus demandas sobre la Objeción fiscal, ¿Qué te supuso y qué piensas hoy?
Que el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya dictaminara por primera vez una sentencia quitándome la culpabilidad y eximiéndome de pagar las multas por mi objeción a que mi dinero vaya al ejército, es un pequeño paso que debería animar a muchos, pero la Objeción fiscal es algo político; porque la ética no puede ceñirse a la casuística y encerrarla en mi pequeño mundo. Desde luego que no quiero que el gobierno español siga destinando estas cifras inmorales en sus presupuestos para favorecer el crecimiento armamentístico, pero claro está que no lograremos avances significativos sin una movida muy fuerte de la ciudadanía.


Nuestro agradecimiento por compartir su sabiduría y terminamos con una última reflexión. Joan nos confesó que él quisiera ser como el buen samaritano que presta auxilio al desvalido, al extranjero, al sin papeles, o a los pequeños de este mundo, sin olvidar a los que sólo tienen fortunas materiales y sufren la miseria espiritual o la tiranía de la egolatría, que son –decía- los más pobres, y que todo ello requiere una humildad que no siempre lograba practicar con acierto. A mí, y a quienes le oímos la última vez en el Morche, me pareció lo contrario. Humildad, coherencia y fidelidad a sus principios no le faltan. Que Dios te bendiga, Joan.


Entrevista realizada por Luís Ángel Aguilar Montero y publicada en el nº 73 de 'Utopía', la revista de los cristian@s de base

Cuidadanía. Poner la vida en el centro


El Decrecimiento propone construir otras formas de vida basándose en las relaciones sociales, la cercanía, la austeridad, la vida en común y la ralentización del tiempo. Elementos que lejos de ser limitantes son los que enriquecen la vida y la llenan de alegría. No son nuevos los estudios que apuntan que la felicidad subjetiva no está asociada al consumo y al dinero sino más bien a la vida comunitaria donde prima la relación.

El Feminismo añade que además se trata de construir formas de vida que tienen como sustrato el cuidado colectivo, reconociendo que las personas somos seres vulnerables e interdependientes. La propuesta de la Cuidadanía permite entender los trabajos de cuidados más allá de las prácticas que generan una vida sostenible. Es reconocer que “la vida vivible está por construir en la interacción con otros, que la vida se dirime en la vida misma y que no puede procurarse fuera de la vida (en los mercados)”.

La Cuidadanía implica un derecho a cuidar, a no cuidar por obligación y ser cuidada/o, sin que esto signifique subordinación para las mujeres. El Decrecimiento y la Cuidadanía reclaman el derecho y las posibilidades de reorganizar nuestra sociedad de forma colectiva y de crear colectivamente nuestra propia vida de forma sostenible.

Extraído de: Poner la vida en el centro: respuestas del ecofeminismo y del decrecimiento a la UE

José Manuel Naredo: Observaciones sobre la propuesta de decrecimiento


Jorge Riechmann. ¿Qué opinión te merecen las propuestas de decrecimiento que se han avanzado en los últimos años ?, sobre todo en Francia donde han dado origen a cierto movimiento social. Sabes que hay ahí toda una serie de gente, entre los cuáles quizás el más conocido es Latouche, pero con cierto tirón entre el movimiento ecologista también por aquí.

José Manuel Naredo. Sí claro, conozco esta corriente que empezó enarbolando en Francia la bandera de decrecimiento. Buena parte de su integrantes, y el propio Latouche, forman parte de la asociación “La ligne d’horizon” de “amigos de François Partant”, autor, entre otras cosas, de un libro titulado “El fin del desarrollo” publicado hace un cuarto de siglo y reeditado con el apoyo de esa asociación. Ellos me invitaron, incluso, a dar una charla en París, con motivo de los actos organizados el veinte aniversario de la muerte de Partant. También conozco la extensión de esa corriente de ideas en nuestro país.

Para responder a tu pregunta, creo que hay que diferenciar si se usa el término “decrecimiento” simplemente para llamar la atención, como título de un libro,… o de una revista, o si se toma en serio como concepto para articular sobre él una verdadera meta o alternativa al actual sistema económico. En el primer caso el empleo de la palabra podría ser acertado. Este es, por ejemplo, el caso de la revista que se publica en Francia con el título “La decroissance” : se trata de una revista de crítica radical del desarrollismo imperante, que hace bien en subrayar con tintes surrealistas los absurdos que la mitología del crecimiento conlleva y en utilizar ese título a modo de desafío o de provocación frente al pensamiento económico ordinario. Ese fue también el caso del libro que con ese título ─(Demain) La décroissance─ publicó hace treinta años, y reeditó hace más de diez, mi amigo Grinevald, en el que introducía y traducía al francés algunos textos clave de Georgescu-Roegen y del que conservo un ejemplar dedicado por el autor.

Ese título respondía más a una ocurrencia publicitaria provocadora, orientada a pillar a contrapié la palabra y el mito del crecimiento económico, que a un intento serio de proponer el decrecimiento como meta o alternativa. Pues ni la introducción, ni los textos presentados en el libro, tejen en torno al decrecimiento ninguna propuesta o enfoque alternativo. La palabra a penas figura en el texto y, desde luego, brilla por su ausencia en el “programa bioeconómico mínimo” propuesto por Georgescu-Roegen. Por lo tanto, resulta engañoso presentar a ambos autores como pioneros del decrecimiento como propuesta.

En lo referente al segundo de los usos indicados, tengo que decir que me parece desacertada la elección del término decrecimiento para articular sobre él un enfoque económico alternativo al actualmente dominante. Pues para que un término con pretensiones políticas cumpla bien esa función, necesita tener a la vez un respaldo conceptual y un atractivo asegurados, de los que carece el término decrecimiento.

La noción ordinaria de crecimiento económico encuentra ese respaldo conceptual en el reduccionismo pecuniario de la idea usual de sistema económico y de los agregados que lo cuantifican en el sistema de cuentas nacionales. Ya vimos que la mitología del crecimiento se apoya en la metáfora de la producción, que oculta el lado oscuro e indeseado del proceso económico. Ya comentamos que lo que se entiende normalmente por crecimiento no es otra cosa que el crecimiento del producto o renta nacional. Y en este marco de referencia, el decrecimiento tiene también nombre propio: se llama recesión y conlleva la caída de esa renta o producto nacional y el empobrecimiento del país, con consecuencias sociales generalmente indeseadas. Por lo que, de entrada, el objetivo del decrecimiento no puede resultar atractivo para la mayoría de la población.

Pero la idea general del decrecimiento tampoco encuentra solidez conceptual fuera del reduccionismo propio del enfoque económico ordinario. Pues desde los enfoques abiertos y multidimensionales de la economía ecológica, o desde lo que yo llamo el enfoque eco-integrador, no hay ninguna variable general de síntesis cuyo crecimiento, o decrecimiento, se pueda considerar inequívocamente deseable.

Esto lo explicaba ya con claridad en la primera edición de mi libro La economía en evolución, de 1987. En el último capítulo, sobre los nuevos enfoques de lo económico, señalaba que los elementos que componen mi propuesta de enfoque ecointegrador, al no ser expresables en una única magnitud homogénea, no pueden dar lugar a ningún saldo o indicador global cuyo crecimiento (o decrecimiento) se estime inequívocamente deseable.

Y por este mismo motivo el enfoque ecointegrador no debe asumir tampoco el objetivo del “crecimiento cero”, que entonces estaba de moda, como tampoco el del “decrecimiento” que ahora lo sustituye. Pues la reconversión propuesta del sistema económico entrañará, sin duda, la expansión de ciertas actividades y la regresión de otras, el uso acrecentado de ciertos materiales y energías y la regresión de otras. Por ejemplo, desde este enfoque tiene sentido proponer la reducción del consumo de energía fósil y contaminante, pero no el de la energía solar y sus derivados renovables, que se acaban disipando igual aunque no se usen.

De ahí que el movimiento ecologista que defiende el decrecimiento, tiene que empezar a ponerle apellidos para que el objetivo resulte inteligible y razonable desde fuera del enfoque económico ordinario. Se dice así defender el decrecimiento del consumo o la exigencia de energía fósil y contaminante, de determinados materiales,… o de la generación de residuos, sin erosionar la calidad de vida de la gente. Pero el objetivo de hacer que decrezcan las exigencias materiales del proceso económico, coincide grosso modo con el de la llamada “desmaterialización” de la vida económica. Y creo que estos objetivos quedarían mucho mejor expresados por eslogan “mejor con menos”, puesto que hace referencia a una ética de la contención voluntaria, no solo medida en términos físicos, sino también pecuniarios y de poder, a la vez que afirma el disfrute de la vida.

Considerando como subraya Georgescu-Roegen, que la Tierra es un sistema cerrado en materiales, lo que permite verla como un gran almacén de recursos naturales, el creciente uso y deterioro de estos recursos que genera la actual civilización industrial, no puede menos que apuntar a una merma en las disponibilidades y a un menor uso futuro de los mismos. Desde esta perspectiva el “decrecimiento” en el uso de determinados recursos será el horizonte obligado hacia el que apuntan de las tendencias en curso. Aprovechando esta evidencia, Serge Latouche propone prever y planificar este “decrecimiento” para evitar que se produzca de forma dramática y habla de la necesidad de aplicar una lógica económica diferente para conseguirlo, que es lo que yo vengo proponiendo desde hace tiempo.

Llegados a este punto, creo que el principal objetivo a plantear es cambiar esa lógica y reconvertir el metabolismo económico de la sociedad. El problema estriba en que anteponer el objetivo del decrecimiento genera confusión cuando permanece en vigor la mitología del crecimiento y cuando los objetivos más generales de “cambio” y “reconversión” del sistema económico están todavía lejos de ser comprendidos y asumidos por la población. Por lo que creo que el movimiento ecologista tendría que hacer más hincapié en ellos y en la propuesta “mejor con menos”, que sustituye con ventaja a la del “decrecimiento”.

Por José Manuel Naredo. Tomadas de Naredo, J.M. (2009) Luces en el laberinto, Madrid, La Catarata, pp. 214-217, respondiendo a una pregunta de Jorge Riechmann en la segunda parte del libro. Desde Ecopolítica, agradecemos a José Manuel su colaboración.

Basura nuclear o decrecimiento


Nazanín Amirian

Los cementerios nucleares –ocultos en la jerga gremial tras el aséptico nombre de Almacén Temporal Centralizado– desatan su fantasma, enfrentando a los ciudadanos y a sus intereses. Unos los reciben como la panacea para impulsar el desarrollo económico de las localidades deprimidas; otros se rasgarían las vestiduras si se almacenara basura radioactiva en el patio de su casa, sin importarles en cambio que se acumule en los patios de vecinos distantes. Los privilegios no se gozan igual cuando nos salpica la miseria que generan.

¿Acaso han caído del cielo las comodidades de la vida consumista y el sinfín de futilidades que llenan nuestras vidas? El 80% de los recursos naturales fósiles se destina al consumo frenético del 20% de la población mundial, que estruja las últimas gotas que brotan de las fuentes de energía. Necesidades fabricadas, crecientes y frustradas han engendrado consumidores soldado, que obedecen sin pestañar a los imperativos de la publicidad. El número de centrales nucleares y la cantidad de sus letales desechos se incrementarán incluso con un crecimiento cero en los actuales niveles de vida de los ricos. No hay recurso energético que pueda sostenerlo. Y, a pesar de ello, las medidas anti-crisis de nuestros mandatarios consisten en, por ejemplo, animar la construcción de más viviendas, mientras hay cerca de un millón de pisos vacíos y miles de personas sin un techo digno donde cobijarse; o en el consumo de más coches, regalando el dinero público a los particulares, en vez de incentivar el uso del transporte público. Todo para empujar un PIB que es ajeno a la realidad energética e incapaz de medir los valores éticos o la felicidad individual y colectiva.

O renunciamos al despilfarro cotidiano y buscamos modelos de vida sencilla y más acorde a nuestras posibilidades, o seguimos andando a la sopa boba. Garantizar los actuales patrones de movilidad, vivienda, alimentación y ocio de una minoría supone agresiones militares, hambrunas, migraciones en masa y la destrucción de millones de seres vivos y ecosistemas enteros.

La escasez de energías viables nos conducirá hacia una economía de guerra, de racionamiento de agua, luz y aire limpio a menos que planeemos un decrecimiento en el consumo a nivel colectivo e individual, desligando el poder adquisitivo del bienestar. No sólo para que vivamos mejor, sino para que vivamos todos.

¿Qué es lo que quiero?


Cornelius Castoriadis

Tengo el deseo, y siento la necesidad, para vivir, de otra sociedad que la que me rodea. Como la gran mayoría de los hombres, puedo vivir en ésta y acomodarme a ella -en todo caso, vivo en ella. Tan críticamente como intento mirarme, ni mi capacidad de adaptación, ni mi asimilación de la realidad me parecen inferiores a la media sociológica. No pido la inmortalidad, la ubicuidad, la omniscencia. No pido que la sociedad «me dé la felicidad»; sé que no es ésta una ración que pueda ser distribuida en el Ayuntamiento o en el Consejo Obrero del barrio, y que, si esto existe, no hay otro más que yo que pueda hacérmela, a mi medida, como ya me ha sucedido y como me sucederá sin duda todavía.

Pero en la vida, tal como está hecha para mí y para los demás, topo con una multitud de cosas inadmisibles; repito que no son fatales y que corresponden a la organización de la sociedad. Deseo, y pido, que antes que nada, mi trabajo tenga un sentido, que pueda probar para qué sirve y la manera en que está hecho, que me permita prodigarme en él realmente y hacer uso de mis facultades tanto como enriquecerme y desarrollarme. Y digo que es posible, con otra organización de la sociedad para mí y para todos. Digo también que sería ya un cambio fundamental en esta dirección si se me dejase decidir, con todos los demás, lo que tengo que hacer y, con mis compañeros de trabajo, cómo hacerlo. Deseo poder saber, con todos los demás, lo que sucede en la sociedad, controlar la extensión y la calidad de la información que me es dada. Pido poder participar directamente en todas las decisiones sociales que pueden afectar a mi existencia, o al curso general del mundo en el que vivo.

No acepto que mi suerte sea decidida, día tras día, por unas gentes cuyos proyectos me son hostiles o simplemente desconocidos, y para los que nosotros no somos, yo y todos los demás, más que cifras en un plan, o peones sobre un tablero, y que, en el límite, mi vida y mi muerte estén entre las manos de unas gentes de las que sé que son necesariamente ciegas.Sé perfectamente que la realización de otra organización social, y su vida, no serán de ningún modo simples, que se encontrarán a cada paso con problemas difíciles. Pero prefiero enfrentarme a problemas reales que a las consecuencias del delirio de un De Gaulle, de las artimañas de un Johnson o de las intrigas de un Jruschov. Si incluso debiésemos, yo y los demás, encontrarnos con el fracaso en esta vía, prefiero el fracaso en un intento que tiene sentido a un estado que se queda más acá incluso del fracaso y del no fracaso, que queda irrisorio.

Deseo poder encontrar al prójimo a la vez como a un semejante y como a alguien absolutamente diferente, no como a un número, ni como a una rana asomada a otro escalón (inferior o superior, poco importa) de la jerarquía de las rentas y de los poderes. Deseo poder verlo, y que me pueda ver, como a otro ser humano, que nuestras relaciones no sean terreno de expresión de la agresividad, que nuestra competitividad se quede en los límites del juego, que nuestros conflictos, en la medida en que no pueden ser resueltos o superados, conciernan a unos problemas y a unas posiciones de juego reales, arrastren lo menos posible de inconsciente, estén cargados lo menos posible de imaginario. Deseo que el prójimo sea libre, pues mi libertad comienza allí donde comienza la libertad del otro y que, solo, no puedo ser más que un «virtuoso en la desgracia». No cuento con que los hombres se transformen en ángeles, ni que sus almas lleguen a ser puras como lagos de montaña -ya que, por lo demás, esta gente siempre me ha aburrido profundamente. Pero sé cuánto la cultura actual agrava y exaspera su dificultad de ser, y de ser con los demás, y veo que multiplica hasta el infinito los obstáculos a su libertad.


Sé, ciertamente, que este deseo mío no puede realizarse hoy; ni siquiera, aunque la revolución tuviese lugar mañana, realizarse íntegramente mientras viva. Sé que, un día, vivirán unos hombres para quienes el recuerdo de los problemas que más pueden angustiarnos hoy en día no existirá. Este es mi destino, el que debo asumir, y el que asumo. Pero esto no puede reducirse ni a la desesperación, ni al rumiar catatónico. Teniendo este deseo, que es el mío, no puedo más que trabajar para su realización. Y, ya en la elección que hago del interés principal de mi vida, en el trabajo que le dedico, para mí lleno de sentido (incluso si me encuentro en él, y lo acepto, con el fracaso parcial, los retrasos, los rodeos, las tareas que no tienen sentido por sí mismas), en la participación en una colectividad de revolucionarios que intenta superar las relaciones reificadas y alienadas de la sociedad actual, estoy en disposición de realizar parcialmente este deseo. Si hubiese nacido en una sociedad comunista, la felicidad me hubiese sido más fácil -no tengo ni idea, no puedo hacerle nada. No voy, con este pretexto, a pasar mi tiempo libre mirando la televisión o leyendo novelas policíacas.

(…)

¿Es mi deseo el deseo del poder? Lo que quiero, de hecho, es la abolición del poder en el sentido actual, es el poder de todos. El poder actual consiste en que los demás sean cosas, y todo lo que quiero va en contra de esto. Aquel para quien los demás son cosas es él mismo una cosa, y no quiero ser cosa ni para mí ni para los demás. No quiero que los demás sean cosas, no tendría nada que hacer con ellos. Si puedo existir para los demás, ser reconocido por ellos, no quiero serlo en función de la posesión de una cosa que me es exterior -el poder; ni existir para ellos en lo imaginario. El reconocimiento del prójimo no vale para mí más que en tanto que lo reconozco yo mismo. ¿Corro el riesgo de olvidar todo esto, si alguna vez los acontecimientos me condujesen cerca del «poder»? Eso me parece más que improbable; si esto llegase, sería quizás una batalla perdida, pero no el fin de la guerra; ¿y voy a ordenar toda mi vida sobre la suposición de que podría un día recaer en la infancia?

¿Proseguiría aquella quimera, la de querer eliminar el lado trágico de la existencia humana? Me parece más bien que quiero eliminar de ello el melodrama, la falsa tragedia -aquélla en la que la catástrofe llega sin necesidad, en la que todo hubiese podido suceder de otro modo si solamente los personajes hubiesen hecho esto o aquello. Que gentes mueran de hambre en la India mientras en América y en Europa los Gobiernos penalizan a los campesinos que producen «demasiado» es una farsa macabra, en un Gran Guiñol en el que los cadáveres y el sufrimiento son reales, pero no es tragedia, no hay en ello nada ineluctable. Y, si la humanidad perece un día por bombas de hidrógeno, me niego a llamarlo una tragedia. Lo llamo una gilipollez. Quiero la supresión del Guiñol y de la conversión de los hombres en títeres por otros títeres que los «gobiernan». Cuando un neurótico repite por enésima vez la misma conducta de fracaso, reproduciendo para sí mismo y para sus vecinos el mismo tipo de desgracia, ayudarle a salirse de ello es eliminar de su vida la farsa grotesca, no la tragedia; es permitirle finalmente ver los problemas reales de su vida y lo que de trágico pueden contener -lo que su neurosis tenía en parte como función expresar, pero sobre todo enmascarar.


Cuando un discípulo de Buda fue a informarle, después de un largo viaje por Occidente, de que unas cosas milagrosas, unos instrumentos, unos métodos de pensamiento, unas instituciones, habían transformado la vida de los hombres desde los tiempos en los que el Maestro se había retirado a las altiplanicies, éste lo detuvo después de las primeras palabras. ¿Han eliminado la tristeza, la enfermedad, la vejez y la muerte?, preguntó. No, respondió el discípulo. Entonces, igual habrían podido quedarse donde estaban, pensó el Maestro. Y se volvió a sumergir en su contemplación, sin tomarse la molestia de mostrar a su discípulo que ya no le escuchaba.

El pensamiento de Cornelius Castoriadis. Vol. 1 Vol. 2