Una guerra muy sexy

Jordi Calvo Rufanges es Responsable de campañas del Centre d’Estudis per a la Pau JM Delas (Justícia i Pau)

Las guerras son la manifestación de la violencia más perversa, por la preparación que necesitan y por los intereses que esconden o muestran abiertamente. Pero lo más perverso es que la participación en una guerra como la de Libia es una meditada decisión de nuestros líderes políticos que evalúan, como no puede ser de otra manera en las relaciones internacionales actuales, el beneficio que la guerra les puede reportar. Estos beneficios, personales, económicos, políticos, o del tipo que sean, son lo que hacen que una guerra sea sexy. La de Libia tiene muchos ingredientes que a Sarkozy, Zapatero, Cameron… les parecen sexys. En este caso, los beneficios personales pueden ser tanto o más sexys como los que vio Aznar en la guerra de Irak. Una afirmación del ego del líder político que se embarca en una guerra y además la gana (porque esta guerra, si quieren, la ganan, al menos como ganaron la de Irak), la notoriedad personal, pasar a los libros de Historia como un héroe (o villano, según quien los escriba) y, por supuesto, los réditos electorales que a corto plazo se pueden obtener, son algunos de los argumentos que pasarán por la cabeza de los responsables políticos de esta intervención militar.

Para los responsables de las potencias occidentales de la participación en la guerra de Libia y para otros poderes no tan visibles con intereses visibles o no, ir a la guerra de Libia es muy sexy, porque es una excelente inversión, que además pagamos los contribuyentes con dinero y vidas humanas. En primer lugar, la guerra es interesante para el complejo militar-industrial, porque así gastamos armas, hacemos girar a la economía armamentística y, sobre todo, legitimamos el enorme gasto militar, que en estos tiempos de crisis está siendo seriamente cuestionado por la ciudadanía. Son evidentes también los grandes recursos de petróleo y gas libios, y es sobradamente conocido que hay empresas de los países occidentales directamente implicadas que ven peligrar sus concesiones de un hipotético futuro Gobierno de Gadafi.
Esta guerra es también sexy porque hay desde un inicio una resolución de Naciones Unidas, el apoyo inicial de la Liga Árabe y porque está de moda apoyar o decir que se apoya a las recientes revueltas populares, con el pretexto de la lucha por la libertad y la democracia. Juntando estos objetivos políticos con los intereses económicos, podríamos deducir que establecer un Gobierno totalmente controlado en Libia e incluso bases militares, entre los nuevos Túnez y Egipto, puede ser realmente interesante para Occidente. Porque conviene asegurar que los procesos de cambio en estos países sigan la senda que más interesa, es decir, que no se conviertan en revoluciones socialistas o islamistas que hagan pagar más por el petróleo o el gas o no abracen gustosos el American o european way of life.

La guerra en Libia también es sexy porque Gadafi es un terrible dictador muy sexy para nuestros gobernantes, a quien dan ganas de sacar del poder de la forma que sea. Emocionalmente, y con las imágenes y mensajes que en todos los medios de comunicación oficiales aparecen del dictador, dan ganas de lanzarle un Tomahawk o varios cientos, como ya se ha hecho. Pero si este señor es hoy tan terrible, ¿por qué tan sólo hace unas semanas era un gran amigo de Occidente? ¿Por qué se le han vendido las armas con las que está atacando ahora a los rebeldes? Si las intenciones de la comunidad internacional (occidental) son las de liberar a los pueblos oprimidos del mundo o proteger a las poblaciones que son víctimas recurrentes de la violencia armada, ¿por qué no se plantean intervenciones en Bahrein, Yemen, Myanmar, Zimbabue, Bielorrusia, Chechenia, Tíbet, República Democrática del Congo, República Centroafricana, Guinea Ecuatorial y un largo etcétera? Quizá porque estos lugares no son, por diversas razones, tan sexys como la Libia actual.

En fin, las operaciones militares en Libia no responden a las buenas intenciones que nos dicen. Y si así fuera, el resultado de muerte y destrucción que dejarán los cientos o miles de bombardeos y la probable intervención militar terrestre de los ejércitos occidentales dentro de unos meses será una manera más de colaborar en el despropósito de buscar una solución violenta a una situación violenta generada con total consciencia anteriormente. Si los países occidentales quisieran promover con seriedad una bien intencionada liberación de los pueblos oprimidos de todo el mundo, no venderían armas a dictaduras infames, no tendrían intercambios comerciales y financieros con regímenes opresores, no tendrían relaciones políticas amigables con corruptos dictadores, ni serían tan incoherentes como para predicar la libertad y los derechos humanos y embarcarse en guerras imperialistas en lugares con gran interés geoestratégico y económico. En el caso de Libia, la reivindicación del no a la guerra se vuelve más necesaria que nunca.

Jordi Calvo Rufanges es Responsable de campañas del Centre d’Estudis per a la Pau JM Delas (Justícia i Pau)
Ilustración de Patrick Thomas

El decrecimiento: una oportunidad de cambio


Entrevista a Florent Marcellesi,político y activista ecologista, publicada en la revista Goitibera, número 279, abril 2011.

Actualmente muchos movimientos sociales, asociaciones y entidades diferentes entre sí y con objetivos dispares se han sumado a una de las corrientes más en boga como es el decrecimiento. ¿A qué se debe? (¿Es porque se trata de una apuesta multidisciplinar o porque lo social se hace piña?)

Primero constato una profunda desorientación ideológica y organizativa en los movimientos transformadores. Se caracteriza en estos momentos por un lado por una atomización de dichos movimientos y por otro por una búsqueda de nuevos conceptos e ideas que sustenten otros proyectos sociales y políticos capaces de crear ilusión hacia otros futuros posibles.
Segundo, ha entrado con fuerza un nuevo factor estructurante que está recomponiendo el panorama socio-político: la crisis ecológica. Hoy en día, si todas las personas vivieran como la ciudadanía vasca se necesitarían tres planetas. Se acabó el mito del crecimiento económico como condición sine qua non del bienestar humano: al contrario, no hay crecimiento infinito posible en un planeta finito. Esta profunda crisis (que es climática, energética, alimentaria) se suma a las demás crisis sociales (20% de paro y de pobreza en el Estado Español), económica, de los cuidados, y nos acerca a una verdadera crisis de civilización.


En este contexto interviene el término “decrecimiento”. Más que un concepto, es como dice Serge Latouche un “eslogán político” para romper con la ideología del crecimiento o según José Manuel Naredo una “ocurrencia publicitaria provocadora”. Aunque hubiera podido parecer al principio demasiado subversivo como para triunfar en la escena pública, la evidencia empírica nos lleva sin lugar a duda a otra conclusión: el decrecimiento es un “término obús” que tiene una capacidad fenomenal de convocatoria como lo prueba el éxito relámpago de los colectivos Decrecimiento en Euskadi y en el resto del Estado, y la afluencia numerosa a cualquier tipo de charla o conferencia que lleva decrecimiento en su título.

Esta capacidad de convocatoria, cruzada con las ganas positivas de experimentar nuevas ideas, ha permitido crear un ambiente de trabajo propicio al encuentro de diferentes trayectorias políticas, militantes o vivenciales, que han permitido a su vez crear nuevos puentes entre personas o colectivos hasta el momento menos conectados e interrelacionados.

El decrecimiento es un término nuevo que ha cogido impulso gracias, entre otros, a Latouche, pero la esencia del concepto nació hace algunas décadas. Parece haber llegado la coyuntura perfecta para la puesta en práctica ¿Cómo lo ves?

Efectivamente las bases teóricas que dan vida al término decrecimiento son algo más antiguas que el recién apadrinamiento del término por el movimiento social: cogen sus raíces en el movimiento ecologista que surge en los años 60-70. Pero incluso a finales del siglo XIX, el economista John Stuart Mill veía necesario y deseable evolucionar hacia “un estado estacionario del capital y de la riqueza”, sugiriendo que no implicaba “un estado estacionario de la mejora de la suerte humana”. También Keynes pregonaba a principios del siglo XX que cuando hayamos resuelto el “problema económico”, podríamos dedicar nuevas energías a metas no económicas.

Sin embargo, el decrecimiento como tal se apoya ante todo en autores de la ecología política y de la economía ecológica como André Gorz o Nicholas Georgescu-Roegen. Mientras el primero consideraba el decrecimiento como “un imperativo de supervivencia”, el segundo -que no utilizaba directamente este término- proponía en los años 70 un programa bioeconómico para conseguir un nivel de vida decente pero no lujoso. No muy lejos de hecho de la filosofía de Gandhi: “vivir sencillamente para que otros puedan simplemente vivir”…

El decrecimiento ha sido el término idóneo en la coyuntura idónea. Con la suficiente carga ideológica y posibilidad de aplicarlo en la práctica tanto a nivel individual como colectivo, ha canalizado parte de la demanda latente hacia nuevos horizontes. Se ha transformado en punto de encuentro.

El decrecimiento se ha erigido como una apuesta de futuro ¿Qué tiene que ocurrir para que deje de ser una esperanza y convertirse en un modelo económico y social real y viable?

Tiene que seguir acumulando fuerzas y ser un vivero de ideas teóricas y buenas prácticas subversivo e innovador. Al mismo tiempo, tras el fuerte impulso desde los movimientos sociales, tiene que encontrar salidas políticas para que el cambio no sólo venga desde abajo sino también, y de forma complementaria, desde las instituciones.

¿El decrecimiento como herramienta política?

Definitivamente, sí. Al mismo tiempo ¿podrá y será necesario que el decrecimiento sea apadrinado por una corriente política concreta? Por mi parte, creo que el significado profundo del decrecimiento (sólo tenemos un planeta para vivir en paz y de forma equitativa) tendría que ser parte de cualquier movimiento social y político que aspire a la transformación de la sociedad. Mientras el movimiento verde comparte de nacimiento y en mayor o menor medida con el decrecimiento unos mismos referentes y matriz ideológica, las izquierdas –y en primer lugar sus corrientes dominantes donde ha cuajado el mito del crecimiento y del productivismo– se enfrentan a un desafío teórico y práctico tremendo. En este sentido, el decrecimiento va a tener muchas implicaciones sobre las líneas programáticas de los movimientos transformadores, su forma de organizarse o en las relaciones entre movimiento social y político. Va a marcar sin duda recomposiciones y nuevas alianzas dentro del movimiento socio-político que reivindican “otros mundos posibles”.

Y a nivel individual, ¿la simplicidad voluntaria qué pasos conlleva?

Desde la coherencia y teniendo en cuenta que el cambio empieza por ti mismo, conlleva en tu vida diaria buscar el menor impacto ambiental con la mayor satisfacción personal y colectiva. Supone consumir mejor y menos, es decir de forma más responsable, limitando por ejemplo el consumo de bienes materiales a aquellos que realmente necesitas. Significa luchar contra la obsolescencia programada y la sociedad del usar y tirar para orientarse hacia bienes durables y reutilizables. Supone tener un trabajo satisfactorio que dé sentido a tu vida y que suponga consecuencias positivas para la sociedad y la biosfera. Significa preferir una alimentación de temporada, ecológica y comprada a productores locales a unos alimentos procesados y comprados en el supermercado; priorizar una movilidad sostenible (andar, usar la bicicleta y el transporte público) sobre el coche privado; utilizar software libre en vez de programas propietarios, o, frente a valores de competición y de mercado, fomentar otros basados en la cooperación, el disfrute y el vínculo social y comunitario. In fine, la simplicidad voluntaria significa poner la vida en el centro de nuestros objetivos diarios y es un primer paso hacia el necesario cambio colectivo.

Vivir mejor con menos: un cuento chino para algunas personas.

Somos conscientes que no es fácil promocionar lemas de este tipo en tiempo de crisis, cuando la recesión -que pido no confundir con el “decrecimiento”- lleva a más desigualdad, paro o pobreza para las personas y colectivos más desfavorecidos mientras las categorías sociales dominantes siguen encajando beneficios millonarios. Sin embargo, las recetas decrecentistas representan en muchos casos soluciones prácticas para alcanzar la prosperidad personal o colectiva con una mayor calidad de vida. Dicho de otro modo y aún más en tiempo de crisis, una verdadera oportunidad para el cambio.

Desde el ámbito de la transformación social ¿qué logros conseguiríamos?

Digamos que el objetivo del “decrecimiento” es la justicia social y ambiental, para hoy y mañana, en el Norte y en el Sur. A nivel social, supone una sociedad más igualitaria en la que existan diferencias decentes entre sueldos más bajos y más altos (por ejemplo de 1 a 4), donde trabajemos menos y según nuestras necesidades para gozar más y pasar más tiempo con nuestros seres queridos o en pro de la comunidad. En este contexto, la emancipación personal y colectiva es un objetivo mayor, mujeres y hombres comparten trabajos de cuidados y domésticos, cualquier ciudadano/a independientemente de su nacionalidad tiene derecho por el simple hecho de residir donde reside o todo/as tenemos acceso a una vivienda digna…

Aplicar el decrecimiento suponer un nuevo paradigma, y una revisión del concepto de desarrollo ¿qué cambios crees que se deberían dar?

Se debería redefinir términos como el trabajo o la riqueza: necesitamos salir de la dictadura del PIB, utilizar otros indicadores de riqueza que tengan en cuenta todas las riquezas sociales y ecológicas, y preguntarnos ¿por qué, para qué y cómo producimos y trabajamos? Tenemos que apostar también por una relocalización de la producción y del consumo (grupos o cooperativas de consumo, sistemas de trueque, monedas alternativas, etc.) y dar un fuerte empujón a los empleos verdes en la rehabilitación de edificios, energías renovables, agricultura ecológica, etc. Además, repito que un mundo sostenible es un mundo equitativo, lo que supone un reparto de la riqueza (a través por ejemplo de una renta básica y de una renta máxima), del trabajo (semana laboral de 21 horas) o de los cuidados entre hombres y mujeres. Por otro lado, tenemos que actuar con urgencia para evolucionar hacia nuevos modelos urbanísticos, de movilidad y energéticos como las ciudades en transición, que buscan adaptarse al cambio climático y al fin del petróleo barato. Sin olvidar la cuestión central de la justicia ambiental y de unas relaciones Norte-Sur justas, lo que pasa por una reforma profunda de las relaciones comerciales y diplomáticas entre países, de la ONU y las instituciones financieras internacionales. Por supuesto, un cambio de estas características supone una revolución democrática donde existe una verdadera participación directa de la ciudadanía en la res pública a nivel local y global: eso implica una politización de la sociedad y una civilización de la política.

¿Es asumible el riesgo nuclear?


El 11 de marzo de 2011 tuvo lugar en Japón un terremoto de 8,9 en la escala Ritcher que provocó un maremoto, a consecuencia de ello se desencadenó un accidente nuclear múltiple. El mensaje de los partidarios del negocio nuclear basado en una energía nuclear limpia, barata y segura se vino abajo.

Se pone en evidencia el elevado grado de vulnerabilidad en el que se encuentran las sociedades contemporáneas y la escasa importancia que se concede a un elemental principio de precaución.

El sociólogo alemán Ulrich Beck propuso el concepto y el término de ‘sociedad del riesgo’, para referirse al hecho de que en numerosas sociedades el proceso de modernización y desarrollo ha ido creando nuevas amenazas que suponen nuevos riesgos de los que estas sociedades no son conscientes, o minimizan de modo interesado.

La catástrofe nipona ofrece un nuevo escenario en el cual los actores mediáticos ofrecen dos alternativas:

Por un lado el ‘riesgo nuclear asumible’; esto es, la civilización no puede perder el tren teconológico, en juego está el desarrollo, el crecimiento y el progreso de los seres humanos.

Por otro lado, se pone encima de la mesa la sustitución de la energía nuclear por las energías renovables; esto es, 50 parques eólicos por cada reactor nuclear.

En ningún medio se habla de decrecer, consumir menos o ir a formas de vida más sencillas, ya no digamos plantearnos otro estilo de vida u otro modelo económico. El discurso del decrecimiento no aparece.

¿Estamos condenados a un riesgo nuclear asumible?

La propuesta ecosocialista a la actual crisis global


Fernando de la Cuadra - Adital

Los últimos acontecimientos que han conmovido al mundo demuestran fehacientemente un fenómeno que viene siendo expuesto y discutido desde hace varias décadas. El agotamiento de un modelo productivista y predatorio que amenaza cada vez con mayor intensidad las bases materiales de la vida sobre el planeta. El cambio climático es un hecho que a estas alturas no podemos negar. Aunque existe un acuerdo casi global entre el mundo científico sobre su inevitabilidad, aún subsiste bastante incertidumbre sobre las consecuencias efectivas que éste puede acarrear. En América Latina se estima que los mayores impactos de estos cambios se abatirán especialmente sobre la agricultura, la pesca y el acceso al agua potable. Tal situación hace aún más evidente la segunda contradicción del capitalismo, es decir, aquella que además de la contradicción entre capital y fuerza de trabajo, implica una preeminente contradicción entre las fuerzas destructivas y predadoras del capital y la naturaleza. 

La temática de los límites ecológicos al crecimiento económico y las interrelaciones entre desarrollo y ambiente fueron reintroducidas en el pensamiento occidental(1) en los años sesenta y principio de los setenta por un grupo importante de teóricos, entre los cuales se pueden destacar Georgescu-Roegen, Kapp, Naess, Sachs y Schumacher. Por ejemplo, en un trabajo pionero de Ernst F. Schumacher "Lo pequeño es hermoso” ( Small is Beatiful ) publicado en 1973, el economista germano-británico realiza una crítica contundente al modelo productivista de las sociedades occidentales que nos llevaría al descalabro ambiental y de la vida misma, para intentar comprender como humanidad el problema en su totalidad y comenzar a ver las formas de desarrollar nuevos métodos de producción y nuevas pautas de consumo en un estilo de vida diseñado para permanecer y ser sustentable. A pesar de las diferencias de enfoque y la posición más o menos militante de cada uno de estos pensadores, lo que asoma como un aspecto en común a todos ellos es la crítica vehemente al modelo de producción y consumo inherente al desarrollo capitalista. 

Dicho modelo, que ha generado un crecimiento exponencial de explotación de los recursos naturales y que estimula un consumismo desenfrenado, especialmente en los países del hemisferio norte, es responsable tanto de provocar un agotamiento de los recursos como de producir toneladas de basura que contaminan diariamente las aguas, el aire y la tierra(2). Cada año se pierden 14,6 millones de hectáreas de bosques y miles de especies, reduciendo y erosionando irreversiblemente la diversidad biológica. Continúa la devastación de las selvas, con lo cual el mundo pierde anualmente cerca de 17 millones de hectáreas, que equivalen a cuatro veces la extensión de Suiza. Y como no hay árboles que absorban los excedentes de CO2, el efecto invernadero y el recalentamiento se agravan. La capa de ozono, a pesar del Protocolo de Montreal, no se recuperará hasta mediados del siglo XXI. El dióxido de carbono presente en la atmósfera (370 partes por millón) se ha incrementado en un 32% respecto del siglo XIX, alcanzando las mayores concentraciones de los últimos 20 millones de años, y hoy añadimos anualmente a la atmósfera más de 23.000 millones de toneladas de CO2, acelerando el cambio climático. Se prevé que las emisiones de dióxido de carbono aumenten en un 75% entre 1997 y 2020. Cada año emitimos cerca de 100 millones de toneladas de dióxido de azufre, 70 millones de óxidos de nitrógeno, 200 millones de monóxido de carbono y 60 millones de partículas en suspensión, agravando los problemas causados por las lluvias ácidas, el ozono troposférico y la contaminación atmosférica local. 

En definitiva, un conjunto de indicadores medioambientales estudiados en las últimas décadas parecen revelar cada vez con mayor claridad que si la humanidad no cambia su estilo de desarrollo, en menos de un siglo colocaremos en serio riesgo la supervivencia del planeta y del género humano. Como nos recuerda Mészáros, a cada nueva fase de postergación forzada, las contradicciones del sistema del capital sólo se pueden agravar, acarreando consigo un peligro aún mayor para nuestra propia sobrevivencia. 

Las sucesivas catástrofes ambientales y "climáticas” que viene sufriendo el planeta desde Chernobyl y la reciente tragedia de la planta de Fukushima, permiten sustentar sin exageración que nos encontramos en un estadio avanzado de riesgo fabricado o de crisis estructural, no sólo del capital, sino de la sustentabilidad de la especie. E l siglo XXI se ha inicia do con una impronta catastrófica, con un grado de desastres ecológicos y naturales sin precedentes en la historia mundial(3). Ante este panorama incierto y desolador han surgido diversas iniciativas (como la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático) que buscan construir alternativas al modelo productivista, predador y explotador actualmente imperante. El ecosocialismo contemporáneo nace precisamente como una respuesta a esta dimensión autodestructiva del capitalismo y se plantea como una alternativa racional y factible ante la crisis socioambiental y civilizatoria que enfrenta la humanidad.
Tal como expone el Manifiesto Ecosocialista redactado por Kovel e Löwy, "l a crisis ecológica y la crisis de deterioro social están profundamente entrelazadas y deberían ser visualizadas como diversas expresiones de las mismas fuerzas estructurales que conforman la dinámica y expansión del sistema capitalista mundial. Esta crisis tendría su origen, primeramente, en el proceso de industrialización acelerado que supera la capacidad de la tierra para procesarlo, amortiguarlo y contenerlo, y, junto con ello, como parte del proceso de globalización, con todas las consecuencias y efectos desintegradores en las sociedades donde se impone. (…) El sistema capitalista actual no puede regular la crisis que él mismo ha puesto en marcha, ni mucho menos superarla. El sistema no puede solucionar la crisis ecológica porque hacerlo requiere fijar límites a la acumulación, lo cual es una opción inaceptable para un sistema social sustentado sobre el imperativo de crecer o morir. En suma, el sistema capitalista mundial está históricamente arruinado y en términos ecológicos es profundamente insostenible; hay que cambiarlo o reemplazarlo, si se pretende que el futuro sea digno de vivirse.”
De esta manera, el ecosocialismo busca romper drásticamente con las prácticas destructivas y las formas predadoras que derivan de un modo de producción y consumo altamente demandante de recursos naturales y humanos. La respuesta ecosocialista representa una ruptura tanto con el modelo expansionista del capital como con la perspectiva productivista del ‘socialismo real’. Para los ecosocialistas, ya sea la lógica del mercado y del lucro, así como el productivismo burocrático del marxismo economicista vulgar, son considerados modelos absolutamente incompatibles con la urgente e impostergable exigencia de preservación del medio ambiente. 

Algunos detractores de esta corriente han señalado que la concepción ecosocialista es una utopía, una mera fantasía, creacionismo literario sin base científica ni viabilidad para ser llevada a la práctica. Sin embargo, inclusive si hacemos una lectura rápida sobre el futuro del planeta, podremos arribar directamente a la conclusión de que es apremiante repensar, en primer lugar, la actual matriz energética utilizada para hacer "funcionar” la tierra. La dependencia y el uso desmedido de los combustibles fósiles no solamente poseen efectos desastrosos directos sobre los ecosistemas, sino que además provocan permanentes y sangrientos conflictos por el control de los recursos petrolíferos. Entonces el ecosocialismo incorpora necesariamente una propuesta sobre otras fuentes de energía limpia y renovable que altere radicalmente el mito y la relación de dominación/usufructo/destrucción del hombre sobre la naturaleza. 

Además, la utilización de energías alternativas (geotérmica, solar, eólica, etc.) debe ser acompañada por un debate amplio respecto a la misma noción de progreso/desarrollo basado preferentemente en el crecimiento económico(4). La idea del decrecimiento puede también ser considerada ilusa, una suerte de filosofía ingenua y retrograda, pero las recientes evidencias sobre la devastación del planeta pueden apuntar en otra dirección: la alternativa por el decrecimiento y la discusión sobre el poder y la desigual distribución del uso de los recursos naturales deberá ser con seguridad parte imprescindible de cualquier agenda que pretenda discutir el futuro de la humanidad. En ese sentido, el debate sobre el decrecimiento también puede ser considerado parte de la construcción de un proyecto ecologista y socialista, puesto que incluye en su cerne la concepción de que es preciso avanzar hacia una modalidad diferente de funcionamiento de la sociedad, más democrática, igualitaria, participativa y que redefina drásticamente el actual modelo de producción y consumo, intentando alcanzar el bienestar de todos en el marco de un nuevo relacionamiento de la humanidad con la naturaleza. 

De esta manera, tanto el socialismo ecológico como la perspectiva del decrecimiento representan una reorganización de la vida en muchos ámbitos, suponen renunciar al consumo artificial para emprender un consumo auto-limitado y adecuado a las necesidades reales de las personas, suponen pensar en el uso de energías alternativas y limpias, suponen reducir la huella ecológica a través de actividades en escala local y de relaciones más equitativas entre los miembros de una comunidad.
En síntesis, ecosocialismo, decrecimiento o Sumak Kawsay, buscan centralmente reflexionar sobre las estrategias que se vienen construyendo en función de revertir las consecuencias deletéreas del actual patrón de producción y consumo, para formular un cambio a nivel civilizatorio que permita aspirar a un "buen vivir” en un marco de respeto a los pueblos y la naturaleza. 

Notas:
(1) Nos referimos a una reintroducción, pues consideramos que en el origen de estas preocupaciones se encuentra la obra anticipatoria de un contemporáneo de Marx, William Morris, el cual ya había introducido elementos de una visión ecosocialista en sus escritos, especialmente en su novela utópica Noticias de ninguna parte.
(2) Por ejemplo, se calcula que si el consumo medio de energía de Estados Unidos fuese generalizado para el conjunto de la población mundial, las reservas conocidas de petróleo se agotarían en sólo 19 días.
(3) Un informe de Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres (EIRD) organismo de Naciones Unidas, señaló que 2010 fue el año en el que se registraron la mayor cantidad de desastres naturales en las últimas tres décadas, siendo que el número de personas que perdieron la vida por estos siniestros alcanzó la cifra de 300 mil víctimas.
(4) Desde hace una década, surgió un debate que ha ido ganando espacio en medios académicos y en la sociedad civil sobre la urgente necesidad de reemplazar el patrón de crecimiento actualmente vigente por un modelo de ‘decrecimiento’ sustentable.

Fuente: http://www.adital.com.br/site/noticia.asp?boletim=1〈=ES&cod=54843

Decrecer para vivir mejor con menos. Una propuesta de acercamiento al decrecimiento


Moisés Rubio Rosendo - La Palabra Inquieta

La caída del muro de Berlín fue el hito que simbolizó el derrumbe del régimen comunista soviético y el fin de la guerra fría, además del punto de partida de la hegemonía del capitalismo. Pero también marcó la quiebra ideológica de la izquierda internacional, que perdía en algunos casos un referente sociopolítico y en otros un contrapeso ideológico al neoliberalismo.

Sin otro sistema de pensamiento y organización social que lo confrontara, el capitalismo globalizó y profundizó sus prácticas mientras que la izquierda, aun capaz de reconocer y alertar sobre sus efectos, no estaba en disposición de ofrecer una alternativa real.

Porque cuestionar los fundamentos del capitalismo exigía replantear la crítica tradicional de la izquierda y reconocer la posibilidad de que fueran las propias reglas de juego en la partida capitalismo-socialismo las que contenían fundamentos erróneos: lo que ahora está en entredicho es el sistema ideológico que fundamentó ambas corrientes, en particular sus posiciones productivistas, antropocéntricas y androcéntricas. Y ello sin obviar que en la misma época también se fraguaron, por ejemplo, el igualitarismo y la “emancipación de dios”.


Decrecimiento.

Y precisamente estas circunstancias permitieron que, de entre los desmanes capitalistas y las grietas de la izquierda, fueran tomando fuerza algunas tendencias e iniciativas que antes habían permanecido silenciadas por el fuerte carácter dicotómico del debate ideológico, sociopolítico y económico.

Entre ellas, el decrecimiento es una corriente de pensamiento que cuestiona abiertamente la posibilidad práctica y la idoneidad teórica del crecimiento ilimitado que propugna el sistema capitalista: pone de manifiesto que es errónea la consideración de que un planeta de recursos finitos pueda proveernos indefinidamente de recursos materiales y energéticos; y recuerda que el desarrollo económico de los países enriquecidos ha sido posible sólo mediante la explotación del resto de pueblos y territorios del globo y la expoliación de la naturaleza.

Pero más allá de esta perspectiva estrictamente economicista, es importante señalar que el decrecimiento ha sido capaz de aglutinar a otras corrientes teóricas con las que confluye al cuestionar el crecimiento por el crecimiento, especialmente el ecologismo social, el ecofeminismo y el municipalismo libertario.

Por otro lado, el movimiento por el decrecimiento constituye un magma social que se consolida en torno a una crítica radical a los fundamentos de la modernidad y, con ella, sus dos grandes corrientes socioeconómicas: el capitalismo y el socialismo.

Un movimiento que cuestiona al Mercado como instrumento de autorregulación de las relaciones socioeconómicas y con el ecosistema, al Estado como instrumento de organización y garantía del orden social, a la razón y el conocimiento científico como fuentes inequívocas del conocimiento y a las tradiciones antropocéntrica y androcéntrica como ejes del sistema de valores.

Se trata también de un movimiento que, lejos de acomodarse en el debate dialéctico, está constituido por una red de personas y grupos comprometidos en iniciativas coherentes con los principios teóricos de los que parten: además de pretender ser inclusivas e igualitarias, apuestan por la sostenibilidad, la reciprocidad, la autogestión y la relocalización de la economía.


El contexto.

Como ya se ha dicho, lejos de ser una idea novedosa, en el decrecimiento confluyen algunas de las corrientes del ecologismo, el feminismo y el anarquismo. No obstante, el momento histórico en el que se da dicha confluencia no es casual, sino que coincide con la pérdida de sentido del paradigma promovido por la ilustración, la revolución industrial y el capitalismo.

De un lado, ya sea porque el neoliberalismo y la globalización han superado las propuestas del capitalismo moderno, ya porque se cuestiona abiertamente la idoneidad de su modelo, la modernidad como sistema de pensamiento está tocando a su fin.

Por otra parte, el desarrollo sociopolítico del capitalismo ha desembocado en una crisis económico-financiera en la que están involucrados factores culturales, políticos, sociales y ecológicos que ponen de relieve la profundización en una auténtica crisis sistémica.

Por último, el “fin de la energía barata”, asociado al techo de producción de petróleo alcanzado en la década pasada, deja entrever la crisis energética a la que está abocado un sistema de producción y distribución, el capitalista, que sólo ha sido posible por el bajo coste de los combustibles fósiles.

Estas tres circunstancias -el cuestionamiento del sistema de pensamiento y las crisis sistémica y energética- han facilitando que se abran nuevos espacios de reflexión y experimentación en los que se están poniendo en valor ideas y prácticas novedosas o que en otro momento fueron marginadas, y que pueden convertirse en trazados interparadigmáticos: puentes desde la modernidad hacia otro(s) nuevo(s) paradigma(s).


Las prácticas decrecentistas.

Según se ha expuesto, el decrecimiento como corriente de pensamiento “aglutina” en torno a la confrontación teórica de los principios de la modernidad. Sin embargo, en la “puesta en escena” del movimiento por el decrecimiento, lejos de cualquier univocidad, coexisten una amplia diversidad de iniciativas diferenciadas entre sí con arreglo a las características propias de cada sistema sociocultural y el ecosistema en el que se encuadran.

Y es que es importante considerar que cualquier apuesta por la autogestión en la organización social y la relocalización de la economía, invalida la posibilidad de un modelo de pensamiento y acción hegemónico: cada grupo “local” hará un análisis propio de su situación de partida y tomará las medidas más adecuadas para transformar su propia realidad.

En Europa, por ejemplo, el movimiento de transición está aglutinando muchas iniciativas locales encaminadas a reconstruir las relaciones interpersonales y con el medio ambiente con el fin de generar un modo de vida sostenible, aumentar su propia resiliencia y desarrollar mejor su capacidad de adaptación: tratamiento de residuos, reparación y reciclaje de objetos rotos o estropeados, redes de trueque, monedas locales, bancos de tiempo y banca ética son algunas iniciativas concretas. Otras son la priorización del transporte público y la bicicleta, los huertos comunitarios y la recuperación de la calle como espacio de encuentro y juego.

Y aunque de manera genérica, en los pueblos y territorios empobrecidos carecería de sentido plantear la reducción de los niveles de producción y consumo, no por ello perderían valor el conjunto de propuestas más amplias que caracterizan al movimiento por el decrecimiento: ganar en estrategias inclusivas e igualitarias y apostar por la sostenibilidad, la reciprocidad, la autogestión y la relocalización de la economía.

Además, más allá de las particularidades de cada grupo humano, la constitución en red de las diferentes iniciativas locales permitirá compartir conocimientos, saberes, experiencias y afectos que generarían una importante sinergia y, con ella, una mejor calidad de vida.


Cuestiones candentes.

A quienes defienden el decrecimiento les queda mucho por reflexionar y proponer; sobre todo dado el alcance de la deconstrucción que propone su corriente de pensamiento. No obstante, pueden proponerse al menos dos cuestiones que, hoy por hoy, exigen una especial atención.

En primer lugar, la resistencia cultural a la transformación que propone el decrecimiento y que resalta estándares de calidad de vida asociados a valores sociales y ecológicos, y no a la disposición de bienes, servicios o avances tecnológicos. Y la resistencia cultural a la reconversión del tejido productivo en un modelo socioeconómico basado en los servicios comunitarios y que cuestiona el valor social y personal del empleo poniendo en valor roles infravalorados y tradicionalmente asociados a la mujer.

Por otro lado, es importante el debate entre la acción creativa y la acción reactiva: la primera plantea la creatividad como instrumento transformador, poniendo en alza todo lo relacionado con la capacidad de construir el futuro que se espera y desea; la segunda, la reacción ante quienes generan opresión, convirtiendo toda fuerza individual y colectiva en una contraposición de fuerzas con los poderes dominantes.

En el primero de los casos están en juego la credibilidad del movimiento por el decrecimiento y su capacidad de fortalecerse y trascender; en el segundo, el equilibrio y resultados de su estrategia transformadora.


Críticas más relevantes.

El decrecimiento empieza a ser conocido ahora por el grueso de la sociedad, por lo que, de momento, las instancias de poder se conforman con un escueto “quieren volver a las cavernas” con el que se juega a la ridiculización, el descrédito y la confusión.

No así, en la propia izquierda sí pueden encontrarse dos líneas de confrontación. La primera de ellas lo acusa de pretender una suerte de “decrecimiento en el capitalismo”, “poniéndolo a dieta”; y de maquillar el lenguaje y el análisis de la realidad para sustituir el “estado de bienestar” por el “buen vivir”, sin cuestionar la estructura de clases sociales ni la propiedad privada.

La segunda línea de confrontación plantea las limitaciones del término “decrecimiento” para representar otros aspectos más allá de lo estrictamente económico, y las dificultades para aplicarlo fuera de las fronteras de los grupos humanos enriquecidos. Se propone, por ejemplo, el término más amplio de “acrecimiento”, en el sentido de “falta de fe en el crecimiento”, “ateísmo del crecimiento”.

Respecto a la primera, se trata de una crítica hecha por un sector abiertamente instalado en la confrontación neoliberalismo-socialismo y que no comparte la crítica a la modernidad que ahora se plantea; por lo que difícilmente encontrará puntos de confluencia con el movimiento que lo promueve: se trata de un debate en “idiomas diferentes”.

En cuanto a la segunda, aunque efectivamente la palabra “decrecimiento” tiene un sesgo economicista y no “hace justicia” a la riqueza de la corriente de pensamiento y el movimiento “decrecentistas”, lo cierto es que tiene dos grandes virtudes: por un lado, está demostrando en Europa capacidad de confluencia y convocatoria; por otro, no puede dejar de valorarse el impacto que supone el término “decrecimiento” en el imaginario “crecentista” de las gentes de los pueblos enriquecidos. Y ello sin perjuicio de que colectivos de otras partes del globo, en función de su propia realidad, puedan poner el énfasis en otras ideas de entre las que constituyen el ideario decrecentista.

El cisne negro nuclear

Marcel Coderch

Hasta bien entrado el siglo XVII, en Europa se utilizaba la expresión "cisne negro" cuando alguien quería referirse a una imposibilidad lógica o física, basándose en la creencia generalizada de que todos los cisnes eran blancos. En 1697, sin embargo, un explorador holandés descubrió que en Australia había cisnes negros y esta expresión, recientemente popularizada por el filósofo y financiero de origen libanés Nassim Nicholas Taleb, pasó a utilizarse para calificar cualquier idea o acontecimiento que durante mucho tiempo había sido tenido poco menos que por imposible pero que de repente un día se materializa. La teoría del cisne negro de Taleb se aplica pues a acontecimientos inesperados, que quedan fuera de las expectativas normales, ya sea en el ámbito científico, histórico, financiero o tecnológico, y que tienen un enorme impacto porque trastocan ideas básicas del tan admirado como discutible sentido común.

Lo nuclear es peligroso en sí mismo. La radiactividad perdura miles de años
Se van a incrementar los costes y se cuestionará el alargamiento de la vida de muchas centrales

La tesis del libro de Taleb (El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable, Paidós, 2008) es que las consecuencias de estos acontecimientos muy poco probables son enormes; que por lo general están infravaloradas; y que, en realidad, no son tan improbables como pensamos, ya que al tratarse de acontecimientos poco comunes no disponemos de suficientes observaciones para estimar su probabilidad con cierta precisión. También nos explica Taleb que los humanos hemos desarrollado mecanismos psicológicos de defensa frente a la incertidumbre que sesgan nuestro raciocinio, haciendo que evitemos imaginar y prever aquello que no deseamos que ocurra. Todo ello nos aleja de la racionalidad a la hora de entender, prever y actuar en relación a estos fenómenos. Sería difícil encontrar un ejemplo actual más apropiado de lo que es un cisne negro que el del desastre nuclear de Fukushima.

De siempre hemos sabido que la tecnología nuclear es intrínsecamente peligrosa porque supone la generación de enormes cantidades de elementos radiactivos que la naturaleza se había encargado de ir desintegrando a lo largo de centenares de millones de años. Cuando surgió la especie humana ya solo quedaban en el planeta unos pocos elementos radiactivos de larga vida, como el uranio 235, que siguen calentando el subsuelo y cuyas radiaciones llegan a la superficie en forma de una pequeña radiactividad ambiental inevitable. Con el desarrollo de la energía nuclear, sin embargo, lo que hacemos es concentrar en un reactor este remanente de radiactividad de forma que, además de energía, generamos todo tipo de elementos altamente radiactivos que ya no existían en la naturaleza y que se mantendrán radiotóxicos durante decenas de miles de años. Si todo va bien, son lo que denominamos "residuos nucleares", a los que todavía no hemos encontrado acomodo; y si las cosas se tuercen, como ocurrió en Chernóbil y ahora en Fukushima, los desperdigamos por la atmósfera, el mar, la tierra y las aguas subterráneas, incrementando de esta forma y hasta niveles muy peligrosos la radiactividad ambiental.

Fue precisamente uno de los padres de la energía nuclear, el físico italiano Enrico Fermi, quien primero expresó sus dudas al dejar dicho que "al producir energía con la fisión nuclear estamos creando radiactividad a una escala sin precedentes y de la que no tenemos experiencia alguna, por lo que veremos si la sociedad aceptará una tecnología que produce tanta radiactividad". Durante mucho tiempo, los partidarios de esta tecnología han intentado convencernos de que debemos aceptarla en virtud de lo que Alvin Weinberg, otro de sus padres, llamó "el pacto fáustico nuclear": la promesa de un futuro con energía barata y abundante a cambio de un riesgo radiactivo asumible. Y para que aceptáramos el pacto, nos aseguraron que construirían las centrales nucleares de forma que no sufriríamos las peores consecuencias de su radiactividad. Incluso se atrevieron a cuantificar esta seguridad, afirmando que la probabilidad de un accidente grave, con fusión del núcleo y liberación radiactiva al exterior, como en Fukushima, sería de un accidente cada 100.000 años-reactor; o lo que es lo mismo, uno cada 200 años para un parque mundial de reactores similar al actual, o cada 100 años si lo dobláramos. Cuando los accidentes fueron sucediéndose con una frecuencia muy superior, las explicaciones eran cada vez más sofisticadas pero la conclusión siempre era la misma: hemos aprendido la lección y no volverá a suceder. Un claro ejemplo de lo que Taleb llama la falacia narrativa, una interpretación retrospectiva del cisne negro vivido que supuestamente reduce incertidumbres futuras. De hecho, hasta hace bien poco nos aseguraban que "otro Chernóbil es imposible" porque, decían, aquello fue consecuencia de una tecnología anticuada y de un sistema político y económico fallido. Y sin embargo está ocurriendo, a cámara lenta, en Japón, hasta hace poco la segunda economía mundial, y con tecnología norteamericana. Aquello que no podía ocurrir ha ocurrido, violando una vez más el pacto fáustico nuclear.

Pero es que, además, tampoco se ha cumplido la segunda parte de este pacto: la energía nuclear ni es abundante ni es barata, y menos va a serlo después de Fukushima. Hoy se concentra en cinco o seis países que representan más del 75% de una producción nuclear mundial que cubre menos del 3% de la energía final que consume la humanidad, y no parece que la situación vaya a cambiar mucho en las próximas décadas. Y en el aspecto económico, las recientes construcciones de Olkiluoto en Finlandia y de Flamanville en Francia no hacen sino repetir la experiencia del primer ciclo de construcciones nucleares: la incapacidad de la industria nuclear de cumplir con sus plazos y presupuestos. Por si fuera poco, las nuevas exigencias que se derivarán de lo ocurrido en Japón incrementarán de nuevo los costes, y muy probablemente pongan en cuestión el alargamiento de la vida de muchas centrales actuales; una prolongación por otra parte imprescindible si se quiere evitar el declive precipitado e irreversible de la energía nuclear.

La Unión Europea ha anunciado que va a recomendar la realización de pruebas de resistencia en todas las centrales europeas para determinar cuáles de ellas podrían resistir una agresión como la sufrida por los reactores de Fukushima, y clausurar las que no satisfagan los nuevos requisitos de seguridad. Está por ver cuáles serán estos nuevos requisitos, pero la propuesta francesa de excluir de estas pruebas las amenazas derivadas de actos terroristas y ataques aéreos a lo 11-S no parece razonable, ya que de lo que se trata es de que las centrales puedan sobrevivir a cualquier incidente que las prive de suministro eléctrico externo, puesto que esa ha sido la circunstancia que ha desencadenado el grave accidente de Fukushima. Claro está que el llamado station blackout no forma parte de los sucesos contemplados en el diseño base de ninguna de las centrales actualmente en funcionamiento, y que prepararlas para tal eventualidad puede suponer inversiones muy importantes, algo que al parecer los franceses quieren evitar por la cuenta que les trae.

Las promesas de energía nuclear abundante, barata y segura quedan hoy más lejanas que nunca, al tiempo que vamos conociendo la realidad de las consecuencias personales, económicas y medioambientales de un accidente grave en un país industrializado, todo lo cual invalida ambas contrapartidas del pacto fáustico que nos propuso Alvin Weinberg. De hecho, los hay que nunca creyeron las promesas de la industria nuclear y, entre ellos, en lugar prominente, están quienes precisamente son especialistas en valorar riesgos: las compañías de seguros. Siempre se han negado a cubrir la responsabilidad civil de una central nuclear, con lo que nos hemos visto obligados a promulgar leyes que eximen a las eléctricas de esta responsabilidad, más allá de cantidades que, como podremos comprobar en Japón, son simbólicas. A las compañías de seguros no les gustan las nucleares y es fácil comprobarlo leyendo cualquier póliza que tengan a mano. Verán que la letra pequeña dice: "Excluidos los riesgos por accidentes nucleares". Las consecuencias de los cisnes negros nucleares las tendremos pues que pagar de nuestros bolsillos o, lo que es peor, con nuestra salud, y por ello ha llegado el momento de hacerle caso al comisario europeo de la Energía, Günther Ottinger, y plantearnos cómo Europa podría cubrir sus necesidades energéticas futuras sin contar con la energía nuclear. No ya solo porque así lo prefiramos muchos, sino porque probablemente no tengamos más remedio.

Marcel Coderch, ingeniero, es autor con Núria Almirón de El espejismo nuclear. Los libros del lince, 2008.

La prohibición del burka musulmán y la promoción del burka occidental

El ansia - Webislam

En la tolerante y moderna Europa está siempre presente, desde el aumento de la inmigración musulmana, el debate sobre el hiyab (velo islámico) y el burka. ¿Hay que respetarlos como símbolos religiosos válidos y aceptados, como la cruz al cuello, o hay que desacreditarlos y hasta prohibirlos por ser parte activa de la opresión islámica sobre la mujer? Las leyes de países como Francia presumen de avanzadas y abiertas, de cosmopolitas y respetuosas, pero la prohibición de manifestar una elección personal que no interfiere en la vida de nadie más aparte de quien la realiza es algo, sin matices, reaccionario. No siempre son elecciones personales, claro: el burka suele ser una imposición masculina, o autoimposición, y es más difícil defenderlo desde algún punto de vista. El hiyab es algo diferente. Occidente, desde su superioridad moral, dictamina que el velo humilla a las mujeres que lo llevan. Puede ser una opción personal, sí, pero una no respetable. No parece constitucional un símbolo tan claramente antidemocrático de machismo. Porque es un símbolo claro de machismo, ¿no?

Pero Occidente no es quién para imponer a las mujeres musulmanas que viven en Europa lo que pueden o no hacer, no más que a otros ciudadanos. ¿Les han preguntado a ellas? ¿Tienen representación o voz en esos parlamentos que les quieren decir cómo tienen que vivir, al mismo tiempo que les dicen que Europa es la libertad total de elección, el lugar mágico en el que cada uno puede decidir lo que hará con su vida, idea en paralelo al sueño americano? Nadie les pregunta. Preguntádselo. Preocupaos por saber qué significa para ellas, no para vosotros, no deis por hecho que sólo tiene una interpretación correcta y que esta es, por supuesto, la vuestra. Habrá muchas respuestas diferentes. Algunas llevarán el hiyab por tradición, por fervor religioso. Dentro de esto, algunas, las menos en Europa, porque su familia masculina les obliga. Para otras, no pocas, no sólo no es un símbolo de opresión, sino que lo es de libertad. De reivindicación feminista. Se sienten perdidas en la materialista Europa y llevando el hiyab quieren gritar: “valórame por lo que soy, no por lo que aparento”, frente a la superficialidad occidental que prejuzga y valora y ayuda o no a una mujer según su aspecto físico permanentemente desvelado. Si uno quiere respetar los derechos fundamentales, no puede prohibir en bloque algo tan diverso. Eso es el reverso casi exacto de los países árabes que imponen su uso.

La prohibición del hiyab, aunque sea sólo en los lugares públicos, como colegios o centros políticos, es un acto etnocéntrico y despreciable. La única lectura es que Occidente sabe mejor que una pobrecita e ignorante mujer musulmana lo que a esta le conviene. El mismo Occidente que, en la cima de la hipocresía que es uno de sus principales rasgos culturales, acepta y promueve su propio burka: el canon estético. La vida de casi cada mujer occidental es una lucha constante por lucir bien, por estar atractiva de forma acorde a los modelos mandados desde la publicidad y la cultura de masas (y no sólo de masas) en general. Modelos asimilados por los hombres y por las mujeres que viven en el mundo occidental, quienes aceptan o desprecian, favorecen o ponen baches, a una mujer por el mero hecho de si es guapa o no. La mujer occidental, y en los últimos años también el hombre en otro de los perversos giros del capitalismo comercial, siempre está pendiente de su figura. Vive angustiada por la báscula, pasa hambre por las dietas, sufre rechazos si no encaja (¡y hasta casi encajando!) en el modelo estético, incluso está dispuesta a modificar brutalmente su cuerpo para ser aceptada. Se la valora por lo que aparenta, ella misma se valora por lo que aparenta, adoptando una mirada masculina sobre sí misma. Es una esclavitud diaria y constante. Interiorizada y asumida. ¿De verdad esto es mejor que el burka islámico? El burka islámico es impuesto por unos preceptos religiosos mal entendidos; el burka occidental está en la base de su propia cultura patriarcal-liberal. Mientras el terrible burka occidental no sea cuestionado abiertamente, cualquier defensa de la prohibición paternalista del hiyab por la presunta opresión que supone sólo puede considerarse como eurocéntrica en el peor sentido, cínica y xenófoba, deudora de los valores que llevaron al colonialismo y a la miseria y muerte del mal llamado Tercer Mundo.



Simone Weil: Ninguna guerra es justa


"A primera vista el mal de las guerras son los muertos y la destrucción. Eso podría hacernos pensar que se trata de un mal menor, si la causa es justa. Pero lo bien cierto es que existe otro mal de las guerras, de todas las guerras, que pone en entredicho que alguna pueda ser justa. El mal de toda guerra es que aumenta el error con el que los humanos se juzgan a sí mismos y a los demás, lo que no puede sino avivar las causas de la violencia.

Simone Weil afirma algo que, de entrada, resulta sorprendente. En efecto, dice que las guerras son episodios imaginarios, aunque la muerte y la desolación sean muy reales. La guerra impide ver la realidad en sus propios límites: quienes se enfrentan proyectan sobre el otro la imagen que les permite verse a sí mismos como poderosos y exultantes. Puesto que este error de la imaginación lo practican todos los que participan de las guerras – e incluso quienes no participan y se limitan a ser espectadores – las consecuencias de la victoria de unos y la derrota de otros llevará la marca de ese error.

( ... )

Weil nos advierte de que es fácil caer en la opinión bienintencionada de creer que una causa justa sigue siendo justa después de ser vencida. No es así. La destrucción de una guerra no solo queda patente en los bienes materiales que desaparecen. Es mucho más grave, puesto que también los valores espirituales de los vencidos serán borrados del mapa. El uso de la crueldad, por parte de los vencedores, puede llegar a paralizar los espíritus y eso conduce a la población a la desesperanza y a la cobardía, o a las dos cosas, una detrás de otra.

( ... )

Igualmente debemos saber que es una práctica habitual efectuar una lectura de los seres humanos que les quita realidad, volviéndolos abstractos portadores de una bandera, de una ideología. Y que esa lectura lleva impresa la huella de los enfrentamientos y de la violencia.

( ... )

Las banderas detrás de las cuales se arman los ejércitos tienen nombres altisonantes y con mayúscula: por la “Libertad”, por la “Democracia”, por el “Socialismo”, contra el “Capitalismo”, contra el “Fascismo”. ( ... ) Desgraciadamente estas palabras ocultan una lucha por ser el más fuerte donde puede más que querer demostrarlo y cumplir el sueño de la imaginación que la obtención de beneficios materiales. Así estamos hechos los humanos, ésa es nuestra barbarie.

Ahora bien, la lucha que enfrenta a los de abajo y a los de arriba es eterna, no hay que renunciar jamás a ella, aunque hay que intentar disminuir los riesgos de guerra. Afortunadamente – no recuerda Simone Weil – la historia no sólo nos ha dejado masacres. También ha dejado alguna luchas pacíficas...

Así pues, ‘ser revolucionario, puede tener dos sentidos: esperar que todo cambie mediante un vuelco que ponga a los de abajo arriba e inicie el camino hacia una situación en la que deje de existir el arriba y el abajo – este es el significado marxista; o ayudar a aligerar el peso que aplasta, rehusar las mentiras con las que se justifica la humillación y contribuir a dar a los de abajo el sentimiento de que ellos también tienen valor – este es el significado wiliano."

Extraído de 'La guerra según Simone Weil' de Maite Larrauri

Mi lado femenino



Por no parecerse a sus madres, muchas mujeres han llegado a adoptar roles de hombres. Miden su propia valía según los patrones masculinos de productividad, de modo que en ocasiones pierden el control y se convierten en unas tiranas para sí mismas. No se permiten descansar ni atender sus propias necesidades de ser queridas y cuidadas. Sienten “el vacío del éxito”.

Las diferencias sexuales en la sociedad occidental no constituyen sólo diferencias biológicas sino que, a través del proceso de socialización, se moldean dos cosmovisiones, dos grandes formas de vivenciar y percibir el mundo. 

Los roles que existen en la sociedad se aprende a través de agentes socializadores como son la familia, en primer lugar, y posteriormente la escolarización, las instituciones, los medios de comunicación, etc., durante un proceso educativo que es distinto para hombres y mujeres. Por tanto, “lo masculino” y “lo femenino” son conceptos fruto de una construcción sociocultural.
Con el tiempo, estos roles pueden llegar a convertirse en un esquema rígido de comportamiento que impide la fluida comunicación personal y la posibilidad de una comunicación emocional de apertura con uno mismo. Al posicionarnos en una estructura tapamos, menospreciamos o negamos la otra de nosotros mismos. 

Las personas necesitamos expresarnos de una y de otra forma, de manera “masculina” y “femenina”, sentirnos fuertes o débiles, tiernos o agresivos, sin que ello tenga necesariamente connotaciones positivas o negativas.

Ambos sexos estamos educados para que aceptemos un rol complementario en la relación de poder que permita mantenerla. Lo contrario, es punible de alguna manera. En las mujeres existe una fuente de conflictos adicional. Si nos comportamos de acuerdo con la expectativa social, su rol de mujer ocupa un segundo lugar puesto que la consideración social recae en lo masculino. Pero si nos comportamos con los valores masculinos, para ser reconocidas socialmente (agresividad, competitividad, fortaleza, dureza, minimización de las emociones), somos despreciadas como mujeres.

Cuando el inconsciente masculino toma el poder, puede que la mujer sienta que nunca es suficiente, haga lo que haga o cómo lo haga. No llega a sentirse satisfecha del todo. Cuando completa un trabajo, ese inconsciente la empuja a buscar otro; le urge a pensar en el futuro, sin valorar lo que está haciendo en el presente. Ella se siente asediada y responde desde un lugar interno de carencia: “Debería estar haciendo más. Lo que hago no es suficiente”.
Este actuar desde la máxima “yo puedo, soy fuerte”, enfatizando “lo masculino”, por lo general suele dejar profundas huellas tanto en la salud, que se deteriora a golpe de yunque y martillo, como en el estado emocional.

¿Para qué sirve tanto esfuerzo? ¿Por qué me siento tan vacía? Es lo que terminamos preguntándonos después de haber conseguido los aplausos, si los conseguimos, y después de tantos y tantos “yo puedo”. Nos decimos: “He logrado todo lo que me propuse y, sin embargo, me sigue faltando algo”.
El sentimiento que genera este estado es de escisión, de traición a nosotras mismas, de abandono de una parte de nosotras que ni siquiera conocemos.
Esta sensación de pérdida es, en realidad, un anhelo de “lo femenino”, el anhelo de una sensación de hogar en el cuerpo.

Al final, se da cuenta de que los presupuestos de los que partió desde pequeña, acerca de las recompensas por ser una mujer “yo puedo”, son falsos y la han llevado a luchar en otra “guerra”, que la han conducido a obtener “victorias” que no le valen para llenarse a sí misma. En efecto, consiguió el éxito, logro objetivos, adquirió lo que creía que era independencia y para todo ello se dejó la piel en el camino, endureció su corazón y puso una mordaza a su alma.
No es necesario continuar actuando como la mujer yo puedo que siempre hemos vivido. Podemos ser mujeres capaces de vivir con plena libertad, sin complacer a todo el mundo, pero sin perder de vista que somos parte de él y que nuestros actos suman a su desarrollo. Si nos creemos menos, le estaríamos restando al mundo.

Es por eso que reflexionamos sobre el tema y desde aquí os invito a pasar de ser una mujer yo puedo a una mujer yo vivo, yo siento, yo soy.

¿Qué es el Estado?


Podemos definir el Estado como la estructura jerarquizada que se proyecta mediante instituciones y organismos sobre una determinada población y territorio e intervine en los diferentes ámbitos del orden político, económico, social y cultural al servicio de las clases dirigentes.

El Estado se sustenta en un aparato jurídico-militar del que emana el uso lícito de la violencia.

Se presenta como una construcción ideológica consagrada en una identidad nacional (la patria) producto del progreso histórico del proceso civilizatorio.

El Estado se conforma entonces, como un sistema de dominación nacido hace unos 5.000 años con la creación de una sociedad jerarquizada que permitía el control de los recursos de forma centralizada a través de las elites (soldados, sacerdotes y burócratas)

Actualmente los Estados (hijos de la Revolución Francesa y su división de poderes) a través de los Tratados Internacionales, subordinan su soberanía a otras organizaciones supraestatales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial de Comercio, o bien se atan a través de tratados de libre comercio a la lógica del mercado.

En estas condiciones las decisiones que rigen la vida de las personas quedan en manos de las grandes compañías multinacionales que tienen la capacidad de manejar los hilos de la economía mundial a su antojo, dejando al Estado la gestión de los ajustes económicos que imponen de manera ‘blanda’ a través de los medios de comunicación, los fármacos…, o bien de manera ‘dura’, a través de la represión policial-militar.

¿Qué es el decrecimiento feliz?


Julio García Camarero

Para hablar del decrecimiento feliz primero debemos ver que significan los términos crecimiento y decrecimiento:

Por un lado, el Crecimiento podemos considerarlo como la acumulación (por parte de unos pocos) de la riqueza que producen: los recursos del planeta y el trabajo humano, a costa de aumentar la explotación y la pobreza de unos muchos y a costa del agotamiento final de los recursos del planeta.

Los medios de comunicación, el marketing, los gobiernos capitalistas y los economistas del neoliberalismo global, nos dicen (hasta la saciedad) que el crecimiento es algo imprescindible, sin posible alternativa, y que es beneficioso. Un crecimiento que es bueno para la economía. Lo malo es que no nos aclaran bien que es eso tan misterioso e insustituible de “la economía”.

Pero la realidad es que el crecimiento SOLO es indispensable para los explotadores, los usureros y los especuladores. Pero, para la inmensa mayoría de la población el crecimiento es muy perjudicial y totalmente rechazable.

Por otro lado, podemos admitir que el decrecimiento feliz: es la redistribución de la riqueza del planeta entre todos. Y además que los trabajadores trabajen menos, consuman menos, deterioren menos, contaminen menos y que por eso sean más felices. Pero el uso y redistribución de la riqueza del planeta debe de tener muy en cuenta que se haga mesuradamente, sin originar agotamiento de los recursos, sin deteriorar la delicada estructura de los ecosistemas (ni su biodiversidad) y sin ocasionar un cambio climático. Menos trabajo asalariado enajenado puede conseguirse, entre otras cosas, a partir de bancos del tiempo. Menos consumismo y obsolescencia planificada, se puede conseguir entre otras cosas, a partir del trueque y el dinero social.

También habrá que puntualizar que no sólo existe el decrecimiento feliz, sino también, el decrecimiento infeliz. En efecto, el actual crecimiento infeliz,…que se plantea como crecimiento ilimitado a partir del uso de unos recursos naturales que son limitados, lo queramos o no lo queramos, derivará en un inevita-ble en: decrecimiento infeliz. decrecimiento infeliz y caótico decrecimiento apocalíptico.

Y si no comenzamos a tiempo un decrecimiento feliz, pronto caeremos en un decrecimiento infeliz, que será inevitable, puesto que en el planeta sobrarán deseos con sumistas y faltarán recursos para satisfacerlos. Esto es algo que ya está pasando en EEUU, país que, a pesar de su mega economía, está manteniendo su frenético consumismo gracias a aumentar constantemente su deuda, que es la mayor del planeta.

Este decrecimiento infeliz traerá (arrimados por la escasez) una aún mayor suma de infelicidad y de conflictos bélicos, sociales, alimentarios, de degradación de calidad de vida, cataclismos (climáticos radiactivos...), etc. Un decrecimiento infeliz y caótico que puede venir repentinamente en el momento más inesperado. Tal y como está sucediendo ya en estos días en Japón. Y que rápidamente puede pasar a ser un decrecimiento apocalíptico. En este sentido: el Comisa-rio Europeo de Energía dijo que la actual crisis nuclear del Japón era "apocalíptica" y añadió: "Estamos hablando de Apocalipsis y yo creo que esta palabra está particular-mente bien elegida". Otra cosa, es que las voces oficiales niponas se vean obligadas a decir mentiras piadosas. Lo mismo le sucede a los intereses del “crecimiento”.

(Tomado de fragmentos de mis libros “El crecimiento mata y genera crisis Terminal” y “El decrecimiento feliz y el desarrollo humano” Ed. La Catarata años 2009 y2010 respectivamente).

Es muy conveniente para ampliar información entrar en la pagina web: http://www.decrecimiento.info/
En ella se encontrará: artículos, bibliografía y páginas Web, sobre decrecimiento.