Reflexiones personales sobre el decrecimiento

El blog de Onible

Volver atrás. Recular. Aprender del pasado. No es una cobardía, es una sensatez.  Me es muy grato, descubrir por uno de mis amigos, la existencia de un movimiento activo a favor del decrecimiento. Se puede vivir con menos, se puede vivir de modo diferente, se puede ser feliz contracorriente. Por desgracia la crisis especulativa y defraudadora está abocando a muchos a pensar.  Hacerlo con el estómago vacío es una tarea difícil, pero, por lo visto, con él lleno es imposible.

Las factorías no tienen porque sobrevivir gracias al incremento de la producción, más bien deberían hacerlo gracias a la calidad duradera de sus productos. Las personas no tienen más cuanto más compran, sino cuanto más comparten. El rico o el menos rico solo llevan puesto un pantalón, conducen un vehículo, encienden una luz,…  Reconocer los límites físicos es un buen comienzo.  Reconocer la connivencia con el establecimiento de injusticias amparadas en la cotidianidad, es otro paso. Esconderse en que el otro;  por ser más rico, más vago, de otro sitio geográfico, o … y por ello debe dar él el primer paso, es la huida menos creíble y más evidente de complicidad.  Cada individuo del sistema contribuye al aumento de los precios, al fomento de la violencia, al concurso de la mentira, a la permisividad de la injusticia, …

La sociedad se cambia desde dentro, desde el individuo.  Son las personas las que valoran un estilo de vivir frente a otro. Son los seres humanos los que asumen actitudes dignas o indiferentes ante los acontecimientos diarios. Salvo crueles y salvajes atropellos, hoy, la persona diluye el engaño o la ofensa, la infidelidad o la incoherencia en la normalidad. Seamos sinceros con nosotros mismos, lo excelente de la vida es tener con quien compartirla;  charlar, reír, sentarse en torno a una mesa, resolver los problemas con ayuda o ayudando… Asuntos que nada tienen que ver con disponer de ropa de marca, ir a viajes exóticos, lucir un gran coche o comer en un lujoso restaurante. Esforcémonos entonces por ser seres relacionales, volcados en los demás, preocupados por la justicia social, iniciemos un cambio de valores donde prime el ser humano frente a lo material.

Siguen empeñados en el crecimiento productivo y financiero, no sólo los bancos y los estados, también los sindicatos y una parte de la ciudadanía. Es la insensatez de no conocer los límites. Las consecuencias de ese crecimiento materialista y no humano provocan la insatisfacción progresiva de la población. Un incansable incremento de los poderes fácticos y mediáticos en la manipulación de la información sobre la sociedad, retroalimenta  sus ingresos dinerarios al margen de los problemas sociales.  Se olvidan de mencionar el desproporcionado destino del capital hacia tecnologías armamentísticas o entidades especulativas.

Lo importante no es que las fábricas produzcan más, sino que contaminen menos. Lo importante no es que los habitantes, saturados de objetos, los cambien y compren nuevos, sino que aquellos que no tienen accedan a ellos. El progreso no se mide por el número de casas, coches u ordenadores.

Decrecer es un estilo de vida, un conjunto de actitudes maduradamente reflexionadas e interiorizadas.  Se puede comer menos carne. Evitar usar el vehículo en los desplazamientos. Reducir el salario proporcionalmente a la reducción de las horas de trabajo diarias. Eliminar segundas viviendas, no tener más que un coche por familia. Compartir el televisor, el ordenador, el teléfono.

La calidad de vida se mide por la felicidad de las personas. En occidente la obesidad se está convirtiendo en una enfermedad contagiosa. El individualismo se fomenta con los objetos electrónicos personales. La relación social se reduce extraordinariamente a los más cercanos. Estamos deshumanizándonos, eso no es progreso, es retroceso.

La realidad


Decresita

Las personas intentamos acercarnos a la “realidad” para comprender el mundo en que vivimos, a través del entendimiento, la intuición, el arte, la poesía, la religión, la mitología, la filosofía, la ciencia, …

Cuando intentamos aproximarnos a esta “realidad”, nos encontramos con que cada una de nosotras vive una 'forma de estar en un lugar' que nos proporciona nuestro 'yo', 'lo que somos'; y este 'yo', y este 'lo que somos' es una construcción histórica que empezó con la aparición del Universo.

Este devenir nos configura a nosotras, a la vez que a nuestra “realidad”; con lo cual es imposible construir un 'afuera' para poder ver una 'realidad objetiva'. Entonces podemos convenir que vivimos múltiples realidades, en las cuales habitamos todas las personas.

Nombrar “la realidad” que percibimos es un acto subjetivo, pues depende de lo que 'somos', y como construimos mediante 'imágenes mentales' el 'mundo percibido'; esto es, como elaboramos un 'imaginario colectivo', para poder compartir mediante el lenguaje simbólico una “realidad”.

Cada grupo humano, cada sociedad, está atravesada por diferentes ideas, representaciones, modelos, paradigmas, propósitos..., que conforman una forma de mirar el mundo, siendo la imposición de la 'verdad absoluta' una forma de aleccionamiento orientada a la defensa de determinados intereses de las élites dentro de un grupo social, para la salvaguardia de privilegios y ventajas.

El decrecimiento y la sostenibilidad analizados desde la perspectiva de la termodinámica de los procesos irreversibles

Joan García González

En los últimos tiempos, ha surgido la necesidad de reducir el creciente sistema de producción y consumo en las sociedades industrializadas, ya que tales actuaciones están conduciendo a un colapso irremediable.

Para resolver tal situación, se han elaborado propuestas de cómo organizarnos en una sociedad estable. En un principio, estas propuestas se estructuraron alrededor del paradigma del ecodesarrollo, yfinalmente se polarizó en torno al principio del desarrollo sostenible. A pesar de que autores como H. Daly han precisado una diferenciación entre los conceptos crecimiento y desarrollo, este último, al ser manipulado y tergiversado, a menudo sólo ha servido para mantener la fe ciega en el modelo económico basado en el principio del crecimiento ilimitado.

Para resolver los problemas generados por este sistema económico, no basta con detenernos y organizarnos a partir de ahora de un modo viable y perdurable, sino que es necesario realizar una marcha atrás con medidas de decrecimiento para corregir las actuaciones insostenibles realizadas, pues hace tiempo que se ha superado la capacidad de carga de los sistemas físicos en los que estamos instalados, y las previsibles soluciones tecnooptimistas que a veces se han esgrimido, no han resuelto los problemas.

El presente trabajo es un estudio de los temas del decrecimiento y de la sostenibilidad desde la perspectiva de la termodinámica. Esta disciplina, al investigar los procesos energéticos, nos facilita establecer con rigor los modos de estructurar tanto el decrecimiento como la sostenibilidad en nuestra sociedad. Esta relación entre la economía y la termodinámica ya ha sido objeto de investigación y, modernamente, gracias a las nuevas aportaciones de la termodinámica de los procesos irreversibles (Proops, 1983, Prigogine, 1955) nos ha facilitado el modelo de los estados estacionarios, para organizarnos en unas aceptables previsiones de futuro para la humanidad, siempre teniendo en cuenta que al estar ubicados en el planeta Tierra conlleva unas limitaciones físicas y temporales. En el primer congreso del decrecimiento (Paris 2008) ya se estableció una conexión entre decrecimiento y estados estacionarios.

Tanto desde la perspectiva de organizarnos sosteniblemente, como en las correcciones del decrecimiento, se deberá tener presente que siempre estaremos situados en un contexto evolutivo. Es decir, las propuestas presentadas no han de suponer el estancamiento en un estado estacionario idílico pasado o futuro. Dentro de los elementos evolutivos caben diversas interpretaciones ‐la darwinista clásica sólo nos ofrece el mecanismo del azar y la necesidad‐, pero en otros modelos que aquí analizaremos, veremos como aparecen otras perspectivas donde quizás deban incorporarse acciones de planificación propias de una noosfera que supere el seguir sólo rutas contingentes, como las que se han dado en la biosfera, según un modelo evolutivo guiado por el relojero ciego.

Utilizaremos los elementos de la termodinámica de los procesos irreversibles, tanto en condiciones lineales como en las no lineales, pues a diferencia de la termodinámica clásica, que sólo estudia la estabilidad de los sistemas en condiciones de equilibrio, esta nueva formulación de la termodinámica nos permite estudiar los sistemas más o menos alejados de las condiciones de equilibrio, tanto en estados estacionarios metaestables como en sus saltos evolutivos en los puntos bifurcativos. Los sistemas económicos, al igual que los organismos vivos, son abiertos, es decir, intercambian energía y materia con el entorno y, por su carácter de estructuras disipativas, nos permiten establecer estados de estabilidad llamados estacionarios que en modo alguno conllevan criterios estáticos, pues están siempre abiertos a procesos de creciente complejidad vía rutas evolutivas. Cuando por la aparición de fluctuaciones se pueden romper situaciones de metaestabilidad, y a través de procesos bifurcativos abrirse a nuevas formulaciones de estabilidad, observamos que se da además un claro proceso evolutivo hacia complejidades crecientes.

En estas situaciones, introduciremos una específica interpretación de los principios de la resiliencia, frente a los de homeostasis, propios de las situaciones de equilibrio en general y, en concreto, en sus tradicionales aplicaciones en economía. Todo ello, a su vez, estará abierto a situaciones evolutivas que nos facilitarán estudios de prospectivas. En este contexto, cabe analizar cómo la tecnosfera puede desarrollar todos los potenciales de la antroposfera y, de este modo, superar los supuestos de la biosfera sin oponerse a los condicionantes de ésta. Finalmente, aun cuando estas contribuciones de la termodinámica son claves para la solución de los temas del decrecimiento y la sostenibilidad, también hay otros elementos a tener en cuenta. Aquí citaremos a título de ejemplos algunas de estas contribuciones, como las que se dan desde la perspectiva de la ética y de la estética.

Extraído de: El decrecimiento y la sostenibilidad analizados desde la perspectiva de la termodinámica de los procesos irreversibles

Degrowth Conference Barcelona 2010 - Proceedings

Prosperidad sin crecimiento

Por Florent Marcellesi, coordinador de Ecopolítica y miembro de Bakeaz

Reseña crítica del libro “Prosperidad sin crecimiento. La transición hacia una economía sostenible”, de Tim Jackson (2010). Publicada en la Revista Ecología Política, número 41.

Sin duda, el opus de Tim Jackson (1) se inscribe en la corriente de otras dinámicas británicas como las Iniciativas en Transición o los trabajos de la New Economics Foundation. Al igual que sus compatriotas, gira en torno a un fuerte pragmatismo sin tintes ideológicos demasiado marcados con el fin de construir grandes mayorías sociales para afrontar el doble reto del cambio climático y del pico del petróleo. Asimismo, y a pesar de una hipótesis “herética” en el marco de una economía del crecimiento —es posible y deseable un mundo próspero sin crecimiento—, busca ante todo la máxima audiencia para federar y generar consenso más allá de los círculos ya convencidos. Esta estrategia tiene un gran acierto en su capacidad de difusión y vulgarización: el libro es muy asequible, incluso para no especialistas, y de una gran claridad. Por tanto, no habrá que sorprenderse que, a la pregunta de si una sociedad sin crecimiento sigue siendo una sociedad capitalista, Jackson conteste con otra pregunta ambigua: “¿realmente importa?” (p197)*

Pero ¿qué nos propone exactamente el autor? Retomando el testigo del ‘estado estacionario’ de Herman Daly y apoyándose en los trabajos del economista ecológico canadiense Peter Victor (2), Jackson plantea que “la prosperidad consiste en nuestra capacidad de ser felices como seres humanos, dentro de los límites ecológicos de un planeta finito”. Según el autor, “el reto para nuestra sociedad es crear las condiciones donde se haga posible”, siendo esta tarea la “más urgente de nuestra época” (p32). Sin embargo, el crecimiento no permite alcanzar esta meta. Gracias a una rica argumentación gráfica bien sólida y referenciada, Jackson explica que, una vez superado el umbral de los 15.000 dólares de renta per cápita, el nivel de satisfacción no reacciona, incluso ante aumentos muy importantes del PIB. Dicho de otro modo y principalmente en el Norte, la opulencia material y el aumento continuo de nuestras rentas no nos hacen más felices, además de destruir las condiciones de vida básicas en la Tierra. Al revés: la sociedad occidental estaría en “recesión social” (p148) y sería rehén de la “caja de hierro del consumismo” (p95) donde el consumidor en busca de novedades y de estatus (a través del “lenguaje de los bienes materiales”), y el empresario en busca de monopolio a base de destrucción creativa se confunden para conformar la piedra angular del crecimiento económico a largo plazo.

Llegados a estas alturas, nos estamos topando con “el dilema del crecimiento”: el crecimiento no es social y ecológicamente sostenible —por lo menos en su forma actual— y el decrecimiento es inestable —por lo menos en las condiciones actuales (3). Para salir de este dilema, solo existen dos métodos: hacer sostenible el crecimiento o estable el decrecimiento. Cualquier otra opción provocaría el colapso ecológico o económico. Ante este dilema, la respuesta convencional suele preconizar el desacoplamiento, es decir la no dependencia de la producción de los flujos de materiales. A pesar de la realidad de un desacoplamiento relativo (la intensidad energética por unidad ha bajado desde 1970 en un 30%), no existe ningún indicio que apunte a un desacoplamiento absoluto, es decir del volumen total de la producción, como lo atestigua por ejemplo el aumento de las emisiones de CO2 en un 40% desde 1970. Hoy día, la eficiencia tecnológica ni siquiera ha compensado el crecimiento de la población y está muy lejos de compensar también el aumento del nivel de abundancia. En cuanto al New Deal Verde, que cuenta con un consenso internacional para ser el nuevo “motor verde del crecimiento”, el autor considera que tiene numerosas ventajas y que puede ser útil como herramienta de transición pero que sigue siendo un keynesianismo basado en el aumento final del consumo, lo que lo condena a toparse también con los límites ecológicos.

De forma proactiva, Jackson propone tres vías complementarias para salir del dilema del crecimiento y empezar una transición sostenible. La primera: establecer los límites. Sobre todo, significa fijar umbrales de recursos y emisiones per capita (véase el modelo de “contracción y convergencia”), fomentar una reforma fiscal (por ejemplo la tasa carbono) y apoyar económica y tecnológicamente la transición ecológica en los países del Sur. La segunda: construir “una teoría de macroeconomía ecológica robusta y educada en el plano ecológico” que constituye según el propio autor seguramente “la recomendación más importante del libro” (p129). Además de integrar las variables ecológicas en los factores de producción clásicos, esta macroeconomía tiene como objetivos construir un modelo donde la estabilidad no dependa del crecimiento (4), la actividad económica esté dentro de los límites y la productividad del trabajo ya no sea el factor determinante. Además de una mayor prudencia fiscal y financiera, de una superación del PIB como indicador principal de riqueza y de la apuesta por una economía de servicios poco intensiva en energía pero sí en mano de obra, supone también unas inversiones ecológicas, principalmente a cargo del Estado, la eficiencia de la utilización de los recursos, en tecnologías propias y en la mejora de los ecosistemas. Tercero: es también necesario cambiar la lógica social donde los poderes públicos tienen como objetivo “desmantelar la cultura del consumismo” (p182).

El autor propone que las capacidades —definidas por Sen y Nussbaum— sean el criterio determinante del éxito social, siempre y cuando estén dentro de los límites del planeta. Por otro lado, el reparto del trabajo se convierte según Jackson en “la solución más simple y más citada para mantener el empleo sin aumento de la producción” (p140) mientras la lucha contra las desigualdades (a través de rentas mínimas o máximas) es una prioridad.
Ahora bien: es de señalar que la principal fuerza de la obra de Jackson —su búsqueda de consenso amplio— es al mismo tiempo su principal debilidad. Al no querer ser lo suficiente impertinente con el dogma dominante (echamos de menos referencias a Illich y una mayor utilización de la obra de Gorz por ejemplo), tiene tendencia a dejar de lado cuestiones fundamentales. Primero, a pesar de que el autor tiene bien presente el tema de las deudas públicas y ecológicas, falta una reflexión sobre el papel del dinero y del poder de los bancos privados en la creación monetaria. ¿Será posible una prosperidad sin crecimiento sin reforma de las instituciones financieras y la creación de un nuevo modelo monetario con el impulso, por ejemplo, de monedas locales? Por su parte, el capítulo sobre gobernanza queda muy ‘cojo’ al no abordar el papel de la sociedad civil a nivel local e internacional. Tampoco dedica una palabra al juego complejo de actores de cara a sellar un nuevo pacto social y la necesaria resolución de conflictos que nacerán de la transición. ¿Acaso los detenedores del capital aceptarán de buena gana que las inversiones ecológicas pasen a tener rendimientos bajos, incluso nulos?  ¿Cómo se irán resolviendo las nuevas resistencias y tensiones políticas, empresariales, sindicales o sociales al cambio de modelo? En definitiva, si rechazamos el ecoautoritarismo como salida válida a la crisis socio-ecológica, el libro carece de un punto fundamental: una reflexión sobre la democracia ecológica y deliberativa como condición e instrumento de una transición exitosa.

Si de verdad “la dinámica natural del modelo capitalista no propone ninguna vía fácil hacia un estadio estacionario y le empuja hacia la expansión o el colapso” (p174), tenemos expectativas en las próximas reflexiones de Tim Jackson donde, ojalá gracias al éxito de la primera entrega, podrá pasar a la segunda fase de su estrategia e ir abordando o profundizando en otros puntos clave y menos consensuales.

Notas:

(1)    Se basa en un informe previo de la Comisión por el desarrollo sostenible de Reino-Unido: http://www.sd-commission.org.uk/

(2)    Peter Victor: “Managing without growth. Slower by design, not by disaster” saber más: http://pvictor.com/

(3)    A mayor productividad del trabajo, se necesita menos mano de obra para el mismo nivel de producción. Por lo cual, el crecimiento tiene que aumentar más rápido que la productividad para seguir creando empleo, distribuyendo rentas y generando confianza para que siga aumentando el consumo. En caso contrario, un crecimiento no suficientemente sostenido termina creando desempleo, desconfianza, deuda privada y pública e, in fine, recesión.

(4)    El autor propone sustituir el objetivo de estabilidad por el de resiliencia.

* las páginas referenciadas se basan en la versión francesa del libro.

¿Qué nos convierte propiamente en siervos en el sistema conformista?

"La pregunta: ‘¿Qué nos convierte propiamente en siervos en el sistema conformista?’, podríamos responderla de igual modo con ‘todo’ y con ‘nada’.

Con 'todo', pues no necesitamos más que dejar nuestra casa –no, propiamente sólo despertar- para de inmediato vernos cortejados por las sirenas que nos seducen y mandan, y componen hoy nuestro mundo: por los millones de aparatos, formas de hablar, uso, opiniones y behavior patterns [modos de comportamiento], que exhiben sus encantos, nos llaman a coro de forma ensordecedora ‘¡tómame!’, ‘¡haz mi voluntad!’ y ‘¡entra en el juego!’; y, antes de que sepamos hacia donde se va, ya nos vemos arrastrados por su corriente. Y estamos a sus órdenes, nos dejamos llevar, entramos en el juego sin tan siquiera  sorprendernos por su violenta acogida; al contrario: nada nos parece más obvio que confiarnos a ese barullo, nada más natural que ver en esas criaturas sirénicas ‘nuestro mundo’ y, en el orden, incluso se nos antoja que quien opone resistencia aterriza en el arroyo para escuchar de boca de la psicología, siempre presente en el barullo como juez, que es un inepto, un poorly integrated [pobremente integrado] o, incluso, desleal.

Y sin embargo, también con ‘nada’, pues por más que escuchemos, en ningún lugar es posible oír la voz de una instancia central que exija de nosotros incondicionalmente que sigamos nadando en esa corriente. Y si de vez en cuando, en verdad desesperados, aseguramos que no queríamos, que no teníamos ninguna necesidad, que no debíamos hacerlo, que ningún dios nos había ordenado dejarnos llevar por la corriente; y aunque estuviera escrito que teníamos que creer y gritar y comprar con los demás, ya no tenemos ningún derecho; a veces, incluso, sucede que se nos da la razón, que quienes como nosotros son arrastrados sin resistencia nos dan la razón.

Cosa que, por supuesto, no nos está permitido malinterpretar o aprobar, pues esas víctimas no nos aplauden porque también ellas se sientan inquietas por la ausencia de la última voz que ordena, sino al contrario, porque ven en esa ausencia la justificación de su falta de resistencia y la razón jurídica de su buena conciencia. En otras palabras: por más que lo hagan sin escrúpulos ni restricciones, las víctimas se enfurecen con nosotros sólo porque viven en la certeza de enfurecerse espontáneamente; y están tan seguras de esa ilusión suya porque no hay ninguna instancia central de mando que se muestre por ninguna parte, porque el ‘deus’ de su sistema permanece  mudo y absconditus [oculto] y porque malinterpretan esa imperceptibilidad de su dios como no existencia, es decir, justo como su dios desea que se malinterprete. De hecho y en verdad, éste permanece absconditus e imperceptible porque sabe que es el más poderoso si se mantiene escondido tras los bastidores y que la mejor manera de asegurar la integralidad de su dominio es no dejarse percibir.

Por tanto:

Cuanto más integral es un poder, más muda es su orden.

Cuanto más muda es una orden, más obvia resulta su obediencia.

Cuanto más obvia es nuestra obediencia, más segura resulta nuestra ilusión de libertad.

Cuanto más segura resulta nuestra ilusión de libertad, más integral es el poder.

Este es el proceso circular o espiral que mantiene en pie la sociedad conformista y que, una vez puesta en marcha, va perfeccionándose automáticamente."

Extraído del libro: La obsolescencia del hombre (Vol. II). Sobre la destrucción de la vida en la época de al tercera revolución industrial. Günter Anders.

¿Me puedo fugar de esta crisis?

Ángel Calle Collado - Crisis y política de los vínculos

¿Me puedo fugar de esta crisis?

Estamos dentro y lo seguiremos estando. Por dentro quiero comenzar señalando que, sobre todo en los grandes oasis de consumo que se dan en Occidente, la creciente mercantilización de relaciones nos lleva a que alimentación, salud, vivienda, ocio o incluso participación (que presupone información, tiempo para construir confianzas y reflexiones, etc.) sean necesidades a satisfacer desde ámbitos que han contribuido a la explosión del desorden: deseo y diversión sujetos a superficies y patrones de consumo y de crédito; inversiones y futuros pensados o administrados en clave de fondos especulativos; necesidades materiales subordinadas a un centralizado e insostenible mercado global; etc.

Por dentro quiero expresar también que nacemos y vivimos en red. Al nacer, nuestra estructura cerebral aparece predispuesta para el lenguaje, que luego el contexto, y por ende otros y otras, nos pondrán en marcha a ritmo de palabras, acentos y gramáticas. Abrimos los ojos, los oídos y los poros de la piel y ya está por allí pululando la posibilidad de empatizar con lo que otros sienten, y también la potencialidad de asustarnos cuando nos estimulen desde algo que consideremos una amenaza. Aprendemos emociones desde las ya heredadas. Tenemos nuestra primera sensación de hambre, y ya movemos las manos y nuestros labios a ritmo de una potencialidad de succionar (de reclamar de otras), que viene impulsada por unos niveles de oxitocina (la hormona del amor) que conectan madre e hijo.

Y viviremos como hemos nacido, en red. La satisfacción de nuestras necesidades básicas, sean materiales (subsistencia), expresivas (libertades y creatividad), afectivas (identidades y lazos emocionales) o de relación con la naturaleza (somos una especie más), nos conducen a convivir, a conversar y a construir herramientas con los demás. Por activa o por pasiva, por acción o por omisión, conscientes de nuestra interdependencia o crédulos de una posibilidad de autonomía que nos haga dioses (si no bestias), nuestro hacer o nuestro decir es siempre una modificación del flujo de relaciones (de intercambios materiales, simbólicos, emocionales) para construir nuestra dignidad, a costa o en consideración de los otros. Permanentemente recreamos, acatamos o nos oponemos a las instituciones sociales (familiares, políticas, afectivas, culturales, económicas, etc.) en las que se recrean, a la vez que se utilizan, normas, valores, hábitos.

Trato de salir, pues, de un debate de esencias, de si somos animales sociales. Estamos dentro. Habitamos redes. Nos construimos desde, para y a través de los otros. Como especie, Gaia nos conecta al resto de seres vivos para formar un gran organismo que se esfuerza por autorreproducirse; y nosotros y nosotras, por salirnos de él. Si nos pensamos, es sólo como paréntesis de conversaciones que nos han ido legando una forma de decir, de hacer, de valorarnos.

¿Fugas? No puedo salirme, no plenamente. Sí puedo considerar esas fugas como fisuras, enredos, recreación de otros vínculos más habitables. Y que, cualitativamente, puedan representar un salto en alguno de los planos de satisfacción de necesidades básicas de tal manera que se reconozcan como un “hito revolucionario”. Pero estamos, ante todo, en la recreación constante de lo que Maturana define como conversaciones (intercambios, enunciados, propuestas) que caminan bien hacia ese deseo de vida y hacia esa democracia; bien hacia formas de sometimiento, de entierro de potencialidades, de autoritarismos. Recreación que va de la mano de la legitimación, el acatamiento aparente o la abierta desobediencia de los dispositivos de micropoder en los cuáles se nos interroga constantemente sobre las rutas a seguir (Foucault). Ahora bien, no todo es cotidianeidad, no todo es flujo. Las dinámicas de cooperación o de enfrentamiento social se entrelazan constituyendo conversaciones sistémicas (grandes enunciados, macropoderes, tendencias) que vuelven hacia los individuos como “poderes externos”. No son dinámicas trascendentales, no surgen de una metafísica de lo político (en clave de pueblos destinados, clases emergentes o multitudes teleológicas), sino de nuestra disposición (voluntad, creatividad, deseo) para remar en la vida de manera que situaciones (y después redes y prácticas más estables; y más tarde poblaciones y tendencias; y por último, metabolismos sociales) puedan ir asentando otras condiciones para nuestro hacer y nuestro decir. Las grandes crisis, al zarandear bruscamente los referentes “normales” de nuestras lecturas del entorno, son momentos con mayúscula para (re)leer nuestros mundos próximos y lejanos; en primer lugar, desde otras direcciones emocionales, corporales, racionales; y en segundo lugar, desde la construcción de satisfactores y relaciones (laborales, políticos, medioambientales, alimentarios, etc.) que desanden lo andado (Jorge Riechmann) o reinventen los caminos (zapatismo).

Esto no es intento de elaborar un curso de filosofía. Esto es una (auto)crítica hacia quien pretenda unir los conceptos de cambio integral y recetas de microondas, democracia y necesidad de autoritarismos por mor de alguna urgencia, satisfacción de necesidades básicas y aproximación parcial a las mismas (siendo el materialismo el sesgo más frecuente), metabolismos más sostenibles y economías basadas en la depredación infinita.

Organismos transgénicos

Moisés Rubio Rosendo - La palabra inquieta


Hace más de diez mil años que el ser humano juega con la genética de los seres vivos, especialmente la de aquellos con los que se alimenta: el cruce y la selección de individuos han sido y son prácticas habituales en la agricultura y la ganadería desde que éstas existen. El resultado es una innumerable variedad de organismos genéticamente modificados (OGM), adaptados al entorno y a las necesidades biológicas y culturales de aquellos grupos humanos que provocaron su modificación.

Como la mayoría de las actividades del ser humano, durante el siglo pasado se fue mejorando una técnica específica que permitía aplicar los nuevos conocimientos científicos y avances tecnológicos a aquella actividad ancestral: la transgenia es un proceso que incorpora secuencias de ADN propias de una planta o animal al material genético de un organismo, adaptando sus características mediante técnicas de ingeniería genética. De esta manera, puede decirse que todos los transgénicos son OGM aunque, por el contrario, no todos los OGM son transgénicos.

Argumentos a favor y en contra.

La paulatina implantación de la transgenia ha venido acompañada de un amplio debate provocado por el rechazo social cristalizado en organizaciones no gubernamentales, grupos ecologistas, colectivos de consumo y parte de la comunidad política y científica.

Quienes defienden el uso de los organismos transgénicos arguyen que pueden mejorarse las proporciones nutritivas de los alimentos, su durabilidad e incluso sus características organolépticas. Defienden además que aumentar la resistencia de determinados cultivos a las inclemencias del tiempo o a los efectos de plagas y enfermedades, supone una mejora en la producción y una disminución del uso de productos químicos y, por tanto, de la exposición de las personas a éstos. Por fin, indican que los productos transgénicos están sometidos a un alto número de controles que garantizan su inocuidad y su seguridad.

Por su parte, quienes se muestran contrarios a la implantación de estos organismos, defienden que si los transgénicos son más rentables económicamente, las variedades tradicionales corren el peligro de ir desapareciendo, perdiéndose parte de la biodiversidad del planeta y poniendo en riesgo la supervivencia del resto de seres vivos. Argumentan además que los genes modificados pueden ir transmitiéndose de manera incontrolada a otros organismos, provocando una “contaminación” genética de consecuencias absolutamente desconocidas. En la misma línea, mantienen que los riesgos de la transgenia no pueden estudiarse en un laboratorio, porque las implicaciones que pueden tener para las personas y el resto de seres vivos son imprevisibles cuando su estudio trasciende las paredes de aquél.

La práctica de la transgenia.

Pero como las palabras se las lleva el viento, nada puede darnos una perspectiva más esclarecedora del asunto que acercarnos a las prácticas habituales en transgenia. Y en este sentido merece la pena destacar dos observaciones. La primera hace referencia a los cereales transgénicos comercializados en la Unión Europea (Ortuño, 2005):



Y la segunda, al porqué de los argumentos de Monsanto para defender el uso de sus productos (Latouche, 2009):  

Un antiguo ministro de Medio Ambiente, buen conocedor del sistema, nos aporta una ilustración relevante que nos excusamos de citar en su integridad:Monsanto aspira en realidad a lo que, en el lenguaje interno, se llamaría la biotech acceptance, la aceptación de los OGM por la sociedad. La firma confió a Wirthlin Worlwide, especialista mundial de la comunicación de empresa, la labor de `encontrar los mecanismos y las herramientas que ayudasen a Monsanto a persuadir a los consumidores por medio de la razón, y a motivarlos por medio de la emoción´. Esta iniciativa -oportunamente bautizada con el nombre de Proyecto Vista- estaba basada en `la detección de sistemas de valor de los consumidores´. Se trataba de establecer a partir de estos datos `una cartografía de las maneras de pensar, con cuatro niveles […]: las ideas preconcebidas, los hechos, los sentimientos y los valores. En los Estados Unidos, los resultados de este estudio condujeron a establecer los mensajes que repercuten en el gran público estadounidense, a saber, la importancia del argumento a favor de los transgénicos: menos pesticidas en sus platos´.”. “Desde entonces, los mensajes se concentran en tres temas principales: los transgénicos permitirían suprimir los pesticidas y nos dotarían de alimentos sanos. Los transgénicos preservarían la calidad de los suelos y la biodiversidad. Los transgénicos estarían concebidos para adaptarse a zonas salinas o áridas: responderían a la sequía en el tercer mundo y se adaptarían a los cambios climáticos. En Francia, esos eslóganes los difunde la asociación Deba por medio de folletos en las escuelas y salas de espera de los médicos”.

Si se tiene en cuenta que las compañías expuestas modifican las semillas para mejorar la comercialización de otros subproductos de la propia empresa (generalmente pesticidas), las conclusiones son claras: cualquier argumentación filantrópica o de carácter ecológico que puedan defender quienes están vinculados al mundo de la transgenia, no son más que estrategias comerciales para maximizar la venta en el mercado, no de aquellos organismos transgénicos que puedan tener cierto interés universal, sino los que producen beneficios a las empresas que los comercializan (1).

La perspectiva antropológica.

Las consecuencias de esta manera de introducir los organismos transgénicos en los circuitos agrícolas y alimenticios no alcanzan sólo a lo estrictamente ecológico, sino que pueden apreciarse también en los modelos de organización social y de legitimación de las estructuras de dominación.

No puede dejar de tenerse en cuenta que el mantenimiento de la biodiversidad es una garantía de supervivencia del grupo humano y de su ecosistema, y que la interacción de aquél con animales y plantas forma parte de un círculo que se retroalimenta de manera continuada y que se halla en permanente cambio: la selección de lo que transforma y se domestica ha estado tradicionalmente en manos de los grupos humanos locales en función de los procesos propios de información, comunicación y toma de decisiones.

Por este motivo es importante señalar que la introducción de organismos transgénicos, más allá del discurso de “conservación de lo tradicional”, tiene consecuencias para millones de personas que dependen del cultivo de variedades locales para su supervivencia, y que ven como las decisiones fundamentales para su adaptación al entorno son tomadas en centros políticos y económicos ajenos y lejanos, perdiendo capacidad de innovación y decisión. Si la modificación genética no responde a un experimento de adaptación local y ha de hacerse con tecnología avanzada en un laboratorio, ¿quién se beneficia del proceso?

Por otro lado, en lo referente a los y las consumidoras, es importante tener en cuenta el alcance de su libertad de decisión, que sólo está garantizada mediante las normas que obligan -al menos en la Unión Europea- a etiquetar cualquier producto que contenga más del 0,9% (2) de sustancias derivadas de organismos transgénicos. En este caso la cuestión más acuciante es que la creciente implantación de los organismos transgénicos y la “contaminación genética” de las explotaciones agrarias y ganaderas y de la naturaleza silvestre van a hacer muy difícil, si no imposible, el acceso a productos y recursos no transgénicos, reduciendo toda posibilidad de decisión sólo a unos u otros productos derivados de transgénicos, sin posibilidad práctica de elegir productos “libres de transgénicos”.

Conclusiones.

El debate sobre los transgénicos es un debate que trasciende cualquier criterio medioambiental y que está manipulado por los grupos de interés relacionados con la producción y distribución de productos transgénicos.

Un posicionamiento coherente en este debate exige profundizar en cuestiones como el equilibrio de la biodiversidad en el planeta y la supervivencia de nuestra especie en escenarios “transgénicos” futuros. Tampoco puede dejarse de lado la cuestión de la legitimidad de los principios y las actividades de las grandes multinacionales vinculadas a la transgenia y con capacidad (fuerza y recursos) para incidir en los organismos de decisión políticos y económicos; organismos que, dicho sea de paso, también pueden ver mermada su legitimidad.

En cualquier caso, parece fundamental poner encima de la mesa la reivindicación de la soberanía de los pueblos y las personas sobre sus territorios, sus recursos y sobre su alimentación.

Referencias.
  • Grupo ETC (2008): ¿De quién es la naturaleza? El poder corporativo y la frontera final en la mercantilización de la vida. Grupo ETC. Ottawa.
  • Koons García, Deborah (2004): ¿Qué hay de comer? (The future of food). Roco Films International. Sausalito.
  • Latouche, Serge (2009): La apuesta por el decrecimiento. Icaria. Barcelona.
  • Lazos Chavero, Elena (2008): La invención de los transgénicos: ¿nuevas relaciones entre naturaleza y cultura? UNAM. México.
  • Ortuño Sánchez, Manuel Francisco (2005): La cara oculta de alimentos y cosméticos. Aiyana. Murcia.
Notas.

(1): Aunque pueda parecer que esta afirmación no está suficientemente fundamentada, es imprescindible tener en cuenta que la UE es uno de los principales mercados del globo y que Monsanto es la primera empresa mundial de semillas y la quinta de agroquímicos.

(2): La razón de ese límite es que se parte del principio de que todos los alimentos están expuestos, al menos en esa cantidad, a los organismos transgénicos.

El decrecimiento ha de ser anticapitalista y organizarse de abajo arriba

Enric Llopis - Rebelión

En 1978 nace Aviat, la primera asociación ecologista de la ciudad de Valencia. Julio García Camarero –ingeniero técnico forestal y doctor en Geografía- es uno de sus fundadores. Tres décadas después, dedica buena parte de su tiempo a divulgar una idea en la que cree firmemente: el decrecimiento. Lo hace mediante charlas y conferencias, y con una trilogía de libros de la que ya ha publicado dos (“El crecimiento mata y genera crisis Terminal” (2009) y “El decrecimiento feliz y el desarrollo humano” (2010), ambos editados por “Los libros de la Catarata”) y trabaja en un tercero: “El crecimiento mesurado y el desarrollo humano del sur”. García Camarero defiende un decrecimiento compatible con el marxismo, construido de manera horizontal y abiertamente anticapitalista.

¿Qué novedades plantea el decrecimiento respecto al ecologismo tradicional?


Pienso que el fundamento del ecologismo es, en términos generales, observar y denunciar los males que se producen sobre la naturaleza, pero sin detenerse demasiado en considerar las causas, esto es, la explotación del hombre por el hombre, lo que lleva implícito además la explotación de la naturaleza por el hombre. Por esta razón, porque incluye estas premisas, el marxismo me ha interesado siempre. El ecologismo ha criticado muchas veces al marxismo por excesivamente obrerista y productivista, en ocasiones con razón. Pero personalmente defiendo un decrecimiento conectado con el marxismo, que elimine la explotación del hombre por el hombre, el trabajo enajenado, el consumismo y el productivismo. Estas ideas pueden encontrarse en el pensamiento de Marx.

Apuesta por un decrecimiento compatible con el marxismo. ¿También con la socialdemocracia y sindicatos al estilo de CCOO y UGT?

Decrecimiento y socialdemocracia no son compatibles. La socialdemocracia propende al productivismo. En cuanto a los sindicatos, podrían realizar una gran labor para implantar las ideas decrecentistas, pero siempre unos sindicatos que actúen de modo diferente a cómo lo hacen CCOO y UGT. Opino que, en lugar de reivindicar incrementos salariales para aumentar el consumo, deberían apostar por una reducción de la jornada laboral, con el horizonte de que el trabajo se convierta en actividad voluntaria y creativa. Que tenga como fin la realización personal y la calidad de vida de las personas. Valdrían los sindicatos que defendieran estos principios.

Algunas objeciones al decrecimiento. Hay quien subraya que no critica de manera suficiente la propiedad privada de los medios de producción

Es cierto que hay corrientes anglosajonas que ponen el acento en la retirada al campo o a los pueblos, e incluso subrayan vías místicas. Pero una parte significativa de autores sí que realizan esta crítica a la propiedad privada de los medios de producción. La denuncia está implícita cuando se señala que, como mínimo, el 50% de lo que consumimos son pseudonecesidades, dictadas en buena medida por las modas. Y también cuando se critica la obsolescencia programada, es decir, la producción de objetos perecederos a corto plazo con el fin único de que la maquinaria capitalista no deje de funcionar.

También puede objetarse que el decrecimiento puede postularse en los países ricos (en los que hay crecimiento económico) pero no en la periferia del sistema.

Trabajo en estos momentos en un libro que lleva por título “El crecimiento mesurado”. Este sería el concepto idóneo que, en mi opinión, debería aplicarse en los países del sur. Un crecimiento que garantice unos mínimos de calidad de vida sin cometer los mismos errores que en occidente. Se materializaría en centros de enseñanza, hospitales y todas aquellas infraestructuras que sienten las bases para un desarrollo humano.

En uno de sus libros ha abogado por un “decrecimiento feliz”. ¿Sobre qué premisas?

En primer lugar, formulo una distinción entre dos tipos de decrecimiento, que califico como “feliz” e “infeliz”. Este último es el que vemos hoy, con los recortes en sanidad, educación y pensiones en el contexto de la actual crisis. Por el contrario, el decrecimiento “feliz” pretende superar la insatisfacción que genera el consumismo y se vincula además al desarrollo humano. Esta idea no es mía, la desarrolla Manfred Max Neef en el libro “El desarrollo a escala humana”. Este autor explica básicamente que la felicidad consiste en satisfacer las necesidades básicas del ser humano, y distingue 9: afecto, subsistencia, protección, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad.

Un concepto clave para las teorías del decrecimiento es la “huella ecológica”

En efecto. Es el cociente de la división entre la superficie productiva del planeta y el número de personas que lo habitan. El resultado es 1,8 hectáreas por persona. O, lo que es lo mismo, la “huella ecológica” por persona que es capaz de soportar el planeta. Si se supera, se produce un deterioro grave de la naturaleza. Y actualmente la media es de 2,2 hectáreas por persona. Ahora bien, la “huella ecológica” no se distribuye de manera homogénea: la de un ciudadano medio de Estados Unidos es de 5 hectáreas; la de un español, 3 hectáreas; y la de un indio, 0,8 hectáreas. En conclusión, hay quien no ha llegado al límite mientras otros lo superan.

En el actual contexto de crisis, desde la izquierda suele pedirse un keynesianismo basado en aumentar la demanda. ¿Cómo pueden abrirse paso las ideas decrecentistas?

Opino que hay que dar pasos explicándole a la gente la imposibilidad del crecimiento económico por tres razones. Primero, por la huella ecológica, que ya desborda la capacidad del planeta. En segundo lugar, sabemos –por la aplicación del principio de la entropía- que en todo proceso de producción de energía se da un residuo energético, que no es posible reciclar. Y, por último, resulta una auténtica quimera aspirar a un crecimiento ilimitado a partir de recursos limitados.

¿Es posible una sociedad basada globalmente en el decrecimiento o esta idea se plasmaría más bien en núcleos locales o pequeños grupos autogestionarios?

El decrecimiento es totalmente incompatible con el autoritarismo. Ha de construirse, por tanto, de abajo arriba. Es más, se trata de un movimiento de democracia participativa y de acciones horizontales, que pueden ser muy diversas. Como leí una vez que decían unos indígenas de América, “gente pequeña haciendo cosas pequeñas en lugares pequeños pueden cambiar el mundo”. Sin duda, es una reflexión muy sabia.

En tus conferencias insistes en un punto: no se trata de ir contra el consumo, sino contra el consumismo

En efecto. En la década de los 60, por influencia del mayo francés, se formula una crítica radical a la sociedad de consumo, de la que muchos somos herederos. Pero más que contra el consumo, contra lo que hay que luchar es contra el consumismo. Consumir es sano e indispensable, incluso productos sofisticados. Y esto hay decrecentistas que no lo tienen claro. Aspiran sólo a una vida retirada en el campo. En mi opinión, hemos de rescatar el concepto del “vivir bien”, arraigado en las culturas andinas. Y para ello es necesario consumir, eso sí, sin incurrir en el despilfarro ni el derroche.

En tanto se hace camino, ¿Qué iniciativas podrían apuntar en la dirección del decrecimiento?

Hay multitud de pequeñas cosas que pueden ir haciéndose. Por ejemplo, fomentar el trueque, las cooperativas de consumo, huertos urbanos, bancos del tiempo. Iniciativas concretas que permitan huir del dinero y, lo que resulta esencial, salirse del capitalismo. No puede haber decrecimiento sin salirse del capitalismo. Y, para ello, insisto, hemos de abandonar el consumo de pseudonecesidades.

Crecimiento económico

Miguel Valencia Mulkay - Ecomunidades

La búsqueda del crecimiento económico se ha convertido desde hace más de medio siglo en el objetivo principal de los gobiernos del mundo, muy por encima de cualquier otro objetivo; es el mantra de todos los días de los políticos modernos. Persistentemente, han alegado  que el crecimiento económico produce empleos, salud, bienestar social y calidad de vida, entre otras fantasías  que no corresponden con la realidad de los últimos 30 años, tanto en los países ricos como en países como México.

A partir de 1975, de acuerdo a muy diversos estudios internacionales,  el crecimiento económico o su simple persecución (se dan caídas del crecimiento y recesiones) ha  provocado un desquiciamiento social y ambiental en virtualmente todos los países del mundo. El aumento de la violencia y el esfuerzo por lograr el crecimiento económico van juntos en México desde hace muchos años: mientras mayores son los esfuerzos para conseguir este crecimiento económico, por medio de: facilidades para la inversión extranjera, construcción de megaproyectos, reducción de impuestos a los mas ricos, privatizaciones, flexibilidad laboral, desmantelamiento de sindicatos y de prestaciones sociales, aumento en el gasto militar y de seguridad interior, mayor es el aumento en la violencia intrafamiliar, escolar, laboral y en la vía pública.

El Libre Comercio ha favorecido principalmente a las actividades criminales, como el tráfico de armas, de personas, de narcóticos, de lavado de dinero. La violencia, al igual que la depredación ecológica, tiene su origen principal en el culto a los mercados, en los dogmas de la escasez, en el pensamiento económico dominante, en la religión de la economía y la finanza, promovida por las grandes universidades de EUA,  por el Tec de Monterrey, el ITAM, el CIDE; mientras este pensamiento económico dominante no cambie seguirá en aumento la violencia en México y en el mundo.  Las sociedades de crecimiento no pueden dejar de buscar el crecimiento, pues cuando entran en crecimiento lento o negativo se magnifican sus desgracias, como es el caso de México. Es necesario romper este dilema infernal, por medio de una política de descrecimiento (no confundir con decrecimiento involuntario), impulsado por una fuerte corriente política que ponga a la Naturaleza y a las culturas muy por encima de las consideraciones económicas.

El consumismo potencia un modo de vida esclavo que nos hace creer que somos felices

Entrevista a Carlos Taibo en Noticias de Guipúzcoa

El profesor y escritor Carlos Taibo (Madrid, 1956) habla sobre decrecimiento, un movimiento que va cobrando más fuerza entre personas de diversos perfiles que plantean alternativas a un sistema capitalista que ven obsoleto e inhumano.

Escribe muchos libros, casi uno por año. ¿Investiga mucho o está inspirado por la locura que nos rodea?

Bueno, he escrito muchos, pero bastante relacionados entre sí, o son reediciones, o reelaboraciones de materiales viejos... Recientemente recopilé artículos del año pasado que beben de la discusión sobre las pensiones, la conducta de los sindicatos, la huelga, el plan de ajuste, etc. Ahora acaba de salir El decrecimiento explicado con sencillez (Catarata), es un librito de 130 páginas.

¿Con él pretende acercar más sus teorías a todo el mundo?

Sí, está pensado para gente que aspira a acceder a algo complejo de la mano de argumentos más sencillos.

Parece que muchos caminos llevan a Roma, relacionados entre sí, como los bancos de tiempo, autoproducción, cooperativas de consumo... a la par del decrecentismo.

En realidad lo que llamamos decrecimiento no es una cosa nueva. Es el producto de un amasijo de movimientos e iniciativas que tienen ya un lapsus temporal bastante prolongado. Pero es verdad que el decrecimiento bebe de muchos de esos movimientos que mencionas, y de manera más precisa de la idea de que cada vez es más urgente generar espacios autónomos en los cuales no dominen las reglas de los sistemas que padecemos. Creo que es una vieja idea de cariz libertario, anarquizante.

Precisamente en 2010 publicó Libertari@s. ¿La anarquía sería la fórmula más total para sentirse libre?

En ese libro recogí el adjetivo libertario, aunque la mayor parte de las fuentes de ese pensamiento son anarquistas o anarquizantes. Lo de libertario me parece más interesante porque no reclama una adhesión ideológico-doctrinal. Hay gentes que deciden apostar con descaro por la democracia de base, por la autogestión, que recelan de la delegación del poder, que cuestionan las jerarquías, sin haber leído a Bakunin.

Muchas voces dijeron al desencadenarse esta crisis económica que el sistema capitalista está obsoleto, pero no parece que la clase dirigente esté aplicando otras metodologías. ¿Eso nos aboca a reincidir, en crisis cíclicas?

En efecto. Hay problemas, pero para resolverlos se aplican las mismas terapias que nos condujeron a ellos, con un escenario en términos ético-morales indefendible. Alguien podría decir "bueno, es que hay que reducir el gasto público en sanidad y educación porque es muy alto". No, la mayoría pensamos que es muy bajo, lo que ocurre es que hay que tapar los agujeros que han dejado las operaciones de especulación financiera, bursátil, inmobiliaria registradas en los últimos diez años. Cuando hay beneficios, se privatizan; cuando llegan las pérdidas, en cambio, las pérdidas se socializan.

Televisiones y móviles que se estropean deliberadamente, eficiencia anulada por el consumo... Este sistema es demencial.

Sí, hay una maquinaria para engañarnos, la obsolescencia programada, pero es llamativo que la aceptemos resignados. Nuestros gobernantes no están interesados en frenar esos abusos y las propias asociaciones de consumidores no les prestan particular atención. Por otra parte, cualquiera convendrá que es preferible que utilicemos coches menos contaminantes, pero claro, hay que preguntarse si su elaboración es tan gravosa como la de los convencionales. Y más allá: tenemos que responder si precisamos objetivamente de coches. El primer paso será no utilizarlos, y de hacerlo, que sean lo más ecológicos posibles.

Las armas y las nuevas tecnologías se sofistican mientras miles de personas mueren por desnutrición...

Lo que estamos discutiendo son las presuntas virtudes del crecimiento económico. Decimos que no genera necesariamente cohesión social, que tampoco se traduce en creación de empleo, que aboca en muchas ocasiones a agresiones medioambientales irreversibles, que en los países ricos se asienta en el expolio de los recursos humanos y materiales de los países pobres y en el terreno individual potencia un modo de vida esclavo que nos hace pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos y más bienes consumamos. Disponemos de 20 años lamentables para demostrar que eso no resuelve el escenario de exclusión y pobreza que comentas y nos sitúa ante un abismo medioambiental.

¿Cómo nos salvaría el decrecimiento de los expolios de recursos y las abismales diferencias entre clases?

Creo que está logrando poner en el mapa una actitud cada vez más recelosa hacia las promesas que nos hacen los dirigentes políticos, los economistas y la abrumadora mayoría de los sindicalistas. De forma más precisa, habría que reducir la actividad productiva; en su caso, clausurarla (del automóvil, la militar, la publicidad...). Alguien replicará de inmediato: "Si hacemos eso generaremos millones de parados en la UE". ¿Cómo encarar ese innegable problema? Echaremos mano de dos fórmulas. Una, propiciaremos el desarrollo de las actividades económicas relacionadas con la atención de las necesidades sociales insatisfechas y el respeto del medio natural. Dos, en los sectores económicos convencionales que persistan procederemos a repartir el trabajo. ¿Cuál será la secuela? Trabajaremos muchas menos horas, dispondremos de mucho más tiempo libre y reduciremos nuestros a menudo hilarantes y estúpidos niveles de consumo.

En un mundo dominado por la codicia, eso es difícil.

Sí, aunque hay partes vírgenes en nuestra cabeza que convenientemente estimuladas conducen a conductas distintas. Otorgar primacía a la vida social frente a la lógica frenética de la producción, del consumo; establecer rentas básicas de ciudadanía; recuperar la vida local, frente a la globalización desbocada; restaurar formas de democracia directa y autogestión, y en el terreno individual, pronunciarnos en provecho de la sencillez, la sobriedad. Aunque este no es un proyecto que invite a la infelicidad, hablamos de un incremento sustancial de las relaciones sexuales en una primacía de una vida social alejada del consumo.

Haz el amor y no la guerra, ¿no?

Sí, precisamente la vida que tenemos hoy está marcada por el blanco y negro, pretendemos ampliar el espectro del arco iris.

¿En sus clases en la UAM suele introducir estos términos?

No, porque allí de lo que hablo es una cosa mucho más convencional y técnica, de partidos, de burocracias, de elecciones. En algún caso se presta, pero por lo general la disciplina va por otros caminos.

Pero, ¿sus alumnos se interesan por ello?

Hay una minoría que se interesa, sí.

¿Qué le gustaría transmitir>?

(Medita) Me gustaría transmitir la idea de que lo del decrecimiento es un proyecto provocador, original y que tiene respuestas objetivas a muchos de los problemas que debemos afrontar en este escenario de crisis, frente a lo que es común en los discursos oficiales, que me parece que no hacen otra cosa que volver una y otra vez sobre sí mismos y sus miserias. Creo que no deja indiferente, y que abre un horizonte de reflexión que es cada día más urgente.

Las mentiras de la austeridad

Serge Latouche - Traducción: Carole Charraud - En Diagonal

Original en francés: La double imposture de la rialance

Frente a la sociedad del crecimiento sin crecimiento, el autor plantea una entrada en la sociedad del decrecimiento, o de prosperidad sin crecimiento.


La “ricuperación” es lo que se propuso en la cumbre del G20 de Toronto, un programa que anunció simultáneamente la recuperación y la austeridad. El acuerdo final de esa cumbre se hizo bajo una síntesis errada: la reanudación de la economía controlada por el rigor y la austeridad medida por la recuperación. La ministra de Economía francesa, que no era todavía presidenta del FMI, Christine Lagarde, se arriesgó entonces al neologismo “ricuperación”, una contracción de los términos rigor y recuperación.

1º Rechazo de la austeridad

La crisis griega se inscribe en el contexto más amplio de la crisis del euro y de una crisis de Europa. Y por supuesto de una crisis de la civilización de la sociedad de consumo, una crisis que une crisis financiera, económica, social, cultural y ecológica. Mi convicción es que resolviendo la crisis de Europa y del euro, si no la crisis de la civilización consumista, resolveremos la crisis griega, pero manteniendo Grecia a golpes de préstamos condicionados por curas de austeridad, no salvaremos ni a Grecia, ni a Europa y habremos hundido los pueblos en la desesperación.

Rechazar la austeridad es levantar dos tabúes que son la base de la construcción europea: la inflación y el proteccionismo. Las políticas arancelarias sistemáticas de construcción y reconstrucción del aparato productivo, de defensa de actividades nacionales y de protección social, y las de financiación del déficit presupuestario por un recurso razonado a la emisión de moneda engendrando aquella inflación moderada preconizada por Keynes, acompañaron el crecimiento de las economías occidentales de la posguerra,–a decir verdad el único periodo en la historia moderna en el que las clases trabajadoras gozaron de un bienestar relativo–. Estas dos herramientas fueron proscritas por la contrarrevolución neoliberal.

Como todas las herramientas, el proteccionismo y la inflación pueden tener efectos negativos y perversos –efectos que se observan a día de hoy por su utilización vergonzosa– pero es indispensable recurrir a estos de manera inteligente para resolver socialmente de forma satisfactoria las crisis actuales. Por ello, hoy se necesita probablemente salir del euro, a falta de poderlo corregir. La moneda puede ser un buen servidor, pero siempre será un mal amo. Notamos que la recuperación de la señora Lagarde no es la recuperación productivista de Joseph Stiglitz, es la recuperación de la economía de casino, la de la especulación bursátil e inmobiliaria, esencialmente. Para los gobiernos vigentes, el eslogan “recuperación y austeridad” significa la recuperación para el capital y la austeridad para las poblaciones.

En nombre de la recuperación, ampliamente ilusoria, de la inversión y del empleo, se baja o elimina el producto social y el impuesto sobre beneficio de las empresas. Se renuncia a toda imposición sobre los beneficios bancarios y financieros, mientras que la austeridad asesta un duro golpe a los asalariados y las clases medias e inferiores con descensos de las remuneraciones, reducción de prestaciones sociales, retroceso de la edad de jubilación, etc. Para completarlo y preparar la mítica recuperación, se desmantelan más los servicios públicos y privatizamos de golpe lo que todavía no lo ha sido, con supresión masiva depuestos (enseñanza, salud, etc.).

Asistimos a una extraña competición masoquista de la austeridad. El país A anuncia un descenso de los sueldos de 20%, enseguida, el país B anuncia que lo hará mejor con 30%, mientras que C por no deber nada a nadie se apresura a añadir medidas todavía más rigurosas. Esta política de austeridad estúpida no puede engendrar otra cosa que un ciclo deflacionista que precipitará la crisis que la recuperación puramente especulativa no impedirá; y los Estados, sin substancia, ya no podrán esta vez salvar los bancos a golpes de miles de millones de dólares. El problema,efectivamente, viene dado por el hecho de que en la práctica, la crisis del endeudamiento de los Estados es sólo una parte del problema.

Por lo que concierne a la deuda pública, su anulación correría el peligro de afectar no sólo a bancos y especuladores, sino también directamente o indirectamente a los pequeños ahorradores que confiaron en su Estado y en bancos, que realizaron inversiones complejas a sus espaldas.Una reconversión negociada (lo que equivale a una bancarrota parcial),como ocurrió en Argentina después del desmoronamiento del peso, o después de una auditoria, como propone Eric Toussaint que determine la parte abusiva de la deuda, es sin ninguna duda preferible. En una sociedad de crecimiento sin crecimiento, lo que corresponde más o menos a la situación actual, el Estado está condenado a imponer a los ciudadanos el infierno de la austeridad. Es para evitar eso para lo que es necesario emprender una salida de la sociedad de crecimiento y construir una sociedad de decrecimiento. 

Rechazo de “la recuperación”

Buenos espíritus, como Joseph Stiglitz, preconizan antiguas recetas keynesianas de recuperación del consumo y de inversión para que se reparta el crecimiento. Esta terapia no es deseable. No es deseable, porque el planeta ya no lo puede soportar, no es posible quizás, por el hecho del agotamiento de los recursos naturales. Se trata de salir del imperativo del crecimiento. Dicho de otro modo, de rechazar la búsqueda obsesiva del crecimiento. Ésta no es (y no tiene que serlo) una meta por sí misma; ya que no constituye el medio de suprimir el desempleo. Se debe intentar construir una sociedad de abundancia frugal, o para decirlo como Tim Jackson, de“prosperidad sin crecimiento”.

El primer paso de la transición tendría que ser la búsqueda del pleno empleo con el fin de remediar la miseria de una parte de la población.Esto podría ser realizado gracias a una relocalización sistemática de las actividades útiles, una reconversión progresiva de las actividades parasitarias como la publicidad o dañina como la nuclear y el armamento, y una reducción programada y significativa del tiempo de trabajo. Para lo demás, darle a la máquina de hacer billetes y establecer una inflación controlada (digamos más o menos 5% al año) es lo que preconizamos.

Por supuesto, este hermoso programa es mucho más fácil de anunciar que de realizar. En el caso de Grecia, supone como mínimo salir del euro y restablecer el dracma, probablemente inconvertible, con lo que ello implica: control de los cambios y restablecimiento de las aduanas. El necesario proteccionismo selectivo de aquella estrategia horrorizaría a los peritos de Bruselas y de la Organización Mundial del Comercio. De esta parte se esperarían represalias y tentativas de desestabilización exteriores asociadas con sabotajes de intereses lesionados desde el interior. Este programa parece adía de hoy muy utópico, pero cuando estemos al fondo del marasmo y de la verdadera crisis que nos está acechando, parecerá deseable y realista. 

Conclusión

En la estrategia griega antigua, la catástrofe es la escritura de la estrofa final. Aquí estamos. Un pueblo vota masivamente por un partido socialista cuyo programa era casi socialdemócrata que, sometido a la presión de los mercados financieros, impone una política de austeridad neoliberal obedeciendo a las conminaciones conjuntas de Bruselas y del Fondo Monetario Internacional. El euro impone a Grecia rechazar democráticamente esta imposición, como hizo Islandia. Está claro que en su mayoría, el pueblo griego probablemente no aceptaría, o en cualquier caso no fácilmente, las consecuencias de la rupturas con el euro (repudio por lo menos parcial de la deuda pública, expulsión de Europa, embargo de los países “expoliados”, huida de capitales, etc.). Pero “la sangre y las lágrimas” siguiendo la fórmula de Churchill, ya están aquí, solo que sin esperanza de la victoria. El proyecto del decrecimiento no puede ahorrar esta sangre y aquellas lágrimas, pero al menos, abre la puerta a la esperanza. La única manera de escaparse de eso, lo deseamos ardientemente, sería lograr sacara Europa de la dictadura de los mercados y construir la Europa de la solidaridad, de la convivencia, este cemento del lazo social que Aristóteles llamaba ‘philia’.

Reducir la semana laboral para afrontar los retos del siglo XXI


Florent Marcellesi, coordinador de Ecopolítica, y Aniol Esteban, Responsable del área de economía ambiental de la New Economics Foundation. Ambos son miembros del Consejo de Redacción de la revista Ecología Política
Publicado en El Ecologista, nº70, otoño 2011.

El estudio ‘21 horas: Por qué una semana laboral más corta puede ayudarnos a prosperar en el siglo XXI’, que resume este artículo (1), argumenta que liberar tiempo del trabajo remunerado puede ayudar a vivir de forma mucho más sostenible y satisfactoria.

Los retos ecológicos y sociales del siglo XXI nos incitan más que nunca a promover soluciones innovadoras para iniciar la transición hacia un mundo sostenible y equitativo. En este marco, la crisis sistémica es una oportunidad sin precedentes para poner en cuestión algunas ideas del pensamiento actual hasta el momento intocables. La semana laboral de 35-40 horas es una de estas ideas: estructura las sociedades industrializadas en torno a un modelo que nos empuja a trabajar más, para ganar más y consumir más y convierte el tiempo, así como el trabajo, en una mercancía normal y corriente.

Muchos y muchas de nosotros/as consumimos más allá de nuestras posibilidades económicas y más allá de los límites de los recursos naturales, aunque de formas que no mejoran en absoluto nuestro bienestar y felicidad (en España, las tasas de paro y pobreza superan el 20%). Dicho de otro modo, una economía basada en el continuo crecimiento económico y el pleno empleo en los países de ingresos altos, a su vez basados en el trabajo productivo y remunerado a tiempo completo, hace imposible lograr los objetivos urgentes de reducción de emisiones de carbono o de lucha contra las desigualdades cada vez mayores (2).
Por tanto, apostar por la gran transformación significa romper el poder del viejo reloj del trabajo heredado del capitalismo industrial para liberar tiempo para vivir vidas sostenibles, sin añadir nuevas presiones. Siguiendo los pasos del “informe 21 horas” de la New Economics Foundation, consideramos que una semana laboral mucho más corta es uno de los pilares de esta gran transformación socio-ecológica. Aunque la gente podría elegir entre trabajar más horas o menos horas, proponemos que la norma —que el gobierno, el empresariado, los sindicatos, las personas trabajadoras, y la ciudadanía en general esperan— sea una semana laboral de 21 horas (3) o su equivalente distribuido a lo largo del año. De hecho, los experimentos llevados a cabo con un número menor de horas de trabajo, en Francia o Estados Unidos, parecen indicar que, con unas condiciones estables y un salario favorable, esta nueva norma de 21 horas no sólo tiene éxito entre la gente, sino que además puede resultar coherente con la dinámica de una economía baja en carbono.

Asimismo, las razones por las que se proponen las 21 horas semanales se pueden clasificar en tres categorías, que reflejan tres «esferas» interdependientes, o fuentes de riqueza, que derivan 1. de los recursos naturales del planeta, 2. de los recursos, bienes y relaciones humanas 3. de una economía próspera. Estas argumentaciones se basan en la premisa de que debemos reconocer y valorar esas tres esferas y asegurarnos de que funcionan a la vez por el bien de una justicia social y ambiental.

1. Proteger los recursos naturales del planeta.

Avanzar hacia una semana laboral mucho más corta ayudaría a romper el hábito de vivir para trabajar, trabajar para ganar, y ganar para consumir. La gente podría llegar a estar menos atada al consumo intensivo en carbono y más apegada a las relaciones, al ocio (no productivista), y en general a lugares y actividades que absorban menos dinero y más tiempo. Ayudaría a que la sociedad se las arreglara sin un crecimiento tan intensivo en carbono y recursos naturales, y a dejar tiempo para que la gente viva de forma más sostenible. Como lo indica el propio Informe 21 horas (p. 22): “Muchas de nuestras elecciones como consumidores son en nombre de la conveniencia. Compramos comida procesada, platos precocinados, verduras preparadas y empaquetadas, vehículos de motor, billetes de avión, y una serie de aparatos eléctricos porque en principio parece que nos ahorran tiempo. La mayoría de estas compras implican un elevado gasto de energía, carbono, y materiales de desecho. Si pasáramos mucho menos tiempo ganando dinero, tendríamos más tiempo para vivir de forma diferente, y menor necesidad de comprar por la pura conveniencia.”

2. Justicia social y bienestar para todo el mundo.

Una semana laboral «normal» de 21 horas podría ayudar a distribuir el trabajo remunerado de forma más homogénea entre la población, reduciendo el malestar asociado al desempleo, a las largas horas de trabajo y al escaso control sobre el tiempo. Haría posible que tanto el trabajo remunerado como el no remunerado fuera distribuido de forma más igualitaria entre hombres y mujeres; que los padres y madres pudieran pasar más tiempo con sus hijos e hijas y que ese tiempo lo pasaran de forma diferente; que la gente pudiera tener una mejor transición de la actividad remunerada a la jubilación y, en definitiva, tener más tiempo para ocuparse de los demás, de participar en actividades locales, y de hacer otras cosas que sean de la elección de cada uno. De forma crucial, permitiría que la economía «esencial» prosperara gracias a un mayor y mejor uso de los recursos humanos no mercantilizados a la hora de definir y cubrir las necesidades individuales y compartidas.

3. Una economía fuerte y próspera.

Un número menor de horas de trabajo podría ayudar a que la economía se adaptara a las necesidades de la sociedad y el medio ambiente, en vez de que la sociedad y el medio ambiente se vean subyugados a las necesidades de la economía. El mundo empresarial se beneficiaría de que cada vez más mujeres pudieran entrar, a 21 horas semanales, en el mundo laboral; de que los hombres tuvieran una vida más completa y equilibrada; y de que hubiera un menor estrés en el lugar de trabajo asociado con los juegos malabares que supone compaginar el trabajo remunerado y las responsabilidades del hogar. También podría ayudar a poner fin a un modelo de crecimiento económico basado en el crédito, a desarrollar una economía más elástica y adaptable, así como a salvaguardar los recursos públicos de inversión en una estrategia industrial baja en carbono, así como aquellas otras medidas que ayuden a una economía sostenible.

Ahora bien, cambiar de “norma”, es decir ir a contra corriente, no es tarea sencilla. Además de las muy posibles resistencias de las empresas, de las personas trabajadoras y sindicatos o del mundo político, no podemos obviar el riesgo de que la pobreza aumente al reducir el poder adquisitivo de aquellas personas con salarios bajos o de que haya unos pocos puestos de trabajo nuevos ya que la gente que tiene trabajo acepta hacer horas extras. Por otro lado, la propuesta de reducción de la jornada laboral entra dentro de una transición amplia y gradual que afecta a muchos ámbitos a la vez (educación para la sostenibilidad, cambio de modelo productivo, redistribución de las riquezas, reformas democráticas y políticas, etc.).
Por tanto, vemos necesario:

Cambiar las expectativas: en la historia hay muchos ejemplos de normas sociales aparentemente rígidas que cambian muy rápido (el voto de la mujer por ejemplo). Existen algunos signos de condiciones favorables que están empezando a emerger para cambiar las expectativas de lo que sería una semana laboral «normal». Entre los cambios que podrían ayudar se incluyen el desarrollo de una cultura más igualitaria, una mayor concienciación del valor del trabajo no remunerado, un fuerte apoyo gubernamental para actividades no mercantilizadas, y un debate nacional sobre la forma en la que utilizamos, valoramos y distribuimos el trabajo y el tiempo. Por ejemplo, es más que necesario un debate amplio, a nivel estatal y local, sobre lo que definimos como “riqueza”[4] al igual que se empezó, aunque de forma limitada, en Francia (véase los trabajos de la comisión Stiglitz), Reino Unido o en la OCDE (con su indicador del “mejor vivir”).

Lograr un menor número de horas de trabajo: incluyen una reducción gradual de las horas a lo largo de una serie de años en consonancia con los incrementos salariales anuales; un cambio en la forma en que se gestiona el trabajo para desincentivar las horas extras; una formación activa para combatir la falta de aptitudes y para conseguir que las personas que llevan mucho tiempo sin trabajo vuelvan a formar parte del mercado laboral; una gestión de las gastos del empresariado que sirva para recompensar más que para penalizar la contratación de más personal; garantizar una distribución de los bienes más estable e igualitaria; la introducción de regulaciones para normalizar las horas que promuevan acuerdos flexibles a los trabajadores, como por ejemplo el trabajo compartido, ampliaciones de excedencias por cuidados y años sabáticos; así como una mayor y mejor protección para los autónomos contra los efectos de los salarios bajos, muchas horas de trabajo, e inseguridad en el trabajo.

Garantizar un salario justo: entre las opciones para resolver el impacto que una semana laboral más corta pueda tener sobre los salarios se incluyen la distribución de los ingresos y de la riqueza por medio de mayores impuestos progresivos; un salario mínimo más elevado; una reestructuración radical de las prestaciones sociales; un comercio de emisiones de carbono diseñado para la redistribución de la renta a los hogares necesitados; más y mejores servicios públicos; e incentivar la actividad y el consumo no mercantilizados.

Mejorar las relaciones de género y la calidad de la vida familiar: es necesario garantizar que las 21 horas tengan un impacto positivo en vez de negativo sobre las relaciones de género y la vida familiar a través de unas condiciones de empleo flexibles que animen a una distribución más igualitaria del trabajo no remunerado entre hombres y mujeres; un sistema universal y de alta calidad de atención y cuidado infantil que encaje con el horario del trabajo remunerado; un aumento del trabajo compartido y más límites a las horas extras; jubilación flexible; medidas más firmes que impongan la igualdad salarial y de oportunidades; más empleos para hombres relacionados con el cuidado y la enseñanza en escuela primaria; más cuidado infantil, programas de ocio y tiempo libre, así como de cuidado de adultos utilizando modelos producidos de forma conjunta de diseño y prestación; así como el aumento de oportunidades para la acción local de forma que se puedan construir barrios en los que todo el mundo se sienta seguro y pueda disfrutar.

A modo de conclusión, pensamos que plantear una semana laboral de 21 horas no es solo un ejercicio provocativo y prospectivo para alimentar el debate y luchar contra la inercia, es también un ejercicio realista para reconciliar la protección del Planeta, la justicia social y la economía.


(1)           Este artículo se basa en: Anna Coote, Jane Franklin and Andrew Simms (2010): “21 horas: Por qué una semana laboral más corta puede ayudarnos a prosperar en el siglo XXI”, New Economics Foundation. Disponible en su versión original en inglés en: http://www.neweconomics.org. Traducido al castellano por Ecopolítica y disponible en http://www.ecopolitica.org/

(2)                Hoy en día en las economías más industrializadas, conseguir el empleo total trabajando 35-40h/semanas supondría crecer a un 6-7% al año durante 3-5 años. Sin embargo, ni es posible ni deseable porque la competencia de los países emergentes (China, India, Brasil, etc) lo impide y, sobre todo, porque crecer a este nivel tendría un impacto brutal sobre el planeta, más aún del que ya ocasionamos y supera la capacidad del carga del planeta (en un 50% a nivel mundial según WWF, Informe Planeta Vivo, 2010).

(3)           21 horas es una cifra que se aproxima a la media de lo que la gente en edad de trabajar en Gran Bretaña —donde se realizó el informe inicial— pasa en el trabajo remunerado, y es un poco más de lo que de media se pasa en el trabajo no remunerado. En España según el Instituto de la Mujer, de media la gente pasa 24,5 horas a la semana al trabajo remunerado y 29,4 horas al trabajo doméstico.

(4)           Por ejemplo, si el tiempo medio dedicado al trabajo doméstico no remunerado y al cuidado de la infancia en Gran Bretaña en 2005 fuera valorado en términos de salario mínimo, valdría el equivalente al 21 % del producto interior bruto del Reino Unido.

Créditos imagen: sfer