Crecer o de-crecer. ¿Esa es la cuestión?

Pedro José Gómez

En el entorno de los movimientos ecologistas se afirma, con toda convicción, que es necesario pasar del crecimiento al decrecimiento. No por casualidad los promotores de esta idea suelen ser ambientalistas o sociólogos, pero raramente economistas. De hecho, el mayor responsable de la difusión del término decrecimiento ha sido el sociólogo francés Serge Latouche.
Como economista que comparte el sentido último de la propuesta, tengo sin embargo reticencias a defenderla del modo simple habitual.


 
Y no solo porque me parezca que resulta psicológicamente difícil convencer a la mayor parte de la población de que asuma un estilo de vida austero después de haber sido incitada compulsivamente al consumo, sino porque choca también con el objetivo central que persiguen los economistas y políticos de todo el mundo. Por ello, me gustaría hacer algunas reflexiones que permitan resituar el debate en este campo.

Que los economistas tienen que modificar radicalmente su paradigma y dejar de pensar que el planeta y sus recursos son infinitos resulta obvio. De hecho, hay una minoría que ya lo ha asumido. Así, el rumano Nicholas Georgescu-Roegen fue quizás el primero en hacerlo con toda radicalidad impugnando el crecimiento infinito, mientras el británico Kenneth Boulding -que escribió ya en 1966 el ensayo The economics of the coming spaceship earth (“La economía de la futura nave espacial Tierra”)- señalaba que había que pasar de la economía del cow-boy a la del astronauta. Mientras que el primero se enfrenta a las “grandes praderas” como lugar de recursos naturales ilimitados a explotar, la tarea del segundo consiste en administrar bien -técnica y éticamente- unos recursos escasos y no ampliables.

Los economistas hablan de crecimiento cuando aumenta el Producto Interior Bruto (PIB), que es la suma de bienes y servicios finales producidos en una economía a lo largo de un año valorados a precios de mercado. En un mundo en el que la innovación amplia permanentemente nuestra capacidad productiva, del crecimiento se derivan la creación de empleo y el aumento del bienestar material.

El estancamiento, por no hablar de crisis o recesiones, genera graves problemas económicos y sociales. Algunos defienden que, por ello, la sostenibilidad es incompatible con el capitalismo (aunque el socialismo real demostró ser igualmente dañino con el medio ambiente). Lo malo es que no parece cercano el fin del capitalismo, y a nosotros nos corresponde vivir y actuar en el “mientras tanto”.

Precisamente, reflexionar sobre el concepto del PIB puede aportar una distinción muy importante. El PIB es ciego a todo lo que no se compra o venda (el aire, un paisaje, etc.) y considera positiva cualquier actividad monetariamente mensurable al margen de cualquier consideración ética o ecológica: tanto elevan el PIB los alimentos como las armas; tanto aumentan el PIB las deforestaciones cuánto las repoblaciones. Por consiguiente, la pregunta pertinente no es si resulta necesario crecer o decrecer, sino en qué hemos de decrecer (porque su impacto medioambiental es negativo), en qué debemos buscar la suficiencia (porque tenemos necesidades básicas como seres menesterosos que somos) y en qué podemos y debemos aspirar a crecer. El cuidado de las personas, la educación, la sanidad, el cultivo de la interioridad, el cuidado de la naturaleza y tantas otras actividades pueden generar crecimiento, empleo y bienestar social. Otras muchas actividades que en estos momentos están hiperdesarrolladas deberían reducirse. Lo que conllevaría, por cierto, un cambio drástico en nuestras preferencias, hábitos y demanda.

 Un problema grave es que no tenemos una buena contabilidad de la actividad económica, que discrimine la producción de acuerdo a su repercusión ambiental. Hemos de reducir drásticamente las actividades intensivas en energía, empleo de recursos naturales y contaminantes, fomentando aquellas que no tienen estos impactos negativos. Al tiempo que moderar el consumo es congruente con las limitaciones ecológicas y la injusticia social. Ya decía Gandhi que algunos tendremos que vivir más sencillamente para que otros puedan sencillamente vivir.

Algo parecido recordaba Francisco en Laudato si´(nº 222):

Es importante incorporar una vieja enseñanza, presente en diversas tradiciones religiosas, y también en la Biblia. Se trata de la convicción de que «menos es más». La constante acumulación de posibilidades para consumir distrae el corazón e impide valorar cada cosa y cada momento. En cambio, el hacerse presente serenamente ante cada realidad, por pequeña que sea, nos abre muchas más posibilidades de comprensión y de realización personal. La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con poco.

1 comentario:

  1. hola , gozaba de la lectura y hasta la ultima referencia al cristianismo. Eso fue como quitarle un caramelo a un niño luego de regalarselo con toda la fiesta. EL problema está en que la religión es algo del mundo subjetivo, y al ponerlo en ejemplo todo el resto del texto queda manchado por la misma esencia. La religión debe estar por fuera de la esfera social y política siempre.

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