El decrecimiento: menos riqueza para vivir mejor

José Sánchez Mendoza 

"Si no se consume, no se produce". Este adagio, y su viceversa, es uno de los mantras más repetidos a la hora de justificar el capitalismo especulativo. O para explicarlo. O para descartar cualquier otra opción de vida. Como si el ciclo producción-consumo-más producción-más consumo-mucha más producción fuese el pináculo evolutivo de cualquier sistema económico. Sin embargo, no son pocas las voces autorizadas que se alzan contra esta 'rueda del Samsara' y abogan por revertir un modelo en el que la prosperidad se construye sobre la base del despilfarro y el saqueo de los recursos naturales del planeta. Unos recursos que, huelga decirlo, son finitos.



"No es dichoso aquél a quien la fortuna no puede dar más, sino aquel a quien no puede quitar nada". Esta cita de Francisco de Quevedo bien podría ser el lema de los partidarios del Decrecimiento, una corriente de pensamiento que propugna la disminución controlada de la producción económica. Las raíces del término hay que buscarlas en el interrogante que planteó el pensador francés André Gorz en 1972: "El equilibrio del planeta, para el cual el no crecimiento -y hasta el decrecimiento-de la producción material es una condición necesaria ¿Es compatible con la supervivencia del sistema capitalista?"

Esta pregunta inspiró a toda una escuela de economistas y sociólogos que cuestionan el PIB como indicador insoslayable de la riqueza de una sociedad y presentan la disminución del gasto en productos de consumo como pasarela hacia una Economía más justa, igualitaria, estable y duradera. En otras palabras: tener menos para vivir mejor. Una filosofía estrechamente relacionada con la Ecología, que no sólo discute la utilización y destino de los recursos, sino la propia esencia de la naturaleza humana.

El hombre ¿acaparador por naturaleza?

¿Es inherente al hombre el deseo incontrolable de tener más? ¿O esta pulsión es producto de una mentalidad perversa hija de un modelo descarriado? Para Iván Ayala, economista e investigador del Instituto Complutense de Estudios Internacionales (ICEI), la interacción social que define al ser humano "está basada en comportamientos altruistas". La parte individualista y competitiva "es el resultado de constructos sociales y económicos", explica a elEconomista.es.
Uno de estos constructos, cuenta Ayala, es el mercado financiero, "que redistribuye la renta de forma regresiva". Esto es, se trata de un sector restringido a las rentas alta y media-alta que permite a éstas concentrar aún más capital en sus manos. Un capital que debería dirigirse "a los servicios públicos". Por tanto, la visión de Ayala del Decrecimiento "se basa en el reequilibrio de la producción, para corregir un modelo que actualmente es insostenible".

No obstante, el Decrecimiento se resiste a una definición simple. "Como la libertad o la justicia, el decrecimiento expresa una aspiración que no puede ser encerrada en una frase [...]. Es un marco en el que coinciden diferentes líneas de pensamiento, imaginarios o cursos de acción" (Extraído de Decrecimiento: un vocabulario para una nueva era, de Giacomo D'alisa, Federico Demaria y Giorgos Kallis, Icaria Editorial, 2014). Hay, por tanto, interpretaciones que desdeñan la costura en favor de la ruptura: en la obra mencionada anteriormente, Amaia Pérez Orozco, doctora en Economía por la Universidad Complutense de Madrid, afirma que es necesario "un metabolismo social diferente" que ofrezca mejores condiciones de vida. "Dado que el desarrollo y el crecimiento han fracasado, el reto es fracasar mejor", defiende. Y urge, puesto que "estamos viviendo ya la transición". Más pronto que tarde, tendremos que cambiar nuestra mentalidad, nuestros hábitos y nuestros valores, si queremos salvar el único hogar que conocemos.

Pero ¿cómo? Según el politólogo Giorgio Mosangini, 'desaprendiendo', lo cual implica "desprenderse de un modo de vida equivocado, incompatible con el planeta" y "buscar nuevas formas de socialización, de organización social y económica". Su correligionario Serge Latouche, economista de formación, postula que el viaje se hará sobre la ola de la llamadas '8 R': Reevaluar, Reconceptualizar (revisar lo que entendemos por riqueza y pobreza), Reestructurar, Relocalizar, Redistribuir, Reducir (limitar el consumo a lo que el planeta puede dar y soportar); Reutilizar y Reciclar.

Una visión crítica... y de izquierdas

"Me alegra que Latouche llamara la atención sobre la futilidad del crecimiento" –comenta el doctor en Economía Ricardo Zaldívar- "Pero no sigo la bandera del decrecimiento, porque éste es igual de fútil para resolver los problemas de una economía como la europea". Zaldívar, también doctor en Estudios Territoriales y Urbanos por la Sorbona, presidió entre 2001 y 2003 la organización Attac, entidad internacional dedicada a promover el control democrático de los mercados financieros. Es poco sospechoso, por tanto, de neoliberal poco amigo de restricciones a la inversión.

Para este experto, "el decrecimiento no es el objetivo", ya que el crecimiento no es pernicioso per se. "Lo que es criticable es la deificación del crecimiento, la idea de que la subida del PIB se traduce en beneficios para todos, lo cual es falso", explica. "El crecimiento constante hunde sus raíces en el tipo de interés compuesto: cuando el sistema financiero presta dinero, genera dinero, pero éste es falso, inexistente, una convención" –expone- "Si te prestan 100 y te devuelven 105, esos 5 adicionales salen del crecimiento". En suma, "se crea riqueza para pagar los intereses, no para mejorar la vida de la mayoría".

Ante esta incoherencia, las soluciones que ofrecen decrecionistas como Latouche o Mosangini consisten en "poner palos en la rueda", preconizando una reducción de la producción y el consumo que dista de ser la panacea. La verdadera meta para una economía desarrollada "es el reparto, la redistribución, no el adelgazamiento". A pesar de su tendencia progresista, el doctor no es remiso en defender el crecimiento en regiones depauperadas, como es el caso del África subsahariana. "Allí, lo que necesitan es crear riqueza, fundamentalmente", dice.

En cuanto a España, Zaldívar tampoco duda en defender el aumento de la producción en sectores maltrechos como los servicios sociales o la tecnología punta. En lo que no hay que volver a crecer, según su ideario, es en actividades agresivas con el medio ambiente y sin valor añadido, "como la construcción de viviendas y la automoción". Estabilizar, cohesionar e innovar para combatir la desigualdad, evitando caer en el vicio sobre el que también advirtió Quevedo: "Lo mucho se vuelve poco con sólo desear otro poco más".

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