Piotr kropotkin: Apoyo mutuo


"En cuanto a la obra recién editada de Büchner [Darwinismo y socialismo], a pesar de que induce a la reflexión sobre el papel de la ayuda mutua en la naturaleza, y de que es rica en hechos, no estoy de acuerdo con su idea dominante. El libro se inicia con un himno al amor, y casi todos los ejemplos son tentativas para demostrar la existencia del amor y la simpatía entre los animales. Pero, reducir la sociabilidad de los animales al amor y a la simpatía significa restringir su universalidad y su importancia, exactamente lo mismo que una ética humana basada en el amor y la simpatía personal conduce nada más que a restringir la concepción del sentido moral en su totalidad.

De ningún modo me guía el amor hacia el dueño de una determinada casa a quien muy a menudo ni siquiera conozco cuando, viendo su casa presa de las llamas, tomo un cubo con agua y corro hacia ella, aunque no tema por la mía. Me guía un sentimiento más amplio, aunque es más indefinido, un instinto, más exactamente dicho, de solidaridad humana; es decir, de caución solidaria entre todos los hombres y de sociabilidad.

Lo mismo se observa también entre los animales. No es el amor, ni siquiera la simpatía (comprendidos en el sentido verdadero de éstas palabras) lo que induce al rebaño de rumiantes o caballos a formar un círculo con el fin de defenderse de las agresiones de los lobos; de ningún modo es el amor el que hace que los lobos se reúnan en manadas para cazar; exactamente lo mismo que no es el amor lo que obliga a los corderillos y a los gatitos a entregarse a sus juegos, ni es el amor lo que junta las crías otoñales de las aves que pasan juntas días enteros durante casi todo el otoño. Por último, tampoco puede atribuirse al amor ni a la simpatía personal el hecho de que muchos millares de gamos, diseminados por territorios de extensión comparable a la de Francia, se reúnan en decenas de rebaños aislados que se dirigen, todos, hacia un punto conocido, con el fin de atravesar el Amur y emigrar a una parte más templada de la Manchuria.

En todos estos casos, el papel más importante lo desempeña un sentimiento incomparablemente más amplio que el amor o la simpatía personal. Aquí entra el instinto de sociabilidad, que se ha desarrollado lentamente entre los animales y los hombres en el transcurso de un período de evolución extremadamente largo, desde los estadios más elementales, y que enseñó por igual a muchos animales y hombres a tener conciencia de esa fuerza que ellos adquieren practicando la ayuda y el apoyo mutuos, y también a tener conciencia del placer que se puede hallar en la vida social

Una importancia de esta distinción podrá ser apreciada fácilmente por todo aquél que estudie la psicología de los animales, y más aún, la ética humana. El amor, la simpatía y el sacrificio de sí mismos, naturalmente, desempeñan un papel enorme en el desarrollo progresivo de nuestros sentimientos morales. Pero la sociedad, en la humanidad, de ningún modo le ha creado sobre el amor ni tampoco sobre la simpatía. Se ha creado sobre la conciencia - aunque sea instintiva- de la solidaridad humana y de la dependencia recíproca de los hombres. Se ha creado sobre el reconocimiento inconscientes semiconsciente de la fuerza que la práctica común de dependencia estrecha de la felicidad de cada individuo de la felicidad de todos, y sobre los sentimientos de justicia o de equidad, que obligan al individuo a considerar los derechos de cada uno de los otros como iguales a sus propios derechos."

Piotr Kropotkin. Apoyo mutuo. 1902.

El mundo acostumbraba a ser sencillo


"El mundo acostumbraba a ser sencillo. Simplemente te dabas cuenta al pasar por el prado que te mojabas al tocar las gotas de rocío. Pero desde el momento en que la gente empezó a querer explicar científicamente esta gota de rocío, se atraparon a sí mismos en el infierno sin fin del intelecto.

Las moléculas de agua están hechas de átomos de oxígeno y de hidrógeno. Durante un tiempo la gente creyó que en el mundo las partículas más pequeñas eran los átomos, pero luego descubrieron que había un núcleo dentro del átomo. Ahora han descubierto que en el núcleo hay partículas aún más pequeñas. Entre estas partículas nucleares hay cientos de tipos distintos nadie sabe cuando acabará el análisis de este mundo diminuto.

Se dice que la forma en que los electrones se mueven a velocidades muy elevadas en sus órbitas dentro del átomo es exactamente como el movimiento de los cometas en la galaxia.

Para los físicos atómicos el mundo de las partículas es tan vasto como el mismo universo. Pero se ha demostrado que al lado de la galaxia en que vivimos existen innumerables galaxias. Entonces a los ojos de un cosmólogo, nuestra galaxia entera se vuelve infinitamente pequeña. El hecho es que las personas que creen que una gota de agua es simple, o que una roca es fija e inerte, son felices locos ignorantes y que los científicos que conocen que la gota de agua es un gran universo, la roca un mundo activo de partículas elementales moviéndose como cohetes son locos inteligentes. Visto de forma sencilla, este mundo es real y asequible. Visto de forma compleja, el mundo se vuelve aterradoramente abstracto y distante.

Los científicos que se regocijaron cuando se trajeron rocas de la luna, tienen menos comprensión de ésta que los niños que cantan: “¿Cuántos años tienes Sra. Luna?”. Basho (Un famoso poeta japonés de haikus (1644-1694)) pudo aprehender las maravillas de la naturaleza observando los reflejos de la luna llena en la tranquilidad de un estanque.

Todo lo que los científicos hicieron al salir al espacio y hollar el suelo lunar con sus botas espaciales fue deslucir un poco el esplendor que tenía la luna para muchos amantes y niños de la tierra.

¿Cómo es que la gente cree que la ciencia beneficia a la humanidad?"

Fukuoka, Masonobu. La revolución de una brizna de paja. 1978.

El discurso científico y el sentido común


La clasificación de modalidades de conocimiento, racional (lógico) e irracional (ilógico), ha funcionado como instrumento fundamental en la definición del poder en nuestra cultura en forma de saber ‘técnico’. El saber racional se ha convertido en una propiedad intrínseca del poder. En este sentido, la distinción entre modelos de conocimientos ha sido un instrumento efectivo para catalogar diferentes formas de accesibilidad al mundo ‘verdadero’.


Un mecanismo clásico de nuestra modernidad fue establecer una estricta separación entre ambos, de tal suerte que se consolidaron formas de conocimiento reconocidas y formas reconocidas de desconocimiento. El resultado de tal división fue la aceptación, por un lado, de un conocimiento racional, legítimo e institucionalmente consolidado y, por otro, la marginación de un conocimiento no racional, emocional e ilegítimo. La frontera entre ambos ha sido clave a la hora de dotar de significación a la realidad. Tal división se ha convertido en un eje fundamental para la consolidación de las relaciones entre poder/saber. La racionalidad se nos ha presentado como un arma eficaz para conseguir efectos de realidad/verdad.

Si atendemos a la configuración del sentido nos encontraremos con los dispositivos clásicos que garantizan, en nuestra cultura las demarcaciones fundamentales entre tipos de conocimiento. La distribución de la legitimidad está en juego. Así, en toda constitución de sentido podemos ver un doble proceso: analítico y sintético, que no siempre son reconocidos, ni tampoco poseen el mismo grado de aceptación y reconocimiento. El proceso analítico viene determinado por su carácter racional, propio del discurso científico, disciplinario e institucional. Mientras que el sintético presenta formas irracionales propias de contextos discursivos del sentido común.

De tal manera que la modernidad se bastó de la razón sacralizada para consolidar y reforzar una diferenciación absoluta entre el tipo de conocimiento racional occidental y el resto del pensamiento arcaico e irracional, susceptible de ser domesticado y antropologizable. El modo de operar del racionalismo, amparado por su capacidad normativa e institucional y basado en la discriminación y la clasificación de categorías explicativas, trajo consigo la consolidación de dicotomías entre tipos de pensamiento.

Ahora bien, dicha consolidación no sólo sirvió para establecer demarcaciones externas que pudieran justificar su hegemonía foránea, sino que también podemos encontrar en el interior fronteras nítidas de lo aceptable e inaceptable como verdadero. Así, nuestra cultura se encargó de compartimentar las diferentes formas de 'apresar la realidad'.

En la modernidad, el fortalecimiento de la ciencia y la culminación de la racionalidad, llevaron hasta extremos esta distinción. El resultado de esta depuración interior fue la distinción entre dos tipos de formas: por un lado, formas a las que se les concede fiabilidad y se les reconoce como medios de producción de verdad, es decir, como motores de conocimiento. Y ‘otras’ formas que, lejos de presentar métodos analíticos, utilizan explícitamente estrategias calificadas de ‘obscenas’ (ironías, paradojas, contradicciones, metáforas…); formas que van desde los géneros literarios hasta los mitos, pasando por todas las formulaciones informales del sentido común.

Pero, como ya ha sido subrayado en numerosas ocasiones, dichas fronteras no son ni nítidas ni reales, aunque sí eficaces. Sin embargo, la frontera trazada en nuestra cultura entre ‘lo que es científico, y por tanto admisible, y lo que pertenece a lo común, es decir lo vulgar que hay que corregir’ no es incuestionable, sino que debe tratarse más bien como una construcción cultural que permite legitimar espacios y silenciar discursos.

Para saber más: Beatriz Santamaría Campos. Ecología y poder. 2006.


Lo queremos todo y lo queremos ahora


"Lo queremos todo, y lo queremos ahora”: el grito de guerra sesentayochista no es una consigna de emancipación sino –me temo- la expresión de un fracaso cultural profundo. Hace pensar en infantilismo; también en drogadicción. Puerilización del mundo: la mercantilizada ‘cultura de la satisfacción’, combinada –en un mundo crecientemente amercanizado- con el mito yanqui de la igualdad de oportunidades bajo un régimen capitalista competitivo, hace creer en la capacidad de cualquiera para alcanzar cualquier cosa, y de forma rápida. Como en la psicología infantil, la incapacidad para diferir la gratificación estrecha el horizonte temporal a la inmediatez del presente.

Drogadicción en sentido amplio; más allá del consumo de estupefacientes nos sumimos en una omnipresente cultura de la droga que incluye todo tipo de propuestas de satisfacción inmediata y evasión ,desde el turismo de masas a la ‘fábrica de sueños’ que es Hollywood, desde los más ubicuos parques temáticos -y la reconstrucción de cada vez más zonas de nuestra experiencia urbana como parques temáticos- a las diversiones por internet.

No podrá emerger una cultura de la sobriedad no represiva, una austeridad liberadora (y laica), sin una transformación profunda de las concepciones vigentes acerca del placer, la utilidad, el progreso, la producción. ¿Qué querría decir ‘transformación profunda’ en este contexto? Manuel Sacristán pensaba que:

‘Todos estos problemas tienen un denominador común que es la transformación de la vida cotidiana y de la consciencia de la vida cotidiana. Un sujeto que no sea opresor de la mujer, ni violento culturalmente, ni destructor de la naturaleza, no nos engañemos, es un individuo que tiene que haber sufrido un cambio importante. Si les parece, para llamarles la atención, aunque sea un poco provocador: tiene que ser un individuo que haya experimentado lo que en las tradiciones religiosas se llamaba una conversión (…) Mientras la gente siga pensando que tener un automóvil es fundamental, esa gente es incapaz de construir una sociedad comunista, una sociedad no opresora, una sociedad pacífica y una sociedad no destructora de la naturaleza.’

Jorge Riechmann. Todo tiene un límite: ecología y transformación social. 2001

Alternativas ideológicas

Federico García Barba - Islas y Territorio

Hay que renunciar y denunciar el desarrollo. Es el recurso dialéctico que acalla la discusión, el gran argumento que avala cualquier posición porque parece irrefutable que nos conduce a un futuro mejor. Esa es la prueba a la que acude la demagogia política ligada al poder para imponer lo inaceptable.

Lo cierto es que el desarrollo que se propugna como incontrovertible es el sistema que ha originado la mayor parte de los problemas sociales y ambientales que padece el planeta, esquilmación de los recursos naturales, destrucción del paisaje, superpoblación galopante, etc. Un proceso que nos hunde en el abismo.

El cuestionamiento radical de este concepto, el desarrollo, implica la descolonización paulatina de nuestro pensamiento de ese objetivo impuesto, la transformación total del mundo -de la naturaleza, de las relaciones entre los hombres y de estos con lo biológico- en simples mercancías y bienes. Habría que imponer una necesaria higiene mental que deseconomice las ideas y los sentimientos, una guerra a ganar necesariamente que permita el restablecimiento de un equilibrio imprescindible entre el hombre y el territorio heredado. El progreso humano, tal como se define en el Manifiesto por un futuro posterior al desarrollo de Serge Latouche, debería reorientarse a la búsqueda de un bienestar basado más en la expansión de la calidad en las relaciones personales y por el contrario, la atenuación de la acumulación de objetos y posesiones que acaban transformadas en basura. Una alternativa que debe poner más énfasis en la mejora de los intercambios locales frente al movimiento masivo y geográfico de bienes, personas y capital.

Este futuro posible debe basarse en el decrecimiento económico, en el ajuste del consumo a una cantidad muy limitada de recursos por persona, aquellos realmente necesarios para una supervivencia digna. El ineludible decrecimiento implica el control sobre la actual disposición ilimitada de recursos en algunos lugares y su saqueo masivo en otros. Se debe asumir que un consumo como el actual nos condena a la destrucción global del planeta y frente a ello hay que actuar localmente tanto para preservar la tecnobiosfera, es decir el mundo en que vivimos, como para ayudar a restaurar una mínima justicia social.

Nuestra propia supervivencia está relacionada con la de los demás y con la del medio que nos rodea. Esta posición implicaría una integración matizada en el contexto mundializado, ampliando y profundizando la autonomía local del pensamiento, la cultura y, en definitiva, la economía. Las ideas y los bienes deben voluntariamente asumirse, producirse e integrarse desde la constante construcción de sociedades particulares con verdadera autonomía, autocentradas y marginadas voluntariamente respecto a la economía mundo dominante.

En el contexto de la arquitectura ello significa combatir una serie de falsas premisas ampliamente extendidas y consideradas inmutables. Entre ellas, destaca la avasalladora colonización del arte del diseño y la construcción de edificios por la economía, su ajuste para apoyar la ideología desarrollista dominante y el reforzamiento de las necesidades del mercado mundial. También, la masiva generación de iconos construidos que ha presidido la última etapa de la escena cultural internacional que debe de repudiarse como representación de una ideología impuesta asociada a un progreso mal entendido y al crecimiento innecesario que nos acerca peligrosamente a esa inexorable destrucción colectiva en curso.

Es expresivo de este estado de cosas, la situación actual en la que se desenvuelven los fundamentos de la arquitectura.

La utilitas, la funcionalidad, está hoy dominada por los últimos conceptos de moda, el merchadising, la commodification y el branding. Basura economicista.

La firmitas, la manera de construir, entregada a materiales y formas efímeras que no garantizan perdurabilidad y apoyan el más antiético despilfarro. Falso ahorro inmediato que estimula los intercambios y facilita la acumulación del beneficio por unos pocos.

Y la venustas, la belleza, carne de cañón de la publicidad y de la propaganda de los poderosos. La herramienta definitiva para moldear las mentes según el interés exclusivo del dinero.

En una época en que la mayoría de las personas no están predispuestas a repensar críticamente los paradigmas ofrecidos desde el poder, hay que abstenerte. Por eso yo me declaro apóstata de la arquitectura, abandoné hace tiempo esa religión a la que he amado. Una imposibilidad manifiesta para la poesía, secuestrada por la comunicación del vacío.

Habría que recuperar aquel papel que tuvo architékton, el humilde primer obrero: construir ese lugar reservado para el hombre, que existe entre la tierra y el cielo. La arquitectura se construye a la contra, frente a la resistencia del suelo para expresar las ideas de la época percibidas en lo alto.


Excavar los lugares para encontrar la firmeza de los terrenos. Analizar las formas heredadas como expresión de la interpretación de los caracteres específicos, topografía, clima, variabilidad de la luz, etc.

Escrutar los cielos implica interpretar las líneas que nos dibuja el firmamento hacia el futuro, recto entre las estrellas y las constelaciones y curvo según las orbitas de los planetas.

Proyectar con la geometría, esa herramienta olvidada asociada a la razón. Utilizar los materiales heredados y próximos que no hay que transportar. Volver a recuperar las ideas esbozadas por nuestros antepasados frente a la imposición forzada de la novedad.

Nuestras verdaderas referencias, la percepción de los fenómenos de la naturaleza, la enseñanza de los antiguos, la experiencia de los próximos. Habría que recuperar la búsqueda de la expresión en el análisis de los sitios. Me faltan las palabras.

Decía Eduardo Chillida en relación a su obra Elogio del Horizonte: He buscado la escala que me ha parecido justa para ayudar al hombre a pasar de lo pequeño que es a la grandeza del horizonte. Estuve mucho tiempo sintiendo el lugar como posible y circulando mentalmente dentro de mi escultura como si fuera un hombrecito para darme cuenta de lo que iba a ser en relación a la escala definitiva, para darme cuenta de lo que iba a ser la relación del hombre con la montaña de Santa Catalina en Gijón. Lo que no he sabido nunca descifrar es la relación matemática que hay entre la dimensión del hombre y la del horizonte. Una cosa es inmensa y la otra, nosotros, pequeña. La obra, lo que pretende, es ayudar, ser un peldaño, una ayuda para pasar de la mínima dimensión que tenemos a la enorme dimensión del cosmos y de su definición frente a la curvatura de la tierra que es el horizonte.

Siguiendo la magnífica línea discursiva presentada por Felix Duque en Habitar la tierra -y que copio descaradamente- ser en el mundo significa construir sobre los lugares, sosteniendo a lo que allí hay y al mismo tiempo abrirse a los cielos, el recinto de las ideas que nos conectan con lo sagrado.

Los lugares no existen por lo general en sí mismos. También pueden ser creados por los humanos a la manera en que los puentes generan un espacio accesible que antes no estaba. Como escribió Martín Heidegger en su premonitorio Construir, habitar, pensar:

El puente se tiende ligero y fuerte sobre por encima de la corriente. No junta dos orillas ya existentes. Es pasando por el puente como aparecen las orillas en tanto que orillas. El puente es propiamente lo que deja que una yazga frente a la otra.

Es a partir de esta idea como se puede entender en lo que hemos convertido los lugares y el mundo en su conjunto, algo que no existía anteriormente y que hemos transformado en nuestro beneficio. Lo natural preexistente se ha transformado en parque debido a la acción del pensamiento, la tierra se ha excavado para extraer las cavernas que constituyen nuestra morada.

Pero ahora estamos a punto de perderlo todo por la acción de todos. Desde hace varias décadas la huella ecológica global realmente existente implica que el consumo desplegado ya no puede sostenerse con la totalidad de la accesible masa planetaria. La tecnobiosfera que hemos creado, la interacción de los materiales de la Tierra con la acción civilizatoria de la humanidad, es un mecanismo con una fecha de caducidad que se ha vuelto claramente evidente en los últimos tiempos.

Durante dos siglos se ha vivido en movimiento continuo, tras el falso progresismo de las vanguardias. Bajo la enseña de lo nuevo, las vanguardias han acabado imponiendo la moda como medida del tiempo y con ello, la renovación constante de las mercancías. Frente a este proceso descabellado, habría que reivindicar la recuperación de posiciones de retaguardia crítica, considerar que la enseñanza realmente valiosa también es la que procede de una mirada atenta a lo que nos rodea y el simple disfrute sensual de los que nos ha sido dado. La finitud del planeta y nuestra supervivencia nos lo exige.

Percibir el latir del suelo, escudriñar el horizonte, habitar realmente el solar donde se vive son los requisitos para salvar la tierra. A su vez, decía también Heidegger, la esencia de la persona está en el DaSein, precisamente el Ser Ahí. No en otro lugar imaginado.

Desentrañar ese ahí, ese simple ahí, esa es la verdadera tarea.

Libertad y pensamiento

La sociedad actual justifica su existencia con la promesa de satisfacer los deseos humanos y sus necesidades mediante los bienes materiales. En nuestro mundo la idea de libertad está asociada a la posibilidad de mayor consumo, a un mayor acceso a un número cada vez mayor de mercancías, en todo momento y en todo lugar los anuncios publicitarios nos recuerdan que tenemos que comprar y acumular para ser felices - ¡Qué importa si a ti te gusta! ¡Hazlo! -.




Entenderemos la libertad en un sentido positivo como la capacidad de obrar de una u otra manera o de no obrar, y en un sentido negativo como un estado o condición de no ser esclavo, de no estar dominado; de tal manera que somos responsables de nuestros actos. La libertad sería entendida como un acto transformador que nos permitiría a través del pensamiento y acción colectiva desmantelar la sociedad de dominación en la cual nos encontramos basada en el crecimiento del consumo.

Un primer paso hacia un modo de vivir alternativo vendría dado por la reflexión individual de cada persona en silencio, en soledad. En la vorágine de vida que llevamos, se hace difícil encontrar el momento y el lugar para soñar despierto. Vivimos rodeados de obstáculos que nos impiden hablar con nosotros mismos; ante esto utilizamos los prejuicios y los tópicos para hacer frente a las diferentes situaciones que son disonantes (las injusticias, las inmoralidades, las discriminaciones..).

Tenemos que tener en cuenta que el lenguaje es un conjunto de significados compartidos que con el paso del tiempo hace que se cosifiquen las palabras, los significados lejos de la experiencia que les dio origen pasan de estar vinculados a situaciones particulares a adquirir significados generales.

Pero, en un momento determinado los instrumentos simbólicos que utilizamos para comunicarnos resultan insatisfactorios para explicar lo que ocurre a nuestro alrededor, entonces damos vueltas y más vueltas en torno a un problema, se fluidifican y descongelan los sentidos petrificados de las palabras, tenemos la necesidad de recomponer nuestro mundo y mediante el pensamiento nos apropiamos de la realidad; queremos humanizarla y salir de la alineación a la que estamos sometidos.

Esperamos que otras personas entiendan lo que decimos, estamos actualizando un pensamiento, estamos haciendo un ejercicio de libertad porque hemos hecho de nuestro pensamiento un discurso público.

Es preciso un segundo paso; el mundo es un espacio de relación, vivimos en un mundo plural con personas diversas, necesitamos participar en él y compartir, tenemos que construir una alternativa a una realidad que no nos satisface mediante el diálogo, el confrontar nuestras pensamiento con el pensamiento de las demás personas, y de ahí nace un espacio de relación. Un espacio donde surgirá lo nuevo, un modo de vida alternativo que permita nuestra liberación colectiva.

La capacidad de actuar es lo que hace de la vida algo valioso. Actuar es nacer a un mundo de relaciones humanas del que se forma parte al tomar la palabra públicamente y al proponer, apoyar y realizar iniciativas en el espacio público. Cuando se actúa, precisamente porque no hay un fin de la acción – un producto, un objeto -, se inicia un proceso que opera en un mundo de ilimitada interrelación humana. Debemos compartir nuestra alegría con los demás.

La crisis del ego

Jordi Pigem - Crisis económica 2010

¿Hasta dónde alcanza la crisis?

Lo que ha entrado en crisis no es solo el neoliberalismo, ni siquiera el capitalismo. Podríamos decir que ha entrado en crisis el economicismo, la visión del mundo que considera la economía como el elemento clave de la sociedad y el bienestar material como clave de la autorrealización humana. El economicismo es común al capitalismo y el marxismo, y durante mucho tiempo a la mayoría de nosotros nos pareció de sentido común —pero hubiera sido considerado un disparate o una aberración por la mayoría de las culturas que nos han precedido, que generalmente veían la clave de su universo en elementos más intangibles, culturales, religiosos o éticos.

En el fondo, sin embargo, no sólo ha entrado en crisis el economicismo, porque la crisis actual es sistémica y no sólo económica. Tiene una clara dimensión ecológica (pérdida de biodiversidad, destrucción de ecosistemas, caos climático), pero también hay crisis desde hace tiempo en la vida cultural, social y personal. La sociedad, los valores, los empleos y hasta las relaciones de pareja se han ido volviendo cada vez menos sólidos y más líquidos, en la acertada expresión del sociólogo Zygmunt Bauman. Disminuyen las certezas y crece la incertidumbre en múltiples ámbitos, incluso en las teorías científicas que en vez de volverse cada vez más simples y generales se vuelven más parciales y complicadas.

Vivimos una crisis sistémica, que habíamos conseguido ignorar porque el crecimiento de la economía nos hechizaba con sus cifras sonrientes y porque los goces o promesas del consumo sobornaban nuestra conciencia. Pero el espejismo del crecimiento económico ilimitado se desvanece y de repente nos damos cuenta de que no podemos seguir ignorando la crisis ecológica, la crisis de valores, la crisis cultural. Tenemos cantidades ingentes de información, centenares de teorías y muchas respuestas, pero la mayoría sirven de muy poco ante las nuevas preguntas. Lo que ha entrado en crisis es toda la visión moderna del mundo, que de repente se nos aparece obsoleta y pide urgentemente ser reemplazada por una visión transmoderna, más fluida, holística y participativa.

Una visión del mundo no es una simple manera de ver las cosas. Determina nuestros valores, dicta los criterios para nuestras acciones, impregna nuestra experiencia de lo que somos y hacemos. En el fondo podríamos decir que lo que finalmente ha entrado en crisis es el ego moderno, toda una forma de estar en el mundo basada en un complejo de creencias que inconscientemente compartíamos. Por ejemplo, que el ser humano es radicalmente diferente y superior al resto del universo. O que cada ser humano es también radicalmente diferente de los demás, contra los que ha de competir para prosperar. O que el universo es básicamente inerte y se rige por leyes puramente mecánicas y cuantificables. El ego moderno se siente como un fragmento aislado en un universo hostil, y de su miedo interior nace su necesidad de certeza y seguridad, de objetivar y cuantificar, de clasificar y codificar, de competir y consumir.

Pero el ego moderno no puede ser sustituido por un ego transmoderno, porque no hay tal cosa. La crisis nos invita (o nos acabará obligando) a ir más allá del ego y a descubrir que nuestra identidad es en el fondo relacional, que no estamos aislados sino que cada persona y cada ser es una ola en un océano de relaciones en el que todos participamos y en el que también fluyen la sociedad, la naturaleza y el cosmos.

Por ello la crisis no solo es una oportunidad para avanzar hacia economías y sociedades que sean más justas, sostenibles y plenamente humanas. También es una alarma que ha saltado porque ya es hora de despertar. Porque la economía global era como un gigante sonámbulo, que avanzaba a grandes zancadas sin saber a dónde iba, sin saber lo que estrujaba bajo sus pies, inmerso en las ensoñaciones de una visión del mundo caduca. Por ello la crisis es como una vigorizante ducha fría. Una oportunidad para despertar.

¿Es el decrecimiento compatible con la economía de mercado?


¿Es el decrecimiento compatible con la economía de mercado? Takis Fotopoulos
Traducción: Laia Vidal i Blai Dalmau


Democracia Inclusiva

La actual concentración de poder económico, político y social en las manos de las élites que controlan la economía de crecimiento no es simplemente un fenómeno cultural relacionado con los valores establecidos por la revolución industrial, como ingenuamente creen significativos corrientes dentro del movimiento ecologista. La realización del equilibrio ecológico no es sólo una cuestión de cambios en el sistema de valores (abandono de la lógica del crecimiento, consumismo etc.) que nos llevaría subsecuentemente a una estilo de vida respetuoso con el medio. De hecho, la concentración de poder constituye el resultado inevitable de un proceso histórico que empezó con el establecimiento de estructuras sociales jerárquicas y la ideología implícita de la dominación del ser humano sobre el ser humano y la naturaleza y culminó con el desarrollo de la economía de mercado y su consiguiente economía de crecimiento en los últimos dos siglos.

La economía de mercado/crecimiento y la concentración de poder económico son dos caras de la misma moneda. Esto significa que ni la concentración de poder económico ni las consecuencias ecológicas de la economía de crecimiento son evitables dentro del actual marco institucional de la economía de mercado internacionalizada. Sin embargo, el incremento en la concentración de poder económico lleva a muchas personas a la comprensión de que el Progreso, en el sentido de mejoras en el bienestar a través del crecimiento económico, tiene necesariamente un carácter no universal. Por lo tanto, la hora de la verdad para el actual sistema social llegará cuando sea universalmente reconocido que la existencia misma de los actuales estándares de consumo derrochador depende del hecho que sólo una pequeña proporción de la población mundial, ahora o en el futuro, tiene la posibilidad de disfrutarlos.

En conclusión, aunque el crecimiento económico ha jugado claramente un importante papel ideológico tanto en el socialismo realmente existente (como parte de la ideología socialista) y en el capitalismo realmente existente (como parte de la ideología liberal), en este último el crecimiento económico es también un elemento integral de su dinámica y sus objetivos de beneficio y eficiencia. Pero, si el crecimiento se ve no sólo como una significación imaginaria, o una ideología, o un valor, sino también, como una característica estructural de la economía de mercado capitalista, esto tiene serias implicaciones tanto a nivel teórico como a niveles estratégicos.

A nivel teórico, la cuestión de si el decrecimiento es compatible con la economía de mercado no es un dogma. Es simplemente una cuestión de Historia y de estudio de las dinámicas del sistema de la economía de mercado. La cuestión es: ソha habido alguna vez un sistema de economía de mercado, en el sentido Polanyano, cuya dinámica no haya llevado a la maximización del crecimiento económico -salvo los períodos de crisis económicas no deseadas- tanto si se trataba de una economía de mercado capitalista, o hasta una de "socialista" como la de la China actual en la que las empresas del estado tienen que competir con las privadas? Si la respuesta es negativa -como debería ser- luego esta es una fuerte indicación de que el decrecimiento no puede ser visto como tan sólo una cuestión de cambio de valores y significaciones imaginarias, o de "abandonar un sistema de fe, una religión"22, y que simplemente no es factible dentro de un sistema de economía de mercado. En cambio, el decrecimiento es perfectamente compatible con un nuevo tipo de economía y sociedad más allá de la economía de mercado internacionalizada.

A nivel estratégico, como veremos más adelante, la economía de crecimiento no se podría superar a través de un programa de reformas, como las sugeridas por el proyecto de decrecimiento, o incluso a través de la descentralización radical dentro del marco institucional de la economía de mercado, tanto si esto se efectuara mediante eco-aldeas, o aldeas urbanas e instituciones similares.

Extracto del artículo publicado originalmente en The International Journal of INCLUSIVE DEMOCRACY, Vol. 3, No. 1 (Enero de 2007).

El mito burgués de la felicidad y la igualdad


"Todo el discurso sobre las necesidades se basa en una antropología ingenua: la de la propensión natural del ser humano a la felicidad. La felicidad, inscrita en letras de fuego detrás de la más trivial publicidad de unas vacaciones en las Canarias o de unas sales de baño, es la referencia absoluta de la sociedad de consumo: es propiamente el equivalente de la salvación. Pero, ¿cuál es esa felicidad cuya búsqueda atormenta a la civilización moderna con semejante fuerza ideológica?

También en este aspecto, es necesario revisar toda visión espontánea. La fuerza ideológica de la noción de felicidad no procede justamente de una propensión natural de cada individuo a alcanzarla para sí. Procede, sociológica e históricamente, del hecho de que el mito de la felicidad recoge y encarne en las sociedades modernas el mito de la igualdad. Toda la virulencia política y sociológica con que se ha cargado ese mito, desde la revolución industrial y las revoluciones del siglo XIX, se transfirió al mito de la Felicidad.

El hecho de que la felicidad tenga, en primer lugar, esta significación y esta fución ideológica acarrea importantes consecuencias en cuanto a su contenido: por ser el vehículo del mito igualitario, es necesario que la felicidad sea mensurable. Hace falta que sea un bienestar mensurable en objetos y signos, en ‘confort’ como decía Tocqueville quien ya notaba esta tendencia de las sociedades democráticas a acumular cada vez más bienestar, como resorción de las fatalidades sociales e igualación de todos los destinos.

La felicidad como goce total o interior, esa felicidad independiente de los signos que podrían manifestarla a los ojos de los demás, esa felicidad que no tiene necesidad de pruebas, queda pues excluida de entrada del ideal de consumo, en el cual la felicidad es sobre todo exigencia de igualdad (o de distinción, por supuesto) y, en función de ello, debe manifestarse siempre en relación con criterios visibles. En ese sentido, la felicidad está aún más lejos de toda ‘fiesta’ o exaltación colectiva puesto que, alimentada pro una exigencia igualitaria, se basa en los principios individualistas, fortalecidos por la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que reconoce explícitamente a cada uno (a cada individuo) el derecho a la felicidad.

La ‘revolución del Bienestar’ es la heredera, la ejecutora testamentaria, de la revolución burguesa o simplemente de toda revolución que erige en principio la igualdad de los hombres, sin poder (o sin querer) realizarla en el fondo. El principio democrático se transfiere pues de una igualdad real, de las capacidades, de las responsabilidades, de las oportunidades sociales, de la felicidad (en el sentido pleno del término) a una igualdad ante el Objeto y otros signos evidentes del éxito social y de la felicidad. Es la democracia de la posición social, la democracia de la televisión, del automóvil y del equipo estéreo de música, democracia aparentemente concreta, pero igualmente formal, que responde, más allá de las contradicciones y las desigualdades sociales, a la democracia formal inscrita en la constitución. Ambas, cada una sirviéndole de pretexto a la otra, se conjugan en una ideología democrática global que oculta que la democracia está ausente y la igualdad es imposible de encontrar."

Jean Baudrillard. La sociedad de consumo. Sus mitos, sus estructuras. 1970.

Una sociedad sencilla


"Fue la pequeña unidad, la ciudad-estado independiente, donde todos sabían de todo cuanto acontecía en ella, que surgieron gigantes intelectuales. El ciudadano de un estado pequeño no es mejor o más sabio por naturaleza que el de una superpotencia. Él también es un ser humano lleno de imperfecciones, ambiciones y vicios sociales. Sin embargo, carece del poder y de los medios para saciarlos de manera peligrosa...

La fertilidad cultural de los pequeños estados consiste en que, con sus pequeñas dimensiones y sus problemas insignificantes de la vida comunal, liberan para sus habitantes el tiempo y el ocio sin el cual ninguna gran obra de arte puede ser creada. Las cuestiones de gobierno son tan insignificantes, que sólo una fracción de las energías individuales tiene que ser canalizada hacia los servicios sociales. La sociedad funciona casi por sí sola...

Es la oportunidad para individuos creativos de aprender la verdad, sin la cual ni el arte, ni la literatura, ni la filosofía, pueden ser desarrolladas. Sin embargo, para aprender la verdad en un mundo que es tan diverso como el nuestro y que se manifiesta de incontables formas, incidentes y relaciones, el individuo tiene que ser capaz de participar de una gran variedad de experiencias personales. No un gran número, sino una gran variedad. Y eso es infinitamente más fácil en un estado pequeño que en un gran estado.

Quizás no llegues a saber nunca qué consecuencias resultarán de tu acción, pero si no haces nada, jamás habrá consecuencias."

Mahatma Gandhi

Municipalismo libertario, una alternativa local


Reedición de la propuesta comunalista de Murray Bookchin


El interés que se ha despertado en los últimos tiempos por la potenciación del ámbito local no sólo tiene que ver con las torpezas y el descrédito de las políticas centralizadas, ni con el ejercicio lúgubre del poder de los estados como rodillo homogeneizador, sino que tiene que ver también con el sentido común y con la necesidad de imaginar ámbitos políticos que propicien la vida social sobre la base de una democracia y una economía de proximidad. En este sentido, la reedición de las políticas de la ecología social es una buena noticia porque nos invita a incidir sobre uno de los ideales de organización humana más primordiales: el municipalismo de base..

El libro de Janet Biehl expone y sintetiza con fidelidad el pensamiento que su compañero Murray Bookchin (1921-2006) elaboró en torno al municipalismo libertario - pero que ha quedado disperso en su obra- y recoge también una entrevista con el activista e investigador norteamericano. Fue publicado en 1997 y, al año siguiente, la editorial Virus lo editó en castellano con la colaboración de la Fundación Salvador Segu y la Colectividad Los Arenalejos, ecoaldea situada en Alozaina (Málaga) que se encargó de la traducción del texto como parte de su empeño por difundir las ideas de Bookchin en nuestro entorno. Este trabajo sirvió de base para la discusión internacional sobre la propuesta del Municipalismo Libertario que en agosto de 1998 se celebró en Lisboa bajo encendidos debates que aún están muy presentes en el imaginario ácrata.

La alternativa municipal formulada por Murray Bookchin ha de entenderse, antes que nada, como la expresión política de la ecología social que este autor desarrolló a partir de 1952: una visión holística que integra la dimensión humana dentro de la naturaleza y que, a diferencia de los estándares ecologistas, hace inseparable la crisis ecológica de la crisis social. Con estos presupuestos, Bookchin se adentró en el minucioso estudio histórico de las formas de democracia y de la formación y la evolución de las ciudades. Una de sus tesis más sugerentes es la idea de que las ciudades siempre han tratado de madurar en contra del Estado y que aún se pueden encontrar en ellas vestigios de esta resistencia.

La Comuna de comunas

En este sentido, la idea que recorre el libro es que la municipalidad permite restablecer un sistema de organización social basado en la democracia directa y en la potenciación constante de la esfera pública. Un aspecto este que lleva a destacar la apuesta por lo que acertadamente Bookchin llamará la municipalización de la economí; es decir, una forma en la que, tanto las tierras, como las industrias, las cooperativas y la banca, serían de propiedad municipal y la gestión estará al cargo de los ciudadanos en asamblea. Basada en la tradición comunalista, la propuesta terminaría de perfilarse con una confederación de municipalidades que diera lugar a la comuna de comunas, el viejo sueño de los movimientos revolucionarios.

Para caminar hacia este ideal, Murray Bookchin proponía crear un movimiento municipalista que optara por participar estratégicamente en los comicios locales con programas inequívocos. Del mismo modo que, a falta de esta posibilidad, proponía crear asambleas extralegales que actuaran como contrapoder. Casi no cabe decir que es en la opción electoral en la que siempre se encalla este debate en la familia libertaria; pero también cabe recordar que, ni esta opción invalida al resto del trabajo de Bookchin, ni su trabajo está concebido para ser tomado al pie de la letra. Se trata más bien de una propuesta inspiradora y por eso es bueno acudir a su lectura.

Alfonso López Rojo

(Reseña publicada en catalán en el semanario Directa, nº 144, junio de 2009)

Janet Biehl: Las políticas de la Ecología Social: municipalismo libertario. Virus editorial, Barcelona, 2009

La sensualidad entre mujeres


"Quizá hoy nos cueste entender lo de los velos que tapan la cara. Podemos preguntarnos, ¿qué necesidad hay? La respuesta la encontré en un hamman de la medina de Fez. Por casualidad del destino, en un viaje turístico por Marruecos nos quedamos sin hotel (que estaba en la parte colonial de la ciudad, donde están los hoteles), y fuimos a parar a una pensión dentro de la medina, que no tenía ducha; el dueño nos dijo que no hacía falta ducha porque teníamos el hamman justo enfrente de la pensión; y así fue como una tarde, una amiga y yo nos encontramos en un hamman de mujeres no precisamente para turistas.

Así pues entramos, primero a un recibidor donde un hombre detrás de la mesa nos cobró los céntimos que costaba la entrada, y nos indicó la puerta de acceso. Abrimos la puerta y allí nos quedamos, mi amiga y yo, petrificadas. Era una estancia cuadrada, llena de vapor de agua; en el suelo -de cemento con tragaderas de agua- estaban sentadas, en varios corros, mujeres de todas las edades; estaban desnudas y se echaban agua unas a otras, se frotaban, se daban henna, se ofrecían gajos de naranja que allí mismo pelaban... el agua la cogían con cuencos de unos cubos negros de polietileno. Ancianas, mujeres maduras, mujeres jóvenes, algunas con bebés, y niñas, charlaban, sonreían y reían. Creo que lo que nos conmocionó fueron sus risas y su modo de hablar que mostraban una euforia espontánea, la vitalidad de sus rostros, algo distinto a lo que estamos acostumbradas. No entendíamos nada, pero en sus gestos y en su modo de hablar había una complicidad voluptuosa y una intimidad que nos hizo sentirnos intrusas, como si estuviésemos violando la intimidad de alguien.

Una mujer de mediana edad, con el pelo teñido, al darse cuenta de nuestra perplejidad, se levantó y se acercó a nosotras; apenas sabía algunas palabras en francés, pero nos cogió de la mano y nos llevó a unas taquillas que estaban en una plataforma más elevada a la que se accedía por unas escaleritas. Nos indicó que nos desnudásemos y que dejásemos allí la ropa; y con las toallas y el neceser con los geles, nos indicó que la siguiéramos. Atravesamos la estancia y pasamos a otra y luego a otra. En las otras estancias, había igualmente mujeres lavándose y charlando, cada estancia con más densidad de vapor; pues en la última estancia había un pilón rectangular al que caía un gran chorro de agua hirviendo, que producía el vapor; había también otro pilón de agua fría y un montón de cubos negros de polietileno. Nuestra mujer cogió dos cubos y los llenó de agua caliente, añadiendo fría hasta conseguir la temperatura adecuada y nos empezó a echar agua por encima con toda delicadeza; nos indicó que nos echáramos jabón si queríamos, y así fue como aquella desconocida nos ayudó a bañarnos. No sólo no nos miraron como intrusas ni nos hicieron el vacío, sino que fuimos invitadas a compartir el baño.

Aquello fue como un auténtico strip tease. Fuera, las mujeres todas tapadas, inaccesibles, porque si te acercabas a una a preguntarle algo, el hombre que iba a su lado se interponía. Y sin embargo, todas las tardes de 3 a 8, allí se reunían y se expandían (luego también pude observar que se reúnen en los terrados de las casas, que se comunican entre sí, de manera que sin tener que salir a la calle pueden ir de una casa a otra). No he visto nunca en nuestra democrática sociedad de mujeres 'liberadas' una reunión semejante de semejantes mujeres, porque sobre todo, nunca he vuelto a ver este tipo de mujeres... no sé, tan distintas, tan vivas. Entendí entonces por qué el mundo musulmán es un modelo de sociedad patriarcal que mantiene más represión exterior para las mujeres; sencillamente porque están muy lejos de tener la auto-represión necesaria, de haber interiorizado como nosotras la represión de nuestros cuerpos y de nuestros deseos. No tienen nuestras corazas y tienen una percepción de sus cuerpos que creo que desconocemos en nuestra sociedad. Si tuviese que escoger una sola palabra para describir a aquellas mujeres, creo que elegiría 'sensualidad'; sensualidad compartida entre mujeres, confianza, complicidad... ¿nos suena de algo?

Esa sensualidad era visible en el brillo de sus ojos, en la sonrisa, en las arrugas de sus caras, en la suavidad y al mismo tiempo firmeza de los gestos de sus manos... ¡claro que tienen que llevar velos y cubrirse la cara! para que no se vea lo que no debe de verse: lo que en nuestra sociedad se borra con el acorazamiento muscular que se produce a lo largo de nuestra educación.

[…]

Una vez, después de contar mi experiencia en el hamman de Fez, me preguntaron si creía que aquellas mujeres eran lesbianas o tenían relaciones lésbicas. Me lo quedé pensando, porque antes no me lo había planteado en esos términos. Y me dí cuenta que la pregunta no tenía sentido; mejor dicho, que lo que no tenía sentido era aplicar nuestra codificación sobre sexualidad a aquel mundo. Aquí la conducta sexual está tan normativizada, que se tiene que normativizar y fijar hasta lo que no pueden evitar que se salga de la norma, precisamente para delilmitar y reforzar más la norma. Lo más importante de la prohibición y del tabú del sexo en general, y del femenino en particular, es cortar la espontaneidad, el fluir espontáneo. De manera que para cualquier tipo de relación, por ejemplo, homosexual, tengamos que dar el paso de asumirnos como gays o lesbianas, lo cual es todo un proceso a nivel psíquico y social, que de entrada frena las prácticas homosexuales; así, cada práctica sexual, en lugar de fluir espontáneamente con el deseo, tiene que pasar por toda esa barrera de la definición, ante la cual lo que suele suceder es que se inhibe inconscientemente, lográndose el objetivo de que el deseo no esté permanentemente recorriendo el campo social (en palabras de Deleuze y Guattari). Lo que creo de las mujeres del hamman de Fez es que, simplemente, había en ellas vestigios de una vitalidad femenina desaparecida en el mundo occidental.

Cuando la civilización occidental empezó a reconocer 'científicamente' la sexualidad, la mujer lleva milenios arrastrando un cuerpo al que se le cortan las raíces desde el comienzo de su crecimiento, lo mismo que a un bonsai. El sexo femenino, constata entonces empíricamente Freud, no existe. En el panorma del orden sexual vigente, sólo hay un sexo, el masculino. La mujer es un varón sin sexo, castrado."

Sobre la violencia interiorizada en las mujeres. Casilda Rodrigáñez.

Entrada relacionada: Masculinidad

Obediencia y movimientos de liberación


"La obediencia es el principal obstáculo con el que se enfrenta hoy cualquier movimiento de liberación. Ahora bien, la obediencia de la que hablamos es el efecto de un inmenso y complejo aparato de la producción de realidad. Esta producción está organizada bajo las determinaciones del capitalismo y se encuentra indisolublemente ligada a la producción social de la existencia. Aunque potencialmente la capacidad productiva de esta sociedad mundial daría para vivir sin excesos, pero sin penurias, y con una reducción apreciable del tiempo de dedicación insatisfactoria a toda la población del planeta, actualmente, para no morir de hambre, a unos no nos queda otro remedio que producir la realidad que, a su vez, determina nuestra obediencia a la desigualdad. Fabricamos aquello que nos domina. Mientras que, a otros, la dominación que fabricamos no les da ni siquiera oportunidad de ser explotados.

Que la obediencia sea hoy el principal, no el único, obstáculo de los movimientos de liberación, a pesar o, quizá a causa, de la desproporción alcanzada por la organización y poderío de los medios de represión, determina que ya no sea posible orientar la práctica transformadora desde el único centro hacia un único centro, y que el movimiento se vea obligado a diseminarse en múltiples vectores que actúan en campos disímiles, atendiendo a circunstancias particulares.

Ya no existe ‘una’ práctica política cuya dinámica marque las pautas de actuación y de organización, sino una multitud de prácticas sociales de liberación que a falta de futuro, es decir, de un objetivo único, es esfuerzan por sacar al presente el máximo de potencialidades. No buscan sólo prefigurar lo que vendrá, sino ser en cada ahora realización. Es en esta coyuntura en la que, entre otras cosas, es oportuno hablar de ideología democrática, en la que se requiere ser abstracto, ágil, capaz de crear un vector en cualquier entorno, en cualquier campo, en cualquier relación personal o social en la que se participe o se pueda participar.

[…]

Lo fundamental es que actualmente no hay otra salida que excavar el poder desde abajo. Las estrategias burocráticas han supuesto un tremendo fracaso que ya nadie duda en reconocer. El capitalismo lleva más de veinte años minando el sistema parlamentario y las políticas socialdemócratas que le sirvieron de legitimidad durante la guerra fría. Parece que ya no los necesita. En esta dictadura del dinero y la banalidad, los ha puesto al mismo nivel que la televisión y los centros comerciales.

Pero debajo, sin embargo, la tierra tiembla. El estado es un problema, todos lo sabemos, pero no el único ni el principal. Si, en efecto, siguiendo a Negri, podemos decir que la producción inmaterial pone en primer plano el conflicto entre cooperación social y el dominio productivo, el objetivo será ahora que nada quede sin transformar: el cuidado, la salud, la comunicación, la investigación, las organización y asociaciones, el arte, la educación, la convivencia, el ocio, la producción, todo el espacio y el tiempo vital y social, el tiempo de trabajo y el tiempo fuera del trabajo, el tiempo de preparación para el trabajo y los movimientos de parados: cualquier lugar es un campo de intervención para la democracia directa, la autonomía y la autogestión."

Aurelio Sainz Pezonaga. Contra la ética, por una ideología de la igualdad social. 2002.

El movimiento de transición


El Movimiento de Transición es el esfuerzo colectivo de más personas cada día, que optan por organizarse para hacer frente al desafío del Pico del Petróleo y el Cambio Climático, desarrollando iniciativas en sus comunidades (barrios, pueblos, islas, vecindarios, ciudades...) que aumentan la capacidad de supervivencia y bienestar, en la perspectiva de los importantes cambios que vamos a vivir en los próximos años, como consecuencia de la decreciente disponibilidad de los recursos energéticos fósiles y la alteración del clima.

El concepto de transición parte del intento de aplicar el diseño de la permacultura a asentamientos y ciudades teniendo como pilares básicos a nivel conceptual el pico de producción del petróleo, el cambio climático y, para hacer frente a esos dos fenómenos interrelacionados, la resiliencia.

Fomentando la creación de huertos urbanos, la plantación de árboles productivos, la construcción de casas y la mejora del aislamiento con materiales de la comarca, la recogida y reutilización de desechos, la creación de bancos de semillas y de plantas medicinales, la creación de talleres de aprendizaje de labores tradicionales (tejidos, conservación de alimentos, creación de herramientas), instalación de paneles solares, creación de sistemas de trueque y monedas locales, cría y cuidado de animales de tiro, mantenimiento de granjas avícolas, producción sostenible de leña...

El concepto de resiliencia es central para las iniciativas en transición. De manera
análoga a un ecosistema en el contexto comunitario este concepto se refiere a la
habilidad de una comunidad de no colapsar frente a la falta de energía o alimentos y a su habilidad de responder ante estos choques de origen externo.

Una comunidad resiliente debe ser diversa, descentralizada, autónoma y flexible.

“crear el mundo que nosotros queremos es un proceso mucho más poderoso que destruir lo que no queremos”. El poder del cambio está en que seamos constructivos en vez de destructivos y positivos en vez de negativos. La concienciación no se debe mantener sólo en el nivel intelectual, “la cabeza”, porque también afecta a nuestros sentimientos, “el corazón”, y consecuentemente a nuestra manera de actuar. De ahí la gran importancia de ser optimistas.

Para saber más: Wiki del movimiento de transición

Para saber más: De la idea a la acción. Juan del Río.

Para saber más: Red de Transición

El Estado y el Decrecimiento




Decresita


En el tema de si es el Estado, quien debe llevar a cabo medidas adecuadas para encauzar a esta sociedad hacia el decrecimiento económico, o bien se debe luchar para que el Estado desaparezca y crear organizaciones autónomas locales, existen divergencias entre los diversos colectivos decrecentistas

Personalmente, en principio, veo de forma positiva que el Estado tienda a buscar medidas para la reducción del consumo, aunque soy bastante escéptico sobre que esto así suceda; Las instituciones suelen difundir mensajes para utilizar bombillas de bajo consumo, televisores más eficientes o coches ecológicos, pero el mensaje nunca es ‘No consumas’; digamos que el Estado entra en la lógica del desarrollo sostenible, lo cual consideramos que es un oximorón (el desarrollo nunca será sostenible).

Ya el Estado en su nacimiento hace unos 5.000 años lleva el germen de la violencia tanto hacia el exterior mediante las conquistas para explotar a otros pueblos, como hacia el interior con la creación de una sociedad jerarquizada que permitía el control de los recursos de forma centralizada a través de las elites (soldados, sacerdotes y burócratas)

El Estado en el mundo moderno responde a una ideología que fue construida sin un sentido de los límites del mundo y de los sistemas sociales. Para explicitar la ideología de lo ilimitado es necesario explorar el pensamiento social que imposibilita pensar en los límites de la biosfera (ecológicos y energéticos) y de la sociedad.

Actualmente los Estados (hijos de la Revolución Francesa y su división de poderes) a través de los Tratados Internacionales, subordinan su soberanía a otras organizaciones supraestatales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial de Comercio, o bien se atan a través de tratados de libre comercio a la lógica del mercado.

En estas condiciones las decisiones que rigen la vida de las personas quedan en manos de las grandes compañías multinacionales que tienen la capacidad de manejar los hilos de la economía mundial a su antojo, dejando al Estado la gestión de los ajustes económicos que imponen de manera ‘blanda’ a través de los medios de comunicación, los fármacos…, o bien de manera ‘dura’, a través del represión policial-militar.

La pregunta que se plantea es: ¿Puede la Institución del Estado, transformarse y recoger los valores que impregnan una sociedad del decrecimiento?.

Pienso que el Estado si que puede transformarse en una sociedad ecofascista, es decir, una sociedad jerarquizada que viva del expolio de otros pueblos en un contexto de recursos decrecientes; pero un decrecimiento sereno, amable, convivencial…