Decrecimiento y ecologismo para la supervivencia


La crisis económica da una oportunidad para que la economía de los países ricos adopte una trayectoria distinta con respecto a los flujos de energía y materiales. Ahora es el momento de que los países ricos, en vez de soñar con recuperar el crecimiento económico habitual, entren en una transición socio-ecológica hacia menores niveles de uso de materias primas y energía. La crisis debe permitir impulsar las propuestas de los partidarios del decrecimiento económico. El objetivo social en los países ricos debe ser vivir bien dejando de lado el imperativo del crecimiento. Porque a partir de cierto nivel de ingreso, la felicidad ya no crece en igual proporción

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A veces las izquierdas tradicionales del Sur han visto el ecologismo como un lujo de los ricos más que una necesidad de los pobres a pesar de que hay víctimas del ecologismo popular tan conocidos como Chico Mendes y Ken Saro-Wiwa.

Lo cierto es que los ricos del mundo consumen tanto que las fronteras de extracción de mercancías o materias primas están llegando a los últimos confines. Por ejemplo la frontera del petróleo ha llegado hasta Alaska y la Amazonia. Pero en todas partes aumentan las resistencias populares e indígenas contra el avance de las actividades extractivas de las empresas multinacionales. Estas resistencias parecen ir contra el curso de la historia, que es el constante triunfo del capitalismo, el crecimiento económico en términos de materiales, energía, agua que se introducen en el sistema para salir luego como residuos.

Las comunidades se defienden. Hoy en día se dan conflictos en las fronteras de extracción de cobre como Intag en Ecuador o en los distritos de Carmen de la Frontera, Ayabaca y Pacaipamba en el norte del Perú donde el proyecto de Río Blanco, de la Minera Majaz, fue derrotado en un referéndum local. Hay conflictos por la extracción de níquel en Nueva Caledonia, mientras que la isla de Nauru quedó destruida por la rapiña de los fosfatos. La economía mundial no se “desmaterializa”, al contrario. Se saca siete veces más carbón en el mundo hoy que hace cien años, aunque en Europa haya bajado su extracción. Hay conflictos en la minería de cobre, de uranio, de carbón y en la extracción y transporte de petróleo pero también hay conflictos en la minería de oro y por la defensa de los manglares contra la industria camaronera.

Existen movimientos sociales de los pobres relacionados con sus luchas por la supervivencia, y son por tanto movimientos ecologistas para la supervivencia y por lo tanto son movimientos ecologistas – cualquiera que sea el idioma en que se expresan – en cuanto que sus objetivos son definidos en términos de las necesidades ecológicas para la vida: energía (incluyendo las calorías para la comida), agua, espacio para albergarse. También son movimientos ecologistas porque tratan de se sacar los recursos naturales de la esfera económica, del sistema de mercado generalizado, de la racionalidad mercantil, para mantenerlos o devolverlos a ecología humana.

Existe pues un ecologismo de la supervivencia, un ecologismo de los pobres, que pocos habían advertido hasta el asesinato de Chico Mendes en diciembre de 1988. La necesidad de supervivencia hace a los pobres conscientes de la necesidad de conservar lo recursos. Esta conciencia a menudo es difícil de descubrir porque no utiliza el lenguaje de la ecología científica sino lenguajes locales como los derechos territoriales indígenas o lenguajes religiosos.

Extraído del artículo 'Hacia un decrecimiento sostenible' publicado por Joan Martínez Alier en Le Monde Diplomatique (número 163)

Máquinas y control social


Es sencillo buscar correspondencias entre tipos de sociedad y tipos de máquinas, no porque las máquinas sean determinantes, sino porque expresan las formaciones sociales que las han originado y que las utilizan. Las antiguas sociedades de soberanía operaban con máquinas simples, palancas, poleas, relojes; las sociedades disciplinarias posteriores se equiparon con máquinas energéticas, con el riesgo pasivo de la entropía y el riesgo activo del sabotaje; las sociedades de control actúan mediante máquinas de un tercer tipo, máquinas informáticas y ordenadores cuyo riesgo pasivo son las interferencias y cuyo riesgo activo son la piratería y la inoculación de virus. No es solamente una evolución tecnológica, es una profunda mutación del capitalismo.

Una mutación ya bien conocida y que puede resumirse de este modo: el capitalismo del siglo XIX es un capitalismo de concentración, tanto en cuanto a la producción como en cuanto a la propiedad. Erige, pues, la fábrica como centro de encierro, ya que el capitalista no es sólo el propietario de los medios de producción sino también, en algunos casos, el propietario de otros centros concebidos analógicamente (las casas donde viven los obreros, las escuelas). En cuanto al mercado, su conquista procede tanto por especialización como por colonización, o bien mediante el abaratamiento de los costes de producción. Pero, en la actual situación, el capitalismo ya no se concentra en la producción, a menudo relegada a la periferia tercermundista, incluso en la compleja forma de la producción textil, metalúrgica o petrolífera. Es un capitalismo de superproducción. Ya no compra materias primas ni vende productos terminados o procede al montaje de piezas sueltas. Lo que intenta vender son servicios, lo que quiere comprar son acciones. No es un capitalismo de producción sino de productos, es decir, de ventas o de mercados.

Por eso es especialmente disperso, por eso la empresa ha ocupado el lugar de la fábrica. La familia, la escuela, el ejército, la fábrica ya no son medios analógicos distintos que convergen en un mismo propietario, ya sea el Estado o la iniciativa privada, sino que se han convertido en figuras cifradas, deformables y transformables, de una misma empresa que ya sólo tiene gestores. Incluso el arte ha abandonado los círculos cerrados para introducirse en los circuitos abiertos de la banca. Un mercado se conquista cuando se adquiere su control, no mediante la formación de una disciplina; se conquista cuando se pueden fijar los precios, no cuando se abaratan los costes de producción; se conquista mediante la transformación de los productos, no mediante la especialización de la producción. La corrupción se eleva entonces a una nueva potencia. El departamento de ventas se ha convertido en el centro, en el “alma”, lo que supone una de las noticias más terribles del mundo.

Ahora, el instrumento de control social es el marketing, y en él se forma la raza descarada de nuestros dueños. El control se ejerce a corto plazo y mediante una rotación rápida, aunque también de forma continua e ilimitada, mientras que la disciplina tenía una larga duración, infinita y discontinua. El hombre ya no está encerrado sino endeudado. Sin duda, una constante del capitalismo sigue siendo la extrema miseria de las tres cuartas partes de la humanidad, demasiado pobres para endeudarlas, demasiado numerosas para encerrarlas: el control no tendrá que afrontar únicamente la cuestión de la difuminación de las fronteras, sino también la de los disturbios en los suburbios y guetos.

Para saber más: Conversaciones con Gilles Deleuze

Colapso energético y financiero: algo más que una crisis 'ninja'


Llegan tiempos de prueba. Incluso habrá que recordar a esos creyentes cristianos, que ya duermen tranquilos porque no hay que perdonar las deudas, que aún sigue vigente aquella parte del Evangelio de Mateo (19, 16-22):

“Luego se le acercó un hombre y le preguntó: ‘Maestro, ¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la Vida eterna?’ Jesús le dijo: ‘¿Cómo me preguntas acerca de lo que es bueno? Uno solo es el Bueno. Si quieres entrar en la Vida eterna, cumple los Mandamientos’. ‘¿Cuáles?’, preguntó el hombre. Jesús le respondió: ‘No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, yamarás a tu prójimo como a ti mismo’. El joven dijo: ‘Todo esto lo he cumplido: ¿qué me queda por hacer?’ ‘Si quieres ser perfecto’, le dijo Jesús, ‘ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres: así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme’ Al oír estas palabras, el joven se retiró entristecido, porque poseía muchos bienes.”

Hoy somos en Occidente inmensamente ricos en disponibilidad de energía y no basta con cumplir los mandamientos de Al Gore y desenchufar el cargador del móvil por las noches o comprar un coche híbrido o reciclar las basuras. Hoy la exigencia de justicia y una mejor distribución de los bienes, en un medio que se quiera mínimamente sostenible, exige entregar la riqueza energética, deponer el derroche energético para ser perfecto. Pero mucho me temo que la mayoría de los occidentales se alejarían entristecidos y que, en vez de abandonar voluntariamente su consumista modo de vida, podría pasar un camello por el ojo de una aguja.

Es más, todo parece apuntar a que muchos serían incluso capaces de matar o alistarse en algún banderín de enganche, para asegurar que el atún rojo de las costas de Somalia siga llegando a nosotros sin ningún percance. Si la disponibilidad energética empieza a escasear y a declinar de forma irreversible, no sólo no se podrá crecer económicamente, sino que será necesario decrecer. Y el decrecimiento económico, por primera vez en la historia de la humanidad a escala planetaria (Non Plus Ultra), como hemos visto, hará colapsar el sistema financiero, tal y como lo conocemos, esto es, ese sistema que siempre exige recoger más papeles que los que siembra y premia y glorifica al que sabe explotar más que nadie en menos tiempo que nadie.

Extraído de Colapso energético y financiero: algo más que una
crisis “NINJA” Pedro Prieto


Pedro Prieto es vicepresidente de AEREN y ASPO-Spain y editor del sitio web
CrisisEnergetica (www.crisisenergetica.org).

Nuestro modo de vida esclavo tiene poco que ver con la felicidad


Carlos Taibo, Profesor de Ciencias Políticas y de la Administración de la Universidad Autónoma de Madrid, ha publicado artículos de política internacional en diversos periódicos y es autor de una veintena de libros, en su mayor parte relativos a las transiciones en la Europa central y oriental contemporánea. Carlos Taibo Arias, firme partidario del movimiento antiglobalización, debatió ayer sobre el decrecimiento dentro de las XII Jornadas Culturales Libertarias que organiza la CGT.

-Aboga por el decrecimiento en una coyuntura económica en la que se llama al consumo para aumentar la producción...


-Es sorprendente que entre las respuestas de la crisis en la que estamos inmersos, nunca se hable de la necesidad inexorable en los países ricos del norte opulento de reducir nuestro niveles de producción y de consumo. Todos sabemos que en el planeta en el que vivimos es limitado, pero parece como si permaneciésemos al margen de esta realidad y pensásemos que podemos seguir creciendo indiscriminadamente. Hay que decrecer en términos de producción y consumo, reducir el número de nuestras horas de trabajo y los niveles de consumo, disponer de más tiempo libre y propiciar un reparto del trabajo en paralelo.

-¿Son esas las claves para salir de la crisis?

-Sí, los políticos están pensando permanentemente en seguir creciendo y acrecentar el consumo, algo que es pan para hoy y hambre para mañana. Uno de los elementos de reflexión son estas decisiones tomadas últimamente de subvencionar la compra de coches con recursos públicos, cuando lo que los poderes públicos tienen que hacer es incentivar no empleo de los automóviles por los ciudadanos. Lo único que preocupa es que la industria automovilística siga produciendo coches, siga moviendo su carro, algo que es un error en el medio y largo plazo.

-Si las industrias se cierran...


-Hay que cerrar complejos industriales fabriles en sectores como el automovilístico, la aviación, la construcción o la industria militar. Eso se traduciría en un número muy alto de desempleados en la Unión Europea que habría que solucionar desarrollando la economía social y medioambiental y repartiendo el trabajo en los sectores económicos convencionales. Podemos trabajar bastante menos, asumir que ganaremos menos pero reducir también nuestras necesidades en términos de consumo.

-¿Algo así como volver al pasado?


-Sí, tenemos que hacernos algunas preguntas sobre el pasado. La renta per cápita hoy en los Estados Unidos es tres veces más grande que la registrada al finalizar la II Guerra Mundial y, sin embargo, el porcentaje de ciudadanos norteamericanos que se declara crecientemente infeliz es cada vez más alto, esto invita a cuestionar si estamos progresando o estamos yendo hacia atrás, y hay gente que confiesa que era más feliz cincuenta años atrás de lo que es ahora.

-Suena a utopía...

-Falta cambiar el 'chip' mental, es muy difícil porque estamos educados para reglas del juego muy diferentes, pero en términos técnicos es mucho más fácil decrecer que seguir creciendo, el problema del sistema capitalista hoy en día es que no es capaz de satisfacer su propia lógica de crecimiento. Pero admito que cambiar el 'chip' mental no es una tarea sencilla. De todas maneras, sospecho que determinados segmentos de la población al calor de la crisis están empezando a hacerlo. Por ejemplo, estudios en los países escandinavos, que es verdad que tienen coberturas sociales importantes, concluyen que personas que perdieron su puesto de trabajo descubren que con un subsidio, la sexta parte de lo que ganaban, son mucho más felices en una economía mucho más austera.

-¿Cómo definiría el estilo de vida actual?


-Yo suelo hablar de un modo de vida esclavo que nos hace pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y más bienes acertemos a consumir, aunque todos sabemos que ese modo de vida esclavo realmente tiene que ver muy poco con nuestra felicidad.

-Economía social y reparto del trabajo son las fórmulas...


-Hay que privilegiar aquellas actividades económicas que no son lesivas con el medio ambiente. Estamos chupando recursos que no van a estar a disposición de las generaciones venideras, y esto es muy grave. Lo del reparto del trabajo es una vieja demanda sindical que fue desapareciendo con el paso del tiempo, hace 80 años lo primero que los sindicatos intentaban garantizar era que todos los trabajadores dispusiesen de algo de trabajo para llevar pan a casa. Este esquema mental de nuevo ha desaparecido, pareciera que el objetivo es acumular horas extra para ganar más dinero.

-¿La crisis está abriendo los ojos a la necesidad que se sufre en el Tercer Mundo?


-Hay una minoría crítica que, en efecto, es consciente de esto, pero la mayoría vive por completo al margen, simplemente preocupada de mirarse el ombligo. La crisis abre dos horizontes distintos, una conciencia cada vez más crítica sobre la sinrazón de los sistemas que padecemos, y otro, una respuesta muy sumisa al miedo que nos intentan generar. La estrategia de nuestros gobernantes consiste en decirnos que si queremos mantener buena parte de los privilegios, tendremos que aceptar un escenario más regresivo, porque si no lo perderemos. Hay que empezar a romper con esta estrategia del miedo y el amedrentamiento.

Jordi Pigem: La hora del decrecimiento


En otras culturas, el propósito último de la existencia humana era honrar a Dios o a los dioses, o fluir en armonía con la naturaleza, o vivir libres de las ataduras que nos impiden ser felices, en paz con el mundo. En nuestra sociedad, el propósito último es que crezca el producto interior bruto y que siga creciendo. Y en esta huida hacia delante se sacrifica todo lo demás, incluido el sentido de lo divino, el respeto por la naturaleza y la paz interior (y la exterior si hace falta petróleo). La economía contemporánea es la primera religión verdaderamente universal. El ora et labora dejó paso a otra forma de ganarse el paraíso: producir y consumir. Como ha señalado David Loy, la ciencia económica “no es tanto una ciencia como la teología de esta nueva religión”. Una religión que tiene mucho de opio del pueblo (Marx), mentira que ataca a la vida (Nietzsche) e ilusión infantil (Freud).

La sociedad hiperactiva. Entre los años 2000 y 2004, según el New York Times, el porcentaje de niños norteamericanos que toman fármacos para paliar el trastorno de déficit de atención e hiperactividad creció del 2,8 al 4,4%. También aquí, según el Departament d’Educació, es el trastorno infantil con mayor incidencia. No hay noticia de la hiperactividad en toda la literatura clásica (como no sea en el mito de Hércules, que proeza tras proeza avanza hacia la locura y la autodestrucción). Es una enfermedad contemporánea. Y refleja muy bien la sociedad contemporánea: una sociedad hiperacelerada, insaciablemente ávida de noticias y novedades, y sometida a tal avalancha de información, anuncios, estímulos y distracciones que la capacidad de atención se aturde y se encoge. Cuantos más reclamos por minuto, menos capacidad de concentración. Las noticias muestran un drama en Bagdad o en una patera, y antes de que uno tenga tiempo de asimilar la magnitud de la tragedia se pasa a la actualidad deportiva o a una falsa promesa publicitaria. ¿Sorprende que los niños, creciendo en el seno de una sociedad hiperactiva y con déficit de atención, reproduzcan las tendencias que ven a su alrededor?

La economía contemporánea vive de crecer. Pero nada crece siempre. Las personas, por ejemplo, crecemos en la infancia y en la adolescencia. Después ya no crecemos, pero tenemos la oportunidad de madurar. La hiperactividad y el crecimiento tienen mucho de adolescente. Parece que a nuestra sociedad le ha llegado la hora de dejar atrás el crecimiento adolescente y empezar a madurar.

Pacificar la economía. El mundo se ha convertido en un gran taller, que produce para que podamos consumir a fin de que podamos seguir produciendo. Pero el nivel de consumo “normal” en un país como el nuestro es ya insostenible. Si toda la humanidad viviera como los catalanes, necesitaría los recursos de tres Tierras; si viviera como los norteamericanos, necesitaría seis. La factura por este desequilibrio la pagan la naturaleza y el Tercer Mundo, y si nada cambia la pagarán, multiplicada, nuestros nietos.

Como Karl Polanyi explicó en La gran transformación, es cosa inaudita que toda una cultura esté sometida al imperio de lo económico, en vez de ser la economía, como lo fue en todos los lugares y épocas hasta no hace mucho, un área ceñida a consideraciones éticas, sociales y culturales. Por arte de magia, hemos insertado la sociedad en la economía en vez de la economía en la sociedad. Aunque se cree por encima de todas las cosas, la economía global es solo una filial de la biosfera, sin la cual no tendría ni aire ni agua ni vida. Una economía sana estaría reinsertada en la sociedad y en el medio ambiente, y cada actividad económica (incluido el transporte) tendría que responsabilizarse de sus costes sociales y ecológicos. En semejante sociedad, sensata pero de momento utópica, los alimentos biológicos y locales serían más baratos que los de la agricultura industrial, que hoy contamina y se lava las manos.

El economista rumano Nicholas Georgescu-Roegen, inspirador del decrecimiento junto a pensadores como Ivan Illich y el recientemente fallecido Baudrillard, se dió ya cuenta de que “cada vez que tocamos el capital natural estamos hipotecando las posibilidades de supervivencia de nuestros descendientes”. Una economía en paz con el mundo seguiría el principio de responsabilidad de Hans Jonas: “Actúa de manera que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida genuinamente humana sobre la tierra”. Los pueblos indígenas que se guiaban por el criterio de la séptima generación (ten en cuenta las repercusiones de tus actos en la séptima generación, es decir, en los tataranietos de tus bisnietos) sabían de sostenibilidad más que nosotros.

El decrecimiento, movimiento que en los últimos años está tomando fuerza en Francia (décroissance) e Italia (decrescita), más que un programa o un concepto es un eslogan para llamar la atención sobre cómo la economía hiperacelerada está arruinando el mundo, un timbrazo para despertarnos de la lógica fáustica del crecimiento por el crecimiento. El economista Serge Latouche, decano de la décroissance, señala sin embargo que “el decrecimiento por el decrecimiento sería absurdo”, y que sería más preciso (aunque menos elocuente) decir acrecimiento, tal como decimos ateo. Se trata de prescindir del crecimiento como quien prescinde de una religión que dejó de tener sentido.

En el medio está el remedio. En el portal de la casa de un vecino rezan estos versos:

"Verge Santa del Roser,
feu que en aquesta casa
no hi hagi poc ni massa,
sols lo just per viure bé."

Es parte de la sabiduría tradicional de muchas culturas constatar que la plenitud va ligada no al cuanto más mejor sino a al justo medio. Ya el oráculo de Delfos advertía: “de nada demasiado”. El confucianismo enseña que “tanto el exceso como la carencia son nocivos”, y en el clásico libro taoísta de Lao Zi se lee que sólo “quien sabe contentarse es rico”. La misma idea está presente en las palabras de un jefe indígena norteamericano (micmac) dirigidas a los colonos blancos: “aunque os parecemos miserables, nos consideramos más felices que vosotros, pues estamos satisfechos con lo que tenemos”. Y no falta en la tradición judeocristiana: “no me des pobreza ni riqueza” (Proverbios); “es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos” (Mateo). Incluso uno de los padres de la american way of life, Benjamin Franklin, escribió “El dinero nunca hizo feliz a nadie, ni lo hará… Cuanto más tienes, más quieres. En vez de llenar un vacío, lo crea”. El consumo pretende ser una vía hacia la felicidad, pero es como una droga que requiere cada vez dosis mayores. Hace poco salió a la luz un Happy Planet Index que sitúa a Vanuatu, archipiélago tropical, económicamente “pobre”, como el país más feliz. Le siguen diversos países caribeños. España ocupa el lugar 87. Y Estados Unidos el 150, ya cerca de Burundi, Swazilandia y Zimbabue, que cierran la lista.

La crisis ecológica es la expresión biosférica de una gran crisis cultural, una crisis derivada del modo en que percibimos nuestro lugar en el mundo. Buscamos el sentido de la vida en la acumulación, mientras el mar se vacía de peces y la tierra de fauna y flora silvestres. Liberarnos de la idolatría del consumo y del crecimiento por el crecimiento requiere transformar el imaginario personal y colectivo, transformar nuestra manera de entender el mundo y de entendernos a nosotros mismos. Un criterio para ello es abandonar la sed de riqueza material en favor de otras formas de plenitud. No se trata de ascetismo. Al fin y al cabo, la revista Décroissance lleva como subtítulo Le journal de la joie de vivre. No implica disminuir el nivel de vida sino concebirlo de otra manera. Se trata, en la línea de iniciativas que van desde el slow food de Carlo Petrini a la simplicidad radical de Jim Merkel, de fomentar la alegría de vivir y convivir, de desarrollarnos en el sentido de dejar de arrollarnos unos a otros, de crecer en tiempo libre y creatividad, crecer como ciudadanos responsables de un mundo bello y frágil.

Extraído del blog colectivo Crisis Económica 2010

La disciplina en el ejército


La disciplina es el conjunto de técnicas en virtud de las cuales los sistemas de poder tienen por objetivo y resultado los individuos singularizados. Es el poder de la individualización cuyo instrumento fundamental estriba en el examen. El examen es la vigilancia permanente, clasificadora, que permite distribuir a los individuos, juzgarlos, medirlos, localizarlos y, por lo tanto, utilizarlos al máximo. A través del examen, la individualidad se convierte en un elemento para el ejercicio del poder.

Examinemos el ejemplo del ejército. Hasta la segunda mitad del siglo XVII no había dificultad alguna para reclutar soldados, bastaba con tener recursos monetarios. Había por toda Europa desempleados, vagabundos, miserables, dispuestos a ingresar en el ejército de cualquier nacionalidad o religión.

A fines del siglo XVII, con la introducción del fusil, el ejército se vuelve mucho más técnico, sutil y costoso. Para aprender a manejar un fusil se requerían ejercicios, maniobras, adiestramiento. Así es como el precio de un soldado excede del de un simple trabajador y el costo del ejército se convierte en un importante capítulo presupuestario de todos los países. Una vez formado un soldado no se le puede dejar morir. Si muere ha de ser en debida forma, como un soldado, en una batalla, no a causa de una enfermedad. No hay que olvidar que en el siglo XVII el índice de mortalidad de los soldados era muy elevado. Por ejemplo, un ejército austriaco que salió de Viena hacia Italia perdió 5/6 de sus hombres antes de llegar al lugar del combate. Estas pérdidas por causa de enfermedades, epidemia o deserción constituían un fenómeno relativamente común.

A partir de esta transformación técnica del ejército, el hospital militar se convierte en una cuestión técnica y militar importante: 1) era preciso vigilar a los hombres en el hospital militar para que no desertaran, ya que habían sido adiestrados con un costo considerable; 2) había que curarlos para que no fallecieran de enfermedad; 3) había que evitar que, una vez restablecidos, fingieran estar todavía enfermos y permaneciesen en cama, etcétera.

Un arte de distribución espacial de los individuos. En el ejército del siglo XVII los individuos estaban amontonados, formando un conglomerado, con los más fuertes y más capaces al frente y los que no sabían luchar, los que eran cobardes y deseaban huir en los flancos y en el medio. La fuerza de un cuerpo militar radicaba en el efecto de la densidad de esta masa de hombres.

En el siglo XVIII, por el contrario, a partir del momento en que el soldado recibe un fusil, es preciso estudiar la distribución de los individuos y colocarlos debidamente en el lugar en que su eficacia pueda llegar al máximo. La disciplina del ejército empieza en el momento en que se enseña al soldado a colocarse, desplazarse y estar en el lugar que se requiera.

La disciplina es ante todo un análisis del espacio; es la individualización por el espacio, la colocación de los cuerpos en un espacio individualizado que permita la clasificación y las combinaciones.

La disciplina no ejerce su control sobre el resultado de una acción sino sobre su desenvolvimiento.

La disciplina es una técnica de poder que encierra una vigilancia perpetua y constante de los individuos. No basta con observarlos de vez en cuando o de ver si lo que hicieron se ajusta a las reglas. Es preciso vigilarlos durante todo el tiempo en el que se realice la actividad y someterlos a una pirámide constante de vigilantes. Así aparecen en el ejército una serie de mandos que van sin interrupción, desde el general en jefe hasta el soldado raso, así como sistemas de inspección, revistas, paradas, desfiles, etc., que permiten observar de manera permanente a cada individuo.

La disciplina supone un registro continuo: anotaciones sobre el individuo y transferencia de la información en escala ascendente, de suerte que a la cúspide de la pirámide no se le escape ningún detalle, acontecimiento o elemento disciplinario.

Para saber más: La vida de los hombres infames. Michel Foucault

Objeciones al desarrollo: Una mirada crítica al concepto de progreso


Yayo Herrero - Revista Pueblos

La mayor parte de la sociedad podría estar de acuerdo con la idea de que en los últimos dos siglos, y sobre todo en las últimas décadas, el conocimiento científico ha avanzado de una forma impresionante. En todas las áreas del pensamiento: física, matemáticas, química, biología, economía, sociología, etc. han sido descubiertas nuevas teorías, leyes o postulados cuya aplicación ha creado una enorme variedad de artefactos, máquinas, compuestos químicos, medicamentos, instituciones, nuevos negocios, etc. que han cambiado aspectos sustanciales de la vida.

Curiosamente, a la vez, vemos cómo casi todo lo imprescindible va a peor. Las reservas pesqueras en todo el mundo disminuyen rápidamente debido a las extracciones masivas; los suelos pierden paulatinamente la capacidad de producir alimentos; el petróleo, imprescindible para mantener nuestra organización productiva y económica, se agota; el cemento y el hormigón fraccionan y deterioran los ecosistemas; el agua, el aire y el suelo se envenenan debido a la contaminación química; las desigualdades sociales se profundizan porque existe una apropiación obscena de bienes y riqueza por parte de una minoría; la articulación social que garantizaba los cuidados en la infancia, en la vejez o a las personas enfermas se está destruyendo, entre otras cosas, porque hombres y mujeres dedican la mayor parte de su tiempo a trabajar para el mercado; lo que se llama democracia se ha convertido en un sistema hegemónico que dispone de medios de difusión masivos, y una enorme maquinaria tecno-militar capaces de convencer por las buenas o por las malas...

¿Cómo es posible que de forma paralela a la generación de tanto conocimiento, a la vez que se han ido descubriendo tantas cosas que antes permanecían ocultas, y al mismo tiempo que nacían más y más universidades, laboratorios o centros de investigación, las variables que explican la vida se hayan ido deteriorando progresivamente? ¿Por qué el agua, el aire, los territorios, la fertilidad del suelo, los mares, la biodiversidad o la vida comunitaria se han ido destruyendo al mismo ritmo acelerado con que aparentemente aprendíamos sobre ellos? ¿Por qué en esta situación de crisis global la ciudadanía continúa creyendo firmemente que nuestra sociedad sigue un camino lineal desde un pasado de atraso y superstición hacia un futuro emancipador de mayor bienestar?

Para virar esta trayectoria que conduce al colapso es preciso reflexionar sobre la noción de progreso que tienen las sociedades occidentales, una noción que se basa en la separación entre cultura y naturaleza, y que ha contribuido a construir una esfera social, tecnológica y económica que ignora el funcionamiento de los sistemas naturales y crece, como un tumor, a costa de ellos.

Saber de dónde venimos para poder cambiar


La génesis del modelo de pensamiento occidental hunde sus raíces en la Modernidad. Este período, época de indudables avances, en la que se consigue desvincular el pensamiento del poder religioso, se proclaman los Derechos del Hombre y el concepto de ciudadanía (masculina) comienza a abrirse paso, es también el momento en el que se consolida el modo de relación entre los seres humanos y la naturaleza que han dado lugar a la actual crisis ecológica.

En efecto, es en este momento histórico cuando se ponen las bases del actual sistema tecnocientífico que se desarrolló a unas velocidades incompatibles con los procesos de la Biosfera que sostienen la vida, y al servicio de un modelo socioeconómico que sólo considera riqueza lo traducible a valor monetario y que necesitaba crecer de forma exponencial.

La ciencia moderna se constituyó en el supuesto de que el pensador podía sustraerse del mundo y contemplarlo como algo independiente de sí mismo, siendo el conocimiento generado absolutamente objetivo y, supuestamente, neutral y universal. La revolución científica condujo a conceptuar la naturaleza como una enorme maquinaria que podía ser diseccionada y estudiada en partes. La naturaleza pasaba así a ser considerada un autómata sujeto a unas leyes matemáticas eternas e inmutables que determinan su futuro y explican su pasado.

En la actualidad sabemos que este modelo diseccionador, que ha sido tan útil para aplicar en la industria, ha resultado enormemente dañino para la vida sobre la Tierra. La lógica de las cosas muertas no sirve para entender el mundo vivo. En un ecosistema, vegetales, animales y microorganismos cooperan intensamente y, por ello, no puede ser comprendido estudiando cada parte por separado.

La visión atomizada y dispersa de la realidad tiene importantes repercusiones en nuestro entorno. Muchas decisiones en temas de ordenación del territorio, de creación de infraestructuras o de lanzamiento de productos químicos o transgénicos al medio, alteran una compleja maraña de relaciones con consecuencias imprevisibles. Estas actuaciones basadas en un conocimiento fragmentado, en muchas ocasiones ignoran la densa red de relaciones que conecta todo lo vivo y la emergencia de fenómenos que no tienen explicación y ni siquiera son visibles para una mirada reduccionista.

A pesar de que la propia ciencia desautorizó hace muchos años la mecánica clásica o la separación entre cultura y naturaleza como visiones que pudiesen explicar la complejidad del mundo, estas miradas siguen fuertemente arraigadas en los esquemas mentales de nuestra sociedad y continúan estando presentes en muchas de las aplicaciones tecnológicas e industriales de vanguardia.

Una concepción del saber como objetivo y universal, la oportunidad de difundirlo que ofrecieron los procesos colonizadores y la tecnología adecuada para poder hacerlo, han hecho de la ciencia occidental el sistema de conocimiento hegemónico, ante el que cualquier otro es considerado tradición o, a lo peor, superstición. De este modo, se olvida que ha habido, y hay, otras muchas formas de aproximarse al conocimiento que han demostrado su utilidad y cuya validez es equiparable a la de la ciencia "oficial" (pensemos en la conservación de los bosques de muchos pueblos indígenas o la eficacia energética de muchos tipos de arquitectura vernácula).

Un progreso lineal e ilimitado


La revolución científica e ideológica que instaura el proyecto de la Modernidad se amplía y se asienta en el Siglo de Las Luces, momento en el que se afianza la cultura occidental como visión generalizada del mundo. En este período, por una parte aparecen los ideales de la Ilustración basados en la libertad intelectual y el desarrollo del conocimiento emancipado de la Iglesia; por otro, surgen dos fenómenos asociados: el capitalismo y la Revolución Industrial. Fundamentalmente en manos de la economía liberal, la ciencia y su aplicación, desvinculadas de la ética gracias a su halo de objetividad y neutralidad, se ponen al servicio de la industria incipiente y del capitalismo, consiguiendo unos aumentos enormes en las escalas de producción, gracias a la disponibilidad de la energía fósil, primero el carbón, y posteriormente, y hasta hoy, el petróleo. El capitalismo y la Revolución Industrial, con la poderosa tecnociencia a su servicio, terminaron instrumentalizando los ideales de la Ilustración e imponiendo unas relaciones entre las personas y también entre los seres humanos y la Naturaleza, guiadas por la utilidad y la maximización de beneficios a cualquier coste.

El concepto de progreso humano se fue construyendo, por tanto, basado en el alejamiento de la naturaleza, de espaldas a sus límites y dinámicas. El desarrollo tecnológico fue considerado como el motor del progreso, al servicio de una idea simplificadora que asociaba consumo con bienestar, sobre todo en las últimas décadas, en las que la sociedad de consumo se ha autoproclamado como la solución para todos los problemas humanos. El lema "si puede hacerse, hágase" se impuso, sin que importasen los para qué o para quién de las diferentes aplicaciones. La ocultación de los deterioros sociales y ambientales que acompañaban a la creciente extracción de materiales y generación de residuos, hicieron que se desease aumentar indefinidamente la producción industrial, creando el mito del crecimiento continuo.

La palabra progreso dotaba de un sentido de satisfacción moral a esta tendencia de la evolución sociocultural. Se consideró que todas las sociedades, de una forma lineal, evolucionaban de unos estadios de mayor "atraso" –caza y recolección o ausencia de propiedad privada– hacia nuevas etapas más racionales –civilización industrial o economía de mercado– y que en esta evolución tan inexorable y universal como las leyes de la mecánica, las sociedades europeas se encontraban en el punto más avanzado. Al concebir la historia de los pueblos como un hilo de secuencias que transitaba del salvajismo a la barbarie, para llegar finalmente a la civilización, los europeos, empapados de la convicción etnocéntrica de constituir la "civilización por excelencia", expoliaron los recursos de los territorios colonizados para alimentar su sistema económico basado en el crecimiento. Sometieron mediante la violencia (posibilitada por la aplicación científica a la tecnología militar) y el dominio cultural a los pueblos colonizados, a los que se consideraba "salvajes" y en un estado muy cercano a la naturaleza.

Esta concepción de progreso, vigente en el presente, ha sido nefasta para los intereses de los pueblos empobrecidos y para los sistemas naturales. La idea de que más es siempre mejor, la desvalorización de los saberes tradicionales, la concepción de la naturaleza como una fuente infinita de recursos, la reducción de la riqueza a lo estrictamente monetario y la fe en que la tecnociencia será capaz de salvarnos en el último momento de cualquier problema, incluso de los que ella misma ha creado, suponen una rémora en un momento en el que resulta urgente un cambio de paradigma civilizatorio.

Cambiar no es una opción


En un planeta con los recursos finitos, es absolutamente imposible extender el estilo de vida occidental, con su enorme consumo de energía, minerales, agua y alimentos. El deterioro social y ambiental no son subproductos del modelo de desarrollo, sino que son una parte insoslayable de ese tipo de desarrollo. Nos encontramos, entonces, ante una crisis civilizatoria, que exige un cambio en la forma de estar en el mundo. Los modos de producción de bienes y necesidades de la sociedad industrial, han colaborado en la configuración de las relaciones entre las personas. Si la dinámica consumista y la obtención del beneficio en el menor plazo dirigen la organización económica, esta misma lógica se instala en los procesos de socialización y educación, determinando finalmente que las metas a alcanzar por cada individuo se orienten hacia la acumulación, olvidándose de poner en el centro el propio mantenimiento de la vida.

Hoy, el progreso es afrontar la incompatibilidad esencial que existe entre un planeta Tierra con recursos limitados y finitos, y un sistema socioeconómico, el capitalismo, que impulsado por la dinámica de la acumulación del capital, se basa en la expansión continua y conlleva de forma indisoluble la generación de enormes desigualdades. Se trata de establecer un "nuevo contrato social" que involucre a hombres y mujeres como parte de la naturaleza y seres interdependientes.

Progresar será, por tanto, transitar de una lógica de guerra contra las personas, los pueblos y los territorios a una cultura de paz que celebre la diversidad de todo lo vivo, que permita a todas las personas el acceso a los bienes materiales en condiciones de equidad y que se ajuste a los límites y ritmos de los sistemas naturales. Vivir con menos es una exigencia física que impondrá la limitación de los recursos materiales. Vivir bien con menos y en condiciones de justicia y equidad, es un camino que hay que señalar, sumando mayorías que puedan resistir, exigir e impulsar un cambio. Esta nueva visión permitirá establecer alternativas, recuperar lo valioso que perdimos y explorar caminos inéditos que permitan vivir en armonía social y en paz con el planeta. Muchas personas, en todos los continentes, lo están haciendo ya.

Yayo Herrero forma parte de Ecologistas en Acción. Este artículo ha sido publicado en el nº 36 de la Revista Pueblos, marzo de 2009.

Los pobres en la ciudad


En el siglo XVIII el pobre funcionaba en el interior de la ciudad como una condición de la existencia urbana, el hacinamiento no era todavía tan grande como para que la pobreza significara un peligro.

Los pobres de la ciudad hacían diligencias, repartían cartas, recogían la basura, retiraban de la ciudad muebles, ropas y trapos viejos que luego redistribuían o vendían... Formaban por tanto parte de la instrumentación de la vida urbana. En esa época las casas no estaban numeradas ni había servicio postal y nadie mejor que los pobres conocían la ciudad con todos los detalles e intimidades y cumplían una serie de funciones urbanas fundamentales, como el acarreo de agua o la eliminación de los desechos.

En la medida en que estaban integrados en el contexto urbano, como las cloacas o la canalización, los pobres desempeñaban una función indiscutible y no podían ser considerados como un peligro. A su manera y en la posición en que se situaban los pobres eran bastante útiles.

En el siglo XIX, la población necesitada se convierte en una fuerza política capaz de rebelarse o por lo menos de participar en las revueltas; el establecimiento de un sistema postal y un sistema de cargadores provocó una serie de disturbios populares en protesta por esos sistemas. Con la epidemia de cólera de 1832, que comenzó en París y se propagó a toda Europa, cristalizaron una serie de temores políticos y sanitarios con respecto a la población proletaria o plebeya.

A partir de esa época, se decidió dividir el recinto urbano en sectores pobres y ricos. Se consideró que la convivencia de pobres y ricos en un medio urbano entrelazado constituía un peligro sanitario y político para la ciudad y ello originó el establecimiento de barrios pobres y ricos, con viviendas de pobres y de ricos. El poder político comenzó entonces a intervenir en el derecho de la propiedad y de la vivienda privada.

Con la "Ley de pobres" de 1834 surge, de manera ambigua, un importante factor en la historia de la medicina social: la idea de una asistencia fiscalizada, de una intervención médica que constituya un medio de ayudar a los más pobres a satisfacer unas necesidades de salud que por su pobreza no podrían atender y que al mismo tiempo permitiría mantener un control por el cual las clases adineradas, o sus representantes en el gobierno, garantizaban la salud de las clases necesitadas y, por consiguiente, la protección de la población más privilegiada. Así se establece un cordón sanitario autoritario en el interior de las ciudades entre los ricos y los pobres: a estos últimos se les ofrece la posibilidad de recibir tratamiento gratuito o sin mayores gastos y los ricos se libran de ser víctimas de fenómenos epidémicos originarios de la clase pobre.

Para saber más: La vida de los hombres infames. Michel Foucault

Decrecimiento y biomímesis

Luis González Reyes - Revista Pueblos

La humanidad vive cambios sin precedentes cada vez más acelerados. En los últimos 50 años, los seres humanos han transformado los ecosistemas más que en ningún otro período de tiempo comparable de la historia humana. Sin embargo todas las personas dependemos de la naturaleza y de los servicios de los ecosistemas para poder llevar una vida digna, saludable y segura. Además, sólo ahora se están poniendo de manifiesto los verdaderos costes asociados con los supuestos beneficios de esta transformación a favor de una minoría de la población mundial. El cambio climático avanza; se ha puesto en peligro la producción de alimentos; la biodiversidad disminuye a un ritmo escalofriante; los recursos se agotan, con especial mención a los combustibles fósiles; el acceso al agua cada vez se complica más; y además, la crisis ambiental se da en unas circunstancias de desigualdad social cada vez más agudizada. La crisis es, por tanto, ecológica, pero también política, económica, cultural y social.


Mª José Comendeiro

Los tímidos y escasos avances en la concienciación ambiental y en las políticas puestas en práctica no guardan relación con la gravedad del problema que tenemos delante. Seguimos sin afrontar el elemento central de la crítica ecologista desde hace varias décadas: el conflicto básico entre, por un lado, un planeta Tierra con recursos limitados y finitos y, por otro, un capitalismo globalizado, basado en la necesidad de crecimiento y acumulación constantes.

Decrecer en el gasto global de energía y materiales, así como en la generación de residuos no es simplemente una opción, es una necesidad que impone un planeta con recursos limitados. Obviamente, quien puede decrecer es quien gasta de forma mayoritaria los recursos y genera los residuos, es decir, los países más enriquecidos. Sin embargo, la propuesta del decrecimiento es un camino, no un fin. El fin es una sociedad sostenible [1].

Biomímesis


Una sociedad sostenible es la que tiene los satisfactores más adecuados para cubrir universalmente las necesidades humanas de manera armónica con el entorno. Un concepto fundamental es la biomímesis [2] (imitar a la Naturaleza), ya que la Naturaleza ha sabido encontrar, a lo largo de la evolución, las mejores soluciones a las necesidades de los seres vivos y de los ecosistemas. Pero no sólo eso, sino que también ha sido capaz de evolucionar hacia estadios cada vez más complejos y ricos. Además, la biomímesis implica que el entorno no es parte de la economía, sino al revés: la economía es un subsistema del ambiente. Los principios básicos para alcanzar la biomímesis son:

Cerrar los ciclos de la materia


En la naturaleza la basura no existe, todo es alimento, de manera que los residuos de unos seres son el sustento de otros y los ciclos están cerrados. Los modos de producción humanos, en contraposición a lo anterior, son lineales y, partiendo del petróleo, llegamos a un montón de plásticos tirados en un vertedero.

Esto se traduce en adecuar nuestras actividades a la capacidad del planeta para asimilar los contaminantes y residuos, es decir, evitar los materiales que la naturaleza no puede degradar/asimilar y frenar la producción de residuos hasta alcanzar un ritmo menor al ritmo natural de asimilación/degradación.

Consumir y producir residuos en función de las capacidades naturales


Este criterio está íntimamente relacionado con los conceptos de límite y justicia, con entender que vivimos en un planeta de recursos limitados. Es decir, debemos autolimitarnos con un modelo de vida más austero. Sólo una disminución drástica del consumo en los países sobredesarrollados permitirá el moderado, pero necesario, aumento en los empobrecidos.

La disminución del consumo también implica obtener en primer lugar las materias primas y la energía del reciclaje de los bienes en desuso y, en segundo término, de fuentes renovables.

Centrar la producción y el consumo en lo local


Es necesaria una minimización del transporte, puesto que en la naturaleza su mayor parte es vertical [3] (intercambio de materia entre el reino vegetal y la atmósfera y el suelo). El transporte horizontal sólo lo realizan los animales, que suponen muy poca biomasa respecto a los vegetales (el 99 por ciento de la biomasa) y que además sólo se desplazan a cortas distancias. El transporte horizontal a largas distancias, como es el caso de las migraciones, es una rareza [4].

Esta idea supone una tendencia paulatina hacia la autosuficiencia desde lo local. Este principio minimiza el transporte de recursos y bienes, facilita la gestión de los recursos y los residuos, y favorece las actividades económicas adaptadas a las características del entorno.

Esto significaría un funcionamiento confederal de los distintos territorios con un alto grado de autonomía, pero con una importante interconexión entre ellos.

Basar la obtención de energía en el sol


El sistema energético debe estar centrado en el uso de la energía solar en sus distintas manifestaciones (sol, viento, olas, minihidráulica, biomasa...). En general, se trata de obtener la energía de fuentes renovables, es decir, de aquellas que explotemos a un ritmo que permita su regeneración.

Potenciar una alta diversidad e interconexión biológica y humana

La vida ha evolucionado, desde el principio, hacia grados de mayor diversidad y complejidad, lo que no sólo ha permitido alcanzar mayores niveles de conciencia, sino también adaptarse a los retos y desafíos que se ha venido encontrando. La mayor estrategia para aumentar la seguridad y la supervivencia de la vida ha sido hacerla más diversa, cambiante y moldeable. Justo lo contrario para lo que trabaja la Unión Europea, con sus directivas contra la inmigración o la tendencia del mercado a homogeneizar los gustos.

La alta diversidad y la interconexión naturales tienen un correlato en el plano social, que es la vida conjunta de muchas personas diversas y con muchas redes de comunicación entre ellas. Además hay que señalar que la evolución de la vida es hacia la máxima complejidad, no hacia el máximo crecimiento. Los bosques o las personas pasamos una primera etapa de nuestra vida en la que ponemos energía en crecer. Pero luego esa energía la desviamos hacia el aumento de la complejidad. Lo que llamamos "progreso" es anclarnos continuamente en esa etapa primitiva de crecimiento.

Por último, una característica fundamental de la complejidad es que permite que se produzca autoorganización de forma "espontánea".

Acoplar nuestra "velocidad" a la de los ecosistemas


Muchos de los problemas ambientales que se están produciendo tienen más que ver con la velocidad a la que se están efectuando los cambios que con los cambios en sí mismos. Por ejemplo, a lo largo de la historia de la Tierra se han producido cambios de temperatura más drásticos de los que se pronostican como consecuencia del cambio climático; sin embargo, el problema principal es que el cambio se está llevando a cabo a una velocidad que los ecosistemas no pueden soportar sin traumas.

En este sentido, es imprescindible ralentizar nuestra vida, nuestra forma de producir y consumir, de movernos. Hay que volver a acompasar nuestros ritmos con los del planeta.

Actuar desde lo colectivo


En la naturaleza, para su evolución, ha sido mucho más importante la cooperación que la competencia, como bien lo ejemplifica la simbiosis, algo básico en el desarrollo de ecosistemas y seres vivos. Esto se transpone en la vida social como una gestión democrática de las comunidades y sociedades, de manera que nos responsabilicemos de nuestros actos a través de la participación social. Y cuando hablamos de democracia nos referimos a una democracia participativa, en la que los valores básicos sean la cooperación, la horizontalidad, la justicia, el geocentrismo (huyendo del antropocentrismo y el androcentrismo) y la libertad.

En aras del crecimiento, el trabajo productivo ha sido llevado al máximo culto, mientras el trabajo reproductivo ha sido invisibilizado y generalmente llevado a cabo por mujeres. El primero ha conllevado el aumento de la producción y el hiperconsumismo. El segundo, en cambio, ha tenido como valor principal el cuidado de la vida. Esto tiene que revertirse.

Principio de precaución
El principio de precaución postula que no se deben llevar a cabo acciones de las que no se tienen claras las consecuencias. Es entender que vivimos en un entorno de incertidumbre insalvable.

Luis González Reyes es miembro de Ecologistas en Acción. Este artículo ha sido publicado en el nº 36 de la Revista Pueblos, marzo de 2009.

Notas


[1] Este apartado está extractado del "Manifiesto de Valencia" de Ecologistas en Acción.

[2] Riechmann, Jorge (2003): "Biomímesis", El Ecologista nº36 y Riechmann, Jorge (2000): Un mundo vulnerable: ensayos sobre ecología, ética y tecnociencia, Madrid, Los Libros de la Catarata.

[3] Margalef, Ramón (1980): La Biosfera entre la termodinámica y el juego, Omega.

[4] Margalef, Ramón (Ramón): Planeta azul, planeta verde, Prensa Científica./ Estevan, Antonio: "La enfermedad del transporte".

Ecosocialismo y “decrecimiento”

Jaime Pastor

http://www.vientosur.info | 13/05/2009


El subtítulo de uno de los trabajos de Serge Latouche -La apuesta por el decrecimiento- contiene una pregunta muy acertada y de gran calado –“¿Cómo salir del imaginario dominante?”- a la que el autor mismo responde con el nuevo paradigma del “decrecimiento”. Hay que reconocer que el mérito de los defensores de esta fórmula –entre quienes Latouche es uno de los más relevantes- está en haber suscitado un debate que pone en primer plano la necesidad de responder a esa pregunta y, con ella, de cuestionar abierta y radicalmente un “sentido común” que se ha ido conformando históricamente desde el capitalismo occidental hegemónico y ha llegado a colonizar las conciencias de la gran mayoría de la población mundial: el de que hay que aspirar a un crecimiento constante no sólo de la producción sino también del consumo y sin límite alguno; algo que, además, pese al cambio climático que ha suscitado y a que nos encontremos en medio de lo que ya se define como la “Gran Recesión”, se está convirtiendo en una obsesión del gran capital. El problema está en si la respuesta que nos ofrece esta corriente a la religión del “crecimiento” basado en el PIB y a la crisis actual es la adecuada.

¿Qué “decrecimiento”?

Pero antes de opinar sobre esta propuesta conviene precisar a qué definición de la misma nos vamos a referir. Paco Fernández Buey la ha resumido en la necesidad de una “economía sana”, basada en una disminución en el momento y la situación actuales del consumo de materia y energía, o sea, principalmente, de lo que se llama Producto Interior Bruto. Esa disminución debería conducir, siguiendo el autor a Bonaiuti, a “desplazar los acentos hacia los ‘bienes relacionales’ (atenciones, cuidados, conocimientos, participación, nuevos espacios de libertad y de espiritualidad, etc.) y hacia una economía solidaria” (2007/8: 61). Por su parte, Serge Latouche la considera “un proyecto político, que consiste en la construcción, tanto en el Norte como en el Sur, de sociedades convivenciales autónomas y ahorrativas” (2008: 140).

Más recientemente y recogiendo las tesis de los promotores de esa fórmula, Carlos Taibo la ha definido como “reducir la producción y el consumo porque vivimos por encima de nuestras posibilidades, porque es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y porque empiezan a faltar materias primas vitales” (2008: 71). Y la ha resumido en 6 pilares: sobriedad y simplicidad; defensa del ocio frente al trabajo obsesivo y, con ella, del reparto del trabajo; el triunfo de la vida social frente a la lógica de la propiedad y del consumo ilimitado; la reducción de las dimensiones de muchas de las infraestructuras productivas, de las organizaciones administrativas y de los sistemas de transporte; la rotunda primacía de lo local sobre lo global; y, en fin, políticas activas de redistribución de los recursos en provecho de los desfavorecidos y en franca contestación del orden capitalista imperante (2008: 74-78).

Desde un punto de vista ecosocialista radical y frente a la amenaza del cambio climático y la crisis energética, no puedo màs que estar de acuerdo con la constatación de la necesidad de generar un nuevo “sentido común” frente al dominante del “crecimiento económico”, así como sobre la urgencia de un nuevo rumbo que recoja la práctica totalidad de lo sintetizado por Taibo. Puede haber no obstante diferencias más o menos relevantes que no puedo desarrollar en este artículo: por ejemplo, respecto a la solidez científica de la aplicación del segundo principio de la termodinámica, como propone Nicolas Georgescu-Roegen, a la biosfera; o sobre cómo evitar que las propuestas de sobriedad y simplicidad en el comportamiento individual dejen en segundo plano la denuncia de la responsabilidad del capitalismo y la exigencia, por tanto, de cambiar de sistema; o, en fin, respecto a las sugerencias procedentes de algunos de los animadores de ese movimiento para que aumenten los precios o impuestos indirectos relacionados con el consumo de determinados productos –e incluso de reducción indiscriminada de salarios- en unas sociedades desiguales como las nuestras. En resumen, sobre cómo articular más concretamente el antiproductivismo con el anticapitalismo. Porque, no lo olvidemos, ambos deben ir asociados si no queremos que el primero quede desvirtuado por el capitalismo “verde” o que el segundo se limite a predicar la continuación del mismo “modelo” de “crecimiento económico”, como ocurrió en el mal llamado “socialismo real”.

Pero, dejando ahora estas cuestiones aparte, mis divergencias estarían, más bien, con la idoneidad del término “decrecimiento” para tratar de “salir del imaginario dominante” por dos razones fundamentales: la primera tiene que ver con su difícil adecuación pedagógica a la hora de dirigirse a los pueblos empobrecidos del “Sur” (entendido éste no en términos geográficos sino globales, como sostiene el zapatismo), mientras que la segunda afecta a su carga negativa y generalizada.

La primera es reconocida por el propio Latouche cuando se ve obligado a matizar que las 8 “R” que plantea como tareas (reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar, reciclar) sólo son aplicables al Norte, mientras que en el Sur (entendidos ambos, en su caso, en términos geográficos) reconoce que “el decrecimiento de la huella ecológica (e incluso del PIB) no es ni necesario ni deseable, pero no por eso hemos de concluir que es necesario construir una sociedad de crecimiento” (2008: 224). Una precisión similar se encuentra en Joaquim Sempere cuando reconoce que “seguramente el bienestar de sectores muy numerosos de la humanidad requiere crecimiento de algunas dimensiones de la economía en beneficio de los más desfavorecidos: producción de alimentos, de viviendas dignas, de electricidad, de infraestructuras hidrológicas, etc. Pero esto no es ‘en teoría’ incompatible con el decrecimiento económico a escala mundial, que supondrá un sacrificio compensatorio del consumo de los privilegiados y una sustitución de fuentes de energía y de procesos técnicos que redujera la huella ecológica de la humanidad” (2008: 36). En un sentido parecido se pronuncia también Taibo.

Cabe responder entonces que si cada vez que se propone esa alternativa, es imprescindible hacer precisiones para evitar que se entienda como algo que ha de aplicarse mecánicamente en el Sur, nos encontramos con una objeción nada secundaria. Por ese motivo coincido con Albert Recio cuando sostiene: “Cualquier avance hacia una sostenibilidad mundial requiere un profundo reequilibrio que traería como consecuencia el crecimiento de algunas zonas del planeta y el decrecimiento de otras. Insistir unilateralmente en el decrecimiento parece inútil porque en la práctica es decirles a los habitantes de los países pobres que se conformen con su miseria” (2008: 28). Se puede aducir que esta última parte de su crítica ridiculiza la propuesta pero, en todo caso, existe ese riesgo de interpretación.

En cuanto a la segunda objeción, también el propio Latouche reconoce que ese término no es el más apropiado y acepta que “con todo rigor, convendría más hablar de ‘acrecimiento’” o, empleando una expresión en inglés, “decreasing growth” (crecimiento decreciente) (2008: 23). De esta forma se reconoce que tampoco en el Norte se puede emplear esa fórmula de manera general ya que deberían “decrecer” determinados sectores de la economía mientras que, por el contrario, otros tendrían que conocer un “crecimiento” significativo: aquéllos precisamente destinados a satisfacer las necesidades y capacidades básicas de los seres humanos y de la biosfera planetaria, incluyendo entre ellos los destinados a socializar los trabajos de cuidados. Con mayor razón cuando, como he adelantado más arriba, no podemos ignorar que el Sur también existe dentro del Norte: las enormes desigualdades de riqueza son ya transversales, especialmente en el marco del proceso de urbanización mundial y de la configuración de lo que Mike Davis ha definido como “planeta de ciudades-miseria”, en donde hay una creciente demanda de bienes y servicios básicos para miles de millones de personas condenadas por el sistema a ser “residuales” o “excedentes” y que ahora no cesan de aumentar con la crisis.

Se me dirá que problemas semejantes surgen con otros términos cuyo significado es también confuso (socialismo, comunismo...) y a los que sin embargo no cabe renunciar sino que tenemos que seguir esforzándonos por darles un contenido emancipatorio. Pero en este caso el problema está en el mismo término en sí y no en su tergiversación histórica. Entramos además ahora en otra razón para expresar reticencias al mismo: la que tiene que ver con la crisis sistémica en la que nos encontramos y en la que ya se apunta una fase de estancamiento o incluso de decrecimiento capitalista y, muy probablemente caótico. Justamente en una coyuntura como la actual la utilidad pedagógica del término se ve más cuestionada porque muchos y muchas personas afectadas por la crisis social asocian el mismo con ese estancamiento y, sobre todo, con sus mayores secuelas de paro, precarización y agravación de la crisis de los cuidados. Con lo cual habría que añadirle calificativos como “sostenible” y “selectivo”, por ejemplo.

¿En qué sectores y ámbitos decrecer?

Esto no impide reconocer que, como sostiene desde un marxismo ecológico Daniel Tanuro en diálogo con los “decrecentistas”, “en los países capitalistas avanzados la medida prioritaria para proteger el clima no es desarrollar nuevas tecnologías verdes sino disminuir radicalmente el consumo de energía, y esta disminución implica un decrecimiento de los intercambios de materias entre la humanidad y la naturaleza” (2009: 235). Por consiguiente, la reducción del consumo energético y, por tanto, de la producción es algo sobre lo que debería haber un consenso generalizado.

Partiendo de esa coincidencia fundamental, se trataría de ir concretando en qué aspectos se podría proponer un decrecimiento en Europa. Ese es el esfuerzo que están empezando a hacer algunas redes con vocación de transversalidad como el movimiento “Europe-décroissance” (www.objecteursdecroissance.org) cuando, en una propuesta programática reciente ante las elecciones europeas de junio de este año, postula el decrecimiento de las desigualdades, del transporte de mercancías a través del planeta, del gigantismo (por una sociedad, una economía y unas ciudades de escala humana), de la velocidad, de la tiranía de las finanzas, de la gestión irresponsable de la técnica y la ciencia, del control del poder económico sobre los medios de comunicación o de la publicidad Quizás por esa vía será más fácil el diálogo y la convergencia en la acción entre partidarios, contrarios y reticentes al empleo de esa fórmula de manera generalizada, al menos entre quienes nos encontramos en el mismo lado de la barricada en tantas luchas.

Por eso mismo, para que esa nueva “conversación” pueda dar sus frutos sería deseable también aceptar que no hay palabras mágicas capaces de sintetizar todo lo que nos gustaría expresar en ellas para así concentrar los esfuerzos en buscar acuerdos sobre contenidos y medidas concretas que sirvan para ofrecer alternativas al “crecimiento”, a una situación de emergencia eco-social global como la actual y, en fin, a un capitalismo global injusto y que ha demostrado ya suficientemente que “no funciona”.

Además, habrá que conocer mejor otras fórmulas diferentes que han ido surgiendo también desde el movimiento ecologista, el movimiento feminista o los pueblos indígenas en los últimos tiempos. Desde el primero se ha venido defendiendo la necesidad de una Cultura de la Sostenibilidad o de la Suficiencia con un contenido más integrador; desde el feminismo se propugna la búsqueda de una nueva relación entre el cuidado de la vida y el de la naturaleza (Bosch, Carrasco y Grau: 2005) más complejo y completo que todavía no ha penetrado con todas sus consecuencias en este debate sobre el “decrecimiento”; desde los últimos se ha reivindicado el ideal del “Buen Vivir” entre los seres humanos y la Tierra y así ha sido recogido por movimientos como el zapatismo e incluso la Asamblea de Movimientos Sociales que se reunió en el Foro Social Mundial de Belém en enero de 2009. La “hibridación” entre estas distintas miradas y conceptos que surgen desde los movimientos sociales reales es sin duda una tarea que tenemos todavía por delante y que no deberíamos cerrar precipitadamente creando confusas polarizaciones.

*Este artículo sale publicado en el número 61 de la revista Libre Pensamiento, editada por la CGT

Referencias

Bosch, Anna, Carrasco, Cristina y Grau, Elena (2005). “Verde que te quiero violeta. Encuentros y desencuentros entre feminismo y ecologismo”, en E. Tello, La Historia cuenta, Barcelona, El viejo topo
Fernández Buey, Paco (2008). “¿Es el decrecimiento una utopía realizable?”, en Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, 100, pp. 53-61.
Latouche, Serge (2008). La apuesta por el decrecimiento. Barcelona: Icaria
Recio, Albert (2008). “Apuntes sobre la economía y la política del decrecimiento”, en Ecología Política, 35, pp. 25-34
Sempere, Joaquim (2008). “Decrecimiento y autocontención”, en Ecología Política, 35, pp. 35-44
Taibo, Carlos (2009). En defensa del decrecimiento. Sobre capitalismo, crisis y barbarie. Madrid: Los libros de la catarata
Tanuro, Daniel (2009). “Capitalismo, decrecimiento y ecosocialismo”, en VIENTO SUR, 100, pp. 231-238

Decrecimiento: vayamos a menos

Isidro López

LDNM, nº 29, marzo de 2009

www.ladinamo.org


Uno de los efectos políticos más indeseables de las crisis ha sido generar un enorme consenso social en torno a la necesidad del crecimiento económico y a la validez de cualquier medio para alcanzarlo. En cuanto el crecimiento del PIB se ralentiza vuelven los viejos lugares comunes desarrollistas y cualquier aspiración social o ambiental debe subordinarse, ahora más que nunca, a la reanudación del ritmo de crecimiento. Lo cierto es que todas las pruebas empíricas apuntan a lo contrario: cuanto más crecimiento económico más destrucción ambiental y mayores desigualdades sociales. El decrecimiento es un nuevo movimiento social que reclama nuestro derecho a menguar económicamente, y a crecer políticamente, a partir de una nueva lectura de los puntos fundamentales del programa social del ecologismo clásico. Para descubrir más acerca de este fenómeno hemos hablado con su representante más visible, Serge Latouche (Universidad de Paris XI), y con dos veteranos del ecologismo que, además de haber influido con sus trabajos en su formulación, apoyan plenamente el nuevo movimiento por el decrecimiento: Joan Martínez Alier (Universidad Autónoma de Barcelona) y Herman Daly (Universidad de Maryland).

¿Por que hay que decrecer?

Serge Latouche:
El crecimiento infinito es incompatible con un planeta finito. El desarrollo y el crecimiento del consumo descansan siempre en una extracción cada vez más destructiva de recursos naturales no renovables y de una tasa de explotación de recursos renovables que excede la capacidad de regeneración de la biosfera. Además, el crecimiento por el crecimiento se apoya en una adicción al consumo que ya no tiene ningún vínculo con la satisfacción de las necesidades "reales". Hay que dejar de crecer para que la humanidad sobreviva, pero también para recuperar el buen uso de las cosas, renunciar a la ideología del "siempre más" y volver a encontrar el sentido de los límites.

Herman Daly:
Cuanto más se acerque el tamaño de la economía a la escala de toda la Tierra, más tendrá que ajustarse al comportamiento físico de ésta. Cuando se produzca ese ajuste estaremos en un estado estacionario, un sistema que permite el desarrollo cualitativo pero no el crecimiento cuantitativo agregado. El crecimiento es "más de lo mismo"; el desarrollo es la misma cantidad de algo mejor o, por lo menos, diferente. Lo que queda del mundo natural ya no puede proveer ni absorber el flujo material necesario para sostener una economía que ya es demasiado grande, y mucho menos una economía en crecimiento. La economía debe ajustarse a las reglas del estado estacionario, buscar el desarrollo cualitativo y detener el crecimiento cuantitativo.

Independientemente de que sea fácil o difícil, tenemos que dirigirnos hacia una economía de estado estacionario porque no podemos seguir creciendo. Lo cierto es que el llamado crecimiento económico se ha convertido en crecimiento deseconómico. La expansión cuantitativa de la economía incrementa los costes ambientales y sociales más rápidamente que la producción de beneficios, haciéndonos más pobres y no más ricos, al menos en los países con altos niveles de consumo. Puesto que los economistas neoclásicos son incapaces de demostrarnos que el crecimiento de los flujos de materiales (consumo de recursos y producción de residuos) o del PIB está haciéndonos más ricos y no más pobres, seguir predicando que el crecimiento agregado es la solución para nuestros problemas no es más que arrogancia ciega.

En los países pobres la cuestión es diferente, el crecimiento del PIB puede incrementar el bienestar si está razonablemente bien distribuido. La pregunta es, ¿qué es lo mejor que pueden hacer los países ricos para ayudar a los países pobres? La respuesta del Banco Mundial es que los ricos deben de crecer tan rápido como sea posible para generar mercados para los países pobres y acumular capital para invertir en ellos. Desde el punto de vista de la economía de estado estacionario, la respuesta es que los ricos deben de reducir sus flujos de materiales para liberar recursos y espacio ecológico para que lo utilicen los pobres y concentrarse en el desarrollo y las mejoras técnicas y sociales que puedan ser libremente compartidas con los países pobres.


¿Quién quiere el decrecimiento?

Joan Martínez Alier: Hay varios grupos de activistas que ya están luchando por el decrecimiento. Por ejemplo, los conservacionistas o ambientalistas preocupados por la pérdida de biodiversidad y el aumento de la población humana, gente preocupada por las amenazas del cambio climático e interesada en proponer nuevos sistemas energéticos renovables, socialistas y sindicalistas que quieren más justicia económica y que entienden que el crecimiento económico no puede aplazar ya las demandas de redistribución, los ecolocalistas y autonomistas neorrurales y urbanos como los okupas, los pesimistas (o realistas) acerca de los riesgos e incertidumbres del cambio tecnológico y los movimientos del ecologismo de los pobres que piden la conservación del ambiente por las perentorias necesidades de su propia subsistencia.

Los movimientos de justicia ambiental y del ecologismo de los pobres del Sur son los mejores aliados del decrecimiento sostenible del Norte. Estos movimientos luchan contra la contaminación desproporcionada de los ricos tanto local como globalmente, reclaman la deuda ecológica desde el Sur, especialmente la deuda por emisiones de dióxido de carbono, están en contra de la exportación de residuos líquidos o sólidos del Norte hacia el Sur, protestan contra la biopiratería; desarrollan acciones contra el comercio ecológicamente desigual; se oponen a la destrucción de la naturaleza y la subsistencia humana en las fronteras de la extracción, y reclaman el pago de deudas socioambientales de compañías transnacionales como la Oxy en Perú, Chevron-Texaco en Ecuador, Freeport McMoRan en Papúa Occidental, Unocal o Total en Birmania...


¿Estamos lejos de decrecer racionalmente?

Serge Latouche:
En los niveles internacionales y nacionales las perspectivas políticas inmediatas son muy débiles, sin embargo, a escala local tienen más importancia. Serán cada vez más fuertes bajo la presión de la necesidad, la toma de conciencia de la escala de las amenazas y las aspiraciones a una vida más sana y equilibrada. Hay que tener también en cuenta que algunas medidas muy sencillas y casi anodinas pueden desencadenar círculos virtuosos de decrecimiento.

El cambio profundo requerido para la construcción de una sociedad autónoma en decrecimiento se puede representar por la articulación sistemática y ambiciosa de cambios interdependientes que se refuerzan los unos a los otros. Podemos sintetizar el conjunto en un círculo virtuoso de ocho erres: reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, reducir, reutilizar y reciclar. Estos ocho objetivos interdependientes pueden desencadenar procesos de decrecimiento tranquilo, convivencial y sostenible.


¿Decrecimiento o sostenibilidad?


Serge Latouche: El adjetivo "sostenible" se suele utilizar para calificar el decrecimiento. La sostenibilidad es una necesidad de cualquier sociedad humana que quiera perpetuarse, pero no constituye un proyecto social y político movilizador. El decrecimiento es un eslogan provocador que marca la necesidad de ruptura con el delirio consumista y reintroduce el ideal de una sociedad autónoma.

Herman Daly: Puesto que hemos sobrepasado el límite de lo sostenible necesitamos una etapa de decrecimiento. Pero ni el crecimiento ni el decrecimiento (las tasas de crecimiento positivas o negativas) pueden durar en el largo plazo. Ambos deben de ser procesos coyunturales encaminados a alcanzar una escala óptima o sostenible de la economía en relación con el ecosistema. Esa escala óptima debería de mantenerse en estado estacionario durante mucho tiempo.

Joan Martínez Alier: Sabemos que decrecimiento sostenible significa un decrecimiento económico que sea socialmente sostenible. En estos momentos, en 2008, en Europa, estas ideas no son ya nuevas aunque su formulación va mejorando. Lo que es nuevo es el movimiento social por el decrecimiento sostenible, un slogan o "palabra-bomba" inventada en Francia y en Italia, que tiene raíces explícitas en la obra de Georgescu-Roegen. En 1979 Jacques Grine-vald e Ivo Rens, de la Universidad de Ginebra, publicaron una introducción y selección de textos de Georgescu-Roegen con el título Demain la Décroissance [Mañana el decrecimiento] que va ahora por la cuarta o quinta edición y se llama ya simplemente La Décroissance [El decrecimiento]. Este es el origen del uso actual de esta palabra.

Georgescu-Roegen había criticado en los años setenta la idea de Herman Daly (que se remonta a John Stuart Mill) del "estado estacionario", argumentando que no era suficiente para una economía como la de Estados Unidos, que ya consumía en exceso. Era preciso, pues, un retroceso del consumo. Georgescu-Roegen tenía razón. Pero no se puede negar que Herman Daly ha sido un abierto partidario del decrecimiento, aunque el término inglés sea de uso muy reciente. Daly dijo claramente que el crecimiento sostenible era una contradicción, un oxímoron, muy poco tiempo después de la publicación del Informe Brundtland de 1987, y dijo que aceptaría la expresión "desarrollo sostenible" solamente si la palabra "desarrollo" se redefinía (de manera muy extraña) como "no-crecimiento".

Cinco puntos para un programa de decrecimiento

Herman Daly


1. Reforma fiscal ecológica. Cambiar la base de los impuestos desde el valor añadido hasta aquello sobre lo que se añade valor, es decir, sobre el flujo material que parte de la extracción de recursos, atraviesa la economía y vuelve a la naturaleza en forma de polución y vertido. De esta manera se internalizarían los costes externos, es decir, se pondría un precio más realista al uso de recursos naturales, y se recaudaría de una manera más equitativa. Los posibles efectos regresivos de esta medida se deberían de corregir con criterios progresivos de gasto público.

2. Limitar los niveles de desigualdad de la distribución de ingresos instaurando un ingreso máximo y un ingreso mínimo. Cuando no existe crecimiento agregado, la reducción de la pobreza requiere una redistribución.

3. Disminuir el tiempo de la jornada de trabajo. Dejar más opción para el ocio o el trabajo personal. Sin crecimiento es difícil proporcionar empleo a tiempo completo para todos.

4. Volver a regular el comercio internacional. Abandonar el libre comercio, la libre movilidad del capital y la globalización y adoptar tarifas compensatorias que beneficien a las políticas nacionales que incorporen la protección de la naturaleza frente a los precios de la competencia "a la baja" de otros países. Tal y como postulaba Keynes, habría que degradar al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial al papel de instituciones encargadas de vigilar el cumplimiento de los pagos internacionales que carguen tasas de penalización para el déficit y el superávit en los balances internacionales. Evitar las grandes transferencias de capital y la deuda externa.

5. Cercar los bienes comunes naturales rivales (escasos) mediante fundaciones públicas que les pongan un precio, mientras se liberan de los cercamientos privados y de los precios a los bienes comunes no rivales (no escasos) de la información y el conocimiento. Dejemos de tratar lo escaso como si no fuera escaso y lo no escaso como si fuera escaso.

Joan Martínez Alier


1. La economía debe decrecer físicamente en términos de toneladas de los flujos de materiales, de consumo de energía, de la Apropiación Humana de la Producción Primaria Neta (indicador que traduce a biomasa todos los consumos humanos) y también del uso de agua. En principio, existe ya un acuerdo social en Europa para que las emisiones de dióxido de carbono decrezcan un cincuenta por ciento en las próximas décadas con respecto a las de 1990. Pero también deben hacerlo otros indicadores físicos de presión sobre el ambiente.

2. Dada la estrecha relación entre el uso de materiales y energía y el crecimiento económico, de hecho, en bastantes países ha aumentado la intensidad material y energética del PIB. Entonces, puede suponerse que reducir las magnitudes de los indicadores físicos llevará también en muchos casos a un decrecimiento del PIB, es decir, de la economía medida crematísticamente.

3. Medir correctamente los aumentos de la productividad. Por ejemplo, si hay una sustitución de energía humana por energía de máquinas, ¿los precios de esta energía que se calculan tienen en cuenta el agotamiento de recursos, las externalidades negativas? Sabemos que en estos momentos no es así.

4. Hay que separar el derecho a recibir una remuneración del trabajo asalariado. Hay que redefinir el significado de "empleo" (teniendo en cuenta los servicios domésticos no remunerados, y todo el sector del voluntariado) y hay que introducir la cobertura de la Renta Básica de Ciudadanía.

5. ¿Quién pagará la montaña de créditos, las hipotecas y la deuda pública, si la economía no crece? La respuesta debe ser: nadie. No podemos forzar indefinidamente a la economía a crecer al ritmo del interés compuesto con que se acumulan las deudas.

Serge Latouche


1. Retornar a una huella ecológica igual o inferior a la de la Tierra, es decir, manteniendo el resto de factores igual, volver a una producción material equivalente a la de los años sesenta y setenta.

2. Relocalizar las actividades limitando el volumen de desplazamientos de hombres y mercancías a escala planetaria y su impacto negativo sobre el medio ambiente.

3. Restaurar la agricultura campesina tradicional, incentivar al máximo la producción local, de temporada, natural y tradicional. Suprimir progresivamente el uso de pesticidas químicos alergénicos, neurotóxicos, inmunodepresores, mutágenos, cancerigenos, disruptores endocrinos y reprotóxicos que pueden provocar la esterilidad.

4. Penalizar fuertemente los gastos en publicidad.

5. Decretar una moratoria en la innovación tecnocientífica, hacer un balance serio y reorientar la investigación en función de nuevas aspiraciones. Se tratará de desarrollar, por ejemplo, la química verde antes que las moléculas tóxicas y la medicina ambiental antes que el determinismo genético o favorecer la investigación en agroecología y agrobiología en lugar de la agricultura industrial y sus quimeras, como los transgénicos. La moratoria debería de extenderse a todos los grandes proyectos de infraestructuras como las autopistas, el tren de alta velocidad o las incineradoras de residuos.