Del hedonismo triste al decrecimiento feliz: hacia una imaginación política de la empatía

Luis I. Prádanos - ctxt

Últimamente cunde la politización del pánico por doquier: entre la derecha y la izquierda más o menos conservadora o progresista, entre neoliberales y neofascistas, entre globalistas y nacionalistas. Miedo y falta de imaginación política es el denominador común en todos los casos.



La falta de imaginación política radica en no cuestionar la creencia de que el crecimiento económico debe ser la prioridad de la sociedad por ser la panacea para resolver cualquier problema. Una creencia que es desmentida una y otra vez por las ciencias sociales y ecológicas que indican que el crecimiento en sí mismo ni mejora necesariamente el bienestar social (de hecho lo empeora si se traduce en un aumento de la desigualdad) ni puede mantenerse mucho tiempo en una biosfera finita sin acabar por aniquilar la vida planetaria.

Estado de miedo permanente y adicción al crecimiento forman los dos ejes principales de nuestra cultura económica dominante. Una cultura cuyo funcionamiento transforma sociedades humanas en masas acobardadas y precarizadas enfrentadas entre sí. Dicha cultura económica imposibilita el florecimiento de una política de la empatía y la generosidad capaz de engendrar sociedades y ecosistemas saludables.
  
Sospecho que esta omnipresente politización del pánico es el resultado de las diferentes articulaciones políticas de una misma cultura económica orientada al crecimiento que se nutre del miedo y de las pasiones más tristes (indiferencia ante el sufrimiento ajeno, individualismo hiperbólico, avaricia, odio, aislamiento, resentimiento, desconfianza, competición, etc.) Se trata, me parece, de diferentes reacciones contraproducentes ante un sistema de explotación generalizado que ha desembocado tanto en una desigualdad estructural inaceptable como en el colapso en curso de los sistemas vivos planetarios. Digo contraproducentes porque todas estas reacciones –independientemente de sus inclinaciones ideológicas– acaban reforzando y perpetuando, de una u otra forma, el miedo que alimenta el sistema de explotación y la lógica suicida de “sálvese quien pueda” y “yo a lo mío” ante el barco que se hunde. El problema radica en que es precisamente ese hedonismo mal entendido –triste, estresante, miope y atemorizado– el que está hundiendo el barco y el que saca lo peor de los seres humanos.

Estudios recientes sugieren que el miedo activa el pensamiento conservador. Si esto se traduce, como suele ser el caso, en políticas de mano dura para paliar dicho miedo –en lugar de en políticas eficaces para resolver los problemas reales (la crisis ecológica y la crisis de desigualdad)– acabamos entrando en un bucle de retroalimentación perverso que mina la cohesión y confianza social, provocando más violencia, miedo y miseria y favoreciendo más políticas contraproducentes: una y otra vez la realidad confirma que los problemas sociales siempre empeoran cuando se intentan solventar con mano dura y tolerancia cero (control y vigilancia innecesarios, militarización, criminalización selectiva, castigo desproporcionado, proliferación de prisiones, leyes antiinmigración, ataques preventivos, etc.) Lo cierto es que la violencia, el terrorismo, la precarización y la descohesión social emergen de la explotación y la desigualdad y solo pueden desactivarse mediante procesos comunitarios y colectivos de redistribución y de reorganización social con principios igualitarios, inclusivos y participativos.

Para que dichos procesos fueran posibles habría que abrazar y promover otras maneras de entender y practicar la política que implicarían pasar de politizar el pánico a politizar la empatía: de la opulencia privada y blindada de los privilegiados (y la resultante precariedad y miedo manufacturados para la mayoría) a la frugalidad privada acompañada de un lujoso espacio público co-producido y compartido por todas; del hedonismo deprimente, competitivo, narcisista y solipsista a la celebración en común de la vida, la convivialidad y la reciprocidad. Lo primero favorece el aislamiento, la agresividad, la aburrida homogeneización, la alienación, la destrucción ecológica, el miedo a lo diverso, la precarización y, claro está, la acumulación de capital. Lo segundo, en cambio, promueve la cohesión social, la empatía, la alegría, la confianza, la regeneración ecológica y el buen vivir.

La supuesta excusa para mantener una cultura económica que no hace feliz a casi nadie y que destruye las bases sociales y ecológicas necesarias para toda vida digna es que no existe mejor alternativa dado que el ser humano es competitivo, miserable, cobarde y egoísta por naturaleza. Otra vez la realidad desmiente dicha generalización. En su maravilloso libro, A Paradise Built in Hell, Rebecca Solnit documenta cómo, en casos de catástrofes de diferente índole, los seres humanos se auto-organizan y tienden a comportarse de manera altruista, empática, cooperativa y generosa. Suelen ser las élites, curiosamente, quienes aprovechando la catástrofe despliegan una violencia desproporcionada e innecesaria que vuelve a reactivar la politización del miedo.

Hace tiempo que vengo intuyendo que las personas que más incansablemente añoran poder y buscan acumular capital a cualquier precio actúan motivadas por un estado patológico de miedo permanente. Debe de ser un infierno habitar en esas mentes miserables, obsesivas, egocéntricas y cobardes… el mismo infierno en el que se convierte el planeta Tierra cuando esa patología de unos pocos se transforma en la cultura económica global.

Cultivar colectivamente una imaginación política empática podría servir para  inmunizarnos de la politización del miedo y, con un poco de suerte, facilitar la transición hacia una cultura económica socialmente deseable y ecológicamente viable, es decir, hacia un decrecimiento feliz.

0 comentarios:

Publicar un comentario