Decrecimiento: ¿la solución al capitalismo?

Miguel Ángel Escuín - Estresso

El decrecimiento se define como una teoría y una corriente de pensamiento político, social y económico anticapitalista que busca una bajada drástica en las tasas de producción de las industrias presentes en el planeta Tierra así como un cambio total en el modo de vida del ser humano, buscando un equilibrio entre éste y la naturaleza. Este movimiento se gestó a finales de los 60 y principios de los 70 de la mano del Club de Roma y de Nicholas Georgescu-Roegen en su obra The Entropy law and the Economic Process (1971) y actualmente bajo las figuras de Serge Latouche y Carlos Taibo.

El proyecto del decrecimiento surge como respuesta a una serie de hechos palpables en nuestro mundo actual que según algunos autores nos están conduciendo a una coyuntura catastrófica y alejada de la cohesión e igualdad social y económica que tanto buscan o propugnan los gobiernos de los países del mundo desarrollado. Tal y como indica su término, el decrecimiento busca dejar atrás el crecimiento económico en el que se basa la economía capitalista del mundo actual por una serie de razones.

 

La primera de las razones es la falsa creencia de asociar el crecimiento económico al bienestar social; es decir, a mayor crecimiento económico mayor cohesión social, mejor nivel de vida o mayor desarrollo. No podemos negar que en determinados tiempos de la historia se ha cumplido este hecho; pero hoy en día la realidad es bien distinta. En países como China o Brasil, economías emergentes donde existe una tendencia alcista económica, siguen existiendo distintos grupos sociales caracterizados por mejores y peores niveles de vida, diferencias que en algunos casos incluso están aumentando, lo que genera a su vez tensiones sociales entre grupos. Eventos tales como los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro celebrados en el año 2016 pusieron de relieve que bajo una aparente imagen de mejora económica existe una población marginada y discriminada que sigue bajo niveles de vida muy por debajo de la media.

Problemas de tipo social se trasladan también al mundo desarrollado, un mundo que se ha sumido completamente en la sociedad del consumo y cuyos integrantes también buscan en su día a día un crecimiento de su economía personal; para ello trabajan más y con ello obtienen más dinero, dinero que usarán para consumir productos que son generalmente innecesarios para él o de usar y tirar. El hombre del primer mundo, alejado de problemas relacionados con la pobreza o la falta de recursos, problemas propios del Tercer Mundo, se encuentra cada vez más esclavizado por su trabajo y alejado de su familia y sus amigos, un hecho que se traduce en un porcentaje cada vez mayor de personas que dice sentirse menos feliz en el día a día.

Así mismo, no debemos olvidar el progresivo deterioro ambiental existente y el agotamiento de los recursos naturales presentes en el planeta Tierra fruto de la explotación descontrolada que se hace de los mismos, todo con el fin de producir más. La huella ecológica del ser humano en los países desarrollados ha dejado de ser sostenible. La naturaleza nos proporciona 1,8 hectáreas bioproductivas por persona; sin embargo, en la actualidad la media mundial de consumo de espacio por habitante llega a 2,2 hectáreas; 9,6 consume un americano y 5,7 consume un español. Modelos renovadores como el de desarrollo sostenible se postulan como un pequeño parche que no puede contrarrestar el efecto tan adverso que está propiciando nuestro estilo de vida actual.

Los mensajes enviados desde la prensa, las instituciones y los organismos internacionales nos hacen creer que la economía progresa y que por consiguiente el bienestar social también. Para fundamentar sus argumentos usan indicadores tales como el PIB, que tienen en cuenta únicamente la producción y el gasto de los países o áreas sobre las que se aplica y dejan fuera factores clave para interpretar de forma veraz el desarrollo humano de una población. La realidad para los decrecentistas es clara: el ser humano puede verse afectado en un espacio no muy alejado de tiempo por una realidad de naturaleza catastrófica si no cambia su modo de vida actual.

La teoría del decrecimiento aborda el cambio de los modelos ecológicos, económicos y sociales de las sociedades desarrolladas, apuesta por un cambio global; es decir, no un cambio que se propugne solo en el ámbito económico. El decrecimiento requiere de un cambio de mentalidad total, solo así se podrá parar la inevitable catástrofe que vaticinan los autores de este movimiento.

Los decrecentistas proponen el descenso drástico de producción en industrias tales como la del automóvil, la aeronáutica, la construcción o la publicidad y promover el desarrollo de actividades económicas que guarden relación con la atención de las necesidades sociales insatisfechas y con el respeto del medio natural, creándose así numerosos puestos de trabajo en sectores tales como el transporte colectivo, las energías renovables o la agricultura ecológica; a los que se sumarían nuevas ofertas en los sectores económicos convencionales fruto de la redistribución del trabajo. Complementando estas acciones con una renta mínima para todos los ciudadanos obtendríamos un horario laboral reducido y se lograría una mayor vida social.

Suena raro el frenar la producción en industrias que producen productos tan importantes en nuestro día a día; pero no sería ninguna locura si se apostara a la vez por un cambio en el estilo de vida del hombre del primer mundo. Este cambio gira en torno a una reducción drástica del consumo y apostar por un consumo razonable orientado en torno a únicamente los productos extremadamente necesarios para la vida de un ser humano: agua, comida, ropa, luz, etc.; pero todo en su justa medida y sin abusar innecesariamente de los mismos.

Cumplir con el decrecimiento también pasa por dejar atrás la dependencia a la que nos somete la ciudad y su complejo funcionamiento, pasa por volver a asentamientos con un relativo pequeño número de habitantes, el suficiente como para poder lograr la autosuficiencia y el autogobierno. Como vemos, los que apuestan por el decrecimiento ven en el mundo rural regido por la subsistencia un modelo claro de progreso en el aspecto social y en el bienestar humano.

Otras medidas pasan por reducir los desplazamientos que implican fuentes consumos de energía y apostar en su lugar por usar el transporte público u optar por desplazarse con la bicicleta o andando. También se debe buscar el alejarse de los medios publicitarios que promueven el modo de vida capitalista y consumista; porque influyen en nuestra toma de decisiones y por consiguiente en nuestro día a día. Así mismo, también se propugna el reutilizar y compartir los bienes que ya tenemos, rehuir del sistema bancario para optar por sistemas de financiación éticos y locales y luchar por jornadas laborales de menor duración.

La cohesión social que busca el decrecimiento no está solo orientada a los países del Norte, todo lo contrario, busca a través de un decrecimiento de la producción y el consumo en estos países del hemisferio septentrional el llegar a niveles aceptables y a los que puedan aproximarse los países del Sur que en estos momentos se encuentran subdesarrollados, dependientes y explotados por las empresas y países del Norte desarrollado. De este modo, estos países del Sur podrán crecer ateniéndose a las prevenciones que se han formulado desde la experiencia en el otro hemisferio y llegar a los mismos postulados que quieren buscar los decrecentistas.

Carlos Taibo reconoce tres grandes grupos críticos con el decrecimiento, el primero de ellos proviene de los que manejan y lideran los sistemas de producción así como las administraciones estatales de los países desarrollados. En sus posturas críticas, que buscan más ignorar el decrecimiento que refutarlo, afirman que existen tres obstáculos para que el decrecimiento sea una teoría fiable: primero, que la condición catastrofista que advierte el decrecimiento se parece mucho a teorías catastrofistas anteriores en el tiempo que no se vieron cumplidas; sin embargo, sabemos que cada vez hay más estudios científicos que corroboran los parámetros catastróficos que advierten los decrecentistas.

En segundo lugar, creen que con la aparición de nuevas tecnologías se solventarán los problemas presentes y futuros en materia de agotamiento de recursos y deterioro ambiental; lo que no señalan es el poco cuidado que están teniendo por preservar los recursos y la naturaleza que queda hoy en día hasta conseguir encontrar una tecnología que cumpla el objetivo designado, algo muy arriesgado; porque el que aparezca esa tecnología salvadora es el futuro no es del todo seguro. En tercer lugar enuncian que la aplicación de la teoría decrecentista en este mundo capitalista se antoja imposible por la radicalidad de sus postulados; por ello, lo mejor sería dejarla en el olvido; o lo  que es lo mismo, dejar pasar el tiempo sin actuar de forma tajante sobre los problemas que se nos vienen por la dificultad que plantearía hacerlo.

El segundo grupo de crítica nace de los adscritos a la teoría de Marx. Los participantes de esta tendencia, que buscan el fin del capitalismo, ignoran los graves pronósticos existentes en relación con el cambio climático y la destrucción del medio ambiente. Al igual que los decrecentistas, buscan el fin del capitalismo; pero al no actuar sobre el problema medioambiental, para cuando logren su principal objetivo el mundo habrá entrado en un estado de deterioro de su naturaleza catastrófico.

El tercer grupo crítico, también de izquierdas, afirma que el decrecimiento es un proyecto reformista que busca devolver al capitalismo a la buena situación que tuvo en tiempos pasados. Es verdad que dentro de la teoría decrecentista hay teóricos que no son anticapitalistas; pero la realidad es que la mayoría busca la salida del capitalismo y la apertura de espacios de autonomía dentro de ese capitalismo como primeros intentos de salir de este modelo económico. Estos críticos, que también buscan la caída del capitalismo antes de actuar, se pueden ver avocados a la nada si no se dan las condiciones necesarias para que el modelo caiga, de momento no tiene pinta de que se vaya a dar lo que buscan.

Carlos Taibo defiende el "decrecimiento económico" como herramienta frente al colapso ambiental


El profesor de Ciencia Política de la UAM se muestra crítico con el modelo de Estado del Bienestar y reprocha las "lacerantes desigualdades" que van asociadas al modelo de "pseudodemocracia liberal".

César Sánchez / ICAL El escritor, editor y profesor titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid, Carlos Taibo
Ical | 31/03/2018 - 14:35h.
Madrileño de nacimiento pero con orígenes gallegos, Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de la capital y uno de los principales referentes en España del movimiento que apuesta por el decrecimiento económico, una corriente de pensamiento favorable a la disminución regular y controlada de la producción como método para conseguir una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza.

Desde una perspectiva desacomplejadamente anticapitalista, Taibo se muestra crítico con el modelo de Estado del Bienestar y reprocha las "lacerantes desigualdades" que van asociadas al modelo de "pseudodemocracia liberal". En busca de una manera para reducir la dependencia ante el "escenario postfeudal"que vislumbra tras el colapso ambiental del planeta, el pensador apuesta por cinco acciones para combatirlo: "decrecer, desurbanizar, destecnologizar, despatriarcalizar y descomplejizar las sociedades".
  • Su presencia en Ponferrada tiene que ver con la participación en unas jornadas libertarias organizadas por el sindicato CGT. ¿Es lo mismo libertario que anarquista?
En la mayoría de los contextos es lo mismo, aunque con leves diferencias. Para mí, el concepto de anarquista es más ideológico, más doctrinal, mientras que el libertario es más vivencial y humano. Un anarquista ha leído a Bakunin o a Kropotkin y se adhiere a las ideas correspondientes. El concepto de libertario, a mi entender, es más abierto: habla de personas que, hayan leído o no a estos clásicos, en su vida cotidiana se adhieren a una propuesta de autogestión, de democracia directa y de apoyo mutuo.
  • En un país con la tradición ácrata de España, ¿cuál es la vigencia del anarquismo a día de hoy? ¿El ideal sobrevive en la actualidad en los países emergentes?
España sigue siendo el país del planeta en el que los movimientos de corte libertario son más notables, aunque aquí no se perciba con tanta claridad. Hay sindicatos anarquistas, como la CGT, con peso y presencia en la sociedad. Pero es verdad que el peso mayor de las prácticas libertarias hoy en día se da en países del sur, porque la población está menos corrompida por la filosofía del consumo, la competición y la productividad, que han conseguido instalar en nuestra cabeza en los países desarrollados del norte. Bastaría con recordar ejemplos como los de Chiapas, en México, o Rojava, un movimiento emergente de federalismo democrático en una población fundamentalmente kurda del norte de Siria.
  • ¿Esa situación se debe a que en esas zonas pervive mejor el concepto de comunidad?
Estoy plenamente convencido de ello. Muchas comunidades humanas a lo largo de la historia han vivido espontáneamente conforme a códigos fundamentalmente libertarios, algo que no podemos decir de las sociedades opulentas de hoy, marcadas por la lógica individualista.
  • La labor educativa y cultural fue uno de los grandes retos del anarquismo en España, a través de ateneos o de instituciones como la Escuela Moderna. ¿Es ése su mayor legado?
Es una de las manifestaciones centrales, pero tengo la impresión de que el ideal anarquista sobrevive en la práctica cotidiana de otros movimientos que no son necesariamente anarquistas. Las organizaciones identitariamente anarquistas son hoy más débiles que en el pasado, sin embargo el influjo de las ideas correspondientes sobre otro tipo de instancias es mayor. Estoy pensando en el pacifismo, en el ecologismo, en el feminismo, en los movimientos por los derechos de los animales o en las iniciativas que apuntan a la desaparición de los poderes efectivos y la descentralización de las relaciones.

Dicho esto, nunca se encomiará lo suficiente el hechizo que la palabra escrita produjo en el mundo libertario. Entre 1868 y 1939, se publicaron 3.000 libros en el ámbito anarquista. Esto quiere decir que había una dimensión de la cultura como herramienta de emancipación de los trabajadores que yo creo que es envidiable desde cualquier perspectiva ideológica.
  • La provincia de León ha sido cuna de anarquistas ilustres, como Buenaventura Durruti o Ángel Pestaña. Sin embargo, sus ideas no cuajaron aquí y su actividad política se desarrolló en otros territorios. ¿A qué atribuye esta realidad?
Aunque no soy el más indicado para responder, me imagino que es el sino de las comarcas deprimidas de la Península Ibérica. Aquí había un polo de atracción, que era la minería, pero Durruti o Pestaña tuvieron que emigrar, como tantos otros. No hay mucha sorpresa. Sin embargo, tenemos una visión simplificada, un tópico que sugiere que el anarquismo sólo triunfó en Cataluña y Andalucía. Yo soy gallego y en la Galicia occidental el anarquismo tuvo una presencia muy fuerte. Una vez leí que La Coruña era la capital de provincia en la que la CNT tenía mayor presencia en comparación con la UGT y esto convendría no olvidarlo. La presencia del anarquismo en comarcas tradicionalmente deprimidas, está ahí. Era una idea mucho más expandida de lo que podría parecer.
  • Es usted uno de los referentes en España del movimiento que apuesta por el decrecimiento económico. ¿Cómo se resume esa idea? ¿Por qué surge?
El decrecimiento es una perspectiva que nos dice que si vivimos en un planeta con recursos limitados no tiene demasiado sentido que aspiremos a seguir creciendo ilimitadamente. El discurso tradicional de la izquierda, incluso en el mundo libertario, ha ignorado la conciencia de los límites medioambientales y de recursos. Nos acercamos al abismo del colapso y eso obliga a articular respuestas que tomen en consideración estos problemas y que le otorguen el relieve que les corresponde. Si aceptamos que hemos dejado muy atrás las posibilidades medioambientales y de recursos que la Tierra nos ofrece, el decrecimiento nos dice que en el norte rico tendremos que reducir inexorablemente nuestros niveles de producción y consumo, pero nos dice también que tenemos que recuperar la vida social que hemos ido dilapidando y apostar por formas de ocio creativo.
  • ¿Cuáles son algunas de sus principales propuestas?
En el ámbito social, repartir el trabajo y reducir las dimensiones de muchas de las infraestructuras que empleamos, así como restaurar la vida local. En el terreno individual, apostar por la sencillez y la sobriedad voluntarias.
  • Esa perspectiva parece incompatible con actividades como la minería.
La norma general debería ser esa. Tenemos que preguntarnos para qué necesitamos esos recursos. El sistema que padecemos es un genuino maestro en la tarea de conseguir que evitemos las preguntas importantes y una de ellas afecta justo a eso. El discurso dominante nos dice hoy que tenemos que buscar nuevas fuentes de energía que nos permitan mantener la sociedad que hemos alcanzado y expandirla. La pregunta que consiguen que no nos hagamos es si de verdad nos interesa mantener esto o si sería más prudente revisar hipercríticamente muchos de los elementos actuales, lo que probablemente se traduciría en una reducción de nuestras necesidades en materia de consumo energético, con lo cual el debate adquiriría un perfil completamente distinto.
Entiendo que en un lugar con problemas muy graves, donde la minería es una de las pocas soluciones, la gente se aferre a eso, pero habría que plantearlo desde un horizonte más global, que considerase los problemas de esas regiones deprimidas pero que alimentase un proyecto consciente del problema de los límites medioambientales.
  • En un momento en el que todas las instituciones promueven el crecimiento y la creación de empleo, ¿no se siente como si predicara en el desierto hablando de un concepto como éste?
Yo arrastro un problema, que es que normalmente hablo de decrecimiento ante públicos afines, que simpatizan de manera genérica con la idea. Pero de vez en cuando me toca hacerlo ante públicos si no hostiles tampoco afines y creo que inmediatamente entienden de qué hablo. Todos llevamos en la cabeza cierta conciencia de la sinrazón y el sinsentido de nuestras vidas, por lo que no me siento particularmente solo, pero admito que una cosa es que en el terreno del pensamiento uno llegue a ciertas conclusiones y otra cosa es que sea capaz de llevar a la práctica esas conclusiones. La conciencia de la proximidad del colapso que se avecina, que será cada vez más evidente, probablemente va a provocar sorpresas en la conducta de mucha gente, no necesariamente vinculada a movimientos críticos.

Energía, alimentación y ecosistemas: Una mirada hacia el decrecimiento

Andrei Briones Hidrovo - Iberoamérica Social

La forma de vivir antropogénica se ha desarrollado de manera que ha dado origen a una crisis mundial ecológica y que nos encamina a una catástrofe sin precedentes (Latouche, 2009). Tal es la magnitud que se está poniendo en riesgo el funcionamiento de la madre Tierra (Gaia) (Lovelock, 2000) y por ende la vida que ella sustenta (Lovelock, 2011) (MA, 2005). Básicamente, el problema de fondo se ciñe al sistema económico que, con más de dos siglos de antigüedad, ha evolucionado y se ha mantenido con el tiempo (Paz Y Miño, 2018) (Piketty, 2014). Éste, tiene como esquema general la extracción/producción de recursos renovables y no renovables, los cuales son manufacturados, comercializados, vendidos y desechados con el paso del tiempo, es decir, todo con el fin de generar un beneficio económico a fin de acumularlo y a través de este volver a tener más beneficios. De esta manera, se instauró lo que se conoce como consumismo dentro de nuestras sociedades, un acto que va más allá de la condición permanente biológica de consumir que tenemos como seres vivos, creándose así sociedades de consumo (Bauman, 2007). En consecuencia con el desarrollo de sociedades capitalistas, productivistas-consumistas, se impuso el homo oeconomicus, la omnimercantilización y el imaginario del crecimiento infinito (Latouche, 2012), con un elemento que, usado desde sus inicios como medio de intercambio, al día de hoy sigue siendo una fuente de poder: el dinero. Sin embargo, tener dinero es también sinónimo de libertad, ya que con este se puede adquirir prácticamente todo lo que sea y cuanto sea posible sin que haya algún efecto negativo directo de por medio. Dicha libertad sin límite alguno, está repercutiendo severamente en la naturaleza, lo que ha ocasionado por ejemplo, que la concentración de carbono en la naturaleza aumente exponencialmente, se contaminen vastos recursos hídricos, se deforesten grandes extensiones de tierras y gasten recursos no renovables, etc., que su vez ha dado lugar a la mayor problemática mundial que enfrenta la humanidad: el cambio climático (IPCC, 2014). Considerando el contexto socioeconómico en el que vivimos, de entre todos los consumos, el consumo de alimentos es básico y necesario para la vida y por lo tanto, para un futuro, cualquiera que este sea, no podrá ser erradicado o reducido a un mínimo como quizás se pudiese hacer con otros en el marco de un nuevo modelo de vida.

Es necesario dividir el acto de consumir alimentos en dos etapas: la producción y el consumo. Como dato importante a tener en cuenta, cabe señalar que la población actual mundial ya supera los 7500 millones de habitantes, de los cuales 815 millones sufren desnutrición, siendo África el continente con mayor desnutrición seguido por Asia (FAO, et al., 2017), con riesgo a crecer debido al cambio climático (FAO, 2016). También hay que decir que una persona adulta requiere al menos de 1300 kilocalorías (kcal) diarias (energía), siendo lo normal un consumo que oscila entre 2000 y 3500 kcal, según la actividad de la persona (Schwartz, 2017).

Energia, alimentación y ecosistemas 

Debido a la sobrepoblación mundial existente, la cual es 3 veces mayor a la que ecológicamente se podría mantener en la Tierra (Latouche, 2009), la producción de alimentos  se ha expandido y extendido exponencialmente de tal manera que se están extinguiendo millones de hectáreas de bosques, acidificando y erosionando suelos, sobreexplotando los mares, eutrofizando y contaminando recursos hídricos, es decir, se están comprometiendo los recursos abióticos que son medio de sustento de vida (MA, 2005) (FAO, 2016). Sin embargo, todo aquello que se produce no llega a la boca de todos, debido principalmente al modelo socioeconómico implementado mundialmente que genera grandes desigualdades (Piketty, 2014) (Falconí, 2017), a lo que se suma el hecho de que un gran porcentaje se desecha (Harvey, 2016). La producción de alimentos, ya sean estos beneficiosos o no para la salud humana, se ha convertido en un gran negocio en el cual aún predomina el interés económico.

Los procesos existentes en la naturaleza son irreversibles y de baja entropía, es decir, en todo aquello que hay una transformación, crecimiento o desarrollo, la energía empleada no puede volver a su estado inicial y una parte de ésta no es útil para realizar un trabajo, a lo que se conoce como entropía (Georgecu-Roegen, 1996). Se puede citar como ejemplo el reloj de arena. La arena en la parte superior del reloj tiene baja entropía y es capaz de realizar un trabajo a medida que cae. Cuando la arena está ya en la parte inferior ha agotado toda la capacidad de realizar un trabajo, su entropía ha aumentado y para recuperar la energía gastada (regresar la arena a la parte superior) hay que usar más energía. Otro claro ejemplo es el cuerpo humano, que funciona a baja entropía pero una vez que la persona fallece, este pasa a tener alta entropía. Con lo dicho, un árbol convierte la materia inorgánica en orgánica usando energía solar (fotosíntesis) con pocas pérdidas (baja entropía). Sin embargo, ante la alta demanda mundial, la agricultura y la producción general de alimentos ha pasado a tener una alta entropía (Georgecu-Roegen, 1996) (Latouche, 2009), gracias a la tecnificación y uso de agroquímicos que han dado lugar a mayores consumos energéticos. Aquello se enmarca en lo que se conoce como agricultura intensiva. El otro tipo de agricultura es la extensiva, la cual requiere de grandes extensiones de tierra y que no busca optimizar rendimientos por unidad de hectárea (EUROSTAT, 2014). Lo mismo sucede con la industria bovina, porcina, y avícola. Ante lo expuesto, considerando las circunstancias y condiciones actuales, la producción de alimentos tienen impactos significativos hacia los ecosistemas y ambiente en general, los cuales son medidos a través de lo que se conoce como huella ecológica, la cual compara la capacidad de suministro de recursos y servicios de la naturaleza con la demanda humana de éstos, estableciendo así un vínculo de comprensión con los factores sociales y económicos. Dicha huella abarca 6 categorías (tierra para cultivos, tierra para pasto, áreas de pesca, producto forestal, tierra para edificación y emisiones de carbono) las cuales son equiparadas en términos de unidades y sumadas, dando lugar a una unidad final que es la hectárea global (gha, siglas en inglés) (WWF, 2016). A esto se puede sumar la huella hídrica, que representa el consumo de agua requerido para producir una unidad de alimento (Waterfootprint, 2017). Para ejemplificar, la carne de cerdo requiere de 5988 lt/kg, y emite 12.1 kg CO2/kg; la patata 287 lit/kg y 2.9 kg CO2/kg; un vaso de leche (250 ml) 255 lt y 1.9 kg CO2/kg; la carne de res 15415 lt/kg y 27 kg CO2/kg (Waterfootprint, 2017) (Lewis, 2015) (Shrink That Footprint, 2018). Para tener una idea de aquellos valores, un auto en promedio emite 26 kg CO2/100 km. Los valores expuestos, que incluyen la producción, transporte, distribución y desecho, son referenciales y aunque las prácticas a nivel mundial están homogenizadas, pequeñas variaciones podrían existir pero que estarían dentro del orden de magnitud señalado. Según Global Footprint Network (2013), la huella ecológica en Ecuador (lo que se consume o demanda de la naturaleza) es de 1,94 gha/persona que sería equivalente a 5944 m2 de área de bosque por persona que es igual a 60 casas con un área de terreno de 100 m2. Estados Unidos tiene una huella ecológica de 8,7 gha/persona, mientras que Finlandia y Australia tienen 6,7 y 9,7 gha/persona respectivamente. A todo esto, cabe destacar que 1/5 de las emisiones globales de gases de efecto invernadero son generadas por la agricultura, silvicultura, y la modificación y uso de la tierra (FAO, 2016) y que debido a la competencia y las reglas del mercado, por ejemplo, la patata que se produce en Estados Unidos es consumida en Ecuador siendo que este es productor de patata, que a su vez ha de exportar a otros lugares. En consecuencia, el intercambio de productos alimenticios a sus distintas escalas geográficas, a razón de aumentar la comercialización y obtener mayores beneficios, tiene impactos significativos sobre el ambiente (Latouche, 2009).

Hasta ahí es la parte de la producción de alimentos. En relación al consumo, el principal factor para que este se dé es el recurso económico (dinero) y su poder adquisitivo, es decir, en la medida que más se tenga, mayor será el consumo de alimentos, no solo a nivel doméstico sino también fuera de éste, teniendo en cuenta que existen límites físicos. A excepción de los países del norte de Europa (de Francia hacia arriba), Australia, Canadá y Estados Unidos, el promedio de ingreso en el mundo se encuentra por debajo de los US$ 10.000/año, menos de US$ 900/mes (Worlddata, 2016) (Worldatlas, 2017). El segundo factor a tener en cuenta es el ritmo de vida, que en el marco del modelo socioeconómico establecido, gira en torno al trabajo. De media, una persona trabaja 1800 horas al año, un 20% de las horas totales de un año (El País, 2016). El tercer factor, que se origina de la relación entre el primero y el segundo, es la manera como nos alimentamos (nutrición). De esta manera, la posesión de dinero, los hábitos y el tiempo para poder alimentarse determinan nuestra alimentación. Las personas tienen por conocimiento general biológico que es necesario comer para vivir y trabajar, pero la gran mayoría desconoce cómo hacerlo de manera adecuada (FAO, 2016). Según la Organización Mundial de la Salud, 1900 millones de personas (adultos, mayores a 18 años) tenía sobrepeso en el 2016, siendo 650 millones obesos; la mayoría de la población mundial vive en países donde la mayor parte de la mortalidad es debido al sobrepeso y obesidad. Éstas se deben a la acumulación anormal de grasa en el cuerpo y son causadas por el desequilibrio energético entre las calorías consumidas y gastadas (WHO, 2017). Además de lo expresado, la mala alimentación desarrolla otras enfermedades como la diabetes o hipertensión arterial y condiciona el estado de ánimo de las personas (La Vanguardia, 2017).

El escenario expuesto revela un encadenamiento de acciones que finalmente terminan repercutiendo tanto en la salud humana como en los ecosistemas. Primeramente, cabe decir que desde el punto de vista energético, se consume energía (sobre todo de fuente no renovables) para producir energía en forma de alimentos que será consumida por los seres humanos para generar trabajos, tanto para mantener el funcionamiento interno del cuerpo como para realizar alguna actividad externa de ser el caso. Sin embargo, dado que de manera general se consume más energía de la necesaria, por un lado, incrementa la ineficiencia como tal y por otro, se contribuye con el desequilibrio del cuerpo humano, lo que tiende a aumentar a entropía de éste, lo que se traduce en sobrepeso, por ejemplo. Es concluyente que el aumento de consumo de alimentos no es proporcional al trabajo externo que se pueda realizar. Del lado de la producción, también se puede decir que cuanto mayor es el consumo de alimentos (y de energía), mayor será la huella ecológica, de carbón o hídrica. Para ejemplificar aquello, quien coma ½ kilogramos de carnes de res  por semana tendrá a su cuenta 54 kg CO2 al mes, así sucesivamente con otros alimentos. Sin embargo, quien pueda adquirir y consumir dicha cantidad de carne por semana, es porque tiene los medios económicos para hacerlo, lo que ya nos pone del lado del consumo. Claramente, quien es considerado como pobre dentro de una sociedad tendría un bajo consumo de alimentos (y por ende de energía) y aparentemente una baja huella ecológica. No obstante, existe un factor externo y es el tipo de alimento ofertado en el mercado. Sin entrar en detalles, la mayoría de los alimentos consumidos tienen un mínimo de procesamiento o en su defecto ha sido tratado con químicos, entre otros, lo que deja sin opción de consumir alimentos verdaderamente sanos para la salud humana y para los ecosistemas. A esto hay que sumarle que los pocos alimentos ofertados que tienen la condición de ser ecológicos y sostenibles tienen un costo mayor a los tradicionales, lo que frena su mayor consumo. Esto es porque así funciona el mercado.

En toda esta dinámica de producir-consumir, la mala alimentación y el exceso de consumo de energía repercute en la contabilidad del Estado, como encargado de la salud pública, y en la seguridad social. El desequilibrio energético constante del cuerpo y aumento de su entropía genera problemas en la salud los cuales tienen que ser tratados a través de medicamentos y para ello el Estado requiere de dinero para poder solventar dicho problema y mantener a la población saludable. Y no solo son los medicamentos, sino también los recursos humanos (médicos), equipos e infraestructura que tienen un alto costo. Pero este bucle altamente entrópico no acaba allí; el Estado, a través de la explotación de recursos renovables como no renovables obtiene dinero para entre otros, invertir en salud pública y evidentemente cada dólar invertido tiene por tanto su huella ecológica. Y así, la población trabaja intensamente, como excesivamente y lo contrarresta haciendo ejercicios en gimnasios, donde al final se va a gastar grandes cantidades de energía.

Las evidencias expuestas nos revelan una difícil circunstancia la cual presenta poco margen de acción si realmente se desea darle un respiro al planeta y mantenerlo vivo. Para ello, decrecer es un imperativo moral como lo menciona S. Latouche en su libro; cualquier otra alternativa que vaya de la mano con el crecimiento y el desarrollo que hoy conocemos, solo ahondará más en el problema. Comer de forma equilibrada, igualitaria y equitativa no solo mejorará nuestra salud, sino también la del planeta, pero claro que, eso será posible dentro de sociedades donde se coopere, se participe y se respecte la naturaleza.

Bibliografía

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Waterfootprint, o., 2017. Product gallery. [En línea]
Available at: http://waterfootprint.org/en/resources/interactive-tools/product-gallery/ [Último acceso: 21 March 2018].

WWF, 2016. Living Planet Report. Risk and resilience in a new era, Gland, Switzerland: WWF International.

Antropoceno, capitaloceno, faloceno y más

Alberto Acosta - Rebelión

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Sin duda el ser humano asoma como una plaga que destruye el planeta. Más allá de las lecturas interesadas -e inverosímiles- de negacionistas como el presidente norteamericano Donald Trump , la evidencia es múltiple. Un ejemplo es la situación cada vez más compleja de la agricultura. Tan es así que, comentando el inicio de una de las mayores ferias de alimentos, agricultura y horticultura a nivel mundial: la “Semana Verde” (“Grüne Woche”) en Berlín, Markus Balser, en el Süddeutsche Zeitung –el diario de mayor circulación en idioma alemán- del viernes 19 de enero, afirmó categóricamente que “la agricultura no tiene más que ver con la tierra, pero sí más con la economía”. Gran ejemplo de esta constatación es la producción alimenticia, inspirada cada vez más en reflexiones económicas indiferentes a las necesidades de subsistencia humana; casos puntuales son los biocombustibles para los automóviles o la especulación con los alimentos en los llamados mercados de futuro. 

Esta realidad ha llevado a afirmar que vivimos una nueva era, bautizada en 2002 como “antropoceno” por el Premio Nobel de Química de 1995: Paul Crutzen. Esta afirmación, que sirve para describir un cambio en la época geológica -donde los seres humanos empezamos a marcar profundamente la historia de la Tierra superando la era del “oloceno”-, no permite, sin embargo, llegar a conclusiones adecuadas de cómo enfrentar los graves problemas que experimentamos y los que en forma cada vez más compleja se nos vienen. El “antropoceno” deja flotando en el aire la idea de que todos los seres humanos hemos provocado por igual las presentes tensiones y afectaciones socio-ecológicas. 

Para enfrentar los problemas que asfixian al planeta, cabe conocer y cuestionar la complejidad del mundo en que vivimos, particularmente la economía que lo sustenta. Una economía dispendiosa que demanda ingentes recursos naturales, provocando graves desequilibrios ecológicos y sociales. Una economía que gira cada vez más aceleradamente alrededor de la incesante búsqueda de ganancias, alentada por el consumismo y el productivismo. Una economía atrapada entre el fetichismo tecnocientífico y la mercantilización veloz de todas las dimensiones de la vida, sea en el ámbito humano o no humano. Una economía estructuralmente inequitativa en términos de distribución de la riqueza [2] , del poder e incluso de los impactos provocados por los desequilibrios ambientales (ocasionados también por la imparable aceleración de dichas actividades económicas). 

Los datos son contundentes. La revista catalana Ecología Política número 53 nos brinda una síntesis: 

- En 2015, la mitad de las emisiones totales de CO2 fueron responsabilidad de un 10% de la población mundial; mientras que la mitad de sus miembros apenas responde por un 10% de la contaminación. Las emisiones del 1% más rico superan 175 veces a las del 10% más pobre. 

- Los agentes más contaminantes son las empresas petroleras y cementeras. Y la entidad que más petróleo quema es el Departamento de Defensa de los EEUU; el consumo per cápita del personal militar de dicho país fue en 2011 un 35% superior al promedio de un ciudadano norteamericano (por cierto, propietario de la mayor huella ecológica en el mundo). 

La norteamericana Elizabeth Kolbert detalló muchos de estos hechos deprimentes en su libro La Sexta Extinción: Una Historia Antinatural. Ella estimaba que aproximadamente la mitad de las especies de plantas y animales hoy existentes morirán antes de 2050; semejante extinción no se debe a una catástrofe natural, sino a la actividad destructiva humana. Lo que nosotros quemamos en un año en combustibles fósiles, a los microorganismos les tomó formarlo, a través de complejos procesos, un millón de años, nos recuerda la experta chilena en cambio climático Maisa Rojas; otra perturbación atribuible a los seres humanos. 

El sistema económico de mercado -dominante en Oriente y Occidente- alienta a todos a perseguir el crecimiento a corto plazo, sin comprender las consecuencias a largo plazo de semejante locura colectiva. 

Calificar esta época de “antropoceno” es, en consecuencia, una verdad muy incompleta pues oculta el nombre de la raíz de esta situación: el capitalismo, la civilización de la desigualdad, que se nutre de sofocar la vida. Más que “antropoceno”, vivimos en el “capitaloceno”, una civilización que debe derrocarse para que el cambio climático -y demás desórdenes naturales- no extingan a la humanidad. 
Tal transformación exige cuestionar a fondo las promocionadas alternativas tecno-científicas y mercantiles, que no solucionan nada; un ejemplo es la “economía verde”, que mercantiliza inmisericordemente a la Naturaleza, incluyendo al mismo clima o a los genes humanos, como lo analiza Kathrin Hatmann con contundencia en su nuevo libro: “La mentira verde: salvación del mundo como modelo de negocio rentable” (Die grüne Lüge: Weltrettung als profitables Geschäftsmodell)

Pero las potentes críticas al “capitaloceno” deben ampliarse, profundizarse y enriquecerse. Aquí compete pensar, por ejemplo, en visiones ecofeministas como las que plantea el grupo venezolano “LaDanta LasCanta”, quienes visibilizan que “la dominación de la Naturaleza y la dominación de las mujeres son dos caras de una misma moneda”, propia de la civilización patriarcal-capitalista. Es decir propia del “faloceno”, como lo califica este grupo de activistas. 

Otro fundamento del “capitaloceno” es el racismo , una de las mayores lacras de la colonialidad vigente hasta la actualidad: “la más profunda y perdurable expresión de la dominación colonial, impuesta sobre la población del planeta en el curso de la expansión del colonialismo europeo”, como explica el gran pensador peruano Aníbal Quijano. 

Podríamos entonces también hablar del “racismoceno”, que junto al “faloceno”, cimentan las bases del capitalismo: una civilización antropocéntrica que se superará con una gran transformación social o de lo contrario esta civilización terminará sumiendo a la humanidad en la barbarie.-



[1] Economista ecuatoriano. Expresidente de la Asamblea Constituyente. Excandidato a la Presidencia de la República del Ecuador.
[2] El reciente informe de OXFAM confirma la tendencia: en el año 2017, el 1% más rico de la población mundial (33 millones de personas) acumuló el 82% del incremento de la riqueza global. El 50% de la población mundial: 3.600 millones de personas, los pobres, no recibieron nada de este aumento.

Universidad y transformación social: apuntes sobre sostenibilidad, decrecimiento, derechos animales y feminismo

Pablo Rodríguez  - Universídad

La Universidad pública ha sido históricamente impulsora de reformas sociales y, a veces, de grandes revoluciones. La Universidad puede (y debe) cuestionar los modelos hegemónicos de pensamiento, organización y funcionamiento social, y plantear cambios de paradigma. La Universidad dispone de gran diversidad de herramientas para llevar a cabo su labor transformadora, como son la docencia, la investigación, la creación de organismos universitarios especializados, o la realización de distintos tipos de actividades. El objetivo de esta entrada es intentar aportar algo de luz al debate sobre si las universidades públicas españolas, como instituciones, son agentes de innovación y cambio social en nuestro país. Para ello, me centraré en los siguientes temas: sostenibilidad, decrecimiento, derechos animales y feminismo.

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Sostenibilidad y Decrecimiento

En la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro (1992) se aprobó el Programa 21, un plan de Naciones Unidas para promover el desarrollo sostenible. Algunas universidades reaccionaron de forma rápida para incorporar el nuevo paradigma a sus instituciones. Un buen ejemplo es la Oficina Ecocampus, creada por la Universidad Autónoma de Madrid.

En el mismo año (1992), la Universitat Autònoma de Barcelona creó los estudios no oficiales en Ciencias Ambientales con el objetivo de formar profesionales con una visión global y multidisciplinar de la problemática ambiental, abriendo una grieta en el muro entre “ciencias y letras” que aún divide el sistema educativo español. Tan sólo unos años más tarde, estos estudios fueron reconocidos como oficiales y dieron lugar a la Licenciatura en Ciencias Ambientales (actual Grado en Ciencias Ambientales), que fue incorporándose a la oferta docente de muchas otras universidades españolas. Aunque la creación de estos nuevos estudios respondía a una necesidad social imperante, los ambientólogos (licenciados y graduados en Ciencias Ambientales) aún encontramos grandes barreras para llevar a cabo nuestra labor profesional; por ejemplo, no se nos reconoce en numerosas convocatorias de empleo público relacionadas con nuestra titulación. Esto evidencia que, tras más de 20 años, el resto de instituciones aún no han reaccionado de forma adecuada al cambio social impulsado por la Universidad pública española.

De forma más reciente y ya tras la creación del Espacio Europeo de Educación Superior, se han ido creando carreras afines a la de Ciencias Ambientales, como el Grado en Ingeniería Ambiental que puede estudiarse en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y en la Universidad del País Vasco. De forma más innovadora, la UAB ha apostado por diseñar dos nuevos Grados en Territorio, Globalización y Sostenibilidad y en Gestión de Ciudades Inteligentes y Sostenibles.

A nivel institucional, la mayoría de las universidades españolas ya han incorporado a su discurso el concepto de desarrollo sostenible, aunque en numerosas ocasiones este discurso no se corresponde al terreno de las políticas universitarias. Además, la idea de desarrollo sostenible, de carácter reformador en 1992, resulta desfasada 26 años más tarde. Actualmente, algunos expertos señalan que, debido a los límites biofísicos de nuestro planeta, el crecimiento de países ricos como el nuestro no puede ser sostenible, y que la única apuesta real por la sostenibilidad es el decrecimiento económico.
¿Están las universidades públicas españolas defendiendo y promoviendo públicamente el decrecimiento? Desde 2014, la UAB (a través del Instituto de Ciencias y Tecnología Ambientales ICTA-UAB) organiza la escuela de verano sobre decrecimiento de forma anual, y ya en 2010 fue la anfitriona de un congreso internacional sobre decrecimiento. Otro ejemplo es la Universidad de Valladolid, que ha organizado varias actividades relacionadas con el decrecimiento como el curso “Limites del crecimiento: recursos energéticos y materiales” en 2011. A título más individual, algunos profesores e investigadores, como Jorge Riechmann y Carlos Taibo de la UAM o Ernest García de la Universitat de Valencia, estudian el decrecimiento y transmiten dicha teoría en su actividad docente. Sin embargo, la mayoría de las universidades españolas parecen aún reticentes a promover el decrecimiento a nivel institucional y, por tanto, a ser promotoras del cambio social en esta dirección, permaneciendo, de forma más cómoda, en el discurso del desarrollo sostenible.

Derechos animales

Similar a lo que ocurre con el decrecimiento económico, las universidades españolas no se han posicionado públicamente a favor de los derechos de los animales no humanos. Sin embargo, algunos profesores e investigadores universitarios sí están generando discursos alternativos al discurso hegemónico antropocentrista que comunican nuestras universidades, como son Marta Tafalla en la UAB u Oscar Horta en la Universidad de Santiago de Compostela.

En España, el cambio hacia una sociedad más respetuosa con el resto de animales ya está en marcha, gracias a una ciudadanía que muestra una creciente preocupación por los animales no humanos. Hace tan sólo unos meses, la Universidad de Salamanca suspendió el acto de presentación de la Cátedra de Estudios Interdisciplinares en Tauromaquia de Castilla y León debido a la presión de la sociedad civil. Parece ser que las universidades españolas, como instituciones públicas, están lejos de ser las líderes del cambio social necesario para el reconocimiento de los derechos de los animales no humanos.

Feminismo

En lo referido a feminismo, todas las universidades públicas españolas se manifiestan públicamente a favor de la igualdad de género. Algunas de nuestras universidades han contado con institutos especializados en feminismo desde hace décadas, llevando a cabo un papel relevante en el cambio social hacia la igualdad de género. Por ejemplo, la Universidad Complutense de Madrid creó el Instituto de Investigaciones Feministas en 1988, aunque sus orígenes se remontan a 1983, y la UAM fundó el Instituto Universitario de Estudios de la Mujer (IUEM) en 1993, que tiene su origen en el Seminario de Estudios de la Mujer creado en 1979 por la misma universidad.

Desde 2007, todas las universidades están obligadas a tener entre sus estructuras una Unidad de Igualdad “para el desarrollo de las funciones relacionadas con el principio de igualdad entre mujeres y hombres” (Ley Orgánica de Modificación de la Ley Orgánica de Universidades). Estas unidades de igualdad no tienen como objetivo principal impulsar un cambio social, sino alcanzar la igualdad de género dentro de nuestras universidades. Sin embargo, los protocolos generados por estas unidades para frenar el acoso sexual son insuficientes y las estudiantes y trabajadoras de nuestras universidades siguen siendo víctimas de violencia de género dentro de estas instituciones (más información aquí, aquí y aquí). Además, al igual que en el resto de sectores laborales, existe el techo de cristal en la carrera académica y hay una baja preocupación por este problema dentro de la propia Universidad.
En cuanto a la actividad docente, en nuestro país existen varios estudios de postgrado sobre género e igualdad. Sin embargo, a diferencia de la oferta docente de otros países europeos y de fuera de la UE, España carecía de estudios de grado especializados en igualdad de género hasta hace tan sólo unos años. En 2010, la URJC fue pionera creando el primer Grado en Igualdad y Género de España, pero actualmente se encuentra en extinción. Más recientemente, la UAB ha apostado por crear un nuevo Grado en Estudios de Género.

Nota final

A pesar de que este es un análisis breve y parcial, este parece señalar que, si bien algunos profesores e investigadores universitarios están analizando y proponiendo cambios profundos en nuestra sociedad, nuestras universidades actuales, como instituciones, tienden a evitar la defensa de modelos de pensamiento alternativos al imperante, como pueden ser el decrecimiento económico o la defensa de los derechos de los animales. Incluso en el caso del feminismo, muchas de las universidades públicas españolas parecen haber comenzado a llevar a cabo políticas por la igualdad de género tras haber sido obligadas por ley y, aun así, estas son claramente insuficientes para alcanzar un estado de igualdad de género dentro de las universidades. Además, la apuesta de algunas universidades por la creación de nuevos estudios de Grado parece dificultada por la insuficiente financiación y por las barreras que los titulados se encuentran al terminar los nuevos estudios. Deberíamos preguntarnos, ¿queremos que la Universidad pública española sea una institución capaz de impulsar el cambio en nuestra sociedad?

¿Hacia una economía de subsistencia?

Antonio Aretxabala




Figura 1. Índice AROPE por comunidades (2014, INE).  La Estrategia EU2020 puso en marcha un indicador específico, denominado AROPE (At-Risk-Of Poverty and Exclusion), o tasa de riesgo de pobreza y exclusión social. Es un indicador agregado que combina la Tasa de Riesgo de Pobreza Relativa (o pobreza monetaria) con la Privación Material Severa (PMS) y la Baja Intensidad del Trabajo en los Hogares (BITH).



Vivimos una crisis cuyo origen es netamente geológico, pero también cultural. Las consecuencias en un país como España son nefastas dado que importamos cerca del 98% de la energía fósil que consumimos.
Somos altamente vulnerables a la disponibilidad y volatilidad implantada. De esta crisis no podemos salir, asumirlo cuanto antes es vital para tomar decisiones técnicas y sociales acertadas.
Tres personas tienen tanta riqueza como el 30% más pobres (tantos como los habitantes de Cataluña y Madrid juntas) mientras la crisis se agudiza de manera innegociable.


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Aquí está 2018. Ha pasado una década (desde el colapso de los mercados en 2008) de brotes verdes, luz al final del túnel, tránsito por la senda del crecimiento o ir en la buena dirección. Además desde 2014 lo hemos hecho en las más favorables condiciones económicas imaginables: con los precios más bajos del barril de petróleo (la sangre geológica que mueve la economía). Sin embargo los resultados son:



1. La hucha de las pensiones está vacía.

2. La deuda sobrepasa el 100% del PIB.

3. España es el país de la UE con la mayor brecha social.

4. Un 30% de la población está en riesgo de pobreza (40% entre menores de 30 años).

5. La pobreza energética se expande en los hogares y roza el 12%.

6. No hemos aprovechado este tiempo para comenzar una transición energética sin fósiles.
7. La ausencia de resiliencia es la norma. Su impulso ha sido abortado en todos los sectores.


Si estos declives y otros detalles que los acompañan se han dado en las mejores condiciones posibles para un país no productor de energía fósil (el 98% es importada) qué va a pasar ahora que la Agencia Internacional de la Energía (AIE), órgano consultivo de la OCDE nos advierte de una subida agobiante del precio del crudo, gas y carbón.



Figura 2. Quizás la imagen más importante que nos acompañó durante 2017 para haber comenzado a tomar decisiones radicales, tanto como la innegociable agudización de la crisis a la que nos abocamos. Según la AIE la oferta de energía primaria que somos capaces de poner en el mercado en forma líquida comenzó en 2015 un ligero declive (es probable que fuese en la segunda mitad de 2014). Este año 2018 o como mucho tardar 2020, la demanda sobrepasará a la oferta.




1. UNA CRISIS DE ORIGEN GEOLÓGICO

El homo tecnologicus fue posible con el devenir de los tiempos gracias a la disponibilidad de recursos geológicos que proporcionaban energías baratas y accesibles (en especial los hidrocarburos, sobre todo el nunca mejor denominado "oro negro"), con ello la complejidad de organización, expansión, dificultad constructiva, llegó a niveles nunca antes vistos en la historia; con ello también la noción de dominio del medio y de riesgo sufrieron un cambio paralelo en complejidad, siendo inicialmente ambas cuestiones concretas y sencillas, con el tiempo se convirtieron en difusas y complejas. El ser humano llegó a un punto en el que creyó que este flujo de riqueza que venía de la Tierra iba a estar apuntalando nuestra civilización (también como parte del planeta) para siempre. Pero todo tiene un límite.



Durante 2017, el barril de petróleo de referencia Brent ha subido un 17,12%, marcando el récord de los tres últimos años (13%) hoy cotiza a 66,6$, un 300% más que en marzo de 1998 cuando Colin J. Campbell y Jean H. Laherrère publicaron en Scientific American "The End of Cheap Oil", momento en que comenzamos a mirar de reojo a lo que hoy atenaza nuestro estado del bienestar.

2. LAS NEFASTAS CONSECUENCIAS EN ESPAÑA


España sigue sin respetar los estándares aconsejados por Bruselas en desempleo, deuda pública, deuda privada y posición neta de inversión internacional. "La posición neta de inversión internacional ha mejorado desde 2014, pero sigue siendo muy negativa y se compone principalmente de deuda, lo que expone al país a los riesgos derivados de los cambios en el sentimiento del mercado", advierte la Comisión Europea. Una de las mayores preocupaciones de la Comisión es el "muy alto" desempleo en el país, especialmente entre los jóvenes, y alerta contra la "alta proporción de parados que ha estado sin trabajo más de un año".

El caso es que lo que pudimos hacer para evitar un declive tan marcado ha traspasado su fecha de caducidad: no lo hicimos. Incluso ante las evidencias tan palpables de un colapso que nadie quería seguimos a la expectativa porque no interiorizamos el lento pasar del tiempo a ritmo de cierre de negocios y auge de contratos precarios. El declive de la era industrial tecnológica ya está en marcha; los sustitutos de la cacareada industria 4.0 son una mala copia de lo que pudimos y ahora ya no podemos.



La fracción de adultos en edad de trabajar que ya viven permanentemente fuera de la actividad laboral está en su punto álgido y sigue aumentando; también crece la fracción de adultos jóvenes que viven con sus padres y se relacionan en bajeras, porque no pueden permitirse comenzar a esculpir ni sus propios hogares, pero tampoco aprovechar el diseño de los lugares de ocio. Su presencia en nuestras ciudades y pueblos se extienden al ritmo que lo hacen el alcohol y las drogas.



3. ES IMPOSIBLE SALIR DE LA CRISIS. ASUMIRLO CUANTO ANTES ES VITAL



Figura 3. Beneficios empresariales vs. salarios (%PIB)


Asumir que de esta crisis no podemos ni podremos salir debería ser el primer paso para tomar las medidas adecuadas; hace ya una década de brotes verdes, luz al final del túnel o esperanza de lo que sea, pero la crisis española perdura, incluso con los precios bajos del petróleo que gozamos desde hace tres años. Sin embargo no ha servido para evitar el rescate a bancos, el vaciado de la hucha de las pensiones o el crecimiento de la pobreza, la exclusión y las desigualdades récord alcanzadas (ver apartado 4).



Que España mantenga ciertos niveles de presencia como una economía destacable a nivel internacional no ha sido sino por el flujo de riqueza que se ha ido desde las capas más pobres de la población hacia dichas élites como podemos visualizar en la figura 3 cumpliendo la segunda ley de la termodinámica.

La falta de inversión de las grandes empresas energéticas durante 2017, exceptuando el impulso de EE.UU. a la ruina económica del fracking, ya que no es rentable invertir en petróleo a 50-70 $/barril, extrayendo de lugares cada vez más costosos y de peor calidad tendrá su resaca tan pronto como este 2018. Apuntan desde la agencia a que durante 2018 a 2020 viviremos un repunte de precios que sólo podría ser compensado por un aumento de la producción o una caída de la demanda.
En la AIE han dado otra vez por seguro en el WEO 2017 que se producirá un aumento de la demanda y que ésta llevará a un aumento de la inversión que estimularía al petróleo de fracking en un nuevo auge que ya se denomina fracking 2.0 y al que no pocos autores vuelven a calificar de burbuja, aunque ya sabemos que esta ruinosa técnica decae a ritmos de entre el 5% y el 10% anual en los mejores yacimientos norteamericanos, sobre todo desde 2015. Por ejemplo Bakken se ha vuelto un escenario de quiebras en cadena. La administración Trump mantiene la esperanza de la rentabilidad del fracking rebajando una vez más las restricciones medioambientales.

La AIE (OCDE) muestra una solución del problema: cuando los precios del petróleo vuelvan a ser altos entre este 2018 y 2020, una vez puestos en el mercado los algo más de dos millones de barriles diarios de reserva, se producirá una caída de la demanda por el único itinerario que conocen los países occidentales no productores de petróleo: la destrucción de la actividad económica y su consiguiente recesión, si antes no estallan las burbujas de las criptomonedas u otras.

Nada nuevo que no conozcamos en casa cuando el precio del petróleo sube. Es decir, la propia OCDE lleva años preparando a los gobiernos para afrontar una recesión que no tiene por otro lado, nada que no se conozca y que ni siquiera el problema energético podría disparar, sino que antes puede hacerlo la crisis de deuda. La respuesta local siempre ha sido la misma: destrucción de empleo y recortes en sanidad, cultura, educación, atención social, etc., pero sobre todo un aumento de la desigualdad social que lastra toda evolución hacia el bienestar y acarrea el abandono de los grandes proyectos empresariales bandera.





4. TRES PERSONAS TIENEN TANTA RIQUEZA COMO TODA CATALUÑA Y MADRID



Sin embargo no todo es negro. El número de millonarios ha aumentado en un 60% en España desde el 2008, el año en el que dio comienzo la gran recesión posterior al pinchazo de la burbuja inmobiliaria y crediticia. Tres personas acumulan lo mismo que el 30% más pobre. Podríamos decir que tienen lo mismo que 14,2 millones de habitantes: el fundador de Inditex, Amancio Ortega; su hija, Sandra Ortega Mera, y el presidente y principal accionista de Mercadona, Juan Roig, en conjunto poseen la misma riqueza que todos los pobres, tantos como los habitantes de Cataluña y la Comunidad de Madrid juntos.

5. UNA CRISIS QUE SE AGUDIZA DE MANERA INNEGOCIABLE




Este es el trazado que la agudización de una crisis de origen geológico absolutamente innegociable nos está marcando. Si es verdad que el homo sapiens es un "animal inteligente" como él mismo se define, deberá demostrarlo, y ahora es el mejor momento para hacerlo. Una de las principales cuestiones a abordar es algo que ha estado en cierta manera ausente en esta década de crisis: mirar a los problemas y a las amenazas colectivas con valentía y arrojo para afrontar la cruda realidad y tomar las decisiones que sí se pueden tomar, una mezcla de decisiones sin precedentes de carácter técnico sí, pero sobre todo social. Tal es el mensaje que algunos científicos, economistas, analistas, sociólogos, quisimos transmitir y que Aitor Iruzkieta recogió en el siguiente documental:
LA CRUDA REALIDAD (UN DOCUMENTAL DE AITOR IRUZKIETA)

Cada vez más pobres por el crecimiento antieconómico

Josep Cabayol y Siscu Baiges
 
El 2017 ha sido el segundo año más cálido desde 1950; el cuarto en Catalunya, todos ellos posteriores al 2010. La razón principal es el consumo de combustibles fósiles que sustentan el sistema económico. La combustión causa los gases del efecto invernadero (GEI) –dióxido de carbono [CO2], óxido nitroso [N2O], metano [CH4]– que, al permanecer en la atmósfera, originan el cambio climático y perjudican el acceso de los humanos a elementos básicos para la existencia: aire, agua, alimentos, medio ambiente, biodiversidad, energía, trabajo, equidad, salud…


El agujero de la capa de ozo, en el año 2006.
Para evitar y mitigar el cambio climático deben disminuir las emisiones de los gases del efecto invernadero y descarbonizar la economía reduciendo el uso de carbón, gas, y petróleo. Y hacerlo de forma gradual pero rápidamente y tendiendo a la totalidad.

Malas noticias

Petróleo. El pasado mes de noviembre, los países productores –agrupados en la OPEP– ampliaban la reducción de la extracción de petróleo a todo el 2018. El propósito, sin embargo, no es disminuir el consumo, sino subir los precios para estimular las inversiones. Contrariamente, los acuerdos de París dictan que para no aumentar más de 2ºC la temperatura media global, dos terceras partes de las reservas probadas de petróleo se deben dejar bajo tierra. Si tan notable cantidad de petróleo no se debe utilizar, ¿por qué se necesitan más inversiones? O los acuerdos de París no van a ninguna parte o el petróleo es tan caro que resulta antieconómico. O las dos cosas.

Carbón. En la Conferencia sobre cambio climático de Bonn, se constituyó una alianza para dejar de producir electricidad con carbón antes del 2030. Paradójicamente, los principales consumidores y productores –China, Estados Unidos, India, Australia, Polonia, Alemania y Rusia– no entraron en esta alianza. Tampoco España. Se reservan el carbón por si el precio del petróleo se dispara o queda fuera de control. Una vez más, la lucha contra el cambio climático queda supeditada al crecimiento permanente –ineludible para el capitalismo–, que necesita energía barata. Pero, ¿lo es?

Crecimiento antieconómico

Heman Daly, economista ecológico, define el crecimiento como antieconómico cuando los costes ambientales y sociales son superiores a los beneficios derivados de la producción. Forman parte de estos gastos –«enfermedades sociales y ambientales», les denomina Daly–, la contaminación atmosférica, los gases del efecto invernadero que causan el cambio climático (el aumento de la temperatura del aire, del mar y de su nivel), los desechos nucleares, la pérdida de biodiversidad, el agotamiento de recursos energéticos y materiales, la erosión y el empobrecimiento del suelo, la sequía, la falta de agua, los residuos, los plásticos que contaminan el planeta, la ausencia de trabajo, la precariedad, el trabajo forzado y el peligroso, las matanzas, las migraciones y el tráfico de personas, la discriminación de género, la falta de equidad, la deuda creciente y no pagable, las finanzas especulativas. La economía oficial no introduce ninguno de estos costes en la ecuación de los beneficios de la producción. Si los añadimos, el resultado es negativo y el crecimiento, antieconómico. Entonces ya no nos hace más ricos, sino que nos hace más pobres.

Politizar el amor y deseconomizar la vida

Jorge Armesto - El Salto

Cada vez es más frecuente ver cómo se mitifican vidas de feroz individualismo.

 Mujer cuidando a persona mayor

Según mi pobre experiencia, las personas que a lo largo de su vida adquirieron mayores responsabilidades y compromisos en el cuidado de otras, son también las que mejor protegen sus relaciones personales. Acostumbran a ser las que organizan, las que miman, las que sorprenden con pequeños detalles, materiales o no. Son las que se interesan por nuestras vidas, las que no dejan pasar mucho tiempo sin saber de nosotros, las que proponen un paseo, un café o unas tapas. O dicho en certera frase de Perogrullo: las personas que más cuidan, cuidan más.

Y, al contrario, son las que menos responsabilidades asumen, de las que podríamos suponer que son más dueñas de su tiempo, las que afirman que este nunca les llega a nada, sin que sepamos exactamente qué graves ocupaciones les afanan. Son las que tienen un arsenal de autojustificaciones para explicar su distanciamiento vital. Son las que desaparecerían durante meses o años si no fuesen nuestros cuidados los que lo impidiesen; son las que mantienen una indiferencia más acusada por la vida de los otros. 

Cada vez es más frecuente ver cómo se mitifica esa vida de feroz individualismo. Los medios de comunicación dan voz a los “antinatalistas”, personas que se ven impelidas a justificar lo que no necesitaría ser justificado, exhibiendo retorcidos argumentos éticos: “el planeta está superpoblado”, “¿a qué mundo capitalista mandamos a estos niños?”. Sin embargo estas personas viven un estilo de vida de hedonista urbanita que deja una enorme huella ecológica. O citando a Alba Rico: “Este mundo no está preparado para más niños, dice. ¡Pero está preparado para más coches, más teléfonos móviles, más aparatos de aire acondicionado, más bombillas, más refrescos, más hamburguesas! Es una irresponsabilidad traer niños al planeta, dice. ¡Pero es muy sensato traer un automóvil nuevo!”.

Así, esa presunta dimensión ética se rebela como lo que realmente es: un disfraz de un modo de entender el mundo en el que la decisión de cuidar es equivalente a otras decisiones posibles, como si formasen parte todas de una infinita oferta de consumo. Unos tienen hijos, otros hacen turismo de aventura. Unos adoptan perros, otros prefieren estar más libres porque viajan mucho en avión. Para el mundo postmoderno del hiperconsumismo todas las acciones son igualmente legítimas.

Hace unos días leí un reportaje sobre estos antinatalistas de la sociedad de consumo. Uno de ellos manifestaba que tener hijos era incompatible con “darse los domingos un atracón de series”. O lo que es lo mismo, el cuidado de seres humanos en su máximo grado de necesidad se pone en el mismo plano que el consumo compulsivo de los productos audiovisuales de las multinacionales. 

Estas personas autónomas, feroces defensores de su individualismo (que ellos llaman independencia) llegan a sentirse incluso constantemente asediadas. ¿Por quién? ¿Por las plataformas televisivas? ¿Por las infinitas formas de ser espectador? ¿Por el turismo low cost? No. Asediadas por personas o animales que necesitan ser cuidados. Asediadas, al parecer, por los cada vez más minúsculos espacios de relación interpersonal altruista que penosamente aún sobreviven y que ellos juzgan con desconfianza o mirada desdeñosa.

En este mundo al revés que estimula la permanente autorrealización narcisista, son precisamente aquellos que luchan sin descanso por ser radicalmente autónomos los que siente su vida amenazada por las molestias que, al parecer, causa el pobre y abandonado mundo de los cuidados.
Esta autorrealización termina por ser una alienante y permanente huida hacia ninguna parte. Un consumo compulsivo de experiencias, de objetos, de cultura, de series, de viajes o conciertos; experiencias todas que necesitan de un aumento constante de su dosis para mantener a duras penas alguno de sus triviales efectos: los viajes deben ser más largos, el cine más minoritario, el ocio más artificiosamente exclusivo.
 
El hiperconsumismo fabrica un espejismo que despoja al ser humano de su carácter ontológicamente dependiente. Somos discapacitados en grado máximo en la infancia y volveremos a serlo en nuestra vejez. Igualmente, a lo largo de nuestra vida pasamos por etapas de dependencia más o menos marcadas. Sin embargo, el mercado nos sumerge en la amnesia permanente hacia los cuidados que recibimos y recibiremos, para obligarnos a vivir una alucinación de personas (blancas, adultas, con ingresos estables) capaces de sostenerse únicamente por sí mismas. 

En contraposición a las experiencias epidérmicas del mercado, las de los cuidados resultan ser brutalmente orgánicas. Quien pasó por la inolvidable coyuntura de cuidar a un ser vivo enfermo o desvalido sabe que no hay nada comparable, nada que nos enseñe más sobre nosotros mismos y nos potencia hasta alcanzar lo mejor que podemos ser. Nos da la medida de nuestro yo, no solo circunscrito al espacio temporal de la vida adulta, sino de la totalidad de nuestra existencia.

Uno de los aprendizajes que ofrece la paternidad es la comprensión nítida y exacta de los cuidados que una vez nosotros mismos recibimos en un tiempo que ya somos incapaces de recordar. Y únicamente cuando nos convertimos también en cuidadores rescatamos esa parte oculta de la vida. Solo entonces comprendemos que como seres humanos vivos mantenemos una deuda de cuidados permanente. 

El neocapitalismo intoxica y asfixia todos los espacios de la vida. Generamos contenidos gratuitamente para Facebook (¡incluso aceptamos sumisamente que nos censure!), trabajamos para Wallapop cuando limpiamos el desván de los trastos, para Blablacar cuando viajamos en coche y para Airbnb cuando alquilamos la habitación de invitados.

Todos los ámbitos de la existencia son economizados y vendidos por las míseras cantidades con las que nos remunera el nuevo sistema de autoexplotación digital. Al menos la explotación del trabajo asalariado producía algún tipo de vínculo humano: hoy se sustituye por algo más precario, mísero y solitario. 

El capital nos prefiere solos, dispersos, saltando de relación en relación. Su ideal productivo es la tela de Penélope, que se hace y deshace cada día en un esfuerzo permanente, alienante e infecundo. El capital ansía y promueve la segregación, pues cuando una pareja se separa alguien compra un nuevo microondas. 

Frente a esa invasión son únicamente los cuidados los que se alzan como muro de resistencia. Los cuidados combaten la contaminación mercantil como esas bacterias que destruyen los detritus. 
Tienden a expandirse y colonizar nuevos espacios de un modo casi biológico, emulando la propagación de la vida cuando expande sus raíces fértiles por la tierra yerma. Alguien adopta un gato y no tarda en cuidar dos. Conoce a otras personas que cuidan y colabora en proyectos de cuidados.
Los cuidados son los únicos susceptibles de generar efímeros “otros” posibles al ubicuo mercado. Lugares improductivos donde nada se compra, nada se consume, nada se gasta y que nos resguardan, en esos breves instantes compartidos, de una atmósfera contaminada de mercadurías y relaciones económicas. Los cuidados son los invernaderos donde crece la vida en clima hostil. 

Lo revolucionario es echar las redes en los parques y senderos. Salir a pasear con un perro salvado del refugio y, mientras el animal corre feliz y agradecido, mantener una charla agradable con otra persona que hace lo mismo. Lo radical es ser deliberada y conscientemente improductivo, mientras, al tiempo, se trabaja sin descanso por mantener, construir y agrandar los vínculos afectivos, despreciando y relegando los vínculos virtuales. 

Los autónomos, los celosos de su baldía libertad, los que se jactan de no depender de nadie y que nadie depende de ellos, terminan siendo la feliz, inconsciente y belicosa vanguardia del ejército de la barbarie capitalista. Se vuelven, en nombre de su independencia, en los más apasionados defensores de un sistema inhumano que tiene como fin último la disgregación y la soledad, pues es más fácil tratar con átomos que con organismos vivos. Y así, el delirio de la autorrealización individual es el engañabobos con que el capitalismo aletarga a sus esclavos.