Las miserias del capitalismo verde

Jesús Iglesias Campo - Menos es más

Primera Parte

Tod@s hemos estudiado biología en el cole (ciencias naturales, en mi época). Los libros correspondientes nos decían, por ejemplo, que los ecosistemas se libran de sus desechos y reponen los elementos que necesitan según un proceso coherente y continuo: cuando la materia orgánica de un árbol (hojas y ramas) muere y cae al suelo, se descompone y forma nutriente natural que, junto con el agua y la energía solar, es asimilada por el sistema radicular y fotosintético del mismo árbol. Es decir, la naturaleza funciona constantemente según ciclos cerrados, ajustados y perfectamente equilibrados, tras millones de años de ‘experimentación’. Pienso que se puede añadir algo más: durante todo este proceso, ese mismo árbol participa en el ciclo del carbono -absorbe una pequeña parte de la energía que le llega para fijar el CO2 en su propia estructura- donde se recicla a tasas superiores al 99% (nuestra civilización no recicla nada a escala amplia por encima del 50%); y usa la mayor parte de la energía incidente en participar en ciclo del agua de la biosfera -subiendo los nutrientes que necesita desde el suelo hasta las ramas y las hojas-. Un árbol, además, presenta un elevadísimo nivel de autorreparación, resiste las duras inclemencias del tiempo como pocas estructuras humanas lo hacen, puede vivir durante milenios y, mientras tanto, generar un bosque y alimentar a humanos y a animales. Y por si fuera poco, crea a su alrededor un microclima cuya sombra es más eficiente para enfriar el suelo que nuestros mejores aires acondicionados. En definitiva, un árbol, como dice Carlos de Castro, “es una máquina de eficiencia y capacidad a años luz de lo que el mejor ingeniero podría soñar”.[1]

 


La revolución verde: adiós a los ciclos cerrados


     En los años 50, el empleo masivo de nutrientes químicos aceleradores de producción de biomasa por parte de la nueva agricultura industrial, con el fin de obtener más cantidad de alimento, rompió el ciclo de la materia orgánica. Efectivamente, el modelo agroindustrial puede alardear de haber obtenido un incremento espectacular de rendimientos, pero lo ha hecho a base de insumos químicos, de mecanización y de simplificación, quebrando el equilibrio metabólico y la racionalidad ecológica inherente a la agricultura anterior, tradicional, enraizada en sus contextos geográficos y climáticos. Así pues, el ciclo de la materia orgánica, abierto y mantenido a base de insumos sumamente nocivos, ha certificado una dependencia total de la agroindustria respecto a los fertilizantes químicos y al petróleo con el que se fabrican. Toda la cadena alimentaria, de hecho, ha sufrido un progresivo desarraigo local para convertirse en un sector extremadamente petrodependiente y profundamente ineficiente en términos energéticos. La viabilidad de este sistema, teniendo en cuenta que nos acercamos peligrosamente a los límites de los recursos (suelo fértil, agua dulce, petróleo, fertilizantes, etc.), está claramente en entredicho. Pero se le ha llamado, curiosamente, revolución verde.


     Medio siglo después ya somos el doble de almas en este planeta, pero a costa de introducir en el circuito de materia orgánica -antes cerrado- elementos tóxicos y no reciclables. Debido a ello, la agroindustria es una de las actividades que más contamina, consume una desmedida cantidad de agua y energía, y destruye la biodiversidad del planeta. Pero si todo esto supone un montón de graves problemas, debemos entender que si falla la aportación de agrotóxicos -lo cual está empezando a suceder tras el pico del petróleo y a la espera de un colapso inevitable- este agrosistema artificial se desploma. Sobreviene entonces la muerte súbita, materializada en desertificación y hambruna universal. Un revolución, sí, pero tan negra como el petróleo que la alimenta.

     Con estos mimbres, podemos afirmar que estamos ante una estrategia profundamente antieconómica: por lo de pronto, a causa de tanto insumo tóxico (fertilizantes y fitosanitarios) el suelo está envenenado y perdiendo su fertilidad. Y cuanto más se empobrece, más fertilizantes agrotóxicos derivados del petróleo necesita. Así que en realidad Michael Pollan tiene toda la razón al decir que “cuando comemos del sistema alimentario industrial, estamos comiendo petróleo y vomitando gases de efecto invernadero[2]. La cuestión de fondo aquí es que a aquél, que se nutre de una agricultura de ciclo abierto mantenida a base de agrotóxicos para el suelo, plantas y animales, no le interesa cerrar los ciclos de materia, de la misma manera que no le interesa la alimentación sana, ni la conservación de los ecosistemas. Su interés es puramente económico y cortoplacista, basado en el comercio de grandes distancias y el monocultivo de enormes extensiones, abastecido indirectamente por las grandes corporaciones petroleras. Antieconomía pura y dura.

El capitalismo verde: la naturaleza como negocio


     Tras la revolución verde, llegó el capitalismo verde, que no es ni más ni menos que considerar la naturaleza como un gran depósito de recursos infinito y dispuesto a ser explotado por los seres humanos sin más miramientos ni objeciones. Obviamente, esto lleva a una profunda degradación de multitud de ecosistemas, como vemos con los agrocombustibles o los cultivos de soja para pastos. En la selva amazónica, por ejemplo, ya se ha deforestado una superficie de selva similar al territorio de toda Alemania.[3] En el Cono Sur, donde la soja se extiende con voracidad, se están perdiendo nutrientes a marchas forzadas por la agresividad de este monocultivo, al tiempo que el suelo y el agua son contaminados por el glifosatos y otros agroquímicos. La producción de aceite de palma, principal insumo para la elaboración de biodiésel, responsable a su vez tala y quema de las hermosas y ricas selvas de Indonesia, genera el triple de gases de efecto invernadero que los combustibles fósiles[4]. Son apenas tres ejemplos de las bondades de este capitalismo verde.


    Este nuevo invento, creado para hacer realidad el ansiado desarrollo sostenible (por otro lado, una evidente contradicción de términos) afirma que, en virtud de las nuevas modalidades de reciclaje y de la innovación tecnológica, las mercancías y los procesos productivos son cada vez menos dañinos para el medio ambiente, por lo que todo el contenido de ese centro comercial que es la biosfera puede ser expropiado, apropiado y valorizado como cualquier mercancía. Y ahora llegamos al quid de la cuestión -y a su razón de ser-: el mercado es la herramienta ideal para reparar los problemas medioambientales existentes. La solución, pues, pasaría por la privatización y la mercantilización de la naturaleza. Ni más ni menos. Un disparate mayúsculo que la gran industria nos ha colocado con lacito incluido. Abordaré el tema del descarado vínculo entre capitalismo verde y estrategia neoliberal en los siguientes capítulos. Por lo de pronto, bastan las palabras de Alejandro Nadal: “el capital verde no es la solución a los graves problemas ambientales y mucho menos a la creciente desigualdad. Es una justificación ideológica a la necesidad de asegurar la continuidad de una relación social de explotación clasista[5].


     Como el capitalismo ha demostrado tener siempre una gran capacidad para el cambio tecnológico, se entiende que ahora también encontrará la solución adecuada. Así pues, en virtud de un tecnooptimismo profundamente irracional -un descargo de conciencia, más bien-, la economía capitalista generará una serie de tecnologías que permitirán, entre otras virtudes, reducir el consumo energético y material (ignorando el famoso efecto rebote o Paradoja de Jevons, y desafiando, de paso, las leyes de la termodinámica), arreglar los desaguisados ecológicos y todo ello creando un flujo de inversiones que permita la introducción masiva de las innovaciones correspondientes. La realidad, por el contrario, es que, con una política macroeconómica orientada a cuidar los intereses del capital financiero (pues los capitalistas necesitan de expectativas de ganancias) y una inversión energética y material enorme en sectores industriales claramente perjudiciales (automóvil, siderurgia, minería, agricultura y ganadería industrial), la capacidad transformadora del sistema capitalista va a estar -ya lo está- fuertemente debilitada.


     Pienso que en lugar de estimular el crecimiento infinito de la tecnología, dependiente, como digo, de minerales básicos y, dicho sea de paso, con unos balances de carbono muy negativos, deberíamos apostar por hacerla más accesible, producirla con menos recursos, emplearla de otro modo y diseñarla de tal forma que los dispositivos de los que se sirva puedan preservarse largo tiempo en funcionamiento. El problema es que la tecnociencia sigue empeñada en crecer, en aumentar el PIB (un pésimo indicador de bienestar) y en hacerle el servicio a un capitalismo verde que no sólo yerra en el intento de conseguir esa pirueta imposible del desarrollo sostenible, sino que es, como han demostrado los hechos, claramente incompatible con la reducción de la emisión de gases de efecto invernadero, con la disminución del empleo de energías fósiles y de agua, y con la preservación de la biodiversidad. Si a esto sumamos el agotamiento acelerado del ‘almacén’ de materias primas y recursos no energéticos del planeta, la amenaza parece ya bastante más que seria.[6]

El imposible desarrollo sostenible


     Dejo para el final algunas pinceladas en torno a la idea de desarrollo sostenible, desde hace años tan trillada como absurda. De entrada, la buena acogida que tuvo en su momento (aún la tiene, sorprendentemente), se debe en gran parte a la deliberada y controlada dosis de ambigüedad que conlleva. Asume una preocupación por la salud de los ecosistemas pero la desplaza, como hemos visto hace varios párrafos, hacia el campo de la gestión económica. Esta indefinición y aquella ambigüedad hacen que las buenas intenciones (si las hubiera) se queden en eso. Tras el Primer Informe del Club de Roma, ‘Los límites del crecimiento’ se adoptó el término de ecodesarrollo para tratar de conciliar el aumento de producción (reclamado por el Tercer Mundo) con el respeto a los ecosistemas marinos y terrestres. Sin embargo, a instancias de Henry Kissinger (en aquellos tiempos Secretario de Estado con el presidente Gerald Ford), el término se fue modificando hasta que por fin se adoptó el de desarrollo sostenible. Naciones Unidas entendió que los economistas más convencionales aceptarían sin recelo la modificación, ya que se podía seguir promoviendo el desarrollo tal y como lo venían entendiendo ellos mismos. Así lo expresa Timothy O’Riordan: “la engañosa simplicidad del término y su significado aparentemente manifiesto ayudaron a extender una cortina de humo sobre su inherente ambigüedad”.[7]


     Así las cosas, desde que Donella Meadows pusiera en entredicho las nociones de crecimiento y desarrollo utilizadas en economía, venimos asistiendo a un peligrosísimo abandono de las preocupaciones que el propio informe que ella dirigió en 1972 suscitaban: si el actual incremento de la población mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y la explotación de los recursos naturales se mantienen sin variación, alcanzarán los límites absolutos de crecimiento en la Tierra durante los próximos cien años. La tesis principal que defiende el estudio es que, en un planeta limitado, las dinámicas de crecimiento exponencial (población, producto per cápita), no son sostenibles. De esta manera, el planeta pone límites al crecimiento, empezando por los recursos naturales no renovables, la tierra cultivable finita, y la capacidad de los ecosistemas para absorber la polución producto del quehacer humano.


     Veinte años después de este serio aviso, parecía que había cierto consenso en la comunidad científica, como lo atesora el documento elaborado por la UCS (Union of Concerned Scientists) de EEUU en 1992. Los 1.700 científicos firmantes, daban cuenta de su espíritu radical: “Los seres humanos y el mundo natural están en camino de colisión […] Muchas de nuestras prácticas actuales ponen en riesgo serio el futuro que deseamos para la sociedad humana y los reinos animal y vegetal […] Se necesitan urgentemente cambios fundamentales si es que queremos evitar nuestro presente camino de colisión. No disponemos de más de una o dos décadas para revertir los peligros que ahora tenemos si queremos evitar que el progreso de la humanidad quede enormemente disminuido”.[8] 

Pero todo ha sido un espejismo; no sólo no hemos revertido los cambios, sino que continuamos imprimiento más y más velocidad a los mismos procesos que nos llevan al desastre. Carlos de Castro se sirve de un buen ejemplo: “el Titanic ya ha chocado con el iceberg y además lo ha hecho acelerando”.[9] Es evidente que la tendencia imperante -en general, no sólo entre políticos y economistas- es asumir acríticamente la meta del crecimiento (o desarrollo económico). La cultura del silencio sobre todo lo que tenga que ver con cuestionar este dogma, propiciada, en parte, por la retórica del desarrollo sostenible, es difícilmente discutible y supone para Godfrey M’Meweriria una “corrupción de nuestro pensamiento, nuestras mentes y nuestro lenguaje[10]. Debemos bajar del pedestal la idea misma de crecimiento económico como algo deseable y advertir, como lo hace José Manuel Naredo, que “la sostenibilidad no será fruto de la eficiencia y del desarrollo económico, sino que implica sobre todo decisiones sobre la equidad actual e intergeneracional”.[11]


    En definitiva, el término desarrollo sostenible nos sirve para mantener la fe en el crecimiento mientras escapamos de la problemática ecológica y las connotaciones éticas que éste implica. Por mucho que las referencias a la sostenibilidad abunden por doquier, poca voluntad se aprecia en acometer la necesaria reconversión social que conlleva: desandar críticamente el camino andado, volver a conectar lo físico con lo monetario y la economía con las ciencias de la naturaleza. Hervé Kemp va un poco más lejos cuando dice que “el desarrollo sostenible tiene la única función de mantener los beneficios y evitar el cambio de costumbres modificando escasamente el rumbo”.[12] Serge Latouche nos lleva hasta el fondo de la cuestión: “Desarrollo es una palabra tóxica, sea cual sea el adjetivo con que se disfrace”.[13]


[1] Carlos de Castro, Defensa del gaiarquismo.

[2] Michael Pollan, En defensa de la comida.

[3] Julio García Camarero, La revolución verde y los eufemismos del capitalismo verde (Artículo).

[4] Nazaret Castro, ¿Qué comen los automóviles? (Artículo).

[5] Alejandro Nadal, ¿Qué es el capitalismo verde?.

[6] Jean Gadrey, Florent Marcellesi, Borja Barraguè, Adiós al crecimiento.

[7] Timothy O’Riordan, La política de la sostenibilidad.

[8] UCS, Alerta a la humanidad.

[9] Carlos de Castro, Defensa del gaiarquismo.

[10] Godfrey M’Meweriria, Tecnología, desarrollo sostenible y desequilibrio.

[11] José Manuel Naredo, Sobre el origen, el uso y el contenido del término desarrollo sostenible (Artículo).

[12] Hervé Kempf, Cómo los ricos destruyen el planeta.

[13] Serge Latouche, Pequeño tratado del decrecimiento sereno.

Segunda Parte 

En la primera entrega de esta serie explicamos en qué consistió la revolución verde, transitamos hacia una nueva forma de entender la naturaleza que, allá por los años 70, (mal)llamamos capitalismo verde, para al final acabar con unas pinceladas acerca del concepto e historia del famoso desarrollo sostenible. El texto pasó por encima un par de cuestiones sobre las que me gustaría profundizar un poco más: la Paradoja de Jevons (o efecto rebote) y la desmaterialización de la economía, que puede entenderse como el estadio final en la búsqueda de una eficiencia tecnológica cada vez mayor.


La (deliberadamente ignorada) Paradoja de Jevons


     Podríamos pensar que la eficiencia tecnológica -que se traduce en un descenso del consumo de energía por unidad producida- debería proporcionar como resultado una disminución del impacto ecológico total (en cuanto a mitigar el cambio climático o a reducir la contaminación) pero el denominado efecto rebote nos dice que la realidad no es así, pues a medida que aumenta la eficiencia con la que se usa un recurso, el consumo de dicho recurso aumenta. En concreto, la Paradoja de Jevons implica que la mayor eficiencia que proporciona el perfeccionamiento tecnológico puede, a la postre, aumentar el consumo total de energía. De hecho, es exactamente lo que pasa.


     Es un fenómeno que descubrió William Jevons a finales del siglo XIX y que, dicho sea de paso, es ampliamente ignorado por el mundo de la política y la economía, que no cesa en su constante bombardeo de llamadas a la ‘innovación’ y a la ‘eficiencia’ como si por sí solas fueran a arreglar algo. La cuestión es que, en tanto que el sistema socioeconómico vigente necesita crecer (y hacerlo, además, a buen ritmo), los esfuerzos en la eficiencia terminan invertidos en crecimiento, con lo que a la larga obtenemos un mayor consumo y no un mayor ahorro. Dicho de otro modo, las propuestas de eficiencia que no cuestionan el crecimiento económico terminan provocando un mayor consumo de recursos, pues, en palabras de Antonio Turiel, “sin modificar otros factores resulta que se está dando un incentivo para consumir más de ese producto si su mayor consumo nos reporta una ventaja, ya que con la misma renta disponible podremos consumir más; peor aún, quien antes no podía acceder a este consumo por tener una renta insuficiente ahora podrá hacerlo […] Se ha de entender, por tanto, que el repetido llamamiento a la mejora de la eficiencia es contraproducente si no está acompañado de otras medidas, porque en vez de dar un estímulo a consumir menos da un estímulo a consumir más”.[1] Serge Latouche lo dice de otra manera: “las disminuciones del impacto y contaminación por unidad se encuentran sistemáticamente anuladas por la multiplicación del número de unidades vendidas y consumidas”.[2]


     El fuerte vínculo entre energía y economía que subyace bajo la Paradoja de Jevons nos lleva al absurdo de describir como una situación de ‘escasez’ el consumo de más de 80 millones de barriles de petróleo diarios en todo el planeta. Obviamente, esta ‘escasez’ no es técnica -ni material, como vemos- sino que deriva del hecho de que la energía es el soporte de todo el sistema económico. La globalización y las economías modernas están basadas en la energía y materias primas baratas, abundantes y de buena calidad y, a su vez, de la salud de los ecosistemas depende el modelo socioeconómico. Valga la sentencia de Florent Marcellesi: “nuestra máquina socioeconómica tiene un problema de drogadicción con el oro negro”.[3] Cualquier economía es indisociable de la realidad física que la contiene, no es posible desacoplar consumo de energía y emisiones de CO2, por lo que tratar estas dos variables de forma independiente oculta la enorme gravedad de la situación actual.


     Si hay algo que ejemplifica el efecto de la Paradoja de Jevons es internet. Pese a que podría parecer que el aumento de consumo energético se debe principalmente al cada vez  mayor número de usuarios, no es así. La clave está en el aumento del consumo de cada usuario, que tiene su origen en los sistemas de procesamiento portátiles con acceso inalámbricos y a la tasa de datos de los contenidos a los que se accede (principalmente el streaming y la tv). Un dato bastará para demostrarlo: el WiFi aumenta el uso de energía con respecto a la más eficiente conexión alámbrica (DSL, cable, fibra), pero sólo un poco. Por el contrario, el tráfico en internet a través de redes 3G utiliza nada más y nada menos que 15(!!) veces más energía que una red Wifi y las 4G 23(!!!!!!!!!) veces más. Ahí queda todo dicho. El tal Jevons se sentiría más que orgulloso.


     Volviendo a donde estábamos, queda claro que el vínculo evidente entre economía y energía (el quid de la cuestión del efecto rebote), nos permite -y nos obliga a- cambiarnos de gafas y empezar a ver el asunto de otra manera: la Paradoja de Jevons no es una ley física, sino un problema de asignación de objetivos a corto plazo que no toma en consideración las consecuencias a largo plazo. Esto, a priori, nos deja con al menos cuatro vías de salida: una sería la planificación y el racionamiento, pero la limitación al acceso a las materias primas desde arriba no encaja demasiado bien con el funcionamiento de una economía de libre mercado, pues con un PIB constante, el sistema convulsiona y se multiplican las crisis. Otra alternativa sería asumir activamente que debemos acabar con el derroche y el despilfarro de comida, energía y materias primas en general, pero estamos en las mismas: el sistema precisa un consumo creciente, de lo contrario una masa enorme de personas se vería sin medios de subsistencia. Habría, pues, que adelgazar a este obeso mórbido a punto de explotar que es nuestro sistema económico (desinflando gastos superfluos e invirtiendo sólo en los esenciales como renovables, huertos, etc) pero, a la vez, hacerlo muy poco a poco, pues de lo contrario el remedio sería peor que la enfermedad. Una situación harto delicada que no actúa sobre el fondo del problema y que requiere un valioso tiempo del que ya no disponemos.


     Vemos que la Paradoja de Jevons es irrefutable en la medida en que lo son los hechos a los que hace referencia, pero se da en una organización social basada en unos valores determinados, controlada en función de unos determinados intereses de clase y no es, por tanto, un fenómeno universal y común a cualquier modelo social. En este sentido, Eduardo García Díaz está de acuerdo en que en el sistema actual la mayor parte de la energía disponible se derrocha porque tiene un sentido económico hacerlo. Pero, sin embargo, matiza que cuando se habla de incremento de la eficiencia sólo se menciona la tecnología, añadiendo una crítica -muy merecida- al tecnooptimismo y a la tecnolatría. Díaz entiende, por lo tanto, que “este enfoque es reduccionista, al entender la eficiencia sólo en al ámbito tecnológico y no relacionarla con la organización social en su conjunto”.[4] El problema es que, como bien objeta Carlos de Castro, la organización social en su conjunto de la que partimos -la sociedad capitalista/modernista/tecnólatra-, está organizada en base a un sistema muy complicado y de ‘ineficiente’ complejidad, de modo que cada generación es menos resiliente que la anterior y, por lo tanto, más incapaz de afrontar los durísimos retos que ya se están presentando.[5]


     Así pues, para que ahorro y eficiencia sean realmente útiles, no nos va a quedar otra que emplear la tercera vía: salir de un sistema que nos ha convertido en auténticos yonkis del crecimiento permanente. Antonio Turiel no puede ser más claro: “De esta espiral de degradación económica sólo se puede salir mediante una explosión social, mediante una revolución. Alternativamente, mediante el colapso“.[6] Y en éste último tenemos la cuarta y última salida. La que, cada vez con mayor certeza, no podremos evitar.

La (falsa) desmaterialización de la economía


     En cualquier caso, las mejoras de la eficiencia de la tecnología van encaminadas hacia una desmaterialización de la economía. De hecho, es habitual pensar que se puede reducir la base material y energética de la economía y que siga creciendo el PIB -tal como nos quiso hacer creer Oriol Junqueras en el Parlament de Catalunya hace bien poco-, lo cual es una falacia que no resiste un simple par de datos: el 70% del PIB responde al uso de la energía y la terciarización de la economía no se ha traducido, pese a las apariencias, en una reducción del número de mercancías en circulación o de las materias primas empleadas en la fabricación de aquéllas. Por el contrario, ha provocado una conclusión llamativa: las economías que registran mayor presencia del sector servicios son las que generan huellas ecológicas mayores. Estamos, ya lo habréis adivinado, ante los efectos de la Paradoja de Jevons, que se asienta, como se ha dicho más arriba, en la certificación de que el aumento en la eficiencia energética se traduce casi siempre en un descenso de precios que, a su vez, produce un mayor consumo de productos y, por tanto, una mayor demanda de recursos.


     El desarrollo científico permite el uso de dispositivos mucho menos nocivos para el medio natural (en tanto que emplean menos cantidad de material y son más eficientes desde un punto de vista energético), pero no olvidemos que la generación de bienes supuestamente inmateriales reclama de infraestructuras materiales. La pretendida desmaterialización no está implicando, ni de lejos, una reducción de las extracciones de recursos naturales ni está acrecentando la reutilización y el reciclaje. Poniendo como ejemplo los terminales de los ordenadores, su fabricación se basa en el uso extensivo de multitud de minerales y productos sintéticos, muchos de los cuales se encuentran poco concentrados en la naturaleza. Entre ellos están las tierras raras, un grupo de metales difíciles de separar y diferenciar, presente en su práctica totalidad en China, y que requieren para su obtención de la explotación de grandes cantidades de terreno en minas a cielo abierto -de tremendo impacto ambiental- y, además, utilizar productos químicos muy tóxicos, algunos de ellos incluso radioactivos. Huelga a estas alturas decir que la comercialización de muchos de los minerales correspondientes está controlada por multinacionales que los extraen -expolian- de reservas del Tercer Mundo (pej, el coltán en la República Democrática del Congo), incurriendo en graves violaciones de los derechos humanos y alimentando conflictos bélicos encarnizados que se ensañan, como es habitual, con las mujeres y l@s niñ@s. Y esto sólo en cuanto a los terminales; porque para que éstos reciban las señales de internet, se necesitan centros de datos, antenas, cables que cruzan continentes por tierra, mar y espacio, generando una huella material inconmensurable y difícil de imaginar en toda su dimensión.


     En cuanto al reciclaje (o, mejor dicho, la ausencia de reciclaje), de los 50 millones de residuos electrónicos generados al año (portátiles, teléfonos, tabletas), la mayoría no es reciclada ni reciclable, teniendo en cuenta además que los desechos son muy contaminantes (pues contienen cadmio, cromo, plomo, bromo y mercurio) y provocan graves efectos en la salud y en el medio ambiente. En un 80% son exportados a países como Ghana, China, Nigeria, India o Pakistán, donde crecen los vertederos por doquier al calor de una legislación ambiental y laboral tristemente demasiado laxa.


     Y hablando de internet, creo que es el momento y el lugar adecuados para, de la mano de la bióloga Charo Morán, ir desmontando dos mitos al respecto, dos creencias falsas totalmente generalizadas y asumidas. La primera es así de rotunda: desde el punto de vista energético, un ordenador nuevo es más eficiente. La realidad es que el cambio de equipos requiere, con frecuencia, nuevos materiales y uso de energía para su fabricación, de modo que las emisiones de CO2 se reducen en un 20-35% cuando el ordenador conectado a internet tiene unos 7 años -luego acaba, como hemos visto, amontonado en uno de los almacenes de alguna región empobrecida que se ocupa de hacernos el trabajo sucio-. Pero que un ordenador dure tanto tiempo no es lo deseable para el propio sistema capitalista, pues crecer es requisito fundamental de su existencia y para ello el proceso producción-consumo debe ser forzosamente continuo, lo cual queda garantizado por la transformación de objetos de uso en bienes de consumo. En otras palabras,  todo debe durar cada vez menos para que se pueda vender cada vez más, algo que ya denunció Hannah Arendt hace casi sesenta años: “nuestra economía se ha convertido en una economía de derroche, en la que las cosas han de ser devoradas y descartadas casi tan rápidamente como aparecen en el mundo para que el propio proceso no termine en catástrofe“.[7] Dejaré el tema de la obsolescencia para más adelante.


     El otro mito podría rezar así: es más ecológico leer un documento en internet que imprimirlo en papel. Bueno, dependerá del tiempo que el documento esté en pantalla. Por ejemplo, imprimir un texto de cuatro páginas en blanco y negro y a doble cara será más ecológico si se va a tardar más de quince minutos en leerlo en el ordenador.[8]


     Y acabo con un par de apuntes, también sobre internet -símbolo de la desmaterialización de la economía- que quizá han pasado desapercibidos. Su impacto y el entramado necesario causa alrededor del 2% de las emisiones de CO2 (la misma proporción que la industria de la aviación o que un país como Alemania) y, además, se trata de un sector que incrementa su desarrollo agravando el cambio climático e ignorando los límites que impone el planeta. Aun aceptando -a duras penas- que internet facilite el trabajo en muchas ocasiones, conviene tener presente que se ha convertido en una red que genera dependencia, organiza lo inmediato, concentra poder (el sistema financiero, el control de la población o las guerras modernas no serían posible sin su uso) y que, aunque parece inmaterial, imprime su huella -ecológica- allí por donde pasa.


     Una perspectiva decrecentista, crítica, emancipadora, nos dice que es el momento de repensar nuestra relación con las pantallas, deshacernos de ellas en la medida en que sea posible y utilizar la tecnología más frugalmente. Y ya puestos, también nos anima a fomentar la reutilización de los aparatos y dejar de acumular megabytes. Asumir una suerte de simplicidad voluntaria virtual, una actitud modesta sin prescindir de lo bueno que nos aporta. Dice Carl Honoré que “la tecnología es un falso amigo. Incluso cuando ahorra tiempo, estropea el efecto al generar toda una serie de deberes y deseos”.[9] Carlos Taibo va más lejos: es una eventual fortalecedora de muchos elementos que están en el origen del colapso que ya tenemos encima,[10] lo cual genera una paradoja a la que recientemente apuntaba Elizabeth Kolbert: la de una sociedad tecnológicamente avanzada que ha escogido destruirse a sí misma.[11]


     En definitiva, la nueva economía, que se nos intenta vender como un mundo desmaterializado, limpio y muy alejado de la revolución industrial, está causando más perjuicios que beneficios. Estamos al servicio de la tecnología y no al revés y, a su vez, ésta se diseña y despliega en descarado provecho de los intereses de las grandes empresas. Ahí está el meollo de la desmaterialización de la economía: inocular la fe en una tecnología falsamente neutral -el llamado tecnooptimismo- para que resuelva todos los problemas ambientales que han sido causados, precisamente, por el crecimiento de la potencia tecnológica, mientras las grandes empresas, visiblemente indiferentes y carentes de escrúpulos, se llenan los bolsillos con la destrucción del planeta y el agotamiento de recursos básicos de tod@s.

[1] Antonio Turiel, Por qué se despilfarra tanto (Artículo).

[2] Serge Latouche, La apuesta por el decrecimiento .

[3] Florent Marcellesi, La crisis económica es también una crisis ecológica (Artículo).

[4] Eduardo García Díaz, Menos puede ser más (complejidad).

[5] Carlos de Castro, Estamos en el Titanic, no en el Endurance (Artículo).

[6] Antonio Turiel, Por qué se despilfarra tanto (Artículo).

[7] Hannah Arendt, La condición humana.

[8] Charo Morán, La huella material (y social) de internet (Artículo).

[9] Carl Honoré, Elogio de la lentitud.

[10] Carlos Taibo, Colapso.

[11] Elizabeth Kolbert, La sexta extinción.

Tercera Parte

 Tras la Paradoja de Jevons y la desmaterialización de la economía, hoy toca hablar primero sobre uno de los productos estrella del capitalismo verde, los agrocombustibles, para a continuación abordar un fenómeno relacionado con ellos, el acaparamiento de tierras, una práctica que, si bien se remonta a épocas en las que los poderes coloniales se repartieron el continente africano para alimentar con sus recursos las economías occidentales, el proceso no se detuvo ahí, sino que ha continuado con la colaboración de las nuevas élites gobernantes, que lo justifican como ‘proyectos de desarrollo’ mientras disfrutan de la protección y el apoyo de los Estados implicados. De esta manera, cientos de miles de campesin@s y pueblos indígenas han seguido trabajando la tierra en zonas marginales, mientras que las tierras más ricas en minería y agricultura son, cada vez más, controladas por unos pocos.
 
     Desde hace unos años, la búsqueda de terrenos cultivables vírgenes para producir más alimentos y agrocombustibles ha provocado nuevas olas de expropiaciones de tierras que, tras una crisis alimentaria global caracterizada por los elevados precios de los alimentos, se han saldado con expulsiones masivas de campesin@s, nuevas formas de control por parte de los monopolios sobre la tierra y el agua, y proliferación masiva de monocultivos y megaproyectos. Lejos de ser una alternativa a los hidrocarburos, los agrocombustibles reclaman una gran cantidad de gas natural, petróleo y carbón, acaban con las cosechas tradicionales, dañan seriamente los suelos y precisan grandes cantidades de agua. El modelo acompañante genera, de esta forma, graves impactos sobre la vida agrícola e implica fuertes retrocesos en materia de soberanía alimentaria y preservación de la biodiversidad.

Agrocombustibles: todo un símbolo del capitalismo verde


     El fuerte desarrollo de los agrocombustibles se debió, en primera instancia, a la alarma creada por la alta dependencia de los hidrocarburos, pero también al incremento gradual de los precios de los combustibles tradicionales y a la preocupación creada por el pico del petróleo (que tuvo lugar entre 2005 y 2015 según la Agencia Internacional de la Energía). Todo ello ha impulsado una búsqueda activa de alternativas que faciliten el crecimiento sin considerar demasiado tanto los impactos ambientales como el agotamiento de recursos existentes. Efectivamente, el transporte motorizado en la UE se apoya especialmente en el gasóleo (EEUU es más proclive a la gasolina), por lo que el cumplimiento del objetivo europeo del 10% de agrocarburantes en el transporte para 2020 (Consejo Europeo de marzo de 2007) implica, a la fuerza, una importación masiva de biodiesel o de aceites para fabricarlo. El oro a la mayor productividad se lo lleva la palma aceitera -fruto tanto de un menor coste de explotación como de la manifiesta debilidad de las instituciones medioambientales en el Sur-, por lo que es de prever un aumento significativo tanto de la deforestación de bosques como de la explotación de personas en los países tropicales exportadores de agrocombustibles, pues el aceite de palma, además, de producir cuatro veces más biodiesel por hectárea que, por ejemplo, la colza, crece en lugares donde la mano de obra es más barata.


     Los objetivos obligatorios establecidos por la UE para agrocarburantes no podrán ser cumplidos sin provocar fortísimos impactos socioecológicos en los países del Sur, por lo que es fundamental pedir su inmediata cancelación y reclamar en su lugar objetivos obligatorios de reducción de la movilidad individual motorizada y la eliminación de los subsidios para biocombustibles importados del Sur en la UE, pues no representan una fuente de energía limpia y eficiente; aparte de intensas deforestaciones, incendios, fumigaciones, etc. (lo que aumenta las emisiones de gases de efecto invernadero, agravando el cambio climático y los impactos humanos: desplazamientos, desposesión de tierras, laborales, etc), implican el consumo de una enorme cantidad de agua si atendemos a todo el ciclo de producción (desde el riego hasta la refrigeración durante el procesado).


     Los biocombustibles no sólo no son una alternativa a los combustibles convencionales -ni mucho menos sirven para paliar el cambio climático-, pues no pueden -ni de lejos- sustituir el forzoso descenso de oferta de petróleo (y gas) para la próxima década. Tal como indica Carlos de Castro, reemplazar el déficit de petróleo en ese plazo implica, por ejemplo, la construcción de tres mil centrales nucleares (en la actualidad hay unas 450), algo inviable pues aceleraríamos el pico del uranio de forma drástica. Las energías renovables, por su parte, presentan claros límites físicos y ecológicos: producen electricidad, principalmente -que representa en torno a una quinta parte de nuestro consumo energético- y precisan de las correspondientes infraestructuras de electrificación a gran escala, cuya puesta en marcha llevaría décadas[1]. Por otra parte, la sugerencia que lanza Lester Brown, “deben encontrarse otras alternativas a los combustibles, pero tengan por seguro que no hay otra alternativa a la comida”,[2] implica necesariamente, un cambio de modelo, pues el problema de fondo no son los agrocombustibles, sino la desmesurada cantidad de automóviles, camiones y aviones en movimiento. Incluso desde un enfoque social y ambiental adecuado, convendríamos en afirmar que los biocombustibles pueden satisfacer parte de las necesidades energéticas, en particular de las comunidades locales, pero en cualquier caso fuera de este modelo industrial, carente de toda medida, petrodependiente, y basado en el monocultivo, en el uso masivo de insumo externos, en el empleo de transgénicos, en la mecanización y en la exportación. Al exceso de tierras (así como de agua y otros recursos naturales) dedicado a soportar -vía piensos para ganado- nuestras dietas altamente cárnicas, estamos sumando las empleadas para alimentar también el indecente consumo energético al que nos entregamos a este lado del globo. No olvidemos que si los países europeos como España pueden permitirse el lujo de exportar cereales y carne es porque importan grandes cantidades de oleaginosas de países donde hay hambre.


     Dicho esto, parece claro que ‘autolimitación’ es la palabra clave para llevar a cabo un uso sostenible de la tierra -no sólo como productivo básico, sino también como sistema vivo-, que pasa obligatoriamente por una fuerte reducción tanto de la movilidad individual motorizada (transitar hacia la prevalencia del transporte colectivo y no motorizado) como del consumo de carne (transitar hacia la prevalencia de dietas con fuerte presencia de alimentos correspondientes a los primeros escalones de la pirámide alimentaria, es decir, más vegetales y legumbres, y menos carne y pescado).

Acaparamiento de tierras y de agua


     Como decimos, la obtención de agrocombustibles requiere tanto extensas cantidades de tierras como de agua, las cuales son obtenidas por las grandes empresas a través de procesos de privatización, mercantilización y apropiación de bienes comunes y que, conviene que haga notar, repercute principalmente en las mujeres, pues son las que habitualmente cultivan la tierra para alimentar a sus familias. En muchos países africanos, la perversa tradición según la cual las mujeres no pueden ser propietarias de las tierras que trabajan se une al continuo expolio de las multinacionales.


     Según un informe de la organización no gubernamental Grain de 2016, son ya cerca de 500 casos de acaparamiento de tierras por todo el mundo, incluidos sonados fracasados como el proyecto Daewoo en Madagascar o Herakles en Camerún. Aunque el colapso de 2008 forzó una  disminución en el crecimiento del número de negocios cerrados en torno a las tierras agrícolas, el acaparamiento global de tierras está lejos de terminar, se expande a nuevas fronteras e intensifica los conflictos en todo el mundo. El impacto del cambio climático, dicho sea de paso, agrava la situación pues, además de provocar fuertes pérdidas en las cosechas (algo que hemos constatado recientemente en Filipinas, donde se multiplican los agricultores mendigando en las calles en busca de alimento) está continuamente realimentado por el transporte motorizado, que emplea la quema de carbón y petróleo, y por el sistema industrial de producción de alimentos. En base al expolio de tierras, nuevos acuerdos de gran extensión y largo plazo se siguen firmando con las élites de países empobrecidos, como la palma aceitera y el avance de los fondos de pensión y conglomerados comerciales para asegurar el acceso a nuevas tierras agrícolas. “Ganar el acceso a las tierras agrícolas es parte de una estrategia corporativa más amplia para obtener ganancias en los mercados del carbono, recursos minerales, recursos hídricos, semillas, suelos y servicios ambientales”.[3]
 

     En este atraco legalizado no sorprende la aparición de nuevos actores provenientes del sector financiero, interesados ahora en obtener ganancias a costa de los verdaderos pesos pesados entre los inversionistas institucionales: por un lado los fondos de pensiones, fuente de la mayor parte del capital detrás de las compañías que están ‘comprando’ tierras agrícolas en buena parte del planeta, y por otro las instituciones para el desarrollo, otro grupo importante de nuevos protagonistas en el sector de las finanzas, parientes -pero con un visible ánimo de lucro- de las agencias de ayuda para el desarrollo. En tanto que la actividad agrícola es vista como una inversión de riesgo, las empresas deben acudir al financiamiento de unas agencias que, con el dinero de los contribuyentes, invierte en el negocio del acaparamiento de tierras. Sin su participación, el número de negocios en tierras sería notablemente menor.


     Y si hablamos de finanzas, obviamente no podemos pasar por alto los paraísos fiscales, cuyo papel en el acaparamiento de tierras agrícolas actual es realmente importante. En Mozambique, por ejemplo, casi todas las empresas que acaparan tierras están registradas en Mauricio. Estas estructuras extraterritoriales pueden ser legales, ocultar la corrupción, impedir que se conozcan los verdaderos dueños y permitir a las compañías que evadan el pago de impuestos. A todo esto ya no llama mucho la atención el hecho de que compañías que acaparan tierra no tengan demasiado interés en la actividad agrícola, sino que más bien parecen creadas para lavar dinero, evadir impuestos o estafar a la gente con sus ahorros, como son los casos de la African Landa Limited (Reino Unido) en Siera Leona o de Karaturi (Kenia) en Etiopía. Aparte de José Manuel Soria, no fue una gran sorpresa ver los nombres de muchos inversionistas en tierras agrícolas en los tristemente famosos Papeles de Panamá.


     Con unas pocas excepciones, las adquisiciones de tierra incluyen también las de agua, de modo que un recurso abierto y al alcance de tod@s se transforma en un bien privado cuyo acceso debe negociarse según la capacidad de pago. El acaparamiento de aguas se manifiesta en formas diversas; extracción para grandes monocultivos (que se basan en la aplicación de prácticas productivas industriales y orientan la agricultura hacia la maximización de los beneficios), producción industrial de alimentos y combustibles o construcción de represas fluviales para la energía hidroeléctrica.


     Efectivamente, un número alarmante de explotaciones de alto consumo de agua están instalándose en zonas de conflicto: aguas arriba de las comunidades dependientes de agua o sobre reservas no renovables de agua subterránea. Esto hace que cuando golpea la sequía, las comunidades que viven cerca de las plantaciones ven restringido su acceso al agua, como ocurre en la actualidad en regiones que viven cerca de nuevas plantaciones de caña de azúcar en Camboya o en el Valle del Bajo Omo (Etiopía).


     La próxima y última entrega de esta serie tratará sobre la impronta del dogma neoliberal en la economía y en concreto en la estrategia destinada a resolver la contradicción entre desarrollo económico y protección del medio ambiente. El capitalismo verde se presenta así como una manera de recuperar las tasas de beneficios, de seguir creciendo de forma ilimitada y de consolidar la hegemonía de los lobbies energéticos fósiles mientras se ignoran de forma descarada los aspectos ecológicos y el inminente agotamiento de recursos.

[1] Carlos de Castro, Colapso y transición de nuestra civilización: defensa del gaiarquismo .

[2] Lester Brown, Los supermercados y las estaciones de servicio ahora compiten por los mismos recursos (Artículo).

[3] GRAIN, El acaparamiento global de tierras en 2016 .

Cuarta Parte 

 Hemos visto que el capitalismo verde se presenta como la solución a la contradicción entre desarrollo económico y protección de la naturaleza, en la medida en que propone una política ambiental que debe seguir criterios más ‘saludables’ -el llamado desarrollo sostenible– y rechazar aquellas actividades más dañinas para el medio ambiente. El problema, sin embargo, es que deja al margen el proceso de acumulación de capital, la productividad y la competencia, de manera que proporciona continuidad y legitimidad a la estrategia productivista, la cual va a seguir operando como lei-motiv de una economía en una dinámica grotesca de interminable y obligado crecimiento, empujada a su vez por una tecnología cada vez más eficiente cuya meta final es el fraude de la desmaterialización de la economía.

La ofensiva neoliberal

     Tres décadas de consumo de masas y de tasa de ganancia sostenida han dejado consecuencias ecológicas intensas y una preocupación de efectos profundos y, en buena medida, imprevisibles: el cambio climático producido por las emisiones de gas de efecto invernadero. Si el período del ‘consenso keynesiano’ confirmó y alentó la sed capitalista de beneficios que ha puesto a la humanidad al borde un caos ecológico catastrófico e irreversible, es con la clausura de estos ‘treinta gloriosos’ cuando, con Reagan y Thatcher a ambos del Atlántico, entra en juego la ofensiva neoliberal y se procede a una fuerte desregulación y a una regresión social que ha allanado el terreno para que campe a sus anchas la economía de casino, que es la que hoy tenemos.

     Los problemas de acumulación, recurrentes desde la Revolución Industrial, fueron ‘solucionados’ a base de crédito barato, consumo conspicuo, privatización de lo público, nuevos expolios de recursos (agua, genoma, semillas, tierras cultivables), obsolescencia programada, globalización y deslocalización de la producción en busca de mano de obra esclava. Esta batería de despropósitos sólo podía agravar los impactos ecológicos: explosión de emisiones y de contaminación, aceleración de la destrucción de los sistemas naturales, saqueo de recursos, extinción de especies, etc. Por su parte, los mecanismos del mercado se vieron fortalecidos por el tratamiento de las problemáticas ambientales, como por ejemplo pone de manifiesto el vergonzante trapicheo con las emisiones de carbono entre países, permitido en el Protocolo de Kioto. De hecho, el tratamiento neoliberal de la cuestión ambiental va a consistir en eliminar toda dimensión social e histórica y proceder a su mercantilización. Sometida a la ampliación del proceso de capitalización de la naturaleza y la vida, para José Seoane el capitalismo verde “se constituye así en una matriz del tratamiento neoliberal de la cuestión ambiental promovida a nivel internacional por una fracción de las elites políticas y económicas del viejo centro del capitalismo, tanto de EE.UU. como de la Unión Europea. Su despliegue coincide y refuerza la expansión del mercado, del capital y de la privatización de los bienes naturales y la naturaleza características del neoliberalismo “.[1]

     Esta profundización del daño ambiental ha obligado a buscar otro eslogan resultón para ver si los ecologistas se tranquilizan y las grandes empresas lavan un poco la cara. Después de la revolución verde y del capitalismo verde, ahora llega la economía verde, que oficialmente dice algo así como conjugar la satisfacción de necesidades y la preservación de la biodiversidad y los ecosistemas con más crecimiento. Esto en cristiano se traduce como mercantilizar -aún más- los recursos naturales para que todos los servicios ecosistémicos, sin excepción, sean transformados en mercancías. En este sentido, resulta toda una joya del razonamiento mezquino e inmoral la afirmación de uno de los arquitectos de la patraña neoliberal: “los valores ecológicos pueden encontrar su espacio natural dentro del mercado, como cualquier otra demanda de los consumidores. ¿Y por qué no los humanos, señor Friedman?, ¿a cuánto cotiza la bondad, la generosidad, la empatía?.

     Los impactos ecológicos, de nuevo, pasan a segundo plano como meros efectos colaterales, inevitables, en pos relanzar la acumulación de capital, estrategia a la que las grandes instancias internacionales han dedicado millones de artículos e informes para tratar de implementarla. No hay que ser un lince para avistar el nuevo estado de las cosas: intensificar los ataques contra el mundo del trabajo, los jóvenes, las mujeres, las comunidades campesinas y los pueblos indígenas bajo la hegemonía de los lobbys energéticos fósiles, los agrocombustibles y el ‘carbón limpio’, todos ellos funcionando a golpe de privatizaciones y subsidios públicos. Para Daniel Tanuro, “Dos siglos después de su nacimiento, el capitalismo enfermo, hundiéndose bajo las deudas, quiere imponer a la humanidad un remake global de los “cerramientos”, combinado con la continuación de sus otros crímenes sociales y ambientales”.[2]

     Priorizar los aspectos económicos e ignorar los energéticos y ambientales, como propone el dogma correspondiente, es una opción que perpetúa la vulnerabilidad y la inestabilidad. A día de hoy, de los diez equilibrios identificados en un estudio reciente como fundamentales por la Universidad de Estocolmo (y cuya alteración podría resultar muy grave para la biosfera en su conjunto) ya hemos rebasado tres: cambio climático, biodiversidad y niveles de nitrógeno. Por otro lado, el modelo económico sólo es estable si crece a un ritmo determinado, hasta el punto de que acierta Aniol Esteban cuando dice que “el imperativo de crecer ha definido la estructura de la economía moderna”.[3] En este sentido, el culto al crecimiento opera como un mito que el neoliberalismo tiene a bien emplear para mantener alejada de la gente la gravedad de los retos económicos y ambientales a los que nos enfrentamos, un precepto, por otro lado, ya ampliamente cuestionado pero que goza de la inacción (complicidad, más bien) de políticos y economistas de casi todo pelaje. Lo estamos viendo en España, con la vuelta del ladrillo (uno de los principales causantes de la crisis de 2008, dicho sea de paso), la decidida intención de seguir rentabilizando el litoral y la irracional, absurda, despilfarradora y ecológicamente nefasta apuesta por el AVE, que pese a que la ristra de desastres que está causando parece que continúa de manera incontestable.

     Ante la lógica productivista del sistema, que agota las dos únicas fuentes de riqueza -tierra y trabajador- en el altar del beneficio; y el furioso individualismo impuesto por el desarrollo capitalista –en particular por los modos de movilidad y hábitat inducidos por el vehículo individual motorizado y la especulación inmobiliaria- no nos queda otra que contraponer a la lógica del crecimiento y del beneficio la de los bienes comunes, la del tiempo libre y la de la satisfacción de necesidades  humanas reales, democráticamente determinadas en el prudente respeto a los ecosistemas. Esperemos que François Chesnais tenga razón cuando dice que la conjunción de la crisis económica y ecológica debería crear las condiciones propicias para la eclosión de una conciencia y una lucha ecosocialista durante las que -mediante una necesaria reapropiación colectiva de las riquezas naturales- se irá forjando una cultura de las relaciones entre la humanidad y su entorno “basadas en la premisa de nuestro compromiso en el mundo en lugar de nuestra desvinculación de él”.[4]

Un resultado desolador

     En resumen, convertido en ‘desarrollismo verde’, la fórmula neoliberal sitúa la cuestión ambiental al servicio del capitalismo y apuesta por el mercado y los parches tecnológicos como soluciones al problema ecológico y social, siempre tratando de dejar intacta la estructura de los actuales sistemas de producción. Siguiendo a Kathleen McAffee, con la reconceptualización de los problemas ambientales como problemas de eficiencia de los mercados, los pilares ecológicos y sociales de la sostenibilidad aparecen como subsidiarios y subordinados al económico, tratando de mantener alejado del foco de atención el debate sobre el cambio socioestructural.[5]

     Para Lanka Horstnick el resultado es desolador: la mayoría de los habitantes del planeta continúa siendo pobre (vive con menos de 10 dólares diarios), la desigualdad sigue siendo endémica en regiones ricas, millones de pequeños campesinos ven cada vez  más restringido el acceso a bienes básicos (tierra, agua, semillas) y nuestra presión sobre la biosfera no deja de intensificarse. El paradigma productivista, bajo el mantra de que la industrialización reduce el hambre y la pobreza, y pese a haber incrementado enormemente la producción agrícola, está haciendo que la mitad de los pobres del mundo sean los pequeños agricultores y un quinto de ese total sean familias rurales sin tierra.[6] El prestigioso antropólogo Marshall Sahlins no puede estar más acertado: las sociedades actuales representan la era de un hambre sin precedentes. “Ahora, en la época del más grande poder tecnológico, el hambre es una institución.[7]

     Hemos visto que la mercantilización de la naturaleza y de la vida ignora los gravísimos desequilibrios ecológicos creados por ella misma. Pero quizá el mayor problema al que nos enfrentamos hoy día es que estamos prácticamente en tiempo de descuento para mitigar, al menos, los peores efectos del colapso que se avecina, por lo que vamos a tener que darle toda la razón a Jorge Reichamnn cuando afirmó hace unos años que “la crisis financiera de 2008 probablemente fue la última oportunidad para quebrar a tiempo la desastrosa hegemonía neoliberal de los últimos decenios”. Copenhage, al año siguiente, fue probablemente la última oportunidad para salvar el equilibrio climático del planeta.[8]

Por una democracia ecológica

     Creo que hay un aspecto que este texto no debe pasar por alto y es que el discurso del desarrollo sostenible, argumento principal del capitalismo verde, aparte de no contribuir a la eliminación de pobreza y el hambre y a la protección de los recursos naturales para las generaciones venideras, no está posibilitando ni la participación, ni la equidad social y ambiental. En tanto que la salud medioambiental está claramente vinculada a la existencia de instituciones y valores democráticos y participativos, se hace cada vez más visible la necesidad de una ‘democracia ecológica’. De hecho, buena parte del cuerpo científico, movimientos sociales y ecologistas (y cada vez más instituciones supranacionales) denuncia que la sostenibilidad tiende a favorecer a los países ricos –tanto privatizando beneficios y socializando costes, como mediante las externalizaciones propias de los procesos de producción-.

     Así pues, sumándonos a la definición de de Timotny Mitchell, esta democracia ecológica estaría basada en una “gobernanza participativa centrada en los entornos saludables, la justicia social y una ciudadanía vigorosa[9] que trata de superar el modelo de gobernanza de perfil tecnocrático, poco transparente, con fuertes alianzas público/privadas en la gestión del territorio, interesado en la desregulación y la privatización, en la austeridad (entendida como recortes injustos sobre l@s más vulnerables), en la implementación de sistemas impositivos poco progresivos; en gobiernos con vocación de transparencia, democracia y activa participación ciudadana, empoderamiento social, regulación de materias amenazadas por los mercados especulativos y un programa de acción política y presupuestos orientados a la sostenibilidad general y, más concretamente, a la ecológica. Explicado en palabras de Fernando Prats, Yayo Herrero y Alicia Torrego, se trataría, en definitiva, de recuperar el control democrático sobre campos estratégicos de interés general, requerir la contribución de la esfera económica privada con el bien común, aplicar prácticas democráticas también en el interior de las empresas, confrontar el poder desmesurado de la banca y las grandes empresas sobre la política y la vida social. Así pues, la democracia ecológica se presenta como una eficaz alternativa que une dos poderosos conceptos -democracia y ecología- y que parte del estudio de la interconexión entre el ser humano con la naturaleza y todos los seres vivos.[10]

     Si el capitalismo está destruyendo la base de recursos naturales y el entorno biofísico de los cuales depende su propio crecimiento, la propensión humana –apuntada ya en su momento por Adam Smith- a transportar, permutar e intercambiar[11] debe ser reorientada de acuerdo con una reforma democrática radical en defensa de la soberanía alimentaria y los métodos participativos en virtud de los cuales la gente vaya recuperando el control de los bienes comunes. Esto, obviamente, implica la abolición de la  mercantilización de la naturaleza sobre la que hoy se basa el éxito de los negocios, nada más y nada menos que una auténtica revolución contra el nefasto capitalismo verde, el último y desesperado intento de la era industrial para perpetuar su ya agónica existencia.
[1] José Seoane, La neoliberalización de la cuestión ambiental (Artículo).
[2] Daniel Tanuro, Las fases de desarrollo de la crisis ecológica.
[3] Aniol Esteban, De la economía de las 5 I’s a la economía verde (Artículo).
[4] François Chesnais, Pistas para un anticapitalismo verde.
[5] Kathleen McAffee, ¿Vender la naturaleza o salvarla?.
[6] Lanka Horstnick , Sostenible si es comercializable (Artículo).
[7] Mashall Sahlins, Economía de la edad de piedra.
[8] Jorge Reichmann, Economía, insostenibilidad, ceguera voluntaria, futuralgia (Artículo).
[9] Timothy Mitchell, ¿Política verde o tristeza medioambiental?.
[10] Fernando Prats, Yayo Herrero y Alicia Torrego, La gran encrucijada.
[11] Adam Smith, La riqueza de las naciones.

2 comentarios:

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