Crisis ecológica e izquierda

Yayo Herrero - El Salto

La izquierda está perdida ante los desafíos del antropoceno y el cambio global. Reorganizar las sociedades para que quepamos todas obliga a asumir estilos de vida más austeros en lo material.



En la década de los años 70 se superó la biocapacidad global de la tierra. El declive de los minerales y de la energía fósil de alta tasas de retorno, los escenarios catastróficos del cambio climático, la pérdida de biodiversidad, el deterioro de funciones básicas de los ecosistemas —como la polinización, la fotosíntesis y el ciclo del agua— o el aumento de la contaminación de agua, tierra y aire evidencian que ese inagotable almacén y vertedero que algunos veían en la naturaleza tenía límites y ya están sobrepasados. 

Nos encontramos en el Antropoceno. La especie humana se ha convertido en el mayor agente modelador de la corteza terrestre y su actividad es la causante de la alteración de los mecanismos que permitían que, ante las perturbaciones, la propia naturaleza restableciese las condiciones biofísicas que aseguraban la vida humana y la de otras especies. 

Bacon definía la ciencia como poder y auguraba que permitiría “estremecer la naturaleza hasta sus fundamentos”. No cabe duda de que el capitalismo, la tecnociencia a su servicio y la disponibilidad de enormes cantidades de energía permitieron cumplir parte de esas promesas. Hoy, ese estremecimiento hace temblar la tierra desde las cumbres más altas, donde los glaciares se descongelan velozmente, hasta el fondo de las fosas abisales, al que apenas ha llegado el ser humano pero sí sus residuos químicos. 

Pero el sueño de Bacon no se cumplió completamente. La naturaleza no resultó ser esa máquina que anunció Newton, sino un sistema complejo y autoorganizado que se desenvuelve, en palabras de Kaufmann, “entre la estructura y la sorpresa”. El cambio global está conduciendo a situaciones irreversibles e inciertas que no se pueden encauzar a voluntad. Algunos territorios se hacen yermos e invivibles y la naturaleza se convierte en un campo de batalla en el que se pugna por los recursos decrecientes. 

La translimitación de la biocapacidad de la tierra influye de forma importante en la economía y en la política, y el estancamiento secular de las tasas de ganancia del capital, que se arrastra desde los años 70, tiene mucho que ver con ello. 

Se producen guerras formales por los recursos y movimientos de ejércitos que se posicionan ventajosamente ante la crisis ecológica, guerras informales de gobiernos contra sus pueblos cuando resisten al extractivismo, o guerras económicas como las que las transnacionales declaran a través de los tratados comerciales.
 
Los migrantes de Siria o África no pueden atravesar las fronteras, pero sí lo hacen alimentos, minerales o energía que vienen de los territorios que se ven obligados a abandonar. Para sostener las economías de los centros de privilegio hace falta saquear los países desposeídos. Quienes tienen poder económico, político y militar se sienten con el derecho de disponer de un mayor espacio vital, aunque para ello haya que expulsar, ahogar, congelar o matar de hambre a la población “sobrante”. 

Las soluciones meramente tecnológicas no son universalizables o son ciencia ficción. 

El decrecimiento material global es inevitable y en esta clave hay que interpretar a Le Pen o Trump cuando dicen “aquí no cabemos todos”. Están manifestando de forma descarnada la evidencia de que, para que unos tengan de más, hay que desposeer a otros. Se desencadenan guerras entre pobres y una parte de ellos termina culpando a la otra, a quienes se tilda de fanáticos y violentos, para poder justificar moralmente su abandono y exterminio. 

La izquierda está perdida ante esta situación. Si su política económica y social depende del reparto de una parte del excedente y no hay crecimiento, no hay nada para repartir y no pueden ofrecer ninguna alternativa a las falsas promesas que hace el neofascismo. 

Reorganizar las sociedades para que quepamos todas obliga a asumir estilos de vida más austeros en lo material. Necesitamos un reajuste valiente, decidido y explicado y un reparto radical no de los excedentes del crecimiento, sino de la propia producción primaria, que forzosamente será menor. Estamos en una situación de emergencia y no queda mucho tiempo para reaccionar.

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