Aspectos psicológicos del decrecimiento

Iván Flamarique Urdín

Uno se pregunta cómo sería una sociedad que no siga el dogma del crecimiento ilimitado que hoy padecemos y qué tipo de individuos formarían parte de ella. ¿Estaremos preparados para vivir en comunidades sin pretensión de crecimiento económico? Dudo que seamos plenamente conscientes de los cambios voluntarios o involuntarios que quizás tengamos que asumir.

Si queremos cambiar una sociedad insostenible por otra en equilibrio con su entorno, parece lógico pensar que también deben cambiar los individuos que la forman. No se trata de establecer un perfil psicológico adecuado sino de abrir el debate a las cosas que quizás tengamos que ir revisando en nuestra forma de vida.

Desde niños hemos recibido un mensaje muy claro: “hay que esforzarse para progresar en esta vida”. Esta pretensión entra dentro de la lógica del crecimiento continuo e ilimitado. La lógica del más, que lleva asociada una serie de enfermedades características de nuestro tiempo como ansiedad, estrés, insatisfacción o frustración. Vivimos con la sensación de que lo que tenemos o somos no es suficiente, queremos algo más, algo externo que quisiéramos comprar. Así pues necesitamos trabajar y ganar más de lo que en necesitamos ya que queremos una casa en propiedad o una segunda vivienda. Queremos un coche o dos, queremos viajar, experiencias, sensaciones… y consumimos todo lo que podemos. Ya no se sabe vivir sin todas esas necesidades que hemos ido adquiriendo con el paso del tiempo.

Trabajamos para poder pagar cosas no esenciales. ¿Acaso nos hemos convertido en esclavos sin darnos cuenta? Mirando algunas personas parece que vivieran para trabajar, que no saben que hacer con su tiempo libre aparte de gastar su dinero, ya sea en ropa o clases de yoga. Esa actividad mantiene activada la economía y genera trabajo, por ese trabajo la gente puede comprar más y entramos en un círculo vicioso insostenible, puesto que la energía y los recursos son limitados por mas eficientes que seamos.

Este comportamiento no es otra cosa que una forma de adicción. La ley que impera actualmente es la rentabilidad. Aquello que genera dinero sobrevive, aquello que no, sucumbe y desde luego, hacer creer a la gente que tienen necesidades que antes no tenían, es un buen negocio.

Parece evidente que tendremos que aprender a diferenciar entre lo razonable y lo no esencial. Teniendo en cuenta que el uso de combustibles fósiles está causando cambios en el clima de la Tierra y que sostienen la producción mundial de alimentos, parece extravagante conducir un automóvil por persona. Razonable es alimentarse, extravagante es comprar alimentos que provienen del otro lado del planeta. ¿Es razonable beber cerveza si para la elaboración de un litro se consumen 300 litros de agua o comer una hamburguesa si para fabricarla hacen falta 2.400? Estos y otros datos son los que ofrece Pacific Institute para poner algo de luz en nuestros hábitos cotidianos.

Allí donde hay recursos estratégicos hay guerras, que son la consecuencia de nuestra lógica del más. Sobre nuestra sociedad de consumo pesa la memoria de mas de 5 millones de muertos en el Congo desde 1998, país que tiene casi en exclusiva las reservas mundiales de coltán, una serie de minerales imprescindibles para la fabricación de teléfonos móviles, GPS, televisores de plasma, videoconsolas, ordenadores portátiles, MP3, MP4...

¿Seríamos capaces de vivir sin todos estos aparatos? ¿Nos sentimos cómodos utilizándolos si lo sabemos? No creo que haya que dar la espalda a la innovación y la investigación si no que, siendo conscientes del origen de las materias primas y sus limitaciones, quizás debiéramos plantearnos otras formas de consumo y de propiedad.

El decrecimiento voluntario nos propone mayor sencillez en nuestras vidas y una auténtica revolución psicológica pero, ¿estamos preparados o dispuestos a semejante cosa?

Decrecimiento: menos para vivir mejor


El gran reto del decrecimiento en los países enriquecidos es aprender a producir valor, libertad y felicidad reduciendo significativamente la utilización de materia y energía, así como los desechos. Se trata de aprender a vivir mejor con menos para poder pasar de una cultura de guerra con los territorios y el conjunto de los seres vivos a una cultura de paz que permita construir otra forma de estar en el mundo

Ecologistas en Acción declara 2009 como el año de “menos para vivir mejor”, el año del decrecimiento con equidad. Para ello pondrá en marcha toda una serie de campañas, en las 13 áreas temáticas en las que trabaja, que nos ayuden a avanzar hacia una sociedad más sostenible y solidaria.

Ecologistas en Acción trabajará para que 2009 sea el “año del decrecimiento con equidad”. A estas alturas resulta evidente que hemos sobrepasado los límites del planeta: consumimos recursos a una velocidad mayor de su capacidad de recuperación y producimos basuras a un ritmo imposible de asumir por los ecosistemas. También es palpable que vivimos en una sociedad con crecientes desigualdades.

Para la organización ecologista es el momento de decir basta, de entender que “necesitamos menos para vivir mejor”. Es decir, que tenemos que evolucionar hacia una economía que no necesite crecer continuamente. Así, en los países sobredesarrollados del planeta, como el nuestro, en lugar de incrementar constantemente el consumo de energía y recursos, tendremos que decrecer en su uso. Sólo así podremos acoplarnos a los límites del planeta y avanzar hacia sociedades más justas que permitan salir de la miseria a millones de personas.

La crisis que vivimos, además de ser dramática para la vida de muchas personas, también supone una oportunidad. La oportunidad de avanzar hacia la sostenibilidad.

Campaña sobre decrecimiento de Ecologistas en Acción. Menos para vivir mejor

La nueva era del decrecimiento y el modelo de la democracia inclusiva


Blai Dalmau - Détourné colective - Enero de 2009


Sinopsis

Este artículo es una síntesis de tres corrientes de pensamiento actuales: 1) el movimiento del decrecimiento o de objetores del crecimiento, 2) las previsiones científicas acerca del pico del petróleo y 3) el proyecto de la democracia inclusiva. El propósito no es explicar en profundidad ninguna de estas líneas de pensamiento -muy bien defendidas por sus principales autores-, sino mostrarlas en visión panorámica, para que sonsacar la relación que tienen.

Primera Parte
La nueva era del decrecimiento

¿De donde venimos?

El sistema en que vivimos fue gestado aproximadamente hacia el siglo XV. La interacción de diversos factores indisociables tales como la expansión del comercio mundial, la colonización de América y el surgimiento de la burguesía contribuyeron a que se formaran nuevas ideas, nuevas instituciones y una nueva fuerza rectora, la economía de mercado, que gradualmente quebrantaron los moldes del antiguo régimen y reorganizaron la sociedad con nuevos paradigmas. Los gremios, las castas, el poder aristocrático y el imaginario religioso entraron en disolución y quedaron obsoletos a medida que emergieron los elementos constitutivos del sistema capitalista. Podemos fechar hacia mediados del siglo XVIII el advenimiento definitivo de este sistema, con la revolución industrial en Inglaterra, la revolución francesa, los federalistas americanos que fundaron las bases de la democracia representativa…
La sociedad comenzó así una gran transformación que consistió básicamente en la separación de política, economía y sociedad civil: “un mercado autorregulado requiere nada menos que la separación institucional de la sociedad en una esfera económica y una política” (1). La institución de la economía de mercado adquirió paulatinamente un poder omnipresente, un carácter autónomo y autorregulado, con sus dinámicas propias: mercantilización del trabajo, la tierra y de todo aquello susceptible de ser trasformado en mercancía; acumulación de capital y concentración progresiva de poder en pocas manos, etc. Simultáneamente surgió la clase obrera, formada por antiguos artesanos y campesinos, ahora desposeídos de los medios de producción básicos para procurar su subsistencia independiente, y por ello, obligados a vender su fuerza de trabajo en el incipiente mercado manufacturero. Aparecen también los sindicatos, las leyes proteccionistas y de seguridad social, como contraparte y como lucha para imponer límites a las crecientes fuerzas -a menudo dislocadoras y devastadoras- de la economía de mercado:
“La dinámica de la sociedad moderna estuvo gobernada durante un siglo por un movimiento doble: el mercado se expandía de continuo, pero este movimiento se vio contrarestado por otro que frenó la expansión en direcciones definidas. Tal movimiento contrario era vital para la protección de la sociedad, pero en última instancia resultaba incompatible con la autorregulación del mercado, y por ende con el propio sistema de mercado” (2)
Además, este nuevo sistema se caracterizó enseguida por una nueva visión de la naturaleza. Tal como observa Heidegger, en la modernidad, por primera vez el ser humano empieza a contemplar su entorno como un almacén de recursos disponibles para su uso. Los filósofos de la ilustración estaban orgullosos de que la sociedad naciente dominase, transformase y explotase la naturaleza según las finalidades del crecimiento económico y del desarrollo técnico e industrial. Este fue un punto esencial del nuevo imaginario que acompañaba a la nueva sociedad capitalista, una sociedad y un imaginario que dura hasta nuestros días.
La economía del crecimiento
Uno de los rasgos esenciales del sistema capitalista es la necesidad del crecimiento económico: dentro del desarrollo normal y “saludable” de la economía de mercado, la producción y el consumo se expanden cada año. Deben expandirse. De lo contrario, la sociedad entra en una crisis que desata graves problemas económicos y sociales. Así pues, la economía de mercado tiene una dinámica que podemos denominar de “crecer-o-morir”. Todas las empresas tienen como objetivo prioritario aumentar las ganancias y todos los gobiernos qua administran el sistema procuran acrecentar el PIB cada año. Así, vemos como el crecimiento económico exponencial ha sido la norma en los últimos dos siglos, salvo en excepcionales periodos de crisis. Vemos también como el crecimiento constituye un motivo principal del imaginario dominante:
“Toda la humanidad comulga en la misma creencia. Los ricos la celebran, los pobres aspiran a ella. Un solo dios, el Progreso, un solo dogma, la economía política, un solo edén, la opulencia, un solo rito, el consumo, una sola plegaria: Nuestro crecimiento que estas en los cielos… En todos lados, la religión del exceso reverencia los mismos santos -desarrollo, tecnología, mercancía, velocidad, frenesí-, persigue los mismos heréticos -los que están fuera de la lógica del rendimiento y del productivismo-, dispensa una misma moral -tener, nunca suficiente, abusar, nunca demasiado, tirar, sin moderación, luego volver a empezar, otra vez y siempre. Un espectro puebla sus noches: la depresión del consumo. Una pesadilla le obsesiona: los sobresaltos del producto interior bruto.” (3)
Sin embargo, esta necesidad del crecimiento por el crecimiento, lejos de ser una panacea de abundancia y felicidad, conlleva notorios efectos adversos: engendra una buena cantidad de desigualdades e injusticias; crea un bienestar considerablemente ilusorio; no suscita ni para los propios “pudientes” una sociedad convivencial, sino una sociedad enferma de su riqueza; destruye y degrada la naturaleza de forma devastadora, hasta el punto de que amenaza la misma supervivencia humana a medio plazo. Obviamente, el crecimiento se motiva mediante la acumulación de capital y la beligerancia comercial generalizada, la cual cosa crea un clima de hostilidad y separación de intereses, y una alienación de la gran masa de la población respecto a la esfera pública, a favor de una elite cada vez más reducida y poderosa. Esto comporta innumerables y crecientes problemáticas sociales, psicológicas, culturales, etc. Como señala Serge Latouche:
“El desarrollo económico, lejos de ser el remedio a los problemas sociales y ecológicos que desgarran el planeta, es el origen del mal. Debe ser analizado y denunciado como tal. Incluso la reproducción duradera de nuestro sistema depredador no es ya posible.” (4)
Cabe añadir que aunque quisiéramos, no podríamos pretender que la expansión de la producción y el consumo que hemos vivido en los últimos dos siglos se mantenga infinitamente. Los recursos naturales en que se basa el crecimiento económico son finitos. Por ello, no hay que ser visionario para entender que tarde o temprano la finitud del planeta limitara el crecimiento cada vez más acelerado que requiere la economía de mercado. Cuando esto suceda, la economía de mercado entrará en una profunda crisis, pues no es un sistema preparado para asimilar positivamente el descrecimiento. Como veremos a continuación, este punto está muy próximo. La economía del crecimiento por el crecimiento no solo es indeseable, sino que, a principios del nuevo milenio, empieza a ser imposible.
El fin del crecimiento
Como es sabido, el petróleo es la energía que sustenta el mundo contemporáneo: el transporte, la producción y circulación de mercancías dependen casi totalmente de esta materia prima. Cada yacimiento de petróleo explotado, en determinado momento, llega a su cenit, es decir, el momento en que no se puede continuar extrayendo más cantidad de crudo como se viene haciendo, sino que la capacidad de extracción empieza a declinar. Así, llega un punto en que se alcanza el cenit de la producción mundial de petróleo. Este momento esta previsto desde los años 50 que será alrededor del 2010. Según los datos, en efecto, desde 2005 se ha alcanzado una parada de la extracción, que ya no aumenta, sino que se mantiene más o menos constante. Por ello, centenares de científicos y miles de ciudadanos de todo el mundo, advierten que hemos entrado en la antesala de una crisis de gran magnitud, provocada por el choque entre la necesidad de crecimiento del sistema y la realidad geológica, que pone limites a este crecimiento:
“En conjunto no hay un sustituto para el petróleo debido a su alta densidad energética, la facilidad de su manejo, la multiplicidad de sus usos y los volúmenes en que ahora lo usamos. El pico de la producción mundial de petróleo, con el consiguiente e irreversible declive, será un punto de inflexión en la historia de la Tierra cuyo impacto mundial sobrepasará todo cuanto se ha visto hasta ahora. Y es seguro que ese acontecimiento tendrá lugar durante la vida de la mayoría de las personas que viven hoy.” (5)
El decrecimiento es una necesidad absoluta en nuestra época, impuesta por los límites planetarios, por el agotamiento de los recursos (sobretodo del petróleo, pero también, un poco después, del gas, el carbón, el uranio y otros minerales). Si estuviéramos en otro tipo de sociedad decrecer no tendría porque suponer un problema, pero dentro de los marcos de la economía de mercado, decrecer equivale a entrar en depresión económica, e incluso, posiblemente, como argumentan muchos comentaristas, llegar al colapso sistémico. En cualquier caso, hay que tener presente que la crisis producida por el cenit del petróleo no es temporal como lo han sido otras, sino que es un punto de inflexión, un cambio de época: marca la entrada a la era del decrecimiento.
“El pico del oro negro afectará de lleno al crecimiento económico, iniciándose como dice Heinberg (2007) una profunda recesión sin fondo y sin fin. Un siglo de decrecimiento económico global está a punto de empezar. Es decir, el decrecimiento del flujo energético global será un verdadero torpedo en la línea de la flotación del actual capitalismo globalizado, basado en la necesidad de crecimiento y acumulación constante. La Naturaleza, y más en concreto su geología, pondrá finalmente límite a este loco crecimiento “sin fin”, y se iniciará la Era del Decrecimiento. Y esto ocurrirá muy pronto, quizás antes de 2010, o en torno a esa fecha.” (6)
Dado que el sistema capitalista y la economía de mercado no están preparados para decrecer serena y virtuosamente, tarde o temprano, en el transcurso de la gran crisis sistémica que estamos comenzando, será preciso iniciar profundos cambios individuales, colectivos y políticos. Estos cambios implican una salida de las inercias y las dinámicas del régimen capitalista. Presumiblemente, la estructura de este sistema se disolverá y entrara en obsolescencia a medida que se manifieste su incompatibilidad con la nueva era del decrecimiento. Este proceso debería ir aparejado del florecimiento de los elementos constitutivos de una nueva sociedad, que a su vez, contribuirán a acelerar el agonizante proceso de disolución del anterior sistema. Así pues, los seres humanos debemos empezar a encontrar e instituir una nueva forma de organización social, acorde a la nueva era del decrecimiento. Tal como declaraba recientemente un analista del mundo contemporáneo:
“Podemos aseverar con confianza que el presente sistema no sobrevivirá. Lo que no podemos predecir es cuál nuevo orden será el elegido para reempezarlo, porque este será el resultado de una infinidad de presiones individuales. Pero tarde o temprano, un nuevo sistema se instalará. No será un sistema capitalista pero puede ser algo mucho peor (aún más polarizado y jerárquico) o algo mucho mejor (relativamente democrático y relativamente igualitario) que dicho sistema. Decidir un nuevo sistema es la lucha política mundial más importante de nuestros tiempos”
Segunda parte
Un nuevo modelo social
Tiempos revueltos
La depresión global del sistema capitalista esta ya en marcha. Rozando el cenit del petróleo, empezamos a notar los estragos de la crisis del crecimiento: mayor desigualdad, precariedad, desempleo, recortes en prestaciones sociales, malestar… Como dice una frase ya bastante conocida, “no hay nada peor que el decrecimiento en una sociedad de crecimiento”. Por ello, a medida que se agudice la crisis probablemente emerja una oleada de movilizaciones, huelgas y revueltas (las recientes revueltas en Grecia y las movilizaciones de trabajadores despedidos pueden ser solo el principio).
Pero en este periodo histórico que inauguramos, será preciso, tarde o temprano, pasar de la protesta al contrapoder, de la reivindicación a la auto-institución, de la crítica al criterio de construcción. Una nueva sociedad, genuinamente liberada de la necesidad del crecimiento, deberá florecer para superar el estadio de crisis. A medida que la inteligencia colectiva comprenda que ya no hay nada que reivindicar a un sistema obsoleto, cuyas dinámicas son incapaces de satisfacer la necesidad de un decrecimiento virtuoso y armónico, se deberá suscitar una transición hacia nuevos modelos sociales.
¿Turno para la verdadera democracia?
La modernidad se ha caracterizado por el desarrollo del capitalismo, pero también por los ideales de libertad, igualdad, fraternidad, democracia y racionalidad, proclamados durante la revolución francesa y aún presentes en el imaginario colectivo -ya sea de forma subyacente o de forma explicita. Así, a diferencia de otras épocas, el valor democrático goza hoy de una aprobación casi universal. Sin embargo, la economía de mercado conlleva una concentración progresiva del poder y riqueza en pocas manos, lo cual es una dinámica muy poco compatible con la verdadera democracia. Así, la economía del crecimiento/mercado ha preponderado y pasado por encima del valor de la democracia, y esta última ha quedado relegada a un segundo plano, como un ideal frustrado de nuestra época, al que, sin embargo, se recurre para calificar y justificar al sistema establecido.
Pero el desdén popular por la actual “democracia” es precisamente el reflejo de su crisis y su fundamentado descrédito. Lejos de establecer el “poder del pueblo”, el régimen actual otorga a la ciudadanía una influencia muy reducida en las decisiones, y en todo caso, sobre detalles irrisorios, dado que el consenso neoliberal de todos los partidos hace que las cuestiones fundamentales permanezcan intocables, y dado que en última instancia, no son los gobiernos quien controla la economía, sino la economía, dominada por los intereses de las grandes corporaciones trasnacionales y financieras, quien dicta las normas imperativas que los estados apoyan y promueven.
Sin embargo, en el transcurso de la crisis sistémica, ante la necesidad de instituir nuevos modelos sociales, es lógico pensar que el verdadero significado de la democracia aparezca de nuevo en escena, buscando su realización. La previsible disolución y crisis del sistema actualmente vigente es posible que, como ocurrió en la crisis Argentina del 2001, desencadene un proceso de revueltas y de organización de nuevas estructuras económicas, políticas y sociales. Tal como se vio en la crisis argentina, es muy probable que las revueltas populares para hacer frente a la crisis se organicen de forma democrática, mediante asambleas y cooperativas. Sin embargo, pasar de la revuelta espontánea a la institución de una nueva sociedad requiere de un plan o proyecto que abarque los elementos que surgen de los movimientos sociales transformadores y los conduzca hacia una nueva forma de organización social.
El proyecto de la Democracia Inclusiva, desarrollado principalmente por Takis Fotopoulus, surge de esta necesidad y deseo de tomarse al valor democrático en serio, y puede dar respuesta a las necesidades de reorganización social que se abren en la época de crisis que inauguramos. Según pienso, es una propuesta sólida, factible y consistente de sociedad alternativa al capitalismo, que no solo resuelve el problema del crecimiento, sino que supera las problemáticas o crisis propias del capitalismo, instituyendo una forma de sociedad más justa, racional, libre y fraternal.
La verdadera democracia, tal como su nombre indica, es un régimen en que el pueblo controla efectivamente sus condiciones de vida colectiva; una forma de organización social en que el poder está igualmente repartido entre los ciudadanos, que deliberan y deciden colectivamente, sin la inferencia de ningún poder externo, mediante mecanismos auto-instituidos. . El proyecto de la Democracia Inclusiva ofrece un paradigma organizativo que puede llegar a ser una verdadera realización de la democracia. Según pienso, no se trata de una utopía, sino quizás, de la única verdadera salida de la crisis contemporánea.


NOTAS

1. POLANYI, Karl; La Gran Transformación, Fondo de cultura económica, p.121.

2. POLANYI, Karl; La Gran Transformación, Fondo de cultura económica, p.185.

3. BESSET, Jean Paul, Comment ne plus être progressive… sans devenir réactionnaire, p.134-135

4. LATOUCHE, Serge; La apuesta por el decrecimiento; Icaria&Antrazyt, 2008; p.39

5. Fragmento de una carta escrita en 2004 por W. Youngquist, citada de Duncan, 2006.; del libro “El fin del petróleo barato”, ; Icaria&Antrazyt, 2008; p.19

6. FERNÁNDEZ, Ramón; El crepúsculo de la era trágica del petróleo; Virus, 2008; p.70

7. WALLERSTEIN, Inmanuel; diario La Jornada, Octubre 2008

La tentación de la utopía


Íntimamente conectado a mi percepción actual de la situación de la humanidad, tengo seguramente la ingenuidad o la ilusión de pensar que solamente una conversión antropológica puede conjurar la subida de los peligros que amenazan nuestra especie.

Sueño pues, con el milagro, ya que pocas señales dejan predecir semejante conversión. En el registro onírico y vital, podría sugerir lo que significa esta conversión antropológica por la evocación de tres caminos. El camino de la teoría conectada con la historia de las ideas, el de la filosofía política y moral conectada con la historia de las prácticas y luchas sociales, y el del pensamiento sensual cuyo arte y poesía señalan el camino en collares y gamas de metáforas intemporales.

Pero convendría desalojar, en estas tres vías complementarias, sus figuraciones dependiendo de la tentación de la utopía para constatar la inutilidad en la búsqueda de la salida del laberinto. ¿Qué significa y cómo hacer para sólo llegar al umbral de esta conversión ? ¿Conversión que es sobre todo otra cosa que un simple “cambio de paradigma”, o incluso una “revolución”, si compartimos esta misma conciencia comprendida como un dato realmente antropológico y no conectada a una cultura o a una civilización peculiar ?

Si la idea de decrecimiento implica una ética y una política del compartir en todo ámbito, el primer pensamiento para compartir es del orden del reconocimiento. Reconocer individual y colectivamente que estamos completamente perdidos y pensar que para poder salir se tiene que recurrir a la metáfora simplista unidimensional y unidireccional del callejón sin salida no está a la altura de lo que está en juego.

El segundo pensamiento orienta una actitud que favorece las opiniones y los actos concretos que tienden, incluso al margen, a reducir las tendencias devastadoras del modelo dominante ; sostenerlos pues, pero tener presente al mismo tiempo que si son necesarios, no son suficientes. Si se mutualizara, “en valor suficiente”, en el espíritu más que en la letra, la hipótesis propuesta aquí sobre la matriz del concepto occidental de utopía.

La tercera tarea intelectual sería seguramente más sutil. Ya que y a pesar de todo lo que precede, se trataría efectivamente de poner en relación la idea de post desarrollo (alias el decrecimiento) con el concepto de utopía. Pero convendría entonces distinguir claramente lo que, en esto último, incluye el derecho y el deber de inventar, aquí y ahora, un mejor mundo y no “el mejor de los mundos”, de lo que pertenece a toda forma naciente de totalitarismo.

Ya, aquí y allí, aparecen concretamente experimentaciones sociales a escalas humanas adaptadas a sus objetivos asignados libremente. Es cierto que la problemática microsociedades territorializadas que se destinan a su autonomía alimentaria y energética, es una pista que debe seguirse sin embargo no es la única. Sería también la base concreta de una reinvención auto instituida de la política, antes de la hora (que pienso próxima) de los primeros síntomas del hundimiento del modelo dominante mundializado.

Una vez más, hago hincapié en el siguiente punto : el corazón de la conversión no consiste en cambiar de creencia sino de abandonar toda certeza. Esta revocación (conversión) exige de desalojar e incluir, para dejarlas caer, todas las consideraciones y las reacciones en las que las primicias están incluidas en las impresiones que pertenecen a la teleología en todas las formas fidéistas o secularizadas de la teología.

Texto de Jean-Claude Besson-Girard extraído de la traducción del artículo ‘Desde el laberinto hasta el Paraíso, o la tentación utopista’; leído en ‘Entropia, Revue d’étude théorique et politique de la décroissance’

La Carta de las Naciones Unidas: progreso, ciencia, mercado y paz

El 26 de junio de 1945 en la ciudad de San Francisco fue suscrito el texto de la Carta de las Naciones Unidas. La Carta promulgaba aquellos principios diseñados para anunciar una nueva era de paz. No habría más guerras ni egoísmos nacionales.

En el preámbulo de la Carta, las Naciones Unidas anunciaban solemnemente la determinación de «promover el progreso social y el mejoramiento de los niveles de vida en una libertad mayor... y emplear la maquinaria internacional para la promoción del avance económico y social de todos los pueblos».

Las historias del mundo eran vistas como convergentes en una sola historia, que tenía una dirección y las Naciones Unidas eran vistas como un motor que impulsaba a los países menos avanzados a moverse hacia adelante.

La Carta de las Naciones Unidas apela a ideas que habían tomado forma durante la Ilustración europea. Ni la clase ni el sexo, ni la religión ni la raza contaban ante la naturaleza humana, así como no contaban ante Dios. De esta manera, la universalidad de la calidad de hijo de Dios fue reformulada como la universalidad de la dignidad humana. A partir de entonces, «humanidad» devino en común denominador que unía a los pueblos, haciendo perder significación a las diferencias de color de la piel, de creencias y de costumbres sociales.

La «humanidad» era algo por venir, una tarea por ser realizada a medida que el hombre se moviera en el camino del progreso, desprendiéndose paulatinamente de las ataduras de la autoridad y de la superstición hasta que reinaran la autonomía y la razón. En la perspectiva de la Ilustración no tenían mucha importancia ni las raíces sociales ni los compromisos religiosos. La intención utópica apuntaba a un mundo de individuos que sólo siguen la voz de la razón. En este sentido la utopía de la humanidad estaba poblada de seres humanos extraídos de sus historias del pasado, desconectados del contexto de sus lugares y desprendidos de los lazos de sus comunidades y unidos mas bien bajo el imperio de la ciencia, del mercado y del estado.

La filosofía que subyace a la Declaración de las Naciones Unidas tiene poco sentido sin la visión de la historia como el camino real del progreso al cual convergen todos los pueblos. La concepción de lograr «un mundo» estimulando el progreso en todas partes delata el sesgo evolucionario. Inevitablemente reclama la absorción de las diferencias en el mundo en un universalismo a-histórico y deslocalizado de origen europeo. La unidad del mundo se realiza mediante su occidentalización.

A mediados del siglo XX el término «subdesarrollado» ha tomado el lugar de «salvaje». El desempeño económico ha reemplazado a la razón como una medida del hombre. Sin embargo, el ordenamiento de los conceptos permanece igual - la sociedad mundial debe ser lograda mediante el mejoramiento de los retrasados. Y ligar indisolublemente la esperanza de la paz a este magno esfuerzo conduce a un dilema trágico - la búsqueda de la paz implica la aniquilación de la diversidad, mientras que la búsqueda de la diversidad implica la irrupción de la violencia. El dilema no es soluble sin desligar paz de progreso y progreso de paz.
 
Hoy parece algo extraño, pero tanto los padres fundadores de las Naciones Unidas como los arquitectos de la política internacional de desarrollo, fueron inspirados por la visión de que la globalización de las relaciones de mercado serian la garantía de la paz en el mundo. La prosperidad, así decía el argumento, deriva del intercambio; el intercambio crea intereses mutuos y los intereses mutuos inhiben la agresión. En lugar de la violencia, el espíritu del comercio debía reinar en todas partes. En vez de la potencia bélica, la potencia productiva seria decisiva en la competencia entre naciones. La unidad del mundo, se pensaba, podía basarse sólo en una red de amplio alcance y estrechamente interconectada, de relaciones económicas. Y donde las mercancías estuvieran circulando, las armas serian silenciadas.

Desde este punto de vista, el comercio difundiría el calculo racional y el frío interés propio, precisamente aquellas actitudes que hacen aparecer a las pasiones por la guerra y a los caprichos de los tiranos como autodestructivos. El comercio crea dependencia y la dependencia amansa.

Y en verdad, los dominios económicos han reemplazado en gran medida a los dominios militares. La conquista de territorios extranjeros por estados belicosos ha dado paso a la conquista de los mercados extranjeros por industrias en búsqueda de ganancias.
 
Pero la ideología de los intereses mutuos no puede ocultar su mayor falacia por mucho tiempo - el juego de estos intereses tiene lugar bajo términos inequitativos. La doctrina de las ventajas comparativas de los economistas sostenía que el bienestar general se incrementaría si cada nación se especializaba haciendo cosas para las cuales la naturaleza y la historia la habían hecho mas eficiente - azúcar de Costa Rica, por ejemplo, a cambio de productos farmacéuticos de Holanda.
 
Pero la falla en este razonamiento esta en que, en el largo plazo, el país que vende los productos más complejos crecerá más y más fuerte, porque será capaz de internalizar los efectos secundarios de la producción sofisticada. ¡Los productos farmacéuticos estimulan la investigación y una multitud de tecnologías, mientras que el azúcar no puede hacerlo! El mutuo interés invocado en el comercio libre termina reforzando acumulativamente a uno y debilitando progresivamente al otro. Y cuando el país más rico aparece con innovaciones en alta tecnología que hacen obsoletos los productos del país más débil, como cuando el azúcar natural es reemplazada por sustitutos obtenidos con la Bioingeniería, entonces el interés mutuo se desvanece al punto que el país más débil deviene superfluo.

Las cosas han cambiado mucho desde la promulgación de la Carta de las Naciones Unidas -desde la esperanza moral de una humanidad unida por la razón y el progreso, a la noción económica de paises enlazandose entre sí mediante relaciones comerciales y, finalmente, al espectro de la unidad en la autodestrucción global. Lo que se acostumbraba considerar una tarea histórica -lograr la unidad de la humanidad - se revela ahora como un destino amenazante.

En vez de llamamientos esperanzados, advertencias sombrías proveen el acompañamiento. Vivir sobre la Tierra, la antigua fórmula, parece haber adquirido un nuevo significado. Ya no hay más vagabundos terrestres anhelando el Reino Eterno, sino pasajeros aferrandose atemorizados a su barco cuando éste se esta partiendo. Hablar sobre la unidad ha cesado de ofrecer promesas y por el contrario ha tomado una connotación sombría. Como fue ya anticipada por la bomba atómica, la unidad en nuestro tiempo se ha convertido en algo que finalmente puede consumarse en catástrofe.
 
Para saber más: Diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder. Wolfgang Sachs.

Automovilidad

La automovilidad no ha surgido de ninguna necesidad común, consensuada, racional, que una sociedad determinada pudiera plantearse, ha sido sólo un lujo demencial ejercido por las poblaciones de ciertas zonas de los países desarrollados, a costa del saqueo de otras poblaciones y zonas naturales, y a costa también de la propia alienación a un objeto de consumo suntuario.
Si consideramos que para estimular el crecimiento económico nuestra felicidad y relaciones con los demás son más importantes que la acumulación de bienes, cuestionar el automóvil debería ser uno de los primeros objetivos del decrecimiento. El automóvil es, en efecto, una de las mayores herramientas de la actual concepción económica del mundo.
En nuestro mundo, que se quiere racional y lógico, el automóvil es el instrumento más pasional y aberrante que existe. El incremento del número de coches no es concebible a largo plazo y hoy sólo es posible porque una privilegiada minoría de la humanidad lo ha convertido en el instrumento de su desarrollo económico.
Frente a los problemas creados por el automóvil, los esforzados caballeros de la técnica nos prometen todo un arsenal de soluciones que permitirán resolver científicamente cada uno de esos males sin tener que cuestionar ni por un segundo el modo de vida sobre el que está basado el automóvil.
Cuanto más cotidiano, cercano, hogareño y práctico se vuelve el automóvil más nos oculta el perímetro destructivo que difunde. La automovilidad ficticia que proporciona el automóvil oculta la peligrosidad y la dependencia que constituye nuestro mundo moderno, sometido a los imperativos despóticos de dicha autonomía.
El automóvil ha sido la máquina de guerra que ha envuelto al occidente desarrollado en una paz auto indulgente e insensata: la paz del week-end, de la escapada en automóvil hacia la playa o la montaña, la paz blindada por el control armado de países remotos.
Para saber más: Las ilusiones renovables. Los amigos de Ludd.
Para saber más: Objetivo decrecimiento. Capítulo ‘Automóvil y decrecimiento’. Denis Cheynet.

La aceptación del otro junto a uno

Todo acto humano tiene lugar en el lenguaje. Todo acto en el lenguaje trae da la mano el mundo que se crea con otros en el acto de convivencia que da origen a lo humano; por esto todo acto humano tiene un sentido ético. Este amarre de lo humano a lo humano es, en último término, el fundamento de toda ética como reflexión sobre la legitimidad de la presencia del otro.



La aceptación del otro junto a uno en la convivencia – el amor – es el fundamento biológico del fenómeno social: sin amor, no hay socialización, y sin socialización no hay humanidad. Cualquier cosa que destruya o limite la aceptación de otro junto a uno, desde la competencia hasta la posesión de la verdad, pasando por la certidumbre ideológica, destruye o limita el que se dé el fenómeno social y, por tanto, lo humano, porque destruye el proceso biológico que lo genera.

Descartar el amor como fundamento biológico de lo social, así como las implicaciones éticas que ese operar conlleva, sería desconocer todo lo que nuestra historia de seres vivos de más de tres mil quinientos millones de años no dice y nos ha legado.

Sólo tenemos el mundo que creamos con el otro, y de que sólo el amor nos permite crear un mundo en común con él. No es saber que la bomba mata, sino lo que queremos hacer con la bomba lo que determina el que la hagamos explotar o no. Esto, corrientemente, se ignora o se quiere desconocer para evitar la responsabilidad que nos cabe en todos nuestros actos, sin excepción, contribuyen a formar el mundo en que existimos y que validamos, precisamente, a través de ellos, en un proceso que configura nuestro devenir.

Ciegos ante esta trascendencia de nuestros actos pretendemos que el mundo tiene un devenir independiente de nosotros que justifica nuestra irresponsabilidad en ellos, y con ellos, y confundimos la imagen que buscamos proyectar, el papel que representamos, con el ser que verdaderamente construimos en nuestro diario vivir.

Para saber más: El árbol del conocimiento. Humberto Maturana y Francisco Varela.

Imaginario simbólico

El imaginario simbólico constituye, instituye y disciplina los pensamientos y prácticas de la realidad social, a través de fórmulas no jurídicas, sino más bien informales, y que muchas veces tienen que ver más con el mundo de los afectos, sentimientos y emociones, que con la regulación explícita de un sistema político o una estructura económica, aunque es evidente el peso del poder en su configuración.




La consideración de que es algo ‘normal’, la repetición de un mismo mensaje bajo diferentes formas o en la misma y de forma reiterada, la espontaneidad o liviandad con que se expresan, contribuyen a su objetivación, configuración como creencia verdadera, aunque de manera inconsciente, que penetra en la mente de los individuos y se reproduce en los colectivos sociales.

La identificación de la mujer con la maldad y la incoherencia adjudicada a ésta es la forma tradicional que tiene la cultura hegemónica y el género masculino para justificar y legitimar la discriminación femenina.

Nuestra sociedad occidental está regida por un sistema binario bipolar, donde los pares dicotómicos presentan una categoría fundante. Frente a la doncella y la esposa está la puta. Siempre lo bueno contra lo malo.

La violencia simbólica es violencia amortiguada, insensible, e invisible para sus propias víctimas, que se ejerce sobre todo a través de caminos puramente simbólicos de comunicación. Uno de los ámbitos donde se observa es en el refranero.

Algunos ejemplos:

‘Mujeres en opinión tienen mal son’. ‘A la mujer, ni muerta has de creer’. ‘Al perro nadar, y a la mujer bailar, el diablo se lo debió enseñar’. ‘La que es de su casa, lava, limpia, cose, guisa y amasa’. ‘Mujer hermosa, mujer peligrosa’. ‘Mujeres que van mucho a fiestas, si es casada, cuernos en la testa’. ‘Al marido temerle, quererle y obedecerle’. ‘Al mujeriego, mil perdones’. ‘La que sea puta y bruja, cruja’. ‘La mujer sin varón, ojal sin botón’.

El lenguaje es un medio de comunicación, pero es también un modo de pensar, una forma de acceder a la realidad que nos rodea mediante su aprehensión, reproducción, y porque no, interpretación. Es el primer sistema simbólico que se utiliza para estructurar la experiencia, vehículo de comunicación y comportamiento lingüístico. Reproduce la realidad y el mundo, pero sometido a una organización propia, simbolizándolo; hay, pues, una íntima y continua relación entre lengua y pensamiento, y entre lenguaje y experiencia humana; lengua y sociedad se implican mutuamente. No es un espejo de la realidad, ni herramienta neutral, impone su punto de vista sobre el mundo al que hace referencia y al utilización de la mente con respecto a dicho mundo.

Para saber más: Estereotipos y roles de género en el refranero popular. Anna M. Fernández Poncela.

¿Quiénes son los Papalagi?

"Los Papalagi están siempre cavilando cómo cubrir su carne del mejor modo posible. Viven como los crustáceos, en sus casas de hormigón. Viven entre las piedras, del mismo modo que un ciempiés; viven dentro de las grietas de la lava. Hay piedras sobre él, alrededor de él y bajo él. Su cabaña parece una canasta de piedra. Una canasta con agujeros y dividida en cubículos.

Cuando quieres cazar al gorrión o ir a un sitio en el que la gente se divierte, donde cantan y bailan, o si quieres pedir consejo a tu hermano, debes pagar por todo. En todas partes tu hermano permanece con una mano extendida y te despreciará y maldecirá si la dejas sin llenar. Una sonrisa de excusa o una mirada amistosa no ayudan a ablandar su corazón.

También podéis reconocer al Papalagi por su deseo de hacernos sabios y porque nos dice que somos pobres y desdichados y que estamos necesitados de su ayuda y comprensión, porque no poseemos nada.

Adoran el metal redondo y el papel tosco; les da mucho placer poner los zumos del fruto muerto y la carne de los cerdos, bueyes y otros animales horribles dentro de sus estómagos. Pero también sienten pasión por algo que no podéis comprender, pero que a pesar de esto existe: el tiempo. Lo toman muy en serio y cuentan toda clase de tonterías sobre él. Aunque nunca habrá más tiempo entre el amanecer y el ocaso, esto no es suficiente para ellos.

¿Cuántos años tienes?, significa cuántas lunas han vivido.

Examinar y contar de ese modo está lleno de peligros, porque así se ha descubierto cuántas lunas suele vivir la gente. Entonces guardan eso en la mente y cuando han pasado una gran cantidad de lunas, dicen: «Ahora tengo que morir pronto». Se vuelven silenciosos y tristes y, en efecto, mueren después de un corto período.

Tienen una manera extrañamente confusa de pensar. Siempre se están devanando los sesos, para sacar mayores provechos y bienes de las cosas, y su consideración no es por humanidad, sino sólo por el interés de una simple persona, y esa persona son ellos mismos. Dicen: «La palmera es mía», sólo porque ese árbol crece delante de su cabaña, entonces se comporta como si él mismo hiciera crecer la palmera.

Cada Papalagi tiene una profesión. Es difícil decir exactamente lo que esto significa. Es algo para lo que se debe tener un gran apetito, pero parece ser que la mayor parte del tiempo falta. Tener la profesión significa hacer siempre las mismas cosas. Hacerlas tan a menudo que incluso podrías hacerlas con los ojos cerrados y sin esfuerzo alguno. Si mis manos no hicieran nada más que construir cabañas o tejer esteras, entonces mi profesión sería la de constructor de cabañas o tejedor de esteras.

Dejémonos de promesas y gritémosles: «Permaneced lejos de nosotros con vuestros hábitos y vuestros vicios, con vuestra loca precipitación por la riqueza que traba las manos y la cabeza, vuestra pasión por llegar a ser mejores que vuestros hermanos, vuestras muchas empresas sin sentido, vuestros curiosos pensamientos y el conocimiento que no conduce a nada, y otras tonterías que dificultan vuestro sueño en la estera. Nosotros no tenemos necesidad de todo eso: somos felices con los placeres agradables y nobles que Dios nos ha dado para no ser cegados por su luz y que pueda ayudarnos para que no nos perdamos, y brille siempre en nuestro camino de tal modo que podamos seguir su senda y absorber su maravillosa luz, que significa amarse los unos a los otros y llevar mucha fafola en nuestros corazones»."

Extraído de Papalagis. Discursos de Tuiavii de Tiavea, jefe Samoano

Bancos de horas

Ya no se trata de fomentar un desarrollo alternativo, sino de dar alternativas al desarrollo. Para ello, a menudo, sólo es necesario echar la vista atrás y recuperar nuevas o viejas ideas que nos enriquezcan y, de paso, nos ayuden a descolonizar nuestro imaginario.



En una sociedad hiperactiva donde impera el consumo desaforado e inconsciente y donde la voluntad y la capacidad de decisión de cada individuo parecen estar abocadas a la voluntad de una masa autómata, surgen movimiento originales radicalmente opuestos al crecimiento obcecado que ponen en claro entredicho la ilimitación y la bondad del crecimiento económico, social y ecológico

Las personas siempre han tenido la necesidad de cambiar aquellos objetos que poseía, pero no necesitaba, por aquellos que realmente deseaba. De esta manera inventó el trueque, sistema de transacción comercial en la que no intervenía el dinero. Allá por el siglo XIX, se rescataron del olvido ideas cooperativistas que han desembocado hoy en lo que conocemos como bancos de horas o nuevas formas de trueque.

Los bancos de horas, grupos de trueque o LETS (local exchange trading system), se basan en la ayuda mutua y el intercambio de servicios. La moneda es la hora que se intercambia mediante cheques. Al depositar en el banco unas horas de tiempo ofreciendo un servicio que se quiere dar... se puede demandar, a cambio, tiempo de otros usuarios para solucionar alguna de las necesidades diarias.

Al basarse en la confianza mutua de sus miembros, fomentan también el acercamiento y la cooperación. En los avatares del siglo XXI, en medio de una tremenda confusión, los bancos de horas representan una forma de entender y de entendernos.

Extraído del artículo de Silvia Montoya ‘Los bancos de horas’ en The Ecologist nº 31

Para saber más: Banco de tiempo

Un universalismo para la vida



El sistema capitalista mundial tiene la capacidad de transformar la vida en mercancías comercializables y en dinero. Es necesario contemplar la diversidad e interconexión que existe a escala mundial entre las mujeres, entre los hombres y las mujeres, entre los seres humanos y las demás formas de vida.

El terreno común para la liberación de la mujer y la protección de la vida sobre la Tierra debe buscarse en las actividades de las mujeres que han sido víctimas del proceso de desarrollo y que luchan por la conservación de su base de subsistencia, como por ejemplo, las mujeres ‘chipko’ en India, las mujeres y los hombres que se oponen a la construcción de presas gigantes, las mujeres que luchan contra las plantas nucleares y contra el vertido irresponsable de residuos tóxicos en todas partes, y muchas otras acciones en todo el mundo.

Estas mujeres expresan con claridad el vínculo que une a las mujeres de todo el mundo y a hombres y mujeres con la multiplicidad de formas de vida de la naturaleza. El universalismo que emana de sus esfuerzos por proteger su subsistencia –su base de vida- es distinto del universalismo eurocéntrico que se desarrolló con la Ilustración y el ascenso del patriarcado capitalista.

Es un universalismo que no habla de ‘derechos humanos universales’ abstractos, sino de las necesidades humanas comunes que sólo es posible satisfacer si se mantienen vivos e intactos las redes y procesos que sostienen la vida. Estas ‘simbiosis’ tanto en el seno de la naturaleza como en la sociedad humana, son la única garantía de que la vida, en su sentido más amplio, podrá mantenerse en nuestro planeta.

Estas necesidades: de alimento, de cobijo, de abrigo; de afecto, de cuidados y de amor; de dignidad e identidad, de saber y libertad, de diversión y alegría, son comunes a todas las personas, independientemente de su cultura, ideología, raza, sistema político y económico y clase.

En el discurso habitual del desarrollo, estas necesidades se dividen en las llamadas necesidades ‘básicas’ y necesidades ‘superiores’. No se puede reconocer esta división. En nombre de los valores ‘superiores’ se ha erosionado el valor del trabajo cotidiano para la supervivencia, para la vida. Las clases ‘opulentas’ no ven la supervivencia como el objetivo último de la vida, sino como una banalidad, un hecho que puede darse por sentado.

Para saber más: Ecofeminismo. Vandana Shiva y María Mies.

Democracia feminista

¿Cuál es nuestra definición de democracia feminista? En primer lugar, las políticas sexuales son centrales en los procesos y prácticas de gobierno, esto conlleva no sólo los efectos del gobierno sobre las mujeres o 'lo que les ocurre a las mujeres' bajo la regulación del Estado, sino también la forma en la que los dispositivos de gobierno, en su conjunto, tratan a las mujeres.




En segundo lugar, una democracia feminista sugiere un orden relacional diferente entre las personas. Implica comprender las jerarquías de dominio socioeconómicas, ideológicas, culturales y psíquicas —como la clase, el género, la raza, la sexualidad y la nación—, sus interconexiones, y sus efectos sobre las personas oprimidas en el contexto de una práctica transformadora colectiva u organizada. De esta forma, resulta crucial en la elaboración de un orden relacional diferente, la transformación de las relaciones, de los tipos de 'yo', de las comunidades y de las prácticas de vida cotidiana dirigidas a la autodeterminación y a la autonomía de todas las personas.

En tercer lugar, en las formulaciones de la democracia feminista, el sujeto se teoriza de forma diferente. Las mujeres no se presentan a sí mismas como víctimas o dependientes de estructuras de gobierno sino como agentes de sus propias vidas. Aquí se entiende el sujeto como la reproducción continuada y consciente de las condiciones de la propia existencia, al tiempo que se toma responsabilidad de este proceso. Esta agencia está anclada en la práctica de pensarse a una misma como parte de organizaciones y colectivos feministas. No es el yo individual, liberal y pluralista del capitalismo.

Precisamente por esto, la descolonización resulta clave para la definición y el proyecto de una. Hasta que los profundos efectos de las jerarquías de la colonización sean tenidos en cuenta, no será posible nuevas formas de gobierno. Lo que necesitamos es una nueva cultura política. La descolonización implica pensarse fuera de los espacios de dominación, pero siempre en el contexto de un proceso colectivo o comunitario; la diferencia entre la identificación como mujer y la conciencia de género, la primera hace referencia a una designación social, la última a una conciencia crítica de las implicaciones de esa designación.

Este pensarse 'fuera de' la colonización sólo es posible mediante la acción y la reflexión, a través de la praxis. Después de todo, la transformación social no puede permanecer en la esfera de las ideas, debe comprometer una práctica.

Para saber más: Otras inapropiables. Genealogías, legados y movimientos. M. Jacqui Alexander y Chandra Talpade Mohanty.

La crisis económica, vista desde la economía ecológica

La crisis económica implica un cambio de tendencia en las emisiones de dióxido de carbono por lo menos en los países occidentales cuyas economías han entrado en lo que graciosamente se llama “crecimiento negativo”. En los cinco años anteriores al 2008, las emisiones de dióxido de carbono producidas por los humanos estaban aumentando a más del 3 por ciento anual lo que llevaba a doblarlas en 20 años cuando lo necesario es que bajen al menos a la mitad lo más pronto posible. El objetivo de Kyoto de 1997 es muy generoso con los países ricos pues les concede derechos de propiedad sobre los sumideros de carbono (los océanos y la nueva vegetación) y sobre la atmósfera como depósito temporal de dióxido de carbono a cambio de una promesa de reducción del 5 por ciento en sus emisiones del 2010 respecto a las de 1990. Este modesto objetivo de Kyoto será ahora cumplido mucho más fácilmente si la crisis económica se prolonga dos años más. El comercio de emisiones de carbono desaparecerá totalmente a menos que los países ricos se impongan a sí mismos la obligación de bajar sus emisiones como deberían hacerlo pues todavía son muy excesivas. El transporte aéreo, la construcción de viviendas, las ventas de automóviles están bajando en muchos países europeos y en Estados Unidos en la segunda mitad del 2008. Los automovilistas estadounidenses compraron 9 por ciento menos gasolina en las primeras semanas de octubre del 2008 que en el mismo período del 2007. Bienvenida sea la crisis económica!

Efectivamente, la crisis económica da una oportunidad para que la economía de los países ricos adopte una trayectoria distinta con respecto a los flujos de energía y materiales. Ahora es el momento de que los países ricos, en vez de soñar con recuperar el crecimiento económico habitual, entren en una transición socio-ecológica hacia menores niveles de uso de materiales y energía. La crisis debe dar a la vez una oportunidad para reestructurar las instituciones sociales según las propuestas de los partidarios del “decrecimiento económico socialmente sostenible” (tal como se explicó en el número 35 de la revista Ecología Política, 2008). El objetivo social en los países ricos debe ser vivir bien dejando de lado el imperativo del crecimiento económico. Parece además que está comprobado que la felicidad no crece ya cuando crece el ingreso, a partir de un cierto nivel de ingreso. Además, hay que recordar que la contabilidad económica no cuenta bien los daños ambientales ni el valor de los recursos agotables. La ciencia económica ve la economía como un carrusel o “tío vivo” entre los consumidores y los productores. Se encuentran en los mercados de bienes de consumo o en los mercados de los servicios de los factores de la producción (por ejemplo, al vender fuerza de trabajo a cambio de un salario). Los precios se forman en esos mercados al intercambiar las mercancías o comprar servicios de los factores de la producción. La contabilidad macroeconómica (el cálculo del PIB) agrega las cantidades multiplicadas por sus precios. Eso es la Crematística.

En cambio, la economía puede describirse de otra manera, como un sistema de transformación de energía y de materiales, incluida el agua, en productos y servicios útiles, y finalmente en residuos. Eso es la Bioeconomía o la Economía Ecológica (Georgescu-Roegen, 1966, 1971, Herman Daly, 1968, A. Kneese y R.U. Ayres, 1969, Kenneth Boulding, 1966). Ha llegado el momento de sustituir el PIB por indicadores sociales y físicos al nivel macro. La discusión sobre la décroissance soutenable o el decrecimiento económico socialmente sostenible que Nicholas Georgescu-Roegen planteó hace treinta años, debe ahora convertirse en el tema principal de la agenda política en los países ricos.

La contabilidad económica está equivocada
 
La crítica de la contabilidad económica convencional a menudo hace hincapié en los valores de los servicios ambientales de los ecosistemas que no están recogidos en esa contabilidad. Por ejemplo, los servicios ambientales de los arrecifes de coral y de los manglares, los del bosque tropical húmedo, pueden ser calculados en dinero por hectárea y por año, y entonces las hectáreas que se pierden pueden ser traducidas en pérdidas económicas virtuales para impresionar al público y a los gestores públicos. Eso me parece bien pero es muy insuficiente para percatarse realmente de cuáles con las relaciones entre la economía y el medio ambiente pues el suministro energético de nuestra economía industrial depende no tanto de la fotosíntesis actual como de la fotosíntesis de hace millones de años.Nuestro acceso a los recursos materiales depende también de antiguos ciclos biogeoquímicos, y estamos usando y desperdiciando esos recursos sin reemplazo a un ritmo mucho más rápido que el de su formación. 

El pico de la extracción de petróleo tal vez ya ha sido alcanzado o lo será pronto (si la economía se recupera). Actualmente se saca casi 87 millones de barriles al día. Contando en calorías, el promedio mundial equivale a unas 20,000 kcal por persona y día (es decir, una diez veces más que la energía de la alimentación), y en los Estados Unidos equivale a 100,000 kcal por persona y día. En el uso exosomático de energía el petróleo es mucho más importante que la biomasa.

La actual crisis económica no es solamente una crisis financiera, y su causa no es únicamente que la oferta de nuevas viviendas en los Estados Unidos haya excedido de la demanda que podía ser financiada sosteniblemente. Es verdad que se vendió viviendas a personas que no podía pagar las hipotecas, y se construyó viviendas (como también en España) esperando que aparecieran compradores con patrimonios o con salarios firmes que respaldaran sus pagos hipotecarios. En los Estados Unidos el poder de compra de los salarios no había apenas aumentado en los últimos años al haberse hecho más desigual la distribución del ingreso, pero sí aumento en compensación el crédito a los consumidores. Los ahorros de los hogares estaban en un mínimo al comenzar la crisis, como también ha ocurrido en España. Por lo visto, los banqueros pensaron que el crecimiento económico continuaría indefinidamente y eso mantendría o hasta haría crecer el precio de las viviendas hipotecadas. “Empaquetaron” las hipotecas y las vendieron a otros bancos que a su vez las vendieron o intentaron venderlas a inocentes inversores. Ahora se acabó el boom inmobiliario (con los efectos que José Manuel Naredo había venido anunciando en España hace años). La industria de la construcción está parada en diversos países. Es alarmante que eso se quiera compensar en España con la construcción de más “infraestructuras” financiadas con deuda pública, cuando ese sector de autopistas y aeropuertos está ya sobre-dimensionado. 

La nacionalización parcial de varios bancos en Estados Unidos y en Europa ha evitado una cadena imparable de quiebras, pero esa nacionalización hará aumentar el déficit público. En cualquier caso, otra causa de la crisis, más allá del exceso de creatividad en la venta de “productos” financieros, ha sido sin duda el gran aumento del precio del petróleo y de otras materias primas hasta julio del 2008. Las economías industriales ricas dependen, en su metabolismo social, de la importación a precio barato de grandes cantidades de energía y materiales. Eso es así en Europa, Japón, partes de China, y también en Estados Unidos que importa más de la mitad del petróleo que gasta. El precio del petróleo aumentó porque aumentó la demanda, y también por la restricción de oferta por el oligopolio de la OPEP que se apoya en la escasez de petróleo al ir llegando al pico de la curva de Hubbert. De hecho, la teoría económica neo-clásica no sostiene que el precio del petróleo deba ser igual al costo marginal de extracción. El petróleo a 150 dólares por barril sería todavía demasiado barato teniendo en cuenta una asignación intergeneracional más justa y teniendo en cuenta las externalidades que se producen al extraerlo, al transportarlo y al quemarlo. 

A medida que la crisis económica avanza, el precio del petróleo cae pero se recuperará si la economía crece otra vez. La OPEP intentará reducir la extracción de petróleo durante la crisis. La reunión prevista para noviembre del 2008 se avanzó al 24 de octubre cuando la OPEP decidió disminuir la extracción de petróleo en 1,5 mbd.

Hay una tendencia creciente al aumento del costo energético de la obtención de energía (un EROI más bajo). La bajada de la curva de Hubbert será terrible política y ambientalmente. Hay ya grandes conflictos desde hace años en el Delta del Níger y en la Amazonía de Ecuador y Perú contra compañías como la Shell, la Chevron, la Repsol, la Oxy. Recurrir a otras fuentes de energía como la nuclear y los agro-combustibles aumentará los problemas ambientales, sociales y políticos. Por suerte, la energía eólica y fotovoltaica está aumentando, y mucho más deberá aumentar para compensar el descenso de la oferta de petróleo en las próximas décadas. El gas natural también crece y llegará a su pico de extracción dentro de no mucho tiempo. Los depósitos de carbón mineral son muy grandes (la extracción de carbón ya creció siete veces en el siglo XX) pero el carbón produce localmente daños ambientales y sociales, y también es dañino globalmente por las emisiones de dióxido de carbono.

El PIB de los pobres
 
Hay que entender que la contabilidad económica convencional es equivocada. Doy aquí otro argumento que se añade a los que ya Frederick Soddy había señalado. La experiencia que Pavan Sukhdev, Pushpam Kumar y Haripriya Gundimedia adquirieron en la India con un proyecto de investigación que intentó dar un valor económico a los productos no comerciales de los bosques (como la leña y alimentos para los grupos tribales o campesinos y su ganado, la retención de agua y de suelo, las hierbas medicinales de uso local, la absorción de dióxido de carbono) sirvió después en el proyecto europeo TEEB (siglas en inglés de “La Economía de los Ecosistemas y de la Biodiversidad”) apoyado por la DG de Medio Ambiente de la Comisión Europea y por el Ministerio de Medio Ambiente alemán. El equipo del TEEB destaca que una representación monetaria de los servicios dados por la disponibilidad natural de agua limpia, de leña y de pastos, de plantas medicinales, no mide realmente su contribución esencial a la vida de los pobres.

En la contabilidad macroeconómica se puede introducir la valoración de las pérdidas de ecosistemas y de biodiversidad ya sea en cuentas satélites (en especie o en dinero) ya sea modificando el PIB para llegar a un PIB “verde”. Pero en cualquier caso, la valoración económica de las pérdidas tal vez sea baja en comparación con los beneficios económicos de un proyecto que destruya un ecosistema local o que destruya la biodiversidad. Lo mismo se aplica a nivel macroeconómico: un aumento del PIB ¿compensa el daño ambiental? Sukhdev y sus colaboradores contestan así: ¿qué grupos de personas sufrirán las pérdidas? En la India comprobaron que los beneficiarios más directos de la biodiversidad de los bosques y de sus servicios ambientales eran los pobres, y que su pérdida afectaría sobre todo al ya menguado bienestar de los pobres. Esa pobreza hace que las pérdidas de servicios ambientales repercutan desproporcionadamente en su “ingreso de subsistencia” en comparación con otras clases sociales. De ahí la idea del “PIB de los pobres”. En otras palabras, si el agua de un arroyo o del acuífero local es contaminada por la minería, los pobres no pueden comprar agua en botella de plástico porque no tienen dinero para ello. Por tanto, cuando la gente pobre del campo ve que su propia subsistencia está amenazada por un proyecto minero o una represa o una plantación forestal o una gran área industrial, a menudo protesta no porque sean ecologistas sino porque necesitan inmediatamente los servicios de la naturaleza para su propia vida. Ese es el “ecologismo de los pobres”.

En la revista Down to Earth (15 agosto 2008), Sunita Narain dio varios ejemplos actuales de la India. “En Sikkim, el gobierno ha cancelado once proyectos hidroeléctricos atendiendo a las protestas locales. En Arunachal Pradesh, las represas están siendo aprobadas a toda velocidad y la resistencia está creciendo. En Uttarakhand en el último mes, dos proyectos en el Ganges han sido detenidos y hay mucha preocupación con el resto de proyectos mientras en Himachal Pradesh, las represas despiertan tanta oposición que las elecciones han sido ganadas por candidatos que dicen que están en contra de ellas. Muchos otros proyectos, desde centrales termo-eléctricas a minas en zonas agrícolas, tropiezan con resistencia. La mina de hierro, la fábrica de acero y el puerto propuestos por el gigante sur-coreano Posco son discutidos, aunque el primer ministro ha asegurado que tendrán luz verde este mismo mes de agosto. La gente local no quiere oír eso, no quiere perder sus tierras y su subsistencia, no confía en las promesas de compensación. En Maharashtra, los cultivadores de mangos se levantan contra la central térmica de Ratnagiri. En cualquier rincón donde la industria intenta conseguir tierra y agua, la gente protesta hasta la muerte. Hay heridos, hay violencia, hay desesperación, y nos guste o no, hay miles de motines en la India de hoy. Tras visitar Kalinganagar, donde hubo muertos en protesta contra el proyecto de las industrias Tata, escribí que el tema no era la competitividad de la economía de la India ni tampoco el Naxalismo. Los que protestaban eran aldeanos pobres sin la capacidad de sobrevivir en el mundo moderno si perdían la tierra. Habían visto como sus vecinos eran desplazados, como no se cumplían las promesas de dinero o empleo. Sabían que eran pobres y que el desarrollo económico moderno les empobrecería más. También es así en Goa, que es más próspera pero donde he visto que pueblo tras pueblo resiste contra el poderoso lobby minero…”.

Extraído de 'La crisis económica, vista desde la economía ecológica'. Joan Martínez Alier