Ecología social y decrecimiento

Donde más se concreta la propuesta política de la ecología social es en la formulación del “municipalismo libertario” en tanto que organización social y económica de carácter comunalista. En ella, el municipio se percibe como la unidad de convivencia básica que puede facilitar que el “logos común” fluya y adopte la forma de democracia directa.


La vida económica del municipio se concibe como una “municipalización de la economía”, tanto en el sentido de propiedad comunal como en la dirección colectiva de la propia economía local. Frente a la las formas de centralización y de concentración de poder, este municipalismo de base apuesta por la confederación de municipios regida por el intercambio y el apoyo mutuo.

Bookchin, que es autor de trabajos como Los límites de la ciudad (1974), estudió a fondo los modos de organización social en nuestra cultura que históricamente no se han regido por la lógica estatista. Y, obviamente, se inspiró en concepciones como el Municipio Libre que afloraron en nuestra experiencia republicana y que este autor norteamericano también estudió.

En 1984 escribió sus conocidas Seis tesis sobre el municipalismo libertario y, por ejemplo, en marzo de 1989, el grupo anarquista con el que desde finales de los setenta luchaba desde la pequeña ciudad de Burlington (Vermont, USA) se presentó a elecciones municipales – que es una posibilidad que su concepción contempla- con un programa que, en primer lugar, se refería a la cuestión del crecimiento como el problema “más acuciante”; al mismo tiempo que pedía una moratoria del crecimiento para que los ciudadanos “tengan tiempo” de decidir en asambleas abiertas cómo desean que sea el desarrollo de su comunidad. Otros puntos del programa eran “la compra por parte de la municipalidad de tierras libres” y “la creación de una red directa entre agricultores y consumidores para fomentar la agricultura local”.


Visto, pues, desde la óptica y las alternativas que en la actualidad se esbozan en el seno del movimiento por el decrecimiento y, especialmente, en el hincapié que éste hace sobre cuestiones como la “relocalización” de la economía, la “economía de aproximación” o la revitalización de la experiencia comunitaria, creo que está claro que la Ecología social, y las enseñanzas que Murray Bookchin ha aportado, tienen suficiente sustancia como para merecer una precisa atención. Sobre todo si lo que se desea desde el decrecimiento es construir un movimiento internacional verdaderamente transformador, y no una “red” ciudadanista más o menos progresista y sofisticada.

Extraído del artículo 'ecología social i decreixement' publicado por Alfonso López Rojo en el monográfico sobre “Decrecimiento” de la Revista Illacrua, Nº 161, septiembre de 2008.

Células de Bénard

A principios de siglo, el físico francés Henri Bénard descubrió que el calentamiento de una fina capa de líquido puede originar estructuras extrañamente ordenadas. Cuando el líquido es uniformemente calentado desde abajo, se establece un flujo constante de calor, que se mueve desde el fondo hacia la parte superior. El líquido en sí mismo permanece en reposo y el calor se transmite únicamente por conducción.

No obstante, si la diferencia de temperatura entre la parte superior y el fondo alcanza un determinado valor crítico, el flujo de calor es reemplazado por una convección térmica, en la que el calor es transmitido por el movimiento coherente de grandes cantidades de moléculas.

En este punto aparece un muy sorprendente patrón ordenado de células hexagonales (“colmena”), en el que el líquido caliente asciende por el centro de las células, mientras que el líquido frío desciende por las paredes de las células.

A medida que el sistema se aleja del equilibrio mediante el flujo de energía, se alcanza un punto crítico de inestabilidad, en el que aparece el patrón hexagonal ordenado. Un ejemplo de autoorganización en el que millones de moléculas se mueven coherentemente para formar células hexagonales por convección.

Cuando el flujo de materia y energía a través de ellas aumenta, pueden pasar a nuevas inestabilidades y transformarse en nuevas estructuras de incrementada complejidad. La energía se autoorganiza.
Al igual que las células de Bénard, los seres vivos somos sistemas abiertos organizados a partir del flujo de materia y energía que circula incesantemente a través de nosotros. La vida no existe en un vacío sino que ocurre en la diferencia muy real que media entre una radiación solar de 5.800 Kelvin y las temperaturas de 2.7 Kelvin del espacio exterior. Estas ideas relacionan lo vivo con lo no vivo.

Para saber más: La trama de la vida. Fritjof Capra.

Para saber más: Captando genomas. Lynn Magulis. Dorion Sagan.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (VII)

Se trata de desactivar el dispositivo interno, el código genético de la economía, y hacerlo sin desencadenar una recesión de tal magnitud que termine acentuando la pobreza y la destrucción de la naturaleza.


La descolonización del imaginario que sostiene a la economía dominante no habrá de surgir del consumo responsable o de una pedagogía de las catástrofes socio-ambientales, como pudo sugerir Serge Latouche al poner en la mira la apuesta por el decrecimiento.

La racionalidad económica se ha institucionalizado y se ha incorporado a nuestra forma de ser en el mundo: el "homo economicus". Se trata pues de un cambio de piel, de transformar al vuelo un misil antes de que estalle en el cuerpo minado del mundo.

La economía real no es desconstruible mediante una reacción ideológica y un movimiento social revolucionario. No basta con moderarla incorporando otros valores e imperativos sociales para crear una economía social y ecológicamente sostenible.

Es necesario forjar Otra economía, fundada en los potenciales de la naturaleza y en la creatividad de las culturas, en los principios y valores de una racionalidad ambiental.

Del decrecimiento a la descontrucción de la economía. Enrique Leff

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (VI)

El decrecimiento de la economía no solo implica la desconstrucción teórica de sus paradigmas científicos, sino de su institucionalización social y de la subjetivización de los principios que intentan legitimar la racionalidad económica como la forma ineluctable del mundo.

Desconstruir la economía resultaría así una empresa más compleja que desmantelar un arsenal bélico, derrumbar el Muro de Berlín, demoler una ciudad o refundir una industria.

No es la obsolescencia de una máquina o de un equipo, ni el reciclaje de sus materiales para renovar el proceso económico. La destrucción creativa del capital que preconizaba Joseph Schumpeter no apuntaba al decrecimiento, sino al mecanismo interno de la economía que la lleva a “programar” la obsolescencia y destrucción del capital fijo, para reestimular el crecimiento insuflado por la innovación tecnológica como fuelle de la reproducción ampliada del capital.

El crecimiento económico arrastra consigo el problema de su medición. El emblemático producto interno bruto con el que se evalúa el éxito o fracaso de las economías nacionales no mide sus externalidades negativas.

Pero el problema fundamental no se resuelve con una escala múltiple y un método multicriterial de medida, como las “cuentas verdes”, el cálculo de los costos ocultos del crecimiento, un “índice de desarrollo humano” o un “indicador de progreso genuino”.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. Enrique Leff

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (V)

El fin de la era del petróleo no resulta de su escasez creciente, sino de su abundancia en relación a la capacidad de absorción y dilución de la naturaleza, del límite de su transmutación y disposición hacia la atmósfera en forma de dióxido de carbono.

La búsqueda del equilibrio de la economía por una sobreproducción de hidrocarburos para seguir alimentando la maquinaria industrial (y agrícola por la producción de biocombustibles), pone en riesgo la sustentabilidad de la vida en el planeta, y de la propia economía.

La "despetrolización" de la economía es un imperativo ante los riesgos catastróficos del cambio climático si se rebasa el umbral de las 450-550 partes por millón de gases de efecto invernadero en la atmósfera, como vaticinan el Informe Stern y el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.


Y esto plantea un desafío a las economías que dependen de sus recursos petroleros (México, Brasil, Venezuela, en nuestra América Latina), no sólo por su consumo interno, sino por su contribución al cambio climático global.

La racionalidad económica se implanta sobre la Tierra y se alimenta de su savia. Es el monstruo que engulle la naturaleza para expulsarla por sus fauces que exhalan bocanadas de humos a la atmósfera, contaminando el ambiente y calentando el planeta.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. Enrique Leff

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (IV)

La transición de la modernidad hacia la posmodernidad significó pasar de la anticultura, inspirada en la dialéctica, al mundo “pos” (posestructuralismo, poscapitalismo), que anunciaba el advenimiento de algo nuevo.

Pero ese algo nuevo aún no tiene nombre, porque solo hemos sabido nombrar lo que es y no lo por venir. La filosofía posmoderna inauguró la época “des”, abierta por el llamado a la desconstrucción. La solución al crecimiento no es el decrecimiento, sino la desconstrucción de la economía y la transición hacia una nueva racionalidad que construya la sustentabilidad.

Desconstruir la economía insustentable significa cuestionar el pensamiento, la ciencia, la tecnología y las instituciones que han instaurado la jaula de racionalidad de la modernidad.

No es posible mantener una economía en crecimiento que se alimenta de una naturaleza finita, sobre todo una economía fundada en el uso del petróleo y el carbón, transformados en el metabolismo industrial, del transporte y de la economía familiar en dióxido de carbono, el principal gas causante del efecto invernadero y del calentamiento del planeta que hoy amenaza a la vida humana.

El problema de la economía del petróleo no es solo, ni fundamentalmente, el de su gestión como bien público o privado. No es el del incremento de la oferta, explotando las reservas guardadas y los yacimientos de los fondos marinos para abaratar nuevamente el precio de las gasolinas, que ha sobrepasado los cuatro dólares por galón.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. Enrique Leff

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (III)

Decrecer no sólo implica desescalar o desvincularse de la economía. No equivale a desmaterializar la producción, porque ello no evitaría que la economía en crecimiento continuara consumiendo y transformando naturaleza hasta rebasar los límites de sustentabilidad.


La abstinencia y la frugalidad de algunos consumidores responsables no desactivan la manía de crecimiento instaurada en la raíz y el alma de la racionalidad económica, que conlleva un impulso a la acumulación del capital, a las economías de escala, a la aglomeración urbana, a la globalización del mercado y a la concentración de la riqueza.

Saltar del tren en marcha no conduce directamente a desandar el camino. Para decrecer no basta bajarse de la rueda de la fortuna de la economía.

Las excrecencias del crecimiento, la pus que brota de la piel gangrenada de la Tierra, al ser drenada la savia de la vida por la esclerosis del conocimiento y la reclusión del pensamiento, no se retroalimenta en el cuerpo enfermo del Planeta.

No se trata de reabsorber sus desechos, sino de extirpar el tumor maligno. La cirrosis que corroe a la economía no habrá de curarse inyectado más alcohol a la máquina de combustión de los autos, las industrias y los hogares.

Más allá del rechazo a la mercantilización de la naturaleza, es preciso desconstruir la economía realmente existente y construir otra economía, fundada en una racionalidad ambiental.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. Enrique Leff

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (II)

Hoy, ante el fracaso de los esfuerzos por detener el calentamiento global (el Protocolo de Kyoto había establecido la necesidad de reducir los gases invernadero al nivel de 1990), surge nuevamente la conciencia de los límites del crecimiento y el reclamo por el decrecimiento.


Si bien Lewis Mumford, Iván Illich y Ernst Schumacher vuelven a ser evocados por su crítica a la tecnología y su elogio de “lo pequeño”, el decrecimiento se plantea ante el fracaso del propósito de desmaterializar la producción, el proyecto impulsado por el Instituto Wuppertal que pretendía reducir por cuatro y hasta 10 veces los insumos de naturaleza por unidad de producto.

Resurge así el hecho incontrovertible de que el proceso económico globalizado es insustentable. La ecoeficiencia no resuelve el problema de un mundo de recursos finitos en perpetuo crecimiento, porque la degradación entrópica es irreversible.

La apuesta por el decrecimiento no es solamente una moral crítica y reactiva, una resistencia a un poder opresivo, destructivo, desigual e injusto; no es una manifestación de creencias, gustos y estilos alternativos de vida; no es un mero descreimiento, sino una toma de conciencia sobre un proceso que se ha instaurado en el corazón del mundo moderno, que atenta contra la vida del planeta y la calidad de la vida humana.

El llamado a decrecer no debe ser un mero recurso retórico para dar vuelo a la crítica del modelo económico imperante. Detener el crecimiento de los países más opulentos, pero seguir estimulando el de los más pobres o menos “desarrollados” es una salida falaz.

Los gigantes de Asia han despertado a la modernidad; tan sólo China e India están alcanzando y rebasando las emisiones de gases invernadero de Estados Unidos. A ellos se sumarían los efectos conjugados de los países de menor grado de desarrollo llevados por la racionalidad económica hegemónica.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. Enrique Leff

Vicenç Navarro y el Ministerio del Decrecimiento (1ª parte)

Manuel Casal Lodeiro - Colectivo Burbuja

Recientemente Vicenç Navarro, economista de la Pompeu Fabra y reconocido oponente de las ideas del Decrecimiento, nos retaba a la gente decrecentista a explicar qué medidas tomaríamos si fuésemos ministros de Economía (véase el turno de preguntas de su intervención del 27/05/17 en el seminario “Petróleo” organizado por el MACBA). Aunque no creo que tengamos una obligación ni una responsabilidad a la hora de justificar nuestras propuestas comparables a la de alguien que ha aportado sus ideas para la política económica de una formación con opciones de entrar en un gobierno estatal (Podemos), quisiera recoger el guante lanzado y tratar de darle mi respuesta dándome por implícitamente aludido.

En primer lugar habría que aclarar que las medidas de un ministro o ministra debieran ser, lógicamente, las coherentes con la política general del gobierno del que formase parte, y esta, a su vez, basada en las propuestas hechas a la ciudadanía que eligió dicho gobierno con sus votos. Por tanto, desarrollando mínimamente esta obviedad, si la persona al cargo de un ministerio cualquiera va a aplicar medidas decrecentistas, será en todo caso, dentro de un gobierno decrecentista que haya logrado el apoyo en las urnas para un proyecto decrecentista. Esto, aunque no se lo parezca al Sr. Navarro y a la mayoría de las izquierdas, no es algo tan inverosímil, a la luz del estudio publicado el pasado año por investigadores de la UAB y que apuntaba a que más de un tercio de la población española podría estar a favor de un proyecto no ya decrecentista, pero sí al menos acrecentista, que para el caso nos sirve igualmente como apoyo a la factibilidad de un gobierno que arrojase la crecimientomanía a la papelera de la Historia.

Así pues, me permito modificar aclarativamente los términos de la pregunta de Navarro de la siguiente manera: “¿Qué medidas adoptaría un gobierno decrecentista?” Dado que soy de la opinión de que solamente un gobierno del pueblo es digno de ser calificado de “democrático”, la primera medida debería ser un referéndum para lograr el apoyo expreso de la ciudadanía a un proyecto decrecentista mediante su decisión directa. Esto permitiría no sólo legitimar doblemente dichas políticas (por la victoria en las elecciones generales + la victoria en el referéndum), sino que deslegitimaría cualquier posible contramedida que un futuro gobierno partidario de insistir en el crecimiento económico quisiese imponer. Por supuesto a este referéndum debería llegarse tras una fase previa (que debiera comenzar —con menos medios, claro está— mucho antes de la llegada de tal partido decrecentista al gobierno) de explicación a la sociedad de la necesidad del Decrecimiento, de las indeseables o imposibles alternativas al mismo, y de las nuevas prioridades sociales, políticas y económicas que vendrían a sustituir a la obsesión por el crecimiento del PIB (una buena vida, la satisfacción asegurada de las necesidades básicas, un futuro digno para nuestros hijos y nietos, etc.). Dicha fase de comunicación y debate social podría extenderse a lo largo de todo un año, durante el cual tendríamos, por ejemplo, la ocasión de ver en la TV pública los principales documentales acerca de la cuestión (tanto los que diagnostican la crisis ecosocial como los que presentan alternativas inspiradoras ajenas al crecimiento), series de ficción que ayudasen a crear un nuevo imaginario poscrecentista, programas realizados por los propios colectivos sociales, debates abiertos a la máxima pluralidad posible de posturas y, gracias a ello, tendríamos la ocasión de escuchar en prime time las voces de gente como Herrero, Mediavilla, Prieto, Taibo, Riechmann, De Castro, Carpintero, Turiel, Santiago, Doldán o González Reyes, y otros muchos capaces de explicar con perfecta claridad y rigor los auténticos términos del panorama que tenemos ante nosotros, las luces y las sombras, las amenazas y las oportunidades que se nos abren como sociedad en este excepcional momento histórico. Esto, junto con una amplia participación social en todo el proceso, rompería esa “dictadura mediática” de la que el mismo Navarro habla y crearía las condiciones para lo que he denominado una estrategia franca ilusionante (en mi libro La izquierda ante el colapso de la civilización industrial. Apuntes para un debate urgente, La Oveja Roja, 2016).

Lo cual me lleva al segundo punto principal de mi respuesta al profesor catalán. El hecho de que centre su reclamación de medidas en la acción de un ministerio concreto (pese a la importancia que pueda tener el de Economía) me hace pensar que no acaba de captar que la cuestión del Decrecimiento —al contrario que el tipo de política al que estamos acostumbrados— no es una cuestión sectorial ni la crisis ecosocial que nos lleva a estas propuestas algo que se pueda abordar desde un único ministerio, sea este el de Medioambiente (al que se nos suele remitir cuando hacemos propuestas de abandono de los combustibles fósiles) o el de Economía. Las actuaciones de tipo económico que hubiera que tomar para poner en práctica una propuesta decrecentista serían inseparables de las tomadas desde las áreas de Cultura, Medioambiente, Transportes, Sanidad o Defensa, por ejemplo. Porque el problema que tenemos es integral; afecta a todos los aspectos de nuestra forma de vida y de hecho es, más que sistémico, civilizatorio. Este es otro motivo para objetar los términos de la pregunta que se nos lanza y que demuestra que quien la formula así, no está comprendiendo realmente el carácter integral del problema subyacente.

Para terminar, quisiera devolverle la pregunta a Vicenç Navarro y plantearle qué haría él como ministro de Economía cuando el agotamiento energético —si resulta finalmente vana su fe en que la “creatividad humana” puede “crear recursos” (véanse de nuevo sus respuestas en el seminario “Petróleo”)— haya llegado al punto de tener que racionar los combustibles fósiles, cuando millones de personas en las ciudades del país se queden sin alimentos en los supermercados, cuando dejen de funcionar los sistemas de abastecimiento de agua y saneamiento, y los hospitales sufran apagones continuos y falta persistente de medicamentos, y cuando todo ello suceda en un contexto de conflicto internacional por los últimos recursos. Me gustaría saber qué haría un economista marxista o neokeynesiano cuando la caída permanente del PIB reduzca los ingresos del Estado de manera irreversible, porque se han cerrado por falta de materiales y energía no sólo todas las fábricas que los decrecentistas proponemos —para su escándalo— cerrar, sino muchas más, y qué hará cuando las cifras de paro se doblen y tripliquen mientras nuestros campos se dejan de cultivar por falta de gasóleo para la maquinaria. Dado que el Sr. Navarro además de experto en economía política y sociólogo, es médico, le sugeriría que antes de rechazar un tratamiento alternativo se asegure de que su diagnóstico de la enfermedad es el correcto, no sea que esté intentando tratar una úlcera cuando lo que hay en realidad es un cáncer.

Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía (I)



Del decrecimiento a la desconstrucción de la economía. 
Enrique Leff

La apuesta por el decrecimiento es una toma de conciencia de los límites del crecimiento y la necesidad de desconstruir la economía, una empresa más compleja que desmantelar un arsenal bélico, derrumbar el Muro de Berlín, demoler una ciudad o refundir una industria

Los años 60 convulsionaron la idea del progreso. Luego de la bomba poblacional, sonó la alarma ecológica. Se cuestionaron los pilares ideológicos de la civilización occidental: la supremacía y derecho del hombre a explotar la naturaleza y el mito del crecimiento económico ilimitado.

Por primera vez, desde que Occidente abrió la historia a la modernidad guiada por los ideales de la libertad y el iluminismo de la razón, se cuestionó el principio del progreso impulsado por la potencia de la ciencia y la tecnología, que pronto se convirtieron en las más serviles y servibles herramientas de la acumulación de capital.

La bioeconomía y la economía ecológica plantearon la relación que guarda el proceso económico con la degradación de la naturaleza, el imperativo de internalizar los costos ecológicos y la necesidad de agregar contrapesos distributivos a los mecanismos del mercado.

En 1972, un estudio del Club de Roma señaló por primera vez "Los límites del crecimiento". De allí surgieron las propuestas del “crecimiento cero” y de una “economía de estado estacionario”.

Cuatro décadas después, la destrucción de los bosques, la degradación ambiental y la contaminación se han incrementado en forma vertiginosa, generando el calentamiento del planeta por las emisiones de gases de efecto invernadero y por las ineluctables leyes de la termodinámica, que han desencadenado la muerte entrópica del planeta.

Los antídotos producidos por el pensamiento crítico y la inventiva tecnológica han resultado poco digeribles por el sistema económico. El desarrollo sostenible se muestra poco duradero, ¡porque no es ecológicamente sustentable!

Patriarcado, sistema económico y violencia

La forma patriarcal de ordenar la vida se manifiesta a través de una forma violenta de resolver los conflictos que se materializa en guerras continuas, teniendo en los últimos tiempos el control de los recursos como motivo central; o las formas de relación entre las personas basadas en el dominio que se traducen en violencia contra las mujeres, en explotación sexual o en agresión a quien es visto como diferente.



Esta violencia, que forma parte de las relaciones de poder que se practican en el patriarcado capitalista actúa contra las mujeres y contra la naturaleza, constituye la base del actual paradigma de desarrollo, es decir el telón de fondo de los comportamientos violentos cotidianos es la violencia simbólica.

Violencia simbólica que ha cancelado lo femenino original sustituyéndolo por un discurso patriarcal sobre las mujeres que asegurase su subordinación sobre lo masculino y que ha hecho invisible nuestra pertenencia natural por medio de operaciones de naturalización de los constructos humanos. En el ejercicio de esta violencia simbólica, el patriarcado capitalista ha identificado mujeres y naturaleza y los ha situado en la parte oscura convirtiéndolos en algo que no tiene valor y está disponible para ser usado ‘por el hombre económico, el hombre racional, el hombre político’. Este es el orden simbólico que ilumina y sostiene la economía convencional.

La actividad femenina que se ha centrado a lo largo de la historia en hacer crecer la vida y cuyos esfuerzos han sostenido una generación humana tras otra, a pesar de la violencia patriarcal, ha desarrollado en cambio unas prácticas y un saber que son referentes para que la sostenibilidad humana, social y ecológica sea posible.

Se pone en cuestión la validez del sistema económico actual para alcanzar una sostenibilidad del planeta y la experiencia femenina aporta también una práctica de relación por ella misma, sin una finalidad instrumental; una práctica de la relación que se alimenta de amor y no de dominación.

Para saber más: Epílogo del libro 'la historia cuenta' de Enric Tello, escrito por Anna Bosch, Cristina Carrasco y Elena Grau.

Orden, complejidad y entropía

Cuando hablamos de orden nos referimos a la colocación de las cosas en su lugar correspondiente; (así hablamos por ejemplo de orden alfabético: a, b, c, d, e...).


La palabra complejidad es de origen latino, proviene de “complectere”, cuya raíz “plectere” significa trenzar, enlazar. Entenderíamos entonces la complejidad "como un mayor tamaño, número y clases distintas de las partes que componen un ente (un ser), la variedad de roles especializados que incorpora, el número de los distintos modos de ser presentes y la variedad de los mecanismos para organizar todo ello en un todo coherente y funcional. Al aumentar cualquiera de estas dimensiones, aumenta la complejidad del ente."

La entropía sería una medida del grado (gradiente o razón entre la variación del valor de una magnitud en dos puntos próximos y la distancia que los separa) de energía no disponible en un sistema termodinámico.

Entonces, el orden, la complejidad y la entropía son formas de aprehender las relaciones con el Universo desde estructuras mentales humanas.

Una de las observaciones más maravillosas que nos ha proporcionado la ciencia es la evolución del universo desde lo 'simple e indiferenciado', hasta lo 'complejo'. El universo crea estructuras cada vez más complejas. Si imaginamos la formación de una estrella, esta comienza con un gas “desordenado” para terminar siendo una bola de plasma con sus átomos mucho más localizados y “ordenados” que al principio.

Una evolución biológica genera desde hace cuatro mil millones de años organismos cada vez más complejos.

¿Cómo es posible entonces esta evolución hacia la heterogeneidad y la complejidad desafiando la Segunda Ley de la Termodinámica?.

Para saber más:
"El Origen de Gaia". Editorial Abecedario. Carlos de Castro.

Territorios y recursos naturales: El saqueo versus el buen vivir.

El saqueo en América Latina data de hace más de 500 años, aunque en el último decenio ha tenido una notable aceleración. Este proceso reciente forma parte de una economía globalizada, basada en el crecimiento permanente, en el que el uso ilimitado de las riquezas naturales es una constante.

En esta economía globalizada, Latinoamérica fortalece su rol de proveedor de materias primas y mano de obra barata. Instituciones como el Banco Mundial pregonan que la venta de estas riquezas constituye la mejor vía para salir de la pobreza. Las compañías transacionales son las principales impulsoras y beneficiadas de este modelo.

Este esquema de modernidad es impuesto a los países del Sur como punto de referencia al que deben aspirar. “Desarrollo es igual a crecimiento económico y al modelo de modernidad que lo acompaña”. En esa visión dominante, la naturaleza es considerada sólo una mercancía.

Este concepto difiere fuertemente de otro punto de vista más amplio en América Latina, donde valores culturales y espirituales relacionado con la naturaleza también ocupan un lugar central. La naturaleza se manifiesta en tanto marco que otorga sentimiento a la existencia.

La óptica mercantilista hace abstracción del hecho de que la naturaleza constituye la base de sustento de millones de pobres. La preocupación por el medio ambiente no es una cuestión de lujo para los más necesitados del Sur, se trata de un asunto fundamental de sobrevivencia, desarrollo y proyección.

La protesta contra el modelo de explotación de los recursos ha sido criminalizada de forma sistemática. El acceso a las riquezas se asegura a través de la militarización de regiones ricas en recursos naturales. Esto ocasiona crecientes conflictos en torno al acceso a la tierra, al agua, al alimento, a los bosques y a la biodiversidad.

En muchos países, las legislaciones nacionales se modifican en función de la explotación de los recursos naturales. Esas adaptaciones al marco legislativo constituyen la base para una ola de concesiones de explotación que se ciernen, sobre todo, en el subcontinente.

La crisis ambiental muestra también claramente los límites del modelo occidental de desarrollo y la imposibilidad de su generalización para toda la humanidad. Se requiere, de manera urgente, una nueva ética que despierte sensibilidad hacia esta problemática.


Territorios y recursos naturales: El saqueo versus el buen vivir.

La religión del progreso… Filosofía (1º de Bachillerato)


La idea de progreso (y en particular del progreso tecnológico al que se refiere el tema que estamos tratando) ha conquistado nuestras mentes, bueno, no todas, hay una aldea de irreductibles filósofos que no parecen dispuestos a profesar esta fe en el progreso, ni a apoyar incondicionalmente el tecno-optimismo imperante.

Aunque el progreso haya adquirido el carácter incuestionable de un dogma religioso, estamos dispuestos a discutirlo y es saludable que opongamos un poco de tecnopesimismo ante tanto triunfalismo porque:

– En primer lugar el progreso científico entre otras cosas nos ha enseñado que ninguna teoría es incuestionable y cualquiera de ellas debe ser revisada y examinada continuamente a la luz de los hechos y los fenómenos del universo que observamos al contrario de lo que sucede con los dogmas religiosos y las creencias y opiniones pseudocientíficas.

– En segundo lugar si abrazamos ciegamente la idea de que el progreso es inevitable y no se puede criticar quedaremos inermes, indefensos, sin posibilidad alguna de modificar su rumbo ni intervenir en él, resignados a asumir un progreso determinado por unas leyes ineluctables que no nos tiene en cuenta y que sucede a pesar de nosotros.

– Queremos conocer qué piensan algunos filósofos poco conocidos, olvidados, extraños que se han dedicado aquello que más nos enorgullece a los filósofos: llevar la contraria.

Esta idea que adoptó la cultura occidental al mismo tiempo que adoptaba el cristianismo consiste en considerar la historia humana como un avance inexorable según un plan previsto (por Dios según Agustín de Hipona) hacia el establecimiento definitivo del Reino de Dios en el final de la historia. En el siglo ilustrado, el S. XVIII, esta influyente idea ya secularizada (despojada de su protagonista divino y de sus referencias religiosas) recibió un impulso entusiasta debido a los descubrimientos y los ingenios de los fueron capaces aupados por el poder de su inteligencia los que vivieron en esa época. La historia se dirigía hacia su cumplimiento perfecto con tal de que diseñáramos cada vida individual y nuestra vida colectiva conforme a la razón.

Ya por entonces no todos se mostraron dispuestos a aceptar esta visión tan optimista, incluso destacados ilustrados como el propio Diderot o J.J. Rousseau cuestionaron el progreso de la civilización, que en nombre de ciertas ventajas como la comodidad, el intercambio social o el beneficio económico sacrificaba la bondad e inocencia del ser humano individual.

Un poco más adelante en un país que acababa de independizarse, nacía H. D. Thoreau (1817-1862), un filósofo y activista norteamericano que como “quería vivir deliberadamente” decidió apartarse durante varios años de la civilización y trasladarse a una cabaña en un bosque al lado del Lago Walden con el fin de alcanzar la autarquía con la que habían soñado siempre los filósofos desde la Antigüedad. La autarquía supone recuperar el dominio sobre uno mismo después de reducir las necesidades autoimpuestas y renunciar a las ambiciones sociales para dedicarse a nuestra verdadera vocación la observación de la naturaleza y el contacto asiduo con ella, la lectura que es conversación inteligente con otros seres humanos vivos o muertos, el trato libre y desinteresado entre iguales y la reflexión solitaria. Una vida austera y sublime. Thoreau es el primero que se atreve a poner en entredicho el proyecto civilizatorio que había emprendido su país, que conllevaba dar la espalda a la naturaleza a la que el ser humano pertenecía. Después otros como él escogieron el camino de la desobediencia hacia esta forma de vida y hacia El estado que la propiciaba.

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Una viñeta perteneciente al álbum “Thoreau, la vida sublime” A. Dan- Le Roy

Sin embargo es en el s. XX cuando el mito del progreso (así suele llamarse a esta idea supuestamente indiscutible) empieza a cuestionarse seriamente. Walter Benjamin (1892-1940), el malogrado filósofo nacido en Polonia, alemán de adopción, en el período de entreguerras enuncia su famosa tesis o idea sobre el Ángel de la Historia inspirada en el cuadro Angelus Novus que le compró a su autor, Paul Klee, que representa a un ángel en cuyos ojos se ve reflejado el horror que ha dejado tras de sí la historia, una tierra quemada, llena de víctimas inocentes, en su camino inexorable hacia el futuro…

“Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se muestra a un ángel que parece a punto de alejarse de algo que le tiene paralizado. Sus ojos miran fijamente, tiene la boca abierta y las alas extendidas; así es como uno se imagina al Ángel de la Historia. Su rostro está vuelto hacia el pasado. Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amontona ruina sobre ruina y la arroja a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado, pero desde el Paraíso sopla un huracán que se enreda en sus alas, y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irreteniblemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras los escombros se elevan ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso”.

TESIS IX

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Angelus Novus, Paul Klee, 1920

Ese huracán es el que se llevó por delante su vida y la del pueblo al que pertenecía porque Benjamin era judío. Él no tuvo la suerte de poder salir de Europa antes de la II Guerra Mundial; otros compatriotas y compañeros de estudios, judíos como él, sí pudieron exiliarse en EE. UU, todos ellos habían formado parte en Alemania del Instituto de Investigación Social, que después pasó a llamarse la Escuela de Francfort ( si quieres saber más de esta escuela puedes leerlo en el libro de texto), cuyos miembros se dedicaron entre otras cosas a elaborar una teoría crítica que cuestionaba el progreso que había llevado a cabo la humanidad desde la Ilustración puesto que afectaba principalmente a los medios técnicos, a los instrumentos y medios que utilizamos para optimizar los procesos de producción, lo que ellos llamaban a la razón instrumental. Esta tipo de razón desconectada de los fines que la sociedad debe proponer como más deseables sólo puede conducir a la barbarie de un mundo tecnificado en el que los verdaderos proyectos e intereses del ser humano no sean tenidos en cuenta.

Otro antropólogo polaco pero alemán de adopción que se vio obligado a emigrar a EE.UU. es Günter Anders (1902-1992), quién horrorizado por la bomba atómica al final de la II Guerra Mundial y el riesgo de destrucción nuclear durante la Guerra Fría posterior describió el desnivel prometeico que padece la humanidad. Es capaz de hacer y producir mucho más y mejor que lo que es capaz de sentir y valorar moralmente. Hay una asincronía (falta de sincronización) entre nuestra capacidad tecnológica (el fuego y el conocimiento técnico que robó Prometeo a los dioses por culpa del descuido de su hermano Epimeteo) y nuestra capacidad para sentir lo que los otros sienten y ser conscientes de las consecuencias de nuestros actos. En ese sentido se refería a la banalización de la tecnología del mismo modo que la que había sido su esposa, Hanna Arendt, advertía de la banalización del mal durante el nazismo. La sección “Los guardianes de la moral” del programa de la Cadena SER “A vivir que son dos días”, es capaz de explicarlo con sentido del humor.


El propio Anders fue más lejos y criticó la cínica separación entre medios y fines que defienden los que ingenuamente consideran la neutralidad de la tecnología. Esta, según el antropólogo, nos transforma, nos cambia sólo por el hecho de usarla. Anders ya adivinaba en su libro La obsolescencia del hombre (1956) la importancia de los nuevos medios como la televisión y la radio, que iban a transformar nuestra vida de manera perdurable sin que nos diéramos cuenta.

Cincuenta años después el profesor Nicholas Carr vuelve a enunciar el mismo diagnóstico en Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestra mentes? No es conveniente como hacen “los instrumentalistas” minimizar la capacidad de la tecnología para modificar nuestras mentes a nivel celular y macrocelular gracias a la neuroplasticidad de nuestro cerebro.

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Desde otra vertiente que no es la de la neurociencia o la psicología sino desde la filosofía, Pierre Rabhi, defiende la sobriedad, incluso el decrecimiento como forma de vida y la renuncia al pensamiento “mineral” de Occidente que consiste en la explotación técnica de la naturaleza con el único propósito del lucro, abandonar la proliferación de aparatos tecnológico y medios que favorecen el frenesí de la vida actual y la inmediatez de la información pero no son capaces de aumentar el verdadero conocimiento. En definitiva Rabhi parece un auténtico admirador y seguidor de Thoreau, del que empezábamos hablando en este texto.


Ya sabemos todo lo que está en juego. Más si cabe ahora, que nos enfrentamos a un reto increíble hasta hace no mucho: el despliegue imparable de las máquinas inteligentes, la llamada Inteligencia Artificial, que es uno de los más fascinantes e inquietantes productos tecnológicos que hemos creado los humanos. Pero de este asunto ya nos hemos ocupado, ¿verdad?