Podemos y la cuestión ecológica: de nuevo, la gran bifurcación

Jorge Riechmann, Alba Gutiérrez, Arantxa Mato, y Juanjo Álvarez - Otras miradas
  Han participado en la elaboración de la propuesta ‘Ecología: cambiar el mundo, salvar el planeta’, presentada por Podemos EN Movimiento en Vistalegre 2.

En los próximos días se va a producir un acontecimiento que ha sido discutido y tratado mediáticamente hasta la extenuación. No nos engañemos: casi cualquier asunto de Podemos ha sido tratado y maltratado hasta el aburrimiento. Para bien y para mal, una fuerza política nueva, con formas audaces y, sobre todo, con potencial de agrupación colectiva, tenía que traer la atención de todos los poderes. Y no sólo la atención: también la admiración acrítica, o la animadversión, o el odio. Creemos que de todo esto habla la gente cuando manifiesta hartazgo respecto a Podemos, y no sin razón. Sin embargo, Podemos es, a pesar de todo – a pesar, también, del tedio –, una herramienta político -electoral con un potencial que jamás ha tenido ninguna fuerza transformadora en el estado español desde hace décadas. Y esto hace del llamado “Vistalegre 2” un momento importante en el devenir político. Muy importante si tenemos en cuenta que, tras la fase inicial, aquí se decidirá el carácter político-estratégico de la organización para bastante tiempo, un debate clave, ocultado muchas veces por toda la parafernalia de estrategias comunicativas y luchas de poder. Ya no bastan los movimientos tácticos brillantes y el despliegue burbujeante del ingenio comunicativo, hay que reabrir la ventana de oportunidad y construir en clave de “guerra de posiciones”. Ahora estamos dentro y toca construir contra las fuerzas del régimen, que ni eran tan incapaces ni han caído tan rápido como nos gustaba creer. Comienza la resistencia para preparar la ofensiva: sin posiciones fijas pero con principios, construyendo espacios materialmente vivos, mirando siempre a largo plazo.

Es momento de abordar uno de los temas permanentemente soslayados en la batalla política diaria, el escenario ecológico. Pues nos hallamos en situación de extrema emergencia, como nos recordaba el manifiesto Última Llamada en el verano de 2014. Es evidente que para cualquier organización política que nace con voluntad de entrar con fuerza en el tablero, la cuestión ecológica resulta un tema difícil de lidiar. Y sin embargo, también en esto Podemos tuvo algo de novedoso, pues su primer programa electoral – el de las elecciones europeas de 2014 – tuvo un contenido político-ecológico razonablemente elaborado. Después de eso llegaron los momentos de las expectativas de triunfo rápido, lo que alentó esfuerzos por disfrazarse de fuerza moderada y de gobierno. El balance es equívoco y complejo, pero en cualquier caso no constituye el objetivo de este artículo pergeñar tal balance. Lo cierto es que a día de hoy muchas y muchos participantes en Podemos, muchas y muchos electores y buena parte de la militancia más activa es consciente de que en este congreso toca hacer política con las cartas boca arriba. Incluidas las que tienen que ver con la peliaguda cuestión ecosocial.

Podemos ha intentado distanciarse de la “vieja izquierda” por todos los medios. En parte hacía bien: la izquierda del estado español, como toda la izquierda europea, no sólo se sentía derrotada, es que se había acostumbrado a vivir en la derrota; no sólo daba mítines a los que acudían cuatro gatos, es que preparaba los mítines para que acudieran cuatro gatos. Pero ahora que, en Podemos, es el momento de abordar los verdaderos desafíos de la transformación social y política, haríamos bien en recordar una de las tradiciones más rupturistas de la izquierda, aquella que ha puesto en el centro de los análisis conceptos como metabolismo social, régimen energético o extractivismo; y con ello nos referimos al riguroso interés teórico y político de los contenidos científicos evocados. Y en esta línea, tenemos una gran ventaja que podría entenderse como otra ventana de oportunidad, y es que los investigadores e investigadoras que han estudiado con mayor lucidez el panorama ecológico, económico y social son pensadores próximos a la izquierda política. Yayo Herrero, José Manuel Naredo, Emilio Santiago Muíño, Federico Aguilera Klink, Fernando Prats, Margarita Mediavilla, Óscar Carpintero o María Eugenia Rodríguez Palop son algunos de los nombres que vienen inmediatamente a la cabeza. Con las aportaciones de estos y otros tantos se puede construir una estrategia de transformación ecosocial de enorme potencial: de hecho, se halla ya esbozada en obras recientes del calado de La Gran Encrucijada. Y no sólo en lo estrictamente ecológico, porque todos ellos han comprendido sin lugar a dudas que el desafío ecológico tiene – como todos los temas de importancia social – una importante dimensión de género y de clase. Son las mujeres, los más humildes y las clases populares quienes tendrán que asumir –ya lo están haciendo- la mayor parte del coste de esta huida hacia delante que el capital global emprendió hace ya casi medio siglo. La crisis la pagaremos todas, porque el sistema económico neoliberal es incapaz de comprender que la apuesta sin fondos por el pack extractivismo-productivismo-consumismo no puede llevar a ninguna parte; pero la miseria más dura y el cercenamiento de las perspectivas de futuro será sobre todo para las trabajadoras, para los migrantes, para las mujeres. Para las sin nombre. Y ahí también es hora de que Podemos asuma dónde quiere estar: en la ilusión de que puede existir una “economía verde” del eco-consumo cool diseñada para las clases medias (en rápida contracción durante “esta crisis que no acabará nunca”, como diagnosticó hace un tiempo Antonio Turiel) o en las luchas de las clases populares que constituyen hoy realmente la mayoría de la población en este estado, si pensamos globalmente.

Entre los grandes desafíos ecosociales, dos son extremadamente urgentes: el cambio climático y el agotamiento de recursos. Ese binomio clima-energía, más la escasez de toda una serie de recursos básicos para el funcionamiento actual de las sociedades industriales, desde el pescado hasta los fosfatos, está en la raíz de las crisis que nos vienen. No es éste el lugar para entrar en el detalle de estos temas, que han sido repetidamente abordados por las y los autores que citábamos más arriba – y por tantos otros – pero sí de asumir que, más allá de creencias cuasi-religiosas en soluciones tecnocientíficas que vendrán a salvarnos y que nunca acaban de llegar, nos enfrentamos a un panorama de minoración radical de los recursos disponibles. Y esto no es asunto “para nuestros nietos”, como solía decirse. La crisis de materiales, energía y clima está ya en curso (cénit del petróleo crudo de mejor calidad desde 2005) y puede tener ya manifestaciones dramáticas en torno al año 2030, según los mejores conocimientos científicos disponibles. No hablamos ya, por tanto, sólo de tiempos históricos sino de tiempos vitales. No de las vidas de nuestras hijas e hijos: de nuestras propias vidas.

La crisis económica no es una crisis coyuntural; tampoco es meramente una crisis económica de ciclo – que esto sí, también lo es – sino una crisis irreversible porque el sistema económico ha tocado techo en términos biofísicos. El choque de las sociedades industriales contra estos límites biofísicos es una determinante esencial de nuestra época (puede servir para contextualizar esto el reciente artículo de Emilio Santiago Muíño en Revista de Occidente, Cuatro décadas perdidas). Por usar una metáfora, las crisis económicas del capitalismo hasta ahora han sido como una partida de Arcade: al acabar, aparecía un vistoso letrero que repetía insert coin. Esta vez no hay dónde buscar las monedas. Que les pregunten a los griegos qué es lo que pasa cuando te quedas sin monedas para seguir jugando: exclusión, hambre, muerte, cierre de fronteras. Que les pregunten, más aún, a quienes siempre estuvieron en el lado malo del mundo: migrantes, subsaharianos, trabajadoras asiáticas: aquellas que han soportado todo el dolor del mundo. ¿Quiere esto decir que hemos de tirar la toalla? En absoluto. No estamos liquidados como especie, sí estamos en un camino hacia ninguna parte. Toca más bien preguntarse cómo podemos vivir bien (el conjunto de la población, sí) en un planeta finito, preguntarse si este camino que ahora se convierte en un despeñadero ha producido algo bueno para quienes lo habitamos. Si añoraríamos el trabajo asalariado, las jornadas laborales infinitas, la falta de tiempo para la verdadera vida, las fronteras entretejidas de cuchillos, el patriarcado homicida, la destrucción de los vínculos sociales, la guerra permanente en los países “que no importan”. La demencia asesina que mercantiliza hasta lo más íntimo de la misma vida.

Estamos realmente en una Gran Encrucijada, ante cambios ecológico-sociales de un calado que apenas podemos imaginar. La transición (o más bien las transiciones-con-colapsos) se hará tanto si la asumimos como si no, por las buenas o por las malas. Si no lo hacemos por las buenas (vale decir, primando los valores de igualdad, cooperación, cuidado, sustentabilidad, biofilia), las crisis climáticas, energéticas y de materiales reventarán el entramado productivo del neoliberalismo y las élites tomarán el mando de una transición que estará previsiblemente protagonizada por el repliegue hacia los centros del poder. A esto no hay más nombre que darle que fascismo: o ecofascismos, si se quiere recoger de algún modo las constricciones asociadas al mundo de escasez (relativa) hacia el que vamos. Se tratará entonces de la gestión de la escasez mediante la exclusión – y en último término la eliminación – de las mayorías. En el extremo opuesto está la posibilidad de construir comunidades socialmente activas, solidarias y unidas por vínculos laborales, de clase y de gestión de lo común.

Hasta hace unas décadas, la izquierda histórica asumía que la emancipación de las clases subordinadas se realizaría por el incremento de la producción, que permitiría la revolución y un nuevo reparto de la riqueza; hoy en día esta posición se ve negada por la evidencia de que el crecimiento económico sostenido no nos lleva a la liberación sino a la desigualdad y el dominio – y hay que reconocerle a Manuel Sacristán, en nuestro país, el mérito de haber sido uno de los primeros en ver con claridad este fenómeno, entre las izquierdas europeas de la década de 1970 –. A Podemos, si quiere realmente constituirse como la organización que las mayorías necesitan, le toca asumir esta bifurcación. No lo hará, desde luego, si adopta una posición excesivamente institucionalista, ni desde una orientación que busque el pacto con un animal rabioso y herido como es hoy día el capital. Pero puede hacerlo mediante la propuesta política osada, asumiendo riesgos y planteando un nuevo modelo ecosocial que cuestione el crecimiento, ponga en el centro la sostenibilidad de la vida y apueste por la vida buena de las mayorías.

Alboraya. Del blanc al blues


 Chus Melchor  - El salmon contracorriente

Alboraya. Del blanc al blues
Pret Photo





El puebloAlboraya (Valencia). Población 2013: 23.269 habitantes. Situación: a 5km de Valencia
El Proyecto DEL BLANC AL BLUES. Dinamización de la Economía Creativa en el territorio
Criterios en la Matriz del Bien Común D1: Comportamiento ético, dignidad ciudadana.E1: Efecto social. Estilos de vida sostenible.
Persona Responsable Francesc Pastor, concejal de promoción económica y desarrollo local



¿Por qué es importante que Alboraya dinamice la economía creativa?


Cuando se habla de economía verde, muchas veces se piensa en la generación de nuevos negocios ambientales. Pero si no vamos a la raíz del problema, si nuestra estrategia consiste en poner parches, achicar el agua de nuestro barco sin enderezar el timón, entonces continuaremos a la deriva.

Serge Latouche [1] es uno de los ideólogos más conocidos de la corriente llamada del decrecimiento. Él suele decir en sus conferencias que ’Cualquiera que piense que es posible crecer ilimitadamente en un planeta con recursos finitos es, o bien un loco, o bien un economista”.

Con el actual nivel de vida, los españoles necesitaríamos cada año dos planetas y medio, los franceses tres y los norteamericanos seis planetas. Si aún pretendemos continuar un crecimiento del 2% anual, en 2050 la humanidad va a tener que explotar 30 planetas como la tierra para mantener el nivel de consumo y con ello el sistema económico actual. Terri Swearingen [2], lo expresaba con esta frase: “Estamos viviendo en este planeta como si tuviésemos otro a dónde ir”.

Actualmente los países llamados desarrollados obtienen gran parte de sus recursos en “el tercer mundo”: coltán [3], gas, combustibles fósiles o alimentos en forma de cultivos extensivos; y depositan allí sus residuos electrónicos, nucleares o plásticos. Sin ese desequilibrio seríamos incapaces de mantener la forma de vida occidental.

Nuestro sistema no admite otro camino que el crecimiento. Los países emergentes lo hacen de manera alarmante [4] Y así cada vez quedan menos materias naturales que agotar, los grandes capitales chinos se están apropiando de tierras africanas como antes lo hicieron los europeos en forma de colonialismo.
La cuestión es qué tipo de crecimiento, para qué y para quién
El 75% de los recursos pesqueros del mundo actualmente está siendo explotado al límite de su capacidad o sobreexplotado, el 80% de los bosques primarios del mundo ha desaparecido, tan sólo en la Amazonía estamos perdiendo dos mil árboles cada minuto, el terreno equivalente a cinco campos de fútbol.

Treinta planetas, esa es la meta mientras no cambiemos el rumbo. Pero lo más chocante es que ni estamos buscando planetas ni estamos cambiando el rumbo. Nos encaminamos hacia la catástrofe a toda vela, y son muy pocas las voces que cuestionan ese itinerario de crecimiento. Es demencial sí, pero es así. Los políticos, economistas y empresarios nos hablan de que debemos volver al crecimiento, que la crisis terminará cuando volvamos a crecer como antes.

Por otra parte es lógico, porque sin crecimiento el sistema capitalista no funciona. Esa es la gran paradoja: si no crecemos entraremos en una recesión y una pobreza insoportable, y si crecemos la tierra colapsará. Esta situación sólo se puede superar con un cambio radical. Nuestro barco necesita parches y reparaciones, pero sobretodo necesita un cambio de rumbo. La deriva actual nos lleva a un enorme remolino en el que vamos a sufrir grandes tragedias. Es urgente virar. Esperemos que aún estemos a tiempo.

Como estamos viendo hay muchas claves para dar un vuelco al paradigma: la producción local, el reparto de trabajo, en definitiva el cambio de objetivo de la economía hacia el bien común, de la economía a gran escala pero también de cada una de las pequeñas células económicas: las empresas, las organizaciones, los individuos, los municipios…

Otra clave está en dar protagonismo a aquella parte de la economía que no daña la naturaleza. Un tipo de consumo que no perjudica al planeta es el consumo de música, literatura, filosofía, teatro, o de educación, cuidados y atención a la dependencia. Y es además un consumo mucho más rico que el material, porque consigue incrementar nuestra felicidad de una manera realmente eficiente. Aquí, en este tipo de servicios sí nos podemos permitir el lujo de crecer indefinidamente. ¡Qué gran noticia! Podemos incrementar el consumo de algo que es realmente importante y placentero sin miedo a llevar al colapso a nuestro planeta [5].

¿En qué consiste el proyecto de Alboraya?

Al mezclar la cerveza artesana con la música salió un festival de blues que se está alargando más allá de lo previsto. Es uno de los logros de lo que empezó llamándose economía creativa.

Alboraya es un municipio muy cercano a Valencia, tiene una huerta protegida. El mercat d’Alboraya es la primera organización a la que se dirige la concejalía. Los comerciantes tienen graves problemas económicos, y saben que hay que cambiar algo, pero no saben qué. Con este proyecto se intenta reinventar los negocios, darles un valor añadido uniendo por ejemplo música, poesía, gastronomía y creatividad.

Un ciclo de menús temáticos en los que se presentan productos locales y se da una pequeña charla sobre el origen, las propiedades o posibilidades de las hortalizas, quesos o arroces de la zona. Un festival de poesía celebrado en distintos establecimientos, o un ciclo de blues son algunos ejemplos de esta fusión de los mercaderes con los artistas.

En el caso de la economía creativa se pretende sacar a la luz la parte más etérea de los negocios y fábricas de Alboraya. Consiguieron algunos recursos: una pequeña subvención de la diputación de Valencia, pero los propios empresarios se hacen cargo de la publicidad y la contratación.

El próximo objetivo es convertir Alboraya en un Cluster cultural. Se da la circunstancia de que en Valencia se acaba de constituir una asociación de amigos del Blues y ya se están programando actividades más allá de las propuestas desde el ayuntamiento.


¿Cómo se ubica en la Matriz del Bien Común?

  • D1: Comportamiento ético. Dignidad ciudadana.
  • E1: Efecto social, estilos de vida sostenibles. La dignidad, la felicidad, la realización personal y la creatividad de los ciudadanos se ve incrementada con proyectos que fomenten el arte, la cultura, la creación y el disfrute de cualquier actividad artística.
Por otra parte, buscar actividades económicas que incrementen las relaciones comerciales sin deteriorar el medio ambiente significa promover negocios intelectuales, servicios sociales, culturales y de ocio ético, escénico, artístico, educativo.



Notas


[1Serge Latouche es profesor de economía emérito de la Universidad de París.
[2Terri Swearingen: ecologista galardonado por la organización de las protestas contra residuos tóxicos de las industrias incineradoras en un pueblo de los Apalaches en 1997.
[3Coltan: mineral muy escaso que se ha hecho imprescindible para nuestros móviles, tablet’s y ordenadores, y que provoca guerras con millones de muertos principalmente en el Congo.
[4Crecimiento anual en torno al 7% en la región oriental de Asia, al 5% los países en desarrollo o el 3% en América Latina.
[5Viçent Navarro, Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas de la Universidad Pompeu Fabra: “Se puede crecer económicamente produciendo prisiones y tanques y se puede crecer construyendo escuelas e investigando cómo curar el cáncer. Se puede crecer construyendo grandes edificios o manteniendo los ya existentes para hacerlos más ahorradores de energía y habitables…. La cuestión no es, pues, crecimiento o decrecimiento sino qué tipo de crecimiento, para qué y para quién.”

El político está desnudo: la performance política

Una antropóloga en la luna

"El político, que nunca ha sido tan visible, que nunca ha estado tan expuesto mediáticamente en una telepresencia continua, desde hace poco más de dos siglos está desapareciendo."

"Cuando el rey está desnudo y el poder es impotente, ¿en qué consiste el ejercicio del Estado, el hecho de gobernar, sino en jugar deliberadamente con las apariencias?” 
 Christian Salmon.


"La neopolítica se caracteriza por una crisis general de la confianza y de la representación: crisis de la soberanía del Estado, crisis de la palabra del Estado, crisis de la firma del Estado..." 
"La pareja que constituía el poder y su dispositivo de representación se han convertido por una lado en una burocracia anónima (instalada en lo lejano, en Bruselas o Estrasburgo); por el otro, unos políticos desarmados, un rey desnudo
  Por un lado, decisiones sin rostro; por otro, rostros impotentes. 
  Por un lado, una acción sin representación percibida como no democrática, por otro una representación sin poder."


“Cuando el rey está desnudo y el poder es impotente, ¿en qué consiste el ejercicio del Estado, el hecho de gobernar, sino en jugar deliberadamente con las apariencias?” La explosión de las redes sociales como Twitter, las cadenas de todo-información, han pulverizado el tiempo político y prohibe cualquier deliberación."
"El hombre político se presenta cada vez menos como una figura de autoridad, alguien a quien obedecer, y más como algo que consumir; menos como una instancia productora de normas que como un producto de la subcultura de masas, un artefacto a imagen de cualquier personaje de una serie o un programa televisivo..."

"Vivimos en una ebullición de la información que limita cualquier deliberación. Con la televisión temática, el homo politicus se ve obligado a actuar 24 horas al día, siete días a la semana: contar un relato, influir en la agenda de los medios, fijar el debate público, crear una red, es decir, un espacio para difundir el mensaje y hacerlo viral... Internet constituye un espacio de actuación donde todo el mundo ha de imponer su relato. El político ya no tiene el monopolio del relato nacional. El simbolismo tradicional se colapsa: la encarnación del reino en la persona del rey es reemplazada por una exposición incesante del político. Emerge un nuevo gobernante sobreexpuesto ante el escrutinio de los nuevos medios hasta la obscenidad y la banalización. Una telepresencia que les lleva a ser devorados mediáticamente. Los políticos se virtualizan, se convierten en una especie de ángeles digitales, de valores bursátiles, pero los números de las encuestas son muy volátiles."
 
"Los electores fingimos interesarnos por la Crisis, la Deuda, el Paro, cuando en realidad estamos sedientos de historias, de héroes, de villanos. Nos zambullimos en los culebranos políticos cuyo único objetivo es mantenernos en vilo. Seguimos las campañas como una sucesión de episodios intrigantes, un reality show permanenente cuyo éxito miden los sondeos y la audiencia. Exigimos suspense, golpes de efecto" 
"No nos hacemos ninguna ilusión respecto a su capacidad para domar la crisis, lo que les pedimos es encarnar una intriga capaz de tenernos en vilo"

"Desde la revolución neoliberal, el voluntarismo se ha impuesto como una figura paradójica. Cuanto más desarmado está el Estado, más debe mostrar su voluntarismo. "Cuando se quiere, se puede", recurriendo a la retórica de la ruptura y del cambio para rechazar la experiencia pasada. Pero si esta potencia no cuenta con los medios para ejercerse, el voluntarismo no tiene efecto, por tanto, debe redoblar una y otra vez su intensidad para volver a ganar credibilidad, acentuando más el sentimiento de impotencia del Estado."

 
"El cuerpo del político debe cambiar incesantemente, sinónimo de flexibilidad, de adaptación. Y para ello hay que saber mantenerse delgado. ¿Cómo predicar el rigos con la papada? Antaño, la corpulencia de los notables tranquilizaba al pueblo. Ahora, es la delgadez quien da a los gobernantes su credibilidad. Corren tiempos de dieta como de deuda. Presupuesto equilibrado, presidente equilibrado. La nueva tendencia es el look "contable con gafas".
  "Ahora bien, estos mismos mecanismos están sometidos a una exigencia de aceleración constante. Esta hipermovilización de las audiencias suscita fases de caída. Por querer estimular demasiado a las audiencias, el hombre político se expondría a una especie de efecto feedback postelectoral, bajo la forma de decepción, incluso de desencanto. El espíritu de la web no concuerda con el de las administraciones públicas. El ritmo de las campañas no resiste mucho tiempo al hundimiento de las decisiones cotidianas, a la resistencia de los lobbies, a la obstrucción de los partidos de la oposición, las potencias económicas."
"Una democracia hechizada que ha sustituido la acción por el relato, la deliberación por la distracción, el state craft (el arte de gobernar) por el stage craft (el arte de la puesta en escena). La política ha pasado del debate, de la discusión y del dissensus, a lo interactivo, lo performativo y lo espectral. Los políticos son los que presiden esta ceremonia caníbal, y su condición inconfortable de ser a la vez performance y víctimas: Kafka los llamaba artistas del hambre.
 
Fuentes:
  Christian Salmon. “La Ceremonia Caníbal. Sobre la performance política”

Entrevista a Joaquim Sempere

Nuria del Viso - FUHEM Ecosocial
Joaquim Sempere (Barcelona, 1941) es doctor en Filosofía por la Universidad de Barcelona y licenciado en Sociología por la Universidad de París-X. Ha trabajado como  director de la revista Nous Horitzons y forma parte del consejo editorial de la revista Mientras tanto. Es profesor emérito de Sociología de la Universidad de Barcelona, especializado en temas de medio ambiente. Ha desarrollado su pensamiento en torno a las necesidades humanas, el papel de la ciencia y los conflictos socioecológicos. Entre sus libros más recientes figura Mejor con menos (Crítica, 2008) y, en coautoría con Jorge Riechmann, Sociología y medioambiente (Síntesis, 2014). En esta entrevista desgrana su visión sobre la calidad de vida.

Nuria del Viso (NV): Para abrir este boletín sobre calidad de vida, nos gustaría primeramente que nos ayudaras a acotar conceptos y relaciones entre calidad de vida y bienestar; y entre buena vida y su equivalente del buen vivir en América Latina. 

Joaquim Sempere (JS): “Bienestar” y “calidad de vida” se usan a menudo como sinónimos, aunque con acentos distintos. Bienestar alude más bien a los elementos “objetivos” o utilitarios, como la satisfacción de necesidades básicas objetivables: alimentación adecuada y suficiente, buen estado de salud, acceso a vivienda digna, vestido, protección ante los imprevistos de la vida, etc. Calidad de vida alude a aspectos más cualitativos y subjetivos, es decir, a los niveles de satisfacción experimentados, que incluyen presupuestos culturales distintos para las distintas sociedades consideradas, así como la adecuación a los tipos y niveles de expectativas de las personas consideradas. De todos modos, las diferencias son pequeñas y los dos términos a menudo se usan indistintamente para designar lo mismo.

Entiendo que el “buen vivir” de las comunidades autóctonas de América Latina es más que lo que nosotros consideramos “vida buena” porque incluye una relación armónica con el medio natural que supone también armonía social, esto es, justicia, reciprocidad en los derechos y deberes, vida humana adaptada a ritmos menos artificiales que los de las ciudades modernas. Es obvio que se trata de un planteamiento de vida del que tenemos mucho que aprender.

Quiero insistir en el tema de las expectativas. La sociedad productivista-consumista genera incesantemente expectativas materiales cada vez más altas, lubricando así la tendencia al crecimiento, pero con efectos psicológicos y morales devastadores porque reproducen sin cesar la insatisfacción (que a su vez realimenta el deseo de más cosas). Tenemos que aprender a controlar la formación de nuestras propias expectativas, a adaptarlas a lo que es psíquicamente razonable y ecológicamente posible. La palabra clave en esto es autocontención.

NV: Desde tu óptica, ¿cuáles son los ejes principales de la calidad de vida?

JS: En la calidad de vida creo que debe incluirse la satisfacción suficiente y adecuada de las necesidades básicas materiales (alimentación, vivienda, vestido, salud) junto con ciertos parámetros que dan a la vida humana una densidad de significación satisfactoria. Comer, vestirse y cuidar la salud son, en definitiva, bienes instrumentales: necesarios para “estar bien” pero no suficientes para una vida buena. Se dice, con razón, que estamos físicamente bien cuando no sentimos el cuerpo, porque funciona como debe: es al enfermar o sufrir dolor cuando nos apercibimos de que “tenemos” cuerpo. Con las necesidades materiales pasa algo parecido: si están bien satisfechas no las sentimos y podemos dedicar nuestras energías a construir nuestra vida, nuestra persona, nuestras relaciones con los demás. “Calidad de vida” viene a ser esta conjunción de unas necesidades básicas adecuadamente satisfechas con una panoplia de actividades y relaciones humanas que dan sentido e interés a nuestra existencia.

Conviene precisar que “necesidades materiales” es un término que a veces se usa de manera restrictiva, olvidando que en su satisfacción propiamente humana se juega una gran variedad de aspectos. La comida no es mero metabolismo animal, sino arte, gastronomía, cultivo de la riqueza sensorial, búsqueda y experimentación, y comer es también un acto social donde juegan elementos de reciprocidad, compañía, intercambio de dones y de afectos, etc. Algo parecido puede decirse del alojamiento: la vivienda no sólo nos protege de la intemperie, sino que es el espacio que organizamos a nuestra manera, proyectando nuestra personalidad en la decoración y en la búsqueda de algún confort vital, etc. Y lo mismo de otras necesidades materiales.

Pero la calidad de vida no se detiene ahí. Incluye todo lo que da a nuestra vida sentido, relieve, riqueza emocional, artística e intelectual, incluyendo las experiencias relacionales de amor, amistad y otras interacciones, como las comunitarias, políticas, recreativas, ceremoniales, deportivas…

NV: Todas estas actividades implican tiempo. Precisamente, una de las percepciones más repetidas actualmente es la sensación de falta de tiempo con la aceleración de los ritmos de vida. En este contexto, ¿qué significa la aparición del movimiento slow? Y en el ámbito laboral, ¿cómo incidir para una mejora de la calidad de vida?

JS: El movimiento slow es una rebeldía contra la prisa que invade la vida moderna en casi todas sus facetas. La sensación de falta de tiempo y la prisa que se deriva de ella proceden de la lucha fáustica contra la finitud de la vida humana, la reacción desesperada para lograr este imposible que es detener el tiempo, otra manera de experimentar la ilusión de la eternidad imposible. Naturalmente, se refuerza con la dinámica capitalista de la acumulación indefinida de capital que requiere una ampliación permanente de la demanda de mercancías; el resultado de esta dinámica es la demanda incesante de más bienes y servicios para consumir, que se disputan entre sí el tiempo de que disponemos, que es limitado. No puedo trabajar mis ocho horas al día, preparar la comida, comer, aprender idiomas, jugar al tenis, ir al cine, ver televisión, usar mi teléfono móvil para mil y un usos, y así al infinito en las 24 horas que dura un día. El mensaje del movimiento slow lo interpreto así: el tiempo que nos es asignado es, en cualquier caso, limitado; como no nos permite abarcarlo todo, tenemos que autolimitarnos; es mejor hacer menos cosas y dedicar más tiempo a cada una de ellas, experimentándolas con la máxima intensidad posible, en lugar de mariposear superficialmente sobre un montón excesivo de actividades y estímulos, para descubrir, al final, la vaciedad y la frustración de tantas experiencias veloces, acumulativas, abundantes y superficiales. Más vale saborear con detenimiento y atención pocas experiencias que nos dejen huella.

NV: Nos hallamos inmersos en una profunda crisis ecológica y social. Sin embargo, las políticas económicas al uso continúan situando la meta del bienestar en el crecimiento (para “tener más cosas”), lo que implica no sólo mantener, sino aumentar, el ritmo de extracción de energía y materiales, alimentando estilos de vida que no son generalizables. ¿En qué consiste la calidad de vida en este contexto?

JS: La calidad de vida que se nos vende en estas circunstancias es una estafa. No digo que no se pueda vivir bien teniendo más cosas, pero cuando se descubre la profundidad de la crisis ecosocial, cuando se le cae a uno la venda de los ojos, ya no se puede ser feliz sin tratar de detener esta carrera hacia el desastre. La respuesta tiene dos vertientes, a mi juicio. Por un lado, la lucha política (en sentido amplio) para detener la carrera hacia el abismo, tratando de influir en la cultura, en la vida pública, en la política, para encaminar nuestras sociedades hacia la sostenibilidad. Por otro lado, adoptar personalmente, y con la gente que te rodea, estilos de vida congruentes con la consciencia de la crisis, tratando de reducir el impacto ecológico propio: andar, ir en bicicleta, viajar poco o nada en avión, prescindir del coche particular, instalar fotovoltaicas, vigilar lo que comes y lo que consumes en lo que atañe al despilfarro de recursos y energía, etc. El cambio personal de estilo de vida no resuelve el problema, que es de dimensiones colectivas inmensas, pero determina la ejemplaridad de la conducta adoptada como conducta deseable: en este sentido tiene que articularse con la acción política contribuyendo a señalar el camino correcto. Y a la vez, es una manera de avanzar en calidad de vida congruentemente con la toma de conciencia del desastre ambiental.

NV: En un artículo anterior para Boletín ECOS, relacionado con tu libro Mejor con menos (Crítica, 2008), apuntabas que “hace falta una reconsideración de muchos parámetros de la vida social”. ¿En qué consistiría este cambio de paradigma?

JS: Consistiría en no superar la biocapacidad de la biosfera para que podamos vivir dignamente en ella todos los seres humanos y el máximo número posible de especímenes de otras especies animales. En otras palabras: no superar la huella ecológica media por habitante que la biosfera puede soportar sin degradarse. ¿Cómo se arbitra esto? Ahí radica la dificultad, dado que hemos construido un mundo no sólo insostenible ecológicamente, sino encadenado por unas dinámicas incontrolables. Las interdependencias son tan densas y tan fuertes que no se puede intervenir en un lugar sin que tengan lugar efectos en otros lugares. Y como la oligarquía mundial del dinero controla los mecanismos esenciales, procura que ninguna comunidad, ningún país, escape a la lógica dominante, y puede conseguirlo. El ahogo de Grecia por la UE es un ejemplo. Para que la ciudadanía recupere capacidad de autogobierno, tendrá que producirse, a mi entender, un desmontaje de estas interdependencias, una transición a comunidades más autárquicas (permitidme esta palabra maldita) o más autosuficientes. No pienso en autarquía plena, sino en reorganizar el metabolismo entre sociedades humanas y medio natural cercano para lograr un aprovechamiento eficaz y no destructivo de los recursos que proporciona la naturaleza. Así sería más fácil ajustar las necesidades humanas al entorno ecológico cercano, materializando una cierta armonía entre ser humano y naturaleza.

Lo ideal sería conservar los adelantos de la tecnociencia que pueden enriquecer la vida humana, y para ello la autarquía propuesta debería combinarse con una “mundialización espiritual” que permitiera compartir los saberes y las otras expresiones espirituales sin limitación. Las técnicas de comunicación de que disponemos hoy hacen posible esta mundialización. Pero esto requeriría también una estructura industrial muy sofisticada: ¿cómo hacerla compatible con un metabolismo simplificado? Esta compatibilidad es uno de los retos importantes para “salvar” el progreso tecnocientífico sin sacrificar la biosfera.

NV: ¿Alguna pista sobre las medidas necesarias para implantar ese cambio de paradigma?

JS: El capitalismo desregulado que impera en el mundo es, en las actuales circunstancias, lo peor que nos podía suceder, pues las tareas necesarias para salvar la civilización humana requieren dosis importantes de intervención deliberada en la vida pública, regulación y planificación (con todos los correctivos que se desprenden de los fracasos del siglo XX en materia de planificación). Pero no se ve cómo introducir cuñas en un sistema tan compactamente interdependiente para introducir regulaciones conscientes. A mí, este sistema capitalista, asociado a una megamáquina, como decía Mumford, se me aparece como invencible. Sin embargo, se me aparece tan invencible como inviable: creo que camina hacia su autodestrucción. Si esto es así, tras la autodestrucción del capitalismo tecnológico desregulado surgiría la oportunidad de reconstruir una sociedad nueva desde las ruinas de la vieja. Pero esto sólo sería posible si hubiese una masa crítica de personas con la suficiente consciencia ecosocial (y la suficiente mochila de experiencias alternativas previas, aunque fueran modestas y locales) para tomar el relevo y marcar la dirección a seguir. Si en el momento oportuno no existe esa masa crítica, la ruina de la megamáquina puede desembocar en el caos más espantoso, en una “nueva Edad Media” dominada por grupos armados y mafias que impongan la ley del más fuerte en un planeta devastado. Por eso creo en las pequeñas acciones, en las intervenciones modestas para construir desde hoy embriones de futuro en los intersticios de la sociedad existente. Estas experiencias pueden parecer insignificantes hoy, pero pueden ser decisivas mañana. El futuro no está escrito en ninguna parte: dependerá de lo que hagamos desde hoy mismo. Y no debemos despreciar ningún ámbito de acción: ni esta construcción de experiencias locales que sean embriones de futuro, ni la acción política, ni la acción cultural, ni el desarrollo del saber, ni la transformación personal.

Hacia la era del post crecimiento

Agencia Tigris

El actual modelo económico y civilizatorio, basado en el crecimiento indefinido y la explotación sin medida de recursos naturales finitos, sin tener en cuenta asimismo el impacto medioambiental a escala global, está en vías de agotarse. Frente a dicho modelo, ya desfasado, se anuncia la llegada de la era del post crecimiento.


Arriba imagen de un caracol, símbolo del movimiento
decrecentista. La "lógica del caracol", de ir despacio,
es una alegoría de la filosofía del Decrecimiento. 
      
 
Se puede vivir en una casa enorme, tan inmensa incluso que te puede llevar mucho tiempo conocer todos sus rincones y recovecos. Esto te puede inducir a pensar que podrías llenarla sin problemas de todo tipo de cosas y dar cabida en ella a cuanta gente quisieras. Tú y los demás os podéis permitir el lujo incluso de ser un tanto indolentes, haciendo un mal uso de sus espacios e instalaciones, no tomándoos la molestia en limpiar lo que ensuciáis y sin detenerse a realizar un adecuado mantenimiento o las debidas reparaciones de aquello que se ha venido estropeando por el paso del tiempo o una mala utilización. Qué más da si vivís en una mansión gigantesca. Si una habitación ha quedado inservible, siempre se puede ocupar cualquier otra que todavía permanezca vacía. El problema es que cada vez sois más viviendo bajo el mismo techo, nadie se preocupa de arreglar nada ni de retirar la porquería que se empieza a amontonar por los rincones y la vivienda, por enorme que sea, comienza a mostrar signos de un más que evidente deterioro. Cualquiera con un mínimo de sentido común haría bien en pensar que sois unos irresponsables, hasta incluso unos auténticos descerebrados, por echar a perder tan magnífico hogar por culpa de la desidia, la falta de previsión y un comportamiento más que discutible. Porque llegará el momento en que la mansión se volverá por completo inhabitable, o cuanto menos de lo atestada, sucia y ruinosa que estará ya no resultará en absoluto un lugar agradable para vivir.
     
       Pues bien, el ejemplo anterior de la casa podría servir como alegoría explicativa acerca de nuestro comportamiento como especie, o mejor dicho como civilización, para con el planeta Tierra. El edificio no corre peligro de venirse abajo por nuestra culpa, al menos todavía no tenemos capacidad para eso, pero lo que sí puede terminar ocurriendo es que deje de ser un lugar confortable, volviéndose incluso hasta hostil. Y lo sería al menos para nuestros estándares, que no por ejemplo para los de otros seres como ratas y cucarachas (que ya sabemos que se las apañan muy bien en entornos decadentes). En verdad, ¿a quién le gustaría vivir así? En un ambiente por completo degradado, sin calidad en el agua para el consumo o en el aire que respiramos, expuestos a todo tipo de nuevas enfermedades por culpa de esto u otros problemas de contaminación, compitiendo desesperadamente por unos recursos cada vez más escasos porque seguimos inmersos en una cultura de consumismo desenfrenado, etc. En una entrada anterior ya estuvimos hablando de los altamente perniciosos efectos económicos y geopolíticos que puede llegar a acarrear el cambio climático a lo largo del presente siglo, lo cual sumaría nuevas e incluso letales amenazas a nuestro futuro. Como, por mucho que fantaseemos con los relatos de ciencia-ficción acerca de aventuras espaciales, tampoco parece probable que encontremos otro hogar similar ni dentro del Sistema Solar ni fuera de él (ver El futuro de la Humanidad. Segunda parte), es necesario aplicar un planteamiento diferente. El modelo actual, basado en el expolio y la rapiña de los recursos naturales como base para un crecimiento que se supone indefinido, no dará mucho más de sí en las décadas venideras porque en él está la raíz de su propia destrucción. Es por eso que se vislumbra el nacimiento de un nuevo modelo económico y social basado en premisas diferentes. Los pilares de dicho modelo ya están presentes hoy en día: la economía colaborativa, la filosofía del Decrecimiento, la apuesta por las energías renovables y las políticas de igualdad de género como método para contener la explosión demográfica. En su conjunto, y sumadas a otras tendencias, podrían inaugurar la próxima era del post crecimiento.

El auge de la economía colaborativa

      ¿Cuántos cacharros y otros objetos, que compramos hace tiempo y apenas sí hemos utilizado unas cuantas veces, tenemos guardados en nuestras casas? Y también, ¿cuántas cosas que seguían siendo útiles hemos tirado a la basura sin más porque habíamos adquirido un sustituto más nuevo? Ésta es la lógica de una sociedad consumista, en la que todos nos comportamos como si fuéramos potentados sin serlo en realidad. Ir de compras para adquirir nuevos artículos del tipo que sea casi ha terminado convirtiéndose en un modo de vida, la razón de ser para no pocas personas. Pero detrás de esta actitud aparentemente inocente se esconde una dinámica realmente dañina, tal y como se muestra por ejemplo en el magnífico documental "Comprar, tirar, comprar", de la cineasta Cosima Dannoritzer. Nuestras compras a veces tienen consecuencias en lugares alejados del planeta, consecuencias económicas, sociales y medioambientales.

      Frente al modelo establecido, consumista e insostenible, está surgiendo una nueva cultura que, a raíz de la crisis iniciada en 2008, ha cobrado una gran fuerza en los últimos años. Estamos hablando de la llamada economía colaborativa, basada en compartir bienes y servicios disponibles con otras personas, más que en adquirirlos para hacer uso de ellos de manera exclusiva. Pongamos un ejemplo. Es fin de semana y da la casualidad que andas haciendo unas chapuzas eléctricas en casa para las que necesitas realizar una serie de comprobaciones. Y claro, para ello precisas de lo que comúnmente se conoce como un tester (ese aparatito que se emplea para medir tensiones, voltajes, intensidades, etc.) que sea medianamente decente. No es una de esas cosas que hayas necesitado antes y por eso no tienes ninguno por casa ¿Qué hacer? La opción clásica es dirigirse a un centro comercial a buscar y comprar el cacharrito en cuestión, lo que seguramente implicará coger el coche (con el consiguiente consumo de combustible y todo lo que eso acarrea). 


La cuestión que se plantea una vez adquirido el dichoso tester es la siguiente, ¿cuántas veces más piensas que vas a utilizarlo? A lo mejor una o ninguna y terminará guardado en cualquier cajón como otros tantos trastos más. Frente a esto la alternativa es preguntarte si, en el vecindario, vive por ejemplo algún electricista que posea varios de esos aparatos y que te pueda alquilar uno durante un día por unos pocos euros. Solucionas el problema, te ahorras la compra, él gana algo de dinero, no acabas guardando otras cosa más que nunca volverás a usar y reduces tu nivel de consumo y con ello tu huella ecológica.


Resultado de imagen de airbnb
      Es una solución sencilla y elegante que rompe con el círculo vicioso del consumismo. Unos pocos datos bastan para contrastar lo que supone abandonar un modelo derrochador e irracional. Por ejemplo, se calcula que en Estados Unidos hay alrededor de 80 millones de taladradoras propiedad de particulares cuya vida media ha sido inferior al cuarto de hora. Extrapolándolo a otros muchos artículos, ¿nadie ve lo insostenible de esta situación? Producir y producir sin descanso, haciéndolo además de manera masiva, cosas que luego no van a tener uso, es como arrojar directamente por el retrete los recursos del planeta. Y a estas alturas no podemos permitirnos semejante lujo. No obstante hasta hace no mucho la economía colaborativa se enfrentaba a un importante escollo ¿Cómo poner en contacto, de forma sencilla y rápida, a los demandantes de estos u otros bienes y servicios con aquellos que pueden ofrecerlos? Las plataformas digitales y redes sociales online han solventado este problema. A través de ellas puedes contactar, rápidamente y desde tu casa, con cientos e incluso miles de personas que, desde distintos tipos de plataformas, prestan, alquilan o incluso venden artículos de segunda mano pero en perfectas condiciones (en la mayoría de casos). También se ofrecen todo tipo de servicios, como trasporte, alquiler de apartamentos, clases particulares, intercambio de libros, etc. Internet ha convertido la economía colaborativa en una posibilidad práctica e increíblemente potente. Si no quieres ir a comprar un determinado artículo, porque prefieres no gastar tanto y piensas que no vas a hacer demasiado uso de él, mejor ponerte en contacto con alguien que viva cerca y que pueda ganarse unos euros con el arreglo.

     Que la economía colaborativa puede ser un modelo de éxito, insertándose además en la lógica del capitalismo, es algo que está fuera de toda duda. Ahí tenemos el ejemplo de plataformas como Uber y BlaBlaCar, unas aplicaciones que ponen en contacto a pasajeros que quieran ir a determinados destinos con los conductores que se pueden dirigir a ellos, o el de Airbnb, que ofrece alojamientos en alquiler propiedad de particulares. En cuestión de muy poco tiempo estas nuevas compañías de servicios digitales se han convertido en gigantes multimillonarios de implantación global, su éxito ha sido sencillamente arrollador. Así por ejemplo Uber es una empresa valorada actualmente en 68.000 millones de dólares, mientras que Airbnb cotiza en Bolsa por valor de 30.000 millones de dólares. En el caso de la plataforma de servicios de alojamiento hay que tener en cuenta que, con sus menos de diez años de existencia, ya ha superado en valor de mercado a todas las grandes cadenas hoteleras del mundo (Marriot International, Hilton, Intercontinental Hotels...), que históricamente siempre habían controlado este sector.

     Por supuesto este fenómeno tiene sus detractores, que ven en el auge de las grandes plataformas antes mencionadas un descarado ejemplo de competencia desleal que esconde detrás una mentalidad en absoluto solidaria. El economista progresista Vicenç Navarro ha criticado en más de una ocasión los citados servicios digitales de trasporte y alojamiento colaborativos (ver la entrada a su blog Lo que se llama economía colaborativa no tiene nada de colaborativa), al ver en ellos una forma de desregulación que afecta muy negativamente a los trabajadores de dichos sectores, ofrecer menos garantías a los consumidores (ya que debes confiar en un particular y no en un profesional contratado) y ser capaces de dar pie a la especulación (subidas desorbitadas en los precios de los alquileres, por ejemplo, en barrios muy turísticos de determinadas ciudades que terminan afectando a sus vecinos). Sin embargo, potenciales efectos perniciosos aparte surgidos de las ansias de enriquecimiento de algunos, la filosofía que subyace ofrece perspectivas muy interesantes. Supone un cambio de mentalidad, en el que se abandona la premisa de comprar y comprar para después tirar, por otra en la que se comparten y reutilizan recursos y en la que el consumidor no juega un papel tan pasivo. De hecho en cierto modo puede terminar teniendo una influencia mucho mayor en el modelo, convirtiéndose en lo que algunos ya llaman un "prosumidor" (mezcla entre productor y consumidor, ya que existe la posibilidad de actuar como uno u otro). Otra transformación fundamental es que el concepto de posesión exclusiva va perdiendo importancia, porque se alquilan o comparten bienes y servicios al perseguir principalmente el ahorro económico y la sostenibilidad.

     El mercado emergente de los móviles reacondicionados (que vuelven a ser puestos a la venta tras haber sido devueltos por sus antiguos propietarios o arreglados ciertos desperfectos), la apertura de más y más establecimientos donde se reparan electrodomésticos y todo tipo de aparatos (además de vender piezas de repuesto y modelos de segunda mano), servicios online casi gratuitos disponibles para smartphone, así como la posibilidad que ya se está extendiendo en muchas ciudades de disponer de un servicio de alquiler por horas de trasportes privados (bicicletas, ciclomotores e incluso automóviles) que sustituya la necesidad de un vehículo propio, son sólo algunos ejemplos de esta transformación. La economía del compartir basada en la interacción entre personas tiene un potencial inmenso. Especialmente en un contexto en el que las tecnologías digitales, que han facilitado enormemente dicha interacción, se aúnan con la precariedad y la incertidumbre económica y teniendo en cuenta, además, la creciente sensibilidad medioambiental de amplios sectores de la población.

La opción del Decrecimiento

     El Decrecimiento es una corriente de pensamiento político, económico y social que apuesta por iniciar una disminución controlada y paulatina de la producción económica, con el fin de recuperar el equilibrio entre la civilización y el entorno natural, que está actualmente amenazado. Contrariamente a lo que pudiera parecer dicha corriente tiene raíces muy antiguas que lo conectan con el anti-industrialismo de finales del siglo XVIII y principios del XIX, si bien hoy en día poco tiene que ver con esta ideología prácticamente desaparecida. Los creadores de su fundamento teórico fueron el economista Nicholas Georgescu-Roegen y los expertos que elaboraron para el club de Roma el famoso informe conocido como Los límites del crecimiento (ver esta entrada ¿Hasta qué punto es inminente el colapso de la civilización actual?), allá por 1972. Sus defensores insisten en huir de la imagen negativa que, para muchos, pudiera tener el concepto de decrecimiento. Su argumento es simple: "cuando un río se desborda, todos deseamos que decrezca para que las aguas vuelvan a su cauce". Con el actual sistema económico y político estaría pasando más o menos lo mismo, pues su crecimiento sin medida está teniendo efectos altamente destructivos.

    Las teorías decrecentistas son muchas y una explicación exhaustiva daría incluso para varias entradas, así que, resumiendo, la mayor parte se basan en ocho pilares conceptuales más conocidos como las 8 R. Son los siguientes:
  • Revaluar: que significa sustituir los valores propios de la globalización neoliberal, como por ejemplo el individualismo extremo y el consumismo, por valores locales de cooperación más propios del pensamiento humanista.
  • Reconceptualizar: que es proponer un nuevo estilo de vida mucho menos agresivo con el entorno en el que tendría cabida, por ejemplo, la llamada simplicidad voluntaria (consumir lo mínimo imprescindible, evitar el uso del dinero en la medida de lo posible, apostar por la soberanía alimentaria y la autogestión, etc.).
  • Reestructurar: o adaptar el aparato de producción a las relaciones sociales y no al revés, lo que también se enmarca en la ecoeficiencia.
  • Relocalizar: que es sinónimo de apostar por el consumo de productos locales, elaborados en las proximidades del lugar donde se reside, en vez de adquirir aquellos que han viajado miles de kilómetros hasta llegar a nosotros y por ello con una huella ecológica enorme.
  • Redistribuir: lo que implica un mejor reparto de la riqueza y los recursos disponibles, tanto a nivel social (disminución de las desigualdades entre los más ricos y los que menos tienen) como geográfico (reducir la brecha que separa a los países más desarrollados de los subdesarrollados).
  • Reducir: que significa renunciar al actual modo de vida consumista y despilfarrador.
  • Reutilizar (o reciclar): alargando la vida de los productos y artículos lo máximo posible, o dándoles nuevos usos, desterrando la obsolescencia programada.
El gráfico de arriba utiliza el consumo per cápita de energía, relacionado con el total de población, para comparar los niveles de despilfarro energéticos y de recursos por países. Comprobamos como los norteamericanos y los rusos son, con diferencia, los que poseen una huella ecológica más desorbitada. Les siguen a cierta distancia japoneses y los habitantes de la UE y el Próximo Oriente. Todos ellos se encuentran a su vez muy por encima de lo que se denomina "biocapacidad terrestre", el nivel por encima del cual su modo de vida resulta incompatible con una adecuada renovación de los recursos planetarios. Sólo los habitantes de Latinoamérica, la India, parte de Asia y Oceanía, así como los del África subsahariana, estarían por debajo de ese nivel. Los chinos por su parte se encontrarían tan sólo un poco por encima.
     
      Repasando estos conceptos podemos caer en la tentación de pensar que estamos antes aspiraciones demasiado utópicas. Algo propio de hippies, antisistema y gente así que les ha dado por odiar el capitalismo y todos los beneficios que ha aportado. Sin embargo debemos pensar una cosa, en el estado actual de cosas tal vez nos veamos abocados a un decrecimiento obligado en un futuro próximo. Todo sistema tiene unos límites y nuestro planeta no es ninguna excepción, por lo que llegará el momento en el que, de no cambiar muchísimo las cosas, más crecimiento resultará materialmente imposible. Sabiendo esto, ¿por qué no empezar ya a decrecer de manera progresiva y controlada para minimizar los daños? Y de todas formas no es necesario abrazar de forma inflexible todos los principios del Decrecimiento, ya que es posible tomar sólo alguno de ellos. No se trata de abandonar las ciudades, irnos todos al campo a sembrar patatas y criar gallinas y renunciar a la tecnología para comenzar a vivir como hace doscientos años; quien crea eso no sabe lo que está diciendo. Podemos adaptar nuestro modo de vida y fenómenos como la ya mencionada economía colaborativa, la extensión de los huertos urbanos, la relocalización de la producción y el establecimiento de redes solidarias de cooperación son un primer paso. Como cualquier otro movimiento, el decrecentista aporta ideas, unas mejores y otras peores, y hoy mismo es perfectamente posible poner en práctica varias de ellas.

La hora de las energías renovables   
       
      Nadie discute que la nuestra ha sido y sigue siendo una civilización de los combustibles fósiles. Quemar carbón, petróleo y gas natural, además de emplear estas materias como base para toda una formidable industria química y de derivados sintéticos, ha dado forma al mundo que conocemos. Los combustibles fósiles eran abundantes, resultaba relativamente sencillo y económico extraerlos y obtener energía de ellos tampoco exigía excesivas complicaciones técnicas. Pero esto ya no es así y, hoy por hoy, la extracción de combustibles fósiles se está volviendo cada vez más costosa y menos rentable, no sólo a nivel económico (lo único que parece importar según el deformado prisma a través del cual mira la realidad el credo neoliberal), sino también a nivel energético y de impacto medioambiental. Esto es debido a que las reservas más fácilmente accesibles ya han sido esquilmadas. Un ejemplo, hasta los años 40 del pasado siglo la Tasa de Recuperación Energética (TRE) del crudo, el petróleo sin refinar, era superior a 100. Eso quería decir que para extraer cien barriles necesitabas consumir la energía equivalente a uno solo, algo increíblemente rentable. En cambio en la actualidad dicha tasa ha caído hasta 8 (con la energía de un barril tan sólo se pueden extraer ocho), sabiendo que los yacimientos más prometedores que todavía quedan sin explotar (en el Ártico o Siberia, por ejemplo) no alcanzan tasas muy superiores a 10. Es más, si hablamos de las formas no convencionales de extracción de combustibles fósiles, como la explotación de arenas bituminosas, la TRE puede llegar a ser bajísima, incluso menor a 1. Esto último quiere decir que, en algunos casos, consumimos más energía en el proceso que la que puede proporcionarnos el propio combustible obtenido (para saber más al respecto visitar la página de ASPO - en italiano -).

Planta de energía solar fotovoltaica Kagoshima Nanatsujima
En la imagen la planta solar de Kagoshima-Nanatsujima (Japón).
El proyecto, inaugurado en 2013, cubre casi 190.000 metros cuadrados
y aporta unos 80.000 MWh. Suficiente para abastecer a más de
20.000 hogares. 
      Tampoco es un secreto para nadie que la extracción y quema de combustibles fósiles es muy perniciosa medioambientalmente hablando, especialmente si nos centramos en métodos no convencionales (gas de esquisto obtenido mediante fracturación hidráulica y petróleo sintético producido a parir de arenas bituminosas). Me viene a la memoria un momento concreto del documental Before the flood, producido por Martin Scorsese y Leonardo DiCaprio, y presentado por éste último. El conocido actor sobrevuela en helicóptero una extensísima explotación de arenas bituminosas, haciendo notar a sus acompañantes que el paisaje le recuerda mucho a Mordor, la desolada tierra infestada de orcos gobernada por el Señor Oscuro Sauron, imaginada por el escritor J.R.R. Tolkien en el legendarium del Señor de los Anillos y cuya imagen se ha popularizado tanto después de la exitosa saga cinematográfica. La asociación me parece muy acertada, pues ese es el devastador futuro que puede aguardarnos si seguimos como hasta ahora.

      Frente a esto, y por mucho que desde determinadas instancias políticas y empresariales (las dos cosas se confunden) pretendan hacernos creer lo contrario, las energías renovables ya son una realidad factible. En la actualidad las TRE de muchas de ellas ya se sitúan al nivel del petróleo o el gas natural, entre 2 y 20 dependiendo del tipo de energía que se trate y las condiciones reinantes. Ese ha sido siempre el principal escollo, pues tecnologías como las de los paneles fotovoltaicos o los aerogeneradores dependen de la meteorología, de si hace un día despejado o más o menos ventoso. Con la energía hidroeléctrica se obtienen TRE mucho más elevadas, de incluso hasta 250 en condiciones óptimas. Sin embargo esta fuente energética también tiene sus limitaciones, pues está condicionada a la construcción de embalses y saltos de agua artificiales en vías fluviales, algo que no se puede aplicar a todas partes. Por ejemplo, en Japón apostaron por las plantas nucleares junto al mar porque el país no posee ningún gran río y por ello no disponía de potencial hidroeléctrico.

     No obstante los avances tecnológicos están revolucionando el sector de las energías renovables. Salim Ismail, pionero en Silicon Valley y fundador de la Singularity University (una entidad creada conjuntamente por la NASA y Google), vaticinó en 2014 que, en un cuarto de siglo, la energía solar estaría en disposición de satisfacer toda la demanda energética a nivel mundial. Puede parecer muy optimista, pero los nuevos desarrollos en paneles solares de alto rendimiento están cambiando las cosas. El principal problema de la mayor parte de los paneles actuales disponibles en el mercado, basados en el silicio, es que el activador que emplean (las sustancia con la que se rocían las placas para impregnarlas y que así cumplan su función) es el cloruro de cadmio, que además de ser un producto costoso es altamente contaminante. La innovación consiste en sustituir este compuesto por cloruro de magnesio, que es mucho más barato (¡hasta 300 veces!) y además no es tóxico. Esta nueva generación de paneles está consiguiendo rendimientos muy notables, de hasta casi un 48% en condiciones experimentales, cuando hasta hace no mucho el rendimiento de los de primera generación no superaba el 10%. Sabiendo esto, y viendo también cómo de rápido evolucionan todas estas tecnologías, nadie puede negar que en el futuro la energía solar ocupará un papel muy destacado.

Cómo puede producir energía el Torio    Otras nuevas fuentes de energía están siendo probadas ya desde hace tiempo, como los biocombustibles (aceites vegetales que se refinan para obtener biodiesel o el etanol) o las baterías de hidrógeno. Éstas se sumarían a opciones renovables como las energías geotérmica y mareomotriz. Sin embargo otra revolución energética está en marcha en el minúsculo universo del átomo. La energía nuclear de fisión convencional, basada en el uranio enriquecido, es altamente controvertida y suma muchísimos detractores (a causa de lo problemático de la gestión de sus residuos y la aterradora posibilidad de accidentes graves de consecuencias catastróficas), además de nutrirse de un recurso no renovable como es el mineral de uranio. La cosa cambia empleando la tecnología del Torio, un elemento pesado pero de muy baja actividad radiactiva, lo que lo hace prácticamente inocuo en ese sentido. Hoy por hoy construir reactores que empleen torio para producir energía ya es algo factible, a pesar de no ser un material fisible. El "truco" consiste en bombardear con neutrones lentos los núcleos de torio, para iniciar un proceso auto mantenido de generación de uranio 233 (distinto del uranio 235 que se emplea en los reactores actuales) conocido como Ciclo del Torio. De esta manera el reactor genera su propio material fisible en un ciclo sostenido, en el que sólo hay que seguir añadiendo de vez en cuando más torio. Es por eso que este tipo de reactores reciben el nombre de regeneradores o breeders. Además, todo son ventajas con esta fuente de energía, es muchísimo más abundante en la Naturaleza que el uranio, lo que casi la equipara con una renovable, tiene un potencial energético hasta 40 veces mayor y es mucho menos contaminante y peligrosa, dado que el uranio 233 fisible sólo perdura en el reactor muy poco tiempo y se produce una cantidad mínima de isótopos radiactivos de larga duración como residuo. A esto hay que añadir que las plantas nucleares basadas en el torio jamás podrían ser utilizadas para la fabricación de armamento dadas las características del proceso.

      Por último, ¿qué decir de la energía de fusión nuclear? Éste es sin duda una de los mayores retos tecnológicos a los que se ha enfrentado la humanidad, conseguir reproducir las condiciones que tienen lugar en el núcleo de las estrellas, para así aprovechar una energía de un potencial casi ilimitado que cambiaría por completo el mundo en el que vivimos. Son muchas las naciones que han aunado esfuerzos en el gran proyecto del reactor experimental de fusión, conocido como ITER, que actualmente se está construyendo en Cadarache (Francia). La energía de fusión se abastecería de isótopos de hidrógeno extraídos del agua del mar, un recurso prácticamente inagotable, y no generaría ningún tipo de residuo contaminante, por lo que también sería una energía limpia.

 Hoy por hoy las limitaciones son esencialmente técnicas, se consumen inmensas cantidades de energía para activar el proceso de fusión en condiciones estables y seguras, y presupuestarias, la inversión necesaria para construir este tipo de reactor es sencillamente enorme. Por el momento no se trata pues de una energía barata, pero sí se logran optimizar tanto el proceso como la tecnología, las posibilidades son absolutamente fabulosas y el mundo de los combustibles fósiles acabará convertido en algo tan del pasado como su propio nombre.

Explosión demográfica vs políticas de igualdad de género

     La población mundial actual ya se sitúa por encima de los 7.300 millones de personas y está previsto que para 2050 ya roce los 10.000 millones (superando ampliamente los 11.000 millones a final de siglo - ver el siguiente artículo de La Vanguardia -). El crecimiento demográfico será desigual, ya que mientras en Europa, Rusia (hay que tener en cuenta su extensísima parte asiática), Japón e incluso China la población tenderá a disminuir muy lentamente, el subcontinente indio y, muy especialmente, África continuarán experimentando notables aumentos de población. Así aún antes de 2030 la India superará a China como el país más poblado y hacia mitad de siglo naciones como Nigeria ya contarán con más habitantes que Estados Unidos. Hablar de la era del post crecimiento es hablar también de un mundo en el que la población humana no siga creciendo de manera descontrolada, lo que podría convertir el África subsahariana en una auténtica bomba de relojería demográfica. Si la situación de muchos de estos países es ya muy complicada hoy día, ¿qué sucederá cuando su población se duplique o incluso triplique en poco tiempo?


El mapa de arriba muestra por países cómo se espera que la población aumente, o disminuya, a lo largo del presente siglo. Los colores verdosos indican disminución en número de habitantes y los amarillo, anaranjado, rojo y grana aumentos, tanto más intensos por este orden. Muchos de los países en los que está previsto que la población se incremente con mayor intensidad, son también aquellos en los que las mujeres tienen menos derechos reconocidos o viven en una situación más precaria. 
      Frente a la amenaza de la superpoblación siempre se ha blandido el argumento de las políticas de control de la natalidad. Dichas políticas han ido desde métodos expeditivos y por completo denunciables, como lo fueron algunas campañas de esterilización forzosa llevadas a cabo en el pasado  en algunos países en vías de desarrollo, pasando por la fracasada doctrina del "hijo único" de la China maoísta, hasta estrategias mucho más constructivas como la implementación de métodos anticonceptivos (entre los que el uso del preservativo ha sido el más exitoso también por su eficacia como protección frente a las enfermedades de transmisión sexual). 

No obstante existe un fenómeno que históricamente se ha mostrado en extremo eficiente para contener el aumento de la población e incluso detenerlo, la progresiva equiparación (todavía no lograda en su totalidad en prácticamente ningún país) de las mujeres con los hombres en cuanto a derechos reconocidos y otros muchos aspectos. Esta transformación tuvo lugar principalmente en Occidente, donde en apenas un siglo las mujeres pasaron de ocupar el rol tradicional de esposas y madres, normalmente recluidas en el hogar y siempre supeditadas a los hombres, a ir conquistando paulatinamente más y más espacios de igualdad.

     ¿Qué ha supuesto este hecho en cuanto a crecimiento demográfico? Hasta hace no tanto lo habitual era que las mujeres se casaran relativamente jóvenes, renunciando a toda expectativa para dedicarse en exclusiva al hogar, a sus esposos e hijos. Esto implicaba que normalmente tuvieran su primer hijo bien pronto, porque para eso estaban, a los que casi siempre seguían otros a lo largo de toda su vida fértil. Los avances médicos redujeron de manera muy importante la mortalidad infantil, con lo que la población aumentaba con rapidez. El cambio se produjo sin que nadie se planteara alguno de sus efectos concomitantes. Una vez más y más mujeres decidieron incorporarse al mercado laboral, defender sus derechos y reclamar más igualdad, su papel como simples madres-amas de casa fue variando. Muchas optaron por alargar su juventud en un contexto de mayor libertad sexual, cursar estudios, desarrollar una carrera profesional, casarse más tarde y, en consecuencia, tener hijos más tarde (muchas veces por encima de la treintena), con lo que terminaban teniendo menos que las generaciones anteriores. También las hubo que decidieron sencillamente no tenerlos. De esta manera es como las conquistas en materia de igualdad de género han devenido también en una forma de control demográfico, si bien no la única que ha actuado en ese sentido. Tanto es así que en muchos países del Occidente más desarrollado ahora nos enfrentamos al problema opuesto, el creciente envejecimiento de la población a causa de las bajas tasas de natalidad.

     Este tipo de políticas se han exportado con éxito de manera deliberada a otros lugares para atenuar los efectos del aumento de la población, como por ejemplo en algunas partes de la India. Y viendo los resultados también cumplirían su objetivo en otros muchos lugares. En el África subsahariana, Medio Oriente y Asia Central millones de mujeres subsisten sin apenas derechos y totalmente subyugadas por un sistema ferozmente patriarcal. Muchos de estos países son también aquellos en los que la población crecerá de forma más acusada en las décadas venideras. 


Una cosa parece ir asociada con la otra, porque allí donde las mujeres son tratadas casi como simple mercancía, siendo también víctimas de innumerables abusos, sus cuerpos terminan convertidos muchas veces en meros recipientes destinados a engendrar descendencia. De esta manera la lucha por sus derechos y una mayor igualdad, además de prevenirnos eficazmente de la superpoblación, se convierten también en una cuestión de dignidad humana. El post crecimiento también va de eso. No de hundirse en una era de involución y barbarie que nos retrotraiga a tiempos ya olvidados, sino de reconciliarnos con el mundo que nos rodea para poder vivir en él de forma sostenible y digna durante los siglos venideros.                        


 
N.S.B.L.D.


Para saber más:

La hora de la economía colaborativa (Le Monde Diplomatique).
Decrecimiento (Wikipedia).
Energía solar más barata y segura (El Mundo).
Energía del Torio.
¿Cuánta gente cabe en la Tierra? (Documental BBC).