El cambio de imaginario y la transformación cultural como elementos necesarios para la transición hacia una sociedad de decrecimiento

Rocio Meana Acevedo - 15/15\15

La noción de decrecimiento surge al abrigo de la reivindicación de la existencia de límites al crecimiento y del desarrollo de la teoría bioeconómica de Georgescu-Roegen, que enmarcó por primera vez a la economía en la biosfera a través de principios físicos como irreversibilidad del tiempo y la transformación entrópica de la energía y la materia. Serge Latouche, economista, ideólogo y uno de los principales defensores del decrecimiento, lo define como “una necesidad, no un principio, ni un ideal, ni el objetivo único de una sociedad del post-desarrollo y de otro mundo posible”. Así mismo, añade que “su consigna tiene como principal objetivo el abandono del crecimiento por el crecimiento” (Latouche, 2003, pp 3-4). Si no hay crecimiento, una sociedad de crecimiento entra en crisis. Por este motivo, decrecimiento no significa crecimiento negativo, sino un cambio de lógica y de trayectoria. Un nuevo enfoque que nos apremia a cambiar nuestra forma de ver el mundo y a abandonar la sociedad de consumo, renunciando a la inercia de crecer por crecer para reencontrar un equilibrio entre los seres humanos, y entre éstos y la naturaleza. 

Si el decrecimiento se pudiera resumir en un programa, implicaría lograr un reajuste a los límites biofísicos del planeta para evitar o minimizar el colapso civilizatorio de un modo libre y voluntario que además garantice la justicia social y el buen vivir a través de la satisfacción de todas las necesidades humanas fundamentales de los habitantes del planeta y de la supervivencia de las demás especies. La transformación que se requiere para una transición de este calado debe abordar múltiples vertientes: la ética, la cultural, la social, la política, la económica y la tecnológica. Este artículo tratará de aproximarse a la transformación ética y cultural con el objetivo de lograr un cambio del imaginario colectivo que lleve a la autolimitación y la sencillez voluntaria.

La sencillez voluntaria es definida por Samuel Alexander como “un estilo de vida que implica minimizar conscientemente el consumo derrochador e intensivo de recursos. Pero que también comporta reimaginar la buena vida dedicando progresivamente más tiempo y energía a perseguir fuentes no materialistas de satisfacción y de significado”. Dicho de otro modo, la sencillez voluntaria implica un nivel de vida material suficiente a cambio de más tiempo y libertad para alcanzar otras metas vitales —el tiempo con la familia, la participación política y comunitaria, la creación artística o la espiritualidad— con el objetivo de tener una vida más llena, feliz y libre en armonía con la naturaleza (Alexander, 2015, p 212). Este concepto está muy vinculado a una cultura de la suficiencia que exige la existencia de un componente de autolimitación que nos lleve a ser capaces de vivir con menos, consumir de forma responsable y examinar nuestras vidas para diferenciar lo que es importante de lo que es superfluo. La autolimitación implica entonces la existencia de una consciencia de lo que es suficiente que sea justa y que deje espacio a los demás, un umbral, sin duda, difícil de establecer. 

El decrecimiento resulta muy afín y se encuentra muy vinculado para algunos autores —como Julio García Camarero— a la búsqueda de un desarrollo a escala humana que Max-Neef (2001) defiende alcanzar a través de la satisfacción de las nueve necesidades fundamentales, finitas y universales: la subsistencia, la protección, el afecto, el entendimiento, la participación, el ocio, la creación, la identidad y la libertad. El umbral de la autolimitación que buscará el decrecimiento se deberá establecer entonces en función de la satisfacción de todas estas necesidades de un modo que no implique la superación de la capacidad de carga del planeta y que no comprometa la satisfacción de las necesidades fundamentales del resto de seres humanos. Para ello el consumo de energía y materiales deberá verse sustancialmente reducido y traducido en una mayor frugalidad en las sociedades opulentas del Norte. Una frugalidad que de otro modo iría de la mano de una nueva abundancia que pase necesariamente por la reactivación de la socialidad del ser humano, es decir, por una potenciación de los bienes relacionales. 

El principio de revaluación decrecentista: la conformación de una nueva escala de valores

 

Para Serge Latouche (2009) el decrecimiento lleva implícita como premisa la salida de la economía, cambiar los valores y desoccidentalizarse. En este sentido, el autor nos habla del altruismo, la cooperación, la creatividad y la primacía de la vida social frente al consumo; así como de la defensa del ocio creativo frente al trabajo obsesivo con vistas al incremento del gasto en bienes superfluos. 

Todos estos valores no son nuevos y, en muchas ocasiones, reivindican la necesidad de recuperar muchos saberes tradicionales olvidados y una revalorización del mundo rural. Otro de los elementos clave tiene que ver con el triunfo de la vida social frente a la lógica de la propiedad y el consumo (Taibo, 2009) y con el paso del individualismo a la colectividad. La importancia de la colectividad es un aspecto que Max-Neef resalta en El desarrollo a escala humana (2001) a través de la necesidad de articular lo personal con lo social para alcanzar un verdadero desarrollo humano. Julio García Camarero expresa esta misma idea reflexionando sobre cómo puede armonizarse la individualización con el anhelo de una existencia comunitaria compartida. En este contexto, el autor resalta la importancia de distinguir entre individualización e individualismo, pues mientras el primer término hace referencia a una necesidad de autodeterminación, el segundo va asociado al egoísmo que hoy caracteriza a la sociedad capitalista. De este modo, la individualización, entendida como autodeterminación, solo puede alcanzarse si nos comprometemos con los demás. Un compromiso que no implica renunciar a la propia individualidad (Beck citado en García Camarero, 2010). 


Dharma (camino). Fotografía: Mauri Méndez.
Dharma (camino). Fotografía: Mauri Méndez.


Por otro lado, el decrecimiento también implica la necesidad de pasar del actual antropocentrismo a un biocentrismo que reconozca a todos los seres vivos dignos de consideración moral. Este enfoque nos llama a ser conscientes de nuestra interdependencia y semejanza con el resto de seres del planeta [1] con los que compartimos historia evolutiva, así como la necesidad de aplicar una ética de responsabilidad que solo podemos practicar los seres humanos (Riechmann, 2005). Del mismo modo es imperativo asumir nuestra ecodependencia en cuanto a que al dañar a otras especies y degradando ecosistemas ponemos en riesgo nuestro propio bienestar y supervivencia (Riechmann, 2012). En esta línea, el filósofo Masanobu Fukuoka nos invita a replantear la teoría de la superioridad del ser humano en cuanto a que en la naturaleza no existen seres vivos superiores ni inferiores, pues todos sin excepción dependen los unos de los otros. Su propuesta es la concepción de la naturaleza según la teoría de la rueda del dharma [2], según la cual “la naturaleza se expande en todas direcciones, de manera tridimensional, y al mismo tiempo, a medida que se desarrolla, converge y se contrae. 

Podemos ver estos ciclos de expansión y contracción como una rueda (…) La Tierra y todos los seres vivos sobre ella nacieron como un solo cuerpo unificado y con un destino común. Todo lo relacionado con el papel, el propósito y el trabajo de cada uno de ellos se originó y fue concluido en el mismo instante. Todas las cosas se diseñaron de tal manera que uno es muchos, el individuo es el todo, el todo es perfecto, no se desperdicia nada, nada es inútil y todas las cosas dan lo mejor de sí”. Ambas tesis, aun con algunas diferencias que no son objeto de análisis en este artículo, defienden una visión macroscópica del mundo que el decrecimiento no puede obviar. 

Uno de los resultados más importantes al que se llegaría con este paso de una visión antropocéntrica a una perspectiva más biocéntrica es la inversión de los círculos concéntricos que componen el mundo. Esto pasa por el reconocimiento de que los problemas ambientales no lograrán solucionarse si solo nos fijamos en ellos de forma aislada —tal y como ha sido planteado desde la perspectiva del desarrollo sostenible—, y no como consecuencia de nuestra propia organización socioeconómica, según la cual la biosfera es un subsistema de nuestra esfera social, y la esfera social un subsistema de la esfera económica. Como consecuencia, la sostenibilidad nunca se podrá abordar sin concebir los círculos concéntricos que conforman el mundo de manera totalmente inversa de forma que el dominio ecológico pase a ser considerado la ley suprema de la que dependen todos los demás, que deberán ajustarse a sus límites. Del mismo modo, la economía también deberá dejar de gobernar a las personas para pasar a ser una herramienta que contribuya a la satisfacción de la necesidades fundamentales de los individuos que componen la sociedad. Esto no hace más que certificar la vinculación del decrecimiento con lo que hoy se conoce como economía ecológica, un concepto que economistas como Georgescu-Roegen o Herman Daly ya anticipaban al interpretar el sistema económico como una esfera dependiente de otra superior: la biosfera y sus límites. 

La reconceptualización a través de la lucha del lenguaje y la reformulación de los indicadores de progreso

 

Establecida la nueva escala de valores, se precisa una redefinición de conceptos muy relevantes y en ocasiones erróneamente conceptualizados por el imaginario dominante. Hablamos de la riqueza y la pobreza, la abundancia y la escasez, la felicidad, el progreso o el desarrollo. Esto pasa por una lucha del lenguaje que Julio García Camarero repasa de forma concienzuda a lo largo de todas las páginas de su ensayo El decrecimiento feliz y el desarrollo humano (2010). Y es que, el lenguaje, además de ser la forma principal de comunicarnos, determina nuestro modo de interpretar la realidad y conforma nuestro imaginario (González Reyes, 2010). Por tanto, la riqueza y la pobreza deberán dejar de medirse únicamente en términos crematísticos para pasar a estar asociadas a la satisfacción de todas y cada una de las nueve necesidades fundamentales humanas. De la misma forma, la felicidad y el bienestar deberán dejar de vincularse a la capacidad de consumo de bienes para asociarse a otras búsquedas como el ideal asiático de vivir con tranquilidad y ver el mundo como algo transitorio (Fuokuoka, 2015) o el del buen vivir Latinoamericano [3]. Todo ello para finalmente reconceptualizar al progreso y al desarrollo en términos cualitativos cuya medición dependa del grado de satisfacción de las necesidades humanas fundamentales (Max-Neef, 2001). Esto último sin duda exigirá redefinir los objetivos de desarrollo y sus indicadores. En este sentido la inadecuación del PIB parece obvia en cuanto a que lo único que señala es cuánto se produce para el mercado sin importar el qué y el para quién, y sin tener en cuenta muchas actividades que contribuyen positivamente al bienestar tanto individual como de la comunidad. 

En su análisis crítico al decrecimiento, Van der Bergh (2011) hace referencia a la dificultad de medir el éxito del proyecto decrecentista dada la complejidad de su propia naturaleza. No le falta razón. El decrecimiento no es un proyecto cuantitativamente absoluto, pues implica que ciertas variables crezcan —las relacionadas con la mejora de la calidad ambiental y de la calidad de vida de las personas— y que otras decrezcan —aquellas actividades destructivas y que no proporcionan una mejora del bienestar humano—. Si a esto añadimos que el decrecimiento tiene un carácter multidisciplinar, resulta evidente la dificultad de encontrar un indicador universal para su medición. De este modo, el decrecimiento puede servirse de indicadores individuales para medir el progreso en terrenos concretos, tales como: la tasa de desempleo, la redistribución de riqueza, la tasa de pobreza, el índice de escolaridad, la tasa de emisión a la atmósfera de gases de efecto invernadero o los kilómetros viajados por los alimentos antes de llegar al plato. En ocasiones, estos valores combinados pueden dar como resultado ciertos agregados de bienestar (Kallis, 2011). En este sentido cabe prestar especial atención a nuevos indicadores sociales como el Índice de Bienestar Económico Sostenible [4] o el Índice de Progreso Genuino [5]. Su utilización sin duda nos aproximaría, con más éxito que la de los actuales, a una medición del desarrollo a escala humana. Todo ello sin olvidar que, por el momento, no existe ningún sistema de indicadores perfecto, y que en ocasiones ciertos índices o flujos materiales son difícilmente agregables. 

La poesía y el amor como motores de la nueva cosmovisión

 

Son muchas las herramientas imprescindibles para acometer el cambio de imaginario que se precisa para comenzar una transición hacia un modelo socioeconómico sostenible. Las más importantes son señaladas con acierto en La gran encrucijada (2016):

  • Informar sobre la marcha real de la crisis civilizatoria y sus riesgos.
  • Desmontar las creencias socioeconómicas dañinas como el mito del crecimiento ilimitado.
  • Relacionar la superación de la Gran Recesión con la necesidad de afrontar los desafíos energético y climático.
  • Elaborar hojas de ruta para el cambio y aprender de las experiencias concretas llevadas a la realidad que empoderan a la ciudadanía.
  • Regenerar la democracia.

Sin embargo, se precisa algo más: un giro ideológico y político que dé lugar y generalice un cambio de conciencia. En palabras de Albert Recio: “si no se incluyen elementos movilizadores basados en las mejoras a aspirar va a ser difícil avanzar mucho en el terreno de la autocontención (…) La batalla central es conseguir que una parte de esta población seducida o atrapada en la pseudo-utopía consumista cambie su percepción del mundo y se movilice en formas diversas por un nuevo proyecto social. Y ello requiere organizar los programas en torno a perspectivas optimistas y completas” (Recio, 2008, p 33). En definitiva, una transformación socioeconómica tan radical como la que propone el decrecimiento, precisa una motivación muy poderosa antes de que la inminencia del colapso haga imposible la tarea de llevar a cabo una transición ordenada: Una llamada a la subjetividad de las personas que logre una movilización voluntaria más fuerte que la que pueden alcanzar acontecimientos externos como una guerra o una catástrofe natural. 

Evidentemente, la transición hacia una sociedad de decrecimiento no tendrá las mismas implicaciones para todos los pueblos, pues deberá saber observar la heterogeneidad del mundo para identificar las necesidades de cada territorio de modo que se pueda comenzar a labrar el importante objetivo de equidad entre el Norte y el Sur, entre clases sociales y entre generaciones. Precisamente por este motivo, la adaptación al decrecimiento será sin duda más difícil en el Norte opulento, donde la inmensa mayoría de la población sufre de una fortísima adicción al crecimiento y al consumismo (García Camarero, 2010). Si a esto sumamos que la salida del capitalismo requiere la existencia de una gran participación ciudadana desde abajo, necesitaremos un catalizador equiparable al que proporcionó en su momento el mito del progreso. En la búsqueda de este objetivo Emilio Santiago Muíño (2016) propone la poesía, definiéndola como una forma de vivir y estar en el mundo que incluya “toda acción que tienda a dignificar y elevar la vida del ser humano desplegando lo mejor de su condición” (Santiago Muíño, 2016, p 133). La poesía como pauta cultural busca lo maravilloso en lo cotidiano, un reencantamiento del mundo que puede permitir que disfrutemos de una vida plena en un contexto de disminución necesaria de la producción, del consumo y, en definitiva, del metabolismo económico, a través del redescubrimiento, el disfrute y el fomento de la soberanía creativa de las personas. Una búsqueda que, lejos de ser una ocurrencia sin fondo, tiene unas implicaciones filosóficas y antropológicas importantísimas, pues supone una respuesta del ser humano ante la conciencia de su propia muerte (Santiago Muíño, 2016).

La poesía de Emilio Santiago Muíño como motor de la reforma moral que dé paso a una sociedad poscapitalista sostenible, no difiere mucho del amor que reclama Julio García Camarero (2010) como condición necesaria para el decrecimiento feliz y el desarrollo humano. Del mismo modo, ambas propuestas se asemejan a la de Masanobu Fukuoka (2015), que para mejorar el mundo insta a una vida en una cultura natural que se base en el disfrute de la verdad y la belleza de la naturaleza para recuperar todo aquello que dota realmente de sentido a la naturaleza humana: la belleza, el amor, la receptividad y la comprensión. El concepto de amor al que se refieren estos autores debe ser una unión activa hacia el ser humano y hacia todo lo que le rodea, todo ello sin comprometer la propia individualidad (García Camarero, 2010). 

La poesía y el amor sin duda ofrecen un argumento o una vía positiva que puede dar paso a la deconstrucción del mito productivista y consumista enfocándose en las virtudes de la sencillez y la buena vida antes de llegar al colapso como medio que lleve al paradigma de sobriedad que se necesita para lograr un reajuste a los límites ambientales. Así mismo, este enfoque positivo y preventivo sin duda ofrecería muchas más posibilidades de éxito en el plano de la justicia social. Sin embargo, la tarea de la transformación cultural no es sencilla. Los procesos de socialización son lentos y el tiempo del que disponemos es escaso. El colapso puede acelerar el proceso, pero al mismo tiempo deberemos construir y mantener espacios colectivos para difundir las ideas que conformen el nuevo imaginario.

Notas

[1] Todos los seres vivos del planeta somos finitos, dependemos de la biosfera, somos sintientes y por tanto capaces de sufrir y aspiramos a la auto-conservación (Riechmann, 2005).
[2] La rueda del dharma “es un antiguo símbolo que representa el modelo cíclico y a la vez direccionado que despliegan las enseñanzas del Buda” (Fukuoka, 2015, p 79).
[3] El buen vivir acepta la existencia de alternativas al modelo de desarrollo occidental y defiende aspectos muy vinculados al decrecimiento como la no separación entre sociedad y medioambiente, el valor intrínseco de la naturaleza y el rechazo a su instrumentalización (Gudynas, 2015).
[4] El Índice de Bienestar Económico Sostenible (IBES) contabiliza positivamente, al igual que PIB las inversiones, el consumo privado y el gasto público. Sin embargo, de forma adicional deduce el consumo privado y el gasto público en seguridad. Además, añade el valor de los servicios producidos y consumidos en el propio hogar y deduce los costes de la degradación ambiental y la depreciación del capital natural.
[5] El Índice de Progreso Genuino (GPI) combina una cifra de consumo personal corregido por una serie estadísticas sobre la distribución de la renta con contribuciones no mercantiles al bienestar —como el valor del trabajo doméstico y voluntario— y con una serie bastante completa de indicadores medioambientales; siendo todo ello restado del coste que suponen otros factores como el desempleo, la delincuencia, las tasas de accidentes, la precariedad en el empleo, la contaminación o la pérdida de espacios naturales (Hamilton, 2006). Este indicador, mucho más completo, se diferencia del IBES en lo siguiente: la adición de la redistribución de la renta, la contabilización del trabajo voluntario fuera del hogar y la sustracción de elementos de degradación social como la delincuencia, los accidentes o el empleo precario.

Bibliografía citada

  • Alexander, S. (2015). Simplicidad. En: D´Alisa, G., Demaria, F. & Kallis, G. (Eds) Decrecimiento: vocabulario para una nueva era. Icaria. Barcelona. Pp 212-216.
  • Fukuoka, M. (2015). Sembrando en el desierto. Semillas para la regeneración del planeta. Lozano Impresores. Murcia.
  • García Camarero, J. (2010). El decrecimiento feliz y el desarrollo humano. Los Libros de la Catarata. Madrid.
  • González Reyes, L. (2010). “En la arena del lenguaje”. En García Camarero (2010). El decrecimiento feliz y el desarrollo humano. Los libros de la Catarata. Madrid.
  • Herrero, Y., Prats, F. & Torrego, A. (Coords). (2016). La gran encrucijada. Libros en Acción. Madrid.
  • Kallis, G. (2011). “In defence of degrowth”. Ecological Economics, 70, pp 873-880.
  • Latouche, S. (2003). “Por una sociedad de decrecimiento”. Le Monde Diplomatique, 97. Edición Española.
  • Latouche, S. (2009). Pequeño tratado del decrecimiento sereno. Icaria. Barcelona.
  • Max-Neef, M., Elizalde, A., & Hopenhayn, M. (2001). Desarrollo a escala humana. Editorial Nordan-Comunidad, Montevideo.
  • Recio, A. (2008). “Apuntes sobre la economía y la política del decrecimiento”. Ecología Política, 35, pp 25-34.
  • Riechmann, J. (2005). Un mundo vulnerable: ensayos sobre ecología, ética y tecnología. los Libros de la Catarata. Madrid.
  • Riechmann, J. (2012). Interdependientes y ecodependientes: ensayos desde la ética ecológica (y hacia ella). Proteus. Barcelona.
  • Santiago Muíño, Emilio (2016). Rutas sin mapa. Horizontes de transición ecosocial. Los libros de la Catarata. Madrid.
  • Taibo, C. (2009). En defensa del decrecimiento: sobre capitalismo, crisis y barbarie. Los libros de la Catarata. Madrid.
  • Van den Bergh, J.C.J.M. (2011). “Environment versus growth — A criticism of degrowth and a plea for a-growth”. Ecological Economics, 70, pp 881–890.

Decrecimiento inclusivo: el reto del futuro

Javier Ecora - Autonomía y Bienvivir
Cuando hablamos de decrecimiento no estamos ante una simple opción. Algunas personas somos partidarias de que se reduzca el volumen actual de producción global para que disminuya su impacto sobre el medio ambiente y sobre nuestra propia naturaleza. Esto nos permitiría aspirar a una Economía del Estado Estacionario. Pero en realidad el decrecimiento será, más que una opción, algo inevitable en un plazo incierto aunque no muy alejado. Por tanto cualquier medida de futuro tendrá que pensarse en ese escenario, o más bien tenemos que pensar qué propuestas podrán hacerle frente y prever su encuentro en la medida de lo posible.




Pero anticipar el decrecimiento no tiene por qué entenderse como la resignación a un futuro peor. Ya he sugerido que reducir este exceso productivo en realidad favorecería nuestra propia naturaleza, actualmente alienada por el fetichismo económico. La cuestión es cómo organizar la reconversión necesaria para que de ella resulte una liberación más que una pérdida. Aunque toda elección implica renuncias, en nuestro tiempo la mayor renuncia sería la derivada de elegir la continuidad. En tal caso estaremos descartando un futuro razonable.

Un concepto irrenunciable a la hora de pensar en un futuro mejor es el de la inclusión. No se trata sólo de compasión o de solidaridad. Creo que es bastante obvio que la estabilidad social beneficia a todo el mundo, pues rara vez alguien puede vivir al margen de las condiciones generales de su sociedad, especialmente en tiempos turbulentos. Incluso quien cuente con ser un afortunado triunfador no podrá disfrutar su éxito del mismo modo si este implica un mundo en descomposición. Sus propias oportunidades como las de todos los demás se verán reducidas. El futuro de todos será muy diferente en función de si mantenemos o no la convivencia y una inclusión social y cultural que permita el desarrollo sano de todas las inteligencias. Hasta el punto de que la propia biosfera que dio a luz a la humanidad ha cambiado su estado, y podría hacerlo más si nos empeñamos en mantener un modelo económico que  acepta la exclusión.

Lo que Herman Daly llama "crecimiento moral", necesario para intentar dotarnos de una economía sostenible y equitativa, debe concretarse en instituciones que lo reflejen y que permitan estabilizarlo en la práctica. La Renta Básica Universal (RBU) podría cumplir con esta función por cuanto establece un sistema permanente de redistribución universal de una parte de lo producido, sea cual sea su volumen.

En el congreso sobre RBU y decrecimiento celebrado en Hamburgo este mismo año se ponían en relación ambas propuestas tratando de iluminar este escenario de futuro en sus dos vertientes: qué ganaríamos respecto a la situación presente, y por qué es, más que una opción, una necesidad. En dos entradas anteriores reseñamos las primeras partes del congreso [1] [2] y ahora vamos a abordar la tercera y última, en la que se recogieron nuevas ideas y se plantearon algunas controversias. ¿Cómo habrá de aplicarse una RBU en un contexto de decrecimiento? ¿Cómo se financiaría? ¿Son propuestas que deben vincularse de alguna manera o quizá se entorpecerían mutuamente en el intento? Al final añadiremos brevemente un punto de vista propio sobre lo tratado por los ponentes. 




El conflicto entre la RBU y el decrecimiento y una posible solución

Cuando se debate sobre modelos de financiación de una RBU la principal solución que se presenta es el aumento de los impuestos sobre la renta o al consumo. Esto implica que incluso si la RBU se pudiera financiar así desde el principio, ni las rentas del trabajo ni el consumo podrían reducirse sustancialmente, ya que esto haría peligrar su base financiera.

La propuesta de Martin Finger para solucionar este conflicto es la introducción de una moneda electrónica complementaria, denominada Credere, que aplicaría dos reglas simples. La primera define la creación de dinero. Credere se crea libre de deuda y se paga en forma de renta básica. El pago mensual varía entre 100 y 1.000 Crederes por persona y depende de la tasa de participación en un país, pues el uso de esta moneda complementaria es voluntario. La segunda regla define la “decreación” de dinero, que se establece en un 1% al mes, o 12% al año, respectivamente. De esta manera el sistema monetario contrarresta la acumulación de dinero causada por interés compuesto.

Sólo una renta básica que esté básicamente desconectada de la actividad económica permitirá a la gente obtener la libertad y el control de su tiempo individual. Este es el prerrequisito más importante para una sociedad en la que los trabajos pueden ser abandonados y abre un gran potencial para la protección de los recursos y el medio ambiente. Los puestos de trabajo, donde la gente produce cosas sólo porque necesita un ingreso, no volverán a ser necesarios. Esto ahorrará más recursos mucho más rápido de lo que podría hacerlo nunca una reducción del consumo. A medio plazo esto podría conducir a una economía orientada a la demanda y a las necesidades fundamentalmente diferente. En este tipo de economía la producción sólo se llevaría a cabo con el fin de satisfacer las demandas y necesidades de las personas, y no con el fin de acumular dinero a costa de los demás.

Una de las razones por las que es preferible un programa de renta básica voluntaria es que puede iniciarse inmediatamente. No es necesario obtener mayorías políticas. Podemos comenzar inmediatamente la creación del marco en el que queremos vivir en lugar de quemarnos tratando de cambiar las estructuras existentes. Al fin y al cabo son las personas las que mantienen todas las instituciones, y sólo unos pocos pueden sentirse motivados para llevar una vida diferente en la medida en que no ven una forma alternativa de vida.

Líneas de pensamiento: terreno común y no común, objetivos y dirección cuando se trata del medio ambiente

Jeremy Heighway se fija en los objetivos de esta conferencia, en cuya página de presentación se dice: “la renta básica es un camino para dirigirnos a una sociedad de decrecimiento, sin embargo, una renta básica no inicia necesariamente la transformación ecológica que tan urgentemente necesitamos", y continúa: "...este propósito... necesita ser incorporado a fondo en cualquier implementación de una renta básica y de las medidas que lo acompañan".

Sin embargo se dan pocas pistas para esto, sugiriendo otras áreas de discusión, ninguna de las cuales apunta a una transformación ecológica. Es perfectamente posible que un partidario de la RBU ignore la transformación ecológica. En cierta medida incluso es posible que sea partidario de un mayor consumo.

El movimiento por el decrecimiento es una forma de pensar; la renta básica es un mecanismo. Esto plantea un posible desencuentro desde el principio, basado en la cuestión de qué se espera lograr y cómo. En los movimientos sociales se da un buen solapamiento y es una estupenda idea que trabajen juntos. Pero se pueden perder oportunidades si dos grupos no atienden también a lo que no va a aflorar automáticamente cuando trabajan juntos.

Un área enorme es, como se ha indicado anteriormente, la transformación ecológica. La  propuesta de Jeremmy se centra en la fiscalidad ecológica, y sugiere que el consiguiente aumento de los ingresos se devolverá a todo el mundo de manera uniforme como renta básica. Sin embargo no cree que esto fuera suficiente para poner en marcha la financiación del coste básico de la vida. Sería más bien un cómodo acompañamiento para la RBU y no una fuente directa de financiación. Curiosamente es algo en lo que necesitan hacer énfasis los partidarios del decrecimiento, desde la perspectiva del beneficio ambiental, y defenderlo junto con los partidarios de la RBU.

Tener la naturaleza como preocupación secundaria es quizá una razón por la que los partidarios de la RBU no han dado mucho apoyo a esta idea de momento: si realmente no hace gran cosa para financiar una verdadera RBU ¿por qué complicar las cosas, y quizá alejar a la gente en el intento, con un dispositivo fiscal impopular? Es tarea de los partidarios del decrecimiento lograr que se reconsideren las preocupaciones ambientales. Y los partidarios de la RBU pueden ganar firmes partidarios y nuevos aliados si adoptan este propósito que, recordando los objetivos declarados de la conferencia, “...necesita ser incorporado a fondo en cualquier implementación de una renta básica y de las medidas que lo acompañan".


Decrecimiento, RBU y educación

El documental Can Man Woman (42 min.) entrevista a hombres al cuidado de su familia sin otro trabajo remunerado, rol tradicionalmente asignado a las mujeres, y además aborda la valoración del trabajo parental por medio de una RBU. De esta manera la película pretende alentar a que se replantee la protección de la infancia.







Según Gabriele von Moers este es un posible enfoque para discutir el tema del decrecimiento: estamos hablando de una condición básica para seres humanos auto-determinados. Necesitamos tiempo y atención. Sin embargo no tenemos sentido de la responsabilidad con estos recursos. Estar continuamente presionados por el tiempo de trabajo reduce el espacio para ellos. Nuestro tiempo disponible disminuye para cada vez más cosas.

La cuestión es si una RBU crea el ocio suficiente que necesitamos de manera urgente con el fin de, por ejemplo, hacer posible el juego libre y creativo con nuestros hijos, y en fin, para ser creativos nosotros mismos lejos de toda frenética programación.


Euro-dividendo Ecológico como experimento voluntario

Ulrich Schachtschneider propone realizar un experimento con una red de voluntarios para probar una RBU parcial con financiación ecológica. Su idea básica es esta: los participantes medirán mensualmente su huella ecológica con la ayuda de una web; pagarán ecotasas en función de su huella y estas se devolverán en cantidades iguales a todos los participantes. Todos ellos cobrarán un "Euro-dividendo Ecológico", o en otras palabras, una RBU parcial. Las personas con una huella ecológica pequeña obtendrán más de lo que dan. Las personas con una huella ecológica superior a la media tendrán un saldo negativo. Todos se verán incentivados para reducir su huella, (mediante tecnología alternativa o mediante un comportamiento alternativo). Y todos obtendrán sin condiciones una parte similar de los ingresos de manera que puedan percibir la noción de ingreso básico.

El experimento puede empezar con un grupo muy pequeño de participantes y crecer paso a paso. El eco-dividendo mensual será calculado automáticamente en función de la huella ecológica sumada, por ejemplo, 1hag (una hectárea global) equivale a 100 €. El consumo promedio real es de aproximadamente 5 hag. Para hacerlo con transparencia necesitamos una plataforma web en la que los participantes tienen que calcular y anunciar su huella ecológica. Un administrador financiero hará efectiva la ecotasa, pagará el Euro-dividendo Ecológico y documentará todo.
Huella ecológica por naciones (2007).
Gráfico interactivo actualizado en Global Footprint Network


Hasta aquí la idea. Pero todavía hay cuestiones sin resolver: sólo deben participar personas en las que podamos confiar. ¿Pero cómo podemos asegurar esto? ¿Qué principios permitirían confiar en los participantes? ¿Hasta qué punto es válida la medida de la huella ecológica mediante el procedimiento de la hectárea global?

Se puede seguir una variante: antes de poner en marcha esto con dinero real, podríamos simularlo y  pagar un Euro-dividendo Ecológico Virtual a quienes participen en el cálculo mensual de la huella.

Este experimento, en primer lugar, conectaría las ideas de decrecimiento y RBU. En segundo lugar, acercaría ambas ideas al público. En tercer lugar, es apropiado para aplicarlo a nivel europeo. Cualquier ciudadano europeo puede unirse al proyecto a pesar de las diferencias actuales en los diferentes sistemas nacionales de Seguridad Social. Basta con el acceso a la web. En cuarto lugar podríamos conseguir un primer conocimiento empírico sobre el cambio de estilos de vida y de formas de trabajo, especialmente por medio de una evaluación científica paralela.


¿Renta Básica para una sociedad más justa? El ejemplo del automóvil

La Renta Básica suele elogiarse por su reconocida capacidad para reducir la pobreza, o para hacer frente al probable aumento del desempleo, etc. Lo que se suele pasar por alto, sin embargo, es que una correcta aplicación de la RBU también puede reducir la distribución injusta de los subsidios públicos no monetarios.

Una de las más injustas asignaciones de bienes públicos -nos recuerda Csaba Toth- es la referida al uso del coche. Hoy en día vivimos en un mundo donde el uso del automóvil está fuertemente subvencionado en la mayoría de las sociedades. En primer lugar, las externalidades de la utilización del automóvil, tales como problemas de salud debido a la contaminación, el consumo de espacio público, etc. están escasamente consideradas en general. En segundo lugar, los pagos por el uso del coche (ej. combustible, peajes) rara vez cubren siquiera los costes reales de uso del automóvil, (especialmente los costes de la infraestructura que utilizan). La distribución de los subsidios del usuario coche es muy desigual: en el extremo inferior se encuentran las personas sin coche que no reciben ningún subsidio, mientras que en el extremo superior nos encontramos con aquellos usuarios de automóviles que estacionan a menudo en plazas de aparcamiento públicas y gratuitas, y/o conducen muy a menudo, obteniendo así subsidios cuyo valor puede exceder varios miles de euros al año. Y como, por término medio, la persona que no tiene coche está probablemente en una situación económica menos favorable que el propietario de automóvil, esta distribución de los subsidios no es sólo desigual sino también enormemente injusta. Y para hacerlo aun peor, estos subsidios fomentan el uso excesivo del automóvil, altamente contaminante, lo que agrava los efectos negativos del uso del automóvil, sobre todo en las personas más pobres que tienen menos medios para contrarrestar estos efectos negativos.

¿Pero cómo podría la RBU reducir estas injustas desigualdades? Obviamente, los subsidios a los usuarios de automóvil deben ser reducidos, (es decir, el combustible debe ser gravado con mayor intensidad, todo el mundo debe pagar por aparcar en lugares públicos, los peajes deben ser introducidos al menos en los centros de las ciudades y en las autopistas, etc.). Sin embargo hoy día la posesión y el uso del coche están considerados como un "derecho básico" hasta el punto de que incluso los no usuarios de coche podrían desaprobar tales políticas, sobre todo si no se benefician de ellas directamente. En consecuencia, es más bien imposible introducir esas políticas de "empuje" por sí solas en un contexto democrático. La introducción de una RBU, sin embargo, ofrece una oportunidad histórica para abordar la cuestión de los injustos subsidios al uso del automóvil. Si la introducción de mayores impuestos al combustible y peajes de aparcamiento y circulación estuvieran ligados a la introducción de una RBU, serían mucho más aceptables para la mayoría de la gente, sobre todo si los ingresos adicionales por esos pagos y tasas fueran utilizados para cubrir el coste de la RBU. Sería una pena perder esta oportunidad histórica.


CONCLUSIONES

Lo expuesto en el congreso de Hamburgo nos ha servido para tomar el pulso al debate sobre la implementación de la RBU en un contexto de decrecimiento que, como hemos dicho al principio, no es sólo una opción, (con apoyo minoritario de momento), sino que vendrá impuesto por las circunstancias tarde o temprano. Puede que a largo plazo la única RBU posible sea la agricultura comunitaria de proximidad con la que podamos contar, pero entre tanto cabe plantearse medidas de transición que no sólo faciliten la reconversión hacia un modelo más sostenible sino que, además, puedan mitigar nuestra propensión actual hacia el crecimiento. Como dijo, Sandra Antelmann, una de las ponentes, “Para aplicar un cambio socio-ecológico a la relación entre economía y naturaleza son necesarios puntos de entrada y estrategias transitorias.”

Varios conferenciantes señalaron la sintonía de los valores que defienden tanto los partidarios del decrecimiento como los de la RBU, (la necesidad de reconocer el valor del trabajo de cuidados y el valor de la actividad humana por sí misma, al margen de su valor de cambio; el beneficio de reducir la presión productivista sobre nuestras vidas; la posibilidad de relegar el crecimiento del PIB como prioridad absoluta). Pero a la hora de concretar el modo de implementar esta nueva visión surgen ideas diversas que merece la pena clarificar (o al menos intentarlo aportando un punto de vista propio).

Desde una óptica decrecentista la RBU puede parecer una medida relacionada sólo con la equidad y no con la completa transformación social a la que aspira este movimiento. De ahí que algunos ponentes propongan vincular la RBU a los problemas ambientales financiándola mediante una reforma fiscal ecológica: impuestos pigouvianos que discriminen la producción en función de su impacto ambiental. Con ello se buscaría, de paso, una alianza entre los dos movimientos. Sin embargo cabe la posibilidad de que este vínculo entre ambas medidas creara un incentivo perverso: la necesidad de que no disminuya el nivel consumo para poder mantener la financiación. El objetivo general de recaudación no debería depender del consumo de recursos.

Esto no anula el papel que podría jugar una reforma fiscal ecológica, pero su objetivo sería otro: orientar la producción favoreciendo unos consumos en detrimento de otros mediante criterios éticos, democráticos y de sostenibilidad, (lo que la EBC denomina el balance del bien común). Además esta reforma podría lograr una relocalización económica no nacionalista, (no basada en aranceles clásicos sino en criterios racionales sobre el transporte innecesario y el dumping social o ambiental). Pero en general su virtud sería cualitativa más que cuantitativa.

En cuanto a la eficacia de este tipo de impuestos cabe mencionar sus limitaciones: los cambios hacia la sostenibilidad que inducen en la microeconomía no garantizan la sostenibilidad general, (pues la demanda agregada puede no verse afectada o incluso aumentar con las mejoras de eficiencia). Y cuando hablamos de decrecimiento estamos planteando el problema esencial de la dimensión de la economía. Es decir, la biosfera tiene límites y es necesario poner el acento en los topes al uso de recursos y de sumideros, (más allá de la necesaria discriminación del consumo y de la producción encaminada a acercarlos al cierre de ciclos).

Por tanto, la reforma fiscal, los límites a la producción o la renta básica son medidas complementarias con objetivos propios que no hay por qué confundir. Pero sí es necesario observar cómo se relacionan entre sí y su efecto conjunto. Al no asociar la RBU a un impuesto específico estaremos asumiendo que en realidad se trata de una responsabilidad social colectiva, y no de algo que nos podemos permitir sólo porque es posible gravar tal o cual consumo. Entonces ¿cuál es la relación entre ambas propuestas?

La virtud esencial que aportaría la RBU para el medio ambiente y para el cambio cultural que necesitamos es más profunda y no depende de asociarla a otro tipo de medidas. Es necesario comprender el problema de los incentivos estructurales del sistema económico: si actúan en favor de la acumulación, (alentando el apoyo a las políticas de crecimiento), o si por el contrario hacen posible cierta conformidad, (y con ella, la apuesta por otras prioridades). Es decir, se trata de una cuestión de libertad colectiva. Al establecer una separación entre el empleo y la obtención de alguna renta, la RBU abriría la posibilidad de iniciar ya un decrecimiento voluntario y ordenado, facilitaría el reparto del empleo restante y, en general, nos permitiría liberar tiempo para la autonomía ganando calidad de vida en ese decrecimiento. El resto del contexto decrecentista habría que dibujarlo con otras medidas asociadas a otros fines, (y de hecho la RBU podría servir a distintos modelos en función del contexto en el que se aplique).

La cuestión de la financiación pública, por ejemplo, tanto para esta como para otras medidas, ha de abordarse con un cambio orientado a este problema concreto. Cabe mencionar que, incluso sin salirnos del paradigma monetario actual, y apesar de las limitaciones que impone la globalización, es posible financiar una RBU, (y disponemos de cálculos ya realizados para el Reino de España). Pero esta no es la única solución ni la ideal. Los estados necesitan liberarse del corsé monetario actual, cuando la creación y la destrucción de dinero queda en manos de los bancos y al servicio de su especulación. La adopción de un sistema de dinero soberano [1] [2] dotaría de autonomía monetaria y financiera al estado. Simplificando mucho, bajo este sistema el gobierno no necesita plantearse problemas de recaudación para decidir cuánto dinero distribuye y cómo lo hace. El papel de los impuestos sería dotar al dinero de valor social al hacerlo necesario, y en segundo lugar, controlar la inflación.

Otro ejemplo. Algunos partidarios del decrecimiento temen que la RBU tenga un efecto crecentista porque en alguna medida actúa como un estímulo keynesiano. Pero cuando hablamos de decrecimiento solemos distinguir entre los países que necesitan decrecer y los que necesitan más desarrollo. La RBU aplicaría esa distinción también dentro de los países opulentos, estimulando el consumo, sí, pero en relación directa con la situación de pobreza de cada cual, pues el efecto redistributivo haría que quienes tienen un sueldo medio se vean poco beneficiados en cuantía (aunque muy beneficiados por el “seguro de vida” que supone, y por la posibilidad de reducir su jornada), y que quienes ganan mucho tengan menos renta disponible para el consumo superfluo. Es decir, por sí misma la RBU no implica un crecimiento innecesario, y una vez más, eso dependerá del contexto ideológico en el que se inserte, del resto de políticas que la acompañen. De hecho hay quien plantea esta medida en un contexto más neoliberal, en sustitución de los servicios públicos. Por eso conviene resaltar el valor que subyace en esta propuesta entre la mayoría de quienes la defendemos: esa inclusión básica que habría que mejorar, (y que empeoraría si el contexto de aplicación fuera el que pretenden los neoliberales).



Por último, en ocasiones se cuestiona la aceptación social o el apoyo democrático que podrían tener las medidas necesarias para el decrecimiento, pero esto supone aceptar la hipótesis de que actuamos como meros agentes económicos maximizando el beneficio a corto plazo. Sin embargo el apoyo de gran parte de la población a las medidas de represión económica impuestas por la política neoliberal, (mal llamadas de "austeridad") muestra que es posible elegir democráticamente los sacrificios cuando las personas creen que son necesarios para un futuro mejor. Y en la medida en que va siendo comprendido, el decrecimiento va ganando apoyo entre la población (frente ese engaño represivo). Es lo que ocurre en cualquier comunidad de vecinos que necesita arreglar su tejado común.

La confusión de la represión económica con la idea de austeridad se debe a la falsedad del relato neoliberal, que en realidad ahoga económicamente a quienes están en peor situación, y por tanto ya viven con (forzosa) sobriedad, mientras, por otro lado, se fomenta el enriquecimiento y el consumismo basado en la deuda para alimentar un crecimiento económico ya insostenible y en las antípodas de la austeridad. En realidad se reprime a los austeros y se premia a los derrochadores. A lo que se añade que "en las últimas década se da una tendencia a transformar las condiciones de trabajo de manera que el riesgo de sucumbir a la competencia propio del capitalismo se desplaza de la empresa a los trabajadores", nos decía Werner Rätz en la tercera charla. El objetivo de estas políticas no es el sacrificio en favor del futuro sino forzar la entrega servil y la sumisión de toda la economía al sistema financiero para salvar las rentas especulativas. Cuando se nos propone más crecimiento se está ocultando el problema de la distribución.

Frente a esto hay que reivindicar la sana virtud de una austeridad inclusiva que parta de la suficiencia económica de todos. O como decía Sandra Antelmann en su charla: “[el feminismo] subraya la estrategia de sostenibilidad de la suficiencia, no como abstinencia individualizada sino sociopolítica.” Esto requiere hacernos dueños de otra narrativa que lleve a comprender la necesidad de dejar atrás la ideología de la sobre-explotación humana y ambiental. El fracaso en la apuesta por el crecimiento será más duro y difícil de abordar que la adaptación a una economía sostenible. Pero si garantizamos colectivamente la inclusión, si dejamos atrás la dependencia absoluta, ganaremos autonomía (económica, cultural y política), y tendremos las manos libres para intentar esa adaptación. Este es el reto del futuro por el que necesitamos cooperar.  
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Añado una charla que ha tenido lugar en Madrid este mes conincidiendo con la misma temática de esta serie de artículos. En ella podemos escuchar más ideas sobre todo esto, como la propuesta de financiación para una renta básica que ha planteado Varoufakis recientemente.
Me quedo con esta frase de Cive Pérez: “A efectos del PIB morir o nacer es indiferente. Cunas o féretros, todo puntúa en el PIB.”