A través del espejo




"Vería mucho mejor el jardín”, se dijo a sí misma Alicia, “si pudiera llegar a la cima de aquella colina; aquí hay un sendero que lleva recto hasta allí. Bueno, recto no es” – pensó después de haber andado unos cuantos metros y doblar varios recodos-, “pero supongo que al final llegará. ¡Qué curioso, lo retorcido que es!. ¡Parece un sacacorchos!. Bueno si tomo este desvío seguro que llega a la colina. No, tampoco. ¡Éste va derecho de vuelta a casa!”.

“No vale la pena insistir”, dijo Alicia, mirando a la casa y fingiendo que estaba discutiendo con ella. “No voy a regresar todavía, porque sé que si lo hiciera, tendría que volver a traspasar el espejo, entrar de nuevo en esa vieja habitación. ¡Y ése sería el fin de mis aventuras!”.

...

Alicia miró alrededor suyo con gran sorpresa. “¡Cómo creo que hemos estado bajo este árbol todo el tiempo! ¡Todo está igual que antes!”. “Claro que lo está! -dijo la Reina-. ¿Dónde querías que estuviera?”.

“Bueno, en nuestro país -dijo Alicia - cuando se corre tan rápido como lo hemos estado haciendo y durante algún tiempo, se suele llegar a alguna otra parte”.

“¡Un país bastante lento! -replicó la Reina-. Lo que es aquí, como ves, hace falta correr todo cuanto una pueda para permanecer en el mismo sitio. Si se quiere llegar a otra parte hay que correr al menos el doble de deprisa”.

Lewis Carol. A través del espejo

Crisis petrolera y subversión del sistema capitalista

Los amigos de Ludd

El petróleo, durante el siglo XX, ha sido el gran aliado material del capitalismo y, por ende, del sistema de dominación social. En consecuencia, y dado el carácter finito de este recurso, está destinado a convertirse también en su gran punto de debilidad estratégica. Esto constituye en esencia el carácter ambiguo y frágil de la organización económica mundial. No se puede ignorar que pueblos y civilizaciones anteriores agotaron atolondradamente elementos y bienes materiales que hacían posible su forma de existencia.

Los derivados del petróleo han modelado la vida económica de occidente: su mundo material está levantado sobre la movilidad y la mecanización, sobre los materiales de sustitución y las industrias petroquímicas, sobre la especulación del oro negro y el culto del automóvil.

El petróleo ha sido el flujo que ha movilizado la economía occidental durante más de un siglo. Muchas voces se levantan hoy para anunciar que la producción petrolera está cercana a su culmen y que a partir de ahí, el precio del crudo se encarecerá a tal punto que necesariamente asistiremos a una crisis energética, dañándose gravemente el comportamiento económico de todo el planeta. Las consecuencias, de producirse este hecho, serían sin duda grandiosas y espectaculares. Pero lo que nos interesa aquí es dilucidar si la caída más o menos acelerada del régimen petrolero abre una brecha para nuevas posibilidades sobre las que reconstruir una sociedad autónoma, radicalmente diferente a la que conocemos.

En efecto, más allá de una cierta inquietud ecologista, empeñada en una transición sostenible que nos lleve a una futura sociedad de energías limpias y ciudades radiantes, lo que nos incumbe es analizar de qué manera estos discursos proecológicos ocultan cuestiones de mayor calado, como por ejemplo, de qué modo podemos retomar la presunta crisis energética que se avecina para subvertir el modelo de cultura material y de distribución del poder que hoy delimitan nuestra forma de vida. En suma, la caída de un régimen energético pujante y poderoso como es el de los hidrocarburos ¿encierra alguna posibilidad por mínima que sea de debilitamiento del sistema de dominación?.

Para saber más: ¿Qué podemos esperar del agotamiento del petróleo?. Los amigos de Ludd.

Cómo hackean nuestro cerebro. La ciencia al servicio del engaño y la manipulación


Camino a Gaia





De la realidad accesible a nuestros sentidos solo percibimos y procesamos una pequeña parte. Sustituir el todo por las partes y las partes por el todo, es la mayor vulnerabilidad de nuestra mente y está presente en buena parte de las falacias lógicas. Podemos pasar por alto cosas tan evidentes como que la mano que sujeta las cartas tiene seis dedos, uno de plástico.
 
Cuando los magos compartieron sus secretos con la ciencia, dejaron su poder en manos de publicistas y manipuladores. Desde las agencias de "inteligencia" a las de publicidad. A cambio, para las personas que pudieran estar interesadas, por ahora son públicas las estrategias mediante las cuales podemos ser víctimas de engaño mediático. Nos preguntamos con frecuencia cómo es posible este estado de insensatez colectiva, pero lo cierto es que entre la realidad y nosotros hay un televisor.


De la neuromagia al neuromarketing

Nadie mejor que quien practica la magia para hacernos descubrir el pensamiento mágico. Hablamos por supuesto de magos honrados, ilusionistas y prestidigitadores, esos que se comprometen a engañarnos y lo hacen. En ese divertimento deberíamos ser capaces de darnos cuenta de lo vulnerables que somos al engaño, porque lo cierto es que la mitad de la mentira la ponemos nosotros.



Hay una definición de neuromarketing, mas o menos oficial y neutra, como la aplicación de técnicas de las neurociencias al ámbito de la mercadotecnia. Pero puede ser mas reveladora la que usan algunos de quienes se dedican a ello:

 Neuromarketing: Se define como la ciencia de la utilización de los sesgos cognitivos para influir en el proceso de toma de decisiones de los consumidores en la comercialización.

 Si en economía se considera una idealización de individuos que toman decisiones racionales en el mercado de oferta y demanda, surge una tremenda contradicción cuando se usa la ciencia para desarmar a los individuos del cortafuegos del raciocinio en la toma de decisiones. Es curioso que no levanten la voz aquí, indignados, las asociaciones en defensa del pensamiento crítico, quizá demasiado atareadas en la cacería de magufos. Porque cuando lo que se vende es un partido político o un estado de opinión contra Greenpeace y no una aspiradora, la pretensión de asepsia científica es inasumible. Estamos asistiendo a una manipulación de la realidad a través de los medios de comunicación de forma premeditada y planificada a una escala nunca vista. Han sido las sociedades totalitarias del siglo XX las que primero han aplicado conocimientos científicos para mejorar las técnicas de lavado de cerebro y parece que ahora se vuelve a recorrer el mismo camino. Como bien decía el economista Sampedro "la gente no está loca, la gente está manipulada".



Alfred Hitchcock: “La televisión ha hecho mucho por la psiquiatría: no sólo ha difundido su existencia, sino que ha contribuido a hacerla necesaria”.


 El DSM-IV es el manual usado por los psiquiatras para diagnosticar enfermedades mentales. Detrás está, la misma organización que mantuvo la homosexualidad en la consideración de enfermedad mental hasta 1973 y que anteriormente la "curaba", al igual que al comunismo, mediante lobotomía. Ha oido bien, los psiquiatras también "curaban" el comunismo, el anarquismo o cualquier otra dolencia que aquejara los dividendos de Wall Street. Por supuesto avalada por un premio Nobel.


Ahora incluye el librepensamiento y el cuestionamiento de la autoridad en la misma categoría de enfermedades mentales. Eso dice mucho sobre el tipo de sociedad a la que se nos dirige. Teniendo en cuenta que la ciencia tiene su origen en la negación del principio de autoridad como forma de "demostrar" un argumento, en favor del pensamiento crítico que lo obtiene mediante experimentos reproducibles y refutables, no cabe duda de que estamos ante pseudociencia de la peor calaña.


¿Cómo hackean nuestro cerebro?

Vayamos a lo mas simple. Nuestra mente no vive en la realidad sino en representaciones de esa realidad. No conocemos los hechos sino la información sobre los hechos. No es algo que se descubriera ayer. "Ojos que no ven, corazón que no siente"


Nuestra percepción de la realidad es muy limitada, pero aún así, eso es mucho mas de lo que somos capaces de procesar. La selección se realiza mediante lo que se llama el foco de la atención y responde a criterios que no siempre controlamos conscientemente.


Contínuamente estamos tomando partes de un todo, la realidad. Esta es posiblemente la mayor vía de acceso a manipulaciones y puede ser asimilada a una pérdida de información, detalles y matices. "Todos los políticos son iguales" "Todos los mejicanos son violadores" (Donal trumhp) "Todos los refugiados son terroristas" "Todo es agricultura" "Todo es química". Si nos dejamos conducir por quien reclama para sí el principio de autoridad, el sesgo puede darse a nivel colectivo.


El paso siguiente es el procesado de la información para encajar todas esas partes en nuestra representación del mundo, ese todo de certezas e incertidumbres. Aquí tenemos la siguiente via de acceso, y donde las fuentes autorizadas, periodistas de televisión por ejemplo, pueden llevar nuestra mente a derivas que jamás pensamos pudieramos tener. Los medios de comunicación ya nos dan una información seleccionada e interpretada dejando un margen muy estrecho para nuestros propios sesgos y prejuicios.


Finalmente queda la memoria, la fijación de toda esa información procesada. Nuestra memoria tiene dos vías de fijación a largo plazo: el impacto emocional (doctrina del sock) y la repetición. "Una mentira repetida se convierte en verdad".


Aunque nos digan que nuestra capacidad de procesamiento y memoria es infinita, no lo es. Las conexiones neuronales se degradan con el tiempo. El cerebro se deshace de información para sustituirla por una nueva. Si una información persiste, se acaba instalando como parte de nuestra representación de la realidad.


La repetición es la forma habitual en que nuestro cerebro mantiene su información. No es de extrañar por tanto que las religiones ritualicen sus dogmas en ceremonias de perioricidad constante y obligatoria, o que nos repitan el mismo anuncio una y otra vez. Cuando aprendemos a hablar no lo hacemos consultando el diccionario, sino de forma intuitiva asociando palabras a objetos y personas por simple repetición.

No es extraño que quienes han desvelado secretos estén perseguidos (Assange, Snowen...). Una sociedad, igual que un cerebro, puede ser controlada mediante la información que recibe.

Los procesos cognitivos y de percepción de la realidad son susceptibles de análisis mucho mas complejos, aquí hemos intentado ceñirnos a aquellas limitaciones de carácter físico.
No se pretende en este caso, señalar una manipulación concreta, sino dotarnos de modelos y estrategias para evitar manipulaciones y hackeos de nuestra propia mente y cerebro.



¿Cómo supera la ciencia las vulnerabilidades de nuestro cerebro?
La ciencia se enfrenta al mismo problema físico a la hora de construir una representación de la realidad. No es posible analizar toda la realidad. La única representación completa de la realidad es la propia realidad. Entonces buscamos patrones de comportamiento en la Naturaleza y les otorgamos  la categoría de leyes naturales. Lo que llamamos experimento u observación física no es mas que el proceso de someter una parte de la realidad a estudio, este estudio debe tener un contorno de observación bien definido para que pueda ser reproducido por cualquiera. Así se podría decir que en la ciencia son quienes repiten nuestras observaciones o verifican resultados los que demuestran su veracidad o verosimilitud. Es precisamente esta estructura horizontal y transparente la que permite trabajar a una comunidad de individuos y organizaciones, hetereogénea y diversa, con diferentes ideas políticas o religiosas, sin necesidad de andar cortando cuellos para imponer una supuesta verdad.

Pero es inevitable abordar en algún momento si las conclusiones o resultados que hemos obtenido se pueden considerar válidas para un todo general no limitado por las condiciones controladas de laboratorio. El reduccionismo consiste básicamente en admitir como aceptable esa transposición simple, que en definitiva es tomar el todo por las partes. Y ha resultado muy útil a la ciencia, por ejemplo, en búsqueda de leyes físcas fundamentales como la Termodinámica o la caida de los cuerpos, sin embargo, es también fuente de tremendos errores y mala ciencia. Alguien nos puede decir por ejemplo, que tras un sesudo estudio científico se concluye que las centrales nucleares son mas seguras y limpias puesto que el número de accidentes y emisiones de CO2 son  bajos en relación a otras energías. Sin embargo, si tenemos en cuenta que los residuos nucleares permanecen activos durante miles de años la conclusión será contraria.

La ciencia se encuentra cada vez mas condicionada por el modelo económico y su exigencias para ser financiada la exponen al control de la misma por los poderes financieros, políticos, militares y económicos. Quizá por ello el principio de autoridad se exhibe con mas frecuencia y la ciencia va perdiendo parte de su antigua belleza y fiabilidad.

Referencias:

- Neuromarketing. Wikipedia. - Los engaños de la mente. Susana Martinez Conde. - Los once principios de la propaganda nazi de Joseph Goebbels. - Uso de los sesgos cognitivos en el neuromarketing. - Sitio de Susana Martinez Conde. - A cada cuerdo le llega su marketing.

El camino hacia el decrecimiento




"Hay que desear ser libre; si no deseamos ser libres no podemos serlo. Pero no es suficiente con desearlo, hay que hacerlo, es decir llevar a cabo una voluntad, y poner en marcha un praxis; una praxis reflexiva y deliberada que permita realizar esta libertad en cuanto a posibilidad encarnada en todo el deseo.

No transformaremos nada, mediante leyes y decretos, y aún menos mediante el terror, la familia, el lenguaje o la religión de la gente”

Cornelius Castoriadis

Esto se hace por medio de la autotransformación. Un retorno hacia el interior que debería reflejarse en la recuperación de unas condiciones exteriores que devolvieran su significado prístino a la vida, que permitieran desplegar un hacer cotidiano dotado de sentido, en un entorno de serenidad y de belleza y en un marco de relaciones verdaderamente humanas.

La realidad de tal posibilidad a escala social sería un milagro sin parangón en la historia conocida de la humanidad. Ciertamente el hombre actual, tan moderno, tan libre, tan progresista, tan dueño de sí, puede desintegrarse si se desconecta de la televisión, del automóvil, de la prensa diaria, del teléfono móvil y de internet.

Como nuestro imaginario ha sido colonizado, el enemigo se esconde dentro de nosotros mismos. Los valores dominantes son más o menos compartidos por todos. La cultura del pobre no es diferente de la del rico, tienen que compartir el mismo mundo, ese mundo que ha sido edificado para el mayor beneficio de los que tienen dinero.

Para saber más: Manifiesto contra el progreso. Agustín López Tobajas

Para saber más: La apuesta por el decrecimiento. Serge Latouche

Decrecimiento y conciliación


 Ibone Olza - Mamiconcilia

decrecimiento y conciliación
¿Para qué? ¿para qué tanto esfuerzo de madres y padres, tantos niños y niñas tan solos, tanto sufrimiento en tantas familias? Es la pregunta que me he hecho a menudo cuando en mi consulta de psiquiatría infantil atiendo a gente que sufre lo inimaginable por la imposibilidad de conciliar trabajo y maternidad, paternidad o cuidados. A menudo mis pacientes han sido niños y niñas de familias de clase media o alta, que viven en urbanizaciones lujosas y que no carecen de nada en lo económico o material…Pero sufren las secuelas de haber sido separados de sus madres de forma temprana, de haber pasado muy poco tiempo con sus padres, de haberse vinculado con sucesivas cuidadoras que en ocasiones han desaparecido de sus vidas de forma abrupta, o que han estado “escolarizados” desde los pocos meses de vida. Bebés que son sacados dormidos de casa para ir a casa de los abuelos que luego les llevan a la guardería y que apenas ven a sus padres un par de horas al día, por ejemplo.

Cuando acompaño el sufrimiento de esas familias a menudo siento la necesidad de hacerles esta pregunta: ¿para qué trabajáis tanto? ¿para qué necesitáis tanto dinero? Los pequeños no necesitan casas más grandes ni coches más lujosos ni vacaciones en Disneyworld ni aprender chino o inglés en la primera infancia. Sus necesidades son bastante simples: amor, presencia de personas sensibles con las que vincularse de forma estable, tiempo para jugar libremente, entornos naturales en los que crecer y disfrutar. Algunas prácticas sencillas y gratuitas como la lactancia o el juego libre al aire libre son lo que más eficazmente ha demostrado promover el desarrollo de la inteligencia y habilidades sociales, sin ir más lejos.

El modelo de trabajo y de consumo en que el que estamos inmersos la mayoría es además un modelo insostenible para este planeta, que va a favorecer que nuestros hijos y sus descendientes probablemente se enfrenten a catástrofes ecológicas inimaginables. O que en cualquier caso les sea difícil vivir en entornos saludables, no contaminados ni destrozados.

Entonces, ¿realmente tiene algún sentido trabajar tanto para conseguir más dinero para mantener este ritmo de consumo que destruye la vida y pone en peligro la salud de las futuras generaciones? Creo que el debate sobre la conciliación laboral y familiar debe necesariamente incluir la perspectiva o la mirada de otros modelos como el decrecimiento o el ecologismo.

Eso pasa por la reflexión individual, el preguntarse cada madre o padre ¿para qué trabajo tanto o para qué quiero ganar dinero? ¿Realmente me compensa pasar tanto tiempo lejos de mis hijos o hijas? ¿Realmente necesitamos estos ingresos? ¿Es esto lo que nos va a hacer más felices a todos? Para de ahí pasar a la reflexión familiar y comunitaria, creando espacios de encuentro como ya está sucediendo en muchos grupos de crianza, que abogan por compartir recursos y vida familiar, por disminuir ingresos y consumo y gasto en viajes o coches o ropa para tener más tiempo con los hijos e hijas, más salud y en última instancia un mundo más justo y saludable para todos.

Cómo descubrí que me había salido del consenso


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Carles Sierra - Communia 
 
Hace unos meses, tras el resultado de las elecciones de diciembre, escribí aquí que nuestro actual régimen político sufría de los mismos males que los de la llamada Restauración canovista, porque, básicamente, se trata de dos sistemas políticos análogos. Esto no es un comentario baladí o una exageración. Es mi línea de investigación académica desde 2004 hasta 2015 y, debo confesar, no ha sido extraordinariamente bien recibida por las incómodas cuestiones que planteaba. Recuerdo que allá por 2008, un importante Profesor de Madrid impartió un seminario en mi antiguo departamento de la Universitat de València y, tras interrogarse cómo era posible que en España la izquierda hubiese carecido de valores democráticos y provocado la Guerra Civil, tuve que replicarle que su argumentación era incoherente.

En primer lugar, partía de un concepto de democracia que excluía el uso de la violencia con fines políticos, pero ese concepto es el que teníamos nosotros hoy en día, pero no era el de la década de 1930. Es más, en todas las culturas políticas el uso de la violencia con fines políticos estaba justificado porque, moralmente, se luchaba por un concepto de justicia o libertad que se entendía como un bien superior al orden o paz social. Por eso había revoluciones. En segundo lugar, su esquema de democratización partía de una incorrecta interpretación de la conquista de la los derechos políticos en los Estados Unidos o Inglaterra, que además se pretendía normativo para el resto de países. Aquello era totalmente falso. Si algo tenían en común los Estados Unidos y España es que, como sí hubo un proceso de democratización, ambos países sufrieron sendas guerras civiles. Si la sociedad no está ideologizada o movilizada políticamente, no se producen guerras civiles. Por lo tanto, era realmente contradictorio decir que Estados Unidos representaba la normalidad democrática, mientras que la guerra civil probaba que en España no hubo normalidad democrática. Finalmente, su falacia consistía en equiparar democracia a consenso, cuando se trataba de dos conceptos casi antagónicos. El sistema político en Estados Unidos se había construido sobre el consenso de tolerar la esclavitud en el Sur y aquello, obviamente, tenía poco de democrático. Pero la ruptura del consenso no provino de unas elecciones o de un racional y consensuado proceso de toma de decisiones. Fue consecuencia de una agitación social provocada por los antiesclavistas que no dudaron, incluso mediante acciones que serían consideradas hoy día como de terrorismo, de tensar la situación hasta llevarla al conflicto total, por lo general, el único método de acabar con el privilegio de unos sobre otros, porque, a pesar de toda la retórica de la teoría de juegos sobre negociación y gradualismo, los privilegiados no renuncian a sus derechos sobre los otros por mucho que se los intente compensar, ya que esos privilegios no reportan unos beneficios que se puedan contabilizar y conmutar por otro tipo de ingresos económicos. Esos privilegios forman parte de su identidad y, por ello mismo, son irrenunciables de forma voluntaria.

Cuando empecé a hablar, no tenía una idea muy clara de qué pensaba decir. Sabía que la lección magistral de aquel profesor me había molestado porque partía de un gran desconocimiento sobre el periodo de finales del siglo XIX y principios del s. XX, el que yo investigaba, y había tildado los trabajos que demostraban que la sociedad civil estaba movilizada contra el régimen de la Restauración como historia local de interés secundario. De igual modo, pontificó que la historiografía española se había ido al traste por culpa de la Ley de la Memoria Histórica de Zapatero y los historiadores que se dedicaban a los usos de la memoria. Ciertamente, jamás he sido un gran admirador de mis colegas que trabajan esos temas, porque, debo confesar, hay demasiada literatura y poco rigor histórico y, en general, desprecio a todo historiador que no sea capaz de resistir el interminable y agotador trabajo de archivo que forma nuestro carácter y temple. Buscar la verdad exige sacrificios siempre y, si no los has hecho, probablemente no has encontrado nada. Sin embargo, esas son mis fobias personales y no podría afirmar que Zapatero ha hundido el nivel de la historiografía española.

Fuese como fuera, pude detectar las lagunas en la argumentación de mi interlocutor y, a partir de ahí, exponer de forma más sólida mi argumentación. Por esa razón, el debate es maravilloso y nos ayuda a mejorar. El problema fue la respuesta que recibí. No se replicaron mis argumentos, el profesor comentó que era una persona muy inteligente, pero que hablaba como Arnaldo Otegui, que decía lo mismo que él. Me llamaron ETA, no es una broma. Y era 2008. Se había trazado el límite del consenso y me había quedado fuera. En un seminario de un departamento universitario, porque había incumplido una regla de oro de nuestro sistema político: jamás está justificada la violencia política. El tema ya no era que yo creyese o no creyese en la justificación de la violencia política. El tema es que no podía afirmar que alguien que creyese en el uso de la violencia política fuese un demócrata bajo ninguna circunstancia. Los demócratas del pasado o eran miembros de Amnistía Internacional o no eran demócratas. Ese es el problema de aplicar los muros del consenso político al debate académico, que terminas en absurdos que impiden plantear las preguntas adecuadas y, lógicamente, sólo tienes a tu disposición respuestas tan endebles como el autoengaño.

Por otra parte, que un reputado profesor te llame ETA cuando eres un doctorando de 27 años, pues es algo que puede intimidar a algunos. Es, básicamente, una señalización negativa: ya sabes que no has dicho lo correcto ante las personas correctas y, luego, con el tiempo ves que esas cosas sí tienen consecuencias. En el momento, no me preocupó, pero a mis espaldas ya llevaba la presión del doctorando perpetuo y protegido por mi departamento que, en una noche que había bebido demasiado, no tuvo reparos en dirigirse a mí de forma poco educada delante de otros profesores titulares, porque, por mis maneras, ya se intuía que no pensaba respetar un orden de prelación basado en la antigüedad y, bueno, eso también es romper el consenso. Por esa razón, nadie en su sano juicio en el mundo académico se atreve a debatir realmente si se encuentra en una situación precaria, porque la igualdad de los interlocutores siempre es fingida: el que manda, manda, y, cuánto más campechano y cercano es, peor. Por eso no se debate, no se intercambian ideas y no se mejora, porque es ganarse problemas. Todos estamos encantados de habernos conocido y de seguir con nuestro quid pro quo.
Esto ocurre porque buscamos el consenso. Y el consenso es un gran problema. Es el problema de nuestro sistema político como lo fue de la Restauración. El sistema canovista tenía como objetivo aislar a los radicales de izquierda, los republicanos, y los intransigentes católicos, los carlistas, para prevenir coaliciones revolucionarias o reaccionarias. La negociación cerrada entre las elites, la corrupción y el caciquismo remplazaban las elecciones limpias con el propósito de estabilizar las instituciones políticas sin necesidad de imponer medidas autoritarias. Obviamente, no era una democracia perfecta, pero desde 1891 sí existía el sufragio universal masculino. Este es el clásico dilema entre una democracia formal (sólo para hombres en este caso) y una democracia llamada real (una participación política más amplia que el derecho al voto), porque las elites gobernaban el país usando el patronazgo, a pesar de que parte de la sociedad civil denunciaba estas prácticas y los republicanos movilizaban a la población para reformar el sistema. Por otra parte, la corrupción estaba extendida gracias a la tolerancia de importantes sectores de la sociedad, que se beneficiaban de colaborar con los jefes políticos.

De este modo, se garantizaba la paz social, pero se condenaba al país a la inacción, porque liberales y conservadores estaban atrapados en la trampa del consenso. Como el objetivo del sistema era lograr un consenso que estabilizase la sociedad, la legitimidad del sistema venía del consenso que lograba, por lo tanto, romper el consenso significaba quebrar la legitimidad del sistema y, con ello, el sistema mismo. Pero, además, ninguno de los dos partidos podía decidir aplicar sus políticas en contra del criterio de su adversario, porque como los dos partidos eran corruptos, ambos carecían de legitimidad para imponer una nueva agenda política. Toda su legitimidad provenía de estar de acuerdo. Por eso, cuando se aprobaban leyes o reformas polémicas, estas se desvirtuaban por completo en su puesta en práctica y la disputa política quedaba en pura representación.

El problema era que el consenso político no era exactamente la manifestación directa de los deseos de la sociedad, pero, al igual que hoy en día, esa distancia es el irresoluble conflicto que surge de intentar reconciliar las instituciones representativas con la participación política directa. De hecho, el patronazgo y el caciquismo son soluciones pragmáticas que permiten la colaboración entre el pueblo común y las elites, al mismo tiempo que garantizan la tutela sobre la opinión pública y la sociedad civil. Los efectos son destruir el concepto de independencia política y el de bien público en sí mismo, porque estar dentro de estas redes significa aceptar que la política es un simple campo de batalla entre facciones persiguiendo sus intereses particulares. De este modo, la práctica política corrompe a los agentes y el sistema se mantiene porque es capaz de satisfacer sus intereses egoístas. Y esto no se puede reformar desde dentro. Es imposible. Estos sistemas colapsan, quiebran o se hunden, pero son irreformables, porque desde el momento que emerge una nueva autoridad independiente e intenta aplicar un criterio de justicia o legalidad que no esté contaminado no hay un punto en el que terminar.

Todo está contaminado, todo puede ser cuestionado. Una vez no hay consenso, el sistema está completamente vaciado de legitimidad.

En esa ruptura contenida estamos también atrapados. Los grandes consensos de la transición han estrechado el margen de acción y discusión política a unos extremos que paralizan cualquier acción de gobierno. Podemos tener terceras elecciones, pero el problema real es que, dentro del marco de la Unión Europea, no se puede tomar ninguna decisión para intentar solventar una crisis de deuda. Sin soberanía monetaria es imposible. Hagamos lo que hagamos da igual, porque no decidimos nosotros. Ningún partido político se atreve a romper el consenso del Euro, porque la pertenencia a la Unión Europea fue la prueba de validación democrática que los artífices de la transición emplearon para demostrarnos que ya éramos una democracia homologable al resto de Europa. Romper el consenso del Euro es romper el consenso de la Transición y entender que eso de homologar democracias europeas modernas puede sonar muy bien en los papers de los polítologos, pero los sistemas políticos y sus sociedades son un poco más complejas de lo que estos expertos taxidermistas creen.

Iremos a unas terceras elecciones y los partidos políticos seguirán diciendo lo mismo que dijeron en las primeras, porque no se puede proponer nada más sin romper el consenso. Sólo el tema del referéndum catalán escapa a esos márgenes y, por eso, cada vez uno tiene más la impresión que la voladura ocurrirá por esa fractura. Toda la tensión contenida se descargará en ese escenario. Después del Bréxit, puede que alguien allí se atreva a proponer que una República catalana independiente tiene sentido fuera de la Unión Europea. Una vez se atrevan a verbalizarlo, descubrirán que, cuando las palabras no se desgastan por la retórica artificiosa, tienen un fuerza que arrastra los acontecimientos.

¿Consumimos o consumidas?


Marina Mariscal Muñoz - Rebelión
 
El modelo de consumo de la sociedad actual responde a una problemática del sistema capitalista mundial que está dirigiendo el desarrollo de los pueblos, no dejando vías para un desarrollo sostenible y equitativo de los mismos. Al fenómeno del consumismo se le considera en nuestros días un problema global, cuya causa principal es el desarrollo económico salvaje de los países del norte a costa de los países pobres y los recursos naturales del planeta, cada vez más escasos. 

La sociedad de consumo vertebra una realidad en la que las necesidades básicas de las personas son sustituidas por el deseo del consumo en sí. El éxito del consumismo radica en la capacidad de crear nuevas “necesidades” a las personas, las cuales se convierten en sujetos de deseo enmarcadas en un estado permanente de insatisfacción, de ahí su necesidad de consumir constantemente (usar-tirar-comprar). El consumo ya no es un medio para la propia supervivencia, sino un fin en sí mismo que rinde pleitesía a las estrategias de crecimiento del capital. 

No debemos olvidar el rol que cumple la publicidad como herramienta base en la construcción de la sociedad del consumo. La actividad publicitaria forma parte del entramado de transmisión ideológica del capitalismo por la cual se construyen placeres y deseos, dentro de una lógica emocional e irracional, que han de ser saciados de forma inmediata e inconsciente. Es aquí cuando hablamos de una imposición del modelo de consumo que se presenta ante la sociedad como un “privilegio” debido a la lógica publicitaria, que construye una visión de la vida llena de goces y placeres que hay que obtener, en detrimento de lo realmente necesario para vivir. 

Esta lógica publicitaria del consumo al servicio del mercado y la producción capitalista genera a su vez unos estereotipos de género que merecen especial atención en estas líneas. Bien sabemos que en la sociedad de consumo cualquier producto, bien, objeto o persona es potencialmente consumible, y el cuerpo de la mujer es un gran ejemplo de ello. El modelo capitalista heteropatriarcal en que la sociedad está inmersa reduce a la mujer a un objeto de deseo y atracción que ha de ser explotado en el mercado para obtener beneficios. En el caso de los anuncios publicitarios, los roles de género se intensifican; por un lado se nos presenta al hombre como el soporte económico de la familia que tiene obligaciones importantes y que además disfruta de goces y caprichos en espacios no domésticos. Por otro lado, la mujer cumple el papel de los cuidados de la casa, la familia y se preocupa más por satisfacer las necesidades y deseos del resto que los suyos propios. Por todo ello, los hábitos de consumo creados por la publicidad aumentan las desigualdades de género en nuestras sociedades, potenciando aún más la ya poderosa estructura patriarcal existente. 

Pero este consumismo, además del aumento de las desigualdades de género, tiene otros muchos efectos negativos. La globalización y relación norte-sur en la que se asienta el sistema internacional actual, genera una interdependencia entre países que, en el marco del sistema capitalista, puede tener graves consecuencias para las personas y los pueblos. Las acciones de producción y consumo de los países ricos influyen decisivamente en otros países del mundo, generando enormes desigualdades entre personas, culturas, sociedades, etc. 

Otra de las graves consecuencias de este ansia de comprar y tirar afecta directamente a nuestra ecodependencia. Es preocupante ver cómo está relacionado directamente el consumismo con la destrucción de nuestro planeta y la explotación (y expropiación) de los recursos naturales, que en la mayoría de los casos afectan a la economía local de algún pueblo y pasan a ser beneficios de grandes multinacionales de los países del norte. La ausencia de conciencia medioambiental así como el poco respeto que se tiene a los pueblos y a sus recursos naturales es el ingrediente clave para el triunfo de la producción capitalista y el consumo de masas. 

El desarrollo económico del sistema capitalista, cuya base principal es el consumo, se sitúa por encima de los intereses de las personas y del medio natural, afectando a los derechos humanos, agotando recursos y generando residuos que provocarán un enorme daño en las generaciones futuras. Además, las diferencias de clase y género que provoca el consumismo son cada vez más grandes, lo que nos tiene que hacer pensar sobre las implicaciones sociales, económicas, políticas, sexuales y culturales que tienen nuestras relaciones de consumo. 

Es por todo ello que apostamos por una forma de consumo consciente, responsable, autónomo y sostenible que se desvincule del juego del mercado neoliberal e incentive la cooperación y la solidaridad entre los pueblos. Para ello no nos faltan alternativas, como promover el consumo de productos locales, el ahorro de energía, el transporte público o la concienciación sobre esta problemática que hemos descrito. Es necesario cambiar nuestros hábitos de consumo para construir una sociedad más igualitaria a nivel global y más crítica con el modelo económico capitalista. Para ello se hace imprescindible formarse y educarse desde pequeñas, poniéndole límites al exacerbado consumo y siendo conscientes del valor de las cosas y de nuestras necesidades reales. 

Se hace preciso replantearnos nuestras costumbres, hábitos, comodidades y criterios de consumo para luchar por un mundo más justo y sostenible, un mundo para las personas.

“El Titanic se está hundiendo, y la gente se pone a cazar Pokemon en cubierta”

 Rafa Ruiz - Ventana Verde


Traemos hoy a esta ‘Ventana Verde’ al filósofo y escritor catalán Jordi Pigem, para que en este caluroso mes nos aporte bocanadas de pensamiento fresco, para reivindicar otras maneras de estar en el mundo que se ven sepultadas por discursos que tratan de atemorizarnos. Autor de seis libros en torno al post-materialismo y la inteligencia vital, hemos hablado con este pensador, que, en la senda de los hermanos Panikkar/Pániker, cree que debemos superar el estado adolescente de adoración del ego, de la arrogancia del ser humano frente al resto de los seres vivos, y reconciliar nuestra mente con la naturaleza para salir de “la burbuja cognitiva” y de tanto vacío e incertidumbre en la sociedad occidental.

Las ganas de entrevistarle no daban ya más de sí tras haber leído tres de sus libros: Buena Crisis, GPS (Global Personal Social) e Inteligencia Vital (los tres publicados por Kairós); libros de ésos que te despiertan y motivan, de ésos que hasta con sencillos cruces de palabras y pensamientos te llevan a descubrir errores en nuestro juego vital y te hacen pensar más que discursos enteros de políticos: ¿Por qué no nos dedicamos ya a desarrollarnos en vez de arrollarnos? ¿Por qué nuestra apuesta monolítica por una mentalidad racional en vez de por una mentalidad relacional?
El pensamiento de la media docena de libros que ha publicado este doctor en Filosofía y escritor, nacido en Barcelona en 1964, se centra en subrayarnos dos ideas (y parece mentira que nos las tengan que recordar): “La vida no es un objeto”. “La sociedad del futuro será post-materialista o no será”. Y como única salida que nos sugiere: “Para reencontrar nuestro lugar en el mundo es necesario reconciliar la vida y la mente, la naturaleza y la inteligencia”.

Así que ahora que le tengo al otro lado del teléfono (vive, tranquilo, en L’Escala, Girona), intento poner en orden las cien preguntas que quiero hacerle, y comenzar por el principio: ¿Cómo es posible que nos hayamos olvidado, o nos hayan hecho olvidar, algo tan básico como que la vida no es un objeto, y que humano viene de humus, el sustrato orgánico del suelo, de la tierra? “El economicismo se ha volcado en el método de Descartes y nos ha llevado a reducir la visión del mundo a lo que es cuantificable, medible, monetizable, cuando está claro que las personas y las sociedades no se mueven sólo por esos parámetros; la tendencia ha sido reducir nuestras motivaciones a términos materiales, lo que resulta muy alienable, cuando también existen la dignidad, la justicia, la equidad… La ética y la estética”.

Frente a miradas interesadamente reduccionistas, una apertura del objetivo: perspectivas holísticas. Eso es, en esencia, lo que encontramos en Pigem.

Parte de algo consensuado por una corriente de la Psicología, que los seres humanos nos movemos primordialmente por dos fuerzas: el amor, por resumir en un término lo que representan la solidaridad, la empatía, la cooperación, el compañerismo, la amistad; y el miedo, con todo lo que entraña de protegerse, de luchar y competir para sobrevivir. “Puede haber una actitud de miedo o una actitud de amor. Y ha habido muchos intereses en el sistema capitalista para imponernos la idea de que somos seres individuales, que hemos venido aquí para consumir y competir. Cuando si partimos desde la otra perspectiva, la de la cooperación en vez de la competición, la de desarrollarnos en vez de arrollarnos, la de vivir y compartir en vez de luchar para sobrevivir, nos sentimos como parte de un todo, y no con la soberbia de creernos que hemos venido aquí para dominar el planeta y doblegar la naturaleza. De Darwin no han cogido ni sus reflexiones sobre que hay emociones en los animales, no, también han reducido su pensamiento para quedarse con lo que le interesaba al discurso capitalista, que es la parte de la lucha por la supervivencia, que sólo sobreviven los más aptos. El sistema ha tomado de Darwin lo que le interesaba, para afianzar su esquema competitivo de la sociedad, que hemos venido al mundo para competir”.

A partir de ahí, Jordi Pigem cree que la culpa de la brutal crisis no hay que buscarla sólo en burbujas financieras e inmobiliarias, sino, y sobre todo, en lo que él llama “la burbuja cognitiva”. “Mientras no cambiemos nuestra forma de estar en el mundo, nada se arreglará”. Todo serán parches.

En 2009, al principio del crac, escribía en Buena Crisis: “La crisis es como una vigorizante ducha fría. Una oportunidad para despertar”. Ya con la perspectiva de los siete años transcurridos, le pregunto si no pecó de optimista, si realmente cree que la crisis nos ha hecho reaccionar, revolvernos contra un sistema capitalista anti-humano. Contesta, rápido: “Ojo, que la crisis no ha acabado, eh; y no sabemos cómo va a terminar esto. Para empezar, yo ahora sí que veo grietas claras en el sistema; cosa que no veía por ningún lado a comienzos de los años noventa, cuando ejercía el periodismo ambiental, y lo dejé porque sentía que era como predicar en un desierto, que nadie se daba por aludido de ninguna alerta. Ahora la gente es muy crítica, por ejemplo, con los bancos, con las farmacéuticas; no confía ya en estas instituciones como antes; ha habido un 15-M, con todo lo que eso ha supuesto. Sí, la gente está despertando. Veo grietas por primera vez en el sistema, y no sabemos cómo va a terminar esto, porque no ha concluido. Antes todo se tapaba con la seducción del consumo: la lógica economicista capitalista callaba cualquier signo de rebeldía, legitimaba la destrucción de los ecosistemas porque la economía funcionaba, y seguíamos enganchados a una noria del consumo que no se detenía. En el momento en que esa noria se para, en que la seducción del consumo no sirve para acallar todo, ya no hay excusas para mantener todo como está, y cada vez más gente se empieza a plantear si no serán necesarios cambios profundos”.

Pero a renglón seguido reconoce que resulta descorazonador que aún en 2016 sigamos jugando a no enterarnos. Y tomando una de las anécdotas, pero muy significativa, de este verano, recogida por todos los medios, el boom de realidad ampliada de los caza-Pokemon, piensa en voz alta para transmitirnos nuestra irresponsabilidad: “Se está hundiendo el Titanic y nosotros nos dedicamos a jugar cazando Pokemon en la cubierta. ¿Cómo es posible que un mundo con tanta información sobre lo que estamos destruyendo, que estamos destruyendo la base de nuestra existencia, mire para otro lado y no decida cambiar el rumbo? Hay más conciencia ambiental, sin duda, y hay parcelas en las que hemos avanzado muchísimo, como en todo lo referente al reciclaje. Hay más conciencia de los problemas, pero también veo más distracción. En un mundo al borde del colapso, es curioso que cada vez haya más entretenimientos para que nos olvidemos de pensar, para que ocultemos las cabezas como avestruces. Yo creo que no es casualidad, sino que hay un interés poco disimulado del sistema en ese potencial de distracción”.

Material sin duda para un nuevo libro, tras el último que ha publicado hace unos meses, Inteligencia Vital.

Como única salida al bloqueo actual, Jordi Pigem ve ese reencuentro con la naturaleza. Por eso hace suya esa máxima de “Todo hace de todo a todo”. Recuerda que ya Hipócrates, hace 25 siglos, decía que para entender las aflicciones de una persona había que estudiar su entorno: clima, humedad, vientos, agua, vegetación y paisaje… Y destaca en sus libros que ve una relación directa entre “el desequilibrio ecológico y el desequilibrio anímico”, entre el síndrome de déficit de naturaleza y el vacío existencial que desestabiliza a tantos seres humanos hoy día, y que se transforma, por ejemplo, en actos desesperados de violencia. Escribe Pigem en Buena Crisis: “La destrucción ecológica tiene su contrapartida en nuevas psicopatologías autodestructivas. El narcisismo, la esquizofrenia y la depresión que caracterizan a nuestra cultura se reflejan en el saqueo de paisajes, de comunidades y de nuestra vida interior”.

El filósofo Jordi Pigem en una de sus fotografías favoritas.
El filósofo Jordi Pigem en una de sus fotografías favoritas.

Y continúa, al otro lado del teléfono: “La revolución ecológica ha de ser cultural, ontológica, epistemológica, de nuestra manera de conocer. Frente al todo está relacionado con todo que propone una conciencia ecológica, nos encontramos con el vacío existencial contemporáneo; un vacío de narrativas coherentes, de fondo. La ciencia nos ha sabido explicar muchas dudas, aportar muchas luces, pero no nos dice nada de la ética, ni de nuestro lugar en el mundo. Hemos construido una vida tan artificial, tan compartimentada, tan aislada de los ritmos de la naturaleza, que nos hemos refugiado en el individualismo. Ese vacío interior tratamos de llenarlo comprando más y más, y ese consumismo desorbitado nos deja al mismo tiempo cada vez más vacíos, como en un bucle. Hay experiencias muy interesantes de economía circular y de economías alternativas, pero nada cambiará si no transformamos nuestra manera de pensar y de estar en el mundo. Si seguimos en la arrogancia humana de querer controlarlo todo, pensando que estamos por encima de la naturaleza, que nuestro único objetivo aquí es hacer crecer el PIB, nada cambiará”. Entre los pensadores de cabecera, Pigem tiene a E. F. Schumacher, que en los años 70 publicó un libro de referencia de la economía ecológica, Lo pequeño es hermoso, en el que critica la obsesión moderna por el gigantismo y la aceleración, y propone algo que nos sigue sonando insólito: “Una economía como si la gente tuviera importancia”.
Burbuja cognitiva. Ducha de agua fría. Despertar. Recuerda Pigem, en un guiño que podemos asociar a nuestra revista: “El origen de todo saber y todo gozar es el asombro ante el mundo. Platón y Aristóteles vieron en dicho asombro (Thaumazein) la raíz de todo filosofar. Con el paso de los siglos, sin embargo, dicho asombro se fue marchitando, eclipsado por un pensar materialista y calculador, que prefiere ver el mundo como algo mecánico y controlable”.

Asombrémonos. Y no nos acostumbremos a estar desacostumbrados, al humano distanciado del humus. Terminamos nuestra charla, que daría para días enteros, con dos frases de Gandhi para concienciarnos de que cada uno tiene en su mano el cambio, y no es un manual de autoayuda, sino un manual para no hundir nuestro Titanic: “En la medida en que una sola persona haga algo bien, todo el mundo gana; en la medida en que una sola persona se pierda, todo el mundo pierde”. “En el mundo hay suficiente para las necesidades de todos, pero no hay suficiente para la codicia de nadie”.

El 'decrecimiento económico', una propuesta para salir de la crisis

Lourdes Francia


La llave para salir de la crisis actual podría estar en el decrecimiento, es decir, en una reducción del crecimiento económico, según las tesis de un movimiento científico, académico y social que este fin de semana celebra su segunda conferencia internacional en Barcelona.

"El crecimiento económico se vende como bueno para todos cuando sólo beneficia a unos pocos", resume Federico Demaría, investigador en el Instituto de Ciencias y Tecnologías Ambientales (ICTA) de la Universidad Autónoma de Barcelona y uno de los organizadores de este encuentro.

Durante tres días, medio millar de académicos y científicos de 40 países tratarán de encontrar la mejor forma de "decrecer de forma voluntaria". El debate se articula en 57 grupos de trabajo que debatirán, entre otras muchas cosas, sobre reparto del trabajo, el freno a la construcción de infraestructuras, la reducción de la explotación de recursos naturales o fórmulas de reutilización de viviendas vacías.

Trabajar menos y vivir más

El reparto del trabajo es uno de los pilares de los modelos de transición previstos por el decrecimiento para conseguir sistemas de producción y consumo más reducidos y sostenibles.

Así, proponen semanas con tres días laborables y cuatro festivos, lo que permitiría reducir el paro en los países desarrollados y desvincular la vida privada del sistema económico, según Jean-Christophe Giuliani, uno de los ponentes en la conferencia de Barcelona.

Estos cambios "son difíciles de imaginar desde la forma de vida actual", reconoce Federico Demaría, "la sociedad no cree que se pueda trabajar la mitad y vivir con mejor calidad de vida". Se trataría, según este investigador del ICTA, de "redefinir qué es el trabajo, quizá empezando por el nombre, que viene de tripallium, un yugo de tres palos al que se ataba a los esclavos para azotarlos".

Infraestructuras, sólo las necesarias

Otro de los capítulos clave en esta teoría es la reducción de grandes infraestructuras, tanto de transportes como las destinadas a proveer servicios de agua o energía. Primero, su construcción absorbe grandes recursos económicos y causa impactos en el medio natural. Después, una vez acabadas, "generan más consumo de transporte, de agua o de energía y a más larga distancia", según uno de los documentos presentados en Barcelona por Ecologistas en Acción.

Además, argumentan, las grandes autopistas incentivan el uso del automóvil y, junto al tren de alta velocidad, aumentan la ocupación del territorio y la expansión urbana, fenómenos que se realizan muchas veces sin los recursos suficientes de agua o servicios básicos.

Otras infraestructuras que no deberían sobredimensionarse son los aeropuertos, puertos o líneas de tensión ya que, según el movimiento del decrecimiento, favorecen los mercados globales frente a los locales, mucho más sostenibles al generar trabajo, productos y riqueza en el entorno más cercano.

Lograr "el tamaño conveniente"

Apostar por un crecimiento continuo de las economías nacionales y global significa aumentar la producción, el consumo y la inversión, y eso implica usar más materiales, energía y tierra. Pero esos recursos no son infinitos y en los últimos años, argumentan estos investigadores, las prácticas de la economía global actual han abusado de ellos hasta sobrepasar los límites de lo sostenible tanto en términos sociales y como de medio ambiente.

Así, sus teorías apuestan por que cada comunidad, municipio, región y país busquen "el tamaño conveniente" para sus economías. Para los más ricos significaría reducir su sistema económico y su PIB -en resumen, decrecer-, mientras que para los pobres se traduciría en un aumento del consumo de forma sostenible. En definitiva, se produciría una redistribución de recursos y costes a todos los niveles.

Decrecer para evitar una crisis peor

Es lo que Miguel Valencia, un ingeniero químico mexicano que ha fundado la primera red por el decrecimiento en Iberoamérica, trata de transmitir en su país, México, "reclamando a las clases medias y altas que cambien su forma de vida porque es más importante una vida más simple, menos consumista, que otra con miles de aparatos".
 
Con la actual crisis económica, explica Valencia, "se está produciendo un decrecimiento involuntario, cada vez escasean más recursos y hay más gente pobre". Por eso, asevera, "es mejor decrecer de forma voluntaria y organizada que jugar al crecimiento y conseguir todo lo contrario".

Y a ese juego, según este ingeniero ecologista, están jugando los líderes mundiales "con el terrible relanzamiento del crecimiento económico, que va a destruir aún más la naturaleza y va a castigar a la mayoría de la sociedad". Y lo más inminente, según él, será una nueva crisis del petróleo: "será enorme; va a subir muchísimo su precio y eso va a llevar al traste todos estos intentos de crecimiento económico".

Más allá del esfuerzo individual

Hasta ahora, las propuestas más conocidas del decrecimiento han sido las relacionadas con el reciclaje, el ahorro energético y la reducción de todo tipo de consumos, todas ellas impulsadas desde hace años por las organizaciones ecologistas. Pero ahora, esas actuaciones limitadas al nivel individual o familar "ya no son suficientes", según Federico Demaría.


"La situación en la que estamos es tan grave y tan seria que se necesitan acciones colectivas, que vayan desde el ámbito comunitario o municipal hasta el nacional y transnacional", advierte.

Por eso, continúa este investigador italiano, se mantendrán las estrategias típicas de un movimiento social (talleres, charlas, publicaciones) al tiempo que se trata de extender y profundizar trabajos de investigación que aporten soluciones para un decrecimiento organizado. Y también se buscará que las formaciones políticas tomen en cuenta estas teorías, "que se posicionen". "Nosotros no somos políticos", advierte Demaría, "pero queremos influir en los políticos".

"Darwinismo social militarizado"

Por ahora, "nada de lo que dicen los teóricos del decrecimiento está incluído en los planes de ningún político", afirma tajante el profesor de Política en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) Carlos Taibo.


Y sin embargo, Taibo asegura que "muchos centros del poder político y económico son muy conscientes de la escasez que se avecina y, por eso, se han puesto manos a la obra para proteger esos recursos escasos en provecho de una minoría de la población mundial. Es lo que he llamado darwinismo social militarizado, que tendrá tremendas consecuencias demográficas, por ejemplo, al tratar de reducir la población mundial, siempre del lado de los más desfavorecidos". Y ahí, señala, por ejemplo, se inscriben las políticas de inmigración que están poniendo en marcha los países europeos.

El profesor de la UAM remarca que en ningún caso, el decrecimiento defiende "una sociedad puritana, en la que seamos infelices. Todo lo contrario: se busca una verdadera calidad de vida, porque el hiperconsumismo no la da".

La trampa del crecimiento

En un artículo imprescindible, el imprescindible John Michael Greer plantea una línea de análisis que  pone de cabeza y dispara al corazón del paradigma hegemónico de la economía moderna tanto a derecha como a izquierda. ¿Qué es el progreso? se pregunta. Y responde: “lo que hace que un cambio califique como progreso” (entendido como complejización, crecimiento y desarrollo económico y tecnológico), “es que aumenta la externalización de los costos.” Al poner el foco en las externalidades (“los costos [económicos, sociales y ambientales] de una actividad económica que no son pagados por ninguna de las partes en un intercambio, sino que le son cargados a la cuenta de otros”), Greer revela que éstas son condición necesaria para el progreso, ya que si las “partes involucradas” (productores o consumidores, por ejemplo) se hicieran cargo de los costos totales, llegaría un punto de complejidad tecnológica a partir del cual las actividades económicas a ella asociadas dejarían de ser rentables. El progreso, entonces, sólo es posible cuando no se hace cargo de parte de sus costos e impactos sobre los sistemas en los que se produce, costos e impactos que se traducen necesariamente en una degradación creciente de sociedades y ecosistemas, que por ello terminarían colapsando (ya que su capacidad de carga y regeneración tiene un límite) y con esto poniendo fin al propio progreso.

Desde esta perspectiva, la discusión en torno a las bondades del desarrollo y el crecimiento económico debería ser reformulada. El 4 de marzo, en el debate “Riqueza y pobreza en el Uruguay” que contó con la participación de Andrea Vigorito, Fernando Isabella, Rodrigo Alonso y Gabriel Delacoste, los tres últimos, protagonistas de una reciente polémica sobre el asunto en la diaria y Brecha, Isabella continuó su defensa del crecimiento económico como algo si no bueno, al menos necesario (además de inevitable) para el progreso social. En este sentido, al considerar los problemas ambientales del desarrollo económico, si bien expresó que no es su intención “minimizarlos”, puso la prioridad en el “máximo desarrollo de las fuerzas productivas”. Y aquí está el problema de este enfoque, ya que, como mencionábamos antes, éste desarrollo implica una abierta contradicción con la pervivencia de los soportes bio-sociales que lo hacen posible.

Podemos suponer que para Isabella, preocuparse por el problema ambiental mientras se tienen como norte el progreso y el crecimiento económico, implica el uso de tecnologías “limpias”, leyes que controlen y penalicen la contaminación a partir de cierto nivel, etc., es decir, lo que se llama “desarrollo sustentable”. El problema con esto es que el crecimiento económico es por definición insostenible (no se puede crecer infinitamente en un planeta finito), y porque como fue señalado al principio, a mayor complejidad, mayores externalidades.

Así, la mejor solución para el problema de la contaminación no es desarrollar tecnologías cada vez más complejas para remediar las externalidades causadas por formas de producción y tecnologías cada vez más complejas (una espiral absurda), sino el uso de tecnología apropiada que no destruya los ciclos naturales o, mejor aún, que los utilice en su favor.

La termoeconomía explica que eso que llamamos “producción” no es más que la transformación y el pasaje de materia y energía de la naturaleza a la economía de las sociedades humanas (siendo los desechos y la polución el proceso inverso). Como decíamos, los ecosistemas poseen sus ciclos de regeneración y una determinada capacidad de carga, de modo que pueden “absorber” y procesar cierto nivel de disrupción sin que su normal funcionamiento (su conservación) se vea demasiado alterado. Pero llega un momento en que, si la presión sobrepasa cierto umbral, los ciclos se rompen y los sistemas eventualmente colapsan.

Esto es precisamente a lo que conduce el máximo desarrollo de las fuerzas productivas, y por eso mismo el discurso izquierdista debería replantearse seriamente tal principio fundacional suyo. Es la historia de nuestra civilización industrial: a mayor progreso, mayor disrupción ecológica, hasta el punto culminante y global del caos climático que ya está aquí.

Bien puede usarse el caso uruguayo como ejemplo de todo lo expuesto. Nadie puede dudar que nuestro crecimiento económico ha ido acompañado de una degradación igualmente creciente de nuestro ecosistema, siendo la contaminación del agua quizás el caso más paradigmático. Pero la contaminación y destrucción de los suelos vía monocultivos forestales y sojeros (éstos, con la aplicación indiscriminada del cancerígeno glifosato y otros agrotóxicos) es también alarmante, con graves consecuencias sobre nuestro tejido económico y social, como la sangría constante de miles de pequeños y medianos productores rurales, muchos de ellos productores de alimentos que luego debemos importar a precios inflados, en un éxodo rural producto de una expansión del latifundio y una concentración de la tierra como no se han visto aquí en 300 años.

Mientras tanto, el PBI crece, y crece la recaudación fiscal. El Estado puede redistribuir parte de ella para beneficio de la sociedad, y cabe suponer que una porción se destina a paliar los peores efectos de la destrucción ambiental, ya sea invirtiendo cada vez más en potabilizar un agua cada vez menos potable o elevando el gasto para la atención de problemas de salud derivados de la contaminación. Pero es un ciclo perverso (e insostenible) pues, ¿no vale más prevenir que curar? ¿Realmente estamos dispuestos como sociedad a ponerle un precio en dólares a nuestra salud colectiva? ¿Estaría usted dispuesto a dejarse cortar un brazo si eventualmente se lo reemplazan por uno mecánico de última generación?

Isabella sostiene que podemos crecer con un impacto positivo sobre el ambiente, y pone como ejemplo los molinos eólicos para la generación de electricidad, pero se equivoca. Porque el problema no es esta o aquella tecnología particular, sino el rol que cumple en el funcionamiento de todo el sistema del que es parte. Dejando de lado que la extracción de la materia prima, la fabricación, el traslado, la instalación y el mantenimiento de dichos molinos son actividades contaminantes que se realizan con tecnología industrial basada en energías fósiles, los molinos se instalan para generar más energía, es decir para crecer más, lo cual en términos absolutos empuja al alza la demanda y el consumo de más materia y energía (principalmente energía fósil), aumentando así la degradación ambiental ya descrita (el mismo proceso observable en nuestra historia para la hidroelectricidad, nuestra tradicional fuente de energía renovable, cuya adopción creciente a lo largo del siglo pasado no significó una disminución del consumo de petróleo, sino todo lo contrario).

Más allá de este ejemplo, el problema no es la existencia de formas de crecimiento que impacten positivamente sobre el ambiente (obsérvese cómo, cuando se sostiene tal cosa, el “impacto positivo” que se defiende suele consistir en aliviar a los ecosistemas de otras cargas que nosotros mismos les hemos impuesto, v.g. la quema de combustibles fósiles), que por definición son inexistentes, sino el ser concientes de los límites biofísicos de nuestro medio y en desarrollar formas de vida justas que se mantengan dentro de ellos.

Se me dirá, ¿pero qué puede hacer un pequeño e insignificante país como Uruguay en el concierto de una civilización global que ha atado su suerte al crecimiento económico y del que no se apartará, probablemente, hasta que sea demasiado tarde para sí? Y respondo: dar el ejemplo. Marcar el rumbo de la transición hacia una sociedad más justa y armónica, consigo misma y con el medio del que depende para su vida. No sería la primera vez que nuestro pequeño país es pionero en señalar caminos hacia un mundo mejor.
Concretamente, esto significaría, primero que nada, junto con la búsqueda de formas de desconcentración de la propiedad rural, abandonar el modelo forestal-sojero e implementar uno agroecológico (lo que podría tener sentido incluso dentro de los parámetros del actual capitalismo global, al apuntar a la producción agrícola de calidad, para la que hay buenos mercados, como ya hemos hecho con la ganadería).

En el referido debate, Isabella afirmó que no conoce “ninguna experiencia de transformación profunda que haya sido exitosa en contextos de estancamiento” pero sí “unas cuantas que se han frustrado por la falta de crecimiento económico.” Lo que oculta esa afirmación es la multitud de “experiencias” que han colapsado y desaparecido en buena medida a causa del crecimiento económico, que ilustran y dan fundamento histórico al análisis de Greer: los rapa nui, los romanos, los mayas, los vikingos de Groenlandia, los anasazi, los cahokianos… Nuestra civilización industrial ya usa en un año los recursos que el planeta tarda un año y medio en regenerar. ¿Tendremos que agregarla a la lista?

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El decrecimiento y el desarrollo sostenible

Paco Castejón


(Página Abierta, 244, mayo-junio de 2016).

El decrecimiento no es una buena alternativa al desarrollo sostenible. El término “decrecimiento” es introducido por Serge Latouche (Francia, 1940) a mediados de la década de los 2000. Con él se quiere reivindicar la necesidad de que el Producto Interior Bruto (PIB) de los países industrializados se contraiga y así se reduzca el impacto ambiental que las actividades económicas de esos países producen. De paso se abandona el paradigma del crecimiento, que es la guía económica de estos países y del capitalismo.

El decrecimiento es solo un elemento más del esquema mental de este autor posmoderno. Más importante en el pensamiento de Latouche es la oposición a un elemento del pensamiento occidental que él considera clave. Para él, el principal problema reside en el continuo que va desde el pensamiento científico hasta el desarrollo industrial. Nuestra ciencia, basada en el método científico, produciría de forma ciega desarrollo tecnológico, que da lugar, a su vez, al desarrollo industrial, que marca nuestra forma de vida y tiene efectos opresores.

Él critica todos estos elementos como un continuo inseparable, que es imposible embridar por la política o por cualquier institución, con un resultado siempre negativo para nuestras vidas y para el medio.

Latouche introduce otro término que es también importante en su pensamiento y que ha tenido menos predicamento: la “tecnomáquina”. Con esta palabra se refiere a una gigantesca construcción en la que todos participamos y en la que estamos prisioneros. Nuestras vidas formarían parte de un engranaje que engloba ciencia, tecnología, industria, actividad económica y cultura occidental. Latouche no rechaza las aportaciones de culturas indígenas para remediar estos problemas que nos trae la tecnomáquina. 

Contrasta esta construcción tan “moderna” –en el sentido de que posee una ordenación grande en la que participan sujetos claros con intereses definidos– con el desarrollo general de su pensamiento, de índole relativista. 

Recientemente, el término se ha extendido a más países –entre ellos, España– y se ha popularizado en los sectores ecologistas y, también, en algunos sectores de izquierdas y libertarios. Con esta extensión se amplía el significado del término de lo estrictamente económico a una filosofía de vida que debería extenderse a toda la sociedad para evitar el colapso ecológico.

La rápida asunción del término “decrecimiento”. Pronto se produce una asunción de este concepto por parte del movimiento ecologista y de algunos pensadores de izquierdas.

Una buena parte del ecologismo era crítica en el fin de la década de los noventa del siglo pasado con un concepto clave que había servido de guía a los pasos de este movimiento: el “desarrollo sostenible”. En esa época se producen interesantes debates en torno a este concepto, que se tratarán a continuación. Este sector, disconforme con la construcción del “desarrollo sostenible”, y ante el desgaste del término, busca nuevas explicaciones globales que le puedan servir de guía. 

Asimismo, esta corriente ecologista tiene el objetivo prioritario de derribar el capitalismo. Buscaría, por tanto, propuestas que resulten inasumibles para este sistema económico. Si el desarrollo sostenible ha sido asumido por el sistema capitalista, hay que buscar un concepto que resulte inasumible. Y ciertamente, el decrecimiento lo es en un sistema cuyo fin es el crecimiento.

Los grupos “decrecentistas-ambientalistas” suelen tener como objetivo final la construcción de un mundo donde la vida se desarrolle en comunidades pequeñas, autocentradas y casi sin necesidades de transporte. Algo a lo que desde luego no tienden ni las sociedades de los países industrializados, ni de los emergentes. 

Por extensión, el término decrecimiento es adoptado por algunas tendencias de pensamiento de izquierdas a la búsqueda de construcciones y teorías globales para una sociedad alternativa. Estas teorías asumirían las propuestas ecologistas, especialmente si ponen al capitalismo en un brete insalvable: si el capitalismo necesita crecimiento, defendamos el decrecimiento. 

Además de este hecho, el decrecimiento proporciona una explicación sencilla y compacta de lo que hay que hacer. Y el término resulta lo bastante ambiguo para acoger en su seno ideas y teorías diversas. No es extraño encontrar autores que se declaran hoy “decrecentistas” tras haber sido defensores del desarrollo sostenible.

Críticas al “desarrollo sostenible”. El desarrollo sostenible es un concepto que se extendió rápidamente en los años noventa. El término fue introducido por la entonces primera ministra noruega Gro Harlem Brundtland, autora del informe a la ONU titulado “Nuestro futuro común”. El desarrollo sostenible es aquel que permite satisfacer nuestras necesidades sin comprometer la satisfacción de las necesidades de las generaciones futuras.

Esta formulación resulta muy interesante, puesto que introduce el concepto de la solidaridad intergeneracional, pero tiene todavía algunos problemas que resolver. Estos problemas han hecho que muchos autores abandonen el término y declaren que no vale la pena trabajar para aclarar esos puntos más oscuros. 

El primer debate atañía al término en sí mismo. ¿Son “desarrollo” y “sostenible” términos compatibles? Algunos autores decían que es imposible desarrollarse sin causar impactos ambientales y sin consumir recursos no renovables. Para empezar es necesaria una buena definición de desarrollo. Otra vez según la ONU, “desarrollo” es el proceso de ampliar la gama de opciones de las personas. Formulado así, es posible desligar el desarrollo de los requerimientos materiales del consumo. 

Y es también posible distinguir desarrollo de crecimiento. Desde el punto de vista ambiental es muy sugerente poder distinguir calidad de cantidad: no todos los modelos de crecimiento económico son igual de destructivos. No es lo mismo aumentar el consumo de energía a base de renovables que a base de carbón o nuclear. Tampoco es igual desarrollar una industria de la construcción para enladrillar el territorio que para rehabilitar el parque de viviendas ya existente.

Aparece también un debate en torno al concepto de necesidad. ¿Cuáles de nuestras necesidades deben satisfacerse lícitamente? Una forma interesante de resolverlo es aceptar la postura de Manfred Max-Neef, según la cual, en todas las sociedades y épocas las necesidades humanas son muy parecidas. Tenemos nueve: subsistencia, protección, afecto, entendimiento, identidad, libertad, ocio, participación y creación. Cuando alguna necesidad no se ve cubierta nos enfrentamos con la pobreza, que puede ser material, cultural, social, espiritual… Lo que cambia de época en época y de cultura en cultura son los satisfactores, las formas de satisfacer las necesidades. De esta manera podemos buscar satisfactores que impacten lo menos posible contra el medio.

También hay que tener en cuenta la previsión del futuro. ¿En cuántas generaciones hay que pensar? Hay que reconocer que no sabemos cómo será el futuro y qué acontecimientos importantes cambiarán el mundo, y en qué sentido. ¿Cómo saber cómo será el mundo y de qué satisfactores se dispondrá?
Además, hay que considerar los tres pilares de la sostenibilidad: ambiental, social y económico. ¿A cuál se le da más peso? ¿Qué ocurre cuando entran en contradicción? A menudo nos toca elegir entre un beneficio social a corto plazo, que implica un cierto impacto ambiental, o bien, la explotación de un bien natural que permite el desarrollo económico.

Por si esto fuera poco, el término ha sido asumido por numerosos agentes económicos y políticos que en absoluto se plantean la necesidad de un respeto al medio ambiente. Todo se torna en sostenible y ecológico, incluidos el automóvil privado o la energía nuclear. Se llega a acuñar el término de crecimiento sostenible, que sí resulta contradictorio, o, peor aún, crecimiento sostenido. 

Desde mi punto de vista, el desarrollo sostenible, como otros términos que nos han resultado muy operativos, no debería abandonarse y deberíamos luchar por su construcción y su interpretación, y porque conserve el significado original.

El crecimiento y los límites. Es evidente que la Tierra es un sistema finito y que, a pesar de la energía que permanentemente le llega del Sol, posee límites: el terreno, la cantidad de ciertos materiales, etc. Por tanto, resulta extraño construir una teoría económica y un sistema económico basado en el crecimiento perpetuo, sin reparar en que esté basado en el consumo de recursos naturales limitados. 

Es necesario introducir el concepto de límite en la teoría económica y mirar a los ecosistemas como abiertos, pero finitos. Los bienes naturales deben ser evaluados de alguna manera. El reciclaje, los procesos cíclicos en que los productos de uno son los insumos de otro, debería estar en la base de nuestra producción. 

La sostenibilidad implica consumir solo recursos renovables a un ritmo menor que el que tardan en regenerarse, siempre que sea posible. Y también implica sustituir los recursos no renovables por otros renovables.

Pero, además, es preciso introducir el concepto de límite en las mentalidades. Seguimos viviendo y consumiendo como si el mundo fuera infinito, como si los tanques de las gasolineras se llenaran de combustible de forma mágica y siempre fuéramos a tener combustible disponible para nuestros coches. Es curioso que, a pesar de la finitud de nuestra vida, consumamos y vivamos como si todo fuera ilimitado. 

Crítica al PIB como indicador. La forma de medir el rendimiento económico de un país, el Producto Interior Bruto (PIB), adolece de graves problemas que lo invalidan como un buen indicador económico.

El PIB a menudo no tiene en cuenta los recursos naturales, y no cuenta la riqueza económica que estos suponen, bien cuando se destruyen o cuando se consumen. Esto hace que se falseen los precios de los bienes y servicios, puesto que no cuentan de forma íntegra el valor de lo que se consume. Esto es lo que se conoce como externalidades: el valor de los productos y de los servicios no reconocido en su precio final. La forma de corregir este problema, de “internalizar las externalidades”, es introducir ecotasas que, al menos, lancen señales del valor ambiental y social de lo que se consume.
El PIB aumenta cuando se realiza una actividad que daña el medio, sin descontar los daños que esta actividad produce. Sorprendentemente, los trabajos encaminados a descontaminar o a restaurar el medio también contribuyen al PIB. ¿No sería más sensato restar ambas contribuciones? 

Las sinergias entre diferentes impactos o acciones tampoco se tienen en cuenta en el PIB. Nos limitamos a sumar, cuando muy a menudo el producto final es más que la suma de los términos. Esto sucede, por ejemplo, con la contaminación atmosférica en la que se cuentan por separado los diferentes contaminantes sin considerar el daño combinado que producen. 

Otro problema es que no se pueden contar cabalmente algunos bienes naturales: ¿cuánto costaría, por ejemplo, la última pareja de ballenas? Se dice que el valor es el que los consumidores estén dispuestos a pagar (willing to pay); pero esto no es satisfactorio, por resultar totalmente subjetivo. Es imposible conocer el valor económico de esas especies. ¿Cuánto cuesta la vida humana? Según las evaluaciones económicas, la prima que uno obtendría en un seguro de vida. Ni qué decir tiene que se trata de una evaluación totalmente insuficiente.

El PIB debe ser reformado para incorporar paulatinamente los costes naturales en la contabilidad. Pero, además, se hace imprescindible la protección de algunos bienes naturales con la regulación y la planificación.

Un binomio maldito: crecimiento y PIB. Es necesaria otra teoría económica. En efecto, el problema viene de la construcción de un binomio maldito: crecimiento y PIB. 

En la economía realmente existente, el éxito se mide en crecimiento del PIB, lo que resulta muy negativo, dados los problemas que, como se ha visto, tienen ambos conceptos. Es necesario criticar el crecimiento del PIB como medida del éxito económico. No es posible el crecimiento indefinido del PIB sin ponerle numerosos adjetivos. Habría que señalar dónde y cómo se puede crecer y dónde no se puede, porque tarde o temprano se chocará con algún límite si no se tiene cuidado en cómo se crece. El desarrollo implica añadir el término de “calidad” a la forma de crecer.

Si mantenemos el PIB como está, casi ciego al capital natural y a los impactos ambientales, el crecimiento nos lleva a la superación de límites importantes del planeta y a producir daños ambientales globales que pueden incluso poner en  cuestión nuestra civilización. El cambio climático es el principal desafío al que nos enfrentamos. A pesar de que conocemos lo que se debe hacer para limitar el calentamiento global, las dinámicas políticas y económicas, junto con los enormes intereses que rodean las emisiones de gases de invernadero, impiden dar pasos más eficaces en la dirección apropiada.

Es imprescindible levantar otra teoría económica que corrija el indicador PIB para evitar los problemas que hoy conlleva, que pueda tener en cuenta los límites que la naturaleza impone y que valore de alguna manera los recursos naturales. En este marco, el decrecimiento no tendría lugar.
Recapitulando. Tras todo lo dicho, en mi opinión el “decrecimiento” no puede ser una propuesta a añadir al programa ecologista. Supone, en realidad, desenfocar el debate. No es buena idea centrarnos en si hay que crecer o decrecer, sino en construir una forma de desarrollo sostenible. 

Las propuestas ecologistas de aumentar la austeridad privada, disminuir el consumo de recursos, construir unos valores basados más en el ser que en el tener, primando la calidad sobre la cantidad, siguen siendo vigentes y no es preciso buscar nuevos conceptos. 

Más aún, un programa de políticas ecologistas podría producir crecimiento en el corto plazo, incluso en los países industrializados. Habría que cambiar el modelo energético, lo que implicaría detener las centrales nucleares, y proceder a su desmantelamiento, y aumentar la producción e instalación de sistemas para explotar las energías renovables; todo ello supondría actividad económica que sumar al PIB. 

Habría, también, que proceder a la rehabilitación del parque de viviendas para que fueran más eficientes energéticamente, lo que produciría actividad en el sector de la construcción y crecimiento del PIB. Lo mismo habría que decir de la modificación del urbanismo, etc. Todas estas actividades, por cierto, suponen la creación de numerosos puestos de trabajo.

Es cierto que, a largo plazo, el respeto con el medio ambiente implicaría un estancamiento secular e, incluso, decrecimiento económico. Pero aún falta camino que recorrer para llegar ahí.

La aceptación del decrecimiento como guía supone abandonar el trabajo para reformar la teoría económica y el PIB como índice. Habría que explicar que, en realidad, no nos importaría crecer en algunos aspectos: economía inmaterial, o basada en energía y productos renovables, y servicios sociales.

Encerrarnos en el decrecimiento nos mete en un callejón sin salida. Renunciamos a reformar el desarrollo realmente existente y lo impugnamos, en lugar de buscar estrategias que permitan combinar la mejora de las condiciones de vida de las sociedades, urbanas y rurales, con la protección ambiental.

El decrecimiento no es ni siquiera un buen eslogan en época de crisis. En estos momentos, la sociedad asocia decrecimiento a crisis y a problemas económicos. Sería necesario explicar que el decrecimiento económico habría de venir acompañado de un sinnúmero de medidas de emergencia social, de redistribución de los recursos y de cambios en el modelo energético y productivo. Algunos autores hablan de “decrecimiento sostenible” para tener en cuenta todos estos problemas.

En mi opinión, es mejor seguir trabajando por perfeccionar el concepto “desarrollo sostenible” e intentar pulirlo para librarlo de los problemas que conlleva. También es preciso seguir luchando por la interpretación del término, despojándolo de lecturas interesadas. 

El desarrollo sostenible puede funcionar como un sistema normativo que se vaya introduciendo en los valores sociales y en la forma de vida, para que, además, influya en las políticas y en los procesos económicos.