Cinco argumentos a favor del decrecimiento

Giorgos Kallis  - Uneven Earth

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El desarrollo sostenible y su reencarnación más reciente, el crecimiento verde, prometen la imposible hazaña de continuar el crecimiento económico sin dañar el medioambiente. Los defensores del decrecimiento, a diferencia, no pretenden apostar por un desarrollo mejor ni más verde, sino idear y aplicar una visión alternativa al desarrollo moderno basada en el límite al crecimiento.

El decrecimiento hace vacilar la mirada de sentido común que ve al crecimiento como algo bueno. Como decía la autora Estadounidense de ciencia ficción, Úrsula le Guin, se trata de “obstaculizar con un cerdo la vía del tren que nos lleva a un futuro de una única dirección, el crecimiento.” O, dicho de otra forma, el decrecimiento es un “concepto misil” que abre el debate silenciado debido al irrefutable consenso que existe en torno al desarrollo sostenible.

1. El decrecimiento es subversivo

La primera crítica común contra el decrecimiento es que este representa un punto de vista pesimista y limitado —más una pesadilla que un sueño—. Pero esto depende de la perspectiva personal. Para los 3 500 participantes que asistieron a la última conferencia sobre el decrecimiento, el crecimiento es una pesadilla, el decrecimiento, un sueño. El crecimiento tiene más coste social que beneficios, como documentó Herman Daly, y es actualmente anti-económico. Nos acerca al desastre climático como muestran Kevin Anderson y Naomi Klein. Siendo así, ¿por qué tendríamos que proteger las ideas de crecimiento como si se tratara de una visión optimista?

Principalmente por dos razones. La primera que el decrecimiento asusta a mucha gente que aún cree que el crecimiento es beneficioso. La segunda porque el decrecimiento es políticamente ‘imposible’. Muchos dicen que no se puede hablar de decrecimiento en medio de una crisis.

Si nuestro papel como científicos y educadores fuera complacer a la opinión pública y satisfacer a aquellos que están en el poder, la tierra seguiría siendo plana. El decrecimiento, tal y como lo plantea Serge Latouche, es una afirmación secular contra el dios del Crecimiento. El crecimiento ha sustituido a la religión en las sociedades modernas, dando así sentido a todos los esfuerzos colectivos. El decrecimiento está pensado para ser subversivo. El decrecimiento modifica la percepción de los bueno y la percepción de los malo. En un principio, puede que el término “decrecimiento” no suene bien en una u otra lengua. Entonces, el objetivo es hacer que suene bien. A juzgar por un artículo reciente en The Guardian, que sostiene que el decrecimiento es una “palabra preciosa”, los defensores del decrecimiento lo están consiguiendo.

El decrecimiento no es un objetivo final. La “economía solidaria”, los “bienes comunales” o la “convivialidad” son visiones optimistas impulsadas por la comunidad defensora del decrecimiento. Aun así, si este futuro llega, vendrá acompañado de una reducción drástica en la extracción de materiales y energía, junto con una “forma de vida” que se simplificará de forma radical. El obstáculo principal en el camino hacia una Gran Transición de este tipo es la obsesión por el crecimiento. Vencer el miedo al decrecimiento y revertir la aprensión a vivir con menos en alegría, es un primer paso. 

2. Menos de lo malo + más de lo bueno = Decrecimiento

La segunda crítica contra el decrecimiento afirma que lo malo no es el crecimiento en sí, sino el mal crecimiento económico actual. El cuidado medioambiental, las energías renovables y los alimentos orgánicos necesitarán crecer en una Gran Transición; “necesitamos menos de lo ‘malo’… y más de lo ‘bueno’, como argumentó cierto comentarista.
¿Y quién no estaría de acuerdo? Los problemas empiezan cuando lo que nosotros vemos como bueno, otros lo ven como malo. El liberalismo, agrupado en nociones generalmente aceptadas como la “sostenibilidad”, aboga por una neutralidad apolítica cuando se trata de intereses conflictivos. Por el contrario, el decrecimiento apuesta por una parcialidad transparente. Aquello que normalmente se considera “Crecimiento” (autopistas, puentes, ejércitos, presas) es malo para “nosotros” los defensores del decrecimiento. Por lo contrario, algunas realidades que se consideran anacronismos en el escalafón del progreso (instituciones comunales, comida local fresca, pequeñas cooperativas, o molinos de viento), son buenas. Quizá decrecimiento es un término imperfecto para denominar este fenómeno. Aun así, es mejor que términos neutrales como “sostenibilidad” o “transición” sin más detalle de las implicaciones a futuro.

Otro problema con este argumento es que “lo bueno” se calcula en términos de crecimiento. Un 2 % anual duplica “algo bueno” cada 35 años. Si Egipto empezase a contar sus bienes con un metro cuadrado, y los multiplicara cada año hasta un 4,5 %, para finales del año 3 000, su población necesitaría 2,5 mil millones de sistemas solares para guardar sus trastos. El crecimiento perpetuo, incluido el de comida orgánica, es absurdo. Ya es hora de dejar atrás la idea de expansión perpetua y el término crecimiento. Debemos centrarnos en cosas beneficiosas que florezcan en una cantidad y calidad suficientes para satisfacer las necesidades básicas de las personas.

También tengo mis dudas en cuanto a que una transición hacia una economía de “cosas beneficiosas” pudiera soportar el crecimiento económico de PIB. Paul Krugman recientemente ha sugerido que si este fuera el caso, esto implicaría que una escisión absoluta, donde el crecimiento de la actividad económica continúa y el uso de recursos se reduce, sería posible. Sin embargo, déjenme nombrar tres razones por las que esto es poco probable.

En primer lugar, una economía renovable produciría menos exceso de energía (tasa de retorno energético) que la economía del petróleo. Una economía con un nivel de superávit menor tendría más intensidad de trabajo y sería por lo tanto más pequeña.

En segundo lugar, en teoría, podría parecer que lograr incrementar el PIB en las energías renovables, educación y salud, y reducirlo en asuntos militares, haría crecer el PIN y reducir el consumo de recursos. Esto se llama la desmaterialización de la economía hacia la dirección de una economía inmaterial. Pero esto es una fantasía. Los paneles solares, los hospitales, los laboratorios universitarios, entre otros, no son inmateriales, sino más bien productos finales en cadenas largas que utilizan material intermedio y primario, y que utilizan la energía y los recursos intensamente. Aun arriesgándome a llevar mi ejemplo demasiado lejos, el emblemático servicio de salud nacional británico fue subvencionado por el petróleo que está protegido con armas en todo el Suez.
En tercer lugar, la transición de lo que llamamos una economía de todoterrenos, que explota las fuentes intensivamente, a una economía sin peso, de coches eléctricos o de libros electrónicos, reduciría la producción pero sólo momentáneamente. Una vez se complete la transición, un mayor crecimiento de la economía de coches eléctricos y libros electrónicos, por muy pocos recursos que se utilicen, seguirá aumentando la producción.

Por supuesto que todo esto es muy complicado. En teoría, no podemos descartar la posibilidad de un crecimiento verde y desmaterializado, especialmente si redefinimos qué entendemos como crecimiento. Me gustaría ser aún más incrédulo: estoy de acuerdo en que simplemente deberíamos ignorar el PIB y hacer más de lo bueno, independientemente del efecto que esto pudiera tener en el crecimiento.

El problema, sin embargo, es que el sistema actual no es incrédulo. Sin el crecimiento del PIB, el sistema se colapsaría (véase Grecia). Los intereses establecidos que controlan el sistema no tienen ninguna voluntad de dejar caer el PIB (véase la reacción ante la regulación del clima por parte de los lobistas y los foros conservadores, como el club del crecimiento en EE. UU.). Ser incrédulo no es una opción.

En otras palabras, no podemos permitirnos ser incrédulos en un sistema que sí depende del crecimiento del PIB: tenemos que actuar para cambiar los fundamentos del sistema, de modo que no dependa más del crecimiento del PIB. Necesitamos más instituciones para hacer sostenible y socialmente estable el inevitable decrecimiento.

3. Superar el PIB equivale a superar el crecimiento

La tercera crítica al decrecimiento es que el problema no es el crecimiento sino el PIB. Si pudiéramos medir solo los bienes que ofrece una economía, como los masajes, y descontar los perjudiciales, como los vertidos de aceite, entonces no habría razón para no querer crecer.
En primer lugar, el crecimiento continuo de cualquier bien, incluso el del PIB perfeccionado, es un objetivo absurdo. Yo no quiero una tierra donde la gente dé suficientes masajes para satisfacer a 2,5 billones de sistemas solares. Medir el éxito según una serie de indicadores fiables es una cosa, pero pedir que sigan creciendo de manera continuada va a ser siempre una postura sin sentido.

En segundo lugar, el Producto Interno Bruto cuenta lo que vale para el sistema económico actual: la circulación de capital, sea cual fuese su fuente. La decisión de la UE de incluir las drogas y la prostitución en el PIB, pero excluir los servicios de asistencia social no remunerados, es ilustrativo. El PIB cuenta el valor total monetizado. Esto es lo que produce beneficios corporativos y fondos públicos y esto es lo que los gobiernos quieren asegurar y estabilizar. La medición es un epifenómeno; es el resultado del sistema social, no su causa. Es por esto que el PIB persiste a pesar de las críticas de economistas prominentes.

4. Tenemos que disminuir nuestro crecimiento, pero no para que ellos

A menudo se argumenta que el decrecimiento es irrelevante, incluso insultante, para la mayor parte del mundo que permanece en la pobreza. El argumento es que mientras “nosotros” (los ricos y sobrealimentados del norte) podríamos tener decrecimiento, “ellos” (los pobres, poco alimentados del sur) todavía quieren y necesitan crecer. Este es el discurso más poderoso que perpetúa la ideología del crecimiento que hay que descartar, pero con cuidado.

Todos nosotros, hasta cierto punto o durante algunas épocas, nos sentimos como ‘los del Sur’. Mis compatriotas griegos me dicen que el decrecimiento no es para nosotros, ya que ahora somos pobres y estamos en crisis. El 99 % de la población de EE. UU. tiene buenas razones para creer que es el 1 % el que debe decrecer para que ellos puedan crecer. Incluso cuando se encuesta a los millonarios sobre cuánto dinero necesitarían para sentirse económicamente seguros, normalmente aseguran que el doble de lo que ya tienen, independientemente de su salario en ese momento.

Las comparaciones de posición llevan a perseguir y perpetuar el crecimiento. La inseguridad económica, en todos los niveles de salario, hace que todos corran cada vez más rápido para no caerse. 
Y las crisis económicas, cuando los estándares de vida decaen repentinamente y la inseguridad se intensifica, son los momentos en los que la búsqueda de crecimiento resurge con más fuerza, y por lo tanto, como una causa progresiva en estos momentos. Nunca será un buen momento para decrecer.
La mayoría de los habitantes de este planeta no cuentan con acceso a los bienes básicos, como agua o salud pública, pero lo merecen, y esto puede llevar a un mayor uso de la energía y los recursos. No obstante, esto no se necesita formular en los términos absurdos del crecimiento perpetuo. Es una cuestión de distribución y suficiencia. En el Norte necesitamos decrecer para que las cosmologías y las políticas alternativas más cercanas al espíritu de suficiencia del sur (como Sumak Kawsay o Ubuntu) puedan florecer. Las alternativas del sur han sido colonizadas intelectualmente por el desarrollismo, y materialmente a través de industrias extractivas que en nombre del crecimiento traen destrucción y pobreza. Esta colonización tiene que acabar.

La misma lógica se puede aplicar a otros países en crisis económica. En Grecia no necesitamos “crecer” para salir de la crisis económica (como si fuéramos niños, que es la manera en que nos trata la Troika en la actualidad). Necesitamos elaborar modelos alternativos de suficiencia, algunos basados en el pasado griego, materializados en instituciones que nos dejarán prosperar sin crecimiento.

Desconfío de aquellos que hablan en nombre de otros, recordándome que, a diferencia de lo que yo, un intelectual elitista, creo, ‘la gente pobre’ sueña con televisiones de plasma y Ferraris, y no podemos negarles esos sueños. La mayoría de la gente que conozco, incluyéndome a mí mismo, sí que tienen sueños materialistas: nuestra sociedad de clases fuerza estas ideas en nosotros si queremos permanecer como miembros seguros y dignos de ella. Afortunadamente, también tenemos el anhelo de llevar una vida más sencilla, de vivir en comunidad, de contar con amistades, y muchas otras necesidades que van con el imaginario del decrecimiento. La pregunta es cómo cambiar las estructuras sociales y los contextos institucionales de forma que satisfagamos estas últimas aspiraciones y no nuestros peores deseos materialistas.

5. Dejar el crecimiento atrás es dejar el capitalismo atrás

El capitalismo es el conjunto de instituciones de propiedad, financieras y comerciales que crean competencia insaciable, y fuerzan de ese modo a las compañías a crecer o perecer. El exceso que esta dinámica genera se invierte constantemente en más crecimiento. Una sociedad sin crecimiento puede seguir teniendo mercados, propiedad privada o dinero. Pero como sostienen Edward y Robert Skidelsky, un sistema económico que no crece y en el que el capital deja de acumularse, deja de ser capitalismo, lo quieran llamar como lo quieran llamar. Las instituciones de propiedad, crédito o empleo tendrían que reconfigurarse de forma radical para que el sistema fuera estable aun sin crecimiento. Tales reformas radicales incluyen propuestas como la asignación de un salario básico por ciudadano o el control público del dinero.

Las compañías benévolas como Mondragon o Novo Nordisk, que combinan la apreciación económica social y del medioambiente, son excepciones poco comunes por una razón. En una economía capitalista el beneficio es el punto de partida. Las preocupaciones sociales y medioambientales pueden admitirse por unos pocos actores, que pueden aumentar sus mercados y hacer dinero gracias a consumidores socialmente responsables. Tal y como lo describía George Monbit, “el capitalismo puede vender muchas cosas, pero no puede vender menos”.


Si la corporación comprende la economía de crecimiento globalizada, las cooperativas son el emblema de una economía de decrecimiento localizada. En una economía que no va a crecer más, las cooperativas de trabajadores o consumidores que no dependen de beneficios en continuo crecimiento tienen una ventaja natural. Es evidente que no todas las cooperativas poseen las características que las hace aptas para una transición al decrecimiento. Distinguiré la economía colaborativa de la “economía de alquiler” de AirBnB y otras corporaciones capitalistas similares que, independientemente de lo innovadoras que sean, reproducen la búsqueda de rédito y la dinámica de crear un superávit constante.


En conclusión

En este apartado sería apropiado citar a Tim Jackson: “El crecimiento no es compatible con un medioambiente sostenible, pero el decrecimiento es socialmente inestable”. Curiosamente, esta afirmación a menudo se menciona en contra del decrecimiento, de manera que se insiste en plantear un futuro único en el que tenemos que hacer sostenible el crecimiento y esperar un milagro tecnológico o social. Los adeptos a este paraíso tecnológico a menudo hacen referencia a innovaciones como casas inteligentes, hidroponía, robótica, la energía de fusión y los superordenadores. Yo me excluyo. A lo que voy es a que este futuro es insostenible, innecesario e indeseable (al menos para aquellos que nos consideramos partidarios del decrecimiento). Las soluciones tecnológicas suponen un coste para otros, para el medioambiente y para las generaciones futuras, a una escala aún mayor. El cambio climático es el legado de nuestros logros tecnológicos pasados.

Yo leo a Tim Jackson desde otra perspectiva. Dado que continuar creciendo es insostenible, tenemos que poner en marcha los cambios institucionales y sistemáticos que estabilizarán el decrecimiento.

Giorgos Kallis es un economista ecológico, ecologista político y profesor en el Instituto de Ciencia y Tecnología Medioambientales de Barcelona. Es el coordinador de la red europea de ecología política y editor del libro ‘Decrecimiento: un vocabulario para una nueva era’ (Ediciones Icaria).

Traducción del Inglés: Santiago Forés-Barrachina

Serge Latouche: "Hay que reducir drásticamente las horas de trabajo"

Alejandro Ávila - eldiario.es Andalucía 

 

Renacer antes de que sea demasiado tarde. Cambiar la economía del crecimiento sin crecimiento por la del decrecimiento. El catedrático francés Serge Latouche lleva más de una década defendiendo su utopía. Filósofo y economista, sabe que las ideas han de venderse como cualquier otro bien de consumo: con un buen eslogan y un mensaje contundente.

Latouche desgrana tanto los síntomas de una sociedad en declive, como los ingredientes de su antídoto, el decrecimiento. Para Latouche, una sociedad de crecimiento sin crecimiento "lleva al paro y la falta de financiación para aquellas cosas que proporcionan un mínimo de bienestar como son la cultura, el medioambiente o la sanidad". Es como un ciclista que no pedalea.
Sin academicismos, Latouche ha subrayado que, como bien se sabe en España, el sistema ha vivido una época de "crecimiento ficticio basado en la especulación". Según el profesor emérito de la Universidad de París Sud, la felicidad y el Producto Interior Bruto (PIB) son términos reñidos.

"Las sociedades desiguales no generan felicidad"

"El sistema no hace que las personas sean felices. Las sociedades desiguales no generan la felicidad, ya que ni siquiera los ricos son felices en sociedades desiguales", explica. "En los países más felices no se producen muchos coches, pero sí alegría de vivir", bromea el catedrático refiriéndose a países como Costa Rica, la Republica Dominicana o Jamaica.

Latouche considera una falacia tanto la idea de crecimiento como la de desarrollo sostenible, ya que ve imposible producir, consumir, explotar los recursos y contaminar de manera ilimitada. Según el erudito, el sistema está engrasado por la "triada infernal": la publicidad, los bancos y la obsolescencia programada. Una sociedad así, apostilla, "no es sostenible ni deseable".
El filósofo francés prefiere hablar de hundimiento antes que de crisis para referirse a una sexta extinción de las especies que avanza a "una velocidad aterradora" y tendrá como una de sus principales víctimas al ser humano. "El drama es que no creemos en lo que sabemos y, por tanto, no hacemos nada. Los 140 jefes de gobierno que se van a reunir en Paris lo saben y no van a hacer nada", en referencia a la Cumbre del Clima de París.

El autor de Pequeño tratado del decrecimiento sereno o La sociedad de la abundancia frugal cree que la única posibilidad que tiene la humanidad de sobrevivir ante dicha catástrofe es el decrecimiento basado en "la frugalidad y la autolimitación". Sería una revolución basada en el "círculo virtuoso" de las ocho erres: reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, reubicar, redistribuir, reducir, reutilizar y reciclar.

"Debemos ser buenos jardineros, recuperar el sentido de los límites y de nuestra relación con el medio ambiente para ver que hay riqueza más allá de la económica", destaca. Se trata de " revisar el concepto de escasez. La naturaleza no es escasa, sino fecunda, pero se vuelve escasa cuando, por ejemplo, creamos organismos modificados genéticamente que no se pueden regenerar".

Programa reformista

A eso, explica, hay que añadir la reducción del exceso de consumo y reutilizar o reciclar lo que no se pueda utilizar. Latouche recalca que no se trata de un programa, sino de un proyecto o un horizonte que dé sentido a proyectos políticos y que ya propuso, como programa reformista, en las elecciones presidenciales francesas de 2007.

En su programa de diez puntos, Latouche invitó a los candidatos a apostar por una huella ecológica sostenible, reducir el transporte con ecotasas, relocalizar las actividades económicas, restaurar una agricultura productiva pero ecológica, reducir el tiempo de trabajo, invertir en "bienes relacionales" como el amor, la amistad o el conocimiento, reducir el derroche de energía y los espacios publicitarios, reorientar la investigación tecnocientífica y recuperar la gestión pública del dinero.
De todas esas medidas, la reducción de la jornada laboral es una de las más polémicas. El filósofo cree que "hay que reducir drásticamente las horas de trabajo". Rebate así el lema del expresidente francés, Nicolas Sarkozy, que defendía que había que "trabajar más para ganar más". "Tenemos mucha gente sin trabajo y mucha gente que trabaja más para ganar menos. Si uno trabaja más, aumenta la oferta y como la demanda no lo hace, hunde la ley de la oferta y la demanda. Es decir, si se trabaja más, se gana menos. Yo reprocho a los economistas de mi país que no hayan bajado a la arena a denunciar aquel eslogan presidencial", sentencia.

Latouche ve difícil que la sociedad se lance a cambiar el estado de las cosas antes de que se produzca este hundimiento. "Todo el mundo querría que el mundo fuera menos bárbaro, pero no tenemos el valor de cambiar el rumbo. La gente, manipulada por la publicidad y la propaganda, no quiere cambiar sus hábitos", subraya. En esa valentía de cambiar las cosas está la solución, asegura, de la lucha contra el paro, la pobreza extrema y la proliferación del terrorismo.

"Desarrollo sostenible es una contradicción": Joan Martínez Alier

Joan Martínez Alier es catalán y conoce mucho mejor a Colombia de lo que cualquiera se imaginaría. Su larga trayectoria tratando de analizar cómo el medio ambiente ha creado nuevas dinámicas económicas, políticas y sociales lo ha llevado a indagar con profundidad sobre los procesos de América Latina. Por eso en sus conversaciones es usual que se remita a La Jagua de Ibirico o al río Magdalena.

Doctor en Economía y autor de La ecología de la economía , un clásico traducido a varios idiomas, ha sido investigador del St. Antony’s College de Oxford y profesor visitante en la Universidad de Stanford, la de California y la de Yale. Y aunque su recorrido académico es amplio, para muchos su nombre empezó a sonar con fuerza en el país cuando presentó el Atlas global de justicia ambiental en 2014. En él, Colombia aparecía como la segunda nación con más conflictos ambientales.

Martínez Alier, que estuvo la semana pasada en el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, celebrado en Medellín, explica por qué y analiza el panorama del país. 





Un año después de haber lanzado el "Atlas", ¿cuál ha sido el gran logro?

El Atlas ha servido para varias cosas. Una es evidenciar que en el 12% de los conflictos han muerto defensores ambientales. Aquí ese porcentaje es mucho mayor: del 30%. Y también ha servido para visibilizar un movimiento de justicia global y para averiguar cómo están operando las empresas extranjeras en otro territorio.

En ese mapa, Colombia aparecía como el segundo país con más conflictos ambientales. ¿Cuál es nuestra posición hoy?

Ahora hay muchos más conflictos ambientales en Brasil y en México. Colombia ocupa el tercer lugar, aunque Perú y Panamá también tienen serias problemáticas. Todo este asunto tiene que ver con la riqueza que tiene cada país. Y ustedes tienen mucho carbón y mucho oro.

Usted ha sido un impulsor de la ecología política. Háblenos un poco de esta corriente.

Ecología política es un movimiento, pero es también un campo de estudio académico. Lo crearon antropólogos en los años sesenta. Lo de político es porque estudiamos el poder, porque la ecología no es un tema apolítico o completamente técnico, como lo hacen ver. El ecólogo político holandés Rutiers Boelens tiene una metáfora que lo explica: dice que el agua no corre hacia abajo, sino hacia arriba, donde está el poder.

En Colombia estamos al borde de un probable posconflicto. ¿Cómo analiza nuestro futuro ambiental?

Hay muchos puntos que no se tocan. Y uno de ellos es el tema ambiental. No creo que la palabra posextractivismo haya sido mencionada en La Habana. Es posible que en las negociaciones con el Eln el tema salga a relucir con más facilidad. Pero por lo general, en América Latina la izquierda ha sido muy impermeable en el tema ambiental. Es una lástima. A pesar de tener muchos héroes de la justicia ambiental, la izquierda no los reconoce como suyos. Es lo que sucede con Evo Morales o con Rafael Correa o con Cristina Fernández. No me lo explico. Que a Santos no le gusten los ecologistas me parece normal. ¿Pero que ellos no los reconozcan?

Usted ha analizado a profundidad el ecologismo popular. ¿Qué papel están jugando esas pequeñas comunidades?
El ecologismo popular se ha fortalecido mucho. Se reconocen unos con otros y se ayudan. Como sucede con los activistas locales de La Jagua de Ibirico en Cesar. Sin embargo, América Latina está implementando políticas que le están haciendo mucho daño. El carbón es una de ellas. Son unas políticas absurdas económicamente, ahora que los precios han caído. Y ustedes o Ecuador decidieron exportar más para equilibrarse. Eso no es sensato.

El panorama no parece tan alentador…


A corto plazo no es esperanzador. Con los nuevos precios, la gran lección es que hay que vivir de otra manera. Plantear una economía acorde con las necesidades de la gente. ¿Para qué crecemos tanto si estamos destruyendo todo? Convencer de eso a la gente es muy difícil. Pero América Latina aún tiene una gran oportunidad. Hay efervescencia social, es un continente rico y no está tan poblado como Europa, Japón o India.

Usted ha sido un crítico del concepto de desarrollo sostenible. ¿Por qué?

Porque es como decir que usted puede crecer económicamente de una manera que sea ecológicamente sostenible. El crecimiento verde y el desarrollo sostenible son una contradicción. No puede haber un crecimiento económico que sea verde. Es falsamente verde. La economía actual se basa en más petróleo, más carbón, más palma, más cobre... Hablar de desarrollo sostenible es engañar a la gente.

¿Y cuál es su posición frente al pago por servicios ambientales?

Es un reduccionismo monetario que puede resultar en una política contraproducente. Es como si tuviéramos que pagarle a la gente del páramo para que se porte bien. Los estamos acostumbrando a que les tenemos que pagar. Se está mercantilizando una relación, y cuando eso sucede se pierde la lógica de la obligación moral.

“No hay gestión civilizada posible de un sistema como el capitalismo”

 Álvaro Hilario entrevista a Carlos Taibo en Brecha

¿Hasta qué punto es grave la crisis climática?

—Hay un consenso abrumador en la comunidad científica internacional en lo que respecta al hecho de que es inevitable que la temperatura del planeta suba al menos dos grados con respecto a los niveles de 1990. Una vez que alcancemos ese momento nadie sabe lo que vendrá después. En cualquier caso, nada bueno. Entretanto, las respuestas son infamantemente débiles. A lo más que llegan es a concebir la ecología como un negocio, en línea con el capitalismo verde. Y el colapso está –me temo– a la vuelta de la esquina.

Vista la experiencia de otras cumbres, y la del Protocolo de Kioto, con su estrepitoso fracaso para reducir las emisiones de gases contaminantes, ¿qué razón de ser tienen estas reuniones espectaculares?

—Hay una presión social encaminada a que se tomen en serio estas cuestiones. Como quiera que en los estamentos de poder no se adivina ninguna voluntad de buscar fórmulas que rompan con el capitalismo, con el trabajo asalariado, con la mercancía y con la propia lógica del crecimiento, es necesario articular, ante la opinión pública y ante la propia comunidad científica internacional, algún procedimiento que, fantasmagóricamente, invite a concluir que se está haciendo algo. Lo que hay por detrás es, desde mi punto de vista, una farsa.

Hay quienes niegan el calentamiento global; podría decirse que los productores de petróleo son la vanguardia del negacionismo. ¿Es inteligente mantener esta postura desde el punto de vista capitalista? ¿Existiría un capitalismo de “rostro humano”, amable, capaz de salvar la situación manteniendo el modo de producción propio?

—Obviamente no. La única respuesta que el capitalismo contemporáneo –algunos de sus estamentos directores– parece preparar es una suerte de darwinismo social militarizado que, tras partir de la certeza de que los recursos son limitados, quiere dejarlos en manos de una escueta minoría de la población planetaria. Una suerte de ecofascismo. En la trastienda se vislumbra o bien la exclusión, o bien, directamente, el exterminio de la mayoría. Las guerras neoimperiales a las que asistimos se sitúan en plenitud en este esquema.

Las más de las veces, cuando pensamos en crecimiento económico y calentamiento global, se piensa en industria pesada, megaminería, químicas… Sin embargo, habría que considerar también los monocultivos industriales (soja, eucalipto, pino, biocombustibles), soportes del modelo agroexportador de estados como Argentina, Uruguay, Brasil y Chile. Los cultivos de soja transgénica han aumentado la temperatura media en Asunción, por ejemplo.

Parece evidente que es así. Esos monocultivos han venido a alterar, por añadidura, equilibrios ambientales muy delicados. Por eso con frecuencia decimos que es necesario recuperar muchos de los elementos de sabiduría popular que atesoran nuestros campesinos viejos, y muchas de las prácticas cotidianas de esos habitantes de los países del Sur que en el Norte es frecuente que se describan como primitivos y atrasados.

En el medio rural los efectos del crecimiento capitalista son evidentes en la expulsión de la población. Además, está la crisis alimentaria, de alcance global.

—Cuando hablamos de la crisis ecológica lo común es que estemos pensando en el cambio climático y en el agotamiento de las materias primas energéticas. Pero a estos dos factores, de relieve innegable, conviene agregar los efectos de las agresiones, múltiples, que padece la agricultura en todos los lugares, con secuelas muy relevantes, como son, en efecto, los “movimientos” de población –empleemos con ironía el eufemismo dominante–, la desaparición de cualquier horizonte de soberanía alimentaria y la colocación en manos de trasnacionales del destino de muchos millones de seres humanos. El ecofascismo que antes mencioné sobrevuela todo esto.

Crecimiento lineal y desarrollismo son dos de los pilares sobre los que apoya su discurso la socialdemocracia y buena parte de la izquierda que se tiene por progresista. Ahora se vienen elecciones en España y todos los partidos prometen empleo. ¿Qué crédito pueden tener estas izquierdas y estas promesas?

—Ninguno. Su proyecto mayor es, en el mejor de los casos, gestionar civilizadamente el capitalismo. Y no hay gestión civilizada posible de un sistema manifiestamente inhumano. Esto al margen, el problema de los límites ambientales y de recursos del planeta a duras penas se plantea en proyectos que tienen una aberrante condición cortoplacista y que parecen condenados al engullimiento, como tantas otras veces en el pasado, por el mastodonte capitalista. La palabra “colapso” no forma parte, por lo demás, del discurso de esas fuerzas políticas.

Hablas en tus textos de “modelo de vida esclavo”, inherente al modelo de producción actual.

—Más allá de la lógica de la explotación y de la alienación, el capitalismo acarrea un muy ingenioso sistema de gestación artificial de necesidades y de confusión entre consumo, por un lado, y bienestar, por el otro. Consigue que creamos que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y, sobre todo, más bienes acertemos a consumir. Cuando se plantea una huelga general, ésta no puede ser sólo de producción: tiene que serlo también, y por razones obvias, de consumo.

Sostienes que ante crecimiento y desarrollismo hay que oponer el decrecimiento. ¿Cuáles son las bases de esta teoría, de esta práctica?

—La perspectiva del decrecimiento nos dice que en el Norte opulento hay que reducir, inequívocamente, los niveles de producción y de consumo, y recuerda al respecto que la huella ecológica generada es absolutamente insostenible. Pero nos dice también que tenemos que recuperar la vida social que hemos ido dilapidando, que tenemos que apostar por formas de ocio creativo, que tenemos que repartir el trabajo, que tenemos que reducir el tamaño de muchas de las infraestructuras que empleamos, que tenemos que restaurar la vida local, en un escenario de reaparición de fórmulas de autogestión y de democracia directa, y, en fin, que en el terreno individual tenemos que asumir un estilo de vida marcado por la sobriedad y la sencillez voluntarias. Me interesa subrayar que a mi entender el decrecimiento no es una ideología, sino una perspectiva que debe acompañar a otras ideologías. Yo soy un libertario –un anarquista– decrecentista, no un decrecentista libertario.

¿Qué futuros se plantean a partir de la aceptación o no del decrecimiento?

—Creo que el sistema sólo ofrece un horizonte: el del colapso (el ecofascismo no es, por cierto, sino una forma de colapso, o al menos lo es para la mayoría afectada). Frente a él estamos en la obligación de salir cuanto antes del capitalismo, y al respecto debemos pelear tanto por la autogestión y la socialización de los espacios públicos, como por la construcción, al margen de éstos, de espacios autónomos autogestionados, desmercantilizados y despatriarcalizados. No está claro, de cualquier modo, si una u otra operación nos servirá para evitar el colapso o si, por el contrario, se convertirán en escuelas que nos permitan aprender a movernos después de ese colapso.

Asfixia en el supermercado

Gustavo Duch - Palabre_ando

DibujoEn un mundo donde la información se expande a la velocidad de la luz, la ciudadanía preocupada y responsable aprende y sabe muchas cosas. Sabemos que las grandes masas forestales y selváticas se reducen peligrosamente afectando a especies animales y vegetales que desaparecerán antes incluso de que sean descubiertas. La tala de estos bosques o su contaminación por escapes de petróleo es, a su vez, causa de aniquilación insonora de poblaciones humanas e indígenas que hicieron de la naturaleza su medio de vida. En el sur del sur de América, se rasgó la capa de ozono, un agujero que no se ve pero que deja invidentes a ovejas y personas, con retinas atrofiadas por demasiada luz. Los mejores cursos de agua bajan llenos de plomo, arsénico y otras porquerías. Muchos se están agotando y los riachuelos más modestos sólo fluyen de cuando en cuando. Y desde luego todos y todas somos conscientes en ‘carne propia’ de los desordenes climáticos actuales. ― Un frio estival y un cálido invierno ― dicen los meteorólogos de la televisión mostrando un almendro florecido adornado con bolas y estrellas por Navidad.

Sabemos de los problemas de maltratar a nuestro planeta y estamos defendiendo y exigiendo soluciones para frenar tanta degradación: proyectos para la protección de especies, técnicas de reciclaje, construcciones bioclimáticas, etc. Pero nos olvidamos de una propuesta: revisar nuestros patrones de agricultura y alimentación pues, como vamos a ver, es responsable de la mitad de Gases Efecto Invernadero (GEI) que eclipsan el futuro al generar el mayor de los problemas ambientales, el cambio climático.

Para ello vamos a tomar un alimento producido bajo un modelo de agricultura, ganadería o pesca intensiva y globalizada, y a contabilizar desagregadamente dónde y cuántas emisiones de CO2 ha generado, desde que se pensó en producirlo hasta que se consumió o desperdició. Veamos.

Hay que tener en cuenta los preliminares, cuando un empresario agrícola se sienta junto con sus asesores. ― Mmm vamos a ver, este año la colza y la soja se venderán muy bien puesto que hay una gran demanda de biocombustibles ― dice. El técnico agrónomo sentado a su derecha hace un cálculo rápido y explica ― necesitaremos nuevas tierras para tanta producción. Y las excavadoras y las sierras mecánicas arrasan con todo sin detenerse en ningún valor ético ni ecológico. Contabilizar las emisiones que se producen por estos cambios en el uso del suelo suma entre el 15 y el 18% del total de emisiones de GEI. 

Cuando se dispone de tierras, sisadas a la Naturaleza o al pequeño campesinado, queda escoger cómo ponerlas a producir. La opción convencional o mayoritaria apuesta por monocultivos o ganadería estabulada que funcionan en base a maquinaria pesada que se mueve con petróleo y fertilizantes, plaguicidas y demás insumos de base petroquímica. Estos procesos agrícolas industrializados acaban representando entre un 11 y 15% del total de emisiones.
Muchos alimentos se han producido lejos de nuestras mesas, como las gambas producidas en Ecuador, transportadas a Marruecos para su procesamiento, que luego se empaquetan en Ámsterdam para venderse en Barcelona. Aunque algunos medios de transporte son menos contaminantes, todos dependen del petróleo y finalmente contabilizan entre el 5 y 6% de las emisiones totales. 

Muchos de estos alimentos, en el trayecto, en el comercio y en casa, requieren conservarse en frío. En estas fases, las estimaciones indican que se producen entre el 2-4% del total de GEI. Un modelo que exige tanta refrigeración es como una estufa para el Planeta. 

Si miramos nuestras despensas tres cuartas partes de los alimentos que guardamos han sido procesados: calentados o congelados previamente para su conservación, en bandejas listas para el microondas o en cápsulas de aluminio para la cafetera. Esta serie de procesos, cuanto menos cuestionables, genera aproximadamente entre un 8 y 10% de las emisiones. 

Para acabar, el sistema alimentario industrial, aunque presume de eficiente, es todo lo contrario, y hemos de denunciar las enormes cantidades de alimentos producidos que finalmente no llegan a nuestros estómagos, que se despilfarran porque tienen taras, que se estropean en su maratón o que se tiran en el supermercado porque no se ‘acomodan’ a sus requerimientos de venta. Gran parte de estos desperdicios se pudren en basureros produciendo entre un 3 y 4% de GEI.

Entonces, si tomamos las seis fases en las que hemos fragmentado el sistema alimentario global y sumamos su responsabilidad en la crisis climática, podemos observar que producir y comer de esta forma nos lleva a generar entre un mínimo del 44% y un máximo del 57% de las emisiones de gases con efecto de invernadero producidas por el ser humano. 

Cambiar el sistema agroalimentario es cambiar el destino del Planeta.

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Extremadura decrece

André Holgado Maestre - eldiario.es Extremadura


En estos tiempos en los que la jerga economicista es la única que parece tener espacio en el pensamiento social, y cualquier cosa que no venga aderezada con cuadros macros, cifras del PiB, gráficos multicolores y otras cosas del montón no reciben la más mínima atención, se han impuesto muchas ideas relativas al “decrecimiento” como una fórmula mágica que tendrían los pobres habitantes de los países “ricos” para salir de esas horribles y bien aderezadas “crisis” que padecen los pobres.

Porque naturalmente, a los pobres habitantes de los países pobres se les supone muy “ricos” en salud y otros bienes espirituales que ya no gozan los dichosos y algo más que fumados urbanitas, y no puede írseles con teorías del “decrecimiento” si no quieres que te den una patada donde bien merecido la tendrían los apóstoles de esas teorías asociales. Asociales, sí. Porque defender el “decrecimiento” en un mundo en el que cientos de millones de personas pasan hambre o no disponen de agua potable es tanto como condenarlos para siempre a la miseria y no darse cuenta de que el problema no es crecer o decrecer sino distribuir de una manera justa y racional lo que la humanidad es capaz de producir y que podría alimentar y permitir una vida digna a toda la población mundial si no hubiera explotadores intermediarios que se lucran con las necesidades ajenas.

Es el capitalismo salvaje el que tiene que decrecer y no el sistema productivo, que debe seguir produciendo pues de otro modo pereceríamos. Y si en vez de “el mundo” hablamos de España y sus desigualdades, lo vemos más claro: ahora salen los del “decrecimiento” apoyando a los que dicen que ya no se hagan más infraestructuras aquí o allá, porque “no son rentables”... El neoliberalismo ha envenenado de tal manera el pensamiento de muchos de estos líderes de opinión que solamente pueden hacerse inversiones cuando sean “negocio” (o en su propia finca, claro), y siguen tan felices quejándose de los atascos o los peajes mientras despotrican de “aeropuertos sin aviones o trenes sin gente”, condenando así aún más a enteras regiones del (mundo (perdón, de España) al subdesarrollo y al... decrecimiento. Si serán...

Lo peor es que esos argumentos los ha comprado hasta la “izquierda urbanita” y la “eco-izquierda”, que en sus delirios del hombre bueno primitivo rousseauniano, ha comprado las recetas neoliberales y renuncia de esa manera a la emancipación que el progreso podría traer a la población en estas zonas invisibles a su percepción. Lo más que aprecian de Extremadura son los bellos paisajes al atardecer de las escapadas en vacaciones, pero nada saben de los fríos de las noches y de los inviernos sin esperanza.

Los presupuestos en Extremadura están decreciendo constantemente desde 2010 (que lo hiciera el PP sería congruente con su “liberalismo” más propio de otros lares) y las cifras de desempleo, las demográficas y las de inversiones o planes de una u otra administración también decrecen. Extremadura se inclina hacia su desaparición y parece que los gestores que se da a sí misma ya se han rendido; menos presupuesto, menos instituciones, menos empleo y menos inversión en cultura. Sólo crece el camalote. Así no es.

Gift economy: cuando la generosidad pone a las personas en el centro de la economía

Miki Decrece - El salmón Contracorriente

La economía de la generosidad o gift economy lleva tiempo practicándose en la India. Este sistema económico rompe los paradigmas clásicos del capitalismo sustituyendo las simples transacciones por relaciones de confianza ciega que ayuda a crear comunidades.




En los movimientos sociales se habla mucho de poner a las personas en el centro de la economía, pero las dificultades de compartir, confiar y cooperar nos lastran una y otra vez. Pues bien, en India hay un ecosistema en expansión de personas, grupos y procesos donde eso ya es una realidad. Hay muchas Indias. Está la India de la gente hiperpobre y la de los nuevos ricos hipercapitalistas, la India de los Ashram, del yoga y del Ayurveda. Pero hay una India que poco se conoce, la India de la generosidad.
 
Vine a India como cooperante Sur-Norte, es decir, vine a aprender de lo que hacen aquí para ver si nos puede resultar útil en España. Aquí he descubierto la economía de la generosidad o gift economy que explicaré como lo harían en India: ¡con una historia!

Érase una vez, hace unos días, un encuentro de iniciativas sociales donde se trabajaba en grupos para enmarcarlas en el paradigma de la gift economy, que no es precisamente poner las cosas a precio libre. Veamos un ejemplo...

Dos personas querían fomentar el intercambio de libros en Bombay y otras ciudades. Tenían pensado hacer un sistema de intercambio de libros basado en tasar los libros que la gente ofrece y comprárselos con rupias virtuales que solo tienen valor en la red. Con esas rupias virtuales pueden comprar otros libros de otras personas que los vendan dentro de la red. Así evitan que la gente se aproveche de la generosidad de los donantes de libros y poder implementar ese sistema en otras ciudades.

Y ahora empieza el proceso orgánico de reconversión a gift economy...

Para empezar ponemos en duda el sistema de rupias virtuales y ofrecemos la alternativa de un sistema basado en la confianza y la generosidad... «Pero, ¿y si la gente se aprovecha de ello?» Las resistencias a la confianza son esperables en personas nacidas en occidente, educadas en una sociedad basada en la identidad individual. Pero al practicar la generosidad bien cuidada, la reacción de la gente es increíble. La sonrisa es tan amplia como su apertura emocional. Y así es casi imposible que se aprovechen, pues su gratitud las inclina a la generosidad... Además, si alguien revendiese los libros por la mitad de precio la persona que los compre los leerá, con lo cual, en el peor de los casos, estaremos fomentando la lectura, que es el objetivo inicial.

Luego llega un amigo de Vinoba (el compañero espiritual de Gandhi) y nos dice en un hindi tan transparente que no hizo falta traducción, que las cosas, cuanto más sencillas mejor.

Con un sistema basado en la confianza y en la sencillez llega el siguiente paso: dotar a los libros de un significado. El capitalismo vacía todo de significado y lo convierte en un bien de consumo, otro producto más, una abstracción que es necesaria para su acumulación. Así que iniciamos el proceso inverso... Y se nos ocurrió que cada persona que done un libro puede escribir una carta a mano contando lo que le ha aportado ese libro. Quien recibe el libro recibe también la carta, y ahí se crea el vínculo emocional, justamente entre dos personas que no se conocen físicamente pero que tienen algo en común: cada libro es una puerta a un mundo único donde habitan todas las personas que lo han leído.

Y ahí llega el cambio de foco: lo importante no es el intercambio de libros, sino generar comunidad, interconectar a las personas... los libros son solo una excusa, un medio. Conectar a las personas a través del gozo de dar y recibir... eso es gift economy.

Si hacemos eso con cada una de las iniciativas económicas, producir alimentos, ropa, arte o dar masajes o clases de yoga serán la excusa para crear comunidad. Eso es gift economy, eso es poner en el centro de la economía a las relaciones entre las personas.

Como resultado de este proceso, vivimos la transformación interior de estas dos personas, ahora más felices y con muchas ganas de iniciar este sistema de dar y recibir libros desde la generosidad. Van a probar en su pequeña red afectiva en Bombay y, tras seis meses de aprendizaje, pondrán a disposición de todo el mundo lo que hayan aprendido, así como el software de intercambio.

Cuando una persona da el salto a gift economy se produce una transformación interior y exterior. Por un lado, se pasa de la transacción a la confianza, es decir, del intercambio pre-acordado a una generosidad imposible de equilibrar, de la conformidad a la gratitud. También se hace la transición de una identidad individual a una identidad relacional, es decir, ya no somos individuos que se relacionan sino que somos en parte esa comunidad. Este cambio es tan importante que marcó el paso de sociedades igualitarias con un sentimiento de comunidad a sociedades patriarcales y belicosas basadas en la dominación.

Otra transición que se vive es la de consumir a contribuir. Y es que realizar pequeños actos de generosidad por otras personas sienta tan bien o mejor que darse un lujazo... y, al fin y al cabo, satisface más necesidades humanas que el consumo individual. Además se pasa de la escasez artificial generada por el egoísmo a una abundancia real consecuencia natural de la generosidad. Y, por último, se pasa de tener relaciones comerciales o de amistad a tener una verdadera familia.

Ejemplos de gift economy hay muchos. Existe un conductor de rickshaw que cuida a las personas que lleva, tiene decorado el interior con frases sobre la felicidad y da a conocer varios proyectos. Por supuesto las personas deciden cuánto quieren pagar, él solo confía. También hay un programa de empoderamiento financiero de mujeres de un slum que hacen corazones de tela y algodón para que se puedan regalar como un acto de cariño. No piden nada a cambio, pero la gente colabora. Hay un profesor de yoga que tampoco pide nada a cambio, pero da la opción de colaborar realizando actos de generosidad hacia otras personas pues, cuando el corazón se agranda, lo que se da a otras personas también se recibe. Hay varios restaurantes por el mundo donde puedes comer pero no puedes pagar por lo que has comido, ¡porque la persona anterior ya te ha invitado! Si quieres puedes invitar a la persona siguiente, una persona que no conoces.

Gift economy no es poner las cosas a precio libre y conmover a las personas para que paguen más. Gift economy es un verdadero cambio de paradigma, donde con amabilidad se vela por el bien común y se confía. Hay una frase que lo ilustra muy bien: no te preocupes por llamar a muchas hormigas, conviértete en miel y las hormigas vendrán solas.

Es normal sentir miedo o desconfianza hacia este sistema, pensar que no va a funcionar. Pero la verdad es que cada vez que una persona da el paso a gift economy no hay vuelta atrás, pues entra a formar parte de un ecosistema donde se siente segura y amada, útil y amante. Y es algo que, aunque minoritario, se va expandiendo por el mundo.

El fin del capitalismo pasa por una transformación interior ligada a la creación colectiva y experimental de nuevas y mejores formas de relacionarse con el dinero, las personas y la naturaleza. Y es que para salir de un sistema basado en la violencia estructural, la ambición, la acumulación, el despilfarro y el egoísmo no hay nada como empezar a cultivar la amabilidad, el compartir, crear abundancia con generosidad y abrirnos a las personas para vivir la comunidad, el ecosistema. No se trata de descolonizar el imaginario, como defiende Serge Latouche, sino de encarnar e incorporar una forma diferente de existir en el mundo: de la separación a la unión.

Gandhi decía que el secreto de la felicidad es que la cabeza, las manos y el corazón estén alineados. Pero el cambio empieza en el corazón. Cuando sentimos diferente empezamos a actuar diferente, y las manos cambian. Y la experiencia emocional y práctica nos va dando algo que ninguna teoría puede discutir, porque es real, y entonces la cabeza entiende. En Occidente solemos cambiar la cabeza e imponer las ideologías a cómo nos sentimos y qué hacemos. Y así nos va...

La izquierda debería abrazar el decrecimiento

Giogos KallisEl Huffington Post



El decrecimiento es un ataque frontal a la ideología del crecimiento económico. Algunos lo llaman una crítica, un eslogan o una "palabra obús". Otros hablan de la "teoría de" o de la "literatura sobre" decrecimiento o de las "políticas de decrecimiento ". Muchos se ven a sí mismos como el "movimiento del decrecimiento", o proclaman que viven" de una manera decrecentista". ¿Qué es el decrecimiento y de dónde viene?

Los orígenes del decrecimiento

Intelectualmente, los orígenes del decrecimiento se encuentran en la ecología política francesa y europea de la década de 1970. André Gorz hablaba de de décroissance en 1972, cuestionando la compatibilidad del capitalismo con el equilibrio de la tierra "para la que... el decrecimiento de la producción material es una condición necesaria". A menos que consideremos "igualdad sin crecimiento", argumentaba Gorz, estamos reduciendo el socialismo a nada más que la continuación del capitalismo por otros medios -una extensión de los valores de la clase media, estilos de vida y patrones sociales'.

Demain la décroissance (Mañana, el decrecimiento) fue el título de la traducción en 1979 de una serie de ensayos de Nicholas Georgescu-Roegen, un catedrático rumano emigrado a EEUU y uno de los primeros economistas ecológicos, que argumentaba que el crecimiento económico acelera la entropía. Eran los tiempos de la crisis del petróleo y del Club de Roma. Sin embargo, para los pensadores ecosocialistas franceses, la cuestión de los límites del crecimiento era ante todo una cuestión política. A diferencia de las preocupaciones malthusianas por el agotamiento de recursos, la sobrepoblación y el colapso del sistema, el suyo era un deseo de tirar del freno de emergencia en el tren del capitalismo o, en palabras de Ursula Le Guin, "poner un cerdo en la via única de un futuro que consiste únicamente en el crecimiento".

El eslogan décroissance fue revitalizado en la década de 2000 por los activistas en la ciudad de Lyon en acciones directas contra las megainfraestructuras y la publicidad. Serge Latouche, un profesor de antropología económica y crítico de los programas de desarrollo en África, lo popularizó con sus libros, clamando por el "Fin del desarrollo sostenible" y " viva el decrecimiento convivencial". Para el intelectual francés, Paul Aries, el decrecimiento era una "palabra obús ', un término subversivo que cuestionaba la conveniencia del desarrollo basado en el crecimiento que se daba por sentada. Una red pequeña pero entregada de decrecentistas surgió en torno a la revista mensual La Decroissanse. La palabra quedó registrada en los debates políticos franceses, incluso con un intento fallido de un partido político de decrecimiento.

El decrecimiento hoy

Desde Francia, el nuevo meme se extendió a Italia, España y Grecia. En 2008, justo antes de la crisis española, el activista del decrecimiento catalán Enric Duran expropió 492.000 euros a treinta y nueve bancos a través de préstamos. Dio el dinero a los movimientos sociales, denunciando el sistema de crédito especulativo de España y el crecimiento ficticio que impulsaba.
En París, en 2008, comenzaron una serie de reuniones internacionales, una mezcla de conferencias científicas con foros sociales, que introdujo el decrecimiento en el mundo de habla inglesa. En septiembre de 2014, tres mil quinientos investigadores, estudiantes y activistas se reunieron en Leipzig en la IV Conferencia Internacional sobre Decrecimiento. Las actividades abarcaron desde paneles sobre crecimiento y cambio climático, críticas gramscianas al capitalismo o la semana laboral de 20 horas, hasta la desobediencia civil frente a una central eléctrica de carbón o cursos sobre cómo hacerse el pan.

Una prolífica investigación publicada en revistas académicas ha reforzado las hipótesis principales del decrecimiento: la imposibilidad de evitar un cambio climático desastroso con un crecimiento económico; límites fundamentales a la hora de desacoplar el uso de recursos del crecimiento; la desconexión entre el crecimiento y la mejora del bienestar en las economías avanzadas; los crecientes costes sociales y psicológicos del crecimiento. Trabajos recientes ponen de relieve el imperativo del crecimiento para el capitalismo (lo que David Harvey llama la más letal de sus contradicciones) y exploran cómo el empleo o la igualdad podrían sostenerse en economías postcapitalistas sin crecimiento.

Las propuestas políticas van desde límites máximos al carbono y moratorias a la extracción hasta la renta básica ciudadana, la reducción de la jornada semana laboral, la recuperación de los bienes comunes y una quita de la deuda, así como una reestructuración radical del sistema fiscal en base a la producción de CO2 en lugar del impuesto sobre la renta, y topes salariales e impuestos al capital. Al exigir esas imposibles "reformas no reformistas", como André Gorz las llamó, se aboga por la transformación sistémica (como ha señalado Slavoj Zizek, tales reformas socialdemócratas son revolucionarias en una era en que el capitalismo ya no puede darles cabida).
Políticamente, hay un claro consenso en que un cambio de sistema es necesario, y que esto requiere un movimiento de movimientos, o bien una alianza de los desposeídos, incluyendo una coalición de los movimientos globales de justicia social y ambiental. El decrecimiento es incompatible con el capitalismo, pero rechaza también la ilusión del denominado "crecimiento socialista" por el cual una economía racional, centralmente planificada, traería de algún modo mágico los avances tecnológicos que permitirían un crecimiento razonable sin afectar a las condiciones ecológicas. Los decrecentistas discrepan de los socialistas en que a estos les resulta fácil imaginar el fin del mundo o el fin del capitalismo pero, por alguna razón inexplicable, no el fin del crecimiento.

Para otros, decrecimiento significa, principalmente, otra forma de vida (politizada). Nuestro foro sobre decrecimiento de tres días en Atenas, a principios de este año, contó con la presencia de cientos de participantes, no sólo académicos, activistas ambientales y de los derechos humanos o miembros de Syriza, los Verdes y la izquierda antiautoritaria, sino también neorurales y agricultores orgánicos y muchos de los soldados de base de la economía solidaria. En Barcelona, ​​el decrecimiento se visualiza en proyectos como Can Masdeu, con su red de huertos urbanos en el barrio obrero de Nou Barris y una historia de activismo por el derecho a la vivienda; o la Cooperativa Integral Catalana, una cooperativa con seiscientos socios y dos mil participantes, una red de productores independientes y consumidores de alimentos orgánicos y productos artesanales, residentes de ecocomunas, empresas cooperativas y redes regionales de intercambio que emiten sus propias monedas.

François Schneider, promotor de las conferencias internacionales y fundador de Research & Degrowth en París (ahora también en Barcelona), encarna la hibridez del decrecimiento: un doctor en ecología industrial, caminó durante un año con un burro por Francia explicando las ideas del decrecimiento a los transeúntes que, desconcertados, lo detenían para escucharlo. Ahora vive en Can Decreix, una casa neo-rural dentro de la ciudad de Cerbere en la frontera franco-catalana, un centro de experimentación y de educación en la vida frugal.

Algunos hablan de un movimiento de base del decrecimiento, pero los asistentes a las conferencias no somos un grupo cohesionado de personas con una agenda compartida o un objetivo unificado, ni hemos llegado todavía al tamaño de un movimiento. A diferencia del movimiento antiglobalización, no hay ningún edificio de la OMC para asaltar o un tratado de libre comercio que detener. El decrecimiento ofrece un eslogan que moviliza, reúne y da sentido a una amplia gama de personas y movimientos sin ser su único o principal horizonte. Es una red de ideas, un vocabulario, como lo llamábamos en un libro reciente, que cada vez más gente siente que trata de sus preocupaciones.

La izquierda tiene que abrazar el decrecimiento

Una izquierda nueva tiene que ser una izquierda ecológica o no será izquierda en absoluto. Naomi Klein argumentaba que el cambio ambiental "lo cambia todo", también para la izquierda. El capitalismo requiere la expansión constante, una expansión basada en la explotación de los seres humanos y no humanos, que daña irreversiblemente el clima. Una economía no capitalista tendrá que poder sostenerse a la vez que se reduce su tamaño. Pero ¿cómo podemos redistribuir o asegurar un trabajo con sentido sin crecimiento? Todavía no existe una ciencia de'economía del decrecimiento concreta. Lamentablemente, el keynesianismo es la herramienta más poderosa que tiene la izquierda, incluso la izquierda marxista, para hacer frente a los problemas de la política. Pero se trata de una teoría de la década de 1930, cuando la expansión ilimitada todavía era posible y deseable.

Sin la existencia de la marea del crecimiento que levante todos los barcos, es el momento de repensar qué barco consigue qué. La respuesta de la izquierda al dilema r>g de Piketty no debe ser "aumentaremos g ' (g es la tasa de crecimiento). Después de todo, la izquierda siempre quería que fuera r, que la acumulación de capital decreciera. El mismo Piketty, apenas ecologista, no cree en la posibilidad de una mayor tasa de crecimiento. La redistribución va a ser la cuestión central en un siglo XXI sin crecimiento.

La izquierda tiene que liberarse del imaginario del crecimiento. El crecimiento perpetuo es una idea absurda (consideren el absurdo de lo siguiente: si los egipcios hubiesen comenzado con un metro cúbico de material y crecieran un 4,5% anual, al final de sus 3.000 años de civilización, habrían ocupado 2.500 millones de sistemas solares). Incluso si pudiéramos sustituir el crecimiento capitalista por un crecimiento socialista más bueno, más angelical, ¿por qué querríamos ocupar 2.500 millones de sistemas solares?

El crecimiento es una idea que forma parte esencial del capitalismo. Es el nombre que el sistema dio al sueño que estaba produciendo, el sueño de la abundancia material. El PIB se inventó para contar la producción de guerra y se convirtió en un indicador, midiendo y confirmando objetivamente el éxito de EEUU en la guerra fría. El crecimiento es lo que el capitalismo, necesita, conoce y hace. Las políticas de izquierda nunca consistieron en aumentos cuantitativos del valor de cambio en abstracto. Consistían en punto específicos, en valores concretos de uso: el empleo, un salario digno, unas condiciones dignas de vida, un medio ambiente sano, la educación, la salud pública o agua potable para todos. Todos ellos requerían recursos; pero no hay ninguna razón por la que necesitasen una expansión perpetua de recursos del 3% anual.

Y he aquí una afirmación más rotunda: las cosas que a la izquierda le gustaría ver crecer no traerían consigo un crecimiento agregado (a menos que redefiniéramos totalmente lo que medimos como actividad económica, pero esto es un juego de palabras). Extender la riqueza equitativamente a más manos y más mentes de lo que sería necesario, dejando espacios y personas ociosas, dedicando tiempo para cuidar unos de los otros: todo eso son impuestos a la productividad y al crecimiento. Siendo menos productivos podríamos crear más trabajo e incluso vivir mejor. Si fuésemos menos productivos en sectores con valor social, como la salud pública, con más trabajadores (doctores y cuidadores), viviríamos mejor. Pero la industrialización despegó a base de concentrar los excedentes en manos de unos pocos (capitalistas o estados), reinvirtiendo los beneficios para un mayor crecimiento, no para extender la riqueza a todo el mundo o dejar los pastos y los combustibles fósiles inactivos.

Esto puede ser demasiado difícil de tragar. Después de todo, muchos de nosotros a menudo abogamos por la igualdad, la democracia, el pleno empleo, un salario mínimo, la educación o las energías renovables (lo que se quiera) en nombre del crecimiento. Creemos que una alternativa al sistema capitalista que sólo tiene ojos para los beneficios será más racional y lo hará más y mejor de lo que el capitalismo lo hace. Esto es un error político: como afirma Slavoj Zizek, la izquierda no puede limitarse a nuevas formas de realizar los mismos sueños; tiene que cambiar los sueños en sí mismos. Tampoco creo que la idea de volver a la época gloriosa de socialdemocracia europea sea más factible. La gloriosa (sic) era de reconstrucción y recuperación de la postguerra ha terminado. Y no olvidemos que esa también fue posible gracias a la explotación colonial del resto del mundo. Hay pocos indicios de que el keynesianismo impulsado por la deuda, marrón o verde, capitalista o socialista, pueda revivir. Esto es independiente del hecho de que la austeridad neoliberal sea desastrosa. ¡Sí a la redistribución, la democracia y la igualdad, pero no en nombre del crecimiento!

El decrecimiento revive el espíritu de la "austeridad revolucionaria" de Enrico Berlinguer, una austeridad nacida de la solidaridad. El petróleo que alimenta nuestros coches, calienta nuestros hogares o incluso gestiona nuestros hospitales y escuelas, es el mismo que destruye los medios de vida y los bosques en la Amazonía peruana o Nigeria. El papa nos lo recuerda. La razón para llevar una vida "sobria", como lo llamaba Berlinguer anteriormente y el papa ahora es porque nuestras acciones aquí afectan a las personas y los ecosistemas allá, no porque la máquina capitalista se esté quedando sin materias primas (preocupación malthusiana), o porque, como dicen los neoliberales, vivamos por encima de nuestras posibilidades (algo en lo que se refieren al 99% que utilizamos los servicios del Estado del bienestar, no a ellos, el 1% que viven de su capital).

Desde la perspectiva del decrecimiento, la cuestión no es que el Norte Global consuma más de lo que produce (o produzca más de lo que consume, como dicen los keynesianos). La cuestión es que produce y consume más de lo necesario, a expensas del Sur Global (también del propio Sur dentro de los países del Norte), de otros seres y de las generaciones futuras. Producir y consumir menos reduciría el daño infligido a los demás. Es una cuestión de justicia social y ambiental: "reducir y redistribuir desde el 1% global (y en menor medida el 10%, lo que incluye a las clases medias de Europa y América) al resto. Estas invocaciones a la sobria sencillez y a la abundancia frugal pueden parecerse a la idea común latente de la buena vida, presente en muchas culturas de Oriente y Occidente. Pueden recuperar de las garras de los defensores de la austeridad la crítica sensata al "exceso", que hipócritamente utilizan para justificar sus políticas regresivas.

Posibilidades políticas

El decrecimiento es una palabra clave que circula, sobre todo, entre activistas. En Grecia y en España, lugares que conozco mejor, resuena entre los cooperativistas y los ecocomunalistas, incluyendo a miembros de las bases juveniles de partidos como Syriza, Podemos o CUP. El decrecimiento fue una palabra presente, aunque no dominante, en el movimiento de los indignados y en las economías solidarias. Entre los Verdes se despertó una antigua división, anterior al "desarrollo sostenible", entre los radicales " fundis" y los pragmáticos "realos" que apostaron por el crecimiento verde. Existen signos de la re-radicalización de los Verdes europeos: Equo en España, con representación en el Parlamento Europeo, ha respaldado explícitamente una agenda post-crecimiento (su eurodiputado Florent Marcellesi ha hablado en favor del decrecimiento). La campaña nacional de los Verdes del Reino Unido también tenia el espíritu 'post' o 'de'-crecentista , aunque no el nombre.
Los llamamientos explícitos al decrecimiento son un suicidio electoral en un entorno dominado por los medios de comunicación corporativos. Es necesario más trabajo de base para hacer que el decrecimiento sea un pensamiento común generalizado. Por ahora, cuanto más cerca del poder llegue un partido radical, más probable es que se desvincule de cualquier asociación con el decrecimiento. Pablo Iglesias firmó el manifiesto decrecentista Ultima llamada, pero, como The Economist señaló acertadamente, cuando Podemos maduró, dejó atrás las ideas más extravagantes como el "decrecimiento" y "anticapitalismo". 

Los paralelismos con la nueva izquierda de latinoamérica son obvios. Correa o Morales fueron elegidos con el apoyo de los movimientos ecologistas indígenas con filosofías similares al decrecimiento. Una vez en el poder, la realpolitik y las políticas redistributivas basadas en el crecimiento que se dictaron fueron complacientes con el gran capital y con el crecimiento alimentado por el extractivismo. 

Uno esperaría que, al menos, los nuevos partidos de izquierda en Europa se abstuvieran de hacer del crecimiento su objetivo central. Pero sin duda, las crisis ha reafirmado el imaginario del crecimiento, esta vez como un objetivo progresista. Un activista de Podemos en Cataluña me comentaba que "en la crisis actual sólo podemos hablar de crecimiento". Esto no es totalmente cierto. Se necesita coraje e imaginación, pero no es imposible. Barcelona en Comú ganó las elecciones de la ciudad sin mencionar el crecimiento ni una sola vez en su programa. Esto puede tener que ver con el arraigo del decrecimiento y las ideas asociadas en la sociedad civil de Barcelona y el florecimiento de la economía solidaria alternativa en la ciudad. Muchos de mis amigos y colegas trabajaron en el programa del partido, cuyos compromisos son la renta ciudadana, los impuestos verdes, la reivindicación de espacios verdes, una cooperativa energética municipal, un menor uso de recursos y menos residuos o la vivienda social. Unas de las primeras decisiones de la nueva alcaldesa, Ada Colau, ha sido la moratoria sobre nuevos hoteles y el fin de la candidatura para la organización de los Juegos Olímpicos de Invierno de 2026. Santi Vila, consejero de Medio Ambiente de la Generalitat de Catalunya y joven aspirante conservador, la acusó de liderar un partido del decrecimiento (omitiendo, sin embargo, que unos meses atrás y tratando de estar al tanto de las últimas tendencias internacionales en los debates del cambio climático, él también había hablado favorablemente del decrecimiento en el Parlamento).

El Programa económico de Podemos fue elaborado por dos economistas socialistas (Vicenç Navarro y Juan Torres) que han escrito con frecuencia artículos de opinión contra el decrecimiento. Afortunadamente, el programa evita referencias claras en favor del crecimiento. ¿Podría esta señal dar margen para un keynesianismo sin crecimiento? Sostengo que sí. Se pueden imaginar políticas fiscales y tributarias que dirijan los recursos en favor de las clases trabajadoras y hacia lo verde, el cuidado o actividades alternativas que estimulen un consumo de baja intensidad para los necesitados, dentro de un patrón general de contracción económica. Apenas una visión keynesiana, pero quizás apta para economías secularmente estancadas.

A diferencia de un municipio que, por supuesto, tiene responsabilidades fiscales limitadas, una nación sin crecimiento puede tener problemas para financiar los servicios de bienestar, al menos en principio. Sin embargo, no veo ninguna buena razón para que los costes en salud o educación tengan que crecer al 2 o 3% anual (la tasa del supuesto crecimiento necesario). Hay un inmenso margen para el ahorro mediante la reversión de externalizaciones y costosas adquisiciones, la prohibición de los megaproyectos, o la descentralización de los servicios, como la salud preventiva o el cuidado de los niños, compartiéndolos a través de redes de solidaridad. Países más pobres como Cuba o Costa Rica disponen de sistemas de salud pública universal y de educación excelentes. Impuestos más altos sobre el capital también pueden compensar la pérdida de ingresos del decrecimiento. El bienestar sin crecimiento es teóricamente posible, pero ningún partido de Izquierdas se ha atrevido a pensar en lo que se necesitaría para ponerlo en práctica.

El punto más importante es la deuda. Sin crecimiento, la deuda , como porcentaje del PIB, aumenta. Los intereses de los préstamos se disparan a medida que disminuye la probabilidad de pagarlos. Esto sí que hace menos plausible un keynesianismo decrecentista. Sin crecimiento, tarde o temprano la deuda pública tiene que ser reestructurada o eliminada, ya sea por decreto o por la inflación. Existen precedentes históricos de ello, como el de Alemania después de la guerra o el de Polonia después del fin del comunismo. Pero una vez hecho, no se puede repetir. Sin nueva deuda, el margen para la expansión fiscal es limitado.

La urgencia de la cuestión de la deuda pública puede explicar las diferencias entre España y Grecia. El ascenso de Syriza inicialmente alimentó las esperanzas de que "otro mundo" era posible: la base del partido, especialmente los jóvenes, estaba formada por cooperativistas verdes que, con un espíritu semejante al decrecimiento, apostaban por lo que podría llamarse la economía solidaria, aun sin estar del todo definida. Sin embargo, todos los líderes del partido se posicionaron, sin reservas, a favor del crecimiento, enmarcándolo como la alternativa a la austeridad. En las negociaciones con el Eurogrupo se produjo un breve intento de avanzar en la propuesta de Joseph Stiglitz hacia una "cláusula de crecimiento": Grecia vincularía el pago de la deuda al crecimiento. Estas demandas fueron consideradas por el Eurogrupo como "ultra-radicales"; claro que hablar de una economía solidaria sin crecimiento se hubiese considerado aún más estrafalario.

Algunos comentaristas extranjeros soñaban que un 'No' de Grecia a la Troika y una salida del euro abriría el camino hacia una transición decrecentista y una economía solidaria. Sin embargo, no hay ninguna fuerza política en Grecia que defienda esta posición. La izquierda pro-dracma de Syriza, ahora un partido separado llamado Unidad Popular, es ardientemente productivista. Su líder tiene un historial medioambiental sombrío como ministro de Energía, que incluye planes para una nueva producción interna de carbón y subvenciones a los combustibles fósiles para las industrias. A pesar de una expansión fenomenal y los logros importantes de la economía solidaria en Grecia, esta sigue siendo un movimiento social marginal (mucho menor que en España), y sus redes son insuficientes para satisfacer las necesidades de la población en caso de un período de transición. Es poco probable que pueda haber una contracción económica suave, sin problemas, fuera del euro. Fue precisamente el temor a una subida incontrolable a los precios de los alimentos importados o a la escasez de medicamentos y el caos económico en el período de transición, lo que asustó a Alexis Tsipras y lo llevó a firmar el nuevo memorándum. Países como Japón, con independencia fiscal y monetaria y con capacidad para emitir y financiar la deuda en su propia moneda están en mejor posición para sostener el empleo y el bienestar sin crecimiento (Japón no ha experimentado crecimiento en más de diez años, una década perdida sólo ante los ojos de los economistas). Pero, por supuesto, un capitalismo sin crecimiento es inconcebible, y Japón intenta, tan arduamente como puede, relanzar el crecimiento (con poco éxito hasta la fecha).

La imposibilidad de imaginar una fuerza política llegando al poder con una agenda de decrecimiento hace que algunos decrecentistas argumenten que el cambio sólo podrá venir desde la base y no desde el Estado, sino a a través de un camino mediante el cual los ciudadanos se auto-organicen, a medida que la economía se estanque y la falta de crecimiento nos lleve a la crisis. Estoy de acuerdo con que es poco probable que se lleve a cabo una transición política voluntaria hacia el decrecimiento y con el nombre de decrecimiento. Más bien, si ocurre, será un proceso de adaptación al estancamiento real de la economía. No veo, sin embargo, la forma en que esto pueda suceder sin implicación también el Estado, con un refuerzo mutuo entre la sociedad civil y la política, las prácticas de los movimientos de base y con nuevas instituciones.

Ningún partido de izquierdas cercano al poder se atrevería a cuestionar abiertamente el crecimiento, pero me resulta difícil ver cómo, a largo plazo, voluntariamente o no, la izquierda europea (que, a diferencia de su contraparte latinoamericana, no puede apostar por una burbuja de materias primas) puede evitar pensar en cómo se puede gestionar un país sin crecimiento. El crecimiento no sólo es ecológicamente insostenible, sino, como los economistas admiten abiertamente (de Piketty a Larry Summers) cada vez es más improbable en las economías avanzadas.

El capitalismo sin crecimiento es salvaje. El decrecimiento no es ni una teoría clara, ni un plan ni un movimiento político. Pero es una hipótesis a la que ha llegado su hora y a la que la izquierda ya no puede permitirse el lujo de obviar.

Este artículo fue publicado originalmente en la revista New Internationalist y ha sido traducido del inglés por Neus Casajuana Filella

Giorgos Kallis es co-editor del libro Decrecimiento: Vocabulario para una nueva era.

¡Que viva y crezca el decrecimiento!

Osvaldo Mottesi - Lupa Protestante
No acumulen (no acrecienten, decrecienten) para sí tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido destruyen, y donde los ladrones se meten a robar.  Más bien, acumulen (acrecienten) para sí tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido carcomen, ni los ladrones se meten a robar.  Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón. (Jesús, Mateo 6:19-21).
¿Crecer o no crecer? ¡He aquí la cuestión! ¿Realmente nos hemos creído que es posible un crecimiento ilimitado en un mundo limitado? Ésta es la pregunta que impulsores de un movimiento en auge llamado decrecimiento lanzan, al tiempo que responden con rotundidad: no es posible continuar creciendo a este ritmo porque no hay recursos naturales suficientes.

 
Mientras los economistas y políticos neoliberales hablan del crecimiento como una necesidad natural y congénita del capitalismo, se alzan voces críticas que tratan de mostrar que el crecimiento puede ser, en sí mismo, un serio problema.  Son los promotores del decrecimiento.

La noción decrecimiento tiene como definición la empleada por Vicente Honorant: “El decrecimiento es una idea a contracorriente, pero llena de esperanza. Define la gestión individual y colectiva basada en la reducción del consumo total de materias primas, energías y espacios naturales”. [i]  Se trata de una palabra difícilmente reciclable por quienes buscan prolongar el modelo de sociedad que cada vez más gentes ya no queremos. Es una palabra que desafía nuestro mundo productivo-consumista de modo inequívoco, pero abre espacio para un diálogo sobre cómo construir el nuevo mundo que buscamos.

Según el buen decir de Serge Latouche[ii], el decrecimiento deviene entonces en el caballo de Troya de una “guerrilla epistemológica”. Esta noción deconstruye lo implícito en todos los discursos sociales narcisistas, mediáticos, institucionales, militantes y políticos que predican el crecimiento ilimitado de la economía cruel inventada.

Para los decrecentistas el problema no es la pobreza de los países del Sur –fruto de la injusticia social milenaria- sino la mal entendida “riqueza” y el consumo excesivo de los países del Norte. Estos países han llevado a una situación límite la cuestión de sostenibilidad del planeta, en el que una tierra por sí sola ya no es suficiente. El problema no es –frente a esta realidad-  si la producción es capitalista guiada por el crecimiento ilimitado, o si es socialista guiada por la idea de progreso igualitario. Es que, la mayor parte del Norte sobrepasa en más de una tierra la huella ecológica, siendo el caso estadounidense, uno de los más extremos, con 12,5 Ha. per cápita durante el año 2010. Por otro lado, el 20% de la población mundial, la que goza de las mayores riquezas, consume el 85% de los recursos naturales.[iii]

Desde el siglo XVIII el 45% del territorio del planeta se ha transformado. Hoy, las ciudades ocupan el 2% de todos los continentes y crecen a un 0,25% anual. En el último siglo, la población se ha cuadruplicado y continúa creciendo un 1% cada año y el consumo energético y de agua por persona se ha multiplicado por 20. Científicos y decrecentistas nos alertan: “¡Hemos sobrepasado la capacidad de carga de la Tierra!”.[iv]

Esto es un desastre anunciado, porque ya lo habían advertido expertos del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) en los años 70, cuando prepararon un informe para el Club de Roma, y mucho antes Mahatma Gandhi, y mucho antes los mismos economistas clásicos, como John Stuart Mill o Joseph Schumpeter, quienes auguraron que la acumulación indefinida no era posible y que tarde o temprano vendría el colapso. Pero la euforia económica de la segunda mitad del siglo XX produjo amnesia ecológica y pronto el mundo se olvidó de sus propios límites.

La mayor parte del Norte ha tomado “prestado” del Sur y del planeta tanto recursos como mano de obra desde hace siglos. Esto ha llevado a los decrecentistas a reconocer a los países del Norte como deudores de crecimiento para con los países del Sur y con el planeta. Algunos han considerado que tal deuda debería incorporar un conjunto de deudas definidas a partir del estudio del impacto del modelo de crecimiento occidental:

  • Deuda económica, donde el crecimiento del Norte se ha dado debido al intercambio desigualcon el Sur.
  • Deuda histórica, donde el crecimiento del Norte se ha estado dando desde la colonizaciónhasta las múltiples formas enmascaradas de dominación para con el Sur (neocolonialismo y globalización).
  • Deuda cultural, donde el modelo de crecimiento del Norte ha destruido culturas y los estilos de vida en los países del Sur.
  • Deuda social, donde el crecimiento del Norte ha impactado en las condiciones de vida, de salud, y de derechos humanosde las poblaciones del Sur.
  • Deuda ecológica, donde el crecimiento del Norte ha impactado en el planeta y en los países del Sur debido a las emisiones de dióxido de carbono, la biopiratería, los pasivos ambientalesy la exportación de residuos.[v]
Según afirma el decrecentismo, el impacto al planeta se traduce como efecto invernadero, desregulación del clima, pérdida de la biodiversidad y contaminación. Como consecuencia, habrá una degradación progresiva de la salud humana, en mayor medida en los países pobres, incluyendo la salud de la flora y la fauna, ocasionando entre otros efectos adversosesterilidadalergiasmalformaciones, etc.

El decrecimiento se opone tanto a la economía neoliberal y productivista como a la noción de desarrollo sostenible. Desarrollo y sostenibilidad serían, hoy por hoy, incompatibles. Todo el planeta aspira a alcanzar los niveles de vida occidentales (con el 20 % de la población del planeta consumiendo el 85% de los recursos naturales). Por lo tanto, el desarrollo no podrá ser sostenible. Latouche critica el término de desarrollo sostenible, que considera simultáneamente oxímoron  y pleonasmo, es decir, o es desarrollo o es sostenible, pero no los dos.

El “desarrollo sostenible” ha pasado a convertirse en un argumento que utilizan los gobiernos y las multinacionales. Intentan así mostrarse “políticamente correctos”,  aparentando tener en cuenta los efectos medioambientales en la toma de decisiones. Es una máscara para mostrar un respeto inexistente, o al menos insuficiente -como por ejemplo el Protocolo de Kyoto.

Desde una postura no radicalmente pro-decrecimiento, Mari Carmen Gallastegui, premio Euskadi de Investigación 2005 afirma: “aunque la concepción original de sostenibilidad  tuvo la virtud de enviar el mensaje de preservación del medio ambiente y la cohesión social, ahora se le agrega el adjetivo sostenible a absolutamente todo y, al final, no significa nada”.[vi]

El decrecimiento nos invita a huir del totalitarismo economicista, desarrollista y “progresista”. Muestra que el crecimiento económico no es una necesidad natural del ser humano y la sociedad. Lo es sólo para la sociedad de consumo, que ha hecho una elección por el crecimiento económico, adoptándolo como mito fundador y energizante. Serge Latouche y el Instituto de Estudios Económicos por el Decrecimiento, lanzaron los 8R, “Los Ocho Requisitos o Pilares del Decrecimiento”. Estos sintetizan nuestra responsabilidad con la creación, de la cual somos llamados a ser mayordomos:

  1. Revaluar: Se trata de sustituir los valores globales, individualistas y consumistas por valores locales, de cooperación y humanistas.
  2. Reconceptualizar. Encaminado esto a la nueva visión que se propone del estilo de vida, la calidad de vida, la suficiencia y “la simplicidad voluntaria” ya mencionadas.3
  3. Reestructurar: Adaptar el aparato de producción y las relaciones sociales en función de la nueva escala de valores, como por ejemplo, combinar “la eco-eficiencia y la simplicidad voluntaria”.
  4. Relocalizar: Es un llamamiento a la autosuficiencia local, a fin de satisfacer las necesidades prioritarias, disminuyendo el consumo en transporte.5
  5. Redistribuir: Con respecto al reparto de la riqueza, en las relaciones entre el Norte y el Sur, en procura de un balance justo para ambas regiones.6
  6. Reducir: Con respecto al cambio del estilo de vida consumista, al estilo de vida sencilla y todas las implicaciones que esto conlleva.7
  7. Reutilizar y 8. Reciclar: Alargando al máximo posible el tiempo de vida de los productos, para evitar el consumo y el despilfarro excesivos.[vii]
A mi entender, esta tendencia comenzó el siglo pasado en un país europeo: Suecia, nación pequeña en tamaño. Su superficie es menor que la de los estados de California y de Sao Paulo. Tiene una población de algo más de nueve millones. Está entre los cinco países del mundo con mayor expectativa de vida y menor tasa de natalidad. Tras la Primera Guerra Mundial era una nación de emigración europea, pero fue cambiando a un país de inmigración a partir de la Segunda Guerra Mundial. Casi el 12 % de su población nació en el exterior y casi una quinta parte son o bien inmigrantes o hijos e hijas de estos. Los mayores grupos de inmigrantes provienen de Finlandia, la antigua YugoslaviaIrán, Noruega, Dinamarca, Chile y Polonia.

He visitado Suecia en tres ocasiones. Las dos últimas porque cautivó mi corazón de sociólogo. No conozco otro país con una cultura social tan excepcional como pueblo, como la de Suecia. Sólo le siguen en Europa otros pocos países del norte escandinavo. La pequeñez geográfica y poblacional de Suecia no ha impedido que sea uno de los países proporcionalmente más industrializados del mundo, con la producción de marcas de gran prestigio mundial como Volvo, Erickson, Nokia, Skandia, Electrolux, Nobel Biocare, ABB, etc. ¡Ah! también fabrica ya por más de tres décadas, motores para los cohetes propulsores de la NASA. Y lo más importante: la seguridad social no es sólo económica ni para la tercera edad, sino integral y para toda edad. Según un decir popular es “desde la cuna hasta el ataúd”. Nada despreciable ¿verdad?

Suecia ha creado, desarrollado y propulsado -al menos en algunos contextos europeos- la “cultura del slow down”. Por ejemplo, en Volvo, los suecos se reúnen en incontables sesiones de análisis antes de lanzar un nuevo modelo de auto. Está establecido que no sale al mercado ningún producto nuevo, sin menos de dos años de pruebas. Lo someten a series de evaluaciones de calidad. Consideran sus más mínimos detalles. Es que los suecos no se han rendido a la “ley de la urgencia”, típica del espíritu competitivo del capitalismo, marcado por la filosofía del crecimiento continuo e ilimitado. Su búsqueda es por calidad, no por cantidad. Esto se manifiesta en lo más importante: su constante preocupación y ocupación por una vida humana personal y social de calidad, donde es más importante el ser (realización humana plena) que el tener (nivel económico de vida). Su legislación social integral y ejemplar así lo testifica.

Suecia es influyente en la Europa de hoy, donde el “slow down” como principio y estilo de vida está prendiendo. Es un movimiento reciente y relacionado con el “Slow Food”, contestatario de la chatarra denominada “fast food”, un invento de la urgencia y ansiedad que genera la fiebre del crecimiento permanente. En Italia, con su culto por la gastronomía como placer y medio de sociabilidad, esto ha prendido. Roma es la sede de la “Slow Food International Association”.[viii]
 
Esta asociación promueve el dedicar tiempo para gozar de la preparación y alimentación sana y sabrosa, en relación con colegas, amigas y familiares. Comer lenta y pausadamente, para saborear, ingerir y digerir con calidad. Calidad de vida, del ser y del compartir. Vivir en lugar de sobrevivir. Esto significa recapturar los valores de la familia, de los amigos, del tiempo libre para el buen ocio, de la fe y la espiritualidad, y de la relación cara a cara en las pequeñas comunidades. Es volver a valorar lo pequeño donde todos, todas somos importantes, frente al gigantismo, el crecimiento delirante de las megalópolis, la urbanización frenética que niega la persona disuelta en la muchedumbre, y donde sólo sobrevive quien “gana” en esa ley de la selva.

El “slow food” ha generado el movimiento más amplio de la “Slow Europe”, analizado y destacado por una edición europea de la revista “Business  Week”. Esta “slow attitude” está impactando a muchos epígonos de lo “fast” en todo y para todo, y el “do it now!”, es decir, ¡vivamos corriendo! Cuestionar esto no significa trabajar y producir menos, sino laborar en un ambiente menos coercitivo, sin estrés excesivo, donde la acción en equipo procura la calidad más que la cantidad. Los sabios refranes antiguos como “sin prisa se llega lejos” o “la prisa es enemiga de la perfección” vuelven a tener relevancia.

El decrecimiento es un “término obús” que tiene gran capacidad de convocatoria, como lo prueba el éxito de sus colectivos y la afluencia numerosa a cualquier evento que lleva decrecimiento en su título. Este poder de convocatoria, casado con los deseos de experimentar nuevas ideas, está creando ambientes propicios al encuentro de diferentes alternativas. Esto es, al “diálogo globalizado”.
El decrecimiento es un movimiento en marcha. Será clave en la invención de un proyecto de acción política no-violenta y de carácter voluntario, de emancipación ideológica y de superación de la idea de progreso. El crecimiento para el Norte quedaría así totalmente descartado. Esto quedaría como objetivo únicamente para los países del Sur y sólo hasta un nivel de vida modesto, que luego tendría que ser la regla global total. Esto es, balance socio-económico equitativo, “solidaridad y cooperación globalizada”.

Un marxista ortodoxo reiría ante tales afirmaciones, las que consideraría “utópicas” peyorativamente hablando y, por lo tanto, inalcanzables como metas. Su clave hermenéutica “objetiva” de la historia es la lucha de clases, sin excepciones. Cree que sin ella es imposible toda real transformación, es decir, una verdadera revolución. No acepta ninguna posibilidad de voluntarismo de las partes y de acción transformadora no violenta ¡He aquí su “fundamentalismo dogmático”! El cambio radical de la actual competitividad desenfrenada de la globalización neoliberal, por una verdadera cooperación social fruto de una globalización solidaria, levanta hoy un montón de interrogantes ideológicos y estratégicos aún por responder. Sin dudas, hay un largo camino todavía por recorrer. Pero los utópicos de ayer y de siempre reafirmamos, con el mayor realismo histórico, que las grandes transformaciones -con o sin lucha de clases- marcharon siempre impulsadas por grandes utopías.

Esta transformación radical o revolución global requiere de un proyecto de decrecimiento, un cambio de valores, una verdadera deconstrucción del pensamiento económico. Esto pone en cuestión nociones importantes como crecimiento y acumulación, desarrollo y progreso, eficiencia y competencia, producción y consumo, durabilidad y sobriedad, pobreza y subdesarrollo, necesidad y ayuda, etc…

No existe aún un modelo definido, pero sí ideas potenciadoras que generan claras direcciones hacia una sociedad basada en la cooperación, la eficiencia y el respeto a la naturaleza. Uno de los caminos a un mundo nuevo, sin competencias ni guerras, con niveles y hábitos de vida saludables y globales, no solo para la minoría, sino para la totalidad.

Esta revolución global radical -inicial pero en marcha- considera y usa la economía como un medio para la vida humana y no como un fin. A quienes profesamos una fe cristiana radical, nos motivan la vida y enseñanzas de Jesucristo. Por eso afirmamos: ¡QUE VIVA Y CREZCA EL DECRECIMIENTO!
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[i] Wikipedia. La enciclopedia libre. https//es. Wikipedia.org/Wiki.
[ii]Ideólogo francés divulgador del decrecimiento. Fundador y presidente del Instituto de Estudios Económicos por el Decrecimiento, con sede en París. Escritor y conferenciante. Recomendamos, entre otros, su libro: La apuesta por el decrecimiento: ¿cómo salir del imaginario dominante? Barcelona: Icaria Editorial, 2008.
[iii]Wikipedia. Op. Cit..
[iv] G, Joseph M. Consumicidio: Del carácter al consumo in(sostenible). España: Omnia Publisher, 2013, pág. 3.
[v] Wikipedia, Op. Cit.
[vi] Citado en Carlos Taibo. ¿Porqué el decrecimiento?: Un ensayo en la antesala del colapso. España: Libros del Lince, 2014, pág. 17.
[vii] Ver Serge Latouche. La apuesta por el decrecimiento, España: Icaria, 2008, págs. 22-24.
[viii] La “Slow Food International Association” fue creada por Carlo Petrini en 1986. Es la sede internacional del movimiento “Slow Food” iniciado por Petrini en 1985, contra la apertura del primer negocio de “McDonald’s” a pocos metros de la estratégica “Scalinata di Trinità dei Monti” en el centro de Roma. Hoy el movimiento tiene más de 100.000 miembros en más de 150 países.