igualdad versus desigualdad, diferencia versus identidad

En nuestra civilización jerarquizada, los que están arriba -y un hombre siempre está por encima de las mujeres que se le pueden equiparar- son los que han ido construyendo un modelo en el que lo significante, lo valioso, es aquello que se ajusta más fácilmente al esquema viril: la fuerza, la competitividad, la acción, la conquista, la producción ... frente a la paciencia, la solidaridad, el sentimiento, el cuidado o la reproducción.

Cualquiera, mujer o varón, pueden ser una cosa, la otra, o las dos indistintamente. A lo que me refiero es a la valoración que se hace de determinadas funciones, roles, actitudes o aptitudes. Y para calibrar lo que existe y no existe a la medida del paradigma viril no tenemos más que fijarnos en los medios de comunicación: el esquema del triunfador está muy cerca del financiero, del político con éxito, del presentador mediático, del futbolista goleador...

Si definimos el poder mandar, poder hacer y poder ser, como el dominar;existe, no sólo una dominación real de la que las mujeres somos las víctimas, sino también una dominación simbólica que ni siquiera la vemos porque anida en nuestro inconsciente. Existen explotaciones visibles y materiales que son posibles porque previamente existe una dominación tácita y simbólica que consigue hacer pasar por normal lo que es aberrante.

Si lo que postulamos es acabar con una estructura de dominación, y no sólo conseguir que las mujeres seamos iguales a los hombres, la búsqueda de los principios éticos es fundamental. Nuestra política no puede ser únicamente “el arte de lo posible”, sino también de lo “conveniente”. De lo contrario ¿de qué emancipación o liberación estamos hablando ?

Para saber más: ‘¿Qué es el feminismo de la diferencia?’. Victoria Sendón de León.

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