Hacia el inevitable decrecimiento

Javier León - Creando utopías

Todos los datos económicos, todo lo relativo al progreso de una nación y al bienestar de sus ciudadanos vienen medidos por el crecimiento de sus economías. El índice que se utiliza para medir dicho progreso suele ser el aumento del porcentaje del Producto Interior Bruto (PIB), el cual nos indica, si su crecimiento es positivo, que el país va bien. Esto choca frontalmente con la realidad de vivir en un mundo limitado con recursos limitados y circunscritos a una realidad finita, y de paso, con las repetidas advertencias que desde las Naciones Unidas se están liderando una y otra vez.




La paradoja es que para poder sostener este sistema de valores de crecimiento continuado es necesario:
  1. un consumo desenfrenado,
  2. una especulación financiera que lo haga posible y
  3. unos valores morales de baja calidad en nuestra sociedad.
El resultado es una insatisfacción continuada, una ansiedad progresiva y una casi adicción por el consumo, algo que parece no tener límites en la consciencia humana.

Ante esta impredecible deriva política y económica, en 1987 se creó por parte de la “Comisión Mundial de Medio Ambiente y Desarrollo” de las Naciones Unidas un documento llamado el “Informe Brundtland”. En el documento, que originalmente se llamó Nuestro Futuro Común[1], se habló por primera vez de “desarrollo sostenible”. En este informe se ponía en duda nuestro modelo de desarrollo económico actual y la sostenibilidad ambiental del mismo, criticando y analizando el coste que supone las políticas de desarrollo a nivel mundial. El desarrollo sostenible fue definido en este informe como aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer las necesidades de las futuras generaciones. El informe, dentro de sus objetivos, propuso dos tipos de restricciones:
  1. a) una restricción ecológica, es decir, la conservación de nuestro planeta Tierra,
  2. b) y otra de tipo moral, la renuncia a los niveles de consumo a los que no todos los individuos puedan aspirar.
Una de las ambiciones de dicho informe fue la de “proponer unas estrategias medioambientales a largo plazo para alcanzar un desarrollo sostenido para el año 2000 y allende esta fecha” (página 10 del informe). El tiempo ha demostrado que este objetivo no sólo no se ha alcanzado, sino que estamos ante un nuevo escenario descrito con cierta angustia en el “Acuerdo de París” de diciembre de 2015 propiciado también por las Naciones Unidas. En este mismo acuerdo se recuerda la “Agenda 2030 para el desarrollo Sostenible”[2], donde los estados miembros aprobaron 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)[3] para poner fin a la pobreza, luchar contra la desigualdad y la injusticia, y hacer frente al cambio climático. Las Naciones Unidas es consciente del peligro inminente que se está generando en torno al crecimiento desmedido. Tal es así, que lo expresa abiertamente en todos sus documentos e informes: “Conscientes de que el cambio climático representa una amenaza apremiante y con efectos potencialmente irreversibles para las sociedades humanas y el planeta y, por lo tanto, exige la cooperación más amplia posible de todos los países y su participación en una respuesta internacional efectiva y apropiada” (página 1 del Acuerdo de París).

Como vemos, existen un montón de acuerdos cargados de buenas intenciones que resultan, debido a la propia dinámica de crecimiento y moral de los países miembros en cuanto a la imprescindible necesidad de crecimiento, imposible llevar a cabo. Este fracaso global provoca reacciones de todo tipo. La más conocida es una teoría que desde los años sesenta va ganando fuerza: el decrecimiento. Sus defensores creen que el “desarrollo sostenible” es insuficiente para poder detener el colapso ecológico en el que nos encontramos y son necesarias medidas más drásticas e inmediatas.
Uno de los defensores de la teoría del decrecimiento es el economista francés Serge Latouche, del cual ya hemos hablado alguna vez, el cual insiste en que lo único que nos queda por hacer es poner en práctica todas las recetas posibles, pasando por reducir la jornada de trabajo, consumir menos y provocar un necesario respeto por el medio ambiente. Es decir, lo deseable no sería esperar respuestas a nivel global o de nuestros propios gobiernos, sino aplicar nosotros mismos una vida de austeridad voluntaria, viviendo mejor con menos. La llamada simplicidad voluntaria nos ofrecería un mayor tiempo de ocio y una vida social más plena, alejada del consumo compulsivo e irracional y un estilo de vida competitivo, de todos contra todos, ajeno a las nuevas propuestas y las tesis del apoyo mutuo y la cooperación.

Serge Latouche propone algunas soluciones prácticas como las llamadas las 8 R: Revaluar (nuestros valores), Recontextualizar (la construcción social), Reestructurar (los aparatos económicos y productivos), Relocalizar (consumiendo sólo lo que se produce localmente), Redistribuir (el acceso a los recursos naturales y a la riqueza), Reducir (el consumo y el gasto energético), Reutilizar y Reciclar (todos los objetos, en cualquier actividad).

En definitiva, está en nuestras manos y no en las manos de los poderosos sistemas de interés el poder revertir este ciclo de autodestrucción en el que nos encontramos. Seamos conscientes y empecemos a buscar soluciones prácticas, individuales y colectivas, para poder vivir mejor con menos, ser felices y hacer feliz al planeta que nos acoge.

[1] Ver el documento en el siguiente enlace: http://www.un.org/es/comun/docs/?symbol=A/42/427

[2] Puede consultarse la misma en el siguiente enlace: http://www.cooperacionespanola.es/sites/default/files/agenda_2030_desarrollo_sostenible_cooperacion_espanola_12_ago_2015_es.pdf

[3] Los 17 objetivos son: 1. Poner fin a la pobreza en todas sus formas en todo el mundo. 2. Poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y la mejora de la nutrición y promover la agricultura sostenible. 3. Garantizar una vida sana y promover el bienestar para todos en todas las edades. 4. Garantizar una educación inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos. 5. Lograr la igualdad entre los géneros y empoderar a todas las mujeres y las niñas. 6. Garantizar la disponibilidad de agua y su gestión sostenible y el saneamiento para todos. 7. Garantizar el acceso a una energía asequible, segura, sostenible y moderna para todos. 8. Promover el crecimiento económico sostenido, inclusivo y sostenible, el empleo pleno y productivo y el trabajo decente para todos. 9. Construir infraestructuras resilientes, promover la industrialización inclusiva y sostenible y fomentar la innovación. 10. Reducir la desigualdad en y entre los países. 11. Lograr que las ciudades y los asentamientos humanos sean inclusivos, seguros, resilientes y sostenibles. 12. Garantizar modalidades de consumo y producción sostenibles. 13. Adoptar medidas urgentes para combatir el cambio climático y sus efectos. 14. Conservar y utilizar en forma sostenible los océanos, los mares y los recursos marinos para el desarrollo sostenible. 15. Proteger, restablecer y promover el uso sostenible de los ecosistemas terrestres, gestionar los bosques de forma sostenible, luchar contra la desertificación, detener e invertir la degradación de las tierras y poner freno a la pérdida de la diversidad biológica. 16. Promover sociedades pacíficas e inclusivas para el desarrollo sostenible, facilitar el acceso a la justicia para todos y crear instituciones eficaces, responsables e inclusivas a todos los niveles. 17. Fortalecer los medios de ejecución y revitalizar la Alianza Mundial para el Desarrollo Sostenible.

(Foto: trabajando juntos en el Proyecto O Couso para hacer de la austeridad y el decrecimiento una virtud de compartir y felicidad).

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