Cinco argumentos a favor del decrecimiento

Giorgos Kallis  - Uneven Earth

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El desarrollo sostenible y su reencarnación más reciente, el crecimiento verde, prometen la imposible hazaña de continuar el crecimiento económico sin dañar el medioambiente. Los defensores del decrecimiento, a diferencia, no pretenden apostar por un desarrollo mejor ni más verde, sino idear y aplicar una visión alternativa al desarrollo moderno basada en el límite al crecimiento.

El decrecimiento hace vacilar la mirada de sentido común que ve al crecimiento como algo bueno. Como decía la autora Estadounidense de ciencia ficción, Úrsula le Guin, se trata de “obstaculizar con un cerdo la vía del tren que nos lleva a un futuro de una única dirección, el crecimiento.” O, dicho de otra forma, el decrecimiento es un “concepto misil” que abre el debate silenciado debido al irrefutable consenso que existe en torno al desarrollo sostenible.

1. El decrecimiento es subversivo

La primera crítica común contra el decrecimiento es que este representa un punto de vista pesimista y limitado —más una pesadilla que un sueño—. Pero esto depende de la perspectiva personal. Para los 3 500 participantes que asistieron a la última conferencia sobre el decrecimiento, el crecimiento es una pesadilla, el decrecimiento, un sueño. El crecimiento tiene más coste social que beneficios, como documentó Herman Daly, y es actualmente anti-económico. Nos acerca al desastre climático como muestran Kevin Anderson y Naomi Klein. Siendo así, ¿por qué tendríamos que proteger las ideas de crecimiento como si se tratara de una visión optimista?

Principalmente por dos razones. La primera que el decrecimiento asusta a mucha gente que aún cree que el crecimiento es beneficioso. La segunda porque el decrecimiento es políticamente ‘imposible’. Muchos dicen que no se puede hablar de decrecimiento en medio de una crisis.

Si nuestro papel como científicos y educadores fuera complacer a la opinión pública y satisfacer a aquellos que están en el poder, la tierra seguiría siendo plana. El decrecimiento, tal y como lo plantea Serge Latouche, es una afirmación secular contra el dios del Crecimiento. El crecimiento ha sustituido a la religión en las sociedades modernas, dando así sentido a todos los esfuerzos colectivos. El decrecimiento está pensado para ser subversivo. El decrecimiento modifica la percepción de los bueno y la percepción de los malo. En un principio, puede que el término “decrecimiento” no suene bien en una u otra lengua. Entonces, el objetivo es hacer que suene bien. A juzgar por un artículo reciente en The Guardian, que sostiene que el decrecimiento es una “palabra preciosa”, los defensores del decrecimiento lo están consiguiendo.

El decrecimiento no es un objetivo final. La “economía solidaria”, los “bienes comunales” o la “convivialidad” son visiones optimistas impulsadas por la comunidad defensora del decrecimiento. Aun así, si este futuro llega, vendrá acompañado de una reducción drástica en la extracción de materiales y energía, junto con una “forma de vida” que se simplificará de forma radical. El obstáculo principal en el camino hacia una Gran Transición de este tipo es la obsesión por el crecimiento. Vencer el miedo al decrecimiento y revertir la aprensión a vivir con menos en alegría, es un primer paso. 

2. Menos de lo malo + más de lo bueno = Decrecimiento

La segunda crítica contra el decrecimiento afirma que lo malo no es el crecimiento en sí, sino el mal crecimiento económico actual. El cuidado medioambiental, las energías renovables y los alimentos orgánicos necesitarán crecer en una Gran Transición; “necesitamos menos de lo ‘malo’… y más de lo ‘bueno’, como argumentó cierto comentarista.
¿Y quién no estaría de acuerdo? Los problemas empiezan cuando lo que nosotros vemos como bueno, otros lo ven como malo. El liberalismo, agrupado en nociones generalmente aceptadas como la “sostenibilidad”, aboga por una neutralidad apolítica cuando se trata de intereses conflictivos. Por el contrario, el decrecimiento apuesta por una parcialidad transparente. Aquello que normalmente se considera “Crecimiento” (autopistas, puentes, ejércitos, presas) es malo para “nosotros” los defensores del decrecimiento. Por lo contrario, algunas realidades que se consideran anacronismos en el escalafón del progreso (instituciones comunales, comida local fresca, pequeñas cooperativas, o molinos de viento), son buenas. Quizá decrecimiento es un término imperfecto para denominar este fenómeno. Aun así, es mejor que términos neutrales como “sostenibilidad” o “transición” sin más detalle de las implicaciones a futuro.

Otro problema con este argumento es que “lo bueno” se calcula en términos de crecimiento. Un 2 % anual duplica “algo bueno” cada 35 años. Si Egipto empezase a contar sus bienes con un metro cuadrado, y los multiplicara cada año hasta un 4,5 %, para finales del año 3 000, su población necesitaría 2,5 mil millones de sistemas solares para guardar sus trastos. El crecimiento perpetuo, incluido el de comida orgánica, es absurdo. Ya es hora de dejar atrás la idea de expansión perpetua y el término crecimiento. Debemos centrarnos en cosas beneficiosas que florezcan en una cantidad y calidad suficientes para satisfacer las necesidades básicas de las personas.

También tengo mis dudas en cuanto a que una transición hacia una economía de “cosas beneficiosas” pudiera soportar el crecimiento económico de PIB. Paul Krugman recientemente ha sugerido que si este fuera el caso, esto implicaría que una escisión absoluta, donde el crecimiento de la actividad económica continúa y el uso de recursos se reduce, sería posible. Sin embargo, déjenme nombrar tres razones por las que esto es poco probable.

En primer lugar, una economía renovable produciría menos exceso de energía (tasa de retorno energético) que la economía del petróleo. Una economía con un nivel de superávit menor tendría más intensidad de trabajo y sería por lo tanto más pequeña.

En segundo lugar, en teoría, podría parecer que lograr incrementar el PIB en las energías renovables, educación y salud, y reducirlo en asuntos militares, haría crecer el PIN y reducir el consumo de recursos. Esto se llama la desmaterialización de la economía hacia la dirección de una economía inmaterial. Pero esto es una fantasía. Los paneles solares, los hospitales, los laboratorios universitarios, entre otros, no son inmateriales, sino más bien productos finales en cadenas largas que utilizan material intermedio y primario, y que utilizan la energía y los recursos intensamente. Aun arriesgándome a llevar mi ejemplo demasiado lejos, el emblemático servicio de salud nacional británico fue subvencionado por el petróleo que está protegido con armas en todo el Suez.
En tercer lugar, la transición de lo que llamamos una economía de todoterrenos, que explota las fuentes intensivamente, a una economía sin peso, de coches eléctricos o de libros electrónicos, reduciría la producción pero sólo momentáneamente. Una vez se complete la transición, un mayor crecimiento de la economía de coches eléctricos y libros electrónicos, por muy pocos recursos que se utilicen, seguirá aumentando la producción.

Por supuesto que todo esto es muy complicado. En teoría, no podemos descartar la posibilidad de un crecimiento verde y desmaterializado, especialmente si redefinimos qué entendemos como crecimiento. Me gustaría ser aún más incrédulo: estoy de acuerdo en que simplemente deberíamos ignorar el PIB y hacer más de lo bueno, independientemente del efecto que esto pudiera tener en el crecimiento.

El problema, sin embargo, es que el sistema actual no es incrédulo. Sin el crecimiento del PIB, el sistema se colapsaría (véase Grecia). Los intereses establecidos que controlan el sistema no tienen ninguna voluntad de dejar caer el PIB (véase la reacción ante la regulación del clima por parte de los lobistas y los foros conservadores, como el club del crecimiento en EE. UU.). Ser incrédulo no es una opción.

En otras palabras, no podemos permitirnos ser incrédulos en un sistema que sí depende del crecimiento del PIB: tenemos que actuar para cambiar los fundamentos del sistema, de modo que no dependa más del crecimiento del PIB. Necesitamos más instituciones para hacer sostenible y socialmente estable el inevitable decrecimiento.

3. Superar el PIB equivale a superar el crecimiento

La tercera crítica al decrecimiento es que el problema no es el crecimiento sino el PIB. Si pudiéramos medir solo los bienes que ofrece una economía, como los masajes, y descontar los perjudiciales, como los vertidos de aceite, entonces no habría razón para no querer crecer.
En primer lugar, el crecimiento continuo de cualquier bien, incluso el del PIB perfeccionado, es un objetivo absurdo. Yo no quiero una tierra donde la gente dé suficientes masajes para satisfacer a 2,5 billones de sistemas solares. Medir el éxito según una serie de indicadores fiables es una cosa, pero pedir que sigan creciendo de manera continuada va a ser siempre una postura sin sentido.

En segundo lugar, el Producto Interno Bruto cuenta lo que vale para el sistema económico actual: la circulación de capital, sea cual fuese su fuente. La decisión de la UE de incluir las drogas y la prostitución en el PIB, pero excluir los servicios de asistencia social no remunerados, es ilustrativo. El PIB cuenta el valor total monetizado. Esto es lo que produce beneficios corporativos y fondos públicos y esto es lo que los gobiernos quieren asegurar y estabilizar. La medición es un epifenómeno; es el resultado del sistema social, no su causa. Es por esto que el PIB persiste a pesar de las críticas de economistas prominentes.

4. Tenemos que disminuir nuestro crecimiento, pero no para que ellos

A menudo se argumenta que el decrecimiento es irrelevante, incluso insultante, para la mayor parte del mundo que permanece en la pobreza. El argumento es que mientras “nosotros” (los ricos y sobrealimentados del norte) podríamos tener decrecimiento, “ellos” (los pobres, poco alimentados del sur) todavía quieren y necesitan crecer. Este es el discurso más poderoso que perpetúa la ideología del crecimiento que hay que descartar, pero con cuidado.

Todos nosotros, hasta cierto punto o durante algunas épocas, nos sentimos como ‘los del Sur’. Mis compatriotas griegos me dicen que el decrecimiento no es para nosotros, ya que ahora somos pobres y estamos en crisis. El 99 % de la población de EE. UU. tiene buenas razones para creer que es el 1 % el que debe decrecer para que ellos puedan crecer. Incluso cuando se encuesta a los millonarios sobre cuánto dinero necesitarían para sentirse económicamente seguros, normalmente aseguran que el doble de lo que ya tienen, independientemente de su salario en ese momento.

Las comparaciones de posición llevan a perseguir y perpetuar el crecimiento. La inseguridad económica, en todos los niveles de salario, hace que todos corran cada vez más rápido para no caerse. 
Y las crisis económicas, cuando los estándares de vida decaen repentinamente y la inseguridad se intensifica, son los momentos en los que la búsqueda de crecimiento resurge con más fuerza, y por lo tanto, como una causa progresiva en estos momentos. Nunca será un buen momento para decrecer.
La mayoría de los habitantes de este planeta no cuentan con acceso a los bienes básicos, como agua o salud pública, pero lo merecen, y esto puede llevar a un mayor uso de la energía y los recursos. No obstante, esto no se necesita formular en los términos absurdos del crecimiento perpetuo. Es una cuestión de distribución y suficiencia. En el Norte necesitamos decrecer para que las cosmologías y las políticas alternativas más cercanas al espíritu de suficiencia del sur (como Sumak Kawsay o Ubuntu) puedan florecer. Las alternativas del sur han sido colonizadas intelectualmente por el desarrollismo, y materialmente a través de industrias extractivas que en nombre del crecimiento traen destrucción y pobreza. Esta colonización tiene que acabar.

La misma lógica se puede aplicar a otros países en crisis económica. En Grecia no necesitamos “crecer” para salir de la crisis económica (como si fuéramos niños, que es la manera en que nos trata la Troika en la actualidad). Necesitamos elaborar modelos alternativos de suficiencia, algunos basados en el pasado griego, materializados en instituciones que nos dejarán prosperar sin crecimiento.

Desconfío de aquellos que hablan en nombre de otros, recordándome que, a diferencia de lo que yo, un intelectual elitista, creo, ‘la gente pobre’ sueña con televisiones de plasma y Ferraris, y no podemos negarles esos sueños. La mayoría de la gente que conozco, incluyéndome a mí mismo, sí que tienen sueños materialistas: nuestra sociedad de clases fuerza estas ideas en nosotros si queremos permanecer como miembros seguros y dignos de ella. Afortunadamente, también tenemos el anhelo de llevar una vida más sencilla, de vivir en comunidad, de contar con amistades, y muchas otras necesidades que van con el imaginario del decrecimiento. La pregunta es cómo cambiar las estructuras sociales y los contextos institucionales de forma que satisfagamos estas últimas aspiraciones y no nuestros peores deseos materialistas.

5. Dejar el crecimiento atrás es dejar el capitalismo atrás

El capitalismo es el conjunto de instituciones de propiedad, financieras y comerciales que crean competencia insaciable, y fuerzan de ese modo a las compañías a crecer o perecer. El exceso que esta dinámica genera se invierte constantemente en más crecimiento. Una sociedad sin crecimiento puede seguir teniendo mercados, propiedad privada o dinero. Pero como sostienen Edward y Robert Skidelsky, un sistema económico que no crece y en el que el capital deja de acumularse, deja de ser capitalismo, lo quieran llamar como lo quieran llamar. Las instituciones de propiedad, crédito o empleo tendrían que reconfigurarse de forma radical para que el sistema fuera estable aun sin crecimiento. Tales reformas radicales incluyen propuestas como la asignación de un salario básico por ciudadano o el control público del dinero.

Las compañías benévolas como Mondragon o Novo Nordisk, que combinan la apreciación económica social y del medioambiente, son excepciones poco comunes por una razón. En una economía capitalista el beneficio es el punto de partida. Las preocupaciones sociales y medioambientales pueden admitirse por unos pocos actores, que pueden aumentar sus mercados y hacer dinero gracias a consumidores socialmente responsables. Tal y como lo describía George Monbit, “el capitalismo puede vender muchas cosas, pero no puede vender menos”.


Si la corporación comprende la economía de crecimiento globalizada, las cooperativas son el emblema de una economía de decrecimiento localizada. En una economía que no va a crecer más, las cooperativas de trabajadores o consumidores que no dependen de beneficios en continuo crecimiento tienen una ventaja natural. Es evidente que no todas las cooperativas poseen las características que las hace aptas para una transición al decrecimiento. Distinguiré la economía colaborativa de la “economía de alquiler” de AirBnB y otras corporaciones capitalistas similares que, independientemente de lo innovadoras que sean, reproducen la búsqueda de rédito y la dinámica de crear un superávit constante.


En conclusión

En este apartado sería apropiado citar a Tim Jackson: “El crecimiento no es compatible con un medioambiente sostenible, pero el decrecimiento es socialmente inestable”. Curiosamente, esta afirmación a menudo se menciona en contra del decrecimiento, de manera que se insiste en plantear un futuro único en el que tenemos que hacer sostenible el crecimiento y esperar un milagro tecnológico o social. Los adeptos a este paraíso tecnológico a menudo hacen referencia a innovaciones como casas inteligentes, hidroponía, robótica, la energía de fusión y los superordenadores. Yo me excluyo. A lo que voy es a que este futuro es insostenible, innecesario e indeseable (al menos para aquellos que nos consideramos partidarios del decrecimiento). Las soluciones tecnológicas suponen un coste para otros, para el medioambiente y para las generaciones futuras, a una escala aún mayor. El cambio climático es el legado de nuestros logros tecnológicos pasados.

Yo leo a Tim Jackson desde otra perspectiva. Dado que continuar creciendo es insostenible, tenemos que poner en marcha los cambios institucionales y sistemáticos que estabilizarán el decrecimiento.

Giorgos Kallis es un economista ecológico, ecologista político y profesor en el Instituto de Ciencia y Tecnología Medioambientales de Barcelona. Es el coordinador de la red europea de ecología política y editor del libro ‘Decrecimiento: un vocabulario para una nueva era’ (Ediciones Icaria).

Traducción del Inglés: Santiago Forés-Barrachina

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