Pecado estructural, pobreza y Teología de la liberación

Los campesinos del sur, las mujeres doblemente discriminadas, las minorías, las clases sociales populares explotadas, los oprimidos... Jesús de Nazaret se identificó con ellos y optó por ellos. La miseria que padecen los pueblos llamados subdesarrollados está engendrada por las relaciones de dependencia en que son mantenidos por los países poderosos o ‘más desarrollados’ del centro, a consecuencia de el sistema capitalista internacional mediante la existencia de mecanismos económicos, financieros y sociales que acumulan riqueza en unos lugares y desencadenan una acción destructora de pueblos, familias y personas en los restantes.

De esta manera el pecado estructural nos revela que existen estructuras sociales, económicas y políticas o culturales que son pecaminosas – producen sufrimiento, opresión y el mal – por el propio funcionamiento de su lógica, independientemente de las intenciones de las personas involucradas en estas estructuras.

Predicaba el arzobispo de San Salvador, Monseñor Óscar Romero (acribillado a tiros mientras celebraba la eucaristía el 23 de marzo de 1980), el rol perverso del pecado estructural que no es consecuencia del azar, sino que representa la voluntad de un esfuerzo organizado para defender y favorecer un grupo con intereses determinados, y que corresponde a la racionalidad de exclusión y de explotación inherente al sistema socioeconómico vigente.

De aquí que el cristianismo reivindique el sentido humano de entregar la vida y la libertad a favor de la gestación de un nuevo modelo económico y la significatividad de la participación activa de las comunidades de base cristianas en la lucha liberadora de sus pueblos.

El jesuita Ignacio Ellacuría (asesinado el 16 de noviembre de 1989 por soldados de las fuerzas armadas) nos habla de asumir la pobreza material de la propia vida personal y de las estructuras institucionales como manera de comprometerse a favor de los pobres, y como sacramento histórico de liberación.

Manifiesto contra el progreso

Un programa de decrecimiento, que a nivel individual siempre puede tener, sin duda, su sentido, a nivel social se convertiría, sin una conciencia generalizada que lo sustentase, en otra nueva utopía algebraica, en una receta ‘alternativa’ más que añadir a la interminable lista de programas, institucionales o revolucionarios, para fabricar la felicidad.

Decrecer significa lo inverso de crecer y no otra cosa: decrecer es tener cada vez menos, es sustituir el asfalto por tierra, es abolir la informática, acabar con la televisión, tener cada vez menos periódicos, dejar de fabricar la infinidad de cosas estúpidas que no se necesitan absolutamente para nada, consumir cada vez menos. En definitiva, tener menos para ser más.

Naturalmente, la realización de tal posibilidad a escala social sería un milagro sin parangón en la historia conocida de la humanidad. Ciertamente, el hombre actual, tan moderno, tan libre, tan progresista, tan dueño de sí, puede desintegrarse si le desconectan de la televisión, del automóvil, de la prensa diaria, del teléfono móvil y de internet.

Lo que conmúnmente se llama ‘realidad’ no es sino un colosal entramado de ficciones, mantenido en pie por la acción manipuladora de la publicidad y los medios de información, y alimentado por el ciudadano ‘medio’, entregado a la superstición de la noticia y el culto a la exterioridad. Somos sencillamente superfluos. Una sociedad que hace del aspecto físico, el dinero y el prestigio social, del deporte, la gastronomía y la moda sus divinidades domésticas, no supera los mínimos necesarios que confieren derecho a la existencia.

La actual unificación del mundo no permite siquiera contemplar el final de nuestra civilización como un trauma normal; en una sociedad globalizada, las catástrofes son inevitablemente globales. Con todo, si no hay lugar al optimismo, tampoco lo hay al pesimismo, pues la catástrofe, en definitiva, no es que Occidente se hunda, sino que subsista.

Para saber más: Manifiesto contra el progreso. Agustín López Tobajas. 2005.

Para saber más: La tradición perenne. Entrevista a Agustín López Tobajas.

Lo pequeño es hermoso

En el entusiasmo producido por el descubrimiento de los poderes científicos y tecnológicos, el hombre moderno ha construido un sistema de producción que viola la naturaleza y un tipo de sociedad que mutila al hombre. Se piensa que si tan sólo hubiera más y más riqueza, todo lo demás estaría solucionado. Se considera al dinero todopoderoso; si no puede comprar valores inmateriales tales como la justicia, la armonía, la belleza o incluso la salud, al menos puede hacer olvidar la necesidad de ellos, o compensar su pérdida.

La ‘lógica de la producción’ no es ni la lógica de la vida ni la lógica de la sociedad. Es tan sólo una parte pequeña de ellas y está al servicio de la humanidad. El llamado ‘realismo’ que se comporta como si el bien, la verdad y la belleza fueran demasiado vagos y subjetivos para adoptarlos como los objetivos más altos de la vida social o individual, o que los considera como un trampolín hacia la obtención de la riqueza y del poder, ha sido apropiadamente calificado ‘realismo de locos’.

"Uno mete el dedo en el suelo para decir por el olor en qué clase de tierra se encuentra: Yo meto mi dedo en la existencia y no huelo a nada. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Cómo vine aquí? ¿Qué es esta cosa llamada mundo? ¿Cuál es el significado de este mundo? ¿Quién es el que me ha arrojado dentro de él y ahora me deja aquí?... ¿Cómo vine al mundo? ¿Por qué no fui consultado... sino que fui arrojado a las filas de hombres como si hubiera sido comprado a un secuestrador, a un tratante de almas? ¿Cómo llegué a tener un interés en esta gran empresa que ellos llaman realidad? ¿Por qué debería tener interés por ella? ¿No debería ser un interés voluntario? ¿Y si me empujan a tomar parte en ella, dónde está el director?... ¿Adónde iré con mi queja?"

Soren Kierkegaard

En todas partes la gente se pregunta. ¿Qué es lo que puedo hacer?.

Para saber más: Lo pequeño es hermoso. E.F. Schumacher. 1973.

Para saber más: El mayor recurso: la educación.

Navidades, felicidad y decrecimiento. ¿Qué relación hay entre el consumo y la felicidad?

 
Filka Sekulova [1]

Traducido al castellano para EcoPolítica por Javier Zamora García [2]

Entramos en fechas navideñas, y con ello, volvemos a sumergirnos en ese túnel de compras y gastos que siempre acompaña a esta época del año. Constantemente recibiremos, de una manera u otra, el mensaje de que la celebración, para ser verdaderamente dichosa, debe acompañarse de una buena cantidad de gasto (regalos, comidas, cenas, fiestas… Con todo lo que ello conlleva en términos, sin ir más lejos, de transporte). Por esa razón, las Navidades son siempre una buena ocasión para reflexionar sobre nuestra obsesión con el consumo material, y la influencia que tiene ello en nuestra felicidad. No hay mejor manera de hacerlo que al calor de las ideas del decrecimiento.

Las palabras felicidad y decrecimiento son las dos difíciles de abarcar en una sola y simple definición. Decrecimiento no es simplemente “menos” y felicidad no es simplemente un estado de “dicha”. El decrecimiento es una plataforma en la que diferentes ideas confluyen. Estas ideas  engloban desde los límites al crecimiento material y a la extracción de recursos a nivel planetario hasta los límites al reconocimiento social que uno puede recibir a través de las posesiones materiales; desde los límites a la libertad obtenida a través del uso de la tecnología y la velocidad hasta los límites de la industrialización capitalista para mantener o mejorar nuestra satisfacción vital.  Al final, el decrecimiento ha pasado a significar la deseada metamorfosis hacia la equidad social y la sostenibilidad ambiental, mientras que sus implicaciones literales de reducción abren el espacio para que las alternativas crezcan,  tanto primero en lo mental como después en lo material.

La felicidad es una idea más filosófica, para algunos incluso metafísica. Teóricamente, puede ser definida como la sensación positiva asociada con la ausencia de dolor (la llamada “felicidad hedónica”); o como un vivir que está en coherencia con las creencias de uno y satisface sus mejores potenciales (la llamada “felicidad eudaimónica”). Mientras que algunas actividades producen tanto felicidad hedónica como eudaimónica, no todos los tipos de felicidad hedónica producen felicidad eudaimónica.  Es cierto que la felicidad no puede limitarse a un marcador entre hedonismo y eudaimonía. Además, el lector probablemente tenga una comprensión única de la felicidad que está más allá de una sola definición. En ese sentido, la intención aquí no es hegemonizar la percepción de la felicidad. Sin embargo, por razones de simplicidad, hablaré de la felicidad como un efecto secundario de vivir una vida que merece la pena  ser vivida, más que como una meta en sí misma. Además, asumiré que este efecto (secundario) puede ser medido, o aproximado, a través de preguntas concretas y escalas numéricas. Esto puede ayudarnos a operacionalizar algunas partes de la “felicidad” y ver cómo cambia, o podría cambiar, en un contexto de decrecimiento.

¿Por qué hablar de decrecimiento y felicidad? Algunos de los miedos que comúnmente emergen en respuesta a la palabra decrecimiento tienen que ver con  una posible pérdida de los niveles actuales de comodidad, placer, libertad y, generalmente hablando, bienestar. En realidad, si el decrecimiento implica la extracción y uso de menos combustibles fósiles, minerales y recursos naturales, menos tecnología, coches y aviones; si el decrecimiento implica el abandono de infraestructuras de gran escala, así como el hecho de compartir nuestro trabajo pagado y no pagado, rediseñar nuestros entornos urbanos y – más importante que eso – participar más en todos los niveles… ¿Perderíamos nuestra felicidad?
Para responder a estas cuestiones tenemos que considerar dos premisas básicas. En primer lugar, nuestro bienestar está influido por condiciones tanto materiales como inmateriales, y dichas condiciones nos influyen de manera diferente.

Mientras que una mejora de las condiciones materiales – tal como el nivel de ingresos disponibles, propiedad inmobiliaria o vehículos motorizados – tiende a aumentar nuestra felicidad, este efecto dura poco. Un estudio famoso de ganadores de lotería en los Estados Unidos demuestra cómo  la felicidad rápidamente desciende a niveles previos (e incluso aún menores) después de haber ganado una gran suma de dinero. Además, la satisfacción que uno recibe de una cesta de consumo creciente contribuye cada vez menos a la felicidad (o utilidad) en el tiempo.

Así, incluso en un marco conceptual puramente economicista, el crecimiento material infinito no logra su objetivo inicial: incrementar el bienestar infinitamente. Sin embargo, los cambios en ámbitos no monetarios de la vida – tales como la salud, las amistades, las relaciones, y la vida pública y social – tienden a tener un efecto más duradero sobre la felicidad (Easterlin, 2003).  Las alteraciones en estos ámbitos causan rupturas más profundas y permanentes en el bienestar que cualquier tipo de pérdida monetaria. Estos descubrimientos de los estudios sobre la felicidad  concuerdan con aquellas llamadas desde la teoría del decrecimiento adesplazar la importancia que concedemos a los componentes de la vida puramente (económico-)monetarios hacia aquellos basados en relaciones humanas, conectividad social y convivialidad.

En segundo lugar, la llamada paradoja de Easterlin demuestra que el crecimiento de los ingresos no contribuye al bienestar subjetivo en el tiempo. Esto ocurre por dos razones. La primera es la comparación social. Constantemente nos reflejamos en los otros y hacemos inferencias sobre cómo debería ser una vida buena y respetable. Por mucho que nuestros ingresos crezcan, siempre habrá algunos que por comparación social estén por encima, perpetuando una ‘carrera de locos’ por el estatus. Por esta razón, incluso en una sociedad justa y con riqueza bien distribuida, si nos quedamos enganchados en el crecimiento material, nunca será suficiente como para que todas las personas se sientan satisfechas y distinguidas. La segunda razón es la llamada adaptación de nuestros términos de referencia. Cuanto más ganamos, más esperamos ganar, así que no logramos percibir y disfrutar lo que ya tenemos.

¿Cómo se relacionan estas dos ideas con la idea del decrecimiento?  Intuitivamente, si el decrecimiento representa una disminución equitativa del consumo que afecte a todas las personas, esto no tendrá necesariamente un efecto negativo en el bienestar subjetivo. En primer lugar, por la adaptación. Nuestras aspiraciones tienen a adaptarse tanto al alza como a la baja. A diferente velocidad, pero a pesar de todo se adaptan. En segundo lugar por la comparación social. Un descenso en el consumo que afecte a todas las personas cambiará nuestros puntos de referencia, suavizando así  (o incluso neutralizando) los efectos potencialmente negativos que pudiera tener sobre la felicidad (Sekulova  y van den Bergh, 2013). Pero si solo una fracción de la población reduce su nivel de consumo material, mientras que la parte restante de la sociedad se caracteriza por abundante riqueza material, el bienestar de la fracción desfavorecida seguramente sea menor. Esto es lo que se observa durante episodios de crisis económica. Por el contrario, en el decrecimiento tendemos a hablar de una relación democráticamente establecida entre salarios máximos y mínimos. Se ha demostrado que la desigualdad de salarios tiene un efecto altamente negativo sobre la salud y la satisfacción vital. Así, si la brecha de ingresos entre individuos (y países) se reduce como resultado del decrecimiento, la competencia disminuiría y el bienestar subjetivo seguramente mejore.

Además, el decrecimiento implica un movimiento en dos direcciones simultáneas: una hacia la reducción,  pero también otra hacia la transformación o la “adaptación”. La hipótesis aquí es que el hecho de que una sociedad al completo consuma menos a través de múltiples acciones complementarias – o “adaptaciones” – no tiene por qué hacernos “menos felices” per se.

Para entender a qué nos referimos con esto de la “adaptación”, podemos comenzar con la propuesta del reparto del trabajo y la reducción de la jornada laboral formal. Las pruebas sobre el efecto de la reducción de la jornada son variadas y altamente dependientes del contexto. La reducción de la jornada laboral en el contexto de una sociedad basada en el crecimiento económico fuerza a que la gente tenga dos trabajos (en vez de uno) para poder seguir manteniendo altos sus ingresos.

Además, reducir la jornada laboral en un contexto de altos niveles de consumo material incrementaría el tiempo disponible para ocio intensivo en recursos (como viajes en avión o el uso de automóviles), contribuyendo de esa manera más bien poco al decrecimiento la felicidad (eudaimónica).

Por el contrario, el reparto del trabajo en el contexto del decrecimiento implica un nivel más bajo de ganancias individuales, consumo y poder adquisitivo. Sin embargo, la reducción de la jornada laboral – y el reparto del trabajo – en un contexto de decrecimiento son acompañados de ciertas transformaciones sociales o “adaptaciones”. En concreto, de un incremento en el tiempo y el espacio vital dedicados a actividades no monetarias, recíprocas y comunales. Aumentar el tiempo que dedicamos al trabajo comunal al tiempo que reducimos las horas de trabajo formales no tiene por qué hacernos infelices. La calidad de las interacciones sociales – los llamados bienes relacionales – es uno de los factores claves para el bienestar subjetivo. Se ha probado que mejorar nuestros lazos sociales y nuestra conectividad incrementa satisfacción vital. Por otro lado,  se ha probado tanto a nivel nacional como en distintos países que el aumento de la libertad – entendido como tener control sobre tu tiempo y la vida en general –  afecta la satisfacción vital más de lo que lo hacen la buena salud, el trabajo o el nivel de ingresos.

Los niveles de felicidad entre voluntarios, por ejemplo, se confirman más altos que los del resto de la población. Esto, en parte, se debe a la presencia de emociones empáticas y menores aspiraciones materiales que acompañan al voluntariado. En suma, la reducción de la jornada laboral, acompañada por un aumento del tiempo que uno dedica a los bienes relacionales o a las actividades que uno considera valiosas, probablemente tenga un efecto positivo en el bienestar, incluso en un contexto de reducción del consumo material.

Otra idea emblemática en el contexto del decrecimiento es la reducción de la dependencia del automóvil y otros medios de transporte rápido.

Si esa transformación permite una mayor presencia de naturaleza silvestre y paisajes rurales sin crear carestía social, probablemente tenga un efecto positivo en el bienestar. Los estudios sobre desplazamientos indican que cuantas más horas pasamos en un vehículo motorizado menos felices nos sentimos. Además,  hay cada vez más autores indicando el papel crucial que juegan las condiciones medioambientales en el bienestar. La polución del aire, por ejemplo, se asocia con niveles más bajos de felicidad en Londres y en una serie de ciudades en China.  Si la mayoría de poblaciones urbanas y suburbanas cambian el coche por el transporte público, o eligen puestos de trabajo basados en el principio de proximidad, no es probable que sufran un descenso en su  satisfacción vital.  Es cierto que renunciar al coche en una sociedad basada en los coches sería altamente molesto. Pero si se acompaña esta renuncia de una cierta adaptación social que promueva espacios (urbanos) donde los humanos coexistan con “la Naturaleza” en un contexto de proximidad y uso mínimo de vehículos motorizados, los niveles de estrés (y contaminación) bajarían, creando las condiciones para que el bienestar subjetivo florezca. Además,  es poco probable que nos haga infelices ralentizar la velocidad y aumentar el tiempo disponible para viajar mientras se disfruta más de la exploración y las visitas durante el viaje.

Finalmente, una última propuesta más abstracta pero clásica en la línea del decrecimiento se refiere a desafilar el concepto de riqueza, así como el prestigio social que uno puede ganar gracias a las posesiones materiales. Uno de las formas prácticas para conseguirlo es a través de las prohibiciones de la publicidad. De manera general, el consumo basado en la competencia tiende a afectar negativamente a nuestra felicidad. La literatura científica indica que los individuos con mayores puntajes en materialismo – es decir, quienes dan mayor énfasis a las aspiraciones monetarias y a la seguridad financiera – tienden a estar menos satisfechos con sus vidas (Kasser, 2002). Por el contrario, los individuos con puntajes altos en altruismo generalmente tienen niveles superiores de bienestar y pocos requisitos materiales para la realización de sus necesidades básicas. Además, hay algunos autores que demuestran que ver la televisión deprime las actividades sociales, las cuales son un componente importante de la felicidad. De este modo, cultivar un imaginario social que no esté colonizado por las posesiones materiales – a través de prohibiciones a la publicidad y diversas acciones voluntarias – podría finalmente mejorar el bienestar.

Las propuestas expuestas en el marco del decrecimiento están continuamente multiplicándose y redefiniéndose. Este artículo no argumenta que el decrecimiento deba ser ‘feliz’ o dichoso por defecto. Tampoco propone que el objetivo último de la sociedad deba ser aumentar la felicidad por todos los medios.  Más bien, lo que sugiere es que es probable que nuestro bienestar se incremente como consecuencia de cambiar ciertas prácticas, estructuras y valores, como propone el decrecimiento. En particular, si las reducciones en el ingreso o en el trabajo remunerado son compartidas por todas las personas y compensadas por un incremento en la autonomía personal; si el tiempo dedicado a actividades comunitarias es compensado por mejoras en las relaciones interpersonales; si la reducción en el uso de modos de transporte rápido se acompaña de un incremento en el tiempo disponible para viajar; si la reducción en el consumo de lujo y los niveles de confort material se compensa con niveles más altos de convivialidad; la felicidad no disminuirá, y puede incluso que aumente.

En otras palabras, el decrecimiento implica una trayectoria de acciones y políticas variadas que compensan entre sí sus ‘lados oscuros’. En general, si el decrecimiento despierta una mejora en los factores que producen efectos más duraderos sobre la felicidad – como  la salud, el tiempo libre, la vida social y las relaciones, el medio ambiente natural -, nuestro bienestar podría perfectamente mejorar en condiciones de consumo material menor.

Notas
[0] La imagen es una fotografía del Daily Mirror. Su uso en la presente web no tiene ningún propósito comercial.
[1] Filka Sekulova  es investigadora del Institut de Ciència i Tecnologia Ambientals en la Universitat Autonoma de Barcelona. Pertenece al grupo Recerca & Decreixement (Research & Degrowth).
[2] Javier Zamora García es licenciado en Derecho y Ciencias Políticas. Acaba de finalizar el Máster en Pensamiento Social y Político en la Universidad de Sussex. Es coordinador del Grupo de Lectura “Cornelius Castoriadis” y co-coordinador del Área de Cultura Ecológica de EcoPolítica.

Referencias

Kasser, T. (2002), The High Price of Materialism [El alto precio del materialismo], Cambridge, MA: MIT PRESS.
Sekulova, F. and van den Bergh, J. (2013), Income, Climate and Happiness: An Empirical Study for Barcelona [Ingresos, Clima y Felicidad: Un Estudio Empírico para Barcelona], Global Enviromental Change, Vol. 3-5, pp. 1467 – 1475

Modo de producción de la economía campesina

La aldea se configura como un todo social y económicamente indivisible, ya que se asienta en el instinto humano de ‘cooperar con los otros’, producto de la selección natural a través de la ventaja darwiniana que para el ‘grupo’ supone la defensa de la integridad física y la garantía del sustento. Esta ventaja del espíritu cooperativo sólo funciona cuando el grupo que vive en un territorio es pequeño.
Existen dos elementos que dan unidad a la aldea campesina, estos son: la tierra y la tradición oral.
Las comunidades campesinas estarían gobernadas por dos principios:

  • Sólo el trabajo ‘crea valor’ y por lo tanto, éste debe constituir el criterio primordial de la distribución de la renta de la comunidad.

  • Existe ‘igualdad de oportunidades’ para que todos trabajen, pero no igualdad de ingresos para todos.

“Las instituciones de las comunidades campesinas nunca han buscado el control de los factores ‘fondo’ de la economía (la tierra), sino de los factores de ‘flujo’ (los ingresos procedentes de la tierra)”
Conforman las dos instituciones campesinas más importantes:

  • El aprovechamiento comunal de recursos como los pastos, los bosques, y los ríos considerados frutos que la naturaleza proporciona espontáneamente y que, por eso mismo, no son consecuencia del trabajo humano. Al no ser así nadie puede apropiarse individualmente ni de ellos ni de los frutos que proveen
  • Sólo lo que se posee como fruto del trabajo es una propiedad inviolable.
La tierra es para ser utilizada no para ser poseída a través de la exclusión de uso por otros.
Para saber más: La bioeconomía de Georgescu-Roegen. Óscar Carpintero. 2006.

La depreciación de lo local


"La idea del paso a lo local también contradice la creencia de que es en las zonas urbanas que han crecido como las setas donde se encuentra la 'verdadera' cultura y que las pequeñas colectividades locales son agujeros perdidos, reliquias de un tiempo en el que la estrechez de espíritu y los prejuicios eran la norma.

Muchas veces se da por sentado que el pasado fue una época de brutalidad, con la explotación feroz, intolerante y violenta, mientras que el mundo actual está muy por encima de todo esto. Estas suposiciones hacen eco a la creencia elitista y racista según la cual los pueblos 'modernizados' son superiores a los pueblos rurales 'subdesarrollados' (cuando no se dice que los primeros son mucho más evolucionados).

Resulta interesante observar que en los textos sobre el desarrollo esas regiones son descritas como apartadas, pobres y primitivas, mientras que la propaganda turística las presenta como idílicas, apacibles y bellas. Millones de ciudadanos van a gastar una buena parte de su salario en ir a pasar una semana en 'esos agujeros primitivos y perdidos'. Es perfectamente normal entre hombres y mujeres de negocios estresados ir a 'desintoxicarse' precisamente un uno de esos pueblos tan sencillos a los que sin embargo califican como 'subdesarrollado'. De hecho, las casitas perdidas en el campo a menudo resultan más caras que un piso en la ciudad.

Aun así, el proceso de industrialización ha retirado por sistema todo poder económico y político a las regiones rurales, lo que ha determinado la pérdida del respeto y la autoestima de sus poblaciones."

Para saber más: De la independencia mundial a la interdependencia local. Helena Norberg-Hodge. Extraído del libro Objetivo decrecimiento.

El hombre en busca de sentido

"El hombre de la SS me miró de arriba abajo y pareció dudar; después puso sus dos manos sobre mis hombros. Intenté con todas mis fuerzas parecer distinguido: me hizo girar hasta que quedé frente al lado derecho y seguí andando en aquella dirección.

Por la tarde me explicaron la significación del juego del dedo. Los que fueron enviados hacia la izquierda marcharon directamente desde la estación al crematorio. Al entrar, a cada prisionero se le entregaba una pastilla de jabón y después...

La mano señalaba la chimenea que había a unos centenares de metros y que arrojaba al cielo gris de Polonia una llamarada de fuego que se disolvía en una siniestra nube de humo"

Prisionero durante mucho tiempo en los desalmados campos de concentracion, sintió la significación de una existencia desnuda. ¿Cómo pudo él - que todo lo había perdido, que había visto destruir todo lo que valía la pena, que padeció hambre, frío, brutalidades sin fin, que tantas veces estuvo a punto del exterminio -, cómo pudo aceptar que la vida fuera digna de vivirla?

Para saber más: El hombre en busca de sentido. Viktor E. Frankl. 1946.

The Ecologist : Eco-nomía = De-crecimiento


The Ecologist para España y Latinoamérica, trata el tema del decrecimiento en el número 31 correspondiente a los meses de octubre, noviembre y diciembre de 2007. Muy interesantes las entrevistas a Vandana Shiva y a Serge Latouche.

Recogemos aquí parte de su editorial.

"Uno de los tabúes más incuestionables de la sociedad dogmática moderna es el del crecimiento. Basta con asistir a los mítines de cualquier grupo político en periodo electoral o no: todos prometen más, más crecimiento, más trabajo, más guarderías, más aparcamientos, más infraestructuras, más energía… “Más” es siempre la consigna. Ningún grupo político se ha atrevido hasta ahora a plantear algún tipo de límite al crecimiento. Ninguno de ellos se atreve a pronunciar la palabra “menos”. Decrecer no entra en sus planes. Hay que crecer, a costa de lo que sea, de la Naturaleza, de la sociedad, de las familias, de los derechos de las personas…

No sólo los políticos están obsesionados con el crecimiento y el desarrollismo. También en las universidades, también en las empresas, también en los clubes deportivos, también en los hospitales, también en los pueblos, todo el mundo quiere crecer. No se sabe muy bien hacia dónde, pero siempre se quiere crecer. La seducción del crecimiento ha llegado a todos los puntos cardinales del orbe, a todos los pueblos, a todas las culturas… Nadie se quiere conformar con menos. El consumo masivo es como un ruido de fondo que apaga y eclipsa el vacío espiritual, un silencio que nadie quiere escuchar porque le muestra a cada uno su verdadero ser.

Las prudentes palabras de los sabios, vengan de la tradición que vengan, son acalladas por las máquinas que, con su ruido infernal, nos hacen verle las orejas al lobo. Aquí y allá, hombres y mujeres de todo el planeta, pueblos enteros, culturas enteras, se doblegan ante el desarrollo y los falsos encantos que le acompañan. Dejan hacer como si todo estuviera ya perdido. Las mujeres piden la epidural para el parto. Los pueblos dejan edificar en las zonas más bellas horrendas urbanizaciones de nuevos ricos “quiero y no puedo”. Se abandonan gastronomías milenarias a cambio de un fast food tosco, insano y grasiento. A los rebeldes se les lapida en los medios de comunicación y acaban abandonando la lucha y abrazando la fe del progreso, que, obviamente, tiene también algunos puntos positivos, porque ni todo es completamente malo ni completamente bueno."

Para saber más: The Ecologist, para España y Latinoamérica.

Crítica y respuesta sobre el decrecimiento

Una corriente de pensamiento hace actualmente campaña para “terminar con el crecimiento” y propone el “decrecimiento”. Con esta corriente compartimos un cierto número de críticas respecto al desarrollo capitalista, pero consideramos que la propuesta del decrecimiento no sólo es injusta sino también ineficaz. Tres tipo de razones nos llevan a rechazar esta problemática.

En primer lugar, en el fondo de esta corriente de pensamiento subyace el rechazo a reconocer la idea de construir progresivamente los derechos humanos universales con el pretexto de que sólo serían un ropaje de los valores occidentales. Por supuesto, todos los que hoy en día son reticentes al crecimiento no rechazan el principio de la universalidad de los derechos, pero, por el contrario, los que rechazan este principio, preconizan el decrecimiento. Si es necesario criticar la pretensión de Occidente de imponer su cultura y sus valores, no es cuestión de hacerlo precisamente sobre el reconocimiento de la calidad de humano de cada ser humano.

En segundo lugar, erigir el decrecimiento como un objetivo en sí mismo no es razonable, como tampoco lo es el de hacer del crecimiento, indispensable al capitalismo, una finalidad cuando se sabe que es un callejón sin salida. En efecto, el crecimiento quiere llevar la producción al infinito, y el decrecimiento, sólo puede hacerla tender hacia el cero. Las dos posiciones son absurdas. Tanto más que si el decrecimiento se concibiera dentro del marco del capitalismo, es seguro que afectaría a los sectores más necesarios a las clases populares: la educación, la salud y todos los servicios públicos.

En tercer lugar, y es el más importante, hay que distinguir la población que tiene todo o casi todo de la población que no tiene nada o casi nada. Suprimir el analfabetismo supone construir escuelas, llevar el agua potable a todos lados y para todos, lo que implica construir redes, permitir a todos los individuos que reciban atención médica. Y todo ello representa producción suplementaria, es decir, crecimiento económico y el (o para el) desarrollo. Los países pobres tienen por lo tanto derecho al crecimiento para producir los bienes y los servicios necesarios para satisfacer sus necesidades hoy en día insatisfechas por las estructuras económicas tradicionales o por el mercado. No importa el nombre que se le dé (“desarrollo” u otro término), la voluntad de mejorar el bienestar representado por la educación, la salud, etc, y que son incuestionables, debería ayudarnos a acercar estos puntos de vista.

Por este hecho no podemos atribuir a todo desarrollo, a toda forma de economía la tara que se le imputa en realidad al sometimiento de la economía y del conjunto de la sociedad a los imperativos de la rentabilidad, con el justificativo de una racionalidad únicamente conforme al interés de las clases dominantes.

Para saber más: ¿Qué desarrollo para una sociedad solidaria y austera?. Attac.


Respuesta:

 
La propuesta de decrecimiento no sólo es injusta sino también ineficaz

Vivimos, ya en un mundo profundamente injusto cuyos límites de crecimiento han sido traspasados, la huella ecológica mundial supera en más del 20% del nivel sostenible. La era del petróleo barato ya ha pasado, el petróleo se consume cuatro veces más deprisa de lo que se descubre, y no existen alternativas energéticas capaces de mantener esta sociedad. El decrecimiento no es una opción que tengan los habitantes del planeta Tierra; es una necesidad. Lo que está por proponer es la alternativa al modelo económico vigente.

Construir los derechos humanos universales

El decrecimiento es un espacio para llevar a cabo la soberanía alimentaria de los pueblos; el derecho a vivir con el aprovechamiento de la energía que proporciona el Sol y con los recursos materiales que posibilita la naturaleza sin que esto repercuta negativamente en los ecosistemas; el derecho a la participación en la toma de decisiones de todas la personas que conforman cada comunidad o pueblo.

el decrecimiento solo puede tender [la producción] hacia cero

La producción debe depender de la capacidad de cada territorio para mantenerla de manera perdurable – sustentabilidad -.

dentro del marco del capitalismo, es seguro que afectaría a los sectores más necesarios de las clases populares

Por ello el decrecimiento plantea salir del capitalismo para construir una sociedad alternativa, vivir de otro modo.

distinguir la población que tiene todo... de la población que no tiene nada...derecho al crecimiento de los países pobres

La ayuda al desarrollo ha sido un fracaso. El aumento de la pobreza, el expolio medioambiental y la desigualdad han venido de la mano de las organizaciones humanitarias. Deben ser las comunidades quienes elijan su forma de vida, lo único que deben hacer los occidentales es sacar las multinacionales y poner fin al saqueo.

mejorar el bienestar representado por la educación la salud, etc.

Si, pero no confundir con los colegios, los hospitales, los supermercados...

no podemos atribuir a todo desarrollo... los imperativos de la rentabilidad... al interés de las clases dominantes

El modelo económico que se impone necesita seguir creciendo, esto lleva implícito un proceso de mercantilización de los espacios convivenciales que hasta ahora estaban libres del mercado; el decrecimiento posibilitaría desarrollar niveles de existencia aceptables para toda la población, satisfaciendo no sólo las necesidades biológicas y sociales sino también las necesidades emocionales y afectivas, definiendo la existencia como el cuidado de la vida misma.

Decrecimiento en Budapest: Proyectos para un nuevo modelo de sociedad






 Oscar Güell Elias - CaféBabel

Budapest ha sido elegida para albergar la próxima Conferencia Mundial del Decrecimiento, que se celebrará del 30 de agosto al 3 de septiembre del año que viene. Viajamos la capital húngara para comprobar el estado de este movimiento social en la ciudad.

 
 
Cada domingo por la mañana, pocas horas después de decir adiós a los más trasnochadores, el bar más famoso de Budapest, el Szimpla Kert, se transforma en un mercado de alimentos locales. Alrededor de 40 vendedores y cerca de un millar de visitantes dan vida a este mercadillo en el que todos los productos han sido elaborados por los propios vendedores a no más de 50 kilómetros de la capital. Un grupo de voluntarias que preparan comida para recaudar dinero con fines benéficos y un trío de música completan una escena que el activista del movimiento de decrecimiento Vincent Liegey califica como “decrecionista”.

“La gente es amable y feliz aquí, todo el mundo se conoce y compra comida saludable y ecológica producida localmente”, explica Liegey, quien ha escrito un libro llamadoProyecto Decrecimiento y asegura que cada vez más personas quieren reapropiarse de sus vidas porque no están satisfechas con el modelo actual. A su lado, Logan Strenchock, el responsable de medio ambiente y sostenibilidad de la Universidad Centroeuropea de Budapest, vende vegetales de la granja ecológica Zsámboki Biokert. Mientras tanto, también responde a las preguntas de una periodista interesada en su proyecto y saluda a numerosas personas que pasan por su puesto. Como dice Liegey, en el mercadillo todos se conocen. Levente Erős, que también está con ellos, es el creador de Kantaa, una empresa de mensajería sostenible en bicicleta en la que trabajan nueve personas. Los tres colaboran en un proyecto de reparto de alimentos ecológicos en bicicleta por Budapest llamado Cargonomia.

La idea del decrecimiento está presente en las raíces de este proyecto común, pero Erős duda sobre si definirse a sí mismo como decrecionista. “La gente dice que soy un activista del decrecimiento, pero no lo sé, no es mi intención serlo, yo sólo muestro a la gente cómo puede vivir de otra manera”, se defiende este ingeniero eléctrico, mientras elude las preguntas sobre política y arguye que eso es tema de Vincent, que él solo es un experto en bicicletas.

El mencionado Vincent Liegey, que da conferencias sobre el decrecimiento por toda Europa, explica que lo que vivimos actualmente "no es una crisis ambiental, otra económica, otra social… Sino que todas las crisis están interconectadas y no se puede intentar solucionar un solo problema sin tener en cuenta el resto. El decrecimiento conecta diferentes disciplinas para entender los problemas de forma global y buscar una solución de raíz”. La solución que propone se basa en "deconstruir" la creencia en el progreso, el desarrollo, la ciencia y la economía para iniciar una transición democrática hacia nuevos modelos para una sociedad sostenible, agradable, autónoma, democrática y justa.

Liegey forma parte del equipo de personas que está preparando la próxima conferencia internacional del decrecimiento que tendrá lugar en Budapest del 30 de agosto al 3 de septiembre de 2016. Para él, Budapest es una excelente sede para el evento porque ya se vive una cierta atmósfera de decrecimiento. La baja densidad de población en el centro, la tradición creativa en la solución de problemas y las numerosas iniciativas surgidas de manera independiente y descentralizada dan fuerza al movimiento.

Una de las iniciativas más interesantes es Wekerle Estate. Casi al final de la línea 3 de metro, al lado de la parada de Hátar út, se encuentra este distrito que se creó a principios del siglo XX para alojar a obreros llegados del pueblo a la ciudad y hacer más fácil su adaptación a la vida urbana. De hecho, entrar en Wekerle es como salir de la ciudad e internarse en un pueblo. Las casas bajas unifamiliares con un jardín para cultivar vegetales siguen siendo la imagen habitual en el distrito.

En este particular barrio, que actualmente pertenece a la red de pueblos de transición, dos asociaciones vecinales, junto con las asociaciones WTE y Átalakuló Wekerle, han impulsado iniciativas ecológicas y solidarias en los últimos años. Por ejemplo, un mercadillo de productores locales, aislamiento gratuito de las ventanas de las viviendas para las personas más pobres, compostaje en los jardines de las casas, uso de alimentos locales en los comedores de las escuelas o cursos de agricultura ecológica. “Hay muchas personas que podrían pagar pisos más caros en otras áreas de la ciudad pero prefieren vivir en Wekerle por el tipo de vida que tenemos aquí”, apunta Kris­­­ztian Kertesz, un miembro de la dirección de WTE.

El decrecimiento también tiene su lado académico en Budapest. Miklós Antal es un investigador de la Eötvös Loránd University y que, aunque no se considere decrecionista, sí que estudia cómo abandonar el paradigma económico actual y reducir la dependencia del crecimiento. Además de aportar base científica para muchas ideas de este movimiento, Antal aplica la sencillez voluntaria a su vida diaria. No viaja en avión porque lo considera un derroche, siempre se mueve en bicicleta por la ciudad, es vegetariano, no come ningún alimento producido por compañías que no le gustan, no compra productos testados en animales ni que contengan químicos innecesarios e intenta consumir con moderación. Antal defiende su postura explicando que en los países desarrollados se podría alcanzar el mismo nivel de felicidad con la mitad de su PIB actual porque “un mayor consumo no nos hace más felices”.

“Hago muchas cosas diferente al resto de la gente, pero en el fondo tengo una vida normal, es sólo una forma de demostrar que se puede vivir de forma sostenible y al mismo tiempo tener un vida normal”, puntualiza. A continuación, se señala a sí mismo y comenta que su aspecto es similar al de cualquier otra persona de la universidad. Y así es. También es completamente normal el restaurante al lado de su universidad al que acude a comer. Aunque en este caso, confiesa que hace tiempo convenció a los cocineros para que ofrecieran un menú vegetariano todos los días. También se lleva la botella de zumo vacía que me he bebido mientras comía porque sabe que allí no reciclan.

Antes de marcharse, afirma que él confía en que el sistema cambiará en el futuro y recuerda que sus padres también pensaban que iban a vivir toda su vida en un país socialista, y al final no fue así.
 

El decrecimiento: Un desafío para la educación y un dilema para los pedagogos

 Serge Latouche - Ethica


No hay duda de que las características humanas que hoy en día se inculcan dejarán de ser funcionales. Ya se han vuelto inapropiadas y destructivas. Si la educación sigue siendo como acostumbraba, la humanidad acabará destruyéndose más tarde o más temprano. 



No sólo las informaciones de los problemas ecológicos son defectuosas o inexistentes, sino que también encontramos ambigüedades sorprendentes. Así, un manual de Biología y Geología de primer año del Bac (1) afirma con frialdad que "la biodiversidad actual del planeta es la más grande que nunca ha habido".(2) Ante esta ignorancia o esta negación de la realidad, las razones para tener esperanza son lamentablemente poco numerosas. Según un sondeo del año 2009 del Instituto Gallup, un 41% de los estadounidenses piensan que el calentamiento climático está siendo exagerado por los medios, contra un 35% que lo pensaban en 2008. El escepticismo, la mala fe, el sentimiento de impotencia o simplemente la voluntad de meter la cabeza bajo el ala se encuentran en proporciones variables entre nuestros ciudadanos.

Ante este desafío, la respuesta del "sistema" no está, ni mucho menos, a la altura requerida. El crecimiento verde que se propone, al paso de la farsa del "desarrollo sostenible", queda prisionero en la impostura del capitalismo verde o eco-compatible, brillantemente denunciado por Naomi Klein.(3) Se trata de una operación de maquillaje verde, en la que una de las formas más cínicas e irresponsables consiste, por ejemplo, en la concepción, la producción, la promoción y la venta de pseudo-coches "limpios", sin ninguna otra intención que prolongar a cualquier precio la industria automovilística. Únicamente el desarrollo sostenible permitirá contaminar menos, para poder contaminar por más tiempo.

Para comprender esta situación e intentar poner remedio, es conveniente volver a los fundamentos del modo de construir a los ciudadanos, con el fin de resistir mejor a su corrupción y de intentar realizar el sueño abortado de la Ilustración, el de la emancipación de los hombres.
 

¿Cómo se puede educar?
En el proceso de construcción del "ciudadano" moderno, la escuela no ocupa más que una parte del espacio, junto a la familia y el medio, por un lado, y el ambiente social, por otro. Lo que se puede llamar la escuela de la vida siempre ha ocupado, y ocupa, un lugar considerable al lado de la vida de la escuela. La escuela de la vida reviste formas muy diversas según los lugares y las épocas, puede ser la escuela de la calle, que para las clases trabajadoras del siglo XIX (y nuevamente hoy en ciertos barrios de las afueras) podía constituir la antesala de las clases peligrosas, incluso la escuela del crimen, o el aprendizaje de la lectura en las familias burguesas, o del oficio junto a los padres o en casa de los artesanos vecinos. Para los antiguos, la formación del ciudadano, la paideia, pasaba en primer lugar por su edificación. Se trata de disciplinar a la hubris (la desmesura), manejar las pasiones tristes (avidez, sed de poder, egoísmo, envidia desenfrenada, etc.) y canalizar las energías en el sentido de la armonía y la belleza. Es por eso que Platón declara que los mismos muros de la ciudad educan al ciudadano. Pero, en nuestro mundo, ¿en que pueden educar los muros de nuestras ciudades y nuestros barrios? ¿Pueden, en el mejor de los casos, formar otra cosa que consumidores y usuarios frustrados, o peor aún, rebeldes "salvajes"?

Hoy en día, los padres han abdicado ampliamente, por buenas o malas razones, de su rol de educadores, y lo han cedido a la escuela y, aún más, a la televisión. Ya sea nuclear o monoparental, acoplada o escindida, la familia ya no es el lugar adecuado para la transmisión de la herencia cultural y menos aún para su renovación. Y efectivamente, los jóvenes europeos, a semejanza de los jóvenes americanos, pasan más tiempo delante de las pantallas que ante los escritorios de la escuela. El sistema publicitario ocupa el lugar abandonado por los padres y que la escuela no llena. Las cadenas de televisión Baby First y Baby TV, por ejemplo, difunden programas destinados a bebés de seis meses a tres años. (4)

¿Crecimiento o decrecimiento? 

En estas condiciones, la escuela como modo de formación del sujeto, se encuentra ante un dilema: preparar al joven para la sociedad tal como es, esta sociedad del crecimiento y la competencia descarnada, o la sociedad tal y como debería ser, la sociedad del decrecimiento, es decir, formar ciudadanos capaces de resistir la subversión consumista. ¿Es necesario hacer del alumno un futuro parado inteligente y revolucionario, o bien un futuro productor-consumidor enajenado, un "esclavo civilizado", como diría Max Stirner? ¿Cómo puede el alumno adaptarse a mínima a la sociedad utilizando y desarrollando al mismo tiempo sus competencias y saberes para superar o subvertir el actual orden económico y social, al menos en los aspectos más nocivos? ¿Cuál es aquí la responsabilidad de la institución escolar? El ejercicio de equilibrista exigido al docente no es, sin embargo, evidente.


 
Buscando formar trabajadores "empleables", la enseñanza corre el riesgo de transformarse en ritual iniciático de la religión de la economía, del crecimiento y del consumo. (5)
Hoy en día, la escuela transmite la religión del crecimiento, inculca la fe en el progreso. La misión oficial del sistema educativo, desde la educación infantil hasta la universidad y la formación permanente, es fabricar los engranajes bien engrasados ​​para una mega máquina delirante. Y eso, sin hablar de las "escuelas de negocios", que constituyen el modelo, sin complejos, como escuelas de la guerra económica, para enseñar que la avidez es una cosa buena (greed is good). La escuela constituye así un ritual iniciático en la magia económica. La fragmentación de los saberes y la sustitución de la búsqueda del bien común como valor supremo para la competencia profesional hacen casi imposible la toma de conciencia de las consecuencias potencialmente desastrosas de la acción.

El sistema global de educación-instrucción / formación contemporáneo consiste en eruditas variaciones sobre el arte de la fuga ante la realidad del desastre. ¿Quién cumplirá entonces con la misión de formar ciudadanos? Una vez más, la vía del decrecimiento.

Hoy vivimos en un mundo que podríamos llamar, siguiendo Illich, el Absurdistán. La falla que introduce en las sociedades modernas la corrupción del proyecto emancipador de la Ilustración para engendrar la immundialització hace surgir la necesidad de la resistencia y la alternativa. Cuando la identificación del consumidor moderno se reduce al formateo y la manipulación-fascinación, en una sociedad que reposa sobre la diversión del espectáculo y de lo efímero, la primera tarea de aquel que ama la sabiduría, del pedagogo que se toma seriamente su misión de formar ciudadanos, es combatir esta formación deformando.

La educación para formar resistentes es, así pues, al mismo tiempo necesaria e imposible.
Imposible, ya que para el docente se trata de formar al educando en dos niveles: el que domina y para el que la preparación requerida es un adiestramiento que se emparenta con una lobotomía, y lo deseable, que implica la capacidad de juzgar y de reaccionar. La tarea del verdadero pedagogo consiste en formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos y susceptibles de convertirse en los granos de arena que bloquearán la mega máquina.

La resistencia y la alternativa se pueden introducir y deben introducirse en el seno mismo de la institución en nombre de su vocación inicial, pero proclamar la necesidad de una educación revolucionaria no brinda ipso facto el contenido. Y es que la revolución de que se trata aquí es sobre todo cultural y, así pues, infinitamente mucho más difícil de llevar a cabo que las revoluciones políticas. Siendo que somos profundamente toxicodependientes de la sociedad del crecimiento, la educación necesaria emparenta con una cura de desintoxicación, con una verdadera terapia.
El proyecto para el que se trata de preparar a las generaciones futuras es el de la construcción de una sociedad autónoma. Sin embargo, la autonomía se puede entender de diversas maneras y plantea a su vez bastantes problemas. Para no evocar el aspecto curativo y la lucha contra la tóxica dependencia del consumismo, se puede retomar la idea de Ivan Illich sobre el ayuno tecnológico y la askesis. Askesis, señala él, es la antigua palabra para decir ‘ejercicio’, ‘entrenamiento’, ‘repetición’. Illich ilustra así la ascética del "ayuno tecnológico":

Cualquiera que sea tu nivel intelectual o emocional, saber qué cosas no son indispensables para ti es uno de los medios más eficaces para convencerte de que eres libre.(6)

Educación práctica para la autonomía 

Para Gandhi, una parte principal de la sociedad autónoma era el Nai Taleem, educación práctica para la autonomía, y no la cultura abstracta occidental. Se trataba de un instrumento de liberación. La orientación de esta formación consiste en tomar la vida como viene gracias al conocimiento de saberes y el saber hacer necesarios, y a dominar las técnicas de fabricación de los objetos comunes, de modo que todos puedan acceder a un nivel de vida satisfactorio. En el ámbito de la sociedad, con el Sarvodaya, él concebía la India independiente y emancipada como un conjunto de 500.000 grandes pueblos autónomos. La centralización y la urbanización eran para él demoníacas, y no hacían otra cosa que aumentar los conflictos entre hindúes y musulmanes.(7)

El gran reto consiste en romper los círculos, que son también cadenas, para salir del laberinto (tan querido por Castoriadis) donde estamos cautivos. La sociedad del decrecimiento, si la suponemos terminada, ciertamente descolonizaría nuestro imaginario, pero la descolonización que engendraría es la requerida para construirla. Los educadores deberían estar desintoxicados para transmitir una enseñanza no tóxica.

La ruptura de las cadenas de la droga será más difícil cuanto mayor sea el interés de los traficantes de mantenernos en la esclavitud. Sin embargo, hay todas las posibilidades para que seamos incitados por el choque saludable de la necesidad. De modo que el progreso, el crecimiento, el consumo, no son más que una elección de la conciencia, sino una droga a la que está totalmente acostumbrada, y a la que es imposible renunciar voluntariamente, sólo una catástrofe "práctica" y el fracaso histórico de la civilización fundada sobre estos conceptos pueden ayudarnos a abrir los ojos de los adeptos fascinados. Pero, precisamente, ¿una catástrofe y un fracaso así no están en vías de producirse ante nosotros con la crisis ecológica y la crisis financiera y económica?
 

Serge Latouche 
  Profesor emérito de Economía de la Universidad de Orsay, objetor de crecimiento 
Este artículo fue publicado originalmente en Educación y Sostenibilidad No. 10, "Diners" bajo una licencia de Creative Commons. www.es-online.info


Notas
1. Examen que los alumnos del último año de la enseñanza secundaria deben pasar para acceder a los estudios superiores.
2. Ecologistas en Acción (coordinado por Fernando Cembranos, Yaho Herrero y Marta Pascual, Educación y Ecología.), El currículum oculto antiecológico de los libros de texto. Editorial Popular, Madrid, 2007, pág. 19.
3. Naomi Klein. La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Paidos, 2007.
4. Hervé Kempf. Para salvar el planeta, salir del capitalismo. Capital Intelectual, 2009.
5. Ivan Illich y David Cayley. La corruption du meilleur engendre le pire. Actes Sud, 2007.
6. Ivan Illich y David Cayley. La corruption du meilleur engendre le pire. op. cit., pág. 305.
7. Arne Naess. Écologie, communauté et style de vie. Éd. MF, 2008, pàg.158 y ss.

El espejismo del crecimiento. ¿Puede ser sostenible el crecimiento económico continuo o es simplemente una ilusión?

 Ann Pettifor - Sin Permiso

Tendemos a asumir que nuestros sueldos o salarios deben aumentar en términos reales, y que eso ocurrirá siempre. Que el nivel de vida seguirá esta misma trayectoria. Que el precio de la vivienda no caerá. Que se puede confiar en que el precio de los cuadros de Picasso o los anillos de rubí continuarán "rompiendo récords". Y que la economía va a "crecer" exponencialmente con el paso del tiempo. En efecto, la idea de "crecimiento económico" está interiorizada en la forma en que pensamos y medimos la economía.

Es algo delirante, aunque sólo sea en términos lingüísticos. El "crecimiento" tiene su origen en la naturaleza. Las plantas se siembran, los animales nacen, crecen, maduran y luego mueren. Y aunque los seres humanos en su mayoría viven negando la realidad, nuestras vidas siguen la misma trayectoria.

La muerte es tan inevitable como los impuestos.

Sabemos, en nuestro fuero interno, que existen límites. Que los mercados y las empresas crecen, maduran y luego mueren - o colapsan. Pensemos en el mercado de hipotecas de alto riesgo, en la obligación de deuda garantizada, en la permuta de incumplimiento crediticio, o incluso en los deshollinadores. Pensemos en empresas como Woolworths, HMV, PanAm, Arthur Andersen o Enron.
Todas ellas han desaparecido.

Hay límites. No sólo en la vida de las empresas, de los mercados y en las vidas de las personas, sino sobre todo en nuestro ecosistema y en el planeta.

¿Entonces por qué cuando aplicamos esta palabra a la economía asumimos que el "crecimiento" es ilimitado?

De hecho esta ilusión es reciente. Antes de los economistas de la década de los sesenta, especialmente Keynes hablaba sobre la economía en términos de "niveles" de actividad. Estaba preocupado por el nivel de producción, el nivel de empleo y el nivel de precios. ¿Era una nivel demasiado elevado, y por lo tanto inflacionario? ¿O era un nivel demasiado bajo, con amenaza de recesión? ¿O era simplemente el correcto, sostenible?

En 1961, la OCDE, alentada por los economistas "clásicos" como Samuel Brittan y desalentada por lo que eran - en comparación con los estándares actuales - unos niveles altos y sostenibles de actividad económica, propusieron un cambio rápido de la economía. En ese momento, Gran Bretaña se encontraba en la feliz situación de poder proporcionar pleno empleo a su gente. Los comentarios de 1957 de Macmillan que señalaban que los británicos "nunca había estado tan bien" aún eran ciertos.

Fue en este punto en el que la OCDE, el gobierno británico (la Corporación Nacional de Desarrollo Económico) y Samuel Brittan defendieron un nuevo objetivo insostenible y delirante para lograr algo que definían como "crecimiento" - una tasa como una función constante - que resultó ser del 50% para el Reino Unido durante la década.

Sam Brittan se llamaba a sí mismo con orgullo "el hombre del crecimiento" y, al mismo tiempo que promocionó este objetivo insostenible e inflacionario, también impulsó políticas de liberalización financiera.

Estas políticas condujeron a una serie de auges del crédito, considerados como 'booms infinitos' por parte de, por ejemplo, los gestores de hipotecas de alto riesgo o de las obligaciones de deuda garantizadas en Wall Street y en la ciudad de Londres.

Pero también hay límites para los auges de crédito. De hecho los auges de crédito son los mejores predictores de las crisis financieras.

Así que de la misma forma que la noche sigue al día, la liberalización de las finanzas ha venido seguida por una serie de crisis bancarias. Estas estallaron en los países avanzados y emergentes en la década de 1970. La crisis de la deuda latinoamericana lanzó otra serie de crisis de la deuda soberana en 1982. Gracias a la desregulación financiera de la industria americana 'de segunda mano', la crisis de ahorros y préstamos de la década de 1980 fue seguida por la crisis del mercado de valores de 1987; la crisis de los bonos basura de 1989; la crisis del Tequila de 1994; la crisis asiática de 1997-1998; la burbuja puntocom de 1999-2000 y, por último, la crisis financiera mundial de 2007-2009.

Pero mientras que los mercados, los bancos, las empresas y millones de personas "se estrellaron y se quemaron", las teorías y las políticas detrás del crecimiento económico ilimitado siguieron intactas. Permanecen intactos hasta nuestros días.

No solo eso. El último boom del crédito se ha expandido masivamente y es más grande incluso que el que precedió a la crisis de 2007-2009. Según el último informe de McKinsey:

"Siete años después del estallido de la burbuja crediticia mundial que dio lugar a la peor crisis financiera desde la Gran Depresión, la deuda sigue creciendo. De hecho, en lugar de reducir el endeudamiento, o apalancamiento, todas las grandes economías hoy en día tienen un mayor nivel de endeudamiento en relación al PIB que el que tenían en 2007. La deuda global en estos años ha crecido en 57 billones de dólares, elevando la ratio de deuda sobre el PIB en 17 puntos porcentuales".

La deuda total de China ha alcanzado el 282 por ciento del PIB, según McKinsey, y el ritmo de expansión del crédito de China preocupa a los bancos centrales, ya que plantea nuevos riesgos para la estabilidad financiera global.

A pesar de que China tiene una enorme capacidad y potencial, también se enfrenta a límites. La pregunta es: ¿cuándo va a alcanzar la frontera de esos límites?

Hubo un tiempo en que esa era la pregunta de los 64 dólares. Luego se convirtió en la pregunta de los 64 millones de dólares. Ahora es la pregunta de los 64 billones de dólares.

Porque mientras que existen límites claros para el crecimiento de la economía real, parece que hay un aumento infinito en el crecimiento del crédito.

¿O no?

Podemos frente al decrecimiento

Alex Corrons - The Oil Crash

Queridos lectores,
Álex Corrons me ha pedido que le republique el siguiente artículo, que trata sobre la difícil relación entre la nueva formación política española Podemos y el decrecentismo. En realidad, todo lo que dice Álex se puede aplicar a cualquier partido político, pero no se puede negar que es en Podemos donde mucha gente ha depositado sus esperanzas, y por eso Álex se centra tanto en este partido. En cualquier caso, las reflexiones de Álex resultan muy pertinentes, aparte de útiles.

Espero que el artículo de Álex sea de su interés.
Salu2, AMT




Hola compañer@s, es para mi un honor compartir con vosotr@s en un blog que para mi es toda una referencia, un artículo que me encargaron escribir sobre el decrecimiento y la postura al respecto de Podemos. En dicho artículo acentúo la postura de Podemos, ya que el libro titulado “Hasta luego, Pablo” -coordinado por Estela Mateo- pretende ser una crítica integral al proyecto de dicha formación política. No obstante, esta crítica es extrapolable perfectamente al resto de formaciones políticas que aspiran a ocupar cargos de responsabilidad en las instituciones del Estado, y en general, a la sociedad de consumo de la que formamos parte.


Me ha parecido oportuno compartirlo en este lugar, ya que son fechas en las que presuntamente se están preparando los programas electorales, aunque mucho me temo que poca influencia va a tener en ellos, me conformo con que unas cuantas personas cercanas a diferentes proyectos políticos reflexionen sobre este, y sobre todos los interesantes artículos que Antonio Turiel comparte en este blog habitualmente.


PODEMOS FRENTE AL DECRECIMIENTO
por Álex Corrons


El colapso


Nos encontramos en un momento histórico sin precedentes. La revolución industrial y la expansión de la industria provocada por un acceso barato al petróleo y otros recursos llegan a su fin. Los científicos calculan que hemos consumido alrededor de la mitad de las reservas mundiales de petróleo; no obstante el verdadero problema no es que se vayan a agotar de un día para otro, sino que el coste energético de la extracción aumenta, hasta el punto de que la relación entre la energía que se produce y la que se consume para producirla -lo que los expertos denominan Tasa de Retorno Energético (TRE)- está bajando de forma alarmante y no está tan lejos el día en que se llegará a consumir más energía de la que se produce. Esto sucede con la mayor parte de los recursos, que cada vez son más escasos, y extraerlos y procesarlos se convierte paulatinamente en una tarea más costosa económica y energéticamente. Las consecuencias son obvias: en Septiembre de 2014, uno de los grupos inversores más conocidos como los “padres” de la industria petrolífera, los Rockefeller, abandonaron sus inversiones en esta industria para llevarse el capital al mercado de las energías renovables. Y esta maniobra no se debió a que de la noche a la mañana se despertaran con conciencia ecológica, sino que simplemente pensaron en la rentabilidad. Estos oligarcas saben que el petróleo barato tiene los días contados, que la producción cada vez requiere de mayor inversión para obtener cada vez menos beneficios, y son conscientes de que el próximo nicho de mercado son las energías renovables. Conviene decir que las energías renovables no son todo lo milagrosas que se nos dice. Los materiales, la fabricación, el transporte y la instalación de estas energías requiere de unos costes energéticos y de ciertos recursos finitos que son muy importantes. Por eso es importante que ante la escasez cada vez mayor de estos recursos, aceleremos la implementación de las renovables, antes de que los costes se disparen más y provoquen que la conversión sea inviable, y un desastre económico.
Si todos los habitantes del planeta vivieran como lo hacemos los europeos necesitaríamos tener a nuestra disposición los recursos de casi cuatro planetas como este. Nuestra huella ecológica recae sobre las espaldas de las próximas generaciones, y también -ahora y antes- sobre los habitantes de los países del Sur; algo paradójico teniendo en cuenta la riqueza de recursos naturales que tienen bajo sus pies, que desde el Norte estamos expoliando sistemáticamente, exportando impactos ambientales y destruyendo la naturaleza más allá de nuestras fronteras, para mantener el sistema productivo y de consumo actual.
En el Estado español, el 25% de la población vive bajo el umbral de la pobreza y el 40% tiene problemas para llegar a fin de mes. Al mismo tiempo ocupamos el puesto número 6 en uso de agua, el 16 en uso de materiales, el 21 en uso de suelo y el 24 en emisiones de carbono a la atmósfera. Estos datos ponen sobre la mesa una precarización de la sociedad mayúscula y creciente, frente a un sistema productivo pésimo, que sólo favorece a las grandes empresas, las principales beneficiarias de esta crisis. Es necesario un reparto de las riquezas, un cambio de las reglas del juego en favor de la mayoría social, un cambio integral del modelo productivo, plantearnos que no necesitamos tantas mercancías, acercar la producción y el consumo al ámbito local, democratizar la economía, y reducir drásticamente nuestro impacto medioambiental y el consumo de recursos.
El objetivo actual de cualquier gobernante o aspirante a gobernar es que el Producto Interior Bruto (PIB) de su país crezca un 2% al año para garantizar -dicen- el bienestar. Parecen olvidar que esa tasa de crecimiento implicaría duplicar el PIB en 35 años, con el consiguiente aumento en el consumo de recursos naturales, energía y contaminación.
Uno de los graves problemas que hay que resolver es el modelo alimentario industrial, en el que gran parte de nuestros alimentos recorren miles de kilómetros hasta llegar a nuestra despensa. Además producimos alimentos para 12.000 millones de personas, somos 7.400 millones, y sin embargo 1.200 millones de personas pasan hambre, de las cuales el 75% es población campesina, y a su vez el 75% son mujeres y niñas. El 60% de la producción de cereales se destina a la alimentación de la ganadería industrial, y recorre 12.000 Km. de media hasta las granjas europeas o norteamericanas. Otra buena parte de los monocultivos son destinados a agrocombustibles y el 25% de la pesca para la acuicultura.
El sistema monetario es uno de los grandes engaños en los que estamos inmersos. Cada euro, dólar u otras monedas que ingresamos en un banco, sirve para que éstos puedan multiplicar por diez la cantidad de dinero ingresado, para a su vez prestárselo a un tercero, con la única garantía de la confianza en que este dinero será devuelto con un interés añadido. El problema es que hay una parte de esa deuda que nunca se va a poder devolver, ya que ese dinero no está respaldado por nada, no tiene ningún valor intrínseco y es por tanto una estafa que ahora mucha gente está empezando a comprender. Debemos prestar atención a esta cuestión, ya que la deuda perpetua es lo que provoca el crecimiento perpetuo de forma desmedida: a mayor capacidad de endeudamiento, mayor capacidad de consumo de recursos naturales y por tanto, mayor aceleración de los problemas que nos aproximan al colapso. La mayor parte de los políticos y economistas nos hablan de un crecimiento que se recupera, un crédito que fluye y un aumento del consumo como algo positivo. En realidad habría que leer entre líneas: “¿ven ustedes ese precipicio? Pues aceleremos para llegar antes a él”.
La idea de que el trabajo asalariado libera a las personas y les ofrece autonomía económica es un relato construido por el sistema capitalista que actualmente es, cuando menos, cuestionable. La alienación de muchos trabajos, la sumisión que arrastran las jerarquías, la cantidad de horas de trabajo en detrimento de la vida social y de la autogestión, y por tanto de la emancipación y liberación, han convertido al trabajo asalariado en un modelo que muchas personas llamamos “esclavitud asalariada”. La aceptación de estas reglas del juego viene motivada por el elemento que resulta ser el denominador común de nuestra sociedad: el consumo. Si a día de hoy nos podemos imaginar una revolución social que saque a la calle a millones de personas bajo un problema común, este sería la limitación del consumo por la carestía de las mercancías que aparecerá ante la escasez de recursos naturales.
En un escenario de recursos limitados, el crecimiento asienta sus cimientos sobre las desigualdades. Siete de cada diez personas pobres en el mundo son mujeres. La economista experta en cooperación y desarrollo, Bibiana Medialdea, decía en la charla organizada por la Coordinadora de ONGDs de Euskadi “Críticas y alternativas feministas a un modelo agotado” en Mayo de 2014:


“Ahora inmersos en esta crisis, podemos caer en la tentación de pensar que el sistema funcionaba bien antes de esta crisis financiera. Por eso es conveniente recordar algunos datos del barómetro social para 1999-2007, en el estado español, periodo de auge de nuestra economía, y donde el salario en términos reales, es decir la capacidad adquisitiva promedio de los trabajadores y las trabajadoras creció un 1%, el subsidio de desempleo un 4%, los beneficios empresariales un 60%, el valor de los activos financieros un 75%, y el patrimonio inmobiliario un 125%. En aquellos buenos tiempos, se dieron desde un 1% hasta un 125% de diferencia en el crecimiento. La desigualdad, enemigo número uno del desarrollo, es endémica y un rasgo de nuestro modelo económico. Por eso los problemas que la crisis saca a la luz debemos interpretarlos como síntoma, y no como único problema, ya que es el modelo en sí quien está agotado. Nos encontramos ante un modelo que tiene límites evidentes y no ante un modelo con ciertos problemas.
Otro aspecto que pasa más desapercibido ahora con la crisis, es que están perdiendo importancia, desde el punto de vista analítico y político, los impactos específicos de la crisis sobre los colectivos económicamente más vulnerables. En sociedades desarrolladas, incluso, los niveles de renta, accesos a derechos, a recursos, etc., están determinados aún por el sexo de las personas. Existe una discriminación sistemática que afecta al 50% de la población. Si ignoramos esta discriminación fundamental, obviando esta fractura de género, es imposible hacer un diagnóstico de los problemas que tenemos y concebir y formular alternativas que vayan a resolver estos problemas económicos. Para tener ese diagnóstico debemos adoptar la perspectiva feminista, entender qué nos está pasando y ser capaces de pensar cómo podemos organizarnos de otra manera.”


La ideología del crecimiento económico


El relato predominante de nuestra sociedad es el que nos cuenta que nuestro modelo de vida se encuentra en un estatus superior y describe la historia de la humanidad como una secuencia que avanza del salvajismo a la civilización, y por lo tanto al progreso. Estamos convencidos de este relato etnocéntrico, en el cual nos vemos como “la civilización por excelencia”. Este es el increíble argumento para expoliar los recursos de los países “no civilizados”, por medio del neo-colonialismo y la globalización económica capitalista, mientras en esta sociedad de la opulencia, la precariedad crece exponencialmente.
El colapso de una civilización fundamentada en el crecimiento y en la destrucción de la biosfera es la preocupante realidad de nuestra existencia. Nada se menciona de esto en los grandes medios de comunicación, esos que viven de la publicidad de grandes empresas que buscan aumentar el consumo de sus mercancías. Es como si estuviéramos viviendo dentro de El Show de Truman, esa película en la que Jim Carrey vivía toda su vida dentro de un plató de televisión gigante sin saberlo, llevando una vida que le sirvieron en bandeja desde pequeño. Hoy parece que muchas personas hemos descubierto que estamos en un plató y queremos salir de él, no para dirigir la película, sino para vivir la vida.
Las personas que vivimos en la ciudad recibimos cerca de tres mil impactos publicitarios diarios, lo que al año es cerca de un millón. Esto refleja que vivimos en la sociedad del consumo, de las marcas, los patrocinios, los logotipos, los escaparates llenos de ofertas, rebajas y recontrarrebajas, descuentos por doquier, carteles publicitarios en el espacio público, estaciones y líneas de metro que cambian su nombre por el de una multinacional, autobuses, trenes, tranvías, metros y taxis cubiertos de publicidad en movimiento. Vemos la televisión 240 minutos al día, durante los cuales visualizamos 90 anuncios publicitarios. Internet también es un espacio plagado de publicidad constante, en las redes sociales, los buscadores, las plataformas multimedia y de ocio, todo está sometido a la publicidad y a la mercantilización.
En este escenario, resulta complicado combatir el discurso del crecimiento como única posibilidad: el principal objetivo que percibimos es el del consumo, y para poder mantener el ritmo de consumo o incluso consumir mercancías fuera de nuestro alcance, necesitamos crecer hasta el infinito. El consumo es proyectado como paradigma del bienestar. El capitalismo no está solamente representado por las grandes multinacionales; el capitalismo es cognitivo, lo llevamos dentro de nuestras mentes, en la cotidianidad de nuestra vida diaria recibimos un auténtico bombardeo de mensajes que se instalan en el imaginario colectivo. En las tertulias políticas invitan a tertulianos, políticos, periodistas, abogados y economistas, todos ellos de posiciones políticas aparentemente diferentes, pero todos están de acuerdo en lo esencial: el crecimiento económico, el aumento del consumo, y por tanto del Producto Interior Bruto son la meta a perseguir, son la fuente del bienestar y del progreso; nadie lo discute, ya puede hablar alguien de izquierdas, de derechas, o de extremo centro, en esto coinciden siempre. ¿Por qué los medios de comunicación no dan espacio al discurso del decrecimiento? Es sencillo: la televisión y en general, los medios de comunicación, viven de la publicidad; publicidad de empresas que nos tratan de vender sus mercancías. Por tanto, que alguien hable de decrecimiento en los medios de comunicación del sistema es contraproducente para los intereses de las marcas que financian estos medios.
La inmensa mayoría de los políticos también tienen este discurso sobre el crecimiento, defienden una visión tremendamente cortoplacista ya que su objetivo primordial es ganar las próximas elecciones, y parece mucho más fácil hacerlo sin llevar la contraria al dogma productivista, necesario para que el sistema capitalista siga su rumbo. Y este es esencialmente el problema, no podemos seguir creciendo porque no tenemos recursos para poder hacerlo. Ya no es una reclamación exclusivamente ecologista, es una cuestión de límites físicos del planeta. Debemos volcar nuestros esfuerzos en tumbar el discurso predominante del crecimiento en nuestro entorno, en los medios de comunicación, en las organizaciones y movimientos políticos y sociales, haciendo ver que otra forma de vivir es posible, que el decrecimiento no es ninguna amenaza al bienestar, muy al contrario, es la garantía del bienestar y de la supervivencia si queremos que las próximas generaciones y buena parte de la humanidad hoy puedan subsistir en este planeta. Estamos en un punto en el que el capitalismo se va desvaneciendo como "promesa" de progreso en nuestra sociedad, por eso es momento de construir realidades paralelas para, paulatinamente y sin descanso, establecer un orden totalmente distinto.


¿Qué es eso del decrecimiento?


El término “decrecimiento” es interpretado por muchas personas pertenecientes a diferentes posturas ideológicas como una enmienda a la totalidad y el destierro del término “crecimiento”. Conviene aclarar que las personas que defendemos la postura del decrecimiento, defendemos decrecer en el consumo de recursos naturales finitos y en las actividades que perjudican a la biosfera y, en definitiva, a todos los seres vivos. Sin embargo, defendemos el crecimiento en muchos otros aspectos como el cultural y las labores de cuidado de las personas y la biosfera. También creemos que es necesario un crecimiento ético, de la conciencia, del apoyo mutuo, de la soberanía alimentaria, del consumo de productos ecológicos y biológicos, y de toda actividad que no incida en el consumo de recursos finitos y en dañar el medio natural, que nos pueda aportar una vida mejor para todos los seres que cohabitamos este planeta.
Hay sociedades -como las de muchos países africanos- que no tienen que decrecer, deben crecer hasta recuperar la dignidad que nuestro crecimiento les robó, sin imitar nuestro modelo devastador y sabiendo administrar bien los recursos a su alcance. La “Europa ilustrada” suele combatir el discurso del decrecimiento señalándolo como “el que nos quiere situar en la pobreza de los de ahí abajo”, en una visión clasista y eurocéntrica bastante despreciable, dado que la pobreza del Sur no es más que la consecuencia de la opulencia del Norte.
Muchas de las recetas propuestas ante la crisis climática y energética se basan en implementar las energías renovables en sustitución de los modelos predominantes de producción eléctrica más contaminantes y que precisan de más recursos finitos. Es importante señalar que el consumo eléctrico global supone el 15% del total de la energía que consumimos, con lo que si cambiamos el 100% de la producción eléctrica por las renovables, estaríamos solucionando el 15% del problema energético. El mayor reto y más difícil es la dependencia de los combustibles fósiles utilizados para la agricultura industrial y sus pesticidas, el transporte, la construcción y la industria petroquímica (plásticos) son las que acumulan la mayor parte del consumo energético.
El decrecimiento por tanto, propone un cambio integral del sistema, en el que el consumo pase a ser el necesario para el sostenimiento de la vida, y no un elemento creador de felicidad y bienestar. Es un llamamiento a buscar el buen vivir mediante el apoyo mutuo, los cuidados, el consumo y producción local, la autogestión y la reconfiguración del ámbito laboral, repartiendo los trabajos en igualdad, reduciendo las horas dedicadas a la producción, en favor de los trabajos para recuperar la vida social, y el cuidado de los seres vivos.
Según el último informe de la Organización Internacional del Trabajo, en el último lustro, en el Estado español se ha aumentado un 8% la producción, al tiempo que se ha perdido un 6% en salarios. Esto alude a otro problema: el reparto de la riqueza, algo absolutamente necesario, ya que las veinte personas con mayor capital en España poseen el mismo capital que los nueve millones más pobres. Llevando a cabo un reparto justo de la riqueza, y sustituyendo el objetivo de crecer por el del buen vivir, el crecimiento económico perdería sentido, al estar satisfechas las necesidades al margen del consumo y del endeudamiento.
Rescato unas palabras de una entrevista a Yayo Herrero, antropóloga, educadora social, ingeniera técnica agrícola y activista desde la ecología social, para el libro -cuya lectura recomiendo- 'Euskal Herria. Decrecimiento y Buen Vivir. Alternativas al modelo actual' (Sua 2014, Mugarik Gabe):
“Nosotros hablamos del decrecimiento de la esfera material de la economía porque nuestras sociedades van a tener que aprender a vivir con menos materiales y energía, con menos cobre, menos platino, menos litio, menos petróleo... Si a esto le sumamos el calentamiento global, que básicamente significa un cambio en las reglas que organizan lo vivo, te encuentras en un momento en que ese decrecimiento es una obligación”.
“Si sabemos que estamos en un planeta con recursos naturales finitos, que tiene una cantidad predeterminada y escasa de estos recursos, su regeneración no es tan veloz como nuestra capacidad de extracción y consumo, deberíamos plantearnos seriamente qué producir, para quién, cuánto y cómo.”


¿Hacemos lo que Podemos?


“El problema no es que la pequeña y mediana empresa no pueda pagar los costes laborales de sus trabajadores, el problema es que la gente no consume”. Una frase que Pablo Iglesias, secretario general de Podemos, ha repetido en muchas de sus intervenciones en los medios de comunicación aludiendo a Keynes.


“¿Vosotros creéis que Podemos puede presentarse a unas elecciones planteando el decrecimiento cuando los demás van a ofrecer lo contrario? Nosotros creemos que no”. Juan Carlos Monedero, portavoz y fundador de Podemos, durante las jornadas “El reto del empleo en tiempos de crisis – Trabajo, empleo y límites del planeta”, Noviembre de 2014.


El modelo económico de Podemos tiene claras referencias al keynesianismo. Vicenç Navarro y Juan Torres, académicos reconocidos internacionalmente, no esconden su apuesta por ese modelo, que en su día tuvo su validez para salvarle la cara al sistema capitalista. El keynesianismo consiste en incrementar considerablemente la inversión pública para aumentar la demanda agregada, esto es, el consumo de las familias y las pequeñas y medianas empresas, de cara a crear empleos, aumentar el poder adquisitivo de las personas y que la rueda del consumo y del crecimiento siga girando de forma perpetua. Vicenç Navarro en varios artículos ha mostrado su oposición frontal al decrecimiento y en una intervención en La Tuerka (programa de PúblicoTV) sobre el decrecimiento, aseveró: “los que están proponiendo el decrecimiento son unos reaccionarios”.
Vicenç Navarro asegura que los que defendemos el decrecimiento olvidamos que hay diferentes tipos de crecimiento, y pone el ejemplo de que podemos crecer en la fabricación de vehículos eléctricos en detrimento de los vehículos que utilizan combustibles fósiles, y que ese tipo de crecimiento es recomendable. Parece ser que olvida ciertas cosas, como que el litio disponible da para fabricar sólo un millón de estos vehículos al año a nivel mundial (frente a los mil millones de coches que ya hay en el planeta), y que las reservas de ese material son limitadas, por no hablar del consumo de materias primas y energía que requiere la industria del automóvil particular, independientemente del combustible que estos utilicen para circular. La respuesta del decrecimiento a ese modelo de crecimiento propuesto por Navarro es el crecimiento -aquí sí- de los medios de transporte colectivos, al mismo tiempo fomentando la economía local y reduciendo la necesidad de movilidad a largas distancias en la vida cotidiana de las personas y en los transportes de mercancías.
Pablo Iglesias ha repetido en multitud de ocasiones: “de la crisis se sale con políticas económicas expansivas, aumentando la demanda agregada”. Esas políticas expansivas enmarcadas en el panorama del colapso de los recursos naturales, recaerían sobre los países del Sur y sobre las próximas generaciones. La economía basada en el consumo ha de terminar además, porque es físicamente imposible mantenerla a pocos años vista, lo que deberíamos de discutir es cómo sustituimos el modelo.
Llama la atención cómo Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Alberto Garzón y otras figuras públicas que defienden una postura a favor del crecimiento económico, firman públicamente el  “Manifiesto Última Llamada” que aboga exactamente por lo contrario. Este manifiesto pretendía ser una llamada de atención a la sociedad, para advertir de que estamos en una situación límite en la que la escasez de los recursos y los problemas ecológicos se están multiplicando exponencialmente, y que tenemos la responsabilidad de cambiar todo el modelo capitalista que provoca esta situación. Si no se trata de salir en la foto, que no lo hagan de perfil y de puntillas, y que se mojen.
El que una organización política se haga llamar “Podemos”, podría dar a entender que podemos cambiarlo todo, pero parece que pretende ser “hacemos lo que Podemos”, dando por hecho que muchas cosas esenciales no pueden cambiarse. Podemos, no es el 15M, ni pretende serlo, y en ese camino hacia el éxito electoral, se han olvidado de las reclamaciones de los movimientos sociales implicados en el cambio de la sociedad desde abajo. A cambio ha conquistado al gran público que sigue sus intervenciones televisivas, y a otras muchas personas que de buena fe creen que es su última esperanza. Es ahí donde Podemos ha ganado, ha creado expectativas, esperanza en mucha gente, veremos en qué se convierte bajo la lógica de la búsqueda de las mayorías sociales. Creo que son conscientes de la escasez de recursos naturales y el problema ecológico y social al que nos enfrentamos, aunque no sé hasta qué punto, porque por encima de esto, impera en ellos la lógica de la conquista del poder, y creo que ven el problema como lo ven muchos dirigentes políticos de otros países que acuden a cumbres internacionales sobre el clima: buenas palabras que nunca acaban de materializar en sus políticas de gobierno.
Ellos tienen mucha capacidad de convocatoria en los medios de comunicación, tienen ese poder de divulgar ideas rupturistas, que modifiquen el debate establecido. De hecho, han introducido en el debate asuntos de interés de los que ningún partido hablaba, como la renta básica universal o la auditoría de la deuda; es arriesgado tratar estos temas, pero a la vez es necesario poner encima de la mesa este otro debate, que es de vital importancia para cambiar las reglas del juego. Por eso creo que el decrecimiento es una de las asignaturas pendientes más importantes en el discurso de Podemos, ya que es la mayor garantía de progreso social, cultural, laboral, del cuidado de la naturaleza y de nuestras vidas. Muy al contrario, el crecimiento nos aboca a la escasez, a la alienación, a la desigualdad, a la precariedad laboral y a la destrucción de la biosfera.
Promover el decrecimiento obliga a apostar por la economía local, las monedas sociales con carácter ético, la soberanía alimentaria, los espacios de autogestión, abandonar el productivismo y el extractivismo, y es antagónico al proyecto que propone Podemos, en el que el Estado es el principal garante del bienestar, y en el que se asume el discurso del crecimiento como fuente de bienestar y progreso, para conseguir el apoyo electoral. Creo que cometen un error muy grave al adoptar como propia la postura del crecimiento y por tanto del capitalismo. El keynesianismo es pan para hoy, hambre para mañana, y lo que es peor, ya es hambre hoy para una parte importante de la humanidad y para la naturaleza. Hoy deberíamos hablar de dos posturas antagónicas: una es el productivismo, defendido por los neoliberales en forma de darwinismo social y por los socialdemócratas en forma de reparto de los beneficios dentro del marco de las democracias liberales capitalistas, y por otro lado, la postura de la reconciliación con la naturaleza y con el buen vivir defendida desde el “ecologismo libertario”, de los que hay muchos ejemplos que no necesariamente se reconocerán todos con esta etiqueta.
Es necesario disputar la hegemonía cultural en lugar de la electoral, necesitamos una sociedad consciente del problema al que nos enfrentamos, y que en los próximos años vamos a padecer como no tomemos el camino adecuado para que nuestra existencia sea posible en igualdad y sostenibilidad. Se acercan tiempos difíciles, debemos ser osadas y no esconder la realidad; no se trata de que seamos catastrofistas y nos encerremos en el discurso de que no hay nada que hacer, ya que eso nos conduce al inmovilismo y al fracaso; se trata de irrumpir con un discurso optimista que muestre que existen alternativas que nos pueden llevar a vivir mejor con menos, al tiempo que se hace un llamamiento a la responsabilidad colectiva como habitantes de un lugar común que debemos conservar para poder seguir viviendo en él.
Las leyes de la física y la escasez nos obligan a decrecer y a cambiar el sistema económico, laboral, social y cultural, y para ello necesitamos desear el cambio, antes de que el cambio nos atropelle.
Antonio Turiel, físico del CSIC, experto en el peak oil y autor del blog “The Oil Crash” (crashoil.blogspot.com) dice en un artículo titulado 'Lo que no podemos':
“Los decrecentistas, en realidad, tienen que entender que hay que seguir haciendo pedagogía con la sociedad. Hay que seguir explicando que el ecosistema planetario está gravemente enfermo, y que esta frase no es un lugar común sino un hecho constatado y doloroso; hay que seguir diciendo que esta crisis no va a acabar nunca y explicar el porqué; hay que decir en voz cada vez más alta que ni el fracking ni las renovables ni ninguna otra tecnología-milagro van a resolver nuestros problemas; hay que advertir que a pesar de los sueños de recuperación estamos a las puertas de una gran recesión que puede traer consecuencias peligrosas e imprevisibles; hay que gritar, a pleno pulmón, la verdad a la cara. Sólo cuando sepamos podremos comprender mejor lo que sucede, cambiando también lo que somos. Sólo cuando cambiemos lo que somos cambiaremos lo que podemos. Y sólo entonces podremos.”


La socialdemocracia es el salvoconducto del sistema totalitario mercantil. Decir que se puede "salir de la crisis", "acabar con la corrupción" o "recuperar el crecimiento económico" -mediante dinero deuda o devaluación, y explotación de recursos finitos-, es asumir que este sistema tiene remedio -eso a lo que los socialdemócratas llaman "realismo"-, frente a las personas que nos oponemos a esta aceptación servil del orden establecido. El neoliberalismo y la socialdemocracia son las dos caras de la misma moneda: cuando una de las dos caras se desgasta, aparece la otra como solución única a nuestros problemas. El Estado y la delegación del poder en unas minorías que se erigen como los "sabios gestores" o como los "gestores honrados y generosos", nos impiden avanzar por el camino de la democracia directa, la autogestión, la emancipación y del cuidado de la naturaleza y la vida.


El decrecimiento y la autogestión para el buen vivir


“Cualquier contestación al capitalismo tiene que ser decrecentista, autogestionaria, antipatrialcal e internacionalista”. Carlos Taibo, escritor y profesor de política en la UAM.


Es necesario que construyamos un modelo paralelo a este sistema de consumo, en el cual primen el apoyo mutuo y la autogestión y que nos libere de la dependencia del sistema en temas primordiales como la energía, el agua y la soberanía alimentaria.
Tenemos mucho que desaprender y comenzar a construir realidades que aumenten nuestro bienestar y el de todos los seres vivos con los que compartimos este lugar. El decrecimiento como fórmula de aumento del bienestar nos invita a trabajar menos horas de forma asalariada, y en cambio, a aumentar el número de horas que dedicamos a la vida social, a proyectos comunes que nos liberen  del capitalismo, creando una economía cada vez más local, solidaria y que respete los límites de la naturaleza, por el camino de la economía de los bienes comunes, el reparto de los trabajos productivos y reproductivos, y una renta básica de transición, cediendo el protagonismo a las monedas sociales. Son amplísimos los caminos del decrecimiento y el buen vivir que nos conducen por las vías de la autogestión: los grupos de consumo, las ecoaldeas, las cooperativas integrales, de crédito, y de usufructo de viviendas, la ocupación y autogestión de centros de trabajo en quiebra por parte de las trabajadoras, y cualquier espacio que emerja de las necesidades reales de la sociedad y de la naturaleza. Asimismo implica luchar contra la obsolescencia programada y contra la colonización de la publicidad en nuestras vidas, fomentar el acercamiento entre productores y consumidores, “ruralizar” la sociedad repensando el modelo urbanístico de las ciudades y sus cinturones industriales, luchar contra gentrificación, sustituir espacios destinados a vehículos privados por espacios para el esparcimiento, para huertos urbanos y para transportes colectivos, alcanzar la soberanía energética y alimentaria, y tantas cosas que se pueden hacer para crear una economía diferente, decrecentista, anticapitalista y del buen vivir, abogando por la abolición del patriarcado y de cualquier forma de discriminación por cuestiones de sexo, etnia, creencia o pensamiento.
El buen vivir es aquel que procura unos estándares de vida suficientes a cambio de destinar más tiempo a satisfacer las necesidades no materiales: la familia, las amistades, el aprendizaje, proyectos artísticos o intelectuales, autoproducción, compromisos sociales, participación política, relajación, exploración espiritual, búsqueda de placeres y otras actividades que se relacionan poco o nada con el dinero.
No debemos olvidar lo más importante, la labor que individualmente debemos hacer para construir un sujeto con otros valores distintos, en los que primen el altruismo, frente al egoísmo; la cooperación, frente a la competición; la vida social, frente al consumismo; el actuar localmente y pensar globalmente, frente a la globalización capitalista; la calidad, frente a la cantidad y la productividad; la solidaridad y la responsabilidad, frente al individualismo; el amor, frente al odio...
Cambiemos el ruido y la materia, por el amor y la poesía.
Sólo la utopía puede evitar la distopía.