Resistencias, regulaciones y alternativas a las empresas transnacionales

Pedro Ramiro - Diagonal 

Con la expansión del capitalismo global y el aumento del poder de las grandes corporaciones, se han multiplicado por todo el planeta las luchas sociales que ponen en cuestión la centralidad de las empresas transnacionales en el modelo de "desarrollo".

En las últimas décadas, confrontando la visión hegemónica que sitúa al crecimiento económico y al sector privado como pilares del "progreso" para toda la sociedad, han surgido múltiples procesos de resistencia que se enfrentan a la creciente mercantilización y privatización de cada vez más esferas de nuestra vida.

Junto con todas estas experiencias, impulsadas en buena medida por organizaciones de la sociedad civil y movimientos sociales emancipadores, han cristalizado también distintos paradigmas y marcos de referencia alternativos a la modernidad capitalista.Con el objetivo de construir propuestas de transición que sirvan para avanzar hacia economías y sociedades post-capitalistas, estos nuevos discursos e iniciativas contrahegemónicas van caminando con una triple perspectiva.
Primero, con una dinámica de resistencia: investigando y denunciando la expansión del capital transnacional para tratar de frenar sus impactos económicos, políticos, sociales, ambientales y culturales.

Segundo, en base a una lógica de regulación: formulando mecanismos de control y propuestas de redistribución que, en el marco del actual modelo socioeconómico, sirvan para poner los derechos de las personas y los pueblos, como mínimo, al mismo nivel que esa lex mercatoria que protege con fuerza los negocios de las grandes empresas.

Y tercero, con la idea de apostar por la construcción de alternativas: impulsando y poniendo en práctica propuestas concretas que, teniendo como horizonte la necesidad de construir modelos de desarrollo y de sociedad diferentes al dominante, vayan arañando, aquí y ahora, parcelas de autonomía y soberanía económica a las empresas transnacionales.

Estas dinámicas de resistencia, regulación y alternativa están avanzando a un mismo tiempo, en paralelo y de forma dialéctica; todo ello, en el marco de una lógica de proceso y con una perspectiva de transición.

Puede decirse que, en este contexto, las tres perspectivas son complementarias y todas ellas, a la vez, interpelan a gobiernos, empresas y organizaciones sociales a establecer otros sistemas socioeconómicos que no tengan como pilar fundamental lo que Polanyi denominó –refiriéndose a los orígenes del capitalismo y constatando cómo "en el espacio de una generación toda la tierra habitada se vio sometida a su corrosiva influencia"– "el móvil de la ganancia".

Impactos, luchas y resistencias

Las dinámicas de resistencia y de contestación social para enfrentar el dominio del capital sobre la vida en el planeta vienen produciéndose, en realidad, desde que las grandes corporaciones –al principio, estadounidenses y, más tarde, también europeas y asiáticas– se dedicaron a expandir sus operaciones a otros países para profundizar con su lógica de crecimiento y acumulación.

Puede decirse, entonces, que hay una especie de hilo rojo que conecta las luchas del movimiento obrero a finales del siglo XIX y comienzos del XX, con sus reclamaciones de mejoras en las condiciones laborales y en el reparto de los beneficios empresariales, con las que hoy tienen como protagonistas, por ejemplo, a las comunidades locales y pueblos indígenas que se oponen a la presencia de mineras y petroleras en sus territorios, pasando por las campañas de resistencia que a lo largo del siglo pasado se realizaron contra empresas como United Fruit Company –hoy Chiquita Brands–, Nestlé, Shell, Nike o McDonald’s, y que hoy tienen lugar frente a transnacionales como Telefónica, Coca-Cola, Chevron-Texaco y Repsol.

En el caso concreto de América Latina, además, estos procesos de resistencia popular frente al capital transnacional resultaron decisivos a la hora de contribuir a la conformación de las mayorías sociales que, conforme fue avanzando la primera década de este siglo, desalojaron de los gobiernos a los gestores del Consenso de Washington y certificaron el fin de "la larga noche neoliberal".
Eso sí, estos gobiernos de cambio, amortiguada la etapa de resistencia, se debaten ahora entre una dualidad que, al fin y al cabo, es similar a la que aquí pueden tener ahora los nuevos partidos y agrupaciones ciudadanas que han apostado por el "asalto institucional" y han de ejercer responsabilidades de gobierno: ¿optar por una asociación táctica con las corporaciones transnacionales, que suponga un avance en términos de regulación, o por una apuesta estratégica por un modelo de desarrollo –construyendo una propuesta alternativa– basado en paradigmas como el decrecimiento, el buen vivir o el ecofeminismo?

Mecanismos de control

Moviéndose en esa tensión constante entre regulación y alternativa, entre la posibilidad de instaurar mecanismos de control para limitar el poder de "los mercados" y la urgencia de construir propuestas para avanzar en una transición post-capitalista, es justamente donde se están moviendo la mayoría de las iniciativas que le están disputando la centralidad del modelo socioeconómico a las grandes empresas.
Y como apenas existen espacios que no hayan sido colonizados por la lógica de la propiedad privada y el crecimiento económico –dicho de otro modo, en el capitalismo global no hay "afueras"–, buena parte de estas experiencias funcionan mediante una combinación de esa doble perspectiva de regulación y alternativa.

Como parte de una misma propuesta de transición, se trata de combinar las exigencias tanto de mejorar la legislación existente como de crear nuevas normativas a nivel nacional e internacional –en términos de transparencia y rendición de cuentas, de evaluación y seguimiento de las prácticas de las grandes compañías, de una fiscalidad justa que subordine los beneficios empresariales al cumplimiento efectivo de los derechos humanos, etc.–, que estén dirigidas a los gobiernos e instituciones multilaterales, con la puesta en práctica de proyectos alternativos que, partiendo de renovados paradigmas que no tengan como principio fundamental "el móvil de la ganancia", sean impulsados por las organizaciones de la sociedad civil para ir caminando hacia nuevos horizontes emancipatorios que pongan en el centro la diversidad, la colectividad, la democracia y la sostenibilidad de la vida.

Ambas vías se relacionan de forma dialéctica, teniendo presente que, como afirma Miren Etxezarreta, "no es lo mismo una propuesta, un medio, un instrumento alternativo para resolver un problema específico, que una sociedad alternativa que tiene por objetivo subvertir la existente".
Y, además, se construyen dentro de una lógica de proceso, sabiendo que –en palabras de esta misma autora– "la alternativa es el propio proceso de lucha y transformación, un proceso que se tiene que ir construyendo en la vida cotidiana, en la lucha por una sociedad diferente".

Consolidadas y futuras experiencias de cambio

Empresas recuperadas, monedas sociales, finanzas solidarias, comercio justo, cooperativas de consumo agroecológico, proyectos de vivienda comunitaria en derecho de uso, circuitos cortos de comercialización…

Hay muchos ejemplos, cada uno en distinto grado y con diversa potencialidad, de cómo es viable organizar las actividades humanas de otra manera, al margen de la lógica de la acumulación capitalista.

Mientras algunos de ellos ya están contribuyendo a disputarle parcelas de poder a las multinacionales, otros están en una fase más incipiente y se constituyen como "laboratorios de experiencias" que, a menor escala, sirven para ensayar prácticas social y ambientalmente responsables, basándose en los principios de la economía solidaria, feminista y ecológica.
Como escriben Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes, autores de En la espiral de la energía, "de tener éxito, estas pequeñas experiencias crearán los nodos de agregación y copia para la siguiente fase”; serán “los faros imprescindibles, los bancos de prueba".

El movimiento por el decrecimiento: ¿Una alternativa a la crisis sistémica?


Introducción. Una solución distinta a las propuestas hasta ahora.

La actual crisis sistémica financiera, que afecta a un gran número de países occidentales consecuencia en gran medida del abuso de su capacidad de endeudamiento, es combatida de varias formas pero por lo general siguiendo unos mismos patrones2. Básicamente, las alternativas que hasta ahora se vienen presentando y defendiendo son, la elección entre unas políticas macroeconómicas regresivas de corte neoliberal y un programa económico expansivo de tipo keynesiano.

Con el desarrollo de este artículo pretendo exponer y contrastar la hipótesis según la cual el cuerpo teórico que ofrece el movimiento por el decrecimiento sería la única alternativa económica y social viable, y así analizar sus argumentos y propuestas con el fin de valorar si suponen una alternativa frente a aquellas dos teorías principales. El movimiento por el decrecimiento parte de la base de que cualquier sistema económico que no sea sostenible es inviable y se sustancia en la no contradicción de principios tan aceptados como los de la termodinámica.

Esta sospecha de la insostenibilidad del sistema actual ya es apuntada incluso por algunas instituciones internacionales que animan a buscar soluciones distintas a las que se vienen proponiendo a los problemas que acontecen en el seno de la Unión Europea3.

A lo largo de este artículo se pretende estudiar el origen, la concreción, la cohesión y la viabilidad de las propuestas así como las principales críticas al movimiento por el decrecimiento. Para ello se estudiarán las tesis defendidas por sus principales proponentes así como a autores que han defendido o defienden patrones similares de desarrollo pese a no autodenominarse como pro-decrecentistas. Por supuesto también se contrastarán las críticas de sus principales detractores. Por último, también se va a exponer la situación y su previsible desarrollo tanto en España como Francia en el contexto de la Unión Europea.

La hipótesis a contrastar parte de la idea de que las principales teorías económicas que se han llegado a aplicar a lo largo del siglo XX y que se fundamentan en la esperanza en un crecimiento futuro, han llegado a poder tener éxito gracias a la inestimable ayuda de un factor: los hidrocarburos fósiles, sin los cuales pocas posibilidades habría del incremento de la actividad económica.

Además, como apunta Luis González, “el crecimiento no es una consecuencia posible de este sistema: es una condición indispensable para que funcione. Si la economía capitalista deja de crecer, se colapsa” (González, 2011:231). La situación de crisis financiera que vivimos sería por lo tanto parte de este desmoronamiento del sistema consecuentemente.

Aunque el movimiento por el decrecimiento por lo general empieza a contar con una aceptación social y académica significativa, el debate sobre el mismo está en sus primeros estadios y no puede decirse que su presentación se haya logrado al menos como alternativa real. Ésta conllevará muy probablemente una respuesta firme del sistema capitalista como más tarde expondré.

La defensa de este sistema económico-social, de poder llevarse a cabo, exigiría una revolución integral de muchos de los fundamentos de la sociedad tal y como la conocemos hoy. Un análisis de esos cambios y los obstáculos que tendrían que enfrentarse, así como de la velocidad idónea para ir adoptando estas medidas, se va a desarrollar a lo largo del artículo.

El método elegido para hacer el seguimiento y estudio de las propuestas hasta ahora existentes en torno al decrecimiento será principalmente la revisión bibliográfica de algunos de los autores más destacados en el tema (Latouche, Gorz, Taibo o Ridoux) y de los que, aun no denominándose pro-decrecentistas, defienden medidas o planteamientos económicos y sociales parecidos (Rodrigo Mora, Viveret).

Varios de los artículos que analizo recogen las principales críticas a este movimiento y en cierta medida la queja de su poco desarrollo, consecuencia a su vez de la incipiente dedicación académica al decrecimiento o a su crítica. Es verdad, en todo caso, que en fechas recientes están apareciendo publicaciones más generalistas que recogen los principales rasgos del movimiento por el decrecimiento. Así mismo,la aparición de un partido político en Francia, organizaciones en Cataluña (Xarxa pel Decreixement), varias páginas y las redes sociales en Internet están contribuyendo a su difusión.

Lo incipiente de este movimiento y el direfente grado de desarrollo del mismo hace difícil una comparación pormenorizada entre dos Estados. Por esto, principalmente se van a estudiar las respuestas sociales, políticas y académicas que se empiezan a concretar y su previsible desarrollo así como los principales problemas que se empiezan a encontrar. Es decir, se procurará al menos un “análisis asimétrico”.

El estudio de los autores que dieron origen a las ideas matrices del movimiento aparecerá también a lo largo del artículo para fundamentar el desarrollo de las teorías pro-decrecentistas, los obstáculos que están encontrando para imponerse y la validez de aquellas ideas en el mundo actual.

Con el desarrollo de este trabajo se pretende también la comprobación de alguna de las hipótesis que se plantean en varios artículos por algunos autores para contrastar su validez. Para esto se utilizarán datos obtenidos a partir de fuentes estadísticas y de instituciones internacionales. En definitiva, lo que se pretende es un análisis de coherencia del movimiento prodecrecentista en cuanto a la teoría que lo sustenta y a su aplicabilidad especialmente en España y en Francia.

Una crítica al decrecimiento utópico


En algunos círculos de la izquierda anticapitalista y libertaria, desde hace ya varios años ha surgido un nuevo concepto “económico” aparentemente, pero que vincula radicalmente todos los aspectos de la vida cotidiana, el decrecimiento.

Aunque goza de gran auditorio entre el pequeño círculo de la izquierda libertaria, como ya se ha señalado, el decrecimiento no es más (por ahora) que una corriente minoritaria de un pensamiento utópico rejuvenecido. Así dicho, suena demasiado agresiva la crítica, pero si atendemos al estudio de sus principios, que uno de los máximos defensores en España, Carlos Taibo, sostiene que son 10 básicos, podemos ver en qué peca este pensamiento de utópico irrealizable.


Casi como señalaron Marx y Engels en El Manifiesto Comunista hace ya más de 150 años, este pensamiento socialista entra dentro del círculo de los utópicos, por un lado como una reminiscencia pequeño burguesa de un anhelo de un pasado mejor, por otro como un recuerdo de aquellos burgueses filantrópicos que deseaban una vida mejor para la clase obrera. Todo ello mezclado con fuertes dosis de los restos de un anarquismo bakuninista que no alcanza a ver el grado de desarrollo de la sociedad capitalista y las alternativas a ella, y vuelve así a los vicios de un anarquismo que muchos otros ya han superado.

El decrecimiento como idea no es negativo. En un  mundo donde los recursos son finitos, su utilización para la producción sin ningún tipo de orden y control provoca situaciones verdaderamente preocupantes para la situación de nuestros ecosistemas, y situaciones horrorosas para la mayoría de la población, que ve como la brecha entre ricos y pobres es cada vez más amplia. Realmente sí que se ve como necesario abandonar esos viejos mitos de la superabundancia y la sociedad en la que no habrá más que riqueza. Tenemos que repensar, cosa extremadamente compleja, qué es, a qué nos referimos cuando hablamos de riqueza. También tenemos que señalar, acordarnos de que si bien los recursos de nuestro planeta son finitos, las formas de utilizarlos, amplificarlos o maximizarlos dependen de la inventiva y del desarrollo de la técnica humana, por lo que los límites al crecimiento, si realmente es verdad que existen, por otro lado quedan superados en el aspecto del desarrollo. La máxima se reduciría a, tenemos que producir un desarrollo más sostenible y duradero de los productos que cubren nuestras necesidades. Esto quiere decir que no por producir más, no porque nuestro PIB crezca sin parar porque aumente nuestra masa producida, nuestra sociedad va a ir mejor. Hay que disociar los términos crecimiento y desarrollo. Es una confusión muy común en la economía darlos como iguales. Para que nos hagamos una idea, el desarrollo consiste en apreciar las necesidades (no sólo las básicas, también las de ocio, entretenimiento, cultura, etc.) que hay que satisfacer, y planificar la producción en torno a ellas. El fallo actual es que el sistema capitalista sólo entiende el desarrollo como el “crecimiento” económico, y hace de este la “necesidad”. Esta necesidad puede ir completamente a la contra de las necesidades sociales, porque como hemos visto en otras ocasiones, el fin último del capitalismo es el lucro privado del capitalista.

Pero en fin, vamos a analizar algunos de los puntos que Taibo llama básicos del decrecimiento para desarrollarlo como teoría general, y así ver los puntos inconsistentes que plantea y por qué se puede incluir (tal como lo plantean muchos de los autores de tradición libertaria) dentro del socialismo utópico como ya hemos dicho. Invito a la gente a leer el libro “Decrecimientos, sobre lo que hay que cambiar en la vida cotidiana” para entender las críticas que aquí se van a plantear. También señalar antes de nada que muchas de las ideas reflejadas en el libro fallan en su conclusión, pero aciertan en el desarrollo, y el autor del blog comparte parte de la visión de los autores (el libro es colectivo, aunque el coordinador es Taibo), sobre todo la idea de que hay que mandar al museo de la historia este sistema decrépito que nos condena a la gran mayoría de la humanidad al desastre, y a nuestro planeta a la destrucción.

En los dos primeros puntos que describe Taibo hay poco que discutir. Quizás en el primero el autor peca en exceso de simplificar el proceso. Si bien es cierto que el crecimiento económico bajo el régimen económico capitalista es extremadamente destructivo, alienante, y además, envuelve al trabajador de un modo de pensar que hace pensar que trabajar más, consumir más y gastar más es lo único que podemos hacer; si bien es cierto, no podemos negar que el crecimiento económico era necesario para un momento concreto del desarrollo del género humano, y la explotación sistemática de nuestra biosfera, si bien ahora ha dado producto a cosas que debemos solucionar y a algunos problemas irreversibles, era necesaria, para llegar a un estado de desarrollo de la técnica superior. Esto último no quiere decir que fuera bueno. Lo necesario es necesario, se tiene que dar, y si no se da no hay “progreso”, o en términos marxistas, no hay proceso “creador-destructor” de las fuerzas productivas. Un viejo ejemplo dice que si te caes en un barril de ácido necesariamente te mueres, entendemos que morirse no es bueno. El desarrollo económico capitalista entendido como la necesidad de crecer como “necesidad”, era una etapa indispensable del desarrollo de nuestra historia, que ha servido para el desarrollo de la técnica, la industria etc., pero que no por ello es bueno para la sociedad.

En el segundo de los puntos Taibo nos habla de que, aunque nuestros niveles de comodidad, sanidad, educación y consumo han ido a más en las últimas décadas, los niveles de insatisfacción han aumentado. La gente no es feliz bajo el sistema capitalista. El ejemplo que pone el politólogo nos lleva a ver cómo en la sociedad americana aunque la renta per cápita ha aumentado, los americanos son a día de hoy más infelices que hace 30 años. Esto esconde varias ideas detrás, ideas que deberían hacernos desconfiar un poco. Por un lado, decir que la renta per cápita de una nación aumenta quiere decir que la media de los ingresos y bienes de una sociedad han aumentado. ¿Cómo? He ahí lo divertido, usando la sabiduría popular sabemos que si para Pepe y para Juan  había dos pollos pero Juan se come los dos, al hacer la media nos sale que tanto Juan como Pepe han comido un pollo, aunque éste último no lo haya ni olido. Con ello quiero explicar que lo mismo pasa con las rentas, que si A, trabajador, cobra 1000, y B, empresario o banquero, cobra 100.000, al hacer la renta media nos sale que tanto A como B cobran 50.500. Pero es una falacia. Porque además de todo esto, tenemos que los sectores que más infelices se declaran son sectores de las clases medias que están sufriendo un proceso de proletarización, sobre todo desde la crisis del petróleo en los 70, que provocó un receso en el nivel y calidad de vida de las décadas posteriores, que se vio claramente con el aumento de la brecha entre ricos y pobres durante los 90 y el nuevo siglo, lo que supone una redistribución de capitales de las clases trabajadoras a la clase burguesa muy elevada, sobre todo con el estallido de la burbuja de los “punto com”. El otro escondrijo que hay detrás de la idea que vierte Taibo está en que si bien los norteamericanos se muestran infelices, esto no quiere decir que lo que añoren sean tiempos pasados. Sí, añoran tiempos pasados en los que sus ingresos no se veían mermados por un nivel de vida que subía mientras los salarios se quedan estancados; añoran un tiempo mejor en el que su productividad subía y con ello su jornal, y no un tiempo donde se matan literalmente a hacer horas extras y apenas se cobran. Es decir, no añoran los tiempos pasados de los que hace gala este decrecimiento utópico, si no tiempos pasados donde sí podían consumir más fácilmente, y no en base al endeudamiento.

El tercer punto descrito por Taibo es bastante correcto, cito un extracto de él que puedo suscribir sin problemas. “Al contaminar facilitamos un doble crecimiento del PIB: el derivvado de las actividades que generan la contaminación y el que se abrirá camino, más tarde, para poner freno a ésta.” Con ello Taibo señala la idea de que el PIB como tantos otros indicadores económicos no sirve o tergiversa realmente la problemática del crecimiento y el problema ecológico.

El cuarto punto también es interesante. Por un lado Taibo señala sin error los problemas de los falsos mitos del paraíso de la superabundancia y el crecimiento sin límites. A ese respecto Sacristán ya señaló el mito escatológico del mileniarismo. No, la realidad es que la tierra es un planeta de recursos finitos, pero ello no quiere decir como en el mismo punto señala Taibo un poco más adelante, que tenemos que controlar mucho los recursos que consumimos. Por el contrario, más que controlar los recursos que consumimos, lo que tenemos que conseguir es un control más exhaustivo, racional y planificado de su utilización, y un desarrollo superior de la técnica para que con los mismos recursos, se pueda producir menos para cubrir más necesidad de la sociedad de forma más eficiente. El ser humano siempre ha sido capaz de desarrollar la técnica para emplear menos esfuerzos a la hora de producir, o colocar la producción en sitios estratégicos para que sea menos costoso. Sólo hay que fijarse en los procesos que hacían los egipcios hace miles de años en los márgenes del Nilo, o el desarrollo de las técnicas de cultivo del campo. Negar esto es negar la realidad del desarrollo del potencial humano, desarrollo que el capitalismo como sistema ha sabido llevar a más, pero de una forma completamente caótica y destructiva para la gran mayoría de la sociedad.

El quinto punto es, a mi juicio, el más discutible, discutido, y utópico reaccionario. Ya no es sólo ir contra el progreso capitalista, es ir contra todo tipo de proceso progresivo en la técnica y en la industria, una vuelta a los viejos oficios convencionales, es decir, a un pasado donde la industria no existiera y si existieran los pequeños talleres de artesanos, los viejos gremios. Es el sueño anarquista proudhoniano de la vuelta al pequeño taller que quedase colapsado por la gran industria capitalista. Esta idea tiene cuatro críticas. La primera, es que la vuelta a un mundo precapitalista (sin considerar que es profundamente reaccionario) donde reine el pequeño taller, un mundo descentralizado de las grandes urbes, y centrado en los pueblos, necesita de un proceso revolucionario altamente destructor. Las fábricas no se cierran solas, y los trabajadores no se reubican solos, y mucho menos en campos tan poco productivos (económicamente hablando) como el de “cubrir necesidades sociales insatisfechas” (léase escuelas infantiles, dependencia etc.) que sí son vitales y de necesaria ocupación, pero que no son viables de ningún modo sin una industria productiva y readaptada para el cumplimiento de todas las exigencias que la problemática ecológica y social necesitaría. El problema es que Taibo y demás seguidores de decrecimiento no sólo plantean eliminar prácticas como la explotación de minas a cielo abierto, o la industria nuclear, también la industria del automóvil, aviación etc., cualquier industria contaminante debe ser cerrada. Los trabajadores reubicados, esa es su última palabra.

La segunda crítica a este quinto punto ya la he expuesto antes. Es una vuelta al utopismo proudhoniano del pequeño taller, donde se produce lo justo y necesario… porque no se puede producir más. El desarrollo de esta ideología, este anarquismo recalcitrante que no tiene nada que ver con versiones más posteriores del pensamiento libertario, mucho más apegadas a una realidad compleja, se da en un momento en el que el capitalismo acaba de arrancar. Correctamente muchos de los teóricos de este pensamiento como Proudhon, ven el maquinismo como algo negativo y elemento desarrollador de la alienación que sufre el trabajador en su puesto de trabajo, transformado, como dirían Marx y Engels en El Manifiesto Comunista en un apéndice más de la máquina, inmersos únicamente en una actividad monótona y repetitiva que no da posibilidad de desarrollo personal de ningún tipo. Si estos primeros pensadores del socialismo utópico apreciaron esto, también lo es que erraron a la hora de proponer soluciones, también fruto del poco desarrollo del propio capitalismo. La vuelta a la sociedad gremial es su sueño, todo ello sin las contradicciones inherentes a ella, como si fuera fácil.

Una tercera crítica, más simple de lo que parece a primera vista, es lo que se podría denominar, el tercero en discordia o el capitalista dónde queda. La única mención que hace Taibo en este quinto punto sobre el capitalista viene a ser que “quienes más ganan verán reducidos sus ingresos”. Lo que el capitalismo nos ha enseñado en 200 años de existencia, es que cuando empiezan los procesos prerevolucionarios, o cuando estallan las propias revoluciones, la clase burguesa no se queda tranquilamente sentada a ver romper sus cristales, ni se echa hacia un lado para dejar pasar los nuevos vientos. Este es el sueño de los pacifistas más utópicos, este es el sueño de un pequeño sector (y cada vez más minoritario) del movimiento 15M. Las formas que tiene la clase burguesa dominante de combatir y frenar los procesos revolucionarios que superan las primeras barreras de cortafuegos de las burocracias y partidos, ya las hemos visto en otro post. En la entrada “tecnócratas”, hago un recorrido por los diferentes modelos que adopta el capitalismo para frenar las tentativas revolucionarias.

La cuarta crítica y última a este quinto punto es menos técnica. Decir que hay que cerrar las industrias y reubicar a sus trabajadores no se sabe muy bien dónde o cómo, hablar de vuelta al modelo gremial y a una actividad económica tradicional sólo puede salir de los despachos de profesores universitarios. No se entienda esto mal. La figura de los intelectuales es importante, pero cuando esta se separa del proceso diario real, se vuelve contrarrevolucionaria. Imaginar el mejor de los mundos, hacer ejercicios de ingeniería social creando construcciones al más puro estilo de Aldous Uxley o George Orwell, sólo puede ser fruto de cerebros de académicos. Para ellos es fácil decir, “vivid con menos” “ganad menos”, porque sentado delante de un escritorio absorto en desarrollar trabajos que poco tienen que ver con lo que a su alrededor sucede, no se sufre la alienación, ni el ataque sistemático ideologizante de la clase dominante.

El sexto punto de esas 10 ideas enumeradas por Taibo nos devuelve a la vieja pugna de “¿reforma o revolución?”.  Emplazar todas las exigencias (aun sin considerar su profundidad reaccionaria) al mundo real nos deja la idea de cómo conseguimos alcanzar eso. Está claro que como antes he explicado, obviar al capitalista, no hace que el capitalista desaparezca, sólo lo escondes para tu “realidad”, pero él va a seguir luchando. Eso nos devuelve a la problemática anterior de las formas que tiene la burguesía de parar la revolución social o cualquier acto de reforma social, caso ejemplo que sonará por siempre, el Chile de Allende. La cuestión de reforma o revolución es importante, y todas las ideas del decrecimiento tal como están expuestas, se ven más en aras de un anarquismo proeducativo kropotkiniano (a saber, la idea de que primero hay que educar a los hombres y cuando estén educados la gente entenderá las necesidades de deshacerse del capital y no habrá luchas ni violencia, ni revolución). Ahora bien, el ideal kropotkiniano de crear escuelas alrededor del mundo, libres de la dominación capitalista y donde poder enseñar los ideales de la paz y el apoyo mutuo entre todos los trabajadores, chocará más tarde o más temprano con los problemas que dé al sistema. Esto quiere decir que mientras estas escuelas no cuestionen de manera abierta al sistema capitalista (es decir, mientras no cuestionen el PODER), podrán crecer, financiarse con los fondos de sus miembros etc. El ejemplo más claro de esto es que el mayor número de anarquistas y marxistas (entrecomillados hasta límites insospechados) actualmente está en las universidades norteamericanas, donde se dedican a hacer profundos análisis de la situación, pero donde no cuestionan en ningún momento la realidad del sistema, ni ofrecen una alternativa a éste.

Los puntos 7, 8, 9 y 10, son una repetición en el caso del 7, algo más minuciosa del tema de la añoranza del sistema gremial y la sociedad feudal idealizada, es decir, sin sus contradicciones como el patriarcado o el florecimiento del libre mercado. En el caso del 8 es un acercamiento a los problemas de los países del Sur, donde se exalta por un lado que no se les puede pedir que no consuman cuando el norte ha estado haciéndolo salvajemente (y casi siempre explotando la mano de obra de estos países y sus recursos naturales), y por el otro, que si bien no se les puede pedir que no consuman, hay que ayudarles a mantener sus formas tradicionales, es decir, en la falsa idea de que el progreso tecnológico ha traído la desgracia al campo, tenemos que evitárselo y que sigan utilizando fórmulas productivamente muy atrasadas. El punto 9 no es de cierto interés, salvo para los que se interesan por la etimología de los conceptos. En él lo único destacable es que se presenta el decrecimiento como la alternativa a los neoliberales, a los keynesianos y a los marxistas productivistas. Como hemos ido viendo a la hora de desgranar los anteriores postulados, el decrecimiento es una alternativa, que tal como se plantea es ya de por sí caduca. Unida a ciertas teorías de los marxistas productivistas, y abandonando éstos el mito mileniarista, el decrecimiento cogería una óptica mucho más realista,  dejaría de ser una construcción utópica.

El punto 10 vincula el decrecimiento a las otras prácticas anticapitalistas de siempre, como si el decrecimiento fuera un agregado de importancia. En este punto estoy de acuerdo con Taibo, si no en la forma de decrecimiento, si en el papel que le otorga. El decrecimiento sólo es viable dentro de una alternativa mucho más elevada de transformación de la sociedad, no es una teoría suelta de por sí.

Sólo como ya he dicho, unido a las teorías del marxismo revolucionario el decrecimiento podría tener un papel en el desarrollo económico futuro, y de hecho lo tendrá. Atrás deben quedar las teorías del decrecimiento utópico. Debemos atender a la realidad existente, y no añorar realidades pasadas. Debemos pensar en las potencialidades actuales, que bajo el capitalismo son incapaces de desarrollarse. El ser humano es capaz de todo, incluso en un planeta finito. Lo que debemos es tener cuidado de cómo adelantamos la rueda de la historia, y abandonar en el museo de la historia al capitalismo de una vez por todas, y sobre todo atendiendo a que, como decía Sacristán, no hay libertad ni igualdad alguna que realizar sobre una Tierra convertida en un inmenso estercolero químico, farmacéutico y radiactivo. 

Publicado por Diego Parejo 

Respuesta de Carlos Taibo:

  
El autor de este texto es un poco perezoso: he escrito tres libros sobre decrecimiento, en los que creo doy cumplida explicación a sus quejas, pero prefiere acogerse a un breve, e instrumental, prólogo que redacté para un trabajo colectivo. Esto aparte, como quiera que "sabe" que soy un "anarquista", decide endilgarme todos los tópicos -así, un supuesto respaldo al artesanato proudhoniano- que, en su mundo, se aplican a una cosmovisión tan trasnochada. Creo que su texto, que no carece de interés, ganaría si no atribuyese a los demás lo que intuye o supone que piensan sino, más cuerdamente, aquello que declarada y explícitamente piensan. Carlos Taibo

El decrecimiento como solución a la crisis


"Como sostenía Antonio Gamsci, hay que temperar el pesimismo de la razón con el optimismo de la voluntad. Si vemos las cosas racionalmente es terrible lo que está pasando. Pero, por ejemplo, en Bolivia o con la nueva constitución de Ecuador la naturaleza se vuelve sujeto de derecho, es decir, vemos que las cosas sí pueden cambiarse.

Estoy reescribiendo un libro que me hubiera gustadollamarlo el tao del decrecimiento, justo debido a que la ética es la vía del decrecimiento. Lo es a través de una doble vía: como ética personal y proyecto político. Me gustaba la idea de Iván Illich acerca de practicar el tecno-ayuno. Es cuestión de limitarnos, como los cristianos que se limitan el viernes a no comer algunas cosas. Es decir, voy a seguir teniendo computadora pero me niego a tener celular, decidí ya no tener televisión porque es uno de los mejores medios de intoxicación mental. Pero no se trata solamente de cambiar el comportamiento, se trata de una limpieza de vida y de un aseo mental, sin embargo, aunque la dimensión ética es muy importante, el decrecimiento también es un proyecto político de transformación de la sociedad. Para realizar este proyecto vamos a necesitar técnicas y ciencias. Impulsando que la ciencia prometeica occidental, esta ciencia agresiva contra la naturaleza, asuma el paso hacia una ciencia que observe la naturaleza
y trate de reducir nuestra huella ecológica. Por ejemplo, el uso intensivo de la bicicleta es muy moderno, pero es una invención convivial. También la máquina de coser fue una invención convivial porque Singer, aunque era un capitalista, lo hizo por amor a su mujer, es una máquina que fue hecha por amor.

No es lo mismo que una invención como los organismos genéticamente modificados, que son concebidos para generar ganancias. Tenemos que centrarnos en técnicas que no sean propuestas por las grandes trasnacionales, más ahora que hasta las universidades están en manos de las trasnacionales. Se requieren investigaciones democráticas, ya que, no todos tenemos la posibilidad de hacer investigación. En Francia, se abandonaron las investigaciones en agrobiología, porque, supuestamente, no eran rentables. Tenemos que decidir si queremos desarrollar la medicina, inventando nuevas moléculas químicas, o si preferimos prevenir, que la gente coma mejor, se comporte mejor y no se vuelva obesa. Se necesitan nuevas ciencias, nuevas investigaciones. Es importante aclarar: no se trata de volver al pasado.

Lo que tenemos que retomar del pasado es la idea de una sociedad sobria, más humana, en armonía con la naturaleza. Pero, esto es fundamental, con técnicas mejoradas, en particular en la agroecología y en el agroforestal. Además, están los servicios. Mientras en la economía de los servicios actuales éstos son inmateriales, pero requieren desgraciadamente una base material, sobre todo cuando se trata de servicios mercantiles; en el proyecto del decrecimiento se propone desarrollar los servicios no mercantiles, como la amistad o el saber, cuando el servicio no está patentado. Imagínense que Arquímedes hubiera patentado su teorema, tendríamos que pagar cada vez que lo usáramos.

Ahora ustedes pueden utilizar ese teorema, en cambio una herramienta informática desarrollada por Billy Gates no se puede usar sin pagar derechos. Precisamente, en el proyecto del decrecimiento ya no vamos a consumir varios gatges que se van a ir a la basura. Vamos a tener para toda la vida una sola computadora, la vamos a reparar y reciclar. Ya no vamos a tener tantos libros; vamos a tener –como decimos en francés– menos bienes pero más vínculos.

Para los que dicen que el calentamiento global es una mentira, si lo fuera Copenhague no hubiera sido un fiasco. Hugo Chávez había leído algo en las paredes de Copenhague y lo retomó en su discurso ante los jefes de Estado, fue extraordinario. Dijo: “si el clima fuera un
banco, hace mucho que ya lo habrían salvado”. El calentamiento global es desgraciadamente una realidad. El IPCC (Inter-Governmental Panel on Climate Change o Panel Intergubernamental del Cambio Climático) de la ONU, que agrupa a 300 mil científicos del mundo, ha demostrado que el mecanismo del calentamiento global existe.

De lo que estamos seguros, desgraciadamente, es que, si incluso detuviéramos todo el consumo de aquí hasta el final del siglo, ya estamos condenados a dos grados de aumento de la temperatura mundial. Podría decirse que dos grados no es nada, pero se van a producir miles de refugiados debido a los desastres. Los africanos no lo podrán soportar, van a tratar de emigrar, qué van a hacer con millones de gente de Bangladesh que ya no tendrán posibilidad de producir con sus tierras y perderán incluso posibilidades de sobrevivir.

¿Los van a meter a un campo de concentración? Para evitar la catástrofe, que ahora ya no es evitable, lo que necesitamos hacer es limitar la catástrofe y manejarla"

Los mitos que sustentan la utopía del mercado total por Edgardo Lander

landerEn forma explícita o implícita, la utopía del mercado total está sustentada sobre un conjunto de mitos o falacias que se han venido convirtiendo en sentido común en la medida en que el conocimiento colonial eurocéntrico de las ciencias sociales hegemónicas se fue imponiendo como la forma de conocimiento pretendidamente universal (Lander, 2000a; Mignolo, 2001). De estos mitos sólo se destacan los más significativos.

En primer lugar está el mito del crecimiento sin fin. Quizás la idea fuerza más potente del proyecto histórico de la sociedad industrial, tanto en sus versiones liberales como en sus versiones socialistas, ha sido el mito prometeico de la posibilidad del control de la naturaleza para hacer posible el crecimiento sin límite, así como la identificación de la felicidad humana con un bienestar material en permanente expansión. De acuerdo con este mito no existen límites materiales para la manipulación/explotación siempre creciente de los recursos y de la capacidad de carga del planeta Tierra. Como corolario, se asume que en los casos en los cuales aparezca alguna traba, ésta siempre podrá ser sobrepasada mediante una respuesta tecnológica, el llamado technological fix. De acuerdo con el imaginario de la utopía del mercado total, basta para ello con que operen sin interferencia las leyes espontáneas del mercado. La elevación de los precios de los bienes escasos garantizaría los incentivos requeridos para la inversión en investigación y desarrollo que le dé respuesta a todo posible obstáculo al crecimiento sin fin.

El crecimiento sin límite no es sólo un imaginario, no es sólo un componente básico de la utopía del mercado total, es igualmente una exigencia estructural del funcionamiento de la sociedad del capital, una necesidad que tiene poco que ver con los niveles de bienestar y de consumo de la población. En cada estadio de consumo de bienes materiales, la lógica expansiva de la valorización del capital –como condición de su propia supervivencia– exige más. No hay, ni puede haber, punto de llegada. El mejor ejemplo de esta exigencia inexorable es el de la economía japonesa de los últimos años. Desde el punto de vista del capital, los altísimos niveles de consumo alcanzados por la población de dicho país no son, ni pueden ser, suficientes. A pesar de su extraordinaria abundancia material, una economía de crecimiento cero se convierte en una profunda e insostenible crisis.

El mito del crecimiento sin límite ignora los estrechos condicionamientos que imponen los recursos naturales y la capacidad de carga del planeta, desconoce el hecho de que, a pesar del restringido acceso a los recursos que tiene la mayoría pobre del Sur, los recursos y la capacidad de carga del planeta están siendo utilizados en una escala que ya ha sobrepasado las posibilidades de la reposición natural, no de algunos ecosistemas locales o regionales, sino del sistema ecológico planetario global. Los actuales niveles de utilización de los recursos y capacidad de carga del sistema global no son compatibles con la preservación de la vida sobre el planeta Tierra a mediano plazo (World Wide Fund International et al., 2000; United Nations Development Program, 2000 y Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, 2000).

El mito del crecimiento sin fin opera como dispositivo necesario para ocultar la realidad de que sólo mediante una radical redistribución del acceso y uso de los recursos y capacidad de carga del planeta a escala global sería posible el logro de niveles de vida dignos para las mayorías pobres del planeta. Es un dispositivo que pretende negar el hecho de que en el uso de los recursos y de la capacidad de carga del planeta hemos llegado a una situación que, sin exageración alguna, es ya propiamente una situación de suma-cero en la que la apropiación de más recursos por parte de algunos implica, necesariamente, que habrá menos recursos y capacidad de carga disponibles para otros, que mientras más ricos sean los ricos, necesariamente, dados los límites materiales existentes, más pobres serán los pobres[1].

El segundo mito fundante de la utopía del mercado total es el mito de la naturaleza humana, tal como ésta ha sido caracterizada por el pensamiento liberal clásico y ahora radicalizado por el neoliberalismo, lo que Macpherson (1979) ha denominado el individualismo posesivo. En esta concepción, el ser humano es por naturaleza egoísta e individualista: el motor determinante de su acción en última instancia es siempre el propio beneficio. Negando el carácter histórico-cultural de este modelo de sujeto humano, se afirma que la sociedad del mercado total es la sociedad que mejor expresa la naturaleza universal de lo humano, el único modelo de organización social que permite el despliegue máximo de todo el potencial de la creatividad y la libertad humana.

Desde esta perspectiva, toda diferencia cultural es un obstáculo a superar, expresión de lo primitivo, atrasado, subdesarrollado, populista, comunitario, obstáculos que afortunadamente el mercado podrá superar si lo dejan operar sin trabas. El llamado hombre económico, producto histórico de la hegemonía de la relación social del capital se convierte en el sustento naturalizador básico de la utopía del mercado total[2].

Un tercer mito fundante de la utopía del mercado total es el mito del desarrollo lineal y progresivo de la tecnología. El modelo tecnológico hegemónico de la sociedad industrial de occidente es entendido como producto de un desarrollo ascendente hacia tecnologías cada vez mejores y más eficientes, de contenido político neutro, fundamento material de la sociedad de la abundancia. En este mito desaparece por completo el tema de las opciones tecnológicas y del condicionamiento social de las tecnologías, convirtiendo a la tecnología en una variable independiente que condiciona al resto de las dimensiones de la sociedad[3]. De esta manera se hace innecesario indagar sobre las implicaciones del modelo tecnológico. El mercado simplemente funciona en condiciones tecnológicas dadas. Al naturalizar y objetivar el modelo tecnológico, se hacen opacas o invisibles sus relaciones de poder, y también su papel básico en las condiciones de reproducción de las relaciones de desigualdad y dominio propias de la sociedad capitalista.

Asociado a los mitos anteriores, está el mito de la historia universal, la noción según la cual la historia parroquial de Europa Occidental, tal como ésta ha sido descrita por los historiadores europeos, es el patrón de referencia, la plantilla universal a partir de la cual abordar el estudio de las carencias y deficiencias de toda otra experiencia histórica, la experiencia de vida de todos los otros (Blaut, 1993; Chakrabarty, 2000). La sociedad del mercado total es, en este metarrelato, el punto de llegada de la historia, de toda historia, de la historia de todos los pueblos (Fukuyama, 1992).

De acuerdo con el mito de la tolerancia y de la diversidad cultural en la sociedad del mercado total, el liberalismo es la máxima expresión del reconocimiento del otro, de la tolerancia de la diferencia, paradigma necesario para la posibilidad misma de la diversidad cultural. Sin embargo, en la sociedad del mercado total la diversidad cultural se convierte en un mito en la medida en que, aun celebrando la diferencia, el sometimiento de ésta a la lógica expansiva del mercado establece severos límites a la posibilidad misma de la preservación y/o creación de otros modos de vida. Toda celebración de la diferencia y de la particularidad que ignore la operación de las estructuras transnacionales de la geopolítica y de la acumulación capitalista no puede sino contribuir a legitimar las dinámicas globales de este sistema-mundo e invisibilizar la operación continuada de la guerra cultural colonial e imperial dirigida a la subordinación de toda diferencia y de toda autonomía (Castro Gómez, 2000).

Articulado a los mitos anteriores, está el mito de una sociedad sin intereses, sin estrategias, sin relaciones de poder, sin sujetos. En esta invisibilización de los sujetos y sus acciones estratégicas coinciden el neoliberalismo y vertientes significativas del pensamiento posmoderno (Lander, 1996). Es el mundo del fin de la política, la Historia, y las oposiciones y conflictos ideológicos. Sintetiza todos los mitos anteriores y reafirma así la naturalización y objetivación de la sociedad del mercado total.

Este mito de la sociedad que opera sin sujetos capaces de imponer sus proyectos estratégicos obvia, como veremos más adelante, el extraordinario papel que tiene y siempre ha tenido el Estado en la sociedad capitalista. Pero igualmente distorsiona en forma radical la naturaleza y los modos de operación del mercado en la sociedad contemporánea, en particular lo que constituye hoy su dimensión definitoria: su carácter oligopólico. Característica en este sentido es la argumentación de Hayek cuando, en su polémica contra toda reivindicación de equidad y de justicia social[4], afirma que no se puede cuestionar la justicia de los resultados que produce el mercado ya que éstos no son el producto de la voluntad humana, sino de la operación de fuerzas impersonales y espontáneas (Hayek, 1983, 141). Este mítico “orden espontáneo” tiene poco que ver con un mundo en el que de las 100 más grandes economías del mundo, 51 son corporaciones y 49 son países (Anderson y Cavanagh, 2000), existen altos grados de concentración oligopólica en prácticamente todas las industrias más importantes (Grupo de Acción Sobre Erosión, Tecnología y Concentración, 2001) y estas corporaciones son, conjuntamente con los gobiernos de los países más ricos, las fuerzas principales detrás del diseño del orden jurídico e institucional de la globalización[5].

[1] De acuerdo con Friedrich A. Hayek, los pobres se benefician del incremento en la desigualdad, ya que ésta permite que los ricos aumenten la inversión que es clave para la eliminación de la pobreza. “El rápido progreso económico con que contamos parece ser en una gran medida el resultado de la (…) desigualdad y resultaría imposible sin ella” (Hayek, 1975). “Una economía exitosa depende de la proliferación de los ricos”, citado por Waligorski (1990, 88).
[2] Sobre la economía capitalista como un orden cultural, como una forma de “producir sujetos humanos”, ver Escobar (1995, 59).
[3] La investigación empírica en los campos de la sociología, de la ciencia y de la tecnología documenta ampliamente que la ciencia (y la tecnología), “lejos de ser una actividad autónoma, regida por leyes propias, está determinada, en sus mismos productos, por factores sociales” (Vessuri, 1989). Ver igualmente: Lander (1994); MacKenzie y Wajcman (1985); Knorr-Cetina y Mulkey (1983).
[4] Según Hayek, la justicia social “… es en la actualidad probablemente la más grave amenaza a la mayor parte de los otros valores de una civilización libre”. Economic Freedom and Representative Government, Occasional Paper n° 39. Londres, Institute of Economic Affairs, 1973, p. 13, citado por Waligorski (1990, 135).
[5] De la amplísima literatura sobre el poder de las empresas transnacionales en la sociedad global contemporánea, se puede consultar lo siguiente: Wallach y Sforza (1999); Barnet y Cavanagh (1994); Korten (1995); y Lander (1998).

Extraído de “La utopía del mercado total y el poder imperial” de Edgardo Lander publicado en la Revista Venezolana de Economía y Ciencias Sociales, vol. 8, núm. 2, mayo-agosto, 2002