Justicia global

El modelo de globalización neoliberal ha producido un conjunto de desequilibrios a escala mundial como nunca antes se habían conocido en la historia de la humanidad, comenzando por la enorme concentración de poder económico y militar en una élite internacional que está forzando a un estado de guerra permanente como instrumento para mantener tanto los privilegios del Norte opulento, como para repeler cualquier intento generado en el Sur para crear formas alternativas de vida y satisfacción de sus necesidades.

La voracidad del modelo de producción y consumo irracional del Norte, y de las élites integradas del Sur, afectan directa y dramáticamente al planeta, por lo que es energética y ambientalmente insostenible.

Pero este intento de confinar el modelo de consumo a una parte privilegiada del planeta, de restringirlo a una minoría (cada vez menor) de la humanidad, hace por tanto que su sostenimiento se base forzosamente en la exclusión, la represión y el hambreamiento de la mayoría de la población mundial. He aquí el verdadero motor que alimenta a los flujos migratorios mundiales.

Aparte de romper con toda la lógica represiva en torno a la inmigración, se debe denunciar el actual sistema de relaciones entre pueblos y entre personas, basado en el beneficio desmedido y en el sometimiento. Es necesario un cambio de valores personales y sociales para construir otro mundo.

No en mi patio



Haciendo uso de las estadísticas del comercio internacional, el conjunto de los países ricos o ‘desarrollados’ importan muchas más toneladas de materiales de lo que exportan (principalmente combustibles fósiles, derivados de actividades extractivas y más escasamente productos agroforestales y pesqueros).

Esta enorme entrada neta de recursos acaba convirtiéndose en residuos que solo en escasa medida son objeto de recuperación o reciclaje, haciendo que la acumulación de residuos sea el primer problema de ‘política ambiental’ en estos países; no preocupándose tanto de la causa (el manejo masivo de recursos traídos de todo el mundo, y el daño que causa en los lugares de origen), sino de sus efectos (los residuos y el deterioro que ocasionan en los lugares de recepción).

Los países ricos tratan de alejar la incidencia negativa de los residuos de sus propios territorios haciendo presión creciente para devolverlos al resto del mundo. En el caso de la quema de combustibles son los vientos, en los vertidos líquidos, son los cauces del agua que acaban llevándolos al sumidero común de los mares; y así las discusiones se centran en los residuos sólidos y particularmente en los tóxicos o peligrosos.

Una vez que el comercio ha puesto los recursos planetarios a disposición de los países ricos, se pide ahora que la ‘política ambiental’ establezca las reglas del juego económico necesarias para que el comercio pueda poner también a su disposición los sumideros planetarios; esto es, garantizar legalmente, mediante el pago de ciertas tasas, el derecho a contaminar de los países ricos.

Para saber más: Raíces económicas del deterioro ecológico y social. José Manuel Naredo. 2006.

leche materna vs leche artificial: un absurdo económico




La leche materna es el mejor alimento que una madre puede ofrecer a su bebé, tanto para su desarrollo físico como psicoafectivo. La lactancia es beneficiosa para el bebé, la madre y la sociedad en todos los lugares del mundo.

La leche materna es un alimento ecológico que no necesita fabricarse, envasarse ni tansportarse con lo que no malgasta recursos energéticos y materiales y evita la contaminación del medio ambiente, siempre lista para su uso y además es gratuita.

Para producir la leche artificial se precisa la utilización de grandes espacios para la explotación del ganado vacuno, por lo que aumenta la deforestación; quema combustible para su transporte por el mundo; la fabricación de botes para la leche, biberones, etc. produce un agotamiento de recursos naturales, y genera materiales de desecho. Además necesita ser calentada y hay que pagarla.

Pero, los intereses económicos de las multinacionales prevalecen sobre los derechos de las personas, la lactancia materna no es rentable, y sí lo son las leches artificiales, que se están convirtiendo en productos de consumo habitual.

Un absurdo generado por un modelo productivo que responde a los intereses de las clases capitalistas.

Para saber más: Lactancia materna en un mundo globalizado. Carmen Muñoz Sánchez. Amamantar Asturias.

Para saber más: Grupos de apoyo a la lactancia materna

Energía disponible





Siguiendo a Georgescu-Roegen podemos afirmar que la supervivencia de la humanidad presenta problemas diferentes a los de las otras especies; no es sólo económica, ni sólo biológica, es bioeconómica. Esto es, además de las necesidades endosomáticas (aquellas comunes a todas las especies: alimentación y abrigo) los hombre, y las mujeres, necesitan de otros bienes para reproducirse automóviles, libros, ordenadores.....

Para la resolución de este problema el ser humano puede aprovechar dos formas distintas de energía disponible el stock o acervo de energía disponible en los depósitos minerales en las entrañas de la tierra o bien el flujo de radiaciones solares interceptadas por la tierra. Georgescu afirma que entre ambas fuentes de energía disponible existen importantes asimetrías de las cuales depende la resolución del problema bioeconómico señalado:

1) La primera asimetría es que la componente terrestre es una existencia mientras que la radiación solar es un flujo. En teoría, los hombres podrían utilizar en un único período de tiempo todo el stock de recursos terrestres; sin embargo, no ejercen ningún control sobre el flujo solar, estando impedidos para usar ahora el flujo del futuro. En cambio, las existencias futuras de recursos terrestres están afectadas por el consumo que se haga en la actualidad.

2) Cada una de las fuentes de energía disponible cumple un papel específico. Mientras el stock terrestre permite elaborar todos los aparatos fundamentales para fines humanos que satisfacen las necesidades exosomáticas, la radiación solar es la fuente primaria, empezando con la fotosíntesis, de toda la vida sobre la tierra. Además, no existe a escala humana un mecanismo capaz de transformar energía en materia. Mientras que las generaciones futuras tendrán su parte inalienable de energía solar, sus existencias pueden estar a ser consumidas en la actualidad.

3) El stock de recursos terrestres es una fuente muy pequeña en comparación con la del sol. Mientras que la actividad del sol durará 5 mil millones de años, el stock de recursos terrestres es equivalente a únicamente unos cuantos días de energía solar (cálculos optimistas cifran en dos semanas la equivalencia entre todas las reservas de combustibles fósiles y la radiación solar llegada al planeta.)

4) Desde el punto de vista de su uso industrial, la energía solar presenta una importante desventaja respecto a la energía terrestre: ésta se encuentra disponible en forma concentrada mientras que el uso directo de la energía solar no es sencillo. El flujo de energía solar no se acumula en ningún sitio a partir del cual pueda ser utilizada de una forma concentrada.

5) La principal virtud de la energía solar es que su uso no causa contaminación adicional: esto es, los rayos solares que no son utilizados se degradan inexorablemente. Sin embargo, de ser usada en un lugar distinto a donde fue recogida el clima de ese sitio se vería afectado.

6) La supervivencia de todas las especies terrestres y acuáticas depende, directa o indirectamente, de la radiación solar. Sólo los hombres y las mujeres, a causa de su adición exosomática, dependen también de los recursos minerales.

En la medida en que ambas son las fuentes principales de energía disponible y que presentan tan grandes asimetrías, Georgescu-Roegen afirma que como consecuencia de la fuerte presión ejercida sobre el stock de existencias terrestres, debido a la moderna fiebre del desarrollo industrial, así como a la necesidad cada vez más urgente de reducir la contaminación ambiental y de hacerla menos dañina, lo que supone demandas adicionales de esas existencias, el hombre debe redoblar sus esfuerzos para encontrar la forma de utilizar con una mayor intensidad las radiaciones solares.

Para saber más: Economía, ecología y agroecología. Xabier Simón Fernández

Serge Latouche sobre África





África en 1964 en algunos aspectos era mucho más cercana a la de hace dos siglos que a la actual. Había subdesarrollo, pero nadie moría de hambre. Las empresas occidentales tenían problemas para reclutar mano de obra, porque si no trataban bien a los trabajadores éstos volvían a su poblado, donde sabían que podían comer. Era aún posible ir a cualquier aldea, pedir un pedazo de tierra y plantar mandioca. Hoy no es así. Los alimentos no llegan a la ciudad porque no hay seguridad en el campo, y los jóvenes no quieren trabajar la tierra porque ya no sale a cuenta. A todo esto hay que añadir el desbordante crecimiento demográfico. Y la contaminación. Cuando llegué no existía; hoy es peor en las ciudades africanas que en las europeas.

Hace cuarenta años en las zonas rurales de África no existía la necesidad del desarrollo. Fueron los misioneros del desarrollo quienes infundieron la necesidad de tener hospitales y automóviles. Había que hacerlo porque lo decía el hombre blanco. La colonización de su imaginario ha sido brutal. A través de las series televisivas imaginan que Occidente es un paraíso y África un infierno. Pese a todo, cierta actitud vital africana nos permite confiar en otro futuro: su relación con el tiempo, su alegría y espontaneidad, el vivir el instante sin nuestra obsesión por la previsión y el control…

Lo mejor sería dejarla tranquila. Pero eso no significa no hacer nada, sino tomar medidas para que las grandes multinacionales dejen de saquearla.

Marxismo vs decrecimiento

El marxismo - desde donde se lanzaron advertencias sobre las condiciones de la miseria humana que generaba el sistema capitalista - es un producto del siglo XIX, y por lo tanto está condicionado por la visión positiva de la evolución histórica y del desarrollo tecnológico predominante por aquel entonces.

El marxismo, basado en una concepción materialista de la historia (la Naturaleza como proceso de producción material), poseía la aspiración de la desaparición de las clases y la instauración del comunismo, mediante la acción del proletariado industrial, aunque esta clase social posee unos intereses, capacidades y calificaciones que están en función de las fuerzas productivas y funcionales de la racionalidad capitalista.

En el socialismo real que se dio en diferentes países, se desarrolló un sistema de división del trabajo donde las personas quedaban presas de la maquinaria productiva conducidas por una burocracia que gestionaba y planificaba el modelo comunista.

La economía comunista careció al igual que la economía capitalista o de libre mercado de una visión entrópica de la relación con el medio, ya que no tiene en cuenta las implicaciones que sobre el ‘desarrollo de las fuerzas productivas’ tiene el agotamiento de los recursos y el impacto sobre el entorno ambiental del modelo productivo.

El marxismo adolece de una visión económica que da por bueno el ‘progreso’ y el ‘crecimiento’, donde la tecnología hace posible la acumulación ilimitada de riqueza. La Naturaleza es ‘producción material’ mediada y transformada por actividad humana social.

Tras el colapso de los países del Este la ideología marxista y la izquierda en general está en crisis, es necesaria un reformulación de las teorías emancipadoras, liberadoras y de transformación, se necesita superar una visión histórica desarrollista que acepta un sistema ecónomico generado por la burguesía.

Una visión crítica sobre el desarrollo sostenible




Muley a Boabdil:

“...he aprendido [...] la mejor lección: disminuir las necesidades para disminuir las fatigas que cuesta satisfacerlas. Y así he llegado a necesitar muy pocas cosas, y esas pocas, muy poco. Porque la verdadera felicidad no está en tener, amigo mío, sino en ser y en no necesitar”.Antonio Gala. El manuscrito carmesí.

Constatada la imposibilidad de un crecimiento infinito se impone la necesidad de aliviar la presión sobre fuentes y sumideros optando por un modelo de desarrollo que libere espacio ambiental para no anular las opciones vitales de los pueblos empobrecidos, las generaciones venideras y los otros seres vivos, en un ejercicio de justicia. Caminar en esa dirección requiere revisar nuestras necesidades, el consumo, la economía y los instrumentos de decisión.

Desde nuestro punto de vista, que reconoce límites al papel de la tecnología para enfrentar los problemas ambientales, no se es más “ecológico” consumiendo productos “verdes” o reciclando; se es más “ecológico” cuando se consume menos. Debemos asumir que una actitud favorable hacia el medio conllevará una mejora de nuestra salud y de nuestra calidad de vida, que no hay que identificar necesariamente con capacidad de consumo y así garantizaremos que ésta se pueda mantener en el futuro

Quienes se identifiquen con estos planteamientos, sin duda distintos de los de quienes hoy desgastan con un uso repetitivo el término “Desarrollo sostenible”, deben poner en cuestión la utilidad de ese concepto ambiguo que, además de los sobreentendidos que implica, presenta casi tantos significados como usuarios y tiene un uso retórico orientado a legitimar el actual estado de cosas. Haríamos bien, por lo tanto, en dejar de contribuir a mantener la falsa apariencia de consenso en torno a él, impugnarlo y recurrir a otros que definan una alternativa real.

Para saber más: Una Visión crítica sobre el ‘desarrollo sostenible’. Luis Enrique Espinoza Guerra.

Biomímesis


“Para que la especie humana sobreviva tiene que desarrollar una economía cíclica en la que todos los materiales se obtengan de los grandes depósitos (aire, suelo y mar) y se devuelvan a ellos, y todo el proceso se mueva por energía solar”

Kenneth E. Boulding.

Se trataría de comprenderlos principios de funcionamiento de la vida en sus diferentes niveles con el objetivo de reconstruir los sistemas humanos de manera que encajen armoniosamente en los sistemas naturales.

La inagotable (en términos humanos) fuente de energía que nutre a prácticamente toda la vida sobre nuestro planeta debe de ser también la que mueva los ciclos productivos de la economía humana, debemos vivir del sol.

Todo lo que fuera a parar al metabolismo biológico de la naturaleza sería perfectamente biodegradable y no contendría tóxicos (nutrientes biológicos); lo que fuera al metabolismo industrial circularía una y otra vez en ciclos cerrados (nutrientes técnicos). Se deben de cerrar los ciclos materiales. Residuos cero.

No transportar demasiado lejos los materiales. Los ecosistemas terrestres han ido autoorganizándose mayoritariamente sobre la base de ciclos verticales y cercanos.

Evitar los productos xenobióticos, es decir, aquellos productos químicos u organismos producidos artificialmente que resultan ‘extraños’ para los sistemas naturales.

La economía humana ha de construirse respetando las singularidades regionales, culturales, materiales y ecológicas de los lugares.

La biomímesis sería una estrategia de reinserción de la sociosfera y la tecnosfera dentro de la biosfera.

Para saber más: Biomimesis: El camino hacia la sustentabilidad. Jorge Riechmann.

El primer estado: Sumer




Fue en el Próximo Oriente donde por primera vez una jefatura se convirtió en Estado. Ocurrió en Sumer, en el sur de Irán e Irak, hace aproximadamente 5.500 años.

Esta región estaba dotada de gramíneas silvestres y especies salvajes de animales aptas para la domesticación. Los antecesores del trigo, la cebada, el ganado ovino, caprino, vacuno y porcino crecían en la tierras altas del Levante y las estribaciones de la cordillera del Zagros, lo que facilitó el abandono temprano de los modos de subsistencia de caza y recolección a favor de la vida sedentaria en aldeas.

Los primeros centros agrícolas y ganaderos dependían de las lluvias para la aportación de agua a sus cultivos. Al crecer la población comenzaron a experimentar con el regadío, con el fin de ganar y colonizar tierras más secas. Sumer, situada en el delta, falto de lluvias pero pantanoso y propenso a inundaciones frecuentes de los ríos Tigris y Éufrates, se fundó de esta manera. Limitados en un principio a permanecer en las márgenes de una corriente de agua natural, los sumerios pronto llegaron a depender totalmente del regadío para abastecer de agua sus campos de trigo y cebada, quedando así inadvertidamente atrapados en la condición final para la transición hacia el Estado.

Cuando los aspirantes a reyes empezaron a ejercer presiones para exigirles más impuestos y mano de obra para la realización de obras públicas, los plebeyos de Sumer vieron que habían perdido la opción de marcharse a otro lugar. ¿Cómo iban a llevarse consigo sus acequias, sus campos irrigados, jardines y huertas, en las que habían invertido el trabajo de generaciones?.

Para saber más: Nuestra especie. Marvin Harris. 1989

En paz con el planeta


“Está claro que necesitamos comprender la interacción entre nuestros dos mundos: la ecosfera natural, la fina envoltura del aire que rodea al planeta, el agua y el suelo y las plantas y animales que viven en él, y la tecnosfera, lo suficientemente poderosa como para merecer tan grandioso término hecha por el hombre. La tecnosfera se ha vuelto lo bastante grande e intensa como para alterar los procesos naturales que rigen la ecosfera. Y a su vez, la ecosfera alterada, amenaza con inundar nuestras grandes ciudades, secar nuestras ricas granjas, contaminar nuestra comida y agua y envenenar nuestros cuerpos, disminuyendo catastróficamente nuestra capacidad de proveer las necesidades humanas básicas”.

Barry Commoner. En paz con el planeta. 1992.

Durante los últimos años la humanidad ha pasado de vivir en un mundo vacío a vivir en un mundo lleno o saturado. El planeta está dominado por el ser humano. La humanidad extrae recursos de las fuentes de la biosfera y deposita residuos y contaminación en sus sumideros, alterando la Tierra globalmente, hasta llegar a trastocar los grandes ciclos bioquímicos del planeta (como la circulación del nitrógeno o el almacenamiento del carbono en la atmósfera).

Somos más de 6.500 millones de inquilinos en una casa común que es el planeta Tierra.

“Las decisiones de uno, ya sea un individuo, una colectividad o una nación, tienen necesariamente consecuencias, a mayor o menor plazo, para todos los otros. Cada uno incide entonces en las decisiones de todos. Esta sujeción puede parecer penosa. En realidad, es la clave para el acceso de todos a un estatuto verdaderamente humano. Intentar escapar de ella sería renunciar a una riqueza esencial, nuestra ‘humanitud’ que no recibimos de la naturaleza, sino que la construimos nosotros.”

Albert Jacquard. Finitud de nuestro patrimonio. (Le Monde Diplomatique ). 2004.


Descrecimiento, buen vivir y justicia ambiental

Joan Martínez Alier



Descrecimiento, buen vivir y justicia ambiental

Estos términos tienen distinto origen, pero señalan un camino común. La décroissance es una palabra nacida en Francia hacia 1972 de boca de André Gorz, repetida en el libro de Georgescu-Roegen de 1979 que se llamaba Demain la décroissance. Se ha difundido muchísimo a partir de 2002 de la pluma de Serge Latouche y otros autores. Cuatro grandes conferencias se han realizado en Europa desde mayo de 2008 llamando al descrecimiento o post-crecimiento, la última en Leipzig en septiembre de 2014 con 3 mil participantes. En la editorial Routledge de Londres recientemente ha aparecido, compilado por Giacomo d’Alisa, Federico Demaria y Giorgos Kallis, un Diccionario del descrecimiento, que saldrá en castellano en abril de 2015 en la editorial Icaria en Barcelona. Emula el famoso diccionario del post-desarrollo que publicaron Wolfgang Sachs, Ashish Nandy, Gustavo Esteva, Arturo Escobar… hace 20 años.

Lo que el descrecimiento propone es una economía y una sociedad que, en lo ecológico, baje su consumo de energía y materiales y, en lo social, ponga en vigor principios de organización basados, no en las prioridades del mercado, sino en la autonomía, en el cuidado de las personas, la reciprocidad, la convivialidad. Mucho de eso procede de Iván Illich y de Cornelius Castoriadis. La décroissance es una idea europea que en Estados Unidos tiene un paralelo en la economía del estado estacionario, que Herman Daly viene proponiendo desde 1973, parecida a la de prosperidad sin crecimiento de Tim Jackson en Inglaterra y a la simplicidad voluntaria de Ted Trainer en Australia. En Alemania le llaman Post-Wachstum, post-crecimiento.

Pero se puede preguntar en México o en cualquier país del Sur: ¿cómo se atreven ustedes a proponer el descrecimiento con la pobreza cruel que persiste en África, la India, América Latina? Una respuesta sería que el descrecimiento es solamente para los países ricos y debe ir junto con un crecimiento económico en el Sur y con la redistribución en todas partes. Otra respuesta mejor, que complementa o modifica la anterior, es que el descrecimiento no es un invento europeo; tiene otras raíces, también debe ir junto con el buen vivir, el sumak kawsay. Esta expresión quechua se usó en 2008 en la Constitución de Ecuador como una alternativa al desarrollo económico uniformizador, como una manifestación de la anticolonialidad.

No hace falta recurrir al quechua; la idea de vivir con lo que es suficiente para una vida buena, sin acumular, es lo que los jain llaman aparigraha desde hace miles de años en la India, o es la eudaimonia de Aristóteles, es decir, la felicidad, la plenitud del ser, el florecimiento de las propias capacidades sin acumular posesiones. Tal vez sumak kawsay se haya dicho ya, aunque no se haya escrito, desde hace muchos centenares de años, con total independencia de Aristóteles. En América se encuentran ya las ideas que necesitamos para una ética del buen vivir que encaje perfectamente con los postulados del descrecimiento. Y a eso hemos de añadir la justicia ambiental.

En economía ecológica insistimos en la imposibilidad de un crecimiento económico que sea sostenible. En economías industriales no existe ni puede existir un crecimiento verde. Y en ecología política estudiamos los conflictos ecológico-distributivos. Y redescubrimos los movimientos de justicia ambiental que luchan contra el racismo ambiental, por la justicia climática, la justicia hídrica. Si dibujamos un mapamundi de industrias contaminantes, veremos cómo sus impactos y las protestas contra ellos, no están distribuidas de forma aleatoria. Muchas de estas actividades han sido colocadas en lugares donde habita gente pobre, pueblos indígenas, gente del color de la tierra.

Por tanto han nacido redes internacionales por la justicia climática, por la justicia hídrica, por la conservación de las semillas campesinas, por el ciclismo urbano, contra las plantaciones de eucaliptos y palma de aceite, por la conservación de los manglares, contra la minería a cielo abierto y contra el fracking, denunciando el comercio ecológicamente desigual y reclamando las deudas ecológicas y los pasivos ambientales de las empresas papeleras, mineras o petroleras por los daños producidos.

Y esas tres ideas, una del Norte y dos de ellas del Sur, a saber, el descrecimiento, el buen vivir y la justicia ambiental, se refuerzan mutuamente. Quienes en Europa, más allá de experimentar nuevas formas de vida comunitarias en las ciudades o en el campo disminuyendo su consumo energético y material, aumentando la intensidad de sus cuidados mutuos y su interés por la vida pública, se sumen a la vez a las denuncias contra la represión contra los ambientalistas y los pueblos indígenas del Sur que protestan contra el extractivismo, estarán apoyando a la vez la justicia ambiental, el buen vivir y el descrecimiento.

Joan Martínez Alier es Catedrático de la ICTA-Universitat Autònoma de Barcelona

El decrecimiento consiste en poner encima de la mesa una palabra que haga pensar sobre el sentido de lo que hacemos





 
Entrevista a Florent Marcellesi

Ingeniero y urbanista de formación, especialista en cooperación internacional, me defino como investigador y activista” –se presentaba nuestro entrevistado en su candidatura a las elecciones al Parlamento Europeo de 2014. Este político, y ahora eurodiputado, nació en Francia pero reside en España desde 2004, donde ha sido, entre otras cosas, coportavoz de la Coordinadora Verde (2009-2011) y miembro de la Comisión Promotora y la Comisión Gestora de Equo (2011-2012). Formado como ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, es además urbanista, especialista en cooperación internacional y autor de numerosos libros y artículos sobre ecología política, medio ambiente y cooperación al desarrollo, entre otros.

Desde su juventud ha sido cercano a Los Verdes (primero en Francia y posteriormente en España, donde refunda Berdeak-Los Verdes), estrenándose en 2004 como candidato a las elecciones europeas. A finales de ese año se muda a Bilbao y a partir de 2007 se convierte en el secretario internacional de Los Verdes españoles y encargado de sus relaciones con el Partido Verde europeo. Tiene paralelamente compromisos políticos, ecologistas y sociales tanto en España (fundó, por ejemplo, en 2008 la Plataforma por una Vivienda Digna de Euskadi) como en otros países (participó en 2001 en la Marcha Zapatista y en el Congreso Nacional Indígena mexicano y en 2008 se reunió en Brasil con el Movimiento de los Sin Tierras).

Asimismo, mantiene una fuerte actividad de investigación. Es férreo defensor del movimiento decrecentista y ha publicado obras como “Ecología política: teoría, génesis y praxis de la ideología verde” (Bilbao, Bakeaz, 2008) y “Adiós al crecimiento. Vivir bien en un mundo solidario y sostenible” (El Viejo Topo, 2013), entre otras.


PREGUNTA: ¿Cómo acaba un francés siendo miembro de un partido ecologista español? ¿Qué fue lo que te llevó a formar parte de EQUO?

RESPUESTA: Yo soy francés pero ante todo soy un ciudadano, y como ciudadano hago política en el lugar donde me encuentro. Llevo en España 10 años así que lo lógico para mí es hacer política donde pago mis impuestos y donde tengo mi vida social, por tanto aquí. Para mí, la nacionalidad no es un tema importante. Lo importante es mi activismo y mis redes, que están en España. Respecto a lo segundo, ¿por qué en EQUO? Porque antes de estar en España ya estaba en Los Verdes europeos y hacía política con Los Verdes, y por tanto lo lógico era seguir haciendo política en España primero con Los Verdes, y luego con EQUO.

P: ¿Por qué crees que en España han tenido menos éxito los partidos ecologistas, en comparación con otros países europeos? ¿Crees que en España hay suficiente conciencia sobre la huella ecológica que causa nuestro modo de vida?

R: Hay varias razones que lo explican. Una de ellas es la razón histórica: Los Verdes en Europa nacen al calor de los años 60 y 70 y en ese momento en España, con la Dictadura, claramente no había espacio para tener un partido político verde. Después, durante la Transición, cuando se abrió el espacio político y la gente que hubiera podido ser de Los Verdes en otros países, pasa a ser, en España, gente que luchaba por la democracia, el espacio político era otro. Luego, también ha habido una fagocitación del espacio verde durante los 80 y 90 sobre todo por parte de Izquierda Unida, y hay que reconocer que no fue algo muy agradable para el movimiento verde. Por último, esto también se explica por motivos internos, por la propia división interna de Los Verdes en esos años. Sin embargo, hay que indicar que esto se ha superado porque los motivos históricos ya son agua pasada, la división interna se ha superado con la creación de EQUO, y porque la fagocitación es algo que ya no pueden hacer otros partidos. Por tanto, está ahora en nuestras manos conseguir que haya un movimiento verde fuerte en España, aunque es cierto que hemos cogido un poco de retraso en comparación con la situación que podemos encontrar en Francia, Bélgica o en Alemania, por ejemplo.

Por otro lado, respecto de la concienciación, es verdad que, en comparación con otros países, principalmente con los del Norte de Europa, como Suecia, Noruega o Alemania, la concienciación de los españoles es un poco menor. No obstante, cuando vemos las encuestas del CIS, sí que nos damos cuenta de que la concienciación ambiental suele ser más importante de lo que pensamos, y que incluso un 10% de las personas encuestadas dicen que estarían dispuestas a votar a un partido ecologista, con lo cual ya existe una masa de gente. Luego, también podemos decir, o por lo menos así lo pienso yo, que muchas personas son ecologistas o piensan en el medioambiente sin llamarse a ellos mismos ecologistas. ¿Cuánta gente quiere tener acceso a agua limpia, a un aire limpio, a ríos limpios? ¿Cuánta gente quiere tener un medioambiente que les permita vivir bien a ellos y a sus hijos? Pues la mayoría. Por tanto, creo que la mayoría de la gente sí tiene en su interior esas semillas de ecología que, sin decirlo, ya son semillas reales.

Está ahora en nuestras manos conseguir que haya un movimiento verde fuerte en España. Creo que la mayoría de la gente sí tiene en su interior esas semillas de ecología que, sin decirlo, ya son semillas reales”.
 

P: La izquierda española no suele por lo general acompañar su discurso de una defensa de la ecología. ¿Por qué crees que Podemos no ha recogido ninguna reclamación ecologista en su programa?
 
R: Bueno, a eso tendrían que contestar ellos, pero han puesto en su discurso un eje vertebrado claramente en torno a “Democracia-Dictadura", “Pueblo-Casta”, “Nuevo-Viejo”, y en torno a este eje es verdad que no entran consideraciones ecológicas, lo cual me parece un error. De hecho, cuando Pablo Iglesias contesta a Jordi Évole diciendo que es verdad que el capitalismo destruye la naturaleza, pero que ahora mismo el objetivo es dar de comer a la gente, yo creo que es un error estratégico y también un error político. A estas alturas de la historia, sabemos perfectamente que lo social y lo ecológico tiene que ser respondido al mismo tiempo. No podemos contestar a lo social y más adelante a lo ecológico, cuando lo ecológico impacta directamente sobre lo social. Hoy en día tenemos que dar respuestas a la vez tanto a la emergencia ecológica como a la emergencia social, para dar pan para hoy y pan para mañana. Al igual que lo escribimos en el manifiesto Última Llamada (disponible aquí), el título lo dice bastante claro: “Esto es más que una crisis de régimen, esto es una crisis de civilización”. Estamos atacando las mismísimas bases que sustentan nuestra civilización. Por tanto, ahora mismo no podemos decir cosas como “ya veremos de cara al futuro qué es lo que hacemos”. Ahora mismo, el cambio climático está impactando especialmente a los más débiles y a los más desfavorecidos. Si queremos tener hoy una respuesta que sea global, tiene que ser a la vez social, económica, ecológica y democrática, porque al final todo esto es una sola misma crisis, una crisis sistémica.

 P: ¿Podrías explicarnos en qué consiste para ti el proyecto decrecentista? ¿En qué medida se encuentra ligado con la teoría de la ecología política y la ecología social?

R: Para mí, el decrecimiento, como decía Latouche, es un slogan publicitario para que la gente empiece a pensar. El decrecimiento como tal no es una teoría porque la teoría ya existe: en economía se llama la economía ecológica, en política se llama la ecología política, y en lo social es la ecología social, y además, esta teoría ya tiene más de 40 años de historia. El decrecimiento consiste en poner encima de la mesa y en la agenda social y política una palabra que haga pensar sobre el sentido de lo que hacemos, porque en el fondo el decrecimiento dice lo mismo que la ecología social y política: nuestro objetivo como seres humanos y como sociedad es aprender a vivir bien y felices, dentro de los límites ecológicos del planeta. Éste es el objetivo compartido, ya sea del decrecimiento, de la ecología política, o de la ecología social. Utilizamos varias palabras o varios términos que permiten llegar a diferentes públicos. En este caso, el decrecimiento consiste en decir que quizás el crecimiento ya no sea un objetivo en sí mismo y  que tenemos que repensar y volver a “descolonizar” (como diríamos en decrecimiento), el imaginario. Al final, eso tratamos con la palabra “decrecimiento”; tratamos de chocar, llamar la atención y sobre todo, construir nuevas alternativas y  nuevos imaginarios.

El decrecimiento consiste en poner encima de la mesa y en la agenda social y política una palabra que haga pensar sobre el sentido de lo que hacemos"


P: Uno de los movimientos más pujantes dentro del decrecimiento aboga férreamente por una “re-ruralización" de nuestros estilos de vida y el consiguiente éxodo urbano. No obstante, han surgido iniciativas -especialmente la conocida como Ciudades en Transición- que defienden la posibilidad de construir un proyecto decrecentista desde la urbe. ¿Crees que ciudad y decrecimiento son términos compatibles? ¿Cuál sería el tamaño máximo de una ciudad decrecentista?

R: “Re-ruralización", Ciudades en Transición y decrecimiento son conceptos muy complementarios, las propias iniciativas de las Ciudades en Transición proponen una reorganización de la ciudad. Cuando decimos que vamos hacer más huertos urbanos, eso ya es una forma de “re-ruralizar" la ciudad y de reequilibrar el campo y la ciudad. Cuando decimos que vamos a hacer grupos de consumo o cooperativas de consumo y de producción, también es para volver a acercar el campo a la ciudad, el productor al consumidor, que los dos formen parte de una gran red del cambio. Estas diferentes propuestas forman parte de una misma visión del mundo, que dicen lo mismo en el fondo: Estamos viviendo una gran crisis ecológica que es climática, energética, de biodiversidad, alimentaria y tenemos que encontrar soluciones desde lo que tenemos, y lo que tenemos es -en el Norte sobre todo- una sociedad ultra-urbanizada, para avanzar hacia otro tipo de vida que permita compaginar los recursos realmente disponibles donde estamos viviendo con la población y la felicidad. Ése verdaderamente es el objetivo compartido de las diferentes propuestas que abogan por el decrecimiento, el buen vivir y la ecología.
 
Respecto del tamaño máximo de una ciudad decrecentista, es muy difícil establecer tamaño porque ello depende también de los recursos disponibles en ese lugar concreto. Por ejemplo, no es lo mismo una geografía semidesértica que otra como la del País Vasco donde hay grandes recursos de agua. No se puede poner a la misma masa crítica de población en un sentido y en otro. Tampoco va a ser lo mismo poner una población de 50.000 habitantes que vive de forma totalmente austera en un lugar con recursos disponibles, que la misma población consumiendo un equivalente a los recursos de tres o cuatro Tierras. Por tanto, son varios los factores que hay que tener en cuenta.

Dicho esto, lo que sabemos es que las grandes ciudades, tal y como las conocemos ahora mismo -ya sea Madrid, Barcelona, París o Londres- son totalmente insostenibles. Por ejemplo, Bilbao, donde yo vivo (ahora mismo vivo más en Bruselas, pero he estado 10 años en Bilbao), utiliza para sostener su modo de vida y su población 100 veces los recursos equivalentes a su territorio. Podemos ver claramente que esto no es sostenible. Lo mismo ocurre en Barcelona: Si consideramos su presupuesto ecológico anual, con la población y el modo de vida que tiene, lo agotaría en una semana -si no tuviera acceso a territorios más allá del suyo propio. Esto quiere decir que las ciudades que tenemos actualmente no son sostenibles, porque se basan en un sistema totalmente productivista e ignora los límites del planeta. Por tanto, cambiar las ciudades es fundamental para cambiar de modelo, porque es en las ciudades donde se encuentra la mayoría de la población, donde se encuentra el sistema económico. Por último, yo diría que las ciudades con un tamaño de entre 50.000 y 200.000 habitantes son las ciudades con más futuro.
P: ¿Qué rol le otorgas a la democracia participativa el proyecto decrecentista que tanto favorece la recuperación de la vida social?¿Cómo podría compatibilizarse un modelo de democracia participativa con una ciudad de X habitantes?

R: La democracia es una condición necesaria aunque no suficiente. No es suficiente porque hacen falta muchos más criterios para que el proyecto decrecentista funcione, pero la democracia es necesaria para conseguir que la sociedad sea más igualitaria y para superar unos retos que son de gran magnitud. Una sociedad de la desigualdad como la nuestra, crea desconfianza entre  su gente y no puede afrontar una gran crisis como la que estamos viviendo. Por tanto, cuanto más igualitaria y más democrática, más capacidad tendrá una sociedad de enfrentarse, con cohesión social (que es muy importante) a los grandes retos. Al final la crisis lo que supone es repartir, redistribuir las riquezas naturales, económicas y sociales, y para esto hace falta democracia, para que las élites no obstaculicen el cambio. Por lo tanto, cuanto más democracia, más posibilidad tendremos de salir del hoyo donde nos encontramos ahora.

Respecto a la segunda cuestión, los griegos decían que una ciudad con buen tamaño para una democracia directa era aquella de unos 30.000 habitantes, así que yo creo que con 50.000 no estamos tan lejos. Pero existen otros métodos además de la política. Tenemos que mirar a otras cosas que están pasando en la ciudad, como las iniciativas de cooperativas que se están dando, por ejemplo, cooperativas de finanzas, energéticas, de vivienda, de consumo y también las monedas locales. Estos son también proyectos sociales y económicos más allá de lo político que permiten recuperar el poder real de la ciudadanía sobre su producción y su consumo. Por tanto, tenemos que pensar en democracia de forma mucho más amplia, no solamente es tomar la decisión en el pueblo en el ágora, sino que es tomar decisiones en el día a día de lo que producimos y de lo que consumimos.

P: El decrecimiento muestra ciertas reservas con el desarrollo tecnológico. Sin embargo éste es necesario para el desarrollo de las denominadas “Smart Cities” y para el avance en el sector de las energías renovables. ¿No crees que estaríamos prescindiendo de una herramienta clave?

R: El decrecimiento no desconfía de la tecnología, lo que pretende es poner a la tecnología en su sitio y recordar que lo que tenemos ahora mismo es una crisis de sociedad y una crisis de organización social y económica. La tecnología no nos va a salvar, no va a cambiar esto. Tenemos que cambiar la estructura en sí misma. La tecnología aquí nos tiene que apoyar, es un apoyo más dentro del cambio, pero no es lo que va a hacer que la sociedad se haga sostenible. Tomemos, por ejemplo, el caso de la energía: por supuesto que necesitamos energías renovables, pero ahora el problema que tenemos no es tanto la energía renovable, es que tenemos un sistema basado en la energía fósil para transportarnos, vestirnos, alimentarnos y esto, no hay energía renovable que permita superarlo.

Por tanto, lo que tenemos que cambiar aquí no es tanto la fuente de energía, sino la forma que tenemos de organizarnos justamente para transportarnos o alimentarnos. Dos ejemplos prácticos: ¿Nos queremos transportar siempre cada vez más lejos y más rápido? Pues seguramente esto no va a ser posible con la energía renovable, sólo es posible si pensamos que tenemos que transportarnos a nivel más local. Con la alimentación pasa lo mismo. ¿Queremos alimentarnos todo el año con productos que no son de temporada y que vienen de la otra punta del planeta? Pues esto con la energía renovable no será posible. Pero pensándolo de otra forma: “yo voy a consumir de forma local lo que se produce a nivel local”, pues para esto sí hay energía renovable que lo pueda suplir. Por tanto, de lo que se trata es de cambiar el sistema productivo y de consumo y, con el cambio de sistema, alimentarnos con fuentes renovables.


P: Una de las propuestas del decrecimiento es reducir o clausurar paulatinamente la actividad productiva de ciertos sectores económicos más lesivos con el medioambiente. Ello supondría la eliminación de millones de puestos de trabajo. ¿No crees que esto puede asustar a gran parte de la población? En este sentido, ¿podrían realmente cubrirse todos los puestos de trabajo destruidos únicamente mediante empleos verdes?

R: Pues la respuesta es bastante simple: sí. Todos los estudios que se han hecho van en ese sentido. El balance neto de la creación de empleo en los sectores verdes es mucho mayor que lo que se destruye en lo que llamamos empleos “marrones”. Un ejemplo son las energías renovables. De aquí a 2020, si llegamos a un 30% de energías renovables en España, podríamos crear 300.000 empleos. ¿Cuántos empleos hay en el carbón y en la nuclear? Los dos reunidos con empleos directos e indirectos sólo 70.000. Claramente el balance es neto y eso podríamos hacerlo con todo los sectores. Otro ejemplo sería la agricultura ecológica, que crea un 30% más de trabajo que la agricultura más llamada convencional. Todos los estudios lo dicen, incluso la Organización Internacional del Trabajo, que de ecologista no tiene nada. Todos los estudios van en ese sentido, lo cual es bastante lógico. Ecología y empleo van de la mano porque ahora mismo estamos sustituyendo la fuerza de trabajo por las máquinas: las máquinas se mueven por la energía y la energía es capacidad de trabajo. Si no hay energía barata, como es el caso actual, necesitaremos sustituir la máquina por la fuerza de trabajo. Por tanto, la ecología crea muchísimo trabajo, de hecho la ecología es la vía del empleo. Los que destruyen empleo son los sistemas productivistas, como podemos ver ahora mismo.

El balance neto de la creación de empleo en los sectores verdes es mucho mayor que lo que se destruye en lo que llamamos empleos “marrones”


P: ¿Podrías explicarnos exactamente en qué consiste tu teoría de las 21 horas laborales? ¿No supondría esto un enfrentamiento con los sindicatos, teniendo en cuenta que la reducción de la jornada laboral podría conllevar la reducción del salario de los trabajadores?

R: Las 21 horas tienen tres objetivos básicos. Sobre todo, más que las 21 horas, vamos a decir la reducción de la jornada laboral, que al final de eso es de lo que se trata. La reducción de la jornada laboral tiene como objetivo, en primer lugar, la justicia social. Ahora mismo tenemos en este país y en el conjunto de Europa gente que trabaja muchísimo, demasiado de hecho, y gente que no trabaja, entonces es lógico repartir el trabajo entre gente que tiene mucho y gente que tiene poco. El segundo objetivo es económico: La única forma de respetar el planeta, es decir, de conservar el empleo sin aumentar la producción, es repartiendo el empleo. En tercer lugar, tiene un objetivo ecológico, porque la única forma de vivir realmente de manera sostenible es pasar menos tiempo en la producción y más tiempo en las esferas de la reproducción, del cuidado y del ocio no productivista.

Sobre los sindicatos, yo siempre que tengo una reunión con ellos sobre este tema les recuerdo una cosa: la reducción de la jornada laboral es una iniciativa y una reclamación histórica del ámbito sindical. De hecho, si celebramos el 1 de mayo cada año, la fiesta del trabajo, es porque sindicatos de Estados Unidos lucharon por reducir la jornada laboral de 16 a 8 horas al día. Por tanto, yo creo que vamos en el sentido de la historia pidiendo una reducción de la jornada laboral también en Europa, y los sindicatos también tienen que incluir esto de nuevo como su bandera de trabajo y de reclamación política.
P: Cómo miembro de EQUO, ¿podrías decirnos qué medidas concretas plantea tu partido político con respecto al decrecimiento? Parece que dentro del propio partido existe una rama más afín al decrecimiento y otra menos. ¿Supone esto un problema a la hora de plasmar políticas concretas en su programa?

R: No, no plantea ningún problema. Al final, “decrecimiento” es simplemente una palabra. Más allá de la palabra en sí, que es más bien un problema de estrategia, el contenido que defendemos unos y otros, es exactamente el mismo: Vuelvo a la definición que daba al principio, cuando decía que tenemos que buscar una forma de vivir bien y felices dentro de los límites del planeta, esto es lo que todos defendemos en EQUO. Por tanto, a la hora de plantear propuestas, éstas son muy parecidas, ya sean planteadas por los que defienden el decrecimiento o por los que defienden otra palabra para su estrategia política. Así, lo que hay en EQUO son propuestas de transición ecológica, que permiten evolucionar e ir hacia una sociedad realmente sostenible, justa, digna y democrática. Por tanto, aquí realmente las propuestas más importantes son las mismas, utilicemos un término u otro.

Lo que hay en EQUO son propuestas de transición ecológica, que permiten evolucionar e ir hacia una sociedad realmente sostenible, justa, digna y democrática”

 
P: Considerando que el poder político está en gran medida sujeto a los dictados de las elites económicas y financieras, no parece razonable pensar que el fomento de las medidas decrecentistas vendrá de las altas instituciones. ¿Pueden realmente los partidos ecologistas liderar el proyecto del decrecimiento o es un proyecto que debe gestarse desde la ciudadanía y los movimientos sociales?

R: Los dos a la vez, y tampoco vamos a oponer cosas que no tienen que oponerse. Yo mismo, por ejemplo, soy activista y político. Como político, intento llevarlo a través de las instituciones porque aquí tenemos que estar, porque es un lugar de poder donde se toman decisiones importantes; pero al mismo tiempo, tenemos que tener un pie en la calle, en los movimientos sociales. Yo, por ejemplo, estoy en huertos urbanos, movimientos decrecentistas, en movimientos ecologistas y lo pongo en marcha en el día a día intentando ser coherente con lo que hago, luchando desde la calle con el movimiento ciudadano. Por tanto, las dos cosas son igual de importantes: un pie en la calle y otro en las instituciones. Nunca tenemos que oponer las dos cosas porque necesitamos la fuerza de ambas cosas a la vez: trabajar desde los movimientos sociales, poner en marcha la ecología desde ahí, ser coherente con lo que decimos y también trabajar desde las instituciones porque seremos muy  fuertes si conseguimos aupar y aunar las dos cosas a la vez.

P: El otro día tuvimos la oportunidad de entrevistar a un reputado libertario como es Carlos Taibo sobre este mismo asunto. Según él, “La lógica del Estado, como la lógica del capitalismo, remite inercialmente hacia el crecimiento y no acepta otra perspectiva diferente”. ¿Qué le responderías, como miembro de un partido que aspira a instaurar un proyecto decrecentista desde las instituciones estatales?

R: En parte no estoy en desacuerdo con él, tiene una parte de verdad en lo que dice respecto al Estado. Todos tenemos una relación de amor-odio con él porque es verdad que, en parte, un Estado democrático es muy complicado ya que tiene una masa burocrática e institucional muy importante, que dificulta la relación directa entre el ciudadano y los que toman las decisiones en el Estado. No por las personas que están dentro, sino simplemente por la estructura que tiene. No obstante, una vez dicho esto, también tenemos que pasar a la otra parte: El Estado, guste o no (a mí, a Carlos, a los libertarios y a los ecologistas) existe y está ahí. Entonces, o bien pensamos que podemos pasar de él y construir una sociedad alternativa fuera de la realidad, o pensamos que esta realidad existe, que hay que tenerla en cuenta y que para cambiarla hay que estar dentro y hay que enfrentarse a ella teniendo en cuenta que no vamos poder escapar de ella. Por tanto, yo soy más de la segunda escuela, pensando que sí, el Estado tiene sus limitaciones (además escribí un artículo, ¿Más allá del Estado? sobre el Estado, el crecimiento y la democracia - disponible aquí) que tiene cosas en común con Carlos Taibo, pero la conclusión no es la misma, porque a mí todavía no hay nadie que me haya explicado realmente cómo piensan gestionar una sociedad de masas sin tener una estructura de Estado mínima. Para mí ese es el punto que todavía no tengo claro, y espero que alguien que me lo explique algún día quizás me convenza, pero ahora mismo no me han convencido y creo, incluso, que constituye una contradicción.

"El Estado, guste o no […] existe y está ahí. Entonces, o bien pensamos que podemos pasar de él y construir una sociedad alternativa fuera de la realidad, o pensamos que esta realidad existe […] y que para cambiarla hay que estar dentro y hay que enfrentarse en ella”.


P: La Unión Europea apuesta por conseguir, para 2020 la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero en un 20%, el ahorro eficiente de 20% del consumo de energía y la promoción de las energías renovables hasta un 20%, lo que se llama la “apuesta 20-20-20”. ¿Ves estos objetivos realizables en un periodo tan corto de tiempo? ¿No se verían estos objetivos desplazados por el intento de incorporar el Fracking al panorama energético europeo?
R: Por un lado, claramente no estamos para cumplir ahora mismo lo de la “apuesta 20-20-20” en la Unión Europea, porque además, han puesto ya otros objetivos para el 2030. En este sentido, no creo que se vayan a cumplir los objetivos ni para el 2020 ni para el 2030. Sin embargo, el problema no es que no se cumpla, el problema es que incluso estos compromisos están a años luz de lo que necesitamos. Ese es el gran problema porque la Unión Europea ha perdido el liderazgo que tenía en la lucha contra el cambio climático y en el cambio del sistema energético. No estamos yendo por la buena línea. En efecto, las últimas decisiones que ha tomado la Comisión Europea sobre este tema nos están llevando realmente al peor escenario que están dando los científicos internacionales. Además, estamos viendo cómo la propuesta de la Comisión Europea, con su plan de Unión energética, donde efectivamente vuelve el Fracking, se reactiva la energía nuclear y tampoco hay una apuesta muy fuerte por las energías renovables. Es decir, lo que necesitamos ahora mismo es apartar totalmente las energías fósiles, porque además el Fracking tiene bastantes problemas en relación con el medioambiente, con los acuíferos, con los terremotos... Y además no tiene un rendimiento energético muy alto. El problema real es éste, que tampoco es capaz de sustituir ninguna energía fósil que tenemos ahora mismo. La apuesta entonces es, en primer lugar, basar el sistema energético en la reducción drástica de energía consumida per cápita y global, en segundo lugar, apostar por la eficiencia energética, y por último, apostar por las energías renovables, y todo ello dentro de un cambio de modelo del sistema productivo y de consumo. Esto sólo funciona si somos capaces de cambiar el modelo estructural y cultural, las dos cosas a la vez.

"La Unión Europea ha perdido el liderazgo que tenía en la lucha contra el cambio climático y en el cambio del sistema energético"


P: Muchos teóricos del decrecimiento afirman que éste es un proyecto orientado al Norte rico, pero en ningún caso a los estados del Sur. Sin embargo, en un mundo globalizado donde los modelos productivos de los países del Sur están subordinados al modelo productivo del Norte, ¿no se verían aquellos directamente afectados por la puesta en marcha de medidas decrecentistas de los países del Norte?

R: Cuando hablamos de “Sur”, lo primero que tenemos que hacer es hablar de “sures”, porque no existe un “Sur” como tal. Eso es una invención nuestra, al igual que no existe un “Norte”. Hay “sures” donde es verdad que el decrecimiento, tal y como lo hemos pensado, no tiene mucho sentido. Si vamos a las comunidades indígenas de Ecuador o Bolivia, por ejemplo, ahí ellos tienen su propio concepto sobre qué es el Buen vivir. Se parece muchísimo al decrecimiento, pero tiene su idiosincrasia, su composición local y ahí ellos no necesitan el decrecimiento. En cambio, si tomamos una gran ciudad de Colombia o Venezuela como ejemplo, nos encontraremos con los mismos retos que tenemos nosotros en el “Norte”, donde el decrecimiento sí puede tener una aplicación. De hecho, ahora mismo, estoy escribiendo un prólogo para un libro de un colombiano sobre el decrecimiento. Por tanto, creo que todo depende de qué “Sur” estamos hablando, al mismo tiempo que de qué “Norte”. El decrecimiento puede tener validez en algunos casos y en otros no. Lo más importante es no buscar una universalidad para el término, sino aplicarlo donde se pueda aplicar.  

P: La transición ecológica que propones (mediante, entre otros, la transformación hacia un nuevo modelo energético o el cambio hacia una agricultura ecológica), supone asumir unos costes económicos muy elevados, ¿crees que nuestra sociedad es capaz de afrontar dichos costes?

R: El coste de no hacer nada es mucho mayor que el coste de hacer algo. Por tanto, tenemos que ver de forma clara si preferimos invertir ahora una pequeña cantidad que puede parecer mucha (pero que tampoco es tanta en comparación con todos los gastos militares, con todos los gastos que tenemos en combustibles fósiles) o si queremos esperar tranquilamente a que el colapso llegue, y en ese momento, tendremos que gastar dinero que ni siquiera tendremos. La pregunta es, por tanto, más bien al revés, ¿estamos dispuestos a gastar muchísimo dentro de 20 años en vez de gastar muy poco ahora?

Hay además diferentes formas de afrontar dicho coste y se tiene que contar con diferentes fuentes de financiación. Una de las fuentes es, por ejemplo, tasar los recursos naturales y los capitales. Eso es lo primero, y supone una reforma del sistema fiscal tanto a nivel nacional como europeo. Por supuesto, esto significa también una lucha muy fuerte contra el fraude fiscal, porque ahora mismo cada ciudadano europeo está pagando 2.000€ de su bolsillo para financiar los paraísos fiscales, por lo que aquí la gente está perdiendo muchísimo dinero. También es muy importante ir levantando fondos que sean públicos y privados; aquí debemos encontrar una palanca bastante importante. También tenemos que poner fin a la austeridad, porque tampoco está permitiendo ahora mismo tener impuestos suficientemente altos como para financiar la gran transición ecológica. También es un problema de voluntad política y de a dónde va el dinero. El dinero ahora mismo, ¿queremos que termine en los bolsillos de los grandes oligopolios y multinacionales energéticas, alimentarias o sanitarias, o queremos que el dinero que realmente tenemos lo podamos implementar en la transición ecológica? Podemos tomar el ejemplo de Grecia, que tiene muchísimo gasto militar por ejemplo, ¿esto es normal ahora mismo teniendo la Unión Europea? Pues seguramente no. Ese gasto podría utilizarse para luchar contra la emergencia social y además poner en marcha otro modelo productivo.

El coste de no hacer nada [respecto de la transición hacia un nuevo modelo energético] es mucho mayor que el coste de hacer algo... ¿Estamos dispuestos a gastar muchísimo dentro de 20 años en vez de gastar muy poco ahora?”


P: Defiendes que tenemos que plasmar el cambio en forma de transformación e imaginarnos qué sociedad queremos dentro de veinte años, ¿Cómo te imaginas nuestra sociedad dentro de veinte años?

R: Una cosa es cómo pensamos que va a ser el mundo y otra es cómo queremos que sea el mundo. Si me preguntas cómo quiero que sea el mundo, te diría que espero que sea muy diferente. Si miro la realidad y cómo está evolucionando, esto lleva a ser un poco más realista, es decir que seguramente va a ser bastante complicado. Sin embargo, yo lo que sé es que existe una ventana de oportunidad, existe una posibilidad y solamente luchando podremos cambiar las cosas. Por tanto, mi forma de verlo no es proyectándome dentro de veinte años. Yo quiero que esto funcione, por tanto voy a luchar y lo voy a hacer con más gente. No sé si va a funcionar, pero lo único que sé es que si no juego, no funcionará. Quiero jugar a tener un mundo sostenible para mí, para mis hijas, para la gente que me rodea y, en general, de forma solidaria con la gente del Sur. La única forma es jugar y hacerlo de forma solidaria, y espero que dentro de veinte años mi apuesta sea correcta.

¿Desarrollo sostenible?

El término desarrollo posee connotaciones positivas; nos llevan a valores que aparecen en el discurso hegemónico: éxito, crecimiento, evolución, prosperidad, aumento, enriquecimiento... que se transmiten continuamente en nuestra sociedad. De esta manera los países subdesarrollados se denominan utilizando un eufemismo: países en vías de desarrollo. Se transmite en el término un progreso hacia el infinito, pues no existen los límites.

Lo sostenible, en el ámbito ecológico, se entiende como lo que permite satisfacer las necesidades de las generaciones actuales sin poner en peligro la satisfacción de las necesidades de generaciones futuras; Luego en sí mismo ‘desarrollo sostenible’ es un imposible.

La grandes empresas descubren una nueva etiqueta de moda, la estética ambiental vende, un escaparate donde esconder la contaminación, un lavado de imagen que permite mercadear con el consumo verde.

“El término ‘desarrollo sostenible’ está sirviendo para mantener en los países industrializados la fe en el crecimiento y haciendo las veces de burladero para escapar de la problemática ambiental y las connotaciones éticas que tal crecimiento conlleva”

José Manuel Naredo.

El desarrollo en el modelo económico actual genera pobreza, ignorancia, insolidaridad, consumismo, uniformidad, violencia... y por supuesto: Es insostenible.

El sostén energético romano

Al comienzo del dominio romano, Italia estaba densamente poblada por bosques. La madera se vendía en los mercados libres y la tierra era transformada en cultivos y pastos. La tierra recién deforestada era rica en minerales y nutrientes y daba buenas cosechas. Pronto Roma necesitó de conquistas militares para mantener su estructura de Estado ( Cónsules, Senado, Asamblea del Pueblo, tribunales...); así anexionó militarmente Macedonia en el año 167 antes de Cristo (a. de C.), Siria en el 63 a. de C., la Galia 51 a. de C. Las conquistas militares eran tan lucrativas desde el punto de vista económico que cubrían los gastos e incluso dejaban beneficios para financiar nuevas aventuras militares. Mano de obra esclava, recursos minerales, bosques y cultivos, todo ello significaba un flujo cada vez más importante de energía disponible. El periodo de expansión terminó con la conquista de Egipto por parte de Octavio Augusto.

Tras sufrir una serie de derrotas, la primera de ellas en los bosques de Toutoburg a manos de las tribus germánicas en el año 9, Roma se atrincheró en sus posiciones y concentró sus energías en construir la infraestructura necesaria para mantener su imperio.

El coste de mantener un ejército, mantener las obras públicas, el alto nivel de vida de los ricos, la burocracia gubernamental, la beneficencia pública, las necesidades logísticas eran cada vez más costosas. Roma se vio obligada a volver al régimen energético anterior a las conquistas: la agricultura.

El aumento de la población urbana no productiva (la población de Roma llegó a superar el millón de habitantes) produjo una presión cada vez mayor sobre las pequeñas explotaciones agrícolas. La producción tuvo que intensificarse para cubrir las necesidades alimentarias de la población urbana y el ejército. La sobreexplotación del suelo hizo descender su fertilidad. Los dueños de las pequeñas explotaciones no podían sacar rendimiento a sus erosionadas tierras como para pagar los impuestos anuales que fijaba el gobierno sobre la tierra. Los campesinos pedían préstamos para pagar los impuestos; las cosechas eran cada vez más escasas; las pequeñas parcelas pasaron a manos de los terratenientes creándose los latifundios. Los campesinos emigraron a las ciudades donde pasaron a depender de la beneficencia pública. La decadencia de Roma está asociada al declive de la producción agrícola.

Con un régimen energético debilitado y próximo al agotamiento, el imperio comenzó a resquebrajarse, en el siglo VI los invasores estaban a las puertas de Roma (con menos de 30.000 habitantes). Tierras deforestadas, suelos erosionados, poblaciones empobrecidas y enfermas formaban el paisaje del Imperio. Europa tardaría seiscientos años en recuperarse.

Para saber más: La economía del hidrógeno. Jeremy Rifkin.

Comercio global

El término ‘orden global’, es la expresión que se utiliza para definir el ‘dominio global, a través de subsumir las múltiples diversidades de las economías, las culturas y la naturaleza, bajo el control de un puñado de grandes empresas multinacionales y de las superpotencias que las apoyan en su empeño de dominación global por medio de la ‘liberalización’ del comercio, los programas de ajuste estructural y, cada vez más, los conflictos militares.

“Hace unos años, yo estaba comiendo en un restaurante de Saint Paul, Minnesota (EE.UU). Al terminar de comer, cogí un palillo de dientes que estaba envuelto en una funda de plástico. En la funda ponía “Japón”. Ahora bien, Japón tiene poca madera y carece en absoluto de petróleo. Sin embargo, en nuestra economía mundial, se considera eficaz enviar a Japón pequeñas piezas de madera y algunos barriles de petróleo, envolver lo uno con lo otro y enviarlo de vuelta a Minnesota. El palillo de dientes había recorrido unos 80.000 kilómetros. Mientras tanto, en 1987, una fábrica de Minnesota inició la fabricación de palillos chinos desechables para venderlos en Japón. En mi imaginación, veo dos barcos cruzándose en las aguas del Pacífico. Uno transporta con destino a Japón un cargamento de pequeñas piezas de madera de Minnesota; el otro transporta con destino a Minnesota un cargamento de pequeñas piezas de madera elaboradas en Japón. Ésta es la lógica del libre comercio.”

David Morris: 'El libre comercio: el gran destructor'.

En los últimos años se ha ido reduciendo el capital de producción y aumentan de manera vertiginosa el movimiento del comercio mundial y el movimiento de capitales. El comercio internacional ha crecido mucho más que la producción económica, pero lo más impresionante es el aumento del capital especulativo, un capital que no tiene nada que ver con la producción, sino con las transacciones y los juegos monetarios y bursátiles. Por eso se habla de globalización económica y financiera. Hay una gran cantidad de capital circulante que no tiene nada que ver con la producción y la economía. A este capital especulativo nada le importan los mecanismos que defienden los equilibrios ecológicos y sociales.

Para saber más: Chusa Lamarca: Desglobaliza.