El desarrollo no es necesariamente crecimiento

La incapacidad para pensar el futuro fuera del paradigma del crecimiento económico permanente es, sin duda, la falla principal del discurso oficial sobre el desarrollo duradero. A pesar de sus estragos sociales y ecológicos, el crecimiento, del cual ningún responsable político o económico quiere disociar el desarrollo, funciona como una droga dura. Cuando es fuerte, se mantiene la ilusión de que puede resolver los problemas -que en gran parte ha generado- y que cuanto más fuerte sea la dosis, mejor estará el cuerpo social. Cuando es débil, se hace sentir su falta, y resulta mucho más dolorosa por el hecho de no haberse previsto ninguna desintoxicación.

Así, detrás de la "anemia" actual del crecimiento, se esconde una "anomia"creciente en las sociedades minadas por el capitalismo liberal, que se muestra incapaz de dar un sentido a la vida en sociedad que no sea el consumismo, el despilfarro, el acaparamiento de los recursos naturales y de los ingresos provenientes de la actividad económica y, a fin de cuentas, el aumento de las desigualdades. El primer capítulo de El Capital (1863), de Karl Marx, es premonitorio cuando critica a la mercancía: el crecimiento se transforma en el nuevo opio de los pueblos, cuyos puntos de referencia culturales y solidaridades colectivas son quebrados para que se hundan en el abismo sin fondo de la mercantilización.

El dogma dominante ha sido bien traducido por Jacques Attali que, como buen profeta, cree haber detectado a comienzos del año 2004 "una agenda de crecimiento fabuloso" que sólo "contingencias no económicas, por ejemplo, un resurgimiento del SARS," podrían de hacer fracasar. Para todos los ideólogos del crecimiento afectados de ceguera, la ecología, es decir, la toma en consideración de las relaciones del ser humano con la naturaleza, no existe: la actividad económica se desarrolla in abstracto, fuera de la biosfera.

Es hacer poco caso del carácter entrópico de las actividades económicas. Aunque la Tierra sea un sistema abierto que recibe la energía solar, forma un conjunto dentro del cual el hombre no puede superar los límites de sus recursos y de su espacio. Ahora bien, la "presión ecológica", es decir, la superficie necesaria para todas las actividades humanas sin destruir los equilibrios ecológicos, alcanza ya al 120% del planeta. Así, serían necesarios cuatro o cinco planetas si toda la población mundial consumiera y vertiera tantos desechos como los habitantes de Estados Unidos.

Para saber más: El desarrollo no es necesariamente crecimiento. Jean-Marie Harribey. 2004.

Encrucijada tecnológica

Surge ahora el carácter trágico de esta encrucijada historica nuestra:

Por un lado basarnos en la entropía (incompatible con el crecimiento cuantitativo indefinido), extraer todas las consecuencias y cambiar los hábitos de nuestra civilización, desglobalización urgente, descentralización de la energía.

Por otro poner rumbo a la super-globalización, hacia la biotecnología, una plenitud provisional agotando todas las materias y recursos del planeta.

No habrá más tiempo.

"Cayó, cayó Babilonia la grande
la que dio a beber del vino de su lujurioso desenfreno
a todas las naciones"

Para saber más: Entrevista a Mario Sproviero

El síndrome tecnológico


“No existe una clave para nuestro problema, ninguna panacea para la enfermedad que padecemos. El síndrome tecnológico es mucho más complejo por eso, y tampoco es cuestión de escapar de él. Aunque realizásemos una importante conversión y reformásemos nuestro hábitos, no por ello desaparecería el problema fundamental. Pues la aventura tecnológica debe proseguir; en adelante, los correctivos susceptibles de asegurar nuestra salud exigen un nuevo desafío sin tregua el ingenio técnico y científico, que engendra nuevos riesgos que le son propios. Así, alejar el peligro en una tarea permanente, cuyo cumplimiento está condenado a seguir siendo una labor deslavazada y muchas veces incluso un remiendo.

Esto significa que, sea cual sea el porvenir, debemos efectivamente vivir en la sombra de la calamidad amenazante. Pero, en ser consciente de esta sombra, como es el caso hoy día, consiste paradójicamente la chispa de la esperanza: ella, en efecto, impide que desaparezca la voz de la responsabilidad y el principio esperanza se reúnen finalmente, incluso sino se trata de una esperanza exagerada en un paraíso terrestre, sino de una esperanza más moderada respecto a la posibilidad de continuar habitando un mundo en el porvenir y respecto a una supervivencia que sea humanamente digna de nuestra especie, teniendo en cuenta la herencia que se le ha confiado y que, ciertamente no es miserable, pero tampoco menos limitada. Esta es la carta que desearía jugar.”


Una ética para la Naturaleza. Hans Jonas 1993.

“El avance científico en los últimos decenios, unido a la ferocidad capitalista con el acopio y la acumulación de riqueza por sí misma, han trasladado los mecanismos de intensificación de la explotación de los recursos y de los bienes al mundo de la genética. La excusa es que es para mejorar las condiciones y la calidad de vida de los seres humanos que componen la sociedad. El escudo en que se parapetan, que sólo los retrógrados se oponen al avance inexorable de la ciencia. La realidad es que no es así, sino que se investiga para obtener beneficios, como resultado de la venta de los productos que son objeto y consecuencia de la investigación, sean estos ruedas de coche, nuevos materiales semiconductores, prótesis o patentes genéticas de semillas.”

Clonación, genética y energía. Pedro Pérez Prieto. 2004

Para saber más: Otro cuento de terrorismo energético: la clonación. Pedro Prieto

El ser humano y las prótesis cibernéticas

¿Hacia una tecnificación completa que nos convierta en ‘tecnoseres’?

“Tiempos futuros nos traerán nuevos y quizá inconcebibles progresos es este terreno de la cultura, exaltando aún más la deificación del hombre.”

Sigmund Freud. El malestar en la cultura. 1930.


El nuevo proyecto de autotrascendencia tecnológica del siglo XXI:

“Traspasaremos la frontera de nuestra responsabilidad como conciencia planetaria desafiando a las leyes de la Naturaleza. Todas las conquistas de la técnica serán humanas. Clonación de seres humanos, alimentos transgénicos, técnicas de fertilización y gestación extrauterina.

Podremos aferrar el contenido de una mente humana, digitalizarlo y transferirlo al entretejido metálico de un ordenador. Eliminaremos la moral para sustituirla por instrumentos que sirvan para conocer y ordenar las acciones humanas: la racionalidad, la objetividad y el análisis científico libre de valores morales.

Una nueva ética que arrincone lo genuinamente animal (dejando de lado pasiones y deseos). La modificación técnica de nuestro genoma para el bienestar general de los humanos mediante el Ángel tecnocientífico, eliminando toda cultura humanista (elitismo conservador); la técnica en detrimento del lenguaje, el arte, la conciencia de uno mismo, la capacidad para el humor o la sociabilidad.

Inteligencia operativa, hombres-máquina, perfección, no existen los límites: crecimiento extensivo. Se abandona la condición humano hacia lo transhumano, nuestra historia desemboca en una era post-humana dominada por humanos transgénicos ansiosos por abdicar de su libertad, cyborgs y ordenadores.

Nuevos caminos para intentar seguir la expansión con nuevas fuentes de energía y desafíos para la naturaleza entrópica de este mundo (somos dioses). La fuga hacia el cosmos. Creación de post-humanos mediante ingeniería genética y simbiosis hombre-máquina. En lugar de la sociedad: El ciberespacio.

Ser como dioses, recreados por obra y gracia de la ingeniería genética y la robótica, integrados sin solución de continuidad en la Megamáquina tecnológico-social”

Movimiento para la erradicación de los sentimientos, las relaciones personales y la creatividad.

Para saber más: ¿Así que aún no somos humanos?. Jorge Riechmann. 2003.

IV Encuentro de Redes e Iniciativas Decrecentistas y Transicioneras en la ciudad de Granada

¡Ya está disponible la web del IV Encuentro de Redes e Iniciativas Decrecentistas y Transicioneras que se celebrará el próximo mes mayo en la ciudad de Granada! Podéis acceder a la misma a través del siguiente enlace:
 
http://ivencuentrodecrece.wix.com/granada2015



Próximamente publicaremos las fechas y el lugar exacto donde se celebrará el IV Encuentro de Redes e Iniciativas Decrecentistas y Transicioneras en la ciudad de Granada.


 Encuentros decrecentistas


La andadura de los Encuentros Decrecentistas estatales comienza en 2011 en un pueblo en transición de Madrid llamado Zarzalejo, con el objetivo de compartir las experiencias de las distintas personas y colectivos decrecentistas del Estado español. A esta primera inicitiva le siguen el II Encuentro Decrecimientoy Ciudades en Transición celebrado en Victoria-Gasteizen 2012, y el III Encuentro de Redes eIniciativas Decrecentistas y Transicioneras celebrado en Sevilla en 2013. Y en 2015  nosotras cogemos el relevo para organizar el IV Encuentro de Redes e Iniciativas Decrecentistas y Transicioneras en Granada.

Para conocer los proyectos que están llevando a cabo actualmente las organizadoras de los anteriores encuentros: Decrece Madrid, Desazkundea, Red de Decrecimiento de Sevilla.

 

Bases del concurso para la imagen oficial del IV Encuentro de Redes e Iniciativas Decrecentistasy Transicioneras


 
Objeto

Este concurso tiene como fin la creación de una imagen que represente el IV Encuentro de Redes e Iniciativas Decrecentistas y Transicioneras, que tendrá lugar en Granada durante la primavera de 2015. La imagen ganadora será la que nos acompañe durante todas las jornadas, así como en el trabajo previo de difusión del evento.
A lo largo de este encuentro, se pretende fomentar un acercamiento a otras formas de organización y relación con el entorno y con nosotras mismas, aportar visiones y prácticas que nos acerquen más al decrecimiento, cuestionarnos qué prácticas nos resultan o no saludables, crear redes de acción a lo largo y ancho de todo el Estado y disfrutarnos en este aprendizaje colectivo.


Participantes

Podrá participar en este concurso cualquier persona interesada en aportar su arte a las anteriores causas.


Características

  • Las obras se presentarán a concurso vía online, dirigiéndose al correo oficial del encuentro (4encuentrodecrecentista2015@gmail.com), con asunto CONCURSO IMAGEN DECRECIMIENTO y notificando claramente los datos del/a autor/a.
  • El cartel deberá contener el logo del caracol con el corazón, con lo que la imagen realizada por el/la autor/a deberá realizarse entorno a dicho logo, o bien teniéndolo en cuenta.
  • La imagen final deberá contener igualmente el siguiente texto:
         “MAYO 2015 IV ENCUENTRO DECRECIMIENTO GRANADA”,
         sin necesidad de situarse de una manera concreta dentro de la imagen.
  • La imagen final deberá ser acorde con los principios o temáticas que desde
         el decrecimiento se abordan.


Desarrollo del concurso

  • La fecha límite de recepción de obras será el día 10 de Marzo de 2015 a las 00:00 horas.
  • El fallo del jurado se emitirá el día 15 de Marzo de 2015.
  • Se aceptará una única imagen como ganadora del concurso.
  • De conformidad con la Ley Orgánica 15/1999 de Protección de Datos Personales, los y las participantes dan su consentimiento para el tratamiento de los datos , relacionado con los trámites y gestiones del concurso.
  • La imagen premiada será publicada y reproducida bajo licencia creative commons a nombre de la autora y del IV Encuentro de Redes e Iniciativas Decrecentistas y Transicioneras. Puedes ver las características concretas de la licencia en el siguiente enlace: http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.5/es.

Jurado

El jurado de este concurso está conformado por las personas que forman parte de la organización del IV Encuentro de Decrecimiento de Granada 2015.

Premio

El premio consiste en la asistencia gratuita al encuentro, así como de las comidas que se realicen durante los tres días de duración de las jornadas.

 
Contacto

Para realizar cualquier consulta relativa a esta convocatoria dirigirse a:

4encuentrodecrecentista2015@gmail.com


¿Crecimiento sostenible?

Antonio Morales Méndez

El pasado día 2 de noviembre la ONU volvió a lanzar una dura advertencia a la humanidad sobre el deterioro del planeta a causa del cambio climático. Casi un millar de científicos han elaborado un extenso informe, preparatorio de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático de París del próximo año, en el que concluyen que si no se toman las medidas adecuadas “no hay un plan B, porque no existe un planeta B”. Como señala el responsable de la Organización Meteorológica Mundial, “con este informe en las manos, la ignorancia ya no puede ser un argumento para justificar la inacción”. Según el Panel Intergubernamental contra el Cambio Climático (IPCC), los países deben limitar las emisiones de gases de efecto invernadero -abandonando los combustibles fósiles, fundamentalmente -, entre un 40% y un 70% para 2050 y eliminarlas totalmente en 2100. Los científicos encargados de velar por el clima y la supervivencia afirman que la lucha por impedir el aumento de la temperatura global en 2ºC, mejorando la eficiencia energética, puede ser la gran revolución económica del siglo XXI. 
 
Para hacer frente al daño ecológico en la Tierra, desde los años setenta se puso en marcha un movimiento encaminado a generar una conciencia mundial sobre el desarrollo sostenible, el desarrollo sustentable o el desarrollo perdurable: el primer informe del Club de Roma en 1971; la Conferencia de Estocolmo, en el 72; la ONU y su proyecto de Ecodesarrollo; la comisión Brundtland, que acuñó el término de Desarrollo sostenible, entendido como el desarrollo que “permite satisfacer las necesidades actuales sin comprometer las necesidades de las generaciones futuras”; de nuevo el Club de Roma (20 años después); la Cumbre de Río del 92; la Agenda 21; Kioto; la Carta de Aalborg; la Declaración del Milenio de la ONU del 2000; el informe Stern; las Cumbres de Bali y Copenhague y otras.., y por tercera vez el Club de Roma, planteándonos un escenario muy preocupante para el 2052.., y los informes contundentes del IPCC, entre otros. Todos ellos han marcado una agenda para la preservación del medio ambiente frente al desarrollismo y el agotamiento de los recursos y para intentar romper con los desequilibrios entre los pueblos de la tierra. 
 
Pero hasta ahora ha servido de muy poco. La realidad es que la temperatura del planeta sigue creciendo, el deshielo del Ártico y los glaciares se hace más patente, las catástrofes naturales se suceden con frecuencia, el nivel del mar continúa aumentando, la seguridad sanitaria, la pobreza y la desigualdad no dejan de avanzar… Mientras todo esto sucede, una gran parte del capitalismo salvaje lo niega; otros consideran que no tiene ningún sentido restringir el crecimiento dado que si los países desarrollados lo hicieran, detrás vendrían los emergentes y más tarde los países menos desarrollados y que en definitiva no hay más opciones que las de seguir creciendo y consumiendo; algunos defienden que sería demasiado caro combatirlo o que la Tierra genera suficientes recursos y energía inagotable y otros se apropian inmoralmente del término sostenible para intentar edulcorar las prácticas neoliberales más duras, intentando impregnarlas de legitimidad medioambiental. 
 
Son estos últimos los que han conseguido prostituir el término hasta convertirlo en algo huero, carente de significado y vehículo justificativo de las políticas neoliberales socialmente injustas y de crecimiento sin freno que, aluden, pretenden ser limitadas por el empecinamiento de los estados de intervenir en la economía y quebrar la pureza de los mercados libres que no deben tener más límites que los de su propio ejercicio. Un ejemplo claro del envilecimiento del término sostenible nos lo mostraba hace unos días el presidente de Repsol, la compañía que quiere poner en riesgo nuestro turismo y nuestra biodiversidad con prospecciones y extracciones de petróleo en aguas canarias. Antonio Brufau firmaba un artículo en el periódico Cinco Días, el mismo fin de semana en que el IPCC hacía público su informe, que titulaba “Un viaje hacia la sostenibilidad”. Para el petrolero la sostenibilidad consiste en poner la innovación en el centro de la estrategia empresarial y en tener capacidad de transformación para crecer reformulando las propuestas y el trabajo compartido del personal. Más de lo mismo pero con más eficiencia para producir más y para ganar más y ni una palabra en el texto sobre el medio natural. Nada dice de poner fin a las reformas laborales que han empobrecido a los trabajadores y cercenado sus derechos. Ni de la necesidad de transformar el modelo energético ni de frenar las extracciones de fósiles, cada vez más escasos y situados a mayor profundidad, de acuerdo con las indicaciones de la Agencia Internacional de la Energía (AIE), que insta a que dos tercios permanezcan sin extraer. 
 
Por estas y otras razones empieza a hacerse hueco a nivel planetario una corriente que hunde sus raíces en la economía y en la filosofía (Georgescu Roegen, Latouche, Taibo. Mosangini…), que se opone al crecimiento continuo, revestido en muchas ocasiones de sostenibilidad amañada y que plantea la necesidad de que empecemos a pensar en que la supervivencia de Gaia solo es posible desde el decrecimiento. Desde el freno al crecimiento y al consumo ilimitado. Desde un cambio de modelo que se enfrente a la obsolescencia programada, al gasto energético sin control, al consumo desmedido, al derroche que obvia lo finito de los recursos. A las injusticias sociales. 
 
En estos días pudimos leer en el digital Público una interesante polémica, con este debate como trasfondo, entre Juan Torres y Antonio Turiel, previa a una no menos esclarecedora entre V. Navarro y Florent Marcellesi. Turiel, al hilo de los comentarios en las redes sobre el encargo de Podemos a Torres y Navarro de su programa económico, los acusaba de defender propuestas neokeynesianas de crecimiento basado en la redistribución, sin más, frente a la austeridad suicida del neoliberalismo. Mientras el keynesiano Paul Krugman afirmaba recientemente que es errónea la idea de que el crecimiento es incompatible con las medidas climáticas, el socialdemócrata español y exministro Jordi Sevilla se preguntaba si es posible crecer sin crecer en PIB. Lo que si parece estar claro es que cada vez son más los que cuestionan que el único indicador de la economía y de la calidad de vida sea el PIB y no otros índices de progreso, desarrollo humano y calidad de vida que miden más allá del crecimiento económico puro y duro. 
 
Indicadores como la Encuesta Mundial de Valores son tajantes a la hora de afirmar que el ritmo de consumo desenfrenado no solo pone en riesgo la salud del planeta sino que separa al 28% de la población pudiente mundial de las otras tres cuartas partes cuyo máximo objetivo es sobrevivir. Y existen muchas alternativas a este modelo neoliberal que pasan por no aceptar que solo valemos si consumimos; que tenemos que apostar por lo cercano en sus acepciones humanas y económicas; que los medios de producción no pueden estar en manos de unos pocos que condicionan nuestra existencia; que lo público debe ser garante de una redistribución justa y ambientalmente sostenible de los recursos; que la eficiencia, el ahorro y el cambio de modelo energético son imprescindibles; que no podemos renunciar a la justicia social y a la igualdad… Eso debe ser, en definitiva, el desarrollo sostenible no corrompido. Como afirma Adela Cortina (Lo sostenible no es siempre lo justo. El País), “por eso en el caso de las sociedades es aconsejable sustituir el discurso de la sostenibilidad por el de la justicia, el del desarrollo sostenible por el del desarrollo humano y la sostenibilidad medioambiental. Y en vez de empeñarse en construir una economía o una sanidad sostenibles, en vez de hablar de pensiones o ayudas a la dependencia sostenibles, bregar para que sean justas”. 

Antonio Morales Méndez es Alcalde de Agüimes


Evaluación agroecológica

Presentación del trabajo de Miller Anselmo Afanador sobre Evaluación Agroecológica.



Puedes encontrar el trabajo en:

https://drive.google.com/file/d/0BxM_IZHIo32Tc1VYSnQyeEtXb1U/view?usp=sharing

¿Qué es el discurso?

Vicente Manzano

Existe una gran cantidad de términos que se confunden con discurso: debate, consejo, negociación, exposición, texto, argumentación, retórica, diálogo, monólogo, miting, etc. Lo que vamos a entender por discurso tiene un origen lingüístico, pero se extiende más allá, llegando a un significado muy amplio y, a la vez, operativo y poderoso, tanto para entender lo que ocurre como para intervenir en ello.

Hay dos aspectos, relacionados con la naturaleza humana, que ayudan a nuestro cometido de entender qué cosa es esa del discurso: las personas somos seres sociales y lingüísticos. Para entendernos como personas necesitamos tener en cuenta que nacemos y nos hacemos en sociedad, de la que tomamos conocimientos, pensamientos, formas de estructurar lo que nos rodea, hábitos, moral, cultura... y lenguaje. Éste no es un compartimiento estanco, sino que está confundido con todo lo demás. El lenguaje (de las palabras, de los gestos, de los símbolos más diversos...) estructura el pensamiento, permite la comunicación, otorga significado a lo que ocurre... y también absorbe cuanto ocurre, mutando continuamente. Las personas hemos nacido y nos comportamos en este entorno complejo y simbólico.

Al unir el lenguaje (en su sentido amplio, que incluye toda gestión de símbolos más allá de las palabras) con la vida en sociedad, obtenemos los discursos. Éstos constituyen unidades con significado completo. Un discurso es más que una colección de frases. Incluye, como veremos, ideología, cultura, contexto complejo. Los discursos son compendios que transmiten significados y proponen comportamientos sobre asuntos que pueden ser muy específicos o muy generales. Cada vez escuchamos más expresiones como “el discurso de los medios” “el discurso de la derecha” “el discurso del mercado”, etc. Y no es que estos agentes tomen un micrófono ante las cámaras y lean un texto escrito.

Un discurso puede ser desde eso, un texto breve escrito, hasta una amplia colección de películas, libros y leyes, por ejemplo. Es como si alguien que piensa de un modo definido creara muchas películas, muchos libros y muchas leyes desde su visión particular del mundo, su propia ideología, su forma de entender las cosas, sus objetivos, su versión de lo bueno y lo malo, etc. No es una persona concreta quien se encuentra tras esos discursos, sino muchos agentes que comparten esos mismos elementos y que trabajan, muchas veces, sin ser conscientes del discurso que elaboran, mantienen y propagan.

De hecho, en la práctica, aplicamos el término “discurso” tanto en su versión amplia como reducida. Un discurso es tanto esa colección de acciones unificantes o uniformadoras con respecto a una forma concreta (que puede ser muy compleja) de entender las cosas y de actuar con respecto a ellas, como cada una de las unidades más concretas, pero con sentido completo, que se elaboran desde esa versión amplia. En este segundo sentido, un libro concreto de ese “paquete amplio” es un discurso, como lo son unas declaraciones de un líder político en una rueda de prensa o una lección de un profesor en una clase universitaria.

Un ejemplo de la versión amplia es el discurso belicista. En éste se pueden identificar muchos elementos, incluyendo las argumentaciones que sostienen una intervención armada en nombre de principios universales como la justicia o la libertad; pueden identificarse agentes como las entidades responsables de llevar la misión a cabo (como el ejército de un país concreto); se identifica el reparto de papeles en el escenario: quiénes son los buenos y quiénes los malos, por ejemplo; etc. El discurso belicista se observa en declaraciones de líderes ante los medios, en libros, en foros de discusión, en conferencias... Se puede analizar el discurso de una película concreta o un cuento para niños [Los cuentos infantiles, de hecho, constituyen unos de los procedimientos habituales de propagación de la ideología machista] concreto y observar que se tratan de ejemplos particulares insertos en el marco amplio del discurso belicista.

El análisis del discurso es un campo de estudio muy complejo y necesariamente multidisciplinar. Surge históricamente de varios frentes, especialmente en el seno de la lingüística, cuando se desea seguir avanzando en la comprensión del lenguaje (de los fonemas a las palabras, de éstas a las frases, de éstas a las composiciones, de éstos a los textos completos). Pero pronto se observan iniciativas desde la antropología, la etnografía, la psicología, la sociología, la historia... Son muchos los aspectos relevantes en un discurso que competen a disciplinas que tradicionalmente han trabajado por separado.

Hoy en día, el análisis del discurso se encuentra en plena fase de expansión. No existe un paradigma dominante. Se trata de un campo de estudio que sigue cobrando forma con rapidez y que se aplica a todo tipo de contextos. Si bien coexiste una perspectiva muy lingüística, que pretende un análisis aséptico de los discursos, es muy habitual que los analistas se conciban como agentes de cambio, es decir, como personas que tienen la responsabilidad de denunciar los efectos de los discursos, de hacer explícitos sus componentes, de dar a conocer cómo nuestra construcción de la realidad está fuertemente mediatizada por los discursos que recibimos y habitualmente mantenemos y repetimos. Los discursos constituyen tal vez la herramienta más persuasiva para conseguir modelar actitudes, es decir, formas de pensar, sentir y actuar.

Teniendo el poder de dar forma y transmitir los discursos, se posee también la oportunidad de construir realidad.



El ser humano y la tecnología


El ser humano y la tecnología

“Hoy por hoy, las nuevas tecnologías son portadoras de un cierto tipo de accidente, y un accidente que ya no es local , o está puntualmente situado, como el naufragio del Titanic o el descarrilamiento de un tren, sino un accidente general, un accidente que afecta inmediatamente a la totalidad del mundo. Cuando se nos dice que la red Internet es de ámbito mundial, es claramente evidente. Pero el accidente de Internet, o el accidente de otras tecnologías de la misma naturaleza, es también la aparición de un accidente total, por no decir integral. Sin embargo, esta situación no admite comparación. Todavía no hemos conocido nunca, aparte quizá del crack bursátil, un accidente que afecte a todo el mundo al mismo tiempo.”

El cibermundo. La política de lo peor. Paul Virilio. 1997


El hombre occidental no se siente parte de la Naturaleza sino como una fuerza destinada a dominarla y conquistarla. La ilusión de poderes ilimitados, alimentada por los asombrosos adelantos científicos y técnicos, ha producido la ensoñación del crecimiento sin límites.

En el origen, la técnica no busca más que permitir la adaptación del hombre a un medio hostil. En un primer momento, se trata de asegurar la supervivencia, liberarse de los límites impuestos por la naturaleza, principalmente ligados al medio. Así, forzados en primer lugar a evolucionar como bípedos en la superficie de la tierra, los hombres se liberan de ese medio, al que parecían específicamente condenados, por medio de la invención de técnicas destinadas a dominar los demás elementos.

Fueron necesidades apremiantes las que movieron al hombre a tomar cosas que le fueron desviando de su naturaleza de mono desnudo absolutamente sostenible, además de su ingenio.

La incapacidad de nuestra especie para controlar su volumen de población y por ende, la incompetencia para evitar el agotamiento de los recursos básicos que la sustenta, el deterioro de la Naturaleza de la que forma parte y finalmente una aguda competencia entre los propios humanos, son pruebas de que el desarrollo tecnológico necesita de sistemas de producción cada vez más complejos que generan mayores necesidades de recursos en un camino sin retorno hacia el abismo.

¿Riqueza para todos en un mundo lleno?

 Ecologistas en Acción - Cambiar las gafas para mirar el mundo

En el Norte rico nos resistimos a transformar nuestro modo de vida y cambiarlo por un modelo de vida sencilla. La ambición y el deseo de acumulación individual muy por encima de las necesidades nunca fueron tan generalizadas ni gozaron de una valoración ética tan positiva como ahora.

Las acciones contra la pobreza que se ponen en marcha parten de un mito difícilmente sostenible: es posible aumentar la riqueza de las personas ahora pobres sin reducir la riqueza de quienes ya son ricos. Dicho de otra forma, desde las acciones más bienintencionadas se persigue el sueño de riqueza para todos y todas.

Curiosamente, las reflexiones sobre la pobreza no suelen vincularse a las reflexiones sobre la riqueza. Las medidas comparativas que se usan para delimitar sus umbrales no conducen en ningún caso a reflexiones interdependientes. Muchas personas, grupos e incluso administraciones locales con buena voluntad mantienen la pretensión, o al menos el deseo, de acabar con la pobreza pero sin intervenir, salvo excepciones sangrantes, en los niveles de riqueza.

La pobreza parece tener vida propia, al margen de su compañera la riqueza. En las interpretaciones al uso, ambas caminan por senderos separados, unidas únicamente por ser una punto de partida y la otra de llegada. Máxima accesibilidad a un máximo de bienes para el máximo de población, parece ser el sueño ingenuo de algunas pretensiones igualitarias. Sin límites. Ésta ha sido y sigue siendo la cínica promesa del desarrollo a pesar de las crecientes muestras de su inviabilidad.

La pobreza, entendida como un fenómeno aislado de la riqueza, requerirá en consecuencia soluciones independientes y localizadas, centradas normalmente en el aumento de ciertas rentas o el disfrute de determinados consumos. Quizá también en el acceso a la formación que supuestamente permita participar del mercado laboral. Los sistemas de protección social, desarrollados en diferente medida en los países ricos, han adoptado este enfoque y han pretendido paliar las carencias que en cada sociedad se consideraban más graves, sin intervenir en patrimonios o rentas altas, protegiendo las grandes fortunas y las grandes empresas con normativas y reducciones fiscales.

Pobreza es una palabra que no incluye la connotación de interdependencia. Es adecuada en un mundo en el que, en teoría, sólo cabe ir a más. No le ocurre así al término justicia o al término equidad, mucho menos presentes en las políticas sociales o en las declaraciones internacionales, en los libros de texto o en la prensa. Hablar de justicia supondría reconocer que lo que es carencia en un lado es opulencia o exceso en el contrario y nos enviaría a soluciones de limitación a quienes practican la acumulación indebida.

Desde este enfoque de igualar sólo hacia arriba, la lucha contra a pobreza ha adoptado estrategias de mínimos (salario mínimo, prestaciones básicas en servicios sociales, rentas mínimas, cobertura sanitaria, pensiones mínimas), con la pretensión de situar a toda la población del país o la comunidad por encima de la línea umbral de la pobreza.

En el caso de que esta pretensión de extender la riqueza de modo universal fuera honrada –y en muchos casos lo es–, adolecería de una enorme ingenuidad: la presunción de vivir en un mundo de recursos infinitos, con una tecnología omnipotente –sólo hay que esperar a que se invente algo– y cargado de buena voluntad, en el que todos los seres humanos podremos alcanzar niveles semejantes en los consumos que nos hacen felices. La revolución verde fue un ejemplo, entre muchos, del optimismo ingenuo de unos –de la codicia de otros– y del fracaso de su supuesto objetivo de reducir el hambre.

En un mundo lleno e interdependiente, en el que la capacidad de carga del planeta ha sido superada hace ya años, y en el que los recursos más elementales como el aire o el agua empiezan a escasear, no es admisible mantener esta ceguera.

Más por un lado significa menos por otro. La globalización ha permitido que los recursos se detraigan cada vez de territorios más lejanos y esta interdependencia pueda ser en parte invisible a las poblaciones depredadoras. Aún así, la superación de esos límites es cada vez más patente también en el Norte.

Desde un análisis ecologista y desde la consideración de un mundo limitado es irresponsable pretender un aumento de consumo generalizado en una parte del planeta, sin abordar una disminución de consumos en aquella capa de la población que extiende su huella ecológica mucho más allá de sus fronteras.

No es posible el control de la pobreza sin abordar el control de la riqueza, especialmente si hablamos del uso de recursos finitos. No es posible la eliminación de la miseria sin atajar drásticamente los altos niveles de consumo y propiedad de buena parte de la población del Norte y una pequeña parte de la del Sur, que pueden llamarse despilfarro o riqueza. La lucha contra la riqueza, entendida ésta como acumulación y despilfarro, es probablemente mucho más urgente y será más eficaz en la erradicación de la miseria que la pretendida lucha contra la pobreza.

Dicho de otro modo, es necesario sustituir las estrategias de mínimos por estrategias de máximos. Si hasta ahora se ha hablado de salario mínimo o de rentas mínimas, será necesario limitar la propiedad, hablar de rentas máximas o de consumos máximos. Consumo máximo de agua, de gasolina, emisiones máximas de CO2, producción máxima de residuos inorgánicos... Imaginemos unas políticas que asuman la limitación y definan estos umbrales superiores. No es fácil imaginarlas en un sistema económico que ve con horror cualquier regulación que dificulte la acumulación del capital, pero la pregunta ¿a cuánto tocamos? es especialmente pertinente y necesaria (aunque a algunos les parezca incómoda) en este momento de la historia.

Según pasan los años y en el contexto de reducción de bienes fondo de la biosfera en que nos encontramos, esta cifra se va reduciendo. Cada vez tocamos a menos y en algunos lugares devoramos más. Las cuentan no cuadran. Por eso, por precisión en la frontera, pero fácil de reconocer en la mayor parte de los casos–, todo consumo pasa a ser inmoral y socialmente indeseable.

Cierto que la reducción de la riqueza económica no asegura por sí misma la equidad en la distribución de los recursos, pero la hace posible, cosa que la riqueza incontrolada no permite. La tarea que sigue a ésta es la lucha por la suficiencia y la equidad.

Podemos pensar en dos vías para enfrentarnos a esta patología que es la riqueza y encaminarnos hacia un mundo más justo y libre de miseria: las luchas colectivas en defensa de la Tierra y la transformación de los modos de vida destructores de la sostenibilidad.

Recortes o decrecimiento

 José David Sacristán de Lama - Crónicas desde el Titanic
Bajo el látigo de los poderes fácticos (el tardocapitalismo neoliberal), llevamos tiempo sufriendo medidas económicas de recortes, que se justifican macroeconómicamente por la necesidad de depurar y sanear las cuentas del sistema: una parada estratégica del vehículo en el taller para que pueda seguir haciendo kilómetros. Estas políticas suscitan resistencias y críticas, no sólo por consideraciones sociales, sino también con argumentos puramente económicos: los recortes, el adelgazamiento de los costes salariales y de las prestaciones sociales, hunden el consumo y sofocan así una posible recuperación de la producción, originando un círculo vicioso depresivo del que sería difícil o imposible salir; la ambición termina volviéndose contra los ambiciosos. En consecuencia, y por el contrario, deberían llevarse a cabo políticas expansivas que estimularan el consumo para reactivar la economía. Parece muy razonable y desde luego es mucho más social… dentro de la lógica del sistema. Pero ¿es esto todo lo que se nos ocurre?

Me temo que así no se resuelve la contradicción interna, insalvable, en la que vuelvo a insistir desde estas páginas: si se reduce el consumo, el sistema no funciona, y si no se reduce el consumo, se agotan los recursos. Por cualquiera de las dos vías se acaba siempre en el mismo punto: colapso. Dentro del sistema no hay salvación.

En este asunto, si se me permite la redundancia, la única alternativa es ser “alternativos”. No es nada original. Son muchas las voces que llevan tiempo advirtiendo sobre ello y que ofrecen las recetas, aunque el ruido oficial no permite escucharlas con suficiente nitidez: no puede haber economía sana sin ecología; el fundamento económico no debe ser el lucro y el consumo compulsivo, sino la atención a las necesidades y el equilibrio con la naturaleza. Cuando, de la mano del sistema reinante, la población se ha disparado más allá del nivel que el propio sistema puede atender, por encima de los recursos que el sistema puede movilizar para alimentar de manera continuada una promesa de buena vida universal, no queda más remedio que limitar el consumo hasta el nivel de la sostenibilidad. Uno de los movimientos que ejemplifica esta idea, entre otros muchos que ponen el énfasis en uno u otro punto pero coinciden en sus líneas principales, es el denominado Decrecimiento, cuyas propuestas equiparan algunos a la política de recortes. ¿En qué quedamos? ¿Qué diferencia hay entre el Decrecimiento y la política de recortes que padecemos y que tanto criticamos?

Sólo desde la mala fe o la pereza intelectual se pueden asimilar ambas vías. La política neoliberal de recortes da preeminencia a la contabilidad macroeconomica sobre las personas y aprovecha la crisis para llevar a cabo la revolución conservadora a la que siempre han aspirado los poderosos, reduciendo salarios y evitando gastos sociales (ese enojoso estado del bienestar, tan antieconómico). Cuando los límites del crecimiento se hacen evidentes, cuando la trama piramidal del crecimiento se derrumba, tratan de salvar su chiringuito. Son los demás quienes deben sacrificarse, para no perder –e incluso aumentar– ellos su parte. La revolución conservadora es una huida suicida del sistema hacia adelante, con la promesa de una incierta recuperación y una vuelta al consumo compulsivo.  

Por su parte, el Decrecimiento se sitúa fuera del sistema, que juzga inviable, y propugna una economía de escala humana, al servicio de las personas en una coyuntura de superpoblación y de recursos limitados que no se pueden sobreexplotar sin hipotecar el futuro. En este marco, frente al actual modelo competitivo, promueve un mundo cooperativo y un sistema productivo que atienda las necesidades generales, repartiendo el trabajo y sus frutos, generando verdadero tiempo libre para el desarrollo personal, en vez de  paro. Se dirá que repartir la pobreza es menos gratificante que repartir la riqueza, pero lo cierto es que, en el sistema tardocapitalista, la riqueza siempre se concentra y nunca se reparte (los ricos nunca comparten más de lo indispensable) y se genera con unos peajes individuales y sociales (estrés, competitividad, desigualdad, paro, exclusión…) que no compensan los beneficios, que además se recortan cuando conviene.

La adaptación a los recursos disponibles supone, junto a otro modelo de producción, una limitación de los excesos y una contención del consumo, pero no tiene por qué significar una pérdida de calidad de vida. Además, los sacrificios pueden parecer poco atractivos como aspiración humana, pero no se trata de una meta final, sino de un paso obligado para salir del actual atolladero. Es obvio que ganarían todos aquellos que hoy están excluidos de los beneficios del sistema, pero también a los demás nos liberaría de las necesidades artificiales que no producen auténtico bienestar, que nos adocenan, que nos estresan y nos apartan de la vida. En su lugar, podríamos recuperar y degustar mejor los placeres sencillos, el cultivo de la amistad, el acercamiento a la naturaleza, el aprecio del conocimiento y de la belleza, de la vida sosegada y amable que predica el movimiento Slow (empezó con la comida –Slow Food– pero ya es una filosofía de vida); en fin, todas esas rarezas de las que la actual vorágine nos aparta, a las que se pone precio, que se encapsulan en los museos y reservan a las élites en  palacios de ópera.

Las propuestas voluntaristas o bienintencionadas de reactivación de la economía, incluso cuando critican el modelo inhumano de reforma macroeconómica, son meros intentos de salida del bache dentro del sistema. Podrían servir como receta coyuntural, como fórmula de transición, pero no resuelven el problema de fondo de la insostenibilidad; un problema tan grave que ni siquiera hay que contemplarlo a largo o medio plazo. Para atravesar el actual cuello de botella, es necesario ir poniendo ya, al mismo tiempo, las bases de un nuevo modelo económico. La izquierda no se ha sacudido todavía un cierto grado de incertidumbre y contradicción: asume superficialmente el discurso ecologista, pero no acaba de abandonar decididamente el campo de la economía clásica. Se diría que ha terminado por resignarse a ella y que su labor es humanizarla en la medida de lo posible, limando sus aristas, pero sin cuestionar ya sus bases. No acaban de interiorizar que es necesario refundar la vida humana sobre otros presupuestos e ideas, dar un salto y salirse de la actual vía, porque el camino ecologista se sitúa en otro plano y discurre por otro territorio.

Por supuesto, queda flotando una incógnita inquietante. Todo lo dicho puede estar bien, pero, ¿cómo se hace para cambiar de sistema? ¿Cómo nos bajamos del tren en trance de descarrilar y nos subimos a otro? ¿Cómo nos cambiamos de casa sin quedarnos mientras tanto a la intemperie? ¿Cómo hacerlo, cuando nuestro casero es muy poderoso y no quiere dejarnos salir? ¿Ha pasado ya el tiempo de las revoluciones? ¿Servirán las protestas y el activismo? ¿Se ablandará el casero cuando la amenaza de ruina dé paso a evidentes derrumbes? Y, entonces, ¿no será ya tarde? La inercia y la fuerza de los intereses son tan grandes que uno piensa si todo esto no será un mero desahogo. Piensen en el nombre de este blog: “Crónicas desde el Titánic”.


Brujería

Se estima que 500.000 personas fueron declaradas culpables de brujería y murieron quemadas en Europa entre los siglos XV y XVII. Sus crímenes: un pacto con el diablo; viajes por el aire hasta largas distancias montadas en escobas; reunión ilegal en aquelarres, adoración al diablo; besar al diablo bajo la cola; copulación con íncubos (diablos masculinos dotados de penes fríos como el hielo); copulación con súcubos (diablos femeninos). A menudo se agregaban otras acusaciones más mundanas: matar la vaca del vecino; provocar granizadas; destruir cosechas; robar y comer niños. Pero más de una bruja fue ejecutada sólo por el crimen de volar por el aire para asistir a un aquelarre.

Sugiero que la mejor manera de comprender la causa de la manía de las brujas es examinar sus resultados terrenales en lugar de sus intenciones celestiales. El resultado principal del sistema de caza de brujas (aparte de los cuerpos carbonizados) consistió en que los pobres llegaron a creer que eran víctimas de brujas y diablos en vez de príncipes y papas. ¿Hizo agua vuestro techo, abortó vuestra vaca, se secó vuestra avena, se agrió vuestro vino, tuvisteis dolores de cabeza, falleció vuestro hijo? La culpa era de un vecino, de ese que rompió vuestra cerca, os debía dinero o deseaba vuestra tierra, de un vecino convertido en bruja. ¿Aumentó el precio del pan, se elevaron los impuestos, disminuyeron los salarios, escaseaban los puestos de trabajo? Obra de las brujas. 

¿La peste y el hambre destruyen una tercera parte de los habitantes de cada aldea y ciudad? La audacia de las diabólicas e infernales brujas no conocía límites. La Iglesia y el Estado montaron una denodada campaña contra los enemigos fantasmas del pueblo. Las autoridades no regatearon esfuerzo alguno para combatir este mal, y tanto los ricos como los pobres podían dar las gracias por el tesón y el valor desplegados en la batalla.

El significado práctico de la manía de las brujas consistió, así, en desplazar la responsabilidad de la crisis de la sociedad medieval tardía desde la Iglesia y el Estado hacia demonios imaginarios con forma humana. Preocupadas por las actividades fantásticas de estos demonios, las masas depauperadas, alienadas, enloquecidas, atribuyeron sus males al desenfreno del Diablo en vez de a la corrupción del clero y la rapacidad de la nobleza. La Iglesia y el Estado no sólo se libraron de toda inculpación, sino que se convirtieron en elementos indispensables. El clero y la nobleza se presentaron como los grandes protectores de la humanidad frente a un enemigo omnipresente pero difícil de detectar. Aquí había, por fin, una buena razón para pagar diezmos y someterse al recaudador de impuestos. Servicios vitales que atañían directamente a la vida en este mundo y no a la de ultratumba se prestaban con ruido y furia, llama y humo. Los esfuerzos de las autoridades por hacer la vida algo más segura eran hechos palpables; se podía oír realmente los gritos de las brujas cuando bajaban al infierno.
Marvin Harris ‘Vacas, cerdos, guerras y brujas’

Por un nuevo sentido común decrecentista

Giorgos Kallis

En su artículo Lo que no Podemos, Antonio Turiel se refería al movimiento por el decrecimiento como "fracción minúscula del internet español, despreciable en su pequeñez". Probablemente, con esta expresión estaba siendo auto-sarcástico. Después de todo, 8800 personas habían compartido su artículo en Facebook, lo que significa que, al menos, se habría leido diez veces más. No parece que el tema del decrecimiento sea de interés minúsculo. En un sorprendente artículo de continuación, con el título de "Una tormenta en un vaso de agua", el dr. Turiel aclaraba que se refería a un "círculo muy, muy reducido de decrecentistas" que a él particularmente no le interesaba “como movimiento político".

El autor se equivoca. El interés por el decrecimiento está creciendo. En septiembre pasado, en Leipzig, tuvo lugar la IV Conferencia Internacional sobre Decrecimiento con más de tres mil participantes (entre otros Naomi Klein, Alberto Acosta y Michel Bauwens, así como más de quinientos científicos de todo el mundo, y un grupo vibrante de jóvenes estudiantes, activistas, representantes de partidos políticos y sindicatos, muchos de ellos, a la vez, científicos). Los participantes se reunieron en grupos de trabajo y asambleas y deliberaron seriamente sobre cómo sería una sociedad alternativa sin crecimiento. Una buena parte de estas ideas están recogidas en nuestro reciente Diccionario del decrecimiento, vocabulary.degrowth.org

El dr. Turiel escribe que "ni milita ni militará jamás en una opción decrecentista [porque a él no le] interesan los argumentos ideológicos, sólo los lógicos". El trabajo internacionalmente reconocido del dr. Turiel sobre el pico de petróleo y los límites de los recursos es una referencia para nosotros. Pero eso no nos dice nada sobre "lo que se debe hacer", y la ideología no se puede evitar en esta discusión. La nueva extrema derecha en Francia está utilizando el mismo argumento de los límites para cerrar las fronteras a los inmigrantes. Los defensores de la austeridad lo pueden utilizar para trasladar el coste a los pobres y asegurarse de que la riqueza menguante se mantenga acumulada en las élites. Los  decrecentistas, junto a Thomas Piketty, sostenemos que el final del crecimiento es la mejor razón para la redistribución de la riqueza.

Tal vez con la distinción entre lógica e ideología lo que el dr. Turiel expresa es que no desea que el crecimiento llegue a su fin: él predice que así será, aunque no lo desea. En primer lugar, las predicciones del autor acerca del pico del petróleo y la escasez de otras fuentes de energía, y de los materiales necesarios para la producción de energía renovable, en todo el planeta, oscilan entre el 2050 y el 2100. No existen pruebas de que estos límites ya estén perjudicando la economía española. Es verdad que un crecimiento del 2% anual lleva a duplicar la economía en solamente 35 años y tal vez resulta imposible mantener esa acumulación geométrica de capital. Y como muestra Thomas Piketty, el extraordinario período de alto crecimiento que siguió a la segunda guerra mundial es una excepción histórica, resultado de la destrucción causada por la guerra. Pero deberíamos tener cuidado en no repetir el error de la década de 1970 al apresurarse a anunciar el final del crecimiento. De hecho, ¿quién hubiese imaginado entonces el crecimiento de China, y que Occidente saldría por sí mismo de la recesión de los setenta con las burbujas financieras y de la construcción? Sin duda, el crecimiento infinito es imposible en un planeta finito, pero uno nunca puede estar seguro de que aquí y ahora es el momento del fin del crecimiento. Sin embargo, sí se puede estar muy seguro de que el crecimiento, con o sin nuevas burbujas, no es deseable.

Estar en contra del crecimiento resulta tan lógico y está tan empíricamente respaldado como lo está la existencia de límites al crecimiento. En primer lugar, el crecimiento continuo está trayendo el caos ambiental, sobre todo en términos de cambio climático. España tiene una enorme deuda ecológica y de carbono con el Sur Global y sólo ralentizando o revirtiendo su crecimiento será capaz de compensarlo.

En segundo lugar, el crecimiento utiliza materiales y recursos que están destruyendo los ecosistemas y las comunidades humanas en las fronteras de los recursos mundiales.
En tercer lugar, el crecimiento es intrínsecamente contrario a la democracia real y descentralizada. Si su puerto y su ciudad son una zona de tránsito a través de la cual pasan todas las materias primas y los turistas del mundo, va a ser muy poco lo que puedan controlar realmente sus círculos o las asambleas de su barrio.

En cuarto lugar, el bienestar no aumenta a partir de un cierto nivel de crecimiento y supone más costes sociales que los beneficios que reporta: tráfico, contaminación y problemas de salud. El crecimiento tampoco nos llegará a dar nunca lo suficiente. El PIB de España se ha multiplicado varias veces desde la década de 1960 y ha crecido con vigor desde la década de 1980, pero ya antes de la crisis tanto ricos como pobres consideraban que no era suficiente.

El crecimiento se ha vuelto anti-económico y destructivo. Sin embargo, se continuará persiguiendo siempre y cuando las élites que se benefician de él puedan trasladar sus costes al resto de los mortales y convencernos de que es eso lo que realmente necesitamos. El dilema, como Serge Latouche dijo, es "decrecimiento o barbarie". Como señaló, no hay posición más anti-capitalista que la del decrecimiento porque refuta no sólo los resultados, sino el propio espíritu del capitalismo. En la conferencia de Leipzig las críticas al crecimiento y al capitalismo concurrieron. Escapar del crecimiento significa escapar del capitalismo, aunque algunas experiencias del siglo XX nos enseñaron que escapar del capitalismo no significa escapar del crecimiento y de la destrucción de  la naturaleza. Se necesita un tipo diferente de política de izquierda, llamémosla eco-socialista u otra cosa, una política que se base en la premisa de que no queremos crecimiento, incluso si fuéramos capaces de tenerlo.

El dr. Turiel bromea diciendo que los "decrecentistas" son "gente de mal vivir" porque saben que el mundo está llegando a su fin. Sin embargo, los decrecentistas son, muy al contrario, los del “Buen Vivir”, llenos de energía con el fin de este crecimiento sin sentido: plantan jardines, cultivan alimentos, crean cooperativas, ocupan las plazas y participan en los movimientos políticos que quieren recuperar el Estado para el pueblo. Proyectos como el de la Cooperativa Integral Catalana construyen lentamente utopías de decrecimiento ahora. Los decrecentistas quieren cambiar las instituciones públicas para que todos tengan acceso garantizado a los servicios sociales básicos y disfruten de tiempo libre para sus proyectos autónomos. Este es un camino difícil, pero vale la pena perseguirlo.

El dr. Turiel tiene razón en que, por el momento, los decrecentistas somos una minoría, aunque no minúscula. Tampoco estamos seguros de que estemos tan lejos de la opinión pública como él sugiere. Sí, "la gente" quiere más cosas, y no les gusta que se les diga que van a tener menos, pero tal vez sólo en la medida en que ven que otros mantienen sus yates y sus mansiones mientras que las pensiones públicas se están recortando. Cuando toda la comunidad sufre un poco, nadie se siente peor, sólo aumenta la solidaridad. Es la extrema desigualdad del capitalismo la que hace que el decrecimiento sea difícil de aceptar por parte de los que tienen menos. Con la redistribución, el decrecimiento será posible. No pensamos que la gente no sabe y que debemos "educarlos". Lo que podemos hacer es ayudar a despertar los sentimientos comunes latentes que existen en el imaginario de la mayoría.

El sentido común dice que el crecimiento infinito no es posible en un planeta finito. El sentido común señala que lo que estaba ocurriendo con las viviendas y los préstamos antes de la crisis era una locura. El sentido común es que la búsqueda de más y más es a costa de la libertad de cada uno. Y el sentido común enseña que con solidaridad un mundo diferente es posible.

Diablillos nanotecnológicos

Jorge Riechmann

"Si la nanotecnología alcanza los objetivos expresados por sus proponentes, ese complejo de tecnologías nuevas cambiará el mundo más que cualquier otro avance tecnológico previo, incluyendo la biotecnología”. Razón de más para preguntarnos si las nanotecnologías pueden verdaderamente derrotar al principio de entropía, la ley más básica del universo al decir de muchos físicos (entre ellos Albert Einstein).

En mi opinión, se trata de una ilusión. Para ver por qué, podemos razonar analógicamente a partir de una figurilla familiar para los físicos: el diablo de Maxwell. En 1871, el renombrado físico J.C. Maxwell propuso una paradoja que parecía poner en cuestión la segunda ley de la termodinámica. Imaginemos un sistema que consta de dos recipientes, A y B, que contienen un gas a la misma temperatura, comunicados sólo por un orificio microscópico que horada la pared de separación. Apostado junto al agujero (tan pequeño que sólo deja pasar las moléculas de una en una: nanoescala, diríamos hoy) tenemos a un diablillo que separa las moléculas veloces (que son las moléculas calientes, ya que latemperatura es una medida del movimiento) de las lentas (frías), haciendo pasar las primeras al recipiente A, y las segundas al B. Al final, el sistema presentará una diferencia de temperatura, contradiciendo en apariencia la segunda ley.
¿Dónde está el error? Como señaló Nicholas Georgescu-Roegen, lo que sucede es que el diablillo de Maxwell, como toda criatura viviente, consumirá energía al separar las moléculas calientes de las frías, y por ello no se viola en realidad la segunda ley (es el gasto energético del diablillo el que explica la diferencia final de temperaturas entre A y B). Sólo suponiendo un diablillo inmaterial, una pura fuerza del espíritu, tendríamos una auténtica violación del principio de entropía: pero está claro que las puras fuerzas del espíritu podrían obrar no sólo este milagro, sino muchos otros... (Georgescu-Roegen añadía con sorna que “no hay que maravillarse de que muchas teorías sobre la renovabilidad ilimitada de los recursos materiales impliquen, fraudulentamente, un diablo dotado de facultades milagrosas”).

Pues bien: el diablillo de Maxwell no es sino un nanorrobot, y la razón por la que las nanotecnologías no podrán vencer el principio de entropía es la misma por la que la aparente paradoja de Maxwell al final no resulta paradójica. Sólo si los “nanorrobots” autorreplicantes fuesen mágicos seres inmateriales estaría en entredicho la segunda ley: pero está claro que de trata de máquinas –aunque invisibles— construidas con átomos de materia, y por tanto emplearán energía en todas sus nano-operaciones, energía que tendrá que venir de alguna parte. Seguirán sometidos a las leyes físicas, y en particular al principio de entropía: sólo podrán producir orden en un lugar a costa de causar desorden en otro lugar.

No cabe esperar, por tanto, que las nanotecnologías sean el Santo Grial destructor de los límites últimos que constriñen lo humano: una razón más para propugnar modestia, autocontención y aceptación de la finitud. Es sabido que humilde y humano comparten su etimología"
Jorge Riechmann . Gente que no quiere viajar a Marte