Modelos Alternativos de Desarrollo 2/4 – La Economía del Bien Común, la Teoría del Decrecimiento y el Slow Movement

 Juan Pérez Ventura  - El orden mundial en el siglo XXI

Como bien dice el pensador y escritor Jordi Pingem, “todo modelo económico depende de presupuestos filosóficos y culturales que guían implícitamente nuestros valores, decisiones y acciones”. Tras la grave crisis económica sufrida a partir del año 2008, parece que el modelo vigente ha perdido la fuerza de esos presupuestos que lo mantenían y le daban credibilidad, reforzando ideas como las del crecimiento ilimitado o la sociedad de consumo. Esos mitos han ido cayendo poco a poco, conforme caían bancos, gobiernos y familias. Por ello, el momento histórico actual requiere de una importante discusión sobre el modelo de desarrollo que queremos como sociedad.

Pero, sin embargo, este importante debate social no está teniendo lugar con la intensidad que debería. Según Jorge Riechmann, “el drama es que ya no tenemos mucho tiempo para evitar enormes peligros. Estamos en tiempo de descuento y eso es lo que mucha gente, sensible ante cuestiones de desigualdad social, democratización o lucha contra la corrupción, no acaba de asimilar. Ante la cuestión del abismo ecológico social son conscientes sectores aun muy minoritarios”. Es decir, la sensibilidad que existe para temas puramente sociales o económicos no se traslada a la temática medioambiental ni ecológica. Tampoco hay una reflexión profunda sobre el modelo de desarrollo vigente en las esferas ni espacios públicos.

Aun así, en la actualidad encontramos una serie de iniciativas de desarrollo alternativas a la corriente mainstream. En esta serie de artículos, vamos a centrar nuestro análisis sobre tres propuestas que intentan establecer modelos de desarrollo alternativos: la Economía del Bien Común, la Teoría del Decrecimiento y el Slow Movement. Estos tres planteamientos entienden el desarrollo de forma diferente a la concepción predominante, y coinciden en la necesidad de un cambio en las formas de hacer y también en la forma de pensar.

La Economía del Bien Común

En la economía real actual se mide el éxito económico con indicadores puramente monetarios. A nivel macroeconómico lo observamos con el uso del PIB y a nivel de empresa con el beneficio financiero. Cuanto más crezca el PIB o cuanto mayores sean los beneficios, más éxito económico está teniendo un país o una empresa.

Pero estos indicadores son incapaces de informar sobre otras cuestiones importantes. El PIB de un país no indica si su ciudadanía padece un conflicto bélico, vive en una dictadura o siente miedo, en vez de confianza, ante el futuro. Los balances financieros tienen la misma lógica estrictamente monetaria: no informan de si el éxito de la empresa ha sido a costa de trabajo infantil, de evadir impuestos, de devastar el medio ambiente, de discriminar a las mujeres, esclavizar a los trabajadores o de destruir empleo. Son cuestiones que no podemos conocer con los indicadores predominantes, y que no se tienen en cuenta en el modelo de desarrollo vigente.

Por la necesidad de introducir en el marco teórico y en las prácticas empresariales todos estos temas sociales y ambientales que han quedado fuera de las prioridades del modelo actual, la idea con la que nace la Economía del Bien Común es redefinir el concepto del éxito económico. Es la base conceptual sobre la que construir un nuevo modelo de desarrollo económico, basado en valores y prioridades distintas.

La Economía del Bien Común (EBC) persigue alcanzar una economía más ecológica, más social, de distribución más justa, más democrática… en definitiva, una economía que ponga en el centro al ser humano y su dignidad.

Christian Felber, un joven profesor de economía de la Universidad de Viena, ha sido el principal impulsor y teórico de la EBC. Desde el año 2008 ha impulsado distintos proyectos que plantean formas alternativas de entender la economía, como el desarrollo de la Banca Democrática. Su iniciativa más exitosa ha sido la Economía del Bien Común, puesta en práctica en el año 2010, cuando un grupo de empresas de varios países europeos comenzaron a participar activamente cumpliendo voluntariamente los requisitos del proyecto de economía del bien común. En la actualidad el modelo está especialmente implantado en Alemania, Austria y Suiza.

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Algunos de los principios de la Economía del Bien Común son los siguientes:

SOCIEDAD:
  • Valores – este modelo económico se basa en valores que aseguran el éxito de nuestras relaciones: confianza, aprecio, cooperación, solidaridad y voluntad de compartir
  • Nueva definición de éxito – el éxito económico de las empresas pasa a medirse con el Balance del Bien Común, en lugar de hacerlo con el balance financiero. Lo mismo ocurre a nivel macroeconómico.
  • Año sabático – Cada diez años trabajados se disfruta de un año sabático financiado por una renta básica temporal. Esto proporciona a la gente la posibilidad de cumplir sus sueños así como alivia el desempleo en un 10%.
  • Nuevo liderazgo – Ya no se buscan los directivos más despiadados, egoístas y “racionales” con los números sino personas competentes, con responsabilidad social y ecológica y empáticos.
  • Nuevo sistema educativo – La educación contendrá nuevos contenidos (educación emocional, ética, comunicacional, etc.) orientados a optimizar el bienestar de todas las personas.
POLÍTICA:
  • Cambio de marco legal – se establece un nuevo marco legal que en lugar de favorecer la búsqueda de beneficio y la competencia, incentiva la aportación al bien común y la cooperación
  • Mayor igualdad – Las desigualdades de ingresos y riqueza son limitadas mediante debate y por decisión democrática. Las herencias también son limitadas y su recaudación va a un fondo intergeneracional para que cada generación disponga del mismo capital inicial.
  • Commons – Las empresas públicas pasan a ser bienes comunales democráticos que garanticen servicios como la educación, la salud, los servicios sociales, la movilidad, la energía y la comunicación.
  • Democracia participativa – El pueblo soberano puede corregir a sus representantes, lanzar nuevas leyes, modificar la Constitución y controlar los sectores estratégicos.
  • Modelo abierto – Todos los principios de la Economía del Bien Común deben ser sometidos a un intenso debate democrático antes de ser convertidos en ley.
ECONOMÍA:
  • El beneficio pasa de fin a medio – se prohíbe el uso del excedente financiero para usos faltos de ética como inversiones en mercados financieros, adquisiciones hostiles, reparto a personas que no trabajan en la empresa o donaciones a partidos políticos.
  • Fin al crecimiento obligado – Las empresas pueden buscar su tamaño óptimo y se liberan de la obligación general de crecimiento y de adquirirse una a otras.
  • Colaboración empresarial – Como las empresas ya no quieren crecer más, la cooperación y solidaridad entre ellas se vuelve más fácil. La colaboración va en beneficio de la propia empresa (mejor Balance del Bien Común). El modelo se basa en la filosofía win-win.
  • Reducción de la jornada laboral – La jornada laboral se reducirá hasta el nivel deseado por la mayoría. Esto deja más tiempo para la vida personal y familiar y el trabajo comunitario o político.
  • Limitaciones de poder – Las empresas que por su tamaño puedan tener un poder político excesivo pasarán a ser controladas parcial y gradualmente por los empleados y la comunidad en general (no los gobiernos).
  • Banca democrática – La banca sirve como todas las empresas al bien común y, al igual que los bienes comunales democráticos es controlada por el pueblo soberano, no por el Estado.
  • Cooperación económica mundial – Se establece una moneda global para el intercambio internacional y una zona de comercio justo entre los países EBC para favorecer a las empresas que más aporten al bien común.
ECOLOGÍA:
  • La naturaleza es de todos – La naturaleza tiene valor propio y no puede serpropiedad privada. Se evita el acaparamiento de tierras y su traspaso queda supeditado a requisitos ecológicos y sociales.
  • Reducción de la huella ecológica – Se debe establecer una cota sostenible a nivel mundial para particulares, empresas y países. Algo imprescindible para respetar la dignidad de todo ser humano.

MÁS INFORMACIÓN: Página web oficial de la Economía del Bien Común en España

El artículo 151 de la Constitución de Bavaria dice explícitamente que “toda actividad económica sirve el bien común”, lo que indica que el concepto del “bien común” no es nada nuevo. En palabras del propio Christian Felber “lo nuevo es adaptar la economía real a las metas y los valores de las Constituciones”. Es decir, trasladar los valores de la sociedad a la economía, en vez de dejar que los valores de la economía se asimilen en la sociedad.

Este cambio de valores no debe descansar únicamente en la voluntad de los empresarios, sino que, según los defensores de la EBC, se debe legislar para conseguir ese cambio en las prácticas. Una nueva legislación en materia económica que consiga que las dos características del modelo de desarrollo vigente (el afán de lucro y la competencia) dejen de ser atractivas para los empresarios, y recompensar el éxito económico medido en otros términos, como la la contribución al bien común.

Matriz del bien común 4.1

La EBC tiene en el Balance del Bien Común su herramienta estratégica. El Balance del Bien Común mide el grado de cumplimiento que una empresa consigue en distintas dimensiones: la dignidad humana, la solidaridad, la justicia social, la sostenibilidad ecológica y la democracia participativa. Estos valores se analizan desde la perspectiva de distintos agentes económicos (proveedores, financiadores, empleados, productos, territorio…).

La evaluación de esos valores permitirá al consumidor escoger los productos. Los defensores de la EBC entienden que las empresas que se guíen por esos principios y valores deberían obtener ventajas legales que les permitan sobrevivir, y que las empresas que no cumplan los requisitos del Balance del Bien Común han de ver aumentados sus gravámenes. Además, confían en que, teniendo un precio similar, la ciudadanía desechará los productos de las empresas social y ecológicamente irresponsables, obligando así a las marcas a a buscar el éxito empresarial (según la nueva concepción de éxito) o a desaparecer. 

Entidades bancarias que apuestan por el bien común

Los valores de la Economía del Bien Común no sólo se aplican en empresas para que cambien sus modelos productivos, su relación con los trabajadores o su forma de llevar a cabo la estrategia empresarial, sino que también se han adoptado desde hace tiempo (desde antes incluso de que se fundara el movimiento de la EBC) en el sector bancario.

Desde la década de 1970 han aparecido entidades financieras que, desafiando al modo de operar predominante en la Banca, se han sumado a una serie de valores que han venido a conformar la conocida como ‘Banca ética’. Es un cambio en la mentalidad, pero sobretodo supone un cambio en las formas de actuar, principalmente a través del financiamiento.

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Los sectores susceptibles de ser financiados por estas entidades éticas son el medio ambiente (gestión de residuos, reciclado de materias primas…), la cooperación internacional, la animación sociocultural (educación, cultura, deporte…), el comercio justo, la eficiencia energética, el sistema de bienestar social (servicios socio-sanitarios, vivienda social, microcréditos…). Por otro lado, las actividades no financiables por la Banca Ética son todas aquellas relacionadas con la producción y comercialización de armas, explotación laboral infantil, mercantilización del sexo, juegos de azar, actividades relacionadas con regímenes que no respetan los derechos humanos, actividades que precisen de fuentes energéticas y de tecnología peligrosas para el ser humano y el medio ambiente… etc. Curiosamente son todo estas actividades las que mayor rentabilidad económica tienen, pero desde la perspectiva de la Economía del Bien Común y de la Banca Ética no se debe financiar este tipo de sectores.

CRÍTICAS: La Economía del Empobrecimiento Común (Juan Ramón Rallo, Mayo 2013)

La Teoría del Decrecimiento

En el año 2001, como respuesta al concepto desarrollo sostenible, los economistas Bruno Clémentin y Vincent Cheynet propusieron un nuevo concepto: decrecimiento sostenible. Estos dos autores consideraban al ‘desarrollo sostenible’ una idea peligrosa e irrealizable desde el punto de vista ambiental. El decrecimiento es una teoría de economía moral que se ha articulado desde el año 2004 gracias a la revista ‘La Décroisance’, elaborada por un grupo de autores franceses como Sophie Divry, Bruno Latour o los mencionados Clémentin y Cheynet. En palabras del filósofo catalán Ramón Alcoberro, “más que una teoría política o económica muy elaborada, lo que unía a este colectivo era su crítica a la economía del crecimiento y su oposición radical a una concepción de la actividad económica que valoraba la realidad únicamente en términos cuantitativos.” La idea del decrecimiento saltó al debate internacional a partir del año 2002, cuando tuvo lugar una reunión de la UNESCO que llevaba por título “Deshacer el desarrollo, rehacer el mundo”.

El decrecimiento nace de las teorías del economista Nicholas Georgescu-Roegen, que a mediados del S.XX ya adelantó que “cada vez que tocamos el capital natural, estamos hipotecando las posibilidades de supervivencia de nuestros descendientes”, y de la crítica al desarrollo y a la sociedad de consumo realizada por pensadores como Ivan Illich o André Gorz, una crítica en la que han profundizado economistas como Serge Latouche, el divulgador más activo del decrecimiento hoy en día.

Según la concepción clásica, es imposible el desarrollo sin el crecimiento. Como analizábamos en el primer artículo de esta serie, las definiciones más extendidas relacionan el desarrollo con el aumento, la ampliación o el crecimiento. De esta manera se da la irónica situación de que, según esta concepción del desarrollo, mediante un modelo de decrecimiento ninguna sociedad puede desarrollarse. Y eso no es verdad, pues, como veremos más adelante en esta serie de artículos, hay varios ejemplos de sociedades que se están desarrollando con este modelo.
Ante el mensaje predominante que relaciona el crecimiento con la reducción del paro, la disminución de las desigualdades o la protección del medio ambiente, el político ecologista francés Florent Marcellesi asegura que el crecimiento no es la solución, sino más bien el problema, ya que es un factor de crisis, una amenaza para el planeta y un obstáculo para el bienestar.
Sin embargo, ante este problema la solución no es decrecer, en el sentido exacto del término, la solución no es tener un crecimiento negativo, sino más bien acrecer. Los teóricos del decrecimiento no defienden que haya que ‘dar marcha atrás’ al crecimiento, sino que hay que detenerlo. Siguiendo las tesis que defendimos en la introducción de este trabajo, crecer no es necesariamente avanzar, por lo que decrecer no es retroceder.

Por ello, no hay que confundir ‘decrecimiento’ con ‘crecimiento negativo’. En palabras de Alcoberro, decrecer significa “asumir como criterio regulador en la vida económica las consecuencias del principio de entropía: no es posible crecer ilimitadamente en un sistema cerrado y que dispone de una cantidad de energía limitada”. De manera más pedagógica, el decrecimiento propone un círculo virtuoso de 8-R: reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar y reciclar.
Según el politólogo francés Paul Aries, el decrecimiento no significa austeridad, no significa poder hacer lo mismo con menos. Para Aries el decrecimiento es algo mucho más profundo, es plantear otra forma de vivir y de producir, ya que el decrecimiento es también una actitud, que intenta recordar que el ser humano es un animal ecodependiente e interdependiente. Esto quiere decir que, para desarrollarnos, dependemos del medio natural y también de las relaciones entre nosotros mismos. Para los defensores de este modelo, el decrecimiento no significa menos bienestar, sino que puede ser la solución precisamente para adquirir mayores niveles de calidad de vida.

El ambientalista Manel Rivero asegura que en poco más de 200 años la Humanidad se encontrará con una dicotomía energética, y la única solución será decrecer. Así pues, es un debate que necesariamente ha de abordar la comunidad internacional.
Esta necesidad de discutir sobre el decrecimiento se ha visto complacida por la intromisión al debate de críticos que proceden no necesariamente de la corriente económica predominante. Es el caso del reconocido profesor Vicenç Navarro, que ha aportado interesantes apuntes sobre el decrecimiento. Ha criticado a los defensores de este modelo por ser malthusianos, por ser inmovilistas, por ser apolíticos y por estar equivocados sobre la raíz del problema. Según Navarro, “el decrecimiento no es un concepto que pueda definirse sin conocer qué es lo que está creciendo o decreciendo. No es lo mismo, por ejemplo, crecer a base del consumo de energía no renovable, que crecer a base del consumo de energía renovable. Y no es lo mismo crecer produciendo armas que crecer produciendo los fármacos que curan el cáncer. El hecho de que haya una u otra forma de crecimiento es una variable política, es decir, depende de las relaciones de poder existentes en un país y de qué clases y grupos sociales controlan la producción y distribución de, por ejemplo, la energía.”

ARTÍCULO: Los errores de las tesis del decrecimiento económico (Vicenç Navarro, Febrero 2014)

La postura crítica de Vicenç Navarro ha sido contestada por autores defensores del decrecimiento, como Giorgios Kallis, coautor del libro Degrowth: a vocabulary for a New Era (2015), Florent Marcellesi, político ecologista francés, Jean Gadrey, economista francés, o el profesor Borja Barragué.

Algunos de estos autores criticaron inicialmente al profesor Navarro por basar el futuro de las pensiones en España en el aumento de la productividad y el crecimiento económico, olvidando completamente la crisis ecológica. Después, Navarro les contestó indirectamente, haciendo una crítica a los “malthusianos” y al “movimiento ecológico conservador, que considera que el crecimiento económico en sí es negativo”.

En una primera contestación referida a discusiones puramente teóricas, Kallis recuerda a Navarro que los decrecentistas no se inspiran en las tesis de Malthus, sino en los teóricos neo-malthusianos anarco-feministas de 1900, como Emma Goldman o Madeleine Pelletier. En el debate puramente sobre el decrecimiento, otros autores como Margarita Mediavilla, Emilio Menéndez o Pedro Nieto se sumaron a la contestación contra Vincenç Navarro haciendo hincapié en la importancia del lenguaje y del uso de conceptos como ‘recursos’ y ‘crecimiento económico’.
ARTÍCULO: Malentendiendo el significado de decrecimiento (Giorgios Kallis, Diciembre 2014)

Giorgios Kallis también rechaza la idea de Navarro de que “ser anti-crecimiento es una actitud inmovilista que perjudicará a los más débiles de la sociedad”, reivindicando que “la movilidad social no es una cuestión de recursos totales, sino de acceso relativo a los bienes comunes, a las infraestructuras públicas, a la educación y a la creatividad” y que “nada de eso requiere crecimiento económico per se”. Kallis incluso se aventura a lanzar una pregunta hacia su ‘adversario’ teórico: “Si todavía hay necesidad de “producir más”, Navarro debería decirnos entonces cuánto será suficiente, finalmente, para satisfacer las necesidades democráticas que él tiene en mente”.

Sin embargo la opinión de Vicenç Navarro es interesante porque plantea que el problema del crecimiento o del no crecimiento no es un problema económico, sino político. Según Navarro, el punto clave radica en quién controla tal crecimiento, y pone de ejemplo el hecho de que las fuentes de energía han ido variando históricamente, y ello no ha sido resultado de cambios tecnológicos (como se suele explicar), sino principalmente por cambios políticos. En su opinión, utilizar una forma u otra de energía es un proceso determinado políticamente.

En opinión de varios autores, para convertirse en una alternativa viable de desarrollo sostenible, el decrecimiento debe ser definido con mayor claridad y sus implicaciones en el empleo deben considerarse con mucho detenimiento. 

MÁS INFORMACIÓN: Decrecimiento sostenible, ¿una alternativa al desarrollo sostenible?

El Slow Movement

El movimiento Slow comenzó en Italia a finales de los años ochenta. El periodista Carlo Petrini se escandalizó cuando vio la apertura de un famoso establecimiento de comida rápida en la Plaza de España, en el corazón histórico de Roma. Era el año 1986 y aquella imagen supuso un shock para Petrini, que entendió que la americanización de la vieja Europa avanzaba sin obstáculo alguno. En ese momento, Petrini pensó que había que actuar frente a la implantación de los hábitos alimentarios que llegaban desde Estados Unidos, basados en una cultura de la fast food, y fundó la iniciativa de la ‘Slow Food’.

La Slow Food pretendía ser una contestación ante la globalización homogeneizadora, la destrucción de los hábitos alimentarios tradicionales y la ocupación por grandes empresas de los espacios más emblemáticos de las ciudades. Además, se intentaba combatir la corriente social predominante, que intentaba imitar el tempo vital marcado por la cultura estadounidense, un ritmo de vida acelerado.
La idea de la Slow Food era sencilla: proteger los productos autóctonos, estacionales y frescos, frente al acoso de la comida rápida imperecedera. En definitiva, defender los productos locales, siempre desde prácticas sostenibles, a través del culto a la diversidad, alertando de los peligros de la explotación intensiva de la tierra.

Tras Slow Food, fueron apareciendo nuevas aplicaciones de la “filosofía slow” a otras dimensiones como la salud, el trabajo, la educación o el ocio que acabarían por conformar las áreas de influencia del movimiento Slow.

En el caso del Slow Movement, si bien lo consideramos un modelo de desarrollo, podría definirse mejor como una filosofía de vida, lo cual también es un modelo de vida, ya que de la teoría filosófica se pasa a la práctica. Este modelo se basa en una serie de valores planteados en el libro Elogio de la lentitud, escrito en 2004 por Carl Honoré y que ha servido para difundir las ideas del movimiento lento en el S.XXI.

El propio Honoré explica la batalla ideológica y dialéctica a la que se enfrentan los defensores del Slow Movement en la sociedad actual: “La prisa genera una excitación química en el cuerpo, es como una droga. Somos adictos a la velocidad, a la hiperestimulación… y hemos creado un tabú en la sociedad contra la lentitud. Lento es una palabra peyorativa”.

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Pero si bien la mentalidad y el ritmo de la vida que ha traído la globalización liderada por la cultura estadounidense tienen en la velocidad su máxima expresión, la lentitud no significa necesariamente un fracaso o un menor crecimiento. La filosofía Slow defiende la calidad de vida en su sentido más amplio y pone por delante las necesidades de los seres humanos a través de un desarrollo económico respetuoso con los ritmos del hombre y la naturaleza. Y este modelo puede ser productivo y rentable en términos económicos.

Los objetivos del movimiento lento son ralentizar y calmar las hoy tan agitadas actividades humanas y que las personas tomen control de su tiempo. Es un movimiento con un ideario de carácter comunalista que revindica la recuperación de los espacios públicos, la revalorización de los grupos pequeños a escala humana, cierto nivel de autosuficiencia local… Aunque, como hemos dicho, es un movimiento extendido a muchos ámbitos de la vida, su origen alimentario tiene un enorme peso en las actitudes cotidianas de sus seguidores: comer productos obtenidos lo más cerca posible, utilizar productos no contaminados ni transgénicos, comer en torno a una mesa y sin encender la televisión, conversando con amigos… toda una filosofía de vida que se basa en ser selectivos a la hora de actuar y ser conscientes de cómo empleamos nuestro tiempo.

MÁS INFORMACIÓN: El movimiento lento en su contexto socioeconómico

Los defensores del Slow Movement se enfrentan a una serie de características del modelo vigente que, en su opinión, son negativas, como la división del trabajo, la concentración procedente de las crecientes economías de escala, el abandono de las formas tradicionales de convivir y producir, la mecanización, la dependencia de los agroquímicos, la destrucción del tejido urbano de pequeña escala… Sin embargo, pese a su planteamiento crítico, el Slow Movement no rompe con la lógica del modelo de desarrollo capitalista.

En definitiva, la filosofía slow consiste en hacer las cosas con calma y calidad, y tiene como objetivo conseguir un mundo menos superficial, más solidario y más sostenible. Lejos de ser un planteamiento utópico, hoy en día el Slow Movement tiene presencia en 185 países. 

VUELVE A LEER LA SERIE ‘Modelos Alternativos de Desarrollo’ COMPLETA:

Artículo 1: Definición de Desarrollo y críticas al modelo de desarrollo vigente
Artículo 2: La Economía del Bien Común, el Decrecimiento y el Movimiento Slow
Artículo 3: Aplicación de los modelos alternativos
Artículo 4: Análisis de resultados de los modelos alternativos
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Esta serie de artículos está extraída del trabajo ‘Modelos Alternativos de Desarrollo: la necesaria respuesta a un modelo insostenible’ (Juan Pérez Ventura, 2015)

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