Los límites del conocimiento tecno-optimista (Sobre los delirios tecnófilos de algun*s)

Henrique P. Lijó - http://www.15-15-15.org/webzine/es/

El esfuerzo en divulgación que se lleva acabo desde hace décadas sobre los límites del crecimiento y los riesgos que entraña el desarrollismo puede presumir de fundamentación teórica y argumentación científica. Haciendo un repaso por los contenidos expuestos a partir del Programa Biológico de 1964 que ya entendía el funcionamiento de los ecosistemas como un todo, hasta los actuales postulados decrecentistas, el cálculo del nuestro índice de huella ecológica, el declive de la energía neta etc, podemos encontrar un inmenso trabajo y esfuerzo que se ha hecho gracias al empeño de unas pocas personas contra viento y marea, y que ahora, poco a poco va dando sus frutos.


Ilustración: Ariadna Villate Jiménez

Ilustración: Ariadna Villate Jiménez

Lamentablemente el debate que se viene desarrollando en los últimos tiempos por motivo de la reacción que ha provocado el reconocimiento de los límites del crecimiento como un problema de consecuencias catastróficas no parece tener los mismos fundamentos. Muy al contrario, los ataques que se dirigen contra el decrecimento en no pocas ocasiones demuestran tener un carácter claramente sesgado y simplista, cuando no simplemente desatienden los principios más básicos del decrecimiento, tal como es el caso de la diferencia entre energía y exergía. Y ya no hablemos de la desatención que parte de los economistas y otr*s cintífic*s sociales prestan a términos como Tasa de Retorno Energético, o teorías como la Paradoja de Jevons.

Tales reticencias hacia la noción de los límites que nuestro entorno natural nos impone tienen causas que pueden ser bien explicadas desde la Antropología. En realidad l*s occidentales no hemos dejado nunca de ser creyentes, nuestras convicciones anticlericales actúan por sustitución, pues como bien sabemos, todas las sociedades poseen valores incuestionables labrados tras el paso de los años. Su función es la de mantener unida a la sociedad en una serie de creencias con las que todos los individuos pertenecientes a la misma se sienten identificados. Éstas cohesionan a las sociedades, haciéndolas proclives a la afirmación de una serie de instituciones y normas evaluadas como necesarias y benefactoras. Cada Revolución que se precie supone el advenimiento, o por lo menos el temblor, de estos principios.

“No veo a ningún Dios por aquí arriba”
Yuri Gagarin
El desarrollo de la técnica experimentado por nuestras sociedades en los último dos siglos ha supuesto verdaderamente una revolución de proporciones inabarcables. La ciencia y la tecnología se han convertido en el rasgo cultural más sobresaliente de Occidente: grosso modo, nuestra verdadera singularidad definitoria, nuestros valores “divinos”. Poc*s occidentales afirmarían hoy que existen modelos de conocimiento superiores a la ciencia, o fórmulas más eficientes de trabajo que la tecnología moderna. La cita del cosmonauta Yuri Gagarín lo expresa muy bien. La ciencia y la tecnología han pasado a ocupar el lugar que los dioses ocupaban antaño, hasta el punto de conseguir poner al hombre (en su dimensión masculina, blanca, occidental) a la altura de los dioses, y constatar su inexistencia. Lo han hecho por medio de una multiplicación de la eficiencia y la abundancia, y en contra de los principios de ascetismo y sobriedad de pasadas épocas.

Tal ha sido el empuje de esta perspectiva que incluso las ciencias sociales han acusado el abrumador desarrollo de los últimos dos siglos; ejemplo de ello son las teorías evolucionistas y teleológicas tan cuestionadas y desacreditadas, y sin embargo tan presentes aún hoy, cuando ya ha pasado más de un siglo de su elaboración. Por resumir y no enfrascarnos en este punto, diremos que, a grandes rasgos, estas teorías arguyen que la historia de la humanidad es un eterno progreso hacia un estadio de plenitud del ser humano que llegará tarde o temprano. Este es sin duda el principio más incómodo de los autores de la Ilustración para el decrecimiento. Con esto nace en el pensamiento moderno la idea de progreso como una dinámica involuntaria del ser, e independiente de su contexto cultural. 

No han sido pocas las ocasiones en las que se ha demostrado el firme carácter etnocéntrico de esta afirmación e incluso autores como Diamond (“Colapso: Por qué unas sociedades perduran y otras no”. Aunque podríamos extendernos muchos caracteres poniendo citas sobre esto), haciendo un repaso histórico muy completo y riguroso de las sociedades que colapsaron en el pasado, explica varios modelos de colapso constatando el error de esta perspectiva. Y es que, en realidad, la capacidad de progreso está condicionada por el entorno natural en la que las diferentes culturas se dan (como bien apunta el antropólogo Julian Steward), y por su capacidad de extracción, acumulación y gestión de energía (Leslie White aporta una interpretación termodinámica de la evolución de las sociedades), y aunque podamos acortar distancias y reducir el tiempo para huír de nuestros límites, éstos no desaparecen, muy al contrario, se acercan aún más rápido. El desarrollo de Occidente no está atado a ninguna ley universal que mueva la historia hacia un continuo avance; este parece ser el límite cognoscitivo de l*s abonad*s al tecno-optimismo, que se llevarán una sorpresa si algún día deciden hacer un repaso por algunas de las civilizaciones que en su día colapsaron.

En el decrecimiento podemos encontrar dos modelos de crítica a este presupuesto. Por un lado su contradición técnica, que simplificaremos en la frase: “No es posible el crecimiento infinito en un planeta finito”. Por el otro, la contradicción humanística y social: “El crecimiento se ha llevado a cabo por medio de la homogeneización y la deshumanización de las sociedades, supeditadas hoy a los aspectos económicos de las mismas”. Ambas perspectivas son necesarias para plantearnos nuestro futuro. La primera nos avisa de que las nuestras, deben ser sociedades con límites. La segunda, de que estos límites no pueden valer de fundamento de la desigualdad política, sino de oportunidad para poner en valor la diversidad cultural y la humanización de las relaciones socio-económicas.

Las alternativas tecno-optimistas al descenso energético se revelan como poco probables técnicamente, al tiempo que inciden en la comprensión de la historia como una variable cuya progresión es siempre positiva en términos materiales, ignorando que lo que ahora llamamos progreso es (o tal vez era), en buena medida, simplemente abundancia. Los principales escollos al decrecimiento los encontramos aquí, pues explicitar que la historia de las sociedades no será un constante progreso cuantitativo, en sí, es ya una proclama revolucionaria que cuestiona los principios de nuestras sociedades. La labor del decrecimiento se torna una cuesta arriba, no por su falta de argumentación, si no por la ferviente apuesta que desde derechas e izquierdas se hace en el progreso material, la mayoría de las veces con las mejores intenciones, sin duda.

Hoy encontramos enormes reticencias en los planteamientos económicos que se elaboran, y que inciden en la necesidad de plantear estrategias redistributivas. No se me pasa por la cabeza cuestionar la necesidad de redistribuir la riqueza, por supuesto. La desigualdad económica es un hecho que hace a nuestra sociedad más proclive y desarmada frente al colapso, valga como ejemplo la situación actual. Pero esta redistribución no puede fundarse sobre la condición del crecimiento o sobre la figura de Estados que están destinados a simplificarse o a dejar paso a formas de gestión más cercanas a la población.

Como siempre, quizás estemos pidiendo demasiado si tenemos en cuenta que al decrecimiento le queda mucha pedagogía por hacer, y que para la mayoría de la población su necesidad inmediata es llegar a fin de mes. En este sentido, quizás debieramos dejar claro que tampoco somos ajenos a las contradiciones de clase, y que la alternativa del decrecimiento pasa por hacer de la economía una institución supeditada a las necesidades de la mayoría social, pasa por humanizar la economía, pero no en forma de subsidios o concesiones que están condenadas a disminuir conforme los balances de energía neta declinen, si no en forma de reparto del trabajo y democratización de la economía. Para esto necesitamos una nueva idea de progreso, un progreso más cualitativo que cuantitativo, que nos enseñe a disfrutar del tiempo en lugar de acortarlo.

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