Fascistización, neofeudalismo, ecoautoritarismo…

La versión original de este texto, “Un perigo moi real”, forma parte de la Guía para o descenso enerxético (pp. 169-173) publicada en diciembre de 2013 por la Asociación Véspera de Nada por unha Galiza sen petróleo. Ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero y Manuel Casal Lodeiro. Publicado anteriormente en el blog de Civallero & Plaza.

Carlos Calvo Varela
Carlos Calvo Varela

Un peligro muy real

Consideramos nuestro deber advertir de que no todo va a ser un camino de rosas en la transformación social que queremos impulsar a nuestro alrededor, desde lo más cercano a nosotros hasta alcanzar el conjunto del país, ni está asegurado que acabemos en un mundo mejor como el que quisimos ayudar a entrever ya desde el comienzo de esta Guía [para o descenso enerxético]. Además de las amenazas que todavía nos pueden llegar del exterior en forma de nuevas formas de colonialismo extractivista para apropiarse de nuestras fuentes energéticas, o de conflictos internacionales por los recursos, que seguramente nos van a afectar de una manera directa o indirecta —como consecuencia de la tremenda falta de equidad existente en el acceso y uso de esas fuentes energéticas entre unos países y otros—, existe un riesgo muy importante dentro de nuestras propias comunidades. Ese peligro es el de una deriva hacia una fascistización, por llamarlo de una manera quizás no muy rigurosa pero sí suficienteme clara.

Diversos autores llevan tiempo advirtiendo de que, a raíz de la situación de escasez a la que nos estamos empezando a enfrentar —y que no va a hacer más que agravarse de manera acelerada en los años venideros—, se van a producir no solo conatos golpistas de tipo preventivo (vid. por ejemplo Arrastia, 2011; Artal, 2010), sino también un movimiento de parte de la población hacia posiciones extremistas y a favor de soluciones autoritarias. Mucha gente –nos dicen estos autores basándose en experiencias históricas como la del auge del nazismo o el fascismo en la Europa posterior a la Gran Depresión– preferirá apoyar a supuestos salvadores y sacrificar su libertad —y por supuesto también la de los demás— antes que perder una supuesta seguridad del nivel de vida actual o a cambio de la promesa de volver a la prosperidad de antaño. Una cantinela que seguro que suena conocida: seguridad a cambio de libertad. El sueño de demasiada gente, ya en este momento pero todavía más a medida que pasen los años, va a ser recuperar esa seguridad, es decir, volver a lo de antes. Y esto puede intentar conseguirse a costa de los otros —otras clases sociales, otros países, otras razas—, es lo que Richard Heinberg (2004, 55-85) denomina la estrategia de Hasta que solo quede uno en pie, o como dice Doldán (2012): “Todo aumento de la demanda energética en una parte del planeta de aquí en adelante se hará a costa de una obligada reducción en otra parte y, en todo caso, a precios mucho más elevados”. Jorge Riechmann explica claramente que la disyuntiva que tenemos delante es “solucionar la crisis con un programa quizá arduo, pero de base igualitaria y humanista”, o la barbarie de tipo hitleriano en la que las elites pretendan salvar sus privilegios y su nivel de vida, con el apoyo de buena parte de la población, y a costa de la dominación, sacrificio y exterminio de otros seres humanos (Riechmann 2009, 44).

Quizá la pregunta política de fondo, en nuestro tiempo, sea: ¿preferirán las sociedades ricas convertirse en nazis antes que renunciar a una parcela del sobreconsumo que identifican con la “calidad de vida”?

El exterminio masivo como vía para la salvación del sistema actual ya fue señalado por Susan George en su Informe Lugano (2001), una obra de anticipación política que cobra mayor relevancia a la luz del agotamiento energético.

Las situaciones de crecimiento generalizado —la famosa torta que crece— son proclives a la extensión de una fuerte reciprocidad y la ayuda mutua con muchas personas, incluso fuera de nuestro grupo o tribu. Pero en situaciones de torta menguante, lo que aumenta es la posibilidad de reciprocidad limitada, de la xenofobia e incluso —en casos extremos— del genocidio (Mills, 2008). 

Cuando Heinberg (2004, 110) nos habla del caso cubano como ejemplo de cómo un país puede sobrevivir satisfactoriamente a un colapso económico también nos muestra ejemplos de lo contrario —por desgracia más numerosos a lo largo de la historia reciente—, en los que el resultado fue el colapso social, la desintegración cultural, el aumento del autoritarismo y la violencia interna. Otro término corriente en los autores que tratan de entrever cómo será el futuro tras el colapso industrial-capitalista es el de neofeudalismo. El hecho de tener que vivir forzosamente anclados en lo local y un contexto de escasez generalizada y probable caos en muchos niveles de una sociedad poco preparada, puede derivar por lógica en el surgimiento de poderes autoritarios locales, en la forma de caciques armados, nuevos señores feudales, quizá no muy lejos de lo vislumbrado (¡una vez más!) por Darío Xohán Cabana (1994, 59) en O cervo na torre y de lo que sucedió con la caída de Roma, que nos describía así Joseph Tainter (1988):

(…) los ricos abandonaron las ciudades para establecer propiedades rurales autosuficientes [las villæ]. Finalmente, para huir de los impuestos, los campesinos entraron voluntariamente en relaciones feudales con estos terratenientes. (…)
Para evitar que avancen este tipo de posiciones que favorecen un autoritarismo neofeudal o estatal-totalitario, que probablemente vamos a percibir cada vez más a nuestro alrededor —incluso dentro de nuestras familias y grupos de vecinos, incluso entre gente que en una situación de bienestar generalizado se autodefinía de izquierdas—, podemos actuar siguiendo una estrategia múltiple:

  • Combatir a nivel político esos momentos, denunciándolos activamente y contribuyendo a cortarlos de raíz cuando comiencen a surgir. Será una lucha difícil pues el capitalismo moribundo va a intentar apoyarse en ellos cada vez con más intensidad a medida que los sistemas que llamamos democracias vayan dejando de serles útiles para mantener el status quo (Galiza Ano Cero, 2013). Riechmann (2009) habla de la necesidad de una cultura de crisis en los sectores sociales comprometidos.
  • Contribuir a que la sociedad comprenda la realidad de la situación: que no es posible volver a la abundancia de otros tiempos, por mucho que nos lo prometa algún salvapatrias.
  • Ayudar a la gente a comprender que el problema no son (solo, o principalmente) los políticos, que lo que tenemos delante es una crisis de la propia civilización. Por desgracia, ya comenzamos a escuchar a nuestro alrededor, cada vez más abiertamente, aquello de “¡Franco, vuelve y acaba con los políticos!” o “Aquí lo que hace falta es otro Franco”. Si quien esto dice comprendiese que el problema va mucho más allá de la corrupción más o menos generalizada o de la falsa democracia que tenemos, sería menos proclive a buscar caudillos que aplicasen supuestas soluciones drásticas y violentas. También sería útil explicarles, por supuesto, quién fue Franco, qué objetivos buscaba y contra quién los impuso. Unas oportunas lecciones de historia no nos vendrán mal como país —tal vez incluso más a propósito que nunca— en este periodo de descenso civilizatorio. Recuperemos también la memoria de lo que significó el totalitarismo para Galicia y para España.
  • Combatir también a aquellos que, conscientes del cortoplacismo y defectos del actual sistema parlamentario, además de su ineficacia para abordar los graves y urgente problemas civilizatorios (Peak Oil y cambio climático, principalmente) abogan por una especie de dictadura ecológica o ecoautoritarismo. Lamentablemente, hay intelectuales que están reclamando cada vez más abiertamente actuaciones en esa línea, lo cual puede resultar muy peligroso sumado a los otros movimientos prototalitaristas.
  • Explicar que la alternativa es construir nosotros mismos otra sociedad, que tenemos la capacidad y que es preciso hacerlo desde la base, desde lo local, y que nadie nos va a venir a salvar desde el gobierno, sobre todo si estos son escasa o nulamente democráticos. Difundir la visión de una Galicia diferente después del petróleo, resiliente, libre, comunal y en paz con las generaciones venideras.
Ojalá esta Guía aporte algo útil para esta necesaria protección de la sociedad ante los falsos salvadores que pretendan “proteger modos de vida de alto consumo energético con un alto nivel de armamento” o, dicho de otro modo, “vender nuestras almas a cambio de gasolina” (Murphy 2008, 33 y 53).

Antes de concluir este apartado, también consideramos necesario llamar la atención sobre otro peligro, diferente pero no totalmente ajeno al que acabamos de comentar: el de la opción migratoria de huída. Se trata de un proceso normal y lógico que tiene lugar cuando llega el colapso a una zona, y parte de la población opta por migrar a otra que esté —gracias a la asimetría inherente al declive energético-civilizatorio— en una etapa más moderada del proceso de colapso (Odum & Odum 2001, 86), es decir, donde las cosas no estén todavía tan mal. Aquí la palabra clave es todavía. Será muy distinto el caso de quien opte por migrar de una ciudad gallega a una villa del interior o a una aldea, de quien elija como destino de salvación otra zona del estado español o incluso otro país, como podría ser alguno de los países ricos del norte de Europa o los Estados Unidos. En el primer caso se está buscando una opción sólida de futuro, por todo lo que venimos explicando; y, en el segundo, se trata de una huída hacia delante a un lugar todavía más industrializado que podrá tardar más en sufrir lo que ahora sucede en Galicia, pero que cuando tenga que descender, tendrá que hacerlo desde mucho más arriba. Además —y aquí es donde está la cuestión que tiene que ver con el peligro anterior— en esa sociedad no dejará de ser una persona inmigrante sometida muy probablemente a procesos de conflicto social crecientes con buenas dosis de xenofobia. Aquellas personas que a causa de la situación económica se vean arrastradas a la emigración, deben saber que esta salida puede acabar por convertirse en una falsa solución ya que, cuando en el lugar de destino se dejen notar más claramente los efectos del Cenit del Petróleo evidenciando la inviabilidad de seguir manteniendo el modelo de vida industrial-consumista, el retorno entonces puede resultar más complicado y el descenso energético personal más abrupto. Estaríamos recorriendo un camino contrario a lo que pensamos que se debe hacer.

Referencias


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