En el anzuelo, decrecimiento y renta básica

Antón Dké - El blog de Nanín






 

El hecho de que la mayoría popular se mantenga «serena» y actúe con «civismo» indica que la crisis en cierta manera se ha encarrilado, ha pasado a ser parte del orden”.


El "demofascismo" se caracteriza por la subrepción progresiva (invisibilización, ocultamiento) de todas las tecnologías de dominio, de todos los mecanismos coactivos, de todas las posiciones de poder y de autoridad. Tiende a reducir al máximo el aparato de represión física, y a confiar casi por completo en las estrategias psíquicas (simbólicas) de dominación...Su ideal se define así: "convertir a cada hombre en un policía de sí mismo". 



Partiendo de la utopía de la abundancia
Ya existe una forma perversa de abundancia, hay quienes viven en ella muy bien acomodados. Pero sucede que su abundancia es responsable de la escasez universal, es ilegítima y delictiva desde todos los puntos de vista, porque tiene su origen en la apropiación de lo común (la Tierra y el Conocimiento), porque conduce inevitablemente a la fragmentación y al enfrentamiento social, a la ineficiencia económica y al agotamiento de los recursos naturales. Es una abundancia ficticia y excluyente, que impide todo intento de comunidad, que nos aleja de la abundancia natural que sólo brota de la comunidad...y, más aún, que destruye al individuo al que dice beneficiar, porque reduce la existencia humana a una vida económica y domesticada, carente de la más elemental forma de libertad, que es la de conciencia. Así, el modelo capitalista de abundancia acaba no beneficiando a nadie, ni siquiera a quienes creen disfrutarlo mientras empobrecen su existencia con la pérdida del más humano de los sentidos, que es el de comunidad.
Huelga toda justificación teórica, moral o filosófica, nos sobra con nuestra propia experiencia personal y cotidiana. Basta con acudir al conocimiento de la historia para ratificar la dimensión universal de esta barbarie. 

A la vista de sus efectos genocidas, del empleo de la emigración masiva y de la guerra como sistema de perpetuar ese modelo de abundancia, creo que se quedaba corto el príncipe anarquista Proudhon cuando calificaba como “robo” la propiedad privada de la abundancia. Mejor deberíamos calificarla de auténtico terrorismo, de verdadero atentado contra la humanidad. 

Obligadas a vivir en estado permanente de escasez, no deja de ser un sarcasmo que las víctimas de la abundancia sean, además, sometidas a educación, que encima se las prepare y convoque a la esperanza en la utopía capitalista de la propiedad y la abundancia. Las masas desposeídas, asalariadas, consumidoras y contribuyentes, bien amaestradas en la ideología de la resignación, son para ello acostumbradas al estado natural de “escasez” en la que transcurren sus vidas, dispuestas a un acceso sacrificado y meritorio al reino de la abundancia. Identificada con el consumo, no es de extrañar el carácter religioso de éste, como perfecto sucedáneo del antiguo cielo cristiano, ahora al alcance de la mano: basta conseguir un crédito, ya no es necesario posponer al más allá el cielo de la abundancia. Tal es la fuerza de la fe capitalista, la que justifica su patológico triunfo, su ecuménica y hegemónica universalidad. 

Si prestáramos mayor interés al conocimiento de la historia, entenderíamos que la abundancia real siempre fue consecuencia de la vida en comunidad, que cuando hemos vivido en comunidad la abundancia surge como algo natural; lo sabríamos también si repasáramos nuestra propia experiencia individual, comprobaríamos que la abundancia sucede expontáneamente cuando nos juntamos como iguales para compartir en común. 

 
La táctica del anzuelo

A punto de agotarse la vía socialdemócrata del estado de bienestar, desde las posiciones reformistas fracasadas se plantea hoy el decrecimiento y la renta básica como alternativas de recambio al anterior y fallido programa socialdemócrata. Ambas ideas se han incorporado al repertorio recurrente de las ideas ciudadanistas hoy en auge, las que se proponen acabar con “el estado de injusticia y escasez" mediante el contradictorio y pornográfico método de potenciar las causas que lo producen, es decir, fortaleciendo al sistema de poder, al Estado que, precisamente, tiene su razón de existencia en la escasez obligatoria, que ahora los ciudadanistas se proponen democratizar.
Ambas ideas son la misma, renta básica es decrecimiento, no otra cosa. No se trata, como dicen, de acabar con la pobreza o la precariedad, sino de institucionalizarlas y hacerlas aceptables a las masas, interiorizando lo que antes era sólo obra y responsabilidad de las élites titulares del poder propietario concentrado y defendido por el Estado. 

La ideología del decrecimiento, separada de la crítica al origen de la escasez, surge como argucia reaccionaria que ignora su origen real tanto como su peor consecuencia, la destrucción del sentido de comunidad. Sin comunidad sólo cabe decrecer, en estado de perpetua escasez, en una prolongación institucionalizada de la pugna existencial, una versión resignada de la religión consumista. En el contexto político, utilizada como ideología de estado, el decrecimiento es burdamente contradictorio, porque se propone como esfuerzo individual y colectivo bajo pretexto moral y ecológico, sin cuestionar el orden social impuesto, sino manteniéndolo, pero ahora de forma voluntaria y entusiasta. Es la más ingeniosa y perversa de las formas en que podría legitimarse el sistema de dominación. 

La ideología del decrecimiento, así propuesta, sólo resulta útil a la perpetuidad del estado de precariedad que es el capitalismo, consolida las estructuras de poder fundamentadas en el saqueo y apropiación de la Tierra común; es un fuego fatuo que celebra una falsa justicia, consistente en la equitativa distribución de la pobreza, en la aceptación voluntaria y entusiasta de la escasez. Y lo hace con la argucia sarcástica de trasladar la responsabilidad a sus víctimas. Significa la disolución de toda esperanza de vida en comunidad, la perfecta ocultación  de la verdadera abundancia. 

Cuando la obsolescencia del trabajo asalariado no puede ya ser más evidente, cuando todo el sistema productivo está enfocado al uso más rentable de máquinas en lugar de la mano de obra humana, el individuo sólo interesa como consumidor, ya no más como productor. Es en ese contexto en el que se idea un derecho envenenado, el de una renta básica concedida por el Estado. Ya no es necesario que el individuo consuma su vida trabajando por un salario, ahora puede consumirla sin sufrimiento, el Estado le dará una renta incondicional sólo por existir como consumidor, para que siga nutriendo, pacíficamente, el circulo vicioso del beneficio capitalista. De otro modo, la paz social necesaria al mantenimiento del Orden estaría en grave riesgo. 

Se oculta que la renta básica vendrá a sustituir al estado de bienestar, al no ser asumibles  el presupuesto de ambos a la vez en esta fase terminal del capitalismo financiero. Lo sabe bien la cúpula del partido Podemos, que a la vista de las encuestas que le otorgan un trozo de poder, ha retirado la renta básica de su programa  en favor del mantenimiento del estado de bienestar que, aunque precariamente, aún funciona electoralmente; prefieren no aventurarse en una propuesta imposible de financiar sin sacrificio de la actual oferta de prestaciones sociales, siguiendo el pronóstico y la recomendación del economista socialdemócrata Vicenç Navarro, que algo sabe de eso.

Una nueva estafa está, pues, en preparación. La derecha política resistirá cuanto pueda, prefiere que sea la izquierda quien promueva la iniciativa. Luego, en el gobierno o en la oposición, no tendrá reparo en aplicar el decrecimiento y la renta básica implícita. Es más, me atrevo a asegurar que no tendrá más remedio que hacerlo, porque ni el Mercado ni el Estado soportarán los niveles de paro y la precariedad laboral que se avecina, porque no podrán soportar el riesgo de rebelión y desorden social que serían previsibles de no aplicar estas medidas ciudadanistas. De tal modo que decrecimiento y renta básica, en sustitución del estado de bienestar, serán asumidas por el sistema estatal-capitalista de forma que a todos parezca una evolución “democrática”, perfectamente lógica y natural. 
 
Se está agotando la estrategia de la zanahoria socialdemócrata, sólo le queda el tiempo que duren las convergencias estatalistas, lideradas por las organizaciones ciudadanistas, que ya preparan el recambio de estrategia. Después viene su programa, decrecimiento y renta básica. Estamos en el preludio de un innovador totalitarismo, interiorizado y secundado por las masas, es el demofascismo, una evolución perfecta de la democracia burguesa: el individuo convertido en policía de sí mismo.

Otra cosa sería practicar el decrecimiento como boicot al sistema productivo capitalista, dejar de consumir los productos del mercado, autoorganizarse comunitariamente para producir lo necesario, autogestionar la producción a partir de lo común. Otra cosa sería practicar la renta comunitaria en lugar de la renta básica estatal, practicando la distribución equitativa de la abundancia producida en común. Otra cosa sería construir la autonomía personal y comunitaria, combatir la dependencia y la sumisión a la ley estatal-mercantil, repudiar el trabajo asalariado hasta abolirlo, afrontar el trabajo como libre deber social y no como obligado derecho a la esclavitud salarial. Otra cosa sería vivir en comunidad, compartiendo como iguales la Tierra y el Conocimiento que nos es común. 

Bien es verdad que este programa no parece fácil ni posible a corto plazo, sino lejano y muy costoso, necesitado de mucho esfuerzo individual y colectivo. Lo que parece más asequible  -por realista e inmediato- es picar el anzuelo. Entiendo el atractivo del anzuelo al que sucumbe el pez necesitado de comida, que lo muerde camuflado  entre algo de comida, que sólo en él ve la posibilidad de satisfacción inmediata para el hambre que le acucia. Lo entendería si fuéramos peces, pero no es nuestro caso...



2 comentarios:

  1. En cuanto a la Renta Básica, opino justo lo contrario: su ausencia apuntala esta sociedad e impide cualquier cambio porque crea el miedo a la exclusión, e instituye a ojos de todos la necesidad de un crecimiento que proporcione empleo y más riqueza como si fuera necesaria. El amparo de todos entre todos no es por sí mismo un cambio de sociedad completo pero es una condición necesaria para poder decidir con autonomía el futuro que queremos perseguir, sea cual sea el objetivo y el ritmo.

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  2. Anónimo4:18 p. m.

    No puedo concebir ningún cambio, ninguna evolución que parta del "ciudadano". No concibo una ciudad actual (la que ustedes quieran) como generadora de cambio. Todo el escenario que plantea el Decrecimiento, el Decrecentismo, es rural. Aunque lo rural actualmente no sirve tampoco para ese cambio. Es una bonita utopía.

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