Serge Latouche sobre África





África en 1964 en algunos aspectos era mucho más cercana a la de hace dos siglos que a la actual. Había subdesarrollo, pero nadie moría de hambre. Las empresas occidentales tenían problemas para reclutar mano de obra, porque si no trataban bien a los trabajadores éstos volvían a su poblado, donde sabían que podían comer. Era aún posible ir a cualquier aldea, pedir un pedazo de tierra y plantar mandioca. Hoy no es así. Los alimentos no llegan a la ciudad porque no hay seguridad en el campo, y los jóvenes no quieren trabajar la tierra porque ya no sale a cuenta. A todo esto hay que añadir el desbordante crecimiento demográfico. Y la contaminación. Cuando llegué no existía; hoy es peor en las ciudades africanas que en las europeas.

Hace cuarenta años en las zonas rurales de África no existía la necesidad del desarrollo. Fueron los misioneros del desarrollo quienes infundieron la necesidad de tener hospitales y automóviles. Había que hacerlo porque lo decía el hombre blanco. La colonización de su imaginario ha sido brutal. A través de las series televisivas imaginan que Occidente es un paraíso y África un infierno. Pese a todo, cierta actitud vital africana nos permite confiar en otro futuro: su relación con el tiempo, su alegría y espontaneidad, el vivir el instante sin nuestra obsesión por la previsión y el control…

Lo mejor sería dejarla tranquila. Pero eso no significa no hacer nada, sino tomar medidas para que las grandes multinacionales dejen de saquearla.

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