El decrecimiento: una salida al estancamiento sistémico

Federico Demaria

Hace poco, The Economist acusaba a los líderes de Podemos de sostener propuestas chifladas como el decrecimiento. Pero curiosamente, Podemos no ha sido el único: el consejero de Territorio y Sostenibilidad de Cataluña, Santi Vila, también ha lanzado el debate sobre el decrecimiento en el Parlamento Catalán. ¿Pero qué entendemos por decrecimiento? Este artículo esboza una explicación basada en el libro de recién publicación: Decrecimiento: Un Vocabulario para una Nueva Era (Icaria, 2015). 

En estos tiempos en que muchos intelectuales, políticos y economistas nos dicen que nada de lo que ellos consideran fundamental puede ser cuestionado, el decrecimiento es un término provocador que pone en discusión el falso consenso de que necesitamos crecimiento económico. El crecimiento tiene un precio, es alto, y no merece la pena. Tenemos que poner en el centro de la política la redistribución y la democracia real. Queremos prosperidad sin crecimiento, y se puede, ¡podemos! 

El decrecimiento no ha de entenderse literalmente. Con él defendemos la hipótesis de que es posible vivir mejor con una vida más sencilla y en común, mediante otro tipo de sociedad y economía centradas en la redistribución de los recursos, la sostenibilidad de la vida y del medio ambiente y una democracia real. La propuesta no es reducir el PIB -no hay nada peor que una sociedad dependiente del crecimiento donde no hay crecimiento- sino generar nuevas preguntas y buscar alternativas a la sociedad que tenemos hoy en día basada en un sistema económico capitalista. 

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© Bárbara Castro


Si la recesión es menos de lo mismo, el decrecimiento es simplemente diferente. Propone abandonar la obsesión por el crecimiento económico, que beneficia a unos pocos y arruina a la mayoría. Como alternativa, podemos tratar de alcanzar políticas públicas y estilos de vida que contribuyan al bienestar de las personas, la justicia social y la sostenibilidad ecológica.

El crecimiento ha fracasado en la consecución de estos objetivos. Las investigaciones demuestran que no está relacionado con el bienestar de las personas. En cambio, se puede tener prosperidad sin crecimiento. 

El crecimiento, que debería significar progreso y bienestar, tiene muchas consecuencias indeseables. De hecho, el crecimiento económico siempre tiene unos costes, y estos ya son mayores que los beneficios. Incluso antes de la crisis, había sacrificios. La burbuja inmobiliaria ha destrozado nuestro territorio, y ahora nos encontramos con 5 millones de casas vacías y más de 200.000 personas desahuciadas y endeudadas. Hoy en día se están pidiendo aún más sacrificios a las ciudadanas y ciudadanos españoles. Pensemos en los recortes, la reforma laboral o la disminución de los salarios (que llaman eufemísticamente "aumentar la competitividad del país"). Todo esto se justifica con relanzar el crecimiento. Nos dicen que ahora hay recuperación, pero ninguno de nosotros está notando algún tipo de beneficio. Mariano Rajoy ha admitido que "la recuperación no ha llegado a todos por igual". La verdad es que solo ha llegado a los poderosos, como los banqueros. La crisis será historia solo cuando se acabe con el paro y la desigualdad. 

Decrecimiento no significa menos bienestar. Si no se puede salir del estancamiento sistémico en el cual vivimos con crecimiento, ¿que es lo que podemos hacer? España es una economía madura y es poco probable que pueda volver a crecer al 3-4% como antes. De hecho, la burbuja inmobiliaria demuestra que ha sido necesario endeudarse para crecer. Ahora tenemos que crecer para pagar la deuda, lo cual deriva en una lógica perversa. Necesitamos salir de este círculo vicioso. 

La cuestión central no es generar más riqueza, sino redistribuir la que tenemos. De hecho, España es el país de la OCDE donde, con la crisis, más han aumentado las desigualdades económicas. Es necesario revertir esta tendencia. Una prioridad, por ejemplo, sería afrontar el paro con medidas como la reducción de la jornada laboral, el reparto del trabajo y una renta básica ciudadana.

Hasta poco hubiéramos podido pensar que era difícil convencer a los Gobiernos de la necesidad de no seguir creciendo. Sin embargo, los Gobiernos se cambian con las elecciones. Hay una efervescencia política en España que es prometedora. Hay partidos como Equo o las CUP que hablan de decrecimiento desde hace tiempo, o como Podemos, que ha criticado la obsesión por el crecimiento económico. Por otra parte, cada vez son más las personas que se pronuncian de manera individual o en colectivos sociales contra el crecimiento ilimitado y sus consecuencias. 

Y también hay investigadores y académicos estudiando y elaborando alternativas, como los tres mil participantes de la cuarta conferencia internacional sobre decrecimiento. Nuestro colectivo Research & Degrowth, ha realizado 10 propuestas de políticas públicas a favor de una prosperidad sin crecimiento y que pueden facilitar una transición hacia el decrecimiento. Entre ellas, están abolir el PIB como indicador de progreso económico, establecer límites ambientales, implantar una renta básica y una renta máxima, reestructurar y eliminar parte de la deuda, optimizar el uso del parque inmobiliario, limitar la publicidad, trasformar el sistema fiscal o eliminar ayudas a actividades contaminantes para destinarlas a otras sostenibles. 

En Decrecimiento: Un Vocabulario para una Nueva Era, el libro que acabamos de publicar en inglés y que Icaria publicará en castellano, tratamos estos análisis y propuestas con más detalle. Con él pretendemos contribuir a generar debate social y movilizar a los actores públicos y privados para conseguir una sociedad económicamente más justa, solidaria y respetuosa con el medio ambiente.

Algunos tachan el decrecimiento de utópico. En realidad, la verdadera utopía, en el sentido de falta de realismo, es pensar que podemos seguir con un crecimiento económico infinito en un mundo finito. Hemos comprobado ya que el crecimiento tiene un coste muy elevado que afecta a pilares básicos de nuestra vida. No solo es imposible, tampoco es necesario ni deseable. Ya lo dijo en 1977 André Gorz, fundador de la ecología política y el primero en utilizar la palabra decrecimiento: "La falta de realismo consiste en imaginar que el crecimiento económico todavía puede dar lugar a un mayor bienestar humano". Ha llegado el momento de hacerle caso.

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