¿Riqueza para todos en un mundo lleno?

 Ecologistas en Acción - Cambiar las gafas para mirar el mundo

En el Norte rico nos resistimos a transformar nuestro modo de vida y cambiarlo por un modelo de vida sencilla. La ambición y el deseo de acumulación individual muy por encima de las necesidades nunca fueron tan generalizadas ni gozaron de una valoración ética tan positiva como ahora.

Las acciones contra la pobreza que se ponen en marcha parten de un mito difícilmente sostenible: es posible aumentar la riqueza de las personas ahora pobres sin reducir la riqueza de quienes ya son ricos. Dicho de otra forma, desde las acciones más bienintencionadas se persigue el sueño de riqueza para todos y todas.

Curiosamente, las reflexiones sobre la pobreza no suelen vincularse a las reflexiones sobre la riqueza. Las medidas comparativas que se usan para delimitar sus umbrales no conducen en ningún caso a reflexiones interdependientes. Muchas personas, grupos e incluso administraciones locales con buena voluntad mantienen la pretensión, o al menos el deseo, de acabar con la pobreza pero sin intervenir, salvo excepciones sangrantes, en los niveles de riqueza.

La pobreza parece tener vida propia, al margen de su compañera la riqueza. En las interpretaciones al uso, ambas caminan por senderos separados, unidas únicamente por ser una punto de partida y la otra de llegada. Máxima accesibilidad a un máximo de bienes para el máximo de población, parece ser el sueño ingenuo de algunas pretensiones igualitarias. Sin límites. Ésta ha sido y sigue siendo la cínica promesa del desarrollo a pesar de las crecientes muestras de su inviabilidad.

La pobreza, entendida como un fenómeno aislado de la riqueza, requerirá en consecuencia soluciones independientes y localizadas, centradas normalmente en el aumento de ciertas rentas o el disfrute de determinados consumos. Quizá también en el acceso a la formación que supuestamente permita participar del mercado laboral. Los sistemas de protección social, desarrollados en diferente medida en los países ricos, han adoptado este enfoque y han pretendido paliar las carencias que en cada sociedad se consideraban más graves, sin intervenir en patrimonios o rentas altas, protegiendo las grandes fortunas y las grandes empresas con normativas y reducciones fiscales.

Pobreza es una palabra que no incluye la connotación de interdependencia. Es adecuada en un mundo en el que, en teoría, sólo cabe ir a más. No le ocurre así al término justicia o al término equidad, mucho menos presentes en las políticas sociales o en las declaraciones internacionales, en los libros de texto o en la prensa. Hablar de justicia supondría reconocer que lo que es carencia en un lado es opulencia o exceso en el contrario y nos enviaría a soluciones de limitación a quienes practican la acumulación indebida.

Desde este enfoque de igualar sólo hacia arriba, la lucha contra a pobreza ha adoptado estrategias de mínimos (salario mínimo, prestaciones básicas en servicios sociales, rentas mínimas, cobertura sanitaria, pensiones mínimas), con la pretensión de situar a toda la población del país o la comunidad por encima de la línea umbral de la pobreza.

En el caso de que esta pretensión de extender la riqueza de modo universal fuera honrada –y en muchos casos lo es–, adolecería de una enorme ingenuidad: la presunción de vivir en un mundo de recursos infinitos, con una tecnología omnipotente –sólo hay que esperar a que se invente algo– y cargado de buena voluntad, en el que todos los seres humanos podremos alcanzar niveles semejantes en los consumos que nos hacen felices. La revolución verde fue un ejemplo, entre muchos, del optimismo ingenuo de unos –de la codicia de otros– y del fracaso de su supuesto objetivo de reducir el hambre.

En un mundo lleno e interdependiente, en el que la capacidad de carga del planeta ha sido superada hace ya años, y en el que los recursos más elementales como el aire o el agua empiezan a escasear, no es admisible mantener esta ceguera.

Más por un lado significa menos por otro. La globalización ha permitido que los recursos se detraigan cada vez de territorios más lejanos y esta interdependencia pueda ser en parte invisible a las poblaciones depredadoras. Aún así, la superación de esos límites es cada vez más patente también en el Norte.

Desde un análisis ecologista y desde la consideración de un mundo limitado es irresponsable pretender un aumento de consumo generalizado en una parte del planeta, sin abordar una disminución de consumos en aquella capa de la población que extiende su huella ecológica mucho más allá de sus fronteras.

No es posible el control de la pobreza sin abordar el control de la riqueza, especialmente si hablamos del uso de recursos finitos. No es posible la eliminación de la miseria sin atajar drásticamente los altos niveles de consumo y propiedad de buena parte de la población del Norte y una pequeña parte de la del Sur, que pueden llamarse despilfarro o riqueza. La lucha contra la riqueza, entendida ésta como acumulación y despilfarro, es probablemente mucho más urgente y será más eficaz en la erradicación de la miseria que la pretendida lucha contra la pobreza.

Dicho de otro modo, es necesario sustituir las estrategias de mínimos por estrategias de máximos. Si hasta ahora se ha hablado de salario mínimo o de rentas mínimas, será necesario limitar la propiedad, hablar de rentas máximas o de consumos máximos. Consumo máximo de agua, de gasolina, emisiones máximas de CO2, producción máxima de residuos inorgánicos... Imaginemos unas políticas que asuman la limitación y definan estos umbrales superiores. No es fácil imaginarlas en un sistema económico que ve con horror cualquier regulación que dificulte la acumulación del capital, pero la pregunta ¿a cuánto tocamos? es especialmente pertinente y necesaria (aunque a algunos les parezca incómoda) en este momento de la historia.

Según pasan los años y en el contexto de reducción de bienes fondo de la biosfera en que nos encontramos, esta cifra se va reduciendo. Cada vez tocamos a menos y en algunos lugares devoramos más. Las cuentan no cuadran. Por eso, por precisión en la frontera, pero fácil de reconocer en la mayor parte de los casos–, todo consumo pasa a ser inmoral y socialmente indeseable.

Cierto que la reducción de la riqueza económica no asegura por sí misma la equidad en la distribución de los recursos, pero la hace posible, cosa que la riqueza incontrolada no permite. La tarea que sigue a ésta es la lucha por la suficiencia y la equidad.

Podemos pensar en dos vías para enfrentarnos a esta patología que es la riqueza y encaminarnos hacia un mundo más justo y libre de miseria: las luchas colectivas en defensa de la Tierra y la transformación de los modos de vida destructores de la sostenibilidad.

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