Nueva Guinea: 46.000 años de economía sustentable

Los habitantes de las tierras altas de Nueva Guinea consiguieron actuar de forma sustentable durante decenas de miles de años antes del origen de la agricultura, y durante otros diez mil años tras el origen de la agricultura, a pesar de que los cambios climáticos y los impactos ambientales de los seres humanos producían alteraciones constantes en sus condiciones de vida.

En los tiempos que fueron agricultores cultivaban taro, plátano, ñame, caña de azúcar y batatas, y criaban cerdos y pollos. Habitaban en chozas de paja, vivían en guerra permanente, no tenían reyes ni jefes siquiera, carecían de escritura y no llevaban ninguna o muy poca ropa aún cuando hiciera frío o lloviera mucho. Carecían de metal y fabricaban sus utensilios con piedra, madera y hueso.

Esta ‘apariencia’ primitiva resultaba engañosa, puesto que sus métodos agrícolas son sofisticados, desarrollados mediante ensayo-error durante miles de años para cultivar en territorios que recibían hasta diez mil milímetros de lluvia anuales, con terremotos frecuentes, deslizamientos de tierras y (en alturas elevadas) escarcha.

Fue necesario un suministro de madera continuo para establecer huertos y aldeas, construir casas y vallas, fabricar herramientas, utensilios y armas, y combustible para cocinar y calentar las chozas durante las noches frías. Obtenían la madera de la Casuarina oligodon que cultivaban a escala masiva trasplantando los plantones que brotaban de forma natural junto a las riberas de los ríos.

Las aldeas eran estrictamente independientes, las decisiones se tomaban sentados juntos todos los habitantes de la aldea y hablando, hablando y hablando.

También se enfrentaron al problema de la población a medida que la cifra de sus integrantes aumentaba. Este incremento demográfico acabó siendo controlado mediante prácticas como la guerra, el infanticidio, la abstinencia sexual y la amenorrea lactante natural que se produce cuando se amamanta a un niño durante varios años.

Para saber más: Colapso. Porque unas sociedades perduran y otras desaparecen. Jared Diamond. 2005.

Pensando la crisis con Ivan Illich

Alfonso Sanz Alduán.  El Ecologista nº 78.

Ahora que una nueva crisis azota a nuestra sociedad, conviene contar con la ayuda de autores que –como Illich– supieron ver debajo de la crisis en otras crisis. Porque buena parte de los dioses-conceptos que pusieron en solfa siguen constituyendo los cimientos del edificio que hoy se derrumba.


Entre los años sesenta y setenta del siglo pasado, un puñado de autores de diversas disciplinas, procedencias y enfoques ayudaron a forjar una mirada corrosiva sobre un mundo aparentemente expansivo y triunfante. Uno de esos pensadores fue Iván Illich (Viena, 1926 - Bremen, 2002), inclasificable filósofo, teólogo, historiador, conversador, orador y activista político que falleció hace algo más de diez años, devorado por un cáncer que no quiso tratarse con los métodos que le ofrecía la tecnología médica deshumanizada, en escalofriante coherencia con su pensamiento sobre el sistema médico.


De Illich y de otros autores contemporáneos como Barry Commoner, André Gorz, Lewis Mumdford o E. F. Schumacher bebió, en esos años, el naciente movimiento ecologista para construir una perspectiva incrédula de los conceptos-mitos que constituían la verdad del sistema: desarrollo, crecimiento económico, crisis, necesidades, progreso, participación política, innovación tecnológica, pobreza, riqueza, etc.


Iván Illich fue precisamente el encargado de desmenuzar el concepto de necesidades y la conversión de los humanos en seres necesitados en el Diccionario del desarrollo, reflejo maduro de una visión crítica del sistema económico y social que, en los años noventa, encontró otros referentes como Vandana Shiva y Serge Latouche, también colaboradores del diccionario.


En 1973, cuando estalla la primera crisis del petróleo y se tambalean los cimientos de la arcadia teóricamente feliz que estábamos construyendo, Illich se encuentra en un periodo prolífico de producción de ideas en el Centro Intercultural de Documentación (CIDOC), que impulsaba en Cuernavaca (México). El CIDOC era un singular espacio de debate y aprendizaje mutuo que marcaría la reflexión posterior de numerosas personas y, además, una máquina bien engrasada de publicación de libros y documentos de gran trascendencia. Allí escribió Illich lo que luego llamaría “sus panfletos”; obras que dinamitan creencias y mitos que habían sostenido el pensamiento de los movimientos sociales y políticos progresistas durante más de un siglo.


Ahora que una nueva crisis azota a nuestra sociedad, cuando buena parte de la población maltratada y de nuestros propios cerebros sigue anhelando volver a las promesas antiguas sin cuestionarlas ni intuir que son el origen de los males presentes, conviene contar con la ayuda de autores que supieron ver debajo de la crisis en otras crisis. Porque buena parte de los dioses-conceptos que pusieron en solfa siguen constituyendo los cimientos del edificio que hoy se derrumba.


Leer hoy a Iván Illich sugiere aprovechar la crisis como oportunidad, como momento de cambio en el que es más fácil dejar los caminos trillados y encontrar territorios desconocidos. Hay que advertir que adentrarse en su pensamiento remueve, agita las creencias propias. Si el lector se permite abrir sus defensas ideológicas y leer con el mínimo de prejuicios posible, yo recomendaría para empezar la lectura de tres de los panfletos de Illich de la época del CIDOC:


La sociedad desescolarizada


Illich cuestiona aquí los mitos que rodean la escuela como institución, desvelando que su propósito inicial ilustrado, la generalización del conocimiento y la igualdad de oportunidades se ha desvanecido. El concepto actual de escolarización, por el contrario, tiende a monopolizar el aprendizaje y a conformar valores acríticos con el sistema social y económico.


El monopolio de la escuela sobre el aprendizaje se ha construido sobrevalorando sus aportaciones y desvalorizando los caminos para aprender que son ajenos a ella. Cuando se confunden “enseñanza con saber, promoción al curso siguiente con educación, diploma con competencia” se alimenta la idea de que solo con la escuela nos podemos preparar para la vida adulta y que lo no enseñado en la escuela carece de valor. La escuela se reafirma con una argumentación circular: “A los niños les corresponde estar en la escuela. Los niños aprenden en la escuela. A los niños puede enseñárseles solamente en la escuela”.


La conversión de la escuela en un monopolio niega así las capacidades autónomas de aprender y los mil caminos no necesariamente reglados y formalizados del aprendizaje entre humanos. Paradójicamente, el proceso de monopolización tiene unas consecuencias dramáticas no solo para la sociedad en su conjunto, sino para la propia escuela, a la que se transfiere una carga de responsabilidad que excede sus capacidades.


La solución de la mayor parte de los problemas sociales se atribuye mágicamente a una mejora de la educación en las escuelas: a que las personas pasen cada vez más tiempo en ellas, a que dispongan de todos los medios y tecnologías posibles para incentivar al alumnado. Desde la seguridad vial, hasta la inteligencia emocional, pasando por la informática y la danza, varios idiomas, música y oratoria, cualquier materia declarada de interés es menester que se enseñe y fomente en estos templos del saber, los cuales estallan así por exceso de responsabilidades que deberían ser compartidas con otras estructuras sociales.


Illich desvela además la existencia de un “currículum oculto” de las escuelas, más allá de los buenos propósitos e ideas de los maestros y de las buenas intenciones de los legisladores. Un “currículum oculto” que sirve de ritual iniciático a una sociedad de consumo dirigida al crecimiento. “La escuela vende currículum –un atado de mercancías hecho siguiendo el mismo proceso y que posee la misma estructura que cualquier otra mercancía”.


Némesis médica. La expropiación de la salud


En este libro la tesis principal es que la medicalización de nuestra vida y nuestra muerte nos expropia las capacidades autónomas de sanación. Pasados ciertos umbrales de dominio tecnológico e institucional de la medicina, emerge la plaga de las enfermedades iatrogénicas, las que tienen una génesis en la propia medicina (iatros, médico en griego).


De nuevo es un monopolio de servicio lo que desata la pérdida de nuestra autonomía personal. “Durante las últimas generaciones el monopolio médico sobre la asistencia a la salud se ha expandido sin freno y ha coartado nuestra libertad respecto a nuestro propio cuerpo. La sociedad ha transferido a los médicos el derecho exclusivo de determinar qué constituye la enfermedad, quién está enfermo o podría enfermarse, y qué cosa se hará a estas personas”.


Con la medicalización se produce también un proceso de transferencia de las responsabilidades semejante a la que se ha descrito para la escolarización. El sistema médico-tecnológico monopoliza la atención a la salud y, con ello, se carga con un exceso de responsabilidades que no es capaz de canalizar. Al rebasar unos límites críticos, un sistema social medicalizado tiende a ocultar las condiciones ambientales y sociales insalubres que son la fuente principal de la enfermedad. Se espera que el sistema médico-tecnológico nos cure de las enfermedades ambientales causadas por el sistema económico y de explotación del planeta; y de enfermedades sociales causadas por la construcción de modelos de sociedad en la que las tareas de atención entre unos y otros, los cuidados, han sido desprestigiadas.


Por tanto, la crítica a la medicalización es, sobre todo, de carácter político; desborda el debate técnico sobre la sanidad pública y las formas de gestión para adentrarse en el fondo de la conformación del poder y los objetivos en las sociedades actuales.


Energía y equidad


Es quizás la obra de Illich más leída por los ecologistas, la que conduce más directamente a comprender las relaciones entre la destrucción ambiental y el deterioro social que provoca el sistema industrial cuando se permite que supere ciertos límites. El propio título ya apunta esa idea; cuando se habla de crisis energética no se trata solo de destrucción del medio, cambio climático o limitaciones en los recursos naturales, sino de la destrucción de la equidad, de las oportunidades de reparto equitativo de los recursos. Hace falta superar la ilusión de que más energía es mejor y encontrar unos umbrales de aprovechamiento energético adecuados para el despliegue de modelos sociales justos y no destructivos del entorno.


El libro aprovecha el ejemplo del transporte para desarrollar la crítica al incremento infinito de las necesidades de energía y plantear cuáles deben ser los umbrales de justicia energética. A partir de un determinado nivel de uso de la energía, que se traduce en un nivel de velocidad, los desplazamientos no se pueden repartir equitativamente. A mayor velocidad de desplazamiento, un sistema de transporte exige dedicar demasiado tiempo y recursos, lo que solo puede producirse si existe un reparto desigual en la sociedad.


Además, Illich desvela la paradoja central de la velocidad: su capacidad chupatiempos; para incrementar la velocidad de los medios de transporte es necesario dedicar mucho tiempo en construir los vehículos y las infraestructuras, así como organizar el sistema para que se pueda circular. Plantea así lo que hoy se conoce como el ciclo de vida de un producto. No basta con saber cuánto tiempo y recursos empleamos en un desplazamiento en un medio de transporte, sino cuánto tiempo y recursos hacen falta para que ese medio de transporte funcione. Descubre así que el estadounidense medio dedica a su automóvil una sorprendente cantidad de dinero, traducible a tiempo de trabajo, para poder comprarlo, llenar su depósito, pagar las reparaciones, los impuestos, las carreteras y los aparcamientos; y una sorprendente cantidad de tiempo en conducirlo, limpiarlo, gestionarlo o curarse de los accidentes en los que se ve involucrado. Sumando esas dos cifras, el tiempo directo dedicado al automóvil y el tiempo indirecto dedicado a trabajar para el automóvil, y comparándolas con el desplazamiento anual, se comprueba que la velocidad (tiempo/km recorridos) es poco más alta que la de una persona que camina (véase la cita en recuadro aparte).


Además, la aceleración de unos perturba las posibilidades de desplazamiento de otros; los vehículos motorizados veloces exigen apartar y segregar a los que no lo son, a los van a pie y a los ciclistas. Perturba también las condiciones de habitabilidad y comunicación en el espacio público.


Otra paradoja que se pone de manifiesto en el libro es la capacidad que tienen los sistemas de desplazamiento motorizados para generar simultáneamente cercanía y lejanía. Para acercar puntos del territorio y alejar los usos del mismo. Gracias a la motorización, que aproxima un lugar a otro, se produce el alejamiento de los usos, las viviendas se pueden situar lejos de los lugares de trabajo y de estudio, de los centros de compra y de recreo.


Se acaba así conformando otro monopolio, semejante al de la escuela y la medicina: el monopolio del transporte motorizado, de la motorización, expresado de modo extremo con el dominio del automóvil sobre la vida de todos, con independencia de que quieran o puedan conducirlo. El motor establece unas reglas de juego, una concepción del tiempo y del espacio que todos deben acatar.


Alternativas en la crisis actual


A través de las obras mencionadas, así como de otras que se citan más abajo en las notas bibliográficas, se pueden encontrar numerosas ideas que pueden ayudarnos a crear y creer en alternativas a la presente crisis.


Una de las principales puede ser el reequilibrio del poder y la responsabilidad entre los ámbitos del Estado y sus instituciones, por un lado, y los ámbitos colectivos, de relaciones de vecindad, interés mutuo y familiares en sentido amplio, por otro. Frente a las concepciones liberales que pretenden deshacer el Estado traspasando la responsabilidad a los individuos, la opción illichiana es fortalecer los conocimientos, responsabilidades y bienes colectivos. Los debates actuales sobre la recuperación de los bienes comunes entroncan perfectamente con ese hilo argumental, en la medida en que evitan reducir la crítica a las dicotomías Estado-Mercado o Público-Privado.


Para Ilich el poder de las instituciones de servicio como la escuela, la medicina o el transporte ha superado los umbrales de utilidad y las ha convertido en herramientas contraproductivas que limitan el aprendizaje, enferman y paralizan. No basta con conocer la titularidad o quién controla y se beneficia de esas instituciones, sino cuál es el papel que queremos darles en nuestras sociedades.


De ese modo, defender la escuela pública hoy no debería estar reñido con repensar sus fundamentos y sus formatos actuales dirigidos, por su currículo oculto, a convertir a los alumnos en buenos consumidores.


Es también necesario revisar la función principal de la escuela (pública o privada) como expendedora de títulos (y correspondientemente de fracasos). En el medio siglo transcurridos desde que Illich y otros autores como Paul Goodman propusieron recortar el poder normalizador de la institución escolar, la escuela ha reforzado su poder monopolístico, hasta el punto estar actualmente fagocitando incluso el denominado aprendizaje informal que, por ejemplo, la Unión Europa quiere homologar y titulizar [1].


Y para hacer todavía más difícil la tarea, desescolarizar en el sentido illichiano, es decir, restar poder normalizador a la institución escolar, tampoco encaja en algunas corrientes pedagógicas que preconizan salidas individualizadas como la escuela en casa, en el seno de la familia; educación alternativa que termina reforzando una idea individualista de aprendizaje.


Igualmente, defender la sanidad pública hoy es una oportunidad para revisar la medicalización de la vida, denunciada en la actualidad por una parte de los propios profesionales de la salud. El debate es ahora imprescindible, cuando el triángulo formado por el sistema médico, la industria médica tecnológica y farmacéutica y la ciudadanía hemos generado una espiral de crecimiento sin límites de las necesidades relacionadas con la salud, el dolor y la muerte.


En los últimos cuarenta años se da la paradoja de que se ha aceptado institucionalmente que existe iatrogenia, es decir, enfermedades vinculadas al propio sistema médico, pero al mismo tiempo se ha seguido ampliando el ámbito de lo patológico, el ámbito en el que dicho sistema manda en nuestras vidas.


Así, mientras las instituciones contabilizan oficialmente el número de enfermos generados en el paso por los hospitales [2], cada vez una parte más importante del sistema médico se dirige a inventar enfermedades y tratarlas, a considerar como patológicas situaciones que son fruto de la diversidad humana o de los propios ciclos de la vida (por ejemplo los reproductivos). Casos como el denominado trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), la menopausia, la reacción de duelo, la bipolaridad, la osteoporosis o las llamadas disfunciones sexuales son claros excesos de un proceso de expansión que parece no tener límites.


Por ello, para alcanzar un sistema de salud pública equitativo parece imprescindible acotar la medicalización y el gasto correspondiente, rescatando del sistema médico los espacios sociales que no le pertenecen: los problemas laborales, sociales, escolares, familiares y relacionales.


Por último, la defensa del transporte público no debería ser ciega a sus consecuencias ambientales y sociales, a los excesos en infraestructuras y servicios aunque sean de uso y titularidad públicos; ni tampoco deberías ser acrítica con el modelo urbano o económico vigente que genera lejanía y necesidades de desplazamientos motorizados y al que puede contribuir también el transporte colectivo.


En el ámbito urbano, por ejemplo, se trata no solo de sustituir automóviles por autobuses, tranvías o metros en aquellos ámbitos en los que cada modo de transporte público sea idóneo, sino de reducir al mismo tiempo la dependencia respecto al motor, incrementando la proximidad entre las diferentes actividades y usos de la ciudad; y recuperando el espacio público para los que se desplazan a pie o en bicicleta.


Modificar el dominio del automóvil mediante una oferta perfecta (y gratuita) de transporte público alternativo, es una ilusión que puede resultar demasiado cara ambiental, económica y socialmente. La fantasía del transporte público perfecto se apoya en la idea de que basta con ofrecer alternativas al coche para que este deje de ejercer su dominio, cuando la experiencia indica que para que se produzcan cambios sustanciales en la movilidad hace falta al mismo tiempo restringir el uso del automóvil. El transporte público perfecto, capaz de satisfacer cualquier demanda particular, es insaciable en recursos sociales y del Estado y no tiene por sí mismo ninguna garantía de éxito en el objetivo de rescatarnos del dominio del automóvil.


En el imaginario colectivo los recortes en las prestaciones sociales pueden reforzar la idea de que la única salvación para la crisis consistirá en un Estado más potente, capaz de ofrecer más años en instituciones educativas, más hospitales y tecnología médica, más infraestructuras para el transporte motorizado, más velocidad, más energía (renovable, eso sí) y recursos para todos. Sin embargo, tal y como Illich vislumbró, la difícil tarea que tenemos por delante es encontrar fórmulas para cambiar el mundo sin expandir los monopolios institucionales y las estructuras obsoletas que nos han conducido a su propia ruina.

La escuela que embota la capacidad de aprender  

    
“Otra gran ilusión en la que se apoya el sistema escolar es aquella de que la mayor parte del saber es el resultado de la enseñanza. La enseñanza puede, en verdad, contribuir a ciertos tipos de aprendizaje en ciertas circunstancias. Pero la mayoría de las personas adquieren la mayor parte de su conocimiento fuera de la escuela”.


“La escuela inicia a los jóvenes en un mundo en el que todo puede medirse, incluso sus imaginaciones y hasta el hombre mismo. Pero el desarrollo personal no es una entidad mensurable”. (La sociedad desescolarizada).    

  
El automóvil que paraliza      


“El americano típico consagra más de 1.500 horas por año a su automóvil: sentado dentro de él, en marcha o parado, trabajando para pagarlo, para pagar la gasolina, las llantas, los peajes, el seguro, las infracciones y los impuestos para las carreteras federales y los estacionamientos comunales. Le consagra cuatro horas al día en las que se sirve de él, se ocupa de él o trabaja para él. Aquí no se han tomado en cuenta todas sus actividades orientadas por el transporte: el tiempo que consume en el hospital, en el tribunal y en el taller mecánico; el tiempo pasado ante la televisión viendo publicidad automovilística, el tiempo invertido en ganar dinero para viajar en avión o en tren. Sin duda, con estas actividades hace marchar la economía, procura trabajo a sus compañeros, ingresos a los jeques de Arabia y justificación a Nixon para su guerra en Asia. Pero si nos preguntamos de qué manera estas 1.500 horas, que son una estimación mínima, contribuyen a su circulación, la situación se ve diferente. Estas 1.500 horas le sirven para hacer unos 10.000 km de camino, o sea 6 km en una hora. Es exactamente lo mismo que alcanzan los hombres en los países que no tienen industria del transporte. Pero, mientras el norteamericano consagra a la circulación una cuarta parte del tiempo social disponible, en las sociedades no motorizadas se destina a este fin entre el 3 y 8 por ciento del tiempo social. Lo que diferencia la circulación en un país rico y en un país pobre no es una mayor eficacia, sino la obligación de consumir en dosis altas las energías condicionadas por la industria del transporte”. (Energía y equidad).    

  
La medicina que enferma       


“Al rebasar sus límites críticos, un sistema de asistencia a la salud basado en médicos y otros profesionales resulta patógeno por tres motivos: inevitablemente produce daños clínicos que superan sus posibles beneficios; no puede sino resaltar, en el acto mismo de oscurecerlas, las condiciones políticas que hacen insalubre la sociedad, y tiende a mistificar y a expropiar el poder del individuo para sanarse a sí mismo y modelar su ambiente”. (Némesis médica).     


Referencias bibliográficas: 


  Iván Illich. Obras reunidas. Editado por Fondo de Cultura Económica (México, 2006).
  Deschooling Society (1971). Edición en español: La sociedad desescolarizada. Barral Editores, Barcelona, 1974.
  Tools for conviviality (1973). Edición en español: La convivencialidad, Barral Editores. Barcelona, 1974.
  Énergie et équité (1973). Versión en español: Energía y equidad. Barral Editores. Barcelona, 1974.
  Alternativas (1974). Cuadernos de Joaquín Mortiz. México.
  Medical Nemesis (1974). Versión en español: Némesis médica. La expropiación de la salud, Barral Editores. Barcelona, 1975.
  Disabling professions (1977). Versión en español: Profesiones inhabilitantes. H. Blume Ediciones (Madrid, 1981).
  H2O and the Waters of Forgetfulness. Versión en español: H2O y las aguas del olvido. Editorial Cátedra. Madrid, 1989.
  The Development Dictionary. A Guide to Knowledge as Power.(1992). Wolfgang Sachs (editor). Versión en español: Diccionario del desarrollo. Una guía del conocimiento como poder. Pratec Ediciones (Lima, Perú, 1996).
  Conocedores profundos de la obra de Illich como Gustavo Esteva o Jean Robert recuerdan que una de sus obras clave, aunque incomprendida, es: Gender (1982). Versión en español: El género vernáculo. Editorial Joaquín Mortiz/Planeta. México, 1990.
  Con motivo del décimo aniversario de su fallecimiento se han celebrado en los últimos meses varios encuentros dedicados a su memoria en diversos países del mundo. También se ha publicado un libro de homenaje, Repensar el mundo con Iván Illich, coordinado por Gustavo Esteva (Taller Editorial La Casa del Mago. Guadalajara, México, diciembre de 2012).
  También se puede acceder a parte de su obra a través de Internet, en páginas como http://www.ivanillich.org.mx (en español) o http://www.preservenet.com/theory/I... (en inglés). El Boletín Ciudades para un Futuro más sostenible (CF+S) ha dedicado alguno de sus números a Ilich e incluye también una extensa bibliografía en http://habitat.aq.upm.es/boletin/n2....


Notas


[1] El Consejo de la Comisión Europea aprobó en 2012 la Recomendación del Consejo sobre la validación del aprendizaje no formal e informal (http://ec.europa.eu/education/lifel...), en la que pide a los Estados miembros que, antes de 2018, tengan implantados sistemas que permitan la validación tanto del aprendizaje no formal como del aprendizaje informal.
[2] Estudio Nacional sobre los Efectos Adversos ligados a la Hospitalización. ENEAS 2005. Ministerio de Sanidad y Consumo. Madrid, 2006.

La ausencia del futuro en la escuela

"Los coches funcionarán dentro de muy poco con agua y así no contaminarán el medio ambiente"


página112 Lengua de 6º de Primaria SM

El futuro es otro de los grandes temas ausentes de los libros de texto. De la misma manera que la sociedad da la espalda al futuro, excepto en la ciencia ficción, tal vez porque intuye escenarios desagradables o tal vez porque su pronóstico deslegitimaría el modelo de desarrollo actual, los libros de texto también lo hacen a pesar de que su función teórica es preparar a las generaciones jóvenes para habitar en él.

La ausencia o desproblematización del futuro en los libros de texto deja al descubierto una de las funciones de la educación: la reproducción del sistema existente. El futuro no es más que una prolongación de lo que ya existe, impidiendo por lo tanto concebir una realidad alternativa.

Cuando en el sistema educativo se habla de preparar al alumnado para un mundo cambiante se suele hablar de los cambios en el mercado, no los que se provocan en el territorio. El futuro en el sistema educativo está planteado en clave individual ¿qué vas a ser de mayor?, no en clave colectiva ¿qué va a ser de nosotros y de nosotras cuando seamos mayores? Ni en clave ecológica ¿qué va a ser del planeta cuando seamos mayores?

Para saber más: Estudio del currículum oculto antiecológico de los libros de texto. Ecologistas en acción.

En defensa del decrecimiento


La crisis en curso apenas ha suscitado otras reflexiones que las que se interesan por su dimensión financiera. De resultas, han quedado en segundo plano fenómenos tan delicados como el cambio climático, el encarecimiento inevitable de los precios de las materias primas energéticas que empleamos, la sobrepoblación y la ampliación de la huella ecológica.

En este libro se intenta rescatar esas otras crisis, y hacerlo con la voluntad expresa de identificar dos horizontes de corte muy diferente. Si el primero lo aporta un proyecto específico, el del decrecimiento, que cada vez es más urgente sea asumido como propio por los movimientos de resistencia y emancipación en el Norte opulento, el segundo lo proporciona un grave riesgo de que, en un escenario tan delicado como el del presente, gane terreno un darwinismo social militarizado que recuerde poderosamente a lo que los nazis alemanes hicieron ochenta años atrás.

En la trastienda se aprecia, de cualquier modo, la necesidad imperiosa de contestar el capitalismo en su doble dimensión de explotación e injusticia, por un lado, y de agresiones contra el medio natural, por el otro.

Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Entre sus últimos libros cabe mencionar Rapiña global (Punto de lectura, Madrid, 2006), Sobre política, mercado y convivencia (Los Libros de la Catarata, Madrid, 2006; en colaboración con José Luis Sampedro), el volumen colectivo Voces contra la globalización (Crítica, Barcelona, 2008; en colaboración con Carlos Estévez), 150 preguntas sobre el nuevo desorden (Los Libros de la Catarata, Madrid, 2008) y Neoliberales, neoconservadores, aznarianos. Ensayos sobre el pensamiento de la derecha lenguaraz (Los Libros de la Catarata, Madrid, 2008).

En defensa del decrecimiento. Sobre capitalismo, crisis y barbarie. Carlos Taibo

15M y decrecimiento

Xabier Borràs - RADI.MS
El nacimiento del 15M despertó conciencias, ciertamente. Mucha gente adormecida por el propio sistema —en el cual se había dejado atrapar—, adocenada por la sociedad de consumo, por el supuesto «estado del bienestar», reaccionó furibundamente cuando la llamada «crisis» les afectó el bolsillo, el modus vivendi, la comodidad de la no intervención, de la partitocracia, de la alienación en suma. Evidentemente, el 15M también ha sido una expresión más clara del final del transfranquisme y de sus consensos sociales, políticos y territoriales.
No analizaremos ahora ni el extraño surgimiento ni el desarrollo del 15M en estos tres años. Otras voces, mucho más autorizadas, lo han hecho, con acierto y desacierto, y una simple búsqueda en los buscadores de Internet puede dar fe de ello. Sin embargo, sí que nos interesa ver si el 15M es un movimiento «revolucionario», tal como se ha propagado a bombo y platillo, o un simple ataque de reformismo para los nuevos tiempos que preconiza el neocapitalismo y que ya han comenzado a dar resultados, como la irrupción de varias formaciones políticas en el hemiciclo europeo el pasado 25 de mayo (por ejemplo: Podemos y otras formaciones surgidas a la sombra del 15M) con programas casi calcados de la literatura «indignada».
Indignarse y comprometerse está muy bien siempre y cuando se tenga cordura (conocimiento) y no solamente el simple e incluso lógico arrebato que pueden provocar las consecuencias humanas y sociales de, por ejemplo, los recortes que imponen el capital y el estado. Pasar de criticarlo todo desde el sofá de casa o desde el bar a hacerlo en la plaza, aprender qué es verdaderamente una asamblea, pensar, en definitiva, en el presente arrollador y en el futuro incierto más allá del propio ombligo, son hechos que no se pueden despreciar. Aunque, claro, hacer todo esto para acabar con reclamaciones hacia el estado y el capital desde la misma óptica del estado y del capital no parece lo más adecuado para llegar a otro mundo posible
De hecho, el llamado Estado de bienestar ¿qué es?: ¿una conquista de las clases populares u otra faceta del sistema de dominación que ofrece a la población algunos servicios sociales necesarios? Será por eso que se sigue pidiendo, incansablemente, que el Estado proporcione derechos y servicios, pero, por el contrario, parece que estemos incapacitados para hacernos responsables de nuestra vida y de cómo podemos alcanzar la libertad.
Actualmente, tres años después de aquel desvelarse, en que en muchos lugares el objetivo se centraba en el marco de asambleas que se quería que fueran soberanas y de diversas iniciativas para modelar nuevas instituciones y nuevos valores de carácter popular y autogestionado, las movilizaciones se han convertido estériles y continuadas —reivindicativas, claro, pero de pura resistencia cotidiana—, y se ha abandonado cualquier otra perspectiva que no sea el inmediatismo y el hiperactvisme, bases de la ideología sistémica de la propia sociedad de consumo, que es uno de los «enemigos» a abatir. El 15M no supo o, más bien, no quiso romper con las instituciones del sistema y mucho menos construir otras nuevas, lo que conduce a una especie de callejón sin salida en el que lo único que se consigue es perpetuar el propio sistema. Evidentemente, todo ello no es ni revolucionario ni transformador y hace pensar, en definitiva, si no se trataba precisamente de eso.
 
La apuesta del decrecimiento
Hay un aspecto clave, en relación al 15M: el hecho de que la protesta surge, como decíamos al principio, en el momento que las clases medias descubrieron de pronto que ya no tenían dinero para pagar el consumo brutal con el que estaban anestesiadas. La mayoría de la gente vivía con la creencia —y la inconsciencia— que era posible el absurdo de un crecimiento infinito en un mundo de recursos limitados. El verdadero problema en nuestras sociedades, pues, es que el decrecimiento por fuerza, y que ahora se identifica como un «crecimiento negativo», se gestiona de forma autoritaria, aunque se pase por el falso filtro de la austeridad mal entendida.
La reducción de salarios y de pensiones, la negación de derechos sociales, el paro creciente, las jornadas laborales interminables…, se aceptan mayoritariamente sin violencias gracias a los mecanismos de psicología social y los eficaces descubrimientos neurocientíficos. De hecho, el mercado somos todos y gobernar es dar miedo, crear frustración política —haciéndonos creer que no hay alternativas posibles— y desanimar a la gente, sobre todo a través de los medios de comunicación de masas, para que pierda poco a la poco la capacidad de resiliencia. Sólo hay que ver cómo se han incrementado las medidas restrictivas a nivel socioeconómico y de disminución de derechos y de libertades, acompañadas del control y de la represión propias de gobiernos paranoicos.
Es en este contexto que las tesis reformistas del 15M entran en crisis, porque sólo hay dos alternativas, tal como ha resumido el filósofo Ramon Alcoberro (http://www.alcoberro.info/planes/decreixement06.htm): o se tiende a un decrecimiento voluntario y convivencial, consensuado socialmente y explicitado, o nos dejamos llevar por el «crecimiento negativo» gestionado por gobiernos cada vez más represivos y con la policía del pensamiento instalada en la televisión, los periódicos y en Internet. «Los gobiernos mienten cuando dicen que el capitalismo actual puede crecer o que se puede implementar una ˝economía de crecimiento sostenible˝ sin reducir libertades, derrumbar salarios y destruir el medio natural. Por ello han sido cada vez más autoritarios y manipuladores. Afortunadamente, los pueblos siempre son más creativos y en momentos de crisis nacen también herramientas para superarlo. O eso queremos creer. La filosofía, entendida como sabiduría vital más que como herramienta de análisis de los discursos, tendrá un papel importante si tenemos que salir de la crisis de civilización provocada por el hiperconsumo», escribe acertadamente Alcoberro.
 
¿Qué clase de «bienestar», pues, es éste que produce malestar emocional y pobreza?
Las terribles e insospechadas consecuencias globales del hiperconsumo (calentamiento global, manipulación genética, etc.), dramáticamente aumentadas desde la catástrofe nuclear de Fukushima, revelan el verdadero peligro de acomodarse a las exigencias de los estados y del capital. «Una sociedad pensada desde el y para el crecimiento, pero que no es capaz de ofrecer crecimiento se niega a sí misma —y de ahí buena parte del desconcierto social y político que se ha producido en el pensamiento político progresista desde principios de siglo», apunta Ramon Alcoberro.
El decrecimiento, que pretende romper el lenguaje engañoso de los drogadictos del productivismo —con que deja de ser simétrico al crecimiento— «no será posible sin la limitación necesaria de nuestro consumo y de la producción, el paro de la explotación de la naturaleza y de la explotación del trabajo por el capital», dice Serge Latouche, uno de los más brillantes teóricos de este concepto. Evidentemente, no quiere decir que tengamos que «retornar» a una vida de privación y de trabajo, sino todo lo contrario: desde la renuncia al falso confort material, debería ser una liberación de la creatividad, una renovación de la convivencialidad y la posibilidad de llevar una vida digna, aspectos sobre los que el 15M no sabe/no contesta.
La utopía local, autónoma, autogestionada, independiente, cooperativa…, da la posibilidad de empezar a cambiar la sociedad desde abajo, la única estrategia democrática que nos puede llevar a otro mundo posible. Por el contrario, ni los métodos estatistas, que nos proponen cambiar la sociedad desde arriba al amparo del poder del Estado, ni los acercamientos de la “sociedad civil”, como el 15M y otros, no apuntan en absoluto a cambiar el sistema, sino al contrario: se empeñan en perpetuarse hasta el asco. Pero las alternativas están ahí: complejas y necesitadas de profundos cambios en nuestras conciencias, verdaderamente liberadoras para un escenario de democracia ecológica.


El hambre en Occidente

Santiago Alba Rico

En el mes de julio de 2008 se celebró en Coney Island el campeonato del mundo de devoradores de hot-dogs. El joven estadounidense Joey Chestnut batió en la final al japonés Takeru Kobayashi y superó todas las anteriores marcas mundiales al engullir 66 perritos calientes en 12 minutos ante el delirio de los más de 50.000 espectadores que presenciaron en directo la hazaña. Como premio, el campeón recibió un bono de 250 dólares en compras de un centro comercial y un año entero de hot-dogs gratis en la cadena Nathan's.

En este instante, mientras redacto estas líneas, se celebra el campeonato mundial de perdedores de peso. Cada segundo cinco personas disputan la final —un haitiano, un somalí, un ruandés, un congoleño, un afgano— y los cinco obtienen la victoria. El premio es la muerte. El apetito de Joey Chestnut no es nada comparado con el que ha devorado -digamos- a René, Sohad, Randia, Sevére y Samia: cada 12 minutos la pobreza mata de hambre a 3.600 hombres, mujeres y niños en todo el mundo. O lo que es lo mismo: cada 5 hot-dogs en Honey Island 300 seres humanos mueren de inanición en África.

En 1876, el virrey de la India, lord Lytton, organizó en Delhi el banquete más caro y suntuoso de la historia para festejar el entronizamiento de la reina Victoria como Emperatriz colonial. Durante una semana 68.000 invitados no dejaron de comer y de beber; durante esa semana, según cálculos de un periodista de la época, murieron de hambre 100.000 súbditos indios en el marco de una hambruna sin precedentes que se cobró al menos 30 millones de vidas y que fue inducida y agravada por el "libre comercio" impuesto desde Inglaterra. Mientras los colonialistas ingleses comían perdices y corderos, los supervivientes indios se comían a sus propios hijos. El hambre, lo sabemos, disuelve todos los lazos sociales e impone el canibalismo. Hace falta tener mucha hambre para comerse con lágrimas en los ojos el cadáver de un vecino, pero hace falta tener muchísima más hambre para devorar alborozadamente 66 perritos calientes en 12 minutos.

Confesaré que cada vez que pienso en hambrunas no me viene a la cabeza el vientre abultado de René ni la teta escurrida de Samia sino la voracidad aplaudida de Joey Chestnut, como símbolo publicitario de una economía que no puede permitirse siquiera calmar el apetito de los saciados. Chestnut no es un caníbal, no, pero en cierto sentido se alimenta del adelgazamiento de los etíopes, los tailandeses y los egipcios: la tercera parte de la cosecha mundial de cereales sirve para engordar los animales que nos comemos los occidentales (1 kilo de carne por persona y día los estadounidenses, más de Vi kilo los europeos) y bastaría reducir un 10% la producción de pienso para dar de comer a la tercera parte de los 1.000 millones de personas que, según la FAO, pasan hambre en el mundo. Exagerar es medir lo inconmensurable, hacer aprehensible lo irrepresentable. Exageremos: Chestnut es un caníbal. Delante de las 50.000 personas que lo aplaudían, se comió a René, Sohad, Randia, Sevére y Samia y a otros 3.595 hombres, mujeres y niños. Ni siquiera Bokassa demostró jamás tanto apetito.

A Chestnut se le puede pedir que coma menos e incluso que se enfrente a su gobierno, pero en realidad es sólo otra víctima del hambre. Está el hambre de los que no tienen nada y el hambre de los que nunca tienen suficiente; el hambre de los que quieren algo y el hambre de los que quieren siempre más: más carne, más petróleo, más automóviles, más teléfonos móviles, más imágenes, más juguetes y - t a m b i é n – una moralidad superior. La relación entre ambas insatisfacciones es un sistema global. Queríamos un hombre libre y tenemos un hambre libre.

Confieso que cada vez que pienso en el hambre no me viene a la cabeza el esqueleto de Sohad ni los inmensos ojos febriles de Sevére sino el ejército de los EEUU en Iraq y la alegría depredadora del Carrefour.

Exagerar es empequeñecer lo ilimitado, reducir lo descomunal a escala humana. Exageremos: el canibalismo es, no ya obligatorio, sino elegante. Unos pocos millones de mentes privilegiadas (desde gobiernos y multinacionales) dedican todo su esfuerzo a encontrar la manera de que a todo el mundo, en todas partes, le falte algo; de que los niños de Haití y Sierra Leona pasen hambre y se desesperen por ello y de que los consumidores occidentales, después de devorar bosques, ríos, minerales y animales (con sus imágenes), se queden con hambre y se alegren de ello. El capitalismo quita a los países pobres sus recursos y al mismo tiempo las fuerzas para resistir; el capitalismo nos da mercancías a los occidentales y al mismo tiempo el hambre necesario para engullirlas sin parar; y el hambre se convierte así, de un lado y de otro, en la desgracia objetiva de África, Asia y Latinoamérica y en la felicidad subjetiva de una humanidad cultural y materialmente insostenible y condenada a la destrucción.

La hambruna disuelve, sí, todos los lazos sociales e impone el canibalismo. La pobreza relativa aviva el ingenio, inventa soluciones colectivas, improvisa solidaridades y crea redes sociales de resistencia. Pero por debajo de cierto umbral, cuando el hambre amenaza la supervivencia, las tramas se deshacen y sólo quedan impulsos atómicos, solitarios, animales: individuos puros enfrentados entre sí. Sólo en este sentido -biológico y casi zoológico— puede decirse que nuestras sociedades occidentales son "individualistas". Alguna vez he expresado la regla de la satisfacción antropológica con la siguiente fórmula: "Poco es bastante, mucho es ya insuficiente". Por debajo de "poco" hay hambre y son imposibles la conciencia, la resistencia y la solidaridad; por encima de "bastante" hay más hambre y son imposibles también la conciencia, la resistencia y la solidaridad. "Demasiado" siempre quiere "más". Hemos superado ya ese punto a partir del cual lo único que tenemos —ni coches ni carne ni casas ni imágenes— es hambre; y nuestra voracidad, como la de Joey Chestnut, se está comiendo, mientras redacto estas líneas, no sólo a Samia y Sohad y Sevére, tan borrosos y lejanos, sino a los propios hijos.

Extraído del libro "El naufragio del hombre". Santiago Alba Rico

El crecimiento mata y genera crisis terminal


"La gigantesca ‘máquina global’, productivista-consumista, del neoliberalismo, para poder aumentar el crecimiento necesita cada vez más de urgentes cantidades de insumos de materia y de energía, y para lograrlo ha inventado el engañoso modelo de vida consumista de la ‘felicidad prefabricada’. Una felicidad que sólo se ofrece a ‘cívicos’ ciudadanos del Norte.

También Hitler vendía esa ‘felicidad prefabricada’ en exclusiva para la raza superior aria, las razas inferiores había que encerrarlas en proliferados campos de concentración. Hoy esos campos de concentración están constituidos por los países del extensísimo territorio del tercer mundo. En la Alemania nazi los tres pilares más importantes de esta felicidad eran el chalé con piscina, el wolsvagen (coche del pueblo, en alemán) y una red de autopistas para poder consumir coche, chalé y gasolina.

Hoy esta felicidad nos la venden las grandes corporaciones neoliberales. Pero de repente surge la pregunta: ¿habrá suficiente cemento para chalés, gasolina, y agua de piscinas para todos?. Y cuando se dice todos, hay que decir los casi 7.000 millones de personas del planeta. Pero es que ése no es el planteamiento, es que esta felicidad prefabricada en los tiempos de Hitler era únicamente para la minoría de la raza aria.

Hoy en día esta minoría en lugar de estar formada por es ‘raza aria’ está constiuida por esa ‘minoría de consumistas solventes del primer mundo’. Y sabemos que el eslogan ‘agua para todos’ ha sido la clásica frase demagógica usada por las multinacionales inmobiliarias playeras para pedir agua para todas las piscinas y campos de golf de sus ilegales y antiecológicas urbanizaciones, que sólo usará una minoría solvente. Mientras tanto en África se mueren por millones, por no tener ni gota de agua, o por beber aguas insalubres."

Extraído del libro: El crecimiento mata y genera crisis terminal. Julio García Camarero. 2009.

El significado del ritual

Lewis Mumford

En cuanto la mente humana comenzó a trascender sus limitaciones animales, la afinidad mental se convirtió en condición indispensable para la ayuda mutua. Los rituales promovieron una solidaridad social que de otro modo podría haberse perdido a través del desarrollo desigual de los talentos humanos y el establecimiento prematuro de diferencias individuales. En este caso el acto ritual afianzó la común respuesta emocional que predisponía al hombre a la cooperación consciente y la ideación sistemática.

Al establecer esa común experiencia compartida, se separó la expresión de significados en formas simbólicas de las actividades cotidianas de identificar plantas comestibles o animales hostiles. Una vez trasladado a la pantomima y a la danza, algunos de esos significados se transmitían a los espontáneos gritos que acompañaban a la acción común, que a su vez se harían más definidos y deliberados por medio de la repetición.

Fijándonos en las expresiones contemporáneas de pueblos muy elementales, podemos imaginarnos a aquellos grupos aborígenes reuniéndose frente a frente, repitiendo los mismos gestos, replicando con las mismas expresiones faciales, moviéndose con idéntico compás y empleando análogos sonidos espontáneos para la alegría, la tristeza o el éxtasis, coincidiendo así recíprocamente los miembros de cada grupo. Tal puede haber sido una de las sendas más provechosas para conducir al hombre a los dominios del lenguaje... mucho antes de que las exigencias de la dura tarea de cazar convirtiesen el lenguaje en ayuda para el indispensable ataque cooperativo.

Sin duda, el desarrollo del ritual ocupó incontables años antes de que apareciera en la conciencia, aun oscuramente, algo que pudiera considerarse como un significado definido, asociado y abstracto. Pero lo que resulta asombroso y da color a la noción de que el ritual es anterior a todas las otras formas de cultura, es algo que subrayó el distinguido lingüista Edward Sapir en relación con los aborígenes australianos; por muy desprovista que una cultura esté de vestidos, viviendas o herramientas, siempre dará prueba de un ceremonialismo altamente desarrollado. No es conjetura dudosa, sino inferencia muy probable, suponer que los primeros hombres se elevaron mentalmente mucho más mediante las actividades sociales del ritual y del lenguaje que a través del mero manejo de las herramientas, y que ese hacer y usar herramientas se mantuvo durante siglos en situación estacionaria, si se lo compara con las expresiones ceremoniales y la creación del lenguaje. Al comienzo, las más importantes herramientas del hombre fueron las que extrajo de su propio cuerpo: imágenes, movimientos y sonidos formalizados; y su esfuerzo por compartir estos bienes promovió la solidaridad social.

Sobre este asunto, las recientes y perspicaces observaciones de Lili Peller acerca del juego de los niños nos ofrecen un enfoque especial de la función del ritual en la vida de los hombres primitivos. Dicha autora nos dice que esa repetición escueta e insistente, que sería extremadamente tediosa para cualquier adulto, les resulta totalmente deliciosa a los niños, como han comprobado muchos aburridos padres al verse obligados a repetir el mismo juego o el mismo cuento, sin desviación alguna, decenas de veces.

«Los juegos primitivos —señala la señorita Peller— son reiterativos, porque eso proporciona placer de gran intensidad.» ¿No participaría también el hombre primitivo de este placer infantil, tan elemental, y sacaría de ello el mayor provecho? Tanto la espontaneidad más salvaje como la repetición más monótona les resultan igualmente placenteras a los muy jóvenes, y por estar tan profundamente arraigada y tan premiada en cada sujeto esa capacidad innata para las formas que pueden ser repetidas y fijadas,
parece probable que fuera ella quien proporcionó las bases para el total desarrollo del hombre.
(..)

De lo que acabamos de exponer se sigue que, aunque la disciplina del ritual ejerció una función importantísima e incluso indispensable en el desenvolvimiento de la humanidad, quedan pocas, dudas de que solo triunfó a costa de una gran mengua de la creatividad. La prevalencia del ritual y de todas las manifestaciones institucionales de él derivadas, explica tanto los actos de la evolución temprana humana como su extrema lentitud: al alargarse tanto las palancas, resultaron más poderosas que la máquina que controlaban.

Dondequiera que encontramos al hombre arcaico vemos una criatura sujeta a leyes, incapaz de hacer lo que le plazca, donde le plazca y como le plazca; muy al contrario, descubrimos que en cada momento de su vida debe moverse con cautela y circunspección, guiándose por las costumbres de su especie, reverenciando a los poderes sobrehumanos, dioses creadores de todos los seres, a los fantasmas y demonios, siempre asociados con sus inolvidables antepasados, o a los animales, plantas, insectos o piedras, seres todos consagrados y personificados en su tótem. Apenas podemos olvidar —aunque también esto sea una inferencia— que los hombres primitivos marcaban cada fase de su desarrollo con los correspondientes ritos de iniciación, ceremonias universales que los civilizados abandonaron tardíamente solo para cambiarlas por precipitados sucedáneos de papel acerca de «el cuidado y la alimentación de los niños», o «los problemas sexuales de los adolescentes».

Mediante inhibiciones y severas abstinencias, no menos que por actos de sumisión llenos de fe, los hombres primitivos intentaron referir sus actividades a las potencias invisibles que los rodeaban, procurando apropiarse algo de su poder y adelantándose a su malignidad e hipocresía, hasta obtener, a veces por conjuros mágicos, su ansiada cooperación.


Extraído de: 'El mito de la máquina'. Lewis Mumford

La paradoja decrecentista

Serge Latouche
 
“El drama de mi patria es como el de un Vietnam silencioso; no hay tropas de ocupación, ni poderosos aviones nublan los cielos limpios de Chile. Pero enfrentamos un bloqueo económico y estamos privados de créditos por los organismos financieros internacionales. Estamos ante un verdadero conflicto frontal entre las grandes corporaciones y los Estados. Éstos aparecen interferidos en sus decisiones fundamentales –políticas, económicas y militares- por organizaciones globales que no dependen de ningún Estado y que en la suma de sus actividades no responden ni están fiscalizadas por ningún Parlamento, por ninguna institución representativa de interés colectivo. En una palabra, es toda la estructura política del mundo la que está siendo socavada. Pero las grandes empresas transnacionales no sólo atentan contra los intereses genuinos de los países en desarrollo, sino que su acción avasalladora e incontrolada se da también en los países industrializados donde se asientan.”
Salvador Allende.

Y en 1972, todavía no se hablaba de ‘globalización’.

Chocamos contra el poder real de la oligarquía plutocrática que domina el mundo y de la que los lobbies son la expresión más visible. Los poderes públicos, las administraciones , los centros de investigación están más o menos a órdenes de ese complejo que ya es mundial. Recordemos que, bajo presión de los intereses económicos, muchas alarmas (amianto, aflatosina, fipronil e imidacloprid, heparina, campos electromagnéticos, dioxina, perturbadores endocrinos...) lanzadas por científicos fueron acalladas por los agentes gubernamentales, cortando los créditos a los laboratorios implicados, incluso destituyendo de sus funciones a los científicos responsables (eventualmente con la complicidad de los sindicatos para ‘proteger’ los empleos).

El programa de una política nacional de decrecimiento aparece como una paradoja. La puesta en marcha de propuestas realistas y razonables tiene pocas probabilidades de ser acogida y menos aún de llegar a un resultado sin una completa subversión. Ésta supone el cambio en el imaginario que únicamente la realización de una utopía fecunda de la sociedad autónoma y amigable esta en capacidad de generar.

Lo que hace falta no son, pues, ni las perspectivas ni las soluciones, sino las condiciones de su puesta en marcha. Podemos concebir varios escenarios de transición gradual, con medidas muy progresistas de las reducciones necesarias. Lo importantes es el cambio radical e rumbo. Es importante entonces crear las condiciones de tal cambio. La elaboración profunda del proyecto busca favorecer precisamente estas condiciones."

Extraído de 'Pequeño tratado del decrecimiento sereno' escrito por Serge Latouche

La ley del dolor

Pierre Clastres

En el siglo XVI, decían los primeros cronistas, a propósito de los indios brasileños, que eran gente sin fe, sin rey, sin ley. Ciertamente, esas tribus ignoraban la dura ley de división, la que en una sociedad dividida impone el poder de algunos sobre todo el resto. Esa ley, ley de rey, ley del Estado, es ignorada por los mandan, los guaycurús, los guayakís y los abipones. La ley que ellos aprenden a conocer en el dolor es la ley de la sociedad primitiva que le dice a cada uno: Tu no vales menos que otro, tu no vales más que otro.

La ley inscrita en el cuerpo, señala el rechazo de la sociedad primitiva a correr el riesgo de la división, el riesgo de un poder separado de ella misma, de un poder que se le escaparía. La ley primitiva, cruelmente enseñada, es una prohibición de la desigualdad, de la que cada uno guardará memoria.

Siendo la misma substancia del grupo, la ley primitiva se hace substancia del individuo, voluntad personal de cumplir la ley. Escuchemos una vez más a George Catlin:

"Aquel día parecía que una de las rondas no terminaría jamás. Por más que se arrastraba indefinidamente a un desgraciado que llevaba un cráneo de alce enganchado en una pierna, ni la carga caía ni se rompía la carne. Era tal el peligro que corría el pobre muchacho que se levantaron clamores de piedad en la muchedumbre. Pero la ronda continuaba, hasta que el maestro de ceremonias en persona dio orden de detenerse.

Aquel joven era particularmente hermoso. Recuperó pronto su sentido y no sé cómo le volvieron las fuerzas. Examinó calmadamente su pierna sangrante y desgarrada y la carga enganchada todavía en su carne y luego, con una sonrisa de desafío, se arrastró gateando a través de la muchedumbre que se abría delante de él hasta el Prado (en ningún caso los iniciados tienen derecho a caminar mientras sus miembros no hayan sido liberados de todas sus púas). Logró hacer más de un kilómetro, hasta un lugar alejado donde permaneció solo tres días y tres noches, sin ayuda ni alimento, implorando al Gran Espíritu. Al término de ese lapso, la supuración lo liberó de la púa, y se volvió al pueblo, caminando con las manos y las rodillas, ya que estaba en tal estado de agotamiento que no podía levantarse. Se le curó, se le alimentó y pronto se restableció."

¿Qué fuerza impulsaba al joven mandan? Desde luego no la de un afán masoquista, sino el deseo de fidelidad a la ley, la voluntad de ser, ni más ni menos, igual a los demás iniciados.

Decíamos que toda ley es escrita. He aquí como se reconstruye, de cierto modo, la triple alianza ya reconocida: cuerpo, escritura, ley. Las cicatrices dibujadas en el cuerpo es el texto inscrito de la ley primitiva, es en este sentido una escritura en el cuerpo. Las sociedades primitivas son, dicen con fuerza los autores del Anti-Edipo, sociedades de la marca. Y en esta medida las sociedades primitivas son, efectivamente, sociedades sin escritura, pero en el sentido en que la escritura indica primeramente la ley de división, lejana, despótica, la ley del estado que escriben sobre el cuerpo los codetenidos de Martchenko. Y es precisamente —nunca se insistirá suficientemente en ello— para conjurar esa ley, ley fundadora y garante de la desigualdad, es contra la ley de Estado que se plantea la ley primitiva. Las sociedades arcaicas, sociedades de la marca, son sociedades sin Estado, sociedades contra el Estado. La marca en el cuerpo, igual en todos los cuerpos, enuncia: No tendrás el deseo del poder, no tendrás el deseo de sumisión.

Y esta ley de la no división no puede hallar para inscribirse sino un espacio sin división: el cuerpo mismo. Profundidad admirable de los salvajes, que de antemano sabían todo eso, y cuidaban, al precio de una terrible crueldad, de evitar el advenimiento de una crueldad aún más aterradora: la ley escrita en el cuerpo es un recuerdo inolvidable.

Extraído de: "La sociedad contra el Estado". Pierre Clastres


Pequeño tratado del decrecimiento sereno


Hoy más que nunca, el desarrollo sacrifica tanto a la población como su bienestar concreto y local sobre el altar de una buena tenencia abastracta, desterritoralizada. Claro está, este sacrificio en honor de un pueblo mítico y desencarnado se hace en provecho de los 'empresarios del desarrollo' (las firmas multinacionales, los dirigentes políticos, los tecnócratas y las mafias).

El crecimiento hoy en día es un asunto rentable a condición de que el peso y el precio recaigan en la naturaleza, en las generaciones futuras, en la salud de los consumidores, en las condiciones de trabajo de los asalariados y, más aún, en los países del Sur. Por eso es necesario una ruptura.

Todos los regímenes modernos han sido productivistas: repúblicas, dictaduras, sistemas totalitarios, hayan sido los gobiernos de derecha o de izquierda, liberarles, socialistas, populistas, socioliberales, socialdemócratas, centralistas, radicales, comunistas. Todos han hecho del crecimiento económico la piedra angular de su incuestionable sistema.

El cambio indispensable de rumbo no depende de quienes con una simple votación podrían resolver la cuestión llevando al poder a un nuevo gobierno o votando a favor de otra mayoría. Lo que se necesita es mucho más radical: una revolución cultural, ni más ni menos, que deberá desembocar en una refundación de lo político.

El proyecto del decrecimiento es, entonces, una utopía, es decir, un generador de esperanzas y de sueños. Sin embargo, lejos de refugiarse en lo irreal, trata de explotar las posibilidades objetivas de su puesta en práctica. De ahí el calificativo de 'utopía concreta'. Si no partimos de la hipótesis de que es posible otro mundo, no habrá política, sólo habrá gestión administrativa de indiviudos y de las cosas. El decrecimiento es, pues, un proyecto político.

Extraído de 'Pequeño tratado del decrecimiento sereno'. Serge Latouche. Icaria. 2009.

La economía de la prehistoria

Marshall Sahlins

Pero, entonces, incluso hablar de «la economía» de una sociedad primitiva es un ejercicio de irrealidad. Estructuralmente, «la economía» no existe. Más que una organización delimitada y especializada, la «economía» es algo que generaliza la función de los grupos sociales y de las relaciones, especialmente los grupos y las relaciones de parentesco. La economía es más bien una función de la sociedad que una estructura, porque el armazón del proceso económico, la proporcionan los grupos concebidos clásicamente como «no económicos». En particular, la producción está instituida por grupos domésticos que, por lo general, se ordenan como familias de uno u otro tipo. La 'unidad doméstica' es para la economía tribal lo que el feudo fue para la economía medieval o lo que es la corporación para el moderno capitalismo:

Cada una de ellas [unidad doméstica] es en su momento la institución productiva dominante. Cada una representa, además, un determinado modo de producción *, con una tecnología y una división del trabajo apropiadas, un objetivo económico o finalidad característicos, formas específicas de propiedad, relaciones sociales y de intercambio definidas entre las unidades productivas y contradicciones que le son del todo propias. En resumen, para explicar la disposición observada que tienen las primitivas economías para la subproducción, yo reconstruiría la «economía doméstica independiente» de Karl Bücher y de los escritores anteriores a él, pero ahora un tanto reacomodada a Marx, y redecorada con una etnografía más a la moda.

Puesto que los grupos domésticos de la sociedad primitiva no han sufrido todavía una degradación a un mero estatus de consumo, su capacidad laboral desligada del círculo familiar y empleada en un dominio exterior, los hizo someterse a una organización y propósitos ajenos. La unidad doméstica, como tal, recibe el peso de la producción junto con la organización y la aplicación de la capacidad laboral y junto con la determinación del objetivo económico. Sus propias relaciones internas, tal como ocurre entre esposo y esposa, entre padres e hijos, son las relaciones principales de la producción dentro de la sociedad. El rótulo incorporado de los estatus de parentesco, el dominio y la subordinación de la vida doméstica, la reciprocidad y cooperación, hacen aquí de lo «económico» una modalidad de lo íntimo.

La organización del trabajo y los términos y productos de su actividad, son principalmente decisiones domésticas. Y son decisiones que se toman teniendo en cuenta primordialmente la satisfacción doméstica. La producción se encauza según las exigencias habituales de la familia. La producción es para beneficio de los productores.

* «Modo de producción» se emplea aquí de modo diferente a como lo hizo Terray (siguiendo a Althusser y Balibar) en su importante trabajo Le Marxisme devant les sociétés primitives (1969). Aparte de la diferencia obvia en lo que se refiere a las «instancias» superestructurales, el principal contraste tiene que ver con la importancia teórica que se ha dado a diversas formas de cooperación, es decir, en cuanto constituyen estructuras colectivas en el control de las fuerzas productivas que se superponen y se enfrentan a las unidades domésticas. Una importancia semejante se desecha aquí y a partir de esta divergencia surgen muchas otras. Sin embargo, a pesar de estas diferencias significativas, es obvio que la presente perspectiva hace propios muchos puntos de vista de Terray y está de acuerdo también, en gran parte, con Meillassoux (1960, 1964), en quien se fundamenta el trabajo de Terray.


(…)


Las técnicas locales exigen un mayor o menor grado de cooperación, de ahí que la producción pueda estar organizada de formas sociales diversas y a veces en niveles más altos que la unidad doméstica. Los miembros de una familia pueden colaborar de una manera regular y sobre una base individual con parientes y amigos de otras casas; ciertos proyectos se encaran colectivamente por parte de grupos, tales como los linajes o las comunidades de vecinos. Pero de lo que se trata no es de la composición social del trabajo.

Las partidas de trabajo más numerosas no son, en su mayor parte, más que uno de los muchos modos que la producción doméstica tiene de realizarse. A menudo, la organización colectiva del trabajo no hace más que dismular tras su masividad su simplicidad social básica.

Un conjunto de personas o de pequeños grupos actúan hombro con hombro en tareas paralelas e idénticas, o trabajan juntas para favorecer por turno a cada participante. Es así que el esfuerzo colectivo comprime a la estructura segmentaria de la producción sin efectuar en ella ningún cambio permanente o fundamental.

Lo que es más, la cooperación no instituye una estructura de producción sui generis y con finalidades propias que difiera en forma o en alcance de la supervivencia de los distintos grupos domésticos y que predomine en el proceso de producción de la sociedad. La cooperación sigue siendo, en su mayor parte, un hecho de naturaleza técnica, sin realización social independiente en el nivel del control económico.

No compromete en absoluto la autonomía de la unidad doméstica o su objetivo económico, la organización doméstica de la capacidad laboral o el predominio de los objetivos domésticos a través de las actividades sociales del trabajo. Realizados estos planteamientos, paso a la descripción de los aspectos principales de la modalidad doméstica de la producción (MDP), con la vista puesta en las implicaciones que ésta tiene para el carácter del desempeño económico.

Extraído del libro: "La economía de la Edad de Piedra" de Marsall Sahlins

Migración y decrecimiento


Artículo extraído del libro 'Decrecimientos. Sobre lo que hay que cambiar en la vida cotidiana', del capítulo escrito por Manoel Santos 'decrecimiento y migraciones'.

Las migraciones masivas de seres humanos se han potenciado enormemente por causa del crecimiento económico planificado de las sociedades centrales, que tienen en los millones de migrantes del planeta una fuerza de trabajo, muchas veces barata y dominable, que les es imprescindible. La situación ha ayudado a empobrecer aún más a los países del sur geopolítico y ha desertizado salvajemente las zonas rurales del planeta, provocando terribles daños ambientales y sociales.

(…)

El emprendimiento de un proyecto de decrecimiento ordenado y sereno en el Norte, que debería implicar no sólo la drástica reducción de nuestra producción y nuestro consumo, sino también cambios radicales en la manera de organizarnos política, social y económicamente; con mas autogestión, autoproducción, ahorro y por tanto autosuficiencia, con la relocalización de la economía, la producción, la política y en general con la primacía de todo lo local frente a lo global; con el reparto del trabajo y la producción de bienes relacionales; con la redistribución equitativa de los recursos disponibles en el nivel planetario; y sobre todo con el desarrollo de una vida más frugal – incluso dando ciertos pasos hacia atrás-, debería ser una opción que hay que tener muy en cuenta para contribuir a que el planeta, y con él la humanidad y la vida misma, interrumpa e incluso revierta eses camino hacia la catástrofe que todos los datos parecen indicar.

Dicho cambio en nuestro estilo de vida podría tener efectos muy positivos en la reducción del drama social que suponen las migraciones en el nivel mundial, tanto de aquellas que sangran a muchas poblaciones del Sur geopolítico -incluiría también a las del este de Europa-, para las que la emigración hacia otros lugares y países se ve como la única salida a la pobreza extrema, como de las que desertizan los espacios rurales del planeta para engrosar las aglomeraciones urbanas.

(…)

En lo referente a los migrantes internacionales, la opción del decrecimiento en las sociedades industrializadas tendría por fuerza que provocar mayor justicia social es sus países de origen y por ende en sus sociedades, entre otras cuestiones por causa del freno que supondríaa para el expolio de sus recursos naturales, el cese de una más que injustas relaciones -o imposiciones- comerciales y políticas capitalistas y el obligado pago de la deuda del crecimiento que el Norte tiene con el Sur.

Si hablamos de éxodo rural que es la migración más copiosa tanto en los países de la Periferia como en los del centro del sistema, un programa de decrecimiento ayudaría a invertir la tendencia urbanizadora del planeta, por cuanto éste sería inabordable si una decidida repoblación humana del campo -lógicamente con su redistribución equitativa de la tierra-, orientada a relocalizar tanto la economía como la política. Dicho proyecto buscaría, entre otras cosas caminar hacia una soberanía alimentaria que a su vez ayudaría a paliar en buena medida el panorama multicrisis (crisis ambiental,energética, cultural, económica, alimentaria, humanitaria, etc.) que asola la Tierra.

La crítica a la economía del crecimiento

 

Yago Calbet Domingo


La crítica a la economía del crecimiento Una comparación entre el pensamiento de los años setenta y los actuales

1. Introducción

En contextos de grandes crisis salen a la luz un gran abanico de teorías críticas con el funcionamiento del sistema económico-político y surgen también nuevos modelos alternativos de organización y desarrollo. En realidad, dichos contextos son la oportunidad ideal para que estas críticas ganen credibilidad y se difundan mejor entre la población. La coyuntura actual no es una excepción a ello y por eso hoy se hace notoria la expansión y difusión de proyectos que pretenden un cambio sistémico para avanzar hacia una sociedad mejor.

En los últimos años, una de las críticas más recurrentes tiene que ver con la cuestión de que el funcionamiento de las sociedades industrializadas esté basado en el crecimiento económico. Presentadas al público, estas críticas parecen nuevas y rompedoras pero ¿no se dijo en el pasado algo parecido? La respuesta nos la dan los mismos autores de hoy cuando citan teorías de pensadores anteriores. Entonces, las críticas actuales ¿representan sólo de un recuerdo de lo que otros dijeron ya? Esta sencilla pregunta constituye el punto de partida de la presente investigación. Una investigación motivada por saber dónde se encuentran las raíces de la crítica actual a la economía del crecimiento y por conocer cómo ha evolucionado dicha crítica –si es que ha evolucionado- y cuáles son las formas que adopta en la actualidad.

El artículo se organiza en tres apartados correspondientes a líneas básicas de pensamiento, las cuales agrupan a autores distintos. El primero está formado por las obras referentes de D. Meadows, F. Schumacher, Georgescu-Roegen y T. Scitovsky. Constituye un buen punto de partida porque sus obras configuran la primera crítica a la economía del crecimiento en un contexto de sociedades modernas que habían experimentado el período de mayor industrialización y crecimiento económico. Este primer grupo supone la referencia básica en la que se comparan los dos próximos grupos.

Hay que puntualizar que si bien este primero es anterior cronológicamente a los demás, el segundo y el tercer grupo coexisten en el tiempo ya que lo que se desea, a parte de determinar la evolución del pensamiento crítico con el crecimiento, es analizar las ramificaciones que ha adoptado en la actualidad.

El segundo grupo se sitúa en la primera década del nuevo milenio está compuesto por los trabajos de Clive Hamilton y de Tim Jackson. Para hacer referencia a este segundo grupo, se ha considerado adecuado hablar de la crítica actual al crecimiento, término que define la naturaleza de los trabajos que agrupa y a la vez permite distinguirla de la tercera línea analizada.

La tercera línea es la escuela del decrecimiento. Esta teoría se sitúa también a principios de los años 2000 y continúa claramente la crítica el crecimiento. A diferencia del grupo anterior, empero, esta vía va más allá de la crítica a la persecución obsesiva del crecimiento y apuesta por la práctica del decrecimiento. Determinar las diferencias entre esta opción y la anterior es otro de los grandes objetivos que se persiguen. Para el estudio de este apartado se ha recurrido a los textos de uno de los mayores difusores del decrecimiento, Serge Latouche, y al teórico italiano Maurizio Pallante
.
La forma de acercarse al pensamiento de los autores que se analizan aquí ha sido a través de un estudio de sus obras más relevantes para poder determinar con precisión las opiniones de cada autor sobre el tema que nos preocupa. El estudio no ha consistido en resumir cada obra sino que se han usado seis variables: argumentación principal, postura respeto al crecimiento, confianza en la innovación tecno-científica, compatibilidad de sus propuestas con sistemas político-económicos, el enfoque disciplinar y las propuestas de solución. Ello ha servido de guía para una posterior comparación entre los respectivos pensamientos.

De esta forma, a partir del estudio de cada autor se han establecido unos rasgos en común de los grupos a los cuales pertenecen. Por ello, cada apartado muestra primero el origen del pensamiento tratado, después los puntos en común de los autores de tal grupo y por último las propuestas planteadas. Esta organización permite hacer por una parte una comparación temporal entre los setenta y la actualidad y, por la otra, una comparación entre los dos caminos que ha tomado hoy la crítica al crecimiento.

2. Las primeras críticas al crecimiento

 

El contexto

Los escritos de este primer grupo de autores, comprendidos entre los setenta y ochenta del pasado siglo, se publicaron terminada la Segunda Guerra Mundial. Entonces, la reconstrucción industrial en Europa y los Estados Unidos dio pie a un enorme crecimiento de económico, un aumento del Producto Interior Bruto de muchos países y un incremento importante de la industria de bienes materiales que propició su consumo a gran parte de los ciudadanos. Se amplió también la clase media y así muchos trabajadores entraron a formar parte de la nueva sociedad de consumo. Como consecuencia, el impacto sobre el medio ambiente de este aumento de la producción creció a ritmos altísimos en forma de acumulación de residuos, contaminación del agua y emisiones de gas carbónico.

La euforia y confianza de la nueva sociedad reconstruida después del conflicto, sin embargo, hizo que muy pocos se cuestionaran los efectos negativos del modelo que se estaba siguiendo. No fue pues hasta los setenta, cuando algunos autores se opusieron abiertamente aquel modelo de sociedad centrado en una economía del crecimiento ilimitado. Aunque desde enfoques diversos, todos ellos criticaron la invisibilización en la economía de los límites ecológicos y el modo de vida consumista y materialista. Más tarde, en 1973, la crisis internacional ayudó a crear consciencia sobre la finitud de los recursos y en concreto en el que se había convertido en el material más básico para el funcionamiento de la sociedad: el petróleo.

En aquél context, los trabajos de Donella Meadows (Los Límites del Crecimiento, 1972), Erns Schumacher (Lo Pequeño es hermoso, 1973), Nicholas Georgescu-Roegen (Ensayos bioeconómicos, 1971-1976) y Tibor Scitovsky (Frustraciones de la riqueza, 1986) fueron reconocidos por formar una base sólida de la crítica al crecimiento económico. De hecho, según el estudioso Martínez-Alier, los tres primeros autores contribuyeron decisivamente en la formación teórica de la economía ecológica.

Puntos en común

 

La primera idea clara de este primer grupo de autores es la crítica a la teoría económica clásica. Básicamente, se resalta el hecho que esta teoría se muestra incapaz de reconocer algunas partes esenciales del bienestar humano como son el medio ambiente o las relaciones sociales. En este sentido, cabe destacar el trabajo de Tibor Scitovsky al desmentir muchas suposiciones psicológicas arraigadas en la economía del crecimiento, como la relación positiva entre riqueza y felicidad, y el aumento del placer ligado al aumento de la comodidad.

La misma crítica se hace extensiva al abuso de un razonamiento estrictamente económico (como la preponderancia del PIB), el cual provoca que las sociedades se vean abocadas a perseguir objetivos instrumentales y se olviden de satisfacer las necesidades reales de la población. Hay que puntualizar que no existe una oposición a que la economía se ocupe de algunas esferas humanas, sino al hecho de que no se sea consciente de ello y se le atorgue un papel excesivo en la planificación del progreso.

La segunda característica común es la consciencia de la finitud de los recursos naturales. Se entiende que el modelo de crecimiento ilimitado que se lleva a cabo en las sociedades industrializadas está destinado al colapso, además de ser en muchas ocasiones un crecimiento alejado o incluso contrario a la felicidad de las personas. Una de las obras que más se ocupa de ello es el Informe Meadows. En ella, se elabora modelo mundial de predicción sobre el futuro de los recursos y se concluye que, con un seguimiento de las tendencias actuales en términos de crecimiento y consumo de en cinco factores determinados (población, industrialización, alimentos, recursos no renovables y contaminación), se alcanzarán los límites del planeta en solamente cien años. Cabe precisar que el valor real de Los límites del crecimiento no está tanto en la exactitud de esas cifras científicas (a lo largo del trabajo se reconoce que el mismo contiene información incompleta) sino en los dilemas que plantea en base a la evolución de la sociedad opulenta, así como la necesidad de adoptar un enfoque global.

Por otra parte, desde el punto de vista de Schumacher el crecimiento provoca problemas inmateriales y materiales. Por lo que respecta a los materiales, y relacionado con la segunda crítica compartida por este grupo de autores, es interesante resaltar lo que denominó el “problema de la producción”. Según él, al tratar los recursos naturales como renta, nos desinteresamos por el ritmo de consumo y por el posible agotamiento de tales recursos, sobretodo de los combustibles fósiles. Por ello, Schumacher explica que del mismo modo despreocuparse por el excesivo consumo del propio capital sería del todo inadecuado en una empresa, una gestión similar en el ámbito de la producción global no es sólo errónea sino que imposibilita su sostenimiento a lo largo del tiempo.

El tercer y último punto de encuentro es la desconfianza respecto a la tecnología como fuente de soluciones a largo plazo. Los autores aseguran que las mejoras en este campo, las modas y los nuevos productos han creado nuevas necesidades que suponen más gasto y mayor contaminación. Por ello, pese a que ninguno de ellos se opone a la tecnología en sí, todos denuncian las consecuencias negativas que han tenido algunos avances tecnológicos tanto para las personas como para el medio ambiente. En consecuencia, se considera imprescindible redirigir el progreso científico-tecnológico y avanzar hacia un cambio sistémico, de modo de producción y de consumo y, en definitiva, en el modo de vida.

Un ejemplo que ilustra esta necesidad de cambio profundo y los límites de la tecnología la presenta Schumacher al explicar lo que hoy se conoce como el “efecto rebote”. Este fenómeno sucede cuando la reducción del impacto ambiental se ve contrarrestado por el aumento del consumo de esa unidad o incluso por su mayor uso. Más adelante, otros autores recurrirán al mismo razonamiento para justificar su posición.

Otra de las más importantes aportaciones que sustentan esta posición escéptica respecto a las solucionas tecnológicas es la exposición de la Ley de la Entropía (o segundo principio de termodinámica) por parte de Georgescu-Roegen. Sabiendo que en la naturaleza podemos encontrar la energía en forma utilizable (disponible para las personas) e inutilizable, un sistema con un alto nivel de entropía será aquel que tenga un grado elevado de energía inutilizable. Roegen explica que en un sistema cerrado como el planeta, la energía utilizable se transforma continua e irrevocablemente en inutilizable, hasta que la primera desaparece por completo. Para evitar el colapso al que conduce un crecimiento ilimitado pues, no bastaría con disminuir la entropía del sistema reduciendo el consumo de recursos, sino que se debería reducir la explotación del almacén terrestre –de fuentes agotables- y recurrir a los flujos de radiación solar.

Propuestas compartidas

Una primera propuesta, que es bastante amplia y general, se refiere a la necesidad de replantear el estilo de vida. Como declaró Scitovsky, “Ha llegado el momento de que revisemos nuestro estilo de vida y determinemos cuán esencial es para la felicidad”1. Ello pasaría por la reducción del consumo en las sociedades opulentas y por contemplar en todas las políticas el enfoque medioambiental que prevenga el agotamiento de los recursos y la destrucción natural.

La segunda propuesta es la reformulación de la ciencia económica, esto es, enfocar la economía a la satisfacción de las necesidades básicas de la población y abandonar así el ansia por el crecimiento y la industrialización.

La tercera de las propuestas es la disminución de la tendencia totalizadora de la economía. En este caso, se trataría de acabar con la expansión de la lógica económica y mercantil a cada vez más ámbitos de la vida pública y privada.

3. La crítica actual al crecimiento

Surgimiento y particularidades

Las visiones que se analizan en este apartado son las de algunos autores que, pese a pertenecer a instituciones oficiales y ser considerados parte del establishment, en la primera década de los 2000 alzaron su voz en contra del modelo de desarrollo que se venía llevando a cabo. Concretamente, su crítica se dirige hacia un sistema económico y político basado exclusivamente en el crecimiento económico. Ello supone toda una novedad ya que, en aquél contexto, sólo algunos académicos y movimientos ecologistas se habían opuesto al crecimiento económico en las últimas décadas.
La importancia del (re-)surgimiento de esta crítica no está sólo en que proviniera de las altas esferas, sino que se dio antes de las peores consecuencias de la gran recesión actual. Así, Clive Hamilton (El Fetiche del crecimiento, 2003) y Tim Jackson (Prosperidad sin crecimiento, 2009), publicaron unas obras que ponían en entredicho todo el supuesto bienestar que había aportado el crecimiento económico y que sin embargo pocos se habían detenido a cuestionar.

Otra novedad que ofreció este grupo de autores respecto a anteriores es que todos ellos hicieron un trabajo interdisciplinar. Así, mientras que en las obras tratadas en el segundo capítulo estaban mayormente especializadas en campos concretos, las aquí estudiadas tocan disciplinas diferentes que van desde la psicología a la ecología, pasando por la economía y la política. Ello ayuda a ampliar el campo de visión y construir una crítica más completa respecto al crecimiento, ya que es cuestionado desde ámbitos bien diversos. En este mismo sentido, sus trabajos basan su crítica no ya en investigaciones propias sino en el aglutinamiento de distintos estudios que refuerzan su teoría de una desconexión entre el bienestar o la prosperidad y el crecimiento económico. Esta unión de especializaciones permitió un claro avance respecto a la crítica esgrimida en los setenta y los ochenta.
Por último, el grupo de autores que se trata en este capítulo no constituyen, como en el primer capítulo, una corriente de pensamiento en sí mismo. Esto añade una dificultad terminológica al trabajo, sobretodo a la hora de comparar dicho grupo con el del decrecimiento. Por esta razón, para hacer referencia a este segundo grupo de autores (del que se analizan aquí los trabajos de Hamilton y Jackson) se usará el término “la crítica actual al crecimiento”, ya que describe su finalidad y a la vez permite distinguirlo de la corriente del decrecimiento.

Críticas compartidas

 

Un primer rasgo de este pensamiento, compartido con el primer grupo de autores, es su oposición al predominio de la economía. Según esta visión, la obsesión por el “economicismo” ha ido en detrimento de otros ámbitos igual o más importantes como son el medio ambiente o los aspectos sociales. Este predominio es especialmente grave porque en la teoría económica actual no se prevén los límites ecológicos del planeta y se relaciona equivocadamente el aumento de la riqueza con el aumento de la felicidad. En este sentido, Hamilton resume así las conclusiones de distintos estudios discutidos en su obra:

Por encima de cierto nivel de renta nacional, los habitantes de los países ricos no son más felices que los de los pobres; los ricos no son en ningún país más felices que las personas con ingresos medios; y la gente no se hace más feliz a medida que se enriquece.2

Por otra parte, también se concibe el mercado como un mecanismo ciertamente limitado, por lo cual resulta erróneo expandir su influencia y confiarle cada vez más actividades (como se hace en la actualidad). Es necesario puntualizar, sin embargo, que Hamilton se opone con mucha más rotundidad que Jackson a la economía neoliberal, impulsora de esta mercantilización.

El segundo punto común es que su crítica a la economía basada a la economía del crecimiento no concluye en una oposición radical al crecimiento en sí. Es más, ambos autores comparten la necesidad que se de un crecimiento en los países del Sur. De esta forma, aunque se reconoce que el crecimiento es ya insostenible en el Norte, e incluso se señalen las consecuencias negativas que ha tenido más allá de las ambientales, creen que el crecimiento económico en los países más pobres tendría un papel positivo. En pocas palabras, no se trata de una oposición firme el crecimiento en sí sino a la manía u obsesión por el crecimiento.

Una tercera confluencia es la crítica al PIB como indicador supremo del bienestar, cuando a su modo de ver se trata de un indicador incompleto. Jackson lo argumenta explicando que los niveles de ciertos derechos básicos (educación, mortalidad infantil, esperanza de vida) aumentan a medida que lo hace el PIB per cápita del país, pero a partir de cierto nivel de ingresos, la relación se deshace por completo. Además, numerosos países como Cuba, Dinamarca o Estados Unidos no muestran ninguna relación positiva entre ingresos y más derechos básicos. Hamilton, por su parte, muestra como ejemplo alternativo al uso del PIB el Indicador de Progreso Genuino (IPG), el cual contabiliza otros aspectos como la distribución de los ingresos, las tareas domésticas y sociales no mercantiles, el desempleo, la disminución de los gastos defensivos (gastos destinados a la protección de alguna disminución del bienestar, como la seguridad armada, el gasto sanitario o la reparación de accidentes), y además contempla negativamente la destrucción medioambiental

Por último, esta perspectiva actual muestra cierta desconfianza en la innovación tecnológica como fuente de soluciones al problema del crecimiento ilimitado. Así, aunque se afirma la importancia que puedan tener avances concretos en la reducción del impacto sobre el ambiente, se acepta que, como se afirmó ya en Los límites del crecimiento, dichos avances tecnológicos pueden retrasar el colapso ecológico, pero no lo evitan si no se cambia el modelo de crecimiento indefinido.

Propuestas de solución

En esta línea de pensamiento se plantean propuestas amplias y extensas, más que proposiciones concretas. Dichas propuestas se exponen prácticamente en forma de políticas y se resumen en cinco ámbitos. Como se verá a continuación, pocas son las novedades ofrecidas por estos autores, ya que muchas de sus propuestas son tan amplias que habían sido de un modo u otro, realizadas con anterioridad.

La primera se refiere a la necesaria distribución de la riqueza entre la sociedad, ya que la igualdad se percibe como un valor por definición positivo para las sociedades. En este aspecto, tanto Hamilton como Jackson alertan de los efectos perjudiciales para toda la sociedad de las desigualdades entre las personas, no sólo a nivel moral sino también en calidad de vida. Entrando en el detalle, una medida posible sería la distribución del trabajo, de forma que la reducción de la jornada laboral permitiese aumentar el número de empleados.

En segundo lugar, se pretende aumentar la protección del medio ambiente ejerciendo mayor presión a las empresas y estableciendo topes en las emisiones de gases contaminantes. La tercera propuesta hace referencia a la reducción de la desigualdad entre países ricos y pobres. En este sentido, se apuesta por aumentar la ayuda a los países en vías de desarrollo. El cuarto ámbito clave es el consumo. La visión aquí analizada entiende que, para hacer frente al consumismo desenfrenado, se debería reducir el peso del mercado y la publicidad a través de políticas estatales.

Por último, una característica de esta perspectiva es optar por un nuevo modelo de progreso que no esté basado sólo en el crecimiento. Hamilton propone el eudemonismo como base de un modelo alternativo. El papel del sistema sería aquí el de garantizar los medios para que las personas se realicen plenamente, abandonando así el papel único de ofrecer medios para un mayor crecimiento económico. La visión de Jackson es la de redefinir la prosperidad, escapando de las consideraciones que equiparan la prosperidad a utilidad o a opulencia. Ello se lograría a través de tres vías: una nueva Macroeconomía Ecológica que situara la ciencia y la práctica económica dentro de los límites de los recursos; un Florecimiento que permitiera trascender la lógica social del consumismo para crear condiciones adecuadas para la realización de personas y comunidades; y una adecuada Gobernanza, en la que los gobiernos se responsabilizaran de los problemas sociales y no sólo del funcionamiento del mercado.

En conclusión, esta “filosofía política” compartida por ambos busca la reducción de la escala productiva, laboral y de consumo, y disminuir el protagonismo de la racionalidad económico a favor de otras racionalidades. Así, se menciona como modelo a alcanzar el estado estacionario que planteó Stuart Mill en el S.XIX. De acuerdo con este modelo, se debería dar un cierto crecimiento hasta cubrir las necesidades básicas y después mantener un ritmo productivo constante y dentro de los límites ecológicos; trasladando, así, una mayor atención de las actividades meramente productivas y laborales a otras más culturales, sociales y que permitan la realización de las personas.

4. La escuela del decrecimiento

El origen

Si bien el término “decrecimiento” fue usado por primera vez en 1979 en una traducción al francés de una obra de Georgescu-Roegen, resulta difícil establecer el nacimiento de la teoría del decrecimiento. En cualquier caso, se puede tomar como punto de partida los primeros escritos de Serge Latouche sobre este tema, que datan del 2006. Fue entonces cuando apareció esta teoría rompedora con todas las críticas hechas hasta entonces al modelo de desarrollo seguido. De alguna forma, agrupaba muchas observaciones ya hechas, pero tenía una particularidad.

El paso dado por la teoría del decrecimiento es el de concebir el crecimiento, y sobretodo el pensamiento “crecentista”, como algo negativo. El punto clave, de hecho, es su rechazo a cualquier modelo que contenga una lógica de crecimiento en su interior. El desarrollo sostenible relativizó su peso en favor del ecológico y social y de la misma forma, el Índice de Desarrollo Humano redujo el valor de los ingresos a una tercera parte del total3, pero ninguno abandonó por completo la consideración positiva del crecimiento económico en el bienestar.

Si se entiende la idea del decrecimiento como la “elección de simplicidad”, encontramos numerosos antecedentes teóricos. El primer es el de H. Thoreau, con su filosofía de simply living. Los consejos de Gandhi también iban en la dirección de no acumular bienes sino reducir las necesidades. Del mismo modo, el autoabastecerse de los bienes necesarios a través del propio trabajo, como el vestido, era una de sus prácticas de rebeldía más simbólicas. Por último la propuesta de I. Illich de limitar los niveles de consumo y producción para acabar con la explotación laboral y ambiental.

Es necesario puntualizar que existen corrientes diversas dentro de este pensamiento, de manera que en cada territorio su desarrollo teórico y práctica ha seguido caminos distintos. Un análisis más detallado requeriría seguramente un nuevo trabajo dedicado exclusivamente a ello. Por lo tanto, este artículo cita dos de las corrientes más importantes. Se trata de la corriente francesa y de la italiana. En el país galo es donde más se ha desarrollado y trabajado esta teoría de la mano de autores como Latouche, Schneider y otros. Sus influencias provienen de la ecología política (pensadores como A. Gorz y J. Grinevald, entre otros) y de la crítica al desarrollo hecha por autores como F. Partant y G. Rist. Al ser Serge Latouche el autor más reconocido, se incluye en este capítulo un análisis de su trabajo.

Por otra parte, en Italia la expansión del decrecimiento se ha dado tanto en el campo teórico como, sobretodo, en el práctico. Es importante mencionar el Movimento per la Decrescita Felice, creado en 2007 por Maurizio Pallante, quien se ha convertido en el pilar fundamental de su divulgación y teorización. Es por eso que se ha escogido su libro, El decrecimiento feliz (2009), como documento de análisis para este capítulo.

La crítica compartida

 

Concluir las líneas generales que caracterizan la escuela del decrecimiento no supone una tarea demasiado fácil ya que existen diferencias entre la corriente francesa, con importantes influencias de críticos con el desarrollo y ecologistas políticos; y la corriente italiana, mucho más enfocada en la cotidianidad de las personas. A pesar de ello, seguidamente se explican dos rasgos comunes que comparten los autores estudiados (S. Latouche y M. Pallante).

Como se ha comentado anteriormente, empero, el decrecimiento no constituye sólo una corriente teórica sino que se ha establecido en forma de movimiento social. Se entiende, entonces, que en los trabajos teóricos se expongan menos recomendaciones políticas y más guías prácticas de acción.

El primer punto en común es que el decrecimiento se define básicamente por rechazar el modelo del crecimiento por dos motivos. El primero es su insostenibilidad a largo plazo, puesto que los recursos naturales y la capacidad de absorción de residuos del planeta son ambos limitados. En pocas palabras, se concibe incompatible el crecimiento y el respeto al medio ambiente.

El segundo motivo para el rechazo de la sociedad del crecimiento es su indeseabilidad: el crecimiento, no sólo ha agudizado las diferencias sociales, se ha desarrollado a causa (y gracias a) un proceso de mercantilización que ha ido destruyendo espacios de autonomía de las personas y pueblos, y en consecuencia su resiliencia ha disminuido. Además, de acuerdo con ellos, tal crecimiento no ha hecho aumentar la felicidad de las sociedades sino que su persecución irracional las ha hecho menos felices.

Hay que puntualizar, sin embargo, que el rechazo total al crecimiento eoconómico no significa que el decrecimiento abogue por la reducción automática e indefinida del PIB, ya que ello supondría entrar en la lógica contraria e igualmente irracional de la disminución por la disminución. En otras palabras, decrecimiento abarca más cosas que un simple “anti-crecimiento”. Así, el decrecimiento aboga por “salir del imaginario” del crecimiento. Tal como señala Latouche

Decrecimiento es un eslogan político con implicaciones teóricas (…) que significa abandonar radicalmente el objetivo del crecimiento por el crecimiento, un objetivo el motor del cual no es otro que la búsqueda de ganancias por los propietarios del capital y las consecuencias del cual son desastrosas para el medio ambiente.4

No sin razón, a menudo se hace referencia a los autores afines no como “decrecentistas” sino como “objetores del crecimiento”.

Propuestas políticas y prácticas

La teoría del decrecimiento aboga por abandonar el crecimiento tanto a nivel teórico como a nivel práctico. Es esta idea la propuesta general de dicha escuela, una idea “paraguas” engloba otros puntos que se detallan a continuación. Antes de continuar, especificar que según el decrecimiento se debería abandonar el crecimiento no solamente en el Norte opulento sino también en el Sur. Frente a teorías anteriores que recomendaban cierto nivel de crecimiento en el Sur para mejorar sus condiciones, este pensamiento alerta que sería un grave error introducir la lógica del crecimiento en el Sur. Por eso, ve compatible (y deseable) que la salida del modelo del crecimiento se de también en los países pobres y apuesta porque en ellos se consiga una mejor calidad de vida potenciando la auto-producción frente a la mercantilización y el crecimiento económico.

La primera de sus propuestas que materializan la idea general anteriormente presenta es la cultura de la reducción o simplicidad voluntaria. Ello incluye las prácticas de reparación, reutilización y auto-producción; en definitiva recuperar el “saber hacer” de los pueblos. El origen de esta lógica de pensamiento y acción es resumida de la siguiente manera por Pallante. Según explica, después de la publicación de Los límites del crecimiento en el año 1972, el debate giró entorno a cual debería ser la alternativa energética a los combustibles fósiles. Entonces, surgieron dos opiniones sobre a cómo aumentar la oferta: la favorable a la energía nuclear y la favorable a la energía solar. A pesar de que en losmass media éste debate fue el único protagonista, en paralelo una pequeña minoría empezó a destacar la probabilidad de que la respuesta a la escasez de recursos se resolviera disminuyendo la demanda y aumentando la eficiencia. De allí surgió tal cultura de la simplicidad.

Un segundo pilar, estrechamente ligado al anterior, es la reducción de la escala. Debido al proceso de globalización y como consecuencia también del desarrollo tecnológico, la escala geográfica ha aumentado hasta abarcar casi la totalidad del globo. El problema, según estos autores, es que el transporte rápido y barato ha incrementado la contaminación y en el proceso de relaciones ha provocado una creciente uniformización cultural en la que Occidente ha salido ganador. Es por eso que desde el decrecimiento se apuesta por potenciar la cultura autóctona de cada zona, las relaciones cercanas y la producción local. En otras palabras, fortalecer y empoderar los actores y procesos locales frente a las tendencias globales que tienden a uniformizar.

Por último, ambos autores lanzan propuestas para una sociedad del decrecimiento. Las recomendaciones de Latouche se detallan en las ocho “r”, iniciales de: reevualuar, redefinir, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar y reciclar. Todas ellas, potenciadas por una movilización colectiva, permitirían acercarse a la sociedad del decrecimiento. Latouche insiste en marcar distancia entre su propuesta respecto al estado estacionario porque entiende que éste no se plantea salir de la lógica economicista. Asimismo, se esfuerza en diferenciar su propuesta también del crecimiento cero esbozado en el “estado de equilibrio” del Informe Meadows ya que, según Latouche, el “estado de equilibrio (…) no renuncia ni al método de producción, ni al modelo de consumo, ni al estilo de vida generado por el crecimiento anterior”5.

Pallante, por su parte, apuesta por la sobriedad y la auto-producción. Por sobriedad se debería entender “Reducir el uso de mercancías que comportan utilidades decrecientes e inutilidades crecientes, que generan un fuerte impacto ambiental y causan injusticias sociales.”6

En cuanto a la autoproducción, se refiere propiamente de construirse uno mismo los productos necesarios y, cuando no sea posible, potenciar la donación y la reciprocidad como vías para satisfacer las propias necesidades.

En cuanto al modelo de desarrollo, no se prevé otro que el decrecimiento. De hecho, Latouche lo considera un modelo de post-desarrollo. Y no se trata de hecho de un modelo específico y predeterminado: la lógica de la escala local ya presupone que cada región puede diferenciarse en sus formas y preferencias. Lo que se quiere decir es que cualquier propuesta sistémica deberá escapar necesariamente de la lógica de acumulación y superar definitivamente la lógica economicista.

5. Conclusiones finales

 

5.1. La evolución de la crítica al crecimiento
  1. Continuidad
Una vez analizadas por separado cada línea de pensamiento, es ahora momento de tomar una perspectiva completa de dicha evolución y concluir cómo se ha caracterizado el desarrollo de la crítica al crecimiento.

La principal idea a resaltar es que existe una continuidad en la crítica realizada. Una continuidad que no ha sido estática, pues ha habido una innegable evolución que, a pesar de todo, ha mantenido las bases de las críticas expuestas al principio. En otras palabras, la senda abierta por los primeros autores de los setenta ha sido seguida por pensadores posteriores, pero estos últimos han nutrido la teoría con nuevas aportaciones que han ayudado a completarla y actualizarla al contexto. Hay que señalar que la fractura actual más importante en esta crítica es la que existe entre los críticos con el crecimiento y los partidarios del decrecimiento. La segunda parte de las conclusiones se ocupa de ello, pero veamos ahora los puntos comunes que sí han sostenido todos los críticos con el crecimiento.

Una de las premisas que ha marcado todo el desarrollo posterior de la teoría ha sido tomar consciencia de que los recursos del planeta son finitos y, por lo tanto, un modelo de crecimiento continuo está destinado a chocar con los límites naturales. Esta afirmación, demostrada científicamente en el Informe Meadows y en los trabajos de por Georgescu-Roegen, representan sin duda uno de los pilares base que se han mantenido en la crítica al crecimiento económico.

Otra característica que ha estado presente en la evolución de este pensamiento es la crítica a la economía moderna y mercantilista como teoría. Ya desde los setenta se ha insistido en los límites intrínsecos que padece la economía a la hora de concebir el mundo en su totalidad. Por esto, ha sido una constante la oposición al excesivo papel que tiene la economía en la gestión de cada vez más ámbitos de la sociedad. Un segundo pilar de este pensamiento crítico es pues, la preocupación por el “economicismo” imperante, entendido como la influencia de la lógica económica en una número creciente de esferas.

El tercer pilar que ha marcado esta evolución es la desvinculación entre aumento de ingresos y mayor bienestar. De una forma u otra, todos los autores han insistido en cuestionar una de las bases en las que se asienta la idea de progreso de las sociedades industriales: que un aumento en el bienestar procede siempre de una mayor riqueza.

Por lo que respecta a las propuestas, es preciso decir que también ha habido un hilo de continuidad entre los primeros pensadores y los actuales, aunque hoy el debate entre las dos grandes corrientes se de precisamente en el campo de las propuestas. Sin embargo, hasta estas dos corrientes comparten unos mínimos teóricos que se establecieron en los setenta. Estos mínimos se repasan a continuación.

Frente a las problemáticas descritas, una respuesta muy común en los setenta era la necesidad detransformar el modo de vida para convertirlo en un estilo menos destructivo y encaminado hacia un mayor placer más que hacia una mayor riqueza monetaria. En este sentido, se habló ya entonces de “humanizar” la economía, corrigiendo sus flaquezas teóricas y también de reducir la influencia de la economía y del mercado en la vida de las personas. En último término, se apostó por la reducción del consumo y el aumento de la protección del medio ambiente. Estas demandas, más o menos desarrolladas según el autor, se formularon con las primeras críticas al crecimiento pero hoy continúan siendo muy vigentes.
  1. Nuevas aportaciones
Como se dijo anteriormente, las corrientes actuales han ampliado algunos aspectos tanto en críticas como en propuestas. Estas novedades se deben sobretodo a la mayor información disponible, tanto en lo que se refiere a los estudios psicológicos que se han realizado, como en la certeza científica de estar inmersos en una crisis ecológica en forma cambio climático y de saturación de la capacidad de regeneración de los recursos.

Una de las ideas que se han reforzado, gracias precisamente a varios estudios sociales, es la gran desconexión que existe entre el nivel de PIB y la felicidad de las personas. Es por eso, y también por la mayor atención que medios de comunicación y la clase política ha puesto en el PIB, que este argumento como crítica al crecimiento económico ocupa mucho más espacio en la actualidad.

Otra idea en la cual se detienen mucho más hoy los autores críticos es la desigualdad social. Convencidos de ser el crecimiento económico su gran causa y apoyados por estudios recientes que demuestran los efectos perjudiciales de las sociedades desiguales, la preocupación por la desigualdad social ha pasado a ocupar un lugar destacado en el pensamiento actual.

Como consecuencia de la crítica anterior, se esboza en la actualidad una necesaria redistribución de la riqueza. Ello resulta bastante lógico puesto que las diferencias sociales en el mundo no han disminuido desde las primeras críticas al crecimiento y, como argumentan los autores mismos, el propio crecimiento no ha sido la solución sino muchas veces la causa de una mayor desigualdad.

Otra novedad tiene que ver con que, para los primeros autores, no era prioritario determinar si sus propuestas tendrían mejor cabida en un modelo capitalista o socialista. Así, exceptuando a Schumacher (quien apostó por un sistema mixto entre los dos), la opinión general fue que la cuestión del crecimiento constituía un problema independiente a ello. En otras palabras, que ninguno de los dos sistemas ofrecía una solución clara para el problema del crecimiento indefinido. Los autores actuales, en cambio, sí han prestado más atención y todos se han posicionado respecto a la preferencia de un sistema capitalista o socialista, aunque no siempre en la misma dirección. Ello se puede deber a que mientras los primeros se esforzaron más en la construcción de una crítica sólida al crecimiento, los segundos han centrado su trabajo en idear modelos de organización político-económica y, por lo tanto, resultaba casi obligado un posicionamiento respecto a ello.

5.2. Comparación de las líneas actuales

 

Tal como se ha expuesto en el anterior apartado, las críticas y las propuestas respecto al crecimiento no han variado demasiado, pero el desarrollo de este pensamiento sí ha dado lugar a varias ramificaciones. Las dos más importantes representan la crítica actual al crecimiento (o CAC) y el proyecto del decrecimiento. Analizadas ya ambas corrientes, es momento de concluir cuán distintas son y cuáles son los principales temas en los cuales discrepan. Para empezar, cabría enumerar los cuatro debates o diferencias que existen en la actualidad entre las dos visiones.

El primero de los debates es si hay que oponerse a la obsesión por el crecimiento o al crecimiento en sí. En este caso, la CAC dirige su crítica contra la manía por el crecimiento. El título de la obra y la correspondiente argumentación de Clive Hamilton, dejan clara su oposición a tomar el crecimiento como un fetiche. En consecuencia, para estos autores el crecimiento en sí no resulta algo negativo y, como se ve al repasar sus propuestas, podría tener cabida en un nuevo modelo mejorado (aunque con una influencia y una forma distinta). Ello queda implícito, por ejemplo, al concebir los ingresos monetarios como medio necesario para mejorar la calidad de vida en las sociedades más pobres. Por lo tanto, de acuerdo con su visión, el problema aparece cuando se toma el crecimiento como objetivo único.

El decrecimiento en cambio, no sólo critica la obsesión y mitificación por el crecimiento, sino que se opone rotundamente a él. En pocas palabras, el crecimiento no debe ocupar, según ellos, ningún lugar en un modelo ideal, sea a nivel material como, sobretodo, a nivel del imaginario. Para los “decrecentistas” los problemas de las sociedades pobres no se solucionan con ingresos sino con autonomía, auto-producción y “saliendo de la economía”, eso es, abandonando los circuitos mercantilistas como mecanismo de distribución de los recursos.

El segundo de los debates se refiere a cuánto habría que reducir la producción y el consumo. Desde la CAC se contempla como necesaria una reducción en el Norte opulento hasta niveles sostenibles, mientras que en el Sur el PIB per cápita y la producción deberían crecer hasta unos límites también sostenibles que les permitieran cubrir sus necesidades básicas. Por su parte, el decrecimiento apuesta también por reducir drásticamente en el Norte, pero no concibe como positivo el aumento de la producción en el Sur sin más. Es preciso detallar que para Latouche una disminución final del PIB o la huella ecológica en el Sur no es deseable, pero tampoco apuesta por entrar en lo contrario: la sociedad del crecimiento. Pallante, por su parte, confía en que las necesidades básicas puedan ser cubiertas sin necesidad de producir más mercancías y por la tanto dejando estable o disminuyendo el PIB.

El tercero de los debates se refiere a concebir el estado estacionario como una meta deseable. La CAC -como muchos economistas ecológicos- sí contempla el estado estacionario como referente válido de situación a la cual llegar. Tal estado también era una meta para los autores que configuran el primer grupo. Este modelo consiste en un estado de equilibrio en el que las sociedades podrían progresar y aumentar su calidad de vida manteniendo, eso sí, una producción compatible con los límites del planeta.

Como se explicó anteriormente, desde el decrecimiento se rechaza la posibilidad de llegar a tal estado porque, aseguran, resulta ingenuo confiar en una estabilización del capitalismo teniendo en cuenta que forma parte de su naturaleza la acumulación indefinida. A ello se añade que el proyecto del decrecimiento propone un nuevo tipo de sociedad, una “civilización alternativa”, algo que el estado estacionario no propone.

En este punto, cabe mencionar una reflexión que hace Christian Kerschner respecto a este debate. Según él, el rechazo que se hace al estado estacionario desde el decrecimiento está mal planteado, pues se hace con una interpretación demasiado estrecha de dicho concepto. Kerschner recuerda que la propuesta originaria de Stuart Mill no reflejaba un modelo estático o eterno, tal como, según él, lo concibe el decrecimiento. Por todo ello, este autor argumenta a favor de la compatibilidad de ambos proyectos, explicando que un decrecimiento en el Norte permitiría llegar a un estado estacionario global.

Por último, una gran diferencia a notar entre ambas líneas de pensamiento es la naturaleza de sus propuestas. Desde la crítica actual al crecimiento se han formulado grandes modelos alternativos que deberían sustituir al vigente. Estos modelos, pese a buscar reformas del sistema actual, no conllevarían necesariamente el cambio de su estructura general. En otras palabras, lo que se ha propuesto desde la CAC son grandes recomendaciones dirigidas a la clase política y económica para evolucionar hacia un modelo más justo social y ambientalmente.

Sería falso decir que el decrecimiento no ha hecho tal cosa: basta repasar los escritos de Latouche y Pallante para encontrar sus respectivos “programas políticos de decrecimiento”. Pero la fuerza en sí de este pensamiento no la caracteriza las grandes soluciones, sino todo lo contrario. Para este enfoque, frente a un gran problema no se debe ofrecer una gran solución sino muchas soluciones pequeñas. Lo que ha caracterizado esta corriente es precisamente la llamada a la auto-organización ciudadana y a la asociación en grupos que practiquen el decrecimiento adaptándose a su entorno.

5.3. Reflexión final

Se puede concluir, respecto a las diferencias entre las críticas actuales, que la CAC sirve más al desarrollo teórico y el decrecimiento, además del campo intelectual, también representa una llamada a la acción. Sirva el siguiente ejemplo, un tanto extremo pero bastante clarificador: mientras que el trabajo de Jackson se presenta como la formulación de una “economía para un planeta finito”, la obra de Pallante comienza hablando de los múltiples beneficios de hacerse el yogur en casa.

¿Son ingenuos los primeros al pretender que las clases dominantes lleven a cabo grandes reformas? O ¿son muy ilusos los segundos al pensar que cambios en la cotidianidad provocarán un cambio sistémico? Lo primero que hay que decir es que después de cuarenta años de críticas a un modelo basado en el crecimiento, el camino seguido por la humanidad no sólo no ha variado sino que ha incrementado esta tendencia negativa. Además, no se han aplicado las recetas que se propugnaban desde esta crítica. Ello nos debe hacer concluir que la simple crítica teórica desarrollada hasta el momento había sido incapaz de frenar modelo del crecimiento. Por lo tanto, ha resultado necesario un avance significativo en la crítica al crecimiento. A mi entender, dicho avance ha sido aportado con gran acierto por el decrecimiento.

Sin embargo, la aportación decrecentista no hace inútil las voces de la CAC, porque para la transformación social es necesario el esbozo de nuevos horizontes a los cuales dirigirse. El estudio, la concreción y el perfeccionamiento teórico de dichos horizontes son trabajos muy valiosos que está aportando la CAC.

En definitiva, ambas líneas de pensamiento tienen su razón de ser y entiendo que ambas ramas pueden complementarse bastante bien, aunque sus formulaciones y propuestas puedan dirigirse a un público distinto. Por otra parte, al leer los trabajos de unos y otros, uno se percata que son más los vínculos que unen sus razonamientos que los que los separan. Sería erróneo decir que se trata sólo de una discusión terminológica: en efecto el decrecimiento tiene una naturaleza que lo distingue de otras corrientes críticas. Pero dado que es mucho lo que comparte con otras, sería deseable para el bien de la teoría y para todo el mundo que el desarrollo del pensamiento respecto al crecimiento tuviera la meta de mejorar y no de distinguirse de otras corrientes cercanas.

Cuadro comparativo

Bibliografía

Libros
· Meadows, D.H., Meadows D.L., Randers, J.y Behrens III, W.W.: Los límites del crecimiento. Fondo de Cultura Económica. México, 1972.
· E.F. Schumacher: Lo pequeño es hermoso. Ed. Alkal. Madrid, 1973.
· T. Scitovsky: Frustraciones de la riqueza. Fondo de Cultura Económica. México, 1986.
· C. Hamilton: El fetiche del crecimiento. Ed. Laetoli. Villatuerta, 2003.
· T. Jackson: Prosperidad sin crecimiento. Ed. Icaria e Intermón Oxfam. Londres 2009.
· S. Latouche: En defensa del decreixement. Tres i Quatre. Valencia, 2011
· S. Latouche: La scommessa della decrescita. Feltrinelli. Milano, 2006.
· M. Pallante: La decrescita felice. La qualità della vita non depende dal PIL. Ed. Per la decrescita felice. Roma, 2009.

Artículos

- C. Kerschner: “Economía en estado estacionario vs. Decrecimiento económico. ¿Opuestos o complementarios?”, en Revista Ecología Política nº35, España, 2008.
- K. Unceta: “Desarrollo, subdesarrollo, maldesarrollo y postdesarrollo. Una mirada transdisciplinar sobre el debate y sus implicaciones”, en Carta Latinoamericana nº7, Uruguay, 2009.
- J. Martínez-Alier, U. Pascual, F. Vivien, E. Zaccai: “Sustainable de-growth: Mapping the context, criticisms and future prospects o fan emergent paradigm”, en Ecological Economics nº69, 2010.
1 T. Scitovsky: Frustraciones de la riqueza. Fondo de Cultura Económica. México, 1986.
2 C. Hamilton: El fetiche del crecimiento. Ed. Laetoli. Villatuerta, 2003.
3 El IDH se calcula con el PIB per cápita, el nivel de educación y el nivel de salud.
4 Se han unido dos partes de definiciones que ha dado Latouche. La primera parte está extraída de S. Latouche: En defensa del decreixement. Tres i Quatre. Valencia, 2011 y la segunda de S. Latouche: La scommessa della decrescita. Feltrinelli. Milano, 2006.
5  S. Latouche: En defensa del decreixement. Tres i Quatre. Valencia, 2011.
6 M. Pallante: La decrescita felice. La qualità della vita non depende dal PIL. Ed. Per la decrescita felice. Roma, 2009.
Yago Calbet Domingo. Licenciado en Ciencias Políticas. Master en Globalización y Desarrollo. Octubre 2013