Tenemos reloj y nos falta tiempo

Los primeros relojes mecánicos – en el siglo XIII- eran de una sola aguja, sólo tenían la manecilla de las horas. La manecilla de los minutos se añade en el siglo XVI, y la de los segundos en el siglo XVIII. Desde que aparece la medición exacta del tiempo, las horas y los segundos medidos con precisión se convierten en algo que se puede comprar y vender: el tiempo puede ser mercantilizado.

Nuestros relojes no sólo nos miden el tiempo, también fabrican el tiempo, y en lugar de los ritmos naturales y de los ritmos interiores de cada uno, se nos impone la regularidad artificial del monótono e interminable tictac. Hoy en día nuestras vidas se organizan según el tiempo de los relojes, y aceptamos esa servidumbre crónica, y apenas nos queda tiempo para reflexionar sobre qué es el propio tiempo y qué sentido queremos darle. El tiempo del goce amoroso, de la poesía, de la satisfacción estética, de la contemplación intelectual, del disfrute de una buena comida...

Las prisas forman parte de nuestro ritmo vital, la obsesión por la productividad, hacer más en menos tiempo, a partir de los cual nos convertimos en objetos de un mercado global, en engranajes de una maquinaria productiva que nos arroja al consumo de manera que nos transformamos en objetos de la economía.

El poder puede definirse en términos de control sobre el tiempo ajeno. El capitalismo cultural desarrolla una elaborada estrategia para secuestrar el tiempo de las personas. El tiempo para la participación política, el tiempo para el cultivo de las relaciones humanas y para el cuidado de las personas, el tiempo para el crecimiento personal, el tiempo para la vida es un tiempo necesario que nunca se tiene; sin embargo nos pasamos muchas horas al día delante de las pantallas de televisión, y muchas horas en el tajo.

Para saber más: Tiempo para la vida. Jorge Riechmann

Para saber más: La falta de tiempo. Ramiro Pinto Cañón

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