Entrevista a José Iglesias sobre decrecimiento

Entrevista a José Iglesias en el Viejo Topo nº 258

—¿A qué atribuye usted el “boom” del discurso sobre el decrecimiento?

—Pienso que la propuesta del decrecimiento tiene su aceptación entre ciertos grupos porque se mueve entre una buena dosis de palabrería, el rescate de un cierto reformismo, y un tanto de fetichismo. Me explico: Tengo la certeza de que la propuesta del decrecimiento se mueve entre un mera palabrería, en una necesidad de recuperar el reformismo en la producción y el consumo sin tocar la distribución, y aún menos la estructura de poder imperante en el capitalismo, y sobre todo en una reafirmación del fetichismo, en la medida que toda esta propuesta se hace sin tener en cuenta la realidad, la naturaleza, la lógica de acumulación del propio sistema capitalista.

Es decir, el discurso del decrecimiento asume como válido el sistema en tanto y cuanto el capitalismo diseñe y aplique un modelo de sostenibilidad con el entorno y de medidas humanitarias con la población. Como lo dice Joan Martínez Alier, el modelo es válido en cuanto “los países ricos [sepan] vivir de forma óptima dejando de lado el imperativo del crecimiento económico”. Es decir, para este gran pensador del ecologismo, no sólo es deseable el capitalismo, sino que hasta es posible poner a dieta a la bestia capitalista y conseguir que adelgace, que decrezca.

—Desde su perspectiva, ¿se trata de un discurso seudoradical que al fin y al cabo no quiere más que reformas?

—Ciertamente, la propuesta es más bien reformista. Acepto que, para algunas personas, la fe mueve montañas. Sin embargo, como base argumental, a mí este razonamiento no me sirve.

Por tanto, con mis nuevos argumentos (y alguno que otro viejo) intentaré demostrar que todo el discurso que hacen los defensores del decrecimiento no pasa de ser un deseo que tienen, un idealismo, un deber ser, un diálogo con los dioses del olimpo, como hacían los mitólogos de cierta época que parecían extinguidos, rogándoles que apliquen medidas respetuosas con la naturaleza y bondadosas con la humanidad. De esta manera, creen que el mito del decrecimiento dentro del capitalismo, el milagro de un desarrollo sostenible, compatible con el uso respetuoso de los recursos naturales y una tasa suave de explotación de la mano de obra asalariada, podrá tener lugar. A veces, incluso, es doloroso constatar cómo el bienestar de las poblaciones, los desequilibrios sociales no aparecen en las preocupaciones de los grupos que se reclaman del ecologismo social, sino de forma subsidiaria: los cinco principales grupos ecologistas del Estado español, en su Programa por la Tierra, exponen respetuosamente al gobierno del PSOE cómo “la política ambiental apenas ha mejorado y, en consecuencia, la situación de partida, que ya era claramente negativa, está muy lejos de haberse corregido. [Finalizan el documento diciendo], por supuesto, no queremos dejar de ser optimistas. La situación de partida era francamente mala, entre otras cosas por la inexistencia de un diálogo social enmateria de medio ambiente, lo cual ha sido ampliamente corregido.

Y percibimos tímidas señales de apertura ambientalista en diversos departamentos. Pero lo cierto es que para girar hacia la sostenibilidad de manera significativa España necesita un impulso mucho más fuerte y profundo”. Ni una sola referencia en todo el documento a lo social en un momento en que el paro sobrepasa los 4 millones de personas; la pobreza relativa afecta a casi la mitad de la población; el poder adquisitivo de los colectivos más desamparados sigue deteriorándose; el acceso a la vivienda, si ya era difícil, ahora se hace inalcanzable; la privatización de sectores de la educación, la salud, el transporte público, varios servicios de la asistencia social, es decir, la precariedad de la vida humana es tan o más grave que el deterioro del medio ambiente, si esta separación de ámbitos fuese correcto poder establecerla.

Pero, como decía anteriormente, tales objetivos nos son posibles dentro del capitalismo ni en ninguna otra sociedad clasista. De aquí que yo coincida con los defensores del decrecimiento en tanto y cuanto, para mí, el decrecer supone la muerte irremisible del capitalismo. Pero apoyarnos en todos estos ruegos, o depender de la mano invisible que controla el capitalismo para que cambie de lógica de apropiación de la riqueza, de la expoliación de la naturaleza y el empobrecimiento de las poblaciones, por mucha persuasión y evidencia técnica que aporten estos propagandistas del decrecimiento, no serán, y así lo reconoce el documento elaborado por el grupo de las cinco asociaciones (G-5a), escuchados por las administraciones estatales. O introducimos nuestras reflexiones dentro del análisis de la estructura de poder que ejercen los capitalistas y diseñamos un proceso que destruya el poder que ejercen dentro del sistema, o con peticiones de buena voluntad no se va a ninguna parte.

—¿Se podrían salvar los estímulos críticos del discurso decrecentista antes de que sucumban a la “dialéctica de la ilustración”?

—Sería más pertinente preguntar por las consecuencias que puede provocar el tema en el “imaginario” de sus seguidores.

Porque, más allá de criticar el crecimiento, algo que todos estamos en contra, la propuesta decrecentista es insalvable dado que su “crítica” se queda en un mero reciclaje del sistema, en un intento de poner a dieta a la bestia capitalista.

Entonces, cegados por ese posibilismo de lo que podríamos llamar el ecologismo dietista, el peligro de la propuesta es hacer creer a sus seguidores que el decrecimiento es viable sin tocar el sistema. En la medida en que se acepta tan acríticamente por parte de los incondicionales del antidesarrollismo la posibilidad de las sociedades con decrecimiento lento o sereno, como le gusta a Serge Latouche definirlas, el autor está reciclando, domando, adormeciendo, el “imaginario” de estas personas, o lo que yo llamaría el sedar la capacidad potencial subversiva, si es que había alguna, de tales personas y colectivos.

Por tanto, de lo que acabo de señalar, se deduce que no es posible ni deseable salvar el discurso decrecentista de sus errores de fondo. Y no lo hacemos desde una dialéctica de la ilustración, sino de analizar y entender la lógica de acumulación del propio capitalismo. Esto nos lleva a que el diseño de procesos que tengan una capacidad de transformación del sistema requiere de los sujetos sociales que deseen intentarlo la imperiosa necesidad de reubicarse más allá, y no dentro, de la lógica del capitalismo.

De aquí nuestra críticaa las teorías del decrecimiento.

José Iglesias es miembro del Seminario de Economía Crítica Taifa, de la Mesa Cívica por la Renta Básica, de la Asociación EcoConcern - Innovació Social, y pertenece a las llamadas gentes de Baladre /Zambra.

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