La amenaza de la superpoblación

decresita

Sobre la historia de la politización del cuerpo de las mujeres

A lo largo de la historia de una u otra manera las sociedades han tenido que ajustar el número de personas que viven en un determinado lugar a los recursos disponibles para el mantenimiento de la vida.


Las mujeres han aprendido la manera de reproducir la vida mediante formas poco dolorosas para ellas mismas y la sociedad. Los primeros grupos humanos (ginecogrupos) estaban formados por las madres junto con sus proles a las cuales acompañaban los miembros masculinos del grupo; el apareamiento era un acto sexual puntual. Las mujeres se encontraban conectadas íntimamente con la naturaleza y con su propio cuerpo, sus sentidos no estaban adormecidos, formaban parte de la naturaleza, se habitaba en el milagro de la vida, la deshinibición y la libertad sexual formaban parte de la forma de estar en el mundo, el calor humano es algo más que una expresión, se entendían los ciclos de la naturaleza y los propios para conocer los periodos fértiles y por tanto sortearlos para evitar la descendencia. 


Con la aparición de la agricultura y la ganadería en el neolítico los seres humanos aprendieron a domesticar las plantas y los animales, este aprendizaje procuró las técnicas de control de la reproducción como la doma o la castración que provoca una pérdida en el vigor de los animales, la cautividad que permite someter a los animales mediante el aislamiento, etc. La modificación del comportamiento mediante una selección de los animales más fáciles de manejar permitió entender la forma de controlar a esto eliminando las características que no eran favorables para el desenvolvimiento de los humanos.


La dominación de los animales, requiere parapetarse tras una coraza emocional, esta exigencia probablemente llevada a cabo por los hombres del poblado posiblemente desencadenó toda una serie actos que permitieron la autorrepresión de sentimientos y emociones; la amenorrea lactante no era un recurso suficiente para la contención del número de personas del lugar, el camino para reducir la población mediante prácticas como el infanticidio, el aborto o la abstinencia sexual quedaba expedito; sólo era necesario que el conjunto de personas que vivían en común le dieran un sentido a estos nuevos hábitos mediante el recurso del mito, llevando a cabo cultos, ritos, ceremonias, festejos que permitieran que estos procesos fueran digeribles por la comunidad.


El siguiente paso fue la emigración, los métodos de control de natalidad siempre son difíciles de llevar a cabo, requieren un desgaste psicológico; se hace necesario entonces buscar los recursos más allá de tu lugar; cuando los lugares están ocupados por otros entonces el camino es la violencia.


Las sociedades que evolucionaron hacia sistemas de conquista y  rapiña requirieron de hombres fuertes con unas cualidades que les permitieran matar, violar, destruir sin compasión; el valor, el honor, la tribu adquirieron nuevos significados, la jerarquía y la especialización social eran elementos eficientes en este tipo de sociedad; las mujeres se especializaron en el cuidado del elemento masculino necesario para guerrear y saquear, el infanticidio femenino fue la norma, eran necesarias pocas mujeres para desempeñar las labores de cuidado, las necesidades sexuales deberían ser satisfechas mediante la conquista; los esclavos harían el trabajo necesario para mantener a los guerreros, a los sacerdotes y a la nueva clase burócrata, que era necesaria para contar los tesoros robados, el inicio de una organización como el Estado sólo fue una cuestión de tiempo a medida que el éxito en la conquista hacía necesaria una organización centralizada, jerarquizada y especializada para maximizar los frutos de la conquista.


Las comunidades humanas se dividieron en gobernantes y gobernados, ricos y pobres, individuos que saben leer y escribir y analfabetos, ciudadanos y campesinos, artistas, guerreros, sacerdotes y reyes.


La principal iniciativa del Estado con el fin de restaurar la proporción deseada de población fue lanzar una verdadera guerra contra las mujeres, claramente orientada a quebrar el control que habían ejercido sobre sus cuerpos y su reproducción, procurando a la mujer el papel de criadora de niños (carne de cañón para el ejército, y mano de obra para cultivar los campos) y niñas (enseñándolas a ser buenas madres y esposas); los sacerdotes fueron los consejeros espirituales necesarios para dar legitimidad a los actos del Estado.


Actualmente el cuerpo de las mujeres sigue siendo un asunto de Estado, aunque de una manera más ‘civilizada’, se elaboran unos mecanismos más sutiles y sofisticados, pero no menos elocuentes. Embarazo, parto, amamantamiento, anticoncepción, aborto y las nuevas técnicas de reproducción están en manos expertas del género masculino. Y además a dos niveles: el político y legal y el del ejercicio de la profesión. Son ellos los que deciden desde los parlamentos y los congresos, desde los códigos y las publicaciones científicas, con la toga puesta y con la bata blanca.

La huella civilizadora

La huella civilizadora estaría conformada por el tiempo, el afecto y las energías amorosas necesarias para obtener la calidad de vida, la seguridad emocional y el equilibrio psicoafectivo imprescindibles; haría referencia a la sostenibilidad de la vida en condiciones de humanidad en la red de relaciones que la hace posible, haciendo visible la aportación-recepción desigual de tiempo, energías amorosas y cuidadoras entre mujeres y hombres. Si el patriarcado capitalista ignora la huella civilizadora, es porque niega la dependencia humana, ya sea dependencia de las relaciones afectivas o dependencia de la naturaleza.


En todos los tiempos y en todas las culturas las mujeres se han ocupado del cuidado de la vida humana, actividad sin la cual esta no es posible. Las mujeres dan la vida porque todas las personas nacemos de mujer. Son las mujeres (las personas que cuidan) quienes introducen la civilización en medio de la barbarie; esto ha permitido desarrollar un mundo público aparentemente autónomo, ciego a la necesaria dependencia de las criaturas humanas, basado en la falsa premisa de la libertad, un mundo incorpóreo, sin necesidades que satisfacer; un mundo constituido por personas inagotables, siempre sanas, ni demasiado jóvenes ni demasiado adultas, autoliberadas de las tareas de cuidados.


Todas las personas somos frágiles y vulnerables y necesitamos que nuestras necesidades sean satisfechas, pero el actual modelo económico-social sólo puede existir porque sus necesidades básicas –individuales, sociales, físicas y emocionales- quedan cubiertas con la actividad no retribuida de las mujeres. De esta manera, la economía del cuidado sostiene el entramado de la vida social humana, ajusta las tensiones entre los diversos sectores de la economía y, como resultado, se constituye en la base del edificio económico. Las mujeres actúan como ‘variable de ajuste’ para proporcionar la calidad de vida a las personas del hogar.


El reconocimiento de las necesidades humanas es imprescindible para adquirir una visión real de nuestra especie y poder ubicarla adecuadamente en el mundo natural y social. El ideal filosófico que propugna superar el reino de la necesidad para ganar el reino de la libertad, es una falacia que niega la dependencia material de la humanidad, y nos encamina hacia una libertad abstracta, falsa e inalcanzable para la mayoría de los seres humanos.


La verdadera libertad es aquella que se ejerce dentro de los propios límites. Se trata de una libertad enmarcada en la realidad material que consiste precisamente en decidir y experimentar cómo se juegan las relaciones entre la vida natural y la vida social.

La amenaza de la superpoblación. Pobreza y agotamiento de recursos

T. Malthus quedó preocupado por los capítulos sobre la población de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith y por la ley de los rendimientos decrecientes expuesta por Turgot. Sus dudas le movieron a escribir el Ensayo sobre la población, en el que sostuvo que, mientras que los medios de subsistencia tendían a crecer linealmente, la población crecía exponencialmente, es decir, mucho más rápidamente. La condición de pobre se adquiría por naturaleza, y por tanto Malthus deseaba que aceptaran su prescindibilidad (al contrario que los ricos), y si no controlaban su natalidad, que los gobiernos pusieran otros medios (favorecer las epidemias, el hambre y las guerras).

Desde entonces hasta nuestros días, esta idea ha tenido idas y venidas de lo más dispar, y no únicamente de los intentos de “mejorar la raza” de la extrema derecha: desde la política de control de natalidad del comunismo chino, pasando por campañas de esterilización en numerosos países, hasta la versión más edulcorada que también hoy día tiene cierto peso dentro del ambientalismo (incluso argumento en pro de reducir la inmigración en Inglaterra o EEUU).  Incluso desde las Naciones Unidas se pone el énfasis en la explosión demográfica como causa de la penuria generalizada y el impacto sobre el entorno ecológico.

Detrás de los fríos datos aparece el término ‘superpoblación’, escondiendo a millones de seres humanos de carne y hueso, invisibles ante un término abstracto susceptible de ser manipulado, dejan de ser seres pensantes, miembros de la sociedad humana, para convertirse en un factor más de la ecuación:

I=PAT (IMPACTO = POBLACION*BIENES CONSUMIDOS*IMPACTO DE CADA BIEN)

Una vez deshumanizado el concepto "población" y convertido en variable ya no hay motivos éticos que impidan la legitimación del Estado para reducir la población.

La manipulación de la amenaza demográfica

Presentar el problema desde un punto de vista puramente cuantitativo como la relación entre población y recursos oculta que la concentración de riqueza y el consumo exacerbado de los países ricos es la verdadera causa de la degradación ambiental y la desigualdad social. El agotamiento de los recursos y la contaminación son provocados por los países del Norte. Es la lógica del funcionamiento del sistema (el crecimiento) lo que crea desigualdad y miseria. La políticas tanto natalistas como anti-natalistas tratan de controlar los cuerpos de las mujeres y su capacidad para crear vida. Este disciplinamiento de las mujeres (en uno u otro sentido) mediante un supuesto conocimiento experto (los gurús saben que es lo correcto) esconde tras de sí, la intención de dominar a las personas cosificándolas en un entramado de intereses y relaciones de poder diversas. 


La amenaza demográfica es fácilmente manipulable para desarrollar ciertas formas de ecototalitarismo. Perpetuar la hegemonía occidental mediante la eliminación de las personas más pobres para que unos pocos tengan acceso a los recursos. El problema no es controlar la población sino como acceder a los recursos con honestidad y equidad. Este es el reto. 


Que la población disminuya no implica que la biosfera recupere su salud, simplemente menos personas consumirán más recursos, probablemente dejen menos espacio al resto de las especies que habitan el planeta; es más, un grupo reducido de personas querrá satisfacer deseos que tendríamos dificultades para imaginar. Por ejemplo: coger un avión desde Nueva York para irse a comprar un perfume a París (vaya! esto ya se hace), tal vez iluminar la luna con leds para que las noches sean más espectaculares (aunque creo que esto sólo sería interesante si hubiera que comprar unas gafas para poder contemplarlo). 


A la pregunta de si el mundo podrá alimentar a tanta gente, hay que responder que el hambre hoy no es un problema de superpoblación, es un problema político, de reparto. Y no importa cuánta comida se produce, cuánto se reduce la natalidad, o cuánto disminuye la población, siempre habrá gente que se muera de hambre. 


El problema surge porque en un planeta con recursos finitos, que unas personas posean estos recursos siempre es en detrimento de otras, por ello la única opción no violenta es compartir. La insuficiencia de recursos naturales y los límites de  la capacidad de regeneración de la biosfera nos conducen a replantearnos nuestro modo de vida.


La solución perversa es reducir el número de personas; situación que conviene a los poderes porque no es perjudicial para el mantenimiento de las relaciones sociales, ni contraproducente para las lógicas del funcionamiento del sistema.

La vida en manos de las mujeres

Se necesita un replanteamiento de la relación entre población y recursos, comenzando a entender las estrategias reproductivas que desarrollan las mujeres en función de las condiciones socioeconómicas y culturales de la comunidad a la que pertenecen.


Ellas son quienes introducen la civilización en medio de la barbarie, quienes convierten las piedras en pan para alimentar a sus familias. Habría que contar con su experiencia y sus conocimientos para saber que factores socioeconómicos debieran ser modificados en cada sociedad concreta con el fin de garantizar la sostenibilidad humana.



Para saber más: El mito de la superpoblación


Para saber más: Mujer y sostenibilidad humana

Para saber más: La huella civilizadora 


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