Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social

Simone Weil

La noción de fuerza está lejos de ser sencilla y sin embargo es la primera a elucidar para plantearse los problemas sociales. La fuerza y la opresión son dos cosas; pero hay que comprender ante todo que no es la forma en que se usa cualquier fuerza sino su naturaleza misma lo que determina si es o no opresiva. Es lo que Marx percibió claramente en lo que respecta al Estado. Comprendió que esta máquina de triturar hombres no puede dejar de triturar en tanto funcione, sean cuales fueren las manos en que esté. Pero este concepto tiene un alcance mucho más general. La opresión procede exclusivamente de condiciones objetivas. La primera de ellas es la existencia de privilegios, y no son las leyes o los decretos de los hombres, ni los títulos de propiedad los que determinan los privilegios; es la naturaleza misma de las cosas. 


Ciertas circunstancias que corresponden a etapas sin duda inevitables del desarrollo humano hacen surgir fuerzas que se interponen entre el hombre común y sus propias condiciones de existencia, entre el esfuerzo y el fruto del esfuerzo, y que son, por su esencia misma, el monopolio de algunos por el hecho de que no pueden estar repartidas entre todos; desde entonces esos privilegiados, aunque dependen para vivir del trabajo de otro, disponen de la suerte misma de los que dependen, y la igualdad perece. Es lo que pronto ocurre cuando los ritos religiosos por medio de los cuales el hombre cree conciliarse con la naturaleza, que se han vuelto demasiado numerosos y complicados para ser conocidos por todos, se convierten en el secreto y por tanto el monopolio de algunos sacerdotes. El sacerdote dispone entonces, aunque sólo sea por una ficción, de todas las fuerzas de la naturaleza y gobierna en su nombre. Nada esencial ha cambiado cuando ese monopolio está constituido no ya por ritos sino por procesos científicos y los que los detentan se llaman, en lugar de sacerdotes, hombres de ciencia y técnicos.

También las armas dan nacimiento a un privilegio el día en que por una parte son lo bastante poderosas para hacer imposible toda defensa de hombres desarmados ante hombres armados y desde que, por otra parte, su manejo se hace bastante perfeccionado y en consecuencia lo bastante difícil para exigir un largo aprendizaje y una práctica continua. Desde entonces los trabajadores son impotentes para defenderse, en cambio los guerreros, aun encontrándose en la imposibilidad de producir, siempre pueden apoderarse por las armas del fruto del trabajo de los otros; así los trabajadores están a merced de los guerreros y no inversamente. Lo mismo ocurre con el oro, y más generalmente con la moneda, desde que la división del trabajo es lo bastante adelantada para que ningún trabajador pueda vivir de sus productos sin tener que cambiar por lo menos una parte de ellos con los de los otros. La organización de esos cambios necesariamente se convierte entonces en el monopolio de algunos especialistas, y éstos, como tienen en sus manos la moneda, pueden a la vez procurarse, para vivir, los frutos del trabajo de otros, y privar a los productores de lo indispensable. 

En fin, siempre que en la lucha contra los hombres o contra la naturaleza los esfuerzos deben ajustarse y coordinarse entre sí para ser eficaces, la coordinación se convierte en el monopolio de algunos dirigentes desde que ésta alcanzaba un cierto grado de complicación, y la primera ley de la ejecución es entonces la obediencia; es el caso tanto de la administración de los asuntos públicos como de las empresas. Pueden existir otras fuentes de privilegio, pero éstas son las principales. Además, salvo la moneda que aparece en un momento determinado de la historia, todos estos factores actúan en todos los regímenes opresores; lo que varía es la forma en que se reparten y se combinan, el grado de concentración del poder, también el carácter más o menos cerrado, y por tanto más o menos misterioso, de cada monopolio. Sin embargo los privilegios, por sí mismos, no bastan para determinar la opresión. 
La desigualdad podría ser fácilmente suavizada por la resistencia de los débiles y el espíritu de justicia de los fuertes, no haría surgir una necesidad aun más brutal que las mismas necesidades naturales, si no interviniera otro factor, a saber, la lucha por el poder.
 

Como Marx lo comprendió claramente para el capitalismo, como algunos moralistas lo vieron en forma más general, el poder encierra una especie de fatalidad que pesa tan implacablemente
sobre los que mandan como sobre los que obedecen. Más aún, en la medida en que esclaviza a los primeros, por su intermedio, aplasta a los segundos. La lucha contra la naturaleza implica necesidades ineluctables que nada puede hacer disminuir, pero esas necesidades encierran sus propios límites. La naturaleza resiste, pero no se defiende, y allí donde sólo ella está en juego, cada situación plantea obstáculos bien definidos que confieren su medida al esfuerzo humano. Es muy distinto cuando las relaciones entre los hombres sustituyen el contacto directo del hombre con la naturaleza. Conservar el poder es, para los poderosos, una necesidad vital, pues es su poder lo que los alimenta. Tienen que conservarlo a la vez contra sus rivales y contra sus inferiores, los que no pueden no tratar de liberarse de amos peligrosos, pues por una especie de círculo sin salida, el amo es terrible al esclavo por el hecho mismo de que él le teme y recíprocamente; lo mismo ocurre entre poderes rivales.


Además, las dos luchas que debe realizar cada hombre poderoso, una contra aquéllos sobre los que reina, la otra contra sus rivales, se mezclan inextricablemente y cada una reanima a la otra sin cesar. Un poder, cualquiera que sea, siempre debe tratar de afirmarse en el interior por medio de éxitos en el exterior, pues esos éxitos les dan medios de presión más poderosa. Además, la lucha contra sus rivales arrastra a sus propios esclavos que tienen la ilusión de estar interesados en el resultado. Pero, para obtener de parte de los esclavos la obediencia y los sacrificios indispensables a un combate victorioso, el poder debe hacerse más opresivo. Para estar en condiciones de ejercer esta opresión está aún más imperiosamente obligado a volverse hacia el exterior, y así sucesivamente. Se puede recorrer la misma cadena partiendo de otro eslabón: mostrar que un grupo social, para estar en condiciones de defenderse contra las potencias exteriores que querrían anexarlo, debe someterse a una autoridad opresora; que el poder así establecido, para mantenerse en su sitio, debe fomentar los conflictos con los poderes rivales, y así sucesivamente. De esta manera el más funesto de los círculos viciosos arrastra a la sociedad entera detrás de sus amos en una ronda insensata.


Sólo se puede romper el círculo de dos maneras: suprimiendo la desigualdad o estableciendo un poder estable, un poder tal que haya equilibrio entre los que mandan y los que obedecen. Esta segunda solución es la que han buscado todos aquéllos que son llamados partidarios del orden, o al menos los que no estuvieron movidos por el servilismo o la ambición. Sin duda fue el caso de los escritores latinos que loaron “la inmensa majestad de la paz romana”, de Dante, de la escuela reaccionaria de comienzos del siglo XIX, de Balzac, y hoy día, de hombres de derecha sinceros y reflexivos. Pero esta estabilidad del poder, objetivo de los que se dicen realistas. Aparece como una quimera si se le mira de cerca, lo mismo que la utopía anarquista.


Entre el hombre y la materia, cada acción, feliz o no, establece un equilibrio que sólo puede romperse desde fuera, pues la materia es inerte. Una piedra desplazada acepta su nuevo lugar; el viento acepta conducir a su destino al mismo barco que hubiera alejado de su camino si vela y gobernalle no hubiesen estado bien dispuestos. Pero los hombres son seres esencialmente activos y poseen una facultad de determinarse a sí mismos que no pueden abdicar jamás, aun deseándolo, sino el día que vuelven a caer por la muerte en el estado de materia inerte. De manera que toda victoria sobre los hombres encierra en sí misma el germen de una posible derrota, a menos de llegar hasta la exterminación. Pero la exterminación suprime el poder al suprimir el objeto. Así hay, en la esencia misma del poder, una contradicción fundamental que hablando con propiedad le impide existir. Aquéllos a quienes se denomina amos, obligas sin cesar a reforzar su poder bajo pena de que se lo quiten, persiguen un dominio esencialmente imposible de poseer, persecución de la que los suplicios infernales de la mitología griega son hermosas imágenes. Sería distinto si un hombre pudiera poseer en sí mismo una fuerza superior a la de muchos otros reunidos. Pero nunca es el caso, los instrumentos del poder, armas, oro, máquinas, secretos mágicos o técnicos, existen siempre fuera del que los dispone, y pueden ser tomados por otros. Así todo poder es inestable.


En general, entre seres humanos, las relaciones de dominio y sumisión, por no ser nunca plenamente aceptables, constituyen siempre un desequilibrio sin remedio y que se agrava perpetuamente a sí mismo. Es así aun en el dominio de la vida privada, donde el amor, por ejemplo, destruye todo equilibrio en el alma desde que trata de esclavizar a su objeto o de esclavizarse a él. Pero allí al menos nada exterior se opone a que la razón venga a poner orden estableciendo la libertad y la igualdad. En cambio en las relaciones sociales, en la medida en que los procedimientos mismos del trabajo y del combate excluyen la igualdad, parecen hacer pesar la locura sobre los hombres como una fatalidad exterior. Pues por el hecho mismo de que nunca hay poder sino carrera por el poder y que esta carrera es sin término, sin límites, sin medida, ya no hay más límite ni medida en los esfuerzos que exige. Los que se libran a estos esfuerzos, obligados siempre a hacer más que sus rivales, que a su vez se esfuerzan por hacer más que ellos, deben sacrificar la existencia no sólo de esclavos, sino la propia y la de los seres más queridos. Así Agamemnon inmolando a su hija revive en los capitalistas que, para mantener sus privilegios, aceptan sin preocuparse demasiado guerras capaces de quitarles sus hijos.

De este modo la carrera por el poder esclaviza a todo el mundo, a los poderosos como a los débiles. Marx lo vio muy bien en lo que respecta al régimen capitalista. Rosa Luxemburg protestaba contra la apariencia de “ronda en el vacío” que presenta la acumulación capitalista según la imagen del marxismo, ese cuadro donde el consumo aparece como un “mal necesario” que hay que reducir al mínimo, un simple medio para mantener en vida a los que se consagran sea como jefes, sea como obreros, al fin supremo. Este fin no es otro que la fabricación de la maquinaria, es decir de los medios de producción. Y sin embargo el profundo absurdo de este cuadro es lo que constituye su profunda verdad, verdad que desborda singularmente el marco del régimen capitalista. El único carácter propio de este régimen es que los instrumentos de la producción industrial son al mismo tiempo las principales armas en la carrera del poder. Pero siempre los procedimientos de la carrera por el poder someten a los hombres, sean cuales fueren, por el mismo vértigo y se imponen como fines absolutos. El reflejo de este vértigo es lo que da grandeza épica a obras como La comedia humana, las historias de Shakespeare, las canciones de gesta, o La Iliada. El verdadero tema de La Iliada es el poder de la guerra sobre los guerreros, y a través de ellos, sobre todos los seres humanos. Nadie sabe por qué cada uno se sacrifica y sacrifica a los suyos en una guerra asesina y sin objetivo, y por eso, a todo lo largo del poema, se atribuye a los dioses la influencia misteriosa que hace fracasar a los voceros de la paz, reanima sin cesar las hostilidades, excita a los combatientes que un relámpago de razón impulsa a abandonar la lucha.


Así, en este antiguo y maravilloso poema aparece ya el mal esencial de la humanidad, la sustitución de los fines por los medios. Tan pronto aparece la guerra en primer plano, como la riqueza, o la producción, pero el mal continúa siendo el mismo. Los moralistas vulgares se quejan porque el hombre se deja llevar por su interés personal. ¡Ojalá fuese así! El interés es un principio de acción egoísta, pero limitado, razonable, que sólo puede engendrar males limitados. Por el contrario, salvo en las sociedades primitivas, la ley de todas las actividades que dominan la existencia social es que cada uno sacrifique la vida humana, en sí y en otros, a cosas que no constituyen sino medios para vivir mejor. Ese sacrificio presenta diversas formas, pero todo se resume en la cuestión del poder. El poder, por definición, constituye sólo un medio, o mejor dicho, poseer un poder consiste simplemente en poseer los medios de acción, que rebasen la fuerza, tan restringida, de que un hombre posee por si mismo. Pero la búsqueda del poder, por el hecho mismo de que es esencialmente importante para lograr su objetivo, excluye toda consideración de fin y llega, por una inversión inevitable a ocupar el lugar de todos los fines. Ese trastrocamiento en la revolución de medios y fines es esa locura fundamental que explica todo lo que hay de insensato y de sangriento a lo largo de la historia. La historia humana no es más que la historia de la servidumbre que hace de los hombres, tanto opresores como oprimidos, el simple juguete de instrumentos de dominación fabricados por ellos mismos, y rebaja así a la humanidad viviente a ser cosa de cosas inertes.


Extraído del libro de Simone Weil 'Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social'

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada