Los 10 mitos de la sociedad actual

Definimos el mito como una narración fuera del tiempo histórico que interpreta una ‘verdad absoluta’ que sirve de fundamento de la vida de una determinada sociedad.

En esta sociedad actual el mito sirve de modelo y de justificación del comportamiento humano y genera una manera de pensar y entender la realidad; por ello podemos considerar los mitos como ideas-fuerza que orientan el pensamiento y el comportamiento social al mismo tiempo que explican la realidad.

Los mitos cumplen una función psicológica (reducen la incertidumbre, dan sentido) y política (articulan a las sociedades, justifican y sacralizan el poder). Se trata de una forma de pensamiento colectivo que expresa un modo de ser en el mundo.

Se hayan presentes en las diferentes maneras en las cuales las sociedades se expresan, se introducen en las conversaciones con la familia, con los amigos; en las instituciones (en la escuela, en el trabajo…); están insertos en los mensajes de los medios de comunicación, nos llegan desde la televisión, fluyen por internet; se hayan presentes en nuestro entorno, en la red de transportes, en la arquitectura, en el mobiliario, en la comida, en nuestros modos de pensamiento y también en el ‘inconsciente colectivo’.

Las naciones dominantes no sólo exportan su tecnología, capital e instituciones, sino sus modos de vida y mitos. Los modelos económicos se apoyan en creencias compartidas por la sociedad para legitimarse. Los mitos nos piensan sin que nos demos cuenta.

Estos son 10 mitos de la sociedad actual:

  • Crecimiento
  • Progreso
  • Desarrollo
  • Desarrollo Sostenible
  • Globalización
  • Máquinismo
  • Desmaterialización
  • Abundancia
  • Igualdad
  • Libertad

El mito del crecimiento

El mito del crecimiento económico es la narración colectiva según la cual el proceso de transformar energía, materiales, y espacios en bienes de consumo en cantidades cada vez mayores proporciona a su vez, mayores niveles de bienestar.

El crecimiento es el mantra (el solucionador mágico de problemas) que se invoca desde todo tipo de instituciones y organizaciones en nuestra sociedad. Se nos dice que allí donde hay crecimiento económico hay cohesión social, los servicios públicos se hallan razonablemente asentados, el desempleo no se extiende, y tampoco lo hace la desigualdad. Y este es el mito del crecimiento económico. Y decimos mito, porque hemos evolucionado en un entorno, en una sociedad, que no cuestiona nunca el crecimiento económico ilimitado, elevándolo así a la categoría casi de dogma o religión.

El crecimiento económico de la economía se sustentaba en tres pilares:


  • La depredación de recursos de la Naturaleza, mediante las industrias extractivas principalmente en los países empobrecidos; esta riqueza se trasvasa  a los países enriquecidos mediante los sistemas financieros.

  • La explotación de los seres humanos, mediante los mecanismos de dominación como el trabajo asalariado. Empobrecimiento de los países del sur mediante mecanismos financieros (FMI, OMC, BM – Tratados de libre comercio), políticas de ajuste estructural, la deuda...

  • La enajenación del trabajo de cuidados a las mujeres; las personas somos frágiles y vulnerables y necesitamos de los demás para vivir; todas las personas debemos ser cuidadas especialmente cuando somos niños, cuando estamos enfermos o cuando nos hacemos mayores; en esta crisis muchos hombres están perdiendo el trabajo pero no asumen las tareas de cuidado que siguen llevando a cabo las mujeres que se incorporan a puestos de trabajo de baja remuneración y a la vez siguen haciendo las tareas que conlleva cuidar de la familia.

Se asocia el crecimiento a la felicidad y el bienestar y se oculta que los beneficios acaban en manos unos pocos. El PIB se convierte en la mentira estadística utilizada para encubrir sus efectos negativos. Arrasar un bosque para transformarlo en papel y madera incrementa el PIB, dejarlo intacto no, sin embargo el bosque evita la erosión del suelo y retiene el agua que nos es necesaria, por lo que su supervivencia contribuye al bienestar social.


El mito del progreso
 “la creencia de que existe un patrón de cambio en la historia de la humanidad […] constituida por cambios irreversibles orientados siempre en un mismo sentido, y que dicho sentido se encamina a mejor”.


Sidney Pollard

La fe en el progreso perpetuo que tiene la cultura occidental (fruto de la herencia cristiana), sustituye a la idea del eterno retorno (teoría cíclica del tiempo), de la antigüedad greco-romana y la cultura oriental.

Se tiende a justificar la creencia de que el progreso exige ciertos sacrificios, asumiendo los efectos secundarios que conlleva la tecnología moderna (agresiones al entorno, la contaminación, industria armamentista, la uniformidad en aras a la eficacia...).

Los beneficios que genera la industria moderna para una parte reducida de la población, no dependen tanto de la tecnología como de las fuentes de energía fósil; el crecimiento tecnológico de los dos últimos siglos ha sido posible gracias a la desconsiderada actitud que el hombre ha adoptado al explotar los recursos naturales irrenovables y crear condiciones que deterioran el medio ambiente.

El mito del progreso nos ha prestado buenos servicios (a quienes nos hallamos sentados a las mesas mejor surtidas, en todo caso), y es posible que continúe siendo así. Pero, también se ha convertido en peligroso. El progreso tiene una lógica interna que puede arrastrarnos más allá de la razón, hacia la catástrofe. Un camino seductor lleno de éxitos puede acabar en una trampa.

En la década de 1950, cuando yo era niño, la sombra del progreso excesivo en materia de armamento había caído ya sobre el mundo: sobre Hiroshima, Nagasaki, y varias islas del Pacífico desintegradas. Hace ya como sesenta años que ensombrece nuestras vidas. Bastará dejar sentado que la tecnología armamentista ha sido el primer aspecto del progreso humano que llega a un callejón sin salida, al amenazar con la destrucción del propio planeta en que se ha desarrollado.

El progreso material crea problemas que sólo pueden resolverse, o lo parece, con más progreso. Una vez más, el demonio se esconde en la escala de la magnitud. Es verdad que un progreso tan fuerte que pueda destruir el mundo es una creación moderna, pero el demonio de la escala que convierte las ventajas en trampas viene asediándonos desde la Edad de Piedra. Ese demonio vive dentro de nosotros, y se escapa cada vez que le sacamos delantera a la naturaleza, cada vez que desequilibramos la balanza entre habilidad y temeridad, entre necesidad y codicia.

Muchas de las grandes ruinas que hoy adornan los desiertos y las selvas de la Tierra, son monumentos a la trampa del progreso, recuerdos de civilizaciones que desaparecieron víctimas de sus propios éxitos.


El mito del desarrollo

El mito del desarrollo es la idea- promesa que orientó después de la II Guerra Mundial a los pueblos colonizados para erradicar la pobreza y liberarse del yugo de los Estados colonizadores; para ello deberían seguir los pasos de las sociedades occidentales e incluirse en la sociedad termo-industrial mediante la construcción de Estados Democráticos e insertarse en los modos de producción del capitalismo liberal.

Tal y como señala Naredo (2006), el término desarrollo se aplicó inicialmente en el campo de la biología. Darwin lo utilizó en 1759 para denominar el proceso de evolución que experimentan animales y plantas desde su nacimiento hasta que alcanzan su madurez.

A finales del siglo XVIII el uso del término se comenzó a transferir al campo sociocultural, equiparándolo a la idea de progreso. La palabra progreso daba carta de legitimidad moral a ciertas tendencias de la evolución sociocultural. Se consideró que todas las sociedades evolucionaban de una forma lineal de unos estadios de mayor atraso –caza y recolección o ausencia de propiedad privada– hacia nuevas etapas más avanzadas y racionales –civilización industrial o economía de mercado– y que en esta evolución, tan inexorable y universal como las leyes de la mecánica, las sociedades europeas se encontraban en el punto más evolucionado.

Al concebir la historia de los pueblos como un camino que transitaba del salvajismo y la barbarie hasta la civilización, los europeos, guiados por la convicción etnocéntrica de constituir la civilización por excelencia, expoliaron los recursos de los territorios colonizados para alimentar su sistema económico. Sometieron mediante el dominio cultural y la violencia (posible gracias a la tecnología militar) a los pueblos colonizados, a los que se consideraba salvajes por su estado cercano a la naturaleza.

Fue un presidente de Estados Unidos, Truman, quien empleó por primera vez la palabra desarrollo para referirse a la situación que ocupaban los países en relación al crecimiento económico. Después de la 2ª Guerra Mundial, en 1949, Truman anunciaba un programa internacional de desarrollo que iba a contribuir a la mejora y crecimiento económico de las áreas subdesarrolladas.

Por primera vez se calificaba como desarrollados a los países que habían abrazado la fe en el crecimiento económico y, por el contrario, subdesarrollados al resto de los Estados. De pronto miles de millones de personas se convertían en subdesarrolladas (con la carga peyorativa que el término supone) y dejaban de ser pueblos diversos, con otras lógicas económicas, para convertirse en el contrario de los otros que se autodenominaban desarrollados.

La ignorancia de los límites físicos del planeta permite que una buena parte de las teorías del desarrollo propongan políticas que lo promueven. Se aconsejan o imponen a los países empobrecidos medidas para que sigan la senda de los países ya desarrollados, llegando a denominarles en ciertos casos, cuando algunos de sus indicadores económicos crecen, países en vías de desarrollo.

Siguiendo al colapso de las potencias coloniales europeas, los Estados Unidos encontraron una oportunidad para dar dimensión mundial a la misión que sus padres fundadores les habían legado: 'ser el fanal sobre la colina'. Lanzaron la idea del desarrollo con un llamado a todas las naciones a seguir sus pasos. Desde entonces, las relaciones entre Norte y Sur han sido acunadas con este molde: el 'desarrollo' provee el marco fundamental de referencia para esa mezcla de generosidad, soborno y opresión que ha caracterizado las políticas hacia el Sur. Por casi medio siglo, la buena vecindad en el planeta ha sido concebida a la luz del 'desarrollo'.


El mito del desarrollo sostenible


El desarrollo sostenible es el nuevo traje del mito del desarrollo que hace algún tiempo que empezó a resquebrajarse. Por eso una corte de economistas, filósofos y sociólogos, decidió añadirle otros calificativos (sostenible, responsable, social), con el propósito de hacerlo tragable a la opinión pública. Resulta esperpéntico ver a los zorros manifestar su preocupación por el gallinero. Los mayores contaminadores del planeta, como British Petroleum, Total-Elf-Fina, Suez, Viviendi, Monsanto (el principal productor mundial de transgénicos), Novartis, Nestlé apoyan con su firma manifiestos a favor del desarrollo sostenible.

La palabra “desarrollo” encubre determinadas realidades: acumulación de capital, explotación de la fuerza de trabajo, imperialismo, saqueo de los recursos naturales. El calificativo “sostenible” sólo sirve para tranquilizar la conciencia de una masa de población cada vez más crítica con las consecuencias (cambio climático, pérdida de biodiversidad…). Si el desarrollo puede “sostenerse” es porque existe la forma de paliar sus consecuencias negativas. La ciencia y la técnica, transformadas en una especie de pensamiento mágico acaban sirviendo de coartada a los desmanes del capitalismo.

Se inventan automóviles que contaminan menos y electrodomésticos que gastan menos. Los científicos se reúnen y los gobiernos deciden a combatir las causas del cambio climático, se vuelve a hablar de centrales nucleares más baratas y seguras. Todo esto provoca un efecto adormecedor entre la población. Si los gobiernos y los científicos hablan de “desarrollo sostenible” será porque saben de lo que hablan.

El afán de la elite del poder, actualmente, por inyectar sentido y valor a instituciones y empresas que para enormes sectores de la sociedad ya no lo tienen, encuentra en la consigna del desarrollo sostenible un apoyo insustituible
"El mundo industrial habrá de saber responder a las esperanzas actuales si quiere, de forma responsable, continuar creando riqueza en el futuro"

Jean Marie Van Engelshoven. Director de Shell.

"En tanto que dirigentes de empresas, suscribimos el concepto de desarrollo sostenible, que permitirá dar respuesta a las necesidades de la humanidad sin comprometer las oportunidades de las generaciones futuras".

Business Council for Sustainable Development. Conferencia de Río de Janeiro 1992.


“El término ‘desarrollo sostenible’ está sirviendo para mantener en los países industrializados la fe en el crecimiento y haciendo las veces de burladero para escapar de la problemática ambiental y las connotaciones éticas que tal crecimiento conlleva”

José Manuel Naredo.

Los defensores del “desarrollo sostenible” enmascaran la realidad detrás de un amplio surtido de ilusiones, que los medios de comunicación se encargan de vender como ciencia.


El mito de la globalización


Según el mito de la globalización, los espacios nacionales han quedado disueltos en el orden global, la mano invisible del mercado se encargará de compatibilizar intereses y difundir el bienestar global. Este mito se encuentra expresado en ‘La Riqueza de las Naciones’ de Adam Smith. 

La apropiación de los recursos energéticos y materiales para el ‘desarrollo’ de las naciones del Norte necesito de un proceso de colonización encubierto que permitiera su legitimación ante las doctrinas ilustradas (derechos del hombre) que se legitimaban en los países occidentales y obligaban a los países de la periferia.

Apareció entonces el término Globalización. Para ello se emplea el libre comercio y el manejo financiero de los mercados mediante instituciones internacionales como el FMI (Fondo Monetario Internacional), el BM (Banco Mundial), o la OMC (Organización Mundial de Comercio), y los tratados internacionales entre Países Ricos y Países Empobrecidos, en una hipócrita apertura de mercados de los últimos mientras los primeros defienden sus industrias a través de subvenciones y aranceles.

El saqueo es ahora participado por las élites minoritarias de los países del sur que maman de las grandes transacionales, los emporios mediático-finanancieros, y los lobbys de los países ricos, todo cubierto con un manto de legitimidad jurídico-política.


“Echo un vistazo en mi despensa y me encuentro con garbanzos de México, habas pintas de Canadá, habas blancas de Argentina, lentejas de USA, espárragos de Perú, langostinos de Ecuador, piña de Filipinas, filetes de caballa de Marruecos, arroz de Tailandia... .

¿Qué es lo que permite que todos estos productos estén en mi despensa?”

 Antonio García

La globalización ha sido posible gracias al desarrollo de las infraestructuras del transporte, los apoyos fiscales y las desregulaciones del comercio promovidas por los gobiernos; La alta eficiencia del petróleo, su bajo precio y el desarrollo de potentes tecnologías de transporte permitieron este proceso.

Un automóvil puede reunir piezas fabricadas en Polonia, Túnez y Taiwán, y exhibir una marca alemana. De este modo se ha ido consolidando una nueva división internacional del trabajo en la que la producción se dispersa. Al tiempo, las grandes empresas han forzado a eliminar progresivamente las restricciones estatales a la expansión del libre mercado mundial en todos los ámbitos, proceso amparado por organismos internacionales como el GATT (más tarde OMC).

De esta forma, naranjas que antes llegaban a los mercados europeos desde Valencia, procederán cada vez más de Marruecos o Israel. Los plátanos de Canarias serán progresivamente sustituidos por los de Colombia y Centroamérica. Muchos productos manufacturados o agrícolas provendrán de los espacios del Este o del Sur del Mediterráneo –o de mucho más allá–, donde su producción será más barata. Simultáneamente los excedentes no consumidos en el Norte (por ejemplo las ropas de segunda mano o las piezas de pollo con más huesos) son exportados al Sur a precios que compiten con la producción local, debilitando así su ya frágil sistema productivo.


El mito de la máquina


Una gran parte de la población mantiene, conscientemente o no, la certeza de que la mayor parte de los problemas sociales o medioambientales a los que se enfrenta la humanidad encontrará, tarde o temprano, una respuesta técnica. ¿Millones de seres humanos mueren de hambre?. Mejoremos el rendimiento de los cereales gracias a los transgénicos. ¿El estrés causa estragos en los trabajadores occidentales? Desarrollemos mejores antidepresivos. ¿El miedo a la inseguridad ronda nuestras ciudades? Instalemos sistemas de videovigilancia, equipemos a la población con carnés de identidad biométricos y aumentemos los medios policiales. ¿La violencia en la televisión afecta a los niños? Equipemos nuestros televisores de chips electrónicos para encriptar las escenas traumatizantes.
" - No entiendo, Doctor: tengo un coche, una mujer, dos niños, un chalet con su hipoteca, incluso una tele... y todavía no me siento feliz!

- Entonces cómprese un lector DVD."

Todo se desarrolla como si frente a un problema la respuesta espontánea consistiera en encontrar una solución técnica apropiada, no a interrogarse sobre sus causas. ¿La hambruna es realmente un problema de rendimiento de cereales? ¿De dónde viene el estrés? ¿Quién ha desarrollado el tema de la inseguridad y cuáles son sus causas? ¿Qué significa el aumento de la violencia y del sexo en los mass media? “¡En el fondo poco importa, se acabará encontrando solución!”.
Concentrándonos en el cómo, desatendiendo el porqué, la perspectiva de progreso actúa creando esperanza; presenta como una certeza el hecho de que la mayoría de problemas sociales, medioambientales e íntimos a los que nos enfrentamos encontrarán, tarde o temprano, una respuesta técnica.

Así, el funcionamiento de nuestro mundo se manifiesta por el ascenso de la sociedad técnica, el carácter maquínico propicia el ascenso de un sistema tecnológico en el cual los humanos nos hemos convertido en un engranaje de este gigante termoindustrial. Nuestra sociedad se ha transformado en una megamáquina cibernética, que se eleva sobre lo social, lo político y lo económico absorbiendo todos los componentes de nuestra cultura.

Los móviles, los ordenadores, la televisión, los automóviles, se han hecho objeto omnipresentes en nuestro paisaje cotidiano, se presentan ante nosotros como fruto del progreso [el cambio a mejor, la eficacia, el ir hacia delante]; La tecnología inspira respeto y fascinación, se nos ofrece como solución a todos nuestros problemas: acabarán con el hambre en el mundo (primero con la revolución verde, ahora con los transgénicos), habrá energía ilimitada (primero con la energía nuclear, ahora con las energías limpias), iremos a Marte (primero con la carrera aeroespacial, próximamente con el teletransporte)…

Se conforma en el imaginario colectivo un conjunto de ideas, creencias y opiniones que van acondicionando a las personas para la convivencia con el aparato tecnológico, aprendiendo a hacer la compra ante los ordenadores, a charlar a través de los celulares, a comer alimentos procesados… lo que provoca un aislamiento social que fomenta el individualismo.

El sistema tecnológico en su conjunto sirve a los intereses de las oligarquías dominantes ya que las decisiones sobre la investigación científica y los medios que le son asignados se concentran en manos del Estado y las grandes empresas; también gracias a la deriva tecnológica se permite un control del trabajo, la división de éste en diferentes jerarquías, y la especialización que conlleva un sinsentido a la tarea de trabajar; por supuesto, el acceso a la utilización de la tecnología como forma de consumo queda en manos de las personas que viven en el mundo occidental y las minorías de los países del sur.

Nuestra capacidad emocional para representarnos el peligro de las herramientas modernas queda obsoleta ante sus descomunales capacidades de destrucción, creando dependencias en su utilización [se hace necesario el vehículo privado para ir a trabajar, que se hace necesario para pagar las letras del coche], y creando estados tecnológicos de carácter irreversible [desaparecen los espacios para que los niños puedan jugar, llevándolos a la utilización de aparatos de pantalla e inmovilizándolos], también aparecen los accidentes totales como las fugas radioactivas de Chernobil o Fukushima.


El mito de la desmaterialización de la economía


En pleno debate sobre las bases materiales de la economía mundial, irrumpió una idea: el progreso tecnológico aumentaría la eficiencia en el uso de los recursos, reduciendo la generación de residuos y la sustitución de las materias primas por otras más eficaces; esta idea presagiaba una progresiva independencia del crecimiento económico respecto al consumo de energía y recursos naturales. Este proceso, que desligaba crecimiento y límites, fue denominado desmaterialización de la economía.

Esta idea se veía reforzada con la aparición de las nuevas tecnologías de la comunicación, de las que se decía que teóricamente posibilitaban un crecimiento económico ilimitado con gasto escaso de energía y materiales.

Lamentablemente, la realidad no ha acompañado estos augurios optimistas y los costes ambientales de los nuevos procesos de fabricación, así como el aumento de consumo global muestran que la necesidad de considerar los límites es cada vez más angustiosa.

La paradoja de Jevons, denominada así por su descubridor, William Stanley Jevons, afirma que a medida que el perfeccionamiento tecnológico aumenta la eficiencia con la que se usa un recurso, lo más probable es que aumente el consumo de dicho recurso, antes que disminuya. Concretamente, la paradoja de Jevons implica que la introducción de tecnologías con mayor eficiencia tecnológica pueden, a la postre, aumentar el consumo total de energía.

En su obra de 1865 titulada "The Coal Question" (la cuestión del carbón) Jevons observó que el consumo del carbón se elevó en Inglaterra después de que James Watt introdujera su máquina de vapor alimentada con carbón, que mejoraba en gran manera la eficiencia del primer diseño de Thomas Newcomen. Las innovaciones de Watt convirtieron el carbón en un recurso con mayor eficiencia en relación con el coste, haciendo que se incrementara el uso de su máquina de vapor en una amplia gama de industrias. Ello, a su vez, hizo que aumentara el consumo total de carbón, aunque la cantidad de carbón necesaria para cada aplicación concreta cayera.

Es muy probable que la introducción de tecnologías más eficientes no disminuya la tasa de consumo de recursos naturales. El hecho de que sólo un grupo de la población adopte estas tecnologías eficientes libera recursos que pueden ser utilizados con mayor intensidad por otros que no estén en el uso de esta eficiencia.

Algunos ejemplos los tenemos en la tecnología del automóvil, que a pesar de haber conseguido motores más eficientes en el gasto de combustible, ha multiplicado el mismo al venderse muchos más coches y ser de mayor peso. Otro ejemplo es el del gasto del papel, que hipotéticamente iba a disminuir con la aparición del ordenador, ya que la posibilidad de almacenar información electrónicamente permitía la creación de la “oficina sin papeles”. Pues bien, entre 1960 y 1997 el consumo de papel en los Estados Unidos se ha multiplicado por 5. Pero, es que además, según el análisis realizado por Plätzer y Göstching, la lectura de un periódico on line utiliza diez veces más energía de origen fósil y genera dos veces más residuos, que un periódico de papel. (Carpintero, 2005).

Los esfuerzos tecnológicos para mejorar la eficiencia en el uso de recursos naturales y en la reducción de la contaminación pueden ser muy valiosos, sin embargo, no han demostrado servir para minimizar el deterioro ecológico, ya que conllevan enormes costes ambientales respecto a los productos a los que sustituyen y generan, en muchos casos, un efecto rebote que transforma la eficiencia y ahorro en un consumo a mayor escala de los productos fabricados.

Si han cambiado las relaciones de producción de bienes y servicios en los países desarrollados es porque aún persisten sus prácticas coloniales: instalaron sus fábricas en los países del tercer mundo. La 'aldea global' es una ficción de los relativamente ricos.


El mito paradójico de la abundancia


Después de la Independencia, se creó entre los colonos norteamericanos la imagen de un paraíso agrario que un día se extendería hasta el mar occidental. En la imaginación de los hombres, las tierras que se encontraban al poniente se transformarían en el Jardín del Mundo. La creación de mitos relativos a la tierra se convirtió en un pasatiempo nacional, infectaron la política y produjeron los movimientos hacia el oeste y el destino manifiesto: mientras los hombres estuvieran convencidos de que el continente era una sucesión ininterrumpida de pastos inagotables llevarían a cabo grandes y temerarias hazañas. La imagen de Daniel Boone (cazador y explorador) se convirtió en el símbolo del optimismo. La adquisición del territorio noroccidental alimentó la euforia. Había tal abundancia de todo, tanta tierra, tanta agua, tanta madera, tantos animales, que nadie previó el día en que alguno de los recursos naturales pudiera agotarse, la consecuencia: la devastación y abuso de la tierra y el gran saqueo de recursos durante el siglo XIX

Hoy, observamos los supermercados y los escaparates y vemos que están llenos de productos; abrimos el grifo y sale agua, mediante un interruptor los espacios se iluminan como por arte de magia; en las ciudades existen miles de viviendas; las distancias se acortan con el transporte; accedemos a internet y el conocimiento de la humanidad se postra a nuestros pies; pulsando una tecla hablamos instantáneamente con otra persona en cualquier lugar del mundo. Todo se puede conseguir.

Lo único que hay que tener es dinero.

Y la forma de mantenernos en constante competición unos con otros, en lucha constante por los recursos, por el dinero, por los medios de subsistencia, por un puesto de trabajo, por una plaza de aparcamiento, por una vivienda más amplia (o simplemente por un lugar en que vivir), por una plaza en la universidad, por un trozo de pan, etc., etc., consiste en inculcarnos, constantemente y desde la infancia, el convencimiento de que hay escasez de todo, de que los bienes terrenales y la calidad de vida son algo escaso por lo que hay que luchar, cuando lo observamos  es que sobra de todo: alimentos, dinero, espacio físico, tiempo para lo importante... Pero tenemos miedo a ‘no tener’.
Es más, podemos afirmar que la sociedad moderna es la primera sociedad que ha creado un cuerpo técnico especializado, cuya función es justamente la de crear y de (re)producir la pobreza: los profesionales de la publicidad y del marketing que, mediante la manipulación del lenguaje simbólico y al incidir sobre las carencias y los anhelos psicológicos inconscientes de las personas, logran fomentar el deseo de consumo, la subjetividad de la pobreza.

La sociedad moderna, cuya organización social se articula en torno de las relaciones del mercado y que ha elegido los satisfactores mercantiles (las mercancías) como los satisfactores más importantes, anteponiendo así -como ya analizó Fromm- el Tener al Ser. Bajo esta concepción, al no tener dinero para acceder a la posesión de los satisfactores mercantiles privilegiados por las sociedades modernas, uno es y se siente pobre casi por definición.

Y es esta concepción mercantil de la pobreza la que ensombrece todos los otros tipos de “pobrezas”, como la pobreza espiritual, la pobreza afectiva/emocional, la pobreza de relaciones -tanto sociales como con un medio físico armonioso-, bajo cuyo prisma tendríamos que invertir, de hecho, la concepción dominante de sociedades ricas y pobres, ya que es justamente en los países más desarrollados donde más se sufre de este tipo de pobrezas, hecho que parecen confirmar los altos índices de suicidio y de enfermedades de carácter depresivo que las caracteriza.
‘Si nos dejamos llevar por el miedo a la “pobreza”, les seguiremos pasando a los demás la miseria desnuda.’

Rudolph Bahro


El mito de la igualdad

Frente a la impostura histórica de la dominación, surge la idea de la igualdad como bálsamo que eliminaría las diferencias y terminaría con las estructuras de dominación heredadas de las sociedades tradicionales. Una vez que todos fuéramos iguales no existiría la discriminación, y todos tendríamos las mismas oportunidades de acceso a los diferentes niveles de poder, de mandar, de poder hacer y poder ser; dominar y administrar los recursos y tener capacidad para elegir el modo de estar en el mundo.

En nuestra civilización jerarquizada, los que están arriba son los que han ido construyendo un modelo en el que lo significante, lo valioso, es aquello que se ajusta más fácilmente a los esquema a la clases hegemónicas.

¿Por qué en nuestra sociedad está mal visto el cotilleo, sin embargo hablar de fútbol está considerado una asunto serio? ¿Por qué está más penalizado socialmente comprar en un mercadillo que en un gran centro comercial? ¿Por qué tener vehículo privado da más prestigio que utilizar transporte público? La valoración que se hace de determinadas funciones, roles, actitudes o aptitudes es lo que define que el fútbol es un asunto serio, que los centros comerciales son los nuevos templos sagrados y el vehículo privado es un nuevo dios. El esquema del triunfador está muy cerca del financiero, del político con éxito, del presentador mediático, del futbolista goleador.

Se establece mediante un orden simbólico un modelo superior de ser y estar, al cual debemos imitar; entonces todos deberíamos aspirar a ser:

hombre/blanco/rico/heterosexual/urbano/joven/sano/ciudadano/universitario/propietario/con patria…

Que ocurre entonces con el modo de ser mujer, ser negra, ser gitana, ser pobre, ser campesina, ser vieja, ser niña, ser enferma, ser sin papeles, ser apartida, ser precaria, …

Si la aspiración es que las personas lleguemos a ser sujetos con todas las prerrogativas del ‘sujeto universal’, estaremos legitimando las leyes que hacen invisible el dominio social. Lo genérico engendra identidades que es lo opuesto a las diferencias.

La idea de igualdad se vuelve como un boomerang, se expone a una fácil refutación por los sentidos, y hasta las más concluyentes pruebas antropológicas.


“la utopía abstracta de la igualdad es demasiado fácil compatible con las más astutas tendencias de la sociedad; el que todos seamos iguales es la que mejor se ajusta a la consideración de las diferencias reales o imaginarias como estigmas que testimonian que las cosas no se han llevado todavía demasiado lejos, que algo hay libre de la maquinaria, algo no del todo determinado por la totalidad.”

Theodor W. Adorno

Centrar los problemas únicamente en la desigualdad, es actuar de manera reduccionista; estamos ante estructuras de poder que impiden desplegar en toda su amplitud las facultades de las personas y de los pueblos; estructuras de poder que convierten las diferencias en desigualdades

Habría que construir el ‘sujeto diferencial’ capaz de pactos y transacciones, reclamando la diferencia porque somos diferentes frente al modelo hegemónico.

La vida no es negociable. Nuestra libertad nace de nuestra naturaleza, que la dota tanto de posibilidades como de límites. Han utilizado nuestras diferencias para someternos. Las diferencias de edad, de raza, de religión, de lengua, de etnia, de clase y de sexo han dado lugar a múltiples desigualdades. Pero la diferencia nada tiene que ver conceptualmente con la desigualdad. Esta ha sido una consecuencia perversa.


El mito de la libertad


El mito de la libertad nace de una narración en la cual las personas se desenvuelven autónomamente, independientes de las demás personas y de la Naturaleza, un mundo incorpóreo, sin necesidades que satisfacer; un mundo constituido por personas inagotables, siempre sanas, jóvenes, redimidas de las tareas de cuidados.

La libertad pertenece al imaginario colectivo que se mira en las elaboraciones de las empresas de publicidad; así la mera elección entre productos o marcas sin apenas diferencias cristalizan en ilusiones de libertad que transmiten los significados simbólicos que emiten estos productos.

La sociedad actual justifica su existencia con la promesa de satisfacer los deseos humanos y sus necesidades mediante los bienes materiales. En nuestro mundo la idea de libertad está asociada a la posibilidad de mayor consumo, a un mayor acceso a un número cada vez mayor de mercancías, en todo momento y en todo lugar los anuncios publicitarios nos recuerdan que tenemos que comprar y acumular para ser felices. Expresado en un slogan publicitario:“¡Qué importa si a ti te gusta! ¡Hazlo!”.


“... Yo no quiero esa libertad que me ofrecen, la que no puede prescindir de tener y desear...”

“... Y si le horrorizaba la esclavitud del éxito y del dinero aún le angustiaba más la lucha por obtenerlo que, dijo, volvía a los humanos ridículos...”

Rosa Regás


La sociedad busca orden y coherencia porque la incertidumbre provoca miedo y angustia, inquieta al individuo que se encuentra ante sí mismo dudando, ante la imposibilidad de elegir y experimentar así el peso de la responsabilidad, el ‘miedo a la libertad’ del que nos habla Erich Fromm; la sociedad actual prefiere personajes integrados en el proyecto asignado a cada uno, antes que una multiplicidad de piezas interpretadas por pequeños grupos de individuos.

El reconocimiento de las necesidades humanas es imprescindible para adquirir una visión real de nuestra especie y poder ubicarla adecuadamente en el mundo natural y social. El ideal filosófico que propugna superar el reino de la necesidad para ganar el reino de la libertad, es una falacia que niega la dependencia material de la humanidad, y nos encamina hacia una libertad abstracta, falsa e inalcanzable para la mayoría de los seres humanos.

La verdadera libertad es aquella que se ejerce dentro de los propios límites. Se trata de una libertad enmarcada en la realidad material que consiste precisamente en decidir y experimentar cómo se juegan las relaciones entre la vida natural y la vida social.

Libertad sería rechazar el poder, las jerarquías, la dominación y la autoridad, y proponer relaciones igualitarias, libres y armoniosas entre los seres humanos y la Naturaleza.

Entenderemos la libertad en un sentido positivo como la capacidad de obrar de una u otra manera o de no obrar, y en un sentido negativo como un estado o condición de no ser esclavo, de no estar dominado; de tal manera que somos responsables de nuestros actos. La libertad sería entendida como un acto transformador que nos permitiría a través del pensamiento y acción colectiva desmantelar la sociedad de dominación en la cual nos encontramos basada en el crecimiento del consumo.


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