Decrecimiento, más allá del anti-capitalismo

Héctor A. San Juan Redondo


Durante estos tiempos de crisis capitalista, rescates sin escrúpulos, vaivenes bursátiles e incertidumbre general, están apareciendo multitud de artículos que ponen su granito de arena en hacer de la idea del decrecimiento algo menos ajena a lo que venía siendo, sobretodo en el ámbito de la izquierda alternativa.

Cierto es, como bien expresan muchos de estos textos, que la acumulación para unos pocos intrínseca al capitalismo está en la base de la espiral autodestructiva reinante, que la explotación capitalista del mundo lo está llevando a su ruina humana y ecológica, que decrecer es imperativo ante los límites energéticos y materiales de un planeta exhausto por la sobre-explotación.

Pero cierto es también, que la idea de decrecimiento, además de romper de frente con el capitalismo, rompe con otros dogmas de los que la doctrina imperante no es dueña exclusiva. El decrecimiento no olvida que el “desarrollo”, el “Progreso”, el “Avance de la sociedad”, más allá de control del capital o de la organización social, han sido las constantes incuestionables de la historia, y que son sinónimo no sólo de crecimiento en el estricto sentido económico, sino también del aumento de la complejidad, de la tecnificación de la vida, de la especialización total, de la mayor acumulación de poder, de la uniformización global, de la explotación y tantos otros males cuya solución se presenta, qué casualidad, apretando la misma tuerca que los ha causado.

No me parece oportuno olvidar, sobretodo en tiempos de afanada búsqueda de alternativas como estos, las enseñanzas de Ivan Illich cuando afirmaba que, pasado cierto límite, se pierde el control sobre las herramientas que, aunque creadas para hacernos más libres, acaban por dominarnos[1]. Mucho tiene esto que ver, al final, con la contundencia con la que André Gorz expresaba que “cada pancarta que proclama 'queremos trabajo', proclama la victoria del capital sobre una humanidad esclavizada de trabajadores que ya no son trabajadores pero que no pueden ser nada más”[2]. Igual de certeras me parecen las palabras de Jacques Ellul cuando aseguraba que es imposible dirigir el avance de la Técnica[3] que, ni buena ni mala, sólo persigue su propio desarrollo, de imprevisibles consecuencias en una espiral dónde, para cada avance positivo, los problemas creados son cada vez más inabordables[4].

El decrecimiento, al que estos autores y muchos más han ido dado forma a lo largo ya de décadas, pone el énfasis en la vuelta a lo local, a lo cercano, lo simple. Se presenta incompatible con todo sistema empeñado en añadir capas de complejidad al funcionamiento de un mundo cuya globalidad ya nadie comprende.

La apuesta por el decrecimiento no es simplemente anti-capitalista, sino esencialmente anti-burocrática, anti-especialista, anti-potencial, anti-productivista y busca dar lugar a un mundo dónde además de la sostenibilidad, primen los valores humanos por encima de los de la Técnica y la economía.

No se trata de volver a la frondosidad de los bosques y a la luz de las hogueras, sino de cuestionar a fondo cada paso, de establecer prioridades y límites para desmontar las complejidades de un sistema que, a pesar de las fachadas democrática, es controlable únicamente por un grupo reducido de expertos aprobados por el Poder de turno.

Sólo desterrando el mito del Progreso podremos apreciar con mayor claridad que si es vergonzoso inyectar fondos públicos en bancos y mercados, no lo es menos lanzar cohetes, acelerar partículas, investigar la fusión nuclear o impulsar infinidad de otros proyectos civiles y militares ejecutados por los gobiernos y corporaciones de turno. Imposible es obviar el papel de una economía productivista y globalizada en todos estos procesos que obstinados en el “avance de la humanidad”, condenan a la miseria a su mayor parte.

Notas:

[1]. “La convivencialidad”. Ivan Illich.
[2]. “André Gorz Vive, la lucha ecologista sigue”. Florent Marcellesi
[3]. Entiéndase la Técnica como “la elección del método más eficiente para alcanzar un objetivo, sin miras a factores humanos o ecológicos que pudiesen condicionarlo”, según J. Ellul. Más tarde, Serge Latouche incorporará el factor económico (rentabilidad) a los análisis de Ellul y desarrollará el concepto de la Megamáquina.
[4]. “Jacques Ellul, l'homme qui avait presque tout prévu” Jean-Luc Porquet.

La nueva era del decrecimiento y el modelo de la democracia inclusiva

Blai Dalmau - Détourné colective

Sinopsis

Este artículo es una síntesis de tres corrientes de pensamiento actuales: 1) el movimiento del decrecimiento o de objetores del crecimiento, 2) las previsiones científicas acerca del pico del petróleo y 3) el proyecto de la democracia inclusiva. El propósito no es explicar en profundidad ninguna de estas líneas de pensamiento -muy bien defendidas por sus principales autores-, sino mostrarlas en visión panorámica, para que sonsacar la relación que tienen.


Primera Parte

La nueva era del decrecimiento

¿De donde venimos?

El sistema en que vivimos fue gestado aproximadamente hacia el siglo XV. La interacción de diversos factores indisociables tales como la expansión del comercio mundial, la colonización de América y el surgimiento de la burguesía contribuyeron a que se formaran nuevas ideas, nuevas instituciones y una nueva fuerza rectora, la economía de mercado, que gradualmente quebrantaron los moldes del antiguo régimen y reorganizaron la sociedad con nuevos paradigmas. Los gremios, las castas, el poder aristocrático y el imaginario religioso entraron en disolución y quedaron obsoletos a medida que emergieron los elementos constitutivos del sistema capitalista. Podemos fechar hacia mediados del siglo XVIII el advenimiento definitivo de este sistema, con la revolución industrial en Inglaterra, la revolución francesa, los federalistas americanos que fundaron las bases de la democracia representativa…

La sociedad comenzó así una gran transformación que consistió básicamente en la separación de política, economía y sociedad civil: “un mercado autorregulado requiere nada menos que la separación institucional de la sociedad en una esfera económica y una política” (1). La institución de la economía de mercado adquirió paulatinamente un poder omnipresente, un carácter autónomo y autorregulado, con sus dinámicas propias: mercantilización del trabajo, la tierra y de todo aquello susceptible de ser trasformado en mercancía; acumulación de capital y concentración progresiva de poder en pocas manos, etc. Simultáneamente surgió la clase obrera, formada por antiguos artesanos y campesinos, ahora desposeídos de los medios de producción básicos para procurar su subsistencia independiente, y por ello, obligados a vender su fuerza de trabajo en el incipiente mercado manufacturero. Aparecen también los sindicatos, las leyes proteccionistas y de seguridad social, como contraparte y como lucha para imponer límites a las crecientes fuerzas -a menudo dislocadoras y devastadoras- de la economía de mercado:

“La dinámica de la sociedad moderna estuvo gobernada durante un siglo por un movimiento doble: el mercado se expandía de continuo, pero este movimiento se vio contrarestado por otro que frenó la expansión en direcciones definidas. Tal movimiento contrario era vital para la protección de la sociedad, pero en última instancia resultaba incompatible con la autorregulación del mercado, y por ende con el propio sistema de mercado” (2)

Además, este nuevo sistema se caracterizó enseguida por una nueva visión de la naturaleza. Tal como observa Heidegger, en la modernidad, por primera vez el ser humano empieza a contemplar su entorno como un almacén de recursos disponibles para su uso. Los filósofos de la ilustración estaban orgullosos de que la sociedad naciente dominase, transformase y explotase la naturaleza según las finalidades del crecimiento económico y del desarrollo técnico e industrial. Este fue un punto esencial del nuevo imaginario que acompañaba a la nueva sociedad capitalista, una sociedad y un imaginario que dura hasta nuestros días.

La economía del crecimiento

Uno de los rasgos esenciales del sistema capitalista es la necesidad del crecimiento económico: dentro del desarrollo normal y “saludable” de la economía de mercado, la producción y el consumo se expanden cada año. Deben expandirse. De lo contrario, la sociedad entra en una crisis que desata graves problemas económicos y sociales. Así pues, la economía de mercado tiene una dinámica que podemos denominar de “crecer-o-morir”. Todas las empresas tienen como objetivo prioritario aumentar las ganancias y todos los gobiernos qua administran el sistema procuran acrecentar el PIB cada año. Así, vemos como el crecimiento económico exponencial ha sido la norma en los últimos dos siglos, salvo en excepcionales periodos de crisis. Vemos también como el crecimiento constituye un motivo principal del imaginario dominante:

“Toda la humanidad comulga en la misma creencia. Los ricos la celebran, los pobres aspiran a ella. Un solo dios, el Progreso, un solo dogma, la economía política, un solo edén, la opulencia, un solo rito, el consumo, una sola plegaria: Nuestro crecimiento que estas en los cielos… En todos lados, la religión del exceso reverencia los mismos santos -desarrollo, tecnología, mercancía, velocidad, frenesí-, persigue los mismos heréticos -los que están fuera de la lógica del rendimiento y del productivismo-, dispensa una misma moral -tener, nunca suficiente, abusar, nunca demasiado, tirar, sin moderación, luego volver a empezar, otra vez y siempre. Un espectro puebla sus noches: la depresión del consumo. Una pesadilla le obsesiona: los sobresaltos del producto interior bruto.” (3)

Sin embargo, esta necesidad del crecimiento por el crecimiento, lejos de ser una panacea de abundancia y felicidad, conlleva notorios efectos adversos: engendra una buena cantidad de desigualdades e injusticias; crea un bienestar considerablemente ilusorio; no suscita ni para los propios “pudientes” una sociedad convivencial, sino una sociedad enferma de su riqueza; destruye y degrada la naturaleza de forma devastadora, hasta el punto de que amenaza la misma supervivencia humana a medio plazo. Obviamente, el crecimiento se motiva mediante la acumulación de capital y la beligerancia comercial generalizada, la cual cosa crea un clima de hostilidad y separación de intereses, y una alienación de la gran masa de la población respecto a la esfera pública, a favor de una elite cada vez más reducida y poderosa. Esto comporta innumerables y crecientes problemáticas sociales, psicológicas, culturales, etc. Como señala Serge Latouche:

“El desarrollo económico, lejos de ser el remedio a los problemas sociales y ecológicos que desgarran el planeta, es el origen del mal. Debe ser analizado y denunciado como tal. Incluso la reproducción duradera de nuestro sistema depredador no es ya posible.” (4)

Cabe añadir que aunque quisiéramos, no podríamos pretender que la expansión de la producción y el consumo que hemos vivido en los últimos dos siglos se mantenga infinitamente. Los recursos naturales en que se basa el crecimiento económico son finitos. Por ello, no hay que ser visionario para entender que tarde o temprano la finitud del planeta limitara el crecimiento cada vez más acelerado que requiere la economía de mercado. Cuando esto suceda, la economía de mercado entrará en una profunda crisis, pues no es un sistema preparado para asimilar positivamente el descrecimiento. Como veremos a continuación, este punto está muy próximo. La economía del crecimiento por el crecimiento no solo es indeseable, sino que, a principios del nuevo milenio, empieza a ser imposible.


El programa de progreso en Occidente

Antonio García-OlivaresEl programa del progreso en Occidente


Como afirmaba Weber, "intereses (materiales e ideales), y no ideas, son los que dominan inmediatamente la acción de los hombres. Pero, muy frecuentemente, las imágenes del mundo, que son construidas mediante ideas, han determinado como guardagujas las vías a través de las cuales la dinámica de los intereses movió la acción humana". Entre los siglos XI y XVII algunas de las imágenes del mundo medievales sufren modificaciones importantes y se ensamblan entre sí de un modo diferente, constituyendo una imagen del mundo y facilitando unas prácticas de gran influencia secular hasta la actualidad.

Denominaremos "programa del Progreso" a este conjunto formado por: (i) prácticas económicas desarrollistas, (ii) prácticas de acumulación y centralización del poder y (iii) imagen del mundo progresista. Tres imágenes medievales del mundo son las precondiciones de esta nueva cosmovisión: El Orden establecido por Dios; el milenarismo; la mentalidad burguesa. La peculiar síntesis que propone el puritanismo a partir de estos tres marcos metafóricos está en el origen de la nueva ideología progresista. Y el que esta ideología alcanzase la hegemonía cultural se debe a su ensamblaje dentro del citado sistema de prácticas.


[…], el progreso toma a veces el valor de un mito que no puede ser discutido. En otros casos, el progreso se sigue viendo como una ley inexorable, si no derivada de la voluntad divina como en sus orígenes puritanos, sí algo parecido a una ley universal garantizada, como las leyes de la física. Y esto es una mitificación, dado que el progreso es en realidad el resultado de un ensamblaje histórico concreto de artefactos y prácticas sociales. Y tales constructos carecen de inercia, como han demostrado Latour, Callon, Law y la escuela del actor-red.

Una dinámica tan auto-catalítica como ha sido hasta ahora el Programa del Progreso sólo podría entrar en crisis si la simbiosis básica desapareciera o si las emergencias macro del ensamblaje, que tanta atracción generan sobre las acciones micro de los participantes, se debilitaran irreversiblemente (García-Olivares).

Reestructuraciones en la simbiosis básica, provocadas por la aparición de prácticas económicas nuevas como la economía informacional, parecen haber sido encajadas por un capitalismo renovado de gran resiliencia, y no han supuesto ninguna inestabilidad estructural catastrófica para el mismo. Sin embargo, recientes evidencias indican que el tamaño finito de los recursos energéticos y minerales globales podrían estar en estos momentos frenando la acumulación exponencial de capital que ha estado hasta ahora en la base del funcionamiento del programa de desarrollo económico, uno de los constituyentes básicos del Programa del Progreso y de la forma de funcionar del capitalismo.

El progreso, ese valor-guía de origen puritano, luego contemplado como "ley ineluctable" de los tiempos modernos, podría tener los días contados. Nuevos sistemas económicos y nuevos valores guía deberían permitir que las futuras generaciones humanas pudieran seguir disfrutando de una vida digna pese a ello. Pero todas las grandes crisis estructurales en las sociedades humanas son traumáticas, sobre todo si afectan a los sistemas básicos de la producción y reproducción de las condiciones de existencia social. Una refundación inteligente del modo de producción y los valores guía progresistas todavía dominantes será clave para que la transición sea lo menos traumática posible.

Antonio de Nebrija

R. Olvera y J. Márquez

La obra de Iván Illich como un paradigma para el estudio de la sociedad internacional 

1492. En ese año, mientras Cristóbal Colón iba en busca de nuevas rutas, Elio Antonio de Nebrija creaba un instrumento que serviría a los Reyes Católicos para consolidar la unificación de sus reinos, este nuevo instrumento fue la Gramática castellana. "Nebrija propuso el empleo de su gramática en vistas a extender el poder de la reina en un esfera totalmente nueva, el control estatal de la subsistencia cotidiana de la gente. Nebrija trazó efectivamente las grandes líneas de una declaración de guerra contra la subsistencia, guerra que el nuevo Estado se preparaba para llevar adelante. Pretendió que se enseñara la lengua materna, inventó el primer grado de la instrucción universal.

(...) Desde su primer uso, la expresión lengua materna hace del lenguaje un instrumento al servicio de una causa institucional." A partir de entonces, a los súbditos se les había creado una nueva necesidad: aprender esa nueva y compleja gramática. Con este hecho el gobierno español pretendía que las lenguas locales o vernáculas fueran olvidadas. El elemento clave de la argumentación de Nebrija, para convencer a los Reyes, fue: "la lengua suelta y fuera de regla, el habla libre, sin preceptos, en la cual se expresan diariamente las personas, que emplean para vivir su vida, es un habla popular que perjudica a la Corona." Esta aseveración la basó en que consideraba un derroche de tiempo que la gente leyera y dialogara en sus lenguas vernáculas, puesto que veía ese tipo de lecturas y charlas como frívolas; de tal modo que, una de las manera por las que la lengua materna fue ganando terreno fue gracias a que las imprentas, a partir del momento en que se adoptó oficialmente la nueva lengua que obedecía a las complejas reglas gramaticales inventadas por Nebrija, sólo imprimieron en esa lengua y toda aquella persona que no la adquiriera no podría leer más.

"El primer especialista moderno del lenguaje aconseja a la Corona que transforme el habla y la existencia de la gente en herramientas útiles para el Estado y sus propósitos. Nebrija ve en su gramática un pilar del Estado-nación. En ella el Estado es concebido, desde su origen, como un organismo agresivamente productivo. El nuevo Estado toma las palabras con las que subsiste la gente y las transforma en un lengua normalizada que de ahora en adelante será obligatorio emplear, cada cual según el nivel de instrucción que le ha sido institucionalmente administrado. En adelante, la gente tendrá que remitirse a un lenguaje que reciben de lo alto y no desarrollar más una lengua en común."

En pocas palabras, para la consolidación del naciente estado de España, Nebrija propone a la Reina Isabel una alianza entre la espada y los expertos, unión de las armas y las letras; por un lado, con la espada puede conquistar nuevos territorios y, por el otro, mediante los expertos crea "un sistema de reducción científica de la diversidad en todo el reino (...). Nebrija, sencillamente, se proponía sustituir una lengua vernácula por una lengua materna."

"Este paso de la lengua vernácula a una lengua materna oficialmente enseñada quizás sea el acontecimiento más importante -y por tanto el menos estudiado- en el advenimiento de una sociedad de máxima dependencia de las mercancías. El paso radical de la lengua vernácula a la lengua enseñada anuncia el paso del pecho al biberón, de la subsistencia a la asistencia, de la producción para el gasto a la producción para el mercado, de las esperanzas divididas entre la Iglesia y el Estado a un mundo donde la Iglesia es marginal, la religión privatizada y donde el Estado asume las funciones maternales hasta entonces reivindicadas únicamente por la Iglesia. Antes, no había manera de salvarse fuera de la Iglesia; ahora, no habrá ni lectura ni escritura -ni tampoco, si es posible, habla- fuera de la esfera de la educación".

Así como el pagano debía ser integrado a la iglesia mediante el bautismo ahora el hombre vernáculo se integra al Estado-nación por el lenguaje. La lengua necesitará, en adelante, tutores, maestros que la divulguen por el bien de todos.

Ahora bien, la innovación más importante de Nebrija fue la de "sentar las bases de un ideal lingüístico sin precedente: la creación de una sociedad en la que burócratas, soldados, mercaderes y campesinos del monarca universal pretenden, todos, hablar una sola lengua, lengua que se supone que los pobres comprenden y obedecen."

Con esto también se pretende dejar atrás las comunidades jerarquizadas y dar un paso hacia una nueva sociedad que nacerá, formalmente, después de la Revolución Francesa, una sociedad que se presume, igualitaria pero que sin duda cobija más desigualdades que las comunidades vernáculas.

En 1948, la Declaración Universal de Derechos Humanos, proclama la igualdad de todos los seres humanos. Este universalismo abstracto exigía indicadores de bienestar que fueran aplicables en todas partes

La idea misma de la pobreza constituye en la actualidad una forma peculiar de imperialismo: bajo su manto se quiere imponer una manera única de vivir y una forma de percibir los predicamentos sociales y de lidiar con ellos.

Del decrecimiento infeliz al decrecimiento feliz

Julio García Camarero


¿Cómo salir de la Crisis?

Es sabido que en la actual situación de crisis global creada por una oligarquía totalmente insaciable, la mayor preocupación de la mayoría de la población es como conseguir superar esta crisis galopante

Y ésta preocupación se acentúa aún más en el caso de los jóvenes que son los que están sufriendo este padecimiento de paro, de pobreza y de marginación, con mayor intensidad.

Y los poderes económicos internacionales (FMI, BM, OMC, entre otros), las grandes corporaciones y los gobiernos lacayos nos indican y nos empujan hacia unos caminos descabellados para salir de la crisis, como lo son intentar volver al quimérico crecimiento económico ilimitado; o comenzar a caminar por varios decrecimientos infelices (infelices para la inmensa mayoría de la población), para crear empleo dicen paradójica e hipócritamente.

En este sentido nos indican cuatro alternativas a la crisis:

 -Que intentemos la quimera de continuar con el crecimiento infeliz ilimitado, pero que no puede ser ilimitado, puesto que los recursos del planeta son limitados. Y que además, es un crecimiento alienante, esquilmador y apocalíptico. Esto es lo que ha venido sucediendo en los países de Europa y del Primer Mundo.

 -Que aspiremos a un decrecimiento infeliz deprimente, reductor de la calidad de vida. Como el que sobrevino en el Socialismo Real en su desplome y está empezando a suceder en muchos países del Primer Mundo. Ambos casos obsesionados con el desarrollismo estándar y en imponer recortes sociales.

 - Que aspiremos a un decrecimiento infeliz caótico, como lo son los casos de Grecia, Irlanda, Portugal, España, Italia, etc. Países que ya se encuentran al borde de las quiebra, y que sólo están manteniéndose a base de padecer una usura insostenible y mortal y unos recortes sociales a los que llaman reformas.

 - Que aspiremos a un decrecimiento infeliz caótico y apocalíptico, como está sucediendo en Japón después de su incalculable desastre nuclear, que fue precedido por una grave crisis económica. Y como consecuencia de un indispensable desarrollismo energético para poder competir globalmente en el crecimiento.

 En general estos decrecimientos infelices están caracterizados por degradación social del trabajador, infelicidad por exceso de trabajo asalariado-enajenado, la obligación-necesidad del consumismo de seudo-necesidades, como es el caso más agobiante de tener que ser propietario de tu casa a costa de una hipoteca que te roba más del 80% de tu salario.

Además estos desastres, este tipo de decrecimiento también ocasiona la contaminación y destrucción la biosfera y la generación de un cambio climático apocalíptico.

Pero, frente a todos estos caminos infelices, aún es posible q ue nos anticipemos a mayores desastres potenciando el decrecimiento feliz, o el crecimiento mesurado y transitorio  (en el Sur) que crean buenas relaciones humanas y que no es competitivo, ni consumista.

Y ¿qué es el decrecimiento feliz?

Es la redistribución de la riqueza del planeta entre todos. Y además, que los trabajadores trabajen menos, consuman menos, contaminen menos y que por eso sean más felices.

 Es una corriente de la ecología-social, que se basa en cuatro principios esenciales:

-Crítica al crecimiento crematístico . Critica que el dinero se convierta en un fin en lugar de ser sólo un medio para llegar a un fin.

-Quimera crecentista . Considera que es una quimera que se pueda crecer ilimitadamente a partir de unos recursos naturales que son limitados.

-Decrecimiento indispensable. Hemos llegado yaa un estado de despilfarro, de esquilmación y deterioro (en los últimos 30 años hemos consumido-esquilmado el 30% de todos los recursos planetarios), por lo que no basta con un crecimiento económico cero. Hay que decrecer.

-Con reciclajes y energías alternativas no basta. Pues no existe un reciclaje completo. Según el 2º principio de la termodinámica, en el proceso fabril, y en el consumo de materia y energía, se produce una entropía, es decir, se genera una materia y energías disipadas y caóticas que son imposibles de reciclar.

 Es indispensable cambiar nuestro actual imaginario del mundo y de las cosas. Un imaginario que hoy aparece centrado exclusivamente en el crecimiento y en el consumismo.

¿Y cómo conseguir este decrecimiento feliz?

Desde luego no aumentando el crecimiento, el productivismo o el consumismo, como nos dicen que es necesario para crecer y para conseguir así la felicidad.

No, al contrario, se trata de dejar de obsesionarnos con el PIB y conseguir una producción de bienes de uso que no estén en función de acumular PIB, sino de dejar de medir todo por su precio, se trata de huir en alguna medida del dinero y de dar más importancia al ser humano que al los objetos materiales, que al dinero.

 Además, está constatado estadísticamente que el paro y el empleo precario no cesan y que además aumentan de forma paralela a como lo viene haciendo el crecimiento económico.

 Se trata de llegar a un desarrollo humano en donde se dé preponderancia a los bienes relacionales que nos conducirán a lograr la felicidad a base de satisfacer las 9 necesidades humanas descritas por Max-Neef: afecto, subsistencia, protección, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad.

Y para salirse del sistema capitalista, e iniciar el decrecimiento feliz o el crecimiento mesurado y transitorio, (en el caso de los países del sur) serán necesarios, al menos, cuatro elementos de impulso:

1° Que algún sindicato comience a reivindicar una reducción drástica y progresiva de la jornada laboral -y esa sería la autentica reforma laboral-: una reducción de jornada laboral progresiva en proporción al aumento continuo de la eficiencia de la técnica.

Los sindicatos en lugar de defender el poder adquisitivo del consumista, deberían defender el consumo responsable, el derecho humano al esparcimiento y el derecho a los bienes relacionales.

Y para conseguir esto la primera y primordial acción, será una drástica reducción de la jornada laboral; pero sin que ésta tenga porque afectar demasiado a los salarios, los cuales podrán ser compensados con la riqueza añadida por el aumento de la eficiencia de las maquinas.

A esta reducción de jornada laboral se la dará prioridad por encima de la obtención y acumulación de PIB.

2° Que una potente asociación de consumidores, organice una eficaz campaña, no violenta en pro del consumo responsable, de boicot al consumismo de productos innecesarios y denuncia de la obsolescencia programada.

3° Que un fuerte movimiento ecologista denuncie, eficazmente, el deterioro irreversible que está sufriendo la biosfera, los ecosistemas y la biodiversidad, como consecuencia de las acciones anotrópicas, como lo son el productivismo y el consumismo. Este tipo de movimientos ya existen pero tal vez deberían de redoblar su acción.

4º  También existen ya infinidad de movimientos sociales sensibilizados en algunas dela múltiples  problemáticas decrecentistas (Eco feminismo, bancos del tiempo, consumo responsable, cooperativas integrales, etc.), será muy importante que se unan todas, en una lucha común decrecentista.

 Además, va a ser muy necesario que de forma individual y consciente se comience a  practicar el consumo responsable y la autoproducción, con la iniciación de hábitos y acciones como los describe Paolo Cacciari en su libro Decrecimiento o barbarie.

Gente pequeña, haciendo cosas pequeñas en sitios pequeños pueden cambiar el mundo.

 Y para terminar

quiero decir que yo no soy economista, y menos aún economista de esta economía clásica y retrograda, que perdura inalterada desde el siglo XVIII.

Pero sin ser economista, se entiende perfectamente que es una falacia eso que dicen ese tipo de economistas.  Eso de que: “el crecimiento económico es bueno para la economía”.

Y es una falacia porque es una frase incompleta.

Para que fuera una frase completa (y no una falacia oculta) deberían de decir: “el crecimiento económico es bueno para la economía de una reducida oligarquía”.

 Pero esto que llaman crecimiento económico, para la inmensa mayoría no es más que un decrecimiento infeliz.

 Porque la riqueza acumulada por el crecimiento oligarca no cae del cielo como el maná, sino del decrecimiento económico, social y vital de una inmensa mayoría.

Podemos poner un ejemplo histórico. Cuando hablaba  Kenedy de su “Alianza para el progreso” también era un enunciado incompleto y falaz pues, para que este enunciado fuera completo y no falaz, tenía que haber hablado de  “Alianza para el progreso de EEUU y para el retroceso, para la creación de la deuda y para el padecimiento de la usura y deuda eterna del patio trasero de los EE UU.




¿Por qué basar todo en el crecimiento? (contestación a Vicenç Navarro)

Margarita Mediavilla, Carlos de Castro, Luis Javier Miguel, Iñigo Capellán, Pedro Prieto, Emilio Menéndez, Juan José Álvarez

El pasado 6 de febrero Vicenç Navarro, respetado sociólogo y catedrático de Ciencias Políticas y Sociales, publicaba un artículo en El País titulado Las pensiones no están en peligro en el que criticaba a “aquellos que concluyen que el sistema público de pensiones en España no es viable como consecuencia de la transición demográfica” e indicaba que el incremento de la productividad, el crecimiento económico y el aumento de la población cotizante resolverían los “mal llamados problemas de viabilidad del sistema público de pensiones”.

Este artículo  fue contestado el 27 de febrero por Floren Marcellesi, coordinador de Ecopolítica, Jean Gadrey, economista y miembro del consejo científico de ATTAC Francia y Borja Barragué,investigador de la Universidad autónoma de Madrid, en otro texto aparecido en el Diario Público y titulado Las pensiones y el fin del crecimiento. Estos autores criticaban que Vicenç Navarro  basase  el futuro de las pensiones en el aumento de la productividad y el crecimiento económico, olvidando completamente la crisis ecológica.
A su vez, el profesor Navarro replicó indirectamente  en su blog el 7 de marzo, en una entrada titulada  El problema no es la falta de recursos sino el control de dichos recursos. En ella, aunque no cita directamente a estos autores, hace una crítica  a los “malthusianos” y al “movimiento ecológico conservador, que considera que el crecimiento económico en sí es negativo”.

Hemos creído importante contestar  porque este debate  evidencia un problema que estamos sufriendo. Personas procedentes de diferentes movimientos cuestionamos el actual modelo socioeconómico, pero lo hacemos centrándonos cada una en  nuestros aspectos particulares. Esta parcelación no es buena porque impide abordar correctamente el problema. No vivimos únicamente una crisis económica sino una crisis sistémica, que es a la vez una crisis social (de desigualdad), ecológica (de recursos, contaminación y biodiversidad), económica (desregularización, sistema financiero,  privatización), ética (cuidados, relación ser humano-naturaleza),  etc. No podemos resolverlas a base de centrarnos sólo en  uno de los aspectos particulares, debemos hacer un esfuerzo por colaborar y englobarlos todos en una visión sistémica.

Esto es complicado porque, con frecuencia, hablamos incluso lenguajes diferentes. Vicenç Navarro, por ejemplo, critica al movimiento ecologista que  “considera que el crecimiento económico en sí es negativo, pues está consumiendo los recursos que continúan percibiéndose como limitados, ignorando, de nuevo, la capacidad de la humanidad de redefinir las categorías “recurso” y “crecimiento económico””. Al hablar de “recursos” él está hablando de algo  relativo que puede ser sustituido fácilmente, está hablando de recursos económicos. Sin embargo, cuando ecologistas o  ingenieros hablamos de recursos, hablamos de cosas  que no tienen nada de relativas. La energía, los minerales o las especies  de un ecosistema son cosas muy concretas, medible en unidades físicas y que normalmente no se pueden sustituir.

Para un economista, por ejemplo, el petróleo convencional (de fácil extracción) puede ser sustituido por el petróleo no convencional (de extracción mucho más complicada y contaminante) y su valor económico puede ser igual. Sin embargo, desde el punto de vista físico, el petróleo no convencional requiere mucha más energía para su extracción y refino, con lo cual la energía neta que se extrae es mucho menor (y las consecuencias ambientalesson muy graves). Por ello, desde el punto de vista físico, la sustitución es incompleta, ya que el recurso es de peor calidad. Lo mismo puede decirse de la sustitución de unos minerales por otros, o de la supuesta “sustitución” de una especie que se extingue.

Ecologistas y científicos estamos diciendo que los recursos se están agotando y los posibles sustitutos son de peor calidad en términos físicos. Esto no quiere decir que no existan sustitutos y que no los podamos calificar de “recursos”,  pero sí nos habla de que la sustitución no es sencilla ni se produce automáticamente ni tampoco sabemos si  los nuevos recursos nos van a permitir sostener una civilización industrial como la que conocemos. Si las nuevas tecnologías  no nos permiten mantener una sociedad con altos niveles de transporte, industria, extracción de minerales, producción de alimentos, etc. las relaciones económicas que hoy en día consideramos habituales se verán completamente trastocadas.

Para que científicos-ecologistas y economistas pudiéramos dialogar necesitaríamos hablar un mismo lenguaje, pero no es sencillo hacerlo. El mundo económico se mide unidades monetarias  y resulta muy complicado encontrar incluso datos sobre las variables físicas  involucradas en el proceso económico. Es muy difícil, por ello, que podamos dialogar y estudiar los problemas.

Por otra parte, no nos parece justo el apelativo de “malthusianos” que utiliza Navarro, ni el que  diga que hay abundante evidencia científica de que los que hablaron de límites al crecimiento  se equivocaron. Malthus era un economista liberal que realmente no estudió los límites al crecimiento y,  sinceramente, no sabemos de qué abundante evidencia científica habla Navarro. Lo que   estamos viendo estos años (con una abrumadora profusión de datos) es que las  predicciones de los mal llamados “agoreros” se están cumpliendo. Tanto los  Meadows con sus informes sobre los límites del crecimiento,  el climatólogo Hansen con el cambio climático, el IPCC con las catástrofes asociadas a éste,el geólogo M. Hubbert con el pico del petróleo convencional  o quienes predijeron la sobreexplotación de pesquerías, aguas dulces y minerales; no sólo no se han equivocado, sino que,  a 30 o 40 años vista, están acertando  con una precisión elevada.

Otro de los aspectos que nos parece importante comentar del artículo del profesor Navarro es el hecho de que éste se apoye en el constante aumento de la productividad  para argumentar que no debemos preocuparnos por el mantenimiento de las pensiones a largo plazo (hasta 2050). Si bien es cierto que la productividad de los trabajadores ha aumentado notablemente en el último siglo, no podemos obviar que esto se ha realizado a base de unas tecnologías  y unas formas de producir concretas: el uso de maquinaria, la automatización, la producción centralizada en grandes factorías muy especializadas y transportada a grandes distancias, el comercio internacional, etc. Todas estas formas de producción se basan en un aumento muy notable del consumo de energía, especialmente de petróleo. Esto es especialmente evidente en el ejemplo que  utiliza: la producción alimentaria mundial y también en el caso del comercio internacional, motor del crecimiento de las últimas décadas.

Muchos estudios predicen que antes de 2050 todos los combustibles fósiles  habrán alcanzado sus techos de extracción, sin que los petróleos no convencionales puedan variar significativamente este declive, a pesar de toda la reciente parafernalia tecno-optimista desplegada en muchos medios  en torno a las llamadas energías no convencionales (especialmente a la fracturación hidráulica y sus promesas de maná energético para otros cien o doscientos años).  Aunque no queremos extendernos en este artículo con datos técnicos  es ya constatable que el petróleo están entrando en esta década en una fase de estancamiento y declive (el lector interesado puede consultarlos puntos de vista de ASPO en www.peakoil.net).

En 2050 podemos esperar que la producción mundial de petróleo sea aproximadamente la mitad de la actual, la de gas natural un 30% menor mientras que el carbón y el uranio se encontrarán probablemente  en fase de estancamiento. Además, las alternativas (petróleos y gas natural no convencionales) que parecerían alargar unos años ese declive, generan más gases de efecto invernadero que los combustibles convencionales por unidad de energía neta, haciendo que la pinza: crisis energética-caos climático nos apriete cada vez con mayor fuerza.

En ese horizonte ¿podemos dar por sentado que vamos a  aumentar la productividad un  1,5% anual como hemos hecho  en décadas pasadas en las que los recursos crecían? El progreso tecnológico tendrá que centrarse en intentar sustituir estos recursos y los estudios que algunos autores hemos hecho sobre ello muestran que no va a ser nada fácil. Los aumentos de productividad/innovación se verán frenados probablemente por la ley de rendimientos decrecientes, debido entre otras causas a las  sustituciones incompletas entre recursos y a la gran degradación de los ecosistemas.

Es muy sencillo hablar de incremento de la productividad y mejora tecnológica sobre el papel, pero cuando uno baja a las tecnologías concretas las cosas son diferentes. Las últimas décadas han contemplado cómo diversas tecnologías que en un momento dado fueron vendidas  como “revolucionarias”  alternativas a los combustibles fósiles, han mostrado su carácter de burbuja. La energía nuclear de fisión y fusión, los transgénicos, las pilas de hidrógeno, el coche eléctrico, los biocombustibles, el “fracking”… Estas tecnologías han mostrado en ocasiones resultados interesantes, pero todas se han quedado  muy lejos de cumplir las expectativas que prometían y, es más, algunas de ellas  sólo tienen interés  para las empresas que las venden y poseen efectos ambientales desastrosos.

Vicenç Navarro también argumenta que una economía puede crecer sin recursos, a base de actividades menos intensivas en el uso de la energía como el cuidado a las personas. Si bien en este punto estamos de acuerdo con él, no debemos olvidar que los datos nos muestran que no es esto lo que hemos hecho en los últimos años e incluso siglos.  A nivel global, y desde hace prácticamente un siglo y medio, estamos acostumbrados a crecer económicamente a base de consumir cada vez más energía y recursos naturales, no va a ser nada sencillo cambiar esta tendencia. No hay país que disponga de avanzados servicios de cuidados sociales  que no los haya construido sobre una base social de consumo intensivo de energía total y per cápita. Aumentar el bienestar y el crecimiento económico con recursos de peor calidad, aunque sea posible, es algo que  no sabemos cómo se puede materializar.

A pesar de todo lo expuesto nos gustaría  dejar bien claro que estamos completamente de acuerdo con Vicenç Navarro en su defensa  del mantenimiento de las pensiones públicas y en su denuncia de los intentos de usar como excusa su inviabilidad (supuesta o no) para hacer negocio con su privatización. Las pensiones públicas deben mantenerse, sea sencillo o difícil. No se puede tolerar que una sociedad en épocas de crisis no defienda los  pilares básicos de  sanidad, educación, pensiones, alimentación y vivienda.  También estamos de acuerdo  en que una buena parte de la crisis del estado del bienestar y de la crisis ecológica galobal han sido las políticas neoliberales que han causado una enorme concentración de la riqueza y un descenso de las rentas del trabajo. Pero argumentar  que si  “los salarios fueran más altos, si la carga impositiva fuera más progresiva, si los recursos públicos fueran más extensos y si el capital estuviera en manos más públicas (de tipo cooperativo) en lugar de privadas con afán de lucro, tales crisis social y ecológica (y económica y financiera) no existirían” como afirma, creemos que  es ir demasiado lejos.  La crisis ecológica es muy profunda y, si bien es cierto que la enorme desigualdad  y la concentración del capital en manos privadas  hacen mucho más difícil su solución, no son éstas las únicas causas.

Malthus se equivocó porque  pensó que la productividad de la tierra iba a seguir siendo la que había sido en el pasado y fue incapaz de ver que en su época se estaba gestando la revolución industrial basada en energía del carbón que iba a cambiar enormemente los métodos de producción. Gran parte de los economistas  actuales pueden estar cometiendo un error similar, pero de signo contrario, no viendo que en el panorama tecnológico se está produciendo también un cambio radical en estos momentos.

¿Por qué es tan difícil destronar el mito del crecimiento económico? ¿Por qué debemos esperar siempre que el crecimiento, el aumento de la producción y el desarrollo tecnológico nos resuelvan los problemas, ya sean las pensiones,  el desempleo o la desigualdad? ¿No hay  otras formas de conseguir el bienestar social?   El hecho de que  algunos catastrofistas se  equivocaran en un momento dado no nos permite asegurar que  todo el que avise de una catástrofe esté equivocado. El principio de precaución debería llevarnos a analizar cuidadosamente todas las alarmas y  no confiar alegremente en que las tendencias del pasado se van a repetir.  Esperemos que este debate nos pueda servir para ello y también para abrir los diálogos que nos ayuden a encontrar las soluciones que tanto necesitamos en estos momentos.


El planeta enfermo

Guy Debord


La «contaminación» está de moda hoy en día, exactamente de la misma manera que la revolución: se apodera de toda la vida de la sociedad, y se la representa ilusoriamente en el espectáculo. Es la palabrería fastidiosa que llena un sinfín de escritos y discursos descarriados y embaucadores, pero en los hechos agarra del cuello a todo el mundo. Se expone en todas partes como ideología y gana terreno como proceso real. Esos dos movimientos antagónicos, el estadio supremo de la producción mercantil y el proyecto de su negación total, igualmente ricos en contradicciones en sí mismos, están creciendo juntos. Son los dos lados por los que se manifiesta un mismo momento histórico largamente esperado y a menudo previsto en formas parciales e inadecuadas: la imposibilidad de que el capitalismo continúe funcionando.

La época que posee todos los medios técnicos para alterar totalmente las condiciones de vida sobre la tierra es también la época que, en virtud del mismo desarrollo técnico y científico separado, dispone de todos los medios de control y previsión matemáticamente indudable para medir por adelantado adonde lleva —y hacia qué fecha- el crecimiento automático de las fuerzas productivas alienadas de la sociedad de clases: es decir, para medir el rápido deterioro de las condiciones mismas de la supervivencia, en el sentido más general y más trivial de la palabra.

Mientras los imbéciles pasadistas siguen disertando todavía sobre (y contra) una crítica estética de todo eso, creyéndose lúcidos y modernos porque fingen adaptarse a su siglo, declarando que Sarcelles o las autopistas poseen una belleza peculiar, preferible a la incomodidad de los «pintorescos» barrios antiguos, u observando seriamente que el conjunto de la población come mejor que antes, por más que digan los nostálgicos de la buena cocina, el problema del deterioro de la totalidad del medio natural y humano ha dejado ya completamente de presentarse en el plano de la supuesta calidad antigua, estética o no, para convertirse radicalmente en el problema mismo de la posibilidad material de la existencia del mundo embarcado en tal movimiento. De hecho, la imposibilidad ha quedado ya perfectamente demostrada por todo el conocimiento científico separado, que ya no discute sino el plazo que queda y los paliativos que, de aplicarse con firmeza, podrían alargarlo un poco. Una ciencia semejante no puede hacer otra cosa que acompañar en su camino hacia la destrucción al mundo que la ha producido y a cuyo servicio está; pero ella se ve obligada a recorrer ese camino con los ojos abiertos: con lo que muestra en grado caricaturesco la inutilidad del conocimiento sin empleo.

Se está midiendo y extrapolando con excelente precisión el rápido aumento de la contaminación química de la atmósfera respirable, del agua de los ríos, los lagos y los océanos; el aumento irreversible de la radiactividad acumulada por el desarrollo pacífico de la energía nuclear; de los efectos del ruido; de la invasión del espacio por productos de materias plásticas que aspiran a una eternidad de vertedero universal; de la natalidad demencial; de la falsificación insensata de los alimentos; de la lepra urbanística que viene ocupando cada vez más el lugar de lo que fueron la ciudad y el campo, así como de las enfermedades mentales -incluidos los temores neuróticos y las alucinaciones, que no tardarán en multiplicarse a propósito de la contaminación misma, cuya imagen alarmante se exhibe en todas partes- y del suicidio, cuyas tasas de expansión coinciden ya exactamente con la de la urbanización de semejante ambiente (por no hablar de los efectos de la guerra nuclear o bacteriológica, para la cual ya están ahí los medios, cual espada de Damocles, aunque sigue siendo evidentemente evitable).


¿Por qué apostarle al procomún?

tequio

Así termina Santiago López Petit su texto para el libro Fuera de Lugar. Conversaciones entre crisis y transformación (Acuarela 2013):

El desafío es construir una política del querer vivir, una política que recoja las necesidades y aspiraciones del 99%, lo que no significa en absoluto eludir las cuestiones espinosas, sino todo lo contrario. Se abre una bifurcación que clarifica las posiciones. Tenemos que hacer un esfuerzo por ser menos románticos y mucho más duros con el poder… y también con nosotros mismos.
Pensamos, al leer distintas teorías y ver lo que nos rodea, que estamos en un cambio de época, que el mundo que fue cimentado en el siglo XVIII está derrumbándose: el capitalismo depredador va camino de acabarse muchos ecosistemas básicos y las relaciones sociales sanas, y las instituciones que sustentan el Estado nación dan muestras una y otra vez de estar agotadas. El crecimiento ilimitado, el racionalismo a ultranza, la privatización de la vida, la globalización financiera y criminal, y en definitiva, la occidentalización del mundo ha llevado a reventar su base, su raíz. Y todo esto se va a caer.


Pero nos equivocamos si pensamos que lo que está por nacer es un mundo idílico, en paz y armonía. Ya lo dijo Wallerstein, cuando explicaba el tema de la posible bifurcación del camino del sistema-mundo: puede instalarse algo peor para las sociedades humanas, quizás un fascismo financiero exacerbado o ¿quién sabe? Pero ¿recuerdan 1984 de George Orwell, Un mundo feliz, de Aldoux Huxley o V de Vendetta y Matrix?

El desafío es activarnos e ir construyendo alternativas al sistema hegemónico y bien pudiera ser apostar al procomún, pero ¿qué ofrece involucrarse en la construcción y/o defensa de un bien común?

Ahora, un rápido punteo sobre interesantes aspectos del procomún:

-Los procomunes encierran en su esencia un bien común, una comunidad asociada a él y un modo de gobernanza. Son insustituibles e inalienables. Pensemos en un bosque, un río, una radio comunitaria, Internet, las licencias Creative Commons, los idiomas, las recetas, el genoma humano, los colores…

asamblea-Actualiza prácticas que servían: aunque parezca algo novedoso, los commons existen desde siempre, desde que el ser humano llega a acuerdos para mantener ciertos bienes necesarios para su bienestar. A partir del siglo XV en Europa se producen los primeros cercamientos (físicos y mentales) que propiciarán el nacimiento del capitalismo y la hegemonía de lo privado frente a lo comunitario, hasta ese entonces preponderante.

-Actualmente existen muchas experiencias en todo el mundo, tanto de defensa del procomún, como de creación de comunes, o ambas propuestas a la vez.

-Los comunes rompen con la clásica dicotomía público/privado introduciendo la modalidad de propiedad colectiva, con una autogestión al margen de la crisis del Estado nación y de la voracidad empresarial y la especulación financiera. La comunidad participante tiene el control del bien común y asegura el acceso a todas y todos sus miembros.

-Esa gobernanza necesaria se mantiene por la participación activa de la comunidad, que no suele dar posibilidad a estructuras jerárquicas, sino más bien democráticas y en red. Sería una adaptación del “mandar obedeciendo” zapatista.

-Pueden existir a escala local o a escala global, pero cada vez más se potencia lo glocal, mirando lo que pasa en el mundo, aprendiendo de otras experiencias, compartiendo ideas o recursos, analizando coyunturas y conectándose en red.

-Recupera como abundante lo que pareciera escaso. La autogestión participada asegura la sostenibilidad de los bienes, naturales o sociales, haciéndolos perdurar para las siguientes generaciones. Por ello la escasez, como parámetro capitalista base de la privatización y el lucro, pierde sentido.

wikipedia-Atraviesa por entre las categorías y paradigmas dominantes, rompe con lo establecido (de izquierdas y derechas), empodera a los individuos, pero no fomenta el individualismo, sino como parte de una colectividad en la que participa, por lo que las estructuras no ahogan.

-Frente a los grandes relatos totalizadores, los commons propagan miles de semillas por doquier, que son procesos en construcción y, por ello, históricos y con potencia emancipadora. No hay recetas fijas, y toman mucho del buen vivir andino, del decrecimiento europeo, de la ética hacker, del marxismo y del anarquismo, del liberalismo y del feminismo… Prototipos de commons en la sociedad en red. Es la política de un No y muchos Síes, como negación común de ir hacia el precipicio sistémico y como muchas respuestas alternativas, pluralidad de motivos, afirmaciones, proyectos, ideales e ideologías: “un mundo en que quepan muchos mundos”.

¿Qué más se les ocurre?

Terminamos como empezamos, con una cita: esta vez una de Juan Carlos Monedero, escrita en otro contexto, pero que nos sirve:

En un mundo sin modelos, la frase de Simón Rodríguez “inventamos o erramos” sigue siendo radicalmente válida. El vivencialismo o experimentalismo es más relevante que la repetición de modelos que han demostrado su invalidez.
Habrá que remover muchos obstáculos del camino. Y luchar. Pongámonos a ello.

PD: Carla Boserman nos da una explicación en dibujos
:


entornos-procomun-Carla-Boserman

Decrecimiento, cámaras y acción

Daniel Fernández - Público

'Stop! Rodando el cambio' es el primer documental que se realiza en España abordando el decrecimiento, una corriente que advierte contra los perjuicios del desarrollo incontrolado y la explotación sin límite de los recursos naturales.

"El racionalista -escribía Hermann Hesse- cree que la tierra ha sido entregada al hombre para que la explote. Su fe en la inmortalidad es la fe en el progreso". El racionalismo y el progreso de los que hablara el premio Nobel alemán son ideas que tuvieron su origen en el corazón de Europa, y para escarnio del Viejo Continente se han traducido, especialmente en el último siglo, en sinónimos de crecimiento. Quienes han advertido este proceso señalan la continua explotación del medio, el espectacular aumento de la población que pasa hambre a pesar de que se producen más alimentos que en cualquier otro momento de la historia y la emisión desproporcionada de residuos como tres de los fenómenos más perniciosos que se esconden tras ese afán de crecimiento.

Sin embargo, la premisa del desarrollo sobre la que se asienta la supervivencia de los Estados es una carrera no solamente errónea sino limitada. Por eso en los últimos lustros ha venido cobrando fuerza una crítica al apetito voraz del capitalismo: el decrecimiento. Nacido a raíz de la ecología social, una corriente que defiende la imposibilidad de separar la supervivencia de la ecología del comportamiento humano, el decrecimiento viene a trasladarnos un mensaje sencillo pero de vital importancia, y es que no podemos continuar viviendo por encima de nuestras posibilidades. Autores como Ignacio Ramonet o Serge Latouche han respaldado esta visión y desde hace años han dedicado parte de sus esfuerzos a reforzar la base intelectual del mismo.

Con el fin de dar mayor difusión a estas ideas se estrena este fin de semana en la Facultad de Ciencias de la Información de Ciudad Universitaria el documental Stop! Rodando el cambio, el primer trabajo audiovisual en España que aborda esta corriente y que representa además la ópera prima de sus seis autoras: Alba, Blanca, Paula, Irene, Jenn y Elena; todas ellas fruto de la cantera de la Universidad Complutense: "nos dimos cuenta de que las alternativas ya existían, y no sólo eso, sino que muchas ya se llevaban fraguando desde hace tiempo", explican.


Stop! Rodando el Cambio (teaser) from Rodando el Cambio on Vimeo.


El decrecimiento: de la utopía a la necesidad

Por Florent Marcellesi, coordinador de Ecopolítica y coautor del libro “Adiós al crecimiento. Vivir bien en un mundo solidario y sostenible” (El Viejo Topo, en prensa).

Artículo publicado en el número 3 de La Marea (marzo 2013).

El crecimiento no es la solución, es el problema. En tiempos de recesión, la sociedad del crecimiento nos conduce al colapso económico y, en tiempos de bonanza, nos lleva directamente al colapso ecológico. Este “dilema del crecimiento” se traduce o bien en tasas de paro y de pobreza socialmente inasumibles cuando la economía se hunde, o bien en la dilapidación acelerada de los combustibles fósiles, mayor cambio climático, crisis alimentaria y perdida de biodiversidad cuando la economía rebrota. Para salir de esta “encrucijada del siglo XXI”, no nos valen ni el austericidio ni un nuevo “pacto de crecimiento” (incluso pintado de verde), por cierto ambos impuestos desde arriba.

De todas maneras, ya no se trata únicamente de una cuestión ideológica. Que guste o no, y por mucho que mejore la tecnología, la era del crecimiento ha terminado. La decadencia estructural del crecimiento del PIB —desde los niveles altos de los años 70 (¡hasta 8% en España!) a niveles bajos o negativos en estos momentos— indica que los países de la OCDE, incluido el nuestro, van a salir del breve periodo de su historia en que su modelo económico, la paz social y el progreso se basaba en un aumento continuo e insostenible de las cantidades producidas y consumidas.

Ante esta realidad, es hora de poner en macha una “prosperidad sin crecimiento”, entendida como nuestra capacidad de vivir bien y felices dentro de los límites ecológicos de la naturaleza. Esta tercera vía se basa en las siguientes premisas mínimas: redefinir de forma colectiva lo que llamamos riqueza y necesidades; reducir nuestra huella ecológica hasta que sea compatible con la capacidad del planeta; redistribuir el trabajo, las riquezas económicas, los cuidados, la tierra y los recursos naturales en base a la justicia social y ambiental; relocalizar la economía en circuitos cortos de consumo y producción; y desmercantilizar gran parte de nuestras actividades.

Para alcanzar estos objetivos, tenemos que ejercer el poder que está en nuestras manos. Desde abajo y de forma cooperativa, existen numerosas iniciativas de soberanía alimentaria y agroecología, autosuficiencia energética, banca ética, monedas locales, ciudades en transición, etc que desafían diariamente al coloso liberal-productivista con pies de barro y construyen ya la transición social, ecológica y ética de la sociedad. Este profundo cambio requiere además tejer redes entre todas estas “islas alternativas” para que se vayan conformando en archipiélagos, continente y, ojalá un día, en sistema-mundo.

Solo tenemos un Planeta pero muchas generaciones presentes y futuras: esta gran transformación no es una utopía, es una necesidad.

En memoria de José Luis Sampedro

En memoria de José Luis Sampedro que nos dejó en el día de hoy, recordamos unas palabras suyas reflexionando sobre la crisis.

Palabras de José Luis Sampedro, en una conversación con Carlos Taibo

[Como soy más viejo puedo decirte que eso está contado por John dos Passos en 'Rocinante vuelve al camino'. Es exactamente la misma historia con unos arrieros que van con unos mulos por la provincia de Granada.] Quiero sumarme a la defensa del decrecimiento. La idea misma de desarrollo económico es una degeneración que forma parte del ciclo vital de Occidente. La degeneración de las ilusiones de la razón a partir de los siglos XV y XVI, que es cuando nace Europa. Si en el siglo XV están los humanistas —no voy a hablar ahora de ello—, el siglo XVI es el de la razón y el XVIII es el de las Luces y la Ilustración. En el XIX de lo que se habla es de progreso, palabra que tiene un sentido más material que el mundo de la Ilustración y las Luces. Pero eso del desarrollo se refiere casi exclusivamente a la economía. El progreso es un visión que apunta al perfeccionamiento general del ser humano: progreso es mucho más que crecimiento. Mientras el progreso es más conocimiento, más sensibilidad, más arte, más ciencia, el desarrollo se acaba quedando en puro desarrollo económico. ¿Por qué? Porque es lo que interesa en una civilización cuyo Dios es el dinero y que ha hecho —como decía Marx, y en eso tenía razón— de todo una mercancía. Y eso nos lleva a poner de manifiesto que efectivamente el proceso actual consiste en tratar de conseguir más y más de la productividad, todo esto que ha citado Carlos.

Aunque ahora la palabra innovación es casi más importante que la palabra desarrollo. Se habla de innovación como si fuese un gran descubrimiento que nos lo va a resolver todo. Pero no se cae en la cuenta de que la innovación tiene varios filos: hay una innovación productiva y una innovación de conocimiento —de una nueva medicina, de un nuevo material…—, pero hay otra innovación meramente comercial que consiste en cambiar la etiquetita del envase y hacer que el teléfono móvil de hoy tenga un botón más de tal forma que el de ayer quede anticuado. Lo que se trata es de halagar nuestro status social: si yo llego a la oficina con el móvil del año pasado, no soy igual a quienes llegan con el móvil de ahora, que mira que botoncito tiene, se aprieta y toca La Marsellesa. Se inventan estos trucos. Se hace en el mercado con todo, con los alimentos, se cambia el envase, se le añade una cosita, se dice "Ahora con Pitifax salen los pelos en la calva". Pero esa innovación no tiene ningún interés técnico, ningún interés productivo: sólo responde al interés de la ganancia. Y el mercado se vale de las técnicas del propio mercado, y de la psicología, y sobre todo de la sensación de identidad que permite recordar que uno pertenece al grupo de los más avanzados, que uno tiene el automóvil que tienen los demás en la oficina…

Todo eso se explota —como has dicho muy bien— para hacernos comprar lo que sea. Y todo eso conduce a un despilfarro tremendo, a una acumulación de basura. Dice mucho de nuestra civilización que la basura de Nápoles haya que mandarla en trenes a Suiza. ¡Ya está bien! Imagínate lo que es un tren cargado de basura recorriendo un país tan hermoso como Italia, pasando por Florencia, pasando por Turín, con su basura. ¡No saben ni siquiera estropear la basura! Es monstruoso. Y resulta que efectivamente nos obligan a todos estos despilfarros. Lo que acaba ocurriendo es que —vuelvo a lo mismo— esto no se corregirá por voluntad de los dirigentes, ni porque razonen ni porque caigan en la cuenta de que esto no se puede hacer. Ocurrirá porque se hará evidente que no se puede seguir así.

Por cierto, voy a hacer un paréntesis: la ayuda al desarrollo en la forma en que la entendemos hoy empieza en enero de 1949 en el discurso que pronuncia el presidente norteamericano Truman en su toma de posesión. En un punto del discurso que se hizo famoso como el punto cuarto —yo estaba ya trabajando como economista y me llamó la atención, como a todo el mundo—, Truman advirtió que se iba a desplegar un nuevo gran programa para ayudar a los países en desarrollo. ¿Qué había detrás? Detrás se hallaba Estados Unidos, que acababa de ganar la guerra, que prácticamente no tenía colonias en el mundo y que estaba pensando ya en perfilar las propias. Con el pretexto de las ayudas y de la intervención se trataba de ir preparando un mundo colonial como el que tenía Europa. Luego vino la descolonización y las cosas cambiaron, pero en origen el proyecto era claramente colonialista.

Bueno, pues bien, y con esto termino: es imposible seguir haciendo lo que hemos venido haciendo hasta ahora a costa de destrucciones irreversibles. Algunos de los últimos estudios que he leído sobre esto afirman que para dar a toda la humanidad el nivel de vida de Gran Bretaña harían falta tres planetas Tierra. Porque el planeta Tierra ya no tiene capacidad para regenerar lo que destruimos cada año. Todavía en los años ochenta o noventa se podía contar con que había una regeneración suficiente. Ahora ya no la hay, porque estamos destrozando la casa en que vivimos. Ésta es la situación, aunque no les interese verla porque siguen ganando a corto plazo. Bueno, pero no es posible continuar.

Y son necesarias dos cosas. La una —me apunto claramente— es el decrecimiento, que implica tener sentido de la medida, que es algo de lo que esta cultura nuestra carece; los griegos sí que lo tenían y contaban con una diosa contra la desmesura, Némesis. La otra es la redistribución, porque pensar que con la ayuda al desarrollo que se da ahora, muy inferior —como acabas de citar— al dinero que se entrega para sostener los bancos en Estados Unidos, se va a llevar a los pueblos pobres al nivel de los ricos es una ilusión, que no sirve más que para calmar conciencias de los ricos y para dar alguna esperanza a algunos pobres ingenuos. Es completamente ilusorio. Si no hay detención del crecimiento y redistribución no se podrá continuar.

Los límites olvidados. Reflexiones sobre turismo global, sostenibilidad y decrecimiento



Crédito Fotografía: Anabelle Handdoek. Licencia creative commons.

Rodrigo Fernández Miranda -  Alba Sud

A pesar de los buenos augurios anunciados por los representantes de las grandes corporaciones y sus instituciones, la industria turística se enfrenta con serios obstáculos y límites a un crecimiento supuestamente ilimitado.


“Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos” (Fernando Pessoa)

El turismo internacional dominante en la globalización económica ha mostrado un crecimiento sin precedentes de oferta y demanda, expansión geográfica, segmentación de mercados y beneficio empresarial durante las últimas décadas, superando en 2012 por primera vez los 1000 millones de turistas. El texto reflexiona sobre las ideas dominantes y los límites con los que se enfrenta una de las industrias más boyantes del Siglo XXI.

Salud y límites de la industria turística

Muchos autores coinciden en que el turismo internacional es la industria más paradigmática de la globalización económica. Aunque su despegue comienza después de la II Guerra Mundial, este turismo se consolidó como el principal sector económico del planeta en los inicios del nuevo siglo.

La presión desreguladora y liberalizadora de actividades económicas a escala planetaria, el movimiento acelerado de personas y mercancías, la energía barata, las economías de escala y la hegemonía del consumismo son factores que contribuyeron a colocar al turismo en la globalizacióncomo la primera línea del comercio internacional, la tercera parte de la exportación mundial de servicios y la décima parte del producto bruto global. Asimismo, este sector ha sabido crear una imagen pública de “industria sin chimeneas” que esconde una parte sustancial de sus impactos.

Dos aspectos centrales en este modelo turístico han sido el crecimiento permanente y la expansión hacia territorios periféricos. Primero, los desplazamientos internacionales se multiplicaron 50 veces en los últimos 60 años (en 2009 se duplicaron respecto a 1989; para 2030 se prevé el doble que en 2009 y 90 veces más que en 1948) [1]. Segundo, los países periféricos aumentaron su participación en la tarta del turismo global un 30% en 15 años, llegando casi al 50%.

Este turismoes parte de un modelo de consumo que ejerce menos del 20% de la población mundial,sólo es relativamente accesible en países del Norte, mientras que en la periferia entre el 80% y el 99% de su población queda excluido de su consumo. Es decir: una séptima parte de la población del planeta puede hacer turismo en las otras seis séptimas partes (Duterme, 2007) [2].

A finales de 2012, al superarse el umbral de los 1000 millones de turistas, en la presentación de la campaña “mil millones de turistas, mil millones de oportunidades”,  el secretario general de la Organización Mundial del Turismo (OMT), Taleb Rifai, señalaba que “cada turista representa una oportunidad para alcanzar un futuro más justo, más integrador y más sostenible” (Europa Press, 2012).

Bajo la lógica de “cuanto más, mejor”, el crecimiento de este turismo se considera, sin matices, positivo en sí mismo, no sólo para la industria, las corporaciones transnacionales, los Estados de emisión y recepción y los consumidores, sino también para las sociedades y entornos naturales anfitriones, más aun cuando se trata de un país empobrecido.

Para evaluar la salud de una actividad económica, la mitología desarrollista se apoya en indicadores que miden fundamentalmente el crecimiento del volumen, el beneficio económico y la acumulación de capital. Según los indicadores oficiales, la industria turística global goza de una excelente salud y de unas perspectivas inmejorables, ya que crece continuadamente y se prevé que siga haciéndolo en los próximos años.

¿Cuánto vale una vida humana?

Santiago Alba Rico - Rebelión

La Calle del Medio


¿Cuánto vale una vida humana? Una forma de calcularlo es la que utilizaron los abogados de la multinacional Union Carbide para fijar las indemnizaciones a las víctimas del desastre de Bhopal en 1984. Si la renta per capita de la India es (lo era en ese entonces) de 250 dólares mientras que la de los EEUU supera los 15.000, podemos concluir que el valor medio de una “vida india” es de 8.300 dólares mientras que el de una “vida estadounidense” asciende a 500.000. Las casas de seguro utilizan habitualmente este tipo de evaluaciones para aumentar sus márgenes de beneficios. Otra posibilidad, que juzgamos más bárbara, es la de esos sistemas “primitivos” de equivalentes que llamamos “venganza”. La forma más extrema es el Talión (“ojo por ojo, diente por diente”), aunque hay otras más benignas en distintos pueblos de la tierra que permiten cambiar una vida humana por cuatro ovejas o la pérdida de un miembro por un pedazo de tierra o una mujer en edad fértil.

En definitiva, cuando calculamos el valor de la vida humana solemos recurrir a “expresiones dinerarias”; es decir, a formas contables exteriores mediante las cuales tratamos de asir una cantidad inconmensurable: dinero, ganado, mercancías. Pero, ¿cuál es el valor del dinero, el ganado y las mercancías?

Como sabemos, David Ricardo y Adam Smith fueron los primeros en formular en el molde de una ley una relación que todos los pueblos aceptaban intuitivamente en sus trueques y mercadeos: la que asocia el “valor” de un objeto a una determinada combinación de Tiempo y Trabajo. Luego, Karl Marx afinó esta formulación sustituyendo “trabajo” por “fuerza de trabajo” e identificando el valor de una mercancía con “el tiempo socialmente necesario para su producción”. A partir de ahí Marx dedujo una forma objetiva y paradójica de explotación, independiente de los latigazos y los capataces, escondida en una cifra positiva y apetecible: el salario. Marx nunca olvidó la condición previa (“la fuente de toda riqueza es la naturaleza y no el trabajo”, corrigió a sus compañeros en el Programa de Gotha), pero digamos que elevó a categoría “científica” una cenestesia subjetiva elemental: la de que un objeto vale tanto más cuanto más tiempo y esfuerzo hemos dedicado a elaborarlo o fabricarlo.

El problema estriba en saber cuánto vale la mercancía llamada “fuerza de trabajo”; es decir, la vida humana trasladada al objeto. Para eso, Marx aplicó la lógica valor/trabajo y demostró que si una mercancía vale tanto como el trabajo socialmente necesario invertido en su producción, la “vida humana” vale tanto como el conjunto de las mercancías indispensables para su (re)producción: pan, calzado, un lecho, todo lo necesario, en fin, para renovar las energías físicas del trabajador, de manera que esté en condiciones, todas las mañanas, para emprender una nueva jornada laboral. El hecho de que el capitalismo (no Marx) calcule de esta manera el valor de la vida humana plantea un doble dilema, uno ético y otro lógico. El ético parece evidente, pues este “cálculo” (el de las mercancías básicas que permiten la reproducción de una vida desnuda) trata al ser humano como si fuera una mercancía más. Pero ilumina también una paradoja, en la medida en que esa mercancía se diferencia de las otras mercancías en que es la única cuyo valor se define estrictamente en el mercado. En efecto, mientras que el valor -digamos- de una mesa o de un carro procede de la “fuerza de trabajo” humana invertida en su producción (que es una “fuerza” exterior añadida a los procesos productivos), el valor de esa “fuerza” se fija en relación con las mercancías que ella misma ha producido.

Pero esta paradoja responde de algún modo a la pregunta fundamental: ¿no tiene el ser humano ningún valor propio, ningún valor autónomo? El capitalismo le reconocerá uno: precisamente su capacidad para “valorizar”, a través de la combinación tiempo/trabajo, la materia muerta o, lo que es lo mismo, para producir riqueza capitalista. La “fuerza de trabajo” es una mercancía peculiar que, lejos de consumirse con el uso, añade valor a las mercancías que produce. El resultado, lo sabemos, es que esta potencia mágica del ser humano para dar valor se traduce, en condiciones de explotación de clase, en una desvalorización radical del ser humano. Cuanto más valoriza lo que toca, más se desvaloriza él mismo y al final, precisamente porque es la fuente de todo valor, es la única mercancía que no vale nada. O sólo 8.300 dólares, como en el caso de los trabajadores indios asesinados por la Union Carbide.

En todo caso, creo que debemos renunciar a demostrar el valor autónomo de la vida humana. Si el ser humano vale algo debe de ser sin duda, al igual que en el caso de los objetos que produce, por algo que se le ha hecho a él . Los propios cristianos aceptan esta lógica como principio ontológico al identificar el carácter “sagrado” de la vida humana con un “trabajo” de Dios: un trabajo liviano, es cierto, completado en pocos días, pero que convierte la vida humana en un “producto divino”. ¿Y los ateos? Para los que no creemos ni en Dios ni en los cálculos capitalistas, ¿el ser humano no vale nada? El resultado de una sucesión de azares, de una acumulación de contingencias geológicas y químicas, ¿podrá ser destruido sin remordimientos ni pesar una vez se revele económicamente no rentable su existencia?

No, el ser humano tiene un valor inmenso y lo tiene, en efecto, porque es el resultado de un trabajo. Pero de un trabajo realizado fuera y antes del mercado; de un trabajo que han hecho siempre o casi siempre las mujeres: los cuidados. El cuerpo humano no es sagrado sino frágil y su fragilidad lo convierte en un objeto -lo contrario de una mercancía- cuya supervivencia depende de la atención ajena. Si no se puede matar sin horror a un ser humano, si su existencia es irreemplazable no es porque el ser humano tenga la capacidad de valorizar la materia muerta sino porque ha sido valorizado, despertado a la vida, por otro ser humano que casi siempre es una “mujer”: ha sido alimentado, limpiado, peinado, curado, acariciado, protegido por otras manos, en un trabajo entre cuerpos del que se desprende ese valor incalculable, inasible, sin equivalente, sobre el que se levantan la ética y el Derecho.

No cuidamos, en fin, los cuerpos humanos porque tengan valor sino que, al contrario, adquieren valor en la medida en que los cuidamos y los tocamos y los miramos; en la medida, en definitiva, en que los trabajamos. Por eso quizás hay más maltratadores masculinos que femeninos y por eso quizás hay tantas mujeres prisioneras de sus verdugos: porque es casi imposible no querer a aquél al que has lavado los calcetines y preparado la comida, aunque te maltrate, y es casi imposible querer, y casi imposible no maltratar, a quien has mirado poco, tocado mal y cuidado nunca. Es esto lo que une, en una intersección de paradójico desprecio, al capitalismo y al patriarcado: pues el capitalismo desvaloriza al trabajador que valoriza todas las mercancías y el patriarcado desvaloriza a la trabajadora que valoriza todos los cuerpos. Por eso, si es que queremos conservar la riqueza y la dignidad humanas (cuya fuente es una combinación de Trabajo y Tiempo) debemos librar una lucha doble y simultánea a favor de la independencia económica y de la dependencia recíproca.

¿Cuánto vale un ser humano? El tiempo que hemos trabajado en él. A eso los cursis lo llaman “amor”.

El silencio es un bien comunal

Ivan Illich

Ya se aprecia claramente que las máquinas que imitan al hombre están usurpando todas las facetas de la vida cotidiana y que tales máquinas están forzando a la gente a comportarse como ellas. Los nuevos dispositivos electrónicos tienen el poder de forzar a la gente a “comunicarse” entre sí y con éstos en términos de la máquina. Aquello que estructuralmente no se adapte a la lógica de las máquinas es efectivamente depurado de una cultura dominada por su utilización.

El comportamiento maquinal de la gente encadenada a la electrónica constituye una degradación de su bienestar y su dignidad, lo cual, para la gran mayoría y a largo plazo, se tornará intolerable. Observar el efecto enfermante de los ambientes programados demuestra que en ellos las personas devienen insolentes, impotentes, narcisistas y apolíticas: el proceso político se resquebraja debido a que la gente deja de ser capaz de gobernarse a sí misma y exige ser conducida.

Japón es tenido por la capital de la electrónica; sería maravilloso si se tornase, para todo el mundo, en el modelo de una nueva política de autolimitación en el área de las comunicaciones, lo que, en mi opinión, será de aquí en adelante muy necesario si un pueblo desea mantener su autogobierno.

La conducción electrónica como asunto político puede considerarse desde diversas perspectivas. Propondría aproximarnos desde la ecología política. Durante los últimos diez años la ecología ha adquirido un nuevo significado. Es aún el nombre de una rama de la biología profesional, pero ese término sirve cada vez más para designar a un público general amplio y políticamente organizado que analiza e influye sobre las decisiones técnicas. Los nuevos dispositivos de gestión electrónica implican un cambio técnico del entorno humano que para ser benigno debe mantenerse bajo control político (uno que no sea sólo de los expertos).

Distingamos al medio ambiente como bien común del medio ambiente como riqueza. De nuestra habilidad para hacer esta particular distinción depende no sólo la construcción de una teoría ecológica sensata, sino de una efectiva jurisprudencia ecológica.

Debemos distinguir entre los bienes comunales en los que se enmarcan las actividades para la subsistencia de la gente, y las riquezas de la tierra (los recursos naturales) que sirven para la producción económica de aquellos bienes de consumo sobre las que se asienta la vida actual. Si fuera poeta, discípulo del gran Basho, quizá podría hacer esta distinción en 17 sílabas de manera hermosa e incisiva para que llegara al corazón y fuera inolvidable.

Por desgracia, no soy poeta. Debo expresarme en inglés, un lenguaje que en los pasados cien años ha perdido la habilidad para hacer tal distinción.

Commons es una palabra del inglés antiguo. Según mis amigos japoneses, está bastante próxima al significado que iriai tiene aún en japonés. Commons, al igual que iriai, es un término que en la época preindustrial se usaba para designar ciertos aspectos del entorno. La gente llamaba comunales a aquellas partes del entorno que quedaban más allá de los propios umbrales y fuera de sus posesiones, por las cuales –sin embargo– se tenían derechos de uso reconocidos, no para producir bienes de consumo sino para contribuir al aprovisionamiento de las familias. La ley consuetudinaria que humanizaba el entorno al establecer los bienes comunales era, por lo general, no-escrita. No sólo porque la gente no se preocupó en escribirla, sino porque lo que protegía era una realidad demasiado compleja como para determinarla en párrafos. La ley de bienes comunales regulaba el derecho de paso, de pesca, de caza, de pastoreo y de recolección de leña o plantas medicinales en los bosques.

Un roble podía ser parte de los bienes comunales. Su sombra, en verano, estaba reservada al pastor y su rebaño; sus bellotas se reservaban para los cerdos de los campesinos próximos; sus ramas secas servían de combustible para las viudas de la aldea; en primavera, algunas de sus ramas jóvenes se usaban para ornar la iglesia y al atardecer podía ser el sitio de la reunión de aldeanos. Cuando la gente hablaba de bienes comunales, iriai designaba un aspecto del entorno limitado, necesario para la supervivencia de la comunidad, necesario para diversos grupos de maneras diferentes, pero que –en un sentido económico estricto– no era entendido como escaso.


El Movimiento para el Decrecimiento Feliz

Maurizio Pallante Movimento per la decrescita felice


La Decrescita Felice. La qualità della vita non depende dal PIL

Traducción - Antonio García Salinero

El yogur industrialmente producido y comprado a través del circuito comercial, para llegar a la mesa del consumidor recorre entre 1.200 y 1.500 kilómetros, cuesta 5 euros por litro; el 95% se envasa en frascos de plástico desechables, agrupados en paquetes de cartón, se somete a tratamientos de preservación que a menudo no dejan sobrevivir a la bacteria de la que se formó.

El yogur auto-producido por la fermentación de la leche con las propias colonias bacterianas no necesita ser transportado, no requiere de convenciones y costes de embalaje, cuesta el precio de la leche, no tiene conservantes y es rico en bacterias.

El yogur de producción propia es por lo tanto de calidad superior al producido industrialmente, cuesta mucho menos, contribuye a reducir las emisiones de CO2, porque no implica el consumo de combustibles fósiles para el transporte y para la producción de recipientes desechables, y además no produce residuos.
Sin embargo con esta elección, lo que mejora la calidad de vida de lo que funciona y lo que no causa impactos ambientales, llevó a una disminución del producto interno bruto; ya sea porque el yogur casero no pasa a través de la mediación del dinero, con lo que reduce la demanda de bienes, ya sea que no requiere de combustibles líquidos que disminuyen la demanda de bienes, y debido a que no requiere de envases y embalajes, que también reduce la demanda de bienes por el menor coste de la eliminación de los residuos.

Esto molesta a los ministros de Finanzas porque reduce los ingresos del IVA y los impuestos especiales sobre el combustible; al Ministerio del Medio Ambiente, porque consecuentemente al reducir los créditos de su presupuesto no se puede subvencionar más fuentes de energía alternativa en el ‘desarrollo sostenible’; a los Alcaldes y Presidentes de las organizaciones regionales y provinciales porque ya no pueden distribuir a sus electores los subsidios gubernamentales para las fuentes alternativas de energía, las empresas de gestión de residuos municipales y los consorcios porque disminuyen los ingresos de los vertederos e incineradoras, porque tienen que suplir la falta de combustible derivado de residuos (que cobran una cuota) con diesel (que debe comprar).

Pero eso no es todo.

Al disminuir la demanda de envases plásticos y de cartón de embalaje, la autoproducción de yogur reduciría la demanda de petróleo. Es aquello que se necesita para producir plásticos (dos libras de aceite por cada kilo de plástico) y aquello que necesita para el combustible necesario para el transporte de frascos y recipientes de las fábricas donde se produce industrialmente yogur. Por lo tanto, implica una reducción adicional de las emisiones de CO2 y el Producto Interno Bruto.

Esto perturba por segunda vez a los ministros de Finanzas y del Medio Ambiente, Alcaldes, Presidentes de las organizaciones regionales y provinciales, por las razones ya mencionadas.

Pero eso no es todo.

Las bacterias de ácido láctico en el yogur fresco enriquecen la flora intestinal y se evacua mejor. Las personas que sufren de estreñimiento pueden comenzar el día alegres  como las libélulas. Por lo tanto su calidad de vida mejora y su ingreso tiene un beneficio adicional, ya que no tiene que comprar más laxantes. Pero esto conduce a una disminución en la demanda de bienes y el Producto Interno Bruto. Incluso purgatorio industrialmente producido y comprado a través del circuito comercial, para llegar a los consumidores viajan miles de kilómetros. La disminución de su aplicación debe conllevar una reducción aún mayor en el consumo de combustible y una disminución en el Producto Interno Bruto.

Esto perturba por tercera vez que los ministro de Finanzas y el Medio Ambiente, Alcaldes, Presidentes de la región y de la provincia, por las razones ya mencionadas.

Pero eso no es todo.

La disminución en la demanda de yogur, tarros de plástico y cartón de envasado, purgantes y la cantidad de residuos, para reducir el movimiento de camiones que los llevan, y combustibles líquidos mejoran el flujo del tráfico y de la carretera. Los demás vehículos pueden moverse más rápidamente y reducir los atascos. Por consiguiente mejorar la calidad de vida. Pero también reducir el consumo de combustible y reducir el Producto Interno Bruto.

Esto perturba por cuarta vez, y los ministros de Finanzas del Medio Ambiente, Alcaldes, Presidentes de las organizaciones regionales y provinciales, por las razones ya mencionadas.

Pero eso no es todo.

La disminución de camiones que circulan en las carreteras y autopistas disminuyen estadísticamente el número de accidentes. Esto mejora la calidad de vida causada por el reemplazo de yogur de fabricación industrial con yogur casero; conduce a una disminución en el Producto Interno Bruto, al reducir tanto los costos hospitalarios, farmacéuticos y de funeral, y el costo de las reparaciones de vehículos dañados y compras de vehículos nuevos para reemplazar a los que ya no son utilizables.

Esto perturba por quinta vez y los ministros de Finanzas y de Medio Ambiente, Alcaldes, Presidentes de las organizaciones regionales y provinciales, por las razones ya mencionadas.

El Movimiento para el Decrecimiento Feliz tiene como objetivo promover el cambio más amplio posible de productos de fabricación industrial y comprados en el circuito comercial con la auto-producción de mercancías. En esta elección, lo que conduce a una disminución del Producto Interno Bruto, identifica la posibilidad de mejoras en la vida individual y colectiva, las condiciones ambientales y las relaciones entre los pueblos, los estados y las culturas.

La perspectiva es opuesta a la del llamado "desarrollo sostenible", que sigue considerando positivo el mecanismo económico de crecimiento como factor de bienestar, se limita a proponer corregirlo con la introducción de tecnologías más limpias y con la esperanza de extenderlo con reformas a las personas que no por casualidad, son llamadas "subdesarrollados".

En el área crucial de la energía, el 'desarrollo sostenible', de la estimación según la cual los combustibles fósiles ya no son capaces de apoyar el crecimiento sostenible y extenderse a  nivel planetario, se propone la sustitución de fuentes alternativas. El Movimiento para el Decrecimiento Feliz cree que esta operación de reemplazo se debe hacer mediante una reducción del consumo de energía, y debe llevarse a cabo tanto a través de la eliminación del consumo inducido por una organización económica y de producción destinada a sustituir la producción y comercialización de bienes con la auto-producción de bienes.

Esta perspectiva implica que en los países industrializados deben redescubrir y promover estilos de vida del pasado, abandonados irresponsablemente en nombre de una concepción equivocada de progreso; pero en lugar de las amplias perspectivas de futuro de la vida moderna, deben de reemplazarse, no sólo en sectores tradicionales de las necesidades básicas, sino también en algunos sectores tecnológicamente avanzados y cruciales para el futuro de la humanidad, tales como la energía, donde el aumento de la eficiencia y la reducción del impacto ambiental se obtienen con sistemas de generación de energía en la red de intercambio de excedentes.

En los países que quedan en la pobreza por el robo de los recursos que son necesarios para el crecimiento económico de los países industrializados, una mejora real y duradera en la calidad de vida no podrá seguir reproduciendo el modelo de los países industrializados, pero sólo un aumento del consumo no conduce a una reemplazo  gradual de los activos de producción propia a partir bienes fabricados industrialmente.

Una redistribución más equitativa de los recursos en el mundo no se puede tener si el crecimiento del bienestar de estas personas se fundamenta en el crecimiento del Producto Interno Bruto, aunque se vea atenuada por los recursos de un ‘desarrollo sostenible’ ecológico. Que, por otra parte, es un lujo censurable solamente a aquellos que ya han tenido más de lo necesario de un desarrollo sin adjetivos.

Para adherirse al Movimiento es suficiente con:

- Auto-producir yogur o cualquier otro bien primario: la salsa de tomate, la mermelada, el pan, los zumos, los pasteles, la energía térmica y la electricidad, los objetos y herramientas, el mantenimiento de ordinario.

- Proporcionar servicios a las personas que normalmente tienen trabajos invisibles: cuidado de los niños en los primeros años de edad, los ancianos y los discapacitados, los enfermos y los moribundos

La autoproducción sistemática de un bien o la prestación de un servicio es el primer grado del primer nivel de afiliación. Los siguientes niveles de primera instancia serán proporcionales al número de producción propia de bienes y servicios proporcionados a la persona. La eficiencia de energía propia vale el doble.

El segundo grado de afiliación está constituido para adaptarse a la cadena de suministro de un bien: de la leche al yogur, del trigo al pan, de la fruta a la mermelada, del tomate a la salsa, desde la gestión forestal a la calefacción. En los niveles de segundo grado son proporcionales a la cantidad de producción propia de bienes y la cadena de suministro de la eficiencia energética vale el doble.

La sede del Movimiento para el Decrecimiento Feliz se establece en ... (preferiblemente una granja o un taller, o un servicio autogestionado, o una cooperativa de autoproducción, un taller ecológico y solidario, etc.)