Beppe Grillo: ¡Está terminando una época y no lo quieren entender!

Cristina Barchi - eldiario.es

¡¡Sta finendo una epoca.. e non lo vogliono capire!!", grita Beppe Grillo. Ante el público solo habla a gritos, actuando. En privado no, pero no todos lo saben. "Está terminando una época y no lo quieren entender. Se han comido una generación, un país entero, y nos infravaloran". El daño a las personas y a las estructuras es único en la historia democrática de este país y el resultado electoral también puede ser único.

El Movimento 5 Stelle no se conforma con un buen resultado electoral. Grillo lo quiere todo. "Queremos que la sociedad cambie. Queremos una revolución cultural. El resto son discusiones ridículas. No se dan cuenta de lo que esta sucediendo, está sucediendo una hiperdemocracia, de la que sabremos mucho más dentro de tres o cuatro años".

Grillo quiere entrar en el Parlamento y simplificar los borradores de leyes y presupuestos hasta el punto de que cualquier ciudadano pueda leerlos e incluso comprender que detrás de un recorte a la escuela está la compra de dos submarinos nucleares, por decir algo. Grillo no es un cómico como dicen, es un desinfectante.

Y tiene "una idea de civilización diferente: los ciudadanos son los que introducirán esta nueva experiencia dentro de las instituciones". La herramienta base es el online y la rotación (nadie permanece más de dos mandatos, deja su puesto y vuelve al principio de la cola), y esto es la base de la política de la transparencia. "Soy un facilitador de los elementos obtusos que hacen inaccesible la política al ciudadano medio. De esa estrategia que no permite que los ciudadanos entiendan para así poder someterlos. La antipolitica ya no es la de los que nos oponemos".

20 años en campaña

Recuerda a Beethoven por su leonina cabellera y al Papa dimitido por su uniforme blanco nuclear y bufanda a juego que son look de fin de campaña. Una campaña electoral que dura ya mas de 20 años desde que Grillo abrazara públicamente la intelectualidad internacional antiglobalización y llevara su cuota, en clave de histrionismo y humor, al Bell Paese para subirla al escenario.

Al principio, eran escenarios de locales muy pequeños, hasta que se volvió muy contestado pero cada vez más aplaudido, acompañado y secundado por un publico primero curioso y luego convencido. En la ultima década desde un púlpito gracias al cual los italianos, ajenos por edad y desconocimiento, iban haciéndose una cultura sobre las inadmisibles practicas de la economía y la política neoliberal propia y ajena.

Cuando se habla de su movimiento se dice que se nota que no hacen política por dinero sino por pasión. "La nueva forma de ver el mundo" de Grillo no es un invento nuevo pero a él y a su protagonismo mediático-simpático se debe la puesta en evidencia de un voluntariado y un espíritu cívico italiano, antes durmiente, que ha sido capaz de combatir el miedo con el que ciertas entidades y partidos, a la par que en España, habían trasladado sus culpas a la ciudadanía.

Para Grillo, este es el camino de reconstrucción de una identidad comunitaria. Para muchos estas elecciones no son las definitivas, sino un paréntesis antes del pleno acceso a las instituciones que llegará con las siguientes. Mientras tanto internet es la plataforma desde la que teje esa comunidad: 160.000 visitas diarias le confirman entre los primeros blogs en lengua italiana. El viejo comediante ha sabido verlo antes que nadie y no existe personaje publico italiano que tenga su poder de convocatoria digital. Escribe, conmueve y convoca.


Orígenes del capitalismo

La historia de los orígenes del capitalismo, pues, no es la de la gradual destrucción de comunidades tradicionales por el impersonal poder del mercado. Es más bien la historia de cómo convirtieron una economía de crédito en una economía de interés; de la gradual transformación de las redes morales debida a la intrusión del poder impersonal, y a veces vengativo, del Estado.

A los aldeanos ingleses que vivían en época isabelina o en la de los Estuardo no les gustaba apelar al sistema judicial, ni siquiera cuando la ley estaba de su lado, en parte debido al principio según el cual los vecinos debían arreglas sus problemas entre ellos, y en parte porque la ley era extraordinariamente dura. Bajo el reinado de Isabel, por ejemplo, el castigo por vagancia (desempleo) era, la primera vez, clavar las orejas del culpable en un cepo; para reincidentes, la muerte.

(…) Obviamente, raro era el tendero que quería ver siquiera a su cliente más irritante en el patíbulo.

La legalización de los intereses comenzó a cambiar las reglas de juego. En la década de 1580, cuando los préstamos con intereses comenzaron a ser comunes entre los aldeanos, los acreedores empezaron a insistir en el empleo de garantías legales firmadas. Esto llevó a tal explosión de apelaciones a los tribunales que en muchas ciudades pequeñas casi todas las casas parecían estar en algún litigio por deudas de un tipo u otro.

(…)

Aún así, la consecuencia fue que el miedo a la cárcel por deudas comenzó a pender sobre todo el mundo y acabo tiñendo la propia sociabilidad con el color del crimen.

(…)

La criminalización de la deuda, pues, supuso la criminalización de la base misma de la sociedad humana. No se puede subrayar lo suficiente que en una pequeña aldea todo el mundo era a la vez deudor y acreedor. Podemos imaginar las tensiones y tentaciones que habrán existido en algunas comunidades (y las comunidades, pese a estar basadas en el amor, o quizá porque se basan en el amor, están siempre llenas de odio, rivalidad y pasión) cuando quedó claro que con la suficiente astucia, cálculo, manipulación y quizá estratégicos sobornos, uno podía hacer que colgasen o enviasen a la prisión a casi cualquiera que odiaba.

Los efectos de la solidaridad comunal deben haber sido devastadores. Lo repentinamente accesible de la violencia realmente amenazó con transformar aquello que había sido la esencia de la sociabilidad en una guerra de todos contra todos. No resulta sorprendente, pues, que hacia el siglo XVIII, la propia noción de crédito personal hubiera adquirido una connotación negativa con prestamistas y deudores considerados sospechosos por igual. El empleo de monedas (al menos entre quienes tenían acceso a ellas) había acabado pareciendo moral.

Extraído de: En deuda. Una historia alternativa de la economía. David Graeber


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Vamos despacio porque vamos lejos. Movimiento slow y sostenibilidad

José Luis Fernández Casadevante - Cinco años para actuar

    “Los blancos tienen el reloj pero no tienen tiempo”.

- Proverbio africano.

La noción del tiempo de nuestras sociedades es una de las variables que de forma menos evidente afectan a la insostenibilidad global. La visión lineal del tiempo que caracteriza a la sociedad industrial, supone una aceleración temporal basada en maximizar la productividad, concepción que choca con los tiempos lentos y cíclicos de la naturaleza.

Como muy bien nos enseña Jorge Riechmann en su texto Tiempo para la vida (pdf), la contaminación puede concebirse como un desacople entre el ritmo de emisión de vertido de residuos y el tiempo necesario para asimilarlos y regenerarlos por parte de la naturaleza. Una lógica que también encontramos en la idea de recursos renovables, pues este proceso de regeneración de la biosfera tiene unos tiempos propios que no pueden acelerarse.

La crisis energética y el cambio climático pueden leerse también como un choque temporal, entre los cerca de trescientos millones de años que ha tardado la biosfera en producir los combustibles fósiles y los trescientos años de civilización industrial que han tardado en consumir más de la mitad de dichos recursos disponibles. Trescientos años en tiempo geológico es un instante, un breve lapso de tiempo en el que se han arrojado a la atmósfera gases un millón de veces más rápido de lo que tardaron en generarse.

Además de la dimensión ambiental, el tiempo estructurado en torno a la organización del trabajo y el mercado está provocando severos problemas para el cuidado de la vida. Las dificultades crecientes para conciliar la vida profesional y familiar, la creciente ansiedad y el estrés laboral que suponen en la actualidad una de cada cuatro bajas laborales, la ruptura de temporalidades tradicionales (tiempo de ocio y trabajo, la ruptura del tiempo local y la sincronización de un tiempo global…), la proliferación de acelerados estilos de vida que dificultan el cuidado del cuerpo y sus biorritmos, la devaluación del tiempo social dedicado a la construcción de vínculos sociales…

Ante esta vorágine se ha ido produciendo un elogio de la lentitud, del cuidado de los procesos y no solo de los fines, del manejo pausado del tiempo como sinónimo de calidad de vida. Una de las referencias simbólicas de este proceso es el movimiento slowfood, fundado en 1986 por el periodista y gastrónomo italiano Carlo Petrini (pdf), como una forma de resistir a la aceleración mediante la revalorización de las culturas gastronómicas locales (variedades locales y biodiversidad, cultivos y recetas tradicionales, vinculación entre restauración y patrimonio territorial, programas educativos, etc.). Tras más de treinta y cinco años de andadura, actualmente se encuentra implantado en 153 países y cuenta con más de cien mil personas asociadas.

Un movimiento que desde la cultura gastronómica ha evolucionado hacia la promoción de los presupuestos de la soberanía alimentaria, evidenciando que en los tiempos actuales comer es un acto político. Uno de los colectivos más activos en nuestra geografía, dentro del movimiento slowfood, sería el colectivo de cocineros, principal impulsor de iniciativas como la de los restaurantes “kilometro 0”, que promueve el uso en hostelería de variedades locales, producidas en entornos próximos y compradas directamente a los agricultores.

Una dinámica que ha tenido su adaptación al urbanismo mediante la creación de Cittaslow, una red de ciudades por la calidad de vida, que traduce a las políticas urbanas los principios del show. Ciudades menores de 50.000 habitantes, que se comprometen a hacer un ordenamiento territorial inspirado en la sostenibilidad urbana, la recuperación del patrimonio agrario y ganadero tradicional, facilitar relación entre productores y consumidores… .

El movimiento slow simboliza una filosofía en la que calidad de vida, sostenibilidad y manejos alternativos del tiempo se dan la mano. Una cultura de la lentitud, como plantean desde slowpeople, en la que dar espacio a las alternativas a la aceleración que condiciona nuestras vidas: comida, desplazamientos, relaciones personales… Más, antes y más rápido no son sinónimos de mejor, como se muestra en el documental Slow: una nueva cultura del tiempo.

Una dinámica que ha terminado permeando muchas de las iniciativas vinculadas al decrecimiento o las ciudades en transición, que han puesto en marcha iniciativas como bancos de tiempo. Defender una reapropiación colectiva del tiempo que permita desarrollar su faceta relacional, intercambiando servicios a la vez que se genera tejido social y complicidad vecinal.

Y aunque la crisis energética y climática es realmente urgente… sigamos el refrán que afirma vayamos despacio que tengo prisa, demos tiempo al tiempo y no nos aceleremos a la hora de construir alternativas si queremos que estas sean consistentes.


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Decrecimiento y salud

Médico cúrate a ti mismo

La dictadura del índice de crecimiento, de medir todo en base al PIB, fuerza a las sociedades desarrolladas a vivir en un régimen de sobrecrecimiento, a producir y a consumir fuera de toda necesidad razonable, y este sobrecrecimiento se estrella con el carácter finito de los recursos de la biosfera.

Los costes ocultos del desarrollo económico no se tienen en cuenta. Por ello, el incremento del nivel de vida del que se benefician muchos ciudadanos del Norte es cada vez más ilusorio. Disfrutamos más de bienes y servicios pero no descontamos adecuadamente los costes que ello tiene. Por ejemplo, no deducimos los costes de degradar la calidad del ambiente. Tampoco los costes de “compensación y de reparación” necesarios por los efectos secundarios de la vida moderna (accidentes de coche, enfermedades mentales, medicamentos para enfermedades producidas por la contaminación..).

El crecimiento no genera una sociedad convivencial, cooperativa y feliz, sino una antisociedad individualista, competitiva y enferma, profundamente medicalizada. Es necesario un esfuerzo para desarrollar un modelo renovado de atención sanitaria y cuidado de la salud, uno que se replantee el modelo médico y abra el camino hacia un nuevo paradigma basado en una apuesta por el decrecimiento.



Tendríamos que enfocar como unidad de medida la salud poblacional y no queda otro remedio que fijarnos en los determinantes sociales que implican que las personas no se enferman al azar, sino que lo hacen, sobre todo, por aquello que los ata a sus circunstancias particulares. Los determinantes sociales de la salud indican que el pobre, el inculto, el privado de sus derechos civiles, el habitante de barrios marginales, el que no tiene poder, todos ellos, son más propensos a las enfermedades y a morir prematuramente que los más afortunados

Es sabido, desde informe Lalonde de 1974, que el 90% del presupuesto dedicado a salud por los países se dirige a financiar los sistemas de atención sanitaria. Sin embargo, esta inversión solo justifica el 10% de la salud de las poblaciones. Hay que asumir que la atención sanitaria no supone sino una modesta aportación a la salud de las personas y que en, una visión más global, habría que discutir si es oportuno seguir aumentando los presupuestos en sanidad (llevados por el culto al PIB) descuidando otros aspectos del desarrollo humano más relevantes para la salud de las poblaciones y para la equidad.

La medicina del decrecimiento debe aceptar la necesidad de establecer límites a la atención sanitaria. La medicina no puede dar a todo el mundo lo que desee sino lo que necesita. La atención sanitaria no puede suponer alargar la vida indefinidamente sin tener en cuenta la calidad de vida, debe centrarse en reducir la mortalidad y morbilidad innecesariamente prematura y sanitariamente evitable y, por supuesto, debe aliviar sufrimientos y favorecer una buena muerte, sin alargar innecesariamente el sufrimiento de los enfermos y de su entorno cuando la calidad de la vida ya no se puede recuperar.

Decrecimiento no es sinónimo de recorte económico, supone un nuevo enfoque de la atención sanitaria y de toda la sociedad dirigido a la mejora de las condiciones de vida, a una vida centrada en el ser y no en el tener. A reparto del trabajo, al consumo responsable, al respeto del medio ambiente, al tiempo libre para la vida en sociedad participativa y cooperativa. Tiempo para poder mantener hábitos de vida saludables. Todo esto permite llevar una vida más sana en la que la medicalización de la vida, ni la comercialización de la salud no tienen cabida, ni sobre todo el encarnizamiento sanitario en que se convierte muchas veces el final de la vida.

Nota: este artículo, levemente modificado, fue publicado en el segundo boletín de 2012 de medicusmundialava

I Concurso de Fotografía Decrecentista

Decrecimiento Aragón

A través de la fotografía desde Decrecimiento Aragón queremos visualizar la locura del crecimiento y las consecuencias que tiene en nuestro entorno más cercano. Envíanos tus fotos de contenedores repletos de comida, urbanizaciones sin terminar, autovías sin tráfico, aeropuertos sin aviones, centros comerciales desiertos, etc. Todo aquello que se te ocurra relacionado con la desmesura del crecimiento sin control.

El autor/a de la fotografía ganadora será premiado con la estancia para dos personas durante un fin de semana en la Masía Mas del Chusco (http://masdelchusco.com).  Se trata de un apartamento ecológico y acogedor para vacaciones tranquilas en una antigua casa rural en el Matarranya, Bajo Aragón.

Además se realizará una selección entre todas las fotografías recibidas con las que se conformará una exposición itinerante una vez terminado el concurso.

Bájate aquí las bases

Bájate aquí el cartel del concurso

La miseria de la abundancia

Santiago Alba Rico - La miseria de la abundancia

A partir de la observación del historiador inglés Eric Hobsbawn, según la cual el verdadero acontecimiento del siglo XX habría sido el fin del neolítico, he tratado de exponer esta ruptura como un restablecimiento hiperindustrial de las condiciones más primitivas, como un retroceso sobrehumano al paleolítico. Veamos. Mientras ha durado el neolítico, hay algo muy básico, muy esquemático, pero en definitiva muy serio, que han compartido todas las sociedades de la tierra, con independencia de sus diferencias ideosincrásicas y de sus fricciones de sentido. Todas las sociedades de la tierra han aceptado que hay tres formas de tratar las cosas o tres clases de cosas, según se las aborde con la boca, con las manos o con los ojos. Digamos que mientras ha durado el neolítico todos hemos distinguido, más allá de las convenciones y arbitrariedades taxonómicas, entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar.

Las cosas de comer u objetos propiamente de consumo ciñen el reducto del hambre. Los "comestibles" o "consumibles" son aquellos entes que no llegan nunca a tener suficiente consistencia ontológica porque su aparición es casi simultánea a su desaparición; no llegan a ser cosas porque su cumplimiento es su destrucción y nunca llegan a salir, pues, de la naturaleza de la que proceden. El alimento es el medio inmanente de la supervivencia biológica y el hambre, siempre renovada, siempre ilimitada, siempre encima del objeto, siempre con el objeto dentro, siempre rápida, siempre imparable, siempre individual, siempre presente, define el ámbito de los ciclos y repeticiones naturales, del trabajo penoso y la reproducción sexuada contra el que los griegos trataron de construir un espacio público. Para los griegos, en efecto, la ausencia de límites asociada a la pura supervivencia (apeirón) era subhumana, impropia de una "vida buena", y la confinaban por eso en el gineceo y en la ergástula, lugares de la pura reproducción de la vida a partir de los cuales imaginaron los castigos infligidos a los condenados en el Hades (Sísifo, Tántalo, las Danaides, Erisictión). Al contrario que el arte o la política, el hambre es privada (idiotés) y no ocupa ni reclama ningún espacio común. Para que una manzana esté en algún lugar hay que pintarla; para que esté fuera y podamos verla hay que dedicarle un poema. Ver es renunciar a comer. Comunicarse es renunciar al canibalismo. En su sentido más amplio -guerra, sexo, alimento-, el hambre es la victoria de lo que Freud llamaba el ello.

Las cosas de usar u objetos fungibles son el resultado y la causa de una mediación entre el hombre y la naturaleza a partir de la cual el flujo biológico se convierte propiamente en un "mundo"; es decir, en una exterioridad frente a la cual el hombre toma conciencia de sí mismo. Los instrumentos salidos de la mano y los utensilios que producen, dotados de forma, introducen depósitos materiales de memoria y proyectos organizados que mantienen al hombre en una perspectiva temporal continua en ambas direcciones. Usar un objeto es recordar con los dedos el conocimiento y las relaciones sociales -cristalizadas en tradiciones, enseñanzas y ceremonias comunes- que lo han producido y que él determina. Pero usar un objeto es olvidar también su presencia objetiva y que este olvido, fruto de la proximidad del cuerpo, lo desgaste, lo erosione, lo envejezca. En otras sociedades el uso, que devuelve lentamente el objeto a la naturaleza de la que procede, aprecia y valoriza -como soporte de personalidad añadida- el objeto usado.

Tenemos finalmente las cosas de mirar o "maravillas" (del latín mirabilia, literalmente "cosas dignas de ser miradas"). Todos los pueblos de la tierra han decidido colectivamente, en una especie de plebiscito cultural ininterrumpido, renunciar a comerse y al mismo tiempo inutilizar ciertos objetos que por esto mismo, en algún sentido, religiosos o no, tendrán un valor sagrado: objetos de culto, edificios públicos, monumentos, obras de arte y también criaturas de la ciencia (desde los números a las estrellas). Al contrario que las cosas de comer o las de usar, las maravillas no están aquí, no están en mí, sino ahí, lejos del alcance de la boca y de las manos. Que no estén al alcance de la boca ni de las manos no significa que estén sólo al alcance de la mente; al contrario, si están al alcance de la mente es porque, estando ahí y no aquí, están al alcance de todos. Eso es lo que quiere decir el bellísimo y rotundo verbo impersonal "hay" (el "había una vez" con el que todo cobra existencia en los cuentos), fuente de toda objetividad y de toda comunidad. La importancia del monumento no estriba en su significado histórico sino en que genera la distancia a partir de la cual podemos mirarlo; la estatua produce la plaza, funda el espacio donde se reúnen los hombres, se reconocen recíproca existencia y se conceden el mínimo de igualdad y de diferencia para el intercambio. A partir del "hay", por oposición al "fluir", se construyen los "símbolos", en su sentido griego original; es decir, la posibilidad del contrato, la comunicación y la copertenencia: la posibilidad misma de todo conocimiento y de todo acuerdo.

Las "maravillas", que nos detienen en el camino, son la garantía última contra el solipsismo; su sola existencia al alcance de la vista presupone las condiciones de una estructura mental compartida, de un espacio público mental en común; a partir de esas condiciones se podrá o no hacer política, pero sin ellas -sin las maravillas- toda política (buena o mala), como toda cultura (mejor o peor), será sencillamente imposible. Es a eso, en términos muy groseros, a lo que Kant llamaba "juicio".

Pues bien, el capitalismo es el primer orden económico-social que no reconoce esta diferencia. Es la primera sociedad de la tierra que no distingue entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar. Es la primera sociedad históricamente conocida que trata por igual una manzana, un hombre, un martillo y una catedral. Es el primer régimen de producción e intercambio que convierte todos los entes por igual –pan, coches, semillas, ciudades y las propias imágenes de estas cosas- en comestibles. Es a esto a lo que llamamos “privatizar” la riqueza; es decir a idiotizarla –según la etimología griega- a la medida del hambre, siempre inmanente y circular. Es a esta locura a lo que llamamos “consumo” como característica paradójica de una civilización que se juzga a sí misma en la cima del progreso: comerse una mesa, comerse una casa, comerse una estatua, comerse un paisaje. Pero una sociedad que no distingue entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar, porque se las come todas por igual, es una sociedad primitiva, la más primitiva que jamás haya existido, una sociedad de pura subsistencia que necesita convocar toda la riqueza del mundo y emplear todos los medios tecnológicos –ellos mismos objetos de consumo- para su estricta y desnuda reproducción biológica.

La indiferencia, insuficiencia e ilimitación del hambre se materializa en la forma mercancía, cuya máxima perfección exige que la aparición y desaparición del objeto coincidan en un solo acto. Las armas, mercancías ideales que sólo pueden usarse una vez o cuyo uso tautológico –más aún- puede consistir en su pura acumulación ilimitada, son el metron o medida de todas las mercancías; la aceleración del proceso de renovación del mercado, la velocidad creciente del vaivén acumulación/destrucción, con el lubricante de la obsolescencia inducida, convierte todas las cosas en puros pasajes o transiciones inasibles para el uso. En este sentido la semilla Terminator de la casa Monsanto cumple y simboliza el destino natural de toda mercancía como un mondo vehículo de autodestrucción. Pero al mismo tiempo las armas, que destruyen lo que miran y al mismo tiempo que lo miran, son también la medida del consumidor hiperindustrial: el consumidor destruye con los ojos el objeto de su deseo y la mirada se convierte así en un puro órgano de digestión. El filósofo francés Bernard Stiegler ha llamado la atención sobre la hegemonía de los objetos temporales sobre los objetos espaciales en el horizonte de una percepción dominada por la industria de la reproducción de imágenes (televisión, informática, el acontecimiento en tiempo real), pero no se trata, a mi juicio, de un simple desdoblamiento fantasmático sino de una radical desontologización del mundo. No es que los objetos temporales dominen sobre los espaciales sino que los objetos espaciales, transformados todos en mercancías y sometidos a una aceleración secuencial vertiginosa –un empujón temporal a su finitud- han acabado por devenir todos ellos objetos temporales: las mesas, las catedrales, los teléfonos, las lavadoras, los cuerpos mismos, pasan, como las notas de una melodía. No es que las imágenes hayan acabado por desplazar a las cosas sino que las cosas mismas, renovadas a una velocidad incompatible con el uso y con la mirada, se vuelven todas ellas imágenes: imágenes de sí mismas que desfilan y sucumben –aparición/desaparición- a un ritmo acelerado, como en una secuencia de cine. Una imagen no es más que una cosa acelerada, perecida, comida, y las imágenes televisivas son en realidad imágenes de imágenes exteriores, de manera que la lavadora o el teléfono móvil se ofrecen como publicidad de sí mismos, y no como objetos de uso, y la publicidad de la lavadora o del teléfono móvil, orientada a seducir la mirada, es sólo un comestible más. La utopía amorosa de la mística y militante Simone Weil, según la cual “más allá del cielo, en el país habitado por Dios, comer y mirar serían una misma operación”, la ha hecho realidad también el capitalismo, como todas, y una vez más volteada, torcida o pervertida, como una maldición y no como una gracia. Simone Weil pensaba en un alma con labios; el capitalismo ha construido una mirada con dientes que se come también con los ojos, desprovistas radicalmente de existencia, las imágenes que previamente se ha comido con la boca. La realidad no ha sido derrocada en la televisión sino en el mercado.

Las mercancías son, pues, armas de destrucción masiva, armas que se autodestruyen en el acto mismo de su nacimiento y que destruyen así tanto la “cosa” que llevan dentro como al hombre que la ha producido. Una sociedad de consumo no es una sociedad de intercambio generalizado, como se dice, sino de destrucción generalizada. Una sociedad de consumo no es una sociedad de abundancia, como se pretende, sino una sociedad de miseria total. Su propia necesidad de producción ilimitada y su propia incapacidad para hacer diferencias la convierte en la primera sociedad de la historia sin cosas y, por lo tanto, en lo contrario de un “mundo”. El capitalismo es un nihilismo

Serge Latouche defiende trabajar menos para vivir mejor

“El hombre puede encontrar la felicidad sólo si sabe limitar sus necesidades”. Con esta máxima zen concluyó este lunes el economista Serge Latouche su disertación ante un numeroso público, ávido de escuchar un discurso alternativo en tiempos de zozobra, que llenó la Nau Centre de Cultura de la Universitat de València. “Hay que trabajar menos para trabajar todos y para vivir mejor”, apuntó el que está considerado uno de los ideólogos del llamado decrecimiento en la conferencia con la que se reanudó Claustre Obert, el espacio de debate y reflexión creado por EL PAÍS-Comunidad Valenciana y la institución académica, que, en esta ocasión, contó con la colaboración del Instituto Francés de Valencia.

La experiencia francesa de disminuir a 35 horas a la semana el trabajo no fue “eficiente” porque el propio sistema “fomentaba la competencia libre con países que mantenían las 45 horas”. “Y la competencia no es libre porque nunca es verdadera. Porque vivimos con normas, situaciones y leyes diferentes. Porque las empresas deslocalizan su actividad en China, donde trabajan 18 horas al día por poco dinero”. En este sentido, también se mostró partidario del “proteccionismo social, medioambiental y económico”. “Los yogures recorren 9.000 kilómetros hasta que llegan a nuestra nevera”, indicó.

La relocalización es, precisamente, uno de los tres pilares que sustentan el recetario para combatir el paro de Latouche (Vannes, 1940), que definió su planteamiento como “ecosocialista”. Las otras dos se resumen en reconvertir y reducir el tiempo de trabajo. En el caso de la reconversión, argumentó que es urgente desarrollar una agricultura ecológica, suprimir las importaciones de, por ejemplo, fresas sudafricanas, y trabajar la tierra para obtener productos frescos, autóctonos y de temporada. Esta reconversión crearía un gran número de puestos de trabajo, así como la reconversión de las fuentes de energía fósil y nuclear.

Presentado por el exdirector de la Bolsa y economista Francisco Álvarez y por el vicerrector de Cultura, Antonio Ariño, el economista francés abogó por salir del euro para poder devaluar la moneda propia. “La inflación es buena para la mayoría de la gente, menos para los rentistas y los banqueros”, señaló.

Luego, en el turno de preguntas, matizó su referencia al euro. Incidió en que no es necesario que desaparezca, podría mantenerse como moneda de intercambio entre europeos, al mismo tiempo que se tendría que favorecer la instauración de monedas locales, como ya sucede en algunas experiencias locales y regionales. “Hay soluciones técnicas para poder hacerlo”, agregó.

En cuanto a la deuda soberana, que atenaza a países como España o Grecia, hizo un somero recorrido histórico recordando que hay una solución radical, como la que adoptó Carlos V: no pagar la deuda y que los bancos caigan en bancarrota. “Y sobrevivieron”, apostilló. Una solución “menos radical” sería mirar hacia lo que hizo Argentina a principios de esta centuria o al Ecuador presidido por Rafael Correa: “Hacer una auditoría de la deuda y pagar la parte legítima y no pagar la otra, porque son gastos financieros que se van acumulando”.

Latouche subrayó, además, que el país con mayor producto interior bruto del mundo, Estados Unidos, se encuentra en el puesto 150 de la clasificación de 2008 que mide la felicidad de los ciudadanos valorando la esperanza de vida, la educación, la salud. No se puede seguir viviendo tirando en Occidente el 40% de los alimentos del supermercado (el 20%, lo hace el consumidor en casa), sostuvo Latouche, para quien no es nada utópico ponerse a cambiar las cosas.

Artículo publicado en El País 

Absolución Enric Duran

Audiencia Provincial, Fiscalía del Estado y 14 entidades bancarias: Absolución Enric Duran 

#AbsolucioEnricDuran

Enric Duran hizo público en septiembre del año 2008 que había pedido varios créditos a 39 entidades bancarias, de los cuales consiguió 492.000 euros que nunca ha devuelto ni piensa devolver. Su intención a través de este acto de desobediencia era denunciar la perversión del sistema capitalista, la mala praxis de los bancos y repartir ese dinero entre distintos movimientos sociales que construyen alternativas para una sociedad más justa.

Ahora, la fiscalía del Estado y 14 entidades bancarias piden para Enric Duran 8 años de prisión.

En enero de 2013, Enric fue informado de las fechas del juicio sólo tres semanas antes de que se tenga que celebrar (el próximo 12 de febrero). No había recibido el acta de respuesta a las pruebas presentadas, que habían sido publicadas más de tres meses antes, hasta que no la recogió personalmente en los juzgados, con lo cual no podía saber que el proceso judicial había estado siguiendo su curso.

Este hecho ha provocado que la situación desemboque en un clima de absoluta indefensión y de legalidad más que dudosa, por lo que Enric Duran ha pedido la revocación de su abogado y la suspensión del juicio.

Al día siguiente, la Audiencia de Barcelona rechaza la suspensión del juicio a Enric Duran que tendrá lugar el martes 12 de febrero. En una decisión inesperada, el tribunal rechaza también la renuncia presentada por el abogado defensor. Pedimos  #AbsolucioEnricDuran

Más allá de que en este caso sea la banca quien nos quiere condenar, nosotros consideramos que debería ser la banca la condenada.

Para que haya estafa es necesario que haya apropiación indebida. La apropiación indebida es un delito contra el patrimonio y la propiedad consistente en el apoderamiento de bienes ajenos con intención de lucrarse, cuando dichos bienes se encuentren legalmente en su posesión a través de otros títulos de posesión como puede ser, por ejemplo, un crédito.

Y en este caso no es Enric quien se ha apropiado de bienes ajenos. Enric solicitó créditos que el banco le otorgó mediante el sistema de reserva fraccionaria, que es el sistema que permite a los bancos crear dinero como deuda. Este sistema es el responsable de la burbuja crediticia. Actualmente, los bancos privados dejan dinero que no poseen, ya que no están respaldados por ningún activo concreto, sino que a través de potentes instrumentos de ingeniería financiera permiten la creación de dinero como deuda, creada a partir del dinero de las cuentas en depósito de sus clientes.

Por este motivo quién está continuamente lucrando con bienes ajenos es la banca que especula con el dinero que sus clientes les dejan en depósito. Esto es apropiación indebida, porque no se puede especular con algo que no es de tu propiedad, sino que sólo está en tu custodia, por ejemplo, si el propietario de un párking se dedicara a alquilar nuestros coches mientras los tenemos en la su custodia, esto sería un delito de apropiación indebida. Pero, cuando lo hace el banco no es así, la impunidad se compra.


Entrevista a Luis Gonzalez

«El planeta impondrá una reducción del consumo, pero ésta ha de ser justa y equitativa»

Luis González se ha convertido en uno de los referentes del ecologismo en el Estado español. Como coordinador de Ecologistas en Acción, mantiene un discurso duro y coherente, en el que cuestiona los pilares fundamentales en los que se asienta la sociedad de consumo y, en definitiva, el capitalismo.

Zabaldi se ha propuesto desmontar los pilares del capitalismo. En su sede de Iruñea ha abierto una exposición donde se muestran los distintos campos en los que trabaja la plataforma Nafarroa Bizirik Nahi Dugu y ha abierto un ciclo de conferencias donde se debaten los elementos estructurales del sistema. Después de que Isidro Esnaola explicara las claves del mundo financiero, ayer le llegó el turno al ecologista Luis González, que puso en cuestión la idea de «sostenibilidad».

¿Ecología y capitalismo pueden convivir?

El mundo es limitado y el capitalismo necesita crecer. Resulta insostenible que el consumo de materia y energía aumente constantemente. Esto que parece incontestable, tiene unas consecuencias desde el punto de vista sistémico muy importantes. Probablemente sean los propios límites ambientales los que lleven al capitalismo globalizado a caer, a no mantenerse en el tiempo.

Sin embargo, el concepto de sostenibilidad está muy en boga entre los dirigentes.

Las alternativas que presenta el propio sistema: energía renovables, aumento de eficiencia, etc. realmente se sustentan en mitos. En la práctica, no son capaces de convertir al sistema ca-pitalista en algo realmente sostenible, sino que mantiene su vocación suicida. Esto continuará hasta que se plantee de forma seria la necesidad de una reducción en el consumo de materia y energía, que a su vez suponen una contradicción en las necesidades de funcionamiento del sistema.

¿Dónde encontramos el error o en qué fallan las energías renovables tal y como se plantean actualmente?

Existen varios problemas. El primero y fundamental es el hecho de que no es universalizable el consumo energético que realizan los países desarrollados. Más aún, ni siquiera con las energías renovables se podría abastecer un nivel de consumo energético como el que poseemos actualmente. Las fuentes renovables de energía tienen una serie de limitaciones que hemos de tener en cuenta: problemas de almacenamiento, distribución, etc. Por otra parte, hay que reivindicar un control popular de las fuentes de energía. No pueden quedarse como están, en manos de grandes transnacionales.

¿La reducción del consumo constituye la única solución?

No, ni siquiera se trata de una solución. Es una obviedad. Estamos llegando a los límites que tiene el planeta. El principal recurso que utilizan las sociedades capitalistas es el petróleo. El 95% del transporte usa petróleo, de él obtenemos gran parte de la energía, pero también productos fitosanitarios, etc. Pues bien, estamos a punto de llegar a lo que se conoce como el pico del petróleo, el momento en el que habremos gastado la mitad de las reservas. Pero la mitad que nos resta es la más difícil de obtener y la que posee una calidad más baja, porque primero se ha extraído lo bueno y lo fácil. Nos va a quedar el peor crudo y, encima, la demanda va a crecer. En conclusión, el petróleo va a acabar por las nubes. Los expertos más optimistas creen que este pico del petróleo llegará, como tarde, en 15 años.

No es pues una alternativa, sino que ocurrirá.

Por pura lógica. Pero el decrecimiento será incapaz de salvar el sistema como tal. Ahora lo que hemos de debatir es cómo se ha de producir esta reducción del consumo. ¿Va a realizarse con principios de equidad y de justicia social o, por el contrario, se hará de un modo ecofascista?

¿Qué se entiende a día de hoy por ecofascismo?

Entendemos por ecofascista un gobierno en el que los temas de ecología constituyen un pilar fundamental. Sin embargo no busca vías democráticas para solucionar este problema, sino que una pequeña parte de la población se hace con los mandos a costa de los demás. El decrecer ocurrirá, pero ha de ser justo y equitativo. Implica la muerte del capitalismo, al menos del globalizado, pero ¿hacia dónde nos va a llevar?

Aritz INTXUSTA - Gara

Carlos Taibo: Tenemos que buscar una salida del capitalismo, no de la crisis

Entrevista a Carlos Taibo en Jot Down Cultural Magazine

“Vivir mejor con menos” podría parecer una frase paradójica para muchos de nosotros, no así para Carlos Taibo (Madrid, 1956). Profesor de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid y escritor con cerca de 40 libros publicados, es la figura más visible en nuestro país de lo que se ha dado en llamar Teoría del Decrecimiento. Con el economista francés Serge Latouche como ideólogo más relevante del movimiento, rechaza el incremento del PIB de un país como medida de la evolución del bienestar de sus ciudadanos y critica la obsesión de políticos y economistas por el crecimiento de este a toda costa. Si brillantes científicos como Steven Cowley nos proponen un modelo de bienestar basado en la idea de desarrollo sostenible, apoyado en el avance de fuentes de energía limpias y baratas; los pensadores del decrecimiento auguran un futuro menos halagüeño y la urgencia de tomar medidas para evitar la catástrofe.

Rechazando la idea de desarrollo sostenible, contemplan la proximidad de un colapso de la economía global provocado por el agotamiento de recursos energéticos, el deterioro del medio ambiente y la cada vez mayor presión demográfica. No por ello caen en el pesimismo gratuito y proponen, además de una reducción de la actividad económica, una recuperación de hábitos de vida, relaciones sociales y valores basados en principios diferentes a los actuales. Se trata de hacer de esta posible situación, a priori complicada, el punto de partida para un nuevo modo de vida más feliz.

Sea cual sea el escenario o la corriente de pensamiento con la que cada uno se sienta más identificado, ¡no podrán decir que nunca oyeron hablar de esto!

Esta vez la cita era en la librería Hotel Kafka de Madrid. A nuestra llegada, Guillermo y Eduardo (a los que dejamos sin siesta y estaremos eternamente agradecidos por ello) ya tenían el salón con vistas a la calle Hortaleza preparado, ¡café incluido!

Cuando comentaba que estaba preparando esta entrevista, la mayor parte de la gente me preguntaba acerca de la teoría del decrecimiento. Tratando de explicarlo en pocas palabras, (tal vez por no ser muy experto en la materia) acababa siempre hablando durante 20 minutos y con la sensación de haberlo hecho bastante mal. ¿Tú como lo haces?

Pues hay que anotar tres dimensiones. La primera subraya un hecho físico: vivimos en un planeta con recursos limitados y no tiene sentido que aspiremos a crecer ilimitadamente. Estamos provocando un agotamiento muy delicado de los recursos que la Tierra nos ofrece y esto pone en peligro los derechos de las generaciones venideras y los derechos de las demás especies que nos acompañan en el planeta.

Lo segundo: si la primera de las observaciones llama la atención sobre una circunstancia geológica y biológica, la segunda subraya que podemos vivir mejor con menos. No somos necesariamente felices al calor del crecimiento económico. Significa recuperar muchos de los elementos de la sabiduría popular de nuestros campesinos viejos o de los habitantes de los países del Sur, que siempre han mantenido una relación mucho más equilibrada con el medio natural.

Tercero, la propuesta del decrecimiento apunta a un hecho fundamental: en el Norte opulento tenemos que reducir los niveles de producción y de consumo. Pero tenemos que hacer muchas otras cosas: recuperar la vida social que hemos ido perdiendo, apostar por formas de ocio creativo, repartir el trabajo, reducir el tamaño de muchas de las infraestructuras que malutilizamos, restaurar la vida local que hemos ido dejando morir y en el plano personal, asumir estrategias de sobriedad y sencillez voluntarias.

¿De dónde viene la asociación de bienestar y crecimiento económico? Entendido este como crecimiento del producto interior bruto de un país.

Hay dos fuentes. Una es empírica: en determinadas circunstancias el crecimiento económico ha acrecentado el bienestar. No se trata de llevar la crítica del crecimiento a la tesis de que el crecimiento es absurdo por sí solo. Si echamos una ojeada a determinadas dinámicas de los siglos anteriores veremos que, con todas las restricciones que queramos, el crecimiento económico ha tenido que ver con el bienestar. La discusión que tenemos es si lo que fue cierto en el pasado, sigue siéndolo ahora o si como sospechamos muchos, empieza a dejar de serlo. La segunda de las fuentes remite a la publicidad y el funcionamiento del sistema, que está interesado en establecer esa ficticia relación entre el crecimiento y consumo por un lado y bienestar y felicidad por otro.


¿Es este cambio en la relación entre crecimiento y bienestar lo que da lugar a las ideas decrecentistas?

Claro. La teoría del decrecimiento toma más sentido cuanto más evidentes se van haciendo las señales del agotamiento de los recursos, cuando la perspectiva del colapso se antoja más cercana. De todos modos, no se trata de atacar ontológicamente al crecimiento, sino de anotar una serie de datos, yo creo que relevantes, que sugieren que hoy el crecimiento económico, en muchos casos y particularmente en el Norte opulento es una fuente de problemas. ¿Por qué? El crecimiento económico no genera necesariamente cohesión social. La relación del crecimiento económico con la generación de puestos de trabajo es mucho más nebulosa de lo que pudiera parecer. Este se traduce muy a menudo en agresiones medioambientales irreversibles o provoca el agotamiento de recursos que, sabemos, no van a estar a disposición de las generaciones venideras. En lo que respecta a los países ricos, y esto es muy importante, se asienta de un modo u otro en el expolio de la riqueza humana y material de los países del Sur. Para terminar, en el plano individual, la obsesión con el crecimiento económico propicia lo que algunos autores entienden que es un modo de vida esclavo, que nos hace pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y sobre todo, más bienes acertemos a consumir.

En la literatura del decrecimiento, más que de una crisis se habla de tres diferentes: demográfica, ecológica y de agotamiento de recursos. ¿Qué implica cada una de ellas?

Lo primero que me gusta señalar es que en el lenguaje político solo se habla de una crisis, la financiera, cuando en la trastienda hay otras crisis de igual o mayor gravedad en tanto que no les prestamos la atención debida. Las dos últimas que has mencionado pueden resumirse en una que contempla las agresiones al medio ambiente y su deterioro, así como el agotamiento de los recursos presentes en él. Remiten ambas al mismo fenómeno de sobrexplotación. Hay en segundo lugar una crisis demográfica que ataca especialmente a determinadas regiones del planeta, pero nos enfrenta de nuevo al problema de los límites: hasta dónde puede crecer la población humana y cuáles son los derechos de las demás especies. Hay una crisis social importante. Una de las tesis fuertes del momento presente es que la perspectiva del colapso es tanto más tétrica cuanto que a la crisis ecológica se une una crisis social que hace que los mecanismos de defensa se vayan deteriorando. También y no menos importante, hay una crisis histórica en la relación Norte-Sur. Esta no ha experimentado ningún menoscabo. El expolio de los países del Sur sigue ahí. Hay quien dice, de un modo yo creo que respetable, que el propio concepto de crisis es nuestro. Remite a una visión cíclica de los hechos que invita a identificar etapas de bonanza y etapas de recesión.

¿No es así en los países del Sur?

La realidad en los países del Sur es mucho más roma, no hay estos altibajos. Siempre que hablo de esto menciono que hace muchos años le pregunté a un colega uruguayo cómo sobrellevaban en su país la hiperinflación, el hecho de que el pan valiese diez por la mañana y 12 por la tarde. El me respondió con ironía diciendo: “en Uruguay vivimos en una situación de bancarrota estable”. Esto lo retrataba muy bien. La bancarrota está ahí continuamente, con lo cual no hablamos de crisis.

Todas estas crisis configuran, a mi manera de entender, un momento inédito en la historia de la especie humana. La gran diferencia entre la Gran Crisis de 1929 y esta es que en aquella el problema de los límites medioambientales y de recursos del planeta no estaba, y hoy está con mucha claridad.

Del mismo modo que se sugieren medidas de decrecimiento económico en los países desarrollados, ¿se deben fomentar medidas de control demográfico en los países en desarrollo?

Parto de la certeza de que hay que establecer medidas de control demográfico. La tesis general que he definido antes, “si vivimos en un planeta con recursos limitados no tiene sentido que aspiremos a crecer ilimitadamente”, hay que aplicarla también al ámbito de la demografía. Es una discusión general en realidad. Una de las apuestas conceptuales del decrecimiento, no solo en el ámbito demográfico, viene a decir: si en el Norte opulento decrecemos, tendremos el argumento moral para solicitar a determinados países del Tercer Mundo convencional, no que dejen de crecer, pero que asuman un tipo de crecimiento diferente. Uno que no se adentre en la repetición de los mismos errores que conducen a los mismos callejones sin salida en los que nos encontramos nosotros.

De todas maneras la cuestión, siempre lo subrayo, no es estrictamente demográfica. Depende de cuál es el modelo económico, ecológico y social que abracemos. Si nuestro modelo es de un madrileño o un barcelonés, que viaja una vez al año a Cancún y otra a las islas Seychelles, entonces el planeta no da para alimentar a más de unos cientos de millones de personas. Si nuestro modelo es el de un campesino de Burkina Faso o de Níger, entonces el planeta es suficiente para alimentar a 70.000 millones de seres humanos. Es por eso que antes de discutir la cuestión demográfica debemos ponernos de acuerdo sobre el modelo económico, ecológico y social que deseamos abrazar.


Decrecimiento para la sostenibilidad

Mi planeta

Desde los mercados, gobiernos y capitalismo en general se ha vendido al ciudadano que la única salida que tiene el ser humano para evolucionar es crecer. Basándose en esta máxima el único objetivo de los países hasta ahora, ha sido buscar ese crecimiento sostenido año tras año, el cual está basado en el consumo. Pero todos los gobiernos han hecho caso omiso a las numerosas advertencias de que no es posible mantener un crecimiento sostenido en un planeta limitado. En época de bonanza nadie presta atención a la importancia que tiene esto pero ahora, en plena crisis económica, el decrecimiento que se tendría que haber llevado a cabo de forma controlada ha llegado rápidamente haciendo estragos en los ciudadanos.

Aunque se sabe desde hace tiempo que se están sobrepasando los límites ambientales, se confió en la quimera de que, seguir creciendo siendo responsables con el medio ambiente era la solución, lo que comúnmente es conocido como desarrollo sostenible. Pero es evidente que, aunque consiguiéramos ser más respetuosos con el medio ambiente en nuestros procesos de producción, el seguir creciendo implica mayor consumo y por lo tanto seguir consumiendo los recursos planetarios. El crecimiento sostenible es una falacia ya que el crecimiento nunca podrá ser respetuoso con el planeta porque necesita de sus recursos limitados. El término sostenible se ha generalizado y ya carece de ningún valor. Gestores, constructores y políticos lo emplean para hablar de sus proyectos de dudosa sostenibilidad. Y mientras tanto, los países siguen incumpliendo con las promesas que hicieron en materia medioambiental, como por ejemplo la emisión de gases de efecto invernadero. La sostenibilidad está muy bien para llenarnos la boca con ella pero en la práctica es lo que menos nos importa.

Pero, ¿nos hemos parado a pensar el por qué necesitamos un crecimiento continuado? ¿Es necesario basar nuestra felicidad y bienestar en el consumo? Esta receta ha servido a muchos países para enriquecerse en momentos de bonanza, cuando el número de habitantes todavía permitía que los altos niveles de consumo fueran soportados por el planeta. Pero según ha aumentado el consumo y el bienestar, el número de habitantes también ha crecido de forma exponencial. Conclusión: llega un momento en que no es posible mantener un consumo y bienestar determinado para el actual número de habitantes que hay en el planeta. Por lo tanto la única manera que existe para que los países ricos sigan manteniendo ese nivel es que otros países consuman menos y tengan menor bienestar, es decir, sean pobres. Como el nivel de consumo de los países ricos cada vez es mayor y el número de habitantes también, cada vez se hace más grande la brecha entre países ricos y países pobres, disponiendo estos últimos cada vez de menos recursos.

¿Qué solución vamos a buscar para este problema? ¿Vamos a seguir marcando diferencias entre países pobres y ricos? Esto podría llevarnos a que países que actualmente son pobres, pasen a ser extremadamente pobres. Y países que hasta ahora no han llegado al nivel de riqueza suficiente podrían pasar a ser pobres. ¿Qué pasaría con España? Actualmente se halla en decrecimiento. ¿Pasaríamos a ser un nuevo país pobre como ya lo fuimos?

¿Qué otras alternativas tenemos? ¿Controlar la población y reducir el número de habitantes? Bien, esto es posible pero es sabido que el planeta es capaz de mantener y alimentar el actual número de habitantes si reducimos el consumo en los países ricos. El consumo de un europeo o de un americano es del orden de 150 a 200 veces mayor que el de un africano. La mayor parte de los cereales que se cultivan en países pobres son exportados a países ricos que lo utilizan para alimentar ganado que luego se utilizará para el consumo de carne. ¿Y si redujéramos el consumo de carne en esos países ricos y dejáramos que los países pobres se alimentaran con el cereal que ellos mismos producen?

¿Podríamos aprovechar la actual crisis económica y el decrecimiento que está provocando para decrecer de verdad? ¿Hacer ahora a marchas forzadas lo que deberíamos haber empezado ya hace años? Quizás parece la solución más lógica. ¿Qué necesidad tenemos en consumir en los niveles en que lo estamos haciendo? Consumir menos y tener menos recursos no necesariamente significa vivir peor o menos feliz aunque durante años se nos haya vendido lo contrario. El decrecimiento pretende producir valor y felicidad pero reduciendo el uso de materia y energía. Salir de un modelo económico que nos hace dependientes para redefinir la idea de riqueza, entendiéndola como satisfacción moral, intelectual, estética, como un empleo creativo del ocio… ¿Qué hace más feliz a una persona? ¿Tener un hijo? ¿Pasar un buen rato con amigos? ¿Disfrutar de su familia? ¿Dedicarse a alguna afición? ¿O bien solamente conseguimos obtener una felicidad efímera cuando nos compramos un coche nuevo, ropa que poco nos vamos a poner, electrodomésticos, tecnología y otras cosas? Comprarte un piso nuevo no aporta felicidad en si mismo, la felicidad viene de la mano de los momentos vividos en él.  En el libro “Vivir 5 personas con 5 euros al día”, Stefania Rossini demuestra que es posible subsistir con menos.

Los posibles caminos del decrecimiento pasan por estrategias y elementos tan diversos como la relocalización de la economía y la producción a escala local y sostenible; la agricultura ecológica; la desindustrialización; el fin de nuestro modelo de transporte (automóvil, aviones, etc.); el fin del consumismo y de la publicidad; la desurbanización; el salario máximo;  la conservación y reutilización; la autoproducción de bienes y servicios; la reducción del tiempo de trabajo; la austeridad; los intercambios no mercantilizados; y un largo etcétera. ¿Estamos dispuestos a ello?

Vivimos momentos cruciales y tenemos una gran responsabilidad. Países pobres y ricos debemos afrontar un futuro difícil de forma conjunta, con responsabilidad, mirando al futuro y sin egoísmo. La crisis de la insostenibilidad ya ha comenzado y la única forma de salir de ella es replantearnos todo el modelo por completo. Ahora mismo, pensar solamente en nosotros y en el momento presente, hipoteca y acaba con el futuro.