Envases, envases y más envases

Ramón Folch - ERF

Se ha vuelto a la pequeña incomodidad de la antigua consigna, sin ninguna de sus ventajas

Era una lata. Tenías que ir a por leche con tu lechera, a comprar el aceite con tu bote de hojalata y a la bodega con aquellos sifones de vidrio. Si el producto venía envasado, tenías que devolver el envase o pagarlo: las botellas de cerveza, las de cava (entonces se llamaban de champán...), incluso los botecitos de cerámica de los yogures (bien pocos se consumían, por cierto). Eso sí: el tendero te ponía el arroz o los fideos en una bolsa casera de papel. La fruta o la verdura iban directas al cesto.

Hasta que llegó el plástico y los primeros alimentos o detergentes envasados. Y los esprais, los vaporizadores, las latas de refresco o el vidrio desechable. Y los blísters. Y los tetrabrics, llamados así porque eran tetraédricos. Permitían envasar la leche. Ahora son paralelepípedos, se llaman brics y contienen toda clase de productos líquidos. Nos simplificaron la vida, pero al final nos la han acabado complicando aún más.

La industria alimentaria y de productos de consumo tocó el cielo. Podía envasar (facilidad de venta al detall, garantía de marca, etc.) sin tener que organizar onerosos sistemas de recogida y de lavado de envases. El incipiente método de consigna de los escasos envases en circulación (el envase era propiedad del usuario, que lo cambiaba por otro al hacer la compra) desapareció. Había triunfado el ciclo abierto: compro y tiro. Globalmente más caro, ambientalmente más sucio.

Hoy en día nos ahogan los envases. Hay que separarlos y llevarlos al correspondiente contenedor. Ahora nos dicen que depositemos en ellos solo envases, nada de vidrio o plástico de otra procedencia. Hemos vuelto a las pequeñas incomodidades de la antigua consigna, sin ninguna de sus ventajas económicas y ambientales. Hemos logrado hacerlo peor, pero más complicado. ¿Y si lo reconsideráramos todo de pies a cabeza?

*Artículo publicado en El Periódico de Catalunya

El discurso de Foucault

Foucault trabajó en campos tan diversos que es muy difícil poder categorizar su obra. En las librerías, hoy sus libros pueden encontrarse en la sección de Filosofía, Historia, Psicología, Medicina, Estudios de Género, y/o Crítica Cultural o Literaria.

Lo  que dio unidad a este extenso y variado campo de estudio fue su interés en el Poder y en el Saber – y fundamentalmente en su interacción. Uno podría decir que él comenzó con una obviedad: “Saber es Poder”. La separó, la analizó, y la reformuló. Foucault estaba especialmente interesado en el Saber de los seres humanos, y en el Poder que actúa sobre los seres humanos.

Supongamos que comenzamos con la afirmación “Saber es Poder”, pero ponemos en duda la posibilidad de conocer una verdad absoluta. Si eliminamos la idea de una verdad absoluta ¿Qué significa entonces saber?. Tal vez el saber sea sólo lo que un grupo de gente comparte y decide que es verdad.

¡Pero atención! Según Foucault, cuando decimos “La fuerza da derecho”, no es muy distinto de decir “saber es poder”. En un caso: fuerza física; en el otro; fuerza mental, siempre es ejercida por una minoría poderosa capaz, entonces, de imponer su idea del derecho, o de la verdad, a la mayoría.

Cuando nos referimos al saber de los seres humanos, las ciencias sociales o, como prefiere Foucault, ‘las ciencias humanas’, vemos que la gente al decidir lo que es verdad (al construir la Verdad), está decidiendo cuestiones que definen la humanidad y afectan a las personas en general. Si hay suficiente gente que decide creer en ellas, a lo mejor, entonces, dichas cuestiones pueden ser más importantes que alguna verdad desconocida.

¡Pero cuidado! ¿Cómo logra esta gente que el resto de nosotros aceptemos sus ideas sobre quiénes somos? Esto supone un poder para suscitar creencia. Y esta misma gente que decide cuál es el verdadero saber, puede fácilmente afirmar ser la más inteligente – saber más sobre nosotros que nosotros mismos.

Todos hemos sido en algún momento víctimas del poder físico, y comprendemos el sentido que posee.

Ahora bien… ¿de qué manera realiza su tarea el saber/poder? A menudo saber/poder y fuerza física son aliados, como cuando se le pega en la clase a un niño para enseñarle la lección. Pero esencialmente el saber/poder funciona a través del lenguaje. En el nivel básico, cuando un niño aprende a hablar, incorpora al mismo tiempo los elementos principales y las reglas de su cultura.

En un nivel más especializado todas las ciencias humanas (psicología, sociología, economía, lingüística e incluso medicina) definen a los seres humanos a la vez que los describen. Y funcionan de manera conjunta con instituciones tales como hospitales, psiquiátricos, prisiones, fábricas, escuelas, y tribunales, los cuales provocan importantes y específicas consecuencias sobre la gente.

A lo largo de su obra, Foucault pone la mira en un mecanismo central de las ciencias sociales – la categorización de la gente en “Normal y Anormal”. Sus libros estudian diferentes formas de anormalidad: locura, criminalidad, sexualidad pervertida, enfermedad… De manera natural no inclinaríamos a definir “Anormal” como todo aquello que difiere significativamente de lo "Normal".

Normal es el término de referencia, y lo que es normal debería ser perfectamente obvio –es lo que nos rodea.

También podríamos dar por sentado que la diferencia es fácil de explicar, y tiende a permanecer idéntica a través del tiempo. Pero al confrontar una amplia variedad de documentos históricos, Foucault pone en cuestión todos estos presupuestos. Muestra que las definiciones de locura, enfermedad, criminalidad, sexualidad, perversión, varían sustancialmente en cada época. El comportamiento que tuvo la gente en una época, al ser encerrada o internada en hospitales, pudo ser glorificado en otro momento.

Las sociedades, el saber/poder, y las ciencias humanas han distinguido cuidadosamente, desde el siglo XVIII, la diferencia entre normal y anormal para luego utilizar permanentemente dichas definiciones, la normativización del comportamiento. Tal distinción puede parecer sencilla, pero de hecho es sumamente difícil – la línea de demarcación siempre es ambigua y altamente polémica.

De manera progresiva, nuestra sociedad ha promovido el encierro, la exclusión y el ocultamiento de la gente anormal. Pero no por eso ha dejado de observarla, examinarla e interrogarla.

No siempre ha sido así. En un principio, los locos constituían una parte aceptada de la comunidad, y las personas enfermas eran tratadas en sus casas. A nadie se le ocurría que un discapacitado o un deforme tuviera que estar fuera de la mirada de los demás. Los criminales eran castigados tan públicamente como fuera posible.

Que los anormales sean excluidos no significa que no sean importantes para la cultura. Lo normal no se define a priori para luego definir, en contraste, lo anormal. En realidad es a través de  lo anormal como definimos lo normal: sólo por la anormalidad sabemos qué es normal. Por lo tanto, aunque la anormalidad sea excluida y supuestamente ocultada, la gente que permanece, la gente normal, se dedica a estudiarla e interrogarla de manera incesante y obsesiva.

El estudio de la anormalidad constituye un de la vías principales a través de la cual se establecen las relaciones de poder en la sociedad. Cuando se define una anormalidad con su correspondiente norma, siempre, de una manera u otra, es la persona normal la que tiene el poder sobre la anormal.

El psicólogo, nos habla sobre los locos, el médico sobre los accidente, el criminólogo (o el jurista, o el político) habla sobre los criminales, pero nunca concebiríamos escuchar a los últimos hablar sobre los primeros. Lo que tienen que decir ha sido decretado de antemano como irrelevante, dado que por definición carecen de saber (y esta es justamente la clave para no otorgarles ningún poder).

Extraído de 'Foucault para principiantes'

Decrecentismo es hablar en prosa

Suricato - Innovación y decrecimiento

Moliere, en “El burgués gentilhombre”, muestra magistralmente el reconocimiento de una ignorancia y de “un darse cuenta” repentino. M. Jourdain, un muy poco ilustrado burgués, de pronto toma consciencia de que durante toda su vida ha hablado “en prosa”. Es decir, descubre una obviedad, tal como se refleja en este diálogo con el “filósofo”:

"—Filósofo: ¿Y son versos los que queréis escribirle?
—M. Jourdain: No, no; nada de versos.
—F:¿Preferís la prosa?
—J: No. No quiero ni verso ni prosa.
—F:¡Pues una cosa u otra ha de ser!
—J:¿Por qué?
—F: Por la sencilla razón, señor mío, de que no hay más que dos maneras de expresarse: en prosa o en verso.
—J:¿Conque no hay más que prosa o verso?
—F: Nada más. Y todo lo que no está en prosa está en verso; y todo lo que no está en verso, está en prosa.
—J: Y cuando uno habla, ¿en qué habla?
—F: En prosa.
—J: ¡Cómo! Cuando yo le digo a Nicolasa: "Tráeme las zapatillas" o "dame el gorro de dormir", ¿hablo en prosa?
—F: Sí, señor.
—J: ¡Por vida de Dios! ¡Más de cuarenta años que hablo en prosa sin saberlo! No sé cómo pagaros esta lección."

El decrecentismo es la prosa de muchos. La nuestra, por supuesto, pero también la de ecologistas y otros activistas sociales que durante muchos años de travesía por el desierto han intentado hacer una propuesta social y política con capacidad de cautivar y aunar voluntades en pro de una sociedad diferente. Este ecologismo, desgraciadamente, ha quedado atrapado en las redes que el sistema ha lanzado para capturarlo integrando el mismo concepto de "sostenibilidad" sobre el que han asentado gran parte de sus propuestas.

El movimiento decrecentista puede tener la capacidad, si las cosas se hacen bien, de reorganizar el imaginario activista, político y teórico de los, en muchos casos, aletargados movimientos sociales si dialoga con ellos, reconoce sus aportes téoricos y sus luchas y comienza a recorrer con ellos la gran transición hacia una sociedad viable. Eso requerirá acentuar las diferencias conceptuales, éticas y prácticas entre "sostenibilidad" y "decrecimiento". Es de vital importancia fortalecer una idea del decrecimiento no asimilable.

La propuesta por el decrecimiento es una obviedad. Es el “dos más dos” del sentido común y de la sensatez: no es viable un crecimiento infinito en un mundo finito y punto. No hay nada más que decir porque todo lo que se puede decir ya ha sido dicho: que si la tecnología, que si los acuerdos internacionales, que si la responsabilidad social corporativa; que si la empresa verde; que si el reciclaje etc. y no han servido para casi nada. Tinta y saliva a raudales han sido vertidas en los cauces de la retórica posibilista para justificar lo injustificable o para aligerar el peso y hacer un poco más lenta la caída a un precipicio que de todas maneras va a ocurrir, si seguimos por el mismo camino. El decrecentismo dice: “si ésto, entonces ésto”. Si el causante del desastre previsible es el crecimiento económico, no un tipo de crecimiento, sino "el" crecimiento en sí mismo entonces hay que dejar de crecer. Lógica y prosa elemental y, a la vez, implacable. Por ello, hay que seguir hablando en prosa: lo demás es poesía.

El inicio del fin de la energía fósil

Decálogo de la ética decrecentista

Óscar Hernández Salgar - Música, cultura y sociedad

El decrecimiento es ante todo una posición ética que consiste en rechazar la avidez consumista, la cultura del “siempre más” y la ambición desmedida, entendiendo que esos estilos de vida son los causantes de los principales problemas de nuestro planeta. Por eso uno de sus principales promotores, el economista Serge Latouche (sí, economista!), postula la necesidad de dejar de pensar en la riqueza monetaria como la única riqueza posible. Si queremos recuperar un mundo humano tenemos que recuperar también la riqueza de la amistad, del respeto, del ocio y de los valores comunitarios.

Si uno quisiera hacer un decálogo de la ética decrecentista, éste podría ser más o menos así:

1. Volver a la vida simple. El lujo y el exceso no traen felicidad y generalmente sólo son posibles a costa del sufrimiento de otros. Por el contrario, vivir de manera sencilla es una pequeña forma de contrarrestar la aberrante desigualdad de nuestro mundo. Vivir decentemente es vivir con lo suficiente. El despilfarro se toca con la indecencia.

2. Reparar en lugar de reemplazar. No es necesario cambiar de carro porque salió un modelo más nuevo, o porque las llantas están gastadas. Reemplazar cosas innecesariamente puede ser más emocionante, pero sin duda es más costoso para el planeta en el mediano plazo.

3. Consumir inteligentemente. En lugar de dejarnos seducir por la publicidad, podemos preferir los productos y servicios que menos daño hagan al medio ambiente, a la gente y a nosotros mismos. La información de cualquier producto está a nuestro alcance en la red. Ahora es posible saber si las zapatillas de marca que compramos fueron hechas dignamente o si fueron fabricadas en condiciones lamentables por una obrera esclavizada de Bangladesh. Por eso también debemos exigir que las empresas digan explícitamente cómo y con qué están elaborados sus productos, con qué se riegan las verduras que comemos, qué hormonas le inyectaron al pollo del almuerzo o que modificaciones genéticas tiene el tomate de la ensalada.

4. Perder el tiempo y aprender a esperar. El ocio y el aburrimiento son espacios necesarios para nuestra salud psíquica y nuestra creatividad. Además, las cosas realmente buenas no se dan de la noche a la mañana. Hacer una fila o esperar en un trancón pueden ser oportunidades para limpiar nuestra mente de saturaciones innecesarias.

5. Darle el justo valor a las cosas. Al exigir precios bajos a toda costa sólo logramos que mucha gente sea explotada miserablemente en el otro extremo de la cadena. Si respetamos la dignidad de los demás debemos estar dispuestos a pagar precios justos y decentes que reconozcan el trabajo de los otros.

6. Redimensionar y reorientar los deseos. En lugar de desear una mansión o un yate porque sí, podemos entrenarnos en desear relaciones y experiencias más plenas y llenas de significado. No se trata de pensar en grande o de pensar en pequeño. Se trata de pensar con detenimiento qué es lo que realmente queremos para nuestras vidas, y actuar en consecuencia.

7. Revalorizar lo local. Consumir lo que da nuestro entorno cercano es la mejor forma de disminuir el impacto ecológico de nuestras economías y el impacto psicológico de nuestros deseos globalizados. Comprar local ayuda a disminuir la quema de combustibles fósiles. Preferir lo local nos permite mejorar nuestra autoestima y nos enseña a respetar a quienes están más cerca de nosotros. Sobre todo si esos productos locales están hechos con ética, transparencia y respeto por el medio ambiente.

8. Recuperar la memoria y las tradiciones. En la medida en que valoricemos nuestras raíces y respetemos a nuestros mayores, seremos personas más estructuradas, seguras y felices. El crecimiento obsesivo se ha hecho muchas veces a costa de nuestra memoria, pero siempre necesitaremos anclajes individuales y colectivos que nos permitan dar un sentido profundo a la existencia.

9. Construir y fortalecer vínculos de largo plazo. Tratar a las personas como si fueran mercancías efímeras es un camino seguro a la soledad. No importa si se trata de relaciones comerciales, afectivas o laborales. Las verdaderas amistades y el verdadero amor exigen esfuerzo y sacrificio. Pero siempre, siempre valen la pena.

10. Revalorizar lo místico y lo sublime. El pragmatismo del crecimiento obsesivo nos ha inculcado la idea de que sólo existe lo que se ve en la superficie, lo que está al alcance de la razón. Sin embargo las experiencias más importantes de la vida son casi siempre las que nos llevan a creer que hay algo más allá de nuestra limitada comprensión y de nuestra efímera existencia.

El kibutz

El kibutz es una comunidad colectiva que se sitúa en la zona rural cuyas personas llevan un estilo de vida basado en los principios del sionismo (la defensa del Estado de Israel) y el socialismo (distribución igualitaria de bienes así como el trabajo para el bien común); las decisiones se toman en asamblea donde participan todos los miembros del Kibutz. Hay un lema que resume muy bien la filosofía sobre la que se asienta el kibutz: "Todo el mundo pone lo que puede y recibe lo que necesita".

En 1909 un grupo de judíos procedentes de Rumanía llegaron a orillas del mar de Galilea, fundaron Degania, el primer kibutz. Originalmente, los kibutzim se formaban para trabajar la tierra y transformar los pantanos y desiertos en tierras cultivables, la propiedad era compartida, los miembros del kibutz debían ser los dueños de los medios de producción y también los que aportaran la fuerza de trabajo, todos los salarios debías ser iguales y el trabajo era rotatorio.

En los primeros años los kibutz cumplieron un papel central en el desarrollo de la economía, produciendo una parte importante de las exportaciones. Mientras que la importación de productos agrícolas aún no era viable en los primeros años, los kibutz suplieron en forma casi exclusiva, las necesidades en esa área.

La construcción de Israel como un nuevo Estado, tras la II Guerra Mundial, requería que judíos de todas partes del mundo estuvieran dispuestos a viajar hasta esta "tierra prometida" para empezar una nueva vida desde cero. En estas condiciones, la oportunidad de establecerse en comunidad, más que una opción era una necesidad, cumplieron un papel importante en la colonización de la tierra y en la defensa de las fronteras.

Con el transcurso de los años el kibutz pasó a constituir una colectividad socialista inmersa en la sociedad israelí que es capitalista; el papel de la producción agrícola fue perdiendo lugar, ya que se fue haciendo más barato y viable importar productos del exterior. La caída del muro de Berlín y el consiguiente desprestigio del comunismo provocaron en los javerim (miembros del Kibutz) una especie de desencanto por el estilo de vida socialista.

Hoy en día la gran mayoría de los kibutz están pasando por un proceso de transformación que incluye en mayor o menor grado, la privatización de los medios de producción y los servicios del kibutz, implementación más extensiva de la propiedad privada y el salario diferencial; desarrollando industrias de diferente tipo incluyendo electrónica, software y bioingeniería.

Ahora los jóvenes solidarios israelíes se embarcan en flotillas que aspiran a romper el embargo de la franja de Gaza, o por lo menos a llamar la atención sobre este castigo colectivo al más de millón y medio de palestinos que allí viven; Y los kibutz reciben ahora voluntarios cristianos sionistas y surcoreanos que quieren ver mundo, pero que no son necesariamente idealistas. "Es el precio de la ocupación. Ahora el mundo nos ve como opresores, como colonizadores".

¿Qué democracia económica para el decrecimiento?

Sébastien Boilla, Julien-François Gerber, Fernando R. Funes-Monzote
Rebelión - Futures


1. Introducción

Se ha definido al decrecimiento sostenible como “una transición equitativa y democrática a una economía más pequeña con menor producción y consumo” [1] . Se trata de reducir los flujos de energía y materiales cubriendo al mismo tiempo necesidades humanas básicas y crecientes como la alimentación, la educación y la vivienda. Sin embargo, resulta que las instituciones capitalistas promueven exactamente la tendencia opuesta. ¿Cómo se va a llevar a cabo entonces el decrecimiento a gran escala? ¿Es razonable pensar que será suficiente con las democracias liberales de hoy, asociadas con cambios en la opinión pública?

Durante mucho tiempo, los teóricos socialistas han argumentado que el tipo de política e ideología que prevalece en una sociedad dada está fuertemente relacionado con la estructura económica que desarrolla [4,5]. Más concretamente, muchos de ellos son escépticos sobre la posibilidad de combinar una verdadera democracia con el capitalismo –al caracterizarse este último por la falta de democracia en la empresa-. Esto se refleja, defienden, en el hecho de que la vida política y económica tiende a tomar su forma en función de los intereses de un pequeño grupo de gente que posee (o gestiona) los medios estratégicos de producción [6]. De hecho, esta élite puede usar su desproporcionado poder económico para influir en los procesos políticos mediante campañas de (des)información, la financiación de partidos políticos y de los candidatos de aquellas organizaciones que producen y difunden un cierto tipo de conocimiento considerado apropiado [7]. Alternativamente, esta clase dominante puede también amenazar con meter de cabeza al país en una crisis si un gobierno rechaza satisfacer sus intereses (puede hacerlo deslocalizando la producción, invirtiendo en el extranjero, etc.). Un gobierno dado está por tanto forzado hasta cierto punto a complacer a la élite económica para seguir en el poder.

Dahl y Lindblom [8] distinguían clásicamente entre “democracia” y “poliarquía”. La poliarquía representa el sistema representativo dominante de hoy: en ese sistema, el electorado no es plenamente soberano puesto que es una clase de élites especializadas –no a una élite única, monolítica, como en una autocracia- la que compite y negocia entre sí por el control del gobierno y de la sociedad mediante elecciones. La democracia, por el contrario, es un sistema en el que el electorado es verdaderamente soberano, lo que significa que:

(1) sus miembros están razonablemente bien informados sobre los temas que deben decidirse en el proceso político, y son razonablemente activos en la contribución a su resolución; y (2) no existe una élite minoritaria estable con más poder político que cualquier otro grupo estable, especialmente que los cargos electos. La democracia en este sentido puede coexistir difícilmente con el capitalismo, un sistema caracterizado fundamentalmente por la estratificación de clase.

Volviendo al tema de una transición sostenible al decrecimiento, creemos que tales transiciones solo las pueden realizar ciudadanos razonablemente bien informados sobre los temas socioecológicos en juego y razonablemente activos en la contribución a su resolución, esto es, por ciudadanos que no estén obstruidos por una clase privilegiada. Esto significa, de nuevo, que el decrecimiento parece ser difícilmente posible dentro del capitalismo de hoy y las democracias liberales asociadas. En línea con esto, muchos partidarios del decrecimiento parecen más inclinados por modelos de democracia directa y participativa [3] –pero no son muy claros sobre qué idea específica de democracia se puede combinar con una estructura económica que promueva el decrecimiento-. Martínez-Alier et al. [1] defienden que la investigación futura sobre el decrecimiento debería centrarse de forma crucial en la comprensión de las condiciones para alcanzar una reducción del tamaño de la economía. De hecho, la investigación sobre estas condiciones debe ser teórica tanto como empírica y debe centrarse tanto en experiencias contemporáneas como históricas.

En el presente documento nuestro objetivo es precisamente investigar los vínculos entre la estructura económica, los principios democráticos y el decrecimiento. Lo haremos explorando preliminarmente algunas cuestiones teóricas así como una experiencia de ámbito nacional. En primer lugar, daremos una explicación sobre algunos de los principales modelos de sistemas político-económicos alternativos para descubrir su potencial para conseguir la democracia económica y el decrecimiento. Creemos que los partidarios del decrecimiento conseguirán algún beneficio de la discusión sobre tales modelos teóricos. Entre ellos se encuentran la planificación participativa, el socialismo de mercado y los modelos basados en la autogestión de los trabajadores. Defendemos que esta última es la que tiene mayores oportunidades de conseguir una transición al decrecimiento.

En segundo lugar, intentamos aprender algunas lecciones empíricas de la agricultura de Cuba –la mayor experiencia actual real de “decrecimiento” agroecológico-. Al hacerlo, mantenemos una visión crítica sobre la combinación de participación, organización económica y “decrecimiento” sostenible. Nuestra hipótesis es que un sistema básicamente no capitalista como la economía cubana –a pesar de sus muchos defectos- está en una mejor posición para conseguir formas de decrecimiento sostenible que los países capitalistas, pero que lo estaría aún más con más democracia. Específicamente, defendemos que las cooperativas campesinas a pequeña escala tienen el mejor potencial para conseguir los objetivos orientados al decrecimiento de la agroecología.

2. Decrecimiento, democracia y modelos teóricos de socialismo

Hoy, pasado el debate clásico socialista sobre la planificación, las discusiones teóricas sobre sistemas político-económicos alternativos ya no se encuentran tanto entre los partidarios del mercado contra los de la planificación sino entre las diferentes vías para articular mercado, comunidad y regulaciones políticas [9]. Tres familias principales de modelos teóricos se oponen unas a otras en los debates de hoy: (1) las de “planificación participativa”, cuyos partidarios continúan negando cualquier rol importante a los mercados (2) las de “socialismo de mercado” y (3) las de “autogestión de los trabajadores”. Las presentaremos brevemente y examinaremos cuál parece más adecuada para promover una transición sostenible al decrecimiento.


"La ideología del decrecimiento llega tras el fracaso de la ideología precedente, la ’alterglobalización’"

Entrevista a Miquel Amorós en el Viejo Topo

—¿A qué atribuye usted el “boom” del discurso sobre el decrecimiento?

—Decir “boom” es excesivo. En parte obedece a un rasgo típico de la sociedad de masas como es la moda. Pero profundizando más diríamos que la ideología del decrecimiento llega tras el fracaso de la ideología precedente, la “alterglobalización” y a la falacia evidente de su fundamento económico, el “desarrollo sostenible”. El deterioro del planeta y la descomposición de la clase media ha sido tan contundente que los seudomovimientos apoyados en ella no pueden conformarse con una simple reconversión ecologista de la producción capitalista y reclaman la protección de la economía marginal gracias a la cual sobrevive el sector de la población excluido del mercado

.

—¿En qué medida la alterglobalización era un seudomovimiento de las clases medias? ¿Puede precisar este aspecto socioestructural también respecto al decrecimiento?

—Yo precisaría de las clases medias en descomposición. La alterglobalización fue la primera respuesta de algunos sectores perdedores ante la mundialización de la economía: la burocracia sindical y política, los intelectuales orgánicos, los estudiantes, los funcionarios, los profesionales, los cuadros medios, los pueblerinos ilustrados de las plataformas, etc. Una especie de lumpenburguesía, partidaria del retorno a las condiciones capitalistas de la postguerra mediante el refuerzo del Estado. Digo seudomovimiento porque jamás los alterglobalizadores quisieron moverse, a no ser contra las minorías que practicaban la violencia contra los edificios institucionales y las sedes empresariales o financieras. Como buenos ciudadanos que van a votar y respetan el statu quo solamente pretendían dialogar para convencer a los dirigentes políticos e industriales “del Norte” de las bondades de sus propuestas, muchas de las cuales podíamos leer en Le Monde Diplomatique. En los últimos diez años, los avances de la globalización han sido tan feroces, sus efectos sobre el territorio tan tremendos y el desclasamiento tan acentuado, que los restos de esos seudomovimientos se han visto obligados a asirse a ideologías más elaboradas como la del decrecimiento, pero las tácticas y las intenciones son las mismas. No por casualidad Le Monde Diplomatique se ha pasado a esa moda.

—¿Cree que a la diagnosis del cambio necesario que postula el decrecimiento le falta la radicalidad política que implica una conflictividad social y de clase?

—Ahora que hay decrecimiento, o recesión (en terminología capitalista), si nos atenemos a lo que dice el ideólogo más conspicuo en estas tierras, el profesor Martínez Alier, en realidad se trataría solamente de integrar el coste de la degradación ambiental en el precio final de las mercancías; ese sería el principal cambio, un régimen económico que él mismo bautiza como “keynesianismo verde”. Para esto no se necesitan radicalismos, ni mucho menos conflictos, sino buenas relaciones institucionales y sobre todo, un poderoso aparato estatal que aplique un “new deal” ecológista. Los decrecentistas son enemigos de la radicalización de las luchas antidesarrollistas y en defensa del territorio, cuando no ajenos a ellas, puesto que quieren ser recibidos en los despachos del poder. Sus “buenas” intenciones son esas.

—¿No piensa que desde el discurso decrecentista podría nutrirse una praxis capaz de enfrentarse seriamente al sistema productivo actual? ¿De dónde pueden surgir estímulos para esta necesaria radicalización de los debates y “luchas antidesarrollistas”?

—Yo señalaría las luchas en defensa del territorio como las que mayores posibilidades tienen de plantear la cuestión social en los términos más verídicos y actuales, es decir, como cuestión que engloba todos los aspectos de la vida, siendo el entorno lo central. Pero los conflictos territoriales provocados por el desarrollismo (por el crecimiento) han de dejar toda la basura de “la nueva cultura del territorio” y del “no en mi patio trasero” y aceptar de una vez por todas el hecho de que es imposible una fórmula que compatibilice la integridad territorial, la vida sin apremios mercantilistas y el capitalismo más o menos regulado por el Estado. Nada puede preservar el territorio y garantizar una vida libre si éste no escapa a la economía, si no sale del mercado. Si sus habitantes no acaban con el sistema capitalista. Toda la lucha antidesarrollista, la auténtica lucha de clases moderna, ha de afrontarse desde esa perspectiva.

Miguel Amorós es historiador y un analista social no académico. Entre otros libros, es autor de Durruti en el laberinto (Virus editorial)

Lugares de ocio

La música (…) es posiblemente el ingrediente más importante. Su función es impedir el pensamiento y la conversación, y ocultar cualquier sonido natural, como el canto de los pájaros o el sonido del viento, que de otro modo podría interferir. Un sinfín de personas ya usa la radio conscientemente con este propósito. En muchos hogares ingleses la radio literalmente nunca se apaga, aunque de vez en cuando se manipula para asegurarse de que nunca salga de ella otra cosa que música. Conozco gente que dejará la radio puesta durante el almuerzo y al mismo tiempo seguirá hablando con el tono de voz justo para que voz y música se contrarresten. Esto se hace a propósito. La música impide que la conversación sea seria o incluso coherente, en tanto que el murmullo de voces no le deja a uno escuchar atentamente la música e impide así la aparición de esa cosa temida, el pensamiento (…). No es difícil percatarse de que el objetivo inconsciente de la instalación de ocio moderna típica es el  al vientre materno.

(…) ¿No hay (…) algo de sentimental y oscurantista en preferir el canto de los pájaros al ‘swing’ y en querer dejar unos pocos ámbitos de vida salvaje aquí y allá en lugar de cubrir toda la superficie de la tierra con una maraña de ‘Autobahnen’[red de autopistas] inundada el luz solar artificial?

La pregunta sólo surge porque al explorar el universo físico el hombre no ha hecho ningún intento de explorarse a sí mismo. Mucho de lo que se dice con la palabra ocio no es más que un esfuerzo de destruir la conciencia. Si uno empezase a preguntarse ¿Qué es el hombre?, ¿Cuáles son sus necesidades?, ¿Cómo puede expresarse mejor?, descubriría que el mero hecho de poseer el poder de evitar el trabajo y vivir desde el nacimiento hasta la muerte bajo la luz eléctrica y al son de música enlatada no es razón suficiente para hacerlo.

El hombre necesita calidez, compañía, tiempo de ocio, comodidad y seguridad; también necesita soledad, trabajo creativo y sentimiento al asombro. Si reconociese esto, podría usar los productos de la ciencia y la industria eclécticamente, aplicando siempre la misma prueba: ¿esto me hace más o menos humano? Entonces aprendería que la felicidad más elevada no yace en relajarse, descansar, jugar al póker simultáneamente. Y el horror instintivo de todas las personas sensibles sienten ante la mecanización progresiva de la vida no se verá como un mero arcaísmo sentimental, sino que estaría plenamente justificado. Pues el hombre sólo se mantiene humano si preserva amplios  ámbitos de simplicidad en su vida, mientras que la tendencia de muchas invenciones modernas – en particular el cine, la radio y el avión – es debilitar su conciencia, abotargar su curiosidad y, en general, aproximarlo más a los animales.

‘Lugares de ocio’ George Orwel (Tribune 11 de enero de 1946). Traducido en Antología de textos de Los Amigos de Ludd.

Sobre la pobreza y la miseria

 “Reducir la verdad de un pobre a una renta de uno o dos dólares es, en sí mismo, no sólo una aberración, sino también un insulto a su condición” 

“La pobreza convivencial, lejos de confundirse con la miseria, es el arma que siempre han empleado los pobres para exorcizarla y combatirla”

Majid Rahnema

La definición monetaria de la pobreza que generalmente manejan los estadísticos y el Banco Mundial no sólo es insuficiente, sino falaz.

La percepción, exclusivamente monetaria de la pobreza en las sociedades del Sur ignora la economía de subsistencia que confiere al pequeño campesino una relativa autonomía, e ignora la sociología de la ayuda mutua que permite a los pobres de la ciudad o de los barrios de chabolas sobrevivir, e incluso vivir, como hemos demostrado.

Por lo tanto, la pobreza debe relativizarse históricamente: lo que aparece hoy en Occidente como característico de la pobreza en el antiguo modo de vida campesina (letrinas en el jardín, ausencia de agua caliente, de bañera, de nevera, de calefacción por radiadores, en suma, ausencia de confort moderno) no se percibía entonces como indigencia o pobreza. Esa pobreza sólo aparece por comparación con la abundancia urbana moderna. No nos damos cuenta de que nuestra dependencia de los bienes modernos crea un nuevo tipo de empobrecimiento que antes habría sido visto como enriquecimiento.

La pobreza también debe diferenciarse sociológicamente. La pobreza no asistida de los países del Sur es muy distinta de la pobreza asistida de los del Norte, donde los trabajadores pobres, desempleados o asalariados a tiempo parcial son ayudados por subsidios (…).

La pobreza debe distinguirse de la miseria. Aunque está calor que la pobreza y la miseria son dos polos de una realidad sin frontera clara entre ellos. En las sociedades tradicionales, los pobres disponen de un sistema mínimo de ayuda mutua; en las sociedades del Norte, disponen de una asistencia social. La miseria, tanto en el Norte como en el Sur, es precariedad, marginación y exclusión.

Es indudable que todas las sociedades urbanas han tenido en el pasado sus indigentes (vagabundos, tullidos, ancianos solos, niños abandonados) que vivían en la mendicidad o de las rapiñas. Las ciudades Europas contaban entre un 4 y un (% de indigentes entre los siglos XV y XVIII; la industrialización del siglo XIX engendró la proletarización de una masa urbana explotada en el trabajo, víctima de la desorganización familiar y de los estragos del alcoholismo. Pero, mientras que la mejora del nivel de vida de los trabajadores europeos en el siglo XX eliminó durante un tiempo la miseria y atenuó la pobreza, el desarrollo ha expandido una inmensa miseria en los países del Sur durante el siglo XX, que se traduce en la proliferación de bidonvilles alrededor de las megalópolis de África, Asia y América Latina.

Recordemos finalmente que la esclavitud, una forma de miseria humana marcada por la total dependencia del esclavo, reducido según la fórmula de Aristóteles, al estado de objeto animado, subsiste bajo unas formas residuales, que la civilización occidental del siglo XX ha inventado el campo de concentración, caracterizado por el encierro y el trabajo forzado, al límite del exterminio, y que los conflictos del mismo siglo han engendrado los campos de personas desplazadas, poblaciones que han huido de invasiones o guerras, y formas provisionales o duraderas de guetos, tanto en Oriente Medio como en Darfur y otros lugares. No examinaremos aquí la miseria humana debida a la reclusión (campo o prisión) (…).

¿Existen rasgos comunes a todas las pobrezas, más acentuados en unos casos que en otros?

Es evidente que los aspectos monetarios de la pobreza son predominantes en las llamadas ‘sociedades desarrolladas’, en las que la monetarización está generalizada en detrimento del favor, la donación y el trueque, y donde casi todo se compra y se paga. Pero, hasta en estas sociedades, la pobreza no es sólo de orden monetario: se puede sufrir de aislamiento (pobreza relacional), de una falta de formación (pobreza cultural) de de condiciones de vida difíciles (pobreza existencial). Si bien, casi siempre, esas carencias están relacionadas con la pobreza monetaria, convine superar, englobándola, la noción de falta de dinero o de bienes, y considerar otras carencias existenciales.

Es obvio que, en las sociedades que disponen de un Estado asistencial, algunas de esas carencias se compensan mediante subsidios, subvenciones o gratuidad de la asistencia médica. En esas sociedades, uno de los rasgos de la pobreza sería incluso la asistencia que esta pobreza reciba (en tanto que la miseria sería la condición de los que no tienen domicilio fijo o no tienen papeles ni trabajo y, por lo tanto tampoco tienen acceso a la asistencia pública, y reciben eventualmente una ayuda humanitaria privada). Lo que nos lleva a considerar la pobreza, asistida o no, como un debilitamiento de las potencialidades de elección y de acción y, más profundamente, como la ausencia de control sobre la propia condición y destino.

Por contraste podemos destacar dos aspectos originales de la pobreza en los países del sur:

a) Se mantiene una asistencia convivencial y/o familiar debida a las relaciones de solidaridad entre los miembros de una misma familia, un mismo clan, vecinos o personas originarias de u mismo pueblo, así como un sistema de ayuda mutua que es invisible para la concepción monetarista y cuantitativa de la pobreza vigente en el Norte.

b) A diferencia de los países del Norte (Europa occidental y Norteamérica), una importante fracción de la población de los países del Sur obtiene sus ingresos de la economía informal. Ahora bien, la principal característica de ese sector es que escapa a todo cálculo. Muy a menudo, las organizaciones internacionales subestiman los caracteres propios del sector informal y su realidad económica. Ello implica no sólo la ignorancia de las lógicas sutiles que lo organizan, sino también el fracaso de todas las políticas de lucha contra la pobreza. Durante mucho tiempo ha predominado la lógica racionalizadora de una concepción económica occidental considerada universal. Ésta no ha sabido aprehender la lógica de su funcionamiento real. Por ejemplo, hay que comprender que los miembros del sector informal no buscan tanto la eficacia máxima como la solvencia social.

Extraído del libro de Edgar Morín. 'La Vía'

Condenados a decrecer

Antonio TurielThe Oil Crash



Hace unas semanas hubo una reunión de los representantes en cada estado de la Reserva Federal (Fed) americana. Discutían sobre l a nueva ronda de alivio cuantitativo (quantitative easing , que en esencia consiste en imprimir dinero para pagar deuda pública) con la que se pretende estimular la economía de la primera potencia mundial. Y uno de los gobernadores dijo esa frase , que parece un análisis bastante certero: "Nadie en la Fed sabe qué está frenando a la economía". Que los responsables de la política monetaria estadounidense, gente muy preparada, no sepan qué pasa es bastante significativo sobre el curso de esta crisis. Yo hablaré de un factor que, si bien no nos permite predecir a dónde vamos sí que nos permite saber a dónde no vamos: la energía.



El consumo de energía en España se está desplomando, especialmente el consumo de petróleo ( franja roja), que de 2008 a 2011 ha caído un espectacular 18%. Tal caída no está siendo compensada con un aumento de otras fuentes: en general , las otra fuentes se mantienen relativamente estables excepto el gas, cuyo consumo también decae. El conjunto de toda la energía consumida en España ( hasta la curva que limita la franja naranja) ha caído un 12%. Pero en 2012 las cosas van aún peor: el consumo de petróleo en España ha retrocedido, sólo en este año, más de un 10%.

Una caída tan brutal de la energía consumida ha de tener importantes efectos económicos. La visión clásica de la economía sobre estos fenómenos pasa por considerar la energía una mercancía más y explica su caída como una consecuencia de la grave crisis económica que estamos viviendo. Sin desdeñar que la crisis es una respuesta a múltiples factores, veremos que la energía no es una mercancía más y que los problemas de suministro en particular del petróleo están teniendo un gran impacto económico.


Austeridad Real

Decrecirraptor

Don Juan Carlos: "Austeridad y crecimiento deben ser compatibles"
Rajoy apoya combinar austeridad con crecimiento en la UE
Rubalcaba propone rescatar Europa con austeridad y crecimiento


Para los poderes políticos vigentes, el eslogan "crecimiento y austeridad" establece el crecimiento para el capital (eliminación de impuestos a las empresas, rescate financiero para los bancos) y la austeridad para las poblaciones (esto es ajustes estructurales con el desmantelamiento de los servicios públicos, privatizaciones, despidos de trabajadores,  recortes sociales, retraso edad de jubilación, supresión de libertades… ).

Desde ya hace algunos años desde el movimiento decrecentista, reclamábamos la austeridad como valor para superar una sociedad consumista y fagocitadora de recursos. Clamábamos en el desierto, que la crisis iba a provocar la peor de las pesadillas: “una sociedad de crecimiento sin crecimiento”.

Pero "la sangre y las lágrimas" ya están aquí. El proyecto del decrecimiento no puede ahorrar esta sangre y aquellas lágrimas, pero al menos, abre la puerta a la esperanza. La única manera de escapar sería lograr apartar a esta sociedad de la dictadura de los mercados y construir una sociedad solidaria, de convivencia, con este cemento del lazo social que Aristóteles llamaba ‘philia’.

El problema de las palabras o mensajes con pluralidad de significados, es que pueden desviar la atención respecto de lo que representan. Y este es el caso de la palabra ‘austeridad’.

La palabra austeridad tiene dos acepciones:

1. Sobrio [moderado], morigerado [de buenas costumbres], sencillo, sin ninguna clase de alardes

Que vendría a ser el significado defendido por el decrecentismo.

2.. Retirado, mortificado y penitente; la mortificación de los sentidos y pasiones

Significado que sería rechazado sin contemplaciones por el movimiento del decrecimiento.


"Cuando yo uso una palabra", dijo Humpty Dumpty en un tono bastante desdeñoso, "significa lo que yo decido que significa – ni más, ni menos."
"La cuestión es", dijo Alicia, "si usted puede hacer que las palabras signifiquen cosas tan diferentes."
"La cuestión es" dijo Humpty Dumpty, "quién es el amo – eso es todo."

Lewis Carroll. Alicia a través del espejo.

Quienquiera que defina el código o el contexto, tiene el control… y todas las respuestas que acepten ese contexto renuncian a la posibilidad de redefinirlo.

Anthony Wilden. Sistema y estructura. Ensayos sobre comunicación e intercambio.


Cuando las palabras con las que nos expresábamos han sido colonizadas por el sistema, nuestra labor sería trasformar el discurso, evolucionar, utilizar otras palabras o bien inventarlas para definir como entendemos la realidad que nos rodea. No podemos aferrarnos a voces que han sido conquistadas, debemos ser creativos, inventar e imaginar nuevos significados, encontrar nuevas formas de expresarnos, habitar desconocidos  lugares, ser como el agua, fluir.

Podemos escapar de la maquina aniquiladora del lenguaje del poder, que recicla los significados de las palabras para perpetuar modelos de sociedad que no queremos; En este caso tenemos otros vocablos que pueden sustituir a la palabra ‘austeridad’: frugalidad, mesura, moderación, modestia, templanza, sencillez, sobriedad…

Todavía podemos gritar:

¡Frente a la austeridad impuesta, la frugalidad voluntaria!

¡Frente a las políticas de austeridad, apoyo mutuo y solidaridad!

¡Frente al crecimiento, decrecimiento!


Decrecer con equidad

Lucio Capalbo - Ecoportal.net

Decrecer para aliviar la crisis ambiental, lo cual resulta tan obvio y tan simple que ningún gobernante del planeta lo recuerda a la hora de formular políticas ambientales. El consumo es la gran variable olvidada en toda estrategia de gestión ambiental. Con nuestra actitud responsable como consumidores, podemos gobernar el sistema mundial.


A diferencia de la lógica del mercader y el absurdo programa sostenido por los mercenarios de los nuevos y efímeros amos del mundo, se plantea aquí la necesidad de decrecer y distribuir, en un contexto de valores espirituales.

Decrecer para salvar nuestra Nave Tierra, y así sobrevivir, mas no solo un puñado de náufragos en una solitaria playa marciana, como quiere la NASA, si no la Humanidad Toda, elevándose hacia alturas jamás soñadas.

Distribuir para eliminar por fin de la faz de la Tierra la injusticia imperdonable y el hambre de millones de niños asesinados anualmente por el capital trasnacional.

Y en un contexto de valores espirituales, porque en este organismo planetario, Gaia, somos la noosfera, una red de miles de millones de luces que pugnamos por hallar un destino común, abriéndose camino hacia el gran Atractor Universal.

Amarte o a Marte

La agencia espacial del país mas fuertemente armado del planeta considera que la vida en la Tierra está irremisiblemente condenada.

Su conclusión es altamente consistente con la postura de una dirigencia que decide no firmar siquiera el tibio Protocolo de Kyoto, para no detener el "desarrollo" a causa de meras especulaciones sin basamento alguno de unos cuantos ecologistas fanáticos casi emparentados con Osama.

¿Acaso no sabe la dirigencia del cancerbero del capital financiero internacional, que lo que dicen esos "ecologistas fanáticos" ya, mucho más que un indicio, es un proceso iniciado y confirmado?
Claro que sí.

En 2002 circuló un informe nada menos que del Pentágono, el cual se filtró y quedó expuesto a la opinión pública, que explicaba al presidente de los Estados Unidos que el Cambio Climático debido al calentamiento global era "un problema real y de tal magnitud, que podía considerarse aún mas grave que el terrorismo internacional".

Entonces, si lo saben ¿por qué seguir adelante con la carrera de consumo y crecimiento económico?
Porque no hay otra lógica. Porque no se quiere renunciar al poder y la riqueza material inconmensurable. Aunque sea efímera.

Y si el precio que hay que pagar por unas décadas más de lujuria impune y desfachatada ante los ojos de los moribundos es el planeta y todo cuanto en él habita, que así sea.

Después de mí el diluvio, dice el refrán popular.

Por eso ya la Agencia Espacial tiene un sueño, un gran plan.

Y se llama nada menos que "The Vision" (la visión): ya que la vida en la Tierra está irremediablemente condenada, entonces, hacia 2070, las astronaves darán la espalda al Sol y pondrán proa a Marte, para lanzarse a su colonización.

¡Qué visión más tétrica, qué triste!

¿Por qué estudiar mil ingeniosos mecanismos para convertir la orina de los astronautas en agua potable para una larga travesía en la oscuridad del cosmos, si es tan bello beber el agua que fluye y brilla bajo el sol de este Planeta pródigo y maravilloso?

Pero ciega es la lógica del lucro, y es ésta una visión propia de ciegos.

Ken Wilber desde la psicología transpersonal explica que esta empresa imposible de guerras y conquistas, de acumulación desenfrenada, no es sino el modo en que en instancias primitivas del desarrollo de la conciencia humana se busca evitar la muerte, una alocada carrera para evitar la desaparición del yo naciente, llamada "Proyecto Atman". Si yo crezco, soy poderoso, conquisto, triunfo, si el que muere eres tú, entonces habré ahuyentado a la muerte.

Pues el Proyecto Atman ahora se llama "The Vision".

Pero, claro está, The Vision jamás evitará la muerte de lo que debe morir, aunque puede privar de vida lo que sí puede vivir: la vida en este planeta y la vida futura de sus promotores.

La alternativa es sencilla, antigua, eterna: amar al vecino, amarte a vos mismo. Amarte Vida, amarte Tierra.
Pero ellos dicen: no.

A Marte.

¿Y qué decimos nosotros?

Nosotros somos la Humanidad, y creemos que hay una utopía realizable, un inédito viable, un sueño, el Sueño de profetas y visionarios de todos los tiempos y culturas, que puede advenir.

Somos millones y millones de pueblos, comunidades, familias, organizaciones sin ánimo de lucro.