La obsesión por el crecimiento

Jorge Crosa - Dominio Público

Crecer es un concepto que se incorpora a nuestra vida desde muy temprano y casi siempre lo hace teñido de un tono esencialmente estimulante, alentador.

Con frecuencia desarrollo es usado en el habla cotidiana como sinónimo de crecimiento. También aquel está más vinculado a lo bueno que a lo malo. Aunque se dice, por ejemplo, que un individuo “desarrolló un cáncer”, en el uso más frecuente se suele emplear para destacar un avance, algo que mejora mientras crece.

La historia humana de Occidente puede ser vista como una historia del desarrollo de lo que el marxismo denominó “fuerzas productivas”.  De hecho, el comienzo de ese enfoque de la historia, la historia social como disciplina, se produjo cuando el capitalismo se expandió decisivamente, en la segunda mitad del siglo XIX.

El dominio y estímulo de esas “fuerzas productivas” pasaron a constituir el núcleo alrededor del cual se estructuraron los países, con relativa independencia de sus formas de organización social,  de sus estructuras de clases, de sus vínculos de dependencia o dominación con respecto a otros, de los fines ideológicos y políticos declarados por sus dirigentes de cada momento.

El crecimiento económico, el desarrollo, acabaron siendo el elemento esencial justificador de cualquier política. Y aquí están, llegados hace tiempo, instituidos como dogma irrevocable.

Para entender más profundamente un asunto como el crecimiento es necesario tomar distancia de uno mismo. Es imprescindible pensar en términos de la especie de la que uno forma parte (que lleva más de 160 mil años sobre un planeta en el que hay alguna forma de vida desde hace no menos de 2500 millones), en lugar de  hacerlo como persona individual que vive normalmente menos de 100 años. La dimensión temporal del análisis, la cantidad de tiempo que forma el marco en el que se piensa y se interpreta lo que es crecer otorga diferentes significados al mismo fenómeno.

Veamos unos ejemplos sencillos. La cantidad de coches por cada 1000 habitantes que hay en España no creció en 2012, y la mayoría de la gente, los medios de comunicación, los fabricantes de coches, los trabajadores de la industria automovilística, el ministro de economía, etc. vieron esto como algo desalentador y negativo. Ahora bien, si miramos lo que ha pasado en los últimos 25 años a este respecto, comprobamos que —a pesar de lo que sucedió el año pasado— el número de coches por cada 1000 habitantes casi se duplicó en ese lapso… Y esto es muy probable que se considere bueno y alentador.

En el año 2009 el producto bruto mundial (llamemos a esto la ‘riqueza total’ generada por toda la población del mundo, para simplificar) disminuyó casi el 3% con respecto al de 2008, lo que fue visto con pesimismo. Sin embargo, si observamos cuánto ha crecido esa riqueza disponible para el conjunto de los humanos en el período que va desde 1860 a la actualidad, es decir los últimos 150 años, veremos que, aunque ha habido breves períodos de disminución, lo que ha predominado muy marcadamente en ese lapso de tiempo ha sido el crecimiento anual que ha dado como resultado que el producto bruto mundial creciera muchas decenas de veces. Y aunque también ha crecido mucho la población del planeta, el promedio de riqueza por habitante ha aumentado muchísimo. ¡Qué bueno que así haya sido!, posiblemente nos diremos…

Un hecho habitualmente ignorado es que nada puede crecer en forma ilimitada en un medio limitado. Y el ritmo de crecimiento de los bienes materiales de los pasados 150 años, galopante, desorbitado,  nos debería llevar a percibir que el medio limitado en el que vivimos —la biosfera— está cada vez más lleno, tiene su capacidad más completa.

Un aspecto fundamental a tener en cuenta es que el crecimiento siempre entraña costes y perjuicios, fenómeno que estamos desacostumbrados a advertir ante la aparición de los nuevos bienes. Para tener más objetos (ya se trate de automóviles o alimentos, instrumentos musicales o aviones, mantequilla o cañones) es inevitable consumir recursos (materias primas, energía) y producir desperdicios.

Por lo tanto, a la hora de producir para crecer es imprescindible valorar con el mayor detalle cuál es la relación beneficio-perjuicio de hacerlo. Si para producir ciertos bienes más o menos prescindibles se emplean recursos que son muy valiosos por su escasez relativa, tal vez no convenga hacerlo. Sobre todo si los recursos que se gastan son además de limitados, irrecuperables y difícilmente sustituibles, y si los desechos que se producen en el proceso de producción causan daños irreparables a la salud de los individuos y al resto del entorno natural.

Con estas reflexiones sólo queremos proponer un marco dentro del cual encuadrar algunas preguntas que no pueden ignorarse y que sí tienen respuestas, muchas de ellas inquietantes. ¿Será bueno que la economía crezca sin parar? Dicho de otra manera, ¿será bueno que modifiquemos tanto la biosfera, por ejemplo extrayendo petróleo hasta el punto actual en que ya empieza a ser escaso? ¿Explotando las riquezas pesqueras del mar al punto de hacer que algunas especies se extingan? ¿Vertiendo gases a la atmósfera en cantidades que la naturaleza no puede “digerir”?

¿Qué es “riqueza”? ¿Qué es “bienestar”? ¿Todo lo que se produce es bueno? ¿Bueno para quién?

Crece la población de todo el mundo pero, ¿hasta dónde puede llegar ese aumento sin que aparezcan conflictos entre distintos grupos?

Hay colectividades humanas que aspiran a tener una vida más “humana” de la que tienen en la actualidad. Sabemos que hay en la actualidad mucha gente en el planeta que come poco y mal, carece de agua potable y de servicios médicos. Que tiene una vida precaria y más breve. ¿Es posible que los bienes a disposición de esa gente aumenten cuanto sea necesario para que ellos puedan subsanar sus carencias básicas? ¿Cómo habría que repartir el crecimiento entre los países y grupos sociales pobres y ricos si no se puede lograr que todos tengamos “todo lo que queremos” en las cantidades que queremos?

Miremos un poco más allá de la punta de nuestras narices. Los seres humanos no somos más que un grupo grande de seres que viven en un lugar que no es de nuestra propiedad. La capacidad transformadora de la realidad que hemos alcanzado como especie pone en riesgo lo que consideramos naturalmente como nuestro hogar.

¿No seremos mejores humanos si somos capaces de hacernos cargo de los inconvenientes a los que nos lleva querer siempre más de todo? Pensemos también que, aunque no nos importe mucho ser un mejor ser humano, tal vez nos convenga “no escupir al cielo” para no resultar afectados…

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