Decrecimiento y cooperación internacional


“Un hombre sabio dijo una vez que es pecado todo lo que es innecesario.

Si es así, nuestra entera civilización, de principio a fin,
está erigida sobre el pecado.”

Andrei Tarkovsky – Sacrificio

Ya arraigadas en países como Francia o Italia, las propuestas del decrecimiento aún son poco conocidas entre los movimientos sociales catalanes y españoles. Tampoco han influido todavía en las reflexiones en el ámbito de la cooperación internacional. El artículo intenta presentar una introducción al decrecimiento así como aportar algunas reflexiones acerca de cómo puede afectar a las relaciones Norte-Sur y a la cooperación internacional.

Para ello, una primera parte presenta una descripción aproximada de lo que es el decrecimiento. Aborda las aportaciones del economista Georgescu-Roegen, el principal antecedente teórico del decrecimiento; describe las principales características actuales del decrecimiento, tanto como corriente de pensamiento, cuanto como movimiento social; y recoge algunas de sus propuestas más significativas.

En cuanto a la segunda parte del artículo, aplica las principales conclusiones del decrecimiento a las relaciones Norte-Sur y a la cooperación internacional. Así, se analiza el papel de los países del Norte y de las élites del Sur como principales responsables del sostenimiento de un modelo de crecimiento y consumo que desborda las capacidades de carga del planeta, condenándonos a su degradación progresiva. Mientras, la mayoría de la población de los países del Sur es la principal afectada por el agotamiento irreversible de materia y energía provocado por el crecimiento y se convierte en acreedora de una deuda de crecimiento generada por los países del Norte.

En este sentido, el decrecimiento nos llevaría a cambiar la manera de conceptualizar la cooperación, pasando de entenderla como un mecanismo de transferencia de recursos y asistencia técnica de Norte a Sur, a concebirla como la colaboración para la puesta en práctica del decrecimiento en el Norte así como de los mecanismos de compensación y devolución de la deuda de crecimiento.

1. ¿Qué es el decrecimiento?

1.1. Nicholas Georgescu-Roegen

El decrecimiento, es decir, la necesidad de salir del modelo económico actual y romper con la lógica de crecimiento continuo, se impone progresivamente como una solución ante la crisis ecológica y social que enfrenta la humanidad. Lo asumen como lema sectores cada día más amplios, tanto en el ámbito teórico como entre los movimientos sociales, que impulsan el cambio y la ruptura con el modelo económico dominante que rige nuestras vidas.

¿Pero de dónde viene el decrecimiento? La noción surge fundamentalmente del trabajo teórico de Nicholas Georgescu-Roegen, uno de los economistas más importantes e influyentes del siglo XX. De origen rumano, ha sido profesor de economía en EEUU gran parte de su vida. Su obra, escrita esencialmente en las décadas de los 60 y 70 en lo que se refiere a los temas que dan origen al decrecimiento, constituye una crítica radical a la economía ortodoxa así como una tentativa de renovar y trascender la disciplina mediante la formulación de una teoría económica alternativa: la bioeconomía.

El legado de Georgescu-Roegen es amplio y de una profunda solidez y complejidad teóricas. Sus conclusiones nos permiten defender la urgencia impostergable de desmontar nuestro modelo de crecimiento y desarrollo. Más allá del tema que ocupa el presente artículo, sus análisis revelan el carácter obsoleto de la ciencia económica. [1]

La bioeconomía no sólo surge al trascender las limitaciones y errores de la economía neoclásica, sino también del intento de articular a la economía con el resto de las ciencias naturales y sociales, incorporando los avances epistemológicos fundamentales surgidos en el seno de otras disciplinas. Es este sentido, Georgescu-Roegen echa mano sustancialmente de la física (concretamente de la termodinámica), por un lado, y de la biología, por otro.





El análisis de la física es fundamental en la crítica de Georgecu-Roegen a la economía. De hecho, sus aportes se sustentan sobre todo en el paradigma de la termodinámica. La complejidad del análisis es importante y lo que nos interesa aquí es solamente presentar de manera esquemática sus principales aportes y conclusiones. El autor fundamenta su análisis sobre todo en la segunda ley de la termodinámica: “la entropía de cualquier sistema cerrado aumenta con el tiempo de manera irrevocable e irreversible” [2] . El considerar que la segunda ley de la termodinámica es un caso único en las ciencias naturales ya que su origen no es físico sino antropomórfico, nos ayuda a entender de manera más sencilla su segunda ley traduciéndola desde la perspectiva de las necesidades humanas. La energía existe bajo dos formas cualitativas: energía disponible para la humanidad, que puede utilizar para sus exigencias (energía con alto nivel diferencial) y energía no disponible, aquella que la humanidad no puede utilizar de ninguna manera (energía caóticamente disipada). La segunda ley de la termodinámica, o ley de entropía, implica que la energía se degrada constante e irrevocablemente hacia un estado no disponible. [3] Así, lo que aumenta irremediablemente, la entropía, se entiende como la cantidad de energía no disponible existente.

Pero Georgescu-Roegen va un paso más allá. Observa que la termodinámica estudia solamente la energía, descuidando la materia, aunque ésta constituya el soporte de toda conversión energética. El autor amplía el campo de análisis y las conclusiones de la termodinámica enseñándonos que la materia también está sujeta a una degradación irrevocable. Así, formula una cuarta ley de la termodinámica: la materia disponible se degrada sin interrupción e irreversiblemente en materia no disponible. [4]

Este punto es de particular importancia para la humanidad, ya que la tierra constituye un sistema cerrado justamente desde la perspectiva de la materia: el planeta solamente intercambia energía con su ambiente (luz solar) mientras constituye un sistema cerrado en cuanto a materia.

Lo que nos interesa aquí es dejar claro el escenario que dejan para la especie humana las conclusiones de Georgescu-Roegen: la humanidad, al igual que cualquier otra forma de vida, se enfrenta a una dependencia absoluta de energía y materia que se degradan irrevocablemente.

Ante este horizonte, el único factor que permanece incierto es el factor tiempo. Sabemos que la materia y la energía se degradan pero no sabemos cuándo. En este sentido, este elemento constituye otro rasgo característico de la segunda ley de la termodinámica: no sólo es la única ley antropomórfica de las ciencias naturales, sino también la única que no está ligada al tiempo cronológico. El cuándo depende de nosotros. Los organismos vivos aceleran la degradación entrópica y nuestro modelo de crecimiento es el campeón indiscutible en este proceso, constituye el camino más corto para llegar al agotamiento completo de los recursos del planeta. La segunda ley nos deja solamente una opción: reducir drásticamente nuestro consumo de energía y materia hasta respetar los límites de la biosfera.

Merece la pena aquí mencionar brevemente el análisis de Georgescu-Roegen acerca del reciclaje, instrumento que se impone en el imaginario colectivo como la solución para superar la escasez de recursos. Sus reflexiones sobre la materia desde la termodinámica permiten desvelar que “no existe un reciclaje gratuito, así como tampoco existe una industria sin residuos.” (Georgescu-Roegen 2003a: 89, traducción propia). En un sistema cerrado como la tierra, la materia utilizable disminuye constantemente. Reciclar de forma completa en este contexto es imposible. Sólo se puede reciclar materia aún disponible existente en forma que no nos es útil (papel usado, cristales rotos, piezas industriales en desuso, etc.). En cambio, no podemos reciclar la materia disipada que se ha perdido irremediablemente. Además, no hay que olvidar que el proceso de reciclaje en sí contribuye a disipar materia añadida. En resumen, a la luz de la ley de entropía, el coste de cualquier actividad es siempre mayor que el producto y toda actividad económica tiene como resultado irremediable un déficit. El reciclaje no escapa a esta situación: cualquier proceso de reciclaje provee menos materia que la que contienen los residuos y provoca en sí mismo nueva contaminación. [5]

Otro factor que goza de una popularidad especial al enfrentar la escasez es la tecnología. El progreso tecnológico nos permitirá producir lo mismo gracias a cada vez menos materia y energía. Nos permitirá en definitiva trascender los límites físicos de la biosfera. La tecnología adquiere así en el discurso científico y político un carácter verdaderamente mágico siendo muy atractiva y eficaz para enfrentar los miedos ante el futuro. Tal como el mago esposado consigue salirse de una caja herméticamente cerrada llena de agua antes de ahogarse, la tecnología sería capaz de “escapar” a la segunda ley de la termodinámica. Desgraciadamente, la termodinámica y Georgescu-Roegen rompen la ilusión y nos enseñan que la máquina perfecta no existe, que la tecnología siempre incrementa la entropía, degradando cada vez mayores cantidades de materia y energía. Lo único que aporta el progreso tecnológico es una mayor eficiencia, pero es incapaz de desviarnos del camino irrevocable hacia el desgaste de los recursos.

Georgescu-Roegen sitúa así a la escasez en el centro de la economía. “La raíz de la escasez económica y, por consiguiente, también del valor económico, se encuentra en la degradación entrópica de la energía y de la materia a granel.” (Georgescu-Roegen 1997: 243). Nuestra sociedad y modelo económico se sustentan en el desgaste de energía y materia finitas e irrecuperables.

La termodinámica permite al autor ilustrar la verdadera naturaleza de la actividad económica. Si no podemos crear ni destruir energía, ¿qué hace el proceso económico? ¿Cómo podemos “producir” algo material si nos es imposible crear materia o energía? Es evidente que a la salida del proceso económico sólo puede haber una diferencia de carácter cualitativo. Georgescu-Roegen nos enseña que, en última instancia, lo que entra en el proceso económico son recursos naturales preciosos y lo que sale residuos sin valor, “lo que el proceso económico hace es transformar materia valiosa y energía en residuos” (Georgescu-Roegen 1975: 98).

En definitiva, la termodinámica ilustra la insostenibilidad ecológica de la economía neoclásica y de nuestro modelo de desarrollo, así como el carácter ilusorio de un crecimiento ilimitado.

Tal y como hemos mencionado anteriormente, la otra disciplina en la que se sustenta Georgescu-Roegen para desmontar la economía neoclásica es la biología. El propósito del autor es reubicar el proceso económico en la dinámica general de la evolución de la especie. La principal enseñanza en ese ámbito es relativa al carácter irreversible de la evolución.

El paradigma mecanicista y la teoría económica ortodoxa están fundamentados en la completa reversibilidad de sus procesos de un estado de equilibrio a otro. Así, de acuerdo a las teorías económicas, las cosas pueden volver a ser lo que eran: oferta y demanda, por ejemplo, se ajustan hasta volver al equilibrio. La economía concibe el proceso económico como un flujo circular en un sistema cerrado y autosuficiente.

La incorporación del paradigma evolutivo de la biología en la economía, permite a Georgescu-Roegen ilustrar cómo la evolución económica, al igual que la evolución biológica, es irreversible, a diferencia de lo que plantean los modelos de la teoría económica.

Aunque para el autor no se trata sólo de incorporar las lecciones de la disciplina, sino que concibe el proceso económico como una superación evolutiva de la biología, una extensión del proceso biológico que caracteriza a la especie humana y sustenta su existencia.

Para desarrollar sus ideas, sigue el análisis del biólogo Alfred Lotka y distingue entre órganos endosomáticos (los órganos biológicos que la especie humana posee desde el nacimiento) y órganos exosomáticos (órganos separados del cuerpo, que no forman parte de la herencia genética, sino que el hombre produce para utilizarlos). La singularidad de la especie humana radicaría según Georgescu-Roegen en la capacidad de trascender la evolución endosomática y emprender el camino de la evolución exosomática.

Sin embargo, esta evolución enfrenta a la especie humana a dos dificultades mayores. La primera dificultad es la dependencia del ser humano de los órganos exosomáticos que produce. Esta dependencia se convierte en un grave problema a partir del momento en que se agotan la energía y la materia necesarias para producirlos. En este sentido, hemos pasado de depender del flujo de radiación solar como el resto de las especies, a depender de un stock finito de recursos presentes en la corteza terrestre. “El problema es que el stock de energía y materia terrestre accesible es necesariamente finito. Por otro lado, la termodinámica (…) nos enseña que la materia-energía disponible se degrada continuamente y de manera irreversible en “residuos”, una forma de materia-energía inútil desde el punto de vista de los usos humanos. (…) La actividad industrial en la que está empleada gran parte de la humanidad acelera cada vez más el agotamiento de los recursos terrestres, hasta llegar inevitablemente a la crisis. Antes o después, el “crecimiento”, la gran obsesión de los economistas estándar y marxistas, tiene que acabar. La única pregunta abierta es “cuándo”.” (Georgescu-Roegen 2003b: 116-117; traducción propia).

La segunda dificultad que genera la evolución exosomática para la humanidad es el conflicto social. Para Georgescu-Roegen el exosomatismo está en el origen del proceso económico. “Como los órganos exosomáticos ofrecen ventajas únicas a sus usuarios y también son separables, empezaron a intercambiarse y a producirse para el comercio. La producción para el comercio desembocó finalmente en grandes organizaciones sociales.” (Georgescu-Roegen 1997: 248). La producción social jerarquizada de los órganos exosomáticos produce la división entre trabajo productivo e improductivo, entre gobernados y gobernantes. La desigualdad en la distribución de la producción genera el conflicto social que caracteriza a nuestras sociedades.

En definitiva, el paradigma evolutivo de la biología permite ilustrar no sólo la insostenibilidad ecológica de la economía, sino también su insostenibilidad social.

En este sentido, el objetivo último de Georgescu-Roegen al desarrollar la bioeconomía es formular una ciencia económica ecológica y socialmente sostenible. Una ciencia que ponga el proceso económico en el sitio que siempre tendría que haber sido el suyo, entendiéndolo como un subsistema de la biosfera, respetuoso de las leyes y límites físicos de esta última.

El cambio del rumbo marcado por la economía se vuelve dramáticamente urgente ya que la sociedad industrial ha convertido a la especie humana en dependiente del consumo de recursos escasos que se van agotando irrevocablemente. Si el agotamiento de los recursos es inevitable, su ritmo depende del ritmo de consumo de la humanidad. Cuanto más desarrollo económico y crecimiento, más rápido el agotamiento. Esta situación no afecta sólo a nuestro modelo industrial, sino también nuestro sistema agrícola. Así, la agricultura mecanizada y agroquímica moderna han significado pasar de un sistema de producción de alimentos tradicional dependiente de las radiaciones solares (un flujo de energía virtualmente infinito a escala humana) a un sistema basado en la explotación de un stock de recursos finitos. Al sustituir la tracción animal por tractores, el abono natural por agroquímicos y fertilizantes, el autoconsumo y los mercados locales por sistemas de transporte internacionales de alimentos, etc., nuestro modelo de producción alimentaria ha pasado a depender del petróleo en todos sus componentes, y no puede mantenerse de ninguna manera mediante el flujo solar. Además, Georgescu-Roegen apunta a un riesgo de no retorno en esta evolución: ¿qué pasará si las especies animales y vegetales ligadas al método tradicional desaparecen? Si cuando acabe el petróleo no tenemos semillas o animales adaptados al sistema tradicional sostenible puede que no haya vuelta atrás. En última instancia, para Georgescu-Roegen la población mundial tendría que ajustarse a las posibilidades de alimentación proporcionadas por la agricultura orgánica.

Cuando se acabe el “stock terrestre de baja entropía” (en particular modo el petróleo) la fase industrial de la especie humana habrá terminado. Lo que pase después es un enigma. Ante la amenaza para la supervivencia, no parece probable una vuelta al pasado, a una nueva era de la madera o a un estado de cazadores/recolectores. Recordemos que los procesos evolutivos son irreversibles. Probablemente el flujo solar sea la energía del futuro, pero no para mantener el modelo de producción agrícola e industrial que conocemos hoy: “El sol es la verdadera fuente de energía del futuro, pero no para las formas de uso a las que están acostumbradas las sociedades industriales, no para la cantidad de energía que las sociedades industriales piden para que avancen sus automóviles, para que funcionen las neveras y las lavadoras, para que vuelen aviones supersónicos y para construir rascacielos. (…) Las reglas de la bioeconomía explican que es necesario hacer cuentas con los grandes procesos fotosintéticos, con las materias forestales y agrícolas que la naturaleza “fabrica” continuamente y que tienen que ser recogidos a una velocidad conforme a aquella mediante la cual son puestos a disposición por los ciclos biológicos naturales. En muchas páginas Georgescu-Roegen revela su conocimiento y atención hacia una economía sustentada en los ciclos de la agricultura y de los bosques, descentralizada y difusa en el territorio, en la que los flujos de bienes materiales humanos – en entrada y a la salida como residuos – intentan acordarse con los grandes ciclos biológicos.” (Nebbia 1998: 16; traducción propia).

En conclusión, nunca debemos perder de vista que toda actividad económica comporta una degradación irrevocable de materia y energía y que cualquier bien o servicio siempre se realiza en detrimento de oportunidades para las generaciones futuras. Para decirlo parafraseando a Georgescu-Roegen: “todas las veces que producimos un Cadillac lo hacemos al precio de la disminución de vidas humanas en el futuro.” (Georgescu-Roegen 2003a: 92; traducción propia).

Por ello, el objetivo primordial de la economía, el crecimiento económico ilimitado, tiene que ser descartado al ser contradictorio con las leyes fundamentales de la naturaleza.



1.2. El decrecimiento: entre teoría y práctica

Desde hace algunos años, estamos asistiendo a una multiplicación tanto de los análisis teóricos como de la puesta en marcha de iniciativas concretas alrededor del decrecimiento. Éste no constituye un concepto o un programa definido para la construcción de alternativas a las sociedades de crecimiento. Se trata más bien de un lema aglutinador frente a la imposibilidad del crecimiento y a la insostenibilidad de nuestro modelo de desarrollo.

Las ideas y las iniciativas del decrecimiento no son necesariamente nuevas. A veces, ni siquiera se adscriben explícitamente a esa corriente. Aún así, podemos observar el incremento y la paulatina convergencia de aportaciones teóricas y de experiencias prácticas alrededor del decrecimiento. ¿A qué se debe su éxito? ¿Por qué suscita un interés creciente precisamente ahora? Seguramente influya el carácter cada vez más visible de las crisis que afectan a nuestro modelo de desarrollo. La crisis social se traduce en un incremento sin precedentes de las desigualdades, tanto entre países como entre clases en el seno de cada país. Y la crisis ecológica, con manifestaciones diversas que ilustran que nuestro modelo ha desbordado su techo ecológico, desde el cambio climático hasta el fin anunciado del petróleo o el agotamiento y la extinción crecientes de recursos y especies. Probablemente también influya la desafección y la crisis que atraviesan las teorías críticas tradicionales de cambio social, gravemente afectadas por el pensamiento único y el triunfo de la ideología neoliberal en todos los ámbitos de la vida. En este sentido, el decrecimiento aporta aire fresco y nuevas energías para la disidencia y la construcción de alternativas, tanto en el ámbito teórico como para el activismo social.

Si analizamos el decrecimiento desde un punto de vista teórico, desde sus orígenes hasta la situación actual, observamos que Georgescu-Roegen no es el único antecedente teórico existente. El decrecimiento constituye una corriente de pensamiento con orígenes muy diversos y procedentes de distintas disciplinas. Fundamentalmente, se nutre de la crítica social y ecológica a la economía (y por extensión al desarrollo y al crecimiento). Aunque también incorpora aportes desde la economía, la filosofía, la biología y otras disciplinas. Los precursores y antecedentes teóricos han sido muchos y han contribuido muy diversamente a la definición de la corriente, así que sería difícil intentar presentar una lista exhaustiva de autores que han influido en su desarrollo (Ivan Illich, Jacques Grinevald, Karl Polanyi, Marcel Mauss, Jacques Ellul, Edgar Morin, Gilbert Rist, Cornelius Castoriadis, y un largo etcétera). También es deudora de numerosos análisis feministas y de reflexiones procedentes de los países del Sur.

Considerando las distintas contribuciones, Georgescu-Roegen mantiene una posición especial como precursor del decrecimiento. Sus análisis constituyen una base teórica de una fuerza y calidad muy relevantes para la corriente de pensamiento que está emergiendo. Es el primero que presenta el decrecimiento como una conclusión inevitable surgida de las leyes fundamentales de la naturaleza. Su pensamiento constituye también una de las críticas más radicales que se hayan realizado nunca a la ciencia económica, ya que pone en entredicho el paradigma fundamental que la sustenta.

Siguiendo la estela de Gerogescu-Roegen y de los otros precursores, las aportaciones teóricas se han multiplicado en estos últimos años, dando cuerpo a un discurso cada vez más sólido y articulado alrededor de la propuesta. El desarrollo teórico reciente del decrecimiento se ha dado sobre todo en Francia impulsado por diversos autores (Serge Latouche, Vincent Cheynet, François Schneider, Paul Ariés, etc.). Los debates se han cristalizado en la convención organizada por la asociación Ligne d’Horizon en París en el año 2002 (“Deshacer el desarrollo, rehacer el mundo”) y la de 2003 impulsada por grupos ecologistas en Lyon (“Decrecimiento sostenible”), ambas con gran éxito de público. En la difusión de la propuesta han jugado un papel importante diversas revistas así como la editorial Parangon. Cabe destacar la revista ecologista Silence (ya en 1993 dedicó un monográfico al decrecimiento y a Georgescu-Roegen a cargo de Jacques Grinevald y en 2002 otro monográfico a cargo de Vincent Cheynet, que agotó diversas ediciones); la revista Casseurs de Pub (animada por una asociación de crítica al consumismo y a la cultura publicitaria); y La Décroissance (un semanal que ha alcanzado una tirada de más de 50 mil ejemplares en Francia y otros países francófonos – Bélgica, Canadá, Luxemburgo, etc.). En el año 2003 el libro Objectif décroissance abre el camino para la publicación de diversos volúmenes de amplia difusión. El mismo año se crea el Institut d’études économiques pour la décroissance soutenable (www.decroissance.org), uno de los principales actores de difusión de las ideas del decrecimiento en Francia.

Siguiendo el impulso francés, el decrecimiento también adquiere importancia en Italia donde cabe destacar el papel de Mauro Bonaiuti (por citar sólo uno de los autores más influyentes y que más han trabajado para la difusión de la obra de Georgescu-Roegen en el país). La editorial Bollati Boringhieri ha sido importante para la difusión de los principales antecedentes teóricos. Promueve la difusión del movimiento la Rete per la decrescita (www.decrescita.it) que ha lanzado en el 2005 la revista La Decrescita. En el 2004 se ha publicado el libro Obiettivo Decrescita, recogiendo el ejemplo y los aportes franceses. El libro se ha reeditado en diversas ocasiones, incorporando las contribuciones teóricas italianas. También ha facilitado la difusión del decrecimiento el semanal Carta, una revista editada por una cooperativa independiente que constituye un referente de primera importancia para los movimientos sociales críticos italianos. La corriente de pensamiento del decrecimiento ha ido madurando también en otros países. Impulsada por ejemplo en ámbitos de investigación afines como la economía ecológica (que sigue la estela de la bioeconomía de Georgescu-Roegen) o la ecología política. Sin embargo, es incuestionable el papel fundamental jugado por las iniciativas franceses, bajo cuyo impulso el movimiento ha podido consolidarse también en países como Italia u otros.

Pero el decrecimiento no es y no ha sido solamente teoría. Paralelamente al desarrollo de la corriente de pensamiento, se han multiplicado iniciativas sociales de difusión y puesta en práctica de sus ideas así como de crítica y denuncia de la insostenibilidad de nuestro modelo de crecimiento. Los movimientos sociales han desarrollado experiencias muy diversas al respecto, desde la puesta en marcha de alternativas a la economía tradicional (cooperativas de consumo, agroecología, etc.) pasando por la crítica al modelo de consumo y publicidad, hasta la promoción de cambios en los estilos de vida personales. Es imposible citar todas las iniciativas y además muchas experiencias que se inscriben en la búsqueda por llevar a la práctica el decrecimiento no se reconocen ni presentan de esta manera.

Siguiendo las experiencias prácticas también por países, vemos desarrollarse en Francia la Red de objetores de crecimiento con grupos diseminados por todo el país; marchas multitudinarias para el decrecimiento; los SEL (sistemas de intercambio locales); y hasta la aparición de un partido político para el decrecimiento (una iniciativa fuertemente cuestionada por parte del movimiento). En Italia, a parte de la Rete per la decrescita ya mencionada, el movimiento se articula alrededor de una gran diversidad de experiencias reunidas bajo el paraguas de las RES (redes locales de economía solidaria). En un ámbito más centrado en la promoción de cambios en el ámbito personal, tenemos experiencias de Simplicidad Voluntaria, movimiento particularmente fuerte en Canadá y EEUU. En cuanto a España y Cataluña, cabe destacar el auge muy importante de cooperativas de consumidores críticos y de productos agroecológicos en todo el territorio, que intentan salirse de las redes de producción y distribución capitalistas de los alimentos, así como la aparición reciente de grupos organizados alrededor del activismo para la promoción del decrecimiento, tal y como la Entesa pel decreixement en Cataluña (www.decreixement.net).

De manera general, los diferentes esfuerzos en todos los países para construir una economía solidaria (comercio justo, banca ética, consumo crítico, cooperativas de consumidores, agricultura agroecológica, etc.) constituyen experiencias útiles para la definición de alternativas al crecimiento. Aunque no en su totalidad, encontramos en estos ámbitos iniciativas que intentan situar a las personas, sus necesidades, sus relaciones y su entorno en el centro de las actividades económicas, rechazando el objetivo del crecimiento por el crecimiento y superando la valoración exclusivamente monetaria de productos y servicios, al incorporar criterios de sostenibilidad social y ecológica.

En definitiva, al intentar asir el movimiento para el decrecimiento, es difícil establecer fronteras claras entre teoría y práctica, elemento que constituye una fortaleza y facilita la difusión del mismo, al ser genuinamente crítico y militante. “Evidentemente, el diálogo entre teoría y prácticas tiene que seguir y profundizarse de modo tal que, como esperamos, el decrecimiento pueda llegar a convertirse en un horizonte interpretativo largamente compartido en el ámbito de las alternativas al capitalismo global.” (Bonaiuti 2005: 6; traducción propia).

1.3. Los caminos del decrecimiento

Antes de analizar las propuestas del decrecimiento, queremos abordar nuevamente el tema del progreso tecnológico y sus límites. Por un lado, porque la fe ciega en la ciencia para resolver las crisis ecológicas constituye un pilar fundamental de las sociedades del crecimiento. Por otro lado, porque la ideología del progreso tecnológico es uno de los mayores obstáculos para la difusión de las ideas y propuestas del decrecimiento. Constituye el principal argumento del neoliberalismo ante el decrecimiento. De hecho, ni siquiera se considera que merezca la pena debatirlo: el progreso tecnológico borra de un plumazo el discurso del decrecimiento.

Desde este punto de vista, nace el concepto de desarrollo sostenible, verdadera piedra filosofal que permite conciliar la insostenibilidad de nuestro modelo de consumo con la conservación del medio ambiente. Aún más, el progreso tecnológico nos abriría el camino hacia la desmaterialización de nuestras economías, donde sectores como las telecomunicaciones darían cuerpo a tejidos productivos cada vez menos dependientes de materia y energía (la fabulosa “new economy”).

Este mito se construye sobre la idea de la economía neoclásica de que recursos naturales y capital (y trabajo) son perfectamente sustituibles. Ya hemos visto cómo Georgescu-Roegen nos ha mostrado que esa afirmación contradice las leyes de la termodinámica. Para decirlo en los términos de Mauro Bonaiuti, la ciencia económica quiere hacernos creer que se pueden hacer más pizzas con menos harina, simplemente haciendo un horno más grande (o utilizando más cocineros).

La realidad desmiente rotundamente esas creencias. Los ejemplos de incrementos de consumo de materia y energía vinculados a la mejora de la eficiencia y al progreso tecnológico son incontables: medios de transporte más modernos y eficientes incrementan las distancias recorridas; el desarrollo de la electrónica crea un sinfín de nuevos productos de consumo de masa; la eficiencia energética dispara el consumo de energía; etc.

Aunque se pueda discutir caso por caso el impacto en el consumo de recursos por unidad de producto, lo que aparece de una manera clarísima es el incremento del consumo en términos absolutos. Las economías más eficientes, más avanzadas tecnológicamente, son las que gastan más materia y energía per cápita y esta evolución sigue una recta ascendente. Así, a pesar de que los países industrializados han ido disminuyendo el consumo de muchos recursos utilizados por unidad de producto fabricado, en términos absolutos sigue incrementando, demostrando que las nuevas tecnologías no son sustitutivas sino complementarias a las tecnologías tradicionales. Además, las nuevas tecnologías también dependen de flujos continuados de recursos naturales. Un ejemplo recurrente en los textos sobre decrecimiento: ¿cuánto capital natural necesita la producción y el mantenimiento de un ingeniero electrónico?

El decrecimiento explica esta situación por medio del llamado efecto rebote que puede definirse como el “incremento del consumo vinculado a la reducción de los limites impuestos a la utilización de una tecnología, pudiendo tratarse de límites monetarios, temporales, sociales, físicos, ligados al esfuerzo, al peligro, a la organización…” (Schneider 2003: 45; traducción propia).

El efecto rebote no sólo desmonta el pretendido papel de la eficacia económica en la resolución de problemas ambientales, sino que ilustra también cómo la eficiencia y el progreso tecnológico están estrechamente vinculados al incremento del consumo de materia y energía. En definitiva, la fe en la técnica y la búsqueda de la eficiencia nos llevan al agotamiento del planeta (sin mencionar el efecto añadido que tienen sobre el incremento de las desigualdades socioeconómicas).

Por supuesto, el efecto rebote no implica descartar las mejoras en la eficiencia y el papel de la tecnología en la reducción del impacto ambiental. El problema es que el progreso tecnológico obedece al objetivo de sobrepasar los límites al consumo, en lugar de responder a la búsqueda de la sostenibilidad ecológica y social. El incremento del consumo de recursos va directamente asociado al incremento del PIB (sea éste de la “new economy” o de actividades industriales tradicionales…).

Mientras no salgamos del paradigma económico dominante, desarrollo y sostenibilidad seguirán siendo incompatibles. El progreso técnico y la mejora de la eficiencia no sirven para nada si no reducimos el consumo y no salimos del modelo de crecimiento.

Éste es precisamente el camino del decrecimiento. Su horizonte, la sostenibilidad ambiental y la justicia social, no precisa de una respuesta técnica sino política. Y no sólo política sino de cambios profundos en el ámbito filosófico y cultural de nuestras sociedades. Sin embargo, el decrecimiento no es una receta, un programa cerrado. Como explica Serge Latouche, es una necesidad, no es un ideal en sí ni puede ser el único objetivo de las sociedades que salgan de la ideología del crecimiento.

“Lo que nos enseñan las leyes de la termodinámica, y en particular modo la entropía, es que el decrecimiento de la producción es inevitable en términos físicos. Esto no significa, y no tiene que inducir a creer, que implique necesariamente una reducción de la producción en términos de valor ni, mucho menos, de felicidad de las personas.” (Bonaiuti 2003: 41; traducción propia).

Así como para el crecimiento no todo tiene que crecer, para el decrecimiento no todo tiene que decrecer. Lo que tiene que disminuir es el consumo de materia y energía, es decir, principalmente el PIB. Eso nos lleva a la valoración en los ámbitos de la producción. ¿Qué hay que producir? ¿Por qué? ¿Para qué? El decrecimiento defiende el rechazo a la valoración estrictamente económica y monetaria que domina nuestras sociedades.

El valor económico no puede ser el único y su omnipotencia en la ideología del crecimiento lleva a la mercantilización de las personas y de la naturaleza. El crecimiento, el PIB, mide exclusivamente la producción de bienes y servicios (allí entra todo, desde la producción de un coche hasta los gastos necesarios para cubrir los costes médicos vinculados a los accidentes de tráfico o las actividades económicas asociadas a paliar los efectos de la contaminación del parque automovilístico). El PIB, el crecimiento, en cambio, es incapaz de medir y valorar la justicia social o la conservación de la naturaleza.

El reto del decrecimiento es aprender a producir valor y felicidad reduciendo progresivamente la utilización de materia y energía. Así, no se trata de una receta, sino más bien de un conjunto de pistas, de caminos posibles para superar todas estas contradicciones. Más que construir una sociedad alternativa concreta, el decrecimiento implica desaprender, desprenderse de un modo de vida equivocado, incompatible con el planeta. Se trata de buscar nuevas formas de socialización, de organización social y económica.

Posibles caminos que Serge Latouche, inspirándose de la propuesta de Osvaldo Pieroni en el Forum alternativo de Río en 1992, intenta resumir de manera gráfica y parcialmente en su programa de las 8 R: Revaluar (revisar nuestros valores: cooperación vs competencia, altruismo vs egoísmo, etc.); Recontextualizar (modificar nuestras formas de conceptualizar la realidad, evidenciando la construcción social de la pobreza, de la escasez, etc.); Reestructurar (adaptar las estructuras económicas y productivas al cambio de valores); Relocalizar (sustentar la producción y el consumo esencialmente a escala local); Redistribuir (el acceso a recursos naturales y las riquezas); Reducir (limitar el consumo a la capacidad de carga de la biosfera); Reutilizar (contra el consumismo, tender hacia bienes durables y a su reparación y conservación); Reciclar (en todas nuestras actividades).

No hay que perder de vista que actualmente es prácticamente imposible hacer una lista exhaustiva de los posibles caminos y alternativas que definen al decrecimiento. Por otro lado, existen contradicciones y discusiones, como en cualquier corriente de pensamiento viva y en constante elaboración.

Los posibles caminos del decrecimiento pasan por estrategias y elementos tan diversos como la relocalización de la economía y la producción a escala local y sostenible; la agricultura agroecológica; la desindustrialización; el fin de nuestro modelo de transporte (automóvil, aviones, etc.); el fin del consumismo y de la publicidad; la desurbanización; el salario máximo; la conservación y reutilización; la autoproducción de bienes y servicios; la reducción del tiempo de trabajo; la austeridad; los intercambios no mercantilizados; y un largo etcétera.

Por otro lado, las escalas de reflexión e intervención también son múltiples: “el movimiento a favor del decrecimiento tiene que trabajar en la articulación de tres niveles de resistencia: el nivel de resistencia individual, la simplicidad voluntaria; el nivel de las alternativas colectivas, que permiten inventar otras formas de vida para generalizarlas; el nivel político, es decir él de los debates y de las decisiones colectivas fundamentales en la definición de la sociedad.” (Aries 2005: 1, traducción propia).

Para nuestros propósitos, sólo vamos a tratar algunos aspectos específicos, recordando que en ningún caso se busca abarcar el conjunto del espectro de propuestas del decrecimiento.

Conservación

Un elemento básico de los caminos del decrecimiento es poner la conservación de la biosfera y el respeto de los grandes equilibrios ecológicos como principios rectores que moldeen todo sistema productivo y social. Poner en práctica la conservación, es la respuesta prioritaria que Georgescu-Roegen plantea a la pregunta de qué puede hacer la humanidad ante la crisis actual. Destaca “la necesidad de reducir el consumo para reducir el agotamiento de nuestros recursos vitales al mínimo compatible con una supervivencia razonable de la especie. (...) No cabe duda de que debemos adoptar un programa de austeridad (...) Además de renunciar a todo tipo de instrumentos para matarnos los unos a los otros, también deberíamos dejar de calentar, enfriar, iluminar, correr en exceso, y así sucesivamente.” (Georgescu-Roegen 1997: 247).

En última instancia, nuestros modelos de economía y sociedad tienen que volver a respetar la capacidad de carga de la tierra y reconocerse como lo que son: subsistemas dependientes de la biosfera.

La energía

Respetar la capacidad de carga de la tierra, significa vivir de los “ingresos” naturales y no consumir el “capital” natural. Todo nuestro modelo de desarrollo se sustenta actualmente en el desgaste de recursos no renovables (a escala temporal humana). Un verdadero “crimen bioeconómico” – recogiendo la expresión de Georgescu-Roegen – que condena la supervivencia de la humanidad y de la biosfera.

Esta situación es particularmente grave en el caso de la energía. Para alcanzar la sostenibilidad ecológica, tendremos que sustentarnos en “las energías disponibles como “ingreso”, es decir: la solar, la eólica y, en parte, la biomasa (madera) y un poco de hidráulica. Esto dos últimos recursos debiendo ser compartidos con otros usos, distintos a la producción de energía. Este objetivo sólo puede alcanzarse mediante una reducción drástica de nuestro consumo energético. En una economía sana, la energía fósil desaparecería.” (Cheynet y Clémentin 2004: 2; traducción propia).

Las consecuencias del fin de la era del petróleo son impredecibles. Hay muchos autores que confían en que el fin del petróleo conllevará una “desglobalización” y el fin de la economía de crecimiento y del modelo occidental. Las perspectivas alrededor de los biocombustibles nos impiden ser tan optimistas y dejan vislumbrar el verdadero poder de la lógica capitalista. El fin del petróleo podría significar solamente otra vuelta de tuerca más hacia el abismo del crecimiento, donde el símbolo del conflicto entre alimentar a los coches y alimentar a la gente, desenmascararía una vez más la lógica criminal de la ideología del crecimiento. Lo que sí es evidente es que el aspecto energético es clave en las perspectivas futuras de agravación de las crisis ecológicas y sociales del planeta.

Los bienes relacionales

Un camino claro hacia la sostenibilidad social y ambiental pasa por promocionar la producción de lo que Mauro Bonaiuti ha llamado bienes relacionales. En “una realidad como la nuestra, desbordante de mercancías pero con graves carencias en el ámbito de los servicios públicos y sociales, sería quizás posible desplazar progresivamente el baricentro de la economía de la producción de bienes materiales a la producción de bienes sociales.” (Ravaioli 2003: 80, traducción propia). El ejemplo del Estado español en este sentido es muy ilustrativo ya que presenta el gasto público social per cápita más bajo de la UE-15. [6]

El impacto de un cambio de ese tipo en términos ecológicos es clarísimo ya que la producción social utiliza cantidades radicalmente menores de materia y energía respecto a la producción material. Desgaste muy limitado de recursos que se traduce en niveles elevados de valor y bienestar. Por otro lado, se sustenta en la actividad humana y no padece una sustitución de la misma por parte de la tecnología tal y como ocurre en las industrias tradicionales. Se trataría por lo tanto de reducir drásticamente la producción de bienes de consumo a favor de bienes durables y relacionales, superando la ceguera de la economía neoclásica al reducir el bienestar y el valor al flujo de bienes que somos capaces de consumir.

“En otras palabras, es necesario favorecer el desplazamiento de la demanda de producción de bienes tradicionales de alto impacto ambiental, a aquellos bienes para los cuales la economía solidaria o civil dispone de una ventaja comparativa específica, es decir los bienes relacionales. (…) Nunca antes ha aparecido de manera tan clara el vínculo entre sostenibilidad ecológica y sostenibilidad económico-social. La expansión de la economía solidaria, a través de la producción de bienes relacionales, no sólo crea valor económico allí dónde es posible reducir la degradación de la materia/energía, sino que constituye una vía potente para la realización de una economía justa, reequilibrando el proceso de concentración de la riqueza al que estamos asistiendo actualmente. Muchos de los bienes y servicios generalmente proporcionados por estructuras públicas o privadas podrán en un futuro ser llevadas a cabo de acuerdo a los criterios de la economía solidaria por organizaciones sin ánimo de lucro: pienso en particular en la producción agrícola y alimentaria de calidad, la producción de energía sobre una base local, la artesanía, los servicios, desde la formación hasta el turismo, sólo para citar algunos ejemplos.” (Bonaiuti 2003: pp.41-42; traducción propia).

Feminismo

La sustitución de bienes tradicionales por bienes relacionales nos lleva a acercarnos al feminismo. Para el decrecimiento, el feminismo constituye tanto un antecedente teórico de algunas de sus reflexiones como un aliado muy valioso en la defensa de sus planteamientos.

El pensamiento feminista nos ha enseñado cómo la economía dominante convierte en invisible gran parte del trabajo aportado por las mujeres. El proceso productivo no se sustenta solamente en el trabajo remunerado que permite producir bienes y servicios, sino también en el trabajo no remunerado que permite la reproducción social y de la clase trabajadora. Sin el trabajo doméstico (cocinar para alimentar a las familias, mantener su ropa y sus viviendas, etc.) y el cuidado de las personas y de sus relaciones, el sistema económico no podría perpetuarse. Sin embargo, la economía de crecimiento no lo contempla de ninguna manera. En el PIB todo este trabajo no remunerado (realizado mayoritariamente por mujeres) no queda reflejado. Esta ocultación es aún más inconcebible si consideramos que no sólo se trata de un trabajo imprescindible, sino que la reproducción social no remunerada e invisible económicamente es superior al total del trabajo remunerado (Picchio 2005: 25).

Del mismo modo que el decrecimiento evidencia cómo la economía no toma en consideración y convierte en invisible el aporte del medio ambiente (tanto respecto a su explotación como a su capacidad de absorción de los residuos generados por los procesos productivos), el feminismo muestra cómo la economía oculta el trabajo de reproducción social realizado por las mujeres. Así, la economía de crecimiento niega la existencia de la reproducción social y natural, despreciando los sustentos de la vida en el planeta.

En la economía dominante, sólo existe la producción de bienes materiales y de servicios mercantiles. El decrecimiento, junto a la economía feminista, vuelve a situar a la reproducción social y natural en primer término, abogando por una economía que respete las capacidades de regeneración de la biosfera y sustentada en la producción de bienes relacionales.

Para construir las alternativas al crecimiento, el feminismo y las mujeres tendrán que jugar un papel determinante. La construcción social del papel de las mujeres producto del patriarcado les ha asignado el rol de cuidadoras de la familia. Esta experiencia acumulada, producto de la opresión, es imprescindible para recorrer los caminos del decrecimiento. El rol social de las mujeres las hace más proclives a defender y valorar lo colectivo y la solidaridad así como el medio ambiente, base del sustento de la familia. En unas sociedades de decrecimiento, volcadas en garantizar la reproducción y la sostenibilidad natural y social, las capacidades de las mujeres y los conocimientos acumulados por el movimiento feminista serán claves para universalizar prácticas y valores hoy en día considerados femeninos.

Redistribución

Finalmente, un último aspecto que queremos resaltar de los caminos abiertos por el decrecimiento para la construcción de alternativas tiene que ver con el protagonismo de la distribución de la riqueza.

Para la economía neoclásica la distribución está supeditada a la producción. Para el decrecimiento, la distribución – tanto económica como ecológica – prima sobre la producción. No tiene sentido hablar de producción si ésta no es sostenible ecológica y socialmente. Si sobrepasamos la capacidad de carga de la biosfera el proceso productivo está destinado a acabar con la vida y con el planeta. Si la producción genera desigualdad creciente, la injusticia social convierte en insostenible cualquier sociedad.

Aunque la economía dominante no trate estas cuestiones, está claro que todo sistema económico y de producción se inserta en estructuras de poder que llevan implícitos sistemas de distribución y reglas de gestión del medio ambiente. Para evadir esta evidencia, la economía neoclásica presenta una receta mágica para alcanzar el bienestar: incrementar el tamaño de la “tarta”, es decir, crecer. Sin embargo, hemos visto que el decrecimiento invalida la receta neoclásica ya que contradice las leyes fundamentales de la naturaleza. Así, el bienestar vuelve a relacionarse con la cuestión esencialmente política de la distribución. El decrecimiento se sustenta siempre en el reparto de los recursos (naturales, bienes y servicios, etc.) de la manera más igualitaria posible, para que todos tengamos suficiente y no cada vez más.

Para terminar este punto, recordando una vez más que el decrecimiento no es una ideología o un programa político, sino sólo un paraguas de alternativas a la economía dominante, quisiéramos destacar algunos elementos que pueden considerarse ventajas del decrecimiento como agenda política:

    El decrecimiento centra su atención en una problemática fundamental: el crecimiento, verdadero centro y corazón del proceso de acumulación capitalista.
    El decrecimiento facilita la conjunción entre izquierda y ecologismo, después de una historia de relaciones tumultuosas, debido sobre todo a la dificultad por parte de la izquierda para incorporar la biosfera en sus análisis.
    El decrecimiento tiene un potencial muy grande para aliarse y compartir agendas con el feminismo.
    El decrecimiento permite situar el problema global esencialmente en el Norte, superando visiones equivocadas y asistenciales acerca de los países del Sur.
    El decrecimiento permite superar la valoración económica unidimensional proclamando una salida de la economía tal y como la conocemos, para poner a la cuestión social y ecológica en el centro del debate sobre las políticas públicas y los modelos de sociedades.
    El decrecimiento permite desenmascarar el verdadero papel de la izquierda política institucional, cómplice en seguir la senda del camino sin salida del crecimiento y del progreso sin límites. Los movimientos sociales pueden recuperar así el protagonismo político para impulsar la disidencia y el cambio.
    El decrecimiento también devuelve protagonismo a las experiencias prácticas y a la escala local en la búsqueda y construcción de alternativas.


2. Decrecimiento: ¿una agenda para la cooperación internacional?

2.1. La deuda del crecimiento

El propósito de esta segunda parte del artículo es aplicar a la cooperación internacional y a las relaciones Norte-Sur las principales conclusiones del decrecimiento. Hemos visto que el objetivo primordial de la economía, el crecimiento económico ilimitado, tiene que ser descartado al ser contradictorio con las leyes fundamentales de la naturaleza. Así, los modelos de economías y sociedades tienen que volver a respetar la capacidad de carga de la tierra y reconocerse como subsistemas dependientes de la biosfera. ¿Esta situación tiene las mismas implicaciones para los países del Norte y del Sur? ¿Qué consecuencias tiene para la cooperación al desarrollo?

La capacidad de regeneración del planeta impone un techo máximo de consumo. El consumo ilimitado condena la sostenibilidad ambiental y social de la tierra. Ahora bien, la responsabilidad en el exceso de crecimiento no recae en el conjunto de la población mundial. Son los países del Norte, el modelo de crecimiento occidental, los que están llevando al planeta al borde del colapso.

La ideología del crecimiento contabiliza la mayoría de sus efectos negativos como algo positivo, es decir un incremento del PIB. De esa manera, la ciencia económica invisibiliza la insostenibilidad ambiental de nuestro modelo. ¿Cómo podemos sacarla a la luz y analizarla?

Debido a la complejidad de valorar económicamente la insostenibilidad de la economía, la economía ecológica ha elaborado diversos indicadores e índices multicriteriales para valorar el impacto de la economía humana sobre el medio ambiente (ver por ejemplo Martínez Alier 2004: capítulo III). Así, frente a la incapacidad de la economía dominante de incorporar adecuadamente en sus análisis su impacto en la biosfera, los índices elaborados desde la crítica ecológica a la economía permiten visualizar y valorar la insostenibilidad de nuestros modelos de producción y consumo. Hay muchos índices distintos y se trata de mediciones parciales e imperfectas, ya que intentan reflejar realidades muy complejas a través del análisis de distintos criterios necesariamente limitados. Aún así, permiten tener claridad sobre el aspecto esencial: las sociedades occidentales han alcanzado un grado de insostenibilidad ecológica muy preocupante para la supervivencia del planeta.

Además de visibilizar la insostenibilidad respecto a la biosfera, distintos índices también permiten visualizar las diferencias Norte-Sur en la explotación del medio ambiente y respecto a las consecuencias negativas de los impactos ecológicos. Es el caso de la Huella Ecológica o del índice que ha popularizado la idea de “mochila ecológica” (que recoge todos los impactos de un producto a lo largo de su ciclo de vida).

La huella ecológica es un índice elaborado por Mathis Wackernagel que se ha popularizado mucho en los últimos años, fundamentalmente mediante su uso y divulgación por parte del WWF o de la Global Footprint Network. “La Huella Ecológica mide la demanda de la humanidad sobre la biosfera, en términos del área de tierra y mar biológicamente productiva requerida para proporcionar los recursos que utilizamos y para absorber nuestros desechos.” (WWF 2006: 14).

Es un indicador multicriterial que recoge solamente una parte de nuestro impacto sobre el planeta. Básicamente intenta medir el área productiva necesaria para abastecer el consumo humano y absorber sus desechos con relación a los siguientes factores: asentamientos humanos, energía nuclear, emisión de dióxido de carbono, pesca, explotación de bosques, pastoreo y agricultura. No toma en consideración otros elementos fundamentales del impacto humano sobre la tierra como puede ser el consumo de agua dulce. Aún con sus limitaciones, la Huella Ecológica permite evidenciar que desde los años 90, aproximadamente, la humanidad ha superado la capacidad de carga de la tierra. Así, desde entonces, nuestro consumo supera la posibilidad regenerativa de la biosfera. Esta tendencia incrementa sin parar debido al crecimiento económico y en el año 2003 el consumo humano ya había superado en un 25% la capacidad de regeneración del planeta.

¿Cómo es posible que la humanidad consuma más de lo que el planeta pueda producir? Hay dos mecanismos fundamentales que explican esta situación: el derroche de los recursos que la tierra ha acumulado durante su existencia y la desigualdad social creciente en el acceso a los mismos.

En el último cuarto de siglo, por primera vez en su historia, la humanidad ha dejado de vivir sobre los “intereses” generados por la biosfera y depende del despilfarro de su “capital”. Seguir por este camino hace cada vez más grande el riesgo de generar impactos irreversibles y condenarnos al colapso de los ecosistemas y de la biosfera, impidiendo la continuidad de la vida humana en la tierra y quizás de cualquier forma de vida.

En cuanto a la desigualdad social, son los países industrializados del Norte, los centros del capitalismo globalizado, los que están malgastando los recursos del planeta de manera desproporcionada, mientras que la mayoría de los países del Sur, el grueso de la población mundial, siguen viviendo sin alcanzar el techo ecológico máximo marcado por los grandes ciclos de la naturaleza.

Para visibilizar esta situación, el informe Planeta Vivo 2006 elaborado por el WWF intenta cruzar sostenibilidad ecológica y social combinando dos indicadores: el Índice de Desarrollo Humano (IDH) del PNUD y la Huella Ecológica. Aunque se podría discutir la elección del IDH como indicador de bienestar y sostenibilidad social (sería probablemente oportuno incorporar indicadores que abordan la desigualdad social como el índice de GINI), el ejercicio es interesante para disponer de un mapa orientativo de la situación de sostenibilidad por países. Al ordenarlos de acuerdo con los dos índices, vemos que los países del Norte industrializados alcanzan niveles altos de desarrollo humano superando ampliamente la capacidad de carga de la tierra, mientras que la mayoría de los países del Sur presentan niveles bajos de desarrollo humano respetando la capacidad de regeneración del planeta. El único país del mundo que cumple positivamente los dos criterios, alcanzando un nivel de desarrollo humano alto sin superar la capacidad de carga de la tierra, es Cuba.

En definitiva, la Huella Ecológica nos permite situar en los países del Norte la responsabilidad de la destrucción creciente de la biosfera y la amenaza a su continuidad. A modo de ejemplo, para que fuera posible extender el modelo de consumo de un ciudadano promedio de EEUU al conjunto de la población mundial se necesitarían 5,3 planetas. En el caso de la UE, tendríamos que disponer de casi 3 planetas. Los países del Norte viven así en un mundo imposible gracias al deterioro irrevocable de la biosfera y a la confiscación de los recursos del resto de la población de la tierra.

A escala global, debido a que la capacidad de carga de la biosfera ya se ha superado, aparece de manera clara que no se trata solamente de que el modelo occidental no sea extensible a escala universal. Ni tan siquiera se puede mantener en el Norte en sus condiciones actuales.

La degradación creciente de materia/energía producto del proceso económico así como su impacto en el incremento de las desigualdades e injusticias sociales, origina lo que podríamos llamar una deuda del crecimiento. El precio del agotamiento de los recursos naturales y de la degradación de la biosfera, así como del incremento de las desigualdades sociales son pagados por una gran mayoría de países y personas, mientras una minoría se aprovecha de los beneficios del crecimiento (el 20% de la población mundial consume el 80% de los recursos del planeta).

Las relaciones entre países del Norte y del Sur no son la única manera de entender la deuda del crecimiento. También se pude plantear a escala individual. Una persona que vive en Barcelona, por ejemplo, y se desplaza en coche (incrementando el PIB a través de la compra del coche y de la gasolina y contaminando el entorno) es deudora de crecimiento respecto a otra persona que se desplaza en bicicleta (cuyo consumo de materia/energía e impacto ambiental vinculados al transporte son casi nulos). De la misma manera, en el seno de los países del Sur, una minoría enriquecida es deudora de crecimiento respecto a la mayoría de la población empobrecida.

Desde otra perspectiva, la deuda del crecimiento no solamente se plantea entre vivos sino también con respecto a las generaciones futuras. El mecanismo de mercado ha sido definido en este caso por Georgescu-Roegen como una verdadera dictadura del presente sobre el futuro. “Si todas las generaciones pujaran desde un principio por el depósito de carbón, el precio de éste “in situ” se elevaría al infinito (...) el mecanismo de mercado no puede proteger a la humanidad de una crisis económica en el futuro (y mucho menos asignar recursos óptimamente entre generaciones), aunque intentemos fijar los precios “correctamente”.” (Georgescu-Roegen 1975: 115-116). Tal y como expresaba de manera gráfica el economista rumano, cada vez que producimos un coche lo hacemos al precio de la disminución de vidas humanas en el futuro.

Sin embargo, para el propósito del presente artículo, nos interesa centrar el análisis respecto a las relaciones Norte-Sur y sus consecuencias para la cooperación internacional.

La deuda del crecimiento la generan fundamentalmente los países del Norte – son los deudores de crecimiento – mientras que los países del Sur sufren y pagan sus consecuencias – son los acreedores de crecimiento.

La mayoría de la población del Sur tiene una responsabilidad casi nula en el sobreconsumo de materia y energía a escala global y en la generación de las crisis ecológicas que vivimos. La responsabilidad recae esencialmente en los países del Norte y las élites del Sur. Sin embargo, son los primeros los que sufren la mayor parte de las consecuencias negativas del modelo de crecimiento y consumo existente en occidente.

Individuar los procesos que generan esta deuda y las distintas naturalezas de la misma es complejo, ya que, como hemos mencionado anteriormente, el sistema económico se encarga de invisibilizarlas sistemáticamente. Aún así, se han ido definiendo distintos tipos de deudas que componen la deuda del crecimiento. Ésta engloba el conjunto de deudas que el Norte tiene respecto al Sur: ecológica, social, cultural, histórica, económica, etc.

Estas deudas han sido conceptualizadas desde un punto de vista teórico (la deuda ecológica por parte de la economía ecológica y de la ecología política, por ejemplo) y analizadas y denunciadas por movimientos sociales (para la deuda ecológica se puede considerar en Cataluña y en España la campaña ¿Quién debe a quién? como ejemplo).

Podemos hablar de una deuda social, producto del intercambio desigual. El modelo de consumo en el Norte se sustenta en la importación de materias primas y de productos manufacturados provenientes de los países del Sur, explotados y producidos sin respetar las mismas condiciones laborales existentes en los países occidentales. El mercado global asigna un valor ínfimo a las condiciones sociales de los países del Sur. Los impactos de nuestro consumo en las condiciones de vida, de salud, de derechos humanos, etc., de las poblaciones del Sur son extremadamente cruentos y han sido analizados con detalle.

Asimismo, también han sido estudiados fenómenos asociados a lo que podríamos considerar una deuda cultural del modelo de crecimiento del Norte. La economía capitalista condena a culturas milenarias a la desaparición, imposibilitando la supervivencia de formas de vida, de agricultura, de artesanía, etc. El capitalismo se expande globalmente mercantilizando todas las dimensiones de la realidad, de acuerdo con modelos uniformes de producción y consumo que responden a los intereses de las multinacionales y al proceso de acumulación del capital. El crecimiento acelera ese proceso y la uniformización cultural a escala global avanza en paralelo a la desaparición de culturas autóctonas diversificadas.

Por otra parte, el modelo de desarrollo del Norte, ha sido producto de una deuda histórica, vinculada a la colonización que favoreció el “despegue” del modelo de consumo en las metrópolis. Proceso que continúa con la deuda económica actual producto del intercambio desigual entre Norte y Sur. Fenómenos reflejados, por ejemplo, en los trabajos teóricos de André Gunder Frank o en la tesis del deterioro de la relación real de intercambio, formulada por Raúl Prebisch y Hans Singer en el seno de la CEPAL en los años 50, de acuerdo a la cual los países del Sur se ven perjudicados por el comercio internacional mientras que el Norte cada vez gana más, ya que al incrementarse la productividad, el precio de las materias primas tiene tendencia a incrementarse más lentamente que el precio de los productos manufacturados.

En los propios países del Norte, se podría plantear la existencia de una deuda social y económica con respecto a la población inmigrante proveniente de los países del Sur. Occidente sustenta en gran medida su crecimiento en la explotación de trabajadores/as inmigrantes. El caso de España es muy claro en este sentido. Su crecimiento económico radica fundamentalmente en sectores productivos (construcción, agricultura, turismo, servicio doméstico y cuidado a las personas) que dependen de manera crítica de mano de obra inmigrante que en su mayoría vive en el país en condiciones de infraciudadanía. España se convierte en deudora de esa población al sustentar su crecimiento en los cientos de millones de euros que deja de gastar al no reconocerles el mismo trato que a la ciudadanía española (por poner sólo un ejemplo, el año pasado casi 750 mil extranjeros estaban incluidos en la Encuesta de Población Activa como ocupados mientras no aparecían como inscritos en los ficheros de la Seguridad Social). Esto sin contar las pérdidas generadas en los países del Sur por la emigración (estamos asistiendo, por ejemplo, a una transferencia global de trabajo doméstico y cuidados a las personas de Sur a Norte, con todas las consecuencias sociales y económicas que se pueden imaginar; también hay que considerar que los países del Sur han asumido los costes vinculados al cuidado, educación, etc., de la fuerza de trabajo que ha emigrado).

Así, la deuda del crecimiento engloba fenómenos diversos y complejos, aunque desde la perspectiva de este artículo toma especial relevancia la deuda ecológica, ya que está estrechamente vinculada al ámbito discursivo y al análisis del decrecimiento.

El concepto de deuda ecológica fue propuesto por el Instituto de Ecología Política de Chile a principios de los 90 y recogido por movimientos sociales en todo el mundo así como por la ecología política. La idea básica del concepto es visibilizar cómo los países del Norte exportan materia y energía desde los países del Sur a precios bajos y sin asumir los impactos sociales y ecológicos asociados a los procesos de extracción, transporte y consumo de las mismas. Asimismo, los países del Norte usurpan a los países del Sur las funciones de la biosfera como sumidero al exceder la capacidad de carga de la tierra, especialmente respecto a la emisión de dióxido de carbono.

“La Deuda ecológica es la deuda contraída por los países industrializados con los demás países a causa del expolio histórico y presente de los recursos naturales, los impactos ambientales exportados y la libre utilización del espacio ambiental global para depositar sus residuos. La Deuda ecológica se origina en la época colonial y se ha incrementado hasta la actualidad” (VV.AA. 2003: 14).

Al definir la deuda ecológica se suele centrar la atención en cuatro dimensiones esenciales de la misma.

La primera es la deuda de carbono. Se refiere al hecho de que las emisiones de dióxido de carbono generadas por la humanidad superan la capacidad de absorción de los depósitos permanentes del mismo (océanos, nueva vegetación, suelos) obligando a que las emisiones se acumulen en un depósito temporal – la atmósfera – y originando los impactos ecológicos que actualmente están ganando cada vez más espacio en los medios de comunicación: destrucción de la capa de ozono, efecto invernadero y cambio climático global. Debido a que el exceso de emisiones se debe al modelo económico y al crecimiento de los países del Norte, mientras que sus consecuencias las padecen en primer término las poblaciones del Sur, se puede hablar de una deuda de carbono que los primeros deben a los segundos. Las emisiones por persona en los países del Norte son hasta diez veces superiores que en los países del Sur. Para no superar la capacidad de absorción de la biosfera, tendrían que converger hacia una cantidad por persona de 1,7 toneladas anuales, mientras que en la UE, por ejemplo, se sitúan en unas 8 toneladas. EEUU es el país del mundo con las emisiones por persona más elevadas. Los países del Norte están actuando como si la atmósfera fuera suya y pudieran apropiarse de los sumideros de carbono excluyendo a los demás países y excediendo la capacidad de carga natural. La justicia ambiental a nivel global exige que todos los países ajusten sus emisiones a la capacidad de absorción de la biosfera.

Una segunda dimensión de la deuda ecológica es la biopiratería. El término se refiere a la práctica por parte de empresas de países del Norte de registrar la propiedad intelectual de recursos biológicos (plantas, semillas, etc.) y de los conocimientos tradicionales respecto a sus usos y propiedades, tanto en la agricultura como en la medicina. El derecho a apropiarse de la diversidad biológica y cultural es muy discutible desde distintos puntos de vista. Mientras que las multinacionales acceden a estos recursos y conocimientos de forma libre, una vez patentadas determinadas modificaciones genéticas, defienden su propiedad intelectual sobre las mismas y se lucran con su venta. “Las características naturales son el producto de una larga historia de interacción entre las especies vegetales y animales entre sí, con el entorno físico y con las comunidades humanas. Durante miles de años, los habitantes de las diferentes regiones del mundo han seleccionado especies para su uso y mediante esta selección han modificado sus características, generando variedades con propiedades que tan sólo algunos grupos humanos conocen, conservando su sabiduría.” (VV.AA. 2003: 26). ¿Es legítimo un sistema de propiedad privada sobre un recurso natural producto de miles de años de adaptación mediante el trabajo gratuito en beneficio de la colectividad realizado por culturas campesinas? La lógica del crecimiento económico sustituye el sustento de la agricultura en un sistema basado en la gratuidad y el intercambio de semillas por la mercantilización de las mismas y la dependencia del mercado capitalista para la producción de alimentos. El decrecimiento y la cancelación de la deuda ecológica pasan así por desvincular la producción de alimentos de la lógica mercantil y por el respeto de las culturas milenarias de las familias campesinas. En este sentido, la agroecología es sin duda una de las expresiones agrícolas más importantes del decrecimiento.

La tercera dimensión de la deuda ecológica son los pasivos ambientales, es decir la extracción de recursos a precios muy bajos (petróleo, minerales, peces, etc.) sin considerar los daños ecológicos. “El pasivo ambiental es el conjunto de los daños ambientales, en términos de contaminación del agua, del suelo, del aire, del deterioro de los recursos y de los ecosistemas, producidos por una empresa, durante su funcionamiento ordinario o por accidentes imprevistos, a lo largo de su historia. En los países del Sur es común que los pasivos ambientales más graves sean producidos por empresas trasnacionales del Norte”. (VV.AA. 2003: 35). La estructura de poder de los Estados en el capitalismo global impide que los países del Sur dispongan de suficiente fuerza como para garantizar que se incorporen todos los costes y externalidades vinculados a la exportación hacia los países del Norte de la materia y la energía de la que disponen sus territorios.

Finalmente, la última dimensión de la deuda ecológica se refiere a los fenómenos de exportación del Norte al Sur de residuos tóxicos de todo tipo, producto del modelo de producción y consumo occidentales.

2.2. Un ajuste estructural para el Norte

¿Qué hacer frente a la deuda del crecimiento? ¿Acaso se trata de contemplar una devolución monetaria para compensarla?

Cuantificar monetariamente la deuda del crecimiento no es el propósito de este artículo. Aunque señalamos que existen diversos esfuerzos tendientes a valorar económicamente aspectos concretos de la misma. El Observatorio de la Deuda en la Globalización, por ejemplo, ha intentado cuantificar la deuda de carbono y, basándose en un sistema de multas, la ha estimado por un importe de 980.500 millones de dólares anuales (es decir superior al importe total de la deuda financiera que el Norte reclama al Sur). Con resultados de este tipo relativos solamente a una dimensión muy limitada de la deuda del crecimiento podemos hacernos una vaga idea de su magnitud. Algo simple y llanamente impagable.

De todas maneras, más allá del hecho de que calcular el importe económico de la deuda del crecimiento es un asunto tremendamente complicado, quizás no sea la manera más adecuada de encararla. Ya hemos comentado a lo largo de este artículo que nuestras sociedades están acostumbradas a valorar las cosas desde una perspectiva exclusivamente monetaria y económica mientras que las problemáticas relativas a la deuda del crecimiento tienen que ver con múltiples criterios de valoración, que no siempre pueden reducirse en términos monetarios. ¿Cuánto vale la desaparición de una cultura campesina milenaria?

“Los valores monetarios dados por los economistas a las externalidades negativas o los servicios ambientales son una consecuencia de decisiones políticas, pautas de propiedad y la distribución del ingreso y el poder. No hay por lo tanto una unidad común de medida confiable, pero esto no significa que no podamos comparar alternativas sobre una base racional a través de una evaluación multicriterial. O, dicho en otros términos, el imponer la lógica de valoración monetaria (como en el análisis de coste y beneficio en la evaluación de proyectos, o en los argumentos del crecimiento del PNB en las decisiones políticas a nivel estatal) no es nada más que un ejercicio de poder político.” (Martínez Alier 2004: p.196).

En última instancia, no se trata tanto de valorar económicamente el importe de la deuda para que el Norte pueda devolverla al Sur (que también) sino más bien de entender las repercusiones que conlleva para nuestros modelos productivos y de consumo. El primer paso antes de pensar en restituir es dejar de generar la deuda.

Por ello, entendemos que la respuesta a la deuda pasa esencialmente por el decrecimiento en los países del Norte. Se trata nada menos que de impulsar un ajuste estructural de los países occidentales, que les permita volver a situarse por debajo del techo ecológico máximo de consumo marcado por las capacidades de regeneración de la biosfera. [7]

Hablamos de ajuste estructural también con el ánimo de evocar lo que los países del Norte han impuesto a los del Sur [8] . Si el capitalismo globalizado ha forzado un ajuste económico en el Sur, la deuda del crecimiento nos permite revertir la perspectiva situando la necesidad de un cambio profundo e inevitable en el Norte, donde se sitúan las verdaderas causas de las crisis ecológicas y sociales que afectan a la humanidad.

Es indudable que el decrecimiento se aplica esencialmente al Norte. Ya hemos abordado en el punto 1.3 en qué consistiría, viendo que no se trata de una receta sino más bien de pistas, caminos, que ayuden a nuestras economías a volver a la sostenibilidad ecológica y social. El ajuste estructural radicaría en los componentes del decrecimiento que más afectan al Sur, intentando acabar con los efectos más acuciantes que las economías del Norte tienen sobre las condiciones ambientales y de vida de los países del Sur. De la misma manera que parecía muy difícil establecer una lista exhaustiva de los caminos del decrecimiento, no parece prudente intentar concretar exactamente en qué consistiría un ajuste estructural de los países del Norte enfocado a acabar con la deuda del crecimiento que tiene con respecto al Sur.

En este caso también sólo apuntaremos a algunos elementos que consideramos claves para el ajuste, aportando algunas ideas a un debate que tiene que proseguir y enriquecerse, con la colaboración imprescindible de los países del Sur.

Flujos de recursos materiales y energéticos

Una de las exigencias centrales del decrecimiento es que el consumo de materia y energía por persona a escala global vuelva a situarse dentro de los límites de la capacidad de carga del planeta. Los países del Norte han crecido desmesuradamente gracias a lo que diversos autores han llamado un “subsidio fósil” que ha permitido a la economía crecer sin parar sustentándose en la extracción de recursos finitos (carbón, petróleo, etc.). Revertir esta tendencia y permitir la supervivencia del planeta probablemente implique pasar a economías fotosintéticas basadas en el aprovechamiento de flujos. Para el Norte, esto implica un cambio completo del modelo energético. Es decir, una transformación radical de los modelos de sociedades y economías. La sostenibilidad, a escala de luz solar, significa aproximadamente disponer de 1KW por m2 al día, lo que obliga a descartar gran parte de los componentes de nuestro sistema de transporte, de industria y de agricultura.

El modelo occidental actual se sustenta en la depredación de recursos originarios del Sur. Los flujos materiales y energéticos provenientes de los países del Sur, a precios bajos, en condiciones desfavorables, con altos impactos ambientales y sociales, son los que permiten en primer término mantener los ritmos de producción y consumo de los países del Norte. El ajuste estructural en occidente implica el cese de esos flujos en las condiciones actuales, superando el espejismo de un crecimiento infinito al precio de la degradación irrevocable del medio ambiente en el Sur.

Las poblaciones del Norte viven actualmente usurpando el espacio natural de los países del Sur, al sostener modelos de consumo que dependen de la depredación de recursos en todo el mundo. La frontera real de una ciudad, el espacio que necesita para mantenerse, por ejemplo, va mucho más allá de sus límites, y llega hasta los países del Sur, proveedores de la materia y energía que la alimenta y que padecen los efectos de los impactos ecológicos que causa (Martínez Alier 2004: capítulo VII).

Modelos agrícolas

Respecto a la producción de alimentos y a los modelos agrícolas, el ajuste estructural implica pasar a la agroecología en el Norte. Es perfectamente posible alimentar a la población mundial mediante alimentación orgánica, pero no dentro de los modelos de sociedad y economía actuales. Las grandes ciudades contemporáneas constituyen verdaderos parásitos de materia y energía, así como desde el punto de vista alimentario. El modelo agrícola occidental depende en su totalidad del petróleo, un recurso finito que el crecimiento ya ha condenado al agotamiento a medio plazo. Volver a una agricultura respetuosa de la naturaleza implica la producción de alimentos a una escala más local, respetando los ciclos de regeneración natural y de absorción de desechos. Esto implica redimensionar los tamaños de las grandes urbes, volviendo a incorporar terrenos agrícolas en las ciudades para garantizar su abastecimiento alimentario. En definitiva, el ajuste estructural pasa por sustentar la agricultura esencialmente en los recursos locales, dejando de depredar el espacio exterior al importar recursos naturales y energía en condiciones injustas para los países del Sur y al exportar hacia sus territorios nuestros residuos.

La agroecología también implicaría el fin del dumping agresivo que realizan los países del Norte, al subvencionar masivamente la exportación de productos alimentarios a bajo coste hacia los países del Sur, condenando los sistemas y tradiciones locales de producción.

En este caso, la agenda del decrecimiento y del ajuste estructural del Norte coincide con la estrategia del movimiento campesino más importante a escala global, Vía Campesina, que defiende la Soberanía Alimentaria de los pueblos. Es decir, la producción de alimentos prioritariamente para el consumo local, respetando las características naturales y culturales de cada realidad y dejando de considerar los alimentos como una mercancía.

Modelos industriales

El ajuste estructural en el Norte implica cambios radicales en los modelos industriales, asegurando que éstos no superen la capacidad de carga de la tierra en cuanto a consumo de materia y energía. El cambio más importante es ante todo cultural, al pasar de concebir los productos de la industria como bienes de consumo a entenderlos como bienes durables. Los materiales no renovables extraídos en la historia del crecimiento capitalista deberían ser más que suficientes para asegurar una calidad de vida adecuada de las poblaciones del Norte. Así, el sistema industrial tendría que reorientarse de la extracción de materiales y energía y de la producción de bienes hacia el reciclaje y el mantenimiento de los mismos.

Respecto a las relaciones Norte/Sur, un requisito esencial radicaría en que las empresas transnacionales operen en todos los países en las mismas condiciones sociales y ecológicas, de acuerdo a criterios de estricta sostenibilidad. Aunque es de esperar que el ajuste, el respeto de la capacidad de carga del planeta, así como la incorporación de todos los impactos negativos del crecimiento, implicarían una profunda relocalización de las economías, de la producción, de las decisiones, de la organización, etc., dejando un margen muy estrecho a la realidad de las multinacionales, si es que deberían seguir existiendo.

Fundamentalmente, se trata de contemplar alguna forma de redistribución del poder industrial, repartiendo de forma más justa la producción y el consumo que el planeta puede asumir entre los países del Norte y del Sur. François Schneider ha esbozado un razonamiento en este sentido. Imaginar un consumo per cápita a escala global que no sobrepase la capacidad de carga del planeta y sea socialmente sostenible para el año 2050 implicaría dividir el consumo por doce en los países del Norte mientras que los países del Sur podrían doblarlo. (Schneider 2002).

Pago de la deuda del crecimiento

Aunque no tiene que ser el elemento principal, el ajuste estructural del Norte también tendría que contemplar algunas formas de resarcimiento de la deuda del crecimiento. Se tendrían que establecer compensaciones económicas por lo menos para paliar algunos de los aspectos más negativos de la deuda, como el exceso de emisiones de dióxido de carbono, los pasivos ambientales y la contaminación producto de la exportación de residuos tóxicos. Evidentemente, también se tendría que cancelar la deuda financiera que el Norte reclama al Sur (ilegítima, ya que fue contraída a través de procedimientos de corrupción, imposición, fraude y/o por gobiernos ilegítimos).

Los recursos así obtenidos tendrían que canalizarse, obviamente, de acuerdo a los fines establecidos por las poblaciones locales, aunque siempre preservando o permitiendo la sostenibilidad ecológica y social de sus sociedades.

Más allá de esbozar algunas pistas del ajuste estructural para el modelo occidental, lo esencial es tener claro que “el decrecimiento en el Norte es una condición para el surgimiento de cualquier forma de alternativa en el Sur.” (Latouche 2004: 3; traducción propia).

2.3. Reconceptualizar la cooperación

Contemplar la cooperación al desarrollo desde la perspectiva del decrecimiento obliga a replantear completamente sus cimientos. El decrecimiento nos enseña que el problema no son los países del Sur, su hipotético “subdesarrollo”. El problema son los países del Norte, el modelo occidental que condena la sostenibilidad ambiental y social del planeta. La cooperación necesita incorporar este cambio radical de enfoque. Lo que se requiere cambiar es ante todo el Norte. El problema no es la pobreza, el problema es la “riqueza”, el consumo creciente y excesivo que nos ha llevado a vivir en un mundo de fantasía, en el que una tierra por sí sola ya no es suficiente. La cuestión social también tiene que entenderse desde esta perspectiva, ya que las desigualdades avanzan paralelamente al deterioro ecológico. Volver a respetar la sostenibilidad ecológica y social, no superar la capacidad de carga del planeta, enfrentar de manera solidaria la degradación irrevocable de la materia y la energía, deberían ser los contenidos básicos de la agenda de trabajo de la cooperación internacional.

Para el decrecimiento la sostenibilidad ecológica y la sostenibilidad social son indisociables. La reflexión del decrecimiento se resume en algo obvio: vivimos en un planeta finito y con recursos limitados en un contexto de materia-energía que se degrada irrevocablemente. Los modelos de sociedades humanas tienen que ajustarse a la capacidad de carga de la tierra y a sus ritmos de regeneración. La cuestión social se resume en un reparto equitativo de los recursos aprovechables, sin comprometer la supervivencia de la tierra, de la población viva y de las futuras generaciones. El crecimiento para el Norte queda descartado, mientras que podría quedar como objetivo únicamente para los países del Sur y “sólo hasta un nivel de vida modesto, que luego tendría que ser la regla para todos.” (Georgescu-Roegen 2003b: 123, traducción propia).

En este contexto, la cooperación se convierte en enfrentar juntos un futuro difícil. Un futuro que el camino irracional tomado por occidente, persiguiendo la quimera del crecimiento sin fin, ha puesto en entredicho. En este sentido, por ejemplo, la cooperación internacional puede tener un papel determinante en acompañar el proceso de ajuste estructural del Norte, mediante el intercambio de conocimientos con el Sur, para que occidente aprenda a volver a prácticas sostenibles, recuperando modos de vida ancestrales respetuosos del planeta que se han perdido.

La cooperación internacional también se vuelve inevitable ante la escasez y la ley de entropía, ya que el conjunto de la humanidad depende de forma interconectada de los mismos recursos finitos. Ya que el techo ecológico condiciona al conjunto de la población mundial, “los recursos tienen que ser mundializados (nacionalizados y socializados) y administrados éticamente por una agencia mundial.” (Georgescu-Roegen 2003c: 224, traducción propia). Se trata de convertirlos en bienes públicos globales, administrados de acuerdo a criterios de sostenibilidad ecológica y social. Este enfoque alternativo de globalización debería complementar y facilitar la necesaria relocalización de economías y sociedades.

Se trata pues de una perspectiva para la cooperación que queda muy alejada y es incluso radicalmente opuesta a la actual forma de conceptualizarla como un flujo de donación monetaria y asistencia técnica desde los países más ricos hacia los países pobres. No se trata de que el Norte aporte ayuda y solidaridad al Sur. La cooperación tendría que contemplarse fundamentalmente como un doble mecanismo de ajuste estructural en el Norte y de transferencia de la deuda del crecimiento hacia el Sur.

Más allá de ofrecer una estrategia de trabajo, el horizonte hacia el que tender, el decrecimiento también ayuda a contemplar la cooperación desde una perspectiva crítica. Facilita tener claridad política respecto a sus estrategias y acciones, discriminado entre prácticas de cooperación pro-crecimiento y experiencias de cooperación que ayuden a alcanzar la sostenibilidad ambiental y social a nivel global.

El análisis se puede realizar tanto para los proyectos y programas de cooperación implementados en los países del Sur como respecto al trabajo de sensibilización y educación para el desarrollo que se realiza en el Norte.

En el Sur, habría que desconfiar de las actuaciones que intentar reproducir modelos de “desarrollo económico” provenientes de países del Norte, cayendo en la misma lógica de agotamiento de recursos y energía. De la misma manera, sería conveniente no transformar los modelos agrícolas de acuerdo a las exigencias de la agricultura productivista o de la exportación, sino conservar las prácticas sostenibles ancestrales y defender la Soberanía Alimentaria de los pueblos.

Abordando otra realidad de la cooperación Norte/Sur, si analizamos el “comercio justo” desde la perspectiva del decrecimiento, vemos que quizás se reduzca a un oxímoron, juntando conceptos probablemente incompatibles. ¿Cuál sería el futuro del comercio justo desde la óptica estricta de la Soberanía Alimentaria y del decrecimiento? ¿Permanecería en sus formas actuales si la producción de alimentos dependiera exclusivamente de la agricultura agroecológica y de las necesidades y decisiones locales? ¿Podríamos seguir consumiendo café en el Norte? Tal vez si llegara en veleros...

El mismo tipo de problemática afectaría al consumo crítico en su conjunto. ¿No se trataría al fin y al cabo de otro oxímoron? ¿Otra palabra bonita más como el desarrollo sostenible o el consumo verde? ¿Puede ser el consumo un motor de transformación? ¿Puede llevarnos a la sostenibilidad ecológica y a la justicia social? Quizás no sea el mejor punto de partida. El consumo tendría que limitarse en todas sus facetas, disminuir drásticamente siempre (esté o no bajo apariencias más o menos “justas” o “verdes”). Ésta es una de las pocas conclusiones irremediables del decrecimiento, alcanzada siguiendo estrictamente las leyes fundamentales de la naturaleza. En el camino hacia el decrecimiento, el consumo constituye uno de los principales obstáculos. Difícilmente puede constituir un enfoque adecuado para proyectar alternativas.

Más que en los proyectos ejecutados en el Sur, la nueva cooperación surgida a raíz del decrecimiento tendría que otorgar un papel fundamental al trabajo en el Norte, reorientando la sensibilización y la educación para el desarrollo hacia la promoción del decrecimiento y del ajuste estructural de las sociedades occidentales. Para ello, también se necesitará cooperación Norte/Sur, así como Norte/Norte y Sur/Sur, en la búsqueda de nuevos caminos y modelos que devuelvan un futuro a la humanidad y al planeta.

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[1] Es la crítica epistemológica hacia la economía neoclásica lo que permite a Georgescu-Roegen evidenciar la caducidad de la ciencia económica. Es ese sentido, desmonta el paradigma mecanicista en el que se sustenta. Ilustra como la economía se consolida en un momento en el que en las ciencias prevalece el dogma mecanicista, y la mecánica constituye el modelo para cualquier ciencia. Como ejemplo de ello tenemos el diagrama circular que representa el proceso económico, dónde el movimiento pendular entre producción y consumo se realiza en un sistema completamente cerrado y totalmente reversible. Así, el autor nos muestra cómo, al construir sus teorías, la ciencia económica se ha ido alejando de la realidad, quedando atrapada en ejercicios de matemática pura. En cambio, la economía no ha tomado en cuenta, ni mucho menos incorporado, la evolución de otras disciplinas. Así, Georgescu-Roegen nos explica cómo, mientras el dogma mecanicista acabó superado, la ciencia económica siguió como si nada hubiera pasado. Años después de que el paradigma mecanicista hubiera perdido su supremacía hasta en la propia física, los fundadores de la escuela neoclásica edificaron la ciencia económica sobre el modelo de la mecánica. Es lo que llevó a Jacques Grinevald a decir que la economía está parada en el siglo XIX (Grinevald 2005).

[2] La tierra es un sistema cerrado, ya que intercambia sólo energía (luz solar) con su ambiente, pero no materia.

[3] La energía se degrada, no se destruye, en consonancia con la primera ley de la termodinámica: la energía no se crea ni se destruye sólo se transforma.

[4] Más allá del debate generado alrededor de la oportunidad y necesidad de formular una nueva ley en la termodinámica (CARPINTERO 2006: capítulo IV), lo importante aquí es rescatar la conclusión de que no sólo la energía sufre una degradación entrópica irrevocable, sino también los materiales.

[5] Evidentemente esto no implica que no se deba reutilizar y reciclar, solamente nos recuerda que no se puede reciclar del todo ni gratis.

[6] Vicenç Navarro, Lucha de clases, no de generaciones, El Periódico de Cataluña, 21/05/07.

[7] De una manera parecida, Martínez Alier ya ha hablado de la necesidad de imponer un ajuste ecológico a los países del Norte.

[8] Con el pretexto de renegociar las condiciones de pago de la deuda financiera, en los años 90 los países del Norte impusieron a la mayoría de los países del Sur Planes de Ajuste Estructural cuyas principales recetas fueron: la reducción drástica del gasto público, la privatización y liberalización del mercado, el desmantelamiento de los sistemas arancelarios y la entrada masiva de inversión extranjera. Se trató de verdaderos cambios de modelos de desarrollo, orientándolos hacia las exportaciones y el capitalismo global, y cuyos impactos sociales han sido devastadores.

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