Vamos despacio porque vamos lejos. Movimiento slow y sostenibilidad

José Luis Fernández Casadevante - Cinco años para actuar

    “Los blancos tienen el reloj pero no tienen tiempo”.

- Proverbio africano.

La noción del tiempo de nuestras sociedades es una de las variables que de forma menos evidente afectan a la insostenibilidad global. La visión lineal del tiempo que caracteriza a la sociedad industrial, supone una aceleración temporal basada en maximizar la productividad, concepción que choca con los tiempos lentos y cíclicos de la naturaleza.

Como muy bien nos enseña Jorge Riechmann en su texto Tiempo para la vida (pdf), la contaminación puede concebirse como un desacople entre el ritmo de emisión de vertido de residuos y el tiempo necesario para asimilarlos y regenerarlos por parte de la naturaleza. Una lógica que también encontramos en la idea de recursos renovables, pues este proceso de regeneración de la biosfera tiene unos tiempos propios que no pueden acelerarse.

La crisis energética y el cambio climático pueden leerse también como un choque temporal, entre los cerca de trescientos millones de años que ha tardado la biosfera en producir los combustibles fósiles y los trescientos años de civilización industrial que han tardado en consumir más de la mitad de dichos recursos disponibles. Trescientos años en tiempo geológico es un instante, un breve lapso de tiempo en el que se han arrojado a la atmósfera gases un millón de veces más rápido de lo que tardaron en generarse.

Además de la dimensión ambiental, el tiempo estructurado en torno a la organización del trabajo y el mercado está provocando severos problemas para el cuidado de la vida. Las dificultades crecientes para conciliar la vida profesional y familiar, la creciente ansiedad y el estrés laboral que suponen en la actualidad una de cada cuatro bajas laborales, la ruptura de temporalidades tradicionales (tiempo de ocio y trabajo, la ruptura del tiempo local y la sincronización de un tiempo global…), la proliferación de acelerados estilos de vida que dificultan el cuidado del cuerpo y sus biorritmos, la devaluación del tiempo social dedicado a la construcción de vínculos sociales…

Ante esta vorágine se ha ido produciendo un elogio de la lentitud, del cuidado de los procesos y no solo de los fines, del manejo pausado del tiempo como sinónimo de calidad de vida. Una de las referencias simbólicas de este proceso es el movimiento slowfood, fundado en 1986 por el periodista y gastrónomo italiano Carlo Petrini (pdf), como una forma de resistir a la aceleración mediante la revalorización de las culturas gastronómicas locales (variedades locales y biodiversidad, cultivos y recetas tradicionales, vinculación entre restauración y patrimonio territorial, programas educativos, etc.). Tras más de treinta y cinco años de andadura, actualmente se encuentra implantado en 153 países y cuenta con más de cien mil personas asociadas.

Un movimiento que desde la cultura gastronómica ha evolucionado hacia la promoción de los presupuestos de la soberanía alimentaria, evidenciando que en los tiempos actuales comer es un acto político. Uno de los colectivos más activos en nuestra geografía, dentro del movimiento slowfood, sería el colectivo de cocineros, principal impulsor de iniciativas como la de los restaurantes “kilometro 0”, que promueve el uso en hostelería de variedades locales, producidas en entornos próximos y compradas directamente a los agricultores.

Una dinámica que ha tenido su adaptación al urbanismo mediante la creación de Cittaslow, una red de ciudades por la calidad de vida, que traduce a las políticas urbanas los principios del show. Ciudades menores de 50.000 habitantes, que se comprometen a hacer un ordenamiento territorial inspirado en la sostenibilidad urbana, la recuperación del patrimonio agrario y ganadero tradicional, facilitar relación entre productores y consumidores… .

El movimiento slow simboliza una filosofía en la que calidad de vida, sostenibilidad y manejos alternativos del tiempo se dan la mano. Una cultura de la lentitud, como plantean desde slowpeople, en la que dar espacio a las alternativas a la aceleración que condiciona nuestras vidas: comida, desplazamientos, relaciones personales… Más, antes y más rápido no son sinónimos de mejor, como se muestra en el documental Slow: una nueva cultura del tiempo.

Una dinámica que ha terminado permeando muchas de las iniciativas vinculadas al decrecimiento o las ciudades en transición, que han puesto en marcha iniciativas como bancos de tiempo. Defender una reapropiación colectiva del tiempo que permita desarrollar su faceta relacional, intercambiando servicios a la vez que se genera tejido social y complicidad vecinal.

Y aunque la crisis energética y climática es realmente urgente… sigamos el refrán que afirma vayamos despacio que tengo prisa, demos tiempo al tiempo y no nos aceleremos a la hora de construir alternativas si queremos que estas sean consistentes.


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