¿Cómo prosperar colectivamente en el inicio de la era del decrecimiento?

Javier Zarzuela - Zarzalejo en transición

(Extracto de la conferencia en la Feria Biocultura Madrid, el 11 de noviembre de 2012)

¿Qué es la Transición? La Transición es la adaptación de la sociedad a la nueva era de decrecimiento que hemos inaugurado en los países opulentos, con la crisis financiera, como avanzadilla de la crisis de recursos que la sucederá. Y es una adaptación con prosperidad, porque fomenta la calidad de vida con una vocación de permanencia y continuidad en el tiempo, ajustándonos a un planeta finito.

Las iniciativas de Transición son aquellas en las que los vecinos de una comunidad (un barrio, un pueblo, una urbanización…) se organizan para disminuir su dependencia de los combustibles fósiles y, en general, de los recursos no renovables. Inciden sobre aspectos materiales básicos de su vida: la alimentación, el vestido y calzado, el calor en las casas, el transporte, la salud, el aprendizaje, el apoyo mutuo… Y esta dinámica que se apoya en la colectividad conduce al empoderamiento de los individuos y el crecimiento personal.

Las ciudades en Transición son aquellas en las que una parte significativa de la población participa de la iniciativa de Transición, y están implicadas, en distinto grado, las instituciones, las asociaciones y las empresas.

Si se analiza lo que hacen las iniciativas de Transición, queda evidente que prácticamente no inventan nada nuevo… ¿Qué tiene, pues, de novedosa  la Transición? Algo de capital trascendencia para el individuo y el grupo. Utilizando una imagen gráfica, alumbramos la conciencia de que ya no sólo contemplamos a nuestro planeta como una pecera hacia la que sentimos Amor y con la que no sentimos comprometidos y activos, sino que nos percatamos de que estamos metidos dentro de esa pecera, en la cual se acaba el oxígeno,  el alimento disponible, el agua está cada vez más turbia, y somos cada vez más peces dentro.

¿Y cómo se despierta esa conciencia, esa constatación? En pocas palabras, cayendo en la cuenta de un fenómeno real e irrefutable: hemos alcanzado ya el pico en la producción de petróleo (en 2010, 87 M de barriles) después del cual comenzará un declive inexorable. Este declive tendrá, desde el corto plazo, un efecto sobre el consumo, tanto de lo necesario como de lo obsoleto, y va a sacudir nuestra civilización de una manera difícil de formular, porque de los combustibles fósiles depende la producción y el suministro de alimentos, el transporte, la sanidad, el calor en las casas, la edificación de viviendas, los bienes de consumo…

Cuando nos percatamos de esta realidad individualmente, surge el pánico. Cuando, tras ello, miramos a los demás y compartimos esos miedos e incertidumbres, puede saltar la chispa del empoderamiento colectivo: juntos podemos crear realidades que garanticen la calidad de nuestra vida y además colmen nuestro anhelo de respetar los límites del planeta. Éste es el espíritu de las iniciativas de Transición: acción para la creación colectiva, desde la sensación compartida de poder.

Las personas que se involucran en las inicitivas de Transición asumen:

- Que el decrecimiento es inevitable e inexorable. Es ya una realidad, no una opción.

- Que en nuestra forma actual de vida somos extraordinariamente dependientes de la disponibilidad barata y continua de recursos fósiles. Y no hay colchón comunitario a nuestro alrededor en el que apoyarnos, mucho menos confianza en los poderes públicos y privados.

- Que colectivamente tenemos un gran potencial infrautilizado, de creatividad, energía y conocimientos, para crear realidades favorables y respetuosas con el planeta.

- Que hay que actuar ya, aunque no sepamos qué efecto tendrá ni a dónde llegará esta aventura colectiva.

¿Qué están haciendo las iniciativas de Transición?

Sobre todo y especialmente, vincularse con entusiasmo en objetivos comunes, prácticos, visibles, inclusivos, adaptados a lo que las personas pueden dar de sí, y en los que la persona importa mucho.

Con este esquema de acción, se abordan iniciativas como la puesta en producción de tierras, fomento de la apicultura y la ganadería, aislamiento de casas a distintos niveles, creación de cooperativas o asociaciones para instalación de energía solar o eólica, talleres de reparación de ropa y calzado, compartición de electrodomésticos, herramientas o libros;  creación de redes de transporte entre particulares, aprendizaje de habilidades para el ahorro de energía, la conservación de alimentos o la confección de ropa; plantación de árboles productivos en lugares públicos, organización de eventos artísticos y lúdicos, intercambio de semillas, preparación de comida diaria colectiva, intercambio de tiempo o monedas locales, encuentros de crecimiento personal y grupal, construcción colectiva de infraestructuras para el barrio, puesta en uso colectivo de locales infrautilizados, recolección de plantas medicinales, lombricompostaje, creación de empresas y cooperativas rentables con fines sociales, cooperativas de construcción de viviendas bioclimáticas, cooperativas de consumo, etc.

¿Dónde existen iniciativas de Transición?

Prácticamente en todos los países de Europa, en EE.UU, Australia, Nueva Zelanda, Brasil o México.

En España, hay iniciativas emergentes en Gasteiz, Valencia, Barcelona, Jerez de la Frontera , Vilanova i la Geltrú, Coín (Málaga), Mallorca, Logroño, Zarzalejo (Madrid), Bilbao, Valladolid, Fuengirola-Mijas, Argelaguer (Girona), Portillo (Valladolid), Santa Coloma de Gramanets (Barcelona) o Tous (Valencia).

¿Cómo podéis crear una iniciativa de Transición?

Primero, leed, escuchad y ved . Informáos en el wiki del movimiento de Transición (www.movimientotransicion.pbworks.com )

Dentro de unos días, montad un encuentro con los vecinos de vuestra urbanización, de vuestro bloque, barrio o pueblo (en vuestra casa, o en un local grande si hay más gente), en el que visionéis una película o youtube, y charléis sobre:

- Qué os preocupa del futuro.

- Cómo sería vuestro barrrio/urbanización/pueblo, dentro de 10 años, si los vecinos abordáseis con valentía los nuevos tiempos de decrecimiento y tomáseis las riendas del cambio.

- Desde vuestro interior, qué os sentís invitados/as a hacer,  para dar los primeros pasos colectivamente.

No hay reglas o esquemas. No hay dos iniciativas de Transición iguales. Las personas que entran y salen son las que tienen que entrar y salir. Y nunca olvidáos de celebrar y reir, alrededor de una comida compartida y una buena sesión de canciones y chistes. ¡La Transición en vuestra vida será ya placenteramente irreversible!

Javier Zarzuela Aragón es promotor de iniciativas de Transición y participante en la iniciativa de Zarzalejo (Madrid)

DATOS DE CONTACTO:

http://zarzalejoentransicion.blogspot.com.es/


La tribu Zo´é.


Reportaje del periodista Nicolas Hulot vertido al español en el blog 'Una antropóloga en la luna')

En la Amazonia. Sólo hace 20 años que la tribu Zo´é (242 personas) supieron de nuestra civilización. Y no les interesa. Escondidos en la selva amazónica viven los últimos hombres libres, donde no existen las jerarquías y todo se comparte en total complicidad con la naturaleza. El escritor y viajero francés Nicolas Hulot describe el último paraíso.

Zo´é significa ‘nosotros’. Van desnudos. Y yo, que voy vestido, en medio de ellos me siento violento. Viven desnudos, los cuerpos son bellos, llevan la piel poco escarificada y raramente con heridas. (Se pasan el día bañándose y limpiándose, con una especie de jabón que extraen de diversas hojas. El “poturu”, así llamado por la madera del que está hecho, es un palo que atraviesa su labio inferior y que empieza a usar a los siete años las niñas y a los nueve los niños. Es una marca estética y un símbolo étnico, aunque desconocen su origen. Las mujeres también se adornan con diademas de plumas blancas). Con todo, el ego no tiene cabida, cada uno se muestra tal como es.

Sentado con los pies en el agua, miro a los niños jugar en el río, rodeados de un jardín infinito. Una alegre algarabía que se mezcla con el murmullo sutil de la cascada. Uno de los niños me tiende una piña silvestre, recogida al lado mismo. Una anciana espléndida, con el cuerpo reluciente y rojo, untado con una sustancia vegetal, entona un canto ritual meciendo a un bebé. Sobre sus hombros, un mono minúsculo. Un hombre de mirada dulce y profunda se balancea en su hamaca. Con su mano ahuecada contra su oído, la acompaña marcando el ritmo. Más lejos, un grupo de ágiles cazadores, arco en mano, sigue el rastro de pecarís, unos cerdos salvajes. Las mujeres corren atropelladamente para atrapar a los cerditos, a los que criarán con mimo. Aguas abajo, unos jóvenes retuercen y prensan una planta sobre el agua para extraer una savia que, al absorber el oxígeno, atonta a los peces. Maravillado, observo la plenitud de la vida humana.

Desde hace más de treinta años no he dejado de explorar todos los horizontes del mundo y creo haberme cruzado o codeado con buena parte de la humanidad. Aunque ni mucho menos estoy hastiado, la visión de un indígena ya no me causa impresión alguna. Sin embargo, mi encuentro con los indios zo´é me causó una auténtica tormenta mental. Nunca antes ciertas verdades se me habían aparecido de forma tan evidente. Como si, de forma instintiva, nos entregaran un último mensaje de razón y sabiduría. Viviendo en su universo, se me aparecían todos los excesos de nuestra civilización.

En algún lugar en el norte de la selva amazónica, en el Estado de Pará, se encuentran los zo´é. Con los zo´é contactamos en los años ochenta. En 1991 sólo eran 133 tras esos primeros contactos. Los FUNAI, la administración responsable de los indios de Brasil, vela por ellos. Desde hace poco, su avioneta aterriza de vez en cuando llevando un médico para los cuidados esenciales. Es la única y modesta contribución del otro mundo para apoyar el crecimiento demográfico de este pueblo puesto en peligro por las nuevas patologías. Joao, el jefe de la misión FUNAI, vela por su integridad geográfica y cultural, y su obsesión es que sigan siendo dueños de su destino y que nada ni nadie influya en el transcurso de su vida.

Lo primero que acude a la mente cuando se nombra el término civilización es cierta redondez, cierta ternura materna. Dulzura, calma y medida. La necesidad carece de ley. La experiencia merece el respeto. El saber se transmite sin exclusividad ni limitación, es un bien colectivo, la herencia que une a los de ayer, los de hoy y los de mañana. Las preciadas claves innatas para vivir y sobrevivir en la selva. No tienen jefe ni chamán, no existe autoridad ni organización jerárquica. Respetan de forma natural a los ancianos, que realizan rituales de purificación. Tampoco conciben una estructura familiar cerrada. La poligamia y la poliandria son las bases de la relación familiar y la cohesión social. Cuando, excepcionalmente, surge  una tensión, se atrapa sin brutalidad a los protagonistas y se les inmoviliza en el suelo. A continuación, una mujer es la encargada de hacerle cosquillas en la barriga. Todo termina en una carcajada general. Si alguien se enfada, es él quien se aparta hasta que se le pasa.

Si talan un árbol o capturan un pecarí, los zo´é se disculpan realizando rituales de reconciliación. Sólo matan para comer y viven en total complicidad con animales que han escapado de sus flechas y son sus protegidos para siempre.

La palabra gracias no existe en la lengua zo´é, porque aquí el reparto es espontáneo. La codicia no se lleva, ni los celos. No es necesario pedir: se obtiene, la solidaridad es una segunda naturaleza. No se carece de nada, porque hay de todo, gratuitamente, al alcance de la mano. Existir un raro y preciado equilibrio entre necesidad y satisfacción.

A los diez años, ya dominan el uso del arco. Practican la caza y la pesca desde la edad de piedra. Sólo en los últimos siglos han comenzado a cultivar. El arco lo usan tanto para cazar como para pescar: empapan las puntas de las flechas con la savia venenosa de una planta y con ella capturan a sus víctimas que caen drogadas.

Los zo´é tienen la belleza de aquellos que viven sin angustia. Hablan, se tocan, vigilan a los niños y ayudan a los ancianos sin esfuerzo. Hay tareas que realizar, pero no trabajos u obligaciones. Unos cazan o pescan, otros cocinan, hacen cestería, tejen, mantienen el hogar, mientras otros se lavan o afilan flechas. Pero también juegan, cantan, bailan, observan, se adornan, aprenden, enseñan y, a menudo, no hacen nada, sin por ello aburrirse. La mente divaga y sus rostros están risueños. Saben vivir el presente, el tiempo al igual que el Amazonas, se estira hasta el infinito.

La geografía ha conformado la Historia, y hoy la Historia destruye la geografía: “El bosque precede a los hombres y el desierto los sigue” observaba Chateaubriand. Perú ha abierto la Amazonia a la explotación petrolera y Brasil a la construcción de las presas que inundarán los territorios de los indios. Todo, para ofrecer más lujo a una minoría.

La Amazonia es nuestro centro de gravedad. Todos somos amazónicos.

Las otras deudas

Carlos Taibo - Revista 15-M

Nada descubro cuando afirmo que estamos delante de una genuina estafa. En su versión más reciente, esa estafa se vincula estrechamente con la palabra deuda. Aunque nuestros gobernantes parecen empeñados en subrayar que arrastramos un grave problema de deuda contraída por las diferentes administraciones públicas, la realidad es muy diferente: hasta hace bien poco más de las cuatro quintas partes de la deuda española correspondía a agentes privados, entre los cuales despuntaban con claridad inmorales entidades financieras. Sólo una pequeña fracción de la deuda privada había sido contraída, entre tanto, por las unidades familiares.

En el meollo de la estafa mencionada despunta, claro, una circunstancia más: asistimos a un inmoral proceso de estatalización de la deuda privada que está en el origen de recortes y agresiones contra derechos. En virtud de la decisión asumida por los dos grandes partidos españoles, los desafueros cometidos por los responsables de bancos y cajas de ahorro los tenemos que pagar todas. No está de más que, en este terreno, recuerde lo que debiera ser evidente: mientras nuestros gobernantes acuden presurosos a salvar la cara a las instituciones financieras, no actúan de la misma manera con las familias. Ahí está, para demostrarlo, ese dato espeluznante que nos habla de nada menos que 350.000 desahucios.

Conviene agregar, con todo, un par de observaciones más. Si la primera subraya que nuestros gobernantes rechazan orgullosamente cualquier fórmula que implique una auditoría seria de la deuda, la segunda anota que en paralelo se niegan a aceptar lo que muchas entendemos que es la clave de la cuestión: la inexorable necesidad de distinguir entre deuda legítima --aquella que es razonable pagar-- y deuda ilegítima --la que, al haber sido contraída en virtud de la especulación y del negocio más rastrero, hay motivos poderosos para rechazar--. Para cerrar el círculo, en fin, estamos obligados a certificar un dato sangrante que ilustra de manera fehaciente la condición de quienes nos gobiernan: no hay nadie en la cárcel, sea por efecto de la desregulación general acometida en el último decenio --si desaparecen las normas desaparecen también los delitos--, sea como consecuencia de la nula independencia del poder judicial.

De todo lo anterior hay que extraer lo que a mi entender es una conclusión obvia: sobran los motivos para rechazar el pago del grueso de la deuda y para hacer otro tanto con las faraónicas ayudas que las instancias que están en el origen de ésta --bancos y cajas de ahorro-- siguen recibiendo. Como sobran las razones para dar réplica rotunda a las agresiones que el capital ha decidido sacar adelante al amparo de una nueva ola de la lucha de clases que nos retrotrae a etapas que muchos pensaban definitivamente arrinconadas por la historia.

Me importa subrayar, eso sí, y ahora cambio de tercio, que la negativa a sacarle las castañas a bancos y cajas de ahorro debe acompañarse de una actitud bien distinta en lo que respecta a otras deudas que, olvidadas, éstas sí, conviene pagar. La primera de esas deudas impagadas lo es con las mujeres. Víctimas de una atávica marginación, tanto en el orden material como en el simbólico, padecen a menudo una doble explotación: la que se verifica en el ámbito laboral convencional y la que se hace valer en el hogar de la mano de una economía de cuidados que recae de manera casi exclusiva sobre sus hombros. Nunca está de más recordar que el 70% de los pobres y el 80% de los analfabetos existentes en el planeta son mujeres.

La segunda de esas deudas que debemos asumir lo es con la mayoría de los habitantes de los países del Sur. En este caso lo que se impone es el recordatorio de las secuelas, dramáticas, de siglos de expolio de la riqueza humana y material que atesoran esos países. No vaya a ser que en el Norte opulento acabemos por reconstruir nuestros maravillosos Estados del bienestar a costa de ratificar atávicas relaciones de explotación y exclusión.

La tercera, y última, de las deudas que estamos obligados a considerar es la que tenemos con los integrantes de las generaciones venideras y, también, con las restantes especies que nos acompañan en el planeta Tierra. A unos y otras llevamos camino de entregar un planeta literalmente inhabitable, cautivados como estamos por los mitos del crecimiento, el consumo, la productividad y la competitividad.

Mientras rechazamos la deuda que nuestros gobernantes nos han endosado, hagamos por pagar estas tres onerosas deudas que cabo de mencionar.    

¿Decrecimiento? económico. Crecimiento personal

Luis Martínez Pastor

Por fortuna he vuelto a ver a mi amigo Jaime. Desde que aquel día decidió acabar con todo, no lo había vuelto a ver. No, no piensen mal. Me explicaré: en vista de que su negocio –boyante y próspero unos años atrás– se desinflaba como un globo viejo, consumiéndose a si mismo y agotando sus propias reservas para subsistir precariamente ante un horizonte poco prometedor, decidió un buen día echar la persiana. No contento con eso, quiso quemar sus naves vendiendo el piso para cancelar la hipoteca y, juntando cuatro ahorros, se fue al pueblo en donde nació su padre antes de que se arruinase definitivamente la vieja casa para volver a echar fiemo en el huerto que, yermo, esperaba oculto bajo la maleza.

He apreciado en él una ilusión desconocida, como si se hubiese abierto ante su vista otro espacio amable y asequible. Su voz y sus gestos poseían con un color muy diferente a ese otro perfil triste y arrastrado al que me tenía acostumbrado mientras pagaba gastos y deudas, amén de sus dolorosos recibos del régimen especial de autónomos, afirmaba.

Su rostro moreno por el sol se adornaba de una luz diferente e irradiaba un brillo esperanzado que hacía ya tiempo que no veía en él. Ilusionado, me comentaba que había descubierto otro modo de vida. Que no podía seguir siendo como era, otro animal de ciudad, otro más sometido a la dictadura inevitable y asesina de situarse cada mañana ante un negocio que ya no lo era y que le quitaba mucho más de lo que aportaba a su vida, a su familia y a su bolsillo.

Decía, ufano, que el cambio había sido duro al principio, pero había conseguido rozar una sensación muy parecida a la felicidad en el pueblo aquel, en donde las desgracias de esta sociedad impenitente pasan mucho más de lejos que en el escenario urbano y laboral al que estaba acostumbrado. Decía, también, haber descubierto en ese nuevo modo de vida una amable sensación de acomodo, pese a las carencias que conlleva la vida rural, el que las personas conceden importancia a esas pequeñas cosas que en otros lugares más cosmopolitas se nos escapan de entre las manos. Se había convertido casi en vegetariano, y él y su familia eran muy apreciados en el pueblo en dónde se atribuía al tiempo y a las personas el valor que tenían.

Sus hijos asisten a la escuela a una localidad cercana, mientras él y Marisa, su mujer, despedida también por un ERE salvaje, hacían crecer cada día un poco más el huerto familiar, el pequeño corral con algunos animales y su propia grandeza personal, mientras él mismo se ocupaba de pequeñas reparaciones y reformas domésticas en las casas de otros vecinos cuyas manos ajadas habían perdido la habilidad necesaria para ello.

Le pregunté por esas pequeñas cosas a las que no damos importancia en la ciudad, por tenerlas al alcance de los dedos, como un médico, un cine, el supermercado o darle a un botón y calentar la casa, a lo que él me respondió que todo es cuestión de planteamientos, organización y una forma distinta de ver las cosas, renunciando a todo lo que en definitiva resulta superfluo, desaprendiendo ciertas cosas y asegurando que, en realidad, no se necesita tanto para vivir; aunque si necesitas repuestos para el tractor, tienes la ciudad a poco más de media hora en coche.

Aseguraba apenas generar basuras, que allí todo se aprovechaba en el huerto, con los animales o finalmente arrojado a  un fuego amable en el hogar junto al que veían morir las tardes de otoño en compañía de nuevos amigos y familias como la suya que emprendían una nueva vida rompiendo con todo.

Contentos ambos por nuestro fortuito encuentro, me invitó de corazón a pasar con ellos un fin de semana y que le echara una mano para dar forma a la estructura de una especie de novela que lleva en mente y en la que piensa compartir su experiencia, compartiendo un buen asado y buenos productos de la huerta. Tentadora idea.

Desde luego, no pude por menos prometerle que iría mientras lo contemplaba con cierta pasión, descubriendo en él a una persona renovada por volver a sus orígenes, y pensando que, tal vez, el avance definitivo no sea sino ese supuesto paso atrás o “decrecimiento económico” para aquellos que vemos cuanto nos rodea como la única alternativa posible.

Nosotros los occidentales, los principales responsables

Leonardo Boff

El conjunto de crisis que avasalla a la humanidad nos obliga a parar y hacer un balance. Es el momento filosofante de todo observador crítico, siempre que quiera ir más allá de los discursos convencionales e intrasistémicos.

¿Por qué hemos llegado a la situación actual que objetivamente amenaza el futuro de la vida humana y de nuestra obra civilizatoria? Respondemos sin mayores justificaciones: los principales causantes de este recorrido son aquellos que en los últimos siglos detentaron el poder, el saber y el tener. Ellos se propusieron dominar la naturaleza, conquistar el mundo entero, someter a los pueblos y poner todo al servicio de sus intereses.

Para esto utilizaron un arma poderosa: la tecnociencia. Por la ciencia identificaron cómo funciona la naturaleza y por la técnica realizaron intervenciones para beneficio humano sin reparar en las consecuencias.

Los señores que realizaron esto fueron los europeos occidentales. Nosotros latinoamericanos fuimos agregados a ellos a la fuerza como un apéndice: el Extremo Occidente.

Esos occidentales, sin embargo, están hoy enormemente perplejos. Se preguntan aturdidos: ¿cómo podemos estar en el ojo de la crisis si tenemos el mejor saber, la mejor democracia, la mejor economía, la mejor técnica, el mejor cine, la mayor fuerza militar y la mejor religión, el cristianismo?

Ahora estas "conquistas" están puestas en entredicho, pues ellas, no obstante su valor, es innegable que ellas no nos proporcionan ningún horizonte de esperanza. Sentimos que el tiempo occidental se ha agotado y ha pasado ya. Por eso ha perdido cualquier legitimidad y fuerza de convencimiento.

Arnold Toynbee, analizando las grandes civilizaciones, notó esta constante histórica: siempre que el arsenal de respuestas para los desafíos ya no es suficiente, las civilizaciones entran en crisis, empiezan a descomponerse hasta que colapsan o son asimiladas por otra. Esta trae renovado vigor, nuevos sueños y nuevos sentidos de vida personales y colectivos. ¿Cuál vendrá? ¿Quién lo sabe? He aquí la pregunta crucial.

Lo que agrava la crisis es la persistente arrogancia occidental. Incluso en decadencia, los occidentales se imaginan como la referencia obligatoria para todos.

Para la Biblia y para los griegos este comportamiento constituía el supremo desvío, pues las personas se colocaban en el mismo pedestal de la divinidad, considerada como la referencia suprema y la Última Realidad. Llamaban a esa actitud hybris, es decir, arrogancia y exceso del propio yo.

Fue esta arrogancia la que llevó a Estados Unidos a intervenir con razones mentirosas en Irak, después en Afganistán y antes en América Latina, sosteniendo durante muchos años regímenes dictatoriales militares y la vergonzosa Operación Cóndor mediante la cual centenares de líderes de varios países de América Latina fueron secuestrados y asesinados.

Con el nuevo presidente Barak Obama se esperaba un nuevo rumbo, más multipolar, respetuoso de las diferencias culturales y compasivo con los vulnerables. Craso error. Está llevando adelante el proyecto imperial en la misma línea del fundamentalista Bush. No ha cambiado sustancialmente nada en esta estrategia de arrogancia. Al contrario, inauguró algo inaudito y perverso: una guerra no declarada usando "drones", aviones no tripulados. Dirigidos electrónicamente desde frías salas de bases militares en Texas atacan, matando a líderes individuales y a grupos enteros en los cuales suponen que puede haber terroristas.

El propio cristianismo, en sus distintas vertientes, se ha distanciado del ecumenismo y está asumiendo rasgos fundamentalistas. Hay una disputa en el mercado religioso para ver cuál de las denominaciones consigue reunir más fieles.

Hemos presenciado en la Río+20 la misma arrogancia de los poderosos, negándose a participar y a buscar convergencias mínimas que aliviasen la crisis de la Tierra.

Y pensar que, en el fondo, solamente buscamos la sencilla utopía, bien expresada por Pablo Milanés y Chico Buarque: "la historia podría ser un carro alegre, lleno de un pueblo contento".

El antropoceno

Ramón Fernández Durán

El antropoceno: la crisis ecológica se hace mundial

En el siglo XX pasamos de un mundo “vacío” a un mundo “lleno”, en palabras de Daly (1999), lo que implica una verdadera mutación histórica, haciendo que se hable ya de la entrada en una nueva era geológica: el Antropoceno. El Antropoceno sería una nueva época de la Tierra, consecuencia del despliegue del sistema urbano-agro-industrial a escala global, que se da junto con un incremento poblacional mundial sin parangón histórico. Todo ello ha actuado como una auténtica fuerza geológica con fuertes implicaciones ambientales. La Sociedad Geológica de Londres, la de mayor historia y quizás la más prestigiosa del planeta, así lo ha definido (Davis, 2008)

(...)

La ideología dominante a lo largo del siglo XX, de fuerte raíz en la llamada economía neoclásica (conformada a finales del siglo XIX), con su fe en el crecimiento continuo y el progreso indefinido, sostiene que la expansión del actual modelo productivo y de acumulación se produce como en una burbuja aislada y autosostenida, desconectada de los procesos históricos, y de la realidad social y ambiental. Pero eso es una tremenda falacia. Y aquí nos centraremos en resaltar las implicaciones ambientales del metabolismo del capitalismo global, el modelo claramente dominante ya a escala mundial, pues las sociales y políticas ya se han comentado en otras partes del análisis del siglo XX; entre ellas, cómo este “mundo ideal” descansa sobre otro “mundo invisible” que es el ámbito de la reproducción doméstica, que opera en general fuera de la lógica del mercado, con una estructura claramente patriarcal, y sin el cual ese “mundo ideal” sería sencillamente inviable (Herrero, 2008).

De esta forma, atendiendo al ámbito de lo ambiental, el metabolismo del capitalismo global no se puede entender sin un consumo creciente de recursos de todo tipo (inputs biofísicos), en concreto materiales y energía que son extraídos del medio natural, ocasionando importantes impactos sobre el entorno, para ser posteriormente procesados por un sistema tecnológico y organizativo (por así decir, el capital productivo), con el concurso fundamental del trabajo humano (de índole asalariada o dependiente), generando una producción que en parte es acumulada en forma de stock construido (edificios, infraestructuras, etc.), al tiempo que produce también mercancías de toda índole destinadas al consumo. Pero a su vez, ambos procesos engendran importantes residuos o emisiones de muy diversa naturaleza (los outputs biofísicos) que son vueltos a lanzar al medio natural (Murray, 2005).

La economía neoclásica para nada considera la necesidad insoslayable de disponer de dichos inputs biofísicos, pues los da por supuestos, y piensa que estarán ahí disponibles ad eternum para ser utilizados sin freno y sin impacto por parte del carrusel imparable de la producción y el consumo; y por supuesto ni considera, es más desprecia, cualquier repercusión medioambiental de los outputs biofísicos, resultado de los procesos productivos y de consumo. Y lo que es más grave, considera que ninguno de los dos puede afectar a su dinámica de expansión “sin fin”, que se presupone, pues es parte de la fe en el Progreso indefinido. Un Progreso que para nada se puede ver frenado ni condicionado por la Biosfera. La “burbuja”, finita y frágil, en la que opera de forma no inocua el capitalismo global

La necesidad de decrecer

Miguel Antúnez López

“Si se mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, industrialización, contaminación ambiental, producción de alimentos y agotamiento de los recursos, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años”, decían los autores de “Los Límites del Crecimiento” en 1972. Hoy, cuarenta años después, estamos viviendo la convergencia de varias crisis en una crisis sistémica que algunos autores achacan a la llegada del cenit de la capacidad de crecimiento mundial. Vamos a ser testigos y participantes de una transición desde décadas de crecimiento económico hacia décadas de contracción económica.

¿Por qué?

Para acercarnos a esta complicada cuestión debemos realizar un análisis de todo el sistema que sustenta a las comunidades humanas modernas. Podemos afirmar que los problemas socioambientales y económicos que hoy padecemos son problemas socioconductuales. Hoy día, por mucho que la realidad nos muestre que algo no encaja, continuamos teniendo una visión de la economía como si de un sistema individual y aislado se tratase, hemos montado nuestras sociedades en torno a esa premisa y nos comportamos en consecuencia. Sin embargo, la economía no puede ser otra cosa que un subsistema de un sistema más grande: el ecosistema Tierra.

El proceso económico es una transformación física del capital natural, de baja entropía, en productos útiles para el ser humano que, posteriormente, desechará como residuos, sacando materiales y energía de sus ciclos naturales y aumentando la entropía. El crecimiento económico, dios de economistas de muy diverso signo, es un incremento exponencial de este proceso, lo que agrava los problemas derivados del proceso económico que actualmente rige nuestras sociedades.

Por consiguiente, el resultado de cualquier sociedad o sistema que no abandone a tiempo las ansias de crecimiento es la insostenibilidad. Y será así incluso en el caso de que se añada por doquier la palabra “sostenible”. El tan maltratado concepto de sostenibilidad seguirá siendo un adorno sin sentido mientras no integremos en nuestras vidas la premisa de que no podemos hablar de un desarrollo sostenible si seguimos en la espiral de crecimiento. No podemos hablar de sostenibilidad si seguimos produciendo residuos a una velocidad mayor de la que necesita el ecosistema para reintegrarlos en los ciclos biogeoquímicos. No podemos hablar de sostenibilidad si explotamos los recursos renovables más rápido de lo que tarda la naturaleza en restaurarlos. Y no podemos hablar de sostenibilidad si basamos nuestras sociedades en la explotación creciente de recursos no renovables.

Todo esto está causado, en gran medida, por la absurda creencia de que un sistema inferior (economía) puede estar por encima de un sistema superior (Tierra). Mientras esto siga así, continuaremos padeciendo (y agravando) las consecuencias de lo que podemos denominar un problema de escala.

Una de esas consecuencias, quizá la más importante, es la llegada a los límites ecológicos y de disponibilidad energética del planeta.

La huella ecológica mundial es de 2,6 hectáreas globales per cápita (Ecological Footprint Atlas, 2009), sobrepasando con holgura la media de hectáreas por persona que tenemos en nuestro planeta (1,8). Pero, además, esta media oculta las grandes diferencias con respecto a los distintos países. Los países más enriquecidos tienen una huella ecológica de 6,4 hectáreas por persona a costa de los más empobrecidos, que no llegan a 1 hectárea por persona. Con ello podemos afirmar que el modo de vida de los países más “desarrollados” no es extensible al resto del planeta, ya que si todos los habitantes de la Tierra adoptáramos el modo de vida estadounidense, por ejemplo, necesitaríamos cinco planetas. Así pues, la huella ecológica evidencia que debemos exigir una reducción de los niveles de producción y consumo de dichos países para situarnos en los límites ecológicos y cumplir los requisitos de la justicia social y pone de manifiesto las relaciones entre los modelos de desarrollo, los hábitos de vida y los problemas socioambientales y económicos.

Muy estrechamente unidas a los límites ecológicos se encuentran las limitaciones de disponibilidad energética. Durante estos primeros años del siglo XXI hemos llegado a una situación urgente desde el punto de vista energético. El paso por el máximo productivo (cenit) del petróleo crudo (en 2006 según la Agencia Internacional de la Energía) dio por finalizada la era del petróleo fácil y barato. Es más, no podemos aumentar mucho más la cantidad de energía disponible anualmente para las actividades humanas en el planeta. Por tanto, y teniendo en cuenta que todas las materias energéticas no renovables siguen una curva de explotación que siempre tiene una fase terminal de declive, que todas ellas están ya cerca de su máximo productivo, o lo han pasado ya, y que no es posible que ninguna otra fuente energética conocida actualmente pueda ofrecer la misma cantidad de energía y en las mismas condiciones, estamos abocados a un descenso energético prolongado y de gran magnitud.

El horizonte que se dibuja para los próximos años es muy sombrío, puesto que la energía es precursora de la actividad  económica y faltando energía la crisis se agravará cada vez más. La economía mundial está jugando un juego de suma cero, con un pastel cada vez más pequeño a repartir, y no serán suficientes meros ajustes técnicos en los sistemas productivos para evitar fuertes tensiones.

La situación en la que nos encontramos nos reta a plantearnos los fundamentos mismos en los que se basa nuestra civilización. Debemos analizar, sin miedos, las raíces de nuestro pensamiento para construir otra sociedad que pueda asumir y amortiguar el impacto de lo que se nos viene encima. Es necesario organizarnos y planificar, por tanto, el decrecimiento. Pero no un decrecimiento entendido como la visión especular del crecimiento del PIB, sino un decrecimiento que cree nuevas respuestas para problemas que nunca hemos enfrentado. Porque el decrecimiento tan sólo resulta posible en una ‘sociedad del decrecimiento’, es decir, en el marco de un sistema que se base en otra lógica. Para ello es necesario hacer un análisis radical de las actitudes, valores, creencias y concepciones que subyacen en nuestras sociedades, con el objetivo de descolonizar nuestro imaginario. Es una tarea compleja, pero totalmente necesaria antes de poder construir una alternativa coherente en dicha sociedad del decrecimiento. El gran desafío consiste en romper los círculos, que son también cadenas, para salir del laberinto que nos mantiene prisioneros.

Miguel Antúnez López, Miembro de EQUO Córdoba

El decrecimiento ecosocialista

Enric Llopis 

Uno de los grandes mentores de la teoría del decrecimiento, Serge Latouche, se expresa con rotundidad: “Vivimos en los tiempos de la desesperación, de la austeridad y del rigor total, pero en el marco de una sociedad del crecimiento sin crecimiento económico; y esta es la peor de las pesadillas; porque ni siquiera se generan puestos de trabajo, como sí ocurría en el periodo de “los 30 gloriosos” tras la Segunda Guerra Mundial; aunque no se respetara el medio ambiente y se diera un uso ilimitado del petróleo, al menos la gente podía alimentarse y se le garantizaba una cierta capacidad de autonomía; no es esta la alternativa que propone el decrecimiento, pero al menos resultaba más interesante que la opción absurda, injusta y monstruosa del rigor económico”.
22_latouche Serge Latouche

Economista, filósofo, profesor emérito de Economía de la Universidad de Orsay y uno de los grandes teóricos del decrecimiento, Latouche es autor de los libros “Por una sociedad en decrecimiento” (2003), “La hora del decrecimiento” (2010) y los más recientes “Salir de la sociedad de consumo: voces y vías del decrecimiento” y “¿Hacia dónde va el mundo?”, junto a Ives Cochet, Susan George y Jean-Pierre Dupuy.

Al igual que rechaza la austeridad, explica, “el decrecimiento también se opone al crecimiento y a la reactivación económica, que no resulta posible ni deseable; es cierto que los trabajadores han de encontrar un puesto de trabajo, pero esto no puede hacerse -por ejemplo, en España- reactivando la máquina de construir viviendas; además, ni siquiera se generaría empleo con tasas de crecimiento del PIB del 2%; haría falta un 4%; y ello sin contar con problemas como la huella ecológica; este año, el 15 de agosto, superamos la capacidad de consumo por persona calculada para respetar los límites del planeta; y cada año se adelanta la fecha. Harían falta tres planetas para soportar el consumo de españoles y franceses; más aún en el caso del norteamericano medio; por lo demás, el crecimiento consumista genera frustración e infelicidad”.
Trabajar menos para vivir mejor

¿Qué es el decrecimiento? Según Latouche puede definirse como ecosocialista, “como un proyecto de prosperidad sin crecimiento, o bien de abundancia frugal”. Según algunos antropólogos, explica el autor de “Por una sociedad en decrecimiento”, las sociedades de cazadores y recolectores “eran las más cercanas a la abundancia, precisamente porque es la frugalidad el requisito necesario para esta abundancia; no tenían apenas necesidades y, por eso, les era suficiente con dos o tres horas diarias de caza o pesca”. Asimismo, el proyecto de decrecimiento ha de adaptarse a las singularidades de cada país. Latouche recuerda cómo en un gran templo Zen japonés se afirma que sólo podrá alcanzar la felicidad quien sepa controlar sus necesidades: “Esta sabiduría –presente en la cultura amerindia, africana o griega- nos ha acompañado a lo largo de la historia, y es necesario recuperarla hoy”.
22_consume ©Consume Hasta Morir

Ahora bien, ¿es el decrecimiento la solución a la crisis? ¿Cómo caracterizar la crisis actual? A juicio de Latouche, “vivimos una crisis global, de la que no se puede salir poniendo parches; algo similar a lo que ocurrió con la caída del imperio romano; a la crisis de las deudas soberanas, la más inmediata, se agregan otras más profundas: la crisis social, cuya génesis radica en la década de los 80, con la “contrarreforma neoliberal”; la crisis ecológica, plasmada en el primer informe del Club de Roma en la década de los 70; y otra cultural, una de cuyas expresiones fue Mayo del 68”.

Hoy, frente a los mercados financieros, hace falta “cambiar los valores”, según Latouhe. “Acabar con la competencia salvaje, la guerra de todos contra todos, y de todos contra la naturaleza”. Terminar con unos principios filosóficos muy arraigados en occidente, que proceden de Bacon y Descartes, quien afirmaba que “la naturaleza es como una prostituta a la que cabe avasallar”.

Ell filósofo y economista francés ha apostado por romper con el euro y optar entre alternativas como dejar de pagar las deudas (“una opción más radical”) o elaborar auditorías ciudadanas, siguiendo el modelo impulsado por el presidente Correa en Ecuador. También ha defendido la desmundialización, idea que penetró en los debates de las últimas presidenciales francesas. Latouche aboga por un proteccionismo “ambiental, social y fiscal” que se oponga a los criterios de la OMC. Relocalizar y producir lo necesario, considerar la creación de monedas de intercambio locales, la reconversión ecológica de la agricultura, desmantelar las centrales nucleares y reducir el tiempo de trabajo.

El decrecimiento plantea “trabajar menos para vivir mejor”. Es en este punto donde, según Latouche, “el decrecimiento adquiere todo su sentido utópico”. El ocio, la vida contemplativa, la siesta saludable (una institución destruida por la globalización), el sentido lúdico de la vida y las buenas relaciones. Una utopía radical frente a la tiranía de los mercados.


Postcapitalismo, decrecimiento y coloridas insurgencias

Jorge Beinstein

El fatalismo global abandona su máscara optimista neoliberal de otros tiempos y va asumiendo un pesimismo no menos avasallador. En el pasado los medios de comunicación nos explicaban que nada era posible hacer ante un planeta capitalista cada día más próspero (aunque plagado de crueldades), solo nos quedaba la posibilidad de adaptarnos, una ruidosa masa de expertos avalaban las grandes consignas con argumentos científicos irrefutables. A eso se le llamó discurso único, aparecía como un formidable instrumento ideológico y prometía acompañarnos durante varios siglos aunque duro unas pocas décadas y se esfumó en menos de un lustro.

Insurgencias 

La contra cara positiva de la decadencia podría ser sintetizada como la combinación de resistencias y ofensivas de todo tipo contra el sistema operando como un fenómeno de dimensión global y actuando en orden disperso, expresando una gran diversidad de culturas, diferentes niveles de conciencia y de formas de lucha.

Desde los indignados europeos o norteamericanos que (por ahora) solo pretenden depurar al capitalismo de sus tumores financieros y elitistas, hasta los combatientes afganos peleando contra el invasor occidental o la insurgencia colombiana animada por la perspectiva anticapitalista pasando por un muy complejo abanico de movimientos sociales, minorías y pequeños grupos críticos y rebeldes.

Oposiciones a gobiernos abiertamente reaccionarios y a ocupaciones coloniales pero también a las fachadas democráticas más o menos deterioradas que intentan suministrar gobernabilidad al capitalismo. Lo que plantea la hipótesis de la convergencia y radicalización de esos procesos y entonces la posibilidad de profundizar el concepto de insurgencia global pensado como realidad en formación alimentada por la declinación de la civilización burguesa. La alternativa insurgente emergiendo como rechazo y apuntando hacia la negación radical del sistema y al mismo tiempo abriendo el espacio de las utopías post capitalistas.

El sujeto central de la insurgencia es la humanidad sumergida en expansión a la que la dinámica de la marginación y la superexplotación (la dinámica de la decadencia) empuja hacia la rebelión como alternativa a la degradación extrema. Se trata de miles de millones de habitantes de los espacios rurales y urbanos. Este proletariado es mucho mas extendido y variado que la masa de obreros industriales (incluye a sus franjas periféricas y empobrecidas), no es el nuevo portador de la antorcha del progreso construida por la modernidad sino su negador potencial absoluto el cual en la medida en que vaya destruyendo las posiciones enemigas estará construyendo una nueva cultura libertaria.

Sin embargo la irrupción universal de ese sujeto se demora, un gigantesco muro de ilusiones bloquea su rebelión. Es que la autodestrucción del sistema global recién está en sus inicios, su hegemonía civilizacional es todavía muy fuerte, es casi imposible pronosticar, establecer teóricamente el recorrido temporal, el calendario de su desarticulación. Si es posible establecer teóricamente la trayectoria descendente aunque sin pegarle fechas.

Utopías 

Aquí aparece el postcapitalismo como necesidad y posibilidad histórica concreta, como utopía radical que hunde sus raíces en el pasado revolucionario de los siglos XIX y XX y mucho más allá en las culturas comunitarias precapitalistas de Asia, Africa, América Latina y de la Europa anterior a la modernidad. No se trata de una etapa inevitable (une suerte de “resultado inexorable” de la declinación del sistema decidido por alguna “ley de la historia”) sino del resultado posible, viable del desarrollo de la voluntad de las mayorías oprimidas.


El decrecimiento como una respuesta a la sostenibilidad y la igualdad

Malgorzata StaweckaPeriodismo Humano

El aumento de la población, así como economías florecientes y un consumo insostenible están presionando en exceso al mundo, alterando los ecosistemas y los medios de sustento de muchos seres humanos. Global Footprint Network, un grupo internacional de expertos sobre sostenibilidad, estima que los seres humanos usan el equivalente a un planeta y medio para obtener los recursos que consumen. También generan desechos que la Tierra absorbe.

La huella que dejan los seres humanos sobre los sistemas terrestres se duplicó en las últimas décadas, y los expertos advierten que será necesario reducir significativamente la economía, al tiempo de promover la protección ambiental y de disminuir las desigualdades.

“Este cambio social intencional es esencial para un mundo donde 7.000 millones de seres humanos están agotando la biocapacidad de la Tierra y amenazando con el colapso de servicios claves del ecosistema, como la regulación climática, las reservas pesqueras, la polinización y la purificación del agua”, dijo Erik Assadourian, del Worldwatch Institute. ”Al no seguir proactivamente un sendero de decrecimiento, aceptamos que, en cambio, tendremos una descontrolada contracción mundial que conducirá a una incomodidad y a un sufrimiento humano mucho mayores que el que jamás ocasionaría el decrecimiento“, planteó a IPS.

Sin embargo, la ambiciosa aspiración de convencer a los países más ricos de implementar drásticos cambios en su estilo de vida demuestra ser más elusiva que nunca.Además, la necesidad de decrecimiento llega en un momento en que el tercio más pobre de la humanidad todavía depende de aumentar el consumo para afrontar una creciente demanda de alimentos y garantizarse una calidad de vida decente.

“Un decrecimiento sostenible, en un sentido ambiental y también social, requerirá alguna clase de sociedad ecosocialista”, dijo a IPS el profesor Petter Næss, de la danesa Universidad de Aalborg, autor de varios libros sobre el crecimiento económico y la sostenibilidad en el contexto urbano.

“Los principales obstáculos a ese tipo de desarrollo son los fuertes poderes ideológico y discursivo que ostentan los proponentes del régimen de crecimiento dominante, incluidas las influencias a través de los medios de comunicación, la publicidad y el hecho de que a menudo el estatus social de la gente es juzgado a partir de su nivel de consumo y riqueza, como lo es su posibilidad de influir políticamente”, agregó.

Pero un decrecimiento económico planeado, lejos de ser inconveniente puede constituir una herramienta útil para promover el desarrollo sostenible y la erradicación de la pobreza, al tiempo de promover una mayor igualdad social. ”El principal desafío que conlleva el decrecimiento es obvio: cómo convencemos a los que tienen riqueza y poder de estar dispuestos a redistribuir esto con otros”, expone Assadourian. “Si se alterara esa dinámica, todos se beneficiarían”.

En el informe “La situación del mundo 2012: Hacia una prosperidad sostenible”, divulgado en junio por el Worldwatch Institute, Assadourian pone de relieve políticas creativas y nuevos conceptos mediante los cuales el decrecimiento económico puede conducir a una mejora en el desarrollo sostenible, al tiempo de solucionar una serie de problemas sociales.

Por ejemplo, “apoyar esfuerzos por crear oportunidades económicas informales como la pequeña agricultura y los huertos comunitarios, trueques y reparaciones puede ayudar a crear nuevos medios para que las personas se mantengan solas”, señala Assadourian en el estudio. Autoaprovisionarse parcialmente puede mejorar el bienestar general de la gente, reduciendo en simultáneo su dependencia de un sistema alimentario globalizado que está a merced de eventos extremos recurrentes como sequías e inundaciones.Además, reducir el horario laboral mediante el régimen de empleo compartido y brindar vacaciones y licencias por maternidad y paternidad más prolongadas, podría minimizar el estrés y mejorar la productividad.

“Si la gente trabajara menos, se reducirían sus ingresos y, a su vez, bajaría el consumo de objetos de lujo en general. Menos personas viajarían en avión, comprarían casas más pequeñas y elegirían automóviles de más baja cilindrada o estilos de vida que no implicaran su uso”, dijo Assadourian. ”Aunque algunos verían esto negativamente, el nuevo tiempo de ocio y vidas menos estresantes lo compensarían, especialmente si los gobiernos también fortalecieran su rol tradicional de brindar una importante serie de bienes públicos: bibliotecas, tránsito público, agua potable, etcétera”, planteó.”Y estos bienes públicos podrían financiarse aumentando los impuestos a los más ricos, lo que también ayudaría a reducir el consumo de lujos por parte de ese segmento de la sociedad, que tiene el mayor impacto ecológico sobre el planeta”, agregó.

Ante la pregunta de si es posible elaborar una estrategia para abordar el crecimiento y el decrecimiento en simultáneo, Assadourian dijo que incluso en países como Estados Unidos, donde la economía tiene que decrecer de modo significativo, ciertos sectores, como el de la energía renovable y la agricultura sostenible, todavía deberían aumentar.

El concepto de decrecimiento concita la atención en países como Italia y Francia. Por ejemplo, actualmente hay 69 ciudades y poblados italianos que adhieren a la red de “Cittaslow“, un movimiento fundado en 1999 que en la última década se expandió mucho más allá de fronteras. Éste aspira a mejorar la calidad de vida en los centros urbanos “ralentizando su ritmo general”, especialmente en lo relativo al uso de los espacios y al flujo del tráfico, garantizando un estilo de vida más saludable, promoviendo la diversidad cultural y la singularidad de la ciudad, además de proteger el ambiente.

En los últimos tiempos, la tercera Conferencia Internacional sobre Desarrollo, Sostenibilidad Ecológica e Igualdad Social, realizada del 19 al 23 de septiembre en Venecia, brindó un ámbito único para compartir y debatir temas, desde la soberanía alimentaria y la transición energética a la crisis de deuda y la política participativa, haciendo especial énfasis en las soluciones y en exhaustivas estrategias de decrecimiento que pueden aplicarse en el Sur en desarrollo.

“Se debería implementar regulaciones para garantizar una distribución gradualmente más justa y equitativa de la riqueza y los ingresos entre los habitantes en los planos local y nacional y, a través de impuestos y mecanismos de distribución internacionales adoptados por la Organización de las Naciones Unidas, entre naciones”, dijo Næss.También advirtió que, en ausencia de esos poderosos mecanismos de redistribución, se arraigarán más los impactos negativos de una política de decrecimiento, como severas dificultades entre los más pobres, mayores brechas sociales, xenofobia y racismo.

Gitanos

Gabor 

Podemos entender la gitaneidad como una forma de vida, una forma de pensar, una forma de aprehender la realidad; el modo en que se elabora una construcción significativa del mundo.

La memoria

Es el pueblo gitano, un pueblo invisibilizado, su tradición oral permite que sean los otros quienes escriban sobre ellos.

Procedentes del norte de la India, una invasión musulmana les hace un pueblo emigrante (hacia el siglo X). Desplazados hacia el oeste: el nomadismo y sedentarización constituyen dos modos de vida coyunturales que obedecen al resultado de estrategias económicas y sociales propias en función de las alternativas disponibles en cada momento histórico y lugar.

Curiosamente a su llegada a Europa y también a España a comienzos del siglo XV, son acogidos con simpatía, cristianos que cumplen penitencia del peregrinaje por el pecado de renegar de su fe cristiana por la amenaza de los musulmanes y el sometimiento a ellos. En algunos documentos consta incluso la penitencia papal y la orden del pontífice de que se les ayudara en su camino para que pudieran cumplirla.

En el año 1499, una Real Pragmática promulgada por los Reyes Católicos simultáneamente en Castilla y en la Corona de Aragón iniciaba el acoso a los gitanos. La ley exigía que se asentaran y dejaran su vida errante, que sirvieran a un señor que tomaran un oficio, y ordena que dejen de ser gitanos en toda la amplitud de la palabra: que abandonen su lengua, su forma de vestir y ornamentarse, sus costumbres y sus relaciones. Es el comienzo de 500 años de resistencia a las persecuciones, e intentos de asimilación de la cultura predominante; en un proceso que aún hoy continúa, para negarles su origen, su historia, su cultura y su identidad.

El estar

Los gitanos han vivido siempre en el mundo. La suya no ha sido una existencia recluida entre cuatro paredes, su existencia ha transcurrido en estrecho contacto con la naturaleza y con la comunidad, con quienes han establecido una relación destinada a garantizar su supervivencia.

La obligación de vivir en una caravana acostumbró a los gitanos a privilegiar los sentidos como medio de relación entre la persona y la naturaleza, por otra parte, el hecho de cerrarse en la propia comunidad le otorgó un papel referencial en la supervivencia: vivir sería, sobre todo, vivir en comunidad. De ahí que los gitanos hayan desarrollado una forma de pensar fuertemente realista y pragmática. Los gitanos se mueven con facilidad en el mundo real, como contexto inmediato de su existencia.

Conocer

“Nuestra identidad nunca ha estado guiada por la preeminencia del pensamiento, la reflexión ni la racionalidad (…). La cultura gitana se ha mantenido desprovista de la esfera intelectual para centrarse en la emotividad, como medio de conocimiento”

Maestro gitano  Antonio Carmona.

Los gitanos asocian conocer con sentir. La pulsión gitana por el conocimiento inmediato, a través de los sentidos, podría deberse tanto a la necesidad de disponer de un conocimiento práctico, para garantizar la supervivencia, como a una herencia oriental que los gitanos han conservado en su inconsciente colectivo.

Expresar

Los gitanos se expresan en Romani, una herramienta de identidad y autodefensa.

Por las características históricas de nomadismo y exclusión que les ha tocado vivir, el lenguaje ha tenido una función especialmente práctica, más que en otros grupos humanos. A través del lenguaje, los gitanos acceden a la realidad, y conocen su cultura, como el resto de personas, pero gracias a un uso particular de ese lenguaje han podido también fortalecer los vínculos entre las personas que lo forman.

Dicho de otra forma el lenguaje no sólo les confiere identidad personal sino también cohesión grupal. La cultura gitana ha podido sobrevivir  gracias a la lengua gitana y a las estructuras que subyacen en ella. Los gitanos no conciben el lenguaje tanto para comunicarse como para relacionarse. Lo importante no es la información, sino la actitud que se transmite (de ahí la importancia de ‘saber comportarse a la manera gitana’, más que saber ‘mucho sobre gitanos’).

Se trata de una forma de relacionarse con pocas palabras, mucha metáfora e hipérbole, y sobre todo, se utiliza con ingenio.  Con un cuerpo que expresa, con gran capacidad evocadora.

Existe un lenguaje para los gitanos y otro para los no gitanos.

Algunos gitanos escriben  a partir de 1950 como forma de catalizar su situación existencial desesperada tras la barbarie ‘nazi’ y la desesperación de ante un vida nómada ya imposible.

Ser

Ningún gitano esconde su condición cuando se le pregunta explícitamente por ello, pese a los sufrimientos que la pertenencia al pueblo gitano ha comportado.

División entre el mundo de los gitanos y el de los no gitanos. El gitano sólo lo es en el clan, y el no gitano ‘no es totalmente persona, porque la voz del clan no resuena para él’.

Los no gitanos constituyen un grupo no sólo ajeno a la cultura gitana, sino algo nunca comprendido del todo ‘¿Cómo pueden ser personas aquellas que se matan entre ellas, se niegan la ayuda mutua o degradan la naturaleza?’.

En la medida en que la alteridad extraña se fue volviendo hostil, a través de dinámicas de persecución posteriores al siglo XV, se desarrolló una estrategia cultural que consistió en mantener la unidad y homogeneidad como grupo mediante un proceso endogámico, Igualmente, ante la falta de recursos materiales, fruto de las dinámicas de exclusión los gitanos comprendieron que se tenían a ellos mismos como única propiedad. Resultado de unas y otras surgió una creciente actitud de  desconfianza e, incluso, menosprecio.

Vivir

La vida constituye una pulsión básica en la cultura gitana. Estamos ante un concepto amplio de vida. Fruto de su proceso migratorio, los gitanos acabaron por hacer del mundo su casa.

La gitaneidad siempre debe desarrollarse dignamente; el interés, casi escrupuloso,  con que las familias gitanas proporcionan a  sus miembros lo fundamental para la existencia: alimentos, techo, afecto, valores y diversión. De ahí la protección a los niños, el respeto a los mayores, aunque también el acompañamiento en la enfermedad o la solidaridad en los momentos difíciles.

Vivir al día. La vida se vive no se piensa.

Juzgar

No valoran la libertad porque viven en ella, porque no la necesitan. El interés comunitario prima sobre la voluntad individual. Se asume el interés colectivo como criterio de validación de lo que es o no moralmente correcto.

La voluntad individual se subordina al interés comunitario.

Existen instituciones reguladoras de los problemas de convivencia, formadas por los mayores que regulan la convivencia entre gitanos según la tradición.

Trabajar

Los gitanos trabajan sólo cuando lo necesitan, y para obtener un beneficio para la comunidad. La organización económica está basada en la familia. Los gitanos han optado por aquellas actividades laborales que les permiten implicar a la propia familia (vendedores ambulantes, cooperativas artesanales, grupos artísticos, antigüedades…). Solidaridad organizada, basada en la complementariedad funcional y en la interdependencia entre su miembros.

Es fácil y rápida la crítica  a esta economía de subsistencia, en la que el trabajo se abandona al haber satisfecho la necesidad. Son mucho quienes consideran que los gitanos ‘viven al día’porque no acumulan para el futuro.

Poseer

Existe una concepción colectiva de la propiedad, que se deriva de la concepción familiar del trabajo y de la organización de la economía en clave de subsistencia sostenible. El mundo gitano es tan extremadamente fraterno que los recursos son de uso colectivo.

Esta distribución colectiva de la propiedad se regula ‘como un sistema de vasos comunicantes en el que lo que uno tiene le pertenece tanto a él como a su familia’.

Epílogo

La cultura gitana se expresa a través de la resistencia y la disidencia como respuesta a la escasez y precariedad de las alternativas, fundamentada en estrategias adaptadas a esa precariedad.

Bibliografía

Gitanidad. Sergio Rodríguez.

La diferencia inquietante. Teresa San Román.


Decrecimiento o barbarie: ecocrítica y capitalismo global en la novela futurista española reciente

Luis I. Prádanos

Artículo publicado originalmente en la revista de acceso gratuito 
www.ecozona.eu

Ecozon@: Revista Europea de Literatura, Cultura y Medioambiente 3.2 
(Autumn 2012)

Resumen

     El presente ensayo analiza desde una perspectiva ecocrítica tres novelas de anticipación publicadas en España en el año 2011. Las tres obras son distopías críticas y representan escenarios futuros en los que la crisis ecológica y social actual ha llegado a extremos insostenibles. Dichos futuros serían el resultado de continuar con la lógica del crecimiento económico constante en el marco de una biosfera limitada. Así, el ensayo pone de manifiesto, desde un marco teórico decrecentista, el modo en que las tres novelas suponen una crítica a la insostenibilidad del capitalismo global e invitan al lector a cuestionar su legitimidad.

Decrecimiento o barbarie: ecocrítica y capitalismo global en la novela futurista española reciente

El presente ensayo examina, desde una perspectiva ecocrítica, tres novelas de anticipación españolas publicadas en el año 2011: El salario del gigante de José Ardillo, Lágrimas en la Lluvia de Rosa Montero y Oxford 7 de Pablo Tusset. Los tres libros dibujan un futuro no muy lejano (de finales del siglo XXI a principios del siglo XXII) en el que la crisis ecológica y social actual se ha agudizado hasta extremos insostenibles. En otras palabras, dichos futuros indeseables serían el resultado lógico de la continuación, exacerbación y globalización de un sistema neocapitalista adicto al crecimiento económico constante en el marco de una biosfera limitada. Estas previsiones coinciden con las advertencias de varias teorías y estudios interdisciplinarios recientes de raigambre ecologista, como el movimiento por el decrecimiento, que critican la insostenibilidad del modelo actual y proponen alternativas viables. Por otro lado, la reciente emergencia de temas ecocríticos y de novelas futuristas en una literatura española que, hasta hace muy poco, nunca se había prodigado especialmente en ninguno de dichos ámbitos, muestra su actual relevancia y la posible interconexión entre ambos. Como sugiere Patrick D. Murphy, la ecocrítica y la ciencia ficción tienen el potencial de iluminarse mutuamente (“Environmentalism” 373). Además, en general (pues todavía no es el caso de la literatura española), “en la ciencia ficción dura y la blanda abundan las descripciones detalladas de la naturaleza, y existe un significativo conjunto de obras de ciencia ficción medioambiental y ecológica” (“Environmentalism” 380).1

En primer lugar, y con el fin de contextualizar el artículo que nos ocupa, se hará una breve introducción sobre la evolución de la novela de ciencia ficción española así como sobre la situación actual de la ecocrítica en España. Por otro lado, se expondrán los aspectos más relevantes de la teoría del decrecimiento con el fin de iluminar las tres novelas mencionadas anteriormente. Estas se examinarán a la luz de premisas ecocríticas para explorar de qué manera constituyen una crítica a la insostenibilidad del actual modelo reduccionista e instrumentalista – consumista y productivista – impuesto por el capitalismo global. Al exponer lo catastrófico de seguir aplicando una lógica que se dirige hacía el colapso ecológico y social, estas novelas invitan al lector a cuestionar la legitimidad del sistema actual y, en consecuencia, a salir del imaginario dominante para buscar alternativas y construir un futuro más deseable.

Hasta hace pocos años y por varios motivos “el estudio de la literatura española de ciencia ficción ha carecido de interés en el ámbito académico” (Moreno Serrano 125;Pérez and Pérez 11). Si bien podemos encontrar algunos precedentes aislados en el siglo XIX, la ciencia ficción comienza en España como género sostenido a partir de los años 20, según Janet y Genaro Pérez (12), y hacia 1953 en opinión de Moreno Serrano (128). En lo que sí hay unanimidad es en la escasa calidad de estas novelas, pues se concebían como un producto de consumo rápido (Moreno Serrano 128). Ya en los años 50 y 60 autores como José López Cid, Antonio Ribera, Gabriel Bermúdez Castillo o Salvador Santos comienzan a publicar novelas de cierta calidad siguiendo el modelo anglosajón (Moreno Serrano 132-33; Pérez y Pérez 12). En la España posfranquista, sobre todo desde los años 80 en adelante, llegamos al apogeo de la influencia de la ciencia ficción anglosajona así como al incremento de la calidad de las obras españolas (Moreno Serrano 133-36). A la reciente aceptación crítica de la ciencia ficción en España contribuyó, además, la incursión en el género de algunos autores consagrados como Torrente Ballester, Eduardo Mendoza, Miguel Delibes o Rosa Montero.

Por otro lado, la ecocrítica como escuela de crítica literaria surge en Estados Unidos y tiene gran auge durante los años 90 en los países anglosajones (Flys Junquera et al 15). En Europa, fuera de Gran Bretaña, sólo “hay pequeños núcleos, particularmente en Alemania” (Flys Junquera et al 16). En los últimos años la situación está cambiando y la ecocrítica está emergiendo con fuerza en varias partes del mundo simultáneamente. Una muestra de ello es, en el caso de Europa, la publicación en 2011 del libro Ecocritical Theory. New European Approaches, editado por Axel Goodbody y Kate Rigby. A pesar de que, como era de esperar, casi todos los autores que colaboran en el volumen son de departamentos de inglés – y en menor medida de alemán, filosofía, estudios medioambientales o literatura comparada – el libro se puede convertir en un referente teórico importante para orientar y guiar al resto de literaturas y culturas europeas. Otra de las virtudes del mencionado volumen se basa en contribuir a desmentir la repetida alegación de que la ecocrítica carece de marco teórico sólido, como argumentan sus editores en la introducción. De hecho, la interdisciplinaridad de los estudios ecocríticos no sólo no es a-teórica sino que es crucial para superar los reduccionismos de un pensamiento moderno occidental utilitarista, dicotómico, disciplinar y antropocéntrico que han desembocado en la crisis ecológica y epistemológica actual. Especialmente interesante a este respecto resulta el último bloque de ensayos del libro, titulado “Models from Physics & Biology,” donde sus autores emplean teorías científicas poshumanistas muy relevantes para el pensamiento ecocrítico, como la teoría de sistemas y otras teorías de la complejidad. En dichas teorías la atención se centra en las múltiples relaciones de interdependencia entre todos los fenómenos, lo que supone un pensamiento profundamente ecológico donde los dualismos del pensamiento moderno occidental – entre lo natural y lo social, el sujeto y el objeto, el observador y lo observado – resultan irrelevantes o, cuanto menos, co-dependientes.

En el caso específico de la ecocrítica hispana, “los ‘titubeantes’ acercamientos ecocríticos a la literatura escrita en español se dan de manera exclusiva en el ámbito de la literatura hispanoamericana, pues en lo que concierne a la literatura española talesacercamientos apenas existen” (Marrero Henríquez 194). La mayor visibilidad de la ecocrítica en Hispanoamérica se debe, en gran medida, a la influencia actual de una crítica poscolonial y pos-desarrollista que reivindica los componentes indígenas de la cultura hispanoamericana. Escritores como el uruguayo Eduardo Galeano llevan décadas denunciando cómo el discurso occidental hegemónico denigra y somete formas de conocimiento y de vida ecocéntricas amerindias por considerarlas premodernas (Prádanos, “Ecocrítica”). En España y Europa, en cambio, predomina una ecocrítica apoyada en un industrialismo científico oficialista que no sólo no cuestiona el discurso hegemónico sobre crecimiento económico, sino que lo transforma en el llamado “desarrollo sostenible.” En cambio, en su vertiente más poshumanista (ecología profunda, teoría de sistemas y de redes), curiosamente, está llegando a las mismas conclusiones que eran obvias para algunas epistemologías ecocéntricas premodernas. Ambas – ecocrítica poshumanista y epistemología ecocéntrica premoderna – conciben un pensamiento sistémico y holístico, y reconocen la imposibilidad teórica y práctica de separarse de la naturaleza y, en consecuencia, critican el reduccionismo instrumentalista del capitalismo global (Prádanos, “Ecocrítica” 335). En la convergencia entre algunas de estas epistemologías pre- y pos-industriales podría encontrarse la clave para superar los reduccionismos del pensamiento moderno occidental hegemónico que no sólo persiste en la actualidad, sino que se globaliza y reproduce en los discursos dominantes sobre consumismo, desarrollo, progreso, crecimiento y mercado global.2 En otras palabras, el poshumanismo ecocrítico europeo (y anglosajón) y el poscolonialismo de las antiguas colonias deberían converger y dialogar con el fin de constituir una crítica sólida al neocolonialismo del capitalismo global y su lógica ecocida de crecimiento económico constante. De este modo, la potencial alianza entre el movimiento por el decrecimiento y el ecologismo de los pobres podría activar una sinergia interesante (Martínez-Alier, “El Environmental” 54).