II Encuentro decrecimiento y ciudades en transición

Crítica al ideal de autenticidad


La constelación ideológica(1) regida por el ideal de autenticidad tiene una específica concepción del tiempo. Se trata de un vector de pasado; frente a la idea de progreso se vindica el regreso, la vuelta a un pasado perdido y mejor. Porque a éste pertenecemos nosotros. A ese pasado idílico en el que todo era diferente y mejor. Donde éramos verdaderamente. Ahora, tras incontables corrupciones, nos hemos perdido. Debemos encontrar el camino de regreso a nuestra identidad. Recuperar nuestra tradición. Hallar nuestras auténticas raíces.

Reconstruir la Edad de Oro perdida. Tenemos que encontrar la prístina pertenencia a nuestra nación o a nuestra raza. A todo lo que nos hace indefectiblemente como somos. Por fortuna todavía es tiempo de detener el proceso de degeneración. Pero no nos queda demasiado. Aunque las ciencias de la vida y de las razas nos prometan un espléndido pasado en el futuro, sólo la acción directa, violenta, inmediata puede frenar la catástrofe. El enemigo ubicuo debe ser destruido. Hay que mantener nuestra incorruptibilidad y expulsar todo lo que se opone. Garantizar nuestra pureza. Exterminar todo lo necesario para evitar la contaminación.

Y nosotros debemos someternos, y someter a aquellos otros con los que aún quepa alguna esperanza de regeneración, a un proceso de purificación. A una operación dolorosa, quirúrgica, que garantice la recreación del hombre perfecto. Estirar lo que falta, amputar lo que sobra. Procusto(2)  gobierna este reino con mano de hierro.


(1) Los campos ideológicos relacionan conceptos, creencias e ideas, cosas, realidades y acontecimientos como las constelaciones relacionan estrellas. Y la manera en que lo hacen resulta a la postre muy relevante. Los vínculos entre ideas en la constelación producen sentido, dan explicación, proponen argumentos de comprensión del mundo en el que vivimos, legitiman y deslegitiman, establecen vías de acción. Son también responsables de la producción de significados, de la proliferación de signos, valores y representaciones que la ideología genera. Nos permiten acceder a un punto de vista, mirar lo que nos rodea desde una perspectiva específica, nos dan un lugar en el mundo, un horizonte y un sentido. En definitiva, las constelaciones ideológicas son ámbitos flexibles de sentido, pero con limitaciones para cambiar. Sólo en ellas, intercaladas en el mundo, obtenemos comprensión, orientación para la acción, justificación.

(2) Procusto - un hermoso bandido y posadero del Ática - tenía su casa en las colinas, donde ofrecía posada al viajero solitario. Allí lo invitaba a tumbarse en una cama de hierro donde, mientras el viajero dormía, lo amordazaba y ataba a las cuatro esquinas del lecho. Si la víctima era alta, Procusto la acostaba en una cama corta y procedía a serrar las partes de su cuerpo que sobresalían: los pies y las manos o la cabeza. Si por el contrario era más baja, la invitaba a acostarse en una cama larga, donde también la maniataba y descoyuntaba a martillazos hasta estirarla (de aquí viene su nombre). Según otras versiones, nadie coincidía jamás con el tamaño de la cama porque ésta era secretamente regulable: Procusto la alargaba o acortaba a voluntad antes de la llegada de sus víctimas. 

Crítica a las ideologías. El peligro de los ideales. Rafael del Águila

Breves aportaciones platónicas a la teoría decrecentista

Carlos Villanueva Castro, miembro de Jóvenes Verdes. Artículo publicado originalmente en EcoPolítica.

Platón trata en una de sus principales y más famosas obras de madurez, La República, el modo ideal, a su entender, de organizar la vida política del Estado y la sociedad que este delimita. La obra, de considerable extensión, narra desde una perspectiva filosófica, sustentada en la teoría metafísica platónica de las Formas, múltiples y variados aspectos de todo lo referente a la polis o ciudad y su organización. Es pues uno de los temas que podemos en el texto encontrar, el de mayor relevancia y al que confluyen el resto de ideas filosóficas del autor, el de la organización del Estado.

El origen del Estado, o de la organización social humana en comunidad, es motivo de reflexión y teorización por numerosos filósofos, destacando entre ellos las doctrinas del pacto social propias de la Ilustración ideadas por Hobbes o Rousseau. Semejantes ideas son ya motivo de divulgación filosófica en la Grecia clásica por parte de ciertos sofistas, sin embargo, aquí el tema apenas cobra relevancia en cuanto a su significación antropológica, quiero decir, en cuanto a las razones originarias y propias del ser humano que motivan, condicionan o determinan el pacto social y la creación de una organización política, sea entendida esta como un motor de progreso social, como un bozal que limita a la bestia humana u otro tipo de entidad siguiendo premisas semejantes. En el Libro II de la República, el tema se plantea sencilla y brevemente como paso necesario para asumir cuestiones que Platón considerará de mayor importancia. Sin embargo, leyendo estas páginas, he encontrado un bonito motivo por el que escribir un pequeño texto que pretende ofrecer un significado contemporáneo y moderno, adaptando sabias ideas de pensadores de nuestro pasado a problemas que se plantean en nuestro mundo moderno.

Habla Platón de diversas ideas de Estado propias de una perspectiva ecologista y decrecentista, pese a que no se recree el filósofo en profundizar en las mismas . Tales ideas plantean, ante las peligrosas consecuencias de un crecimiento económico desmesurado no controlado, una metodología de organización social que insta a la auto-limitación y la sostenibilidad a partir de la austeridad y la fundamentación de lo económico en valores éticos. Realizaremos, pues, aquí un pequeño repaso de estos planteamientos platónicos que el mundo antiguo ha dejado a nuestra disposición para alimentar con mayor viveza la reflexión que en nuestros tiempos el decrecimiento y la ecología plantean.

Sócrates es en este texto el hilo conductor de las divagaciones y conclusiones filosóficas a las que se arriba, un Sócrates literario que protagoniza numerosos diálogos platónicos, en un principio con un sentido reivindicativo de la figura del maestro y posteriormente utilizado en los textos, como en este caso, como divulgador de teorías filosóficas propias de Platón y probablemente ajenas a este. Sócrates, pues, interroga a Adimanto y Glaucón(hermanos de Platón) sobre la naturaleza de la justicia, tanto en el individuo como en el Estado, y partiendo de esta cuestión, surge la necesidad de entender el origen del Estado y los motivos de su situación.
<>1, expone Sócrates, enumerando ordenadamente algunas de esas cosas que el hombre necesita, siendo la comida, la vivienda y el vestido las primordiales. De este modo, los seres humanos se organizan en ciudades o Estados, ya que en aquel momento predominaban las polis-estado aquí se entiende el Estado como una ciudad independiente pese a su pertenencia a una posible confederación, en el que cada individuo posee un oficio concreto a través del cual proporciona bienes al resto de sus vecinos.

Posteriormente se sigue la conversación sobre la constitución de esta ciudad tratando como necesarias, si la ciudad adopta un determinado tamaño, la importación así como la exportación y el uso del dinero como herramienta de intercambio comercial.

A continuación, en el siguiente párrafo, expone Sócrates como vivirán los ciudadanos de tal Estado:
<<¿Qué otra cosa harán sino producir trigo, vino, vestidos y zapatos? Se construirán viviendas; en verano trabajarán generalmente en cueros y descalzos, y en invierno convenientemente abrigados y calzados. Se alimentarán con harina de cebada o trigo, que cocerán o amasarán para comérsela, servida sobre juncos u hojas limpias, en forma de hermosas tortas y panes, con los cuales se banquetearán, recostados en lechos naturales de nueza y mirto, en compañía de sus hijos; beberán vino, coronados todos de flores, y cantarán himnos a los dioses, satisfechos con su mutua compañía; y no procrearán más hijos que los que les permitan sus recursos, a fin de evitar la pobreza o la guerra.>>2
Glaucón, no convencido, discrepa de la austera alimentación que el maestro propone en esta ciudad originaria, y pese a que el filósofo amplía con diversos alimentos, Glaucón entiende como necesarios las viandas y los postres propios de su tiempo. Es entonces cuando Sócrates, que sabiamente maneja la conversación, se dispone a tratar pues de lo que sus interlocutores desean hablar, de una ciudad<> y no de una ciudad<>3(de la que hasta ahora se estaba tratando), siendo la primera, premisa originaria de pobreza y guerra.

Con la descripción de la ciudad que Sócrates ofrece, anteriormente citada, se anteponen unos valores económicos de modestia y austeridad, no con una finalidad en absoluto ascética, en el sentido de la auto-privación como medio religioso o fin en sí mismo, sino como método para la supervivencia de un bienestar básico alcanzable a todo ciudadano. Tanto es así que hasta se habla de una auto-limitación de la procreación para evitar una futura pobreza, cuando los recursos para la subsistencia sean menores al número de individuos que necesitan de ellos. Resulta interesante comparar esa concepción de sostenibilidad que propone Sócrates con nuestro mundo actual, un mundo poblado por miles de millones de personas, cifra en proceso constante, y cada vez más acelerado, de crecimiento. Pero continuemos con el texto, ya que Sócrates trata pues de las consecuencias de la polis que Glaucón y Adimanto parecen preferir, aquella que importa mucho más, y que produce otro tanto, porque necesita de nuevos productos, nuevos objetos y nuevos oficios que satisfagan sus ansias de lujos y todo tipo de necesidades no básicas, la ciudad que crece y crece.

Mientras la anterior concepción de ciudad se dedicaba a la ganadería ovina únicamente debido a la obtención de lana, y , tal como ocurría en aquel tiempo, la alimentación cárnica quedaba relegada a rituales religiosos o celebraciones, en esta ciudad de continuo crecimiento se necesitará de porquerizos y boyeros que críen animales con qué alimentarse, cuando las legumbres, verduras y productos lácteos derivados de la ganadería ovina no son suficiente para el gusto humano. Es más, si este Sócrates hubiese vivido en tiempos actuales, me atrevería a decir que dado su carácter irreverente e impertinente para con la ignorancia, se propondría aguijonear cuál tábano con su filosofía a los responsables de las enormes factorías de ganadería intensiva que maximizan beneficios con la producción de inconmensurables cantidades de productos cárnicos de escasa calidad. Mas el texto continua:

<<¿Habremos, pues, de recortar en nuestro provecho el territorio vecino, si queremos tener suficientes pastos y tierra cultivable, y harán ellos lo mismo con el nuestro si, traspasando los límites de lo necesario, se abandonan también a un deseo de ilimitada adquisición de riquezas?>>4

Benjamín Constant, en su conferencia de 1819, titulada De la libertad de los antiguos comparada con la de los modernos, entendía la guerra como algo arcaico que en tiempos modernos era sustituido por el comercio internacional. Sin embargo, ya hemos visto que Platón nos hablaba de este comercio entre ciudades-Estado, y, como muy bien hemos comprobado, y seguimos comprobando, el comercio y la guerra, cuyos fines son la obtención de riquezas, aún siguen siendo métodos homologables que resultan emparejados en muchas ocasiones, tal y como ha expuesto el Sócrates platónico anteriormente. ¿Es la pobreza y la guerra lo que se deriva de un crecimiento que se define como insostenible?

Mientras Platón continua considerando aspectos políticos en su República, nosotros rumiaremos brevemente lo ya leído. Viviendo como lo hacemos, en una sociedad capitalista que muy en menor grado parece concienciarse de que el progreso infinito es un mito inalcanzable, encontramos en filósofos del pasado, aunque sea fugazmente, las consecuencias posibles de esta concepción de la existencia.

Desde ciertos colectivos y sectores de la sociedad se está hablando de decrecimiento. ¿Pero que significaría este decrecimiento? El vocablo parece feo, suena a pérdida, a retroceso. Y en efecto lo es, es un retroceso y una pérdida de valores míticos e infundados propios del capitalismo, es una vuelta atrás, un proceso de reencuentro con la organización estatal que Sócrates ha propuesto como originaria, en la que se consume lo necesario pensándose siempre en la equidad social y en la sostenibilidad. Ese retroceso en materia de lujos y superficialidades (que no necesariamente, teniendo en cuenta el avance científico y técnico actual, necesita ser tan estricto), esa vida modesta y austera que se predica, es la única vía actual que permitiría una igualdad y una organización sostenible que evitase el veloz exterminio de los recursos naturales.

Platón dibuja en sus textos la personalidad de su maestro Sócrates, intentando mantenerse fiel, y tomando en cuenta lo poco que de forma fiable conocemos del filósofo. Es magistral la imagen que en este texto(hablamos de estos fragmentos del libro II, ya que otras ideas platónicas nada agradarían en nuestros días) se ha presentado de él, resaltando su afinidad por una ciudad <>, modesta, formada por gentes que como él, en el mercado, afirmarían<>. Y de este modo, la cultura antigua, aquella que es propia de milenios pasados, nos da una lección en nuestros tiempos, revelando como evitar las guerras y a la pobreza, algo que debemos transformar en solución al mal ya acometido. No se presenta tarea fácil, prescindir de lujos, redefinir el sistema económico, limitar la natalidad, etc., son tareas que las sociedades más avanzadas precisamente deben capitanear. ¿Pero es acaso el ser humano capaz de realizar tal sacrificio? ¿tan fuerte es su empatía o su cumplimento del deber moral frente a su deseo de posesión y poder diferenciador?

Sinceramente, dudo mucho que esta solución pueda nacer de cada individuo, que cada hombre y mujer se proponga colaborar en una misión de decrecimiento material en pro de una equidad social mundial y una vida ecológica, por no mencionar las miles de contingencias internacionales que dificultarían la tarea. Y si este modo de entender la vida, si los valores no materiales y contrarios a un consumo pernicioso no se presentan en las conciencias de los ciudadanos, nunca se obtendrán grandes avances. Será, pues, sólo el devenir histórico el que mantenga o agrande la diferenciación social y económica, y también, muy probablemente, el que de forma abrupta y violenta transforme este mundo en una sociedad decrecida, en la más negativa de las interpretaciones. Esperemos que esta última elucubración devenga en un ingenuo error de cálculo.

1Platón, Libro II en República, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 2006(5ªed.) pp.75.
2Ibíd. pp. 81-82.
3Ibíd. pp. 83.
4Ibíd. pp. 84.

Definición de empatía



Se define la empatía como el estado afectivo- cognitivo que se da entre personas y algunos animales mamíferos, por el cual se  desencadena una participación emocional e intelectiva con el objeto de atender adecuadamente las necesidades entre diferentes.

El hecho de compartir sentimientos, impulsos, emociones, impresiones, inquietudes, angustias, pensamientos…  libera una conciencia relacional que permite ‘escucharse’ a uno mismo y a las otras. 

“Cuando una persona se da cuenta de que otra la escucha, llora de emoción. Puede compartir como está y como se siente”. El abrazo empático puede transformar el sufrimiento en dicha.

La empatía nos proporciona la respuesta a la pregunta de que estamos hechos. De una sustancia relacional, que nos obliga a mirarnos. De apego. De unión.

La conciencia empática se ha ido desarrollando a lo largo de los últimos 125 millones de años a partir de la construcción del cerebro límbico, donde  fueron elaboradas las características típicas de los mamíferos, incluidos los humanos; es el cerebro de los sentimientos, de las relaciones afectivas, del cuidado de la prole, de la comunicación oral.  La intimidad corporal durante la gravidez, el amamantamiento de los hijos cuando nacen, su cuidado, hasta que son autónomos, los juegos, el intercambio de caricias constituyen las bases del florecimiento de la empatía. Subyacentes a nuestra capacidad de enternecimiento y de cuidado trabajan más de cien millones de años de historia biológica.

El ser humano es una especie frágil y vulnerable y sólo en comunión con los demás puede satisfacer sus necesidades de protección, afecto , creación, entendimiento, cuidado … Y el caldo del que está hecho esta conexión es la empatía.

Decrecimiento y justicia Norte-Sur

El libro analiza la realidad global desde una doble perspectiva: el decrecimiento y la justicia Norte-Sur. El decrecimiento permite examinar la crisis sistémica global provocada por el capitalismo y la economía neoclásica, en su afán por crecer de forma infinita en un planeta finito. 

Crisis sistémica que sitúa a la humanidad al bor­de del colapso, y que se detalla a lo largo del texto en sus múltiples dimensiones: ecológica, económica, financiera, social, política y cultural. 

La segunda perspectiva, la justicia Norte-Sur, muestra que la crisis sistémica es responsabilidad del modelo depre­dador del Norte Global, un escaso 20% de la población mun­dial, mientras que los impactos negativos castigan más severamente al 80% res­tante, la gran mayoría de la población del planeta, que constituye el Sur Global. 

Para estudiar esta desigualdad global el libro propone el concepto de deuda del crecimiento, que engloba el conjunto de impactos negativos sobre el Sur Global que carac­terizan a la crisis sistémica generada por el crecimiento ilimitado del Norte Global: ecológicos, sociales, culturales, históricos, eco­nómicos, financieros y de los cuidados. Según este enfoque, las minorías del Norte Global han excedido los límites naturales de crecimiento y por tanto tienen la obligación de decrecer ecológica y económicamente, así como de revertir y compensar el conjunto de impactos negativos que el crecimiento continuo ha provocado en las poblaciones del Sur Global y en la naturaleza. 

En definitiva, la obra defiende que para evitar el colapso y recuperar un futuro posible, la humanidad debe conjugar urgentemente el respeto de los límites naturales con la justicia social global, desplegando las múltiples alternativas for­muladas por el decrecimiento y por otros movimientos de trans­formación radical como el Buen vivir y el ecofeminismo.

Con los ojos abiertos, una mirada para cambiar el disco

Yayo Herrero - Éxodo

Dice Jorge Riechmann en un poema titulado Con los ojos abiertos:

“Quiero ver todo lo que va a venir (…) quiero estar en la calle / dentro del laberinto / amaestrando el hambre y la angustia / sin ovillo de hilo y con los ojos abiertos”.

Mirar lo que nos está viniendo en los últimos meses no es fácil. La ofensiva neoliberal sobre todos los aspectos que afectan a la vida de las personas es brutal. En apenas unas semanas vemos desintegrarse delante de nosotras una buena parte de las conquistas sociales que ha costado siglos construir.
Los llamados recortes sociales son verdaderas amputaciones de las condiciones básicas de humanidad. Es la destrucción de los resquicios de reciprocidad, de los escasos retazos de solidaridad que permiten que seamos sociedad.

Mirar dónde estamos hoy es realizar un imprescindible ejercicio de amargura. Imprescindible, porque sin realizarlo, no es posible atisbar las pautas que nos permitan establecer salidas viables, porque sin abarcar la magnitud de la devastación no es posible acumular la fuerza necesaria para resistir y construir.
Con los ojos abiertos y mirando desde diferentes rincones podemos construir un relato que nos permita entender por qué vivimos en un mundo que le ha declarado la guerra a la vida y quiénes son los que han dado la orden de abrir fuego.

Para ello, es preciso salir de la respuesta a cada golpe concreto y tratar de comprender globalmente qué está pasando. Confrontar con cada medida neoliberal concreta es difícil. Este sistema necesita un órdago, ya no valen pequeñas victorias parciales, aunque no hay que despreciarlas.

Volver a las preguntas básicas. ¿Quiénes somos? ¿Qué sostiene nuestra vida? ¿Qué necesitamos? ¿Cómo podemos producirlo para todos y todas? ¿Cómo nos organizamos?

Mirar con nuestros propios ojos dónde queremos y podemos estar es un ejercicio de esperanza porque no es cierto que no haya alternativas, sólo nos falta construir poder colectivo para construirlas y para parar a ese 1% que sacrifica todo lo vivo en los altares de la acumulación.

Somos en un mundo con límites y restricciones

Si nos preguntamos de qué depende la vida humana, nos encontramos de inmediato con dos importantes dependencias materiales.

En primer lugar, dependemos de la naturaleza. Somos parte de la naturaleza. Respiramos, nos alimentamos, excretamos y somos en la naturaleza. Sin embargo, las sociedades occidentales son prácticamente las únicas que establecen una ruptura radical entre naturaleza y cultura; son las únicas que elevan una pared entre las personas y el resto del mundo vivo.

Comprender la cultura y la naturaleza en términos de opuestos impide comprender que destruir o alterar de forma significativa la dinámica que regula lo vivo, pone en riesgo la vida humana.

La dependencia ecológica nos sume de lleno en el problema de los límites. Vivimos en un mundo que tiene límites ecológicos. Aquello que es no renovable tiene su límite en la cantidad disponible, ya sean los minerales o la energía fósil. Pero incluso aquello renovable también tiene límites ligados a la velocidad de regeneración. El ciclo del agua, por ejemplo, no se regenera a la velocidad que precisaría un metabolismo urbano-agro-industrial enloquecido. Se renueva a la velocidad que los miles de millones de años de evolución natural han determinado. Tampoco la fertilidad de un suelo se regenera a la velocidad que quiere el capitalismo global; se regenera al ritmo marcado por los ciclos de la naturaleza.

En estos momentos el metabolismo económico ha superado totalmente los límites del planeta. Hoy, ya no nos sostenemos globalmente sobre la riqueza que la naturaleza es capaz de regenerar, sino que directamente se están menoscabando los bienes de fondo que permiten esa regeneración.

En cuanto a la segunda dependencia humana, hay que decir que somos seres profundamente interdependientes. Desde el nacimiento hasta la muerte las personas dependemos materialmente del tiempo que otras personas nos dedican. Somos seres encarnados en cuerpos vulnerables que enferman y envejecen y la supervivencia en soledad es sencillamente imposible. Dice Santiago Alba en El naufragio del hombre, que hasta para amarse a sí mismas las personas necesitan hacerlo a través de una instancia colectiva, de una comunidad social, política y cultural elaborada mediante una acción compartida.

En términos de vida humana, los límites los marca nuestro cuerpo, contingente y finito. El sistema capitalista vive de espaldas a este hecho y considera el cuerpo como una mercancía más. “Siempre tiene que estar nuevo y flamante” (Alba, 2010). Y si no se asumen la vulnerabilidad de la carne y la contingencia de la vida humana, mucho menos se reconocen aquellos trabajos que se ocupan de atender a los cuerpos vulnerables, realizados mayoritariamente por mujeres. No porque estén mejor dotadas genéticamente para hacerlos, sino por el rol que impone el patriarcado en la división sexual del trabajo.

El sistema capitalista y la ideología neoliberal viven de espaldas a ambos tipos de dependencia e ignoran los límites o constricciones que éstas imponen a las sociedades. Operan como si la economía flotase por encima de los cuerpos y los territorios sin depender de ellos y sin que sus límites les afecten. La economía feminista señala que existe una honda contradicción entre la reproducción natural y social y el proceso de acumulación de capital (Piccio, 1992).

Compatibilizar la reproducción social y el mantenimiento de la vida con la acumulación creciente ha sido difícil siempre, el movimiento obrero, el ecologismo y el feminismo pueden dar testimonio de ello, pero cuando hablamos de un planeta parcialmente devastado y de una cantidad creciente de personas que son residuos para el sistema, es ya imposible. Ambas prioridades no pueden convivir. Si los mercados no tienen como principal objetivo satisfacer las necesidades humanas, no tiene sentido que se conviertan en el centro privilegiado de la organización social.

A partir de esta crisis económica-financiera que estallaba en 2007 y que mostraba los burdos costurones que sostienen ese sistema que se autopresenta como infalible y ante el que no hay alternativa, estamos viviendo la aplicación de lo que Naomi Klein denominaba hace unos años la Doctrina del Shock. Una aplicación que hasta ese momento sólo habíamos visto a través de las pantallas y en otros países pensando que eso nunca se iba a producir en medio de la civilizada Europa.

Las sociedades supuestamente democráticas están recibiendo una serie de golpes tan brutales y rápidos, están encarando unos hechos tan terribles, que las personas se aturden y no son capaces de calibrar el alcance de lo que está sucediendo. Ante esta pérdida del relato, de la mínima racionalidad con que comprendemos lo que pasa, el capitalismo se aprovecha para tratar de quebrar todo aquello que le pone algún tipo de freno, incluida la capacidad de construir una explicación y un proyecto alternativo.


Decrecimiento ¿Un término provocador?

Ángela Hurtado Pedrosa y Elena Rubio de Miguel

Acercándonos al Decrecimiento


El Decrecimiento cuestiona la capacidad del modelo de vida moderno para producir bienestar y felicidad basándose exclusivamente en el desarrollo económico. El reto para el Decrecimiento está en vivir mejor con menos.


El modo de vida en nuestra sociedad es esclavo del trabajo, del dinero y del consumo, pero eso no trae más felicidad, crea estrés y extiende males físicos como la obesidad".


Se necesita una toma de conciencia, un poco de humildad. Nuestra sociedad occidental, que domina el planeta desde hace varios siglos, se ha convertido en terriblemente arrogante, antropocéntrica. Se trata, pues, de una cuestión de conciencia. Y del sentido que damos a nuestra existencia.


Nos impone mirar de frente la realidad y existir en todas nuestras dimensiones para tener la capacidad de afrontar lo real y tratar los problemas


El Decrecimiento es efectivamente una idea a contracorriente de la sociedad depredadora actual, en la que lo que debe (y tiene  que) ocurrir es el crecimiento económico, ésta es la ideología imperante, el consenso ideológico, para conseguir nuestra felicidad y bienestar. El Decrecimiento es una idea que aglutina multitud de corrientes de pensamiento que vienen denunciando desde hace más de 30 años este estado de ensoñación colectivo que nos ha llevado a las múltiples CRISIS(es) que padecemos hoy. Si bien corrientes de pensamiento como el ecologismo, el feminismo, el movimiento altermundista o la permacultura, venían proponiendo distintos caminos posibles para salirnos de este imaginario colectivo, el Decrecimiento viene a hacer efecto de paraguas aglutinador de todas estas corrientes.

En este contexto, nos gustaría aclarar que la palabra Decrecimiento no es sólo un concepto. Es una provocación que nos incita a preguntarnos: 'Fíjate, ¿y si saliéramos de la lógica del crecimiento?'


La búsqueda de la felicidad, de lo obvio, de la sencillez... como arma de construcción masiva



Pero el Decrecimiento no se debe entender como algo negativo. Pensemos en el ejemplo que nos pone Serge Latouche: cuando un río se desborda porque su caudal ha crecido, todas las personas deseamos que  decrezca para que las aguas vuelvan a su cauce. Si las aguas vuelven a su cauce todas viviremos mejor y seremos más felices. Pues el Decrecimiento  nos invita a mirar el mundo con estos ojos, saber detectar estos desbordamientos, que todas las personas lo vean, para tratar de volver a llevar las aguas a su cauce.


Defender el Decrecimiento – en términos de cantidades físicas producidas- corre el peligro de ser interpretado como una eutanasia del sistema productivo. Esta interpretación nos privaría de un consenso necesario en la búsqueda de  nuevas vías para una economía sostenible. Y es que a la hora de elaborar una  política económica-ecológica, ¿dónde ponemos el acento?: ¿únicamente en  una fuerte reducción del consumo?, o ¿en una revisión profunda de nuestras preferencias?

Está claro que con la actual distribución de las preferencias la reducción drástica del consumo provocaría malestar social, desocupación y, en última instancia, el fracaso de la política económica-ecológica alternativa. Por lo que parece que deberíamos hacer una revisión profunda de nuestras preferencias y para ello, desde el Decrecimiento se nos propone desplazar los acentos:


  • por un lado, desde los bienes materiales hacia los bienes relacionales (atenciones, cuidados, conocimientos, participación, nuevos espacios de libertad y espiritualidad, etc.). ¿Y si en ese ratito libre, en lugar de ir al centro comercial, damos un paseo y hablamos?

  • y por otro, desde la lógica económica depredadora actual hacia una lógica económica solidaria, donde se sitúen a las personas, sus necesidades, sus relaciones y su entorno en el centro de las actividades económicas, rechazando el objetivo del crecimiento por el crecimiento y superando la valoración exclusivamente monetaria de productos y  servicios. ¿Y si le devuelvo un favor a mi vecina en lugar de pagárselo?


La idea de Decrecimiento apunta a la producción y reproducción de valor y felicidad en las sociedades humanas (crecimiento relacional, convivencial y espiritual) reduciendo en ellas de una manera progresiva la utilización de materia y energía (decrecimiento físico).

Y es que decrecer implica una respuesta política, pero sobre todo, y ante todo, filosófica, que conlleve cambios profundos en el tejido cultural de nuestras sociedades.

Si has tomado veneno, debes deshacerte de las sustancias que te enferman. Permitámonos entonces aplicar un lavado de estómago a las doctrinas del crecimiento económico que nos han sido introducidas en alimentación forzada durante décadas
(Herman Daly)


Para nosotras el Decrecimiento implica un cambio de gafas, un cambio en la forma de mirar el mundo, de mirarnos nosotrxs en el mundo.  Más que construir una sociedad alternativa implica desaprender, desprenderse de un modo de vida equivocado, incompatible con el planeta y con el resto de culturas que lo habitan.
 
Ángela Hurtado Pedrosa y Elena Rubio de Miguel. Extracto de su libro 'Acercándonos al Decrecimiento'

Sicco Mansholt y el decrecimiento


Joan Martínez Alier - La Jornada

Los economistas ecológicos afirmamos que la economía de los países ricos debería ir hacia un estado estacionario, en expresión de Herman Daly. Eso debería lograrse tras un cierto decrecimiento, observó Nicholas Georgescu-Roegen ya en 1979.

Esa economía sin crecimiento, ¿sería todavía una economía capitalista? ¿Qué pasa con las ganancias capitalistas y con la acumulación de capital si la economía no crece? La cuestión no es nueva, fue abiertamente debatida en París en 1972 por un presidente de la Comisión Europea, el socialdemócrata holandés Sicco Mansholt, contrario al crecimiento económico tras haber leído el informe de los Meadows del MIT y por su experiencia de varios años como rector de la política agraria europea. El debate, organizado por Le Nouvel Observateur (n. 397, 1972), atrajo a tres mil personas. Tuvo otros protagonistas brillantes: Herbert Marcuse y Edgar Morin (un viejo y un joven filósofo), el sindicalista Edmond Maire, el ambientalista Edward Goldsmith –que había publicado Blueprint for Survival en 1971– y los escritores Philippe Saint Marc y André Gorz. No se habló todavía de cambio climático, pero sí de escasez de recursos, aumento de la población, los absurdos de la contabilidad macroeconómica del PIB, la felicidad, el capitalismo, el socialismo, el militarismo, la tecnología y la complejidad. André Gorz introdujo en este debate la palabra décroissance y afirmó que el capitalismo tal vez pudiera sobrevivir a ese decrecimiento y a un estado estacionario porque la tecnología y el comercio que ahora llamamos verdes, podrían ser un nuevo sector de negocios donde invertir capitales y obtener ganancias. Pero no estaba seguro.

Fue notable la intervención de Sicco Mansholt en ese debate de 1972. El había anunciado que prefería el BNB (Bonheur national brut, la felicidad nacional bruta) al producto nacional bruto, siendo criticado tanto por el presidente Georges Pompidou como por Georges Marchais del Partido Comunista francés. Sicco Mansholt, que tenía 63 años, había iniciado el debate europeo con una carta al presidente de la Comisión Europea, Franco Malfatti, en febrero de 1972, tras leer el informe de los Meadows (antes de ser entregado al Club de Roma). La carta a Malfatti está escrita en un contexto de estanflación (estancamiento económico combinado con inflación) causado por un descenso de ganancias empresariales por la fuerza de los sindicatos en una época de pleno empleo, año y medio antes de la gran subida del precio del petróleo, en 1973, que desencadenó otro tipo de estanflación. Además, la carta fue escrita poco antes de la primera gran conferencia ambiental de Naciones Unidas, en Estocolmo.

Al decantarse por un crecimiento por debajo de cero, Mansholt no quería simplemente debatir sino promover políticas públicas europeas dirigidas hacia la conservación y el reciclaje. Le parecía apropiado “que la Comisión se proponga crear un Plan Económico Europeo central. Al hacer esto, nos alejaremos del objetivo de obtener el producto nacional bruto máximo (…)”.

Tuvo propuestas dirigidas contra las ganancias capitalistas, al suprimir la amortización acelerada de bienes de capital que se deduce de los impuestos (y que infla las ganancias) y al protestar contra la obsolescencia de los bienes de consumo duradero. Propuso introducir la certificación de productos reciclables que tendrían desgravaciones fiscales.
Un arancel europeo a las importaciones protegería esos productos reciclables certificados, pues en caso contrario la competencia internacional impediría esa producción menos dañina. Era partidario de prohibir la producción de muchos productos no esenciales.

Otros temas como la crítica contra la modernidad de la ciencia cartesiana, la complejidad que produce incertidumbres y que impide usar ingenuamente la noción de equilibrio ecológico, fueron discutidos por André Gorz y Edgar Morin en ese debate de Le Nouvel Observateur de 1972. Sicco Mansholt coincidía con otros protagonistas del debate en que el ecologismo no era un lujo de los ricos sino una necesidad de todos, y que los más perjudicados por el urbanismo inhumano de las banlieues eran los pobres. 

Pero los problemas no eran solamente para los humanos. Mansholt dijo: estamos aquí para hablar del destino de la raza humana, pero conviene no olvidar los animales ni los vegetales, elementos indispensable del complejo ecológico. La raza humana no debe solamente preocuparse egoístamente de su propia supervivencia. Eso se acerca al concepto de Derechos de la Naturaleza del artículo 71 de la Constitución de Ecuador de 2008.

Cuarenta años después, falta en la Comisión Europea y en la Socialdemocracia políticos tan atrevidos como lo fue Sicco Mansholt. En Bruselas se critica el PIB, pero predomina todavía la visión de que es posible recuperar el crecimiento económico y lograr la sustentabilidad ambiental gracias al aumento de la eficiencia técnica.

Calibán y la bruja

Silvia Federici - Traficantes de sueños

La «acumulación primitiva» es un término usado por Marx en el Tomo I de El Capital con el fin de caracterizar el proceso político en el que se sustenta el desarrollo de las relaciones capitalistas. Se trata de un término útil en la medida que nos proporciona un denominador co-mún que permite conceptualizar los cambios, producidos por la llegada del capitalismo en las relaciones económicas y sociales. Su importancia yace, especialmente, en el hecho de que Marx trate la «acumulación primitiva» como un proceso fundacional, lo que revela las condiciones estructurales que hicieron posible la sociedad capitalista. Esto nos per-mite leer el pasado como algo que sobrevive en el presente, una consi-deración esencial para el uso del término en este trabajo.

Sin embargo, mi análisis se aparta del de Marx por dos vías distintas. Si Marx examina la acumulación primitiva desde el punto de vista del proletariado asalariado de sexo masculino y el desarrollo de la produc-ción de mercancías, yo la examino desde el punto de vista de los cambios que introduce en la posición social de las mujeres y en la producción de la fuerza de trabajo. De aquí que mi descripción de la acumulación primitiva incluya una serie de fenómenos que están ausentes en Marx y que, sin embargo, son extremadamente importantes para la acumulación capitalista. Éstos incluyen: i) el desarrollo de una nueva división sexual del trabajo que somete el trabajo femenino y la función reproductiva de las mujeres a la reproducción de la fuerza de trabajo; ii) la construcción de un nuevo orden patriarcal, basado en la exclusión de las mujeres del trabajo asalariado y su subordinación a los hombres; iii) la mecanización del cuerpo proletario y su transformación, en el caso de las mujeres, en una máquina de producción de nuevos trabajadores. Y lo que es más importante, he situado en el centro de este análisis de la acumulación pri-mitiva las cacerías de brujas de los siglos XVI y XVII; sostengo aquí que la persecución de brujas, tanto en Europa como en el Nuevo Mundo, fue tan importante para el desarrollo del capitalismo como la colonización y como la expropiación del campesinado europeo de sus tierras.

Este análisis se diferencia también del de Marx en su evaluación del legado y de la función de la acumulación primitiva. Si bien Marx era agudamente consciente del carácter criminal del desarrollo capita-lista —su historia, declaró, «está escrita en los anales de la humanidad con letras de fuego y sangre»— no cabe duda de que lo consideraba como un paso necesario en el proceso de liberación humana. Creía que acababa con la propiedad en pequeña escala e incrementaba (hasta un grado no alcanzado por ningún otro sistema económico) la capacidad productiva del trabajo, creando las condiciones materiales para liberar a la humanidad de la escasez y la necesidad. También suponía que la vio-lencia que había presidido las primeras fases de la expansión capitalista retrocedería con la maduración de las relaciones capitalistas; a partir de ese momento la explotación y el disciplinamiento del trabajo serían logradas fundamentalmente a través del funcionamiento de las leyes económicas (Marx, [1867] 1909, T. I). En esto estaba profundamente equivocado. Cada fase de la globalización capitalista, incluida la actual, ha venido acompañada de un retorno a los aspectos más violentos de la acumulación primitiva, lo que demuestra que la continua expulsión de los campesinos de la tierra, la guerra y el saqueo a escala global y la degradación de las mujeres son condiciones necesarias para la existencia del capitalismo en cualquier época.

(…)

Efectivamente, la lección política que podemos aprender de Calibán y la bruja es que el capitalismo, en tanto sistema económico-social, está necesariamente vinculado con el racismo y el sexismo. El capita-lismo debe justificar y mistificar las contradicciones incrustadas en sus relaciones sociales —la promesa de libertad frente a la realidad de la coacción generalizada y la promesa de prosperidad frente a la realidad de la penuria generalizada— denigrando la «naturaleza» de aquéllos a quienes explota: mujeres, súbditos coloniales, descendientes de esclavos africanos, inmigrantes desplazados por la globalización.
En el corazón del capitalismo no sólo encontramos una relación simbiótica entre el trabajo asalariado-contractual y la esclavitud sino también, y en relación con ella, podemos detectar la dialéctica que exis-te entre acumulación y destrucción de la fuerza de trabajo, tensión por la que las mujeres han pagado el precio más alto, con sus cuerpos, su trabajo, sus vidas.

Resulta, por lo tanto, imposible asociar el capitalismo con cualquier forma de liberación o atribuir la longevidad del sistema a su capacidad de satisfacer necesidades humanas. Si el capitalismo ha sido capaz de reproducirse, ello sólo se debe al entramado de desigualdades que ha construido en el cuerpo del proletariado mundial y a su capacidad de globalizar la explotación. Este proceso sigue desplegándose ante nues-tros ojos, tal y como lo ha hecho a lo largo de los últimos 500 años.

La diferencia radica en que hoy en día la resistencia al capitalismo también ha alcanzado una dimensión global.

Extraído de: Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Silvia Federici

En memoria de Francisco Fernández Buey

En Memoria de Francisco Fernández Buey, que nos dejó un 25 de agosto, recordamos un  escrito suyo sobre la temática del decrecimiento:


¿Es el decrecimiento una utopía realizable?



Los dos temas que más entusiasmo polémico suscitan entre los estudiantes en estos años, son el papel de los medios de comunicación en las democracias representativas y la idea de decrecimiento.

I

En los cursos que vengo impartiendo en la universidad sobre controversias ético-políticas en el mundo contemporáneo he tenido la oportunidad de comprobar que los dos temas que más entusiasmo polémico suscitan entre los estudiantes de humanidades y ciencias sociales, en estos últimos años, son el papel de los medios de comunicación en las democracias representativas y la idea de decrecimiento. Si lo primero es fácilmente explicable al tratarse de un tema que está en la calle, el entusiasmo por la controversia acerca del decrecimiento es en cierto modo una sorpresa, ya que el término decrecimiento es relativamente reciente y la literatura existente en nuestro país al respecto es todavía bastante limitada. Pero, por lo que he podido ver y escuchar, la idea de decrecimiento suscita tanta simpatía como escepticismo la posible aplicación práctica de la misma.

La simpatía observada proviene, sin ninguna duda, del aumento de la conciencia medioambiental entre los jóvenes, siempre por comparación con las generaciones inmediatamente anteriores. Y el escepticismo que provoca la puesta en práctica de la idea de decrecimiento viene, en cambio, de la desconfianza, también en aumento, que existe hoy en día respecto de los agentes políticos y sociales que tendrían que materializarla; en muchos casos este escepticismo se expresa a través de una sospecha más profunda, que se suele manifestar de la manera drástica, a saber: que, siendo una buena idea, esta del decrecimiento, choca con lo que algunos llaman naturaleza humana y otros condición humana históricamente configurada por la civilización europea moderna. De ahí brota una afirmación, que he escuchado muchas veces, según la cual el decrecimiento es una utopía en el sentido peyorativo de la palabra, una ilusión irrealizable.

Creo que el contraste existente entre aquel entusiasmo y este escepticismo merece una reflexión.

Aunque la palabra decrecimiento se ha empezado a popularizar hace relativamente poco tiempo, la idea no es del todo nueva. Se la puede considerar como una variante radical de la idea de crecimiento cero o de la propuesta de detención del crecimiento, surgidas ambas al calor de las discusiones sobre la crisis ecológica hace más de treinta años. La idea de frenar o detener lo que se venía llamando crecimiento en las sociedades industriales autodenominadas avanzadas estuvo directamente relacionada con la observación en curso de las nefastas consecuencias que el tipo de crecimiento económico cuantitativo estaba produciendo en el entorno medioambiental. Ya a finales de la década los sesenta algunos ecólogos y científicos sensibles empezaron a divulgar la observación de que las llamadas fuerzas productivas se estaban convirtiendo de hecho en fuerzas destructivas o biocidas, con lo que el modelo de crecimiento imperante en las principales potencias del mundo bipolar de entonces iba a acabar poniendo en peligro la base natural de mantenimiento de la vida misma sobre el planeta Tierra.

A partir de esta observación, y precisamente como forma de hacer frente a la crisis ecológica que se venía venir, brotó en los inicios de la década siguiente la idea de frenar o detener el crecimiento. Es significativo que esa idea pasara ya al título mismo de la versión francesa del primero de los informes al Club de Roma. Se puede expresar así: si hemos de reconocer que hay límites naturales al crecimiento económico que hemos conocido en los últimos siglos, lo razonable, para evitar el riesgo de crisis ecológica, es actuar en consecuencia y frenar, parar o detener ese tipo de crecimiento económico de la misma manera que habría que detener el crecimiento urbanístico desordenado que hace inhabitables nuestras ciudades y contribuye a destruir su medio ambiente natural.

Pero la mayoría de los gobiernos de entonces (y también la mayoría de los medios de comunicación) trataron de quitar hierro al asunto de la crisis ecológica y consideraron “catastrofistas” o “apocalípticas” las, por otra parte, moderadas conclusiones del análisis de los científicos informados y de las primeras organizaciones ecologistas. Gobiernos y medios incluso ironizaron frecuentemente a su costa. Al tratar de las propuestas encaminadas a detener el crecimiento, y no digamos al ocuparse de la noción de crecimiento cero, aquellos gobiernos y los medios de comunicación vinculados a ellos pasaron de la ironía al insulto.

Las hemerotecas de todos los países están plagadas de manifestaciones de dirigentes políticos, parlamentarios y periodistas en este sentido. La consecuencia fue que por entonces apenas se hizo nada para detener el tipo de crecimiento biocida. Y sin embargo, por una de esas paradojas que son habituales en la historia, mientras se estaba ridiculizando a los partidarios de detener aquel tipo de crecimiento desordenado y biocida, los principales indicadores del crecimiento de las economías dominantes en las grandes potencias empezaron a descender, rozando el cero, como consecuencia de la crisis del petróleo. En vez de reflexionar sobre el sentido de la paradoja, los gobiernos desarrollistas y las grandes instituciones internacionales, inspirados en la teoría económica standard y con una orientación predominantemente neo-liberal (aunque no sólo) prefirieron salirse por la tangente. Ya entonces se argumentó en los medios oficiales que la idea de detener el crecimiento era una utopía y se reafirmó con ello la confianza en las mismas tecnologías que estaban en la base del peligro.